Río Tajo - César M. Arconada - año 1938 - formato pdf - en los mensajes: Vida y obra del escritor comunista César Muñoz Arconada

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Mensaje por RioLena el Sáb Ene 21, 2017 7:32 pm

Río Tajo

César M. Arconada - año 1938

escaneado en formato pdf con calidad suficiente - por cortesía del blog 'Comprendiendo España'


Primera parte:

https://rodriguezacevedo.files.wordpress.com/2013/02/arconada-rio-tajo-cap1.pdf

Segunda parte:

https://rodriguezacevedo.files.wordpress.com/2013/02/arconada-rio-tajo-cap2.pdf

Tercera parte:

https://rodriguezacevedo.files.wordpress.com/2013/02/arconada-rio-tajo-ca3.pdf



Escrito en plena Guerra de España, el libro recibió el Premio Nacional de Literatura, aunque la derrota republicana impidió la publicación de este libro en español, lo que primeramente se hizo en Checoslovaquia (traducido al checo con el título Řeka Tajo) y en otros países del este europeo. En 1978 se publicó por la Editorial Akal.

El río y la meseta son los signos geográficos, los hombres son quienes hacen la historia. Y esta historia es fundamentalmente la de Chaparrejo, un pastor entre pastores en un pueblo cualquiera de la serranía. Es la historia de Flora, una hija de la burguesía que en el momento de la gran crisis nacional se coloca en el bando de los humildes. También aquí, Arconada nos ofrece lo más granado de su observación de la vida campesina que él conoce bien. Este pueblo cerrado vive al ritmo lento y cansino de la tradición secular. Vive con su ignorancia, sus mitos, sus ilusiones, sus festejos, sus chuscadas, sus brutalidades. Y a este lugar llega un día la guerra para romper la continuidad del tiempo, para desgarrar vidas y conciencias, para dividir y enfrentar. Los párrafos en que él escritor describe la ruptura, la irrupción de este trauma colectivo, histórico e individual, la propia metáfora empleada -un caballo negro lanzado a galope por los campos- son uno de los más hondos y bellos pasajes de su obra.
   


Última edición por RioLena el Sáb Ene 21, 2017 8:49 pm, editado 2 veces
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Mensaje por RioLena el Sáb Ene 21, 2017 7:37 pm

Vida y Obra de César Muñoz Arconada (1898-1964)

tomado de webcindario.com

César Muñoz Arconada es uno de los escritores más representativos del realismo socialista en España. Nació en Astudillo (Palencia) el 5 de diciembre de 1898. Soy natural de Castilla. De la alta Castilla de tierras incultas -escribió- secas, duras, cocidas de sol y sed. A pesar de todo el aditamento que me dio, no puedo disimular mi ascendencia campesina... Se nos llama místicos. Toda la mística española nació en Castilla. Pero pienso que nuestra mística es una evasión de nuestra pobreza... Aprendí a escribir como nuestros toreros aprenden a sortear al toro: a fuerza de lances de capa, a fuerza de ir de aquí para allá, de plaza en plaza, de pueblo en pueblo. Esto es toda mi Universidad.

Hijo de un funcionario, ingresó muy joven, en 1920, en el cuerpo de funcionarios de Correos. Marcha destinado a Palencia y allí fija su residencia. Al llegar a la capital se incorpora de inmediato a la redacción del Diario Palentino, iniciándose así en el periodismo.

De 1923 a 1926, fue crítico musical en la revista Alfar de La Coruña, lo que da origen a su primer libro En torno a Debussy (1926), por lo demás, profundamente orteguiano.

Obtiene el traslado a Madrid y desde muy temprano su nombre aparece esporádicamente en varias revistas. Participó activamente en los movimientos literarios de vanguardia de los años 20, colaborando en numerosas revistas de las llamadas de literatura pura: Verso y prosa, Papel de Aleluyas, Parábola, Manantial, Mediodía y Meseta.

Desde su aparición en 1927, es asiduo de La Gaceta Literaria, de la que será redactor jefe entre enero y septiembre de 1929. La revista que dirigió Ernesto Giménez Caballero, fue un lugar de reunión de los vanguardismos más desaforados de la época.

Arconada publicó en 1928 su primer libro de poemas, La Urbe, uno de los logros poéticos del ultraísmo.

Un año después creó y dirigió Ediciones Ulises, que a lo largo de cuatro años reúnió un catálogo muy valioso con más de cincuenta títulos, distribuidos en varias colecciones. Arconada colaboró de forma continua con reseñas, notas críticas y crónicas de las asambleas sindicales en Comunicaciones, uno de los boletines editados por los trabajadores de Correos.

Estos primeros escritos están influidos por las corrientes artísticas de los años veinte. Arconada también se inició en la senda del arte puro, una literatura de alambique, convertida en fin en sí misma, desguazada lo más posible del medio social.

Los temas literarios son también puramente evasivos de la realidad. Por ejemplo, una parte importante de su trabajo crítico lo dedica al estudio de la entonces incipiente producción cinematográfica en la revista Nuestro Cinema, dirigida por Juan Piqueras y subtitulada Cuadernos Internacionales de Valorización Cinematográfica.

El cine, nuevo medio de expresión artística, comienza entonces a congregar multitudes, y ocupó una parte de las preocupaciones de Arconada como crítico, publicando en 1929 Vida de Greta Garbo y al año siguiente Tres cómicos del cine, en el que maneja un sociologismo simplista en las biografías de Chaplin, Clara Bow y Harold Lloyd.

Su Vida de Greta Garbo es una obra muy curiosa y audaz, porque hay bastantes datos que coinciden con la verdadera biografía, pero también hay muchos otros no lo hacen. Arconada tenía que hacer una biografía, apenas tenía datos, y decidió inventársela. Es imposible negar que se trate de una biografía; pero sí que sea la de Greta Gustafsson, aquella hermosa actriz que alcanzara la gloria con el nombre artístico de Greta Garbo, e incluso con el sobrenombre de La Divina. La podríamos definir como un biografía imaginaria de una mujer desconocida.

La inventiva del autor trabajó a sus anchas en lo relativo a los años oscuros de la actriz, pero que no ocurrió lo mismo con su período de fama, seguramente por temor a ser desmentido.

El libro nace dentro de una estética vanguardista, lo que explica la poca relevancia que su autor concede a la realidad. Como obra de creación es muy notable, y su prosa, magnífica. En ella el mundo de lo representado pertenece a una estilización consciente no ya de la realidad fáctica, sino de todo ese mundo de referencias que tan sólo podemos encontrar en el poder de sugerencia de lo desconocido e intuido; de los sueños infantiles; de la sala oscura y devota de los primeros cinematógrafos; de lo íntimo. La obra de Arconada, como texto literario, está muy por encima de los datos que manejó, por encima de la vida real de la auténtica Greta Gustafsson. Es la verdadera biografía de la mujer soñada, nacida en una Suecia y florecida en un Hollywood que nunca tuvieron existencia fuera de este libro... y de la ensoñación que Arconada compartió con tantos otros enamorados de La Divina, entonces como ahora.

Sin embargo, la obra fue un éxito editorial, y llegó a traducirse y editarse en el extranjero.

La situación política influyó poderosamente sobre los escritores de quella época. La monarquía se pudría irremisiblemente poniendo al descubierto la miseria, la explotación y la opresión padecidas por las masas populares, así como sus condiciones de vida semifeudales. Muchos escritores descubrieron de repente que su posición en la sociedad en que vivían, exigía de ellos algo más que el puro juego de palabras en el alambique de sus refinados libros. Era necesario responder a la realidad, a sus contradicciones, mil veces más sugestivas y apasionantes que las especulaciones vacías, cerradas sobre sí mismas, de los eruditos, siempre cuajadas de un individualismo insolidario.

En su Autobiografía, publicada en la revista Commune en abril de 1936, reproducida en el número 1 de Nueva Cultura, Arconada decía: Llegó un momento en nuestro país en que el proceso revolucionario rompió el idilio de los poetas con las musarañas. Fui uno de los primeros que se angustiaron ante el dilema, ante el destino de nuestro tiempo y de nosotros mismos. Hoy, luego de un largo proceso, después de haber sometido mi vida y mis ideas a muchas vicisitudes, comprendo que no ha sido fácil descender del paraíso de las musarañas al campo vivo y real del proletariado. Los jóvenes escritores se encuentran hoy ante muchas ideas ya formuladas y caminos ya trazados. Pero otros tuvimos que abrir la marcha, con el riesgo de la impopularidad y el abandono de las ventajas que la burguesía otorgaba entonces a los espíritus acomodaticios.

A partir de 1930 la obra de Arconada adquiere orientación política progresista. Arconada nos sorprende con tres novelas casi sucesivas, que han sido calificadas de líricas, e indudablemente -pero entendiendo el lirismo como medio y no como fin- hay bastante de exacto en la definición.

La Turbina es la primera de ellas, señalando el cambio de rumbo en su producción literaria. Esta novela relata las transformaciones que provoca la técnica, la industrialización, en las comunidades campesinas patriarcales cerradas, prisioneras de atavismos ancestrales. La técnica equivale a la irrupción de la historia, convertida en herramienta, en este medio marginado del transcurso temporal, vuelto sobre sí mismo.

Hasta cierto punto, Arconada representa el prototipo de la toma de conciencia de los escritores, de una nueva forma de asumir su trabajo. En este sentido es sumamente importante uno de sus estudios, Quince años de literatura española publicado en el primer número de la revista Octubre, en el que analiza la situación de los escritores en la coyuntura histórica por la que atraviesa España. Arconada establece una clasificación de los diferentes grupos por su orientación ideológica y de clase. Una buena parte de su exposición la dedica a describir el proceso que ha llevado a los jóvenes vanguardistas de los años de la Dictadura a alinearse junto a las fuerzas populares. No como meros acompañantes, sino orgánicamente ligados a las fuerzas sociales que buscan una transformación de las estructuras socioeconómicas de España. Indudablemente -dice- ocurre en todos los países -ocurre también en España- que a medida que se extrema la contienda social de la lucha de clases, los escritores toman partido en esa lucha, no ya porque lo sientan en sí mismos como hombres afectados por la crisis, sino porque la inteligencia -que cuando no es un pozo de aguas muertas, es siempre sensible- los lleva a apasionarse y a entregarse a los vivos problemas sobre los cuales gira, no ya la literatura, sino toda la vida.

Pero Arconada no se limitó a la crítica de lo que fue el vanguardismo elitista y burgués o a estudiar las posiciones de clase de los diferentes grupos de intelectuales que, según sus palabras, está con el proletariado fundiéndose con él, seguro de el porvenir y la nueva cultura nacerán de su seno. Está con las posibilidades de las masas y en contra de esa pobre tradición cultural de la pequeña burguesía.

Poco después del advenimiento de la II República, en junio de 1931, ingresa en el Partido Comunista de España. Entonces eran muy pocos los escritores e intelectuales que pertenecían al Partido Comunista de España. Sólo Valencia tenía en aquel momento un grupo de intelectuales comunistas organizados, del que formaba parte Josep Renau.

Fue en Valencia donde se organizó la primera asociación de intelectuales progresistas, que inicialmente llevó el nombre de Unión de Escritores y Artistas Proletarios, asociada luego a la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios, con sede en París, que dirigían Barbusse y Vaillant-Couturier. Su órgano fue la revista Octubre, que se fundó en 1933 y en la colaboraron los más prestigiosos intelectuales de la época.

En 1932, Arconada publica en las Ediciones de Izquierda sus siguientes dos grandes novelas: Los pobres contra los ricos y en 1934 Reparto de tierras, que son crónicas de las luchas de clases en el campo español, esquemáticas a veces y rígidas en ciertos planteamientos, pero reflejo y testimonio de una época de agudas luchas campesinas.

En la minuciosidad en la descripción de personajes, ambientes y situaciones, recoge Arconada la herencia de Zola y la novelística naturalista del siglo XIX. La concepción cambiante de las propias contradicciones descritas, la mutabilidad de los seres humanos, el poder transformador de la técnica y la cultura, la pasión por construir, nos acercan a ciertas novelas soviéticas publicadas en España por editoriales como Zénit y Ulises. Sus escritos se caracterizan por un realismo hondo, de resonancias épicas, minucioso en la descripción, salpicado de metáforas encadenadas a veces y ligado estrechamente a los hombres y mujeres que construían con sus manos la historia real de España.

Sigue colaborando activamente en numerosas revistas. Sus poemas y artículos aparecen en Octubre, Nueva Cultura, Tensor, Línea Sur, Frente Literario y Letra, entre otras.

Una narración de Arconada se incluyó también en un libro colectivo por su coordinación temática, Las Siete Virtudes, publicado en 1931, con una presentación a cargo de Benjamín Jarnés. Arconada escribió La Humildad, virtud que le acompañó toda su vida. Junto a él colaboraban Valentín Andrés Alvarez, Antonio Botín Polanco, José Díaz Fernández, Antonio Espina, Ramón Gómez de la Serna y Jarnés.

En 1936, escribe un libro de poemas, Vivimos en una noche obscura y unas obras teatrales tituladas Farsas para títeres. Al reanudarse la publicación de Mundo Obrero, portavoz del Partido Comunista, ocupa el puesto de redactor literario.

En 1936, a mediados de julio, Arconada parte para un rutinario viaje de inspección a Fuenterrabía. Allí le sorprende la guerra. El comienzo de la guerra le lleva de corresponsal de Mundo Obrero a Asturias, permaneciendo varios meses en las cercanías de Oviedo.

Al hundirse el frente del norte, logra llegar a Valencia, donde se encuentra el gobierno republicano. El ministro de Instrucción Pública le pide que abandone el trabajo y se dedique por entero a escribir, pagándole íntegro el sueldo de Correos. Durante la contienda publica en 1937 Romances de la guerra y una farsa grotesca, La conquista de Madrid. En 1938 escribe en pocos meses Río Tajo, comienzo de una trilogía que recibe el Premio Nacional de Literatura en 1938.

La novela de la guerra civil española, las características de la lucha, la naturaleza del levantamiento fascista contra la República, la reacción popular, los cambios que se originan en el seno del pueblo, su capacidad de resistencia y organización, son otras tantas fuentes que influyen, en Arconada para la redacción de su Río Tajo. La novela está escrita en plena contienda e impregnada del fragor de las batallas que libra el pueblo español contra las fuerzas fascistas, para derrumbar las conquistas políticas y sociales alcanzadas durante la República.

Estamos ante una novela tremendamente castellana o, mejor aún, mesetaria. El centro de la meseta es como una atalaya en la que se estrellan todos los embates de quienes pretenden hacer marchar hacia atrás la rueda de la historia. El centro de la meseta está cruzada por las cadenas montañosas centrales y por el río Tajo, que lleva la feracidad y la vida en sus aguas:

¡Río Tajo! ¡Río Tajo! Romero y miel de colinas agrestes, recoges en la Alcarria. Más abajo te asomas a la Mancha como el vallado de una era sin fin, y te da miedo el Sur y el ancho sol de los viñedos y trigos. Tuerces cola y te haces lagarto verde bajo los jardines de Aranjuez. Más allá templas aceros de claras aguas abrazado a la colina hidalga de Toledo. Cantas en la vega y bajó los cigarrales de Tirso el romance de nuestra literatura clásica. Buscas castillos y viñas por el Carpio y Montearagón. En Talavera, llana y frondosa de sotos y huertas, ensanchas cauce frente a la maravillosa muralla de Gredos, que separa las Castillas. Junto a los pendones de cal, te recuestas en Calera: Y más allá, por Puente del Arzobispo, te ocultas entre los encinares bajo los tajos de Extremadura, hasta perderte en Portugal [...] España, este país antiguo de pastores tiene forna de piel de toro. Bien, sabido está. Pues he aquí que si a un pastor se le hubiera caído un cayado en medio de esa piel, de Este a Oeste, la ruta que marca ese cayado con toda su curva empuñadura hacia sus fuentes, es el curso de este ilustre río de España que todos los ingenios clásicos cantaron.

El río y la meseta son los signos geográficos, los hombres quienes hacen la historia. Y esta historia es fundamentalmente la de Chaparrejo, un pastor entre pastores en un pueblo cualquiera de la serranía. Es la historia de Flora, una hija de la burguesía que en el momento de la gran crisis nacional se coloca en el bando de los humildes. También aquí, Arconada nos ofrece lo más granado de su observación de la vida campesina que él conoce bien. Este pueblo cerrado vive al ritmo lento y cansino de la tradición secular. Vive con su ignorancia, sus mitos, sus ilusiones, sus festejos, sus chuscadas, sus brutalidades. Y a este lugar llega un día la guerra para romper la continuidad del tiempo, para desgarrar vidas y conciencias, para dividir y enfrentar. Los párrafos en que él escritor describe la ruptura, la irrupción de este trauma colectivo, histórico e individual, la propia metáfora empleada -un caballo negro lanzado a galope por los campos- son uno de los más hondos y bellos pasajes de su obra:

Por el camino se vio venir a un caballo. Tan pronto fue verle pequeño, en el recodo de un alcor, como sentir agitarse el aire a su paso de centella por delante de la gente del pueblo [...]
El caballo venía pifante y sudoroso, a galope tendido, clavando sus cascos en la tierra con resonancia de golpes de martillo sobre una tumba. Era negro y brillante. Sus crines se encrespaban como banderas. Traía los ojos desorbitados y la boca llena de espuma. El jinete era un campesino menudo y joven. Espoleaba al caballo cada vez con más enérgica prisa. El joven traía el ceño caído y los nervios en tensión. Pasó sin mirar a la gente, como entre nubes, rápido hacia su destino ignorado. Se veía que no era jinete que quisiera exhibir destrezas de caballista, sino hombre que iba con urgencias hacia su misión [...] Nadie sabía nada, pero era espantod. Aquel caballo no venía galopando sus cascos sobre el camino, sino sobre la carne de todos, sobre la vida de cada uno, sobre España. Aquel caballo no saltaba, no, sobre las piedras y el polvo. Aquel caballo iba abriendo simas de separación y distancias como la reja de un gigantesco arado. No era brisa, no, lo que el caballo agitaba al correr, era un filo cortante que escindía la continuidad de las vidas, que cortaba el tiempo, que dividía la historia, que rompía el orden y el encadenamiento normal de las cosas.

¡Nadie sabía lo que aquel caballo a galope tendido significaba! Nos hubieran llamado locos de remate si yo o el viento, subidos a la copa de un árbol comenzáramos a gritar con voz de trueno: ¡Oidme, gentes! ¡Oidme, vecinos tranquilos, vecinos del pueblo! ¡Oidme, pastores y leñadores, mozos y mozas, viejos y jóvenes, oidme! Todos los que vivís en este momento habéis tenido dos vidas: una que ha terminado a la llegada de este caballo a galope tendido; otra, la que comenzará ahora, distinta a la anterior, y por lo tanto con diferente destino. El hace un instante está separado de este momento por un abismo que ha abierto el galope de un caballo. Una nueva baraja juega en vuestras manos ¡Atención a las cartas! Todos vosotros vais a nacer ahora de una convulsión de dolor. Tú vas a morir estrangulado, tú vas a ser un héroe, tú vas a dejar los rebaños, tú vas a perder los hijos, tú vas a ver la casa destruida a cañonazos, tú, Chaparrejo, pastor desconocido no vas a volver ya más a la sierra con tus cabras. Tú, 'muchacha de los pelos de maíz' vas a encontrar el camino soñado, más allá de las sombras... ¿me oís? ¡Este caballo que acaba de pasar ha traído un retemblor de catástrofe; y ya nada es lo que era, ni ninguno de vosotros sois lo que habéis sido! ¡Todo se ha revuelto en un caos de angustias, y al ponerse en pie, todo ha cambiado de orden de relación, de sitio, de sentido! En esta nueva vida ya no hay más división que la de las sombras y las luces. No existe lo alto y lo bajo, lo rico y lo pobre, lo mucho y lo poco. ¡Sólo existe la lucha por la libertad!.

Es imprescindible señalar que la lectura de Río Tajo debe hacerse con ojos estrictamente históricos. El escritor estaba acosado por el clima bélico en que la crueldad es alimento cotidiano y en su narración, menudean escenas crueles porque la realidad fue mucho más cruel todavía. Es una novela escrita además desde el campo republicano en el que Arconada se siente comprometido y combatiente. Es una obra literaria mitad testimonio, mitad movilización. En sus páginas palpita un espíritu de rabia y de orgullo por el comportamiento del pueblo. Responde a las necesidades de consolidación del poder republicano, de creación del Ejército Popular, de organización y consolidación, de relanzamiento de !a iniciativa. Cuando fue escrita, muchos y también Arconada, creían que la República; superando sus vicisitudes, ganaría la guerra y así lo confiesa en su patética entradilla, más patética aún leída hoy: Fue en el tiempo del dolor hecho revuelta y sacrificio. Desde siglos atrás, la multitud de los pobres, los del hambre, los desarrapados que visten vientos fríos y calzan hielo de losas, venían oyendo una canción alegre de futuros mejores: Y un día, cuando la multitud estaba sazonada, dijo: ¡Esta es nuestra hora! ¡Vamos a cambiar la base del mundo!. Porque de antiguo el mundo tenía una base hecha de privaciones para unos y de abundancias para otros; hecha de desamparo para los más y de privilegios para los menos; hecha de dolor para los esclavos y de alegría para los poseedores. Y sucedió que esa base del mundo no fue cambiada sino a fuerza de mucho dolor y sacrificio, que siempre sobre estas ruedas ha marchado el mundo. Los poderosos no se avinieron a perder su privilegiada posición, porque siempre ha sido verbo duro para quien tiene. Y entones entre los soberbios y los humildes, se originaron luchas sangrientas, un largo período de guerras, al final de cuyas convulsiones nació esta sociedad feliz en que vivimos hoy [...] ¿Y creéis que vencieron los tiranos juntos? No vencieron. La lucha fue tremenda y dura. Y las historias hablan largamente de ella.

Chaparrejo es el gran personaje arquetípico creado por Arconada. Es un héroe de novela pero es un personaje contradictorio a cuya proceso, positivo y sin fisuras asistimos. Este pastor analfabeto y astuto, ajeno a los problemas del conjunto social, con sus pequeños amores y crueldades, con sus entusiasmos y desazones, es una parte de ese pueblo humillado y mantenido en la ignorancia por los poderosos.

La guerra vino a cambiar sus hábitos pertinaces, su aislamiento, para abrirle los ojos, lanzarlo de un empellón contra la realidad y convertirlo en jefe de guerrilla, de batallón y en comandante del Ejército Popular. En una carta que el autor dirige a su personaje al final de la novela, recurso muy utilizado por aquel entonces, le dice: Te recuerdo, te admiro y te seguiré toda la vida. Eres el gran español despierto y despertado por la guerra, y cuanto más te recuerdo más te ensalzo. Mucho nos duele la guerra porque mucho amamos a España, pero no hay gran dolor sin gran fecundidad, gracias a la desventura de la guerra contamos con la ventura de la gloria [...] En la medida que tú eres tú y creo en ti, Chaparrejo, creo en el gran pueblo español, en la victoria y en su porvenir, pues tu inteligencia orientada hacia el saber, significa el destino orientado hacia la creación, por encima de la lucha y del dolorido tiempo presente.

Ni qué decir tiene que estas palabras hacen del personaje algo más que el instrumento ejemplificador. Nos descubren ante todo esa honda creencia de Arconada en la potencia creadora del pueblo, en su capacidad de absorber el conocimiento y catapultarlo hacia el futuro. No sólo en Chaparrejo, sino en los demás pastores, en Flora, Arconada contrapone su confianza en el futuro al escepticismo de la clase dominante española hacia las posibilidades y el futuro de España. El escepticismo que la oligarquía de la Resturación, proclamado por el propio Cánovas, convirtió en núcleo de su sistema político para asegurar sus privilegios. Un escepticismo en la vitalidad de España que ha presidido igualmente el comportamiento de la oligarquía dominante durante el franquismo, unido al pánico a cualquier cambio que supusiera una auténtica modernización del país.

Esa esperanza terca de Arconada en el futuro es algo más que una afirmación programática. Frente a tantos políticos marrulleros, chaqueteos, transformistas, intelectuales encastillados en sus escépticas frustraciones, insolidaridades permanentes, moralidades que no tienen más frontera que la del individualismo y la propiedad, miedos conscientes o inconscientes a cualquier cambio: preciosa herencia que el franquismo ha dejado a la sociedad española, sigue siendo posible creer en el futuro. Sigue siendo posible esa sociedad sin clases que Arconada quiso poder vivir en España.

En el plan de Arconada, Río Tajo era la primera parte de una trilogía dedicada a la lucha del pueblo español contra el fascismo. Nunca se concluyó. Cuando alguien le preguntaba por la continuidad de este trabajo, siempre respondía: Cuando Chaparrejo y yo regresemos a España seguiremos nuestra narración. Estamos los dos demasiado enraizados en el agreste suelo castellano para que podamos realizar esta tarea fuera de él, alejados de su pulso y latido. Volveremos los dos, de esto estoy seguro y entonces sabréis si estuvimos en el campo de concentración de Saint Cyprien o de Argelés, si continuamos la batalla en los maquis de Francia o en las puertas de Moscú. Una vez más, Arconada se equivocó en sus premoniciones y murió lejos, como tantos otros, en un exilio cada día más vacío, sin volver a pisar tierra española.

La estancia en Valencia fue corta. Desde allí se traslada a Barcelona, donde permaneció hasta el final. La capital catalana cayó el 26 de enero de 1939, y pocos días antes Arconada abandonó definitivamente España. Vino la derrota y, con ella, la huida y el exilio. Como tantos otros, Arconada pasó por un campo de concentración francés. Residió muy poco tiempo en Francia y casi nunca estuvo en libertad: el campo de Argeles y las gendarmerías de París se distribuyeron la estancia del escritor, partiendo hacia la URRS, en donde se encuentra para la conmemoración del primero de mayo.

En Moscú comenzó a trabajar junto a Fedor Kelin en la revista Literatura Internacional. Kelin era el más prestigioso hispanista soviético, amigo de Valle Inclán, y había asistido al Congreso de Intelectuales para la defensa de la Cultura, celebrado en Valencia en 1937. Arconada fue redactor jefe de la revista, que mudó su nombre después por el de Literatura Soviética. A este trabajo se entregó en cuerpo y alma, en aquellos días en que los tanques hitlerianos avanzaban en todos los frentes.

Sin embargo, un trabajador infatigable como Arconada, vio truncada su capacidad creadora por el exilio y se volcó en tareas más oscuras y silenciosas, en traducciones de los clásicos rusos antiguos y modernos. Tradujo a Pushkin, Lermontov, Nekrasov, Maiakovski, Blok, etc. En Moscú vivió totalmente entregado a las tareas de la revista y eran muchas las noches que pasaba corrigiendo pruebas hasta altas horas y se quedaba a dormir en un diván de la redacción. El desarraigo de su tierra española pesó fatalmente sobre su capacidad creadora. El exilio lo dejó sin aire y sin voz. Las dificultades del exilio para un escritor que, como él, había conectado con los hombres, los campos, el trabajo, los padecimientos y luchas de su pueblo, fueron insuperables. Pensaba en volver para seguir, buscaba el reencuentro con su tierra y sus gentes que nunca se produjo.

Escribió algunas obras teatrales, la más conocida Manuela Sánchez (1949), estrenada en 1952.

De 1945 es su largo poema Dolores. En 1942 editó su libro de narraciones Cuentos de Madrid y posteriormente otro titulado España es invencible.

Como ya había sucedido antes en España, demostrando su afición a por la creción colectiva, escribió en frecuente colaboración con Alberto Sánchez un trabajo en común entre el gran escultor toledano y el novelista que no ha sido estudiado y permanece desconocido.

En Moscú se une a María Cánovas, mujer a la que permanecerá ligado hasta el final de sus días. En el año 1956 es invitado por la asociación de escritores chinos para que visite la joven república socialista. A su vuelta inicia la redacción de un libro de viaje, titulado Andanzas por la nueva China. Además novela la vida de José Díaz, secretario general del Partido Comunista de España durante la guerra.

Arconada murió en Moscú, en el exilio, el 10 de marzo de 1964. En 1968 la Editorial Progreso publicó sus Obras Escogidas.

Como en el caso de tantos otros escritores, poetas, pintores, arquitectos, hombres de la cultura que vagaron sonámbulos por la paramera anonadada del exilio, sólo un puñado de españoles le recordaba en el instante de su muerte. Parecía que el fascismo había alcanzado uno de sus objetivos: barrer las tradiciones de nuestra cultura revolucionaria, desarraigar del recuerdo popular los nombres y las obras de quienes lucharon contra él con las armas en la mano, cavar un foso entre ellos y las nuevas generaciones nacidas en la posguerra.

Muy pocos volúmenes de las ediciones originales de las obras de Arconada llegaron a las manos de algún estudioso. En el fondo olvidado de alguna biblioteca, en los tenderetes de lance, aparecía de pronto uno de sus viejos y manoseados libros. Hasta 1974, no aparecieron en España sus primeras reediciones, Tres cómicos del cine y Vida de Greta Garbo, publicados por la Editorial Castellote, con una pequeña antología de artículos sobre el cine. Turner editó después La Turbina. La edición facsímil que hizo la editorial alemana Dedlev Auvermann KG de la importante revista valenciana Nueva Cultura, permitió un acercamiento a sus valiosas colaboraciones en esta publicación. Eso es todo por el momento. Sus obras del exilio son prácticamente desconocidas para nosotros, sus ediciones están agotadas y es imposible conseguirlas.

Río Tajo no se editó en castellano hasta la publicación de las Obras Escogidas en Moscú, en la que se incluye en el primer tomo, Los pobres contra los ricos y Reparto de tierras. Antes había sido traducida al ruso, checo, alemán, polaco y húngaro.

La obra de Arconada cayó en el más absoluto olvido a lo largo, del período franquista. El aplastamiento cultural posterior a la guerra civil, la persecución a los republicanos, se convirtió en una purga contra todos los escritores antifascistas. Unos huyeron hacia un exilio interminable; otros sucumbieron, muertos ante los pelotones de fusilamiento; de otros sólo quedó un recuerdo nostálgico y minoritario.

Nuestra historia literaria y las nociones que de ella han llegado a la totalidad del pueblo español, se han visto lastradas por estas contingencias. Los nombres de Enrique Gaspar, Benjamín Jarnés, Felipe Trigo, López Pinillos, Ciges Aparicio, Carranque de Ríos, Díaz Fernández, Joaquín Arderíus, Antonio Espina, Juan Rejano, Herrera Petere, etcétera, patrimonio de diversas épocas de la evolución social y política española de la Restauración a la Guerra Civil, han sido ignorados por completo. Sus obras son raras excepciones en los tenderetes de lance, por su escasez más que por su precio. Sólo unas pocas minorías ilustradas han mantenido el fuego de su lectura. Ha habido que esperar a fechas recientes para tener de nuevo reediciones de algunos de sus libros. Las Águilas y El Luchador de López Pinillos; El Blocao de Díaz-Fernández; El médico rural y Jarrapellejos de Felipe Trigo; Los Caimanes de Ciges Aparicio; La vida difícil de Carranque de Ríos, etc.

Como todos ellos, Arconada es también un escritor olvidado. Sólo rescatando sus olvidadas obras, reconstruyendo la continuidad con el pasado, podremos rescatar la memoria, que es tanto como decir, volver a ser nosotros mismos.
   

—Obras de César Arconada:

— Río Tajo, Editorial Akal, Madrid, 1978
— La turbina, Editorial Turner, Madrid, 1975
— La guerra en Asturias (crónicas y romances), Ayuso, 1979
— Los pobres contra los ricos, La Habana, Arte y Literatura, 1977
— Reparto de tierras, Diputación Provincial de Badajoz, 1988
— De Astudillo a Moscú. Obra periodística, Ámbito, Valladolid, 1986

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