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Algunas lecciones de la historia del P.C.E. - texto de Ferran Fullá - se lee en el Foro

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Mensaje por RioLena el Dom Abr 05, 2020 8:40 pm

Algunas lecciones de la historia del P.C.E.

Ferran Fullá


publicado en 'El blog d'en Ferran Fullá'

en el Foro en 3 mensajes


Con la formación del Partido comunista en los años 20, los trabajadores españoles dieron un gran paso hacia su independen­cia política respecto a las restantes clases sociales. Así, por primera vez en sus 100 años de existencia, la clase obrera contó con una organización que le enseñó el ca­mino para conquistar el poder, para con­vertirse en fuerza dirigente en la lucha por la independencia frente a las sucesivas po­tencias imperialistas que han intervenido en España, las libertades democráticas y la República, los derechos de las nacionalida­des y la reforma agraria.

La labor del Partido comunista de Espa­ña, desde los años 20 hasta los 60, debe ser para los trabajadores y marxistas de hoy una fuente básica de enseñanzas. De­be serlo por tratarse del primer partido que aplica en España la teoría marxista de manera integral, que traza una línea polí­tica acorde con los intereses históricos del proletariado.Por tratarse de un partido le­ninista, es decir que desarrolla el marxis­mo en la época del imperialismo —que es también la nuestra—, guiándose por las lecciones de valor universal de la Revolu­ción rusa de 1917 y adoptando el tipo de organización más avanzado con que cuen­ta la clase obrera. Por haber dirigido el pueblo en las batallas políticas y militares más importantes de nuestra historia re­ciente y haber sintetizado la experiencia práctica de millones de trabajadores.

Los marxistas de hoy en día debemos al viejo PCE de José Díaz el aprendizaje de nuestros principios ideológicos, de las bases de nuestra línea general, de las reglas esenciales del trabajo político legal e ilegal, fruto de numerosas experiencias en los terrenos de la acción internacionalista, democrática y parlamentaria, militar, cul­tural, ideológica y económica. Y también le debemos el prestigio de que goza la pa­labra "comunista" entre un amplio sector de la población como equivalente a diri­gente y organizador abnegado del pueblo.

FORMAR UN PARTIDO MARXISTA-LENINISTA

El PCE, nacido en 1920-21, es fruto del brusco viraje en la historia que representó el ascenso imparable del imperialismo co­mo sistema mundial de opresión y explo­tación y que desembocó en la Primera guerra mundial. Los partidos socialistas, agrupados en la II Internacional, no sólo no hicieron nada para oponerse a la guerra sino que, en cada país europeo, apoyaron los planes de guerra de su propia burgue­sía. La orientación pro imperialista de los dirigentes socialistas arruinó el prestigio de la II Internacional entre los trabajado­res más conscientes. Hubo, sin embargo, algunas excepciones; en primer lugar, el partido de Lenin, que convirtió la derrota de los imperialistas rusos en la guerra y la revolución democrática que ésta generó, en la primera revolución socialista victo­riosa de la historia.

Previendo una extensión del movimien­to revolucionario al resto de Europa, Le­nin llamó a organizar una nueva interna­cional con todas las fuerzas opuestas a la traición de los socialistas. En 1919 tenía lugar en Moscú el primer congreso de esta tercera plataforma proletaria internacio­nal, a la que se adherirían las corrientes re­volucionarias de los partidos socialistas junto con otras fuerzas de distinto origen. Ante el hundimiento de la II Internacional, que tardaría un cierto tiempo en ser re­construida, y las posiciones oportunistas de numerosos dirigentes socialistas que, empujados por las bases, se sumaron de palabra a la III Internacional para ganar tiempo y mantener su influencia, ésta úl­tima puso unas exigencias de admisión es­pecialmente duras. Esto dio lugar a la escisión en cadena de los partidos socialistas y a la formación, en la mayoría de casos, de grupos comunistas reducidos, pero indis­pensables para actuar en un momento en que se sucedían movimientos revoluciona­rios de masas en gran parte de Europa.

La teoría del imperialismo de Lenin, la necesidad de un Estado de dictadura del proletariado para construir el socialismo, de la violencia revolucionaria de masas pa­ra tomar el poder, y de la defensa de la Unión Soviética ante la agresión militar y el bloqueo económico a que fue sometida, señalaron la línea divisoria entre comunis­tas y socialistas.

Tales fueron las condiciones internacio­nales en que tuvo lugar la fundación del PCE.

Pero, ¿qué ocurría mientras tanto en Es­paña, donde las dos organizaciones con más incidencia en la clase obrera eran el Partido socialista obrero (PSOE) y la Con­federación nacional del trabajo (CNT)? El atraso del capitalismo español en relación a países como Francia, Gran Bretaña o Alemania se manifestaba también en la existencia de una clase obrera reducida en número, de la que una componente funda­mental eran los jornaleros, y muy influida por ideas pequeño-burguesas, ya sea de ti­po revolucionario libertario, ya sea de tipo reformista. La CNT y el PSOE encarnaban estas dos corrientes.

A pesar de los considerables beneficios que España sacó manteniéndose neutral ante la guerra, su estabilidad era muy pre­caria. A las miserables condiciones de vida de jornaleros, campesinos y obreros industriales, hay que añadir el descontento de la burguesía catalana y el malestar dentro del ejército, que se incrementaron notablemente con el fin del conflicto eu­ropeo y de los grandes negocios, y con los constantes desastres en la guerra colonial contra Marruecos. En estas condiciones, la huelga general de agosto de 1917 generó una gran simpatía de masas con la primera revolución rusa que destronó al zar e impuso la República, y dio cuerpo dentro del PSOE a una corriente antirreformista. Esta se decantó rápidamente hacia las posiciones de los bolchevicues a raíz de la se­gunda revolución rusa en noviembre del mismo año. Sin embargo, lo que hizo esta­llar definitivamente las contradicciones en el seno del PSOE fue la fundación de la III Internacional en marzo de 1919. En los dos años siguientes, la lucha de líneas cuarteó el PSOE. En abril de 1920 se pro­duce una primera escisión: el Comité na­cional de las Juventudes socialistas decide constituir el Partido comunista español. Entre sus fundadores están Ramón Merino Gracia, que es nombrado secretario nacio­nal, Juan Andrade, Vicente Arroyo, Ra­fael Milla,... En junio, el congreso del PSOE decide adherirse provisionalmente a la III Internacional y envía a Moscú a dos delegados, Fernando de los Ríos y Daniel Anguiano, con un mandato que choca con las estrictas condiciones de admisión acor­dadas por la Internacional. El ala vacilante del PSOE da marcha atrás, y en abril de 1921, en un nuevo congreso, se invierten los resultados del anterior: 8.808 votos para los que propugnan la reconstrucción de la II Internacional; 6.025 para los "ter­ceristas", partidarios de la Internacional comunista; y 205 abstenciones. Acto se­guido, Osear Pérez Solís lee una declara­ción de ruptura con el PSOE, y el mismo día, en Madrid, se reúnen los delegados "terceristas" para fundar el Partido comu­nista obrero español (PCOE). Esta segun­da escisión agrupa sobre todo a cuadros y militantes del PSOE y la UGT: García Quejido, Daniel Anguiano, Núñez de Are­nas, César Rodríguez González, Virginia González...

Durante unos meses se van a mantener estos dos grupos comunistas, PCE y PCOE, enfrentados entre sí. La participa­ción de ambos en una gran campaña de oposición a la guerra de Marruecos en el verano de 1921, en la que lograron hacer cuajar una huelga general en Vizcaya con­tra el envío de tropas, y el trabajo de persuasión realizado por el delegado de la In­ternacional, Graziadei, hicieron posible la fusión. En noviembre de 1921 se forma un Comité provisional con nueve miem­bros del PCE y seis del PCOE, se elige a Rafael Milla corno secretario general, y se adopta el nombre de Partido comunista de España.

Paralelamente a estos hechos, se desarro­llaban las tendencias comunistas en varias federaciones de la CNT. Incluso, como ocurrió con el PSOE, esta central llegó a estar adherida a la III Internacional du­rante un período. Al volver a quedar en minoría las posiciones marxistas dentro de la CNT, se fueron desgajando de ella va­rios núcleos comunistas que ingresaron en el PCE unificado: en 1924, el grupo de la revista La Batalla formó la Federación co­munista catalano-balear, es decir la sec­ción catalano-balear del PCE;en 1927, en­traron un grupo de destacados cuadros de la CNT sevillana: José Díaz, Manuel Ada­me, Antonio Mije,...

En aquella situación (1), la separación de los comunis­tas respecto a los revisionistas y reformis­tas fue imprescindible para garantizar la independencia del movimiento obrero mundial frente a las burguesías imperialis­tas. Sin esta tajante división, encarnada en la formación de la III Internacional y en sus estrictas condiciones de admisión, el movimiento obrero hubiera quedado du­rante años a merced de los corrompidos dirigentes de los partidos y sindicatos de la II Internacional que fueron los causan­tes del desastre de 1914. Ahora bien, la es­cisión con los socialistas se hizo en unas condiciones marcadas, por un lado, por el desarrollo de corrientes revolucionarias de masas en toda Europa, de revoluciones de­mocráticas en varios países centroeuropeos y, por otro, por la necesidad de ce­rrar filas alrededor de una Unión soviética débil, en peligro por la intervención mili­tar de 14 países y la subsistencia de los restos del ejército blanco zarista. Pero, a partir de 1922 o 1923 hubo un importan­te reflujo de la corriente revolucionaria ge­nerada por la guerra y la inestabilidad po­lítica y social posterior, mientras la bur­guesía financiera y monopolista acrecentaba su poder político y económico en agu­da competencia con las restantes fraccio­nes burguesas. Entonces, al variar la situa­ción internacional, el movimiento comu­nista europeo atravesó algunas dificultades que pusieron en evidencia sus limitacio­nes, derivadas de la premura con que se formaron los primeros partidos comunis­tas y de su inexperiencia.

En España en 1923, esta contraofensiva del capital financiero se hizo en alianza con la oligarquía terrateniente, incluyen­do al ejército y la Corona, y con la neutralización de la burguesía industrial, especialmente la catalana, que apoyó el golpe de Estado del general Primo de Rivera. El PSOE, recuperado de sus escisiones de 1920 y 1921 y rehechos sus lazos interna­cionales, pasó a colaborar con la Dictadu­ra y se convirtió en un pilar de ésta gracias a su control de amplias capas obreras en Asturias, Euskadi, Madrid, etc. Mientras, el PCE, duramente reprimido, con sus mi­litantes obreros expulsados de la UGT, con su grupo dirigente desmantelado va­rias veces por la policía a lo largo de los años 20, perdió rápidamente influencia de masas y militantes, y fue incapaz de supe­rar las posiciones izquierdistas predomi­nantes en su nacimiento y que dificulta­ron la unidad del partido y su relación tanto con los trabajadores de la UGT y de la base del PSOE como con los sindicalis­tas revolucionarios de la CNT.

Además de su debilidad política y teórica y de sus errores, los sucesivos grupos dirigentes del PCE quedaron a menudo cor­tados organizativamente de la base por la represión y su desconocimiento de las reglas del trabajo clandestino. Se ignoraba la situación real de las distintas zonas en que operaba el Partido; esto explica que pudie­ran suceder hechos como el siguiente: al­rededor de 1929, la sección catalana recibió la directriz de organizar ¡comités de cortijo! Así, la inestabilidad y el aislamiento de la dirección durante esta época impidieron un funcionamiento real del Partido; las iniciativas que lanzó contra la Dictadura llegaron difícilmente a traducir­se en acciones de masas de una cierta entidad.

CONSTRUIR UNA LINEA POLÍTICA: 14 AÑOS PARA SUPERAR EL IZQUIERDISMO

La crisis de la Dictadura que acabó con la dimisión de Primo y su recambio por el inestable gobierno del general Berenguer, debilitó la oligarquía financiera y te­rrateniente y agrietó sus instrumentos de poder. Con ello, se abría el camino a la conquista de reivindicaciones democráticas y sociales profundamente sentidas por el pueblo: amplias libertades, autode­terminación para las nacionalidades opri­midas, separación de la Iglesia y el Estado, legalización de las organizaciones obreras, reforma agraria y de la enseñanza,... Quin­ce meses después, el 14 de abril de 1931, son suficientes unas elecciones municipa­les ganadas por republicanos, socialistas y nacionalistas, para hundir una monarquía que ya había perdido la confianza del mismo capital financiero, y proclamar la II República. Sin embargo, fueron la media­na y la pequeña burguesía las que dirigie­ron este cambio de régimen, aprovechan­do el malestar y las movilizaciones de obreros, campesinos y estudiantes, alián­dose con el PSOE (Pacto de San Sebas­tián), y logrando un cierto apoyo de la CNT.

El PCE no pudo sacar provecho de una situación tan favorable ya que se guiaba por una línea izquierdista y sectaria. Re­conocía la existencia de una etapa demo­crática en la revolución española y, en es­to, analizaba bien lo que estaba ocurrien­do ante sus ojos con la caída de la monarquía, pero, en cambio, se apartaba to­talmente de la realidad al valorar que era posible transformar de inmediato esta re­volución democrática en socialista, la re­pública en república soviética, y las movilizaciones populares con objetivos demo­cráticos en punto de partida para organi­zar soviets, o sea consejos de obreros y campesinos para hacerse con el poder. ¡Muera la República burguesa, viva los so­viets! fue la consigna que sintetizaba la ac­titud del PCE alrededor del 14 de abril.

Su desviación aventurera, además de sobrevalorar la fuerza de los trabajadores, se inspiraba en una visión de la gran crisis económica de 1929 como principio del fin del capitalismo mundial. Esto representa­ba un error teórico de bulto, ya que la bancarrota económica no podía de por sí determinar la revolución si no iba acompa­ñada de ciertas condiciones políticas o in­cluso militares. En el caso de España, esta­ba claro que estas condiciones no se da­ban: la clase obrera permanecía dividida y muy desorganizada, la oligarquía perdía posiciones pero no estaba en descomposi­ción, y el ejército, a pesar de algunos bro­tes de rebelión, no estaba al borde del es­tallido.

Por otro lado, el PCE se negó a suscribir cualquier acuerdo con el resto de fuerzas políticas en los meses que precedieron la caída de la monarquía. Este sectarismo desaforado era la interpretación que el PCE daba a la necesaria independencia po­lítica del proletariado en la revolución de­mocrática. En particular, se opuso a buscar la unidad de acción con los socialis­tas no sólo por arriba, con la dirección del PSOE, sino también por la base, ya que es­te partido pasaba a ser considerado el ene­migo principal para el triunfo de la revolu­ción.

El PCE hablaba de constituir un frente único proletario, es decir de unir a la clase obrera alrededor de los comunistas, pres­cindiendo del hecho que la mayoría de los trabajadores políticamente conscientes es­taban en el PSOE o la UGT. Se considera­ba que la misma agravación de la crisis po­lítica y económica rompería la influencia reformista y que las masas se moverían hacia posiciones revolucionarias a golpe de consigna.

Esta línea, aprobada en el 3er. Congreso de agosto de 1929 en Paris y revalida­da en la Conferencia, llamada de Pamplo­na, de marzo de 1930, tuvo unas conse­cuencias nefastas: no condujo al aislamiento del PSOE sino al del propio PCE, que en 1931 contaba apenas con un millar de militantes, e impidió que el proletaria­do pudiera luchar realmente por la direc­ción del movimiento republicano.

La responsabilidad principal de este con­junto de errores izquierdistas y sectarios recaía sin duda en la dirección del PCE, pero su inspiración provino en buena par­te de las mismas directrices de la Interna­cional. En mayo de 1931, ésta censuró al PCE su actitud sectaria en la proclamación de la República, su incomprensión del problema de las nacionalidades y su con­fusa política sindical. Sin embargo, desde mayo de 1927, el Comité ejecutivo de la Internacional (VIII Pleno) empezó a seguir una orientación izquierdista que ten­dría repercusiones funestas para todo el Movimiento obrero y para la lucha contra fascismo. En el VI Congreso de julio de 28 y en los plenos posteriores del Comité ejecutivo hasta 1933, se acentuaría más esta política llamada de "clase contra clase". Sus elementos esenciales eran:

1) La tesis sobre el socialfascismo, por la que se consideraba la socialdemocracia co­mo el enemigo principal de la revolución, última trinchera del capitalismo en des­composición. El auge del fascismo, que te­nía lugar en varios países europeos, apare­cía como fruto de la labor de los socialis­tas o, incluso, se apuntaba que la misma socialdemocracia tendía a fascistizarse.

2) La definición del ala izquierda de la socialdemocracia como más peligrosa que el ala derecha.

3) La concepción del frente único limi­tado a la colaboración con los obreros socialistas, el rechazo de principio de toda propuesta dirigida a los partidos socialistas y, sólo en casos excepcionales, la admisibi­lidad de acuerdos con sus organizaciones de base.

El error decisivo de esta táctica estaba en señalar a la socialdemocracia como ene­migo principal y no a la fracción dirigente de la burguesía. A ese respecto, está claro que el PCE cometió la misma equivoca­ción que la Internacional, aunque llevandola hasta sus últimas consecuencias. Su­brayamos, no obstante, la mayor respon­sabilidad del PCE debido a que este parti­do tenía un conocimiento más directo de la realidad española y podía darse cuenta también del alcance de los errores cometi­dos. Por ejemplo, mientras, en países co­mo Alemania, se dio el caso de que un di­rigente socialista de la policía mandaba ametrallar a los trabajadores (1 de mayo de 1929 en Berlín), en España, el PSOE pasó de colaborar con la Dictadura a ac­tuar, junto con los republicanos, contra la monarquía.

Así, para el PCE, el paso de la Monar­quía a la República no significó apenas na­da: la adopción de un nuevo disfraz por la oligarquía y sus agentes.

Desde abril de 1931 hasta noviembre de 1933, el gobierno de la II República que­dó en manos de la alianza de republicanos burgueses y pequeño-burgueses y de socia­listas, con el apoyo de los nacionalistas ca­talanes. A su alrededor, tanto los altos je­fes militares y la jerarquía eclesiástica co­mo buena parte del personal dirigente de los organismos de la Administración civil seguían siendo los mismos que había bajo el reinado de Alfonso XIII. En estos dos años y medio, la coalición gubernamental fue incapaz de realizar las reformas demo­cráticas tan ansiadas. Catalunya obtuvo un Estatut recortado respecto al proyecto que había aprobado en plebiscito. Euskadi tuvo que esperar hasta la guerra. Galicia, rápidamente conquistada por los franquis­tas, refrendó el suyo un poco antes del Al­zamiento. La reforma agraria se quedó en una ley timorata, aplicada con cuentago­tas y con escasos medios. Marruecos siguió siendo una colonia. Hubo algunos cambios en el ejército, pero no los suficientes para aislar a los jefes antirrepublicanos,...

El PCE persistió en lo fundamental en la línea de su 3er. Congreso. En 1932 creó su propia central sindical, la Confedera­ción general del trabajo unitaria (CGTU), que agruparía a unos 150.000 traba­jadores frente a más de un millón de la UGT y otro tanto de la CNT. En las elec­ciones de noviembre de 1933, que dieron la victoria a los partidos de la oligarquía encabezados por la Confederación española de derechas autónomas (CEDA) de Gil Robles, el PCE mantuvo su programa de lucha por el gobierno obrero y campesino y por los soviets, así como el frente único revolucionario contra el gobierne republicano y los socialistas. Las candidaturas comunistas obtuvieron unos 340.000 votos frente al 1.700.000 del PSOE. Por estas fechas, el número de mili­tantes alcanzaba la cifra de 20.000 (la mi­tad en Andalucía) (2).El aumento de vo­tos y militantes en relación a 1931 se de­bió a la exasperación creciente de los tra­bajadores ante el deterioro de su situación económica y al inicio de un trabajo de implantación en el campo y las fábricas, realizado por primera vez en un marco de­mocrático. Estas fueron las únicas ventajas que el PCE pudo sacar de los primeros años del cambio de régimen. Mientras, se había celebrado su Cuarto Congreso, en 1932, El grupo dirigente (Bullejos, Ada­me, Trilla, Vega) fue destituido y, más tar­de, expulsado del Partido. A fines del mis­mo año, se nombró en su lugar a valiosos cuadros obreros —José Díaz, Antonio Mi­je, Dolores Ibarruri- sin experiencia en el trabajo de dirección política central. El re­cambio se hizo a instancias de la Interna­cional, pero sin una crítica a fondo de los errores cometidos por el grupo Bullejos, con lo cual la nueva dirección tardó un par de años más en sentar las bases para una completa rectificación de la línea.

Así, pues, el PCE necesitó 14 o 15 años, desde su fundación en 1920, para alcanzar su madurez política, o sea para empezar a dominar la teoría marxista en su aplica­ción a la realidad española. La culmina­ción de este largo aprendizaje significó también el lograr la estabilidad de su gru­po dirigente a partir del relevo de 1932, con José Díaz como secretario general.

LA BANDERA DE LA UNIDAD

El triunfo de las fuerzas oligárquicas en las elecciones de 1933 puso fin a las tími­das reformas con que nació la República. Durante los dos años siguientes, el llama­do Bienio negro, la contrarrevolución se organizaría desde el mismo gobierno. Pe­ro éste no fue el único hecho alarmante que tuvo lugar en 1933. La victoria de la reacción en España fue precedida por el asalto al poder del Partido nacionalsocia­lista alemán de Hitler. En este caso, un re­lativo triunfo electoral desencadenó una rápida liquidación de las instituciones democráticas y el inicio de una oleada de te­rror que aplastó en poco tiempo la resis­tencia desorganizada del pueblo alemán.




Última edición por RioLena el Dom Abr 05, 2020 8:44 pm, editado 1 vez
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Mensaje por RioLena el Dom Abr 05, 2020 8:42 pm

El avance del fascismo parecía ya incon­tenible: en 1934, más de la mitad de los Estados europeos habían caído en manos de dictaduras fascistas o militares.

La subida al poder de Hitler puso trági­camente en evidencia los errores izquier­distas en que había incurrido la Interna­cional desde su VI Congreso de 1928, y espoleó todos los partidos comunistas ha­cia un cambio radical de táctica que se produjo entre finales de 1933 y el verano de 1935 (VII Congreso de la Internacio­nal).

Gracias a esta rectificación acele­rada, la Internacional Comunista fue la única fuerza en el mundo que supo dar una visión precisa de lo que significaba el auge fascista y proponer los medios para atajarlo. En primer lugar, indicó la natura­leza de clase del fascismo: "la dictadura abierta de los elementos más reacciona­rios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero" (XIII Pleno del Cté. ejecutivo, diciembre de 1933), y ex­plicó su" origen en la crisis política y económica iniciada en 1929, cuyo estalli­do fue capaz de prever:

"En fin, el tercer período es, en el fondo, el de elevación de la economía capita­lista y, casi paralelamente, la de la URSS más allá de sus niveles de antes de la gue­rra (iniciación del llamado período de "re­construcción", nuevo crecimiento de las formas socialistas de la economía sobre la base de una técnica nueva). Para el mundo capitalista, este período es el de un rápido desenvolvimiento de la técnica, un intenso crecimiento de los cartels, de los trusts, de las tendencias al capitalismo de estado y, conjuntamente, el de un poderoso desenvolvimiento de las contradicciones de la economía mundial, moviéndose en formas determinadas en todo el curso anterior de la crisis del capitalismo (mercados reduci­dos, existencia de la Unión Soviética, mo­vimientos coloniales, agudización de las contradicciones internas del imperialis­mo). Este tercer período, que ha agravado particularmente la contradicción existente entre el crecimiento de las fuerzas produc­tivas y la reducción de los mercados, hace inevitable una nueva fase de guerras entre los estados imperialistas, de guerras de es­tos últimos contra la URSS, de guerras de liberación nacional contra los imperialistas y sus intervenciones, de gigantescas bata­llas de clase". ("Tesis sobre la situación y las tareas de la Internacional Comunista", introducción. Resoluciones del VI Congre­so de la IC, julio-setiembre de 1928).

"La marca característica del fascismo es que en el momento del quebrantamiento del régimen económico capitalista y en ra­zón de circunstancias objetivas y subjeti­vas, la burguesía se aprovecha del descon­tento de la pequeña y de la media burgue­sía urbana y rural y aun de ciertas capas del proletariado, para crear un movimien­to de masas reaccionario con el fin de detener en su camino el desarrollo de la revolución", (ídem., punto 24).

En segundo lugar, la Internacional en­tendió que la victoria del fascismo en Ale­mania era el principio de una nueva lucha por la hegemonía mundial entre los agresi­vos imperialistas nazis y las democracias burguesas occidentales, que acabaría por desembocar en una guerra.

En tercer lugar, ante este previsible desa­rrollo de los hechos, señaló el interés coin­cidente del proletariado y los pueblos y de las burguesías occidentales en prevenir la guerra y oponerse a la expansión nazi-fas­cista. Para ello, había que levantar un po­deroso movimiento por la paz cuyas pie­zas maestras serían, por un lado, los trata­dos defensivos entre las potencias occiden­tales y la Unión soviética, y por otro, la formación en cada país de frentes popula­res antifascistas, impulsados por la unidad de los partidos, sindicatos y otras organi­zaciones implantadas en la clase obrera, es decir el frente único proletario.

En España, a lo largo de 1934, los go­biernos formados por el Partido Radical de Lerroux, apoyados desde el Parlamento por los reaccionarios de la CEDA (Gil Ro­bles), atacaron las condiciones de vida de las clases trabajadoras y los derechos de­mocráticos de todo el pueblo. Fue impo­niéndose entonces, para resistir a la ofen­siva derechista, una corriente unitaria que abarcaba desde los anarcosindicalistas de la CNT hasta el PSOE y la UGT, los nacio­nalistas catalanes, y varias sectores repu­blicanos. Destaca especialmente el papel jugado en ella por el PSOE, con su brusco viraje político y el paso de su dirección a manos del ala revolucionaria que desbancó a los Prieto, Besteiro, etc. Francisco Largo Caballero, antiguo dirigente reformista de la UGT y ex miembro del Consejo de Es­tado bajo la Dictadura, encabezó la nueva orientación, impregnada tanto de sincero espíritu revolucionario como de descono­cimiento de los principios de la política marxista.

El PCE permaneció ajeno durante meses a este movimiento unitario que cuajó en las Alianzas obreras, al oponerse a todo acuerdo con los "socialfascistas", mientras el Bloque obrero y campesino (BOC) (2), escisión que en 1930 afectó al Partido en Catalunya, trabajaba, en cambio, activa­mente por su creación. El 4 de octubre del 34, al concretarse la entrada de tres miem­bros de la CEDA en el gobierno, el PSOE, los anarcosindicalistas y varios sectores re­publicanos y catalanistas se aprestaron alanzar inmediatamente, para el día 6 del mismo mes, un movimiento insurreccional con el fin de abatir el nuevo gobierno y parar los pies a la reacción. El PCE, que había superado su actitud sectaria, se inte­gró finalmente en la Alianza obrera que, de esta forma, en Asturias, agrupó a todos los sectores proletarios en un frente único e hizo posible la victoria de la huelga gene­ral contra el gobierno y su transforma­ción en levantamiento armado. El rápido aplastamiento de la insurrección de la Generalitat catalana, a la que no se sumó la CNT, y la debilidad de la Alianza obrera en el resto del Estado, dejaron a Asturias aislada, durante dos semanas, haciendo frente a la Legión.

La derrota sangrienta de los trabajadores asturianos no hizo más que dar nuevo em­puje al espíritu unitario. Por un lado, el pueblo aprendió a conocer mejor a su ene­migo y amplísimos sectores se dieron cuenta del peligro que les amenazaba. Por otro, era vital sumar fuerzas para lograr la liberación de las decenas de miles de pre­sos con que se saldó el levantamiento, y recuperar los derechos constitucionales y las instituciones autónomas catalanas su­primidos. Estas distintas motivaciones alla­naron el terreno para el entendimiento en­tre republicanos, socialistas, anarquistas y comunistas. Sobre esta base nació el Frente popular.

En abril del 35, el PCE lanzó una propuesta de Bloque popular antifascista para hacer frente a la represión, luchar por la paz, y prevenir el golpe militar. De los cuatro puntos iniciales defendidos por el PCE (reforma agraria inmediata y sin in­demnización, autodeterminación para las nacionalidades, mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores, amnistía para los presos políticos y sociales), tan sólo el último fue finalmente aceptado por los partidos republicanos. Por su parte, el PSOE, con posiciones claramente izquier­distas, opuso resistencia a colaborar de nuevo con los republicanos.

La conciencia creciente del peligro nazi, el aplastamiento por el ejército de las mili­cias socialistas austríacas en febrero del 34, los pactos de unidad de acción, firmados en julio y agosto del 34 por los socialistas y comunistas franceses e italianos, el tratado franco-soviético de mayo del 35, y el llamamiento del VII Congreso de la Internacional Comunista a la formación de entes populares fueron otros tantos estímulos exteriores que facilitaron la concluisión en enero del 36 del acuerdo electoral de Frente popular en España. Participaron en él las fuerzas burguesas y pequeño-burguesas de Unión Republicana e Izquierda Republicana, el Partido Sindicalista, el Partido Obrero de Unificación Marxista (trotskista disidente) (3), la UGT, el PSOE y sus juventudes, y el PCE.

En Catalunya, se extendió a Esquerra Repuiblicana, Acció Catalana, Unió de ibassaires (sindicato campesino), etc. La CNT, aunque no estuvo presente en las listas electorales, apoyó sin reservas el Frente. Merece también citarse el caso del Partido nacionalista vasco (PNV) que, sin subiarse a la coalición de Frente popular, mantuvo su lealtad a la República y participó posteriormente en el gobierno de Madrid durante la guerra.

El 16 de febrero, la victoria de las candi­daturas de Frente popular puso fin al go­bierno Pórtela. El republicano Manuel Azaña formó nuevo gobierno; 30.000 pre­sos salieron a la calle; se restablecieron los derechos constitucionales; Catalunya recu­peró sus instituciones. La burguesía financiera, los terratenientes y el alto personal del ejército y la Iglesia no estaban dispues­tos a perder más influencia y poder. El fracaso de la contrarrevolución parlamen­taria, intentada durante el Bienio negro, hizo inevitable la guerra al serle favorable a la oligarquía la situación internacional. De febrero a julio las principales fuerzas sociales se prepararon para un enfrentamiento armado. Los dirigentes reacciona­rios pusieron a punto su golpe de Estado en conexión con Hitler y Mussolini. Los partidos obreros y nacionalistas, y los sin­dicatos organizaron grupos paramilitares. Se desencadenaron oleadas de huelgas y manifestaciones por objetivos políticos y económicos, en particular contra el te­rrorismo fascista destinado a crear el cli­ma de opinión necesario para el golpe y facilitarle incluso su excusa.

CUATRO TAREAS DEL PCE EN 1936

El PCE se fijó cuatro objetivos que sólo se cumplieron en parte:
Reforzar el Frente popular y convertir­lo en un frente de lucha antifascista. Es decir superar el mínimo acuerdo electoral y hacerlo útil para desbaratar los prepara­tivos militares del enemigo. De febrero a julio, esto no pudo lograrse; ni las inter­venciones de los 16 diputados del PCE, ni las demandas populares exigiendo que se adoptaran medidas firmes para desarticu­lar la conspiración golpista, hicieron mella en un gobierno de liberales empeñados en mantenerse a igual distancia de los reac­cionarios que del proletariado. La imposi­bilidad de forzar al gobierno en la repre­sión de los golpistas fue debida, entre otras causas, a la división del movimiento obrero. Los anarcosindicalistas, una vez li­berados sus presos, pretendían seguir im­pulsando su revolución social. Para el POUM, estaba en puertas una revolución más profunda que la de Octubre del 17 en Rusia, y las tendencias golpistas manifes­taban la resistencia desesperada de la bur­guesía que podía ser aplastada, si antes el proletariado se hacía con todo el poder. El PSOE, apoyándose en su fuerza, espe­raba la caída del gobierno para coger en sus manos el poder.

Al predominar en las fuerzas obreras po­siciones políticas izquierdistas y aventure­ras, no se pudo llevar realmente una ac­ción masiva y eficaz de prevención de los manejos contrarrevolucionarios y de trans­formación del Frente popular en un sólido frente de lucha antifascista.

Extender y vivificar el Frente único del proletariado. A pesar del indudable acer­camiento por la base de las distintas fuer­zas obreras, de la estrecha colaboración es­tablecida en las luchas de octubre del 34, de la acción conjunta, luego, en los comi­tés para la liberación y la ayuda a los presos, el fortalecimiento del frente único proletario sólo podía avanzar con garan­tías si había unidad en cuanto al objetivo principal del momento: desmontar la con­trarrevolución en marcha. Las divergencias respecto a cómo entender la importancia de esta tarea no permitieron forjar entre febrero y julio del 36 una sólida unidad de clase.

Luchar por la unidad sindical íntegra. Se consiguen dar algunos pasos hacia la uni­dad sindical, pero por las mismas razones antes apuntadas no se logra ningún cam­bio importante en la tradicional división entre UGT y CNT. En noviembre de 1935, la CGTU, impulsada por los comu­nistas, fruto de sus anteriores concepcio­nes sobre los sindicatos rojos, se había in­tegrado en la UGT. En la CNT, se empie­zan a manifestar posiciones más abiertas que permitirán más tarde, en plena guerra, una aproximación con la UGT a través de un comité de enlace entre ambas centra­les.

Luchar por la unidad orgánica y política del proletariado. Después de los combates de octubre del 34 y de la rectificación de su línea izquierdista, el PCE estaba en condiciones de dar los primeros pasos hacia la unidad orgánica y política del prole­tariado, hacia la formación de un partido único marxista-leninista. La situación es­pañola de 1934 a 1936 fue quizá única en Europa en cuanto a favorecer el éxito de esta tarea: socialistas y comunistas luchan­do codo a codo, incluso con las armas, contra un gobierno reaccionario, la direc­ción del PSOE en manos de un sector re­volucionario obrerista, las aspiraciones unitarias entre amplias capas de trabajadores, el prestigio creciente de la Unión so­viética por sus grandes realizaciones en la edificación del socialismo y su política in­ternacional de paz, la voluntad unitaria expresada por la Internacional comunista desde su VII Congreso.

Las condiciones de unificación puestas por los comunistas eran las siguientes:
* independencia de los socialdemócratas respecto a la burguesía.
* unidad de acción.
*reconocimiento de la necesidad de de­rrocar la burguesía mediante la revolución y de la dictadura del proletariado.
*no apoyar a la propia burguesía en ca­so de guerra imperialista.
*seguir en lo organizativo el centralismo democrático.

Los resultados prácticos de esta labor unitaria se empezaron a manifestar en 1936: comité de enlace entre las juventudes socialistas y comunistas y acuerdo de fusión en las Juventudes socialistas unifidas (JSU) en abril de 1936 (S. Carrillo, seretario general, y F. Claudín, el prime-proveniente de los socialistas, y el se­gundo de los comunistas, son sus principales dirigentes); y creación del Partit Socialisa Unificat de Catalunya (PSUC) en julio 1936, al final de un proceso iniciado en 1935 en el que, al principio, participaron todas las organizaciones obreras catalanas, pero que poco después quedó reducido al Partit comunista de Catalunya (la sección talana del PCE), Partit cátala proletari (escisión de los independentistas de Estat catalá), Federación catalana del PSOE y Unió socialista de Catalunya (grupo socialdemócrata que había colaborado estrecha­nte con Esquerra Republicana). Joan Comorera, proveniente de la USC, es elesecretario general y permanecerá en cargo hasta 1949. El nuevo partido actuaría conjuntamen con el PCE, pero mantenía su independencia orgánica e, incluso, como primer caso que se daba de reconocimiento de un partido nacional no estatal, tuvo voz propia en la Internacional Comunista (1939).

La formación de las JSU podía presagiar próxima unidad entre PSOE y PCE. Esta no fue posible por las resistencias del ala reformista del PSOE (Prieto, Besteiro, :.), por las dificultades que ofrecía el infantilismo revolucionario de la corriente encabezada por Largo Caballero y por una insuficiente labor de lucha ideológica por parte del PCE; sin embargo, llegó a actuar durante la guerra un comité de enlace entre ambos partidos. El desarrollo negativo de la lucha militar facilitó el florecimiento de posiciones oportunistas de todo tipo que paralizaron definitivamente el proyec­to unitario. En el caso de Catalunya, en cambio, la relativa autonomía de la Fede­ración catalana del PSOE respecto a la di­rección estatal, y la necesidad imperiosa de contar con una fuerte organización marxista ante la influencia de los anarco­sindicalistas, permitieron superar con mayor facilidad las tendencias sectarias.

Por último, al mismo tiempo que traba­jaba por la unidad, el PCE se reforzó enor­memente durante el año 36. La consolida­ción ideológica y política operada desde 1934, con el apoyo de la Internacional, le permitió conocer mejor la realidad espa­ñola, desarrollar su línea política en todos los aspectos, homogeneizar su dirección inexperta elegida en 1932, y mejorar su estilo de trabajo. Los resultados organiza­tivos no se hicieron esperar: el Partido multiplicó por tres sus efectivos a lo largo de 1936, hasta alcanzar los cien mil en los primeros meses de la guerra. El PCE consi­guió una implantación militante que refle­jaba la composición del proletariado en España, con el enorme peso de los jornale­ros, y las tendencias revolucionarias de los campesinos pobres y los intelectuales.

En resumen, podemos decir que el esfuerzo ideológico, político y organizati­vo realizado por el PCE durante los dos úl­timos años antes de la guerra civil dio bue­nos resultados en cuanto a poner el proletariado en condiciones de dirigir la revolu­ción española. Para un partido que no logró romper hasta 1934 su revolucionarismo infantil, falto de experiencia, por tan­to, ante tareas de enorme envergadura, y que no representaba ni de lejos la fuerza más numerosa del proletariado, el balance de aquellos años puede considerarse posi­tivo.

UNA BATALLA PERDIDA

Aunque no es nuestro propósito tratar extensamente aquí sobre la labor del PCE ducante la guerra, vamos a dar algunas in­dicaciones al respecto, que son necesarias para entender mejor el alcance de la polí­tica de Frente popular así como sus resultados prácticos. Por lo demás, los textos y discursos de José Díaz reproducidos en "Tres años de lucha" proporcionan bastantes datos respec­to a la actitud del PCE frente al alzamien­to fascista.

Hasta 1939 el PCE siguió propugnando el Frente popular, no ya para prevenir el fascismo sino para derrotarlo militarmen­te. La primera tarea revolucionaria era aplastar a los sublevados y, a tal fin, había que subordinar todo lo demás, como el PCE valoró con justeza. El sistema de alianzas que el PCE se esforzó por cons­truir, comprendía básicamente a las clases y fuerzas que integraron el acuerdo electoral del Frente popular más todos aquellos que no se habían sumado al Alzamiento y que estaban contra la sumisión a Alemania e Italia, como era el caso de los nacionalis­tas burgueses vascos del PNV y de los de­mócratas-cristianos catalanes de UDC. En el exterior, la alianza se extendía a todos los gobiernos y partidos en el mundo que se opusieran al fascismo. La plataforma sobre la que se cimentaba tanto la unidad interior como las alianzas internacionales comprendía los siguientes aspectos:

*La defensa de la Repúplica democráti­ca y el respeto a los tratados internaciona­les suscritos antes de la guerra.
*La aplicación de todas las medidas eco­nómicas, sociales y políticas tendentes a facilitar el esfuerzo militar y a satisfacer las reivindicaciones más apremiantes del pueblo, en particular, la expropiación de las tierras, empresas y otros bienes de los que se hubiesen sumado a los fascistas y el control gubernamental sobre la industria.
*La puesta en pie de un ejército popular, dotado de un mando único, que aglutinase todas las unidades creadas por los partidos y sindicatos, así como las fuerzas militares y de seguridad fieles a la República.

Los objetivos que el PCE se fijó, su polí­tica de alianzas, así como el programa de­fendido, respondían a la realidad española e internacional. Ahora bien, el Frente po­pular, como toda amplia alianza con sec­tores burgueses y pequeño-burgueses, era al mismo tiempo que una plataforma unitaria, un terreno de confrontación entre distintos intereses, entre distintas maneras de enfocar el problema de la guerra y del fascismo. Muy a menudo, el PCE no con­taba con la fuerza suficiente para hacer prevalecer su punto de vista, tal como se vio con extrema claridad en la dirección concreta de la guerra, por lo general en manos de incompetentes cuando no, de elementos vacilantes. Por otra parte, se su­maron dificultades insalvables entre 1936 y 39 que debilitaron el Frente popular hasta arruinarlo por completo. Nos referi­mos, en primer lugar, a la traición de las democracias occidentales que, mediante vergonzosa política de no intervención, cortarón toda ayuda a la República, espe­rando así apaciguar el Eje fascista. Esta actitud demencial culminó en el famoso Pacto de Munich entre Hitler, Mussolini y los gobiernos francés y británico, en setiembre de 1938, que no sólo sentenció a muerte la República española, sino que dio vía libre a Hitler para desencadenar la guerra mundial. En segundo lugar, está la división del proletariado español. No hubo manera de ir mucho más allá de lo que se consiguió entre finales del 35 y julio del 36 al crear las JSU y el PSUC. No se pudo lograr al menos una estrecha unidad de ac­ción entre el PCE y el PSOE, ni tampoco arrancar las masas anarcosindicalistas de su infantilismo izquierdista. La debilidad política de la clase obrera, que soportó el peso principal de la guerra, acabó por de­jar vía libre a la desmoralización y a los entreguistas de derecha e "izquierda" que, a última hora, mediante el golpe de Esta­do de Casado y su Junta, hundieron la re­sistencia y precipitaron la victoria de los franquistas.

En este último caso, en relación a la uni­dad proletaria, tampoco puede decirse que el PCE realizara un buen trabajo, pero, además, cometió otros errores de distinto tipo. Entre ellos cabe destacar una peligro­sa actitud derechista consistente en desa­rrollar su actuación casi exclusivamente a través del Frente popular, en encadenar demasiado a menudo sus decisiones a lo que estaban o no dispuestos a aceptar los republicanos y los socialistas. Tomemos el ejemplo de la política internacional. El PCE respetó escrupulosamente los trata­dos firmados por los anteriores gobiernos republicanos y, en concreto, el que hacía referencia a Marruecos, al reparto de este país entre Francia y España. El PCE pro­pugnaba entonces la autonomía para el Protectorado marroquí, pero ¿realizó un serio esfuerzo para lograr que al menos és­ta se concretara? La no satisfacción de sus reivindicaciones empujó a los nacionalistas marroquíes a apoyar a Franco esperando con ello lograr lo que el gobierno republi­cano fue incapaz de darles.

Si bien hay que reconocer la existencia de serios errores derechistas en la táctica del PCE a lo largo de la guerra, carecen, en cambio, de fundamento las críticas que se le han dirigido desde posiciones izquierdis­tas. Según éstas, el PCE traicionó al prole­tariado e, incluso, hizo imposible la victo­ria militar al supeditarlo todo al esfuerzo de guerra. Los que actuaron en 1936 de acuerdo con este punto de vista y, por tanto, agudizaron al máximo la lucha de clases en la zona republicana, hicieron en realidad un flaco servicio a la "revolu­ción": desunieron el pueblo y empujaron hacia la colaboración activa o la simpatía con los franquistas a sectores de pobla­ción que no se habían adherido al Alza­miento o que permanecieron simplemente neutrales.

En resumen, la justeza de la política se­guida por el PCE, su influencia creciente entre la clase obrera y el pueblo, su desa­rrollo organizativo y sus grandes contribu­ciones al esfuerzo militar no bastaron para lograr que el Frente popular quedara en lo fundamental bajo dirección proletaria. Por el contrario, fueron la pequeña y la media burguesía quienes dirigieron de hecho la alianza desde sus posiciones en el aparato de Estado republicano. En estas condicio­nes, la ruptura del frente antifascista mun­dial, trabajosamente impulsado por la URSS y el movimiento comunista, aisló la República española e hizo estallar los pun­tos débiles del Frente popular. No obstan­te, si éste fue demasiado frágil para ganarla guerra, sí permitió una heroica lucha de tres años. Fue el único ejemplo que hu­bo en Europa, antes de la II Guerra mun­dial, de resistencia encarnizada a la barba­rie fascista.


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Mensaje por RioLena el Dom Abr 05, 2020 8:44 pm

Notas:

(1)En los primeros años del siglo XX, la corriente llamada revisionista sembró las ideas que llevaron a que gran parte de la II Internacional claudicara ante la burguesía imperialista durante la guerra de 1914-18. No obstante, el revisionismo coexistió con las corrientes revolucionarias dentro de la II Internacional y, en este sentido, podía ser tratada como una posición errónea en el campo proletario justo hasta 1914, en que pasó a ser ya un apéndice directo de los imperialistas, un ejecutor de la política de éstos entre los trabajadores. En 1935, en cambio, el VII Congreso de la III Internacional, viendo que la situación empujaba la socialdemocracia a dejar de ser un sostén directo de la burguesía más reaccionaria, propuso a la II Internacional la unidad de acción contra el fascismo y la amenaza de guerra e, incluso, planteó la posibilidad de avanzar en algunos países hacia un partido único de clase. En este caso, la III Internacional, sin ignorar sus divergencias con la socialdemocracia, intentó cooperar con ella porque el curso de los acontecimientos políticos obligaba a trazar otra línea divisoria principal: la que separaba a comunistas y un sector de los socialistas, por un lado, de todos aquellos que no eran capaces de combatir adecuadamente al fascismo. La experiencia del movimiento marxista internacional durante el siglo XX parece avalar, pues, esta conclusión: la aparición de divergencias de principio en su seno es totalmente inevitable, pero estas pueden ser superadas paulatinamente, siempre que una parte de las fuerzas marxistas no degeneren y se conviertan en auxiliares directos o indirectos de los enemigos de los trabajadores y los pueblos.

(2) Hay discrepancias respecto a estas cifras: según el PCE, F. Claudín y otros, las legislativas de 1933 dieron alrededor de 400.000 votos co­munistas; algunos, en cambio, hablan de 200.000. En las elecciones generales de junio del 31, el PCE dio un total de 190.000 votos, F.Claudín y varios historiadores lo reducen a 60.000.
También presenta dificultades determinar el número de militantes: a los 20.000 que da el Par­tido para 1933, se contraponen los 3.000 que ci­ta el historiador Hugh Thomas. Para 1934, la In­ternacional da la cifra de 20.000.

(3) La Federación catalano-balear, dirigida por Joaquín Maurín, se separó de hecho del Partido en 1929. En el III Congreso de agosto del 29 se manifestaron divergencias de línea; J. Maurín se negó más tarde a autocriticarse y fue expulsado. Con él se escindió la FCB. Maurín siguió apelan­do a la dirección de la Internacional, sin recono­cer la dirección del PCE. Finalmente, en julio del 31, la Internacional decidió ratificarla expulsión de Maurín por posiciones liberales y derechistas. Mientras, en marzo, la FCB se había fusionado con un grupo llamado Partit comunista cátala (J.Arquer) y se convirtió en Bloque Obrero y Cam­pesino. Este nuevo partido, con una orientación esencialmente pragmática y fuertes influencias bujarinistas, significó un intento de crear una ter­cera vía entre las Internacionales II y III.
En febrero del 35, participó en los intentos de sentar las bases de una unificación entre los dis­tintos partidos obreros en Catalunya, pero a lo largo de este año se inclinó por las posiciones trotskistas de Izquierda comunista de Andreu Nin, con la que formaría en setiembre el Partido obrero de unificación marxista (POUM). El POUM, aunque enfrentado con Trotsky por dis­tintas consideraciones tácticas como por ejemplo el rechazo absoluto de éste al Frente popular, de­sarrolló en España una línea izquierdista que po­demos calificar sin duda de trotskista. En 1937 protagonizó, junto a sectores de la FAI y la CNT, un levantamiento armado contra la Generalitat, motivo por el cual sus dirigentes son encarcelados y el partido es disuelto. A. Nin desapareció segu­ramente en manos de los servicios secretos sovié­ticos. En los años 40, una parte de lo que quedó del POUM forma un grupo socialista en Cata­lunya que hoy milita en las filas del PSC-PSOE.



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