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Geopolítica al servicio de la reacción - Por Rolando Astarita

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Mensaje por Marx 12 el Miér Mar 20, 2019 3:44 am


Por gentileza de un lector del blog que vive en Cuba, me llegó el escrito de Iramis Rosique, que lleva por título “Por qué apoyo a Maduro” (http://www.desdetutrinchera.com/politica/por-que-apoyar-a-maduro/). Rosique se autocalifica de “revolucionario, comunista y cubano”. Su argumento básicamente pasa por considerar digno de apoyo a todo gobierno o régimen que se oponga a EEUU. Escribe:

“Irán no es un país democrático: los homosexuales son condenados a muerte, las mujeres casi no tienen derechos y el ayatolá es jefe de estado y líder religioso de modo vitalicio. No obstante, yo apoyo a Irán”.

“Rusia y los países de la Comunidad de Estados Independientes no son en su mayoría tampoco países democráticos: en ellos también la homosexualidad es perseguida, grandes masas de personas emigran en busca de mejor vida, hay altos niveles de corrupción, militarismo y mafia, y muchos de sus presidentes llevan desde inicios de los 2000 en los cargos. No obstante, también apoyo a Rusia y sus aliados en Europa del Este”.

“China no es un país democrático para nada: existe una extraordinaria polarización de la riqueza entre la ciudad y el campo, el gobierno ha utilizado sistemáticamente la violencia contra disidentes, y las condiciones de trabajo en muchas fábricas y la agricultura son decimonónicas. Y aunque dudo mucho que así se esté construyendo el socialismo, yo apoyo a China”.

Su razonamiento es que Irán, Rusia, China, etcétera, son enemigos de EEUU, “el líder de Occidente”. Dado que todos esos regímenes se oponen a EEUU, constituyen “una resistencia al poder hegemónico occidental, un contrapeso en pos del equilibrio del mundo que se perdió. Ese equilibrio del mundo es esencial para los proyectos nacionales de cualquier diminuto o gran país del Tercer Mundo”. Agrega que “en tanto EE.UU y sus aliados puedan violar impunemente el derecho internacional, no cesarán las guerras económicas y las injerencias políticas”. Sostiene que los revolucionarios tampoco deberían criticar a Cristina Kirchner, Dilma Rousseff, o Daniel Ortega”. Y termina diciendo: Maduro representa las tres cuestiones, la nación, la América nuestra y la autodeterminación. Por eso, independientemente de sus errores, yo lo apoyo, porque no existe la tercera opción…”.

Un justificativo para apoyar regímenes reaccionarios y represivos

El texto de Rosique expresa, de la manera más abierta y franca posible, la justificación del castrismo, del chavismo, de los PC y otros grupos de izquierda, para respaldar todo tipo de regímenes reaccionarios y represivos. Un caso sobresaliente fue el apoyo de Cuba y la URSS a la dictadura de Videla. El argumento tuvo la misma excusa que esgrime Rosique: la geopolítica puesta al servicio de “fortalecer el campo socialista” y “debilitar a EEUU”. Pero la lista de apoyo a regímenes y gobiernos es larga. Así, por ejemplo, Fidel Castro y el PC cubano respaldaron al gobierno de Idi Amin, de Uganda; al presidente de Zimbawe Robert Mugabe, (recibió la Orden José Martí); a Denis Sassou-Nguesso (también condecorado con la Orden José Martí), de la República Popular del Congo; a Nguema Macías y Teodoro Obiang (recibido en 2008 con honores en Cuba), de Guinea Ecuatorial; a Mengistu Haile Mariam, de Etiopía; a Kadaffi, de Libia; a Al Assad, de Siria; a los Kim, de Corea del Norte, a Nicolae Ceaucescu, de Rumania. En todos los casos, con la misma justificación: o se apoya a estos regímenes, o se está con EEUU. Mencionemos también el visto bueno de Mao al golpe de Pinochet (porque, supuestamente, debilitaba al “imperialismo soviético”).

La tradición de la “geopolítica de izquierda”

El análisis tipo Rosique reconoce una larga tradición en la izquierda, la cual se remonta, por lo menos, a los comienzos de la Guerra Fría. Es que en aquellos años de posguerra muchos dirigentes y organizaciones plantearon que la contradicción capital – trabajo estaba subsumida en el enfrentamiento de los bloques encabezados por EEUU y la URSS. Fue una idea central de los partidos Comunistas, pero no solo de estos. Por caso, el Congreso de la Cuarta Internacional de 1948 también definió que el enfrentamiento principal de la época era entre EEUU y la URSS. Agreguemos que luego, en los 1960, cuando el PC chino rompió con el Kremlin, “la contradicción principal” habría operado a tres bandas; o a cuatro, si se sigue el criterio de algún partidario de Tito.

Por esta vía, las líneas de fuerza y los enfrentamientos se definieron en torno a Estados y sus gobiernos: la URSS, a la cabeza del bloque socialista (con posibles aliados en el Tercer Mundo), contra EEUU, al frente del bloque imperialista capitalista. En consecuencias, la vanguardia en la lucha por el socialismo pasaba a ser el Estado soviético, dirigido por la burocracia, y con su aparato militar como baza principal. Los Estados y gobiernos “socialistas” (u “obreros”) encarnaban los intereses históricos de la clase obrera internacional. Por lo cual, militantes y organizaciones debían subordinar su política y estrategia a las necesidades de los aparatos stalinistas, y del Kremlin en primer lugar. Las políticas de frente popular con los sectores “progresistas” de la burguesía fueron funcionales a esta estrategia. La aparición de otros candidatos (China, Yugoslavia) a encarnar la vanguardia del socialismo no alteró el planteo básico. El resultado invariable fue que la contradicción capital – trabajo, y su manifestación, la lucha de clases internacional, quedó en un segundo plano, subordinada al enfrentamiento entre bloques.

Por lo tanto, cada aparato nacional-burocrático puso sus intereses por encima de cualquier otra consideración. A esto sus apologistas lo llamaban “internacionalismo”. Lo cual contribuyó a que también pasara a un segundo plano la explotación de la clase obrera por el capital, por los capitalismos de Estado, y por los regímenes burocráticos no capitalistas, como la URSS o China. Por eso también desaparecieron los análisis en términos de clases sociales, modos de producción, relaciones sociales de producción. En definitiva, no dejaron piedra sobre piedra en su ataque al marxismo. Es lo que explica cómo la militancia de izquierda pudo terminar aceptando como natural que partidos que se reclaman del comunismo respaldaran a un Al Assad, a un Idi Amin, o a un Videla.

No pueden haberle hecho mayor favor a la burguesía

Por lo explicado en el apartado anterior, es claro que argumentos como el de Rosique constituyen una nueva manifestación de la vieja política nacionalista-burocrática, esta vez con el eje puesto en los intereses de las burocracias chavista y castrista. Así, con el cuento de “la geopolítica no deja alternativas”, con la excusa del antiimperialismo, se sigue respaldando a gobiernos y regímenes que han anulado casi por completo la actividad y organización independiente de la clase obrera; y que han desacreditado, sofocado y reprimido el programa socialista. No pueden haberle hecho mayor favor a la burguesía.

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