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Como Cambiar el Mundo de Eric J. Hobsbawm

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Mensaje por ajuan el Sáb Jul 30, 2011 6:45 pm

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El libro, que comienza con un estudio sobre "Marx hoy" y acaba con otro sobre la relación, a lo largo del tiempo, entre Marx y el movimiento obrero organizado, cuya conclusión es que, ante los problemas de la economía en el siglo XXI, "ha llegado de nuevo el tiempo de tomar a Marx en serio", nos ofrece una primera parte con una serie de trabajos sobre Marx y Engels, sobre sus obras y sus ideas políticas, y una segunda dedicada en especial a la evolución del marxismo, y de su influencia, desde 1880 hasta la actualidad. Como corresponde a lo que cabe esperar de Eric Hobsbawm, este no es tan solo un gran libro de historia, sino que tiene además la pretensión de que, como nos dice el propio autor, "pueda servir a los lectores para reflexionar acerca de lo que va a ser su futuro, y el de la humanidad, en el siglo XXI".

Vi este libro en una libreria pero no tuve tiempo de ojearlo.Por lo que se este autor no es del todo "leninista" ya que ataca siempre a Stalin duramente con las tipicas argumentaciones.
Aunque nunca se sabe ¿alguien lo leyo?

Saludos


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:minihoz: "Y comprendí de pronto que el devoto pueblo ruso no necesitaba ya sacerdotes que le ayudasen a impetrar el reino de los cielos. Este pueblo estaba construyendo en la Tierra un reino tan esplendoroso como no hay en ningun otro cielo,reino por el cual era una dicha morir..."John Reed  :minihoz:

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Mensaje por pedrocasca el Sáb Jul 30, 2011 8:24 pm

No he leído el libro, tovarich ajuan, porque personas de mi confianza me comentaron cuando salió a la venta en España que era una recopilación de artículos que Eric J. Hobsbawm ya había publicado a lo largo de su dilatada y prolífica vida como escritor y preferí invertir el dinero en otro libro. Este historiador nunca ha debido ser muy favorable a José Stalin (siempe he tenido esa impresión aunque tampoco he podido encontrar muchas informaciones al respecto) y en más de una ocasión, fundamentalmente lo he leído en entrevistas traducidas del inglés, se ha manifestado como marxista, sin hacer mención a Lenin, por ejemplo. Tiene un grandísimo prestigio pero en España da la impresión que muy pocos lo leen o se limitan a los textos que quizás puedan ser útiles como materia de estudio en Facultades universitarias o dada su avanzada edad ya lo dan por "antiguo".
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Mensaje por Chapaev el Sáb Jul 30, 2011 8:33 pm

en algun hilo se ha hablado de su historia del sXX.

Fundamental, un testimonio de primera mano del como, el cuando y el quien de las relaciones de clase en el sigloXX.

Efectivamente cuando cita a Stalin es para mal y rechina.
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Mensaje por ajuan el Dom Jul 31, 2011 12:11 am

Si chapaev he leido ese hilo es mas recuerdo haber participado en ese post haciendo preguntas sobre el autor.pedrocasca gracias por responder.Lo que pasa es que antes de comprar libros de un autor que supuesta mente se hace llamar marxista y jamas pronuncia a Lenin (tal como dijo pedrocasca,ya que he leido en google partes del libro sin mencionar a lenin en ningún momento,es mal gastar el dinero que este libro sale.Ademas parece que tan marxista que es que sus libros tienen precios altisimos.

Saludos


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Mensaje por pedrocasca el Vie Ago 12, 2011 6:04 pm

Buscando otra cosa he encontrado la nota biográfica acerca de Eric Hobsbawm que figura en la web de la Universidad comunista de los países catalanes:

Es un historiador marxista inglés, profesor emérito de Historia Social y Económica del Birkbeck College, Universidad de Londres. Es uno de los historiadores más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Nació en Egipto bajo nacionalidad británica en el seno de una familia judía. Su infancia la vivió en Viena en la durísima posguerra y en Berlín pasó la adolescencia viendo el ascenso del nazismo. Su padre murió en 1929, y poco más tarde su madre, quedando huérfano él y su hermana que fueron adoptados por sus tíos. Se fueron a vivir a Londres en 1933.

Desde muy joven se interesó mucho por la política y el estudio ingresando pronto en diversas asociaciones de estudios de carácter socialista y comunista hasta que en 1936 se afilió al Partido Comunista Británico. Gracias a su sólida formación consiguió una beca para estudiar en el King s College de Cambridge donde se doctoró en Historia en la sociedad Fabiana después de estallar la segunda Guerra Mundial. Fue un entusiasta defensor del comunismo, aunque el desprestigio de los soviéticos y de Stalin durante la posterior guerra fría le dificultaron mucho su carrera.

Tras la guerra encontró trabajo en la Universidad de Londres donde no logró superar la marginación Profesional debido a su adhesión comunista hasta los años 60, cuando sus trabajos comenzaron a ser conocidos y publicados. Desde entonces, Hobsbawm se ha forjado una excelente carrera como historiador con muchos reconocimientos. En su visión marxista ha contribuido a la construcción de la Historia social donde el protagonista dejan de ser los grandes personajes para convertir las sociedades en el centro de atención. Asimismo ha centrado sus estudios en el desarrollo de las tradiciones y la crítica hacia las invenciones de la élite y en los contextos de la construcción del estado-nación.

Hobsbawm es un personaje polémico que ha centrado la atención de muchas críticas, tanto por su tenaz adhesión al marxismo del que nunca ha renunciado a pesar de que hace autocrítica. Sin embargo nunca ha sido puesta en duda su capacidad analítica hacia la historia y en un mundo carente de referentes, la figura de un hombre que aún confía en las lecciones del pasado como fuente de inspiración para el futuro es muy importante.
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Mensaje por pedrocasca el Sáb Sep 03, 2011 9:21 am

En el periódico argentino Página 12 se pubicó en julio de 2011 este comentario-reseña* acerca del libro y de Eric Hobsbawm:

Eric Hobsbawm: principios y convicciones - El viento de la Historia - Juan Forn

El niño Eric Hobsbawm pasea con su niñera por las calles de Alejandría en el año 1918. Un pordiosero chino les pide una moneda. La niñera se la niega. El chino ignora a la niñera, mira fijamente a la criatura y le dedica una exquisita maldición de su país milenario: “Ojalá te toquen vivir tiempos interesantes”. Ochenta y cinco años después, cuando es un venerable historiador y se sienta a escribir sus memorias, sabe que ya tiene el título: Tiempos interesantes. En esas memorias, hace una breve enumeración de las cosas que presenció a lo largo del siglo que le tocó vivir y uno no puede dejar de pensar en aquel monólogo que recitaba el replicante en el final de Blade Runner, con la mirada perdida en la lluvia ácida que caía del cielo y el afán de dejar al menos ese testimonio de los inéditos fenómenos que habían contemplado sus ojos: “He visto atardeceres de dos lunas en Júpiter...” A los 86 años, Hobsbawm dice: “He visto cómo se extinguían de la faz de la tierra todos los imperios coloniales europeos, incluido aquel que llegó a ser el más vasto y poderoso de ellos durante mis años de infancia. He visto grandes potencias mundiales relegadas a jugar en las ligas inferiores. He visto la irrupción y la caída de un estado alemán que esperaba durar mil años, y también el nacimiento y el final de un poder revolucionario que amenazaba extenderse al mundo entero. He visto un tiempo en que la palabra capitalismo contaba con tan pocos votos como la palabra comunismo en la actualidad. Dudo de que llegue a ver el fin del imperio americano, pero puedo asegurar que algunos lectores de este libro habrán de presenciarlo”.

Como aquel replicante de Blade Runner, Eric Hobsbawm pertenece a una especie que debía ser eliminada (primero por mitteleuropeo, después por judío, después por marxista). Tuvo más suerte que el replicante de Blade Runner: sobrevivió largamente a la eliminación a sus compañeros de especie. Su inesperada longevidad terminó por darle status de venerable rara avis. El adjudica esa longevidad tan activa a que lo obligaron a arrancar tarde. Le cobraron peaje por sus “anomalías”: ser judío pobre en la República de Weimar y en la Alemania de Hitler, inmigrante indeseado en la Inglaterra en guerra con el Reich, marxista durante toda la Guerra Fría, antisoviético y antichino dentro del PC, antiespecialista en un mundo de especialistas, políglota en un mundo cada vez más anglófono, intelectual desvelado por los no intelectuales, anomalía dentro de anomalía dentro de anomalía. “Todo ello complicó mi vida como ser humano y paralizó mi carrera durante años, pero me ha representado una ventaja considerable como historiador”, dice él.

Agnes Heller dice que la Historia habla de los hechos vistos desde afuera y las memorias hablan de los hechos vistos desde adentro. Dos hechos marcaron tempranamente la vida de Hobsbawm: aquella maldición china y el descubrimiento entre los papeles de su padre (que murió quebrado cuando él tenía trece años, en plena hiperinflación berlinesa) de un cuestionario íntimo en donde el progenitor se preguntaba qué era la felicidad, esa entelequia que había perseguido sin éxito durante toda su corta vida, y se contestaba: la suerte de no tener mala suerte. Tiempos interesantes y mala suerte. De esa ecuación sale Hobsbawm. O, mejor dicho, de los inesperados beneficios de ambas cosas.

Por ser pelirrojo y de ojos azules, en Viena no le decían Jude sino Englander. En Inglaterra, en cambio, adonde lo enviaron cuando murió su madre (un año después que el padre), es simplemente “El Feo”. Pero si se hubiera quedado en Viena, habría terminado gaseado en los campos. El joven Hobsbawm refugia su fealdad afiliándose al PC británico (donde cantan: “Hasta que llegue la revolución, el amor es un sentimiento antibolchevique”). Pero cuando estalla la guerra es el único de sus camaradas de estudios y de militancia al que no eligen para el servicio secreto: no por extranjero ni por marxista; es el único que no sabe hacer el crucigrama del Times. Eso lo alejará providencialmente del caso de los dobles espías Kim Philby y Guy Burgess, pero lo dejará sin trabajo durante años. Cuando condena en un plenario del PC la represión soviética en Hungría en 1956, cree que el partido va a expulsarlo, pero son tantas las bajas que no le hacen nada. Y a él le da vergüenza abandonar el barco cuando todos lo hacen, así que conserva el carnet. “Quitarme de encima el sambenito de pertenecer al PC habría mejorado mis perspectivas profesionales. Pero sencillamente no quise hacerlo. Yo quería alcanzar el reconocimiento como comunista confeso. No defiendo esta forma de orgullo, pero no puedo negar su fuerza.”

Hobsbawm vio convertirse en pretérito casi todos los signos que definían y regían su presente, pero se descubrió providencialmente equipado para relatarlos porque, a diferencia de tantas otras víctimas de la Historia, él tuvo, como judío mitteleuropeo y como marxista anómalo, “tiempo de reflexionar acerca de la desintegración de un imperio y de una época, al ser una muerte largamente anunciada, en ambos casos”. Cuando todos los historiadores de su generación se retiraban o se morían, él siguió publicando libros, cada vez más sabios. En pleno auge del pensamiento neoconservador, cuando se aseguraba que habíamos llegado al fin de la Historia, Hobsbawm dijo que lo que había terminado era el siglo veinte nomás y logró que se hiciera canónica su manera marxista de ver el siglo (cuyo inicio fijó en 1917, con la Revolución de Octubre y su cierre, en la caída de la URSS en 1989). Después de la caída de las Torres Gemelas en 2001, dijo algo que repitió cuando mataron a Bin Laden hace meses: “El mundo necesita más que nunca a los historiadores, especialmente a los escépticos”. Si el pasado es otro país, era de rigor que un expatriado múltiple como él se convirtiera en su historiador por antonomasia.

Hobsbawm usa el raro prisma de su experiencia personal para buscar la real dimensión de las cosas en el laberinto de la Historia. De ahí su anomalía, su heterodoxia, su excentricidad; de ahí su ecuanimidad por momentos exquisita y por momentos casi inverosímil. En sus memorias, en sus reportajes, en su Era de los extremos, Hobsbawm nos cuenta el siglo veinte como si el propio siglo hablara de sí mismo, en una de esas sobremesas de trasnoche en que de golpe llega la hora de la sinceridad más descarnada: el siglo habla y todos sentimos que habla de nosotros. La única manera de que nos entre de verdad la Historia es entender que no es letra muerta, sino experiencia viva: que eso que pasó nos pasó a todos. Ese es el Efecto Hobsbawm para mí: alguien que sopla suavemente en nuestro oído y nos hace entender de golpe qué es el famoso viento de la Historia, cómo se vive en tiempos interesantes.

* tomado de Rebelion.org -- http://www.rebelion.org/noticia.php?id=134998 --
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Mensaje por orsiros el Sáb Sep 03, 2011 7:21 pm

Es cierto que en el ambiente que más destaca es el universitario. Sin ir más lejos, en la especialidad que yo cursé, Historia Económica, era uno de los "clásicos".... y sus libros de los más "fusilados"..... pero también puedo decir que era "uno más". Destacado.....bueno, como "compilador", y, según palabras textuales del catedrático que nos daba la especialidad, marxista de boca pequeña......así que, al que le interese, que se busque la manera de pillarlo de otra manera.
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Mensaje por pedrocasca el Sáb Sep 17, 2011 5:02 pm

La revista argentina Ñ publicó en agosto de 2011 la siguiente reseña de Hernán Camarero acerca del libro de E. Hobsbawm:

Qué esperar de Marx en el siglo XXI, según E. Hobsbawm.

El estudio de las ideas, las obras y las acciones de Karl Marx (junto a su camarada y amigo Friedrich Engels), y las del heterogéneo movimiento social, político e intelectual que se desplegó a partir de aquéllas, dieron lugar durante el último siglo y medio a una inmensa biblioteca, en los más variados registros de la filosofía, la economía, la política, la historia y la sociología. Como cambiar el mundo: Marx y el marxismo, 1840-2011, que acaba de publicar el reconocido historiador inglés Eric Hobsbawm, a sus 93 años de edad, se suma a este catálogo.

La abundante producción de Hobsbawm, desplegada a lo largo de seis décadas, fue dedicada, de una manera u otra, a las circunstancias y las problemáticas históricas dentro de las cuales se produjo el desenvolvimiento del marxismo, con cuya tradición aquél siempre se identificó. Por un lado, la trilogía que presentó los rasgos esenciales del “largo siglo XIX”: La era de la revolución, 1789-1848, La era del capital, 1848-1875 y La era del imperio, 1875-1914, luego continuada por el examen del “corto siglo” en su Historia del siglo XX, 1914-1991.

Más específicamente, numerosas reflexiones acerca de las características y el desarrollo del proletariado, el movimiento obrero y las izquierdas, se esparcieron en sus también ya clásicas compilaciones Trabajadores, El mundo del trabajo o Revolucionarios; en otras, como Marxismo e historia social y Sobre la historia, había avanzado en el análisis de las contribuciones teóricas del impulsor del materialismo histórico.

Este nuevo libro sintoniza con todas estas obras. Puede ubicarse como parte de la travesía de Hobsbawm por desentrañar las claves del mundo contemporáneo burgués y del socialismo marxista como su principal impugnador. Pero le agrega una dimensión eminentemente política y actual, al esbozar elementos de balance del marxismo y sobre sus perspectivas en el siglo XXI.

La mayoría de los dieciséis escritos que configuran la obra son de antigua factura; varios ya habían sido publicados en anteriores volúmenes, aunque pocos en español. Seis aparecieron en las versiones en italiano, inglés o castellano de Historia del Marxismo, coeditada por el propio Hobsbawm. Rescatados de la dispersión, el desconocimiento o el olvido, algunos de estos textos fueron parcialmente reelaborados para esta edición.

En tanto compilación de estudios específicos y fragmentarios, el libro no alcanza a constituirse en una auténtica reflexión global, unitaria y sistemática del tema, abarcadora de todas las dimensiones que su título implícitamente proclama. Aunque su valor es incuestionable, por la acostumbrada maestría con la cual el autor logra síntesis creativas, en las que enhebra el análisis de las ideas con las tramas de la historia social, la política y la economía, combinando el examen estructural con el diacrónico y la indagación teórica con el plano histórico concreto.

Avatares del marxismo

Un recorrido por algunas de las estaciones que jalonaron la aventura intelectual y el despliegue teórico-político de Marx y Engels durante el siglo XIX es lo que nos propone Hobsbawm en toda la primera parte del libro. En uno de sus capítulos examina el modo en que ambos referentes se posicionaron ante las distintas expresiones del socialismo existente hasta los años 1840, en su triple origen: francés, alemán y británico.

En otro, indaga sobre las maneras en que se fueron configurando las ideas políticas de Marx-Engels acerca del Estado, la transición al socialismo, el carácter de la revolución, la dinámica de la lucha de clases, las estrategias y las formas de organización del movimiento socialista.

Asimismo, la recuperación de ciertos prólogos escritos por el autor permite apreciar un ejemplo de cómo encarar un riguroso examen introductorio de una obra, reconociéndola en sus contextos, determinaciones e influencias. Bajo ese enfoque se ausculta La situación de la clase obrera en Inglaterra (el pionero libro de Engels), se apuntan las diversas lecturas posibles del Manifiesto comunista y se valora en detalle la importancia de los tardíamente descubiertos Grundrisse del Marx maduro, en especial, para la reconceptualización de las formaciones precapitalistas.

Finalmente, se ofrece un mapa e itinerario de notable precisión que buscan responder los interrogantes de qué, cuánto, dónde y cómo se publicaban, traducían, circulaban y leían los textos de los impulsores del comunismo moderno.

El estudio de los rasgos y la dinámica que asumió el marxismo como movimiento intelectual, social y político desde fines del siglo XIX es el eje de la segunda gran sección de la obra. Se trata de una ambiciosa reconstrucción, adecuadamente historizada. Su núcleo duro está concentrado en cuatro extensos capítulos, que van desbrozando los caminos de la difusión, penetración, recepción, apropiación, recreación, crisis y reconstitución de la cultura marxista en el mundo.

En el primero se aborda la influencia del marxismo europeo en la cultura general durante el período de la Segunda Internacional, entre 1880 y 1914. El segundo discurre bajo el ciclo del antifascismo (1929-1945). El tercero se orienta a la etapa de posguerra, desde 1945 hasta 1983, cuando se cumplía el centenario de la muerte de Marx. Son trabajos ya relativamente conocidos. No así el cuarto, un breve ensayo escrito para esta edición, en el que presenta, aunque de un modo algo superficial, lo que el autor entiende como el proceso de un marxismo “en recesión”, desde aquel último año hasta la actualidad, al compás del agotamiento y caída del “socialismo real”. También alcanzan interés otros dos acotados pero eficaces capítulos, donde se analiza a Gramsci como teórico político original y estratégico, y se examina el éxito de su recepción internacional.

Balance y perspectivas

Cómo cambiar el mundo se abre y se cierra con dos capítulos de elaboración reciente, de tono más ensayístico y político, cuya importancia radica en que permiten aproximarse a la mirada actual de Hobsbawm respecto, tanto a la vigencia de Marx y del marxismo, como al balance que puede hacerse de la vinculación de este último con el proletariado, al que siempre entendió como agente esencial de la transformación social.

Quizás, son los trayectos del libro donde menos centellea la clásica erudición con la que el longevo autor sostenía sus anteriores apuestas historiográficas y en donde aparecen expuestas algunas de las mutaciones de su pensamiento, especialmente en las últimas dos décadas.

Como si dialogara en tensión con su propia obra, Hobsbawm alerta acerca de las espinosas relaciones entre el movimiento obrero y el socialismo marxista a lo largo del siglo XX, apuntando sólo la excepcional existencia de una opción proletaria de masas en pos de una alternativa comunista o revolucionaria (en rigor, nos dice, limitada al período de entreguerras europea o a situaciones puntuales del Tercer Mundo).

En su diagnóstico, el siglo y medio del movimiento obrero aparece disbujado bajo el signo del fracaso como variante histórica de superación al capitalismo: donde quedó contenido por regímenes que hablaban en su nombre, acabó disuelto como actor independiente; en Europa occidental, viró al revisionismo reformista, obtuvo conquistas con el Estado benefactor de posguerra, pero también terminó diluyéndose como sujeto y retrocediendo a posiciones adaptadas a la lógica del capital incluso mayores que las preconizadas por Bernstein.

Señala la pervivencia de las irresolubles inequidades del capitalismo y de la lucha de clases, pero no encuentra que el movimiento obrero disponga de las potencialidades para antagonizar y rebasar a un capitalismo que paradójicamente hoy afronta su “crisis más seria desde la era de la catástrofe” (ni siquiera descarta un posible horizonte de “desintegración o desmoronamiento”); tampoco divisa ningún reemplazante en esta ciclópea tarea de sepulturero.

En este impasse radicarían algunas de las mayores desventuras del marxismo, parece sostener Hobsbawm, para quien, al mismo tiempo, no se ha presentado hasta el momento otra ideología radical o de izquierdas capaz de suplantarlo.

De este modo, las viejas certezas y confianzas respecto al marxismo como forma de comprender y transformar el mundo ceden lugar a un planteo más bien defensivo, aunque firme: si Marx, a pesar de su encuadre decimonónico, fue el referente político-intelectual que dejó una de las huellas más indelebles en el siglo XX, todavía puede cumplir ese mismo rol para el siglo XXI. Y esta vigencia la explica por dos razones.

Una, en tanto este inestable capitalismo globalizado fue genialmente anticipado desde el viejo Manifiesto comunista o El Capital, logrando descubrírselo como una modalidad históricamente temporal de la economía humana y pudiendo desentrañar su modus operandi basado en la expansión, concentración, autotransformación y recurrente crisis.

Sin embargo, aquí se extraña una visión más honda y comprensiva de Hobsbawm respecto al origen y dinámica de la actual crisis capitalista, pues el hincapié explicativo está puesto excesivamente en los efectos de la aplicación del necio fundamentalismo de mercado.
La otra razón de la posible perduración de Marx en el futuro que aquí se argumenta es que ahora podría recuperarse la original potencia crítica de su aporte al quedar liberado de su asociación oficial con los fracasados experimentos soviéticos y, también, en buena medida, del reformismo socialdemócrata, transcurridos en el siglo XX.

Pero existe un problema a señalar respecto a este inventario. Hobsbawm aún no ha proporcionado una acabada o convincente explicación teórico-histórica de aquel experimento soviético, más específicamente, del estalinismo (a cuyo universo estuvo vinculado, dada su histórica pertenencia al PC británico).

De este modo, lo que se desprende de su visión, es que lo naufragado y ahora reconocido como alejado del verdadero Marx no fue ya el innombrado y reaccionario fenómeno burocrático del estalinismo, sino, como explícitamente lo enuncia, el “leninismo” y las revoluciones y estrategias conjugadas en torno a ese tipo de proyectos.

Esta homologación, va acompañada, por otra parte, con su habitual indiferencia a toda tradición o corriente ubicada a la izquierda del “comunismo oficial”. Aunque luego parece admitir que el legado de Marx está en disputa, abierto e irresuelto, por lo que tanto Bernstein como Lenin pueden ser considerados o no como sus herederos. El tema es polémico y ameritaría un mayor desarrollo y precisión de lo expuesto sólo en las páginas iniciales y finales del libro.

Una vez enunciados los dilemas de la experiencia histórica y quedando desguarnecidos de proyectos definidos de transformación, Hobsbawm incita a rescatar a un Marx como intérprete del mundo, sobre todo, como pensador económico, guía para la comprensión de la historia humana y padre fundador, junto a Durkheim y Weber, de la moderna ciencia social; en síntesis, como portador de un pensamiento de magnitud universal e integrador de todas las disciplinas. Un Marx vigente no ya en todos los análisis, predicciones y respuestas que esgrimió, sino, por el contenido radical con que formuló las preguntas y los problemas.

En verdad, el resto del propio libro, en sus textos menos recientes, propone una recuperación de Marx y del marxismo con un sentido más vasto, complejo y programático. Este contrapunto quizá sea una vía de entrada para la lectura de una obra que retoma algunos buenos pasajes de uno de los intelectuales de izquierda más importantes del siglo XX, dueño de una incuestionable sabiduría historiográfica. La misma que logra plasmarse en varios de los recorridos de estas páginas.
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Como Cambiar el Mundo de Eric J. Hobsbawm Empty Cómo cambiar el mundo: última recopilación de Eric Hobsbawm

Mensaje por ñángara el Dom Nov 25, 2012 8:51 pm

José Carlos Mariátegui escribió:el marxismo es el único modo de proseguir y superar a Marx

Como Cambiar el Mundo de Eric J. Hobsbawm 62

COMO CAMBIAR EL MUNDO
MARX Y EL MARXISMO 1840 - 2011


SBN 9789879317266
Autor HOBSBAWM ERIC
Editorial CRITICA
Colección MEMORIA CRITICA
Peso 0,58 Kg.Edición 2011,en Rústica
490 páginas
Idioma Español
$(pesos mexicanos) 169,00

Como Cambiar el Mundo de Eric J. Hobsbawm Muerehistoriadorerichobsbawn
El autor: Eric Hobsbawm
decano de los historiadores marxistas, 1917-2012 (94 años)

El gran historiador británico concluyó su última obra señalando que “una vez más, ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx”.

Y con esta finalidad recopiló 16 textos, escritos entre 1956 y 2010, “básicamente un estudio del desarrollo e impacto póstumo del pensamiento de Karl Marx (y su inseparable compañero Friedrich Engels)”.

Incluye 6 capítulos revisados y reescritos de la Storia del marxismo (publicada en italiano por Einaudi en 1978-82, de la que Hobsbawm fue coeditor), además de otros estudios sobre la “recepción” de Marx y el marxismo; tres introducciones a obras específicas: La situación de la clase obrera en Inglaterra, de Engels (1845), el Manifiesto comunista (1848: “el cambio histórico a través de la praxis social”) y los escritos de Marx en 1857-58 sobre las formaciones sociales precapitalistas, que se publicaron como los Grundrisse hasta 1953 en Berlín oriental.

Antonio Gramsci es el único marxista posterior a Marx y Engels abordado en este libro (donde destaca la originalidad y gradual recepción de sus aportes teóricos). Dice Hobsbawm que las teorías de Marx han influido en la movilización de fuerzas sociales, constituyendo “una presencia crucial, en determinados momentos decisiva, de la historia del siglo XX”.

En “Marx hoy” el autor reafirma que “hay una serie de preguntas esenciales que plantea Marx que siguen siendo válidas y relevantes”.

Marx, Engels y el socialismo premarxiano” es un documentado resumen histórico del comunismo como movimiento social a partir de la Revolución francesa, al igual que el legado de Marx y Engels sobre el papel de la acción política vinculada al contexto del desarrollo histórico (es decir, la transición del capitalismo al socialismo: lucha de clases, revolución, organización, estrategia y táctica del movimiento socialista, la Comuna de París en 1871, la dimensión internacional...).

Las vicisitudes de las obras de Marx y Engels”, un prolijo estudio sobre estos clásicos en cuatro textos sobre la influencia del marxismo en 1880-1914; en la era del antifascismo (1929-1945); “frentes populares”, revolución democrático-burguesa, Tercer Mundo, explosión de la educación en los setenta en 1945-1983; y “El marxismo en recesión 1983-2000”.

    Repasemos la radiografía histórica de la cultura marxista en el mundo de Hobsbawm distinguiendo etapas:
      Una primera, durante la Segunda Internacional, dominada por la disputa “dictadura proletaria-socialdemocracia” (1880-1914).

      Una segunda, de lucha contra el fascismo (1929-1945).

      Una tercera, de posguerra: “frentes populares”, revolución democrático-burguesa, Tercer Mundo, explosión de la educación en los setenta (1945-1983).

      Y una cuarta, escrita puntualmente para este libro, de “recesión marxista desde 1983 hasta el 2000”, a tono con la debilidad y el colapso del llamado “socialismo real”.
        En este punto Hobsbawm es coherente con lo que previno tras el derrumbe del muro berlinés, en noviembre de 1989, en el sentido de que “no solo cayó hacia el Este”, aplastando el experimento socialista. A este lado del muro –advirtió– la economía ya expresaba su crisis, un capitalismo “tardío” y “salvaje” se había lanzado sobre los restos del socialismo, las vanguardias artísticas habían caído y el sistema de valores establecido se había desmoronado.

El libro culmina con el ensayo “Marx y el trabajo: el largo siglo”, donde Hobsbawm señala el dilema del proletariado organizado a partir de la década final del siglo XIX: “reforma o revolución”. Al no ocurrir el “inminente colapso del capitalismo”, ¿cuál era la función histórica de los movimientos obreros? ¿Había una vía no revolucionaria hacia el socialismo? El revisionismo de Eduard Bernstein provocó la integración de la socialdemocracia a los gobiernos burgueses de Europa.

Para gran parte del llamado “Tercer Mundo”, la URSS, transformada en superpotencia a partir de 1945, fue un modelo económico que “podía vencer el subdesarrollo”. Luego del derrumbe del Muro de Berlín y del “socialismo realmente existente”, cuando el capitalismo entra a su vez en un nuevo periodo de crisis global, nos encontramos al final de una peculiar fase de la historia de los movimientos obreros, en la cual la bancarrota de la economía del bloque soviético y del “fundamentalismo capitalista de mercado” vuelven a plantear la actualidad de Marx, quien pronosticó en 1848 a dónde nos conduciría la globalización capitalista.


Redescubrir su significado

Con todo, que la era de los regímenes socialistas y los partidos comunistas de masas haya tocado a su fin, y que allí donde aún sobreviven hayan abandonado el marxismo leninista –China, Vietnam– no significa, señala Hobsbawm, el fin de la vigencia de Marx.

Hoy en día Marx es, otra vez y más que nunca, un pensador para el siglo XXI”, se atreve a decir.

Y ofrece dos razones:
    Por un lado, el fin del marxismo oficial en la URSS liberó a Marx de la identificación pública con el leninismo en teoría y con los regímenes leninistas en la práctica: “el argumento de que la teoría marxiana implica necesariamente el leninismo y sólo el leninismo (u otra escuela de la ortodoxia marxista) resulta insostenible”, apunta. Aquí, dos reflexiones:
      Una: al tomar distancia del leninismo, Hobsbawm no oculta los cambios operados en su pensamiento en las últimas dos décadas.
      Otra: al liberar las ideas de Marx del lastre de asociaciones formuladas en su nombre (no sólo el fracaso de la URSS, también el estalinismo, la Kampuchea de Pol-Pot o la revolución cultural maoísta) las pone de cara a recuperar su génesis crítica del capitalismo.

    La otra razón, dice, es que el mundo capitalista globalizado que surgió de las entrañas del neoliberalismo a partir de 1990, era “en aspectos cruciales asombrosamente parecido” al mundo anticipado por Marx en el Manifiesto comunista. Destaca que ya en El Capital Marx logró desentrañar el comportamiento del capitalismo como una característica históricamente temporal de la economía humana, que respondía a un circuito basado en la expansión, concentración, autotransformación y crisis cíclicas. Y mientras el capitalismo global siga experimentando su mayor conmoción desde 1929 –sostiene– es difícil que Marx abandone la escena.

Además, anticipa, el Marx del siglo XXI será sin lugar a dudas muy distinto del Marx del siglo XX. Y ello es así, advierte, porque gran parte de la historia académica de las ideas, en particular las ideas políticas, consiste en redescubrir el significado y la intención original de los pensadores y los contextos originales de su pensamiento. El Adam Smith de hoy en día no es el Adam Smith de 1776, salvo para un grupo de estudiosos especializado. Lo mismo ocurre inevitablemente con Marx, sostiene.

Para Hobsbawm, desde el punto de vista de la historia, el impacto político del marxismo es el logro más importante, aunque tampoco puede ignorarse el impacto intelectual. El nombre de Marx sugiere importantes transformaciones en el universo intelectual humano, junto a figuras como Isaac Newton, Charles Darwin, Sigmund Freud o Albert Einstein.

Además, advierte, nuestro juicio del marxismo del siglo XX no se sustenta en el pensamiento genuino de Marx, sino en interpretaciones y revisiones. Ni Marx ni Engels abordaron lo que luego sería, en el proceso de descolonización, la “cuestión nacional”, y tampoco profundizaron en el problema agrario y el campesinado, excepto el caso alemán.

El revisionismo, el imperialismo, la disputa sobre cómo debería ser una economía socialista, que ocuparon el centro del debate del siglo pasado, no estuvieron (no podían estarlo) en la cabeza de Marx ni de Engels. Cuando en 1917 los bolcheviques tomaron el poder en Rusia –evoca– el marxismo se debatía en el dilema de si se podía encarar una sociedad socialista sin pasar antes por el capitalismo. Rusia estaba demasiado atrasada como para producir otra cosa que una caricatura de una sociedad socialista, “un imperio chino de color rojo”, según dicen, ironizó Georgi Plejánov. Tampoco una Rusia capitalista liberal surgiría bajo el zarismo. De modo que lo que hicieron –dice Hobsbawm– fue empujar el país desde el atraso hacia la modernidad a través de un improvisado desarrollo económico de tipo occidental, que se llamó “economía de guerra” (como era la de los contendientes) que echó las bases de la economía soviética planificada. Si con la Primera Guerra y la Revolución se hizo añicos la Rusia de los zares, con la Segunda Guerra la URSS se convirtió en superpotencia.

Hoy ya nada de esto existe, advierte Hobsbawm. Pero tampoco la “imperturbable victoria del liberalismo político y económico” (Francis Fukuyama). Los intentos del siglo XX por tratar la historia del mundo entre puro colectivismo y puro individualismo, “no sobrevivieron a la casi simultánea bancarrota de la economía soviética y la economía del mercado”. Ninguna de estas economías volverá, arriesga. Desde la caída del muro, la izquierda se quedó sin su tradicional alternativa al capitalismo, “a menos que reflexionen sobre lo que querían decir con ‘socialismo’ y abandonen la presunción de que la clase obrera (manual) será el principal agente de cambio social”. Pero, avisa, también quedaron a la intemperie aquellos fervorosos de la reductio ad absurdum de la sociedad de mercado de 1973-2008.

“Puede que no esté en el horizonte un sistema alternativo, pero la posibilidad de una desintegración, incluso de un desmoronamiento del sistema existente, no se puede descartar”, previene. Desde los años 1970, el capitalismo “revirtió a la extrema y patológica versión del laissez-faire (‘el gobierno no es la solución, sino el problema’)”, en alusión al abandono de las teorías keynesianas sobre la intervención del Estado y la entronización del “fundamentalismo de mercado”, encarnado por Margaret Thatcher, Ronald Reagan y otros émulos patéticos. Ahora “hemos redescubierto que el capitalismo no es la (o no es la única) respuesta, sino la pregunta”, parafrasea un irónico Hobsbawm.

Hoy, señala, un ilimitado crecimiento económico, cada vez más altamente tecnológico y en pos de beneficios insostenibles, produce riqueza global, “pero a costa de un factor de producción cada vez más prescindible, el trabajo humano, y podríamos añadir de los recursos naturales. El liberalismo económico y político no puede proporcionar la solución a los problemas del siglo XXI. Tampoco podemos prever cuáles serán esas soluciones, pero para que haya alguna posibilidad de éxito –concluye Hobsbawm– deben plantearse las preguntas de Marx, aunque no se quieran aceptar las diferentes respuestas de sus discípulos”.
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Mensaje por pedrocasca el Dom Nov 25, 2012 9:06 pm

Mandé a otro tema del Foro publicado por tovarich ñángara un mensaje en el que le criticaba la publicación del mismo y recomendaba que lo trajera a esta sección a algún tema de los ya existentes. Parece ser que no he entendido bien la intención de tovarich ñángara de no sólo dar noticia del libro de Eric Hobsbawm, sino también generar un hilo de diálogo o discusión acerca del historiador y sus textos. Mis más absolutas disculpas y si a alguien he confundido por mi error, a él las hago extensivas. Salud.

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