"Las cinco dificultades para decir la verdad" - texto de Bertolt Brecht - año 1934 - en los mensajes links de descarga

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Mensaje por alguien el Sáb Nov 05, 2011 1:16 pm

Un texto muy interesante y muy bien escrito que siempre es interesante leer sino se ha hecho antes, del dramaturgo alemán Bertold Bretch:


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La primera versión del artículo apareció en diario parisino realizado en alemán por exiliados alemanes Pariser Tageblatt, el 12 de Diciembre de 1934, bajo el título "Dichter sollen die Wahrheit schreiben" ("Los poetas han de contar la verdad”). La versión final del ensayo de Brecht fue publicada en la revista antifascista Unsere Zeit en Abril de 1935. En 1938 el ensayo fue reeditado para su difusión clandestina por la Alemania hitleriana.

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Cinco dificultades para quien escribe la verdad.

El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer al menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como arma; saber a quien confiarla y tener la astucia indispensable para difundirla. Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los expulsados y los exiliados, y para los que viven en democracias burguesas.

I. El valor de escribir la verdad

Para mucha gente es evidente que el escritor debe difundir la verdad; es decir no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor. Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles.

El coraje es necesario para hablar entonces, de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna “No hay pasión más noble que el amor al sacrificio”. Pero en lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se proclama a los cuatro vientos que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener el valor de plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas e imperfectas, el valor está en decir: ¿es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean lacras? También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es vencido. Muchos perseguidos pierden la capacidad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad.

Decir que los buenos fueron vencidos por que eran débiles y no porque eran buenos requiere cierto valor.

Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. Al mentiroso se le reconoce por su afición a las generalidades, de la misma forma que al hombre sincero se le distingue por su vocación por los hechos, por las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu, en países dónde aún se permite. Muchos se creen apuntados por cañones, cuando solamente prismáticos se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales para su mundo lleno de amigos inofensivos. Exigen una justicia universal, por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín, la que comparten con ellos desde hace mucho tiempo.

En resumen sólo admiten una verdad: la que les suena bien.

Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán que hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.

II. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad.

Tampoco es fácil descubrir la verdad, al menos la que es fecunda. La verdad es suprimida en todas partes, y por ello parece que lo más importante es que sea escrita o no. Algunos creen que sólo es necesario el valor de escribir la verdad, pero olvidan la segunda dificultad, la de averiguarla. Nunca debe suponerse que es fácil encontrarla.

Así, según opinión general, los grandes Estados caen unos tras otros en la barbarie extrema. Y una guerra intestina desarrollada implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que reduciría nuestro continente a un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo.

El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto y pesimismo, del que no dejan de sacar provecho pues reporta muchas ventas, realmente no aspiran a más de ver las caras de sus maestros y vender sus obras; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo.

Pero observadlos y analizadlos detalladamente: os daréis cuenta que en el fondo no dejan de decir “no se puede impedir que llueva hacia abajo.”

También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen ni a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contenta con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos. Me permito sugerir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica sino falta la necesaria motivación.

Es muy sencillo descubrir fragmentos de la verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan en acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.

Si alguien está dispuesto a escribir la verdad y reconocerla, aún se enfrenta a tres dificultades.

III .El arte de hacer la verdad manejable como arma.

La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben. Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tras extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de brutalidad que se ha extendido sobre varios países, como una plaga natural.

Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Según esta teoría no sólo el socialismo sería posible sin el fascismo, sino que el capitalismo también lo sería. Esto obviamente no es más que una afirmación fascista, una afirmación de capitulación ante el fascismo. El fascismo es la entrada de una fase histórica del capitalismo, y, por consiguiente, algo a la vez muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.

Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena sino se dice nada sobre el capitalismo que la origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.

Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo. Quieren comer ternera, pero no quieren ver la sangre. Se conforman con que el carnicero se lave las manos después de cortar la carne. No están en contra del régimen de propiedad, que produce la barbarie, sino sólo contra la barbarie. Levantan sus voces contra la barbarie, en países dónde está también existe, pero dónde los carniceros tienen que lavarse las manos, incluso antes de cortar la carne.

Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.

Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas, en los campos. Pero mientras las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.

Ciertos países no tienen la necesidad, para mantener sus monopolios, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oír a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario a favor de la guerra.

¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: “Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del “mal”, la oficina del infierno, el trono del anticristo”? No. Los que así gritan son tontos, gentes peligrosas e impotentes. Sus discursos tienden a la destrucción de un país entero a raíz de un rumor, con todos sus habitantes, pues los gases tóxicos no buscan culpables, simplemente matan.

Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Arengan sobre el “alemán”, estigmatizan el “mal”, y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca ? . Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos en una época en la que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una plaga que tiene su origen en la “naturaleza” del hombre. Y sin embargo los desastres naturales también ponen a prueba la dignidad del hombre, le obligan a emplear su capacidad y fuerzas de lucha.

En periódicos estadounidenses después de un terremoto devastador, como el que destruyó Yokohama, podían verse fotografías que mostraban extensiones de ruinas. A pie de fotografía estaba escrito “el acero se quedó” (las estructuras de acero se mantuvieron en pie) y, realmente, lo primero que se veía a simple vista es que entre las ruinas destacaban algunos grandes edificios que se quedaron, tal y como estaba escrito bajo la fotografía. En las medidas de prevención contra los terremotos, son de una importancia fundamental los ingenieros sísmicos, para analizar los desplazamientos de la tierra, la fuerza de los choques, que tengan en cuenta la evolución de calor, etc, que ayuden a realizar estructuras a prueba de terremotos. Que el fascismo y la guerra, las grandes catástrofes, que no son los desastres naturales que se describen, se producen debido a una realidad tangible, es un hecho. Se puede demostrar que estos desastres, que el fascismo y la guerra, se deben a los que someten a grandes multitudes de personas que trabajan sin poseer medios de producción, a la acción contra esas personas que trabajan los medios de producción por parte de los propietarios de éstos.

El que quiera describir el fascismo y la guerra y las grandes desgracias, pero no calamidades “naturales”, debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar de forma creíble un estado de cosas nefasto, hay que demostrar que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.

IV. Cómo saber a quién confiar la verdad

Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que le escuchan no quieren entenderlo todo. Sobre esto se han dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la “acción de escribir a alguien” en “acto de escribir” es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita, hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.

Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que decimos esas condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un determinado sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal de que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, después de volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.

La verdad tiene un tono, nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: “yo soy incapaz de hacer daño a una mosca”. Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quien emplea este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no solo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.

V. Proceder con astucia para difundir la verdad.

Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan y la usen. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad. Así que a menudo su trabajo no da lo suficiente de sí. En todo momento aquel que defendió la verdad, cuando a esta la pretendían encubrir para eliminarla, se valió de la astucia.

Confucio alteró el texto de un viejo calendario de historia nacional, cambiando sólo algunas palabras, pues en lugar de escribir: “El maestro Kun mató al filósofo Wan, porque había dicho tal cosa o tal otra”, escribió “asesinó”. En el pasaje dónde se hablaba del tirano Sundso, “muerto en un atentado”, reemplazó la palabra “muerto” por “ejecutado”, abriendo así la vía a una nueva concepción de la historia.

El que en la actualidad reemplaza “pueblo” por “población” , y “tierra” por “propiedad rural”, se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra “pueblo” implica una unidad fundada en intereses comunes, sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen “intereses comunes” entre varios pueblos. La “población” de una misma región tiene distintos intereses e incluso intereses antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice “la tierra”, personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y el olor del abono de la tierra no lo perciben los que cotiza en bolsa. El término justo es “propiedad rural”.

Cuando reina la opresión, no hablemos de “disciplina”, sino de “sumisión” pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo el vocablo “dignidad” vale más que la palabra “honor”, pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se lanza para obtener la ventaja de defender el “honor” de una nación, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el “honor” de los que trabajan para enriquecerse, mientras los que trabajan mueren de hambre.

Confucio fue capaz de sustituir valoraciones injustificadas sobre asuntos nacionales por otras justificadas, la astucia de Confucio es utilizable en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico, dónde el orden justo de las cosas justicia prevalecía – era un país muy diferente, pero parecido a la Inglaterra de aquella época, ¡salvo por el hecho del orden de las cosas! .

Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin. Muchas de las cosas que no se pueden decir en Alemania sobre Alemania pueden decirse sobre Austria.

Existen infinidad de trucos posibles para engañar a un Estado receloso.

Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo, los milagros de la Iglesia, escribiendo el poema épico satírico “La “Doncella de Orleans”. Describió los milagros sí, pero los que había hecho, sin duda, Juana para encontrarse entre el ejército, la corte y el clero, y mantenerse virgen. Con la elegancia de su estilo y sus descripciones eróticas, que provenían de la vida exuberante que tenían los poderosos, Voltaire los indujo al abandono de su religión, les dió los medios para que vivieran como libertinos. Sí, se posibilitó que el trabajo de Voltaire llegase de forma ilegal y clandestina a los destinatarios del mensaje, al público al que apuntaba Voltaire. El poder que tenían sus lectores, fomentaba o toleraba su expansión, se hicieron propagadores recelosos de las obras de Voltaire. A continuación, abandonaron a la policía, que defendía sus privilegios. Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación del ateísmo epicúreo.

Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina, brindarle cierta protección. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarla deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca – género literario desacreditado – la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca. El gran Shakespeare se ha rebajado muchas veces a lo considerado como un nivel inferior, en el discurso de la madre de Coraliano, cuando ella se enfrenta a la voluntad de su hijo de arrasar su ciudad natal, deliberadamente se enfrenta al ser indefenso que el diseñó, Coraliano no es realmente disuadido por la gran emoción que le produce su discurso, sino por una cierta inercia, una vieja tradición.

En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio al cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y su discurso sobre el asesinato de César, es mucho más impresionante que el del propio Bruto. Antonio saca de los hechos su fuerza de convicción, dejándose dominar por la sensación que le producen, y ello le permite una elocuencia mayor que la que obtendría de “su propio juicio”.

Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían obtener beneficios importantes llevando un tipo de lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista una forma de pensar a la cual odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo a aquellos que no habían comprendido dónde conducía este tipo de razonamiento.

Militar a favor del pensamiento, en cualquier terreno en que se lleve a cabo, sirve a la causa de los oprimidos. Tal propaganda es muy necesaria. En efecto, bajo los gobiernos al servicio de los explotadores el pensar se considera algo despreciable.

Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que éstos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es algo bajo; es ruin menospreciar el honor que se concede cuando se goza de este favor inestimable: los defensores se baten por un país en el cual se mueren de hambre; es bajo dudar de un jefe, aún cuando este os conduce a la desgracia y la calamidad, la aversión al trabajo que no alimenta al que lo realiza es así mismo una cosa baja, y baja también es la indignación contra la locura que se impone y obliga a actuar de forma disparatada, la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y carentes de principios, de cobardes que no confían en sus opresores, de derrotistas que no creen en la fuerza, de vagos que pretenden que se les pague por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. No se enseña a pensar en ningún sitio, y dónde el pensamiento surge, rápidamente se reprime.

Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en los que resulta indispensable para la dictadura. En la ciencia militar o en la técnica de la guerra, por ejemplo. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos “ersatz”(sintéticos) la penuria de la lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la educación belicista de la juventud, se requiere de pensamiento: se puede describir. El elogio de la guerra, el propósito de esta idea temeraria, puede evadirse con astucia; así la cuestión, ¿cómo orientar la guerra?, lleva a la pregunta: ¿ realmente merece la pena realizar la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿Cómo evitar una guerra inútil?

Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Obviamente no.

Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a una mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los conocimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que usa la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de dominarlos todos. Así, los pioneros de la investigación puede encontrar terrenos de la investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables.

Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio. ¡Qué la Luna no saliese y el Sol no se pusiese nunca! Nadie tendría hambre ni les reclamaría alimentos, pues no haría falta que cenasen. Nadie les respondería cuando ellos abriesen fuego, su salva sería necesariamente la última. Subrayar que las cosas tienen un carácter transitorio equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación tiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método – la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas – puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique en la descripción de la suerte que corre una familia, sin crear demasiado alboroto. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar, esta verdad es peligrosa para las dictaduras. Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía.

Incluso una descripción detallada de todas las circunstancias y procesos que llevarían a un hombre consternado a abrir un estanco, puede ser un duro golpe contra la dictadura. La razón de ésto puede deducirse fácilmente, veremos por qué. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a cualquier precio, que en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen del destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias se le detiene antes de que llegue al gobierno. Pero en general es posible declinar los tópicos comunes sobre el destino del hombre y demostrar que son los seres humanos los que se forjan su propio destino.

Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron a la alegría natural de la joven; otros a la dote, que permitía al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un viaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción de la naturaleza algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres.

En resumen: importa utilizar la astucia para difundir la verdad.

Conclusión

La gran verdad de nuestra época – conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante – es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie – lo cuál es cierto - sino se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción. Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las actuales formas de propiedad – cosa que no es cierta -.

Contemos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país, así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales formas de producción.

Digámoslo a los que sufren del status quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.

En último lugar, procedamos de forma inteligente.

Y estos cinco obstáculos hemos de superarlos a la vez, porque no podemos investigar la verdad acerca de la situación de barbarie sin pensar en aquellos que la padecen y mientras nosotros, sacudiéndonos siempre todo arrebato de cobardía, buscamos las verdaderas causas en función de aquellos que están dispuestos a utilizar estos conocimientos, tenemos que pensar también en hacerles llegar la verdad de tal manera que en sus manos pueda ser un arma y al mismo tiempo hacerlo de forma lo suficientemente sutil para que esa transmisión no pueda ser descubierta y abortada por el enemigo.

Esto es lo que se exige cuando se pide al escritor que escriba la verdad.

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Mensaje por pedrocasca el Miér Oct 31, 2012 3:15 pm

El arte de hacer la verdad manejable como arma

texto de Bertolt Brecht presente en "Las cinco dificultades para decir la verdad" - año 1934

La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.

Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.

Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.

Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.

Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.

Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.

Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.

¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.

Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.

El que quiera describir el fascismo y la guerra grandes desgracias, pero no calamidades «naturales» debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.


El texto completo de Bertolt Brecht titulado Las cinco dificultades para decir la verdad (año 1934) se puede leer y copiar desde:

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En el Foro se puede leer en:

Cinco dificultades para los que escriben la verdad - ensayo de Bertold Bretch

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Bertolt o Bertold Brecht


Última edición por pedrocasca el Miér Dic 12, 2012 10:31 pm, editado 1 vez
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Mensaje por pedrocasca el Miér Nov 14, 2012 1:39 pm

Las cinco dificultades para decir la verdad - Bertolt Brecht - año 1934 (formato pdf, 7 páginas). Se puede leer y descargar desde:

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Mensaje por pedrocasca el Miér Dic 12, 2012 10:30 pm

En siete páginas en formato pdf de muy buena calidad, publicado por la revista Laberinto, se puede leer y descargar el texto Las cinco dificultades para decir la verdad:

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El texto publicado en Laberinto es el mismo que apareció en el Boletín del Seminario de Derecho Político, nº 29-30 (Salamanca, noviembre de 1963), publicación dirigida por Enrique Tierno Galván.


Última edición por pedrocasca el Sáb Dic 29, 2012 11:36 pm, editado 1 vez
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Mensaje por pedrocasca el Vie Dic 14, 2012 9:01 pm

Se puede descargar el texto de Bertolt Brecht titulado Las cinco dificultades para decir la verdad (también conocido como Cinco obstáculos para los que escriben la verdad) desde el enlace: (12 páginas de muy buen formato pdf)

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Mensaje por pedrocasca el Dom Dic 16, 2012 7:22 pm

Otro link de descarga de Las cinco dificultades para decir la verdad (también conocido como Los cinco obstáculos para los que escriben sobre la verdad):

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Mensaje por RioLena el Mar Dic 31, 2019 7:41 pm

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“CINCO DIFICULTADES PARA DECIR LA VERDAD” por Bertolt Brecht (1933)

fuente: El Sudamericano

Hoy en día el escritor que quiera combatir la mentira y la ignorancia y quiere decir la verdad debe luchar al menos con cinco dificultades. Precisa coraje para decir la verdad que en todas partes está sofocada. Inteligencia para reconocerla dado que en todas partes está escondida. El arte de tornarla manejable como un arma. Suficiente criterio para elegir a aquellos en cuyas manos será eficaz. Y finalmente suficiente astucia para difundirla entre ellos. Tales dificultades son grandes para quienes escriben bajo el fascismo, pero existen también para los desterrados o prófugos pero son válidas hasta para los que escriben en los países con regímenes de democracia burguesa.

El coraje de escribir la verdad.

Parece hecho obvio que quien escribe, escriba la verdad, es decir, que no la sofoque o la calle, o no diga cosas falsas; que no se pliegue ante los poderosos ni engañe a los débiles. Cierto, es bastante difícil no plegarse ante los poderosos y bastante ventajoso engañar a los débiles. Desagradar a los poseedores, significa renunciar a la propiedad. Renunciar al pago por el trabajo hecho, puede querer decir renunciar al trabajo y rechazar la fama entre los millonarios, significa a menudo rechazar toda fama. Hacerlo requiere valor.

Los tiempos en que la opresión es grande son casi siempre tiempos en que se discurre mucho sobre cosas grandes y trascendentes. Se necesita valor, en tales tiempos, para hablar de cosas pequeñas y mezquinas, como la alimentación y la vivienda de los trabajadores, mientras alrededor se dice que sólo el espíritu de sacrificio cuenta. Cuando se ensalza continuamente a los campesinos, es valiente hablar de máquinas y forrajes a buen precio, capaces de facilitar a aquel elogiado. Cuando todos los altoparlantes vociferan que es mejor el hombre sin conocimiento ni instrucción, que el instruido, se necesita valor para preguntar: ¿mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas e imperfectas, es valeroso preguntarse si el hambre, la ignorancia y la guerra no producen deformidad.

Asimismo se necesita valor para decir la verdad sobre si mismo. Sobre nosotros mismos; los vencidos. Muchos que son perseguidos, pierden la facultad de reconocer los propios defectos. La persecución parece la más grave injusticia; los perseguidores, ya que persiguen, son los malvados; ellos, los perseguidos, son perseguidos por su bondad. Pero esta bondad fue golpeada, vencida, esposada; luego era bondad débil, defectuosa, insostenible, que no importaba, porque no es lícito admitir como propia de la bondad, la debilidad, como se admite que la lluvia moja. Decir que los buenos fueron vencidos no por buenos, sino por débiles, requiere valor.

La verdad no puede escribirse sino en lucha contra la mentira ni puede expresarse de modo genérico, etéreo, ambiguo. A tal especie, esto es, genérica, elevada, ambigua, pertenece exactamente, la mentira. Hablar de alguien que dijo la verdad, implica que antes algunos, muchos o uno solo, dijeron algo distinto, una mentira o cuestiones genéricas; él en cambio dijo la verdad, esto es, algo práctico, concreto, irrefutable, precisamente lo que se necesitaba.

Poco valor se necesita en cambio para lamentarse, en general de la maldad del mundo, del triunfo de la brutalidad y para sacudir la amenaza que flota sobre el espíritu, cuando se vive en una parte del mundo en que eso aún se permite. Muchos se comportan entonces como si estuvieran bajo el tiro de los cañones, cuando apenas están bajo la vista de los largavistas. Van gritando sus vagas reivindicaciones en el mundo amigo de la gente inocua; demandan, genéricamente la justicia, pero nunca hicieron nada por tenerla y piden genéricamente la libertad, la de obtener parte de aquel botín antes largamente repartido con ellos. Encuentran verdadero sólo aquello que les suena bien. Si la verdad tiene que ver con cifras, con hechos, si es cuestión árida, cuyo hallazgo exige pena y estudio, entonces no les corresponde, nada tiene que los embriague. Sólo exteriormente se comportan como los que dicen la verdad. El mal que sufren es no conocer la verdad.

La inteligencia de reconocer la verdad.

Ya que es difícil reconocer la verdad, que, por doquier sofocan, muchos creen que escribirla o no escribirla es problema de carácter; creen que basta el valor, y olvidan la segunda dificultad: encontrar la verdad. En ningún caso se podrá decir que encontrarla sea fácil.

En primer lugar no es fácil darse cuenta de cual verdad vale la pena decir. Hoy, por ejemplo, ante los ojos del mundo entero, los Estados de gran civilización se sumergen, uno tras otro, en la extrema barbarie y además todos saben que la guerra interna, conducida con lo medios más despiadados, puede, de un día a otro, transformarse en otro exterior reduciendo quizá nuestro continente a montón de escombros. Esta, sin duda, es una verdad; pero naturalmente, existen además otras verdades. También es cierto que las sillas sirven para sentarse, y que la lluvia cae de arriba para abajo. Muchos poetas escriben verdades de esta especie, similares a pintores que cubrieron con naturalezas muertas las paredes de un barco que se hunde. Nuestra primera dificultad, para ellos no existe, a pesar de tener la conciencia en su sitio. Sin dejarse turbar por los adinerados, pero no menos imperturbables para oír los gritos de quienes sufren la violencia, avanzan vendiendo sus imágenes. Lo absurdo de su comportamiento les provoca “profundo” pesimismo, qué venden caro y resultaría más justificado en los otros, frente a tales maestros y tales ventas. Y, es necesario decirlo, no es tan fácil reconocer que las suyas son verdades del tipo de aquellas sobre las sillas y la lluvia; ya que, por lo general suenan bien distinto, como verdades que se refirieran a las cosas importantes; y la creación artística consiste, precisamente, en conferir importancia a una cosa.

Sólo mediante cuidadosa observación se puede reconocer que no dicen sino que la silla es silla y que nadie puede hacer nada si la lluvia cae de arriba para abajo.

Esta gente no sabe encontrar la verdad que vale la pena escribir. Otros al contrario, se ocupan realmente de las tareas más urgentes, no temen a los poderosos y adinerados, ni a la pobreza y no obstante todo, no encuentran la verdad. Les faltan las nociones más necesarias. Están llenos de viejas supersticiones, de prejuicios famosos, cuya feliz formulación se remonta a las más lejanas edades. Para ellos el mundo es demasiado complicado: no conocen los hechos ni ven las relaciones.

Además de la intención se requieren nociones accesibles y métodos que se pueden aprender. Aquellos que en nuestra época escriben informes complicados sobre los grandes cambios deben conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Son nociones adquiribles en los libros, mediante enseñanza práctica aun cuando no sea inmediata la aplicación necesaria. Muchas verdades, partes de verdades o situaciones de hecho que llevan a encontrar la verdad, se pueden descubrir con más facilidad. Cuando se busca, es bueno tener método, pero se puede encontrar aun sin método y hasta sin buscar. En esta forma casual quedará, sin embargo casi excluida la posibilidad de interpretar la verdad, de tal manera que los hombres, gracias a tal interpretación, sepan como deben obrar.

La persona que anota sólo pequeños hechos, no está en capacidad de hacer manejables los problemas de este mundo. Pues la verdad tiene ese único fin y ningún otro. Esa persona no está a la altura de escribir la verdad.

Cuando uno está listo para escribir la verdad y es capaz de reconocerla, quedan aun tres dificultades para superar.

El arte de hacer la verdad manejable como arma.

La verdad debe ser dicha para sacar de ella determinadas conclusiones sobre el propio comportamiento. Como ejemplo de verdad que no permite sacar conclusiones, o sólo conclusiones equivocadas, sirve la opinión, largamente difundida, según la cual las condiciones deplorables que reinan en ciertos países provienen de la barbarie. Tales opiniones miran al fascismo, como ola de barbarie, que sumerge ciertos países, como catástrofe natural.

Según esta opinión el fascismo es la nueva tercera fuerza, al lado del capitalismo y del socialismo (y por encima de ellos); por tanto, no sólo el movimiento socialista, sino también el capitalismo, continuarían existiendo sin el fascismo, etcétera. Esta es, evidentemente, una afirmación fascista, una capitulación ante el fascismo. El Fascismo es una fase histórica, en la cual entró el capitalismo y, por lo mismo, es algo viejo y nuevo a la vez. En los países fascistas el capitalismo no existe sino como fascismo y el fascismo no puede ser combatido sino como capitalismo, como la forma más escueta, más descarada, más opresiva y engañosa del capitalismo.

¿Cómo alguien que quisiera combatir el fascismo, podría decir la verdad sobre él si no quiere decir nada contra el capitalismo que lo engendra? ¿Cómo convertir en practicable esta verdad?

Aquellos que están contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, que se lamentan de la barbarie que origina la barbarie, se parecen a los que quieren comer su tajada de ternera, pero no quieren que se mate la ternera. Quieren comerse la ternera pero no quieren ver sangre. Basta que el carnicero se lave las manos antes de llevarse la carne. No están contra las relaciones de propiedad que causan la barbarie, sino sólo contra la barbarie. Protestan contra la barbarie, en países donde existen precisamente las mismas relaciones de propiedad, pero dónde los carniceros aun se lavan las manos antes de servir la carne.

Las acusaciones explícitas contra ciertas medidas criminales pueden ser eficaces durante cierto tiempo, mientras aquéllos que las oyen estén seguros de que medidas similares no serán nunca aplicadas en sus países. Algunos países están en capacidad de mantener sus relaciones de propiedad con medios menos brutales que otros. La democracia presta tales servicios, para los cuales otros necesitan usar la violencia; garantiza la propiedad de los medios de producción. El monopolio de las fábricas, las minas, la tierra, crea en todas partes condiciones bárbaras; sólo que allí son menos visibles. La barbarie se hace evidente tan pronto se precisa la violencia abierta para proteger el monopolio.

Algunos países que no se han visto aun obligados, para salvaguardar estos monopolios, a renunciar también a las garantías formales del Estado constitucional y a cosas agradables como el arte, la filosofía y la literatura, escuchar con particular complacencia a los huéspedes que acusan a su propia patria de haber renunciado a tales comodidades, ya que esto puede ser útil en la guerra que prevén. ¿Reconocen la verdad los que por ejemplo, exigen en voz alta la lucha despiadada contra Alemania: “porque es la verdadera patria del mal en nuestra época, la sucursal del infierno, la morada del anticristo”? Cabe decir que se trata de gente tonta, impotente y nociva. La conclusión de tales discursos banales sería, en realidad, exterminar a Alemania. A todo el país, con todos sus hombres, ya que el gas, cuando mata, no escoge inocentes y culpables.

Las personas superficiales, que no conocen la verdad, se expresan en forma genérica, retórica e imprecisa. Estúpidamente acusan a “los” alemanes, se lamentan “del” mal, y, en el mejor de los casos, el que los escucha no sabe que hacer. ¿Decidir, quizá, no ser alemán? ¿El infierno desaparecería si fuese bueno? También los discursos sobre la barbarie originada por la barbarie, son de la misma especie. Al oírlos, la barbarie viene de la barbarie, y desaparece con la civilización, que viene de la instrucción. Todo ésto se expresa en forma bastante genérica, no en vista de conclusiones sacadas de la acción y en el fondo no se dirige a nadie.

Semejante modo de representar las cosas muestra pocos eslabones de la concatenación causal y presenta ciertas fuerzas motrices como incontrolables. Tal método de interpretar las cosas expresa mucha obscuridad detrás de la cual se encuentran las fuerzas que generan la catástrofe. ¡Un poco de luz y aparecerán hombres en la base de la catástrofe. Ya que vivimos en una época en que el destino del hombre es el hombre.!

El fascismo no es catástrofe natural, cuya clave se pueda hallar simplemente en la “naturaleza” del hombre. Pero incluso hasta en las catástrofes naturales se puede hablar en forma digna del hombre, en forma de hacer un llamado a su energía combativa.

Después del gran terremoto que destruyó a Yokohoma, en muchas revistas norteamericanas se veía la extensión de ruinas. Debajo decía: “steel stood” (el acero quedó) y, en realidad, quien veía, sólo las ruinas en la primera hojeada, por estar más atento a la lectura del texto, notaba algunos edificios muy altos que quedaron de pie. Entre todas las posibles maneras de hablar de un terremoto, sin comparación, la más importante es la de los ingenieros que calculando los deslizamientos del terreno, la violencia de las sacudidas, el calor desarrollado, etcétera, llegan a nuevas construcciones antisísmicas.

Quien quiera describir el fascismo y la guerra, las grandes catástrofes naturales que no son catástrofes naturales, puede alcanzar una verdad susceptible de traducirse en la práctica. Debe demostrar que se trata de catástrofes en contra de la enorme masa de los que trabajan sin medios propios de producción, provocadas por los dueños de tales medios de producción.

Cuando se quiere escribir con eficacia la verdad sobre ciertas condiciones terribles, se requiere escribirla de tal manera que se puedan reconocer las causas evitables. Cuando las causas evitables se reconocen, las condiciones deplorables pueden combatirse.

Suficiente criterio para elegir a aquellos en cuyas manos será eficaz.

Gracias a la secular rutina que rige el comercio de los escritos, en el mercado de las opiniones y de las figuraciones, es decir, gracias al hecho de que el escritor no debía ya cuidarse de vender sus escritos se afirmó en el escritor la convicción de que su cliente o comitente, el mediador, ponía a disposición de todas las personas, sus escritos. Se pensaba: yo hablo y quien me quiera escuchar, me escuchará. En realidad, él hablaba, y quien podía comprarlo, lo escuchaba; sus palabras no eran oídas por todos, y quien las oía, no quería oírlas todas. De ésto se ha hablado con insistencia, aunque no bastante; sólo cabe subrayar que “escribir para alguien”, se cambió por “escribir”.

La verdad no se puede, simplemente escribir, es indispensable escribirla para alguien que sepa usarla. El conocimiento de la verdad es un proceso que escritores y lectores tienen en común. Para decir cosas buenas se necesita saber escuchar bien y oír cosas buenas. La verdad debe ser dicha con medida y oída con medida. Y, para nosotros, que escribimos, es importante saber a quien la decimos y quien la dice.

La verdad sobre ciertas condiciones deplorables debemos decirla a los que bajo tales condiciones sufren más que todos los otros, y de ellos la debemos aprender. No basta hablar a las personas que poseen opinión configurada; es necesario también hablar a las que, dada su situación, convendría conocer dicha opinión. Nuestro auditorio cambia constantemente.

También se puede hablar a los verdugos, cuando no se les paga más por colgar o cuando su profesión se vuelve demasiado peligrosa. Los campesinos bávaros estaban contra cualquier tipo de transformación del orden social, pero cuando la guerra duró demasiado y sus hijos, al volver a casa, no encontraron trabajo en las granjas comenzaron a convertirse en revolucionarios.

Es importante para quienes escriben encontrar el tono justo para decir la verdad. Lo que comúnmente se oye está dicho en el tono débil y lamentoso, de personas incapaces de matar una mosca. Quien lo oye, encontrándose en la miseria, se siente más miserable. Así hablan muchos hombres que tal vez no son nuestros enemigos, sino más bien compañeros de lucha. La verdad es combativa: no sólo combate la mentira, sino a determinadas personas que la propagan.

Astucia para difundirla entre ellos

Hay muchos, orgullosos de tener el valor de decir la verdad, felices de encontrarla, cansados, quizá, del agotador trabajo de darle forma manejable, impacientes por verla en posesión de aquellos cuyos intereses defienden, con quienes no parece necesario utilizar ninguna particular astucia para divulgarla. Así el esfuerzo de su trabajo se desvanece. En todos los tiempos se usó la astucia para difundir la verdad, cuando la sofocaban o desfiguraban.

Confucio falsificó un viejo y patriótico calendario histórico. Sólo sustituyó ciertas palabras. Donde decía: “El soberano de Kun hizo matar al filósofo Wan, por decir esto y aquello”. Confucio, en lugar de “matar”, ponía “asesinar”. Si decía que el tirano, tal de los tales, cayó víctima de un atentado, pone “ajusticiado”. Con esto, Confucio inició una nueva forma de juzgar la historia.

Los que en nuestros días en lugar de “pueblo” dicen población y en lugar de “suelo” dicen “propiedad territorial”, evitan dar crédito a muchas mentiras; porque despojan las palabras de su marchito misticismo. El término “pueblo” significa cierta unidad e indica intereses comunes; debería, por tanto, usarse, sólo cuando se habla de diversos pueblos, único caso imaginable de comunidad en intereses. La población de un territorio dado tiene intereses diversos, y hasta opuestos, esa es la verdad que se pretende sofocar. También los que dicen “suelo” y hacen visible a las narices y los ojos el campo que describen y hablan de su olor de tierra y su color, favorecen la mentira de los adinerados; porque, en el terreno, la fertilidad no tiene importancia y menos el amor o el cuidado que el hombre le prodiga. Lo importante en verdad es el precio del trigo y el precio del trabajo. Los que obtienen las ganacias de la tierra no son los mismos que sacan los granos, y el olor de tierra que emana de los campos, se ignora en las Bolsas, que huelen a cosas bastante diferentes. “Propiedad territorial” es, al contrario, el término justo; con él es menos fácil confundir.

En donde reina la explotación, el término disciplina debe sustituirse por obediencia, ya que la disciplina, es también posible sin los patrones, por lo mismo, tiene más nobleza que la sumisión. La expresión dignidad humana es mejor que el término honor, así el hombre solo, no puede hacerse desaparecer con tanta facilidad del campo visual. Es conocida la clase de calaña que suele adelantarse a defender el honor de un pueblo; y con cuanta prodigalidad los saciados dispensan honores a quienes los sacian sufriendo hambre.

La astucia de Confucio aun se puede usar hoy. El sustituía los juicios injustos, sobre ciertos acontecimientos nacionales, por otros justos.

El inglés Tomás Moro, en su Utopía, describe un país cuyas condiciones de vida eran justas: (bastante diverso del suyo, pero semejante en muchas cosas. Menos en las condiciones de vida.)

Lenin, amenazado por la policía del Zar, quería describir la opresión y los abusos de la burguesía rusa en la isla de Sajalín. Escribió “Japón” en lugar de “Rusia”, “Corea” en lugar de “Sajalín”, y el escrito no fue prohibido, ya que el Japón era enemigo de Rusia. Muchas cosas que en Alemania no se pueden decir sobre Alemania, son lícitas, cuando se habla de Austria.

Muchas mañas son posibles para eludir la suspicaz vigilancia del Estado

Voltaire combatió la creencia en los milagros de la Iglesia, escribiendo un poema galante sobre la Doncella de Orleans. Describió milagros que sin duda sucedieron para que en el ejército, la corte y entre monjes, Juana permaneciese virgen. Con la elegancia de su estilo, al describir aventuras eróticas, inspiradas en la vida lujosa de los poderosos, inducía a éstos a abandonar la religión, que les proveía de medios para tal vida libertina. Además, consiguió la oportunidad de hacer llegar por vías ilegales sus trabajos, a aquellos a quienes estaban destinados; sus lectores pertenecían a las clases dominantes, pero lo divulgaban y toleraban su difusión, traicionando así a la policía que protegía sus diversiones.

El gran poeta Lucrecio dice de modo explícito que pone gran confianza en la belleza de sus versos, para la difusión del ateísmo epicúreo.

La alta calidad literaria puede, en forma efectiva, constituir la pantalla para ciertos escritos. Pero, a menudo, despierta también sospechas. Este caso se da, por ejemplo, cuando se sirve de la vilipendiada novela policíaca para introducir, como quien no quiere la cosa, la descripción de condiciones deplorables. Descripciones similares justificarían, sin duda, la novela policiaca.

El gran Shakespeare redujo el tono literario, por razones bastante menos importantes cuando, a conciencia, imprimió aquella forma débil e ineficaz al discurso con que la madre de Coriolano afronta al hijo a punto de atacar la ciudad paterna. Ella quería que Coriolano detuviese la marcha de su plan, no a causa de argumentos válidos o de profunda emoción, sino por cierta inercia que lo hacía ceder a una vieja costumbre.

En Shakespeare encontramos también un ejemplo de verdad difundida con astucia, en el discursos de Antonio junto al cadáver de Cesar. Antonio reitera que el asesino Cesar Bruto, es hombre honorable, pero a la vez narra su delito, que describe en forma más eficaz a la usada para describir al reo; el orador se deja vencer por los hechos mismos, dándoles mayor elocuencia que a “si mismo”.

Un poeta egipcio, que vivió hace cuatro mil años, se sirvió de método similar. Era época de grandes luchas de clases. La clase dominante se defendía con gran trabajo de su múltiple adversario (la parte de la población dominada hasta entonces). En el poema, un sabio se presenta en la corte reinante, exhortando a la lucha contra el enemigo interno. Larga e insistentemente, describe el desorden causado por la insurrección de las clases oprimidas. La descripción dice:
¿No es así? los nobles llenos de dolor, los humildes, de gozo.
Cada ciudad dice: arrojad a los fuertes de nuestro medio.
¿No es así? las oficinas públicas abiertas; los registros tomados. Los esclavos se vuelven amos.
¿No es así? El primogénito de notables no se reconoce; el niño de la señora se convierte en hijo de su esclava.
¿No es así? Los ciudadanos atados a ruedas de molino. Salen los que nunca vieron el día.
¿No es así? Despedazan los cofres de ébano para sacrificios; con la preciosa madera de Sesnem hacen camas.
Mirad, en una hora la residencia sometida.
Mirad, los pobres se enriquecen.
Mirad, el que no tenía pan, ahora posee granero; cuyas provisiones son bienes de otro.
Mirad, cómo beneficia al hombre el alimento.
Mirad, el que no tenía trigo, ahora, posee graneros; los que pedían trigo a los pobres, ahora lo distribuyen.
Mirad, el que no tenía yugo de bueyes, ahora posee manada, el que no tenía buey para arar, posee rebaños.
Mirad, el que no podía construirse un cuarto, posee cuatro paredes. Mirad, los consejeros tratan de refugiarse en los pajares; el que no osaba descansar sobre la muralla, ahora tiene lecho.
Mirad, el que nunca construyó barca para sí, ahora tiene naves, no pertenecen al propietario que va a verlas.
Mirad, los que tenían vestidos, ahora se cubren con harapos; el que nunca tejía para sí, ahora tiene lino finísimo.
El rico duerme sediento; el que antes pedía las gotas de sus vasos, ahora posee cerveza fuerte.
Mirad, el que no sabía nada de música, ahora tiene arpa; el que no cantaba ahora estima la música.
Mirad, el solitario, que dormía sin compañera, ahora encuentra mujer; los que se miraban el rostro en el agua, ahora poseen espejo.
Mirad, los que dirigían los negocios del país, caminan sin encontrar que hacer. A los grandes no les entregan mensajes; el que antes los llevaba, ahora manda a otro.
Mirad, hay cinco hombres, mandados por sus amos. Ahora dicen: caminad; llegamos nosotros.
Es evidente que esta descripción presenta el desorden que parecía deseable a los explotados. Pero sería difícil inculpar al poeta. Su condena del desorden es explícita, aunque no resiste…

En un panfleto, Jonathan Swift para traer el bienestar al país sugeria salar a todos los niños de los pobres y venderlos como carne. Hizo cálculos exactos, que demostraban como se podía economizar, siempre y cuando se prescindiera de escrúpulos. Swift se hacía el tonto. Defendía con mucho celo y precisión cierto modo de pensar que detestaba, aplicándolo en este ejemplo desenmascaraba toda la infamia. Cualquiera podía ser más inteligente que Swift, o al menos más humano, sobre todo los que hasta entonces no consideraban las consecuencias que resultan de ciertas opiniones.

La propaganda para que las personas razonen y piensen por cuenta propia, en cualquier campo que se haga, siempre deberá servir a la causa de los explotados. Esta propaganda es altamente necesaria. Bajo los gobiernos que prodigan abusos, razonar se considera una cosa despreciable

Se juzga vil aquello que resulta útil a los explotados. Asimismo se considera despreciable la ansiedad continua por comer hasta saciarse; se condena el desprecio a los privilegios comprometidos con los opresores del país, donde los pobres aguantan hambre; las dudas ante el líder que lleva a la ruina; la aversión al trabajo que no satisface a quien lo hace; rebelarse contra la imposición del comportamiento demencial; el desinterés por la familia que no sucita interés. Se insulta a los hambrientos por su voracidad, a los que nada tienen que defender por su cobardía, a los que dudan de su opresor por las dudas sobre su propia fuerza, a los que quieren hacerse pagar el trabajo que realizan por su pereza, etcétera.

Bajo regímenes de gobiernos semejantes, pensar, en general, se considera cosa vil, sospechosa, y desacredita. No se enseña a pensar y donde el pensamiento se manifiesta, se persigue. No obstante, siempre hay campos donde se puede señalar, sin peligro, los buenos efectos de la razón; campos donde la dictadura del capital la necesita.

Se puede mostrar, por ejemplo, los éxitos de la razón en el campo de la ciencia militar y la técnica. También para remediar las insuficiencias de la reserva lanar, gracias a la organización y la invención de sustitutos, se necesita la razón. El empeoramiento de los alimentos, el adiestramiento de los jóvenes para la guerra; exigen razón, esto se puede describir. En cambio puede evitarse con astucia la exaltación de la guerra, del impensado fin de tanto esfuerzo cerebral; el razonamiento que deriva de la pregunta: “¿Cuál es el mejor modo de hacer la guerra?”, puede llevar a la pregunta: “¿tiene sentido esta guerra?”; y se puede llegar también a la pregunta: “¿cuál es el mejor medio de evitar una guerra sin razón?”.

Cierto, será quizás que en la práctica resulte imposible formular tales preguntas en público. Entonces ¿es imposible disfrutar del modo de pensar dominante que se propaga, es decir, hacerlo útil? Al contrario: es posible.

Para que en épocas como la nuestra sea posible la explotación, que permite a la parte de la población (más pequeña) explotar a la otra (más grande), es indispensable una actitud particular de la población, actitud fundamental que debe extenderse a todos los campos.

Un descubrimiento en el campo de la zoología, como el del inglés Darwin puede, de un momento a otro, convertirse en un peligro para los explotadores; no obstante, sólo la Iglesia se ha ocupadó de ello, mientras que la policía no se dio cuenta de nada.

En estos últimos años los experimentos de los físicos llevan a ciertas conclusiones en el campo de la lógica, que sin duda representan un serio peligro para toda la serie de dogmas al servicio de la explotación.

Hegel, el filósofo estatal de Prusia, que emprendió difíciles búsquedas en el campo de la lógica, procuró a Marx y Lenin, los clásicos de la revolución proletaria, métodos de incalculable valor.

Las diversas ciencias se desarrollaron con bastante complejidad, pero en forma desigual y el Estado es incapaz de vigilar cada aspecto.

Los precursores de la verdad pueden escoger un campo de batalla relativamente desatendido, inobservado.

Todo depende del hecho de que se enseñe un modo justo de razonar, una forma de razonar que interrogue por cada cuestión y cada acontecimiento, desde su aspecto transitorio y mutable. Los poderosos son muy hostiles a los grandes cambios. Quisieran que todo permaneciera como está, posiblemente durante mil años; ¡que la Luna se detuviese, que el Sol no girase más! Entonces ninguno tendría hambre ni pretendería comer por la tarde.

Después de que ellos disparen, el enemigo no debe poder disparar, su golpe debe ser el último. Considerar las cosas dándoles importancia a su lado transitorio, es buen sistema para reanimar a los explotados.

Mostrar que en cada cosa, en cada estado de cosas, surge y crece una contradicción: también es una condición que necesita ser contrastada a los vencedores.

Parecido modo de razonar (esto es, la dialéctica, la doctrina del ser en devenir) se puede ejercitar en sectores de investigación que, durante un tiempo, escapan a los poderosos adinerados que se imaginan omnipotentes.

Se puede aplicar a la biología y a la química. Pero también describiendo el destino de una familia se puede aplicar, sin dejarlo notar mucho. La relación de cada objeto con muchos otros, que cambian continuamente, es pensamiento peligroso para las tiranías y puede expresarse de muchos modos, sin dar pretexto a la policía. Una descripción minuciosa de todas las circunstancias, todos los procesos en que se encuentra implicado un hombre que abre una tabaquería, puede ser un serio golpe para la dictadura del capital.

Todos los que piensen un poco, encontrarán los porqués. Los gobiernos que conducen a las mayorías humanas a la miseria deben evitar que en la miseria se piense en los gobiernos.

Entonces hablan mucho del destino. El destino -no los gobiernos- es responsable de la miseria. Se arresta a quien trate de descubrir las causas de la miseria, antes de que desenmascare al gobierno. Aún es posible oponerse, en general, a los discursos sobre el destino; se puede mostrar que el hombre hace su destino.

También a esto se puede llegar de diversos modos. Por ejemplo, se puede relatar la historia de una granja, digamos una granja de campesinos islandeses. Todo el pueblo dice que la granja está maldita. Una campesina se tiró en el pozo, un campesino se colgó. Un buen día hay un matrimonio: el hijo del campesino se casa con una muchacha que aporta como dote algunas tierras. Y la maldición desaparece. El pueblo no está de acuerdo al juzgar este feliz acontecimiento. Unos lo atribuyen al excelente carácter del joven campesino; otros, a las tierras que la joven aportó como dote, y que permiten a la granja producir.

Hasta con una poesía que describe un paisaje se puede hacer algo, si se incorporan a la naturaleza las cosas creadas por el hombre.

Es necesaria la astucia para que la verdad se difunda.

Conclusión:

La gran verdad de nuestro siglo (cuyo mero reconocimiento no basta, pero que si no se reconoce impide encontrar otras verdades importantes) es esta: que nuestro continente se hunde en la barbarie, porque la relaciones de propiedad de los medios de producción se mantienen mediante a violencia.

¿De qué serviría un texto valiente, que mostrase la barbarie de las condiciones en las que estamos por caer (lo que es cierto), si de él no se desprenden las razones por las cuales nos encontramos en tales condiciones? Debemos decir que lo hombres son torturados porque no cambian las relaciones de propiedad. Claro, si lo decimos, perdemos muchos amigos, que están contra la tortura, porque creen que las relaciones de propiedad se pueden mantener aun sin ella (lo que es falso).

Debemos decir la verdad sobre las condiciones inhumanas en nuestro país, y decir que se puede hacer todo lo posible para que desaparezcan, o sea, algo que permita cambiar las relaciones de propiedad.

Debemos decirla, sobre todo, a los que sufren más que nadie estas relaciones de propiedad, que tienen el más grande interés en cambiarlas: a los obreros y a quienes se pueden convertir en sus aliados, porque efectivamente no poseen medios de producción, aunque están interesados en las ganancias.

En fin, debemos proceder con astucia

Debemos superar estas cinco dificultades al mismo tiempo, porque no podemos indagar la verdad sobre la sin razón de ciertas condiciones, sin pensar en los que sufren por ese estado de cosas; y mientras -combatiendo cada impulso pusilánime- tratamos de describir las verdaderas relaciones mirando, a los que están preparados para utilizar el conocimiento de ellas, debemos también pensar en ofrecerles la verdad, de tal modo que se convierta en arma en sus manos, y actuar con tanta astucia, que el enemigo no descubra ésta estratagema.

Esta es la astucia que se requiere, cuando se pretende escribir la verdad.
 

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