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Recopilacion de textos sobre el trabajo partidario

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Mensaje por carlos el Jue Abr 15, 2010 10:22 pm

Texto del Camarada Arenas , preso político comunista


Los artículos y comentarios que venimos insertando regularmente en estas páginas, referidos a problemas de organización, no siempre son bien acogidos por simpatizantes y amigos del Partido. ¿A qué puede obedecer esta incomprensión o rechazo? En nuestra opinión, existen varias causas: unas veces es el miedo a la represión que aún atenaza a muchos trabajadores en España; otras es producto del espíritu de claudicación; pero, sobre todo, lo que más destaca y debe atraer nuestra atención es la concepción del economismo y el espontaneísmo que ha arraigado en los últimos años a raíz de la traición revisionista.
Se sabe que el economismo no rebasa el planteamiento de la lucha por la obtención de mejoras económicas. Esta forma de lucha, generalmente va ligada a un tipo de organización de clase muy rudimentaria, a un activismo ciego, gremialista la mayoría de las veces, localista y muy limitado en sus perspectivas políticas. Por todo ello es incapaz de enfrentar eficazmente la represión del Estado y de conducir a los trabajadores a la lucha por el poder. Los economicistas se desarman a sí mismos y desarman a los obreros frente al capital. De ahí nace, de la propia impotencia, su culto a la espontaneidad del movimiento de masas. Eso cuando no son lacayos declarados del capitalismo, porque los objetivos de estos últimos son muy claros y no creemos que haga falta comentarlos.

Cuando un amigo o simpatizante del Partido adopta una actitud desdeñosa ante nuestros requerimientos, para luego lamentarse de que no dirijamos o no estemos presentes en cada huelga de las muchas que sacuden todos los días en todas partes a nuestro país, ¿qué está manifestando sino una posición economicista y espontaneísta, seguidista del movimiento espontáneo de las masas? Esta cuestión la hemos explicado ya muchas veces y no vamos a abundar más en ella. A los que les cuesta entenderla tenemos la obligación de explicárselo cuantas veces sea preciso, pero a los otros, a los que se hacen los sordos o los desentendidos, a los que se encogen de hombros ante un problema de tanta trascendencia como éste, no tenemos nada que decirles. No hay que perder el tiempo con ellos, únicamente hacerles entender que estén tranquilos, que no va con ellos este enfadoso y, sobre todo, comprometedor asunto. Por lo demás, no tenemos inconveniente en reconocer esa acusación de pesados o rutinarios que lanzan contra nosotros a cada paso.

A los demás, a los que desean oírnos, a los que comprenden o intuyen la necesidad de llevar a cabo una lucha organizada y por claros objetivos de clase, a éstos les decimos: camaradas, nunca insistiremos bastante en el tratamiento pormenorizado de los numerosos problemas que nos plantea la organización de la actividad revolucionaria. Tal es así que, podemos añadir, en la solución de esos problemas venimos ocupando más de las tres cuartas partes del tiempo y de los medios de que disponemos en el Partido. No creemos que este hecho constituya un defecto o sea atribuible en forma exclusiva a nuestra organización. Cualquier partido revolucionario se ha enfrentado y se enfrentará siempre, en igualdad de condiciones, a idénticos o muy parecidos problemas. No en vano Lenin, por poner uno de los ejemplos más conocidos, dedicó una considerable atención a tratar de ellos y darles solución. Nosotros, lógicamente, gracias a esa labor de Lenin y de otros grandes maestros nos encontramos con la mayor parte de los problemas teóricos resueltos. No ocurre lo mismo con los de tipo práctico que, como suele ocurrir siempre, son los de más difícil solución.

¿Qué hacer para que las ideas de organización, las normas de funcionamiento partidista y los hábitos clandestinos de trabajo sean comprendidos y adoptados cuanto antes por el proletariado revolucionario? Ya hemos comprobado la indiferencia, cuando no es el rechazo casi frontal con que nos encontramos algunas veces. Sin embargo, no por eso vamos a renunciar a nuestro cometido, por muy grandes que sean las dificultades, las incomprensiones y las presiones de todo tipo que tratan de llevarnos por otro camino [...]

Pero no solamente hay que hablar una y otra vez, en periódicos, reuniones y documentos internos, sobre organización y demás problemas relacionados con la actividad práctica. Hace falta, además, hacer algo mucho más importante: se trata, tal como se ha acordado en la mencionada reunión, de trazar planes de trabajo y procurar que luego se cumplan.

No es el número de militantes ni la extensión o envergadura del trabajo político lo que ha de preocuparnos especialmente en estos momentos, sino el funcionamiento regular partidista, la labor centralizada perseguida conscientemente y conforme a unos planes. Sólo de esta manera conseguiremos superar esta difícil etapa, afianzar lo ya alcanzado e ir creando un hábito de trabajo que nos permita abordar tareas cada vez más complejas. Además, como la actividad que despleguemos no puede reposar en el aire, o por decirlo de otra manera, tiene que estar cimentada en la realidad cotidiana de la vida de las masas en nuestro país, la reunión ha fijado, como principales líneas de actuación, la lucha contra la represión, el apoyo a los prisioneros políticos y la lucha resuelta de los obreros contra la reconversión y el nuevo pacto de hambre y esclavitud que están tratando de imponerles los capitalistas y sus criados.

Hay que advertir que no se trata de restringir artificialmente el campo de actuación del Partido ni de otras organizaciones. Se debe realizar todo aquello que esté a nuestro alcance, apretando fuerte en los puntos claves tanto de la organización del Partido como de la sociedad. Para todo ello se exige al mismo tiempo una vigilancia y un control permanente, sin dejar nada al azar o a la improvisación, pero dando, al mismo tiempo, libre curso a las iniciativas individuales. ¡Imaginación, audacia, iniciativa!, esta ha de ser la consigna del momento.

Que los camaradas asistan a las reuniones con informes y propuestas concretas para atajar o tratar de resolver los asuntos pendientes; que nadie cargue sobre los hombros de los demás sus propias responsabilidades, que no abrume a otros con sus problemas personales, etc.; que el número de las reuniones, convertidas así en encuentros de trabajo (salvo en los casos en que sean convocadas con fines de discusión o de estudio colectivo), se reduzca todo lo que sea posible al objeto de poder dedicar la mayor parte del tiempo a vivir, a trabajar y a luchar junto a los obreros.


Genial articulo
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Mensaje por carlos el Jue Abr 15, 2010 10:23 pm

Extracto de las batallitas del abuelo publicado en Resistencia en 1999

Extracto de Las batallitas del abuelo, publicado en
Resistencia núm. 43, febrero de 1999
En 1977 la policía capturaba en Benidorm al Comité Central del Partido. Es fácil entender el sentimiento de orfandad que entonces nos invadió a todos los militantes. ¿Era el final del PCE(r)? Nuestros temores eran infundados: todo el mundo subió de golpe en la escala de responsabilidades, se formó un Comité Central Provisional y ¡a seguir currando de acuerdo con los planes establecidos! Pero hay una anécdota que conviene recordar: en la primera reunión de responsables del Partido en las distintas nacionalidades, regiones y localidades, y una vez se comprobó que el trabajo estaba agarrado por el nuevo Comité Central, cada uno sacó su lista de necesidades y peticiones (dinero, materiales, militantes para rellenar huecos, etc.). ¡Hombre, claro! esos problemas los tiene que solucionar el Centro, ¿no? Sólo el responsable del Comité Regional de León vino con una actitud distinta: Camaradas, como estaréis un poco agobiados de personal, decidnos dónde tenemos que desplazarnos para recoger la propa; como andaréis escasos de fondos, aquí traemos el producto de una colecta especial; y no preocuparos por el trabajo que allí nos las apañamos solos. (Por si acaso aún no lo hemos hecho: ¡Gracias, camarada, por el ejemplo y el respiro que nos diste en esa reunión!) [...]
Afortunadamente, hoy hemos logrado superar aquellas dificultades y ahora estamos en mejores condiciones para abordar ese ir a las masas que tanto necesitamos. Sin embargo, ¿vamos a arrastrar con nosotros aquella mentalidad de dependencia de los de arriba? ¡Lo tenemos claro entonces! Y es que debemos meternos en la mollera que allí donde hay un militante, él es el Partido, y que como tal deberá responder con su mejor saber ante sus problemas y los de las masas. ¿Quién mejor que quien está a pie de tajo para encontrar salida a las dificultades que se presenten? ¿Acaso un Comité Central clandestino y que, en realidad, depende de nuestros ojos, oídos y brazos para pensar y actuar? Por otra parte, si no nos acostumbramos a pensar con nuestra cabeza, ¿qué pasará cuando la Dirección se equivoque? [...]

¡No! Tanto en el trabajo orgánico de los comunistas, como en nuestro trabajo entre las masas, como en cada uno de los colectivos y grupos en que se dividen las propias masas, como mañana en el Socialismo, cada cual resuelve los problemas que le tocan y los de arriba ayudan y orientan. ¿O qué nos creemos que significa el principio socialista de basarse en las propias fuerzas?
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Mensaje por carlos el Jue Abr 15, 2010 10:24 pm

El Partido responde por sus militantes, cada militante responde ante el Partido


Insistimos una vez más en que cualquier confusión o falsa idea sobre este importante problema que aparezca entre nosotros -y ya vemos con que frecuencia aparece y lo persistente que se muestra- debe ser aclarada o rebatida hasta no dejar ni sombra de dudas al respecto. Ha de entenderse claramente que no vamos a admitir en ninguna circunstancia, y con mucho menos motivo si se trata de un militante veterano y con alguna responsabilidad, actitudes personalistas en asuntos que afectan a la unidad interna del Partido, a sus principios y normas de funcionamiento, y que tienden a fomentar el amiguismo, la anarquía y el liberalismo entre nosotros. Frente a esas actitudes y prácticas anticomunistas, debemos mantenernos siempre vigilantes y combatirlas resueltamente, ya que en realidad conducen consciente o inconscientemente a la relajación política y a la liquidación del Partido.
La cuestión fundamental -decíamos a este respecto en el Pleno del C.C. de agosto de 1990 (*)- es que aceptemos las críticas y corrijamos los errores, que apliquemos una misma línea, un solo tipo de funcionamiento y una serie de principios, en esto no puede haber diferencias o tendencias en sentido burgués: dos líneas, dos concepciones, dos organizaciones. En sustitución (en oposición, habría que decir) de esa concepción burguesa nosotros propugnamos la combinación del centralismo y la democracia. Alguien tiene que estar investido de la autoridad para decir ¡vale!, consideramos que ya se ha discutido bastante. Ahora manos a la obra. Para nosotros es inconcebible que en ese momento la minoría no se someta a la mayoría ¡es inconcebible! En el Partido eso no puede ocurrir. El que infrinja esta norma se sitúa fuera del Partido, automáticamente. ¡Tenga o no tenga razón! Se enfrenta al Partido y a partir de ahí se le quita toda la razón, porque se está poniendo, se está situando por encima. Esa razón suya no puede pesar más que todas las razones que mantienen unido al Partido. ¡Jamás! Ningún comunista dará nunca ese paso si es un verdadero comunista, una persona consciente, por un motivo, por una cuestión concreta o por un asunto personal. ¡No puede ponerse por encima de todo! Y si lo hace demostraría una actitud poco seria e irresponsable.

Algunas veces se ha dicho que el Partido responde por sus militantes. Esto es, desde luego, una exageración. Habría que determinar con precisión en qué condiciones y por qué causa el Partido puede y debe responder por lo que haga o diga uno solo de sus militantes; pero por lo mismo se podría afirmar que cada militante responde o debe responder por lo que hace o deja de hacer, ante el Partido.

Hay que partir del hecho de que cada miembro del Partido, al igual que cualquier otra persona, posee una capacidad y voluntad propias. Precisamente es la suma, como hemos visto, de todas esas capacidades y voluntades orientadas a la consecución de unos mismos fines lo que forma la capacidad y la voluntad colectivas del Partido, muy superior a cualquier otra. Para ello tienen que actuar o entrar todas en juego según el lugar o la tarea que les corresponda. Si alguno se desorienta o no actúa como debe hacerlo -cosa que sucede inevitablemente muy a menudo- no se produce por este motivo ninguna catástrofe, siempre, claro está, que esas desorientaciones no se generalicen y no se conviertan en la norma. Porque si no, la máquina del Partido descarrilaría o no podría marchar.

En el Partido todo se tiene que hacer bajo una sola dirección y en la prosecución de unos mismos fines u objetivos; mas ya hemos comprobado que entre nosotros no existe ningún ente abstracto dotado de mágicos poderes, de múltiples cabezas y de miles de brazos, que pueda sustituirnos o hacer la labor que corresponde a todos y cada uno. El Comité Central sólo está en condiciones de centralizar la información y trazar los planes generales de trabajo, ocuparse de los cuadros y encomendarles tareas según las necesidades del movimiento y la capacidad de cada uno, coordinar y dirigir la labor del conjunto, etc. Pero no puede suplir el trabajo de los demás organismos y militantes del Partido. La Dirección sólo puede ver, oír y obrar por mediación de esos organismos y militantes, aconsejándose y apoyándose en ellos, recabando el esfuerzo y los medios que sólo ellos le pueden proporcionar. Mientras no se comprenda esta relación, mientras no entendamos que nada de lo que necesitamos se nos va a dar hecho, que todo depende y va a depender cada vez más de lo que cada uno pueda aportar a la causa, y que cualquier progreso que hagamos, por pequeño que sea, va a exigirnos una enorme tensión, muchísima voluntad y no pocos sacrificios; mientras no se comprenda esto y lo traduzcamos a la práctica sin esperar milagros, no sólo no se podrá avanzar en la medida que la situación lo requiera, sino que resultará muy difícil, por no decir imposible, que podamos resolver el problema de la inseguridad o la incertidumbre a que nos hemos referido.

Dicho problema sólo se puede resolver en la práctica, atreviéndonos a pensar, liberando la mente de los prejuicios que el maldito capitalismo nos ha ido inculcando y desplegando todo tipo de iniciativas dentro del Partido y entre las masas. Este es el dinamismo que necesitamos, el estilo de trabajo que debemos desarrollar. Y debemos desarrollarlo sin complejos y sin temor a equivocarnos, a que se nos critiquen los errores inevitables que podamos cometer, aprendiendo también de los errores y mostrándonos siempre dispuestos a corregirlos.
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Mensaje por carlos el Jue Abr 15, 2010 10:27 pm

Corregir nuestros propios errores , mejorar el estilo de trabajo


Tenemos que ir a las masas y a los hombres y mujeres más avanzados de nuestra clase con la mano tendida y el espíritu abierto, prestar atención a lo que dicen y no tratar de darles lecciones. Tenemos que predicar, ante todo, con el ejemplo.
Al mismo tiempo que realizamos esta labor entre los obreros y demás sectores de la población, especialmente entre la juventud cañera, tenemos que llevar a cabo una campaña de rectificación con la vista puesta en la celebración del IV Congreso. Esta labor deberá ser complementada con la edición de textos de los clásicos del marxismo-leninismo, convenientemente seleccionados, que permitan un mayor esclarecimiento de todos [...] Y, en fin, tenemos que seguir fortaleciendo las organizaciones del Partido y extenderlas a todo el país; sobre todo en estos momentos habrá que centrar todos nuestros esfuerzos en consolidar las organizaciones en aquellas localidades en las que desde hace mucho tiempo venimos trabajando. Esta es una tarea que se deberá abordar con toda firmeza en esta nueva etapa. Para ello necesitamos formar numerosos cuadros que permanezcan ligados a las masas, que posean profundos conocimientos del marxismo-leninismo y una gran conciencia de clase; que sean firmes y sepan orientarse y tomar decisiones.

Este importante cometido será facilitado por la integración de los veteranos con los más jóvenes en todos los niveles de la estructura del Partido, desde las células, hasta el C.C. Se sobreentiende que esto habremos de hacerlo sin ningún tipo de discriminaciones debidas a la nacionalidad o el sexo, si bien, como siempre, deberemos dar preferencia a los camaradas procedentes de la clase obrera, en especial (si no se ofenden) a las mujeres.

Se sabe que los viejos (ya podemos emplear este término, no sé si con la desaprobación de alguno), los viejos, digo, encarnan o son depositarios de la tradición (en nuestro caso, de la tradición revolucionaria), pues poseen una rica experiencia práctica y atesoran múltiples conocimientos de la historia del movimiento que deberán transmitir a la nueva generación. La traición revisionista ha supuesto una ruptura de esa tradición revolucionaria, casi la había sepultado bajo una montaña de basura, y por esta razón los que asumimos la tarea de reconstruir el Partido, allá por los años 60, se puede afirmar que nos encontramos entonces huérfanos y desamparados. De manera que hemos tenido que aprenderlo todo con nuestros escasos medios, equivocándonos y corrigiendo, tropezando y levantándonos una y otra vez. Este proceso de aprendizaje es inseparable del proceso que ha seguido el movimiento obrero y comunista internacional y, de manera particular, el movimiento comunista en España. De ahí la desesperante lentitud con que se viene desarrollando y lo doloroso que a veces resulta. Pues bien, los jóvenes revolucionarios de la nueva generación podrán recoger la antorcha que nosotros les legamos. En cierto sentido, su trabajo va a resultar más fácil, pues no tendrán que partir casi de cero, como partimos nosotros hace poco más de treinta años. Ese es un bagaje y una experiencia con la que podrán contar, aparte de otras muchas cosas, como la misma organización, lo que no quiere decir que no tengan nada importante que aportar. Al contrario. Ellos son los portadores de todo lo nuevo y fresco que se incorpora al movimiento, con lo que éste se renueva y asegura su continuidad, y como alumnos, tienen la misión histórica de superar a los maestros, de hacer las cosas mucho mejor y más concienzudamente de lo que nosotros las hemos hecho. Por lo general, los jóvenes suelen ser más activos o dinámicos; son también más críticos, menos formalistas, más desprendidos de atavismos y, entre todas esas y otras cualidades aportan al Partido la alegría tan sana que tanta falta nos hace para no quedar anquilosados y para avanzar en primera fila junto a las masas.
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Mensaje por carlos el Lun Abr 19, 2010 9:54 pm

ACERCA DE LA LIBERTAD DE CRÍTICA

semejanza del señor K., el ex-camarada M. ha estado últimamente muy ocupado preparando su próximo error. Este nos ha sido servido en forma de una crítica aniquiladora a concepciones y actuaciones del Partido sobre las que, hasta el momento, no teníamos ninguna noticia.
Es verdad que a lo largo de mucho tiempo hemos podido comprobar, a través de su comportamiento e incluso en discusiones directas con él, la existencia de algunas diferencias ideológicas y prácticas. Mas en ningún caso, dichas discusiones, como su propio comportamiento, rebasaron el marco de lo que puede ser considerado normal en la vida interna de un partido comunista, siempre, claro está, que se cumplan las normas de su funcionamiento interno. Pero el problema adquirió otro carácter (se antagonizó, para emplear la expresión del propio M.) desde el momento en que él decidió dimitir de sus funciones, digamos que por una mera cuestión de método de trabajo. La disciplina del Partido, ahora está claro, le impedía hacer o dejar de hacer las cosas a su modo y expresarse con toda la libertad que lo ha hecho ahora. El resultado es que el camarada M. se ha situado fuera del Partido. Se sentía constreñido por la Organización, ya que ésta le impedía hacer ciertas cosas, a la vez que le imponía algunas obligaciones, pero, sobre todo, a M. no le estaba permitido defender dentro del Partido, apelando a la libertad de crítica,las concepciones y hábitos revisionistas y pequeñoburgueses que al fin se ha decidido a expresar de una forma desembozada, franca y honestamente, esto es, no hipócrita.

Así que, cuando supimos que M. se había retirado a reflexionar y a poner en los papeles el resultado de sus experiencias de militancia en el Partido y de sus interminables divagaciones, respiramos aliviados: al fin nos iba a dar la posibilidad de conocer, sin riesgo de que le malinterpretáramos sus verdaderas ideas y concepciones. Esta vez M. no podrá acusarnos de que impedimos la libre expresión de su verborrea o capacidad crítica,ya que, como hemos indicado, él ha dimitido de la militancia, entre otras cosas, para poder ejercer sin traba burocrática ni dogmática alguna, su derecho a la libertad de crítica que nosotros, ciertamente, en nombre del Partido y de los principios del marxismo-leninismo le hemos negado. ¿Acaso no tenemos nosotros también derecho a defendernos frente a los que intentan pasar de contrabando a nuestras filas la ideología liberal y el espíritu de conciliación? ¿No tenemos derecho a defender los principios marxismo-leninismo frente al revisionismo y frente a todos aquellos que intentan convencernos para que los abandonemos y para ello tratan de vaciarlos de su contenido revolucionario, retorcerlos o ridiculizarlos? ¿Es que acaso no tenemos nosotros los mismos derechos a defender nuestras ideas y a criticar a los que desertan de nuestras filas para zafarse de la disciplina y los compromisos que comporta la lucha, y luego hacer una crítica sin principios al Partido? ¿Se puede permitir a un militante comunista intrigar una y otra vez contra la dirección del Partido o redactar y pasar a otros militantes apuntes críticos de su línea política sin ponerlo siquiera en conocimiento de la dirección del Partido? ¿Cómo calificar esos métodos?

Desde luego no se puede decir de ellos que sean nada burocráticos ni dogmáticos,pero en cualquier caso M. tendrá que continuar aplicándolos fuera del Partido. Al menos nos concederá el derecho de antagonizar esta contradicción que sólo él ha originado. ¿O es que pretende que el Partido, comenzando por su dirección, haga dejación de los principios revolucionarios y de las normas de funcionamiento, para reconciliarse con él sobre la base de su plataforma crítica? Es claro que sólo de esa manera se lograría aplacar, al menos en parte, el encono y ensañamiento de M. y evitar que la contradicción se antagonice,permitiéndole realizar sus antojos y caprichos.

No hace falta decir, que no podíamos consentirle por más tiempo ninguno de esos caprichos, y menos aún la actitud que, por este mismo motivo, ha adoptado frente al Partido. De ahí la rabieta crítica que ha cogido. Se ha formado la opinión, dada la enorme paciencia y la delicadeza con que le hemos tratado, de que podía hacer en el Partido lo que le diera la gana. Y claro está que se ha equivocado. Pero de eso sólo él tiene la culpa. Ya dice el refrán que Dios confunde a quien quiere perderse.

Por lo demás, este hombre, aparte de sus ínfulas intelectuales y su pretensión de darnos lecciones, no tiene ni una sola idea clara. Ha aprendido algunas citas de memoria y las suelta sin ton ni son, como un latiguillo de su interminable verborrea. Así, es capaz de estar bla, bla, bla, durante más de cinco horas sin interrupción (es decir, sin dejar meter baza a nadie) y no decir absolutamente nada. No debe, pues, extrañar que ni siquiera entienda el significado de la libertad de crítica,de esa bandera que está enarbolando contra el Partido después de haber dimitido de sus obligaciones.

M. tiene que saber que para nosotros la libertad de crítica no sólo es un derecho,sino ante todo un deber con el que ha de cumplir todo militante comunista, ya que sin el ejercicio cotidiano, natural, espontáneo (se podría decir) de ese derecho y deber, la organización del Partido y su disciplina consciente no podrían existir. Es un lugar común afirmar que sin libertad de crítica y discusión, no puede haber tampoco unidad de acción. Esto lo ha debido leer M. en más de un texto y documento del Partido, pero lo ha interpretado a su manera, a la manera liberal burguesa y revisionista. De ahí que se haya saltado todas las normas y se haya lanzado de manera desbocada por un camino que desconoce. La cuestión de fondo, sin embargo, consiste en que M. rechaza de la forma más altanera y demagógica los principios del marxismo-leninismo que deben presidir toda crítica, estudio o análisis. Este es, en realidad, el nudo del embrollo teórico en el que M. se ha metido y que no sabe deshacer.

Que el Programa del Partido, aprobado en su IV Congreso, parta de una exposición sucinta de las leyes y principios generales marxismo-leninismo, y los Estatutos del Partido, aprobados en el mismo Congreso, en su primer punto referido al Programa General afirmen rotundamente: El Partido Comunista de España (reconstituido)... se guía por los principios del marxismo-leninismo en la elaboración de su línea política y en su actuación revolucionaria, todo esto, al parecer, no dice nada a M. después de haberlo aprobado, como los demás, durante su participación en el Congreso.

Como vamos a ver, todo lo que sea tratar de principios y de basar nuestra práctica en el conocimiento más profundo de los mismos, M. lo moteja de dogmatismo o socialismo de manual. Su desconocimiento y menosprecio de la teoría revolucionaria, cuya expresión concentrada son los principios marxismo-leninismo, le lleva a decir los mayores disparates que se puedan imaginar, hasta el extremo de identificar la teoría marxista del conocimiento con la concepción del pragmatismo burgués que ha formulado el revisionismo, la cual llama a partir siempre de la realidad,de los hechos,de lo particular o concreto. Para el revisionismo, como para la burguesía, el método de análisis tiene que prescindir de determinadas realidades desagradables y de prejuicios o ideas preconcebidas,que suelen ser tachadas por ellos de metafísicas y dogmáticas. Tales serían, por ejemplo, la dialéctica, el materialismo histórico, la ley del valor, la teoría de la lucha de clases y la dictadura del proletariado o los análisis de Lenin sobre el imperialismo y sus ideas sobre la importancia de la teoría revolucionaria y la organización y disciplina del Partido para la existencia y el triunfo del movimiento revolucionario.

En la noción de realidad o de lo concreto que defiende el revisionismo no entra, naturalmente, partir de ese conocimiento ya acumulado; no entran para nada las leyes descubiertas por el marxismo-leninismo que rigen el movimiento social, los rasgos fundamentales que configuran toda una época histórica, que determinan sus contradicciones fundamentales, las fuerzas motrices de su desarrollo, etc. Como los revisionistas y reformistas no se proponen hacer la revolución ni contribuir al cambio social, sino mantener al sistema capitalista, reformándolo, no tienen ninguna necesidad de conocer ni de guiarse por esas leyes y principios que son para nosotros como axiomas matemáticos, científicos, y sin los cuales no sólo no podríamos orientarnos en la compleja realidad de la lucha de clases, sino que nos veríamos obligados a tener que improvisar a cada paso y a partir de cero para, además, reinventar el mundo o tratar de adaptarlo a nuestra conveniencia, tal como quiere M. que hagamos secundando sus pasos errados.

Se comprende que para un intelectual pequeño-burgués como él no exista realidad más concreta que su propio ombligo, a cuya satisfacción habrá que sacrificar todo lo demás, y que desde esta misma posición se explaye, para comenzar, abundando en la tesis según la cual hay particulares con mucha responsabilidad universal; que luego trate de aleccionarnos de nuevo para que nos centremos en lo particular pero con menos filosofía, que continúe demostrando que la construcción del socialismo es mucho más complicada que aplicar un manual y acabe con una pregunta antológica, de ésas que hacen época: La inevitabilidad de las malinterpretaciones: ¿otra 'ley universal'? De esta manera, aparte de mostrar su propia interpretación del marxismo y su portentosa capacidad de ridiculizar, M. se adelanta con una contracrítica (a modo de cura preventiva), a las más que seguras malinterpretaciones que podamos hacer de su texto.

Es esta libertad de crítica y sus resultados, lo que M. pretende que admitamos en el Partido para hacernos comulgar con ella, lo que no vamos a permitir de ningún modo, ya que, como advirtió Lenin, hace de esto casi un siglo: Quien no cierre deliberadamente los ojos debe ver por fuerza que la tendencia crítica surgida en el socialismo no es sino una nueva variedad de oportunismo. Y si no juzgamos a los hombres por el brillo del uniforme que se han puesto ellos mismos, ni por el pomposo sobrenombre que a sí mismos se dan, sino por sus actos y por las ideas que propagan en realidad, veremos claramente que la libertad de crítica es la libertad de la tendencia oportunista en el seno de la socialdemocracia, la libertad de hacer de la socialdemocracia un partido demócrata de reformas, la libertad de introducir en el socialismo ideas burguesas y elementos burgueses (¿Qué hacer?).

Algunas de esas ideas, así como las actitudes y actos correspondientes, ya fueron criticadas en el Partido durante la campaña de rectificación previa al IV Congreso, pero otras que están mucho más arraigadas no pudimos criticarlas sino de forma indirecta, a través de algunos de los trabajos publicados en Antorcha que abordan cuestiones de tipo ideológico y teórico que son, precisamente, las que M. se ha decidido finalmente a poner en solfa.

Se ha dado la extraña circunstancia de que, cuando aparecieron publicadas en Resistencia y en documentos internos esas críticas al subjetivismo, al liberalismo, al esquematismo, al espíritu individualista pequeño-burgués, etc., fueron numerosos los militantes del Partido que se dieron por aludidos (e incluso, en algunos casos, con motivo o sin motivo, se hicieron una autocrítica), menos aquellos contra los que iban realmente dirigidas aquellas críticas. Esto nos demuestra, entre otras cosas, las deficiencias o limitaciones del método indirecto, que nos impide citar por sus nombres de guerra a los que cometen errores y faltas, una limitación, ya se sabe, impuesta muchas veces por la preocupación de no facilitar ningún dato que pueda ser utilizado por el enemigo. La cosa cambia, claro está, cuando, como ha sido este caso, las contradicciones se antagonizan, hasta el extremo de que pueden causarnos tanto o más daño que la policía política si no las atajamos a tiempo en la única forma que puede hacerse: dándolas a conocer a todos los camaradas para que sean conscientes de ellas y no se dejen sorprender por el desarrollo de los acontecimientos por muy desagradables que puedan resultar.

Pues bien, la cuestión está en que quienes eran realmente criticados y tenían motivos más que sobrados para sentirse señalados, no respondieron en ningún momento, ni directa ni indirectamente, a las críticas que se les dirigían; simplemente se dedicaron a mirar para otra parte, en espera de que escampara, como si el asunto no fuera con ellos. Esta actitud es muy característica del oportunismo: no encarar de frente los problemas ni las críticas que se les hacen, escurrir continuamente el bulto, jurar todas las veces que haga falta por su fidelidad a la línea, montar una y otra vez la comedia, lloriquear, por las falsas acusaciones o expresar, según los casos, su indignada protesta, pero no hacer nada, absolutamente nada que demuestre, al menos, una voluntad de reconsideración de la propia posición o un ánimo de rectificación. Los oportunistas parten del principio de que ellos jamás se pueden equivocar; y, por supuesto, siempre actúan por interés de la causa y del Partido. Los que se equivocan y actúan por intereses personales u otros fines inconfesables son siempre los demás, que no reparan siquiera en la entrega, la buenísima predisposición y los sacrificios tan enormes que aquéllos realizan todos los días. Por este motivo no pierden la ocasión para intrigar bajo capa y formar corrillos con los de su cuerda para protegerse mutuamente, sembrar la desconfianza y sabotear de mil maneras las decisiones de la Dirección del Partido. Esto no quiere decir que tales elementos no tengan ideas propias ni que éstas no se manifiesten en sus actitudes y comportamientos, a veces muy izquierdistas.

Esperábamos que el análisis autocrítico de algunas cuestiones importantes de la teoría y la práctica marxismo-leninismo que ha acompañado a la campaña de rectificación, serviría a esos militantes, al igual que nos ha sucedido a los demás, para poner un poco de orden en sus cabezas. Y ha sido esto, precisamente, lo que no ha sucedido. Así, lo que para nosotros se ha presentado como una buena ocasión para profundizar más en el estudio y asimilación del marxismo-leninismo y reafirmarnos en sus ideas y principios fundamentales, en el caso concreto de M. ha sido como una invitación a abandonarlos completamente para ir a parar a la charca del oportunismo. Esto le ha sucedido porque, en realidad, él nunca ha pisado el terreno firme del marxismo. Tiene, eso sí, un batiburrillo de ideas confusas e inconexas en la cabeza al que ahora, por lo que se ve, está tratando de dar forma. Si, además, consideramos que el contenido de esas ideas y su concreción política (cosa que M. no ha hecho más que esbozar) son esencialmente revisionistas, ¿tiene algo de extraño que una vez llegado a esos extremos se dedique a afearnos la conducta por negarnos a seguir su mismo camino? Aquí cabe citar el célebre pasaje de la obra de Lenin ¿Qué hacer? donde se describe una situación parecida a la que estamos comentando:

Marchamos en grupo compacto por un camino escarpado y difícil, fuertemente cogidos de las manos. Estamos rodeados de enemigos por todas partes, y tenemos que marchar casi siempre bajo su fuego. Nos hemos unido en virtud de una decisión adoptada con toda libertad, precisamente para luchar contra los enemigos y no caer, dando un traspiés, al pantano vecino, cuyos moradores nos reprochan desde un principio el que nos hayamos separado en un grupo aparte y el que hayamos escogido el camino de la lucha y no el de la conciliación. Y de pronto, algunos de entre los nuestros empiezan a gritar: ‘¡vamos al pantano!’ Y cuando se intenta avergonzarlos, replican: ‘¡qué gente tan atrasada sois! ¡cómo no os avergonzáis de negarnos la libertad de invitaros a seguir un camino mejor!’ ¡Ah, sí, señores, libres sois no sólo de invitarnos, sino de ir a donde mejor os plazca, incluso al pantano; hasta consideramos que vuestro verdadero puesto está precisamente en él, y nos sentimos dispuestos a prestaros toda la colaboración que esté a nuestro alcance para trasladaros allí a vosotros! ¡Pero, en tal caso, soltad nuestras manos, no os agarréis a nosotros, ni ensuciéis la gran palabra libertad, porque también nosotros somos ‘libres’ para ir a donde nos parezca, libres para luchar no sólo contra el pantano, sino incluso contra los que se desvían hacia él!
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Mensaje por carlos el Lun Abr 19, 2010 9:57 pm

COMUNISMO ES LIBERTAD

somos libres porque sabemos lo que queremos

fantasma del comunismo, como es bien sabido, siempre ha causado pavor a la burguesía, pero últimamente suele ésta presentarlo en público arrastrándolo por los cabellos, ya herido de muerte natural, como una especie en extinción -que dirían los más avezados en la materia- o bien en la figura de un ogro sediento de sangre y que se alimenta de niños crudos, sin pasarlos siquiera por la sartén. También se dice de nosotros -y éstos son los más cultivados- que somos unos dictadores, que en cuanto se nos deja de la mano suprimimos de un golpe la libertad individual, que todo lo sometemos a la tiranía de un plan y que, en fin, nuestra organización se asemeja a una casa-cuartel de la que resulta imposible escapar y en la que se llevan a cabo continuos lavados de cerebro, etc.
La burguesía y otros vivales tienen motivos sobrados para escandalizarse, manifestar su temor ante la existencia del Partido comunista y para no ahorrar condenas ni calificativos que justifiquen su represión. Este es un buen síntoma que debemos celebrar por cuanto que demuestra que estamos en el camino justo, revolucionario. Por lo demás, no debe sorprendernos que la mayor parte de los explotadores no se muestren dispuestos a organizarse en un partido ni a imponerse una disciplina cuartelera más que en situaciones de verdadero peligro para su sistema, pues normalmente tienen que ocuparse de sus negocios y para mantener en pie el chiringuito ya cuentan con un aparato especial de represión (el Estado) compuesto por numerosos cuerpos burocráticos, militares y policiales, sus leyes y tribunales, sus cárceles y carceleros... todos ellos, como se sabe muy bien, la mar de liberales, democráticos y humanitarios.

No hace falta decir que nosotros no sólo no disponemos de nada parecido a ese monstruoso aparato que nos oprime y chupa hasta la médula de los huesos, sino que, además, tenemos que defendernos continuamente de sus zarpazos si es que de verdad queremos llegar a donde nos hemos propuesto para acabar, entre otras cosas, con él. Para este fin necesitamos organizarnos e imponernos, es cierto, una férrea disciplina. Los obreros, aparte de la fuerza de trabajo, no tenemos otra cosa más que nuestra organización de clase para luchar contra el capitalismo armado hasta los dientes. Por eso se puede decir que cuando comprendemos la necesidad de la organización nos transformamos haciéndonos conscientes o realmente libres. La libertad, en la concepción marxista, no es otra cosa sino el conocimiento de la necesidad. Esto puede explicar también por qué los obreros una vez que nos hemos hecho conscientes de la situación y los intereses de nuestra clase, así como de la forma de conseguirlos, de luchar organizadamente por ellos, no encontramos ninguna dificultad insalvable o reserva mental que nos impida ingresar en el Partido . En la lucha consecuente por esta causa nos realizamos ya que para nosotros, contrariamente a lo que le sucede a la burguesía, no existe ninguna contradicción fundamental entre lo individual y lo colectivo; es más, como nos enseña el marxismo, sabemos que sólo en la medida que se libere y progrese el colectivo, podrá liberarse también y progresar en todos los aspectos, en lo material y espiritual, el individuo; que la liberación de la humanidad es la condición previa indispensable para la emancipación total de la clase obrera. Por este motivo no nos resulta nada doloroso desprendernos de la libertad que nos ofrece gratuitamente la burguesía para entrar contentos en esa cárcel que representa el Partido Comunista; no nos cuesta nada subordinarnos a la Organización y cumplir lo mejor posible las tareas que nos encomienda.

Dicho lo anterior, conviene destacar, para que el lavado de cerebro o el comecocos sea completo, que por más que quisiéramos labrarnos una existencia apacible, libre o autónoma, esto sólo sería posible, teniendo muchísima suerte, separándonos en grupo aparte, y de espaldas a todos los demás trabajadores. Pero aún así, no creemos que haga falta demostrar que de esa manera no socavaríamos en lo más mínimo los cimientos del régimen de explotación y opresión capitalista, más bien lo reproduciríamos a escala microscópica para ser, finalmente, engullidos por el gran capital. La explotación del proletariado, la extracción de la plusvalía, no la lleva a cabo la burguesía de una manera individual o por pequeños grupos independientes y desconectados entre sí unos de los otros. El proceso de la producción capitalista siempre ha sido -y hoy más que nunca- un proceso social, colectivo, que abarca en un sistema único a los trabajadores de todos los países. Este es uno de los motivos por los cuales no es posible desarrollar una lucha con posibilidades de éxito, de forma aislada; tampoco es posible, por los mismos motivos, llevar a cabo la expropiación de los expropiadores de manera individual, fábrica por fábrica o sector de la producción para organizar la vida de forma autónoma. Esos son sueños pequeñoburgueses, reaccionarios, que no se podrán realizar nunca. Se precisa, antes que nada, tomar el poder para expropiar a toda la clase burguesa. Y sólo después de esta expropiación se podrá proceder, mediante un largo y complicado proceso, a transferir los medios de producción y toda la riqueza a los trabajadores, sus verdaderos dueños.

Esto no quiere decir que haya que transformarlos por partes, dividirlos en lotes, etc., sino que serán transferidos para su utilización y disfrute, como propiedad común o de todo el pueblo. Para ello se necesitará una administración, en nada semejante a la actual, y un plan que abarque al conjunto de la sociedad, que tenga en cuenta sus posibilidades y verdaderas necesidades y no esté guiado por el principio de la rentabilidad y el máximo beneficio para unos pocos. Todo esto exige tener que librar una batalla a muerte, dura y prolongada, contra la clase capitalista y su cultura; y esta lucha, por su propia naturaleza, es una lucha esencialmente política que requiere, para ser culminada con éxito, instrumentos políticos.

No nos extenderemos en más explicaciones; con lo dicho creemos que es suficiente para hacerse una idea, siquiera aproximada, de la enorme complejidad que revisten estos problemas. De ahí que trabajemos sin descanso para crear una organización fuerte, esclarecida y disciplinada capaz de resolverlos; una organización que actúe en todo momento ligada a la clase obrera y que defienda sus intereses y no los de un grupo, un colectivo particular o un gremio. Y esa organización que necesitamos y estamos construyendo con gran esfuerzo, no puede ser otra que el Partido Comunista, armado con la teoría revolucionaria marxista-leninista y que aplique en su funcionamiento el principio del centralismo democrático.

En numerosas ocasiones hemos explicado, sirviéndonos de ejemplos prácticos, en qué consiste ese tipo de funcionamiento que tanto preocupa a los grandes y a los pequeños burgueses, hasta el punto de hacerles perder completamente la cabeza, y que a nosotros, como ya he indicado, nos resulta tan necesario y natural como el aire que respiramos. Pero para no ir más lejos, ahí tenemos el último número de Resistencia, donde se expone brevemente y de manera viva, nada teórica, el modo en que nos organizamos, debatimos y tomamos decisiones los comunistas. De nada de esto hacemos ningún secreto: al contrario, nuestro interés está en divulgarlo, para que lo entiendan los trabajadores y puedan participar, conscientemente con nosotros, en la obra común. Claro que no podemos hacer las cosas a la vista de todo el mundo o con pleno conocimiento de la policía política (con luz y taquígrafos) pues nos desbaratarían en un pis pas; o sea, que necesitamos hacer las cosas, nuestro trabajo político, a resguardo de miradas indiscretas para preservar a la organización de la represión y asegurarnos de que la presión policial no habrá de condicionar, poniéndonos una mordaza, ni torcer nuestros planes y propósitos revolucionarios. La clandestinidad, por paradójico que resulte, asegura al partido proletario, si no una libertad y democracia plenas, sí toda la libertad y democracia que es posible alcanzar bajo el régimen capitalista. Desde la clandestinidad organizamos el IV Congreso del Partido y en ella lo realizamos con la participación directa e indirecta de todos los militantes del Partido y otras muchas personas. Bien es verdad que dicha participación no ha sido tan extensa y abierta como sería de desear, pero ya se sabe que la legalidad impuesta por el capitalismo en España para que defendamos libremente nuestras ideas, no da para más. La cuestión consiste en que, tanto en el Congreso como antes de su celebración, en la fase preparatoria, se debatieron en el Partido y fuera de él todas las cuestiones relativas al programa, la línea política, los estatutos y la composición de los órganos dirigentes del Partido, y toda esta labor fue realizada aplicando escrupulosamente los métodos democráticos (con las limitaciones ya señaladas), de tal forma que nadie entre nosotros se ha sentido limitado o constreñido en su libertad de crítica ni en su derecho de elección.

Es así como hemos podido debatir y decidir entre todos, con método, la línea política a seguir en la lucha contra el capitalismo y se han elegido a los militantes más capacitados, con mayor experiencia y mejor temple para las tareas de Dirección. Y todo esto, parece mentira, sin que haya intervenido ni influyera lo más mínimo la Banca, ni la santa Madre Iglesia, ni los espadones ni sus voceros de la prensa amarilla y negra. ¿No resulta casi un milagro? Pues ya veis, koleguillas: nosotros, los ogros, los comeniños, los aspirantes a dictadores, los que desayunamos todos los días con una mezcla de cazalla y Goma-2, no sabemos comportarnos ni podríamos hacer nada de otra manera, es decir, si no es en libertad y con los procedimientos más democráticos. ¡Qué prueben otros a imitarnos!, pueden tener la seguridad de que no se lo vamos a reprochar ni les vamos a exigir derecho de patente.

Después de celebrado el Congreso se ha reunido el Pleno del Comité Central que fue elegido en el mismo. Como ha informado Resistencia núm. 47, en esta reunión de la Dirección del Partido se han establecido los planes de trabajo para el próximo período y se han tomado una serie de acuerdos y resoluciones para su aplicación por todas las organizaciones y miembros del Partido. Este es el mecanismo de funcionamiento que nos permite recoger y elaborar las experiencias de las luchas y de nuestro propio trabajo entre las masas para luego llevarlas de nuevo a ellas sintetizadas en forma de orientaciones y consignas políticas; y es mediante este trabajo incesante como se efectúa la combinación de la teoría y la práctica revolucionarias, las palabras con los hechos, sin la cual navegaríamos a la deriva o dando tumbos sin saber a dónde ir ni qué camino tomar, sin poder influir con nuestras ideas en los trabajadores, sin hacer nada serio ni poder verificar el trabajo práctico de todos y de cada uno, con lo que acabaríamos naufragando en el mar de la confusión, del espontaneísmo, del seguidismo y el reformismo. Aquí, ciertamente, se observa una mayor centralización o disciplina, pero no por este motivo deja de estar presente en todo momento la democracia, la libertad de crítica y la discusión. Una prueba de que es así la tenemos en la información que nos ha ofrecido Resistencia de los resultados de esa reunión plenaria del C.C. y de las otras dos reuniones de cuadros que se han celebrado a continuación. En todas ellas, aunque a distintos niveles, también se han debatido numerosos problemas relacionados principalmente con el trabajo práctico y de funcionamiento del Partido, y los acuerdos que se han tomado también tienen ese carácter; o por decirlo con otras palabras: se han hecho planes, se han fijado tareas y establecido responsabilidades, se han señalado líneas de actuación en diversos terrenos, se han concretado más nuestras orientaciones y consignas políticas tomándose finalmente acuerdos para llevarlos a la práctica en cumplimiento de la línea y resoluciones aprobadas en el IV Congreso.

Ese es el funcionamiento de centralismo democrático y ése es el método de trabajo de nuestra Organización, de debate y adopción de decisiones, que procuramos aplicar también en nuestras relaciones con las organizaciones de las masas, respetando su autonomía y autodeterminación, convenciéndoles de la justeza de nuestra línea, dando ejemplo con nuestro trabajo y ganándoles para la causa revolucionaria. Esa es la cárcel en la que estamos encerrados los comunistas, sin poder salir de ella ni siquiera con permisos de fin de semana; y ése es el tipo de dictadura que pretendemos imponerles a los trabajadores para que se liberen de la esclavitud o libertad capitalista.
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Mensaje por carlos el Jue Abr 29, 2010 2:55 pm

CONTRA EL FRACCIONALISMO

LOS OPORTUNISTAS DEBEN SER
DESENMASCARADOS,
EXPULSADOS DEL PARTIDO Y
DENUNCIADOS COMO ENEMIGOS DE CLASE

Es preciso distinguir claramente las contradicciones que se dan inevitablemente dentro del Partido, de aquellas otras que nos enfrentan de manera frontal, antagónica, a los enemigos de clase. Tal es el caso de la lucha contra el revisionismo y el oportunismo. Los revisionistas y oportunistas de distintos pelajes, son ajenos al Partido, son agentes de la burguesía infiltrados en nuestra clase, y como a tales hay que tratarlos. Por este motivo no cabe mantener con ellos ningún tipo de relación, de unidad o conciliación, ningún debate. La ruptura con el revisionismo y el oportunismo debe ser clara y tajante, sin concesiones, de manera que no puedan utilizar la coartada del marxismo o del comunismo para proseguir su labor de zapa entre nosotros. Con tanto mayor motivo debemos mantener alejados a semejantes elementos, sin permitir que se agazapen a la sombra del Partido. Pero no podemos conformamos con eso. Además, tenemos que aislarlos completamente, destrozar sus embestidas, desenmascararlos como agentes de la burguesía y denunciarlos como tales. Ante este problema tan importante que nos plantea la lucha de clases, no caben vacilaciones ni posturas intermedias. Hay que actuar con la máxima firmeza.

I

La lucha contra los agentes de la burguesia infiltrados en nuestras filas no es algo nuevo o que hayamos descubierto recientemente. De hecho, esta lucha siempre se ha manifestado en diversas formas dentro del Partido, llegando a veces al antagonismo abierto. Y así sucederá también en el futuro, no debemos relajarnos a este respecto ni bajar la guardia. Este es un reflejo de la lucha de clases que se da en la sociedad, y mientras existan las clases y sus luchas, ésta continuará manifestándose, inevitablemente, dentro del Partido Comunista.

El proletariado no es una clase cerrada. Como explicó Lenin, a él afluyen continuamente elementos de origen pequeñoburgués e intelectuales, más o menos proletarizados por el desarrollo del capitalismo. También tenemos a la aristocracia obrera, compuesta por una reducida capa de obreros cebados por el imperialismo, los cuales forman hoy el principal apoyo social de la burguesía.

Todos esos sectores presionan e influyen en la clase obrera y como dice Stalin con toda razón, penetran de un modo o de otro en el Partido, llevando a éste el espíritu de vacilación y de oportunismo, el espíritu de desmoralización y de incertidumbre. Son ellos, principalmente, quienes constituyen la fuente del fraccionalismo y de la disgregación, la fuente de la desorganización y de la labor de destrucción del Partido desde dentro. Hacer la guerra al imperialismo teniendo en la retaguardia tales ‘aliados’, es verse en la situación de gente que se halla entre dos fuegos, tiroteada por el frente y por la retaguardia. Por eso, la lucha implacable contra estos elementos, su expulsión del partido, es la condición previa para luchar con éxito contra el imperialismo (1).

Esto no significa que toda contradicción que surja en el Partido deba ser tratada de la misma manera; no quiere decir que debamos atrincherarnos cada vez que aparezcan diferencias políticas e ideológicas o se haga alguna crítica a la actuación de la Dirección del Partido. Al contrario, como hemos explicado otras veces, esas contradicciones que surgen en el Partido son inevitables y necesarias, y de hecho ayudan a corregir los errores, aclaran mejor las ideas y nos fortalecen, debiendo, por tanto, ser resueltas con métodos democráticos, con la crítica y la autocrítica. Sin embargo, tal como lo demuestra la experiencia, con eso sólo no basta; además, para fortalecer y mantener unido al Partido sobre la base de los principios revolucionarios marxistas-leninistas y una línea justa, resulta también necesario depurarlo de vez en cuando de la escoria que produce el desgaste de la lucha y de todos los elementos oportunistas ajenos a la clase obrera. Particularmente con estos últimos, no cabe aplicar métodos democráticos (la persuasión, la crítica y la autocrítica), pues ellos jamás se atienen a tales métodos en la lucha soterrada que mantienen contra el Partido; ni siquiera podemos pensar en la posibilidad de convencerles, ya que como agentes de la burguesía infiltrados en nuestras filas, actúan de acuerdo con su concepción burguesa, recurriendo a las mentiras y trucos que se corresponden a esa misma concepción.

Esto se revela con particular claridad en todo lo relacionado con la organización y su funcionamiento. Al oportunista, como hizo notar Lenin,

La organización del partido se le antoja una ‘fábrica’ monstruosa, la sumisión de la parte al todo y de la minoría a la mayoría le parece un ‘avasallamiento’... la división del trabajo bajo la dirección de un organismo central le hace proferir alaridos tragicómicos contra la transformación de los hombres en ‘ruedas y tornillos’...; la sola mención de los estatutos de la organización del Partido suscita en él un gesto de desprecio y la desdeñosa... observación de que se podría vivir sin estatutos.

¡Eres un burócrata porque has sido designado por el Congreso sin mi voluntad y contra ella! ¡Eres un formalista, porque te apoyas en los acuerdos formales del Congreso, y no en mi consentimiento! ¡Obras de un modo brutalmente mecánico, porque te remites a la mayoría ‘mecánica’ del Congreso del Partido y no prestas atención a mi deseo de ser cooptado! ¡Eres un autócrata, porque no quieres poner el poder en manos de la vieja tertulia de buenos compadres (2).

No creemos que haga falta insistir en que la línea política del Partido, así como su Dirección no son inalterables o inamovibles, pues como es bien sabido las condiciones de la lucha de clases cambian con mucha frecuencia y eso obliga a modificar la táctica, algunos aspectos de la política del Partido, etc. Además, también debe ser tenido en cuenta que nosotros, a diferencia de lo que ocurre a los fascistas y a los intelectuales burgueses, no estamos vacunados contra el riesgo de cometer errores y nos equivocamos algunas veces. Esto nos obliga a rectificar sin tener por ello que rasgarnos las vestiduras. Para eso contamos con unas normas y unos métodos de trabajo y funcionamiento rigurosos, basados en el principio del centralismo democrático, lo que quiere decir que, una vez agotada la discusión y adoptados unos acuerdos, éstos tienen que ser cumplidos, llevados a la práctica, por todos los miembros del Partido. Lo que no admitimos en el Partido es el liberalismo y la formación de varios centros o fracciones con distintos planteamientos o plataformas ya que eso nos incapacitaría para actuar unidos contra el imperialismo y llevaría la confusión y las vacilaciones pequeñoburguesas a nuestras propias filas, con lo que, podemos darlo por seguro, el Partido se debilitaría y sería pronto liquidado como destacamento de vanguardia, disciplinado, de la clase obrera.

En la actual época de cruenta guerra civil - dice Lenin- el Partido Comunista sólo podrá cumplir con su deber si se halla organizado del modo más centralizado, si reina dentro de él una disciplina férrea, rayana en la disciplina militar, y si su organismo central es un organismo que goza de gran prestigio y autoridad, está investido de amplios poderes y cuenta con la confianza general de los afiliados al Partido (3).

Este es uno de los motivos por lo cuales la reacción, y en combinación con ella los oportunistas de toda laya, centran siempre sus ataques contra la disciplina férrea, consciente, del partido proletario y especialmente contra su dirección, procurando minar su autoridad y la confianza en ella de los militantes de base del partido. Naturalmente, tal corno apunta por su parte Stalin,

los partidos de la II Internacional, que combaten la dictadura del proletariado y no quieren llevar a los proletarios a la conquista del poder, pueden permitirse un liberalismo como la libertad de fracciones, porque no necesitan, en absoluto, una disciplina de hierro. Pero los partidos de la Internacional Comunista, que organizan su labor partiendo de las tareas de conquistar y fortalecer la dictadura del proletariado, no pueden admitir ni el 'liberalismo' ni la libertad de fracciones [...]

De aquí que Lenin exigiera la ‘supresión de todo fraccionalismo’ y la ‘disolución inmediata de todos los grupos, sin excepción, formados sobre tal o cual plataforma’ so pena de ‘expulsión incondicional e inmediata del Partido’ (4).

Como vemos, esta es una cuestión fundamental que afecta a la existencia misma del partido como organización revolucionaria. De ahí que no resulte nada exagerado decir, como lo hace Lenin, que El que debilita, por poco que sea, la disciplina férrea del Partido del proletariado (sobre todo en la época de su dictadura) ayuda de hecho a la burguesía contra el proletariado (3). Esta es la razón por la cual, la contradicción que enfrenta a los oportunistas con el Partido, llegado un momento de su desarrollo, se antagoniza y la lucha contra ellos adquiera un cariz especialmente virulento.

Resultaría muy sencillo desenmascarar a esos elementos si desde el comienzo se presentaran ante nosotros en su calidad de agentes, propagadores de la ideología, la política y métodos burgueses. Por este motivo hacen todo lo posible por ocultarse, por camuflarse, apelando unas veces a la libertad de crítica (de una crítica desprovista de todo fundamento científico, de todo principio), otras bajo la máscara hipócrita de la incomprension y el victimismo. Así planteado, el problema se reduce, en última instancia, a una cuestión de método, a que no sabemos entenderlos ni darles un tratamiento correcto, ya que, por lo demás, el oportunista que no se quiere corregir u oculta sus verdaderos objetivos o propósitos, suele estar totalmente de acuerdo con nosotros hasta que no lo desenmascaramos. Somos nosotros, a decir verdad, los que no estamos ni podemos estar nunca absolutamente en nada de acuerdo con los oportunistas.

II

También es verdad que se dan algunos casos de elementos confusos y vacilantes que ni siquiera son conscientes del papelón que están representando, lo que hace aún más complicado poder combatirlos. Porque ¿cómo negarnos a recibir a gente tan abnegada, que asegura perseguir nuestros mismos objetivos, muestra cierta predisposición para la lucha? ¿cómo negarle el título de comunista al que se pronuncia a favor de la causa, emplea una terminología marxista, dice estar de acuerdo con los planteamientos del Partido y dispuesto a organizarse? Esto resultaría una irresponsabilidad, aparte de que no se puede descartar que con el tiempo y la práctica, una persona inmadura pero guiada por la mejor de las intenciones pueda convertirse en un auténtico militante comunista. La experiencia ha demostrado muchas veces que esas transformaciones son posibles, que, por ejemplo, de un romántico pequeño burgués puede salir un revolucionario proletario consciente y aguerrido. Claro que para ello hay que cogerlos en la edad más tierna, en el momento de su máxima exaltación o radicalismo, antes de que tome cuerpo y se desarrolle en él los elementos más negativos de su subjetividad e individualismo. Pero en cualquier caso ha de ser la práctica, llevada a cabo conforme a los principios y las normas del trabajo revolucionario, marxista-leninista, los que habrán de realizar el milagro de la transformación.

Y la práctica nos ha demostrado también muchas veces, que ese proceso de conversión o reeducación no suele ser espontáneo, ya que se efectúa a través de una larga y complicada lucha, en la que intervienen numerosos factores y en la que se trata de vencer, antes que nada la propia inseguridad, los prejuicios y hábitos pequeñoburgueses adquiridos desde la infancia, que han sido inculcados por la familia, la escuela, el medio social. En suma, son esos rasgos del individualismo, esa altanería petulante o falta de modestia, la inclinación a la querella, al chismorreo, al lloriqueo y a la flojedad que Lenin identifica como propia de los intelectuales.

Por cierto, que visto el problema desde este ángulo personal o sicológico, no se puede afirmar que ese antagonismo al que antes nos hemos referido, tenga el mismo carácter que el que se da entre la burguesía y el proletariado. Lenin se refiere -y la cita extensamente en Un paso adelante, dos pasos atrás- a la brillante definición sicológico-social, que trazó C. Kautski (cuando éste todavía era marxista) de esa cualidad del intelectual común:

El intelectual no es un capitalista. Es cierto que su nivel de vida es burgués y que se ve obligado a mantener este nivel a menos que se convierta en un vagabundo; pero al mismo tiempo, se ve obligado a vender el producto de su trabajo y muchas veces su fuerza de trabajo y sufre con frecuencia la explotación por los capitalistas y cierta humillación social. De este modo no existe antagonismo económico alguno entre el intelectual y el proletario. Pero sus condiciones de vida y de trabajo no son proletarias y de aquí resulta cierto antagonismo en su sentir y pensar.

El proletario no es nada mientras sigue siendo un individuo aislado. Todas sus fuerzas, toda su capacidad de progreso, todas sus esperanzas y anhelos las extrae de la organización, de su actuación sistemática, en común con sus camaradas. Se siente grande y fuerte cuando constituye una parte de un organismo grande y fuerte. Este organismo es todo para él, y el individuo aislado, en comparación con él, significa muy poco. El proletario lucha con la mayor abnegación, como partícula de una masa anónima, sin vistas a ventajas personales, a gloria personal, cumpliendo son su deber en todos los puestos donde se le coloca, sometiéndose voluntariamente a la disciplina, que penetra todos sus sentimientos, todas sus ideas.

Muy distinto es lo que sucede con el intelectual. No lucha aplicando, de un modo u otro, la fuerza, sino con argumentos. Sus armas son sus conocimientos personales, su capacidad personal, sus convicciones personales. Sólo puede hacerse valer merced a sus cualidades personales. Por esto, la plena libertad de manifestar su personalidad le parece ser la primera condición de éxito en su trabajo. No sin dificultad se somete a un todo determinado como parte al servicio de este todo, y se somete por necesidad, pero no por inclinación personal. No reconoce la necesidad de la disciplina sino para la masa, pero no para los espíritus selectos. Se incluye a sí mismo, naturalmente, entre los espíritus selectos (5).

III

Por todos estos motivos resultará imposible, mientras no sean suprimidas las causas que la han originado (especialmente la división entre el trabajo manual y el trabajo intelectual) desarraigar mediante la discusión o el debate la sicología individualista de los intelectuales comunes y corrientes. Y en cuanto a aquellos otros que se aproximan al proletariado con ánimo (no lo podemos negar) de ayudarle, pero se niegan a renunciar a su señoritismo y a su espíritu selecto, sólo cabe apartarlos de nuestro lado sin ninguna consideración, ya que en realidad no hacen otra cosa sino emporcar la conciencia colectiva de los obreros inculcándoles, en nombre del marxismo, su mismo individualismo y oportunismo, sus mismos hábitos indisciplinados y liberales y sus mismas vacilaciones e irrefrenable tendencia hacia el reformismo, el legalismo y la claudicación.

Para eso, naturalmente, es preciso que nos mantengamos vigilantes contra todo intento de establecer dentro del Partido un terreno neutral que posibilite una aproximación o conciliación con tales elementos. Esa es una posición centrista que no puede conducir más que a justificar y hacer el juego que más interesa a los oportunistas. Aparte de que no podemos pretender convencerles de su individualismo y señoritismo con ideas o razonamientos, pues carecen de todo principio y se mofan descaradamente de ellos. En realidad, los oportunistas y revisionistas jamás han buscado la polémica o la lucha ideológica, sienten verdadero pánico ante ella. Lo suyo es intrigar y enredar; a ellos no les interesa aclarar nada, sino enmascararse y oscurecer lo que está ya más claro que el agua para poder posar, en definitiva, de marxistas revolucionarios opuestos al dogmatismo y al burocratismo. Y no vamos a ser nosotros, como se podrá comprender, los que contribuyamos a darles cuerda. No proceder de esta forma conduciría al Partido a la parálisis y a una dolencia crónica.

Por lo demás, no tenemos ninguna necesidad de vencer a los oportunistas mediante la lucha ideológica dentro del Partido y eso, por la sencilla razón de que hace tiempo que éstos fueron vencidos.

Notas:

(1) Stalin: Los fundamentos del leninismo.
(2) Lenin: Un paso adelante, dos pasos atrás.
(3) Lenin, citado por Stalin en Los fundamentos del leninismo.
(4) Stalin: Los fundamentos del leninismo.
(5) C. Kautski: Franz Mehring

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