De la rebelión a la revolución.

Nestor Estebenz Nogal
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Mensaje por Nestor Estebenz Nogal el Dom Nov 07, 2010 1:20 pm

De la Rebelión a la revolución. El poder de la base piramidal. Reorganizacion social y recicladero de retrógradas. Néstor Estebenz Nogal
La confusion de estos dosconceptos: rebelión y revolución sigue creando problemas a la conciencia política internacional. Todos los procesos sociales de reivindicaciones legitimas y de lógicas protestas contra la injusticia social abocan a escenarios de rebeldía. La rebelión generalizada puede tener tintes insurreccionales y un deseo comunitario de derrocar el poder apoyando su sustitución por otro, lo que no significa que tenga las menores garantías de conseguir sus deseos. La revolución es (sería) lo que reorganizaría la sociedad para complacer a la mayoría que secundó ese cambio con su rebeldía pero es algo más que una coyuntura histórica para la complacencia de la mayoría, es un reto para la modificación del rumbo histórico y el cambio caracterial y social del individuo humano dándole la oportunidad a maximizar su libertad después de milenios de haberle sido arrebatada.
La confusión de estos dos conceptos, los de rebelión y el de revolución, sigue haciendo mucho daño al movimiento social internacional. Mientras la una reúne el conjunto de protestas legitimas y de actos contra la injusticia social y en particular contra las castas y clases que se benefician de ello, la otra es la organización de un modelo social alternativo al anterior. La pregunta es si la una es la condición sine qua non para la otra o la revolución puede y debe empezar antes de la rebelión e incluso a pesar de ella. No todas las rebeliones conducen a revoluciones no porque sean masacradas solamente sino porque no tienen planes ni estrategias con que hacerla. Suponen que la eliminación de los magnates de un régimen anterior es una condición suficiente para el nuevo reino de paz, si bien puede ser una condición necesaria no es suficiente.
La rebelión contra los gestores del poder por su despotismo o su falta de responsabilidad para-social lo que más va a conseguir es la colocación de otros en sus puestos que a su turno pueden generar otra clase de errores por los que un movimiento contrario querrá desbancarlos. Es por eso que la revolución ha de contar desde su enfoque con la contrarrevolución: la resistencia a la perdida de unas posiciones anteriores a poder y la lucha por recuperarlos.
Los indicadores de radicalidad no son los del odio de clase y la incontinencia pacífica que lleva a la exaltación y a la pedrada a la primera intolerancia ante una actitud diferente. Las luchas políticas han estado cargadas de personalidades que realmente no saben lo qué quieren pero que sí saben que están hartas del mundo en el que viven. Ante cada rebelde, como individuo, hay que distinguir lo qué de personal le lleva a la lucha social y lo qué de solidario le compromete. La personalidad irascible que odia a otro y no sabe porque lo odio no es un indicativo de radicalidad ni mucho menos de conciencia, lo es de desquicio personal, el problema fundamental que tiene no es con el mundo sino consigo mismo.
Los núcleos conspirativos han sido lugares de acogida de individuos con sus propios problemas personales necesitados de otros hijos de la rebeldía aunque los orígenes para llegar a esta sean completamente diferentes. Si bien el rebelde al statu quo reúne una constante de inadaptabilidad que se da a la visión revolucionaria por un mundo mejor no todo rebelde es un revolucionario legítimo. No lo es en absoluto cuando prioriza su necesidad psíquica de descarga voluptuosa por encima de una lucha razonada con una estrategia inteligente. A cada militante l e toca distinguir de su compañero o camarada si forma parte de una lucha porque la entiende en una perspectiva histórica y se apunta dotado de sentimientos nobles o lo hace por una necesidad urgente de coleguismo por el que paga como peaje la adhesión a sus ideas sin comprenderlas.
Las ideologías son suficientemente amplias como para admitir adhesiones bastando dos o tres afirmaciones a sus ejes principales. Pero la revolución o la idea de revolucionar el mundo para gestar uno alternativo mejor no queda encerrado en una ideología por la sola razón de que no existe ideología que prevea el futuro. De lo que necesita es de un método de análisis y de una capacidad recreativa del pensamiento uno a uno. El militante limitado al activismo dejando de lado el pensamiento tarde o temprano se convierte en un seguidista acrítico que no sabe muy bien lo que hace. Un revolucionario lo es en tanto sea un individuo soberano, autónomo en cuanto a l oque piensa y a lo que hace. Eso entra en contradicción con las maneras de reclutar afiliados en casi todos, por no decir todos, los partidos políticos de un signo u otro. Allí donde hay diversidad de partidos, los discursos públicos se los reparten entre 2 o 3 líderes de cada una de las siglas dejando en el enigma todo lo que pienso el grueso de sus sectores adheridos. Es así que los debates abiertos no son tan ciertos en tanto que quedan reducidos y controlados por los menos. La razón –una de las razones- por la cual las posiciones(plurales) de una formación colectiva no se dejan traslucir es para no dar información a los demás grupos sobre su pluritendencialidad y no dar una impresión a la sociedad vía resonancia mediática, de una falta de corpus único. El grueso social se queja de la división de las vanguardias de un campo u otro (en la falta de unidad se teoriza la principal de las razones de los fracasos históricos) y por otra parte las que hay sobre dirigismo y ausencia de diversidad creativa de discusión tampoco faltan.
Las posiciones de rebeldía se basan en la presunción de que todas las acciones contrarias al sistema lo hacen por las mismas razones y desean los mismos objetivos. No es cierto. Ni las causas son las mismas ni los deseos de futuro tampoco lo son. La diversidad de ideas en sí misma no es un problema, lo es cuando se traduce en dispersión y, pero aun, indiferencia recíproca.
La intervención política en la vida social equipada de una estrategia para el cambio ya no necesita de una ideología acabada, que por otra parte tampoco es posible. Fukuyama sostiene que las ideologías ya no son necesarias y que han sido sustituidas por la economía, es cuestionado por ser el padre del pensamiento único. En realidad toda instancia de poder en todos los momentos de la historia quiso que la sociedad de su tiempo fueran reflejo de su voluntad organizada de su pensamiento unicéntrico. El enigma del futuro pasa por un boom de indisposiciones al presente sin tener los resortes de seguridad para construir el después en cuanto este se desmantele. En cada coyuntura siguen coexistiendo distintas concepciones del cambio. La socialdemocracia que rige en un buen numero de gobiernos ha demostrado una forma lenta de cambiar la sociedad hasta el punto de generar oposiciones para cambiar su cambio por el lado de la aceleración. Las teorías políticas basadas en la toma del poder aunque sea por unas pocas semanas (idea de Agustin Chaleaux) para reorganizarlo todo definitivamente bien y volver a poner el mundo en marcha tienen dos problemas graves: 1 la presuposición de una teoría compacta única y sin fisuras y 2 la ingenua presuposición de que tras “ese mundo organizado correctamente” será tan exigua la minoría de disidencia que sería imperceptible y totalmente neutralizable.
Es la indisposición la que nutre la rebelión pero es la replanificación histórica la que nutre la revolución. Ésta necesita de la contribución radical de aquella que no pasa de ser una locomotora descontrolada sin que la rija siempre la inteligencia más desbordada por las iras o la fiesta reactiva de probar los manjares largamente prohibidos. En varios momentos, las rebeliones generalizadas en las formas han sido un peso decisivo para cambiar las mentalidades pero no su garantías de estabilización. La revolución no es cosa de un solo día ni se puede confundir con el acto rebelde vestido de radicalidad en las formas que toma un palacio u ocupa unas tierras baldías. La revolución significa organización, reorganización de todo: de la economía, de las relaciones de producción y de consumo pero también de las relaciones personales, de las formas comunicativas, de la resentimentalización de la vida. Revolución significa dar opción a cambiar de vida externa e interna, a hacer un tipo de persona nueva impedida por las limitaciones de la historia de los humanos y de sus sistemas basados en el miedo y las rivalidades. Hablar de organización son palabras mayores. Y negarla pensando que la espontaneidad engendrará solo positivos es demasiado confiado. Al teorizar la complejidad de una organización pronto surge la estructura piramidal y con ésta sus fantasmas de una cúpula esclerótica e inamovible. También las dificultades para crear condiciones de reciclaje de no adeptos a la perspectiva revolucionaria pasa por alguna clase de ultimátum y por tanto de coerción de libertades.

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