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PROPIEDAD PRIVADA Y ENAJENACIÓN

agnimascerodonte
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Mensaje por agnimascerodonte el Miér Dic 28, 2011 10:30 pm

Para subsitir el ser humano necesita, antes que nada, disponer para su consumo directo, inmediato y cotidiano de las sustancias energéticas y nutricias que vitalizan y permiten el desarrollo de su corporeidad orgánica.

En virtud de que es una forma semiautosuficiente de la naturaleza; es decir, que no posee en sí mismo los elementos materiales de su sustentación, se encuentra en situación de tener que tomarlos de su hábitat existencial.

Mientras estén a su disposición de manera directa, inmediata y cotidiana, esta situación no constituye mayor dificultad que el hecho de alargar el brazo, coger con las manos y llevarse a la boca los elementos de la naturaleza que contienen las sustancias necesarias para su nutrición y vitalidad. Simple secuencia de actos que implica ya la realización dinámica objetiva de un esfuerzo físico y mental. Poco importa si el esfuerzo físico es de muy baja magnitud, extensión e intensidad y el esfuerzo mental se desarrolla sobre la base de una pulsión instintiva e inconsciente. El hecho relevante es que este esfuerzo físico y mental, ejecutado objetivamente como actividad nutricional, toma la forma de trabajo; siendo, por un lado, una propiedad, atributo, característica, facultad y capacidad indesligable de su naturaleza e individualidad en tanto fuerza de trabajo; y, por otro lado, el único medio con el cual puede establecer y desarrollar una relación de sustentación existencial con y en su hábitat natural.

Esta dualidad, que implica en sí misma una distinción y oposición del ser humano con el resto de la naturaleza, determina la necesidad de tomar para sí lo que no tiene en sí, estableciendo de manera natural e inevitable un relación de enajenación-apropiación ser humano/naturaleza, donde la naturaleza es el elemento pasivo, u objeto de la enajenación, y el ser humano el elemento activo, o sujeto de la apropiación; traduciéndose en forma concreta y específica en una relación de dominación con y sobre la naturaleza, donde la fuerza de trabajo humana manifiesta su condición de poder y el trabajo ejecutado como realización objetiva de ese poder.

Ahora bien, en tanto que el individuo no es una forma orgánica autogenerada de la naturaleza objetiva, su génesis está mediada y determinada por la preexistencia de la vinculación asociativa de dos individuos sexualmente diferenciados y complementarios que conforman la unidad nuclear básica asociativa de su condición existencial.

Su existencia y supervivencia dependen, por tanto, de la persistencia y fortalecimiento de esta vinculación asociativa, de tal manera que el poder y la realización objetiva de ese poder no es absoluto e incondicionado, sino relativo y condicionado en proporción directa a la persistencia, fortalecimiento y desarrollo de la vinculación asociativa. Así, la agregación de individuos en torno a la unidad nuclear básica asociativa se impone, en principio, como una necesidad existencial, creando las condiciones para el desarrollo y amplificación exponencial del poder y la realización objetiva del poder, bajo la forma de poder social; de tal manera que la relación de dominación y, por ende, la relación de enajenación-apropiación ser humano/naturaleza detenta y ostenta no sólo su carácter social, sino el carácter social tanto del poder como del trabajo humano.

Es un hecho empíricamente verificable en la naturaleza objetiva que las formas orgánicas semiautosuficientes ostentan y manifiestan sin excepción una relación de enajenación-apropiación con su medio existencial y que la vinculación asociativa, así sea efímera y débil como una pura y simple fase de procreación para la supervivencia de la especie, es una necesidad existencial de las formas orgánicas no autogeneradas y, por último, que sólo en la especie humana alcanzan su más alto grado de manifestación y desenvolvimiento.

Pero siendo ésta una condición natural e inocua, ¿cómo es que se desarrolla y distorsiona hasta el punto de volverse contra el mismo ser humano poniendo en riesgo las posibilidades de su propia supervivencia?

El carácter relativo, asociativo, genérica y biocronológicamente distintivo del trabajo humano y, por ende, del poder humano, implican, a su vez, una distribución distintiva y complementaria de las tareas y actividades relativas al proceso de enajenación-apropiación de sus condiciones de existencia, dando lugar a la división natural del trabajo social y, por ende, a la división natural del poder social.

Esta “cuña” natural impone desde el principio una distinción, diferenciación, jerarquización e inequitativa (que no inicua) distribución de las cargas de trabajo y de sus productos y resultados sobre la base de las características genéricas y biocronológicas de los componentes del conjunto social.

Las mujeres maduras no gerontes y los ancianos asumen rápidamente de manera natural la posición más alta en el orden de jerarquía. Las primeras por su posición en el proceso de la procreación, y por tanto, de la reproducción y continuidad existencial del grupo social; los segundos, por ser depositarios naturales del conocimiento práctico-empírico de la experiencia acumulada en el proceso de enajenación-apropiación de las condiciones de existencia grupal y, por tanto, de su transmisión a las generaciones subsecuentes. En tanto que las mujeres y los hombres maduros no gerontes detentan la posición fundamental en el orden de importancia. Las primeras por las mismas razones expuestas; en tanto que los segundos, en principio, por no verse limitados periódicamente como las mujeres maduras no gerontes por la gestación; y, secundariamente, en virtud de lo anterior, por estar en una mejor situación para realizar con mayor éxito las actividades y tareas relativas al proceso de enajenación-apropiación de las condiciones de existencia del grupo, y por tanto, para asegurar y garantizar su supervivencia.

Esta división natural del trabajo y del poder sociales determina, por tanto, la forma natural de organización y dirección de la vida y las actividades del grupo social. Así, el trabajo colectivo se impone sobre el trabajo individual como principio rector y predominante de los procesos de organización y ejecución de las tareas y actividades grupales; en tanto que la coordinación se impone sobre la subordinación como principio rector y predominante de los procesos de dirección y planeación de las tareas y actividades grupales, dando lugar sobre las bases gentilicia y consanguínea del linaje materno, al primer modo sistémico de producción social: el modo de producción colector-comunal; al primer estado (poder público) de hecho comprobable en el mundo: la comuna gentilicia o familia amplia extendida; al derecho materno o matriarcado poliandrógino y a la primera concepción sistémica de la dimensión antropológica del ser social de la historia; es decir, a la primera formación económicosocial: el comunismo primitivo o comunismo natural.

De suyo se comprende que por necesidad e imposibilidad material de realizarse en la objetividad psíquica como totalidad concreta, la concepción de la dimensión antropológica del comunismo natural ostenta un carácter profundamente subjetivo, especulativo, animista, mítico, místico y fetichista, dando lugar a la teurgia, la nigromancia y al panteísmo inmanente de la naturaleza, con la preponderancia de las deidades femeninas como manifestación y representación de la situación privilegiada de la mujer dada su posición preponderante en los ordenes de jerarquía e importancia de la dinámica social.

La mujer se ubica así como el primer sujeto social beneficiario directo del proceso de enajenación-apropiación de las condiciones de existencia de la sociedad y en el primer aspecto central del proceso de alienación-dominación cultural de la historia, porque esta misma posición en el orden de importancia y jerarquía sociales, así como la mistificación fetichista en que se sustenta su condición privilegiada, terminarían a la postre en constituir su mayor debilidad y en determinar las condiciones de su subordinación, dominación y opresión social, reduciéndola prácticamente a la categoría de esclava doméstica o, como se dice hoy eufemísticamente, de ama de casa; pues al constituir un objeto de culto en tanto numen tutelar gentilicio se convierte en un sujeto sumamente valioso y codiciado por otros grupos gentilicios, dando lugar al hurto de mujeres y a violentos conflictos intergrupales para su protección o su recuperación. Así, la necesidad de su protección poco a poco la van reduciendo al encierro, en el contexto de su misma mistificación fetichista, dentro del reducido espacio de los templos consagrados al culto de las deidades femeninas y de la misma epiestía de que es númen tutelar.

La consolidación de esta situación subordinada de la mujer coincide prácticamente con la primera revolución científico-tecnológica de la historia, con la invención del lenguaje ideográfico y jeroglífico, el descubrimiento y desarrollo de la agricultura, la hidráulica, la mecánica, la geometría, la aritmética, la contabilidad administrativa, la astronomía, la arquitectura, la conformación de las grandes sociedades estamentarias, el desarrollo de los cultos solares, la astrología, la hermética, el teísmo trascendental, la transición al patriarcado, la poligamía y el derecho paterno, la deificación del poder público y el culto al hombre-dios instalado en la máxima jerarquía del poder público, apareciendo, por primera vez, y en el contexto de una sociedad sin clases, el poder político.

Aquí la organización y ejecución del trabajo social aún no se ha desprendido de su forma colectiva, pero la enajenación-apropiación sobre la naturaleza ha perdido su carácter comunal, para adquirir la forma de propiedad pública estamentaria, y en el contexto de los procesos de dirección y planeación por primera vez en la historia la subordinación se impone sobre la coordinación, engendrado una superestructura administrativa estratificada, cuyos detentadores se arrogan el derecho de no realizar labores físicas directamente vinculadas a la producción, imponiendo el tributo en especie en contraprestación a sus actividades administrativas, planeadoras y directoras del trabajo social, arribando históricamente así a la segunda formación económico-social y primera directamente histórica: la sociedad estamentaria, con su modo de producción social tributario-estamentario.

Sobre esta base y en virtud del desarrollo de las guerras de conquista y saqueo, derivadas de las necesidades de expansión territorial para el desarrollo de la agricultura y la ganadería, se va desarrollando, poco a poco, la enajenación-apropiación del trabajo social bajo la forma de esclavitud.

Es muy poco probable, en virtud de las consideraciones expuestas en párrafos anteriores, que del comunismo natural se haya podido saltar al esclavismo sin un período de transición prolongado, plagado de guerras intestinas y sublevaciones populares, sobre el cual los estamentos de mayor jerarquía en el poder público se desarrollan bajo la forma de dinastías hereditarias del estado, subsumiendo en sí y para sí el poder económico derivado de la propiedad pública estamentaria al convertirla en propiedad privada absoluta y universal de estas dinastías hereditarias, subordinando ya, en términos absolutos de enajenación-alienación, el poder social, el trabajo social, la fuerza de trabajo social y a sus propios poseedores ontogénicos: los seres humanos1.

Lo destacable de estas distinciones y precisiones es el hecho sustantivo de que en el desarrollo del proceso de enajenación-apropiación ser humano/naturaleza de las condiciones de su existencia y supervivencia, la cuña natural se transforma en histórica con la aparición de la propiedad pública y su desenvolvimiento y consolidación en propiedad privada, describiendo al mismo tiempo el proceso de enajenación-alienación del trabajo social y del poder social, y el despojo que de ellos son sujeto y objeto, en principio, sus reales y auténticos poseedores.

Vayamos un poco más lejos y más a fondo. Es un hecho empíricamente verificable que sin la preexistencia objetiva de la propiedad privada en la naturaleza es imposible la enajenación, en principio porque todo cuanto existe tiene por base y origen la misma naturaleza.

En este sentido, al ser el fenómeno de la distinción y diversificación fenoménica de la realidad objetiva el aspecto fundamental y universal del movimiento y desarrollo de la naturaleza en tanto finalidad ontogénica de la identidad y contradicción de la unidad autoantitética materia-energía, lo es también, por consiguiente, la particularidad, individualidad y singularidad de propiedades, características y atributos que posee en sí y para sí, de forma única y absoluta, cada elemento de la diversidad fenoménica en que se realiza la distinción; o sea, la propiedad privada.

No sólo eso, ya que este principio de la identidad autoantitética materia-energía del movimiento y desarrollo de la naturaleza está igualmente presente en el proceso de la enajenación, porque siendo materia y energía propiedades particulares de la misma cosa, la única y verdadera unidad indivisible de la naturaleza (desde la infinitesimalidad cardinal precuántica de la indeterminación entrópica, hasta la infinitesimalidad espaciotemporal cósmica del universo), absolutamente idénticas entre sí y a la cosa misma, ésta lleva implícita, indesligable de sí misma, su propia relatividad. Para manifestarse en cuanto materia, debe subsumir y subordinar en sí misma y para sí misma sus propiedades particulares en tanto energía e, inversamente, para manifestarse en cuanto energía, debe subsumir y subordinar en sí misma y para sí misma sus propiedades particulares en tanto materia. O sea, realizar un proceso de enajenación recíproca de sus propiedades particulares, que, en este caso, se manifiesta y sólo puede manifestarse como autoenajenación-autoapropiación por tratarse de una y la misma cosa.

Más aún: la distinción cardinal cuántica implica ya que la cosa ha dejado de ser lo que era para convertirse en otra cosa; es decir, que ha dejado de ser la materia-energía abstracta, informe, inactiva e indiferenciada del indeterminismo entrópico para asumir una forma concreta, activa y distintiva, la cual es, en sí misma y para sí misma, la realización de un proceso de enajenación-apropiación de las propiedades intrínsecas potenciales de dicha materia-energía abstracta, informe, inactiva e indifierenciada, y en cuya evolución y desarrollo en cuanto y en tanto variedad fenoménica infinitesimal parece jugar un papel determinante la densidad e intensidad de las fluctuaciones cuánticas del proceso cardinal de la distinción. Pero lo relevante y medular aquí es que la enajenación está ya implícita en el origen del proceso y en el proceso mismo de la distinción. Lo cual nos lleva de vuelta al postulado de partida: la propiedad privada es la condición determinante preexistente de la enajenación.

Mas no se vaya a ir con la finta quien pretenda encontrar en esta condición universal del movimiento y desarrollo de la naturaleza la evidencia justificatoria de la inevitabilidad e insuperabilidad de la propiedad privada y la enajenación en la dimensión antropológica del ser social. Es la misma naturaleza, por el contrario, la que aporta las evidencias incontrastables de que la propiedad privada y la enajenación en la dimensión antropológica del ser social no es más que una anomalía perdida en un absimalmente infinitesimal punto del espacio-tiempo cósmico universal, un accidente fortuito, el remanente natural del indeterminismo entrópico que resuena como un eco remoto y lejano en el determinismo cuántico de la probabilidad, una interrupción momentánea, histórica ciertamente, de otro aspecto fundamental del fenómeno de la distinción y variedad fenoménica de la unidad autoantitética materia-energía: la autoapropiación gradaualmente enriquecida en progresión amplificada antientrópica de su ser mismo, el principio de la identidad dinámica absoluta de la unidad autoantitética materia-energía y sus distinciones.

Es decir, que en el fenómeno natural de la enajenación, la busqueda del equilibrio, de la equidad, de la armonía, de la estabilidad, del enriquecimiento progresivo y de la conservación materia-energía es una constante que se resuelve en esta autoapropiación enriquecida, de tal modo que todo cuanto existe en la naturaleza, siendo en absoluto materia-energía y relativo sólo en cuanto variedad fenoménica de sus distinciones, manifiesta en su diseño dinámico funcional el proceso de conservación y amplificación gradual progresiva de sus propiedades, características y atributos, como finalidad ontológica del movimiento y desarrollo del universo, toda vez que la mismísima enajenación originaria, en tanto primera negación del estado de indeterminismo entrópico de la materia-energía, es, también, la primera autoadquisición dinámica de sus características, atributos y propiedades potenciales, resolviendo desde la propia base y origen de la existencia y desarrollo de la naturaleza, la propiedad privada y la enajenación.
______________________

1. Estas precisiones resultan de cardinal importancia para comprender la naturaleza distintiva del estado, del poder público y del poder político y del papel fundamental que detentan en el origen, desarrollo y superación de la propiedad privada, de la enajenación-alienación, y de las clases sociales y su unidad e identidad autoantagónica; más aún amén de las confusiones e imprecisiones introducidas por Engels en el cuerpo conceptual de la dialéctica materialista de la historia, no sólo en tanto a su naturaleza distintiva, sino, fundamental y principalmente, en cuanto a su proceso ontogénico; y dada la exigua importancia otorgada por el propio Marx al extraordinario descubrimiento de lo que llamó Modo de Producción Asiático, ubicándolo aparte, como un caso raro y singular fuera del proceso histórico-natural general del desarrollo de la formación socioeconómica.

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