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«El desarrollo y extensión de la teoría de la revolución permanente de León Trotzki»

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Mensaje por Guardia Rojo. el Jue Sep 13, 2012 10:13 pm

El desarrollo y la extensión de la teoría de la revolución permanente de León Trotzki

Este artículo es una traducción ligeramente editada de Workers Vanguard (periódico de nuestros camaradas de la Spartacist League/U.S.); fue publicado originalmente en cuatro entregas (WV No. 901-904 [26 de octubre a 7 de diciembre de 2007]).

Este mes marca el 90 aniversario de la Revolución Rusa dirigida por el Partido Bolchevique de V.I. Lenin y León Trotsky. La Revolución de Octubre fue el evento definitorio del siglo XX. Espoleada especialmente por la carnicería de la Primera Guerra Mundial, la clase obrera tomó el poder estatal, estableciendo la dictadura del proletariado. Al hacerlo, el proletariado multinacional de Rusia no sólo se liberó a sí mismo de la explotación capitalista, sino que dirigió al campesinado, las minorías nacionales y todos los oprimidos a expulsar la tiranía feudal y la esclavitud imperialista.

El joven estado obrero llevó a cabo una revolución agraria y reconoció el derecho a la autodeterminación de todas las naciones de lo que había sido la cárcel de los pueblos zarista. El régimen soviético sacó a Rusia de la guerra mundial interimperialista e inspiró a los obreros con conciencia de clase de otros países a tratar de seguir el ejemplo bolchevique. La III Internacional (Comunista), o Comintern, que celebró su congreso inaugural en Moscú en 1919, se fundó para dirigir al proletariado internacionalmente en la lucha por la revolución socialista.

La Revolución de Octubre fue una magnífica confirmación de la teoría y perspectiva de la revolución permanente desarrollada por Trotsky. En su obra de 1906, Resultados y perspectivas, Trotsky predijo que, pese a su atraso económico, dado que Rusia ya formaba parte de una economía capitalista mundial que estaba madura para el socialismo, los obreros podrían llegar al poder ahí sin pasar por un periodo extenso de desarrollo capitalista. De hecho, los obreros tendrían que llegar al poder para que Rusia se liberara de su pasado feudal. La unión del programa de Trotsky de la revolución permanente con la obstinada lucha de Lenin por construir un partido de vanguardia programáticamente forjado y probado contra todas las formas de reconciliación con el orden capitalista fue central para el triunfo bolchevique de 1917.

Justo antes de la aparición de Resultados y perspectivas, la Revolución Rusa de 1905 había sacudido al imperio zarista hasta sus cimientos y había traído a primer plano un intenso debate sobre el curso futuro de los acontecimientos revolucionarios. Rusia era una potencia imperialista, pero también el eslabón más débil de la cadena imperialista, sometida a una monarquía absoluta, una osificada aristocracia terrateniente y una enorme iglesia estatal ortodoxa rusa.

Las jóvenes y vibrantes burguesías de la Inglaterra del siglo XVII y la Francia del siglo XVIII se habían puesto al frente de las masas urbanas y rurales en revoluciones democrático-burguesas que barrieron las trabas feudales al desarrollo del capitalismo moderno y que darían lugar a un proletariado industrial. Pero la tardíamente formada burguesía rusa —subordinada a los industriales y banqueros extranjeros, y atada por mil lazos a la aristocracia— era débil y cobarde, y temía que ella misma sería también barrida si las masas obreras y campesinas se levantaran contra la autocracia zarista.

Refiriéndose a esta contradicción, Trotsky argumentaba, como lo resumiría luego en su artículo de agosto de 1939 “Tres concepciones de la Revolución Rusa”:

“La victoria total de la revolución democrática en Rusia es inconcebible de otra manera que a través de la dictadura del proletariado apoyada en el campesinado. La dictadura del proletariado, que inevitablemente pondrá a la orden del día no sólo tareas democráticas sino también socialistas, dará al mismo tiempo un poderoso impulso a la revolución socialista internacional. Sólo el triunfo del proletariado en Occidente evitará la restauración burguesa y permitirá construir el socialismo hasta sus últimas consecuencias.”

Tal y como habían anticipado los bolcheviques, la Revolución de Octubre inspiró levantamientos proletarios en Europa, particularmente en Alemania, así como luchas anticoloniales y de liberación nacional en Asia y otros lugares. Sin embargo, pese al fermento revolucionario, el proletariado no llegó al poder en ninguno de los países capitalistas avanzados de Occidente. Rusia, desangrada por la guerra imperialista y la sangrienta Guerra Civil que estalló a pocos meses de la toma del poder por los bolcheviques, siguió aislada. Las condiciones de enorme escasez material produjeron fuertes presiones objetivas hacia el burocratismo. El que no se lograra consumar una oportunidad excepcional para la revolución socialista en Alemania en 1923 permitió una restabilización del orden capitalista mundial y llevó a una profunda desmoralización de los obreros soviéticos. Esto facilitó una contrarrevolución política y el ascenso de una casta burocrática privilegiada en torno a Iosif Stalin.

A finales de 1924, Stalin promulgó el dogma del “socialismo en un solo país”. Esto hacía una burla del entendimiento marxista de que el socialismo —una sociedad sin clases y de abundancia material— sólo podrá construirse sobre la base de la tecnología más moderna y de una división internacional del trabajo, lo que requerirá revoluciones proletarias en al menos algunos de los países capitalistas más avanzados. Stalin y sus secuaces suprimieron la democracia proletaria y, con los años, transformaron a la Internacional Comunista de un organizador de la revolución socialista mundial en su antítesis, estrangulando posibilidades revolucionarias en el extranjero con la esperanza de convencer al imperialismo mundial de que dejara en paz a la URSS. La degeneración estalinista del estado obrero soviético y la Comintern no triunfó sin resistencia. Retomando la bandera bolchevique del internacionalismo proletario y revolucionario, Trotsky y sus partidarios lucharon contra el dogma nacionalista del “socialismo en un solo país”.

Las décadas de traiciones, mentiras y mala administración burocrática estalinistas terminaron por abrir las puertas a las fuerzas de la restauración capitalista patrocinadas por el imperialismo, lo que culminó en el derrocamiento contrarrevolucionario del estado obrero degenerado soviético en 1991-92. El estado obrero que la Revolución de Octubre erigió ya no existe. Pero sigue siendo vital que los obreros con conciencia de clase y los intelectuales izquierdistas estudien la Revolución Bolchevique de 1917, el mayor éxito del proletariado mundial y la mayor derrota del imperialismo de todos los tiempos.

De la Rusia zarista a la Sudáfrica postapartheid

Trotsky formuló su teoría con respecto a la Rusia zarista. Pero la historia habría de demostrar que las condiciones que hicieron de Rusia un país maduro para la toma proletaria del poder en 1917 serían repetidas a grandes rasgos en países coloniales y semicoloniales incluso más atrasados, conforme el capitalismo imperialista extendía sus tentáculos hacia regiones cada vez más remotas del globo. Esto se vio decisivamente en China, donde un joven proletariado urbano había surgido en los años de la Primera Guerra Mundial y su secuela. Pero, a diferencia de la Revolución Bolchevique, la Revolución China de 1925-27 sucumbió en una sangrienta derrota. La razón crucial, como se detallará más adelante en este artículo, fue que el proletariado estaba subordinado a la burguesía en lugar de estar luchando por el poder en su propio nombre y dirigiendo a la masa del campesinado. Sacando las lecciones de esa derrota, en La Tercera Internacional después de Lenin (1928) y La revolución permanente (1930), Trotsky generalizó la teoría de la revolución permanente a todos los países de desarrollo capitalista atrasado en la época imperialista.

Desde entonces, la validez de esta perspectiva revolucionaria se ha demostrado en repetidas ocasiones. Decenas de antiguas colonias han alcanzado la independencia estatal, a veces mediante luchas de liberación nacional heroicas y prolongadas. Pero ninguna ha logrado desafiar las leyes del materialismo marxista: sin la dictadura del proletariado, no puede haber liberación del yugo de la dominación imperialista y la pobreza masiva. A lo largo de América Latina, la repulsión ante las medidas de austeridad neoliberal dictadas por el imperialismo ha sido canalizada en apoyo a una nueva capa de populistas nacionalistas burgueses, desde Hugo Chávez en Venezuela hasta Andrés Manuel López Obrador en México. A pesar de su retórica “antiimperialista” e incluso “socialista”, los nacionalistas burgueses están comprometidos a defender el orden capitalista, que necesariamente significa la subordinación al sistema imperialista mundial.

Demos un vistazo también a la Sudáfrica postapartheid. De manera inusual en este periodo en el que los apologistas de la explotación imperialista han decretado oficialmente la muerte del comunismo, decenas de miles de militantes obreros sudafricanos siguen agrupándose en torno a la bandera roja de la hoz y el martillo, el emblema del estado obrero soviético que nació de la Revolución de Octubre. Sin embargo, el Partido Comunista Sudafricano (PCS) pisotea las lecciones de la Revolución de Octubre, especialmente la necesidad de un partido de vanguardia intransigentemente opuesto a todas las alas de la burguesía y comprometido a luchar por el poder estatal proletario y el internacionalismo revolucionario.

En 1994, la elección de un gobierno dirigido por el Congreso Nacional Africano (CNA) de Nelson Mandela marcó el fin de décadas de gobierno de los supremacistas blancos. En nombre de los mártires de Sharpeville y Soweto y de los otros muchos miles que dieron sus vidas en la lucha contra el apartheid, el CNA proclamó una nueva era de emancipación en la que las masas negras y otras no blancas ya no estarían condenadas a la segregación, la degradación, la represión asesina y la pobreza aplastante. Sin embargo, la realidad es que el gobierno dirigido por el CNA es responsable de un capitalismo de neoapartheid basado en los mismos cimientos sociales que el régimen anterior: la brutal explotación del proletariado mayoritariamente negro por parte de una pequeña clase de explotadores capitalistas blancos fabulosamente ricos (que sin embargo ahora incluye a unos cuantos testaferros negros).

El PCS, un viejo aliado y componente del CNA, celebró el advenimiento de una “revolución democrática nacional” que se desarrollaría hasta volverse socialista. La dirección, influenciada por los comunistas, del Congreso de Sindicatos Sudafricanos (COSATU) —que se formó en amargas luchas obreras que demostraron el inmenso poder social del proletariado negro y presagiaron la muerte del dominio del apartheid— se unió al PCS en una Alianza Tripartita con el CNA nacionalista burgués. Trece años después, el gobierno burgués de la Alianza Tripartita rompe huelgas obreras y desata a la policía contra la juventud rebelde de los distritos segregados. Las masas negras de África no están más cerca de la emancipación social y nacional, y mucho menos del socialismo.

Rusia en vísperas de la Revolución de 1905

En su libro 1905 (escrito entre 1908 y 1909), Trotsky describió las enormes contradicciones de la Rusia de principios del siglo XX: “La industria más concentrada de Europa sobre la base de la agricultura más atrasada. La máquina estatal más poderosa del mundo, que emplea todas las conquistas del progreso técnico para obstaculizar el progreso histórico en su país.” La inversión europea (principalmente francesa) había creado un nuevo proletariado urbano en las grandes concentraciones industriales de vanguardia en San Petersburgo, Moscú y los Urales. Si bien este proletariado industrial constituía menos del diez por ciento de la población de Rusia, estaba concentrado en empresas económicamente estratégicas. El porcentaje de obreros rusos que trabajaban en fábricas de más de mil empleados era más alto que en Gran Bretaña, Alemania o EE.UU. Sin embargo, la autocracia zarista, gendarme contrarrevolucionario de todas las potencias gobernantes de Europa, se apoyaba en una nobleza terrateniente que vivía y respiraba en una época pasada.

Estas condiciones de “desarrollo desigual y combinado” hacen del proletariado una fuerza revolucionaria única incluso en los países capitalistas más atrasados en la era imperialista. Rusia no se limitaría a repetir, ni podría hacerlo, la experiencia del capitalismo ascendente de Inglaterra o Francia. En “Tres concepciones de la Revolución Rusa”, Trotsky explicó:

“Lo que caracteriza en primer lugar el desarrollo de Rusia es el atraso. El atraso histórico, sin embargo, no significa la mera reproducción del desarrollo de los países avanzados con una simple demora de uno o dos siglos. Engendra una formación social combinada totalmente nueva, en la que las conquistas más recientes de la técnica y la estructura capitalista se entrelazan con relaciones propias de la barbarie feudal y prefeudal, transformándolas, sometiéndolas y creando una relación peculiar entre las clases.”

El preludio inmediato de la Revolución de 1905 fue la derrota de la Flota del Pacífico rusa en Puerto Arturo, Manchuria, a finales de 1904 a manos del naciente imperialismo japonés. Esto animó a los liberales burgueses a pedir tímidamente más libertades civiles. Pero más abajo, fuerzas más grandes se agitaban. Éstas salieron a la luz la mañana del domingo 9 de enero de 1905. Cuando una huelga contra los despidos en la masiva fábrica metalúrgica Putilov en San Petersburgo comenzó a extenderse, una organización obrera legal dirigida por el pope Gapón, un sacerdote ortodoxo ruso radical, trató de disipar la creciente confrontación de clases al organizar una procesión para pedirle humildemente al zar que concediera reformas, incluyendo la jornada de ocho horas, la separación de la iglesia y el estado y una asamblea constituyente.

Vestidos con sus ropas de domingo, más de 100 mil obreros con sus familias partieron rumbo al Palacio de Invierno, sede de la autocracia. En lo que llegó a conocerse como el Domingo Sangriento, el zar ordenó a sus tropas que abrieran fuego. Más de mil personas fueron masacradas y casi cuatro mil resultaron heridas. Rusia explotó. Para octubre de 1905, una masiva serie de huelgas culminó en una huelga general de los ferrocarriles y la formación del consejo obrero (soviet) de Petersburgo, que en noviembre eligió a Trotsky como su presidente.

En un intento de sofocar el levantamiento, el zar lanzó el Manifiesto de Octubre, con el cual concedió una constitución y una legislatura limitada. La burguesía, aterrorizada ante el poder independiente del proletariado, aceptó ávidamente el Manifiesto y se unió al campo de la contrarrevolución abierta. Al mismo tiempo, el zar desató a los reaccionarios de las Centurias Negras en un pogromo a escala nacional contra la población judía. Fueron asesinados cerca de cuatro mil judíos y diez mil más quedaron lisiados. Una amplia gama de organizaciones socialistas combatieron valientemente este intento de descarrilar la revolución, formando guardias de defensa armadas. Los obreros industriales, especialmente los ferrocarrileros principalmente rusos, desempeñaron un papel importante en la defensa de los judíos. Significativamente, en San Petersburgo no hubo pogromos, pues la clase obrera ya había mostrado anticipadamente su determinación de defender a la población judía.

En Moscú, una huelga general devino en un levantamiento armado del proletariado, que produjo batallas en barricadas en toda la ciudad. Lenin vio en la insurrección de Moscú del 7 al 19 de diciembre el punto más álgido de la revolución. La determinación de la insurrección minó la lealtad de las tropas del zar. Tomó más de una semana suprimir la insurrección y aplastar las unidades de combate de los obreros. Más de mil fueron asesinados, a lo que siguió una campaña de arrestos y ejecuciones.

La experiencia del Soviet de San Petersburgo tuvo una importancia histórica. Originado como un comité de huelga conjunto compuesto de delegados electos en sus fábricas, el soviet pronto empezó a actuar como un centro alternativo de poder. Después de que el soviet fuera aplastado, Trotsky y otros dirigentes usaron su juicio como plataforma para difundir ideas revolucionarias.

El Soviet de Petersburgo existió por 50 días, y las barricadas de Moscú mucho menos que eso. Pero el impacto de la Revolución de 1905 fue histórico-mundial (ver: “La Revolución Rusa de 1905”, Workers Vanguard No. 872, 9 de junio de 2006). La revolución llenó de miedo a las clases dominantes europeas y galvanizó al ala revolucionaria de la socialdemocracia internacional (como se llamaban los marxistas entonces). Incitó movimientos anticoloniales a lo largo de Asia y resonó en el movimiento obrero internacionalmente, incluyendo en Estados Unidos, donde ese mismo año se fundó la organización sindicalista revolucionaria Industrial Workers of the World (IWW, Obreros Industriales del Mundo). En Rusia, de manera crucial, iluminó las diferencias programáticas entre las fracciones bolchevique y menchevique del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), que en 1917 terminarían en lados opuestos de las barricadas.

Plejánov y los orígenes del marxismo ruso

El marxismo ruso organizado se originó en 1883, en torno a la ruptura de Gueorguii Plejánov con la corriente populista dominante para crear el pequeño grupo en el exilio Emancipación del Trabajo. Los naródniki (populistas) eran frecuentemente heroicos en su búsqueda de la revolución contra la autocracia zarista. Sus esfuerzos, valientes aunque inútiles, de “ir al pueblo” y alcanzar a las atrasadas masas campesinas fueron seguidos por actos de terrorismo, valerosos aunque no menos fútiles, contra los funcionarios zaristas.

Los naródniki seguían una tradición que se remontaba hasta la conspiración decembrista de 1825 llevada a cabo por oficiales militares que buscaban emular la modernización de la Europa burguesa. Pero los populistas rusos de la segunda mitad del siglo XIX no querían seguir el modelo europeo occidental de desarrollo capitalista. En su lugar, preveían un socialismo ruso único, basado en el mir, la forma tradicional de tenencia comunal de la tierra entre los campesinos. Pero aunque el campesinado tenía una historia de explosiones espontáneas y volátiles de rabia colectiva, su perspectiva y aspiraciones eran las del pequeño propietario, no los intereses de clase coherentes y colectivistas del proletariado urbano. Además, como lo demostró Plejánov en su seminal polémica marxista contra el populismo, Nuestras diferencias (1884), el mir campesino ya había empezado a desintegrarse bajo el impacto de las relaciones de mercado capitalistas.

Luchando por popularizar el marxismo entre los intelectuales radicales de su tiempo, Plejánov produjo una traducción rusa del Manifiesto comunista de Marx y Engels, que delineaba el papel del proletariado como la clase más revolucionaria de la historia. “La historia de todas las sociedades hasta nuestros días —declaraba el Manifiesto— es la historia de las luchas de clases.” Las clases se definen por su relación con los medios de producción. El capitalismo creó medios de producción y comercio dinámicamente expansivos y globalmente organizados. Pero la propiedad privada de esos medios de producción socialmente organizados y las barreras impuestas por el estado-nación burgués se convirtieron en trabas al desarrollo de las fuerzas productivas.

La posición del proletariado en la producción —y el hecho de que no posee sino su propia fuerza de trabajo para vender— hacen de él la única clase que tiene tanto el interés material en liberar y expandir la producción socializada basada en una economía colectivizada, como el poder social para llevar a cabo esta revolución. Plejánov anticipó que el desarrollo capitalista pronto llevaría al surgimiento de una clase obrera industrial significativa. Respecto al “proletariado en ascenso”, declaró:

“Ellos, y sólo ellos, pueden ser el vínculo entre el campesinado y la intelectualidad socialista; ellos, y sólo ellos, pueden salvar el abismo histórico entre el ‘pueblo’ y el sector ‘educado’ de la población. Mediante ellos y con su ayuda la propaganda socialista por fin llegará a cada rincón del campo ruso. Más aún, si están unidos y organizados en el momento adecuado en un partido obrero único, pueden ser el principal bastión de la agitación socialista a favor de reformas económicas que protegerán a la comuna de aldea contra la desintegración general… La formación, lo más pronto posible, de un partido obrero es la única manera de resolver todas las contradicciones económicas y políticas de la Rusia actual. Ese camino conduce al éxito y la victoria; cualquier otro camino sólo puede llevar a la derrota y la impotencia.”
—Our Differences (1884), reimpresa en Selected Philosophical Works, Vol. 1.

Plejánov logró ganar a algunos de los mejores populistas al marxismo. Entre las figuras formativas del grupo Emancipación del Trabajo estaba la antigua naródnik Vera Zasúlich, celebrada a lo largo de Europa por su heroísmo al intentar dispararle al jefe de policía de San Petersburgo en 1878. Otros naródniki terminaron consolidándose como el principal partido del liberalismo burgués, el Partido Demócrata Constitucionalista (kadetes), y los pequeñoburgueses socialrevolucionarios (eseristas).

Los círculos de propaganda marxista en Rusia conectados con Plejánov pasaron a la agitación de masas a mediados de la década de 1890, cuando el joven Lenin y Iulii Mártov empezaron a sobresalir. Al mismo tiempo, se desarrolló un ala reformista. Esta tendencia, que Plejánov apodó economicismo, limitaba su agitación a demandas sindicales básicas mientras apoyaba pasivamente los esfuerzos de los liberales burgueses por reformar el absolutismo zarista. A partir de 1897-98, el economicismo se convirtió en la tendencia dominante entre los socialdemócratas rusos. Hostiles al marxismo ortodoxo, los economicistas estaban vagamente asociados con la corriente reformista en torno a Eduard Bernstein en Alemania.

La escisión bolchevique-menchevique de 1903

En 1900, la segunda generación de marxistas rusos (representada por Lenin y Mártov) se unió con los padres fundadores (Plejánov, Pável Axelrod, Zasúlich) para regresar a la socialdemocracia rusa de vuelta a las tradiciones revolucionarias encarnadas en el programa original de Emancipación del Trabajo. La tendencia marxista revolucionaria se organizó en torno al periódico Iskra (chispa), y Lenin se convirtió en su organizador. Por primera vez, el partido socialdemócrata ruso tenía en Iskra un centro organizador, desde donde Lenin dirigía el trabajo que se llevaba a cabo en Rusia para ganar a los comités socialdemócratas del economicismo o, cuando era preciso, escindirlos.

El ¿Qué hacer? de Lenin (1902) fue una tajante polémica contra el intento de los economicistas de “rebajar la política socialdemócrata al nivel de la política trade-unionista”. Contra esto, Lenin argumentaba que el partido obrero no debe actuar como un auxiliar obrero del liberalismo burgués, sino como un “tribuno del pueblo”. Tal partido debe agitar contra la injusticia entre todas las capas de la población y hacer consciente al proletariado de la necesidad de convertirse en la clase dominante y reconstruir la sociedad sobre cimientos socialistas. Para cuando se celebró el II Congreso del POSDR en julio-agosto de 1903, la tendencia economicista era una pequeña minoría.

Aunque los iskristas llegaron al congreso con una mayoría sólida, bajo la unidad aparente había considerables diferencias entre el “blando” Mártov, que favorecía que los no iskristas desempeñaran un papel mayor en el partido unitario, y el “duro” Lenin. Estas diferencias explotaron en torno al primer párrafo de los estatutos del POSDR, que definían la membresía. El borrador de Mártov definía a un miembro del partido como quien “le presta su asistencia personal regular bajo la dirección de una de sus organizaciones.” Para Lenin, la membresía se definía por “la participación personal en alguna de las organizaciones del Partido”. Esta definición más estrecha estaba motivada por el deseo de excluir a los oportunistas y extirpar a los diletantes que se sintieran atraídos al partido precisamente por su naturaleza laxa de círculo. Con el apoyo de los economicistas y la Bund judía, la fórmula de Mártov fue aprobada. Pero cuando los economicistas y la Bund abandonaron el Congreso, los “duros” de Lenin obtuvieron una ligera mayoría (“bolchevique” deriva de la palabra rusa para “mayoría”, y “menchevique” viene de “minoría”).

La escisión decisiva ocurrió respecto a la elección de un nuevo consejo de redacción de Iskra. Cuando la propuesta de Lenin fue aprobada, Mártov y sus seguidores se negaron a formar parte del consejo de redacción y del Comité Central. Plejánov apoyó a la fracción bolchevique, pero al poco tiempo rompió con Lenin y se pasó al lado de los mencheviques, que con esto recobraron el control de Iskra.

Lenin pasaría los años entre la escisión de 1903 y la Revolución de 1905 (y más allá) dando una fiera lucha dentro de la propia fracción bolchevique —así como contra algunos elementos externos, como Trotsky, que se había opuesto a Lenin en la escisión— contra quienes querían reconciliar a las dos fracciones. Si bien a la mayoría le resultaban poco claras las diferencias políticas entre Lenin y Mártov en 1903, su significación creció rápidamente. La lógica de la lucha de fracciones impulsó a los mencheviques más a la derecha, lo que llevó a su reconciliación con los economicistas derrotados. Aleksandr Martínov, que había sido el principal exponente del economicismo, se convirtió en el principal teórico de los mencheviques.

Como elaboramos en el folleto espartaquista de 1978 Lenin and the Vanguard Party (Lenin y el partido de vanguardia), la escisión de 1903 no representó la ruptura final de Lenin con la concepción socialdemócrata del “partido de toda la clase”, en el que coexisten todas las tendencias políticas que reclamen la bandera del socialismo, desde los reformistas abiertos hasta los revolucionarios. Sin embargo, 1903 marcó el comienzo de esta ruptura, el primer paso en la construcción de un partido de vanguardia dirigido por cuadros revolucionarios profesionales.

Pese a terminar en derrota, la Revolución de 1905 se convirtió en “el laboratorio del cual salieron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso, donde se conformaron o delinearon todas las tendencias y matices del marxismo ruso”, como lo puso Trotsky en su artículo “Tres concepciones de la Revolución Rusa”. Trotsky observó:

“Precisamente a causa de su retraso histórico, Rusia fue el único país europeo en el que el marxismo como doctrina y la socialdemocracia como partido alcanzaron antes de la revolución burguesa un poderoso desarrollo. Es entonces natural que precisamente en Rusia se haya sometido al más profundo análisis teórico el problema de la relación entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo.”
Tres concepciones de la Revolución Rusa

Los mencheviques, los bolcheviques y León Trotsky plantearon tres distintas concepciones de la venidera Revolución Rusa. Señalando el atraso del país, los mencheviques insistían en que la clase obrera no podría ser sino un apéndice de la burguesía liberal, que supuestamente procuraba establecer una república democrática. A principios de 1905, Martínov codificó esta orientación a la burguesía liberal en su folleto Dos dictaduras. El líder táctico de los mencheviques, Pável Axelrod, la expresó en el “Congreso de la Unidad” del POSDR de 1906:

“Las relaciones sociales de Rusia han madurado sólo para la revolución burguesa… Ante la falta universal de derechos políticos en nuestro país, no puede hablarse siquiera de una batalla directa entre el proletariado y las otras clases por el poder político… El proletariado está luchando por las condiciones del desarrollo burgués. Las condiciones históricas objetivas destinan inexorablemente a nuestro proletariado a colaborar con la burguesía en la lucha contra el enemigo común.”
Todos los líderes mencheviques, incluyendo a Plejánov, sostenían esta línea básica. “No se debió empuñar las armas” fue su epitafio a la insurrección de Moscú (citado en Lenin, “Las enseñanzas de la insurrección de Moscú”, 26 de agosto de 1906). “Debemos alegrarnos por el apoyo de los partidos no proletarios… y no alejarlos de nosotros con acciones de poco tacto”, declaró Plejánov, a lo que Lenin respondió tajantemente que “los liberales y los terratenientes le perdonarán millones de ‘acciones de poco tacto’ pero ni un solo llamado a tomar las tierras”. Citando este intercambio, en “Tres concepciones de la Revolución Rusa” Trotsky explicó:

“Plejánov, de manera evidente y cobarde, cerraba los ojos a la conclusión básica que se extrae de la historia política del siglo XIX: cada vez que el proletariado avanza como fuerza política independiente la burguesía se vuelca al campo de la contrarrevolución. Cuanto más audaz es la lucha de las masas, más rápida es la degeneración reaccionaria del liberalismo. Nadie inventó todavía una manera de paralizar las consecuencias de la ley de la lucha de clases.”
Por su parte, Lenin aceptaba que la lucha por la libertad política y la república democrática en Rusia era una etapa necesaria que no minaría “la dominación de la burguesía” (Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, 1905). Pero, crucialmente, Lenin no tenía ilusiones sobre el supuesto carácter “progresista” de la burguesía rusa, y descartaba categóricamente que ésta pudiera consumar su propia revolución:

“Sabemos que son incapaces, por su posición de clase, de desarrollar una lucha decisiva contra el zarismo: para ir a la lucha decisiva, la propiedad privada, el capital, la tierra, son un lastre demasiado pesado. Tienen demasiada necesidad del zarismo, con sus fuerzas policiales, burocráticas y militares, que emplean contra el proletariado y los campesinos, para que puedan desear su destrucción… ‘La victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo’ es la dictadura revolucionaria democrática del proletariado y del campesinado.”

Lenin escribió que esta dictadura “en el mejor de los casos, podrá llevar a cabo una redistribución radical de la propiedad de la tierra a favor de los campesinos, implantar una democracia consecuente y completa hasta llegar a la república, desarraigar, no sólo de la vida del campo sino también del régimen de la fábrica, todas las características de la bárbara opresión feudal, iniciar un auténtico mejoramiento en la situación de los obreros y elevar su nivel de vida y, finalmente, last but not least, extender la hoguera revolucionaria a Europa.”

En su artículo de 1906, “El proletariado y su aliado en la revolución rusa”, Lenin argumentó que “lo esencial de la revolución rusa es el problema agrario”. Sabía, como observó Trotsky en “Tres concepciones”, que “para derrocar al zarismo es necesario levantar a decenas y decenas de millones de oprimidos al asalto heroico, abnegado, sin trabas, que no se detendría ante nada. Las masas pueden elevarse hasta la insurrección sólo bajo el estandarte de sus propios intereses, y en consecuencia de la hostilidad irreconciliable hacia las clases explotadoras, comenzando con los terratenientes.”

Para Lenin, la fórmula de la dictadura revolucionaria democrática retuvo un carácter algebraico. Sus lineamientos para una dictadura revolucionaria conjunta no eran los términos para una época de la paz de clases, sino los planes de batalla para un episodio de la guerra de clases que se extendía a la arena internacional. La destrucción del gendarme Romanov inspiraría a los obreros de Europa a tomar el poder estatal. Entonces apoyarían al proletariado ruso a hacer lo mismo.

La fórmula de Lenin estaba irreconciliablemente opuesta al seguidismo de los mencheviques tras la burguesía. Pero era inherentemente contradictoria, pues proyectaba una dictadura de dos clases con intereses en conflicto. La historia habría de demostrar que las tareas que Lenin atribuía a la dictadura democrática sólo podría cumplirlas la dictadura del proletariado apoyada en el campesinado, mientras que la fórmula de la dictadura democrática sería usada por otros para justificar su apoyo al Gobierno Provisional burgués en 1917.

La teoría de Trotsky de la revolución permanente, formulada inicialmente en colaboración con el socialdemócrata Alexander Parvus justo antes de la Revolución de 1905, se distinguía tanto de la de los mencheviques como de la de Lenin, pero estaba mucho más cerca de éste último. Igual que Lenin, Trotsky veía que la burguesía liberal rusa no tenía capacidades revolucionarias, y declaró en Resultados y perspectivas:

“Una revolución burguesa nacional en Rusia es imposible porque no existe aquí ninguna democracia burguesa verdaderamente revolucionaria. Se acabó la época de las revoluciones nacionales —por lo menos en Europa—… Vivimos la época del imperialismo, que está marcado no sólo por un sistema de conquistas coloniales sino también por un régimen interno determinado. El imperialismo no contrapone la nación burguesa al viejo orden, sino el proletariado a la nación burguesa.”
En contraste con Lenin, Trotsky argumentaba que los campesinos no podrían desempeñar el papel de un socio independiente, ni mucho menos de dirigente, en la revolución. Trotsky observó que los levantamientos campesinos de Europa habían derribado regímenes, pero nunca habían resultado en gobiernos de partidos campesinos. En Resultados y perspectivas, señaló que siempre fue en las aldeas donde se alzaron las primeras clases revolucionarias que luego derrocarían el feudalismo. “Si no es el proletariado el que arrebata el poder a la monarquía, nadie lo hará”, declaró. También enfatizó que “El proletariado, hallándose en el poder, se mostrará ante el campesinado como la clase liberadora”. Posteriormente Trotsky desarrolló su punto en “Tres concepciones”:

“Finalmente, el campesinado es heterogéneo en sus relaciones sociales: el sector de los kulaks [campesinos ricos] tiende naturalmente a la alianza con la burguesía urbana, mientras que los sectores más pobres de la aldea se inclinan hacia el proletariado urbano. En estas condiciones el campesinado como tal es totalmente incapaz de tomar el poder.”
Contra lo que decían las falsificaciones estalinistas posteriores, la diferencia entre Lenin y Trotsky no era si las tareas democrático-burguesas de la revolución podían saltarse, ni si era o no necesaria la alianza entre los obreros y los campesinos, sino sobre la forma política específica de esa alianza. Trotsky afirmó: “Si los representantes del proletariado entran en el gobierno, no como rehenes sin poder sino como fuerza dirigente, entonces liquidarán el límite entre el programa mínimo y el máximo, es decir, incluirán el colectivismo en el orden del día” (Resultados y perspectivas). Y continuó:

“Es posible que el proletariado de un país económicamente atrasado llegue antes al poder que en un país capitalista evolucionado…
“En nuestra opinión la revolución rusa creará las condiciones bajo las cuales el poder puede pasar a manos del proletariado (y, en el caso de una victoria de la revolución, así tiene que ser) antes de que los políticos del liberalismo burgués tengan la oportunidad de hacer un despliegue completo de su genio político.”
Al mismo tiempo, Trotsky enfatizó: “La clase obrera rusa no podría mantenerse en el poder ni convertir su dominio temporal en una dictadura socialista permanente sin el apoyo estatal directo que le prestase el proletariado europeo. De esto no puede dudarse ni por un momento. Y por otro lado, tampoco puede dudarse de que una revolución socialista en occidente nos permitiría convertir directamente el dominio temporal de la clase obrera en una dictadura socialista.”

La “revolución en permanencia” de Karl Marx

Al desarrollar su teoría de la revolución permanente, León Trotsky se apoyó en las conclusiones a las que llegó Karl Marx tras la derrota de las revoluciones democráticas de Europa de 1848-49, cuando planteó la formulación de la “revolución en permanencia”.

En su “Circular del Comité Central” a la Liga Comunista de marzo de 1850, Marx y su copensador Friedrich Engels predijeron que, en un resurgimiento futuro de la lucha revolucionaria, los demócratas pequeñoburgueses desempeñarían el mismo papel traicionero que la burguesía liberal alemana había desempeñado en 1848. Las revoluciones de 1848-49 fueron levantamientos democráticos que buscaban la democracia política y la destrucción de los remanentes feudales. En Alemania, esto incluía la necesidad de demoler las barreras que tenían al país desgajado en varios pequeños principados y el Reino de Prusia, y que por ende estorbaban el desarrollo de una economía capitalista nacional.

Pero, conforme el levantamiento revolucionario se apoderaba de Europa, lo que quedó de manifiesto fue que las burguesías temían más la idea de una movilización armada del proletariado de lo que resentían las barreras remanentes que la nobleza terrateniente le presentaba a su dominio. Las masas revolucionarias fueron traicionadas cuando las fuerzas de la burguesía liberal hicieron las paces con la aristocracia.

El punto principal de Marx era que el proletariado debe luchar independientemente por sus propios fines contra los demócratas pequeñoburgueses:

“Mientras que los pequeños burgueses desean que la revolución termine lo antes posible y alcanzando a lo sumo las metas señaladas, nosotros estamos interesados, y ésa es nuestra tarea, en que la revolución se haga permanente, en que dure el tiempo necesario para que sean desplazadas del poder todas las clases más o menos poseedoras, el proletariado conquiste el poder y la asociación de los proletarios, no sólo en un país, sino en todos los países prominentes del mundo entero, se desarrolle hasta acabar con la competencia entre los proletarios de estos países, concentrando en manos del proletariado, por lo menos, las fuerzas decisivas de la producción.”
Marx y Engels también reconocían que, sin una revolución en Gran Bretaña, el país más industrialmente avanzado de la Europa de su tiempo, un régimen revolucionario aislado en Francia o Alemania no tardaría en ser aplastado por una alianza entre el capital financiero británico y el ejército zarista ruso.

No obstante la traición de la burguesía, en 1848-49 el proletariado alemán seguía siendo demasiado débil para tomar el poder. Como lo puso Trotsky en su libro 1905, “el desarrollo capitalista había ido lo bastante lejos como para hacer necesaria la abolición de las antiguas condiciones feudales, pero no lo suficiente para proyectar a la clase obrera, producto de las nuevas condiciones de producción, como fuerza política decisiva. El antagonismo entre el proletariado y la burguesía se hallaba demasiado afirmado para que ésta pudiese asumir sin temor la función de dirigente nacional; pero este antagonismo no era aún tan fuerte como para permitir al proletariado hacerse cargo de ese papel.”

En su Circular de marzo de 1850, Marx comentaba: “No puede ofrecer la menor duda que, mientras sigue desarrollándose la revolución, la democracia pequeñoburguesa conservará por el momento la influencia predominante en Alemania.” Pero la democracia pequeñoburguesa se mostró incapaz de tomar el poder. En 1852, Marx escribió en su obra clásica El dieciocho brumario de Luis Bonaparte: “los campesinos encuentran su aliado y jefe natural en el proletariado urbano, que tiene por misión derrocar el orden burgués.” En una carta a Engels fechada el 16 de abril de 1856, Marx afirmó enfáticamente: “Todo el asunto dependerá en Alemania de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria con una segunda edición de la guerra campesina [del siglo XVI]. De esta manera la cosa será espléndida...” En 1918, Lenin señaló esta carta como una notable anticipación de la Revolución Bolchevique y como una refutación del esquema seudomarxista de los mencheviques de una “primera etapa” dirigida por la burguesía y supuestamente inevitable de la Revolución Rusa.

La burguesía alemana fue, en efecto, incapaz de llevar a cabo una revolución democrática. Con el rápido desarrollo posterior del capitalismo industrial, el núcleo central de la burguesía alemana formó una alianza con la nobleza terrateniente prusiana (los junkers), que sentó las bases para una “revolución desde arriba” guiada por la mano del canciller Otto von Bismarck. Frente al poder de los estados burgueses más avanzados de Francia y Gran Bretaña, el reaccionario Bismarck alcanzó a comprender que sólo la burguesía industrial/financiera podría transformar Alemania en un estado comparablemente avanzado y así asegurar también la supervivencia y prosperidad de las viejas clases terratenientes. Así, la monarquía prusiana presidió la modernización y la unificación nacional de Alemania mediante una revolución burguesa no democrática. Como escribió Engels a finales de la década de 1880:

“Un hombre en la situación de Bismarck y con el pasado de Bismarck debiera haberse dicho, al comprender en alguna medida el estado de las cosas, que los junkers, tal y como eran, no formaban una clase viable, que, de todas las clases poseedoras, sólo la burguesía podía pretender a un porvenir, y que, por consecuencia (hacemos abstracción de la clase obrera, pues no pensamos pedir a Bismarck que comprenda su misión histórica), su nuevo Imperio prometía tener una existencia tanto más segura cuanto más preparase su transformación paulatina en un Estado burgués moderno.”
—El papel de la violencia en la historia (1887-88)

Algo similar ocurrió alrededor de ese periodo en Japón, donde un sector de la vieja casta guerrera derrocó al régimen feudal en 1867-68 para construir un ejército japonés capaz de enfrentar la intromisión de las potencias occidentales. En las décadas que siguieron, una burguesía industrial y un poder imperialista moderno se crearon en Japón. Para el cambio de siglo, la entrada al pequeño club de las potencias imperialistas que sigue dominando al mundo hoy día se había cerrado a otras burguesías en ascenso. (Para más sobre esto, ver: “La Restauración Meiji: Una revolución proburguesa no democrática”, Spartacist [edición en español] No. 33, enero de 2005.)



Última edición por Guardia Rojo. el Jue Sep 13, 2012 10:21 pm, editado 2 veces
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«El desarrollo y extensión de la teoría de la revolución permanente de León Trotzki»  Empty Re: «El desarrollo y extensión de la teoría de la revolución permanente de León Trotzki»

Mensaje por Guardia Rojo. el Jue Sep 13, 2012 10:14 pm

Segunda Parte

Desde hace mucho, los mencheviques y los estalinistas han descrito la Revolución de Febrero, que derrocó al zar de Rusia, como el inicio de una “primera etapa” necesaria de la Revolución Rusa. De hecho, la Revolución de Febrero no resolvió ninguna de las tareas democrático-radicales de la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” que V.I. Lenin había proyectado en 1905.

En un “Informe sobre la Revolución de 1905” del 9 de enero de 1917, Lenin ya había dejado de lado toda mención a su fórmula de 1905. Su discurso reflejó el desarrollo de la lucha de clases en Rusia en vísperas de la Primera Guerra Mundial, una guerra interimperialista. Después de los años de reacción de 1907 a 1910, el proletariado había vuelto a levantar la cabeza. Para la primera mitad de 1914, el nivel de actividad huelguística había llegado a alturas nunca vistas desde 1905. Y esta vez, cerca de un 80 por ciento de los obreros políticamente activos seguían a los bolcheviques.

En su discurso, Lenin habló de 1905 en los términos de la revolución permanente de Trotsky: “En realidad, todo el desarrollo de la revolución rusa impulsaba de modo inevitable a la lucha armada, al combate decisivo entre el gobierno zarista y la vanguardia del proletariado con conciencia de clase.” Como Trotsky, ahora él argumentaba que la revolución venidera “sólo puede ser una revolución proletaria, y además, en un sentido todavía más profundo de la palabra: una revolución proletaria y socialista también por su contenido...sólo los proletarios con conciencia de clase pueden dirigir y dirigirán a la inmensa mayoría de los explotados.”

La Primera Guerra Mundial tuvo un profundo impacto en el pensamiento de Lenin. La II Internacional había colapsado en el socialchovinismo, con la mayoría de sus secciones apoyando a sus propias burguesías en la guerra. Esto llevó a Lenin a generalizar su curso de escisión con los mencheviques rusos, misma que había hecho definitiva en 1912. Lenin concluyó que el oportunismo no era un fenómeno residual o localizado; más bien, como lo estableció en su monumental estudio El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), las superganancias derivadas de la explotación imperialista de las colonias generan una base material para una capa oportunista y procapitalista del movimiento obrero. Lenin luchó por una ruptura total internacionalmente con todas las corrientes reformistas y centristas, y lanzó el llamado por una III Internacional. Contra los socialchovinistas y socialpacifistas, llamó por una política de derrotismo revolucionario contra todas las burguesías contendientes y lanzó la consigna de convertir la guerra imperialista en una guerra civil.

La guerra había interrumpido el ascenso de lucha de clases en Rusia, conforme la marejada inicial de patriotismo inundaba al proletariado. Pero el estado de ánimo reaccionario no duró mucho. Los horrores de la guerra hablaban en voz más alta que todos los curas y patriotas. Rusia habría de sufrir las bajas de cinco millones y medio de soldados por muerte, heridas o captura. La esclavitud de las mujeres empleadas en las plantas de municiones con salarios lastimosos era una “cascada de oro” para quienes lucraban con la guerra.

La Revolución de Febrero se desató por una huelga principalmente de obreras textiles en Petrogrado (como se rebautizó a San Petersburgo cuando Rusia entró en guerra con Alemania) el Día Internacional de la Mujer, en demanda de un aumento en las raciones de guerra. Los choques callejeros con las fuerzas del “orden” produjeron bajas numerosas. Pero, al final, el zar no pudo hallar tropas leales y se vio forzado a abdicar. Inmediatamente se eligieron soviets en las fábricas, las guarniciones del ejército y el frente. En las provincias, la policía y los funcionarios estatales fueron arrestados o enviados a hacer sus maletas. En la capital, la autocracia había sido derrocada por los obreros, pero el gobierno que surgió fue un gobierno burgués.

En su Historia de la Revolución Rusa (1932), Trotsky señala que la Revolución de Febrero representó el despertar del ejército basado en el campesinado. La primera ola de delegados electos del ejército a los soviets consistía en gran medida en pequeños burgueses letrados que en general apoyaban a los socialrevolucionarios (eseristas) de base campesina. Así, la guerra dio a los eseristas y a los mencheviques reformistas, que representaban a capas pequeñoburguesas urbanas y a un sector de los obreros, una preponderancia inicial masiva pero históricamente accidental en los soviets de obreros y soldados.

Mientras los combates callejeros aún sacudían Petrogrado en febrero, el Gobierno Provisional se formó con el objetivo de erigir una monarquía constitucional. Mientras tanto, dentro de los soviets, los delegados eseristas y mencheviques, leales al republicanismo burgués, mantuvieron a raya a los obreros y campesinos insurgentes y apelaron desesperadamente a la burguesía para que tomara el poder político. Pero las masas eran hostiles a la burguesía y confiaban en los soviets. Eso hizo de estos órganos, a pesar de sus dirigencias traidoras, el poder de facto en el país. De ahí la paradoja de la Revolución de Febrero: los obreros, muchos de ellos inspirados por los bolcheviques, llevaron a cabo la revolución, pero el gobierno que resultó de ella fue burgués.

La Revolución de Febrero resultó en una situación de poder dual. Como lo describió Lenin en “La dualidad de poderes” (abril de 1917), “Junto al gobierno provisional, el gobierno de la burguesía, ha surgido otro gobierno, débil e incipiente todavía, pero sin duda un gobierno que existe realmente y se desarrolla: los soviets de diputados obreros y soldados.” Esta situación no podía durar: debía gobernar una clase u otra.

Lenin rearma a los bolcheviques

Mientras tanto, el Partido Bolchevique, con Lenin todavía exiliado en Suiza, estaba siendo conducido a un curso conciliacionista bajo la dirección de I.V. Stalin y Lev Kámenev. Tras su regreso del exilio en Siberia en marzo de 1917, Stalin y Kámenev tomaron el control del órgano central bolchevique, Pravda, y usaron la vieja fórmula de Lenin de la “dictadura democrática” para pisotear la oposición intransigente de Lenin a la burguesía liberal. El número de Pravda del 15 de marzo, el primero que menciona a Stalin y Kámenev como editores, llamaba a apoyar al Gobierno Provisional “en cuanto luchase contra la reacción y la contrarrevolución”. Volviéndose tajantemente contra el derrotismo revolucionario de los bolcheviques, Pravda declaraba que el soldado ruso “deberá permanecer firme en su puesto” y que “todo derrotismo, o, por mejor decir, lo que la prensa mal informada estigmatizaba bajo la censura zarista con este nombre, desapareció en el momento de aparecer en las calles de Petrogrado el primer regimiento revolucionario.” Pravda también llamaba por la fusión de los partidos menchevique y bolchevique.

En su informe a una conferencia del partido bolchevique de marzo de 1917, Stalin sonaba como el menchevique Gueorguii Plejánov, denunciando la insurrección de Moscú de diciembre de 1905 por antagonizar a la burguesía. Stalin afirmó que “no nos convendría forzar por ahora los acontecimientos, acelerando el proceso de eliminación de los sectores burgueses, que más tarde deberán inevitablemente apartarse de nosotros. Es necesario que ganemos tiempo poniéndole el freno a la escisión de las capas medias burguesas” (“Borrador de protocolo de la Conferencia de Trabajadores del Partido de Toda Rusia de marzo de 1917”). También declaró: “Hay que apoyar al Gobierno Provisional en la medida en que éste consolide los avances de la revolución; por el contrario, no se le deberá apoyar en aquello en que sea contrarrevolucionario.”

Al ofrecimiento menchevique de fusión planteado en esa conferencia, Stalin respondió: “Debemos acceder a lo solicitado. Es necesario que definamos nuestro punto de vista acerca de la unificación.” Los líderes mencheviques y eseristas estaban radiantes, pero hubo varias protestas entre los cuadros bolcheviques. Como lo puso el obrero bolchevique y miembro del Comité Central Aleksandr Shliápnikov: “En los suburbios la indignación era inmensa, y cuando los proletarios se enteraron de que se habían apoderado de la Pravda tres compañeros llegados de Siberia, antiguos redactores del periódico, se exigió su exclusión del partido” (citado en Trotsky, Historia de la Revolución Rusa).

Lenin leía Pravda con alarma. Incluso antes de regresar del exilio el 3 de abril, advirtió en sus “Cartas desde lejos” que el Gobierno Provisional era un gobierno burgués y que darle el más mínimo apoyo significaba apoyar la guerra imperialista. Cuando finalmente llegó y dio su famoso discurso desde arriba de un vagón blindado en la Estación de Finlandia, su efecto en los bolcheviques fue electrizante. Ante la delegación oficial de socialpatriotas enviada a recibirlo, habló en honor del líder marxista revolucionario alemán Karl Liebknecht, que había sido apresado por su oposición a la guerra y había denunciado a los “socialistas” que apoyaban a sus propias burguesías como culpables de traición de clase. Para Lenin, cualquier apoyo al Gobierno Provisional era motivo de escisión.

En sus “Tesis de abril”, Lenin explicó que se debía únicamente a la carencia en “el proletariado del grado necesario de conciencia de clase y de organización” que se había permitido el paso del poder a las manos de la burguesía en esta etapa (“Las tareas del proletariado en la actual revolución”). “La peculiaridad del momento actual en Rusia es el paso de la primera etapa de la revolución”, escribió Lenin, “a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de los sectores pobres de los campesinos.” Cuando, el 7 de abril, Pravda publicó las “Tesis” de Lenin, ningún otro miembro del Comité Central las firmó.

En una réplica publicada por Pravda al día siguiente, Kámenev usó mucho del mismo lenguaje para denunciar las “Tesis de abril” de Lenin del que luego usaría Stalin contra la revolución permanente de Trotsky: “Por lo que se refiere al esquema general del camarada Lenin, lo juzgamos inaceptable, en cuanto arranca del principio de que la revolución democrático-burguesa ha terminado ya y se orienta en el sentido de transformarla inmediatamente en revolución socialista.” Citando la declaración de Kámenev, Lenin respondió en sus “Cartas sobre táctica” (abril de 1917):

“Después de esta revolución [la de Febrero] el poder está en manos de una clase diferente, una clase nueva, o sea de la burguesía...
“Por consiguiente, la revolución burguesa o democrático-burguesa en Rusia se ha consumado.
“Pero en este momento oímos un clamor de protesta de personas que gustan llamarse ‘viejos bolcheviques’: ¿acaso no hemos sostenido siempre —dicen— que la revolución democrático-burguesa culmina sólo con la ‘dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado’?...
“Mi respuesta es: las consignas y las ideas bolcheviques en general, han sido confirmadas por la historia, pero concretamente las cosas sucedieron de un modo distinto...
“Quien en el momento actual sólo habla de ‘dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado’ está atrasado, en consecuencia se ha pasado en realidad a la pequeña burguesía y está en contra de la lucha de clase proletaria, por lo que debería ser relegado al archivo de las antigüedades ‘bolcheviques’ prerrevolucionarias.”
Stalin se replegó a las sombras, limitando su crítica a las “Tesis de abril” por su carácter “impráctico”, mientras se alineaba discretamente con los conciliadores. Kámenev, a quien luego se unió Zinóviev, dirigió el ataque contra Lenin, incluso hasta su esquirolaje abierto contra la revolución cuando él y Zinóviev denunciaron públicamente los planes de la insurrección bolchevique en vísperas de Octubre.

En un artículo que escribió tras haber obtenido la mayoría en una Conferencia Bolchevique de Toda Rusia en abril, Lenin concluyó: “sólo el poder del proletariado, apoyado por los semiproletarios, puede dar al país un poder realmente fuerte y realmente revolucionario” (“Un poder revolucionario fuerte”, mayo de 1917). Lenin había adoptado, en los hechos, el programa de Trotsky de la revolución permanente.

Trotsky y Lenin se reunifican

Al mismo tiempo, Trotsky había llegado a reconocer la validez de la amarga lucha que Lenin venía dando desde 1903 para construir un partido de vanguardia disciplinado y programáticamente sólido. En el periodo anterior a la escisión de 1903 entre bolcheviques y mencheviques en el II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), Trotsky se había ganado el apodo de “garrote de Lenin”. Pero en 1903 Trotsky se mostró reacio ante la insistencia de Lenin en un partido duro de revolucionarios profesionales. Sin embargo, también se opuso a la orientación menchevique a la burguesía liberal.

Trotsky se declaró ajeno a ambas fracciones. Trabajó estrechamente con los bolcheviques en la Revolución de 1905, pero en los años que siguieron sus intentos de unificar a todas las fracciones se enfrentaron a las luchas de Lenin por diferenciar tajantemente a los revolucionarios de los oportunistas, e inevitablemente llevaron a Trotsky a bloques podridos episódicos contra los bolcheviques. Esto llegó a su culminación en 1912, tras la escisión final de los bolcheviques con la fracción menchevique, cuando se constituyeron en un partido aparte. En agosto de 1912, Trotsky tomó la iniciativa para organizar una conferencia con los mencheviques “propartido” en Viena —que llegó a hacerse tristemente célebre con el nombre de “Bloque de agosto”— para tratar de revertir la escisión.

Una vez que la Revolución de Febrero se hubo hecho cargo del zarismo y hubo puesto a la burguesía supuestamente “democrática” en el poder, la mayoría de la dirigencia menchevique se unió al grueso de la II Internacional, adoptando la línea del “defensismo” respecto a su “propia” clase dominante. Bajo el impacto de la guerra y de las afiladas polémicas de Lenin contra los esfuerzos conciliacionistas, Trotsky se vio cada vez más atraído a la insistencia de Lenin en una ruptura completa con el oportunismo.

Así, para 1917, Trotsky y Lenin coincidían en las cuestiones decisivas del partido y del carácter de clase de la revolución. Tras su retorno del exilio el 4 de mayo, Trotsky no se unió inmediatamente a los bolcheviques, sino que trabajó con ellos mientras pertenecía a la organización Mezhraiontsi (Interdistrital), que se movía a la izquierda, y a la que él condujo hacia la fusión con los bolcheviques. La fusión se consumó en el VI Congreso de los bolcheviques, que comenzó a finales de julio. Como reconocería Lenin posteriormente, una vez que Trotsky comprendió la imposibilidad de la unificación con los mencheviques, “no ha habido mejor bolchevique que él” (citado en Trotsky, La revolución desfigurada [1929]).

Durante el transcurso de los sucesos de 1917, Lenin insistió en la necesidad de la toma del poder estatal por el proletariado. Después de que el primer Gobierno Provisional fuera derribado por una tormenta de indignación cuando prometió continuar la odiada guerra imperialista, un nuevo gobierno se formó a principios de mayo. Dirigentes eseristas y mencheviques aceptaron formalmente carteras ministeriales. Lenin explicó que los capitalistas rusos “recurrieron a un método que durante muchas décadas, desde 1848, ha sido practicado por los capitalistas de otros países para engañar, dividir y debilitar a los obreros. Este método es el del llamado ‘gobierno de coalición’, o sea un ministerio mixto formado por miembros de la burguesía y por tránsfugas del socialismo”. Y continuó:

“Los tontos de los partidos eserista y menchevique se regocijaban y se dejaban bañar jactanciosamente por los rayos de la gloria ministerial de sus jefes. Los capitalistas se frotaban las manos de gusto, pues en la persona de los ‘líderes de los Soviets’ encontraban una ayuda contra el pueblo y la promesa de apoyar las ‘operaciones ofensivas en el frente’, es decir, la reanudación de la rapaz guerra imperialista, que había sido interrumpida por algún tiempo.”
—“Las enseñanzas de la revolución” (agosto de 1917)

En su obra clásica El estado y la revolución (septiembre de 1917), Lenin rescató los escritos de Marx y Engels sobre la cuestión del estado de debajo de la montaña de ofuscación socialdemócrata. Señalando la principal lección que Marx obtuvo de la experiencia de la Comuna de París de 1871, cuando el proletariado parisino sostuvo el poder por casi tres meses antes de ser sanguinariamente aplastado, Lenin citó la afirmación de Marx en La guerra civil en Francia (1871) de que “la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines”. Lenin explicó: “El pensamiento de Marx consiste en que la clase obrera debe destruir, romper la ‘máquina estatal existente’ y no limitarse simplemente a apoderarse de ella.”

Lenin revivió el entendimiento de Marx de que el proletariado no podría mantener una alianza con el campesinado, ni mucho menos dirigirlo, a menos que los obreros tuvieran en sus manos el poder estatal: “El proletariado necesita el poder del estado, organización centralizada de la fuerza, organización de la violencia, tanto para aplastar la resistencia de los explotadores como para dirigir a la enorme masa de la población, a los campesinos, a la pequeña burguesía, a los semiproletarios, en la obra de ‘poner en marcha’ la economía socialista.”

Habiendo ya abandonado su fórmula anterior de una “dictadura democrática del proletariado y el campesinado”, Lenin afirmó explícitamente que el estado no puede representar a dos clases distintas:

“Además, la esencia de la teoría de Marx sobre el estado sólo la ha asimilado quien haya comprendido que la dictadura de una clase es necesaria, no sólo para toda sociedad de clases en general, no sólo para el proletariado después de derrocar a la burguesía, sino también para todo el período histórico que separa al capitalismo de la ‘sociedad sin clases’, del comunismo. Las formas de los estados burgueses son extraordinariamente diversas, pero su esencia es la misma: todos esos estados son, bajo una forma o bajo otra, pero, en último resultado, necesariamente, una dictadura de la burguesía. La transición del capitalismo al comunismo no puede, naturalmente, por menos de proporcionar una enorme abundancia y diversidad de formas políticas, pero la esencia de todas ellas será, necesariamente, una: la dictadura del proletariado.”
Cuando los bolcheviques dirigieron al proletariado al poder en octubre de 1917, le dieron carne y hueso al entendimiento marxista de la dictadura del proletariado.

La Comintern y la revolución colonial

La Revolución de Octubre tuvo un efecto electrizante internacionalmente. Éste se sintió más inmediatamente entre los obreros de las demás potencias europeas beligerantes, especialmente Alemania. Pero la oleada que inició llegó mucho más allá de Europa, pasando por el mundo colonial.

Entre quienes fueron atraídos por la bandera del comunismo, ocuparon un lugar prominente los estudiantes y demás intelectuales que querían superar la profunda opresión social, el gobierno autocrático y la sumisión al imperialismo en sus propios países, y habían perdido la esperanza de que sus propias burguesías, débiles y corruptas, lograran nada parecido a la Gran Revolución Francesa de 1789-93. Pero la joven Internacional Comunista (IC) estaba adentrándose en terreno virgen cuando enfrentó la cuestión de la relación entre los partidos comunistas del mundo colonial y los movimientos nacionalistas burgueses. Los bolcheviques esperaban que la revolución obrera en los centros imperialistas resolviera, en general, la cuestión colonial.

El primer trabajo de la Comintern respecto a la cuestión nacional y colonial estuvo dirigido en buena medida a trazar una línea programática dura entre los comunistas y la cloaca chovinista de la II Internacional. Antes de la Primera Guerra Mundial, había toda una gama de actitudes sobre la cuestión colonial dentro de la II Internacional. En el ala izquierda, había muchos que se solidarizaban con las víctimas coloniales de sus “propios” gobernantes. Pero estos “partidos de toda la clase” kautskianos también incluían elementos derechistas que defendían la misión “civilizadora” del imperialismo (y a veces eran abiertamente racistas respecto a pueblos “inferiores” en el exterior y en casa). Con el estallido de la guerra, los líderes socialistas probélicos actuaron como reclutadores para los esfuerzos imperialistas de defender y extender sus imperios coloniales.

Lenin trazó la línea más dura posible contra este socialchovinismo, e insistió en que “en el Estado capitalista, rechazar el derecho a la autodeterminación, es decir, el derecho de las naciones a la separación, no significa otra cosa que defender los privilegios de la nación dominante” (El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914). Una clase obrera en bloque con sus propios gobernantes contra las naciones oprimidas y las masas coloniales nunca podrá hacer una revolución socialista.

Las “21 condiciones” adoptadas por el II Congreso de la IC en 1920 exigían que los partidos comunistas de los países imperialistas apoyaran “no con palabras sino con hechos, todo movimiento de emancipación en las colonias” y llevaran a cabo “entre las tropas metropolitanas” de su propio país “una continua agitación contra toda opresión de los pueblos coloniales”. Al mismo tiempo, las “Tesis adicionales sobre los problemas nacional y colonial” del II Congreso advertían contra la subordinación del proletariado colonial a la burguesía, afirmando: “La Internacional Comunista debe sellar una alianza temporal con la democracia burguesa de los países coloniales y atrasados, pero no debe fusionarse a ella y tiene que mantener incondicionalmente la independencia del movimiento proletario incluso en sus formas más embrionarias.”

El II Congreso aún no había asimilado la importancia de los cambios producidos por la guerra mundial. Antes de 1914 prácticamente no había desarrollo industrial en los países coloniales y semicoloniales, cuyas economías estaban construidas en torno a la agricultura y la extracción de materias primas para beneficio de las potencias imperialistas. Pero con la desorganización del comercio internacional y el énfasis en la producción de guerra en las potencias beligerantes, países como China y la India experimentaron un crecimiento industrial sustancial y el rápido desarrollo de un proletariado joven y combativo. La guerra sofocó el abasto de bienes de consumo y la entrada de capital de las potencias de Europa Occidental, dando un poderoso ímpetu a la industria capitalista local.

A diferencia de la India, China no era una colonia tal cual. La Revolución China de 1911, dirigida por el movimiento nacionalista burgués de Sun Yat-sen, había derrocado a la decrépita dinastía Ching (manchú), que era sumisa a las potencias imperialistas. Sin embargo, el país pronto se vio conducido por el caudillismo y siguió postrado ante los imperialistas occidentales y japoneses, desmembrado en “esferas de influencia”. Por otro lado, para 1919 había ya cerca de un millón y medio de obreros industriales, concentrados en grandes empresas en unos cuantos centros urbanos (ver: “Los orígenes del trotskismo chino”, Spartacist [edición en español] No. 28, enero de 1998). Estos cambios le dieron al proletariado chino un gran poder social potencial; sin embargo, por sí mismos no respondían a la pregunta de si el proletariado, una pequeña minoría en un país de extremo atraso social, podía hacerse políticamente consciente y contender por el poder estatal. Para cuando esta pregunta fue planteada a quemarropa en 1925-27, la Comintern ya había iniciado su degeneración cualitativa.

El “frente único antiimperialista”

En su IV Congreso, celebrado en noviembre-diciembre de 1922, la IC introdujo la consigna del “frente único antiimperialista” en sus “Tesis generales sobre la cuestión de Oriente”. Esto iba más allá de la correcta consideración de acciones en común contra el imperialismo con las fuerzas burguesas del mundo colonial y semicolonial, y promovía un bloque político con esas fuerzas sobre la base de un programa mínimo de demandas democráticas.

Sin dejar de ser críticas de la burguesía colonial, estas Tesis eran ambiguas en la cuestión clave de la relación del proletariado con ésta: “El proletariado apoya y levanta reivindicaciones parciales, como por ejemplo la república democrática independiente, el otorgamiento de derechos de que están privadas las mujeres, etc., en tanto que la correlación de fuerzas existente en la actualidad no le permita plantear la realización de su programa sovietista.” Implícitamente, las Tesis planteaban un programa menchevique de “dos etapas” para la revolución colonial, siendo la primera etapa una lucha democrática contra el imperialismo.

Aunque las Tesis eran vagas respecto al trabajo de las secciones comunistas en los países atrasados, el delegado al congreso del Partido Comunista de Indonesia (PKI), Tan Malaka, defendió abiertamente la entrada previa de su partido a la nacionalista burguesa Liga Islámica (Sarekat Islam). La práctica del PKI contradecía claramente la insistencia del II Congreso en la independencia política del proletariado ante los nacionalistas burgueses. Y, mientras que el II Congreso había afirmado “la necesidad de luchar contra el panislamismo y otras corrientes de esta índole que tratan de combinar el movimiento de liberación contra el imperialismo europeo y americano con el fortalecimiento de las posiciones de los kanes, de los terratenientes, de los mullahs, etc.”, las Tesis del IV Congreso, en cambio, afirmaban con neutralidad: “Sin embargo, a medida que se amplía y madura el movimiento de emancipación nacional, las consignas político-religiosas del panislamismo son suplantadas por reivindicaciones políticas concretas.”

Ya antes del IV Congreso, el presidente de la IC, Grigorii Zinóviev, había declarado en el I Congreso de Trabajadores del Lejano Oriente que “la división del programa de los partidos comunistas entre un programa mínimo y un programa máximo...debe ser considerada como válida en el futuro inmediato, particularmente para los países del Lejano Oriente, en la medida que la próxima etapa del desarrollo de estos países es el derrocamiento democrático y la organización de clase —política y económica— independiente del proletariado” (“Tesis sobre las tareas de los comunistas en el Lejano Oriente”, enero de 1922).

Cuando el miembro del Comité Central bolchevique y futuro opositor de izquierda A.A. Ioffe fue comisionado para encabezar una misión diplomática soviética para negociar con el Guomindang (Partido Nacionalista—GMD) de Sun Yat-sen, buscó atenerse a la posición principista adoptada por el II Congreso contra las políticas que estaba impulsando el emisario del Comité Ejecutivo de la IC (CEIC) en China. En una carta del 22 de julio de 1922 al Politburó del Partido Comunista Ruso, Ioffe escribió:

“Nuestra política en China, como en todo el mundo, debe buscar sobre todo los fines de la revolución proletaria mundial… En la política interna de China, conducir una línea para la liberación nacional y la unificación de China, y la creación de una república china unida y verdaderamente independiente y libre-democrática (¿soviética?)… Apoyar al Partido Comunista Chino (PCCh) incluso más [que a Sun Yat-sen], sin temerle a su cercanía abierta con la embajada. Independientemente de la debilidad de este partido, considerar necesaria su completa independencia, y completamente incorrectos los esfuerzos de ciertos agentes del CEIC de la IC de fundir la organización de este partido con el partido de Sun Yat-sen.”
—traducido de Bol’shevistskoe rukovodstvo, Perepiska [Dirigencia bolchevique, Correspondencia], 1912-1927 (Moscú: ROSSPEN, 1996)

El agente del CEIC al que Ioffe se refería era G. Maring (Henricus Sneevliet), un comunista holandés que había orquestado la entrada del PKI al Sarekat Islam. En agosto de 1922, Maring le impuso al joven PCCh una entrada parcial al GMD. Maring estaba apoyado por el CEIC. Sin una alternativa al curso de Maring, y en un esfuerzo por presionar a Sun Yat-sen a que actuara contra los imperialistas en China, en enero de 1923 Ioffe firmó un “pacto de no agresión” con el GMD que rechazaba intentos de introducir el comunismo en China. Ese agosto, una resolución del Politburó propuesta por Stalin y que asignaba a Mijaíl Borodin como Asesor Político de Sun afirmaba: “Instruir al camarada Borodin para que su trabajo con Sun Yat-sen esté guiado por los intereses del movimiento de liberación nacional de China, y que no se distraiga con el objetivo de implantar el comunismo en China” (énfasis añadido). Stalin se salió con la suya. En su tercera conferencia nacional ese año, el PCCh votó por convertir su entrada parcial en una entrada completa y resolvió que “el GMD debe ser la fuerza central de la revolución nacional y debe asumir su dirigencia.”

Para cuando tuvo lugar el IV Congreso de la IC, Lenin estaba cada vez más marginado por la enfermedad y una “Troika” (triunvirato) anti-Trotsky se había formado con Stalin, Zinóviev y Lev Kámenev para ponerse al frente del Partido Comunista soviético y la IC. Los cinco miembros del Comité Central del PCCh se habían opuesto inicialmente a la entrada en el GMD. Sus objeciones deberían haberse discutido y debatido plenamente al interior de la Comintern. Pero estas diferencias se mantuvieron ocultas a los oponentes de esta camarilla burocrática que se estaba cristalizando en la cima del estado soviético y la Comintern.

De todas formas, Trotsky se opuso a la línea de la Troika de entrada al GMD cuando llegó el momento de votarla en el Politburó en 1923 y en adelante. Si bien expresó abiertamente su oposición a la Troika sólo dentro del Politburó, al mismo tiempo Trotsky se distinguió públicamente por advertir a los comunistas de Oriente contra mezclar sus programas con el nacionalismo de partidos como el GMD. Se opuso a la concepción de partidos de dos clases “obrero-campesinos” o “granjero-laborista” promovida por Zinóviev y Stalin para Estados Unidos, Polonia y otros países —con efectos desastrosos— e insistió en que el Guomindang era un partido burgués.

El “socialismo en un solo país”: Una “teoría” para la traición

Cuando Lenin se hubo recuperado de su ataque de apoplejía en el otoño de 1922, se horrorizó al enterarse de que las presiones de la creciente capa burocrática en el estado y el partido soviéticos estaban encontrando cada vez más expresión en el Politburó. Entonces colaboró con Trotsky para que se rechazara una propuesta de Stalin y otros de debilitar el monopolio sobre el comercio exterior, un baluarte crucial de la economía colectivizada. Luego, Lenin decidió consumar un bloque con Trotsky para retirar a Stalin de su puesto de Secretario General en el XII Congreso del Partido de abril de 1923, en buena medida debido a una política abusiva, que apestaba a chovinismo gran ruso, impulsada por Stalin y sus compinches hacia las nacionalidades no rusas del Cáucaso. Pero Lenin fue atacado una vez más por la enfermedad en marzo de 1923, ante lo cual Trotsky dio un paso atrás y no libró una lucha tajante. Con la Troika al mando, el XII Congreso dedicó un punto especial del orden del día a darle la bienvenida a sus filas al viejo economicista y menchevique Aleksandr Martínov.

Martínov llegaría a ser una parte central en la lucha de la Troika contra Trotsky respecto a China. Fue Martínov, por ejemplo, quien acuñó la caracterización del GMD como un “bloque de cuatro clases” (obreros, campesinos, pequeña burguesía y burguesía nacional), que se usó para justificar la liquidación del PCCh dentro de ese partido nacionalista burgués. Como habría de notar Trotsky en “¿Quién dirige hoy la Internacional Comunista?” (septiembre de 1928):

“Martínov no solamente se ha infiltrado en el partido, sino que también se ha convertido en uno de los principales inspiradores de la Internacional… se han acercado y se han rebajado únicamente a causa de su lucha contra el ‘trotskismo’. En este aspecto no le ha sido necesaria ninguna reeducación; ha continuado atacando la ‘revolución permanente’ como en los veinte años anteriores.”
Pocos meses después del XII Congreso del Partido, en 1923 vino la derrota de la revolución en Alemania, que tuvo enormes consecuencias a escala mundial. El fracaso en Alemania se debió a la incapacidad de la Internacional Comunista dirigida por Zinóviev y a la ausencia en Alemania de un Partido Comunista suficientemente templado: el KPD alemán se adaptó a la socialdemocracia y, en octubre, incluso entró en gobiernos regionales burgueses dirigidos por la socialdemocracia (ver: “Rearmando al bolchevismo—Una crítica trotskista de Alemania 1923 y la Comintern”, Spartacist [edición en español] No. 31, agosto de 2001). La ola revolucionaria de posguerra, que ya para 1921 estaba retrocediendo, se detuvo, y el orden burgués global se estabilizó. En la Rusia soviética, los obreros habían estado siguiendo intensamente el curso de la revolución obrera alemana. Su derrota tuvo entre los obreros soviéticos un enorme efecto desmoralizador, prolongando el aislamiento del estado obrero y ayudando a pavimentar el camino a la usurpación del poder político del proletariado por la naciente burocracia soviética.

Las elecciones a la XIII Conferencia del Partido de enero de 1924 estuvieron arregladas para no permitir más que tres representantes del laxo agrupamiento de oposicionistas asociados a Trotsky, pese a su amplio apoyo en los centros urbanos y el Ejército Rojo. El “trotskismo” fue condenado como una herejía antitética al leninismo. Lenin murió el 21 de enero, al día siguiente de enterarse del resultado de la Conferencia. Después de enero de 1924, la gente que gobernaba la URSS, la forma en que era gobernada y los fines para los que se le gobernaba cambiaron. En el otoño de 1924, Stalin generalizó la aversión de la burocracia conservadora hacia el programa proletario, revolucionario e internacionalista de la Revolución de Octubre con su “teoría” de que el socialismo —una sociedad basada en un nivel de productividad cualitativamente más alto en la que las clases han desaparecido y el estado se ha desvanecido— se puede construir en un solo país, incluso si éste era la económicamente devastada Rusia.

El “socialismo en un solo país” fue un programa de retirada y una promesa falsa de la estabilidad que la sociedad soviética añoraba tras años de guerra, revolución y pobreza; cristalizaba el estado de ánimo de conservadurismo que afectó no sólo al partido soviético, sino a los jóvenes partidos comunistas de Occidente ante la reestabilización del capitalismo mundial; negaba la teoría y la práctica no sólo de Lenin y el Partido Bolchevique, sino también de Marx y Engels, que siempre habían sido explícitos respecto a que el socialismo sólo podría triunfar como sistema mundial.

El “socialismo en un solo país” fue la bandera bajo la cual el estalinismo traicionó incontables oportunidades revolucionarias. Pero la transformación de la IC de un instrumento de la revolución socialista mundial en una agencia de maniobras diplomáticas no ocurrió de la noche a la mañana. Durante la década de 1920, Zinóviev, y luego Stalin, experimentaron con diversas coaliciones con fuerzas burguesas, que terminaron llevando al asesino sabotaje de la Segunda Revolución China de 1925-27. Para 1933, la Comintern de Stalin no pudo despertar ante lo que Trotsky llamó “el trueno del fascismo”: la victoria de los nazis de Hitler sin que el poderoso movimiento obrero alemán hubiera disparado un solo tiro. Cuando esta catástrofe, producto directo de la política de Stalin, no ocasionó indignación dentro de las filas de la III Internacional, ni siquiera desacuerdos internos significativos, Trotsky llegó a la concusión de que la IC había demostrado estar completamente muerta como fuerza para la revolución. Para 1935 ya había codificado explícitamente un programa de colaboración de clases (el Frente Popular) y había desempeñado un agresivo papel contrarrevolucionario en la Guerra Civil Española para apuntalar el dominio burgués. La Comintern estalinizada era, en efecto, como la describió Trotsky, “el gran organizador de derrotas”.


Última edición por Guardia Rojo. el Jue Sep 13, 2012 10:23 pm, editado 1 vez
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«El desarrollo y extensión de la teoría de la revolución permanente de León Trotzki»  Empty Re: «El desarrollo y extensión de la teoría de la revolución permanente de León Trotzki»

Mensaje por Guardia Rojo. el Jue Sep 13, 2012 10:15 pm

Tercera Parte

Fue tras la catastrófica derrota de la Segunda Revolución China de 1925-27 que León Trotsky generalizó su teoría y perspectiva de la revolución permanente, que había sido confirmada por la Revolución Rusa de Octubre de 1917, a otros países de desarrollo capitalista tardío. En el periodo entre 1923 y 1925, el proletariado chino no había emergido todavía como contendiente por el poder. En ese momento, Trotsky correctamente apoyó la ayuda militar soviética al Guomindang nacionalista burgués y el bloque militar entre el GMD y el PCCh en contra de los señores de la guerra, que eran agentes de una u otra potencia imperialista. Su pronóstico para las revoluciones coloniales en este periodo todavía tenía la cualidad tentativa de las “Tesis sobre la cuestión nacional y colonial” del II Congreso de la Internacional Comunista de 1920, que no excluía la posibilidad de que apareciera por algún tiempo un régimen burgués radical en China.

Aun mientras advertía a los embrionarios movimientos comunistas de Oriente contra la adaptación al nacionalismo, Trotsky declaró: “No hay ninguna duda de que si el Guomindang de China logra unificar a dicho país bajo un régimen nacionalista democrático, el desarrollo capitalista de China avanzará a pasos agigantados” (“Perspectivas y tareas en el Lejano Oriente”, abril de 1924, reimpreso bajo el encabezado “El comunismo y las mujeres de Oriente” en Spartacist [edición en inglés] No. 60, otoño de 2007). Sin embargo, a diferencia del triunvirato de I.V. Stalin, Lev Kámenev y Grigorii Zinóviev, que estaba a la cabeza del Partido Comunista Soviético y la IC, Trotsky se opuso a la entrada del PCCh al Guomindang. Insistió en que los comunistas chinos mantuvieran su independencia y no mezclaran banderas políticas con los nacionalistas burgueses.

La Segunda Revolución China comenzó con el Incidente de Shanghai del 30 de mayo de 1925, cuando las tropas británicas dispararon sobre una manifestación que protestaba contra la represión a los huelguistas, y mataron a doce. En respuesta, fue convocada una huelga general en Shanghai, que rápidamente se extendió. Las mercancías británicas fueron boicoteadas y los estibadores chinos en Hong Kong bloquearon el puerto. El GMD echó al señor de la guerra local de Cantón, pero la creciente huelga general hizo que un choque entre la burguesía china y el proletariado fuera inevitable. En 1925, hasta un millón de obreros participaron en huelgas, muchas de ellas de naturaleza directamente política. Dos años después, los sindicatos chinos contaban con tres millones de miembros.

Sun Yat-sen, el fundador del nacionalismo chino, había muerto en 1925. Su sucesor, el general Chiang Kai-shek, lanzó un golpe en Cantón en marzo de 1926 para aplastar al proletariado y echar atrás las posiciones del PCCh dentro del GMD. En mayo, Chiang ordenó al PCCh entregar una lista de sus miembros en el GMD. Algunos dirigentes centrales del PCCh renovaron sus llamados por que el partido saliera del GMD. Pero el representante de la IC, Mijaíl Borodin, declaró que los comunistas debían “servir como coolies [peones]” al GMD, y este partido nacionalista fue incluso admitido en la Comintern como sección “simpatizante”. Sólo Trotsky votó en contra de esto en el Buró Político ruso. La “revolución por etapas” propuesta para China por la Comintern de Stalin fue una repetición de la servil posición que adoptaron los mencheviques en 1917 cuando apoyaron y luego ingresaron al Gobierno Provisional burgués —con el giro adicional de que el PCCh fue liquidado masivamente en el Guomindang burgués—.

Los sucesos políticos decisivos tuvieron lugar el año siguiente en Shanghai. Mientras el ejército de Chiang se acercaba en marzo, más de 500 mil obreros participaron en una huelga general, que se convirtió en una insurrección. Los obreros tomaron por asalto las estaciones de policía y echaron de la ciudad a los señores de la guerra. El proletariado tenía a Shanghai en sus manos, pero Stalin ordenó al PCCh dar una bienvenida triunfal a Chiang cuando éste entrara a la ciudad el 26 de marzo. Dos días después Chiang declaró la ley marcial. El 31 de marzo, mientras se desarrollaban estos sucesos, Trotsky exigió que el PCCh organizara soviets e iniciara una lucha revolucionaria por el poder. Pero el mismo día, Stalin y cía. ordenaron al PCCh esconder sus armas. Stalin había ordenado una rendición, y Chiang no iba a tomar prisioneros.

El 12 de abril, Chiang lanzó un golpe masivo: decenas de miles de comunistas y militantes sindicales fueron masacrados. Entonces, la Comintern volteó hacia la fracción de “izquierda” del Guomindang con base en Wuhan e hizo que el PCCh entrara en una coalición gubernamental ahí. Pero la “izquierda” del GMD volteó rápidamente sus armas contra el PCCh y se reunificó con Chiang.

Mientras se abría el XV Congreso del Partido Comunista Ruso en diciembre de 1927, Stalin, ante las duras críticas de Trotsky a sus políticas conciliacionistas, llamó cínicamente por una insurrección en Cantón. Stalin, quien había luchado contra el llamado de Trotsky por formar soviets en el punto álgi-do del levantamiento proletario, ahora pretendía conjurar de la nada un “soviet” de Cantón. Los obreros comunistas, a pesar de sus heroicos esfuerzos, nunca tuvieron ni la menor posibilidad. Tras la gran derrota en Shanghai, el grueso de las masas obreras permaneció pasivo. Se calcula que la Comuna de Cantón sumó 5 mil 700 muertos a la terrible cuota de 1927.

La derrota de la Segunda Revolución China tuvo un profundo impacto en el PCCh. Al retirarse al campo, el partido se alejó del proletariado, transformándose en un partido campesino, tanto en composición como en perspectiva política. Cuando la Revolución China de 1949 derrocó el dominio capitalista, lo hizo bajo la dirección de un partido estalinizado, basado en el campesinado, que estableció un estado obrero burocráticamente deformado en el que el proletariado fue excluido del poder político.

La revolución permanente y la Oposición Unificada

Era indispensable evaluar políticamente la catastrófica derrota de la Revolución China de 1925-27, y fue Trotsky quien lo hizo. A partir de marzo de 1926, su atención había estado enfocada en China. Cuando presentó un informe al Politburó ese mes sobre los peligros diplomático-militares en el Lejano Oriente, propuso de nuevo que el PCCh saliera del Guomindang al instante. Como señaló el historiador marxista Isaac Deutscher en El profeta desarmado (1959), Trotsky sostuvo que “la tarea de los diplomáticos consistía en pactar acuerdos con los gobiernos burgueses existentes —incluso con los viejos señores feudales—, pero el deber de los revolucionarios consistía en derrocarlos.” Ésta era una declaración de guerra por parte de Trotsky, el inicio de su intervención directa en las políticas de la Comintern en China.

En septiembre de 1926, Trotsky argumentó en “El Partido Comunista Chino y el Kuomintang”:

La pequeña burguesía por sí misma, por muy numerosa que sea, no puede decidir la línea principal de la política revolucionaria. La diferenciación de la lucha política según líneas de clase, la aguda divergencia entre el proletariado y la burguesía, implica una lucha entre éstos por la influencia sobre la pequeña burguesía, e implica la vacilación de la pequeña burguesía entre los mercaderes por un lado, y los obreros y comunistas, por el otro lado.”

Hasta ese año, Trotsky había buscado evadir el cargo de la burocracia de que la teoría de la revolución permanente era su pecado original en contra del leninismo. Pero ahora la cuestión de la revolución permanente vs. el dogma menchevique-estalinista de la revolución “por etapas” planteaba el destino mismo del proletariado chino. Como Trotsky escribiría en un pie de página en La revolución permanente (1930): “Sólo me he visto obligado a volver sobre el asunto en el momento en que la crítica de la teoría de la revolución permanente, hecha por los epígonos, no sólo alimenta la reacción teórica en toda la Internacional, sino que se convierte en un instrumento directo de sabotaje de la Revolución china.”

Durante la mayor parte del periodo en que la disputa sobre China estaba en su apogeo, la Oposición de Izquierda de Trotsky sostenía un bloque político con la oposición con base en Leningrado de Zinóviev, quien, junto con Kámenev, había roto con Stalin a finales de 1925. En “Un balance crítico: Trotsky y la Oposición de Izquierda rusa” (Spartacist [edición en español] No. 31, agosto de 2001) observamos: “Trotsky y Zinóviev-Kámenev compartían una oposición teórica al ‘socialismo en un solo país’ y una oposición a la política económica procampesina del bloque Stalin-Bujarin. Pero estaban en desacuerdo sobre la política concreta de la Comintern.”

Dentro de esta Oposición Unificada había diferencias significativas sobre China. Zinóviev había sido el presidente de la Comintern hasta que lo destituyeron en octubre de 1926 y, por tanto, tenía gran responsabilidad por la política anterior de ésta en China, incluyendo la decisión de entrar al Guomindang. Los zinovievistas se opusieron a la exigencia de Trotsky de que el PCCh saliera del GMD, aun después de que este último había comenzado abiertamente a llevar a cabo medidas contrarrevolucionarias. Y la línea pública de la Oposición Unificada era la de los zinovievistas.

A principios de 1927, como parte de su acomodación a Zinóviev, Trotsky apoyó el llamado por una “dictadura democrática del proletariado y el campesinado”, una consigna que había rechazado dos décadas antes en el contexto ruso. Así mismo, la plataforma de la Oposición Unificada de septiembre de 1927 declaraba: “Trotsky ha declarado a la Internacional que en todas las cuestiones de principio sobre las cuales discutió con Lenin, éste tenía razón, en particular en lo que respecta a la cuestión de la revolución permanente y de los campesinos.” Y para cuando la Oposición Unificada llamó públicamente por que el PCCh saliera del Guomindang en el otoño de 1927, la cuestión estaba zanjada, ya que todas las alas del GMD se habían vuelto contra los comunistas.

No fue sino hasta septiembre de 1927 que Trotsky afirmó sin ambages que “la revolución china en su nueva etapa ganará como dictadura del proletariado, o no ganará en lo absoluto” (“Nuevas oportunidades para la Revolución China”). En una carta de 1928 al militante de la Oposición de Izquierda Evguenii Preobrazhensky, Trotsky reconoció:

“De abril a mayo de 1927 yo apoyé la consigna de dictadura democrática del proletariado y los campesinos para China (más correctamente, yo acepté esta consigna) en la medida en que las fuerzas sociales todavía no habían dado su veredicto político, aunque la situación en China era muchísimo menos propicia para esta consigna que la que existía en Rusia. Luego de que la acción histórica colosal dio su veredicto (la experiencia de Wuhan), la consigna de dictadura democrática se convirtió en una fuerza reaccionaria y llevará inevitablemente al oportunismo o al aventurerismo.”
Trotsky resumió una lección política cardinal de la derrota de la Segunda Revolución China en “La situación política en China y las tareas de la Oposición Bolchevique-Leninista” (junio de 1929):

“El partido del proletariado, jamás y en ninguna circunstancia, puede entrar en un partido de otra clase o fusionarse organizativamente con él. El partido proletario absolutamente independiente es el primer y principal requisito de la política comunista.”

Zinóviev y Kámenev capitularon a Stalin en el XV Congreso del Partido en diciembre de 1927. Al poco tiempo, unos mil 500 oposicionistas fueron expulsados y sólo se les permitió reingresar con la condición de denunciar la revolución permanente. Este congreso marcó el fin de la Oposición Unificada y sacudió a la Oposición de Izquierda misma; algunos de sus miembros se reconciliaron con el dogma nacionalista del “socialismo en un solo país”. Preobrazhensky declaró, “Nosotros, los viejos bolcheviques de la Oposición, debemos desligarnos de Trotsky en lo tocante a la revolución permanente” (citado en Isaac Deutscher, El profeta desarmado).

Trotsky se rearma

Al enfrentar el reto sin precedentes de luchar en contra de la usurpación burocrática en la Unión Soviética y sus catastróficas consecuencias en China, Trotsky tuvo que crecer como dirigente partidista leninista. Una carta que Adolf Ioffe dejó para Trotsky al suicidarse desempeñó un papel clave en reforzar la resolución de Trotsky en la lucha por forjar la Oposición de Izquierda Internacional. (Los estalinistas habían negado a Ioffe permiso para viajar al extranjero para buscar tratamiento médico.) En su carta del 16 de noviembre de 1927, Ioffe declaró:

“Siempre he pensado que a usted le faltaban aquella inflexibilidad y aquella intransigencia de Lenin. Aquel carácter del hombre que está dispuesto a seguir por el camino que se ha trazado por saber que es el único, aunque sea solo, en la seguridad de que, tarde o temprano, tendrá a su lado la mayoría… Usted ha tenido siempre razón políticamente, desde el año de 1905, y repetidas veces le dije a usted que le había oído a Lenin, por mis propios oídos, reconocer que en el año 1905 no era él, sino usted, quien tenía razón…

“Pero usted ha renunciado con harta frecuencia a la razón que le asistía, para someterse a pactos y compromisos a los que daba demasiada importancia. Y eso es un error.”


En sus últimas palabras, Ioffe confirmó que Lenin había reconocido explícitamente la justeza de la teoría de la revolución permanente propuesta por Trotsky para Rusia en 1905. Ioffe escribió esto justo en el momento en que Trotsky comprendió la validez mundial de la revolución permanente. De una vez por todas, Trotsky asimiló la política de Lenin de “delimitación ideológica y de escisión, allí donde fuera necesaria, a fin de forjar y templar un verdadero partido revolucionario”, como lo puso en La revolución permanente, que enmarcó como una polémica contra Karl Rádek, uno de los oposicionistas originales que habían capitulado a Stalin.

El documento programático fundador del movimiento trotskista internacional fue “Crítica del programa de la Internacional Comunista” (publicado en La Internacional Comunista después de Lenin, también conocido como Stalin, el gran organizador de derrotas) de Trotsky, una crítica al borrador de programa de Stalin-Bujarin propuesto al VI Congreso de la IC en 1928. Trotsky sacó las lecciones más tajantes de la derrota de la Segunda Revolución China, y vinculó la lucha contra la degeneración burocrática de la Revolución Rusa con la defensa de la revolución permanente como el núcleo del programa para el mundo colonial y semicolonial. Denunció la consigna de la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” como una “trampa al proletariado” y afirmó enfáticamente que la revolución permanente había sido “plenamente verificada y probada: en el plano teórico, por las obras completas de Marx y de Lenin; en el plano práctico, por la experiencia de la Revolución de Octubre”.

En “Balance y perspectivas de la Revolución China” (también incluido en La Internacional Comunista después de Lenin), Trotsky señalaba que en el breve tiempo en que los obreros comunistas sostuvieron el poder en Cantón, su programa incluyó el control obrero de la producción, nacionalización de la gran industria, los bancos y el transporte, “e incluso la confiscación de las viviendas de la burguesía y de todos los bienes de ésta en provecho de los trabajadores”. Y preguntaba: “¡Si éstos son los métodos de la revolución burguesa, uno se pregunta a qué se parecerá en China la revolución proletaria!”

Trotsky explicó la revolución permanente como la antítesis del “socialismo en un solo país”:

“Y aquí llegamos de lleno a dos puntos de vista que se excluyen recíprocamente: la teoría internacional revolucionaria de la revolución permanente y la teoría nacional-reformista del socialismo en un solo país. No sólo la China atrasada, sino en general ninguno de los países del mundo, podría edificar el socialismo en su marco nacional...”
—La revolución permanente

En su introducción de noviembre de 1929 a la primera edición rusa de La revolución permanente, Trotsky señaló, “La revolución socialista empieza dentro de las fronteras nacionales; pero no puede contenerse en ellas. La contención de la revolución proletaria dentro de un territorio nacional no puede ser más que un régimen transitorio, aunque sea prolongado, como lo demuestra la experiencia de la Unión Soviética. Sin embargo, con la existencia de una dictadura proletaria aislada, las contradicciones interiores y exteriores crecen paralelamente a los éxitos. De continuar aislado, el estado proletario caería, más tarde o más temprano, víctima de dichas contradicciones.”

Cientos de jóvenes cuadros del PCCh que estudiaban en Moscú fueron ganados a la Oposición de Izquierda. Pero no fue sino hasta la decapitación del proletariado en abril de 1927 que dirigentes del PCCh en China como Chen Duxiu se enteraron de la lucha de Trotsky. Para entonces, Chen, el dirigente fundador del comunismo chino, se había vuelto el chivo expiatorio para el desastre sangriento que el colaboracionismo de clases de Stalin había fraguado. Aunque aislado, Chen todavía tenía muchos defensores entre los altos cuadros del partido que compartían su opinión de que la liquidación en el Guomindang había estado tras la derrota. Ellos habían oído de luchas fraccionales en el partido ruso pero no tenían idea de qué se trataban. Cuando finalmente leyeron la crítica por parte de Trotsky a la traición estalinista en China, Chen y muchos otros fueron ganados al trotskismo. Aunque Chen había puesto en práctica la línea desastrosa de la Comintern, había reflexionado sobre sus errores, lo que lo hizo un mejor comunista.

Muchos trotskistas chinos fueron asesinados por el régimen de Stalin. Para finales de la década de 1930, para consolidar su posición sobre la burocracia que había usurpado el control del partido y el estado soviéticos, Stalin había asesinado o eliminado de otros modos a prácticamente cada uno de los cuadros sobrevivientes de los “viejos bolcheviques”.

En China, los trotskistas buscaron mantener raíces dentro de la clase obrera urbana bajo condiciones extremadamente onerosas. En el punto más alto del terror contrarrevolucionario de Chiang vino la asesina ocupación de China por el imperialismo japonés. Como señalamos en “Los orígenes del trotskismo chino” (Spartacist [edición en español] No. 28, enero de 1998): “Los años 30 vieron algunas luchas económicas esporádicas de los obreros en Shanghai y Hong Kong, en las cuales los trotskistas jugaron papeles dirigentes. Sin embargo, la postración general de las masas trabajadoras, cuyos sindicatos y otras organizaciones legales habían sido aplastados, infligió un gran costo político.”

El menchevismo etapista del PCS

En la secuela de la debacle china, la Comintern estalinizada proclamó la inminencia de la revolución mundial y se embarcó en su curso sectario seudoizquierdista del “Tercer Periodo”, abjurando de los frentes unidos con otras organizaciones obreras y construyendo “sindicatos rojos” en contraposición a los sindicatos existentes dirigidos por socialdemócratas y otros. El Tercer Periodo fue empujado en gran medida por las circunstancias internas que encaraba la burocracia soviética. La amenaza de un levantamiento contrarrevolucionario de los campesinos más ricos (kulaks) llevó a Stalin a romper con sus políticas derechistas conciliacionistas, que eran articuladas particularmente por su aliado Nikolai Bujarin. Ahora, Stalin tomó prestado el programa de colectivización e industrialización planificada de la Oposición de Izquierda, aunque llevado a cabo por la burocracia de una manera arbitraria y aventurera y a un paso vertiginoso. Este giro facilitó la capitulación de dirigentes oposicionistas como Rádek y Preobrazhensky.

Pero la burocracia estalinista nunca vaciló respecto a su dogma nacionalista del “socialismo en un solo país”, y en los países de desarrollo capitalista tardío profundizó y codificó la línea etapista liquidacionista que llevó a la traición de la Revolución China. Esto se vio claramente hace poco en un congreso del Partido Comunista Sudafricano (PCS) en julio de 2007, en donde un documento presentado por la dirección del partido citaba los siguientes pasajes de una resolución del VI Congreso de la IC de 1928:

“Nuestro propósito debe ser transformar al Congreso Nacional Africano en una organización nacionalista combativa y revolucionaria en contra de la burguesía blanca y los imperialistas británicos, basada en los sindicatos, las organizaciones campesinas, etc., desarrollando sistemáticamente la dirección de los obreros y del Partido Comunista en esta organización [repetimos: “desarrollando sistemáticamente la dirección de los obreros y del Partido Comunista en esta organización”]… El desarrollo de un movimiento nacional-revolucionario de los trabajadores de Sudáfrica...constituye una de las principales tareas del Partido Comunista Sudafricano.”
—Informe político del Comité Central del XI Congreso del PCS, propuesto ante el XII Congreso (corchetes y énfasis en el original)

Al retomar el VI Congreso de la Comintern, la dirección del PCS ofrece hoy una hoja de parra de legitimidad histórica para su continua subordinación al Congreso Nacional Africano (CNA) nacionalista burgués y para la participación del PCS en la Alianza Tripartita capitalista dirigida por el CNA, un frente popular nacionalista que llegó al poder en 1994, lo cual señaló el final del régimen del apartheid. Ésta no es la “ortodoxia” del bolchevismo de Lenin, sino de la traición estalinista. En Sudáfrica, donde la clase capitalista es blanca (incluyendo ahora a un puñado de otros), la división fundamental en clases está altamente distorsionada por la lente del color racial. El PCS usa esta característica histórica de la sociedad sudafricana para impulsar de manera mucho más abierta y desvergonzada su alianza colaboracionista de clases con el CNA.

Era necesario para los marxistas revolucionarios dar apoyo militar al CNA en su lucha contra el régimen supremacista blanco del apartheid, de la misma forma en que el II Congreso de la Comintern llamó por apoyar las luchas de liberación nacional contra las potencias imperialistas. Pero los estalinistas ordenaron darle apoyo político a lo que era un movimiento nacionalista pequeñoburgués. Hoy en día, el CNA burgués y su socio el PCS administran el capitalismo del neoapartheid, reforzando la brutal explotación del proletariado mayoritariamente negro a favor de los “Randlords” blancos sudafricanos y sus socios mayores en Wall Street y la City de Londres. Hoy como antes, la lucha por la liberación nacional puede ser una poderosa fuerza motriz para la revolución socialista en Sudáfrica. Pero la precondición para la victoria es la independencia política del proletariado respecto a todas las alas de la burguesía.

Para justificar su participación en el gobierno, el PCS tiene que fingir que la Alianza Tripartita no es un gobierno burgués. El PCS afirma que “el estado democrático posterior a 1994 no es inherentemente capitalista; es, de hecho, objeto de una reñida contienda entre clases” y que los obreros pueden de alguna manera conseguir la “hegemonía” o el control de ese estado. Para mantener cualquier pretensión al manto del comunismo, la dirección del PCS tiene que falsificar la experiencia de la Revolución de Octubre. En “Lecciones de la Revolución Bolchevique” (Umsebenzi en línea, 6 de noviembre de 2002), el PCS declara:

“Bajo nuestras circunstancias, tenemos que alejarnos de la ilusión de la ‘total’ toma del poder, o de la ‘completa’ ruptura con el sistema global. También debemos alejarnos de la idea de que hay una Muralla China entre las tareas de la revolución nacional democrática y la tarea de avanzar hacia el socialismo… Necesitamos aproximarnos a la revolución nacional democrática actual para liberar a la mayoría negra, africanos en particular, como un proceso complejo y dialéctico que necesariamente debe tener características no capitalistas y antiimperialistas si es que va a tener éxito en absoluto.
“Éstas son las lecciones que creemos deben sacarse, en parte, de la gran Revolución Bolchevique y sus consecuencias.”
Lo que el PCS denuncia como “ilusiones” son la toma del poder por el proletariado y el derrocamiento “completo” del yugo del imperialismo global, como parte de una lucha por la revolución socialista mundial. Para disfrazar la naturaleza de clase del estado capitalista y encubrir su propia hostilidad al bolchevismo, la dirección del PCS sostiene la promesa de que la “revolución nacional democrática” es algo que se desarrolla orgánicamente hacia el socialismo. En 1917, el Gobierno Provisional burgués de Rusia no se desarrolló hacia un régimen socialista, sino que fue derrocado por la insurrección proletaria dirigida por los bolcheviques. Sólo cuando el estado burgués fue aplastado y remplazado por el poder soviético —la dictadura del proletariado apoyada por el campesinado— fue posible realizar las tareas de la revolución democrática. Trotsky mismo demostró la falsedad de esta concepción del “desarrollo” en 1931, cuando, como ahora, era usada como justificación para que quienes se proclamaban socialistas dieran apoyo político a formaciones burguesas:

“No es el poder burgués el que se transforma en obrero-campesino y luego en proletario, no; el poder de una clase no se ‘transforma’ en poder de otra, sino que se arrebata con las armas en la mano. Pero después que la clase obrera ha conquistado el poder, los fines democráticos del régimen proletario se transforman inevitablemente en socialistas. El tránsito orgánico y por evolución de la democracia al socialismo es concebible sólo bajo la dictadura del proletariado. He aquí la idea de Lenin.”
—“La Revolución Española y sus peligros”, 28 de mayo de 1931

La búsqueda proletaria de la consecución de sus intereses de clase requiere no sólo su independencia organizativa frente a los partidos capitalistas como el CNA, sino también la oposición política a ellos. Spartacist South Africa, sección de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista), llama a romper con la Alianza Tripartita y forjar un partido leninista-trotskista que luche por un gobierno obrero centrado en los negros. Esto no significa poner en el poder un gobierno laborista que administre el capitalismo, como los gobiernos laboristas británicos, sino una lucha revolucionaria que derroque el orden capitalista.

La realidad sudafricana demuestra tajantemente la necesidad de la revolución permanente. El proletariado es brutalmente explotado en las minas y fábricas. En el campo, millones de negros se ven relegados a una pobreza desesperante en lo que anteriormente eran los bantustanes, mientras la tierra productiva está principalmente en manos de granjeros blancos que dependen de trabajadores negros que laboran por casi nada. La pandemia del sida que continúa destrozando Sudáfrica exige una lucha por un sistema de salud pública de calidad, incluyendo el acceso a antirretrovirales gratuitos, y una lucha contra la indigencia, así como contra el atraso religioso y antimujer que ha alimentado el esparcimiento de la enfermedad. La extensión del sida a través del África subsahariana y en otras partes y la necesidad de utilizar todos los recursos científicos para combatirla, que están disponibles especialmente en los países industrialmente avanzados, exigen romper el estrecho marco del nacionalismo burgués. Viviendas adecuadas para millones en los distritos segregados y en los shantytowns (paupérrimos distritos negros), electricidad y agua limpia para la población entera, educación gratuita de calidad, la erradicación del lobola (precio de novia) y la mutilación genital femenina: estas medidas desesperadamente necesarias requieren la transformación socialista de la economía y la sociedad bajo una dictadura del proletariado que luche para promover la revolución socialista internacionalmente.


Última edición por Guardia Rojo. el Jue Sep 13, 2012 10:25 pm, editado 1 vez
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«El desarrollo y extensión de la teoría de la revolución permanente de León Trotzki»  Empty Re: «El desarrollo y extensión de la teoría de la revolución permanente de León Trotzki»

Mensaje por Guardia Rojo. el Jue Sep 13, 2012 10:18 pm

Cuarta Parte

Al generalizar y extender el concepto de la revolución permanente tras la derrota de la Revolución China de 1925-27, León Trotsky explicó en La revolución permanente (1930):

“¿Significa esto, por lo menos, que todo país, incluso un país colonial atrasado, haya madurado ya si no para el socialismo, para la dictadura del proletariado? No. Entonces, ¿qué posición adoptar ante la revolución democrática en general y en las colonias en particular? ¿Dónde está escrito, contesto yo, que todo país colonial haya madurado ya para la resolución inmediata y completa de sus problemas nacionales y democráticos? Hay que plantear la cuestión de otro modo. En las condiciones de la época imperialista, la revolución nacional-democrática sólo puede ser conducida hasta la victoria en el caso de que las relaciones sociales y políticas del país de que se trate hayan madurado en el sentido de elevar al proletariado al poder como dirigente de las masas populares. ¿Y si no es así? Entonces, la lucha por la emancipación nacional dará resultados muy exiguos, dirigidos enteramente contra las masas trabajadoras. En 1905, el proletariado de Rusia no se mostró aún suficientemente fuerte para agrupar a su alrededor a las masas campesinas y conquistar el poder. Por esta misma causa, la revolución quedó detenida a medio camino y después fue descendiendo más y más. En China, donde, a pesar de las circunstancias excepcionalmente favorables, la dirección de la Internacional Comunista impidió que el proletariado luchara por el poder, los objetivos nacionales hallaron una solución mezquina e inconsistente en el régimen del Kuomintang.”

Como en tiempos de Trotsky, hoy existen varios países especialmente atrasados —como Afganistán, Timor Oriental o Ruanda— en los que no hay un proletariado moderno y concentrado con un peso social suficiente para dirigir a las masas oprimidas a llevar a cabo las tareas de la revolución permanente. Aun así, como señalamos respecto a los intelectuales y oficiales militares modernizadores del prosoviético Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) en la década de 1980, los radicales tienen mucho que aprender de las luchas de Gueorguii Plejánov de un siglo antes, pese a las enormes diferencias entre el Afganistán contemporáneo y la Rusia zarista. Aun cuando el proletariado ruso de la década de 1880 era una fuerza social relativamente insignificante, Plejánov luchó por forjar un núcleo de revolucionarios marxistas mediante combates polémicos e ideológicos. Lo crucial es desarrollar un marco marxista-internacionalista, y vincular la lucha por la modernización social y la liberación con la lucha de clases del proletariado en países más avanzados más allá de las fronteras de los países propios.

El diminuto proletariado de Afganistán está superado por un clero islámico mucho más numeroso, y la pequeña población urbana está rodeada por un mar de pastores nómadas y campesinos sin tierra sujetos a los kanes. En abril de 1978, un golpe de estado llevó al poder al PDPA, lo que desató una revuelta islámica reaccionaria apoyada por la CIA. Fue a petición del PDPA que el Ejército Rojo soviético intervino en diciembre de 1979. La Liga Comunista Internacional —entonces tendencia Espartaquista internacional— declaró: ¡Viva el Ejército Rojo en Afganistán! ¡Extender las conquistas sociales de la Revolución de Octubre a los pueblos afganos!

Entendimos que la entrada del ejército soviético planteaba la posibilidad no sólo de derrotar a los asesinos reaccionarios apoyados por el imperialismo, sino de incorporar Afganistán al Asia Central soviética, donde las masas vivían una existencia moderna, años luz más avanzada que la de los pueblos afganos. La retirada del ejército soviético por parte del régimen de Gorvachov en Moscú en 1988-89 fue una traición histórica que no sólo llevó al sangriento dominio muyajedín en Afganistán, sino que abrió las compuertas a la contrarrevolución capitalista en Alemania Oriental y luego en la propia Unión Soviética.

Del mismo modo, en el desesperadamente pobre Nepal, donde fuerzas maoístas llevan a cabo una lucha guerrillera campesina para remplazar a la monarquía con un gobierno burgués de coalición, el proletariado es relativamente insignificante. Sin embargo, durante décadas los nepaleses han cruzado a la India para vivir y trabajar, integrándose al que hoy es el proletariado rápidamente creciente de la India; cientos de miles de nepaleses trabajan en otros puntos de Asia. Una revolución proletaria en la India tendría un efecto masivo e inmediato en Nepal y otros países vecinos, y plantearía la posibilidad de una federación socialista del subcontinente. Un elemento crucial en esta perspectiva proletaria-internacionalista es la lucha por la revolución política obrera en el estado obrero deformado chino, una lucha que debe tener como premisa la defensa militar incondicional de China frente al imperialismo y la contrarrevolución interna.

La lucha independentista de Argelia

Hoy en día, en Sudáfrica y en muchos países semicoloniales como Corea del Sur, el papel del campesinado ya no es la cuestión crucial que era en la Rusia de 1917 o en la China de 1925-27. Sin embargo, la experiencia histórica desde entonces ha demostrado la teoría de la revolución permanente para esos países, que se caracterizan por un desarrollo desigual y combinado.

Los países que pasaron por revoluciones “democráticas” o anticoloniales que no resultaron en el derrocamiento del dominio capitalista siguieron siendo estados burgueses condenados al atraso y a la dominación del imperialismo. Un ejemplo claro es la lucha independentista de Argelia contra Francia en la década de 1950 y principios de la de 1960, una de las revoluciones coloniales más radicales y heroicas del periodo de posguerra. Desde la primera operación militar del Frente de Liberación Nacional (FLN) en noviembre de 1954, tomó más de siete años y un costo de más de un millón de vidas para que las masas argelinas pudieran expulsar a los amos coloniales del país. En esta lucha de liberación nacional, el proletariado argelino desempeñó un papel importante, aunque no políticamente independiente. Junto con el nacionalista burgués FLN, la federación sindical UGTA convocó varias huelgas poderosas, incluyendo una huelga general masiva en julio de 1956.

Cuando finalmente se logró la independencia en 1962, el poder quedó en manos del FLN, que estaba comprometido a mantener el capitalismo con una clase dominante local que dominaba su “propio” pueblo. Diversos izquierdistas, promoviendo acríticamente la retórica “socialista” del FLN, desempeñaron un papel directo ayudando a consolidar un régimen burgués antiobrero en la Argelia independiente. El Partido Comunista Argelino se liquidó en el FLN en 1956, y la organización que lo sucedió fue ilegalizada tan pronto como el FLN llegó al poder. Aun así, los estalinistas siguieron sirviendo dentro de la maquinaria del FLN después de la independencia como propagandistas, administradores y burócratas de la UGTA. El “trotskista” revisionista Michel Pablo fue asesor económico del más alto rango del gobierno de Ahmed Ben Bella del FLN y un instrumento eficaz para el encadenamiento de la clase obrera al gobierno capitalista.

El FLN prohibió las huelgas de trabajadores del sector público e impuso un control férreo sobre la clase obrera organizada. También desmovilizó a miles de mujeres que habían luchado valerosamente contra el colonialismo francés y reforzó la subyugación de la mujer, incluso mediante referencias a la ley islámica. La minoría étnica beréber, cuyos militantes habían desempeñado un papel excepcionalmente prominente en la lucha independentista, fue sometida a una cruel represión. El gobierno del FLN allanó el camino a una brutal dictadura militar y al ascenso masivo de un movimiento fundamentalista islámico comprometido a mantener la esclavización de la mujer, a revertir los esfuerzos modernizadores y a desatar un terror salvaje contra los obreros y las minorías.

La Revolución Cubana

Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial también hubo varias revoluciones en países atrasados que destruyeron el dominio de clase capitalista y derrocaron el yugo de la dominación imperialista. Cuando el Ejército de Liberación Popular, de base campesina, de Mao Zedong tomó el poder de manos del Guomindang agonizante en 1949, el estado que resultó no fue una “Nueva Democracia” basada en el “bloque de cuatro clases” —el discurso del Partido Comunista estalinista (PCCh)—, sino una dictadura del proletariado, si bien burocráticamente deformada de origen. Las revoluciones sociales dirigidas por estalinistas en Yugoslavia, Corea del Norte y Vietnam del Norte (extendida en 1975 a Vietnam del Sur), también resultaron en estados obreros burocráticamente deformados. Derrocamientos sociales similares ocurrieron también en las “Democracias Populares” establecidas bajo la égida del Ejército Rojo en el resto de Europa Oriental y Alemania Oriental.

Michel Pablo, entonces dirigente de la IV Internacional que se había fundado bajo la dirección de Trotsky en 1938, aprovechó estos derrocamientos sociales de posguerra para repudiar la importancia central de una dirigencia revolucionaria consciente y argumentó por la liquidación de las organizaciones trotskistas en diversos partidos estalinistas y socialdemócratas. Este revisionismo llevó a la destrucción de la IV Internacional en 1951-53. A principios de la década de 1960, la dirección del Socialist Workers Party (SWP) estadounidense, que había roto con Pablo en 1953, adoptó conclusiones revisionistas similares en su adulación a la dirigencia castrista pequeñoburguesa de la Revolución Cubana (ver: “Génesis del pablismo”, Cuadernos Marxistas No. 1, 1975).

Fidel Castro dirigió una fuerza guerrillera de intelectuales pequeñoburgueses y campesinos, el Movimiento 26 de Julio, que estaba temporalmente alienado de la burguesía y era independiente del proletariado. Bajo condiciones ordinarias, tras haber derrocado en enero de 1959 la dictadura corrupta de Batista que estaba apoyada por EE.UU., los rebeldes habrían seguido los pasos de los innumerables movimientos similares en América Latina, que esgrimen una retórica radical-democrática para reafirmar el control burgués. Pero, con el viejo aparato estatal capitalista destruido, en 1960-61 el régimen de Castro nacionalizó las propiedades estadounidenses y de los capitalistas locales, y crearon un estado obrero deformado. La existencia de la Unión Soviética fue crucial en este proceso, porque suministró al régimen de Castro no sólo un modelo sino, de manera más importante, la ayuda económica y el escudo militar que ayudó a detener la mano de la bestia imperialista estadounidense, a sólo 145 kilometros de distancia.

Fue sólo como resultado de circunstancias excepcionales
—la ausencia de la clase obrera como contendiente por el poder para sí, el cerco hostil del imperialismo, la huida de la burguesía nacional y un salvavidas lanzado por la Unión Soviética— que el gobierno pequeñoburgués de Castro pudo terminar por aplastar las relaciones de propiedad capitalistas (ver: “Cuba y la teoría marxista”, Cuadernos Marxistas No. 2, 1974). Circunstancias similares permitieron la creación de estados obreros deformados en Yugoslavia y otros lugares por parte de fuerzas pequeñoburguesas con direcciones estalinistas tras la Segunda Guerra Mundial.

Nuestra tendencia, que se originó como la Revolutionary Tendency (RT) del SWP, nació en una lucha por defender el programa de Trotsky contra el pablismo de la mayoría del SWP. Pintando a Castro como un trotskista inconsciente, el SWP afirmaba:

“En el camino de una revolución que comienza por simples reivindicaciones democráticas y que termina en la destrucción de las relaciones de propiedad capitalista, la guerra de guerrillas realizada por los campesinos sin tierra y fuerzas semiproletarias, bajo una dirección que se encuentra empeñada en proseguir la revolución hasta su término, puede jugar un papel decisivo para minar el poder colonial o semicolonial, y precipitar su caída. Ésta es una de las principales lecciones de la experiencia de posguerra. Debe ser conscientemente incorporada a la estrategia de construcción de partidos marxistas revolucionarios en los países coloniales.”
—Comité Político del SWP, “Por la pronta reunificación del movimiento trotskista mundial”, en La dialéctica actual de la revolución mundial (Pathfinder Press, 1974)

En contraposición directa, la RT sostenía la teoría trotskista de la revolución permanente y afirmaba:

“La experiencia desde la Segunda Guerra Mundial ha demostrado que la guerra de guerrillas basada en los campesinos bajo una dirección pequeñoburguesa no puede por sí sola llegar más allá de un régimen burocrático antiobrero. La creación de estos regímenes ha ocurrido bajo las condiciones de la decadencia del imperialismo, la desmoralización y desorientación causadas por la traición estalinista, y la ausencia de una dirección revolucionaria marxista de la clase obrera. La revolución colonial puede tener un signo inequívocamente progresista sólo bajo tal dirección del proletariado revolucionario. Para los trotskistas, el incorporar a su estrategia el revisionismo sobre la cuestión de la dirección proletaria de la revolución es una profunda negación del marxismo-leninismo, cualquiera que sea el beato deseo expresado al mismo tiempo de ‘construir partidos marxistas revolucionarios en los países coloniales’. Los marxistas deben oponerse resueltamente a cualquier aceptación aventurera de la vía al socialismo a través de la guerra de guerrillas campesina, análoga históricamente al programa táctico socialrevolucionario contra el que luchó Lenin.”
—“Proyecto de resolución sobre el movimiento mundial” (1963); reimpreso en Spartacist (edición en español) No. 33, enero de 2005

La Revolución Cubana demostró una vez más que no hay un “tercer camino” entre la dictadura del capital y la dictadura del proletariado. En este sentido, confirmó la teoría de la revolución permanente. Pero la Revolución Cubana estuvo muy lejos de la revolución proletaria y socialista que dirigieron los bolcheviques en Rusia en 1917. En Cuba, como en los otros estados obreros deformados, el camino a un mayor desarrollo socialista quedó bloqueado por el dominio político de una burocracia parasitaria y nacionalista. Retomando el dogma estalinista y antirrevolucionario del “socialismo en un solo país”, el régimen de Castro ha sido hostil a la lucha por la revolución mundial. En su lugar, ha promovido formaciones burguesas “progresistas”, desde el gobierno de frente popular de Allende en Chile a principios de la década de 1970, que resultó en un baño de sangre contra los obreros, hasta el régimen nacional-populista de Hugo Chávez en Venezuela hoy.

Como fue el caso en el estado obrero degenerado soviético, lo que se necesita en Cuba y los demás estados obreros deformados que quedan es el resquebrajamiento de la burocracia mediante una revolución política proletaria que establezca órganos democráticos de dominio obrero basados en el internacionalismo revolucionario. Los trotskistas basamos esta perspectiva en la defensa militar incondicional de los estados obreros frente a un ataque imperialista y la contrarrevolución capitalista interna.

Hasta los límites de sus modestas fuerzas, la LCI luchó en Alemania Oriental y la Unión Soviética por conducir a la clase obrera a derrotar las fuerzas de la restauración capitalista y echar a los regímenes estalinistas en proceso de desintegración, que habían minado a los estados obreros y al final capitularon a la contrarrevolución respaldada por el imperialismo. Hoy sostenemos el mismo programa con respecto a China, Cuba, Vietnam y Corea del Norte y luchamos por la revolución socialista en los países capitalistas, desde el Tercer Mundo hasta los centros imperialistas de Estados Unidos, Japón y Europa Occidental.

Revolución permanente vs. nacionalismo populista

La destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética y los estados obreros de Europa Oriental y Central tuvo efectos desastrosos para la población de esas sociedades y fue una derrota histórico-mundial para los obreros y los oprimidos internacionalmente, con el balance de fuerzas dramáticamente alterado a favor del imperialismo. Los trabajadores de los antiguos estados obreros han sido sumidos en la pobreza masiva, las carnicerías étnicas y otros horrores. En los centros imperialistas, los gobernantes capitalistas han tasajeado las conquistas arduamente obtenidas por los obreros, y se han dado vastos ataques a los inmigrantes y las minorías. Con una fuerza militar que supera por mucho la de cualquier otro país, el imperialismo estadounidense en particular ha pasado por encima de los pueblos del Medio Oriente y otros lugares, mientras las medidas de austeridad impuestas por el imperialismo han empujado a las masas del Tercer Mundo a una miseria aún mayor.

El profundo retroceso en la conciencia que resultó de la destrucción de la URSS ha llevado incluso a los obreros combativos y a la juventud radicalizada a descartar el programa marxista de la revolución proletaria como, en el mejor de los casos, un sueño de opio. En su lugar, muchos izquierdistas ven la resurrección del nacionalismo populista burgués en América Latina, ejemplificado por Hugo Chávez en Venezuela, como el camino al “socialismo del siglo XXI”, para usar la expresión de Chávez. Entre los que promueven estas ilusiones está la escritora cubana Celia Hart, partidaria del régimen de Castro y autoproclamada trotskista, que en una entrevista reciente con la publicación seudotrotskista argentina El Militante (6 de julio de 2007) canta las alabanzas del “proceso revolucionario venezolano, que cada vez se va radicalizando más a la izquierda”.

Hart afirma que “muchos de los revolucionarios que en Cuba dejaron de hablar de socialismo…ahora ven que en Venezuela se habla de Socialismo con gran naturalidad, y ahora ellos también quieren hablar de socialismo, más allá de los epítetos extraños que algunos le quieren poner al socialismo: del Siglo XXI, aquél que es posible hacer sin expropiar a los capitalistas locales, etc.” Hablando del llamado de Chávez por el “socialismo”, Hart añade: “Es pues ver cómo las tesis de la Revolución Permanente de aquel ruso en 1905 se manifiesta [sic] un siglo después.”

De igual manera, en México, el izquierdista Guillermo Almeyra, en un artículo titulado “Trotsky en el siglo XXI” de La Jornada (19 de agosto de 2007), un periódico que apoya al nacionalista burgués Partido de la Revolución Democrática (PRD), afirma: “La actitud de países pobres como Venezuela o Cuba en su ayuda solidaria se inscribe, conscientemente o no, en esta línea del pensamiento de Trotsky, que Lenin compartía.” En su “defensa” de la revolución permanente, Almeyra, un antiguo pablista que ahora apoya “críticamente” al PRD, convierte la lucha de Trotsky por la continuidad con el bolchevismo de Lenin en el cuento de la “democracia” versus el “partido monolítico” y concluye advirtiendo contra los seguidores “dogmáticos” y “talmúdicos” del trotskismo de hoy.

Sabiéndolo o no, Hart y Almeyra hacen eco a la línea del SWP de que Castro era un trotskista inconsciente. Decir esto de Hugo Chávez es verdaderamente pasmoso. Desde su elección como presidente en 1998, Chávez ha dirigido parte de las inmensas ganancias que la burguesía venezolana ha obtenido aprovechando los disparados precios del petróleo para proporcionar más servicios sociales a las masas pobres. Mientras tanto, el gobierno ha subido los impuestos a las compañías petroleras extranjeras, que continúan embolsando sus ganancias. Las medidas sociales desarrolladas durante el régimen de Chávez, y el hecho de que ostente ser zambo (de herencia africana e indígena), le ha ganado el desprecio de la blanquísima oligarquía. También ha incurrido en la furia de Washington por su amistad con la Cuba de Castro y sus puntuales denuncias de los prepotentes imperialistas estadounidenses. En caso de un intento de golpe respaldado por Estados Unidos, como el de 2002, llamamos por la defensa militar del régimen de Chávez.

Pero Chávez no es ningún socialista. Ha procedido a apretar la camisa de fuerza del control estatal capitalista sobre el movimiento obrero venezolano y, como lo admite incluso Hart, no se dispone a llevar a cabo la expropación de la burguesía venezolana. Como señalamos en “Venezuela: Nacionalismo populista vs. revolución proletaria” (Espartaco No. 25, primavera de 2006):

“Cuando el ejército rebelde de Castro entró a La Habana el 1º de enero de 1959, el ejército burgués y todo el resto del aparato estatal capitalista que había sostenido a la dictadura de Batista, apoyada por EE.UU., colapsaron. Para cuando Castro declaró a Cuba “socialista” en 1961, la burguesía cubana y los imperialistas estadounidenses con sus secuaces de la CIA y de la mafia habían huido, y la totalidad de la propiedad capitalista, incluyendo hasta al último vendedor de helados, había sido expropiada. Lo que se creó en Cuba fue un estado obrero burocráticamente deformado. Por el contrario, Chávez llegó al poder y gobierna como jefe del estado capitalista, la burguesía venezolana está vivita y coleando, y los imperialistas siguen llevando a cabo lucrativos negocios con Venezuela, pese a las amenazas y provocaciones de la Casa Blanca.”
Hart y Almeyra han puesto de cabeza la revolución permanente para justificar su apoyo a populistas burgueses que son, tanto como los políticos neoliberales, oponentes de clase de la victoria de los obreros y los pobres urbanos y rurales. La esencia programática de la revolución permanente es la lucha por la independencia de clase del proletariado frente a todas las alas de la burguesía semicolonial, sin importar cuán “progresistas” o “antiimperialistas” sean sus declaraciones. Esa lucha sólo puede realizarse mediante el forjamiento de partidos obreros revolucionarios e internacionalistas en oposición a todas las variantes de nacionalismo burgués. La LCI lucha por reforjar la IV Internacional, partido mundial de la revolución socialista.

La modernización de la España capitalista

Pese al sustancial desarrollo industrial de las décadas recientes, Brasil, Corea del Sur y las llamadas economías “tigres” del sudeste asiático no han podido escapar de la subyugación imperialista. Sin embargo, ha habido un puñado de países en la periferia de Europa que se las han arreglado —con un gran costo humano y en el contexto de guerras, contrarrevoluciones y otros grandes sucesos mundiales— para desarrollarse de sociedades agrarias atrasadas a estados capitalistas modernos como parte del consorcio imperialista europeo. Por ejemplo, en el periodo previo a la Primera Guerra Mundial, Finlandia era un reducto de atraso económico, con un numeroso campesinado oprimido, que había sido parte del imperio zarista ruso. Pero el intento de consumar una revolución proletaria tras la victoria bolchevique en Rusia fue ahogado en sangre por la dictadura militar de Mannerheim, apoyada por el imperialismo, y la Finlandia capitalista fue integrada subsecuentemente a la Europa imperialista.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, España era un perfecto ejemplo de desarrollo desigual y combinado, donde las tareas de la revolución permanente eran manifiestas. Un vasto campesinado era explotado brutalmente por una clase terrateniente derivada de la vieja nobleza feudal, que se traslapaba fuertemente con la burguesía urbana. La poderosa Iglesia Católica, que ejercía el monopolio de la educación de los niños, era el mayor terrateniente del país y también tenía fuertes inversiones en la industria y las finanzas. Además, entonces como ahora, el estado español contenía dentro de sus fronteras naciones oprimidas como los vascos y los catalanes. En medio del atraso social, también existía una clase obrera joven y combativa compuesta en buena parte por jóvenes campesinos que conservaban estrechos lazos con sus familias en el campo.

La Guerra Civil Española de 1936-39 planteó a quemarropa la posibilidad de la revolución proletaria. Pero esta oportunidad fue traicionada por los estalinistas, los socialistas y los anarquistas que fueron el principal apoyo del gobierno republicano burgués, un frente popular que también fue traidoramente apoyado por el centrista POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Mediante el desarme y la supresión del proletariado revolucionario, realizados principalmente por los estalinistas, el frente popular allanó el camino para la victoria de las fuerzas derechistas del generalísimo Francisco Franco, quien a partir de entonces gobernó España con puño de hierro durante casi cuatro décadas.

Los sucesos que vivió España entre la década de 1930 y la de 1980, tanto al nivel económico como político, estuvieron determinados y se consolidaron en buena medida por la cambiante situación internacional. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. forjó una alianza política y militar (OTAN) con los gobiernos capitalistas de Europa Occidental como parte de la Guerra Fría imperialista contra la Unión Soviética. Al aliarse con el imperialismo estadounidense, el régimen de Franco sacó a España de su aislamiento internacional anterior. (El país ni siquiera había sido admitido en la Organización de las Naciones Unidas cuando ésta se fundó.) En 1953, Washington desechó un embargo económico a España autorizado por la ONU a cambio de que se le permitiera poner bases estadounidenses en el país. España se volvió un beneficiario de los préstamos del gobierno de EE.UU. y, de manera más importante, comenzó a aumentar sus vínculos económicos con el resto de Europa Occidental.

A partir de la década de 1960, España experimentó una tasa acelerada de crecimiento económico que con el tiempo llevaría a una sociedad predominantemente urbana y culturalmente cosmopolita con un producto interno bruto per capita anual (25 mil 300 dólares) no muy por debajo del de Italia (Economist, Pocket World in Figures, 2007). En The Economic Transformation of Spain and Portugal (1978), el economista estadounidense Eric N. Baklanoff resumió los factores que permitieron lo que fue llamado el “milagro económico” español: “Fue, pues, la economía internacional, y muy especialmente la Comunidad Económica Europea y Estados Unidos, lo que le brindó a España mercados emergentes para sus productos, le envió millones de turistas con capacidad de gasto, invirtió en sus fábricas y bienes raíces, y empleó una buena porción de su mano de obra ‘excedente’.” La inversión extranjera privada subió de 40 millones de dólares en 1960 a 800 millones en 1973. Atraídos por la mano de obra relativamente barata de España, los capitalistas estadounidenses, alemanes y británicos concentraron sus inversiones en la manufactura, especialmente las industrias automotriz y química.

El boom económico de la década de 1960 y principios de la de 1970 llevó a la liquidación efectiva de la pequeña propiedad campesina. La mano de obra agrícola declinó de 5.3 millones en 1950 a 2.9 millones en 1975, y luego a 2.4 millones en 1980. Las pequeñas parcelas familiares, que dependían del trabajo manual y los animales de carga, se fueron remplazando cada vez más por granjas más grandes y mecanizadas. La porción de la mano de obra que participaba en la agricultura declinó del 48 por ciento en 1950 al 13 por ciento en 1990 (Carlos Prieto del Campo, “¿Primavera en España?” New Left Review, marzo-abril de 2005). Actualmente, la mano de obra agrícola de España consiste centralmente en inmigrantes de África del Norte y otras regiones.

Tras la muerte de Franco en 1975, España experimentó una ola masiva de huelgas obreras que planteaban demandas tanto económicas como políticas. En ese momento, la clase dominante española y sus socios mayores en Washington y en las capitales de la Europa de la OTAN reconocieron que la única forma de restaurar el orden político y social era llegar a un acuerdo con los partidos obreros reformistas del país, que habían sido ilegalizados por el régimen de Franco. A finales de 1977, a cambio de la legalización de sus partidos y la promesa de “democratización”, los líderes comunistas y socialistas desmovilizaron al movimiento obrero, terminando así con el mayor desafío al dominio burgués en España desde el final de la Guerra Civil. Bajo la tutoría de la socialdemocracia germana occidental, el Partido Socialista Obrero Español se ha convertido en un bastión de un régimen parlamentario burgués estable. Claramente, la perspectiva de la revolución permanente respecto a las tareas históricas asociadas con la revolución democrático-burguesa ya no aplica a España.

Irlanda es otro país europeo que ha estado históricamente marcado por el atraso socio-económico, incluyendo una economía predominantemente agraria y el papel dominante que desempeña la Iglesia Católica en la sociedad. Además, una porción significativa de la nación católica irlandesa constituye una minoría oprimida en el miniestado de Irlanda del Norte dominado por los protestantes del Úlster, que forma parte del estado imperialista británico.

Para lidiar con el intenso conflicto nacional entre estos dos pueblos geográficamente interpenetrados, escribimos en “Tesis sobre Irlanda” (Spartacist [edición en inglés] No. 24, otoño de 1977): “Irlanda, como otras situaciones de pueblos interpenetrados como en el Medio Oriente y Chipre, es una confirmación tajante de la teoría de Trotsky de la revolución permanente.” Las tesis dejan claro que en los casos de pueblos interpenetrados no puede haber una solución democrática y equitativa de la cuestión nacional dentro del marco del capitalismo: “En tales circunstancias, el ejercicio de autodeterminación de uno u otro pueblo en la forma del establecimiento de su propio estado burgués sólo puede realizarse negándole ese derecho al otro.” Mientras nos oponemos a la opresión de los católicos irlandeses en el norte, también nos oponemos a una reunificación forzada de Irlanda, que significaría la opresión de la población protestante del Úlster en un estado dominado por los católicos. La Spartacist League/Britain, sección de la LCI, exige el retiro inmediato de las tropas británicas de Irlanda del Norte y llama por una república obrera irlandesa dentro de una federación de repúblicas obreras de las Islas Británicas.

Sin embargo, una discusión posterior dentro de la LCI concluyó que referirse a la revolución permanente en este contexto es teóricamente confuso, porque mezcla una solución democrática a la cuestión nacional en una sociedad capitalista avanzada con las tareas históricas de la revolución burguesa. Por más de un siglo, Irlanda ha estado integrada a la economía de las Islas Británicas, ya que una buena porción del proletariado irlandés trabaja en fábricas y obras en Londres y otras ciudades. Y, en décadas recientes, la membresía de Irlanda en la Unión Europea ha desempeñado un papel importante en el mayor desarrollo económico del país.

El concepto de revolución permanente no se trata de la relación entra la revolución proletaria y las cuestiones democráticas en general. En muchos países capitalistas avanzados existen instituciones reaccionarias heredadas del pasado feudal —como las monarquías española, británica y japonesa o el papel privilegiado del Vaticano en Italia— que desempeñan un papel muy importante en el mantenimiento del orden burgués actual. En EE.UU., la opresión institucionalizada de la población negra —una cuestión estratégica para la revolución proletaria— es un legado de la esclavitud. En todos estos casos, sólo la revolución proletaria socialista puede eliminar la opresión nacional, racial y étnica. Esto subraya la necesidad de forjar partidos leninistas-trotskistas de vanguardia que actúen como un tribuno del pueblo.

¡Por el internacionalismo proletario!

Como claramente presentó Trotsky en La revolución permanente:

“El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país. Una de las causas fundamentales de la crisis de la sociedad burguesa consiste en que las fuerzas productivas creadas por ella no pueden conciliarse ya con los límites del Estado nacional. De aquí se originan las guerras imperialistas, de una parte, y la utopía burguesa de los Estados Unidos de Europa, de otra. La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta.”

En México, Sudáfrica y otras partes, muchos izquierdistas señalan el tremendo poderío económico y militar de EE.UU. para concluir que una revolución obrera sería necesariamente aplastada por los imperialistas. Nadie negaría que EE.UU. y otras potencias capitalistas representan un obstáculo formidable a las revoluciones proletarias. Pero los países imperialistas son sociedades divididas en clases con profundo descontento y contradicciones insolubles, lo que necesariamente lleva a la lucha de clases y otras luchas sociales. En el curso de una lucha de clases tajante y mediante el instrumento de un partido revolucionario que eduque pacientemente a la clase obrera no sólo en el entendimiento de su propio poder, sino también de sus intereses históricos, los obreros cobrarán conciencia de sí mismos como una clase que lucha para sí y por todos los oprimidos contra el orden capitalista.

Las precondiciones de la revolución serán distintas en distintas partes del mundo. Cuando éstas se cumplan, la situación en cualquier país en particular y en el mundo será distinta a la actual, y la conciencia de la clase obrera habrá cambiado significativamente. Nuestra lucha por forjar partidos leninistas de vanguardia se basa en el entendimiento de que, cuando estos partidos echen raíces en la clase obrera, esto reflejará un cambio cualitativo en la conciencia política del proletariado.

Las luchas del proletariado en el mundo semicolonial están totalmente entrelazadas con las de los obreros de los centros imperialistas. Una revolución proletaria en México tendría un impacto masivo en el proletariado multirracial estadounidense, cuyo creciente componente latino constituye un puente humano entre las luchas de los obreros en EE.UU. y en América Latina. Un levantamiento revolucionario proletario en Sudáfrica resonaría poderosamente entre los trabajadores y los jóvenes del mundo, especial, pero por cierto no únicamente, entre la población negra que forma una capa de importancia estratégica de la clase obrera en EE.UU. y Brasil. Una revolución obrera en Sudáfrica también encendería luchas a lo largo del continente, destruyendo al gendarme regional del África subsahariana. A su vez, una toma proletaria del poder estatal en alguno de los países imperialistas tendría enormes repercusiones revolucionarias en Asia, África y América Latina.

En la serie “El barril de pólvora sudafricano” publicada en 1994 en Workers Vanguard, escribimos:

“Por el momento, Sudáfrica es un eslabón debilitado en la cadena del sistema capitalista mundial que ata a las neocolonias del Tercer Mundo a los estados imperialistas de Norteamérica, Europa Occidental y Japón. Es necesario movilizar las fuerzas del proletariado para romper esa cadena en sus eslabones más débiles, y luego luchar como locos para llevar la batalla a los centros imperialistas, buscando aliados contra el enemigo cruel de todos los oprimidos: el capital internacional. Así, la lucha por construir un Partido Bolchevique sudafricano es inseparable de la lucha que nosotros, en la Liga Comunista Internacional, estamos dando para reforjar una IV Internacional auténticamente trotskista.”
La lucha por la revolución socialista mundial ciertamente no es fácil. Pero lo que verdaderamente es imposible es que la subordinación de la clase obrera al enemigo de clase resulte en algo distinto a la continuación del círculo vicioso de derrotas y traiciones desmoralizantes.
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Mensaje por ajuan el Jue Sep 13, 2012 11:07 pm

Muevo a Bibloteca/Trotsky


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Mensaje por Guardia Rojo. el Jue Sep 13, 2012 11:13 pm

Dado que en el subforo Biblioteca figuran textos de colectivos sobre Stalin, no entiendo la razón por la cual se mueve éste texto al subforo consagrado a Trotzki. Hasta ahora en dicho subforo sólo figuraban obras del revolucionario ruso. ¿Por qué ese interés en aislar a Trotzki? Es una pregunta retórica. No te molestes en contestarla.

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