Teoria del Reflejo - S. L. Rubinstein

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Mensaje por Platon el Jue Abr 11, 2013 4:32 pm

TEORÍA DEL REFLEJO1
SERGUÉI LEONIDOVICH RUBINSTEIN

La relación cognoscitiva entre el hombre y el mundo surge al aparecer la actividad psíquica del cerebro como órgano que sirve para que el organismo pueda relacionarse con lo que le rodea. La acción recíproca que se establece entre el individuo y el mundo; la vida, el hacer práctico del hombre, constituyen la premisa ontológica en virtud de la cual puede surgir, en el individuo, una actitud cognoscitiva respecto al mundo. En su sentido específico, como proceso social e histórico, el conocimiento del hombre se halla vinculado a la aparición del lenguaje. Sólo la aparición de la palabra permite fijar los resultados del conocimiento, le confiere continuidad, de suerte que el conocimiento no se circunscribe a actos que constituyen una simple repetición y que en esencia se encuentran aislados. Aparece el proceso histórico del conocimiento.

Al producirse la relación cognoscitiva entre el individuo y el mundo, en cuanto realidad objetiva, surge el problema gnoseológico.

¿Qué es, en sí, el conocimiento? A esta pregunta, la teoría materialista dialéctica del reflejo responde de la siguiente manera: el conocimiento es un reflejo del mundo como realidad objetiva. La sensación, la percepción, la conciencia, son la imagen del mundo exterior.

El concepto de imagen (image, Bild, picture) se encuentra muy difundido en las publicaciones filosóficas de las distintas corrientes. Importa poco, pues, repetir una fórmula inicial (o final) en la que se nos afirma que los fenómenos psíquicos —sensaciones, percepciones, etc.— son imágenes del mundo externo que existe fuera de la conciencia e independientemente de ella. Es necesario, además —y ello es lo principal— puntualizar el contenido gnoseológico real que se vincula a dicha fórmula en la teoría materialista dialéctica del reflejo. Claro es que todas las variedades de la Bildtheorie (teoría de la imagen) poseen rasgos comunes, los cuales estriban, ante todo, en admitir la existencia de los objetos independientemente de sus imágenes, en contraposición al monismo “epistemológico”, idealista (teorías de Berkeley, de Mach, etc.), que sitúa la sensación en el lugar de los objetos. No ha de subestimarse ni mucho menos —ello es obvio— el significado fundamental que posee el hecho de que existan rasgos comunes entre todas las teorías del reflejo. Mas el problema que ahora se nos plantea consiste en poner de manifiesto las particularidades especificas de la teoría del reflejo según el materialismo dialéctico, rasgos que la distinguen de las antiguas variedades de la teoría de las imágenes. Ello tiene que realizarse sin perder de vista el rasgo común que se da en todas las teorías aludidas.

El que la sensación, la percepción y la conciencia sean la imagen del mundo exterior, en la teoría materialista dialéctica del reflejo, significa que su contenido gnoseológico no puede separarse del objeto. La imagen no es una cosa ideal, existente al lado del objeto, sino la imagen del objeto. La teoría materialista dialéctica del reflejo hace efectivo el monismo materialista en la solución del problema gnoseológico que trata de la correspondencia existente entre la imagen y el objeto. Esto es lo que diferencia de manera esencial la teoría materialista dialéctica del reflejo de la picture-theory (o Bildtheorie), del denominado realismo representativo (Descartes, Locke y sus discípulos).2 La imagen lo es siempre de algo que se encuentra fuera de ella. El concepto mismo de imagen presupone relación hacia algo reflejado por ella. La sensación, la percepción, etc., llegan a ser imagen sólo en virtud de su relación con el objeto del que son imagen. La imagen, por ende, no constituye un algo ideal existente en el mundo interior de la conciencia de modo semejante a como un objeto real existe en el mundo de la materia; tampoco es, el objeto, una imagen exteriorizada. La imagen como tal se constituye por la relación cognoscitiva de una impresión sensorial respecto a la realidad que se halla fuera de dicha imagen y que no queda reducida al contenido de la imagen.

La filosofía no soviética, sobre todo la anglo-norteamericana, sitúa hoy, en el centro de la discusión gnoseológica, la lucha entre el representacionismo y el presentacionismo, o teoría según la cual lo único que llega a conocerse es lo dado de manera inmediata, lo denominado sense-data (cf. más adelante en el capítulo donde se trata de la percepción). La discusión entre dichas teorías reproduce, en esencia, la lucha de Berkeley contra Locke. El representacionismo se declara “realismo”; admite que el objeto del conocimiento son las cosas, pero como para esta teoría las ideas constituyen un estado puramente subjetivo, la relación de las ideas, de las sensaciones y de los pensamientos con los objetos no pasa de ser una correlación entre miembros, heterogéneos por su esencia, de dos series paralelas. El presentacionismo, aprovechando la debilidad del representacionismo, intenta demostrar que los únicos objetos susceptibles de ser realmente conocidos son los datos sensibles inmediatos: sense-data; resulta, pues, que el presentacionismo es fenomenalismo.

El denominado realismo representativo parte de la separación que establece entre imagen y objeto, y de la contraposición externa de los mismos. La imagen se transforma en algo ideal que existe primero en la conciencia, sin relación alguna con el objeto, de modo semejante a como el objeto material, la cosa, existe en el mundo material. La imagen y el objeto se conciben como dos cosas pertenecientes a dos mundos: la imagen, como perteneciente al mundo interior, espiritual, de la conciencia; el objeto, al mundo exterior de la realidad material. Este concepto de la imagen constituye, además, el concepto básico de la psicología introspectiva.

El realismo representativo pretende demostrar que tales imágenes subjetivas, ideas, “representan” a las cosas y “corresponden” a las cosas. Ello no obstante —dadas la premisas dualistas de que parte el realismo a que nos referimos—, queda como suspendida en el aire la correspondencia indicada entre ideas y objetos. Resulta imposible comprobar que existe esta correspondencia partiendo del concepto que tiene de las “ideas” el realismo “representativo”, concepto que estriba en considerar las “ideas” como puros estados subjetivos de la conciencia. La conciencia, cerrada en la esfera de sus “ideas”, de ningún modo puede “confrontarlas” con los objetos. El idealismo, en su intento de reducir la verdad a la correspondencia de las ideas con las propias ideas, ya hizo uso de dicha circunstancia.

El argumento fundamental del idealismo consiste en lo siguiente: en el proceso del conocimiento, de ningún modo podemos “saltar más allá” de las sensaciones, de las percepciones y de los pensamientos; por ende, no podemos llegar a la esfera de las cosas; en consecuencia, es necesario admitir que las sensaciones y las percepciones constituyen el único objeto de conocimiento posible. En la base de este argumento “clásico” del idealismo, se encuentra la idea de que, para llegar a la esfera de los objetos reales, es necesario “salir” de la esfera de las sensaciones, percepciones y pensamientos, lo cual, naturalmente, para la cognición, resulta imposible.

Este razonamiento presupone de antemano que está demostrado lo que trata de demostrar. Se da por supuesto que la sensación y la percepción son meras formaciones subjetivas, externas por lo que respecta a los objetos a la realidad objetiva. El hecho es, empero, que los objetos participan en la génesis misma de las sensaciones. Las sensaciones, al producirse como resultado de la acción de los objetos sobre los órganos de los sentidos, sobre el cerebro, se encuentran vinculadas, en su génesis, a dichos objetos. En su tiempo, Berkeley, criticando precisamente al realismo representativo por su incapacidad de dar una base al conocimiento del mundo exterior, sostuvo el criterio de que los datos sensoriales constituyen los únicos objetos de conocimiento y situó, por ende, dichos datos sensoriales en el lugar de los objetos. El mismo camino sigue hoy el neorrealismo. En efecto, si se admiten las premisas iniciales del realismo representativo, es decir, si se considera que las imágenes, las ideas, son meros estados subjetivos de conciencia (aunque afloren en nuestra conciencia por influjos externos), resulta vano todo intento que se haga para salir de la esfera del mundo subjetivo, del mundo de las ideas, de la conciencia, para pasar al mundo de los objetos reales, físicos, materiales. El error del representacionismo, empero, no se corrige, sino que se acentúa al situar dichos datos sensoriales, en calidad de únicos objetos inmediatos de la conciencia, en el lugar de las cosas, como hacen Berkeley y el neorrealismo contemporáneo.

Tomar las imágenes, las ideas, los fenómenos cognoscitivos y separarlos de los objetos materiales, lleva al paralelismo. La correlación entre ideas y cosas no puede ser más que una correspondencia —sin que se sepa cómo se ha establecido ni quién la establece— de los elementos de distinto género que constituyen dos series paralelas. Admitido un paralelismo semejante entre los fenómenos de la conciencia y los fenómenos del mundo material, en el mejor de los casos, las imágenes y las ideas sólo pueden ser signos de realidades materiales, con las que se encuentran, únicamente, en correspondencia formal; signos que coinciden con tales realidades sólo por correlaciones externas que de ningún modo ponen de manifiesto cuál es la esencia de las cosas; el auténtico conocimiento de las cosas se hace imposible y el problema gnoseológico resulta insoluble.

Esta concepción de la imagen lleva inevitablemente a consecuencias fatales. Si se acepta, ya no hay modo de librarse de las contradicciones, de los problemas ficticios y, por ende, insolubles. La doctrina de la percepción se atasca en la necesidad de resolver un enigma; de qué modo la imagen interior de la conciencia se lleva al exterior y de qué modo desde el mundo de la conciencia penetra en el mundo material, exterior, de las cosas. Dado que —según la premisa inicial— la imagen es concebida como objeto ideal sui géneris, al margen, por su naturaleza interior, de toda relación con los objetos del mundo material, queda excluida de antemano la posibilidad de resolver de manera justa el problema concerniente a los vínculos entre imagen y objeto.

En realidad, no existe la imagen cómo objeto ideal, separado del objeto material o puesto en lugar de este último, sino que existe la imagen del objeto. Ahora bien, la imagen del objeto no es su signo. La imagen en general, sin relación con el objeto del cual es un reflejo, no existe. Lo que nosotros percibimos no son imágenes, sino objetos, cosas materiales en imágenes. Es imposible separar del objeto la imagen sin destruirla. El camino inicial lleva no de la conciencia a las cosas, sino de éstas a la conciencia. Por este motivo, el problema que trata de cómo la percepción pasa de las imágenes a las cosas, constituye un problema erróneamente planteado. Intentar resolverlo planteado de esta forma, significa caer en una trampa y encontrarse, junto al idealismo, en un callejón sin salida.3

Al dualista, que rompe el vínculo interno existente entre la imagen y el objeto, no le quedan más que dos soluciones:

1) Contraponer la imagen al objeto, cerrándose en el mundo interior de la conciencia (dualismo relativo a las imágenes como fenómenos de conciencia y las cosas en sí, al mundo espiritual y el material, a la experiencia externa e interna; en gnoseología, realismo representativo; en psicología, introspeccionismo).

2) Situar la imagen en el lugar del objeto material. Tal es la solución que en filosofía defienden Bergson,4 los partidarios de Mach, los neorrealistas, los positivistas-fenomenalistas, los pragmatistas, las distintas variedades del monismo epistemológico, etc.

La teoría del reflejo basada en el monismo materialista supera las formas —y las consecuencias— del dualismo en lo que respecta a las imágenes y a los objetos, así como todas las variedades de monismo epistemológico de los idealistas declarados, de los neorrealistas, de los positivistas, de los pragmatistas, etc., variedades que se reducen, en el fondo, a que las imágenes, los datos sensoriales y las ideas, se identifican con las cosas y se sitúan en el lugar de estas últimas. Los monistas epistemológicos se equivocan al presentar su criterio como superación del subjetivismo, por el hecho de considerar las ideas y las imágenes no como estados subjetivos, sino como cosas reales y por el hecho de denominarse “realistas”.

La diferencia radical, de principio, que existe entre la teoría materialista dialéctica del reflejo y la denominada picture-theory o Bildtheorie (teoría de la imagen) del realismo representativo —teoría construida sobre una base dualista— nos viene determinada por el monismo materialista.

En el problema concerniente a la relación gnoseológica entre imagen y objeto, la expresión concreta del monismo materialista queda formulada en la siguiente tesis: la imagen del objeto es una forma del reflejo de la existencia de las cosas; es una forma ideal, es decir, reflejada en el sujeto, en su cerebro. Esto significa que la imagen del objeto no es el objeto mismo, ni es tampoco el signo del objeto, sino su reflejo.

La diferencia de principio que existe entre la teoría materialista dialéctica del reflejo y la teoría tradicional de la imagen (Bildtheorie) halla su manifestación en la diferencia radical que presenta la doctrina del materialismo dialéctico acerca de la verdad como conformidad del pensar al ser, respecto al punto de vista del realismo representativo que habla de correspondencia entre uno y otro. Según el realismo representativo, todo juicio (A es B) afirma algo en relación con mis pensamientos; esta afirmación resulta verdadera si se pone de manifiesto que en la realidad las cosas se producen como en mi pensar. (Pero no se sabe de qué modo puede verse si es así o no, dado que, según la tesis inicial, el ser sólo tiene vigencia, para mí, en los pensamientos, en los fenómenos de la conciencia.) De este modo, la conformidad del pensar y el ser —exponente de la verdad— se interpreta como correspondencia externa entre los miembros de una serie de fenómenos y los de la otra- serie, en el espíritu del paralelismo dualista. En realidad, el juicio es una afirmación no acerca de los pensamientos, sino acerca del objeto de dichos pensamientos, acerca del ser. El carácter verdadero de los juicios radica en la conformidad entre lo que afirmamos del ser, del objeto de nuestros pensamientos, y el propio ser; no radica en la conformidad entre el ser y lo que afirmamos de nuestros pensamientos. Esta última manera de enfocar el problema excluye, en esencia, la existencia de la verdad en el auténtico sentido de la palabra. La verdad no es algo externo respecto al conocimiento, dado que éste tampoco es algo externo en relación con el ser. El conocimiento constituye la elucidación del ser por- parte del sujeto, quien existe no porque piensa y entra en conocimiento de las cosas, sino que, por el contrario, piensa y entra en conocimiento de las cosas porque existe. Decir de los pensamientos que son verdaderos, y decir que son un conocimiento de su objeto, equivale a decir lo mismo. El conocimiento no es algo externo en relación al ser; la verdad no es externa en relación al conocimiento. Lo normal para el pensamiento es ser conocimiento, por tanto, ser una forma del reflejo de La existencia de su objeto.

La verdad es objetiva en virtud de su conformidad con el objeto, el cual es independiente del sujeto, del hombre, de la humanidad. A la vez, como tal verdad, ésta no existe fuera y al margen de la actividad cognoscitiva del hombre. La verdad objetiva no es la propia realidad objetiva, sino el conocimiento objetivo de esta realidad por parte del sujeto. De esta suerte, en el concepto de realidad objetiva, halla concentrada expresión la unidad que forman La actividad cognoscitiva del sujeto y el objeto de conocimiento.

Si en la premisa inicial se admite que los fenómenos psíquicos son puramente subjetivos, ningún argumento podrá luego rectificar este error, no habrá forma de restablecer el nexo entre lo psíquico y la realidad objetiva ni habrá modo de explicar la posibilidad de que esta realidad sea conocida. Es necesario excluir esta comprensión subjetivista de los fenómenos psíquicos en el punto de partida. Los fenómenos psíquicos surgen durante el proceso de acciones recíprocas que se produce entre el sujeto y el mundo objetivo, proceso que se inicia con la acción de las cosas sobre el individuo. En las cosas se encuentra la fuente de donde proceden todas las representaciones acerca de dichas cosas. La vinculación de los fenómenos psíquicos a la realidad objetiva se da en el propio origen de tales fenómenos, constituye la base de la existencia de los fenómenos psíquicos.

Por su propio sentido y por su esencia, la conciencia siempre es un tener conciencia de algo que se encuentra fuera de ella. La conciencia es el adquirir conciencia de un objeto que se encuentra fuera de ella; en el proceso que, en virtud de este acto, se produce, el objeto se transforma y se presenta como sensación, como pensamiento. Naturalmente, no se niega, con esto, la diferencia entre la conciencia y su objeto, el ser; pero se subraya la unidad de la conciencia, de La sensación, del pensamiento, etc., con su objeto y también el hecho de que la base de dicha unidad radica en el objeto. En esta concepción de los fenómenos psíquicos, halla su expresión inicial el monismo materialista en la teoría del conocimiento.

En la relación gnoseológica que se da entre los fenómenos psíquicos y su objeto, se pone de manifiesto la contraposición de lo subjetivo y lo objetivo, de importada esencial en el plano gnoseológico. Para que esta contraposición, al subrayarse, no lleve al dualismo, es necesario descubrir también la unidad que le sirve de marco. Éste es el motivo de que sea importante subrayar no sólo la contraposición, sino, además, la unidad inicial que se dan entre las sensaciones, los pensamientos y la conciencia por una parte y la realidad objetiva por otra, de la cual los fenómenos citados son reflejo.

La concepción idealista del mundo descansa en el principio de que los fenómenos psíquicos subjetivos forman un “mundo” interior cerrado en sí mismo. Prisionero de esta concepción del mundo, el pensamiento filosófico se esfuerza en vano para ver si logra romper este subjetivismo cerrado y se abre paso al mundo objetivo.

El monismo del materialismo dialéctico parte de la objetividad externa del mundo. En ello se basa la teoría del reflejo, que se proyecta hacia los fenómenos psíquicos. Tal es la revolución llevada a cabo por la teoría del reflejo.

Tenemos, pues, que la primera particularidad diferencial de la teoría materialista dialéctica del reflejo, estriba en que dicha teoría elimina la separación de la imagen y objeto y su contraposición dualista. El contenido gnoseológico de la imagen (de la sensación, de la percepción, etc.) es inseparable del objeto.

Del mismo modo que no puede ser separada del objeto, la imagen se halla también indisolublemente unida al proceso del reflejo, a la actividad cognoscitiva del sujeto.

Si se separa la imagen del proceso del reflejo, se da un valor sustancial falso a la primera, se llega al aniquilamiento del propio objeto de investigación psicológica y se da pie a toda interpretación errónea tanto en lo que afecta a la imagen como en lo que concierne al proceso del reflejo.5 De este modo se falsea todo el proceso del reflejo: a un lado se encuentra el proceso fisiológico material; al otro, la imagen ideal que surge de este proceso sin que se sepa de qué modo. Además, la imagen, como algo ideal, se contrapone inevitablemente al proceso material, con lo que se separa del mismo. (Tal fue la separación que llevó a cabo Russell cuando era partidario del idealismo objetivo.) No requiere ninguna demostración especial la afirmación de que admitir la existencia separada de algo puramente ideal constituye la quintaesencia del idealismo. La verdad es que en ningún lugar encontramos una imagen como algo ideal que existe de modo aislado. No se da al margen de la actividad refleja del sujeto, de su cerebro. Obsérvese, además, que esa actividad en el proceso de la cual surge la imagen sensorial del objeto, no constituye el único acto general de la imagen —acto que la separa de los procesos fisiológicos materiales, que le son extraños—, sino que constituye, dicho acto generador de la imagen, una serie coordinada de actividades sensoriales, como son el análisis sensorial y la diferenciación de las distintas propiedades del objeto, y la síntesis sensorial que agrupa distintas cualidades sensoriales en la imagen unívoca del mismo. La imagen se halla vinculada a la actividad refleja no sólo por su origen, sino, además, por su esencia.

De esta manera, al vincular indisolublemente la imagen a la actividad refleja del sujeto, la teoría del reflejo se opone a toda consideración de la imagen como sustancia ideal, se opone a que se le atribuya ningún sentido hipostático.

A ello está enlazada la segunda diferencia radical de la teoría materialista dialéctica del reflejo respecto al materialismo metafísico de la Bildtheorie. “La desgracia fundamental del materialismo metafísico —escribió Lenin— estriba en su incapacidad para aplicar la dialéctica a la Bildtheorie, al proceso y al desarrollo del conocimiento”.6

Los materialistas anteriores a Marx concebían el reflejo como huella pasiva de los objetos, resultado de su acción mecánica sobre aquello en que se reflejaban. Diderot comparó el cerebro a la cera sobre la cual las cosas dejan su impronta. Para los materialistas de esa época, el reflejo constituía la recepción pasiva por parte del sujeto, de su cerebro, de una acción externa; para el materialismo dialéctico, es el resultado de una interacción entre el sujeto y el mundo objetivo, es el resultado de una acción del mundo exterior y de la reacción que dicha acción provoca en el sujeto, en su cerebro. El reflejo no es una imagen estática, fruto de la recepción pasiva de la acción mecánica de los objetos; el reflejo de la realidad objetiva es, de por sí, un proceso, una actividad del sujeto, en el transcurso de la cual la imagen del objeto va haciéndose cada vez más adecuada al objeto.

Sólo pasando de la concepción de la imagen o de la idea como algo estático a su concepción como un proceso, como una actividad cognoscitiva, a la dialéctica concreta del sujeto y del mundo objetivo en sus recíprocas influencias, cabe resolver de manera apropiada el problema del conocimiento, el problema de lo ideal y de lo material, problema básico de la filosofía.

El hecho de que la actividad psíquica sea un reflejo significa, también, que el reflejo es una actividad, un proceso. A esta tesis se encuentra ligado el profundo cambio sufrido por el concepto mismo de reflejo, el cual era tenido por los materialistas anteriores a Marx como mera relación entre el objeto y su huella ideal. En la teoría del reflejo de dichos materialistas, lo fundamental aparece como correlación inmediata entre el objeto y la imagen. Para la teoría materialista dialéctica del reflejo, el principio inicial es el que afirma la existencia de una acción recíproca entre el hombre como sujeto y el mundo; la correspondencia entre estas dos realidades aparece en este caso como lo básico, como lo que sirve de punto de partida. La imagen, la idea, existe sólo en la actividad cognoscente del sujeto que actúa sobre el mundo objetivo y sufre la acción del mismo. La relación entre lo psíquico y el mundo, tomada en lo que tiene de carácter concreto, se ve en la unidad del proceso cognoscitivo como relación de lo subjetivo a lo objetivo. La relación entre la idea o imagen como algo ideal y el objeto como cosa material no es más que un aspecto destacado de modo abstracto, no es más que un aspecto de dicha relación inicial. La delimitación de este aspecto especial no es más que una abstracción justificada, necesaria, mas sin pasar de abstracción que pone de manifiesto sólo una faceta, un aspecto de la relación que se da efectivamente entre la actividad psíquica y el mundo, relación tomada en su aspecto concreto. La relación en sí es un proceso, una actividad, una interacción. La imagen, incluida en este proceso —sólo en él tiene existencia— sale de la relación presuntamente estática respecto al objeto. En su auténtico aspecto, dicha relación se ofrece como proceso de la actividad cognoscitiva del sujeto. En esta actividad, un elemento determinante del objeto, una imagen, es sustituido por otro más apropiado, más profundo. En la evolución de este proceso la imagen se va acercando de modo incesante y dialéctico al objeto; cada vez se descubre de manera más completa el objeto en la imagen, pero sin que sea posible agotar, nunca, la infinita riqueza de aquél (cf. también el capítulo III, apartado 2, y el IV, apartado 1 b), del presente trabajo).

La teoría materialista dialéctica del reflejo constituye, en realidad, una aplicación del principio del determinismo en su concepción materialista dialéctica sobre el proceso del conocimiento, principio que nos dice, como hemos visto más arriba, que las causas externas actúan a través de las condiciones internas. Todo proceso es determinado por las condiciones objetivas externas y se refracta a través de las leyes internas del proceso dado. Esto también es cierto para el proceso de cognición. Cabe definir la teoría materialista dialéctica del reflejo aplicando al proceso del conocimiento el principio del determinismo anteriormente formulado.

El pensamiento es determinado por su objeto, mas el objeto no determina al pensar de modo inmediato, sino en forma mediata, a través de las leyes propias de la actividad pensante —leyes del análisis, de la síntesis, de la abstracción y de la generalización—, actividad que transforma los datos sensoriales, que no ponen de manifiesto en su aspecto puro las propiedades esenciales del objeto, y que lleva a la reconstitución mental del objeto en cuestión.


Notas:

1.
Extracto del libro “El ser y la conciencia”, de Rubinstein.
2. Acerca del denominado realismo representativo cf. Roy Wood Sellars, The Philosophy of physical Realism. Ch. II — “Idealism an Interlude” § “Traditional representative Realism”. Nueva York, 1932, págs. 31-38.
3. Todo lo que acabamos de decir respecto a la percepción puede aplicarse, en principio, a la representación. Por lo común, las representaciones se presentan como imágenes “internas” —y como tales son estudiadas a menudo—, separadas de las cosas, dado que una representación, a diferencia de la percepción, es la imagen de un objeto que en el momento dado no se halla presente. Ello no obstante, también las imágenes de las representaciones lo son de objetos, surgen como resultado de la acción de los objetos; su reproducción se debe, otra vez, en principio, a la acción de las cosas, si no de las mismas cosas a que la representación hace referencia, por lo menos de otras relacionadas con éstas en momentos anteriores y con su representación. El sujeto puede actualizar motu proprio una representación u otra en ausencia del objeto que en ella se representa, porque la representación queda objetivada en la palabra y puede actualizarse sin la acción inmediata de las cosas (excitaciones del primer sistema de señalización), por medio de la palabra (excitación del segundo sistema de señalización). Resulta, pues, que también la representación constituye una imagen interior no en el sentido de la psicología introspectiva idealista, que separa la imagen como si perteneciera al mundo interior de la conciencia, entendido como cerrado en sí mismo, al margen del mundo exterior de los objetos materiales. La representación puede definirse como imagen interior, sólo en la medida en que se diferencia de la percepción, sin que ello signifique que se da al margen de la cosa, del objeto a que ella —la representación— se refiera.
4. Henri Bergson, Matiére et mémoire, Ch. I — “De la sélection des images pour la représentation. Le role du corps”, págs. 58-71; ch. IV — “De la délimitation et de la fixation des images. Perception et matiére. Ame et corps”, págs. 244-249. Ed. 2. París, 1914.
5. Desvincular la imagen del proceso que la engendra, separar imagen y proceso constituye, en particular, el procedimiento más importante a que recurren los neorrealistas contemporáneos ingleses y norteamericanos, así como los pragmatistas, para desarrollar sus ideas en el plano teórico. El hecho se manifiesta con singular claridad y rudeza —como ya se ha indicado— en Russell. Así, en la percepción, Russell desvincula la imagen de la percepción (percept), de la percepción como proceso (perception). El neorrealismo, continuador de las doctrinas de Mach, necesita separar imagen y proceso psíquico a fin de poder situar sin obstáculos la primera en el lugar del objeto. Por otra parte, el proceso del que se excluye la imagen pierde su contenido psicológico, deja de ser un proceso psíquico. Se esfuma lo psíquico como objeto de la investigación psicológica. Esta es la razón de que en la psicología neorrealista y pragmatista triunfe el behaviorismo: la conciencia se elimina del hombre y se coloca en el lugar del ser. ¡Al hombre como objeto de la psicología, no le quedan más que reacciones! Russell utiliza la desintegración de la percepción en imagen (percept) y proceso (perception) para demostrar su “neutralidad" en la lucha entre materialismo e idealismo, para demostrar que él, a su modo de ver, se encuentra por encima de las partes contendientes.
6. V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos. Moscú, 1947, pág. 330.
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Mensaje por pedrocasca el Vie Abr 12, 2013 9:59 pm

Gracias de nuevo, tovarich Platon. Verdaderamente interesante. Cuando lo copié ayer para leerlo posteriormente creía haber mandado un mensaje en donde decía que producciones digitales Soyuz tienen en formato djvu, en su web, el libro de Rubinstein. Estoy perdiendo la cabeza; joder con lo de cumplir muchos años.
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Mensaje por Platon el Sáb Abr 13, 2013 1:37 am

pedrocasca escribió:
Gracias de nuevo, tovarich Platon. Verdaderamente interesante. Cuando lo copié ayer para leerlo posteriormente creía haber mandado un mensaje en donde decía que producciones digitales Soyuz tienen en formato djvu, en su web, el libro de Rubinstein. Estoy perdiendo la cabeza; joder con lo de cumplir muchos años.
En efecto. Los camaradas de "Soyuz" han escaneado el libro completo, yo sólo digitalicé un extracto.
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Mensaje por pedrocasca el Sáb Abr 13, 2013 11:07 am

Platon escribió:
pedrocasca escribió:
Gracias de nuevo, tovarich Platon. Verdaderamente interesante. Cuando lo copié ayer para leerlo posteriormente creía haber mandado un mensaje en donde decía que producciones digitales Soyuz tienen en formato djvu, en su web, el libro de Rubinstein. Estoy perdiendo la cabeza; joder con lo de cumplir muchos años.
En efecto. Los camaradas de "Soyuz" han escaneado el libro completo, yo sólo digitalicé un extracto.

Y su mérito tiene, poque Soyuz escanea los libros y no son fáciles ni de leer ni de imprimir, porque la mayoría tienen muchas páginas.
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Mensaje por RioLena el Lun Ene 20, 2020 11:43 am

La interesantísima web de producciones digitales Soyuz tiene en formato djvu el libro de Serguei Leonidovich Rubinstein “El ser y la conciencia”, del que es un extracto este excelente tema publicado por Platon.

Se descarga desde:

http://www.mediafire.com/?rc2i37jvmg10da7

Yo no puedo descargar desde el Foro de este servidor gratuito, no me dejan llegar hasta la dirección de mediafire los acortadores y herramientas intermedias, pero copio el link y me voy a otra pestaña o página del navegador.

Pasar de formato djvu a pdf es sencillo utilizando cualquiera de los convertidores on line gratuitos que se encuentran en la red.

web de producciones digitales Soyuz: https://produccionesdigsoyuz.wordpress.com   A pesar de llevar tres o cuatro años sin actividad es una muy recomendable biblioteca.


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