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Economía Capitalista - Víctor Arrogante - Publicado en Diario Progresista - abril-mayo de 2013 (tres entregas)

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Mensaje por RioLena el Miér Ene 01, 2020 12:20 am

Economía Capitalista

Víctor Arrogante


Publicado en Diario Progresista - abril-mayo de 2013


Lo que aprendí de economía en dos semanas (I)

Conocida es la anécdota, cuando en un acto público y en un descuido, se escuchó el comentario del Presidente Zapatero a su ministro, la economía «es complicada», y el ministro, que era Jordi Sevilla, dijo: «lo que tú necesitas saber se aprende en dos tardes». No se si fueron dos tardes las que necesitó, pero después de ocho años de gobierno, Zapatero parece que no se enteró de que lo que ocurría: estábamos inmersos en la crisis económica más devastadora de la historia.

He leído con interés algunos libros sobre economía, con la intención de entender mejor, lo que está ocurriendo y con mi mejor intención explicarlo a los amables lectores, como si una de mis clases, de aproximación al tema, se tratara. Jordi Sevilla en su libro «La economía en dos tardes», entiende que la economía es el análisis del comportamiento de las sociedades ante el problema básico de la subsistencia, desde el punto de vista de la producción, reproducción de bienes y servicios, relacionando estos elementos, con los recursos naturales escasos.

La definición clásica de la corriente objetiva o marxista señala que: «La economía política es la ciencia que estudia las leyes que rigen la producción, la distribución, la circulación y el consumo de los bienes materiales que satisfacen necesidades humanas» (Friedrich Engels). Karl Marx a su vez señala que la economía es «la ciencia que estudia las relaciones sociales de producción». La filosofía marxista que se basa en el materialismo histórico, entra a teorizar sobre el concepto del «valor-trabajo», donde el valor tiene su origen objetivo, en la cantidad de trabajo que se requiere para producir los bienes. Desde el materialismo histórico, se concibe el «capitalismo», como una forma de organización social en un momento dado de la historia.

Para algunos, la economía política, nace con Adam Smith; y su pensamiento económico se entiende tras responder a la pregunta ¿Por qué funcionan las relaciones económicas de forma equilibrada, en una sociedad en la que los individuos, solo se preocupan de sus propios intereses?: gracias a una «mano invisible», que de forma espontánea, coordina los mercados y sus intereses. La importancia de la «mano invisible» aumenta, en la medida en que la sociedad se desarrolla y la división del trabajo se perfecciona. En este orden natural los gobiernos no deben intervenir, limitándose su actuación a la seguridad, defender la propiedad privada, administrar justicia y facilitar bienes públicos (como hacer caminos, por ejemplo). Keynes, por el contrario, defiende que en momentos de crisis es necesaria la intervención del estado, para corregir los desequilibrios que el mercado origina, mediante las políticas fiscales.

Lo cierto es que la economía estudia, analiza y propone: la forma en que se fijan precios de bienes y de factores de la producción, como trabajo y capital; comportamiento de los mercados financieros; consecuencias de la intervención del estado y su influencia en el mercado; distribución de la renta, así como proponer métodos de ayuda a la pobreza sin alterar resultados económicos; influencia del gasto, impuestos y déficit público en el crecimiento. También estudia el desarrollo de los ciclos económicos, causas, oscilaciones del desempleo y producción y cuales son medidas necesarias para el crecimiento; funcionamiento del comercio internacional; o el crecimiento de los países en vías de desarrollo. Con todo y con esto, la mayoría de los economistas, no supieron o no quisieron ver la que se nos avecinaba; y los que lo anunciaron no fueron oídos, ni tenidos en cuenta, y todo persiste.

El término científico del sistema económico actual, cuyo objetivo es ganar dinero, es «capitalismo», que es el utilizado por los teóricos marxistas. Sus antagonistas, neoliberales o neoconservadores prefieren denominarlo «libre mercado» o «economía de mercado». Palabras que surgen tras una operación de desdramatización lingüística que, como ha ocurrido con otros términos —burguesía, proletariado, imperialismo, clases sociales, lucha de clases—, van cargados de gravedad y memoria histórica y portadoras de ruido innecesario para lo que el establishment precisa.

Tras el fracaso de los países comunistas, el modelo económico que querían representar, la «economía planificada», dejó de ser alternativa al «capitalismo». Las posiciones fundamentalistas defensoras del «mercado», se hacen más fuertes y el «pensamiento único» implantado globalmente. En su sistema todo tiene que ser libre, menos la conciencia social; todo a disposición de la libre economía, incluso la dignidad de los trabajadores; todo sometido al libre mercado, sin normas, ni leyes, salvo cuando sean para su beneficio. ¡Qué el estado no intervenga!, ya pedirán inversión, capital o rescate cuando se reduzcan las ganancias. Tras la aplicación salvaje de sus teorías, se observa su insolidaria perfección, chocando con otros valores sociales tales como democracia o justicia social. Frente al clásico dilema entre «eficiencia y equidad o seguridad y libertad», escogerán en cada momento lo que más beneficio les ofrezca.

En este sistema económico, si alguien no compra, alguien no vende, no obtiene beneficios, por lo que no tiene sentido seguir produciendo y tampoco mantener el empleo. El objetivo es ganar dinero a costa de lo que sea y es secundario lo que se venda: si existe demanda (incluso prostitución, armas o drogas), si crea beneficio y posibilidad de acumulación de riqueza, todo vale. El sistema de «capitalismo de casino», alejado del «capitalismo de rostro humano», es capaz de alcanzar las mayores cuotas de creación de riqueza, a costa de la injusticia social, ampliando exponencialmente la horquilla de las desigualdades sociales.

Hay otro enfoque posible, en el que ni todo vale, ni todo consiste en ganar dinero. Con esta visión la producción adquiere una función social. Este modelo, desde la base de la competencia, combina: la libre iniciativa, con un progreso social, asegurado por la capacidad económica. Los valores éticos en los cuales se fundamenta la economía social de mercado, se centran en principios que guardan relación con la dignidad humana, el bien común, la solidaridad y la subsidiaridad, a fin de lograr un sistema económico equilibrado, al servicio de la calidad de vida de los seres humanos.

La «economía social de mercado» tiene sus propios principios básicos: la intervención del estado en el libre mercado, que garantice la justicia social; la propiedad privada, con función social; la propiedad privada de los medios, subordinada al principio de destino universal de los bienes; la plena responsabilidad, en la búsqueda libre del beneficio económico, guardando valores éticos como el bien común, la moderación y la responsabilidad ambiental; y el desarrollo de una política económica, que debe garantizar el bienestar de todos los actores sociales.

La Constitución española permite este sistema y el contrario. Proclama la voluntad de «Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida». Dice en su articulado que «Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad». Reconoce el derecho y el deber de todos los españoles «al trabajo,… y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia», quedando garantizado por a ley «el derecho a la negociación colectiva laboral,… así como la fuerza vinculante de los convenios». Mucho se dice; tanto como se incumple, en la ejecución de medidas económicas y fiscales.

Pese a declarar que España se constituye en un «Estado social y democrático de Derecho» y garantizar en el Preámbulo un orden económico y social justo, «Se reconoce la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado», en el que «Los poderes públicos garantizan y protegen su ejercicio y la defensa de la productividad, de acuerdo con las exigencias de la economía general y, en su caso, de la planificación». Como vemos, el modelo teórico se desarrolla en un «Estado social», en el marco de la «economía de mercado»; y en la realidad observamos como los gobiernos se acercan al mercado, alejándose de lo social.

En el título VII «Economía y Hacienda» se dice que «Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general». El Estado, mediante ley «podrá planificar la actividad económica general para atender a las necesidades colectivas, equilibrar y armonizar el desarrollo regional y sectorial y estimular el crecimiento de la renta y de la riqueza y su más justa distribución». Escrito está; y habría que blindar alguno de estos principios, para que ningún gobierno de turno, ataque de forma obstinada, con sus reformas antisociales, los intereses de las personas, frente a los de la banca. Como podemos entender, todo puede ser diferente y otra política es posible, como defender una economía de oferta, sustentada en la innovación tecnológica, la educación y la distribución de la renta (Antonio Miguel Carmona).

En la historia, el «capitalismo» ha evolucionado a través de tres fases: la comercial, en la que el dinero desempeñaba el papel de mercancía para los intercambios de otras mercancías. La financiera, en la que el dinero cambia de función, para ser una reserva de valor, que utiliza la producción y el intercambio de mercancías, para crear más dinero. La fase de «capitalismo de casino», es el de la desregulación, los derivados y la innovación financiera y tecnológica; y funciona según el esquema de puro intercambio de dinero, desvinculado del comercio de mercancías y de la producción; facilitando el crédito excesivo y creando burbujas especulativas. Con el estallido de la última burbuja en 2008, se inició la crisis actual, idóneo momento que utilizan para los ajustes necesarios, para la protección del sistema capitalista globalizado del libre mercado.

Las teorías y relaciones en la economía mundial mucho han cambiado, pero en el fondo está casi todo inventado. Son tres los pensadores filósofos que hoy siguen marcando tendencia: Smith, Marx y Keynes. Pero el desarrollo de sus teorías y las consecuencias económicas y políticas, será la semana próxima.



Última edición por RioLena el Miér Ene 01, 2020 12:26 am, editado 2 veces
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Mensaje por RioLena el Miér Ene 01, 2020 12:22 am

Tres visiones y una realidad (II)

Decíamos la semana pasada, que las teorías y las relaciones en la economía mundial mucho han cambiado, pero que en el fondo está todo inventado. Los pensadores filósofos economistas que hoy siguen marcando tendencia son: Adam Smith (S.XVIII), Karl Marx (S.XIX) y John Maynard Keynes (comienzos del S.XX). Sus teorías siguen vivas, las opiniones enfrentadas y su aplicación motivo de discrepancia. Vivimos el ataque del «capitalismo de casino», contra quienes solo tenemos nuestra fuerza de trabajo.

La principal obra de Adam Smith fue «La riqueza de las naciones» (1776), donde analizaba el feudalismo y defendía la necesidad de un crecimiento económico, en los albores de la revolución industrial burguesa. Según su teoría de laissez faire —defendida hoy por el liberalismo fundamentalista—, la clave del bienestar social está en el «crecimiento», que se potencia a través de la «división del trabajo» y la «libre competencia»; siendo «la mano invisible» la que corrige las contradicciones del «mercado». Aunque no la veamos, mano invisible hay, sabemos quienes las mueven y los gobiernos nacionales a su servicio.

Para Adam Smith la «división del trabajo» es la principal fuente de crecimiento y desarrollo de un país. Pone el ejemplo de una fábrica de alfileres, para explicar que si cada trabajador se especializa en una parte del proceso de fabricación, se consigue una producción mayor y con ello el crecimiento. Defendía, que gracias al egoísmo de los particulares (conseguir el máximo beneficio), se logra el bienestar general. Muchos siguen defendiendo ese postulado; pero la realidad es otra: el sistema permite el máximo beneficio y acumulación de capital, sin prestar atención a las necesidades básicas de «sus semejantes».

Después del hundimiento de los países llamados comunistas y de su «economía planificada», hay que seguir teniendo en cuenta los análisis y teorías de Karl Marx. La escuela económica marxista abarca una teoría económica, otra sociológica, un método filosófico y una visión revolucionaria de cambio social. Marx dice que en el «sistema capitalista», la riqueza es la que determina la posición social y el poder (contrario a como ocurría en el feudalismo). Esto supone que la acumulación de capital de unos, responde a la explotación de otros y a su pauperización o empobrecimiento. La estructura social económica, se convierte en el corazón del entramado social; el Estado es el garante de la propiedad privada de los medios de producción y ésta motor del crecimiento, provocando necesariamente desigualdades sociales.

Para Marx, el capitalismo se sustenta en la existencia de dos clases cuyos intereses son contradictorios: una es dueña de los medios de producción, los burgueses; y la otra únicamente de su fuerza de trabajo, los proletarios. Burguesía y proletariado enfrentados en una «lucha de clases». Según Marx, el conflicto no es nuevo; en la historia siempre han existido enfrentamientos: esclavos contra hombres libres, siervos contra señores; grupos antagónicos con intereses contrapuestos, donde las relaciones económicas están basadas en la explotación.

En mi opinión, el nuevo capitalismo se sustenta del beneficio que generan diferentes fuentes: Con la especulación financiera —huyendo de las empresas productivas y la deslocalización—, pagan los trabajadores, explotación y eliminando de derechos; Con los rescates y las quitas —preferentes, corralitos y demás—, pagan los clientes de los bancos; Con la exigencia a los gobiernos de recortes en gastos sociales y servicios públicos, paga la ciudadanía en general. Trabajadores, clientes y ciudadanía, que son los mismos, tríplemente explotados.

En «El Capital» (primer volumen publicado en 1867) Marx también desarrolla, la teoría del «valor-trabajo». El valor de una mercancía es el tiempo de trabajo empleado en ella; y el proletariado quien realiza esta función. Proletarios: «individuos que venden su mano de obra y no poseen los medios de producción», crean la riqueza de una sociedad, fabricando los bienes (maquinaria, carreteras, mobiliario, entre otros) y posibilitan los servicios y manufacturas. Burguesía: pequeños propietarios, terratenientes o comerciantes, que «poseen los medios de producción», ostentan el capital acumulado y emplean al proletariado; no pagan a los trabajadores el valor total de las mercancías que producen, acaparando la diferencia, consiguiendo la «plusvalía de explotación o beneficio». El planteamiento sigue siendo impecablemente válido.

Otro factor importante en la obra de Marx es la «división del trabajo». Para los clásicos era la fuente de riqueza de una nación, para Marx es un factor de «alienación» o pérdida de la identidad de la clase trabajadora, que convertido en especialista en cierta materia, no sabe hacer otra cosa. Si una máquina reemplaza esa tarea o desaparece la necesidad de fabricación, el obrero pasa a ser una «mercancía de desecho». Para Marx, el sistema tiene contradicciones inherentes, ciclos y crisis, que supondrán su propio fin. No tuvo en cuenta Marx la capacidad camaleónica de los capitalistas, para adaptarse a las situaciones que se le presentan. La crisis actual es una muestra de que siguen en ello.

Un enorme desempleo azotó a los años treinta del pasado siglo. La economía clásica planteaba que, tratándose de una cuestión puntual, se ajustaría automáticamente, bajando los salarios. Y aparece John Maynard Keynes, discrepando de los clásicos: «el equilibrio de la economía, no puede ser a costa de un alto nivel de desempleo». La teoría «keynesiana», fue la respuesta dada a la «Gran Depresión» de 1929. Su obra «Teoría general del empleo, el interés y el dinero» (1936) dice que en momentos de crisis, con el paro creciendo e incertidumbres sobre el futuro, con menos ingresos, los particulares ahorran por temor y precaución; y al no correr el dinero, se agudiza el ciclo bajista. Por esta razón, en momentos de depresión económica, hace falta que el Estado intervenga con la «Política Fiscal» para «desatascar» la economía.

El último informe del Banco de España, que analiza la evolución de la economía española subraya, que la escasa capacidad de ahorro de las familias en un contexto de caída de la renta disponible, el elevado endeudamiento y un panorama laboral incierto, deja poco margen para la recuperación del consumo a corto plazo y por consiguiente del empleo. De libro. Las familias no consumen, no se vende, ni se fabrica, por lo que se destruye el empleo. Pues pese a todo, contra la depresión económica, más austeridad.

Tres visiones, complementarias algunas, en tres épocas distintas, que ayudan a entender los problemas de funcionamiento del modelo económico que hoy impera: «el capitalismo». Otros definen como «economía libre de mercado». Parece que, pese a todo, algunos nos quieren llevar a las postrimerías del Siglo XVIII. Ocurre, como dice Antonio Miguel Carmona, que la realidad es que «la politización de la economía, convierte a la disciplina en un toma y daca donde, no se sabe bien por qué, la izquierda acaba siendo keynesiana y la derecha neoclásica».

Me está costando más de dos semanas entender los mecanismos de la economía, pero he sacado algunas conclusiones: En política económica los errores se pagan; No es lo mismo hacer una cosa que la contraria; La economía no es sólo cosa de economistas. Las diferentes teorías economicistas están avaladas por ideologías; La aplicación de una u otra viene a beneficiar a la clase capitalista o a la clase madia y trabajadora; Los depositarios de las ideologías son los partidos y con ellos los gobiernos; Cuando se dice que todos los gobiernos son iguales y hacen lo mismo, hay que decir a continuación: que si hacen lo mismo, es porque tienen igual ideología. No es cierto que los gobiernos que representan a la izquierda ideológica, hagan lo mismo que los de la derecha; Ni todos son iguales, ni todos hacen lo mismo. Estamos en crisis.

Nota final: Pese a los recortes y la austeridad, la economía va a peor y la sociedad al desastre. La última EPA ofrece los siguientes datos: 16.634.700 ocupados, 6.202.700 parados, y una tasa de paro del 27,16%. La ocupación cae a niveles de 2005. En un año hay 563.200 parados más y 798.500 ocupados menos. Los autónomos son menos que hace un año. Las familias con todos sus miembros en paro ascienden a 1.906.100 y record de paro juvenil con un 57,22%. España, junto con Grecia, es el país del euro con mayor tasa de paro. No hay dinero, las empresas no invierten, el paro se dispara y se destruye empleo. Pese a la catastrófica situación, Rajoy no asume su fracaso y anuncia, sin especificar qué, más de lo mismo: más reforma laboral, más recortes sociales y más presión fiscal a familias y empresas. Ah, y «desindexación» ¿sobre las pensiones?. Provocará: menos consumo, menos inversión, más paro. ¿Dónde quieren llevarnos?


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Mensaje por RioLena el Miér Ene 01, 2020 12:24 am

La crisis. Desmantelan el "Estado social" (y III)

La económica capitalista se mueve de manera cíclica, a golpe de crisis, más o menos profunda, de forma habitual. En los últimos diez años, hemos atravesado cuatro grandes crisis hasta llegar a la actual; el FMI cifra en 122, las que se han producido desde la más famosa en 1929. Intentando comprender sus causas y razones, entendemos que la crisis es consustancial con el sistema capitalismo insaciable y por los errores políticos, avalados por la teoría-ideológica, de quienes las gestionan.

La crisis económica es una «fase recesiva de un ciclo intenso y rápido, caracterizada por un fuerte retroceso de la producción, quiebra de empresas y sensible aumento del desempleo» (Jordi Sevilla). Es más sencillo adivinar el movimiento de las estrellas, que lo que ocurrirá con el mercado, venía a decir Isaac Newton. Los partidarios del «mercado» culpan a la intervención del Estado, cuando lo que falla son los mecanismos del propio mercado, demostrado, precisamente, por la aparición de las crisis.

Las últimas cuatro grandes crisis se han producido en muy diferentes lugares del globo y por distintas causas, pero con un hilo conductor: la «sobredimensión», que provoca «burbujas». Los casos que vamos a sintetizar son: la llamada crisis de los «dragones asiáticos», la bancarrota de «Rusia», el «corralito argentino» y la crisis de las empresas «puntocom». Ahora estamos inmersos en la del «capitalismo de casino».

La crisis de los «dragones asiáticos», en palabras de Paul Krugman, se inicia porque Japón vivía una burbuja en sus activos: «el terreno del Palacio Imperial de Japón valía más que todo el Estado de California». Todo comenzó a desbaratarse cuando el mercado bursátil japonés reventó, llevando a su poderosa economía a una espiral, primero de crisis, y luego de recesión total, arrastrando a sus vecinos: Singapur, Tailandia, Filipinas y Corea del Sur. Estas economías, sujetas a un tipo de cambio estable, no pudieron eludir la caída en el consumo de Japón y sucumbieron en una depresión profunda, que obligó a una reestructuración de sus economías y a la intervención del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, con sus políticas de estabilización.

La crisis de 1998, produjo la quiebra financiera de Rusia. La enorme deuda pública instigada por la crisis asiática, fue una de las causas. La crisis se originó por los desajustes macroeconómicos de la balanza comercial, cuenta corriente, fiscal y monetarios. La caída de los precios mundiales de materias primas y la reducción de los ingresos por la venta del petróleo, hizo desaparecer la liquidez. A todo esto hay que sumarle el proceso de organización del Estado, tras el derrumbe de la URSS. Rusia no pudo cubrir la brecha fiscal y la balanza de pagos, dejó de pagar sus deudas y se declaró en suspensión de pagos el 17 agosto.

En diciembre de 2001, Argentina instauró el «corralito», que venía a restringir la retirada de depósitos bancarios, transferencias al exterior y pagos realizados fuera de Argentina con tarjetas de crédito. A finales de los 90, la situación económica mostraba un elevadísimo déficit fiscal. La política de estabilización monetaria que se implantó, con la degradación de la moneda, provocaron el empobrecimiento miles de personas, lo que generó en conflicto social y la caída del primer Gobierno democrático desde la dictadura. Con un elevado endeudamiento, se paralizó el comercio y el crédito, la economía perdió competitividad, se rompieron las cadenas de pago y llegó la asfixia económica. Con la retirada masiva de dinero de los bancos, se provocó el colapso del sistema bancario y con todo, el default.

La crisis de las empresas «puntocom» en 1999, comenzó tras el colapso generalizado y la desvaloración económica de ciertas compañías que operaban en Internet, por la desconfianza generalizada en los mercados de valores, después de una rápida valorización en «Bolsa». La especulación, la gran disponibilidad de capital de riesgo, junto con la ausencia de un plan de negocios claro, generó el colapso múltiple: se pinchó la «burbuja». En menos de tres años, el índice Nasdaq de New York, perdió un 70% de su valor. Se estima que desde el año 2000 al 2003 desaparecieron casi cinco mil compañías de Internet, por quiebra o fusión.

En España la crisis de las «puntocom» tardó más en llegar, pero lo hizo con efectos ruinosos. Justo un año después de que se desatase la crisis en EEUU, las acciones de Jazztel, en pocos minutos, caían un 16%. Pero el ejemplo que simboliza el auge y caída de las «puntocom» en España es Terra, que cerró el círculo de la burbuja en julio de 2005. Con revalorizaciones de hasta el 1.000%, las tecnológicas, empujaron hasta sus máximos históricos a todos los índices de cotización, hasta que la burbuja explotó, y la gran mayoría de los valores «puntocom» se derrumbaron, con caídas superiores al 60%, 70% e incluso el 90%.

La crisis que nos aqueja, comienza a finales de 2006, con los problemas de las entidades financieras estadounidenses, que habían popularizado las hipotecas subprime, concedidas a personas con pocos recursos. Estas hipotecas fueron vendidas, como productos derivados, a otras entidades en todo el mundo, contaminando al sistema internacional. La crisis global se origina en Wall Street, por los fallos del mercado desregulado; y la quiebra de Lehman Brothers en 2008, transforma la crisis de liquidez, en crisis de solvencia del sistema financiero. Pese a las inyecciones de liquidez de bancos centrales y gobiernos, los créditos no llegan ni a familias, ni a empresas. Los bancos utilizan esos fondos para hacer frente a una morosidad creciente. Interesa más la especulación financiera, que la inversión productiva. Con ello aparece otra fase de la crisis; la de la economía real, con el resultado de miles de empresas cerradas y 50 millones de personas más desempleadas en todo el mundo.

Como el objetivo del sistema capitalista es ganar dinero, fabrica y vende cuanto más mejor; con ello, la capacidad de producir, crece más que la posibilidad de consumir. Aquí es cuando entra el sistema financiero, que está en todo, concediendo créditos al consumo, provocando el endeudamiento del sector privado (familias y empresas), que cuando crece desproporcionadamente, hace que algunos precios suban; como el de la vivienda que resulta inflado, creando la «burbuja inmobiliaria especulativa». Cuando la distancia entre la capacidad de compra y capacidad de pago aumenta, el riesgo de impago sobrepasa los límites y estalla la burbuja. Otra crisis está servida.

En España, tras negar la existencia de la crisis, las soluciones se abordan tarde y mal; y los últimos gobiernos, al dictado del neoliberalismo económico, intervienen para «salvar» al sistema financiero, con rescates y ayudas, en exclusiva al sector bancario. La solución que se está dando, es la contraria a lo que la situación precisa. Pese a la austeridad, no se ha reducido el déficit público. Pese el rescate a los bancos, sigue sin llegar el dinero a familias y empresas; no se reactiva la economía y el desempleo por las nubes.

El gobierno de Rajoy, que gestiona el sistema capitalista, al servicio de los intereses alemanes, fiel a su ideología, con la excusa de la crisis, desmantela el «Estado social». Con austeridad y sin inversión pública, recorta gastos en prestaciones sociales, elimina derechos y servicios públicos esenciales y privatiza otros; sube los impuestos en general, y no se incrementa la presión fiscal a las rentas más altas.

La crisis la estamos pagando, los que siempre pagamos todo. Moraleja: el egoísmo de unos, por insaciables, perjudica la salud de otros, por subsistencia.


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