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El pensamiento del hijo de José Martí (El Ismaelillo)

La Brujula
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Mensaje por La Brujula el Lun Ene 14, 2013 2:30 pm

Carta del hijo de José Martí al editor del periódico El País, publicada en la revista “Palabra Nueva” de la Arquidiócesis de La Habana.

http://www.palabranueva.net/newPage/index.php?option=com_content&view=category&layout=blog&id=125&Itemid=151

(Las negritas son mías)



La Habana, mayo de 1927

Sr. Ramón Vasconcelos
Redactor de El País

Muy señor mío:

Como aclaración y rectificación de su artículo “Valores actuales”, dedicado a hacer un juicio sobre mi personalidad, le ruego la publicación en ese diario del adjunto escrito.
Anticipándole las gracias quedo de Ud. S.s.,
José Martí

He leído su artículo de ayer y confieso que la sensación predominante en mi ánimo como resultado de su lectura es de pena, porque debo decirle que lo considero injusto e inexacto en ciertos extremos, y para aclarar y rectificar ciertos conceptos, y explicarle tanto a usted como a mis conciudadanos lo que puede parecerle falta de deseos de servir a la Patria, y enervante y plácida tendencia a la vida fácil y alegre, sin preocupaciones, y sin dedicación en lo que fuere necesario a cumplir con los deberes de un ciudadano para con su país, es por lo que le dirijo estos renglones.

Ante todo, no comienzo ahora a actuar en la vida pública de mi Patria. Hace treinta años, a los diez y siete años de edad, señor Vasconcelos, no usaba yo uniformes de galones dorados, ni sable centellante, ni abultadas hombreras de oro, sino la guerrera y pantalón de mambí, mi machete paraguayo en la cintura y sobre el hombro izquierdo la bandolera en que llegué a ostentar las estrellas de capitán, y entre mis diplomas conservo con especial orgullo uno que tiene una nota firmada por aquel caudillo que ostentaba en la frente luminosa la afirmación indeleble de su heroísmo, y que textualmente dice: ‘por su heroico comportamiento sirviendo en el cañón dinamita en la toma de la ciudad de Tunas de Bayamo. Calixto García’.

Y no hago constar este hecho por pura vanagloria –ya que mi convicción de siempre ha sido que no debe alardearse de haber servido a la Patria–, pero creo llegado el momento, al decidirme a actuar en la vida política de la República, de que por lo menos se conozca, ya que usted lo pasó por alto o parece ignorarlo, el hecho de que serví a mi Patria en su lucha por la independencia en las filas del Ejército Libertador, y que en cumplimiento de ese honroso deber merecí el elogio de uno de nuestros héroes de la independencia.

Ya en la República ingresé en las Fuerzas Armadas de la misma, desde su inicio, y fiel a mis juramentos y cumplidor de mis deberes, jamás hice política, ni induje ni ordené a ningún miembro del Ejército a que la hiciera. Estimé siempre funesto para el país esa intromisión de las Fuerzas Armadas en las luchas políticas, en cualquier sentido, porque destruye el espíritu de disciplina e imparcialidad imprescindibles a toda buena organización militar y en todas las épocas y bajo todos los gobiernos traté de inculcar ese principio a nuestros soldados, dicté las disposiciones pertinentes a ese fin, traté de protegerlos contra los atropellos y venganzas de los políticos cuando estos no eran complacidos en sus propósitos de utilizar las Fuerzas Armadas para esos fines, y di el ejemplo, teniendo la satisfacción de haber merecido la confianza de todos los gobiernos, pues he sido jefe del Estado Mayor del Ejército y jefe interino del mismo durante la presidencia del general José M. Gómez, jefe de Estado Mayor después de su organización y secretario de la Guerra y Marina durante la presidencia del general Mario G. Menocal.

Laboré durante diez y nueve años por el mejoramiento y bienestar de nuestras fuerzas armadas, dándole las mejores garantías, estimulando las ambiciones legítimas, premiando al mérito y para que, con entera libertad de espíritu y seguridad en el ejercicio de sus funciones, se fueran perfeccionando en el cumplimiento de sus deberes, reprimiendo las malas tendencias, educando a nuestro soldado, haciéndole comprender el alto concepto de su sagrada misión, que, como dijo un día nuestro gran Sanguily, la carrera de las armas era un sacerdocio que tenía por voto la pobreza y por premio dar la vida por la Patria.

Procuré hacer del Ejército una escuela cívica donde el ciudadano que ingrese en él adquiriese un acendrado amor a la Patria, mejorase sus hábitos de vida e higiene, aprendiese cosas útiles para auxiliar a sus semejantes y a sí mismo, y en muchos casos obtuviese conocimientos especiales en distintos oficios que le permitiesen mejorar sus condiciones de vida al volver a su hogar.

Así, señor Vasconcelos, se han pasado los mejores años de mi vida, dedicado a esa labor que si no ha sido espectacular ni la mayoría del público conoce, creo que no ha dejado de dar algunos frutos, y todos los que hemos contribuido a ello debemos sentirnos satisfechos, pues de todas las instituciones de nuestra República creo que una de las más adelantadas y mejor organizadas es nuestro Ejército, a pesar de todas las dificultades y tropiezos con que ha tenido que luchar para mantenerse íntegro en su composición.

A esa labor que continué como secretario de la Guerra y Marina dediqué parte de mis actividades hasta el año 1921 en que cesé en el ejercicio de ese cargo.
De entonces acá, debido a mi precaria salud me he visto obligado a ausentarme de mi país todos los años por prescripción facultativa, en época que ha coincidido siempre con el desarrollo de nuestras luchas políticas.

Si saca usted la cuenta verá que no me han quedado muchos años de mi vida disponibles para actuar en la vida pública de mi país.

No quiere esto decir que siempre, y desde que cesé en el servicio activo de las armas, y como cubano, haya dejado de interesarme profundamente en los sucesos políticos de mi país; que haya sufrido con los errores, las ambiciones, las obcecaciones de unos y la indiferencia y egoísmo de otros que tantas horas de angustia, de dolor y de luto han marcado en las páginas de nuestra historia republicana, y que nos han envuelto en el torbellino de pasiones que han puesto en peligro hasta nuestra vida como país independiente. Precisamente para mí no hay otro remedio a nuestros males que la depuración de nuestra vida política en todos sus aspectos, y la educación más intensa, activa y frecuente de nuestros ciudadanos en el ejercicio de sus derechos y en el cumplimiento de sus deberes.

¡Tenemos que desarraigar tanta podredumbre, tanta audacia, y tanto desprecio por nuestro pueblo!, acabar con esa oligarquía entronizada y encasquillada en privilegios y prebendas, romper esa muralla de intereses creados, que impiden todo paso hacia el mejoramiento de nuestra vida nacional en todos sus aspectos, social, político y económico; que desprecia a la opinión pública, o niega su existencia, y que ha llegado al convencimiento de que ni siquiera vale la pena de hacer la farsa de una elecciones por encontrar el procedimiento más cómodo de prorrogarse en el poder, sabe Dios hasta cuándo.

Por eso me he unido a esos compatriotas que, prescindiendo de ambiciones personales, por legítimas que sean, con un espíritu noble y elevado, han olvidado las diferencias políticas que pudieran haberlos separado en otros días, y sobreponiendo el interés nacional a toda otra consideración, han iniciado un movimiento que lleva en sí la aspiración legítima y digna del pueblo cubano; de ser el árbitro de sus destinos recabando su soberanía, sobre la equivocada tendencia de imponer, aunque fuera para su propio bien, los hombres y los procedimientos que han de guiar sus destinos, suponiendo a priori, que esa es su voluntad y su deseo.


Ya sabe usted, señor Vasconcelos, cómo siente Pepito Martí, pues uso el diminutivo con que me conocían y cariñosamente me llamaban mis compañeros de armas en la manigua, y el apellido que creo haber sabido llevar con el decoro y respeto que exige ese nombre que pesa tanto.

Tengo para mí, sin embargo, la satisfacción del deber cumplido; fe y esperanza en la utilidad de la virtud y en el mejoramiento humano. Sé sobreponerme a los impulsos del amor propio, y esto no me impide tratar de ganarme la buena voluntad o, por lo menos, el respeto de un conciudadano como usted que sin conocerme personalmente, ignorando hechos que por lo menos debían inspirar consideración para un compatriota, cae en el mismo error que parece criticar: el de las comparaciones, que siempre son odiosas, y que en este caso resulta cruel, porque se utiliza la gloria del padre para deprimir al hijo, que por lo menos supo, como lo quiso él, ‘estar en la ceja oscura, cara a cara al enemigo’.

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