La decadencia del feudalismo y el desarrollo de la burguesía - Federico Engels

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Mensaje por Platon el Miér Abr 17, 2013 1:30 am

La decadencia del feudalismo y el desarrollo de la burguesía
Federico Engels


Mientras las luchas salvajes de la nobleza feudal reinante llenaban la Edad Media con su estrépito, el trabajo silencioso de las clases oprimidas había minado el sistema feudal en toda Europa occidental; había creado condiciones en las que cada vez había menos lugar para los señores feudales. En el campo, ciertamente, los nobles señores hacían estragos todavía; atormentaban a los siervos, no decían ni pío acerca de sus penalidades, pisoteaban sus cosechas, violentaban a sus mujeres e hijas. Pero alrededor habían crecido ciudades: en Italia, en el sur de Francia, en las orillas del Rin, los municipios de la antigüedad romana, resucitados de sus cenizas; en otras partes, especialmente en Alemania, otras nuevas; siempre rodeadas de murallas y de fosos, eran ciudadelas mucho más fuertes que los castillos de la nobleza, porque sólo podía tomarlas un gran ejército. Detrás de estas murallas y estos fosos se desarrollaba, a escala bastante reducida y en las corporaciones, el artesanado medieval, se concentraban los primeros capitales, nacían tanto la necesidad de las ciudades de comerciar entre sí como con el resto del mundo y, poco a poco también, con la necesidad, los medios de proteger ese comercio.

Desde el siglo XV los burgueses de las ciudades se habían hecho más indispensables a la sociedad que la nobleza feudal. Sin duda, la agricultura era la ocupación de la gran masa de la población y, como consecuencia, la rama principal de la producción. Pero los pocos campesinos libres aislados que se habían mantenido acá y allá, a pesar de las intromisiones de la nobleza, demostraban suficientemente que, en la agricultura, lo esencial no era la holgazanería y las exacciones del noble, sino el trabajo del campesino. Por otro lado, las necesidades de la nobleza misma habían aumentado y se habían transformado hasta el punto de que, incluso para ella, las ciudades se habían vuelto indispensables; ¿no sacaba de las ciudades el único instrumento de su producción, su coraza y sus armas? Los tejidos, los muebles y las joyas indígenas, las sedas de Italia, los encajes de Brabante, las pieles del Norte, los perfumes de Arabia, los frutos del Levante, las especies de las Indias, lo compraba todo a los habitantes de las ciudades; todo, menos el jabón. Se había desarrollado cierto comercio mundial; los italianos surcaban el Mediterráneo y, más allá, las costas del Atlántico hasta Flandes; a pesar de la aparición de la competencia holandesa e inglesa, los mercaderes de la Hansa dominaban todavía el Mar del Norte y el Báltico. Entre los centros de navegación marítima del Norte y del Sur se había mantenido el enlace por tierra; las rutas por las que se practicaba pasaban por Alemania. Mientras que la nobleza se hacía cada vez más superflua y obstaculizaba cada vez más la evolución, los burgueses de las ciudades se convertían en la clase que personificaba el progreso de la producción y del comercio, de la cultura y de las instituciones políticas y sociales.

Todos estos progresos de la producción y del intercambio eran, de hecho, para nuestras concepciones actuales, de naturaleza muy limitada. La producción seguía ligada a la forma del puro artesanado corporativo y, por tanto, ella misma guardaba todavía un carácter feudal; el comercio no iba más allá de las aguas europeas y lo más lejos que llegaba eran las ciudades de la costa del Levante, donde se procuraba, por medio del intercambio, los productos del Extremo Oriente. Pero por mezquinos y limitados que fuesen los oficios y, con ellos, los burgueses que los practicaban, fueron suficientes para trastornar la sociedad feudal y, al menos, siguieron en el movimiento, mientras que la nobleza feudal se estancaba.

La burguesía de las ciudades tenía, además, un arma poderosa contra el feudalismo: el dinero. En la economía feudal del tipo de comienzos de la Edad Media, apenas había habido lugar para el dinero. El señor feudal sacaba de sus siervos todo lo que necesitaba, ya sea bajo la forma de trabajo, ya sea bajo la de productos acabados; las mujeres hilaban y tejían el lino y la lana y confeccionaban las prendas; los hombres cultivaban los campos; los niños guardaban el ganado del señor, recogían para él los frutos del bosque, los nidos de los pájaros, la pajaza para cama de los caballos; además, toda la familia tenía que entregar todavía trigo, frutas, huevos, mantequilla, queso, aves, ganado joven, qué sé yo aún. Todo dominio feudal se bastaba a sí mismo; las prestaciones de guerra también eran exigidas en productos; el comercio, el intercambio, no existían, el dinero era superfluo. Europa se había retrotraído a un nivel tan bajo, había recomenzado por el principio hasta tal punto, que el dinero tenía entonces mucho menos una función social que una función puramente política: servía para pagar los impuestos, y se lo adquiría esencialmente por pillaje.

Ahora todo había cambiado. El dinero se había convertido otra vez en el medio de cambio universal y, a continuación, su cantidad había aumentado mucho; la nobleza misma no podía ya prescindir de él y, como tenía pocas cosas que vender, o incluso nada, como el pillaje ya no era en absoluto tan fácil tampoco, debió decidirse a pedirlo en préstamo al usurero burgués. Mucho antes de que los castillos feudales fuesen batidos en brecha por las nuevas piezas de artillería, ya estaban minados por el dinero. El dinero era la gran garlopa de igualamiento político de la burguesía. En todas partes donde una relación personal era suplantada por una relación de dinero, una prestación en especie por una prestación en dinero, una relación burguesa reemplazaba a una relación feudal. Sin duda, la vieja forma de economía natural brutal existía en la aplastante mayoría de los casos; pero había ya distritos enteros donde, como en Holanda, en Bélgica, en el curso inferior del Rin, los campesinos entregaban al señor dinero en lugar de prestaciones personales y de rentas en especie, donde señores y súbditos habían dado ya el primer paso decisivo por la vía de su transformación en propietarios terratenientes y en arrendatarios, donde, por tanto, incluso en el campo, las instituciones feudales perdían su base social.

Hasta qué punto, a finales del siglo XV, el feudalismo estaba minado y corroído interiormente por el dinero, lo demuestra de manera estrepitosa la sed de oro que se apodera de Europa occidental en esta época. Es el oro que los portugueses buscaban en la costa de África, en las Indias, en todo el Extremo Oriente; es el oro la palabra mágica que empujó a los españoles a atravesar el Océano Atlántico para ir hacia América; el oro era la primera cosa que pedía el Blanco desde el momento en que pisaba una orilla recién descubierta. Pero esta necesidad de partir a la aventura lejana, a pesar de las formas feudales o medio feudales en las que se realiza al principio, era ya, en su raíz, incompatible con el feudalismo cuya base era la agricultura y cuyas guerras de conquista tenían esencialmente como objetivo la adquisición de la tierra. Además, la navegación era una industria netamente burguesa, que ha impreso su carácter antifeudal incluso a todas las flotas de guerra modernas.

Así pues, en el siglo XV el feudalismo estaba en plena decadencia en toda Europa occidental; en todas partes, ciudades con intereses anti-feudales, con su derecho propio y su burguesía en armas, se habían encastrado en los territorios feudales; en parte habían subordinado ya socialmente a los señores feudales por el dinero, e incluso, aquí y allá, políticamente; en el campo mismo, allí donde condiciones especialmente favorables habían permitido el desarrollo de la agricultura, los antiguos lazos feudales comenzaban a descomponerse bajo la influencia del dinero; la antigua dominación de la nobleza continuaba floreciendo solamente en los países recientemente conquistados, como en Alemania al este del Elba, o en zonas atrasadas situadas fuera de las vías comerciales. Pero en todas partes, tanto en las ciudades como en el campo, se habían acrecentado los elementos de la población que reclamaban ante todo el cese del eterno y absurdo guerrear, esas querellas entre señores feudales que hacían permanente la guerra interior incluso cuando el enemigo exterior estaba en el país, ese estado de devastación ininterrumpida, puramente gratuita, que había durado durante toda la Edad Media. Estos elementos, demasiado débiles para hacer llegar a buen término su voluntad, encontraron un apoyo poderoso en la cabeza misma de todo el orden feudal, la realeza. Y ahí está el punto en que la consideración de las relaciones sociales conduce a la de las relaciones del Estado, en que pasamos de la economía a la política.

Del caos de los pueblos del comienzo de la Edad Media, salieron poco a poco las nuevas nacionalidades, proceso en el curso del cual, como se sabe, en la mayoría de las antiguas provincias romanas, los vencidos asimilaron a los vencedores, el campesino y el ciudadano al señor germánico. Por tanto, las nacionalidades modernas son, a su vez, el producto de las clases oprimidas. El mapa de los distritos de la Lorena media de Menke da una imagen expresiva del modo como se efectuaron, aquí, la fusión, allá, la delimitación. Basta seguir en este mapa la frontera de los nombres de lugar romanos y germánicos para persuadirse de que, para Bélgica y la Baja Lorena, coincide en lo esencial con la frontera lingüística que había todavía hace cien años entre el francés y el alemán. Se encuentra todavía, aquí y allá, una estrecha franja en la que las dos lenguas luchan por la supremacía; pero, en el conjunto, está establecido sólidamente lo que seguirá siendo alemán y lo que permanecerá como romano. Pero la forma, derivada del bajo franco antiguo o del viejo alto alemán, de la mayoría de los nombres de lugar del mapa muestra que se remontan al siglo IX, como máximo al X, que, por tanto, hacia el final de la época carolingia estaba ya trazada la frontera en lo esencial. Ahora bien, del lado romano, especialmente en las proximidades de la frontera lingüística, se encuentran nombres mixtos, compuestos de un nombre de persona germánico y de una designación topográfica romana, por ejemplo, al oeste del Mosa, cerca de Verdún: Eppone curtis, Rotfridi curtis, Ingolini curtis, Teudegisilo villa, convertidos hoy en Ippécourt, Récourt-la- Creux, Amblaincourt-sur-Aire, Thierville. Eran estancias señoriales francas, pequeñas colonias alemanas en tierra romana, que, tarde o temprano, sucumbieron a la romanización. En las ciudades y en las regiones campesinas aisladas había instaladas colonias alemanas más fuertes que conservaron su lengua bastante tiempo todavía; de una de ellas surgió, por ejemplo, aún a final del siglo IX, el Ludwigslied; pero una gran parte de los señores francos había sido romanizada ya antes, y la prueba de ello está suministrada por las fórmulas de juramento de los reyes y de los grandes de 842 en las cuales el romance aparece ya como la lengua oficial de Francia.

Una vez delimitados los grupos lingüísticos (bajo reserva de guerras posteriores de conquista o de exterminio, como fueron llevadas a cabo, por ejemplo, contra los eslavos del Elba), era natural que sirviesen de elementos de base para la formación de los Estados, que las nacionalidades comiencen a desarrollarse para convertirse en naciones. La potencia que tenía este elemento desde el siglo IX está demostrada por el hundimiento rápido del Estado mixto de Lotaringia. Por supuesto, durante toda la Edad Media las fronteras lingüísticas y nacionales estuvieron lejos de coincidir; pero, a excepción quizás de Italia, cada nacionalidad estaba representada, sin embargo, en Europa por un gran Estado particular, y la tendencia a establecer Estados nacionales que resalta de una manera cada vez más clara y consciente constituye una de las principales palancas de progreso de la Edad Media.

Ahora bien, en cada uno de estos Estados medievales el rey constituía la cima de toda la jerarquía feudal, cima a la que los vasallos no podían escapar y contra la cual se encontraban, al mismo tiempo, en estado de rebelión permanente. La relación de base de toda la economía feudal, el otorgamiento de tierra contra la prestación de ciertos servicios y rentas personales, ofrecía ya, en su forma original más simple, materia suficiente para litigios, sobre todo allí donde muchos tenían interés en buscar querellas. Por eso, ¿por dónde se debía ir al final de la Edad Media en que, en todos los países, las relaciones de vasallaje constituían un enmarañamiento inextricable de derechos y de obligaciones concedidos, retirados, renovados, caducados, transformados o condicionados de manera diferente? Carlos el Temerario, por ejemplo, era, para una parte de sus tierras, vasallo del emperador, para la otra, vasallo del rey de Francia; por otro lado, el rey de Francia, su soberano, era al mismo tiempo, para ciertos territorios, vasallo de Carlos el Temerario, su propio vasallo; ¿cómo escapar aquí a los conflictos? De ahí ese juego secular y alterno de atracción de los vasallos hacia el centro real, que es el único que puede protegerlos contra el exterior y entre sí, y de repulsión lejos de este centro en que se cambia ineluctable y constantemente esta atracción; de ahí esa lucha ininterrumpida entre realeza y vasallos cuyo estrépito siniestro cubrió todo el resto durante ese largo período en que el pillaje era la única fuente de ingresos digna del hombre libre; de ahí esa serie sin fin y siempre renovada de traiciones, asesinatos, envenenamientos, perfidias y todas las bajezas imaginables que se esconde tras el nombre poético de caballería y que no deja de hablar de honor y de fidelidad.

Es evidente que, en este caos general, la realeza era el elemento de progreso. Representaba el orden en el desorden, la nación en formación frente al desmembramiento en Estados vasallos rivales. Todos los elementos revolucionarios que se constituían bajo la superficie del feudalismo se veían tan obligados a apoyarse en la realeza como ésta se veía obligada a apoyarse en ellos. La alianza entre realeza y burguesía data del siglo X; interrumpida frecuentemente por conflictos, pues en la Edad Media nada prosigue su camino con constancia, se renueva cada vez más firme y poderosa hasta que haya ayudado a la realeza a llevarse la victoria definitiva y que ésta, en señal de reconocimiento, subyugase y saquease a su aliada.

Los reyes, tanto como los burgueses, encontraban un apoyo poderoso en la naciente corporación de los juristas. Con el redescubrimiento del derecho romano, se operó la división del trabajo entre los sacerdotes, consultores de la época feudal, y los juristas no eclesiásticos. Estos nuevos juristas pertenecían esencialmente, desde el principio, a la clase burguesa; pero, por otro lado, el derecho que estudiaban, enseñaban, ejercían, era también esencialmente antifeudal por su carácter y, desde cierto punto de vista, burgués. El derecho romano es hasta tal punto la expresión jurídica clásica de las condiciones de vida y de los conflictos de una sociedad en que reina la pura propiedad privada, que todas las legislaciones posteriores no han podido aportarle ninguna mejora esencial. Ahora bien, la propiedad burguesa de la Edad Media presentaba todavía una fuerte amalgama de limitaciones feudales, por ejemplo, se componía en gran parte de privilegios; por tanto, el derecho romano estaba también en esta medida muy por delante de las condiciones burguesas de la época. Pero la continuación del desarrollo histórico de la propiedad burguesa no podía consistir sino en su evolución hacia la pura propiedad privada, como también fue el caso. Ahora bien, este desarrollo debía encontrar una poderosa palanca en el derecho romano, que contenía ya completamente preparado aquello hacia lo que la burguesía del final de la Edad Media sólo tendía aún inconscientemente.

Pero si en muchos casos individuales el derecho romano servía de pretexto para una opresión reforzada de los campesinos por la nobleza, por ejemplo, cuando los campesinos no podían aportar pruebas escritas de su liberación de cargas que, por lo demás, eran usuales, esto no cambia nada al asunto. Incluso sin el derecho romano la nobleza habría encontrado pretextos parecidos, y los encontraba todos los días. En todo caso era un progreso enorme que entrase en vigor un derecho que no conocía en absoluto las condiciones feudales y que anticipa totalmente la propiedad privada moderna.

Hemos visto cómo, en el plano económico, la nobleza feudal comenzó a hacerse superflua, incluso molesta en la sociedad del final de la Edad Media; cómo también, en el plano político, era ya un obstáculo para el desarrollo de las ciudades y del Estado nacional, posible en esta época sólo bajo la forma monárquica. A pesar de todo, se había mantenido por la circunstancia de que, hasta entonces, tenía el monopolio del manejo de las armas, que sin ella no se podía hacer la guerra ni librar batalla. Esto también debía cambiar; se iba a dar el último paso para probar a la nobleza que tocaba a su fin el período de la sociedad y del Estado que ella dominaba, que, en su calidad de caballero, no se le podía utilizar ya ni siquiera en el campo de batalla.

Combatir el régimen feudal con un ejército que también era feudal y en el que los soldados están ligados por lazos más estrechos a su soberano inmediato que al mando del ejército real era, evidentemente, girar en un círculo vicioso y no avanzar un solo paso. Desde comienzos del siglo XIV los reyes se esfuerzan por emanciparse de este ejército feudal, por crear su propio ejército. A partir de esta época encontramos en los ejércitos reales una proporción cada vez mayor de tropas reclutadas o alquiladas. Al principio se trata sobre todo de la infantería, compuesta por los desechos de las ciudades y por los siervos desertores, lombardos, genoveses, alemanes, belgas, etc., empleada para la ocupación de las ciudades y al servicio de los asedios, apenas utilizable al principio en las batallas en campo abierto. Pero ya a finales de la Edad Media encontramos también caballeros que, con sus séquitos reunidos Dios sabe cómo, se alquilan al servicio de príncipes extranjeros y anuncian, por ahí, el hundimiento irremediable de las condiciones de la guerra feudal.

Al mismo tiempo, en las ciudades y entre los campesinos libres, allí donde los había todavía y donde se habían formado otros nuevos, se creaban las condiciones de base de una infantería aguerrida. Hasta entonces, la caballería, con su séquito igualmente montado, no constituía talmente el núcleo del ejército como, más bien, el ejército mismo; el tren de siervos que lo acompañaban a pie como sirvientes de ejército no aparecía - en campo raso - más que para desertar y para saquear. Mientras duró el apogeo del feudalismo, hasta finales del siglo XIII, la caballería libró todas las batallas y decidió su suerte. A partir de esta fecha la cosa cambia y, en verdad, en varios puntos al mismo tiempo. La desaparición progresiva de la servidumbre en Inglaterra creó una clase numerosa de campesinos libres, propietarios terratenientes (yeomen) o arrendatarios, y suministró así la materia prima de una nueva infantería, ejercitada en el manejo del arco, el arma nacional inglesa de la época. La introducción de estos arqueros, que combatían siempre a pie, que fuesen montados o no durante la marcha, dio lugar a una importante modificación en la táctica de los ejércitos ingleses. A partir del siglo XIV, la caballería inglesa se bate preferentemente a pie allí donde el terreno u otras circunstancias se prestan a ello. Detrás de los arqueros que entablan el combate y desmoronan al enemigo, la falange cerrada de la caballería espera pie a tierra el asalto del adversario o el momento propicio para avanzar, mientras que sólo una parte sigue a caballo para apoyar el combate decisivo con ataques de flanco. Las victorias ininterrumpidas de los ingleses en Francia en aquella época descansan esencialmente en esta restauración de un elemento defensivo en el ejército y, en su mayoría, son otras tantas batallas defensivas con contraataques como las de Wellington en España y en Bélgica. La adopción por los franceses de la nueva táctica -quizás a partir del momento en que los ballesteros italianos que alquilaron hicieron el papel de arqueros ingleses- puso fin a la marcha victoriosa de los ingleses. Asimismo, a comienzos del siglo XIV, la infantería de las ciudades de Flandes había osado -y frecuentemente con éxito- hacer frente a la caballería francesa en campo abierto, y el emperador Alberto, al intentar entregar traidoramente los campesinos imperiales libres de Suiza al gran duque de Austria, que no era otro que él mismo, empujó a la creación de la primera infantería de renombre europeo. En los triunfos de los suizos sobre los austriacos y los borgoñones, la caballería acorazada -montada o a pie- sucumbió definitivamente ante la infantería, el ejército feudal ante los comienzos del ejército moderno, el caballero ante el burgués y el campesino libre. Y para confirmar desde el principio el carácter burgués de su República, la primera República independiente de Europa, los suizos hicieron dinero inmediatamente de su gloria militar. Desaparecieron todos los escrúpulos políticos; los cantones se transformaron en oficinas de reclutamiento a fin de reunir a los mercenarios para el mejor postor. También en otras partes, y especialmente en Alemania, circuló el tambor del reclutador; pero el cinismo de un gobierno que no parecía estar allí más que para vender a sus naturales, queda inigualado hasta el momento en que, en la época del envilecimiento nacional más profundo, lo sobrepasaron los príncipes alemanes.

A continuación, en el siglo XIV, la pólvora de cañón y la artillería fueron aportadas igualmente a Europa por los árabes, pasando por España. Hasta el final de la Edad Media, el arma de fuego portátil permaneció sin importancia, lo que se concibe porque la flecha del arquero de Crécy llegaba tan lejos y daba en el objetivo quizás con más seguridad -aunque no tuviese el mismo efecto- que el fusil de cañón liso del infante de Waterloo. El cañón de campaña estaba todavía en la infancia; por el contrario, los cañones pesados habían batido ya en brecha más de una vez las murallas expuestas de los castillos de los caballeros y habían anunciado a la nobleza feudal que la pólvora sellaba el fin de su reino.

La difusión de la imprenta, la reanudación del estudio de la literatura antigua, todo el movimiento de la cultura que se refuerza y se universaliza cada vez más a partir de 1450, todo esto favoreció a la burguesía y a la realeza en su lucha contra el feudalismo.

La acción conjugada de estas causas, reforzada de año en año por su acción recíproca creciente de unas sobre otras, que empujaba cada vez más adelante en una misma dirección, decidió, en la segunda mitad del siglo XV, la victoria, si no de la burguesía, al menos de la realeza sobre el feudalismo. En todas partes de Europa, hasta en los países secundarios lejanos que no habían pasado por el estado feudal, la potencia real se impuso de un solo golpe. En la península ibérica, dos de las cepas lingüísticas romanas se unieron para formar el reino de España, y el reino de Aragón, que hablaba el provenzal, se sometió al castellano como lengua escrita; la tercera cepa unificó su territorio lingüístico, a excepción de Galicia, para formar el reino de Portugal, la Holanda ibérica, que se desvió del interior y probó con su actividad marítima su derecho a una existencia separada. En Francia, después del declive del Estado borgoñón, Luis XI logró finalmente instaurar tan fuertemente la unidad nacional que representaba la realeza sobre el territorio francés aún muy fraccionado, que su sucesor podía ya inmiscuirse en las querellas italianas y que esta unidad no fue ya puesta en tela de juicio más que una vez, y por poco tiempo, por la Reforma. Inglaterra había abandonado finalmente sus guerras donquijotescas de conquista en Francia que, a la larga, la habrían desangrado; la nobleza feudal buscó una compensación en las guerras de las Dos Rosas y encontró más de lo que había buscado; se desgastó y puso en el trono a la dinastía de los Tudor, cuya potencia real sobrepasó la de todos sus antecesores y sucesores. Los países escandinavos habían alcanzado su unidad desde hacía tiempo; tras su unión con Lituania, Polonia iba al encuentro de su período de apogeo con una potencia real aún intacta, y, aún en Rusia, el derrocamiento de los pequeños príncipes y la liberación del yugo tártaro habían ido de la mano y habían sido sellados definitivamente por Iván III. En toda Europa sólo había dos países en que la realeza y la unidad nacional, imposible entonces sin ella, no existían o no habían existido más que sobre el papel: Italia y Alemania.

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