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Georg Lukács y Historia y Conciencia de Clase

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Georg Lukács y Historia y Conciencia de Clase Empty György Lukács: Historia y conciencia de clase

Mensaje por NSV Liit el Lun Nov 22, 2010 6:11 am

El húngaro György Lukács (1885-1971) fue uno de los filósofos marxistas más importantes. Conjugó su actividad filosófica y de crítica literaria con la práctica revolucionaria. En 1919 participó en la Comuna Húngara, de la que fue su comisario de educación y cultura. A la caída de la comuna tuvo que exiliarse y estuvo en varios países europeos hasta que acabó en la URSS, huyendo del nazismo. Tras la Segunda Guerra Mundial regresó a Hungría pero tuvo problemas con el gobierno comunista húngaro, llegó incluso a participar en la "revolución" de 1956 y fue miembro del gobierno de Imre Nagy. Desde 1957 tuvo que hacer autocrítica. En los años 60 creció a su alrededor toda una generación de filósofos y sociólogos marxistas críticos con la situación húngara ("La escuela de Budapest"), como Ágnes Heller, Ferenc Fehér, György Márkus, István Mészáros (aunque este en realidad fue su alumno antes y emigró en 1956), y otros.

(curiosamente la mayoría de ellos, si no todos, emigraron y han abandonado el marxismo)

Algunos de ellos están traducidos al español (por ejemplo de Markus, su "Marxismo y antropología").

El libro "Historia y conciencia de clase" de Lukács, fue escrito en 1923 y tuvo mucha influencia en el marxismo y en la filosofía de la época.

El libro se puede conseguir aquí, con una pequeña introducción del autor del blog:

http://bataillesocialiste.wordpress.com/2008/06/25/gyorgy-lukacs-historia-y-conciencia-de-clase/

El link concreto para bajarse el libro es este: http://bataillesocialiste.files.wordpress.com/2008/06/hcc.pdf

(edición cubana, de 1970)

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Georg Lukács y Historia y Conciencia de Clase Empty Re: Georg Lukács y Historia y Conciencia de Clase

Mensaje por NSV Liit el Lun Nov 22, 2010 6:19 am

Un texto de ayuda:

Para leer Historia y conciencia de clase

http://www.archivochile.com/Ideas_Autores/lukacs_g/sobre/lukacsgsobre00005.pdf

Y además un artículo de Rebelión:

La filosofía y el fuego (Lukács ante Lenin)


Prólogo del libro de Lukács "Lenin (La coherencia de su pensamiento)"
La filosofía y el fuego (Lukács ante Lenin)

Néstor Kohan


Para José Luis Mangieri, compañero y amigo,
quien editó por primera vez en Argentina y América Latina
este libro de Lukács sobre Lenin a través de LA ROSA BLINDADA.
En agradecimiento por todo lo que nos enseñó.

György Lukács [1885-1971] es un filósofo húngaro y un militante comunista. Probablemente, junto con el italiano Antonio Gramsci, Lukács represente a uno de los principales filósofos marxistas de todo el siglo XX a nivel mundial.
La obra escrita de Lukács es enciclopédica y prácticamente inabarcable. La edición de sus Obras Completas incluye nada menos que... 24 tomos. De esa inmensa masa de trabajos e investigaciones, no pueden obviarse: El alma y las formas [1910], Historia del desarrollo del drama moderno [1911], Teoría de la novela [1920], Historia y conciencia de clase [1923], Lenin (La coherencia de su pensamiento) [1924], Goethe y su época [1946], El joven Hegel [terminado en 1938, publicado en 1948], Peripecias [1948], Thomas Mann [1948], Existencialismo o marxismo [1948], El realismo ruso en la literatura mundial [1949], Realistas alemanes del siglo XIX [1950], Balzac y el realismo francés [1952], El asalto a la razón. La trayectoria del irracionalismo desde Schelling hasta Hitler [1953], La novela histórica [1955], Problemas del realismo [1955], Franz Kafka o Thomas Mann [1957], Significación actual del realismo crítico [1958], Sociología de la literatura [selección, 1961], Estética [4 tomos, 1963], El hombre y la democracia ([escrito en 1968, publicado póstumamente) y La ontología del ser social (3 tomos, [1971-73], publicado póstumamente).
Lukács nace en Budapest en 1885 (allí fallece en 1971). En su juventud pasa varios años en Alemania donde conoce a Simmel, Bloch, Tönnies, Windelband, Rickert y Max Weber. Con este último traba estrecha amistad. De regreso en Budapest, entre 1915 y 1917 Lukács funda el grupo cultural “Círculo de los domingos” donde asisten, entre otros, Arnold Hauser y Karl Mannheim. El comienzo de la primera guerra mundial en 1914 juega un papel importante en su primera radicalización política. En esos tiempos juveniles, Lukács rechaza al capitalismo desde las posiciones de un romanticismo revolucionario (muchas veces místico, mesiánico y trágico) que concibe al mundo burgués no tanto como una sociedad de explotación sino más bien como un modo de vida inauténtico, vulgar, mediocre, ordinario y rutinario. Ese rechazo se funda muchas veces en una ética absoluta asentada en el “deber ser” kantiano, que no acepta ninguna transacción con la realidad. Por eso, en el pensamiento crítico de la primera juventud de Lukács predomina la revuelta ética anticapitalista por sobre la teoría y la estrategia revolucionaria.
En 1917 Lukács funda la “Escuela libre de las ciencias del espíritu” donde colabora el compositor Béla Bartók. Ese mismo año saluda con entusiasmo la revolución bolchevique que lo radicalizará todavía más. El 2 de diciembre de 1918 ingresa al Partido Comunista, fundado en Budapest solamente doce días antes. Cuando él ingresa al partido, éste contaba con menos de cien miembros.
A continuación comienza a militar en la izquierda del comunismo de la naciente Internacional Comunista. En ese período, Lukács es co-director de la revista Kommunismus, órgano de la Internacional Comunista para los países danubianos. Allí se publican, antes de formar parte del libro, varios ensayos de Historia y conciencia de clase. Mantiene entonces sus posiciones anticapitalistas y el énfasis culturalista en su interpretación del marxismo, pero va abandonando sus anteriores puntos de vista místicos y espiritualistas.
En 1919 participa en forma activa y militante de la insurrección consejista que proclama la República Soviética de Hungría en aquel país. Llega a ser ministro de Cultura y Educación Popular de esa revolución. Entre otras medidas, establece el Instituto de Investigación para el Fomento del Materialismo Histórico. Una de los ensayos de Historia y conciencia de clase surge de la conferencia pronunciada por Lukács en la inauguración de dicho Instituto.
Tras la derrota huye a Viena, donde vivirá desde 1919 hasta 1929. Mientras tanto, el gobierno húngaro del dictador y contralmirante Miklós Horthy lo condena a muerte. En 1921, en el III Congreso de la Internacional Comunista, Lukács conoce personalmente a Lenin quien, discutiendo precisamente con la izquierda de la Internacional, había publicado el año anterior —en julio de 1920— El Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. Según Michael Löwy, a partir de 1920 Lukács se distancia de la corriente izquierdista de la Internacional y adopta las posiciones de un realismo revolucionario (Véase Michael Löwy: Para uma sociología dos intelectuais revolucionarios. A evoluçao política de Lukács. Sao Paulo, Ciencias Humanas, 1979. pp.193). El término de “realismo revolucionario” no significa que en esta etapa de su evolución intelectual Lukács se haya adaptado al orden establecido. Por el contrario, alude al hecho de que el filósofo, manteniendo sus posiciones radicales, supera entonces el rigorismo formal de la ética kantiana (cuya generalidad impide operar sobre la realidad) para adoptar el punto de vista de los revolucionarios bolcheviques encabezados por Lenin y Trotsky.
Entre 1919 y 1923 escribe los ensayos del Historia y conciencia de clase, su libro fundamental, máxima expresión filosófica de la revolución bolchevique y una de las grandes obras del siglo XX. En ella sintetiza el mesianismo judío revolucionario, el cuestionamiento de Weber a la burocracia, la crítica hegeliana de Kant (y del iuspositivismo de Kelsen), junto con la crítica de Marx al fetichismo de la economía política y de la sociedad mercantil capitalista.
Según un célebre pasaje de Historia y conciencia de clase, toda la concepción marxista de la historia está resumida y sintetizada en la teoría del fetichismo de la mercancía que Marx expone en El Capital.
Cuando Lukács escribe Historia y conciencia de clase, los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 de Marx (que tanto impactaron en el Che Guevara en los ‘60) todavía no habían sido publicados. Recién se publican en 1932. Cuando Lukács llega en 1930 a Moscú, participa en el desciframiento del original de Marx y comienza a trabajar en el Instituto Marx-Engels junto con David Riazanov. Pero una década antes, entre 1919 y 1923, el pensador húngaro no había leído aún esos Manuscritos de 1844. No obstante desconocerlos, en Historia y conciencia de clase Lukács ya ubica el eje de la teoría marxista en la concepción dialéctica centrada en la unidad sujeto-objeto y en las categorías de alienación, cosificación, reificación y fetichismo.
Lukács ya había utilizado anteriormente estas categorías. Por ejemplo, la primera vez que aparece el concepto de “reificación” en sus escritos es en 1909, en su Historia de la evolución del drama moderno. Pero, entre 1919 y 1923, la reificación es ubicada al interior de la lógica misma del capitalismo.
De este modo, en Historia y conciencia de clase Lukács generaliza la teoría del fetichismo desde la mercancía —“la célula básica del capitalismo”, según la expresión de Marx— a todo el orden social. Articulando en un mismo discurso filosófico la teoría de la cosificación, la crítica de las antinomias del pensamiento burgués (y de la socialdemocracia), en tanto expresión conceptual reificada, y la defensa de la posición revolucionaria del proletariado, Lukács establece una ecuación brillante. Sostiene que el pensamiento racionalista formal (allí incluye desde Kant y el positivismo, hasta Kelsen y Weber) expresa “un pensamiento burgués cosificado”. Ese pensamiento burgués que surge de la sociedad capitalista —no depende, pues, de la “bondad” o “maldad” de un empresario particular— se sustenta en un dualismo extremo entre la objetividad y la subjetividad.
Dentro de la objetividad se encontrarían las leyes de la economía y el mercado, mientras que en el plano de la subjetividad se ubicaría la lucha de clases, la conciencia revolucionaria y la ética comunista. Si el marxismo ortodoxo de Karl Kautsky entendía al marxismo como una teoría positivista de las “leyes objetivas”, el revisionismo de Edward Bernstein se limitaba a defender al socialismo sólo como una ética. Pero ambos divorcian, separan y escinden el objeto y el sujeto. La base de esa escisión es, según Lukács, el fetichismo y sus derivados: la objetivación, la racionalización formal, la dominación burocrática y la cosificación. El proletariado puede romper y hacer estallar esa cáscara fetichista que envuelve lo social porque es la única clase social que puede impugnar en su totalidad al sistema. No se limita a un reclamo fragmentario.
Aunque los ensayos de ese libro comenzaron a redactarse en 1919, fueron modificados antes de ser publicados en 1922, después de la crítica de Lenin al izquierdismo. Fue en 1922 cuando Lukács redacta el principal de todos los ensayos: “La cosificación y la conciencia del proletariado”, pieza maestra del pensamiento dialéctico y del rechazo de todas las formas de positivismo que impregnaron muchas veces al marxismo, castrando su impulso revolucionario en aras de una supuesta “cientificidad” natural.
Historia y conciencia de clase recupera para el corazón del marxismo la dialéctica revolucionaria que la II Internacional había bochornosamente abandonado y olvidado, tanto con la ortodoxia de Kautsky como con el revisionismo de Bernstein, ambos críticos de la revolución rusa de Lenin y Trotsky.
Al año siguiente de la publicación de Historia y conciencia de clase, muere Lenin. Inmediatamente Lukács redacta este nuevo libro, más pequeño, que ahora presentamos. Lo hace en una clara continuidad con Historia y conciencia de clase. Lo titula Lenin (La coherencia de su pensamiento) y lo publica en Viena.
Su tesis central defiende la actualidad de la revolución frente a quienes la pretenden postergar para un inalcanzable, lejano y difuso día de mañana, separando la táctica de la estrategia, dejando a la crítica social sin política, aislando las reivindicaciones puntuales de todo proyecto de transformación global de la sociedad, divorciando la ciencia de la ética y escindiendo, en definitiva, el objeto del sujeto.
En el lenguaje de nuestros días, lo que aquí Lukács está poniendo en discusión es precisamente la fragmentación del rechazo del capitalismo en múltiples nichos inconexos (mientras se reclama un imposible “capitalismo con rostro humano”) y la maniobra de postergar para pasado mañana o vaya uno a saber para cuando la perspectiva socialista de “otro mundo posible”.
En estas cortas y afiebradas páginas Lukács, el más brillante, el más erudito, el más refinado de los filósofos marxistas, intenta aferrar entonces el pulso vivo e imperecedero de Lenin. Desde ese ángulo sintetiza al dirigente bolchevique de la siguiente manera: “un pensamiento enteramente vertido a la praxis”. De manera sumamente similar al intento de Gramsci presente en los Cuadernos de la cárcel, Lukács ubica en Lenin (La coherencia de su pensamiento) al revolucionario ruso como un pensador de la filosofía de la praxis.
En un balance maduro sobre aquel ensayo juvenil de 1924, Lukács vuelve sobre sus pisadas y se interroga nuevamente sobre Lenin. Así dice, en enero de 1967, que: “Durante toda su vida Lenin no dejó, pues, de estudiar, siempre y en cualquier lugar, fuera la lógica de Hegel o el juicio de un obrero sobre el pan. El estudio permanente, el dejarse instruir siempre de nuevo por la realidad, es un rasgo esencial de la absoluta prioridad de la praxis en la línea leninista de conducta. Ya esto, pero sobre todo su manera de estudiar, abren un abismo insondable entre él y todos los empiristas y «políticos realistas»”. Esa actitud que Lukács encuentra y subraya en Lenin —tan alejada de las modas, de las frivolidades del mercado (de las ideas), del “último grito” promocionado por los monopolios editoriales y sus industrias culturales— es la que nos está haciendo falta en nuestros días. Hoy se vive, se palpa, se respira y se siente una sed de teoría, de teoría política viva, no de paper académico ni de best seller mercantil. Por eso vale la pena releer estás páginas de Lukács ante Lenin.
El universo teórico-político en el que se inscriben las tesis del ensayo sobre Lenin gira en torno a los mismos problemas de Historia y conciencia de clase y a los mismos puntos de vista radicales, aun cuando el volumen sobre Lenin tiene un talante político más inmediato y directo. Según Michael Löwy: “En estas condiciones, nos parece que Lenin de Lukács es, en último análisis, la continuación de Historia y conciencia de clase, estando las dos obras fundadas sobre las mismas premisas teóricas fundamentales” (Véase Michael Löwy: Para uma sociología dos intelectuais revolucionarios. A evoluçao política de Lukács. Obra citada. pp. 212 [la traducción de esta cita me pertenece]).
Retomar entonces la herencia radical de Lenin constituye, según la conclusión con la que Lukács cierra este libro, “la tarea más noble para todo aquel que verdaderamente asuma el método dialéctico como arma de la lucha de clases”. Creemos no exagerar al caracterizar esa conclusión como pertinente, útil y sumamente productiva para el mundo teórico y político contemporáneo. Por eso lo publicamos cuando se cumplen 80 años de la muerte de Lenin. No se trata de trasladar mecánicamente las conclusiones de Lenin al mundo actual, haciendo violenta abstracción de las transformaciones históricas que han ocurrido desde que él murió hasta nuestros días. Pero sí se trata de retomar sus preguntas, sus indagaciones, sus interrogantes, sus inquietudes y sobre todo, como subraya Lukács, su manera de estudiar la sociedad. Esa manera que ha sido abandonada o sencillamente desechada —sin mayores trámites ni beneficio de inventario— por los partidarios del posmodernismo y del posestructuralismo contemporáneo.
Cabe aclarar que, aunque su autor mantenía una admiración total por Lenin, líder indiscutido de los bolcheviques, la recepción de Historia y conciencia de clase no fue de ningún modo bienvenida en la URSS. Cuando recién vio la luz, esta obra fue “condenada” inmediatamente por la ortodoxia cientificista de un marxismo que se parecía demasiado al positivismo.
Este rechazo provino tanto de la Segunda Internacional —y su principal teórico: Karl Kautsky— como en la voz oficial de la Tercera Internacional —cuya presidencia estaba por entonces a cargo de Zinoviev—. Ambos condenaron, casi al mismo tiempo, Historia y conciencia de clase en 1924. Lo mismo hizo Nicolás Bujarin. A su vez, el diario oficial soviético Pravda aprovechó la ocasión y condenó de un solo plumazo a Lukács, Korsch, Fogarasi y Revai (esta condena se publicó en el Pravda el 25 de julio de 1924).
Mientras tanto, el filósofo soviético Abraham Deborin (antiguo menchevique y discípulo de Plejanov), rechazando Historia y conciencia de clase, escribió un artículo cuyo título lo dice todo: “Lukács y su crítica del marxismo”. Lo publicó en 1924 en la revista soviética Pod Znamenen Marxisma [Bajo la bandera del marxismo]. Allí defendía la tesis plejanoviana de que el marxismo desciende del materialismo naturalista, sumamente criticado por Lukács. A estas impugnaciones se sumó también la de un joven intelectual comunista húngaro llamado László Rudas, defensor de la dialéctica de la naturaleza y de una concepción objetivista extrema del marxismo.
Resulta por demás sugestivo observar que en muchas de las impugnaciones, rechazos y airadas condenas que la ortodoxia realizó contra Lukács en este período encontramos exactamente los mismos motivos ideológicos y los mismos lugares comunes que esa misma ortodoxia utilizó en América Latina para enfrentar y condenar al marxismo revolucionario del Che Guevara y de sus partidarios. En ambos casos se los acusa de “subjetivismo”, “romanticismo”, “voluntarismo” y, por supuesto, de “no respetar las condiciones objetivas ni las leyes científicas”... Aunque las circunstancias históricas eran distintas (revolución rusa en la década del ‘20, revolución cubana en los ’60) las condenas y los exorcismos de ambas herejías eran prácticamente las mismas. Parecían calcadas unas sobre otras.
Durante muchísimos décadas se pensó que Lukács había aceptado mansamente esas impugnaciones ya que, al poco tiempo, en 1926, el gran filósofo húngaro acerca sus posiciones a los puntos de vista que por entonces, burocratización mediante, tras la muerte de Lenin, se van convirtiendo en oficiales en el Partido Comunista de la Unión Soviética.
Pero recientemente, hace menos de una década, se ha descubierto que el pensador húngaro sí respondió los ataques ortodoxos. En 1925, después de publicar su Lenin, Lukács redactó Chvostismus und Dialektic. En Francia se lo tradujo en el año 2001 con el título: Dialectique et spontanéité. Em défense de Histoire et conscience de classe [Dialéctica y espontaneidad. En defensa de «Historia y conciencia de clase»]. París, Les Éditions de la Pasión, 2001. Prefacio de Nicolás Tertulian.
Michael Löwy ha cuestionado la fidelidad de esa traducción francesa del título original (Véase Michael Löwy: “Un marxismo de la subjetividad revolucionaria. Dialéctica y espontaneidad de Lukács”. Mimeo).
Este manuscrito se descubrió en los antiguos archivos del Instituto Lenin de Moscú y fue publicado por primera vez en Budapest en 1996 (todavía no ha sido traducido al castellano).
Fiel a su convencimiento militante de que la disputa había que darla al interior del comunismo, ese ensayo de anti-crítica no lo envió a Occidente, donde lo hubieran acogido con los brazos abiertos (no por simpatía, obviamente, sino para utilizarlo contra el comunismo de la URSS). Lo presentó a dos revistas soviéticas. Westnik der kommunistischen Akademie se llamaba una, y Pod Znamenen Marxisma [Bajo la bandera del marxismo], la otra. En esta última había sido publicada la crítica contra Lukács de Deborin. La respuesta de Lukács, obviamente, nunca se publicó... Lenin había muerto y los debates al interior de la URSS comenzaron a resolverse administrativa y burocráticamente. Lo interesante es que si bien Lukács responde a las críticas soviéticas contra su principal libro, nunca se toma el trabajo de responderle a la socialdemocracia.
En el mismo año —durante 1925— en que elabora esta defensa de Historia y conciencia de clase, Lukács escribe una crítica concisa y pequeña, pero demoledora, del volumen Teoría del materialismo histórico. Ensayo popular de sociología marxista [1921] de Nicolas Bujarin. En ese momento, Bujarin era otra de las voces cantantes de la ortodoxia soviética. No casualmente será este mismo Bujarin quien, presidiendo en 1928 el VI Congreso de la Internacional Comunista, declarará al materialismo dialéctico (DIAMAT) “filosofía oficial” de la Internacional. Lukács escribe entonces el ensayo “Tecnología y relaciones sociales” donde demuestra, analizando la caída del Imperio romano, que las tesis ortodoxas no sólo son teóricamente erróneas sino que además son inútiles para explicar la historia. Allí acusa a Bujarin de caer en “un materialismo burgués” y en un “burdo naturalismo”. Como se sabe, Antonio Gramsci llegará a las mismas conclusiones que Lukács (sin haber leído su crítica) cuando arremete contra Bujarin en sus Cuadernos de la cárcel.
Pero en 1926 la ola revolucionaria expansiva, nacida en 1917, había comenzado a decaer. Descendía el impulso revolucionario tras muchas derrotas proletarias (Alemania, Italia, Hungría). Ese año Lukács escribe un ensayo que marca su viraje político: “Moses Hess y los problemas de la dialéctica idealista”. Dejando atrás el radicalismo político de Historia y conciencia de clase y de su Lenin, allí celebra la “reconciliación” hegeliana con la realidad como señal de realismo... Es el paso filosófico para aceptar una reconciliación de él mismo con esa Unión Soviética que comenzaba a burocratizarse de la mano de Stalin, con el telón de fondo de un fuego revolucionario que se iba lenta y trágicamente apagando.
En 1928, Lukács redacta las tesis del II Congreso del PC húngaro a realizarse en 1929, conocidas como “Tesis de Blum” (Lukács firma con seudónimo porque estaba en la clandestinidad). En ellas se opone al sectarismo extremo que primaba en el denominado “Tercer Período” de la Internacional Comunista (cuyo lema era “clase contra clase”, identificando como enemigo principal —justo cuando en Alemania los nazis avanzaban hacia el poder— a la izquierda de la socialdemocracia). En 1929 Lukács pasa tres meses en Hungría (dirigiendo en forma clandestina el trabajo partidario).
Sus “Tesis” son derrotadas y se lo amenaza con la expulsión del partido. El ejecutivo de la Internacional Comunista —ya completamente stalinizada— envía una “Carta abierta” al PC húngaro donde reclama “concentrar el fuego contra las tesis antileninistas del camarada Lukács”. Lukács es obligado a publicar una declaración autocrítica... Él acepta. A partir de esa aceptación, abandona la política directa para refugiarse durante casi treinta años en el mundo de la cultura y la filosofía.
A pesar de esa marcha atrás y de ese acercamiento al stalinismo —y su aceptación de la doctrina del “socialismo en un solo país”—, Lukács mantiene una tensión conflictiva con esta corriente. Ese cortocircuito atraviesa y recorre la mayor parte de su vida intelectual madura. Tal es así que, aunque Lukács vive exiliado en la Unión Soviética durante el nazismo (los alemanes asesinan en 1944 a su hermano mayor János), los jerarcas oficiales soviéticos lo hostigan en reiteradas ocasiones. Y eso que él ya había aceptado la “división de tareas” que por esa época el stalinismo imponía en todo el mundo a los intelectuales miembros de los partidos comunistas (ellos se ocupaban de la cultura, pero... la política práctica la manejaban los cuadros de Stalin).
En la URSS, entre sus adversarios se encontraba, por ejemplo, Alexander Alexandrovich Fadeyev [1901-1956]. Pope de la doctrina oficial soviética en asuntos de literatura e impulsor de la revista oficial Gaceta Literaria de Moscú, donde se atacaba públicamente a Lukács. Junto a él, otro de sus adversarios era Yermilov. Ambos defensores de la línea del Proletcult.
Pero el recelo de los intelectuales stalinistas oficiales hacia este antiguo izquierdista, no queda reducido allí. Se lo obliga a formular varias “autocríticas” (la primera es la ya mencionada de 1929. Habrá otras...) y se lo encarcela en dos oportunidades.
Cuando llega a Moscú, Lukács trabaja entre 1929 y 1931 en el ya mencionado Instituto Marx-Engels-Lenin dirigido por Riazanov. Allí no sólo puede consultar los Manuscritos económico filosóficos de 1844 sino que también toma conocimiento de los Cuadernos filosóficos de Lenin, publicados después de la muerte del dirigente bolchevique, entre 1929 y 1930, cinco años después de que Lukács redactara su Lenin. La lectura de los apuntes manuscritos de Lenin sobre la Ciencia de la Lógica contribuirá al cambio de perspectiva de Lukács sobre Hegel que se expresará en El joven Hegel.
Luego de un breve período en Alemania —que se extiende desde 1931 a 1933— Lukács regresa a Moscú. Allí forma parte del consejo de la revista Literaturny Kritik [Crítica Literaria] junto a su gran amigo Mijail Lifshitz, autor del excelente estudio La filosofía del arte en Karl Marx.
Aunque la publicación de Lukács y Lifshitz contaba inicialmente con la “protección” del filósofo oficial Pavel Iudin, en 1940 es cerrada. En ese tiempo —entre 1939 y 1940— Lukács publica el ensayo titulado “Tribuna del pueblo o Burócrata”. Ese ensayo, según su brillante discípulo István Mészáros: “es la crítica más aguda y penetrante de la burocratización publicada en Rusia durante el período de Stalin” (Véase István Mészáros: El pensamiento y la obra de G.Lukács. Barcelona, Fontamara, 1981. pp. 123).
Al año siguiente, en 1941, Lukács es detenido en la URSS a partir de la denuncia de un agente húngaro. Sus interrogadores soviéticos intentan, sin éxito, extraerle una declaración según la cual habría sido desde principios de los años veinte “un agente trotskista”. Permanece prisionero poco tiempo, entre el 29 de junio de 1941 y el 26 de agosto de ese mismo año.
Según Vittorio Strada —director del Instituto Italiano de Cultura en Moscú durante los 90—, a fines de 1999 habría aparecido en la capital rusa un volumen titulado Conversaciones en la Lubjanka, donde se publican por primera vez los materiales de aquella investigación policial a la que fuera sometido Lukács en 1941 (El título original de ese volumen es Besedi na Lubjanke). Entre los “errores cometidos”, por los cuales le pregunta el interrogador de la policía soviética, Lukács habría respondido lo siguiente: “Historia y conciencia de clase contiene la síntesis filosófica de mis ideas ultraizquierdistas de ese período. La base de esta filosofía es una sobrevaloración de los factores subjetivos y la desvalorización de los factores objetivos. He sobrevalorado el papel histórico de la sociedad y desvalorizado el papel histórico de la naturaleza. He polemizado contra Engels en la cuestión de la dialéctica de la naturaleza [...] Todo esto demostraba que, en el campo de la filosofía, yo era un idealista” (véase Vittorio Strada —Corriere della Sera, Milán, 2 de febrero de 2000—, traducido y publicado en Argentina por La Nación el 27 de febrero de 2000. pp. 3. Nosotros no hemos tenido acceso a esas Conversaciones. Según Strada, se publicaron apenas 300 ejemplares en ruso. No tenemos noticias de que se hayan traducido a algún idioma occidental. Debe tomarse la información de este artículo con absoluta cautela, dado el profundo desprecio por Lukács que destilan tanto el académico italiano que dice haber tenido acceso al ejemplar, el Corriere della Sera donde publicó su nota original, como el diario conservador argentino que la tradujo. Nicolas Tertulian, en su prefacio a Dialéctica y espontaneidad editado en Francia, también hace referencia a este libro publicado en Moscú).
Entre 1944 y 1945, tras la derrota de los nazis, Lukács tiene la posibilidad de instalarse en Alemania o en Hungría. Elige su país. Ejerce allí una actividad cultural y militante frenética, hasta que vuelve a buscarse “problemas” con la burocracia. Luego de la publicación de numerosos ensayos entre 1946 y 1949, nuevamente debe soportar el fuego cruzado de los ideólogos oficiales. El primer ataque lo abre László Rudas. A ese ataque le siguen muchos otros en la prensa de Hungría. Lo acusan de “revisionismo”, de “servidor del imperialismo” y otros disparates del mismo calibre. Márton Horvath, miembro del buró político en el campo cultural, se pliega a los ataques. El conflicto se vuelve intenso y agudo cuando su viejo adversario Fadeyev publica desde la URSS un ataque virulento en el periódico Pravda. Empieza a circular la amenaza de una nueva detención policial del filósofo.
Entonces, Lukács vuelve a “autocriticarse”...
József Revai, ideólogo del PC húngaro, jefe de redacción del órgano del partido comunista Szabad Nép y ministro de cultura entre 1949 y 1953, declara que esa autocrítica era demasiado “formal” y sigue atacando a Lukács. Pero éste ve el gesto de Revai como algo positivo pues de algún modo impide la detención que se preveía a partir del momento en que los soviéticos de Pravda tomaron cartas en el asunto contra Lukács.
A los pocos años, tras la muerte de Stalin [1953], cambia la relación de fuerzas. Lukács se convierte entonces en miembro del comité central ampliado del PC húngaro y, lo que es más importante, en ministro del gobierno de Imre Nagy, abortado por la invasión soviética de ese año. Una invasión realizada en tiempos del supuestamente “abierto” Nikita Kruschev... Con los tanques soviéticos en Hungría, Lukács es capturado y deportado a Rumania junto con Nagy (a este último lo ejecutan allí en 1958).
Vuelve desde Rumania a su casa el 10 de abril de 1957. Entonces el departamento de Lukács en la Universidad es clausurado y a él se le prohíbe mantener cualquier contacto con los estudiantes. Los ataques continúan durante varios años, en Hungría, Alemania, Rusia y en otros países del Este europeo. Por ejemplo, en 1960, la editorial Aufbau Verlag de Berlín publica un largo volumen de 340 páginas titulado: Georg Lukács y el revisionismo.
¿Por qué Lukács, tantas veces víctima del stalinismo, no rompe definitivamente con esta corriente? ¿Por qué aceptó hacer esas humillantes “autocríticas”?
Las razones son múltiples y las interpretaciones posibles también. Por ejemplo, en la editorial con que la revista Pensamiento Crítico presenta por primera vez al público cubano capítulos de Marxismo y filosofía de Karl Korsch y de Historia y conciencia de clase de Lukács se plantea lo siguiente: “Alabadas y atacadas durante casi medio siglo [referencia a ambas obras], han permanecido casi desconocidas para la mayoría de los marxistas [...] Ese destino ensombreció la posibilidad de enjuiciar uno de los movimientos teóricos más interesantes que se produjeron en una etapa crucial del movimiento revolucionario de este siglo [...] También afectó a los autores: uno [Korsch] abandonó el movimiento revolucionario, y el otro [Lukács] claudicó en sucesivas autocríticas que no ayudaron nada al desarrollo del sentido de los deberes del intelectual comunista en la dictadura del proletariado” (véase Pensamiento Crítico N°41, La Habana, junio de 1970, Editorial. p.7 [el subrayado me pertenece]).
Es cierto. Lukács “claudicó”. Aceptó dar marcha atrás y terminó rechazando su propia obra. Pero ¿por qué?. Esa es la cuestión. No fue por oportunismo. Podría quizás pensarse que prefirió ser un “hereje” desde dentro y no desde fuera del comunismo de aquellos años. Podría haberse ido a vivir a EEUU (como Agnes Heller y algunos otros de sus discípulos húngaros... hoy tristemente liberales y posmodernos), donde lo hubieran recibido con bombos y platillos. Él mismo reconoció años después: “Hubiera tenido repetidas veces la posibilidad de cambiar de residencia, pero siempre rechacé tal cambio de lugar” (Véase G.Lukács: “Más allá de Stalin” [1969]. En G.Lukács: Testamento político y otros escritos sobre política y filosofía inéditos en castellano. Buenos Aires, Herramienta, 2003. pp.130).
Sin embargo, eligió quedarse. Primero en la URSS, sufriendo incluso la cárcel, la no publicación de algunos de sus libros y hasta la incautación de papeles manuscritos a manos de la policía (por ejemplo, una biografía que había escrito sobre el autor del Fausto y que probablemente llevaba por título Goethe y la dialéctica, de la que sólo se conservó un fragmento, publicado luego en italiano). Después en Hungría, donde también es apresado, insultado y expulsado de la Universidad. Fue una elección política militante, sumamente incómoda, angustiosa y lacerante, que sacrificaba su propio interés intelectual, llegando al límite de la humillación y el autoflagelo, en función de algo que él consideraba mayor: “la reforma radical del socialismo”, según sus propias palabras.
Haciendo un balance maduro de aquella decisión, en “Más allá de Stalin” Lukács caracteriza su militancia intelectual como “una lucha en dos frentes: contra el americanismo y el stalinismo”.
Pero la comprensión crítica de este último no fue rápida ni espontánea. Él reconoce sin medias tintas ni eufemismos que en un comienzo: “En las disputas partidarias inmediatamente posteriores a la muerte de Lenin, me encontré del lado de Stalin en algunas cuestiones esenciales, aunque todavía no me hubiera presentado con esta posición en forma pública. El problema principal consistía en el «socialismo en un solo país». Concretamente, cedió la ola revolucionaria que se había desatado en 1917”. (véase G.Lukács: “Más allá de Stalin”.Obra Citada. pp.125). Más adelante, en el mismo balance retrospectivo donde recorre diversos encontronazos suyos con la cultura oficial del stalinismo, el pensador húngaro afirma con notable honestidad: “Ni siquiera los grandes procesos [Lukács se refiere a los denominados «juicios de Moscú», donde fue liquidada toda la vieja guardia bolchevique. Nota de N.K.] pudieron alterar hondamente esa posición. El observador actual puede designar esto como ceguera. Olvida, al hacerlo, algunos importantes factores que para mí eran decisivos, al menos en aquel tiempo. [...] Recién cuando la acción de Stalin se expandió a amplias masas con el lema «el Trotskismo debe ser extirpado, junto con todas sus raíces», se fortaleció la crítica interna, intelectual y moral. Sin embargo, esta quedó condenada al silencio frente a la esfera pública, a causa de la necesaria prioridad de la lucha contra Hitler” [el subrayado me pertenece].
Desde nuestro punto de vista, Lukács no fue un oportunista. Fue un comunista convencido que sufrió trágicamente, en carne propia, el estrangulamiento y la burocratización de la maravillosa revolución socialista de 1917 y del impulso de ofensiva que ella inyectó a la rebelión anticapitalista mundial en aquellos tiempos.
Intentando explicar y explicarse, décadas después, ya al borde la muerte, las razones de su comportamiento político durante aquellos años, afirma: “Desde mi punto de vista, aun el peor socialismo es preferible antes que el mejor capitalismo. Estoy profundamente convencido de esto, y viví esos tiempos con esta convicción” (Véase G.Lukács: “Entrevista: En casa con György Lukács” [1968]. En G.Lukács: Testamento político y otros escritos sobre política y filosofía inéditos en castellano. Obra Citada. pp.121).
Esa toma de posición, que de algún modo cedía su radicalismo juvenil —lo más interesante y actual de toda su obra— en aras del reconocimiento de “la racionalidad de la realidad histórica”, incluso al punto de llegar al sacrificio personal cuando padeció diversos procesos de “caza de brujas”, también se proyectó en su producción teórica. Especialmente, en la interpretación y reinterpretación de su admirada dialéctica de Hegel y, en particular, en El joven Hegel, libro leído y estudiado por el Che Guevara en Bolivia, dicho sea de paso.
A pesar del clasicismo, del “realismo político” y de la mesura con que el Lukács maduro, crítico de su propia producción juvenil, abordó la teoría del marxismo (tanto en filosofía, con La ontología del ser social, como en los gruesos volúmenes de su Estética y en muchos otros de sus trabajos), durante su vejez su principal obra inspiró a muchos jóvenes de la nueva izquierda del ‘68. Entre ellos, por ejemplo en Alemania occidental (la RFA), muchos militantes, en medio de las rebeliones estudiantiles y en pleno apogeo de la izquierda extraparlamentaria radical, se pasaban de mano en mano ediciones “piratas” [ilegales o artesanales] de... Historia y conciencia de clase.
Todo lo apuntado previamente podría quizás ser materia de análisis, debate y estudio para los historiadores del socialismo. Lukács, en ese caso, quedaría encerrado en un museo, el museo de las ideas. Pero no tendría nada que decirnos hoy en día a las nuevas generaciones. No es precisamente su caso.
Cinco décadas después de que Maurice Merleau-Ponty reinstalara en el seno de la intelectualidad occidental su formidable e inigualada Historia y conciencia de clase, el interés por la obra y el pensamiento de György Lukács parece resurgir de las cenizas y volver al centro del debate.
Pensadores tan diversos como Fredric Jameson, en Estados Unidos, Michael Löwy y Nicolas Tertulian, en Francia, Itsván Mészáros, en Inglaterra, Carlos Nelson Coutinho, Leandro Konder y Ricardo Antunes, en Brasil, y muchos otros intelectuales críticos encuentran inspiración en la obra de Lukács para continuar batallando contra la globalización capitalista contemporánea y sus perversas lógicas socio-culturales. Incluso John Holloway, cuyas tesis sobre el poder resultan tan discutibles y endebles desde nuestro punto de vista, se ha inspirado en el pensamiento de Lukács en no pocos pasajes de su libro más difundido.
Volver a discutir este texto injustamente “olvidado” de Lukács constituye un enorme desafío. Se trata de retomar lo mejor que produjo en el campo del pensamiento teórico la revolución bolchevique en la pluma de uno de los principales filósofos del siglo XX. Pero el desafío no se detiene allí ya que no se trata de cualquier obra. Lo que aquí está en discusión es nada menos que Lenin, el más vilipendiado, el más insultado, el más rechazado de los políticos revolucionarios radicales del siglo XX. Pues bien. Sin hagiografías, sin panteones intocables, sin santos ni momias embalsamadas, y por supuesto a contramano de cualquier moda que nos quieran imponer, de lo que se trata es de volver a leer, estudiar colectivamente y discutir a Lenin. Nada mejor entonces que comenzar con esta sugerente y provocativa introducción de Lukács.

Diciembre de 2004

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=10714
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Mensaje por NSV Liit el Lun Nov 22, 2010 6:29 am

Otro texto sobre Lukács que habla un poco de su obra "Historia y conciencia de clase":

http://www.revistarevuelta.org/index.php/2010/07/a-lukacs-por-asalto-atisbos-de-historia-y-conciencia-de-clase/


A Lukács por asalto: atisbos de Historia y conciencia de clase

Diana Fuentes

De historias y de consciencias

Ser radical es aferrar las cosas por la raíz.

Mas, para el hombre, la raíz es el hombre mismo.

Con esta frase de Marx, da inicio el capítulo más famoso de la obra Historia y consciencia de clase de Georg Lukács. La disposición central de la subjetividad en la configuración de la teoría revolucionaria y la categorización de la cosificación como forma de la sujetidad capitalista fueron las consecuencias más profundas de la explosiva publicación de este texto en la década de los años veinte. El distanciamiento de la interpretación positivista del materialismo histórico –propia de la Segunda Internacional– fue el resultado natural de la apuesta teórica del húngaro.

En esos años, la humanidad o, mejor dicho, buena parte de la Europa occidental había sobrevivido a la guerra mundial; la conmoción ante el potencial destructivo producido por la rivalidad económica de las grandes potencias mostró la inestabilidad de los fundamentos decimonónicos de la “gran civilización europea”. En palabras de Eric Hobsbawm: “desde 1914 el siglo de la burguesía pertenece a la historia” (2005: p. 19). Desde la gran guerra, la catástrofe masiva y el uso de salvajes métodos bélicos constituyeron parte de la configuración del “mundo civilizado”. No obstante, el fastuoso siglo xx –gloria del progreso técnico-científico– trataba de ocultar la crisis, sosteniéndose en la permanente e irrenunciable vigencia de los principios políticos del liberalismo nacionalista.

Sin embargo, la posibilidad de repetir la catástrofe no detuvo la competencia geopolítica de la década posterior al tratado de paz del Salón de los Espejos del Palacio de Versalles. La experiencia del desastre y las terribles consecuencias humanas y económicas se repetirían. La reducción de los individuos a simples espectadores de su propia existencia fue la impronta de los tiempos que van del fin de esta primera guerra al inicio de la segunda. El evidente menoscabo de la libertad y de la multiplicidad identitaria sirvió como principio de legitimación para la ejecución de la política imperial que llevó a la catástrofe masiva. En el convulsivo periodo de entreguerras, se consolidaron los elementos sociales que permitieron la emergencia de la masa. No obstante, éste era un momento de transición en el que la apuesta histórica no se resolvía aún entre la promesa de la revolución internacional y la reestructuración del azotado andamiaje de la sociedad capitalista. La crisis de los principios de la civilización moderna propia del siglo xx se debatía en torno a dos alternativas antagónicas: comunismo-capitalismo.

Para el inicio de la Segunda Guerra Mundial, la balanza se había inclinado: con el pacto germano-soviético se liquidó la oposición. Y de la masa indistinta, despersonalizada, la masa del uno –y no de los individuos racionalmente constituidos en ciudadanos–, se engendró la soberanía que concedió, en la década de los años cuarenta, legitimidad a la ejecución de una política totalizante que expresaría su rostro más siniestro en el surgimiento del nacionalsocialismo.

Georg Lukács tuvo que enfrentar, como muchos otros, los avatares político-sociales de estas décadas y, en particular, la irresoluble oposición racional del proyecto revolucionario frente a la realidad de la política soviética1. Para evitar el enfrentamiento a esta contradicción, su participación en el proyecto revolucionario, de forma gradual, se restringió al ámbito teórico. Como es bien sabido, terminó por coincidir con buena parte de las premisas teórico-políticas fundacionales de la hegemónica soviética.

La audacia y la originalidad de su pensamiento se expresaron a cabalidad en sus primeros años productivos. Se suele hablar –como ya es de uso común para tratar de mostrar los cambios, la evolución o el corte conceptual en el pensamiento de un autor– de un joven Lukács en oposición a un Lukács de madurez. En todo caso, al primero debemos Historia y conciencia de clase.

Las cualidades literarias de este joven Lukács expresadas en textos como El alma y las formas (1910) o La teoría de la novela (1916), desaparecieron en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, frente a un estilo teórico al que se vería impulsado por los intereses derivados de su participación política en la República Soviética Húngara, así como por el intento de tematizar las consecuencias de la guerra mundial.

Es en 1923 cuando publica Historia y consciencia de clase. En esta obra reúne textos que había elaborado desde 1919, entre ellos destaca el ensayo titulado La cosificación y la consciencia del proletariado. Tal como reconoció después, la influencia de Simmel, de Weber, de Dilthey, de Sorel, de Luxemburg, pero fundamentalmente de Hegel, marcan el sentido general de esta obra. En sus palabras, Historia y consciencia de clase significó el intento, acaso más radical, de reactualizar lo revolucionario de Marx mediante una renovación y continuación de la dialéctica hegeliana (Lukács, 1969: XXII). En los ensayos que constituyen el núcleo de esta obra, Lukács buscó explicar las raíces histórico-teoréticas y metodológicas del problema de la alienación, en tanto cuestión central de la crítica revolucionaria del capitalismo y de su posible abolición.

Historia y conciencia de clase siguió un camino propio que, con rapidez, le distanció de su autor. Primero fue objeto de duras críticas, entre las que predominan aquéllas de Rudas y Deborin; quienes señalaron que la importancia otorgada por Lukács, al momento subjetivo en la dialéctica histórica, alejaba la discusión teórica de la construcción del método científico de acercamiento a lo real, en la perspectiva de las necesidades del proceso revolucionario.

Lukács dio respuesta a estos señalamientos en un texto redactado en 1925 que jamás fue publicado (Chauvinismo y dialéctica), en él denunciaba el intento de aquellos marxistas por hacer del materialismo histórico una ciencia, en el sentido burgués positivista. El núcleo de la discusión fue la importancia revolucionaria de la constitución de la subjetividad (Löwy, 2007).

A pesar de la lucidez de sus señalamientos, en 1926, Lukács se reconcilia con la realidad, se reconcilia con la Unión Soviética, con la política estalinista y con la interpretación propia de la Segunda y Tercera Internacional sobre lo histórico y lo social (Löwy, 2007). Lukács abandonó, entonces, el camino abierto por su obra. De cualquier forma, y más allá del autor, el texto cobró vigencia, habló a la distancia y se convirtió en un hito entre una serie muy particular de intelectuales en los años posteriores a su publicación.

El atractivo magnético de Historia y consciencia de clase radica en el uso de conceptos como reificación, cosificación, mediación y totalidad. Todos ellos desarrollaron y ampliaron el horizonte crítico de la teoría marxista. Entre sus deudores encontramos algunos de los teóricos más auténticos del pensamiento crítico del siglo xx. Adorno y Horkheimer llevarían a sus límites el diagnóstico de las consecuencias de la oposición característica del pensamiento moderno entre lo racional e irracional, así como la constitución de la cosificación social, aducida por Lukács. El giro radical del pensamiento de Sartre desde El ser y la nada hasta la Crítica de la razón dialéctica, abreva de Historia y consciencia de clase. También Walter Benjamin reconocería, en 1924, la importancia y la impresión que le causó la obra (Buck, 2001: p. 86).

Así, más allá de la polémica, figura Lukács. Más allá de pretender un asalto o un salto a sus contradicciones, a principios del siglo xxi –después de haber transitado por los estruendosos decretos de defunción de ideologías, de historias, de filosofías, de relatos y metarrelatos, después de que se proclamó incluso el fin de los fines–, aún ahora, Historia y consciencia de clase, y en particular el ensayo La cosificación y la consciencia del proletariado, proporciona una serie de categorías sobre las condiciones de lo subjetivo y lo social de la modernidad capitalista, que no han sido agotadas ni por la más radical crítica de la segunda mitad del siglo xxi.

Bibliografía

Hobsbawm, Eric. La era del imperio 1875-1914, Crítica: Barcelona, 2005.

Lukács, Georg. Historia y consciencia de clase, Grijalbo, México, 1969.

Löwy, Michael. “El marxismo de la subjetividad revolucionaria de Lukács,” Revista Herramienta, No. 34, Marzo 2007, consultado el 10 de febrero de 2010 en: http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-34/el-marxismo-de-la- subjetividad-revolucionaria-de-lukacs

Buck-Morss, Susan. Dialéctica de la mirada, Walter Benjamin y el proyecto de los Pasajes, La balsa de la Medusa: Madrid, 2001.

1 Baste mencionar a Antonio Gramsci o a Karl Korsch para dar muestra del abandono o del aislamiento al que se sometió a aquellos políticos e intelectuales que, desde el ala comunista, se opusieron a la política soviética.
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Mensaje por maxi. 1871 el Lun Dic 06, 2010 9:00 am

Lean de lukacs el librito "Lenin la coherencia de su pensamiento"( no se si el compañero puso un link, pero en 4shared y en otras paginas de internet se pude bajar gratis) que es re cortito(menos de 100 hojas) y está muy bueno porque sistematiza el pensamiento de lenin( no digo que eso alcance eh, hay que leer a lenin directamente).

Historia y conciencia de clase se hace bastante mas dificil( aunque hay algunos ensayos, el libro son ensayos que tratan temas difeentes, donde se le entiende mas, hay otros que se hacen muy dificiles en algunas partes si uno no tiene ni la mas puta idea de algunos conceptos hegelianos), asi que tal vez no sea la mejor idea empezar por ahi con lukacs.

Si lukacs fue o no estalinita es discutido( o sea algunos dicen que apoyo a stalin porque estaba convencido y otros para que no lo liquiden) pero su obra está buena, no lo descarten con el prejucio de que es stalinista(yo no lo soy eh, sino que hubiera estado con la oposicion de izquierda) y por eso no puede haber dicho nada de valor.
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Mensaje por Demofilo el Lun Dic 06, 2010 10:50 am

Lukacs es un autor contradictorio consigo mismo. En cada una de sus obras dice lo contrario de la anterior. Además es necesario hacer un esfuerzo para considerarle dentro del marxismo.
En cuando a su obra "Historia y conciencia de clase" es la más difundida y la peor de todas. Ahí el marxismo es cero porque Lukacs ni trata de historia ni sabe lo que es la conciencia de clase.
La mejor obra de Lukacs que yo recomiendo leer es "El asalto a la razón". Es justamente la obra que nadie recomienda nunca.
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Mensaje por maxi. 1871 el Lun Dic 06, 2010 7:54 pm

no te gustó "el joven hegel y los problemas de la sociedad capitalista"? esa sí que nunca se la escuché recomendar a nadie y a mi me parece que está buena.

el libro el asalto a la razon lo empecé a leer hace poco y hasta ahora me está gustando mucho, ya la aclaracion de la 1ra pagina del prologo es buenisima. Se puede bajar de aca( la edicion del fondo de cultura economica) http://www.4shared.com/document/McylkotF/Lukacs_El_asalto_a_la_Razn.htm

en cuanto a historia y conciencia de clase, los defectos que le atribuis no lo tienen todos los ensayos de esa obra( encima la autocrtica que hace en el prologo es notable, nunca vi a alguien hacer una autocritica asi de un libro suyo), creo que hay como minimo un par muy rescatables( la insistencia en remarcar el concepto de totalidad y de no dividir todo como si no tuviera relacion entre sí, en compartimentos estancos, como hace el positivismo la considero muy valiosa, aunque no es necesario leer a lukacs para saber eso obvio, pero en esa epoca, creo que fue bueno remarcarlo). Tambien es verdad, que como el mismo lukacs dice, en esa obra, por partes es mas fichteano que hegeliano.

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Mensaje por Disidente_del_Capitalismo el Mar Dic 07, 2010 4:18 am

He aquí un texto de Carlos Pérez Soto, muy informado en torno a la magna obra de Lukács Historia y Conciencia de Clase. Y como siempre muy interesante.
Historia y Consciencia de Clase, Presentación y Comentario
Carlos Pérez Soto

1. Lukács

Georg Lukács nació en Budapest, el 13 de Abril de 1885, en una familia de la alta burguesía, que había obtenido incluso título nobiliario en el Imperio Austro Húngaro. Estudió derecho en la Universidad de Budapest y luego filosofía en Berlin y Heidelberg. Ya desde 1906 escribe en revistas literarias y participa activamente en el movimiento de renovación estética que atraviesa la bullente vida cultural previa a la Primera Guerra Mundial. En 1910 publica El Alma y sus Formas, su primer libro importante, y luego Historia del Drama Moderno, en 1911, y Teoría de la Novela, en 1916.
Cuando ocurre la Revolución Rusa, en 1917, Lukács era ya ampliamente reconocido como un intelectual crítico, progresista, estrechamente relacionado con Karl Mannheim, Ervin Szabó, anarcosindicalista, Arnold Hauser y Ernst Bloch, dedicado más bien a cuestiones culturales que a alguna militancia directa. Por esto, fue una sorpresa para la mayoría de sus amigos que en 1918 se uniera al Partido Comunista Húngaro, fundado en Noviembre de ese año por Bela Kun (1886-1938). Un partido pequeño, ubicado en el ala más izquierdista de la política marxista de su tiempo.

En Octubre de 1917 el gobierno húngaro reconoció su derrota en la guerra, a fines de ese mes una insurrección general de obreros y campesinos logró poner fin a la monarquía y se proclamó la república, el 21 de Marzo de 1919 los comunistas de Bela Kun, aliados con el Partido Socialdemócrata, proclamaron una República Soviética, que fue llamada la “República de los Consejos”. Este gobierno, sin embargo, fue derrocado el 1 de Agosto de 1919, por una invasión militar desde Rumania. Esta invasión hizo posible la dictadura del almirante Miklós Horthy (1868-1957) quien, tras una dura represión en que fueron asesinados miles de opositores, ejerció un gobierno de corte fascista, aliado de Hitler, entre 1920 y 1944, cuando fue derrocado a su vez por la invasión de las tropas soviéticas, tras la Segunda Guerra Mundial.

Los escasos cuatro meses de la República de los Consejos determinaron todo el resto de la vida y la producción de Lukács. Durante esos meses fue Comisario del Pueblo para la Educación y Comisario Político de una parte del Ejército Rojo húngaro. Tras la caída vivió largamente en el exilio, muchas veces en la clandestinidad, e incluso fue brevemente detenido en Viena, en 1920, logrando ser liberado tras el apoyo internacional de mucho intelectuales, incluyendo a Thomas Mann.

En sus primeros años en el exilio Lukács ocupó altos cargos en la dirección del Partido Comunista Húngaro, y participó activamente en la revista Kommunismus, órgano de parte de la izquierda de la Tercera Internacional. Vivió entonces muy de cerca los dramas de las oscilaciones políticas de la Internacional, y de las rencillas características de los Partidos derrotados, fragmentados, en el exilio, que muchos chilenos conocieron muy bien en los años 70. Acusado de izquierdista en 1924, por el Comisario Dimitri Zinoviev (1886-1936), e incluso, un poco al pasar, por el mismísimo Lenin, tras un vuelco de la Internacional hacia la derecha fue, sin embargo, acusado de derechista en 1929, por sus Tesis de Blum, un programa para el Partido Húngaro en que proponía que no se podía salir de la dictadura de Horthy directamente al socialismo, sino que había que transitar un período previo de “dictadura democrática”. Esta condena desde lo alto se debía, por supuesto, a que ahora la Internacional había virado a la izquierda, situación en que se mantuvo hasta 1935, en que promovió la política de Frentes Populares (justamente la que había propuesto Lukács), que sólo duró hasta 1939, en que tras el pacto de Stalin con Hitler se promovió una “agudización de la lucha de clases”, la que duró a su vez sólo hasta 1942 en que, tras la invasión alemana de la Unión Soviética se promovieron las alianzas antifacistas, lo que sólo duró hasta 1947, en que se inició la Guerra Fría.

En este ambiente polarizado, cambiante, lleno de intereses contrapuestos, no es raro que la obra de Lukács esté llena de propuestas, cada vez más prudentes, orientadas hacia asuntos puramente culturales, y retractaciones, varias de ellas en un tono que hoy nos parecería poco adecuado para un intelectual de primera línea. La primera quizás sea su Lenin, en 1924, en que, tras la muerte del líder, trata de mostrarse como consecuentemente leninista, y asimila ya muy visiblemente la debilidad de su posición frente a la todopoderosa Tercera Internacional. Luego, tras la Tesis de Blum, una nueva autocrítica que lo lleva a retirarse de la vida activa del Partido por 18 años. Luego, a su llegada como exiliado a la Unión Soviética en 1933, una autocrítica por Historia y Consciencia de Clase, de 1923 que, junto con las obras de Karl Korsch, había sido considerada izquierdista e idealista, por su apelación a la filosofía de Hegel. Estas autocríticas, y su amplio prestigio como crítico cultural, hicieron posible que fuera aceptado en la Academia de Ciencias de la Unión Soviética donde, durante una década, trabajó arduamente, en silencio, casi sin publicar ni participar en ninguna de las discusiones “filosóficas” que se deban entonces a la sombra del estalinismo. No tuvo, por ejemplo, ninguna participación en el infausto debate entre “mecanicistas” y “dialécticos”, que se dio entre 1924 y 1931, pero que a su llegada estaba ya resuelto por la hegemonía de los “dialécticos”, presuntamente defensores de Hegel, y el declive atroz de los “mecanicistas” desde la Academia al Gulag. Tampoco en los debates, en los años 40, en torno a las tendencias “cosmopolitas” en literatura.

Lo que sí pudo hacer, al menos por un tiempo, fue convertirse en uno de los primeros intelectuales en tener acceso a los Manuscritos Económico Filosóficos de 1844 y a la Ideología Alemana, textos de Marx que fueron publicados por primera vez por el notable camarada David Zelman Berov Goldendach, que se hacía llamar David Riazanov (1870-1938), en 1932, en el marco de las Obras Completas de Marx y Engels, llamadas por su sigla en alemán, MEGA I. Allí Lukács pudo comprobar la amplia sintonía entre las tesis de sus libros, tan criticados, y la palabra del propio Marx. Textos a los que ni Lenin, muerto en 1924, ni Rosa Luxemburgo, asesinada en 1919, ni Antonio Gramsci, en la cárcel desde 1927, habían tenido acceso. Como tampoco, por supuesto, la amplia pléyade de comisarios filosóficos de la Segunda y la Tercera Internacional. Nuevamente, sin embargo, Lukács no puede hacer eco explícito de estos valiosos descubrimientos. La edición del MEGA es interrumpida, por diversas infracciones de tipo ideológico, en 1939, y el propio camarada Riazanov, purgado en 1931, terminó fusilado, en 1938 por, entre otras acusaciones, “trotzkista” y, también “por su extrema hostilidad personal respecto del Camarada Stalin”, a quien tuvo la osadía de increpar en público en un Congreso diciéndole, en voz alta: “¡Déjalo Koba!, no te pongas en ridículo. Todo el mundo sabe muy bien que la teoría no es tu fuerte”.

Por fin, en 1944, tras las tropas soviéticas, puede volver a Hungría. Allí, desde su puesto como Profesor de Estética y Filosofía de la Cultura, en la Universidad de Budapest, inicia un intenso período de publicaciones y polémicas filosóficas, producto de los muchos trabajos acumulados en la década anterior. Publica, en rápida sucesión, Goethe y su tiempo (1946), Ensayos sobre realismo (1948), El joven Hegel y los problemas de la sociedad capitalista (1948), Karl Marx y Friedrish Engels como historiadores de la literatura (1948), Thomas Mann (1949), Breve historia de la literatura alemana (1949), Existencialismo o Marxismo (1951), El asalto a la razón (1954). Todas obras mayores, que lo confirman como uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, cuestión que es internacionalmente reconocida en múltiples homenajes, en 1955, a propósito de sus 70 años.

Aún así, como intelectual intensamente comprometido con la política de su tiempo, encontró la manera de participar en la construcción de la República Popular Húngara, proclamada en 1947. Participó en el Consejo Nacional que la constituyó, fue diputado, promovió una política de vía democrática hacia el socialismo, afirmando de paso que su “auto crítica” por las Tesis de Blum en 1929, había sido meramente táctica, con el único resultado de que fue nuevamente acusado de derechista. A las acusaciones políticas directas se sumaron otras que apuntaban a sus posturas filosóficas, a sus tendencias “cosmopolitas”. Lukács se retira una vez más de la vida política directa en 1951. Sin embargo vuelve muy pronto, en 1956, para apoyar la democratización del socialismo húngaro promovida por el propio Partido Comunista, dirigido entonces por Imre Nagy (1896-1958). Durante el breve despertar húngaro de 1956 (junio-noviembre), fue nuevamente miembro del Comité Central del Partido y Ministro de Instrucción Pública. El movimiento, que se convirtió en una verdadera sublevación popular, fue aplastado por tropas soviéticas. Lukács fue expulsado del Partido y deportado a Rumania, donde permaneció bajo arresto por un año. Nagy fue juzgado en secreto y finalmente fusilado en 1958. El sucesor implantado por los soviéticos, János Kadar (1912-1989), sin embargo, en sintonía con las nuevas políticas anti estalinistas de Nikita Jruschov, redujo rápidamente la fase represiva del golpe, y progresivamente fue abriendo la vida política del país hacia la reconciliación, un consistente crecimiento económico y una vida cultural más plural que la que era común en los otros países del bloque soviético. Esto le valió, a Kadar, ser depuesto de manera completamente pacífica en 1988, entre honores y homenajes, después de regir el país por 32 años, sin las conmociones que acompañaron al derrocamiento de casi todos los líderes históricos del mundo socialista entre 1988 y 1992.

Para Lukács esto significó una vejez apacible. De regreso a Hungría en 1957, a los 72 años de edad, retirado ya para siempre de la vida política activa, pudo expresar sus opiniones contra el estalinismo en varios escritos y entrevistas, interrumpido sólo muy esporádicamente por los comentarios adversos de los encargados ideológicos del Partido. Hay que considerar que en los años 60 había una oleada de anti estalinismo incluso en los países socialistas, que terminó, por cierto, abruptamente, con la invasión soviética a Checoslovaquia en Agosto de 1968. Hay que considerar además que todas sus críticas se mantienen en un nivel de prudencia básica, que nunca exceden lo que era habitual decir contra el estalinismo desde el XX Congreso del Partido Soviético. Su prudencia, muy ligada al contexto de la Guerra Fría, tiene también profundas raíces en su sostenida fidelidad al leninismo, que no se cansó de repetir una y otra vez a todos aquellos que quisieron obtener de él opiniones más radicales contra Stalin.

Completamente entregado a la redacción de su Estética, cuyo primer tomo aparece en 1963, y de su Ontología del Ser Social, que empezó a publicarse en 1971, Lukács empezó a ser cada vez más ampliamente reconocido a lo largo de los años 60. Varios doctorados honoris causa de las más prestigiosas universidades a ambos lados de la Cortina de Hierro, múltiples ediciones y reediciones de sus obras, el inicio de la publicación de sus obras completas, en varios idiomas, sucesivas entrevistas con importantes intelectuales europeos, que dan lugar a varias publicaciones con sus opiniones sobre filosofía, literatura y política, y también a varias auto reconstrucciones de su trayectoria política y filosófica, incluyendo retractaciones de sus retractaciones. Fue rehabilitado y readmitido en el Partido Socialista de los Trabajadores Húngaros en 1969. Murió de cáncer, a los 86 años de edad, el 4 de Junio de 1971. Fue enterrado en Budapest con honores de “Héroe del Pueblo”.

2. Grandeza y Tragedia de Lukács

Tengo ante mi la primera edición de Las Uvas y el Viento (Nascimento, 1954), un hermoso libro de Pablo Neruda, en la página 178 leo: “Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo. Stalinianos. Es ésta la jerarquía de nuestro tiempo! Trabajadores, pescadores, músicos stalinianos. Forjadores de acero, padres de cobre, stalinianos!… No ha desaparecido la luz, no ha desaparecido el fuego, sino que se acrecienta la luz, el pan, el fuego y la esperanza del invencible tiempo staliniano!”. Tengo ante mí el número 34 de la revista Multitud, (Abril-Junio de 1940), dirigida, escrita, diseñada, impresa y difundida por Pablo de Rokha, adversario de Neruda, y leo, en el artículo titulado “Trotsky ha muerto”: “Trotsky jugó su papel de espía y traidor a la URSS, es decir a la clase obrera… y los aventureros que lo victimaron le echan la culpa a Stalin, el organizador de la victoria del socialismo en el planeta. Como si a Stalin le hubiese interesado matar a un muerto!” Los ejemplos que se podrían dar, en esta misma línea, son muchos. Y hoy en día son, por cierto, muy difíciles de entender. Ambos poetas, por supuesto, en un momento política y cultural más abierto, expresaron con perplejidad y prudencia sus críticas contra lo que, ahora, les parecía notorio e inexcusable.

Lukács no tuvo ni la ingenuidad candorosa, ni el curioso entusiasmo de nuestros poetas. Quizás porque estuvo peligrosamente cerca durante décadas del centro y la fuente de tal entusiasmo. Pero su actitud de compromiso, como las de Neruda y De Rokha, se mantuvo inalterable, durante los 53 años en que se consideró marxista. Por un lado trató de aportar lo mejor de sí a la lucha política directa por el socialismo. Hemos visto que, en este plano, nunca tuvo demasiada fortuna. Por otro lado defendió y desarrolló consistentemente a la teoría marxista como entorno intelectual en el que se podía dar una lucha, paralela e integrada, en el campo de las ideas. Su particular “espíritu de partido” (el famoso partinost leninista) no consistió en someterse a los dictámenes del Partido, sino en mantenerse siempre del lado de la revolución. El academicismo hipócrita, particularmente en el campo de los llamados “post marxistas” y “post modernos”, ha criticado con extrema dureza esta fidelidad. Una dureza exactamente inversa a la cuidadosa comprensión y delicadeza con que se trata la adhesión de Martin Heidegger al nazismo, otro intelectual que persistió en su “espíritu de partido”, contra todas las evidencias y emplazamientos, hasta 30 años después de desaparecido el Partido Nazi.

La trayectoria de Lukács, siempre al borde de la excomunión por unas razones, y luego por las razones contrarias, es característica de la de todo gran intelectual en una época en que los poderes del mundo se sienten en peligro. Tiempos terribles que forman nuestro pasado y que, seguramente, cuando pase este ominoso paréntesis de conservadurismo y mediocridad que se abrió en los años 80, será también la tónica de nuestro futuro. Es fácil, desde las apariencias de la tolerancia represiva que es el sello de la dominación actual, condenar o festejar de manera unilateral a estos gigantes del siglo XX que son Heidegger y Lukács. Es un poco más difícil pensar hoy, en cambio, en que lo corriente es la cooptación y la venta al mejor postor, cuál es el drama del gran intelectual frente a los dictados del poder, por un lado, y de la enajenación escondida en sus propias ilusiones, por otro.

Su caso, que puede tener hondas resonancias para los dramas de la shilenidad, es el de un intelectual que adhiere, en un momento ya bastante avanzado de su obra, a las posturas más izquierdistas de una revolución posible, que fracasa estruendosamente por 25 años y que es repuesta, de manera no menos estruendosa, desde el exterior, en un régimen que ahogará una y otra vez sus intentos de autonomía. No es raro, no debiera serlo para nosotros, en este país, que haya pasado, en menos de cuatro años, de su izquierdismo entusiasta a posturas más bien socialdemócratas. No es raro, no debiera serlo para nadie, que haya ligado esas posturas democratistas a su oposición a la estalinización del socialismo húngaro. No es raro que ante el poder sin contrapeso haya decidido refugiarse en una lucha más compleja, más indirecta, como es la literatura o la crítica cultural.

Lo que puede ser menos comprensible, sobre todo para los muchos que han pasado de maneras tan sospechosamente oportunas y rápidas del revolucionarismo más extremo a la autoflagelación y el escepticismo conservador, es que haya mantenido su profunda confianza histórica, su profunda confianza en que el mundo podía ser mejor, en que se podía terminar con la lucha de clases que agobia a la humanidad, y en que el socialismo efectivo, concreto, en la práctica, era la mejor manera de conseguirlo. Por esa confianza, que compartió sin duda con Allende, con Guevara, y con tantos otros derrotados, es que no se le perdona aún en las capillas académicas. Por esa confianza profundamente humanista es que se le considera con recelo, se le omite, se desconoce su profunda influencia, se lo lee de manera simplista.

Es respecto de estas omisiones, que hay que medir la importancia de su rescate, de sus insistentes reposiciones en el debate, por parte de los que creen que es posible una vía revolucionaria en el ámbito del pensamiento. Muchos de los problemas y de las soluciones que pensó y propuso no son ya nuestros problemas, y no tendrían porqué ser nuestras soluciones. Los tiempos han cambiado, las formas de dominación también. El estalinismo es para nosotros un viejo fantasma, que sólo se mantiene en las izquierdas abiertamente minoritarias, o en la mala voluntad de los profesionales de la voltereta. Los problemas de la industrialización forzosa han quedado sobrepasados por los revolucionarios cambios en la reindustrialización post fondista. El problema de un arte de Estado coincide hoy simplemente y sin disimulo con el del arte de y para el mercado. La confianza en la independencia de las Ciencias Naturales respecto de los problemas políticos ha sido y debe ser puesta hoy seriamente en duda, dado su uso a gran escala precisamente en contra de la liberación humana. Las esperanzas de Lukács sobre las virtudes y eficacias de la democracia pueden ser hoy puestas seriamente en duda, ante el espectáculo de la democracia que sólo funciona como mecanismo de legitimación. Muchos de los debates marxistas del siglo XX, que dependieron tan estrechamente de las formas de la vida y la lucha social que los rodeaba, hoy simplemente han perdido vigencia.

Sin embargo el poderoso Lukács nos sorprende, con su profundidad, con su alcance, por sobre todos estos cambios. Su notable crítica del irracionalismo moderno, sus agudas observaciones sobre el realismo en arte, su defensa de la dialéctica hegeliana como recurso para la crítica. Sus análisis culturales, son hasta hoy un modelo respecto del que toda crítica cultural debe pronunciarse, y son ampliamente imitados bajo las capas de embellecimiento trivial incluso por sus críticos más enconados. Es en estos planos, mucho más teóricos, que en las peripecias de la política marxista del siglo XX que, creo, tiene sentido discutir hoy sobre su obra. Es en el plano de la construcción de futuro que tiene sentido recurrir a esta densa erudición del pasado. Es sobre el asunto mismo, más que sobre los textos o las citas. Es sobre el intertexto, más que en torno al contexto, que la discusión puede ser nuevamente productiva.

Razones teóricas para discutir en torno a Lukács no faltan. Yo creo, sin embargo, que tanto en el campo académico como en el de la política convencional, el gran asunto, el gran espanto que produce hasta hoy su postura, es el de la figura de un intelectual en lucha. El gran asunto es el de cómo los intelectuales se suman, o se restan, a la gran lucha de todos. No quedan muchos Noam Chomsky en el mundo. Habrá que crearlos, habrá que discutir sobre su influencia, sus límites, sus modos de relacionarse con el poder, con el movimiento popular del que forman parte de hecho. Leo, en las páginas finales de su Canto General (1950), la esperanza de Pablo Neruda:

“Escribo para el pueblo aunque no pueda
leer mi poesía con sus ojos rurales.
Vendrá el instante en que una línea, el aire
que removió mi vida, llegará a sus orejas,
y entonces el labriego levantará sus ojos,
el minero sonreirá rompiendo piedras,
el palanquero se limpiará la frente,
el pescador verá mejor el brillo
de un pez que palpitando le quemará las manos,
el mecánico, limpio, recién lavado, lleno
de aroma de jabón mirará mis poemas,
y ellos dirán tal vez “Fue un camarada”.
Eso es bastante, esa es la corona que quiero.”

Yo creo que Georg Lukács esperaba lo mismo de su obra.

3. Historia y Conciencia de Clase

La colección de ocho artículos que es Historia y Conciencia de Clase fue publicada en 1923, el mismo año en que Karl Korsch publicó Marxismo y Filosofía. Son textos que marcan, en general, la transición del pensamiento de Lukács desde el democratismo revolucionario, influido por el anarcosindicalismo de Ervin Szabó, que murió en 1918, y el izquierdismo de Rosa Luxemburgo, asesinada en 1919, a la valoración leninista de la vanguardia organizada como Partido, que hará explícita en su texto Lenin, de 1924.

Escritos al calor de la lucha política concreta, Lukács hace en ellos lo que mejor sabe hacer: recurrir a su enorme erudición, a sus poderosas herramientas académicas, para postular un fundamento teórico. Un fundamento que ilumine la práctica, un fundamento que muestre, de manera inversa cómo surge él mismo de la política concreta. Dada su formación y su trayectoria intelectual hasta 1918, dado el contexto universitario del que proviene, todo en ellos resulta novedoso y sorprendente. En primer lugar su resuelta vocación política revolucionaria, en segundo lugar su apelación a una lectura marxista de las ideas de Hegel, en total contraste con las tendencias teóricas de su época, en tercer lugar por la ambiciosa combinación de política contingente y teoría filosófica que pretende. Es necesaria una mínima enumeración del contexto teórico en que aparecen para mostrar estos contrastes.

En la época de la Primera Guerra Mundial el neokantismo, oscilando entre el positivismo y el idealismo ético, ha dominado en las universidades europeas ya por casi cuarenta años. En su corriente dominante, ha declarado la autonomía de las Ciencias Naturales, el fin de la metafísica, la incognoscibilidad última de lo real. En términos prácticos ha predicado la neutralidad ética del filósofo y del científico, y ha promovido la academización del saber, la diferencia de hecho entre la actividad universitaria “pura” y el mundo de la vida común. La escuela neokantiana, sin embargo, está en crisis. Muchos intelectuales, desde varias perspectivas, muy diversas entre sí, han empezado a criticar su enclaustramiento, su negativa a valorar la experiencia inmediata, vital. El irracionalismo de Nietszche, la fenomenología de Brentano y Husserl, las exaltaciones del romanticismo en Bergson y Dilthey, constituyen un arco de oposición frente al positivismo y el evolucionismo de corte científico, por un lado, y el idealismo ético abstracto, que son sus prolongaciones y consecuencias. Las vanguardias estéticas, desde el post impresionismo hasta el dadaísmo, completan y refuerzan un clima de nerviosa efervescencia intelectual.

En el campo marxista, ampliamente hegemonizado por el kautskysmo de la Segunda Internacional, sin embargo, toda esta agitación permanece más bien lejana. Impera un tranquilo positivismo naturalista, cuya expresión práctica es el reformismo amparado en un fundamento evolucionista. Kautsky puede declarar, sin rubor ni escándalo: “las revoluciones no se hacen, se esperan”. Y también: “primero he sido darvinista, eso es lo que me llevó al marxismo”.

Un elemento muy relevante, sobre el que rara vez se ha llamado la atención con la fuerza que requiere, es que en esta época (1890-1930), en el movimiento obrero se siente y se practica un profundo prestigio de la cultura. Abundan las bibliotecas populares, las escuelas para trabajadores, los ateneos literarios y círculos de discusión y autoaprendizaje. Esto ha creado una amplia zona de contacto entre obreros e intelectuales universitarios, de la que surgirán innumerables obreros ilustrados, por un lado, e intelectuales de la alta cultura que se vuelcan a la revolución. Estos obreros son, en realidad, el “intelectual orgánico” del que nos habla Gramsci. Un tipo social muy distinto de la hegemonía de intelectuales y estudiantes en las nuevas izquierdas posteriores, en los años 60 y 70.

Sin embargo, en este reciente acceso masivo a la cultura reina el optimismo ilustrado, el naturalismo reformista, la completa confianza en los poderes liberadores de la ciencia, por supuesto, bajo el modelo de las Ciencias Naturales. Abundan los clubes positivistas, en los círculos políticos radicales se admira sin contrapeso el sinónimo entre Ciencia Natural y Progreso. El mismo Federico Engels afirma, justamente en el entierro de Marx: “Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana”.

La Revolución de Octubre cambió muy profundamente este panorama, en todos sus ámbitos. Acarreó el apoyo y el entusiasmo casi unánime de las vanguardias artísticas, llevó a cientos de intelectuales a abandonar su falsa neutralidad y a pronunciarse. A veces a favor, como en los casos de Russell, Wittgenstein, Reich, Stanislavski. Otras en contra, a pesar de los velos de neutralidad, como en los casos de Weber, Husserl, Jaspers, Freud. La honda crisis que significó la Guerra, el modelo ruso triunfante, la larga acumulación de discusiones en la intelectualidad obrera, produjeron una explosión de entusiasmo revolucionario durante los quince años siguientes (1918-1933).

En el campo de las ideas, el reformismo derivado del socialismo ético de estilo kantiano, predicado por los austromarxistas, o derivado del positivismo naturalista, propio del kautskysmo, resultó completamente inadecuado para vehiculizar, e incluso para comprender, esta oleada de llamamientos a la acción. La discusión clave se produjo en torno al “elemento subjetivo”, al papel de la subjetividad y la conciencia revolucionaria en relación a los dictados de las leyes históricas. Bajo un concepto determinista y evolucionsita de las leyes (naturales, sociales, éticas), como el que imperaba, la subjetividad y la conciencia son un efecto estricto de las condiciones sociales. La famosa afirmación “no es la conciencia la que crea el ser social, sino el ser social el que crea a la conciencia”, que es del mismísimo Marx, podía ser interpretada de manera determinista. Creer lo contrario era idealismo, voluntarismo, e incluso aventurerismo. Agregando a cada una de estas acusaciones, por supuesto, otra, agravante: “pequeñoburgués”.

En la lógica de la Segunda Internacional, la preocupación por el “elemento subjetivo” no pasaba de iniciativas pedagógicas, y la relación entre conciencia y acción inmediata o, al revés, entre la acción como elemento formativo directo y la teoría como efecto, corría más bien por cuenta de los anarcosindicalistas, o los representantes del anarquismo radical. Hay que recordar que Lenin fue acusado, ya desde 1903, de “blanquista” por la mayoría menchevique del Partido ruso (1). Entre los elementos anarquistas más intelectuales era frecuente la influencia de Nietszche, o de la filosofía vitalista de Bergson, con los consiguientes efectos individualistas, irracionalistas, e incluso nihilistas.

Es por eso que los casos de Rosa Luxemburgo y de Vladimir Lenin, son singulares. A pesar de las mistificaciones posteriores, el hecho bruto es que sus proposiciones fueron abiertamente minoritarias entre los marxistas anteriores a la revolución de Octubre. Como fue minoritaria, en general, la llamada izquierda de la Segunda Internacional. Quizás esta postura minoritaria se pueda entender considerando la extraña mezcla que proponían: por un lado una amplia confianza en el poder de una epistemología y una concepción puramente científica de lo social, por otro lado una exaltada confianza en el poder de la voluntad política para cambiar las reglas del juego, para alterar todo lo que pareciera determinación histórica. En Rosa Luxemburgo esta combinación se expresa en sus ideas en torno a la huelga de masas, a la posibilidad de que una escalada desde la huelga reivindicativa hacia la huelga propiamente política conduzca a un reforzamiento de la conciencia revolucionaria de las masas y desemboque en un proceso revolucionario. En Vladimir Lenin se expresa en la idea de que la conciencia revolucionaria no es espontánea, y que debe ser creada y reforzada desde la vanguardia que es la intelectualidad obrera, organizada como Partido de revolucionarios profesionales.

Ambos enfoques no habrían pasado de ser una curiosidad política, a medio camino entre naturalismo y voluntarismo, si no hubiese sido por las enormes conmociones sociales provocadas por la Primera Guerra Mundial, producto a su vez de la ambición imperialista llevada al extremo. La época revolucionaria que se abre en 1917 lo acelera todo, hace posible todo. Muchos anarquistas encausan su vitalismo como bolcheviques de izquierda, muchos mencheviques y anarcosindicalistas se pasan a las filas del leninismo. Es el camino de Trotsky, Lukács y Benjamin. Es el camino de las trágicas izquierdas de los años 20, que naufragarán luego bajo la represión fascista y estalinista.

Lukács y Korsch se dan a la gran tarea de ofrecer un fundamento teórico más consistente para ese énfasis en el poder de la voluntad. Para esto se proponen fundar el llamado a la acción en algo más que el entusiasmo neorromántico de tipo nitszcheano, y en contraposición al naturalismo ilustrado del kautskysmo. Argumentan que la conciencia empírica del proletariado no es más que un dato inicial, sobre el cual la voluntad política debe trabajar para construir un sujeto revolucionario efectivo. Deben argumentar, de manera simétrica, que la voluntad vacía, meramente fundada en sí misma, no es suficiente. Argumentan que la determinación histórica es sólo un dato empírico inicial, y que es la práctica revolucionaria la que puede llevar más allá de los límites que parecen irremontables. Deben argumentar, en consecuencia, que esos límites históricos no son naturales, sino sólo proyecciones de la enajenación o, en sus términos, realidades reificadas. La fórmula general, para sostener estos contrapuntos y equilibrios es hoy muy conocida, y tuvo una profunda influencia: se trata, en buenas cuentas, de la unidad en la acción política misma, de la teoría y la práctica.

Los argumentos de Lukács, como los de Korsch, Gramsci y Trotsky, operan sobre la base de un gran referente. Ha ocurrido ya una gran experiencia histórica que muestra que esa unidad es posible: la gran gesta política leninista. Por supuesto, entre 1918 y 1922, cuando se escriben estos textos, todo lo que se ve del leninismo es una seguidilla de audacias y éxitos resonantes. Las flagrantes derrotas en Alemania el 18, en Hungría el 19, en Polonia el 20, en Alemania e Italia el 21, e incluso los episodios oscuros como la sublevación y represión de Kronstadt en Petrogrado, el 21, o la guerra contra el ejército anarquista de Nestor Majno, en Ucrania, el 21, no se ven aún en la perspectiva de su trágico significado. Aún todo es entusiasmo.

Las sombras se hacen presentes, sin embargo, ya desde la primera hora y, en este caso, justamente en virtud de la contundente superioridad intelectual de la perspectiva de Lukács. Tal como ocurre en Gramsci, él ve con toda claridad la notoria paradoja que se produce entre la retórica naturalista y el énfasis en la voluntad en los propios bolcheviques. El grueso materialismo cienticista de Plejanov y Bujarin, respaldado por el propio Lenin, no es muy distinto del de la Segunda Internacional. Ya Rosa Luxemburgo ha tenido la perspicacia de desconfiar de una voluntad revolucionaria que se enuncia como si su certeza proviniera de la objetividad de la ciencia. Antes de ser asesinada, en 1919, ha alcanzado a escribir sobre sus aprensiones en torno a las consecuencias totalitarias posibles de una conciencia que no reconoce otro referente que lo que considera, ella misma, como certeza científica. Kautsky ha expresado, desde 1905, a pesar de su naturalismo, inquietudes parecidas. Por supuesto las opiniones de Kautsky caen, ante los ojos bolcheviques como todo lo que proviene del “renegado Kautsky”. Simétricamente las de Rosa Luxemburgo se pierden bajo la acusación general de “izquierdismo infantil”.

La solución de Lukács ante estos dilemas asombra hasta hoy por el giro que produce, completamente inesperado en este clima intelectual. Recurre a Hegel, un gran olvidado, un archi repudiado, para sostener que una voluntad racional es posible porque el objeto de la acción revolucionaria coincide con su sujeto. Porque la unidad efectiva de la teoría y la práctica se da en la práctica política misma. Sin saberlo, recurre a Hegel de la misma manera en que lo ha hecho Marx, en sus escritos juveniles, al criticar a Feuerbach. Sin saberlo, porque sólo tendrá acceso a esos textos desde 1930, diez años más tarde. La ortodoxia de Lukács consistió en algo más que repetir a Marx, consistió en razonar desde su mismo espíritu.

Pero, en realidad, sólo desde el poder se puede ser ortodoxo. Es el poder el que decide qué lecturas de la realidad obedecen a los maestros elegidos y cuáles no. La desgracia de Lukács, progresiva, se le viene encima desde varios frentes, cada uno de ellos perfecta e irónicamente prácticos. El Partido húngaro no logra convertir estas tesis, tan verdaderas, en verdad efectiva. El Partido ruso se ve encerrado en la necesidad de su defensa exterior e interior. La revolución industrial, imperiosamente necesaria para realizar el socialismo, requiere de ese naturalismo que en la acción política se rechaza. La voluntad radical choca, una y otra vez, con los dictados férreos de la política concreta en la situación concreta. El gran acierto de Lukács, que es el de Marx mismo, la primacía de la praxis, parece muy útil en la revolución triunfante, pero palidece como oportunismo inmediatista en el momento de la consolidación del poder. Ya Anatoly Lunacharski, gran amigo y compadre de Lenin, ha afirmado sobre él, con misteriosa sabiduría: “Lenin llegó a poseer una enorme perspicacia política. Tiene el don de elevar el oportunismo al nivel de lo genial”. En Enero de 1924, el gran conductor, el oportunista genial, muere, y tras él queda sólo el desierto, que es la realidad.

Es criticado de “idealista” no porque lo sea, sino porque el énfasis en la voluntad debe retroceder ahora, en la tarea de defensa del poder. Los críticos ven claramente la conexión entre el pecado filosófico del idealismo y el pecado político del voluntarismo. Y critican a este último a través del primero. Lukács ve esta conexión y su autocrítica, en más de un sentido, es rigurosa y sincera. La política es más importante que la vanidad teórica. Pero las críticas que le dirigen son débiles. Descansan en un materialismo poco defendible, y en la simple apelación a una situación de hecho: el triunfo del leninismo. La sofisticación de la autocrítica de Lukács esconde una ironía: reconoce el pecado político, pero defiende la misma idea, ahora amparándose en Lenin. El materialismo o no de una postura determinada sólo puede decidirse considerando la práctica política a la que da lugar. En eso consistiría el materialismo de Lenin, en su apego a la práctica política como criterio teórico. No hay que ser demasiado sutil para ver en este criterio la misma idea de unidad práctica del sujeto y del objeto de la que parece estar retractándose.

Los críticos insisten, sólo que ahora criticándolo de “derechista”. Él se dedica a investigar el irracionalismo en la filosofía alemana para fundamentar su condena al totalitarismo que emerge. Hoy, setenta años después, no hay que ser muy sutil para constatar que sus críticas, tan militantes, pueden volverse contra el mismo poder que parece defender. Una ironía, por supuesto, que la mala voluntad política con que es juzgado hoy impide ver completamente. En su vilipendiado Asalto a la Razón, Lukács se refiere Schelling, a Fichte, en términos que son aplicables a los jerarcas ideológicos y políticos soviéticos, como Deborin o Zinoviev. Argumenta allí no sólo sobre el irracionalismo explícito y militante, como el de Schopenhauer o Nietszche, sino también en torno a la simetría entre ese extremo y el del cienticismo extremo y abstracto de los fundadores de las Ciencias Sociales. Argumenta en torno a la sutil conexión entre irracionalismo romántico y el irracionalismo encubierto en la Ilustración pura. Un tema muy hegeliano, que suele hoy atribuirse a Adorno y Horkheimer, que lo han calcado sin pudor alguno de éste maestro oculto, al que omiten de manera tan visible. Hay quienes han sido capaces de encontrar críticas al totalitarismo en Heidegger, a pesar de su porfiada fidelidad silenciosa al nazismo. Casi nadie es capaz de concederle este tipo de ironía a Lukács, a pesar de sus reiteradas y explícitas críticas al estalinismo.

Es ese marco histórico, grandioso, excesivo, y sus largas consecuencias, el que hace resaltar la grandeza y la tragedia de Historia y Conciencia de Clase. Sus textos contienen una honda reflexión, que trasciende largamente sus circunstancias, sobre el problema de la voluntad en la historia. Se puede decir así: la gran tarea filosófica de Lenin ha sido la de poner la voluntad en la historia, y mostrar sus posibilidades; la tarea correspondiente de Stalin ha sido la de poner la historia en la voluntad, y mostrar sus límites. Lukács y Heidegger son los filósofos que más profundamente han visto este conflicto. Heidegger ha sido llevado por estas turbulencias desde Hitler a la melancolía, teórica y práctica. Lukács ha sobrevivido apenas tratando de mantener a la vez la razón y la esperanza.

Todos sus escritos posteriores podrían ordenarse en torno a ese conflicto. En sus textos contra el irracionalismo, y contra el arte meramente abstracto, ha expuesto los peligros de la voluntad pura: el nihilismo, la autoreferencia, la facilidad con que se hace cómplice de los poderes de turno. En sus escritos sobre Hegel, y sobre un realismo artístico crítico, ha defendido la posibilidad de una voluntad racional, que no es ajena al objeto práctico desde el cual se constituye. En su Estética, en su Ontología, ha defendido una línea de fundamento teórico que excede ampliamente las ingenuidades infantiles de los romanticismos y las trivialidades autoritarias de la Ilustración.

Es por eso que hoy sus razones, que la razón ilustrada no comprende, pueden ser pertinentes. La prepotencia autosuficiente de las Ciencias Sociales, y las vanidades intelectualistas de la deconstrucción, repiten hoy el sonsonete del positivismo (que deviene mero formalismo) y del irracionalismo (en su grado infantil de moda académica). Ante estos espantos contemporáneos, bienvenido sea nuevamente Lukács. Quizás volver a pensar en torno a sus textos sea un indicio de un tiempo nuevo.

4. La autocrítica de 1967

Cuarenta años después de su publicación, Lukács escribió un nuevo Prólogo a Historia y Conciencia de Clase(2). Sin presión alguna, ampliamente protegido por su edad (tenía 82 años), por su enorme prestigio internacional, en el contexto de apertura cultural que era entonces característica del socialismo húngaro. Bajo un clima político favorable: la invasión soviética a Checoslovaquia aún no había ocurrido, y la Primavera de Praga estaba en pleno auge.

El texto, sin embargo, contiene una severa crítica a las ideas contenidas en su libro más famoso. Una y otra vez recalca lo lejos que está ahora de esas ideas. Insiste en que sólo accede a publicarlo como contribución a la historia de las ideas. Se queja del uso y la significación que ha tenido, sobre todo en la “intelectualidad burguesa”.

Por supuesto, todo excede las intenciones y fines que su autor quiere conferirle. Más allá de lo que el propio autor llegue a pensar más tarde cualquier texto, no sólo éste, puede ser defendido por sí mismo, compartiendo las opciones que le dieron origen. Con o sin la autocrítica de Lukács, Historia y Conciencia de Clase sigue y seguirá siendo un texto fundamental, para varios de los muchos marxismos posibles. No sólo en general. En realidad la vigencia de un conjunto de ideas se mantiene, decae, vuelve a ser importante, una y otra vez, de acuerdo a los diversos contextos en que se lo lee. No existe no la verdad, ni el error, abstractos, no situados, por sobre la historicidad de la escritura. No hay tampoco un marxismo correcto respecto del cual juzgar su verdad eventual.

Sin embargo, las críticas de Lukács no son, como ninguno de sus escritos, ni triviales, ni banales. Una vez más el gran Lukács nos sorprende con su poderosa inteligencia, sin la distorsión de un contexto político opresivo. Es necesario considerar sus críticas, en primer lugar, entre las muchas críticas que se podrían hacer a estos escritos fundamentales.

Se podría decir que la gran preocupación que recorre a esta autocrítica es el irracionalismo, en particular, las consecuencias irracionalistas del voluntarismo. Hay en esto un aspecto muy visible: el irracionalismo de las ultraizquierdas de origen existencial. Hay otro menos obvio, pero mucho más relevante: el irracionalismo expresado como totalitarismo estatalista, amparado en una ideología “científica”. Lukács es directo y explícito respecto del primero, pero, una vez más, es oblicuo respecto del segundo.

Por un lado nos dice que en 1923 sus escritos están aún bajo la influencia de subjetivismo e idealismo. Esto lo habría llevado a confundir, siguiendo de manera simple a Hegel, las nociones de “extrañamiento” [Entfremdung, literalmente, extrañación] y “objetivación” [Vergegenständlichung, que Manuel Sacristán traduce como “objetificación”]. Dice Lukács, “este error, fundamental y grosero, ha contribuido sin ninguna duda mucho al éxito de Historia y Conciencia de Clase”. La diferencia, que tras la lectura de los Manuscritos de Marx le parece clara, sería que objetivación denota un rasgo constitutivo de todo ser, de todo proceso, mientras que extrañamiento sería la dimensión histórica agregada, excedente, producida en el contexto de la explotación humana que, como tal, sería superable a través de la realización de un proceso revolucionario. Al identificar ambas se produce, según Lukács, una elevación de la alienación [Entäusserung], que es el problema de fondo, tras el extrañamiento, al carácter de aspecto insuperable de la condición humana. Como se puede apreciar, sostiene, en la crítica cultural burguesa: “baste pensar en Heidegger”.

Esta identificación llevaría a subestimar la importancia de la objetividad, y convertiría la teoría social en una mera reflexión sobre condiciones subjetivas idealizadas. Cuestión que resultaría agravada si se identifica sin más al sujeto y al objeto, sin advertir las condiciones históricas, políticas concretas, en que esta identificación tiene sentido revolucionario. Planteadas las cosas de esta manera, implicaría que la superación de la alienación sólo es posible bajo la condición de superar la propia objetividad, es decir, sólo “espiritualmente”. Un terreno en el cual podría terminar pensándose como simplemente insuperable. Todo el planteamiento habría sido completamente idealista, y habría favorecido su interpretación idealista y conservadora.

En el mismo plano, en virtud del mismo defecto, el tratamiento de 1923 habría dejado de lado los aspectos propiamente materiales de la situación revolucionaria, esto es, sus fundamentos en la situación económica. Sólo bajo este fundamento habría, según Lukács, un enfoque realmente materialista. Pero también, ahora en otra dirección, le preocupa su identificación apresurada entre naturalismo y realismo, como si no pudiese formularse la idea de un realismo dialéctico, no positivista. Se trata, pues, de la consideración de la realidad económica, pero no a la manera del determinismo tecnológico propugnado por Bujarín, para el que la técnica opera casi como una fuerza natural. Sino bajo un realismo en que son las fuerzas sociales las que están a la base de todo desarrollo de las fuerzas productivas. Un realismo que sea capaz de considerar dialécticamente la teoría del reflejo, defendida por Plejanov y Lenin. Un realismo social, historicista, que es el que desarrollará mucho más tarde en su idea de una “ontología del ser social”.

Se debate Lukács aquí en terrenos pantanosos, rodeado de poderosos enemigos. Por un lado quiere defender el objetivismo desde el cual se ha podido llevar adelante la revolución de las fuerzas productivas en los países socialistas. Un proceso que requiere de una honda confianza en las posibilidades de la ciencia y la técnica. Por otro lado quiere confirmar la distancia que siempre ha tenido respecto de los deterministas, los materialistas vulgares, los economicistas simples… que abundan entre los teóricos estalinistas. Por un lado quiere defender la objetividad de los procesos históricos y políticos, pero a la vez distanciarse del que sólo afirma la determinación, sin el papel movilizador de la subjetividad. Por un lado quiere criticar a los voluntaristas, por idealistas, pero a la vez quiere defender el papel de la subjetividad.

Confrontado con exigencias tan opuestas, Lukács se refugia en el método. Los dos grandes aportes de este libro que le parece tan distante serían el uso de las categorías de mediación y de totalidad. La primera le permite afirmar una prudencia elemental: siempre es posible afirmar “tanto esto como lo otro”. La segunda es también un escape a las eventuales aporías: cuestiones que son ciertas para el todo (como la identidad del sujeto y el objeto) podrían no ser ciertas para la concreción de lo particular (como la relación entre el hombre y la técnica). Se podría agregar también que la afirmación de la historicidad le ayuda a mantener la coherencia: muchas de estas polémicas parecen tales sólo porque se las considera de manera ahistórica, abstracta, como si no estuviesen sometidas a la voluntad humana, a la política.

Cuando nos preguntamos cuál es el sentido de estos vaivenes, la situación real en que los piensa, la confrontación trágica vuelve al primer plano: una política ultra izquierdista que ha fracasado, una revolución industrial con contenido social que es imperioso defender. En el mundo burgués el fracaso de la extensión de la revolución a nivel mundial ha favorecido el idealismo irracionalista, conservador, como en Heidegger, e incluso progresista, como en el Sartre de El Ser y la Nada. En el mundo socialista las necesidades de la revolución industrial han llevado a un régimen que tiende a expresarse de maneras naturalistas, deterministas. La defensa vulgar del socialismo real se parece extrañamente, en sus argumentos, a los ataques que originalmente sufrió por parte del marxismo reformista de la Segunda Internacional.

Yo creo que, junto a ésta línea de ataques, contra el idealismo, la línea oculta de la argumentación contenida en esta Autocrítica de 1967, se puede encontrar en una frase aparentemente clara, pero principio misteriosa “ese discípulo de Zinoviev que fue Bela Kun”. Lukács enmarca su autocrítica completamente en un relato en torno a las circunstancias políticas en que los textos de Historia y Conciencia de Clase fueron escritos. Repasa sus propias posturas contradictorias, en aquel período. Centra sus recuerdos en la necesidad que tenía de combatir, en el plano de la política del Partido Húngaro, las tendencias “sectarias”, ultra izquierdistas, de Bela Kun. Describe su relación con la revista Kummunismus aceptando la interpretación prevaleciente de que se trataba de una publicación ultra izquierdista “justamente criticada por Lenin” por su mesianismo anti parlamentario, utópico, idealista. Declara su apoyo a la fracción de Eugen Landler, “hombre de inteligencia superior”, (1875-1928), partidaria de una transición democrática, previa a la lucha por el socialismo, en Hungría. Relata que su Programa, las “Tesis de Blum” (1929), formuló de manera práctica las ideas de Landler, que murió en 1928. Sostiene que nunca se arrepintió realmente de esas tesis, y que sus retractaciones al respecto sólo tuvieron un objetivo táctico: “mantenerse dentro del bando revolucionario”.

Pero, en medio de estas consideraciones, Lukács hace una diferencia crucial. Bela Kun habría formado parte de una tendencia sectaria en el sentido de que era mesiánica, utopista, voluntarista. Este sectarismo debería ser distinguido, sin embargo, de otro: “Está claro que al hablar del sectarismo de los años veinte no se le debe confundir con la variante de sectarismo que ha conocido la práctica estaliniana. El sectarismo estalinista se propone ante todo defender las relaciones de poder dadas contra toda reforma, o sea que es un sectarismo de objetivos conservadores, y de carácter burocrático en sus métodos. El sectarismo de los años veinte, por el contrario, tenía objetivos mesiánicos y utópicos, y sus métodos revelaban tendencias básicas categóricamente antiburocráticas. Por lo tanto, esas dos tendencias que hoy conocemos con el mismo nombre no tienen más que el nombre en común, mientras que internamente representan una tajante contraposición”.

Cuarenta años después Lukács no puede sino estar conciente de la tragedia implicada en esa “tajante contraposición”: Bela Kun será fusilado en los juicios de Moscú, por su pasado ultra izquierdista, el mismo Zinoviev será también fusilado, bajo la acusación de tener un pasado reformista. Zinoviev, el que “ha introducido los usos burocráticos en la Tercera Internacional”. Hombres como Zinoviev, que terminó siendo devorado, fueron también los maestros del ultra izquierdismo mesiánico de hombres como Bela Kun. El sectarismo estalinista quizás no sea otra cosa que el irracionalismo mesiánico puesto en el poder. Ese “verdadero discípulo de Zinoviev” que fue Kun resulta, bajo esta luz, una anticipación terrible. Esta es, creo yo, la carta oculta que el astuto Lukács nos deja en su Autocrítica de 1967. Cuarenta años después del mismo Lukács, aún es pertinente que pensemos en ella.

Carlos Pérez Soto
Universidad Arcis
Santiago, 15 de Octubre de 2008.-
————————————————————————————
(1) August Banqui (1805-1881) predicó la toma del poder político a través de un golpe militar, llevado a cabo por una minoría de militantes especialmente adiestrados, que convocarían, de manera ejemplarizadora, el apoyo de las masas a partir de esa demostración de fuerzas. Puede ser considerado como el ejemplo clásico de política vanguardista y voluntarista. El propio Marx, en varios pronunciamientos cuidadosamente omitidos por los teóricos de la Segunda Internacional, alabó sus ideas.
(2) Este texto, fechado en Marzo de 1967, fue publicado en el segundo tomo de la edición alemana de sus Obras Completas, que contiene sus obras escritas entre 1918 y 1933.

Fuente: http://sicarioinfernal.blogspot.com/2010/09/prologo-cperez-historia-y-consciencia.html
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Mensaje por Demofilo el Mar Dic 07, 2010 9:49 am

Me encanta que los revisionistas como Carlos Pérez Soto hagan apología de lo peor de Lukacs, de aquellos artículos que el propio Lukacs repudió porque, además de contradictorios, eran una mala secuela del idealismo hegeliano. Pero eso no debe preocupar a nadie; en realidad, ni Lukacs entendió a Hegel ni Pérez Soto ha entendido a Lukacs porque en esta "filosofía" anticomunista de pacotilla es lo mismo decir una cosa que otra. Nada importa nada. Veamos.

"Los dos grandes aportes de este libro [Historia y concienca de clase] serían el uso de las categorías de mediación y de totalidad". ¿Esos fueron sus aportes? Eso lo había descubierto Hegel un siglo antes que Lukacs.

Pero, ¿qué es la mediación para Lukacs? Pásmate: la que "le permite afirmar una prudencia elemental: siempre es posible afirmar “tanto esto como lo otro”". O sea: hablar por hablar, escribir por escribir. A eso se reduce la cháchara sedofilosófica de Pérez Soto.

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Mensaje por Disidente_del_Capitalismo el Mar Dic 07, 2010 7:06 pm

Demofilo escribió:Me encanta que los revisionistas como Carlos Pérez Soto hagan apología de lo peor de Lukacs, de aquellos artículos que el propio Lukacs repudió porque, además de contradictorios, eran una mala secuela del idealismo hegeliano. Pero eso no debe preocupar a nadie; en realidad, ni Lukacs entendió a Hegel ni Pérez Soto ha entendido a Lukacs porque en esta "filosofía" anticomunista de pacotilla es lo mismo decir una cosa que otra. Nada importa nada. Veamos.

"Los dos grandes aportes de este libro [Historia y concienca de clase] serían el uso de las categorías de mediación y de totalidad". ¿Esos fueron sus aportes? Eso lo había descubierto Hegel un siglo antes que Lukacs.

Pero, ¿qué es la mediación para Lukacs? Pásmate: la que "le permite afirmar una prudencia elemental: siempre es posible afirmar “tanto esto como lo otro”". O sea: hablar por hablar, escribir por escribir. A eso se reduce la cháchara sedofilosófica de Pérez Soto.

¡Menudo cantamañanas!
Se nota que eres un graaaaaaannnn marxista prosoviético, y eso es lo peor del materialismo vulgar que tanto criticó Marx. Pero claro, alguien que lee a Hegel a través de Heidegger y Kojève, alguien que el dogmatismo se lo come vivo como decimos en mi país, alguien que todo lo que no ame a Stalin con todas fuerzas es un vulgar "revisionista", palabrilla tan usada por algunos.
No se puede esperar mucho más de tí, en fin sigue luchando en la Guerra Fría, que hay muchos que ya pasaron esa etapa.
Y por cierto, no es cháchara pseudofilosófica, lo que pasa es que tipos que filosofan desde el Manual, que creen que el materialismo es per se progresista frente al idealismo, nunca entenderá lo escrito por Pérez, pero bueno, yo compartía el texto para otros compañeros, no para tí.
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Mensaje por Demofilo el Mar Dic 07, 2010 9:44 pm

A tí te sacan del manual del dogmatismo y la escolástica soviética y no sabes decir otra cosa. Tu discurso es minimalista al máximo.
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Mensaje por Disidente_del_Capitalismo el Mar Dic 07, 2010 10:04 pm

Demofilo escribió:A tí te sacan del manual del dogmatismo y la escolástica soviética y no sabes decir otra cosa. Tu discurso es minimalista al máximo.
Lo dice el personaje para el que todo es "revisionismo" o "antimarxismo", no me jagas reir.
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Mensaje por Demofilo el Miér Dic 08, 2010 9:44 am

Todo no: tú y tu "alter ego".
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Mensaje por Disidente_del_Capitalismo el Miér Dic 08, 2010 5:15 pm

Demofilo escribió:Todo no: tú y tu "alter ego".
¿Qué alter ego, Señor Ortodoxia?
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Mensaje por Dzerjinskii el Sáb Dic 11, 2010 5:10 pm

No sabía que había sido amigo de Max Weber. Eso es todo un síntoma... La verdad que el texto de Khoan (conocido pseudomarxista hijo del mayo frances) más que favorecerlo los defenestra…
Estos apologistas de Sartre, Foucault, renegados de sus lecturas juveniles de Althusser (al que idiotamente asociaron a la ortodoxia) infectan las facultades argentinas de estos personajes contradictorios, pero que terminan volviendo a sus orígenes, como el idealista de Lukács. No es raro que sus alumnos renieguen del marxismo.
Estos “artistas” incomprendidos que nunca terminaron de superar el idealismo son el pasatiempo ideal de los intelectualoides.
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Mensaje por Disidente_del_Capitalismo el Sáb Dic 11, 2010 8:32 pm

Dzerjinskii escribió:No sabía que había sido amigo de Max Weber. Eso es todo un síntoma... La verdad que el texto de Khoan (conocido pseudomarxista hijo del mayo frances) más que favorecerlo los defenestra…
Estos apologistas de Sartre, Foucault, renegados de sus lecturas juveniles de Althusser (al que idiotamente asociaron a la ortodoxia) infectan las facultades argentinas de estos personajes contradictorios, pero que terminan volviendo a sus orígenes, como el idealista de Lukács. No es raro que sus alumnos renieguen del marxismo.
Estos “artistas” incomprendidos que nunca terminaron de superar el idealismo son el pasatiempo ideal de los intelectualoides.
Yo no veo que Néstor Kohan sea un renegado del marxismo, simplemente es parte de una tradición marxista distinta de la ortodoxia soviétizante y de la tradición "marxista" que mantiene a Stalin como uno de sus grandes.
Ahora, al igual que pasa con la palabra "revisionista" pasa con "idealista".
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Mensaje por Dzerjinskii el Sáb Dic 11, 2010 9:27 pm

Disidente_del_Capitalismo escribió: al igual que pasa con la palabra "revisionista" pasa con "idealista".

Pues para mi idealista es un concepto con una definición muy especifica. Y el sesgo "culturalista" "espiritualista" que da Lukács a sus análisis históricos es idealismo.
El problema es que no se conoce lo que es el idealismo y menos sus variantes. El marxismo de debe empezar a estudiar desde el materialismo dialéctico en oposición al idealismo y la metafísica, sino, no se puede comprender ni el materialismo histórico, ni el Capital y menos temas específicos como la definición de Estado, de clases sociales etc.
Pueden acusarnos de simplificar el marxismo, de convertirlo en una doctrina etc. etc. pero si no fuera por los que se esforzaron en divulgarlo de una forma accesible a los trabajadores toda la obra de Marx no tendría sentido y seria como los grandes estudios académicos para intelectualoides, sobre la “Teoría de la novela”… manjares para ratones de biblioteca.
Yo me quedo con la “simpleza” y la claridad de Stalin…
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Mensaje por Demofilo el Sáb Dic 11, 2010 10:12 pm

Dzerjinskii: Tu generosidad te pierde. Ten en cuenta que a medida que abres la mano ya no puedes cerrar el puño. Llamar a Kohan "pseudomarxista" demuestra tu largueza. Todo el esfuerzo de la gente como Kohan está destinado a que consideremos cualquier como "marxismo" porque entonces tú y yo dejaremos de ser "dogmáticos".

Lo de Kohan ni siquiera es un problema de idealismo. La vinculación de Kohan con el marxismo es casi tan escasa como la de Tomás de Aquino.
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Mensaje por Disidente_del_Capitalismo el Dom Dic 12, 2010 1:16 am

Dzerjinskii escribió:Pues para mi idealista es un concepto con una definición muy especifica. Y el sesgo "culturalista" "espiritualista" que da Lukács a sus análisis históricos es idealismo.
El problema es que no se conoce lo que es el idealismo y menos sus variantes. El marxismo de debe empezar a estudiar desde el materialismo dialéctico en oposición al idealismo y la metafísica, sino, no se puede comprender ni el materialismo histórico, ni el Capital y menos temas específicos como la definición de Estado, de clases sociales etc.
Pueden acusarnos de simplificar el marxismo, de convertirlo en una doctrina etc. etc. pero si no fuera por los que se esforzaron en divulgarlo de una forma accesible a los trabajadores toda la obra de Marx no tendría sentido y seria como los grandes estudios académicos para intelectualoides, sobre la “Teoría de la novela”… manjares para ratones de biblioteca.
Yo me quedo con la “simpleza” y la claridad de Stalin…
Yo creo que es necesario abrir un hilo para el tema sobre el idealismo, que es una palabra muy ocupada, pero presiento que su definición es muy vaga o cada cual que la usa la usa en un sentido o en otro.
Ahora la teoría de Marx y Engels no es en sí compleja, o al menos no se presenta como compleja (a diferencia de Hegel), te recuerdo que El Capital fue pensado para que los trabajadores lo leyeran, no los académicos. Yo siempre me he acercado a los "marxistas" como continuadores o para aprender desarrollos, no para la divulgación, para eso tengo a Marx y Engels.
Ahora la obra de György Lukács es muy amplia y no se puede juzgar sólo por su crítica literaria o teoría del arte, o su estudio sobre Hegel, pues es simlificarlo.
Y lo otro, la "claridad" y simpleza no siempre es buena para entender algunos asuntos, y menos para entender los matices de la obra de Marx y Engels, matices que al final le dan una fisonomía propia y una riqueza que carecen los esquemas simplificados y que no está demás recordar, pueden llevar a toda clase de errores.

Y sobre la opinión del mago depositario de la Ortodoxia (alias Demofilo), como siempre todo lo que no encaje en su muy ajustado esquema es o idealismo o revisionismo, lo que demuestra su pobreza intelectual, o mejor dicho, su posición política obtusa.
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Mensaje por Dzerjinskii el Dom Dic 12, 2010 5:33 pm

Disidente_del_Capitalismo escribió:
Yo creo que es necesario abrir un hilo para el tema sobre el idealismo, que es una palabra muy ocupada, pero presiento que su definición es muy vaga o cada cual que la usa la usa en un sentido o en otro.
Ahora la teoría de Marx y Engels no es en sí compleja, o al menos no se presenta como compleja (a diferencia de Hegel), te recuerdo que El Capital fue pensado para que los trabajadores lo leyeran, no los académicos. Yo siempre me he acercado a los "marxistas" como continuadores o para aprender desarrollos, no para la divulgación, para eso tengo a Marx y Engels.
Ahora la obra de György Lukács es muy amplia y no se puede juzgar sólo por su crítica literaria o teoría del arte, o su estudio sobre Hegel, pues es simlificarlo.
Y lo otro, la "claridad" y simpleza no siempre es buena para entender algunos asuntos, y menos para entender los matices de la obra de Marx y Engels, matices que al final le dan una fisonomía propia y una riqueza que carecen los esquemas simplificados y que no está demás recordar, pueden llevar a toda clase de errores.

Y sobre la opinión del mago depositario de la Ortodoxia (alias Demofilo), como siempre todo lo que no encaje en su muy ajustado esquema es o idealismo o revisionismo, lo que demuestra su pobreza intelectual, o mejor dicho, su posición política obtusa.

El camino de los "matices" y las "particularidades" es el camino del oportunismo, del revisionismo. Argumentando con "particularidades", "matices" y "especificidades" es que los pseudomarxistas han llegado a negar la necesidad de la toma del poder, de la lucha de clases, de la violencia revolucionaria y del partido. Ahora ya descaradamente y sin preocuparse por camuflar sus discurso con terminología marxista, niegan hasta la necesidad de socializar los medios de producción y nos presentan un "socialismo" con propiedad privada y parlamento que incluye a los partidos burgueses. Todas estas "superaciones" y "actualizaciones" del marxismo que dedican kilómetros de tinta a acusarnos de "dogmatismo" de "ortodoxia" y de tener “ideas obsoletas" son los que han llevado a la clase obrera y al pueblo al matadero. Los han hacho relajar la vigilancia revolucionaria, les han ocultado lo difícil y peligroso de la tarea y han reducido la definición de socialismo a la simple consigna de "salud, educación y trabajo digno"
Me alegro que tus compañeros de trabajo anden con El Capital bajo el brazo, y les sea tan fácil comprenderlo.
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Mensaje por Disidente_del_Capitalismo el Dom Dic 12, 2010 7:21 pm

Dzerjinskii escribió:
El camino de los "matices" y las "particularidades" es el camino del oportunismo, del revisionismo. Argumentando con "particularidades", "matices" y "especificidades" es que los pseudomarxistas han llegado a negar la necesidad de la toma del poder, de la lucha de clases, de la violencia revolucionaria y del partido. Ahora ya descaradamente y sin preocuparse por camuflar sus discurso con terminología marxista, niegan hasta la necesidad de socializar los medios de producción y nos presentan un "socialismo" con propiedad privada y parlamento que incluye a los partidos burgueses. Todas estas "superaciones" y "actualizaciones" del marxismo que dedican kilómetros de tinta a acusarnos de "dogmatismo" de "ortodoxia" y de tener “ideas obsoletas" son los que han llevado a la clase obrera y al pueblo al matadero. Los han hacho relajar la vigilancia revolucionaria, les han ocultado lo difícil y peligroso de la tarea y han reducido la definición de socialismo a la simple consigna de "salud, educación y trabajo digno"
Me alegro que tus compañeros de trabajo anden con El Capital bajo el brazo, y les sea tan fácil comprenderlo.
Compañero, pero reducir a Marx a los esquemas a lo Stalin, tampoco es bueno. Lo que yo digo es que hay que leer directamente a Marx y Engels, y ver las interpretaciones como desarrollos y a veces hay interpretaciones que nos ayudan a iluminar y darnos cuentas de aspectos que se nos pasan de largo en la lectura.
Ahora, yo no he dicho que El Capital sea el libro más fácil del mundo, pero una cosa es cierta, es un libro bastante claro, escrito de manera muy amena para que cualquiera que quiera estudiarlo lo lea sin necesidad de tener una base fuerte en Economía o en el pensamiento de Marx. En ese sentido no es para nada difícil comparado con otros autores, Marx se preocupó, al igual que Engels, que lo que escribía fuera comprensible por la clase trabajadora, y no hecho para académicos.
Por cierto, yo no estoy trabajando, soy estudiante universitario Smile.
Yo tampoco concuerdo con las interpretaciones que niegan la realidad de la lucha de clases, o que reducen al socialismo a ser un simple capitalismo con rostro humano como lo hacen los socialdemócratas. Pero reducir al marxismo a un mero esquema de toma de poder y como justificación de totalitarismos, me parece erróneo y que va contra el "espíritu" del marxismo, muchos de los matices en MArx son cosas que se pasaron de largo en o que fue el socialismo históricamente determinado del siglo XX, tales como el terminar con la enajenación, el preocuparse sólo por la parte económica frente a la cultural, el reducir el humanismo de Marx, etcétera, cosas que se hicieron y son criticables y que marcaron la diferencia.
Yo no estoy a favor de interpretaciones "marxistas" a lo Jürgen Habermas u otros personajes que de marxistas tienen sólo el nombre.
Pero sobre Kohan ¿acaso niega la lucha de clases? ¿acaso niega la revolución? ¿niega la explotación y la teoría del valor trabajo? La respues ta es NO. Hay que diferenciar, no todos los que están contra la escolástica sovietizante son unos Habermas cualquiera, eso es reduccionista.
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Mensaje por internacionalista_90 el Sáb Dic 10, 2011 2:25 pm

Compre este libro pues parecia en parte interesante y próximamente me lo voy a leer. Al parecer el autor Georg Lukács fué un filosofo marxista hungaro, estuvo presente en la Comuna Hungara de Bela kun en 1919 y desde muy jóven empezo a realizar estudios teóricos y filosóficos sobre marxismo. Su historia es controvertida se le asocia al llamado "Marxismo heterodoxo" y por lo visto tuvo sus disputas teóricas con Stalin y al final de su vida apoyo la contrarrevolución hungara de 1956 formando parte del gobierno de Irme Nagy. Me gustaría que los que esteis al corriente hagais una valoración del autor y su obra. En concreto este libro es de sus primeras obras en los años 20.
Aquí dejo el linck con su libro en pdf: http://www.iujaen.org/pdf/historiayconciencia.pdf
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Mensaje por torrens el Dom Dic 11, 2011 2:25 pm

Lukacks nunca tuvo disputas teóricas con Stalin sino consigo mismo. Si la edición que tienes contiene el prólogo que escribió a la misma en 1967 verás que se autocritica, reconociendo que cuando escribió "Historia y conciencia de clase" mantenía concepciones utópicas, idealistas, que no conocía la teoría de la revolución de Lenin, que tenía una concepción de la práctica "místicamente desaforada", etc.
Ese libro lo han tratado de hacer famoso los revisionistas porque no tiene nada que ver con el marxismo.

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Mensaje por omega-rojo el Lun Dic 19, 2011 7:06 pm

Disidente_del_Capitalismo escribió:
Dzerjinskii escribió:
El camino de los "matices" y las "particularidades" es el camino del oportunismo, del revisionismo. Argumentando con "particularidades", "matices" y "especificidades" es que los pseudomarxistas han llegado a negar la necesidad de la toma del poder, de la lucha de clases, de la violencia revolucionaria y del partido. Ahora ya descaradamente y sin preocuparse por camuflar sus discurso con terminología marxista, niegan hasta la necesidad de socializar los medios de producción y nos presentan un "socialismo" con propiedad privada y parlamento que incluye a los partidos burgueses. Todas estas "superaciones" y "actualizaciones" del marxismo que dedican kilómetros de tinta a acusarnos de "dogmatismo" de "ortodoxia" y de tener “ideas obsoletas" son los que han llevado a la clase obrera y al pueblo al matadero. Los han hacho relajar la vigilancia revolucionaria, les han ocultado lo difícil y peligroso de la tarea y han reducido la definición de socialismo a la simple consigna de "salud, educación y trabajo digno"
Me alegro que tus compañeros de trabajo anden con El Capital bajo el brazo, y les sea tan fácil comprenderlo.
Compañero, pero reducir a Marx a los esquemas a lo Stalin, tampoco es bueno. Lo que yo digo es que hay que leer directamente a Marx y Engels, y ver las interpretaciones como desarrollos y a veces hay interpretaciones que nos ayudan a iluminar y darnos cuentas de aspectos que se nos pasan de largo en la lectura.
Ahora, yo no he dicho que El Capital sea el libro más fácil del mundo, pero una cosa es cierta, es un libro bastante claro, escrito de manera muy amena para que cualquiera que quiera estudiarlo lo lea sin necesidad de tener una base fuerte en Economía o en el pensamiento de Marx. En ese sentido no es para nada difícil comparado con otros autores, Marx se preocupó, al igual que Engels, que lo que escribía fuera comprensible por la clase trabajadora, y no hecho para académicos.
Por cierto, yo no estoy trabajando, soy estudiante universitario Smile.
Yo tampoco concuerdo con las interpretaciones que niegan la realidad de la lucha de clases, o que reducen al socialismo a ser un simple capitalismo con rostro humano como lo hacen los socialdemócratas. Pero reducir al marxismo a un mero esquema de toma de poder y como justificación de totalitarismos, me parece erróneo y que va contra el "espíritu" del marxismo, muchos de los matices en MArx son cosas que se pasaron de largo en o que fue el socialismo históricamente determinado del siglo XX, tales como el terminar con la enajenación, el preocuparse sólo por la parte económica frente a la cultural, el reducir el humanismo de Marx, etcétera, cosas que se hicieron y son criticables y que marcaron la diferencia.
Yo no estoy a favor de interpretaciones "marxistas" a lo Jürgen Habermas u otros personajes que de marxistas tienen sólo el nombre.
Pero sobre Kohan ¿acaso niega la lucha de clases? ¿acaso niega la revolución? ¿niega la explotación y la teoría del valor trabajo? La respues ta es NO. Hay que diferenciar, no todos los que están contra la escolástica sovietizante son unos Habermas cualquiera, eso es reduccionista.

Mi aporte a esta discusión:
- La obra de Marx y Engels fue escrita en gran parte como textos y pronunciamientos referentes a una situación política, y como textos de difusión. Tanto por lo uno, como por lo otro, estoy en desacuerdo con quienes argumentan que El Capital es una cosa tan díficil que esta fuera del alcance de los obreros, ese es un argumento típico de los intelectualoides y es uno de los prejuicios difundidos por la burguesía contra los que se debe luchar.
- Los textos de popularización, como por ejemplo los escritos de Politzer, tienen un gran valor, pero no creo que ni la gran masa, y menos aún los militantes deben conformarse con quedar a ese nivel, ese es el camino para que la miseria teórica lleve a la bancarrota a los movimientos revolucionarios.
- La categoría de "totalitarismo" ha sido en su mayor parte un arma de la contrarrevolución mundial, desde su concepción por Hanna Arent, pasando por sus diferentes interpretaciones de Aron, Brzezinski (creo que así se escribe) y otros teóricos del anticomunismo. No se debería usar tan gratuitamente el término "totalitarismo" si es que supuestamente se es un "marxista crítico".
- No se debe pensar que aspectos como la ciencia, la teoría del arte o la historia del arte son divertimentos intelectuales, estos también son duros frentes de la lucha de clases que postulan complejos problemas que los revolucionarios no podemos, ni debemos soslayar.
- La obra de Lukács es compleja y multifacética. En mi opinión su aporte más valioso es la crítica a la filosofía irracionalista como tendencia predominante del pensamiento burgués en la etapa imperialista.
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Mensaje por Marxello el Vie Dic 30, 2011 7:32 pm

Por un momento pense que era George Lucas... Very Happy
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pedrocasca
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Mensaje por pedrocasca el Mar Feb 26, 2013 9:09 pm

También se puede acceder a una copia del texto de Georg Lukács titulado Historia y conciencia de clase, en cualquiera de los enlaces: (pueden plantear las habituales exigencias de scribd)

http://es.scribd.com/doc/46749145/Georg-Lukacs-Historia-y-conciencia-de-clase

http://es.scribd.com/doc/32858183/Georg-Lukacs-Historia-y-Conciencia-de-Clase
 
 
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Última edición por pedrocasca el Dom Ago 04, 2013 8:50 pm, editado 1 vez

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