¿Por qué ha cambiado Norteamérica? - breve extracto del libro "La cultura norteamericana contemporánea" de Marvin Harris - año 2002 en castellano

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Mensaje por pedrocasca el Vie Mayo 11, 2012 9:52 pm

¿Por qué ha cambiado Norteamérica?

extractos del libro "La cultura norteamericana contemporánea" de Marvin Harris - año 2002 en castellano (Alianza Editorial, capítulo 9, páginas 190-192, 207-209)

(...) desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se han convertido en un país burocratizado y oligopolizado, más orientado hacia el proceso de personas e información que a la producción de bienes. Lo que antaño era una sociedad industrial descentralizada se ha transformado en una sociedad centralizada productora de servicios e información. Y lo que reviste idéntica importancia, lo que antes era una sociedad en la que las mujeres trabajaban en el hogar ha pasado a ser una sociedad en la que las mujeres salen de casa para trabajar.

¿Por qué la economía norteamericana, que antes era descentralizada, individualista, de libre empresa y productora de bienes, se ha convertido en una economía productora de servicios e información altamente burocratizada, regulada y centralizada? Hay que considerar los procesos que intervienen tanto en el sector privado como en el público. Examinemos primero los del sector privado. A través de fusiones y adquisiciones, un puñado de macrocompañías ha obtenido la preponderancia en la industria, el comercio, el transporte, la agricultura, la minería y la producción energética. En cierto sentido, esto era algo que tenía que suceder. Se trataba de un desarrollo inherente a la práctica de la libre empresa. Algunas sociedades anónimas estaban destinadas a tener más éxito que otras; unas tenían que absorber, y otras debían ser engullidas por sus competidores. Unas quebrarían, y otras crecerían hasta alcanzar una dimensión gigantesca. Decir que este proceso es “inherente” no quiere decir que sea inevitable. Los Estados Unidos establecieron leyes antimonopolio, pero no leyes antioligopolio. No obstante, las consecuencias del oligopolio son muy similares a las del monopolio. Por ejemplo, examinemos el caso de los precios. Cuando sólo un puñado de macrosociedades anónimas domina una industria determinada, los precios tienden a fijarse atendiendo más bien a los costos de producción que a la demanda y la oferta en el mercado. Esto posibilita el crecimiento de capas de administradores, oficinistas, especialistas en publicidad y vendedores innecesarios e ineficientes. También estimula la tolerancia de la ineficacia y el exceso de mano de obra debido a los convenios sindicales que impiden la sustitución de los obreros por máquinas y que hacen que los salarios aumenten más deprisa que la productividad.

En lo que atañe al sector gubernamental, se puede comprender fácilmente porqué la continua expansión de los organismos oficiales en los niveles federal, estatal y local fomentó el desarrollo de los oligopolios y la burocracia. Una vez más, se puede argumentar que semejante desarrollo era una consecuencia sumamente predecible (pero no inevitable) del hecho de tener una economía capitalista, con su ciclo de booms y recesiones. A partir de 1932 poco se podía hacer, salvo tratar de modificar los efectos del ciclo económico manipulando los impuestos, los tipos de interés y la oferta monetaria, expandiendo la Administración pública, subvencionando puestos de trabajo y distribuyendo diferentes clases de prestaciones sociales y subsidios entre individuos y empresas. Es por ello por lo que el gobierno de los Estados Unidos inició el proceso de convertirse en el mayor empresario del país y en el segundo conglomerado multinacional del mundo (sólo por debajo de la Unión Soviética). [pp.190-192]

[Harris explica cómo todo este proceso de oligopolización y burocatización produjo los siguientes efectos: baja calidad de los bienes y servicios, mengua del dólar, sustitución de los empleos industriales por empleos de cuello blanco o cuello rosa, estagflación, incorporación de las mujeres a la economía, disminución de oportunidades para los negros, violencia en las calles, control de la producción energética por las macrocompañías... pp.192-207]

[Harris concluye, fiel a su tesis de que “inherente” no implica “inevitable”, que “el sueño americano”, libertad + opulencia, es difícil pero todavía posible:]

¿Debemos entonces renunciar al sueño norteamericano? ¿No hay alguna forma de evitar las desventajas que, según sabemos, conllevan la burocracia y el oligopolio? Sí la hay. Consiste en invertir la tendencia centralizadora de la industrialización. La solución a la crisis cultural de Norteamérica podría adoptar las forma de estimular el desarrollo de empresas privadas a pequeña escala, formadas por equipos de trabajo laboriosos, eficientes y con participación en los beneficios, que produzcan los excedentes suficientes para pagar unos servicios comunitarios y educativos de primer orden, así como una asistencia compasiva los enfermos y ancianos. Pero ¿es ésta una proposición realista si se tiene en cuenta el hecho de que ninguna sociedad industrial ha logrado todavía invertir la tendencia centralizadora? Mi propia opinión personal sobre esta cuestión es que el conocimiento de los rasgos no deseados y detestables de la centralización nos obliga a considerar racionalmente la alternativa de una descentralización radical.

En primer lugar, es contraproducente considerar el futuro de Norteamérica como algo predeterminado por las experiencias de otras naciones. La herencia de la iniciativa privada, de los conocimientos pragmáticos, de la habilidad mecánica y de la democracia municipal de base es probablemente más fuerte y profunda en Estados Unidos que en cualquier otro lugar.

Además, aunque la descentralización va a contrapelo de la historia moderna, no tiene porqué ir necesariamente a contrapelo de la naturaleza humana. Hasta hace poco, la descentralización se presentaba como una forma de austeridad voluntaria, evocando imágenes de bombas de agua de manivela en corrales fangosos y habitaciones mal iluminadas con velas. Pero el avance de la tecnología de la energía solar y otras formas descentralizadas de producción energética se está aproximando rápidamente al punto en que las pequeñas comunidades puedan ser capaces de obtener unos ingresos monetarios per cápita relativamente altos de una variedad de empresas rentables, además de gozar de las ventajas de un aire y agua limpios, y de una seguridad personal y unas relaciones interpersonales verdaderamente humanas. La esperanza estriba en que la descentralización no se difunda como un culto de la pobreza ni como un evangelio ultraterreno de riqueza, sino como un medio práctico y terrenal de conseguir servicios y productos de calidad superior como de elevar los niveles de consumo, en lugar de reducirlos, mediante la eliminación de la burocracia y el oligopolio y la liberalización de la iniciativa individual.

Todo esto exigirá tiempo. No concibo ninguna manera de crear una sociedad descentralizada por medio de una revolución encaminada a desmembrar los oligopolios, públicos y privados, de Norteamérica. Las organizaciones existentes están demasiado bien atrincheradas y son demasiado poderosas como para disolverlas a todas de una vez. Antes bien, la descentralización se producirá, si es que se produce, como consecuencia de una serie de decisiones estratégicas que inclinen la balanza en contra de la esclavitud de la hiperindustrialización. Por ejemplo, es muy poco lo que se puede progresar hacia la descentralización si no se reduce escalonadamente el complejo militar-industrial de Norteamérica, y muy poco se puede avanzar en esta dirección si no se encuentra alguna forma de aliviar las tensiones internacionales y detener la carrera de armamentos. También depende mucho de que se estimule el desarrollo de una producción apropiada de energía solar y otras formas de energía descentralizada, y de una maquinaria con el rendimiento energético apropiado para su uso en pequeñas plantas industriales y en el hogar. Análoga importancia tendrá la imposición de barreras legales contra la adquisición de las nuevas tecnologías energéticas e industriales descentralizadas por parte de los conglomerados multinacionales, y la aprobación de una legislación favorable a las pequeñas empresas y a las cooperativas de base comunitaria. Así pues, puede que esté muy lejos la creación de una sociedad descentralizada e igualitaria que sea opulenta, pero las decisiones que abren y cierran las puertas para unas perspectivas de futuro radicalmente diferentes tendrán que tomarse en los meses y años inmediatamente venideros.

Dado el enorme poder y la formidable inercia de los oligopolios y burocracias hiperindustriales, sólo existe una pequeña posibilidad de alcanzar un futuro acorde con la visión de libertad y opulencia en que han sido educadas las precedentes generaciones de norteamericanos. No obstante, esta posibilidad es suficiente para alimentar una esperanza racional de invertir las tendencias que han llevado al actual malestar de Norteamérica. La voluntad de resistir y luchar por algo mejor es un importante componente en la lucha contra los oligopolios y la burocracia. Por supuesto, desear algo con la fuerza suficiente para pelear por ello no garantiza el éxito, pero altera las posibilidades. La renovación del sueño norteamericano puede ser improbable, pero a la postre sólo se hará completamente imposible cuando el último soñador deje de intentar hacerlo realidad. [pp. 207-209]

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