Para los que no conozcan como se llevo el debate sobre "el socialismo en un solo país" en el plano internacional, un texto monumental prometido en otro hilo aquí esta la deuda pagada.
La lucha interna en el partido ruso
La historia no le entra al hombre por la cabeza, ni por tal vía le conduce a actuar, aunque el pobrecito se ilusione creyendo que es él quien la manipula a ella. Es por esto que, en el saborear y digerir las lecciones históricas, cada pobrecito de nosotros no puede resistir al prurito de cambiar lo que fue el inexorable acontecimiento, y sólo después de repetidas masticaduras y rumiaduras consigue sacar lo construido de aquello que fue, porque así debía ser.
Los aplastantes acontecimientos del drama social no son como algunas producciones de Pirandelo y algunos films producidos para el comercio, que tienen el doble final, de modo que, en las filas del público, el histerismo de las niñas y de los niños peras e incluso maduros, puede elegir lo que le hace vibrar mejor.
Por tanto, no tiene mucho sentido el preguntarse «cómo se habría debido hacer» para impedir que Stalin, que el estalinismo, hubiesen vencido la partida; y que el partido que había vencido con la revolución de Octubre, el Estado que había fundado, tuviesen el miserable final que hemos demostrado en todo el curso.
La impresión es tan dura que hoy, hasta los apologistas acérrimos de aquella solución, que la historia ha archivado, han sido obligados a no poder seguir diciendo que todo había ido lo mejor posible en la mejor de las revoluciones posibles, que una constelación de errores, de ignominias, de difamaciones, de inútiles y alucinantes estragos se ha concatenado al proceso de los hechos.
Si más razonablemente nos preguntamos por las causas que han influido en las diversas vías que el movimiento en aquel entonces ha tomado, podemos ante todo distinguir. la principal en la derrota del proletariado de los países occidentales que, repetidamente batido, mostró claramente no estar en condiciones de vencer en la lucha por el poder. Europa había entrado ya, desde hacía varios años, en una situación desfavorable para todos los partidos comunistas, y el poder burgués se había consolidado en todas partes después del difícil período de la posguerra, habiendo recogido la alternativa entre la dictadura obrera y la capitalista, empleando sin vacilar los medios de represión, a los que claramente cualquier país sin excepción habría recurrido en la emergencia de evitar un poder comunista, y sin excepciones.
Con el estancamiento de la revolución en el extranjero, el problema de la revolución rusa mostraba todas sus dificultades, para entenderlas no es necesario en efecto modificar en absoluto la segura visión sostenida por Lenin en las largas etapas que otras veces hemos descrito. Aquella estaba a caballo sobre dos fuerzas en las que una, la proletaria, estaba todavía minorada cuantitativamente por la descomposición de la industria después de la guerra nacional y civil, la otra, enorme cuantitativamente, la campesina, se sabía que cualitativamente tenía eficiencia revolucionaria sólo en una fase pasajera, mientras tuviesen que desarrollar postulados no socialistas, sino postulados propios de una revolución burguesa extrema: revolución sí, pero burguesa. Siempre se había dicho (y hemos probado cuándo y cómo) que, en la fase ulterior, el aliado se habría transformado necesariamente en enemigo. El campesinado interno como aliado no podía sustituir al aliado natural de la revolución bolchevique, o sea, a la clase obrera del exterior: era un sustituto inferior, y eficiente sólo en el plazo que permitiese recobrar un respiro, para devolver la preponderancia de masa a los proletarios auténticos.
El gran choque de 1926
Estaba claro que, para sostener la energía proletaria en las ciudades, hacía falta reconstruir la industria y aumentarla: esto estaba claro desde antes de la muerte de Lenin, que nosotros no alineamos de ningún modo entre las «causas» de lo que sobrevino. En esto todos estaban de acuerdo. Pero en el campo se estaba obligado, en substancia, si se quería tener la ayuda de los campesinos en la guerra civil y en la economía general, a no proceder en la dirección de una proletarización rural. Lenin había admitido duramente haber tenido que apoyarse en el programa de los socialistas revolucionarios, batidos por el bolchevismo en doctrina y en los campos de batalla social. En efecto se debió actuar de modo que aumentó el número de los trabajadores agrícolas que tenían a disposición personal y familiar tierra cultivada disponiendo del producto. De esto brotó el enorme poder revolucionario de la quebrada disposición del producto por parte de los señores terratenientes, semifeudales y semiburgueses, y sin esta separación de fuerzas no se habría vencido en la guerra civil: no hay lugar para arrepentimientos. Como hemos demostrado y vamos demostrando, escaso remedio es la teórica declaración de que la tierra fue nacionalizada, propiedad del Estado obrero, porque no es la propiedad jurídica sino la gestión económica la que con sus constantes relaciones provoca los reflejos sociales de la actividad política y combativa.
Ni Lenin había callado nunca que, una vez batidas las incursiones capitalistas con las armas en la mano, para acelerar la reconstrucción industrial, oxígeno de vida revolucionaria, era necesario obtener de la industria extranjera, maquinaria, expertos técnicos, y finalmente capitales en varias formas, que no se podían obtener sin la oferta de contrapartidas (concesiones), que no podía consistir en otra cosa más que en fuerza de trabajo interna, y materias primas internas.
La parte sana y proletaria, la izquierda (para expresarnos con brevedad), la izquierda del partido ruso fiel a las tradiciones de clase, planteó la cuestión en los discursos ya citados (y leídos en citas sugestivas en la reunión a la que nos hemos referido) de Zinóviev, Trotski, Kámenev (también éste particularmente decidido, explicito y valientísimo, contra los aullidos de rabia de la reunión), ante la sesión de diciembre de 1926 del Ejecutivo Ampliado de la Internacional Comunista, como ya sucedió en la XV Conferencia del partido ruso en noviembre.
Con decisivas citas sobre el argumento de la revolución internacional (especialmente concluyentes en el discurso de Zinóviev), estos grandes compañeros nuestros probaron que, hasta la victoria de la dictadura obrera en al menos algunos de los países capitalistas desarrollados, la revolución rusa no podía más que permanecer, en un plazo más o menos largo, en la fase de tareas transitorias. Y esto no sólo en el sentido en que iba rechazada la fórmula de Stalin de «construcción del socialismo en un solo país», sino, y peor aún, en un país como Rusia. En efecto, con el retraso de la Europa proletaria no sólo no podía aparecer en Rusia una sociedad, una forma de producción socialista, sino que incluso las relaciones de clase no habrían podido ser las de una dictadura proletaria pura, o sea, dirigida contra toda clase superviviente, burguesa y semiburguesa. Tarea del Estado proletario y comunista habría sido la de edificar un capitalismo industrial de Estado, indispensable incluso para los fines de la defensa armada del territorio, y la de conducir en la agricultura una política social apta para asegurar a las ciudades los géneros de primera necesidad y para desarrollar, luchando contra el peligro de una acumulación capitalista rural, hacia una industria agraria de Estado, que estaba todavía en los primeros albores.
En el «Diálogo con los muertos», el centro del debate esta asi resumido:
«Particularmente vigorosa fue la contrademostración de Trotski, Zinóviev y Kámenev, que repetimos, es aún hoy, digna de un cuidadoso estudio. Ellos declaran de modo incontrovertible la doctrina de Marx y Lenin sobre aquellos puntos: aquí la recordamos sin más.»
«1. El capitalismo aparece y se desarrolla en el mundo con tiempos y ritmos desiguales. 2. Sucede otro tanto para la formación de la clase proletaria y su fuerza política y revolucionaria. 3. La conquista del poder político por parte del proletariado no solamente puede llegar en un sólo país, sino también en uno menos desarrollado que otro, en los que se mantenga el poder capitalista. 4. La presencia política proletaria ya llegó, acelera al máximo la lucha revolucionaria en todos los otros. 5. En la fase ascendente de esta lucha revolucionaria es posible que intervengan en la defensa y en la ofensiva de las fuerzas armadas de los Estados proletarios. 6. Cuando las guerras civiles y estatales proletarias sestean, un sólo país puede completar solo los pasos permitidos por el desarrollo económico que en él se haya alcanzado «en la dirección» del socialismo. 7. Si se tratase de uno de los grandes países más avanzados, antes de su plena transformación económica socialista, en doctrina no imposible, tendría lugar la guerra civil y estatal general. 8. Si se trata, como para Rusia, de un país recién salido del feudalismo, este país con la victoria política proletaria no podrá dar otros pasos más que poner las «bases» del socialismo, lo que quiere decir una progresiva y fuerte industrialización; definiendo su programa como una espera trabajando por la revolución política exterior y como una construcción económica de capitalismo de estado con base material».
«Sin la revolución mundial, el socialismo en Rusia era entonces como hoy imposible».
Los «cincuenta años» de Trotski
No sólo insistimos ahora sobre la alta misión revolucionaria del truncado discurso de Trotski, el cual mostró con magnífica claridad como el desarrollarse de la primordial economía rusa hacia formas más modernas habría hecho cada vez más tremendas las influencias económicas y políticas del capitalismo mundial, y esto habría constituido una amenaza siempre capaz de atentar contra la vida misma de la Rusia roja, hasta que su proletariado no le hubiese batido en algunos frentes.
Insistimos aquí una vez más sobre el hecho ya consolidado de que en los discursos de Bujarin y de Stalin (fuera de las protestas de los diversos chapuceros centristas), ensalzando como posible el advenimiento del socialismo integral en una Rusia cercada por el mundo burgués, no se excluyó en absoluto, sino por el contrario se consideró segura en la previsión de la doctrina de Lenin, una guerra mortífera entre la Rusia socialista y el occidente burgués, y se estableció la línea a seguir en tal guerra, apuntando hacia la revolución mundial: guerra de clases y de Estados, a la que Stalin ha hecho referencia después, tanto en el umbral de la II guerra imperialista de 1939, como en su «testamento» de 1953, que el XX Congreso ha arrojado con todo lo demás al basurero.
Trotski y los otros mostraron sin dudar (ver en particular a Kámenev) que la jactancia de construir socialismo no era más que el retorno al peor oportunismo, y que quien hubiese levantado tal bandera (Stalin y anti-estalinistas de hoy) habría acabado de hecho en los brazos del capitalismo imperialista, como sucedió. Puestos ante la pregunta insidiosa de que «habría hecho» en el caso de una larga estabilización del capitalismo, respondieron que en aquella viril y no hipócrita posición podía el partido, aún admitiendo dirigir, con el propio Estado político, una economía todavía capitalista y mercantil, resistir sobre la trinchera de la revolución comunista incluso decenios y decenios.
A algún compañero le había parecido que un término similar hubiese sido formulado por Lenin en sólo veinte años, y esto a propósito de nuestra aceptación de los cincuenta años de Trotski que conducen a 1976, fecha aproximada a la que nosotros atribuimos el posible ádvenimiento de la próxima gran crisis general del sistema capitalista en el mundo, o bien la III horrenda guerra imperialista. Por tanto fue necesario aportar las citas relativas a dicha cuestión. No es grave que el revolucionario vea la revolución más próxima de lo que está: nuestra escuela la ha esperado ya tantas veces, 1848, 1870 y 1919. Visiones deformadas la han esperado en 1945. Es grave cuando el revolucionario pone un término para obtener la prueba histórica: jamás el oportunismo ha tenido otro origen, jamás ha conducido de otro modo sus campañas de sofistificación, de las que la del socialismo en Rusia es la más venenosa.
Trotski había hablado en la XV Conferencia del Partido Comunista Bolchevique, defendiendo las tesis de la oposición. En la sesión del Ejecutivo Ampliado, Stalin respondió a su discurso de entonces. Trotski había llegado en su réplica a este punto - observando que, si alguna vez hubiese sido verdadera la alternativa planteada por Stalin en su discurso contra la oposición
(«o nosotros podemos construir el socialismo llevándolo hasta el final, en definitiva, la construcción venciendo a nuestra burguesía nacional - y entonces el partido tiene la obligación de mantenerse en el poder y dirigir la construcción socialista del país en nombre de la victoria del socialismo en el mundo entero; o bien, nosotros no estamos en condiciones de vencer a nuestra burguesía con nuestras fuerzas - y entonces, teniendo en cuenta que nos falta el apoyo inmediato del exterior, el apoyo de la revolución victoriosa en los otros países, debemos honesta y abiertamente abandonar el poder, apuntando hacia la organización de una nueva y futura revolución en la URSS»),
tal conclusión derrotista se le habría debido imputar a todo el partido (comprendido Stalin hasta 1924), a toda la Internacional y en particular a Lenin, habiendo sido siempre «verdad elemental» para todos el lazo indisoluble entre «pasaje de Rusia al socialismo» y revolución mundial - cuando le fue retirada despiadadamente la palabra. Estamos obligados a volver a encontrar la tesis de Trotski en las palabras de su adversario.
La posición de Stalin
Stalin, en aquella ocasión, como sabemos, atenuó la tesis económica (prueba de qué ésta ha sido desde el inicio un postizo demagógico) diciendo - aún desmintiéndose repetidamente - que su fórmula de construcción del socialismo significaba la victoria sobre la burguesía y la sucesiva edificación de las bases económicas del socialismo. Los adversarios probaron con exceso cuán obligado estaba él, por la prueba aplastante de que su fórmula no está en Lenin y ni siquiera en el mismo Stalin u otros antes de 1924, hipócrita y disfrazado (hoy podemos decir) de molotovismo.
Stalin prefirió entonces, como era su costumbre, ponerse a difamar al contradictor con argumentos tan banales cuanto de fácil efecto sobre el público: los opositores no sólo no creían en el socialismo en Rusia, sino ni siquiera en la revolución no lejana en los países capitalistas, por lo tanto eran pesimistas y liquidadores; estos querían admitir un desarrollo capitalista en Rusia, y por lo tanto simpatizaban con el capitalismo extranjero.
Un Trotski no podía responderlo como un bufón. Como gran dialéctico dijo que habría creído y luchado por la revolución europea incluso en un futuro cercano; pero que si esta no hubiese estallado o no hubiese prevalecido, la Rusia bolchevique podía resistir sin falsificar tradiciones, doctrina y programa revolucionario, incluso cincuenta años.
Desde la reunión de Génova nosotros pusimos de relieve, entre las risotadas del auditorio, que entre los fieros estigmatizadores del «pesimismo» de Trotski hacia la revolución estuvo entonces, entre otros fariseos, Ercoli, que garantizó una revolución cercanísima; allí donde Ercoli no es más que Togliatti y allí donde ya el año pasado, pero con un aplatanamiento más charro que hoy, después de haber escupido incluso sobre Stalin, hizo y hace planes históricos constitucionales y legalitarios en el seno de la república italiana actual y en colaboración con la democracia negra con plazos ultracincuentenales a partir de hoy, ¿qué podemos decir? ¡asegura al unísono con la banda de Moscú, al mundo burgués, una ilimitada existencia, en la pacífica y emulativa coexistencia!
Así que citemos a Trotski, por boca de Stalin:
«La sexta cuestión concierne al problema de las perspectivas de la revolución proletaria. El compañero Trotski ha dicho en su discurso a la XV Conferencia del partido: «Lenin consideraba que en veinte años no habríamos podido construir el socialismo de ningún modo; dado el atraso de nuestro país, no lo construiremos ni siquiera en treinta años. Pongamos 30-50 años como máximo». Debo decir, compañeros, que esta perspectiva imaginada por Trotski no tiene nada en común con la perspectiva del compañero Lenin sobre la revolución en la URSS. Y un poco más adelante él mismo comienza a polemizar con esta perspectiva. Es su problema» (Stalin, Opere Complete, vol. IX p. 53-54, la cita anterior p. 34-36).
Es evidente que Trotski no se había contradicho, sino que había auspiciado ante todo una rápida revolución exterior. Había añadido después que el retraso de ésta no prohibía al Partido tener su posición integral, sin la tonta alternativa de Stalin: pongamos en práctica enseguida el programa máximo socialista, o dejamos el poder, volviendo a la oposición, persiguiendo una nueva revolución.
Trotski había destruido la insidiosa alternativa con la autoridad de Lenin que, aún habiendo siempre y a cada instante declarado que la transformación social rusa habría podido proceder rápidamente después de la revolución obrera europea, e incluso sólo alemana, había formulado la clara eventualidad de la sola Rusia, y previsto el tiempo que necesitaría en decenios y decenios, ¡no para construir el socialismo, sino para cosas todavía mucho menores y preliminares!
[«Lenin habla de 10-20 años de buenas relaciones entre proletariado y campesinos. Esto significa que, según Lenin, de aquí a veinte años nosotros no habremos edificado el socialismo. ¿Por qué? Porque por socialismo se debe entender un régimen en el que no existe ni proletariado ni campesinado, en el que no existen clases. El socialismo hace desaparecer el antagonismo entre campo y ciudad (...) y de esta meta, nosotros estamos aún muy alejados. Podemos estar orgullosos con los resultados obtenidos, pero no tenemos derecho a falsificar la perspectiva histórica. El nuestro no es un verdadero y propio desarrollo de la sociedad socialista: no son más que los primeros pasos serios sobre el inmenso puente que une el capitalismo al socialismo» (Trotski, discurso a la XV Conferencia, n° especial de los «Cahiers du Bolchévisme», 20 de diciembre de 1926, p. 2.258, 2.262),
puente que el proletariado ruso habría podido recorrer enteramente solo «cogido de la mano» con sus hermanos de más allá de las fronteras].
No pudimos leer en la reunión todo el discurso expuesto en la XV Conferencia, limitándonos a ofrecer como prueba el pasaje de Lenin, en cuanto que es el mismo Stalin quien lo cita un poco después.
Los «veinte años» de Lenin
He aquí las palabras de Lenin, como están taquigrafiadas en el discurso de Stalin del 2 de diciembre de 1926, que no es necesario ir a buscarlas en el texto de origen, por lo elocuentes que son, y de importancia colosal para disipar dudas a cualquiera. Corresponde al volumen IV p. 374 de las Obras Completas en ruso de Stalin:
«Diez, veinte años de buenas relaciones con los campesinos y la victoria está asegurada a escala mundial (incluso con un retraso de las revoluciones proletarias que maduran); de otro modo, veinte o cuarenta años de sufrimiento bajo el terror de los guardias blancos».
Aquí le rogamos a Stalin que se retire a un lado con la risible glosa que pone a continuación, aún no queriendo ni por ensueño ser tan villanos como los del XX Congreso, como prueba el hecho de que no hayamos retirado sus textos fuera del archivo. En efecto, Stalin deduce que los veinte años son un lapso de tiempo para hacer todo el socialismo. ¡Oh, qué Nenni!
Lenin dice esto. Son necesarias buenas relaciones con los campesinos y muy a largo plazo. No obsta a esto el hecho manifiesto de que cuando hay campesinos, relaciones con los campesinos, y peor aún relaciones buenas, no existe ni el socialismo ni su base completa. Pero mientras tanto, es la única vía para resistir, con el apoyo armado de los campesinos, respetados en sus intereses burgueses, a los conatos del mundo capitalista cercadores y agresores, no derrotados todavía por la revolución occidental.
No se puede hacer otra cosa, y si se tuviese escrúpulos doctrinales o sentimentales de abrazos con el campesinado, destinado (citamos cien pasajes de Lenin a propósito) a futura tarea contrarrevolucionaria, nuestras fuerzas armadas serían abatidas por la reacción burguesa y zarista y nos tragaríamos los 40 años de terror blanco.
Pasados veinte años, Lenin admite que entonces el enemigo armado externo e interno ya no será el peligro número uno. Entonces, dice Stalin¡He aquí el socialismo hecho! Pero no, desgraciado ídolo hoy quebrado: entonces se pasa a otra fase que ni siquiera - siempre en la hipótesis del retraso revolucionario occidental - puede llamarse socialismo. Se denuncia toda buena relación con los campesinos, se ponen, como compañeros de la dictadura, bajo la dictadura, y sobre la base de la potente industria urbana de Estado, se inicia una nueva fase de capitalismo de Estado total, también en la agricultura. En otras palabras, también los campesinos empresarios son expropiados y convertidos en auténticos proletarios. Lo que las noticias de la «Associated Press» atribuían a propósitos actuales del régimen soviético: en teoría es justo, porque los cuarenta años han pasado: ¡pero aquel poder ya está desclasado y es burgués, y tampoco la estatización burguesa de la agricultura ya es facultad suya!
La perspectiva de Lenin es, como siempre, imponente de fuerza y de coraje. Se liga a la antigua previsión: dictadura democrática del proletariado y de los campesinos. O sea, declara: si no viene la revolución de Europa, nosotros no veremos en Rusia el socialismo. No por esto abandonaremos el poder, no por esto diremos, con una fórmula tan descaradamente menchevique de 1903 cuanto estalinista de 1926 (¡puramente polémica!):
«burguesía, gobierna pues, y nosotros como buenos chicos pasamos a la oposición»;
pero seguiremos nuestra luminosa vía: algunos decenios aliados con los campesinos (que, si se subleva antes el aliado obrero exterior los arrojaremos al río en cuarta velocidad) y lucha dirigida por el proletariado contra las revueltas en el nuevo Estado, contra los ataques del exterior, y para echar las bases industriales del futuro socialismo. Luego, después de esta primera fase transitoria pero sin otras revoluciones políticas, fase del capitalismo de Estado total, urbano y rural. De este clásico y último peldaño de Lenin al socialismo (no mercantil, más allá del enigma del «intercambio» entre industria y agricultura, reducido a la obvia colaboración de dos ramas industriales, en el plano general y social) se ascenderá un día al lado de los trabajadores victoriosos de toda Europa.
Y de aquí el centelleante corolario de León Trotski: ¡aún después de 50 años, si hace falta, porque ni siquiera la mitad de un siglo nos verá jamás, si no es derrotado con las armas en la mano, abdicar el poder conquistado por una generación de mártires proletarios - y campesinos -, o dar el paso todavía más vil de arriar la bandera de la dictadura y del comunismo!
Como sucede hoy, clavado en la vergüenza el mismo Stalin con la deshonrada oferta de paz al capitalismo universal.
La lucha interna en el partido ruso
La historia no le entra al hombre por la cabeza, ni por tal vía le conduce a actuar, aunque el pobrecito se ilusione creyendo que es él quien la manipula a ella. Es por esto que, en el saborear y digerir las lecciones históricas, cada pobrecito de nosotros no puede resistir al prurito de cambiar lo que fue el inexorable acontecimiento, y sólo después de repetidas masticaduras y rumiaduras consigue sacar lo construido de aquello que fue, porque así debía ser.
Los aplastantes acontecimientos del drama social no son como algunas producciones de Pirandelo y algunos films producidos para el comercio, que tienen el doble final, de modo que, en las filas del público, el histerismo de las niñas y de los niños peras e incluso maduros, puede elegir lo que le hace vibrar mejor.
Por tanto, no tiene mucho sentido el preguntarse «cómo se habría debido hacer» para impedir que Stalin, que el estalinismo, hubiesen vencido la partida; y que el partido que había vencido con la revolución de Octubre, el Estado que había fundado, tuviesen el miserable final que hemos demostrado en todo el curso.
La impresión es tan dura que hoy, hasta los apologistas acérrimos de aquella solución, que la historia ha archivado, han sido obligados a no poder seguir diciendo que todo había ido lo mejor posible en la mejor de las revoluciones posibles, que una constelación de errores, de ignominias, de difamaciones, de inútiles y alucinantes estragos se ha concatenado al proceso de los hechos.
Si más razonablemente nos preguntamos por las causas que han influido en las diversas vías que el movimiento en aquel entonces ha tomado, podemos ante todo distinguir. la principal en la derrota del proletariado de los países occidentales que, repetidamente batido, mostró claramente no estar en condiciones de vencer en la lucha por el poder. Europa había entrado ya, desde hacía varios años, en una situación desfavorable para todos los partidos comunistas, y el poder burgués se había consolidado en todas partes después del difícil período de la posguerra, habiendo recogido la alternativa entre la dictadura obrera y la capitalista, empleando sin vacilar los medios de represión, a los que claramente cualquier país sin excepción habría recurrido en la emergencia de evitar un poder comunista, y sin excepciones.
Con el estancamiento de la revolución en el extranjero, el problema de la revolución rusa mostraba todas sus dificultades, para entenderlas no es necesario en efecto modificar en absoluto la segura visión sostenida por Lenin en las largas etapas que otras veces hemos descrito. Aquella estaba a caballo sobre dos fuerzas en las que una, la proletaria, estaba todavía minorada cuantitativamente por la descomposición de la industria después de la guerra nacional y civil, la otra, enorme cuantitativamente, la campesina, se sabía que cualitativamente tenía eficiencia revolucionaria sólo en una fase pasajera, mientras tuviesen que desarrollar postulados no socialistas, sino postulados propios de una revolución burguesa extrema: revolución sí, pero burguesa. Siempre se había dicho (y hemos probado cuándo y cómo) que, en la fase ulterior, el aliado se habría transformado necesariamente en enemigo. El campesinado interno como aliado no podía sustituir al aliado natural de la revolución bolchevique, o sea, a la clase obrera del exterior: era un sustituto inferior, y eficiente sólo en el plazo que permitiese recobrar un respiro, para devolver la preponderancia de masa a los proletarios auténticos.
El gran choque de 1926
Estaba claro que, para sostener la energía proletaria en las ciudades, hacía falta reconstruir la industria y aumentarla: esto estaba claro desde antes de la muerte de Lenin, que nosotros no alineamos de ningún modo entre las «causas» de lo que sobrevino. En esto todos estaban de acuerdo. Pero en el campo se estaba obligado, en substancia, si se quería tener la ayuda de los campesinos en la guerra civil y en la economía general, a no proceder en la dirección de una proletarización rural. Lenin había admitido duramente haber tenido que apoyarse en el programa de los socialistas revolucionarios, batidos por el bolchevismo en doctrina y en los campos de batalla social. En efecto se debió actuar de modo que aumentó el número de los trabajadores agrícolas que tenían a disposición personal y familiar tierra cultivada disponiendo del producto. De esto brotó el enorme poder revolucionario de la quebrada disposición del producto por parte de los señores terratenientes, semifeudales y semiburgueses, y sin esta separación de fuerzas no se habría vencido en la guerra civil: no hay lugar para arrepentimientos. Como hemos demostrado y vamos demostrando, escaso remedio es la teórica declaración de que la tierra fue nacionalizada, propiedad del Estado obrero, porque no es la propiedad jurídica sino la gestión económica la que con sus constantes relaciones provoca los reflejos sociales de la actividad política y combativa.
Ni Lenin había callado nunca que, una vez batidas las incursiones capitalistas con las armas en la mano, para acelerar la reconstrucción industrial, oxígeno de vida revolucionaria, era necesario obtener de la industria extranjera, maquinaria, expertos técnicos, y finalmente capitales en varias formas, que no se podían obtener sin la oferta de contrapartidas (concesiones), que no podía consistir en otra cosa más que en fuerza de trabajo interna, y materias primas internas.
La parte sana y proletaria, la izquierda (para expresarnos con brevedad), la izquierda del partido ruso fiel a las tradiciones de clase, planteó la cuestión en los discursos ya citados (y leídos en citas sugestivas en la reunión a la que nos hemos referido) de Zinóviev, Trotski, Kámenev (también éste particularmente decidido, explicito y valientísimo, contra los aullidos de rabia de la reunión), ante la sesión de diciembre de 1926 del Ejecutivo Ampliado de la Internacional Comunista, como ya sucedió en la XV Conferencia del partido ruso en noviembre.
Con decisivas citas sobre el argumento de la revolución internacional (especialmente concluyentes en el discurso de Zinóviev), estos grandes compañeros nuestros probaron que, hasta la victoria de la dictadura obrera en al menos algunos de los países capitalistas desarrollados, la revolución rusa no podía más que permanecer, en un plazo más o menos largo, en la fase de tareas transitorias. Y esto no sólo en el sentido en que iba rechazada la fórmula de Stalin de «construcción del socialismo en un solo país», sino, y peor aún, en un país como Rusia. En efecto, con el retraso de la Europa proletaria no sólo no podía aparecer en Rusia una sociedad, una forma de producción socialista, sino que incluso las relaciones de clase no habrían podido ser las de una dictadura proletaria pura, o sea, dirigida contra toda clase superviviente, burguesa y semiburguesa. Tarea del Estado proletario y comunista habría sido la de edificar un capitalismo industrial de Estado, indispensable incluso para los fines de la defensa armada del territorio, y la de conducir en la agricultura una política social apta para asegurar a las ciudades los géneros de primera necesidad y para desarrollar, luchando contra el peligro de una acumulación capitalista rural, hacia una industria agraria de Estado, que estaba todavía en los primeros albores.
En el «Diálogo con los muertos», el centro del debate esta asi resumido:
«Particularmente vigorosa fue la contrademostración de Trotski, Zinóviev y Kámenev, que repetimos, es aún hoy, digna de un cuidadoso estudio. Ellos declaran de modo incontrovertible la doctrina de Marx y Lenin sobre aquellos puntos: aquí la recordamos sin más.»
«1. El capitalismo aparece y se desarrolla en el mundo con tiempos y ritmos desiguales. 2. Sucede otro tanto para la formación de la clase proletaria y su fuerza política y revolucionaria. 3. La conquista del poder político por parte del proletariado no solamente puede llegar en un sólo país, sino también en uno menos desarrollado que otro, en los que se mantenga el poder capitalista. 4. La presencia política proletaria ya llegó, acelera al máximo la lucha revolucionaria en todos los otros. 5. En la fase ascendente de esta lucha revolucionaria es posible que intervengan en la defensa y en la ofensiva de las fuerzas armadas de los Estados proletarios. 6. Cuando las guerras civiles y estatales proletarias sestean, un sólo país puede completar solo los pasos permitidos por el desarrollo económico que en él se haya alcanzado «en la dirección» del socialismo. 7. Si se tratase de uno de los grandes países más avanzados, antes de su plena transformación económica socialista, en doctrina no imposible, tendría lugar la guerra civil y estatal general. 8. Si se trata, como para Rusia, de un país recién salido del feudalismo, este país con la victoria política proletaria no podrá dar otros pasos más que poner las «bases» del socialismo, lo que quiere decir una progresiva y fuerte industrialización; definiendo su programa como una espera trabajando por la revolución política exterior y como una construcción económica de capitalismo de estado con base material».
«Sin la revolución mundial, el socialismo en Rusia era entonces como hoy imposible».
Los «cincuenta años» de Trotski
No sólo insistimos ahora sobre la alta misión revolucionaria del truncado discurso de Trotski, el cual mostró con magnífica claridad como el desarrollarse de la primordial economía rusa hacia formas más modernas habría hecho cada vez más tremendas las influencias económicas y políticas del capitalismo mundial, y esto habría constituido una amenaza siempre capaz de atentar contra la vida misma de la Rusia roja, hasta que su proletariado no le hubiese batido en algunos frentes.
Insistimos aquí una vez más sobre el hecho ya consolidado de que en los discursos de Bujarin y de Stalin (fuera de las protestas de los diversos chapuceros centristas), ensalzando como posible el advenimiento del socialismo integral en una Rusia cercada por el mundo burgués, no se excluyó en absoluto, sino por el contrario se consideró segura en la previsión de la doctrina de Lenin, una guerra mortífera entre la Rusia socialista y el occidente burgués, y se estableció la línea a seguir en tal guerra, apuntando hacia la revolución mundial: guerra de clases y de Estados, a la que Stalin ha hecho referencia después, tanto en el umbral de la II guerra imperialista de 1939, como en su «testamento» de 1953, que el XX Congreso ha arrojado con todo lo demás al basurero.
Trotski y los otros mostraron sin dudar (ver en particular a Kámenev) que la jactancia de construir socialismo no era más que el retorno al peor oportunismo, y que quien hubiese levantado tal bandera (Stalin y anti-estalinistas de hoy) habría acabado de hecho en los brazos del capitalismo imperialista, como sucedió. Puestos ante la pregunta insidiosa de que «habría hecho» en el caso de una larga estabilización del capitalismo, respondieron que en aquella viril y no hipócrita posición podía el partido, aún admitiendo dirigir, con el propio Estado político, una economía todavía capitalista y mercantil, resistir sobre la trinchera de la revolución comunista incluso decenios y decenios.
A algún compañero le había parecido que un término similar hubiese sido formulado por Lenin en sólo veinte años, y esto a propósito de nuestra aceptación de los cincuenta años de Trotski que conducen a 1976, fecha aproximada a la que nosotros atribuimos el posible ádvenimiento de la próxima gran crisis general del sistema capitalista en el mundo, o bien la III horrenda guerra imperialista. Por tanto fue necesario aportar las citas relativas a dicha cuestión. No es grave que el revolucionario vea la revolución más próxima de lo que está: nuestra escuela la ha esperado ya tantas veces, 1848, 1870 y 1919. Visiones deformadas la han esperado en 1945. Es grave cuando el revolucionario pone un término para obtener la prueba histórica: jamás el oportunismo ha tenido otro origen, jamás ha conducido de otro modo sus campañas de sofistificación, de las que la del socialismo en Rusia es la más venenosa.
Trotski había hablado en la XV Conferencia del Partido Comunista Bolchevique, defendiendo las tesis de la oposición. En la sesión del Ejecutivo Ampliado, Stalin respondió a su discurso de entonces. Trotski había llegado en su réplica a este punto - observando que, si alguna vez hubiese sido verdadera la alternativa planteada por Stalin en su discurso contra la oposición
(«o nosotros podemos construir el socialismo llevándolo hasta el final, en definitiva, la construcción venciendo a nuestra burguesía nacional - y entonces el partido tiene la obligación de mantenerse en el poder y dirigir la construcción socialista del país en nombre de la victoria del socialismo en el mundo entero; o bien, nosotros no estamos en condiciones de vencer a nuestra burguesía con nuestras fuerzas - y entonces, teniendo en cuenta que nos falta el apoyo inmediato del exterior, el apoyo de la revolución victoriosa en los otros países, debemos honesta y abiertamente abandonar el poder, apuntando hacia la organización de una nueva y futura revolución en la URSS»),
tal conclusión derrotista se le habría debido imputar a todo el partido (comprendido Stalin hasta 1924), a toda la Internacional y en particular a Lenin, habiendo sido siempre «verdad elemental» para todos el lazo indisoluble entre «pasaje de Rusia al socialismo» y revolución mundial - cuando le fue retirada despiadadamente la palabra. Estamos obligados a volver a encontrar la tesis de Trotski en las palabras de su adversario.
La posición de Stalin
Stalin, en aquella ocasión, como sabemos, atenuó la tesis económica (prueba de qué ésta ha sido desde el inicio un postizo demagógico) diciendo - aún desmintiéndose repetidamente - que su fórmula de construcción del socialismo significaba la victoria sobre la burguesía y la sucesiva edificación de las bases económicas del socialismo. Los adversarios probaron con exceso cuán obligado estaba él, por la prueba aplastante de que su fórmula no está en Lenin y ni siquiera en el mismo Stalin u otros antes de 1924, hipócrita y disfrazado (hoy podemos decir) de molotovismo.
Stalin prefirió entonces, como era su costumbre, ponerse a difamar al contradictor con argumentos tan banales cuanto de fácil efecto sobre el público: los opositores no sólo no creían en el socialismo en Rusia, sino ni siquiera en la revolución no lejana en los países capitalistas, por lo tanto eran pesimistas y liquidadores; estos querían admitir un desarrollo capitalista en Rusia, y por lo tanto simpatizaban con el capitalismo extranjero.
Un Trotski no podía responderlo como un bufón. Como gran dialéctico dijo que habría creído y luchado por la revolución europea incluso en un futuro cercano; pero que si esta no hubiese estallado o no hubiese prevalecido, la Rusia bolchevique podía resistir sin falsificar tradiciones, doctrina y programa revolucionario, incluso cincuenta años.
Desde la reunión de Génova nosotros pusimos de relieve, entre las risotadas del auditorio, que entre los fieros estigmatizadores del «pesimismo» de Trotski hacia la revolución estuvo entonces, entre otros fariseos, Ercoli, que garantizó una revolución cercanísima; allí donde Ercoli no es más que Togliatti y allí donde ya el año pasado, pero con un aplatanamiento más charro que hoy, después de haber escupido incluso sobre Stalin, hizo y hace planes históricos constitucionales y legalitarios en el seno de la república italiana actual y en colaboración con la democracia negra con plazos ultracincuentenales a partir de hoy, ¿qué podemos decir? ¡asegura al unísono con la banda de Moscú, al mundo burgués, una ilimitada existencia, en la pacífica y emulativa coexistencia!
Así que citemos a Trotski, por boca de Stalin:
«La sexta cuestión concierne al problema de las perspectivas de la revolución proletaria. El compañero Trotski ha dicho en su discurso a la XV Conferencia del partido: «Lenin consideraba que en veinte años no habríamos podido construir el socialismo de ningún modo; dado el atraso de nuestro país, no lo construiremos ni siquiera en treinta años. Pongamos 30-50 años como máximo». Debo decir, compañeros, que esta perspectiva imaginada por Trotski no tiene nada en común con la perspectiva del compañero Lenin sobre la revolución en la URSS. Y un poco más adelante él mismo comienza a polemizar con esta perspectiva. Es su problema» (Stalin, Opere Complete, vol. IX p. 53-54, la cita anterior p. 34-36).
Es evidente que Trotski no se había contradicho, sino que había auspiciado ante todo una rápida revolución exterior. Había añadido después que el retraso de ésta no prohibía al Partido tener su posición integral, sin la tonta alternativa de Stalin: pongamos en práctica enseguida el programa máximo socialista, o dejamos el poder, volviendo a la oposición, persiguiendo una nueva revolución.
Trotski había destruido la insidiosa alternativa con la autoridad de Lenin que, aún habiendo siempre y a cada instante declarado que la transformación social rusa habría podido proceder rápidamente después de la revolución obrera europea, e incluso sólo alemana, había formulado la clara eventualidad de la sola Rusia, y previsto el tiempo que necesitaría en decenios y decenios, ¡no para construir el socialismo, sino para cosas todavía mucho menores y preliminares!
[«Lenin habla de 10-20 años de buenas relaciones entre proletariado y campesinos. Esto significa que, según Lenin, de aquí a veinte años nosotros no habremos edificado el socialismo. ¿Por qué? Porque por socialismo se debe entender un régimen en el que no existe ni proletariado ni campesinado, en el que no existen clases. El socialismo hace desaparecer el antagonismo entre campo y ciudad (...) y de esta meta, nosotros estamos aún muy alejados. Podemos estar orgullosos con los resultados obtenidos, pero no tenemos derecho a falsificar la perspectiva histórica. El nuestro no es un verdadero y propio desarrollo de la sociedad socialista: no son más que los primeros pasos serios sobre el inmenso puente que une el capitalismo al socialismo» (Trotski, discurso a la XV Conferencia, n° especial de los «Cahiers du Bolchévisme», 20 de diciembre de 1926, p. 2.258, 2.262),
puente que el proletariado ruso habría podido recorrer enteramente solo «cogido de la mano» con sus hermanos de más allá de las fronteras].
No pudimos leer en la reunión todo el discurso expuesto en la XV Conferencia, limitándonos a ofrecer como prueba el pasaje de Lenin, en cuanto que es el mismo Stalin quien lo cita un poco después.
Los «veinte años» de Lenin
He aquí las palabras de Lenin, como están taquigrafiadas en el discurso de Stalin del 2 de diciembre de 1926, que no es necesario ir a buscarlas en el texto de origen, por lo elocuentes que son, y de importancia colosal para disipar dudas a cualquiera. Corresponde al volumen IV p. 374 de las Obras Completas en ruso de Stalin:
«Diez, veinte años de buenas relaciones con los campesinos y la victoria está asegurada a escala mundial (incluso con un retraso de las revoluciones proletarias que maduran); de otro modo, veinte o cuarenta años de sufrimiento bajo el terror de los guardias blancos».
Aquí le rogamos a Stalin que se retire a un lado con la risible glosa que pone a continuación, aún no queriendo ni por ensueño ser tan villanos como los del XX Congreso, como prueba el hecho de que no hayamos retirado sus textos fuera del archivo. En efecto, Stalin deduce que los veinte años son un lapso de tiempo para hacer todo el socialismo. ¡Oh, qué Nenni!
Lenin dice esto. Son necesarias buenas relaciones con los campesinos y muy a largo plazo. No obsta a esto el hecho manifiesto de que cuando hay campesinos, relaciones con los campesinos, y peor aún relaciones buenas, no existe ni el socialismo ni su base completa. Pero mientras tanto, es la única vía para resistir, con el apoyo armado de los campesinos, respetados en sus intereses burgueses, a los conatos del mundo capitalista cercadores y agresores, no derrotados todavía por la revolución occidental.
No se puede hacer otra cosa, y si se tuviese escrúpulos doctrinales o sentimentales de abrazos con el campesinado, destinado (citamos cien pasajes de Lenin a propósito) a futura tarea contrarrevolucionaria, nuestras fuerzas armadas serían abatidas por la reacción burguesa y zarista y nos tragaríamos los 40 años de terror blanco.
Pasados veinte años, Lenin admite que entonces el enemigo armado externo e interno ya no será el peligro número uno. Entonces, dice Stalin¡He aquí el socialismo hecho! Pero no, desgraciado ídolo hoy quebrado: entonces se pasa a otra fase que ni siquiera - siempre en la hipótesis del retraso revolucionario occidental - puede llamarse socialismo. Se denuncia toda buena relación con los campesinos, se ponen, como compañeros de la dictadura, bajo la dictadura, y sobre la base de la potente industria urbana de Estado, se inicia una nueva fase de capitalismo de Estado total, también en la agricultura. En otras palabras, también los campesinos empresarios son expropiados y convertidos en auténticos proletarios. Lo que las noticias de la «Associated Press» atribuían a propósitos actuales del régimen soviético: en teoría es justo, porque los cuarenta años han pasado: ¡pero aquel poder ya está desclasado y es burgués, y tampoco la estatización burguesa de la agricultura ya es facultad suya!
La perspectiva de Lenin es, como siempre, imponente de fuerza y de coraje. Se liga a la antigua previsión: dictadura democrática del proletariado y de los campesinos. O sea, declara: si no viene la revolución de Europa, nosotros no veremos en Rusia el socialismo. No por esto abandonaremos el poder, no por esto diremos, con una fórmula tan descaradamente menchevique de 1903 cuanto estalinista de 1926 (¡puramente polémica!):
«burguesía, gobierna pues, y nosotros como buenos chicos pasamos a la oposición»;
pero seguiremos nuestra luminosa vía: algunos decenios aliados con los campesinos (que, si se subleva antes el aliado obrero exterior los arrojaremos al río en cuarta velocidad) y lucha dirigida por el proletariado contra las revueltas en el nuevo Estado, contra los ataques del exterior, y para echar las bases industriales del futuro socialismo. Luego, después de esta primera fase transitoria pero sin otras revoluciones políticas, fase del capitalismo de Estado total, urbano y rural. De este clásico y último peldaño de Lenin al socialismo (no mercantil, más allá del enigma del «intercambio» entre industria y agricultura, reducido a la obvia colaboración de dos ramas industriales, en el plano general y social) se ascenderá un día al lado de los trabajadores victoriosos de toda Europa.
Y de aquí el centelleante corolario de León Trotski: ¡aún después de 50 años, si hace falta, porque ni siquiera la mitad de un siglo nos verá jamás, si no es derrotado con las armas en la mano, abdicar el poder conquistado por una generación de mártires proletarios - y campesinos -, o dar el paso todavía más vil de arriar la bandera de la dictadura y del comunismo!
Como sucede hoy, clavado en la vergüenza el mismo Stalin con la deshonrada oferta de paz al capitalismo universal.





