Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

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Dimitri Kalashnikov
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Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por Dimitri Kalashnikov el Miér Abr 06, 2011 3:35 pm

Una de las cuestiones fundamentales del enfrentamiento político entre Trotski y Stalin fue, sin duda, el debate teórico sobre el socialismo en un solo país. Trotski y sus seguidores mantuvieron con vehemencia la imposibilidad de construir una sociedad socialista en la Unión Soviética mientras la revolución proletaria no se extendiera por los principales países capitalistas.

Intentar construir el socialismo dentro de las fronteras de la URSS, en un contexto de países capitalistas ferozmente hostiles al poder soviético, no solamente constituía una tergiversación del marxismo y del pensamiento de Lenin, sino que daría lugar a una dictadura burocrática. Desde 1929, los principales escritos de Trotski tuvieron un eje argumentativo central: Stalin, representante de los intereses de la burocracia, había traicionado la revolución bolchevique y la URSS no era un estado socialista.

Los trotskistas han mantenido hasta la actualidad el mismo argumentario. Ignorando los datos aportados por los archivos soviéticos y los nuevos planteamientos historiográficos, los epígonos de Trotski, haciendo gala de un sectarismo impropio del marxismo que ellos afirman encarnar, siguen culpando a Stalin de los peores crímenes e insisten en que la teoría del socialismo en un solo país es una deformación monstruosa del pensamiento leninista.

Siempre he considerado que el debate entre comunistas ha estado demasiado condicionado por el recurso a las citas de Lenin como medio para reforzar una determinada posición política o ideológica, pero si se trata de dilucidar cuestiones históricas referentes a la Rusia soviética, y especialmente en este tema, es indispensable acudir a los textos leninistas, máxime cuando los trotskistas los utilizan como la prueba incontrovertible de la traición estalinista.

Lenin defendió la posibilidad de construir el socialismo en un solo país, y lo hizo con claridad en varias ocasiones. En su artículo “La consigna de los Estados Unidos de Europa”, escrito en 1915, afirmaba:

“Los Estados Unidos del mundo (y no de Europa) constituyen la forma estatal de unificación y libertad de las naciones, forma que nosotros relacionamos con el socialismo, mientras la victoria completa del comunismo no conduzca a la desaparición definitiva de todo Estado, incluido el estado democrático. Sin embargo, como consigna independiente, la de los Estados Unidos del mundo dudosamente será justa, en primer lugar porque se funde con el socialismo y, en segundo lugar, porque podría dar pie a interpretaciones erróneas sobre la imposibilidad de la victoria del socialismo en un solo país y sobre las relaciones de este país con los demás.

La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De aquí se deduce que es posible que el socialismo triunfe primeramente en unos cuantos países capitalistas, o incluso en un solo país de forma aislada.

El proletariado triunfante de este país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar dentro de él la producción socialista, se alzaría contra el resto del mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países, levantando en ellos la insurrección contra los capitalistas, empleando incluso la fuerza de las armas contra las clases explotadoras y sus estados” (1).

El texto no deja lugar a dudas. Lenin no se refiere solamente a la toma del poder, sino a la organización de la producción socialista en un solo país; es decir, a la construcción de un modo de producción alternativo al capitalismo, a la organización socialista de la economía. ¿Los planes quinquenales y la colectivización del campo fueron una traición al pensamiento de Lenin o la puesta en práctica de sus ideas?

Un año después, en septiembre de 1916, Lenin publicó un artículo titulado “El programa militar de la revolución proletaria”, en el que escribió:

“El desarrollo del capitalismo sigue un curso extraordinariamente desigual en los diversos países. De otro modo no puede ser bajo el régimen de producción de mercancías. De aquí la conclusión indiscutible de que el socialismo no puede triunfar simultáneamente en todos los países. Triunfará en uno o varios países, mientras los demás seguirán siendo, durante algún tiempo, países burgueses o preburgueses. Esto no sólo habrá de provocar rozamientos, sino incluso la tendencia directa de la burguesía de los demás países a aplastar al proletariado triunfante del estado socialista” (2)

A la vista de estos textos, da la impresión de que Trotski hizo una particular lectura de Lenin, aprovechando lo que favorecía sus tesis e ignorando todo aquello que las refutaba. Algo más propio del académico burgués que de un dirigente comunista. Ahora bien, ¿no serían estos artículos pecadillos veniales del dirigente bolchevique, deslices dialécticos, la excepción que confirma la regla de la ortodoxia bolchevique distorsionada por el taimado Stalin? En modo alguno. Entre los días 4 y 6 de enero de 1923, cuando ya no podía escribir debido a su enfermedad, Lenin dictó su último trabajo teórico relativo a la construcción del socialismo: “Sobre la cooperación” (3). En él afirmaba con rotundidad la posibilidad de construir el socialismo íntegramente a partir del cooperativismo:

“En efecto, todos los grandes medios de producción en poder del Estado, y este poder en manos del proletariado, la alianza de éste con millones y millones de pequeños y muy pequeños campesinos, la garantía de que la dirección de estos últimos la ejerce el proletariado, etc…, ¿no representa acaso todo lo necesario para edificar la sociedad socialista completa partiendo del cooperativismo, sólo por medio de él, de ese cooperativismo al que antes tratábamos de mercantilista y que ahora bajo la NEP merece en cierto modo el mismo trato? Eso no es todavía la edificación de la sociedad socialista, pero sí todo lo imprescindible y suficiente para construirla”.

Y al final del artículo añadía:

“Nuestros adversarios nos han dicho más de una vez que emprendemos una obra descabellada, cuando nos imponemos implantar el socialismo en un país de insuficiente cultura. Pero se equivocan cuando afirman que comenzamos no en el orden debido según la teoría (de toda clase de pedantes); olvidan que entre nosotros la revolución política y social precedió a esa revolución cultural, a esa revolución ante la cual, a pesar de todo, nos encontramos ahora.

Esta revolución es hoy suficiente para que nuestro país se convierta en socialista, pero presenta increíbles dificultades, tanto en el aspecto puramente cultural (pues somos analfabetos) como en el material (pues para ser cultos es necesario cierto desarrollo de los medios materiales de producción, es indispensable determinada base material)”.

La conquista del poder en 1917 y la edificación del poder soviético enfrentó a los bolcheviques con gigantescos problemas de orden político, social y económico que Marx y Engels no pudieron prever ni tampoco el propio Lenin en sus escritos anteriores a la revolución. Las experiencias del comunismo de guerra y la NEP tuvieron como resultado replanteamientos teóricos basados en el análisis dialéctico de las situaciones concretas. La construcción del socialismo en un solo país defendida por Stalin no era un malabarismo ideológico antileninista, sino que hundía sus raíces teóricas en el propio Lenin, como se comprueba en los anteriores textos, y constituía la respuesta a la grave situación de la URSS a la altura de 1928-1929. Desgraciadamente, las anteojeras ideológicas y los prejuicios políticos se mantienen en cualquier cuestión relacionada con Stalin. Pero lo cierto es que la edificación del socialismo, la creación de esa base material y cultural de la que hablaba Lenin y que se hizo realidad en los planes quinquenales diseñados y ejecutados entre 1929 y 1939, permitió a la Unión Soviética vencer a Alemania en la Segunda Guerra Mundial y liberar al mundo de la barbarie nazi.

—————————

NOTAS

1. El artículo se publicó en el periódico clandestino “Sotsial-Demokrat”, nº 44, 23 de agosto de 1915.
2. Escrito en septiembre de 1916 y publicado por vez primera en septiembre y octubre de 1917, en los números 9 y 10 de “Jugend-Internationale”, órgano de la Liga Internacional de las Organizaciones Socialistas de la Juventud, que se publicó en Zurich desde septiembre de 1915 hasta mayo de 1918.

3. “Sobre la cooperación” fue publicado en los números 115 y 116 de Pravda los días 26 y 27 de mayo de 1923.

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gazte
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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por gazte el Miér Abr 06, 2011 4:09 pm

pues claro,a firmar que la urss en 1924 era un estado socialista es una estupidez:

¿Socialismo en un solo país?

Cuando los mencheviques defendían que las condiciones materiales para el socialismo estaban ausentes en Rusia nadie se lo discutía, tampoco Lenin. Él sabía muy bien que sin la victoria de la revolución en los países capitalistas desarrollados, especialmente Alemania, la revolución no podría sobrevivir aislada, especialmente en un país atrasado como Rusia. ¿Esto significaba por lo tanto que los bolcheviques no debían tomar el poder? En absoluto. Ese era precisamente el argumento de los mencheviques.

Si la revolución rusa hubiera sido concebida como un hecho aislado y autosuficiente, la forma en la que parece verla el estrecho nacionalista Shamir, entonces los mencheviques habrían tenido razón y la toma del poder por parte de los bolcheviques habría sido una aventura. Pero Lenin nunca vio la Revolución Rusa de la forma en la que la ve Shamir, un acto nacional puramente aislado. Lenin siempre vio la Revolución Rusa como el primer paso en la revolución europea y mundial.

Este era el caso incluso cuando Lenin todavía pensaba que la Revolución Rusa no podría ir más allá de los límites de una revolución burguesa avanzada (una posición defendida hasta 1917). Siempre insistió en su dimensión internacional y señaló que el destino final de la Revolución Rusa dependería de la extensión de la revolución a Alemania y otros países de Europa.

Israel Shamir no quiere que citemos a Lenin, pero tenemos que pedirle perdón y seguir haciendolo. En su libro Dos tácticas de la socialdemocracia, Lenin explica que la Revolución Rusa no será capaz de afectar a los cimientos del capitalismo “sin una serie de etapas intermedias de acontecimientos revolucionarios”. ¿En qué tipo de acontecimientos pensaba Lenin? Él dice que la revolución democrático burguesa en Rusia es:

“... en el último por orden pero no por su importancia, hacer que la hoguera revolucionaria prenda en Europa. Semejante victoria no convertirá aún, ni mucho menos, nuestra revolución burguesa en socialista; la revolución democrática no se saldrá propiamente del marco de las relaciones económico-sociales burguesas; pero, no obstante, tendrá una importancia gigantesca para el desarrollo futuro de Rusia y del mundo entero. Nada elevará a tal altura la energía revolucionaria del proletariado mundial, nada acortará tan considerablemente el camino que conduce a su victoria total, como esta victoria decisiva de la revolución que se ha iniciado ahora en Rusia”. (Ibíd., p. 513.)

El internacionalismo de Lenin está en total contradicción con el estrecho nacionalismo de los estalinistas. Ni Lenin, ni ningún otro marxista, albergaba en serio la idea de que sería posible construir el “socialismo en un solo país”, mucho menos en un país atrasado, asiático y campesino como Rusia. En todas partes Lenin explica, algo que sería ABC para cualquier marxista, que las condiciones para la transformación socialista de la sociedad estaban ausentes en Rusia, aunque sí estaban totalmente maduras en Europa Occidental. Polemizando con los mencheviques en el libro antes mencionado, Lenin reitera la posición clásica del marxismo sobre el significado internacional de la Revolución Rusa:

“La idea básica aquí es formulada repetidamente por Vpériod, que ha declarado que no debemos temer (...) una victoria completa de la socialdemocracia en una revolución democrática, por ejemplo una dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado, pero tal victoria nos permitiría despertar a Europa; tras desembarazarnos del yugo de la burguesía, el proletariado socialista en Europa nos ayudará a llevar a cabo la revolución socialista". (Ibíd., p. 82. El subrayado es nuestro).

En abril de 1917 Lenin cambió de idea. Inmediatamente vio que la única salida era que la clase obrera tomara el poder en sus manos (“todo el poder a los soviets”). Esta idea ?que era la misma que desde 1904 defendía Trotsky? se encontró con la oposición de otros dirigentes bolcheviques, Kámenev, Zinoviev y Stalin. Ellos defendían la misma postura que nuestro amigo de Jaffa, que la clase obrera no debe tomar el poder pero debe aliarse con la burguesía nacional progresista. Cuando Lenin presentó sus famosas Tesis de Abril a Pravda (entonces editado por Kámenev y Stalin) fueron publicados con su nombre y como una opinión personal. Pero después de una feroz lucha Lenin consiguió la mayoría y, junto a Trotsky, llevó a la clase obrera hasta la victoria.


ectracto de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=7315
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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por gazte el Miér Abr 06, 2011 4:17 pm

añado de mi propa cosecha, el primer paso de una revolucion debe ser edificar el socialismo de fronteras para dentro, la mayoria de las interdependencias mundiales de la economia son fabricadas por el capitalismo de manera artificial en su bursuqeda del benefico, osea, hay que organizar la produccion socialista en un solo pais.

una vez hecho esto, la revolucion solo puede avanzar o retroceder, no puede mantenerse estatica e inerte en el tiempo, no puede pararse el tiempo, si no se internacionaliza solo puede retroceder.
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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por Thiago el Jue Abr 07, 2011 5:28 am

Usted es un "stalinista", Gazte!! Ese segundo mensaje suyo (Nº3) se la suscribe cualquier marxista-leninista. El producto de su cosecha es mejor que el artículo que usted nos ofrece. Ese pobre extracto de Woods no refuta el artículo que da inicio a este hilo.

La afirmación central de Woods: "Ni Lenin, ni ningún otro marxista, albergaba en serio la idea de que sería posible construir el “socialismo en un solo país”, mucho menos en un país atrasado, asiático y campesino como Rusia"; no está respaldada por ninguna referencia directa de Lenin. Por el contrario, es Hermida el que la presenta. Pese a que, entre otros, no utilizó los argumentos de la polémica en torno al tratado de Brest-Litovsk donde en el fondo se discutía: guerra revolucionaria (para encender la revolución en Europa) versus acuerdo de paz inmediato con Alemania (para preservar las conquistas del proletariado ruso e internacional); sacrificar Rusia en aras de la revolución en Europa versus salvar el primer poder proletario en el mundo.

La otra afirmación de Woods, la del último párrafo, la de Lenin "cambiando de idea", haciéndose trotskista, es falsa de cabo a rabo, como lo puede comprobar cualquiera que lea a Lenin. En Lenin se puede leer la verdadera historia de la revolución rusa de boca de su teórico, de su estratega, de su táctico y de su guía indiscutible.

Le recomiendo, una vez más, Gazte, lea a Lenin. No use a intermediarios para conocer el leninismo.

PS. Ejemplo inmediato y tangible de esto último: usted sigue usando en su firma una carta de Lenin que la conoce por Trotsky, cuya verdadera fecha la dí en otro hilo, directamente de los escritos de Lenin, y usted no la ha corregido: 25 de enero de 1913 (cuando Stalin se encontraba en Viena luego de haber estado en Cracovia, desde diciembre de 1912, hospedado en la casa de Lenin). Trotsky mismo da una referencia incorrecta de esa carta y una fecha equivocada.
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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por gazte el Jue Abr 07, 2011 10:23 am

lo que quiere decir mi propia cosecha es que si no se internacionaliza la revolucion en un breve espacio de tiempo degenera inevitablemente, ya que no puede avanzar. eso tambien dependera de las condiciones materiales de cada pais en el momento de organizar la revolucion.

si se queda aislada en primera instancia, se debe organizar la produccion socialista dentro de las fronteras nacionales, pero eso no es ni mucho menos construir el socialismo en un solo pais, no puede vencer el socialismo aislado, en un entorno hostil, en esas circunstancias el arribismo y la burocracia se la come pro dentro.

en cuanto a brest, si no se lanzo la guerra revolucionaria, como luego si se hizo en la guerra civil, es porque no habia absolutamente nada con lo que lanzarlo, solo el ala encabezada por bujarin defendio esa opcion, si se firmo la paz es porque no habia con que hacer la guerra.

pd: leo a lenin, leo a trotsky, y leo lo que dice gente como marten, shamire o woods. tengo que contrastar el dato de la cita, aunque creo que ha cometido un error en su referencia actual, y es del 25 de enero de 1912, no 13, aun asi tengoque contrastarlo.
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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por proleinternacionalista el Mar Abr 26, 2011 7:32 pm

Atendiendo el pedido del camarada Comisario dejo algunas citas del camarada Lenin y paso a explicar en algo aquellas frases de Lenin.

Primero, hay que analizar algo. La terrible confusión entre mezclar las fórmulas del "socialismo en un solo país", y "socialismo en la sola Rusia". De allí deriva todo el inequívoco, pues para poder pasar al socialismo se necesitan dos condiciones:

La conquista del poder político (Que existía en Rusia), y la otra importante "que la producción y la distribución se realicen generalmente bajo la forma capitalista y mercantil, o sea, que se haya alcanzado un amplio desarrollo industrial, incluyendo empresas agrícolas, y un mercado nacional general." Y en esto choca con la falsa tesis estalinista de "construir el socialismo" en un país atrasado y feudal como la Rusia zarista, sin el apoyo de la transformacion socialista (no somos constructores) de algunos países o al menos un país avanzado.

Y esto nos lo dice Lenin, así como fue siempre la postura bolchevique:

«No se puede realizar la revolución socialista en un país en el que la mayoría de la población está formada por pequeños productores agrícolas más que por medio de toda una serie de medidas transitorias especiales, perfectamente inútiles en los países capitalistas evolucionados en donde los obreros asalariados industriales y agrícolas están en aplastante mayoría (...) Hemos subrayado abundantemente en los hechos, en todas nuestras intervenciones, en toda la prensa, que la situación es diferente en Rusia: los obreros industriales están en minoría y los pequeños cultivadores en aplastante mayoría. En este país la revolución socialista no puede vencer definitivamente más que con dos condiciones. En primer lugar, si está sostenida en el momento oportuno por una revolución socialista en un o varios países avanzados...» (Lenin, Informe sobre el impuesto en especie al X Congreso del P.C.R., 15 marzo 1921).

Y siempre fue así, siempre los bolcheviques fueron fieles a la teoria. No hay nada nuevo bajo el sol, solo es nuevo el oportunismo.

En las tesis de abril leemos:

«Nuestra tarea inmediata no es la de "introducir" el socialismo, sino únicamente la de pasar enseguida al control de la producción social y del reparto de los productos por los Soviets de diputados obreros».

Luego tb:

«la técnica y la cultura, poco y mucho a la vez, si bien sin revolución socialista mundial para rellenar el hueco existente entre sus aspiraciones y sus posibilidades, el socialismo no es posible en Rusia».

«Si se afrontan las cosas a escala mundial, es absolutamente cierto que la victoria final de nuestra revolución, si debe quedarse aislada, si no hay ningún movimiento revolucionario en los demás países no tendrá esperanza» (Lenin, VII Congreso del P.C.R.).

Este Lenin es un derrotista?. No! es aquel Lenin marxista fiel a los principios y optimista en alcanzar la revolución mundial, y defender el poder soviético incluso con la vida.

«Nosotros no sabemos nada, ni podemos saberlo, sobre cuantas etapas transitorias tendremos que atravesar hacia el socialismo. Esto depende de momento en que la revolución europea comience a gran escala» (Lenin, Informe sobre la revisión del programa y el cambio de denominación del Partido, VII Congreso del P.C.R.)

Ahora hablemos un poco referente a la produccion agricola y las citas que se enmarcan en el texto aquel:

«¿Podremos mantenernos con nuestra pequeña y pequeñísima producción campesina, con el estado de ruina de nuestro país, hasta el día en que los países capitalistas de Europa Occidental hayan concluido su desarrollo hacia el socialismo?.. Nosotros no estamos tan civilizados como para poder pasar directamente al socialismo, aunque tengamos las premisas políticas para ello» (El impuesto en especie, 1921).

Esto es lo que decia Lenin, nosotros no estamos tan desarrollados para pasar directamente al socialismo, pero tenemos la dictadura proletaria y con ella podemos edificar las bases del edificio socialista, la construcción de sus bases económicas, allí se enmarcan estos dos párrafos claramente :

“En efecto, todos los grandes medios de producción en poder del Estado, y este poder en manos del proletariado, la alianza de éste con millones y millones de pequeños y muy pequeños campesinos, la garantía de que la dirección de estos últimos la ejerce el proletariado, etc…, ¿no representa acaso todo lo necesario para edificar la sociedad socialista completa partiendo del cooperativismo, sólo por medio de él, de ese cooperativismo al que antes tratábamos de mercantilista y que ahora bajo la NEP merece en cierto modo el mismo trato? Eso no es todavía la edificación de la sociedad socialista, pero sí todo lo imprescindible y suficiente para construirla”.

La nacionalización integral de la industria, impuesta en 1918 por las necesidades de la guerra civil, y el monopolio del comercio exterior darán a la dictadura proletaria una ventaja más política que económica: un medio de controlar la hidra siempre renaciente de la microproducción, un instrumento para acelerar, con los medios de producción modernos, la evolución hacia la gran producción agrícola empleando el trabajo asociado, y sobre todo un arma contra el enemigo exterior y sobre todo interior. De esta forma será posible «utilizar el capitalismo (sobre todo orientándolo en la vía del capitalismo de Estado) como eslabón intermedio entre la pequeña producción y el socialismo; como medio, vía, procedimiento, modalidad que asegura el incremento de las fuerzas productivas» (Lenin, Tesis sobre la táctica del P.C.R., III Congreso de la I.C. 1921), y de «llegar, mediante una larga serie de transiciones graduales a la gran agricultura colectiva mecanizada» (Lenin, Por el cuarto aniversario de la revolución de Octubre, 1921); será posible colocar «en su sitio los fundamentos económicos del nuevo edificio socialista, en lugar del edificio feudal demolido y del edificio capitalista demolido a la mitad».

Esto no debía realizar el socialismo, pero constituía una lucha radical entre el poder proletario controlando el capitalismo de Estado y utilizándolo como arma política de transformación económica y «los millones y millones de pequeños patronos (que), por su actividad cotidiana, usual, invisible, imperceptible, disolvente, realizan los mismos resultados que le son necesarios a la burguesía, que restauran la burguesía» (Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, 1920).

Y aquí lo dejo muy claro:

«La historia (...) ha seguido caminos tan particulares que ha dado nacimiento, en 1918, a dos mitades de socialismo, separadas y próximas como dos futuros polluelos bajo el cascarón común del imperialismo internacional. Alemania y Rusia encarnan en 1918, con una evidencia particular, la realización material de las condiciones del socialismo, de las condiciones económicas, productivas y sociales, por una parte, y condiciones políticas por otra. Una revolución proletaria victoriosa en Alemania rompería al primer empuje, con la mayor facilidad, todos los cascarones del imperialismo (...) y aseguraría plenamente la victoria del socialismo mundial (e igualmente por tanto la victoria del socialismo en Rusia - NDR) sin dificultades o con dificultades insignificantes, a condición de considerar evidentemente las "dificultades" en la escala de la historia mundial, y no en la de cualquier grupo de filisteos» (Lenin, Sobre el infantilismo de izquierda, Obras, Tomo 27 pág 355).

Salu2 internacionalistas.

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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por Ardaigh el Dom Mayo 08, 2011 12:14 am

Oh, entonces tengo que usar a Lenin tambien? Bueno, que le vamos a hacer, no me importa repetirme si es necesario.


El trotskismo una variante del menchevismo dentro del movimiento obrero que en los años treinta del siglo XX acabó poniéndose al servicio del imperialismo para atacar a la Unión Soviética y a los comunistas en todo el mundo.

Surge en 1903 cuando en su segundo congreso el partido socialdemócrata ruso se escinde en mencheviques y bolcheviques, tomando Trotski posición en favor de los mencheviques. Aquella escisión expresaba una diferente concepción del papel del proletariado en la revolución democrático burguesa y una diferente concepción del partido. Los mencheviques y los trotskistas no aceptaban el papel dirigente del proletariado en la revolución burguesa, o bien negaban la necesidad misma de ésta en nombre de una errónea concepción de la revolución permanente. De esta errónea concepción surgen los demás errores, todos ellos relacionados con el programa mínimo de cualquier partido comunista en la revolución democrático burguesa, especialmente el problema del campesinado y el derecho de autodeterminación de las nacionalidades oprimidas.

Los trotskistas también sostuvieron posiciones diferentes a las leninistas respecto a la configuración del partido comunista, al negar el centralismo democrático, defender las facciones internas y el entrismo. Por ello los trotskistas acusan falsamente a los partidos comunistas de burocratismo.

Otra divergencia importante con el leninismo es su rechazo del capitalismo monopolista de Estado y del imperialismo como una fase superior del capitalismo, que ellos sustituyen por otros conceptos ajenos al comunismo, como tardocapitalismo o mundialización.

Con el transcurso del tiempo, los trotskistas fueron alejándose cada vez más del movimiento obrero, adoptando posturas abiertamente reaccionarias, llegando a ser expulsados de las organizaciones del proletariado como consecuencia de sus turbios manejos, acabando finalmente en un apéndice del imperialismo en la época de la guerra fría.


Lenin defendió la posibilidad de construir el socialismo en un solo país, y lo hizo con claridad en varias ocasiones. En su artículo “La consigna de los Estados Unidos de Europa”, escrito en 1915, afirmaba:
“Los Estados Unidos del mundo (y no de Europa) constituyen la forma estatal de unificación y libertad de las naciones, forma que nosotros relacionamos con el socialismo, mientras la victoria completa del comunismo no conduzca a la desaparición definitiva de todo Estado, incluido el estado democrático. Sin embargo, como consigna independiente, la de los Estados Unidos del mundo dudosamente será justa, en primer lugar porque se funde con el socialismo y, en segundo lugar, porque podría dar pie a interpretaciones erróneas sobre la imposibilidad de la victoria del socialismo en un solo país y sobre las relaciones de este país con los demás.
La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De aquí se deduce que es posible que el socialismo triunfe primeramente en unos cuantos países capitalistas, o incluso en un solo país de forma aislada.
El proletariado triunfante de este país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar dentro de él la producción socialista, se alzaría contra el resto del mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países, levantando en ellos la insurrección contra los capitalistas, empleando incluso la fuerza de las armas contra las clases explotadoras y sus estados”


En septiembre de 1916, Lenin publicó un artículo titulado “El programa militar de la revolución proletaria”, en el que escribió:
“El desarrollo del capitalismo sigue un curso extraordinariamente desigual en los diversos países. De otro modo no puede ser bajo el régimen de producción de mercancías. De aquí la conclusión indiscutible de que el socialismo no puede triunfar simultáneamente en todos los países. Triunfará en uno o varios países, mientras los demás seguirán siendo, durante algún tiempo, países burgueses o preburgueses. Esto no sólo habrá de provocar rozamientos, sino incluso la tendencia directa de la burguesía de los demás países a aplastar al proletariado triunfante del estado socialista”



Entre los días 4 y 6 de enero de 1923, cuando ya no podía escribir debido a su enfermedad, Lenin dictó su último trabajo teórico relativo a la construcción del socialismo: “Sobre la cooperación”. En él afirmaba con rotundidad la posibilidad de construir el socialismo íntegramente a partir del cooperativismo:
“En efecto, todos los grandes medios de producción en poder del Estado, y este poder en manos del proletariado, la alianza de éste con millones y millones de pequeños y muy pequeños campesinos, la garantía de que la dirección de estos últimos la ejerce el proletariado, etc…, ¿no representa acaso todo lo necesario para edificar la sociedad socialista completa partiendo del cooperativismo, sólo por medio de él, de ese cooperativismo al que antes tratábamos de mercantilista y que ahora bajo la NEP merece en cierto modo el mismo trato? Eso no es todavía la edificación de la sociedad socialista, pero sí todo lo imprescindible y suficiente para construirla”.
Y al final del artículo añadía:
“Nuestros adversarios nos han dicho más de una vez que emprendemos una obra descabellada, cuando nos imponemos implantar el socialismo en un país de insuficiente cultura. Pero se equivocan cuando afirman que comenzamos no en el orden debido según la teoría (de toda clase de pedantes); olvidan que entre nosotros la revolución política y social precedió a esa revolución cultural, a esa revolución ante la cual, a pesar de todo, nos encontramos ahora.
Esta revolución es hoy suficiente para que nuestro país se convierta en socialista, pero presenta increíbles dificultades, tanto en el aspecto puramente cultural (pues somos analfabetos) como en el material (pues para ser cultos es necesario cierto desarrollo de los medios materiales de producción, es indispensable determinada base material)”.
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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por proleinternacionalista el Lun Mayo 09, 2011 1:31 am

Sr. Raksu ud a copiado el mismo texto que colgo en el otro tema. COmo ahora no dispongo de mucho tiempo hare uso de algunos escritos que lo explican claramente. Y terminare intentado rebatir aquello del menchevismo y no se que.

Empecemos:

Por una Revolución mundial


Un profundo internacionalismo impregna toda esta Revolución de Octubre en la cual la lucha del Partido para la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, en revolución socialista mundial, se funde totalmente con el empuje impetuoso de las masas obreras de los grandes centros industriales de Rusia.

Cuando Trotsky y Lenin definían la revolución en marcha como «un eslabón de la cadena de la revolución internacional» las masas rusas defendían con las armas el poder conquistado como un «destacamento del ejército internacional del proletariado», Rusia como «una fortaleza asediada» esperaba que los «demás destacamentos de la Revolución internacional» viniesen en su ayuda, no eran solamente los militantes del Partido, sino todos los proletarios de Rusia quienes sentían la verdad de estas palabras ardientes, porque entonces la «educación política se hacía rápidamente» (algunos días, algunos meses) en las fábricas y en los barrios populares, en medio de mítines y manifestaciones revolucionarias. En el magnífico preámbulo de la Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado la república de los Soviets se daba por tarea «la victoria del socialismo en todos los países» y en la tribuna del III Congreso pan-ruso de los Soviets esta era la grandiosa perspectiva que Lenin proponía a su auditorio: «Los acontecimientos (...) nos han conferido el honorable papel de vanguardia de la revolución socialista internacional, y vemos ahora claramente la perspectiva del desarrollo de la revolución: el ruso ha comenzado (y además: aquel que se encuentre en la situación más favorable debe comenzar), el alemán, el francés, el inglés triunfará y el socialismo triunfará» (Obras, Tomo 26 pág. 494).

Se trataba de más que palabras; evitando la retórica, secamente, la revolución expresaba el sentimiento y la pasión que armaban los brazos y movilizaban el cerebro de inmensas masas proletarias. Era el lenguaje impersonal de una lucha de clase en la que los combatientes no habían podido nunca admitir que fuera simplemente "rusa", estrechamente "nacional"; los ojos abiertos sobre el mundo, la voluntad tendida, dispuestos para todos los sacrificios, no conocían ninguna frontera y sus corazones se inflamaban con las noticias de la lucha de sus hermanos de clase por encima de esas fronteras, que la revolución se daba justamente como objetivo de destrucción. «No estamos solos, ante nosotros está Europa entera» gritaba Lenin a los vacilantes, a los conciliadores, a los cobardes, y los proletarios que se habían batido sin tregua durante nueve meses tumultuoso, y que debían aún batirse durante los dos años y medio de la guerra civil, sabían como él, por instinto, sin haber leído nunca seguramente el grito final del Manifiesto, que ellos eran los combatientes de una guerra de clase internacional. Para estos proletarios era evidente que su revolución era el principio de una revolución mundial.

En abril, Lenin había dicho que la Internacional de los «internacionalistas de hecho» actuaba ya, aunque no tuviese todavía una existencia formal: se encarnaba en los proletarios de Petrogrado y de Moscú, en Liebknecht en Berlín, manifestaba un internacionalismo práctico y activo, por una devoción sin límites a la causa universal del socialismo. Durante el episodio dramático de Brest-Litovsk, cuando la causa revolucionaria pudo parecer perdida, Lenin justificó con su coraje y su franqueza habituales el tratado «ignominioso» y (escuchad, conmemoradores-enterradores) lo definió como el «mayor problema histórico de la Revolución rusa», como la «mayor dificultad» que tuvo que vencer, la «necesidad de resolver los problemas internacionales, la necesidad de suscitar una revolución internacional, de llevar a cabo este episodio de nuestra revolución, estrechamente nacional, a la revolución mundial» (Informe sobre la guerra y la paz al VII Congreso del P.C. ruso, 6 y 8 marzo 1918).

Nacida como revolución mundial, Octubre ponía en un primer plano sus tareas internacionales, sus deberes con respecto a la revolución mundial, deberes que no derivaban de ningún código moral, sino que venían impuestos por el carácter internacional de la lucha emancipadora del proletariado y de la expansión capitalista. Una vez más, se le pedirá mucho a quien mucho había dado ya: los magníficos proletarios de Octubre no titubearon en dar lo mejor de sí mismos para que «el alemán, el francés el inglés» pudiesen terminar la obra empezada, porque, si bien les debía ser más fácil llevarla a término, «les era infinitamente más difícil comenzar la revolución».

Antes incluso de que los comunistas de «los diferentes países de Europa, América y Asia» se reunieran en Moscú para fundar la III Internacional, el internacionalismo era la sangre y el oxígeno con el cual se nutrían cotidianamente los combatientes de la gigantesca guerra civil de Rusia. Los "boletines" del frente de la lucha de clases europea se mezclaban con los ardientes comunicados que Trotsky expedía desde los mil frentes de la guerra civil, y fue así como los obreros y campesinos rusos en armas aprendieron que su enemigo era la burguesía internacional. «Sabéis – dirá Lenin al VIII Congreso pan-ruso de los Soviets – hasta que punto el capital es una fuerza internacional, hasta que punto las fábricas, las empresas y los almacenes capitalistas más importantes están ligados entre ellos en el mundo entero y que, por consiguiente, para abatirlo definitivamente es necesaria una acción común de los obreros a escala internacional». Nadie, en verdad, podía saberlo mejor que el heroico destacamento ruso del ejército revolucionario mundial del proletariado, pues nadie en sus filas creía que el choque entre las clases pudiese tener unas causas y un destino diferente según las naciones. Que los proletarios «no tienen patria» se lo había enseñado una ruda experiencia.

En sus Principios del Comunismo, primer esbozo del Manifiesto del Partido Comunista, escrito en 1847, Engels responde a la pregunta: «¿Tendrá lugar la revolución proletaria en un solo país?» con idéntica nitidez: »No (...) Será una revolución mundial y deberá por consiguiente tener un campo mundial».

Los hombres, el Partido, los proletarios, para los que la revolución rusa había nacido como revolución mundial y no tenía «mayor problema histórico» que el de salir de su marco estrechamente nacional para extenderse por el mundo entero ¿podían tener otra perspectiva que la de Lenin? «La salvación no es posible más que en el camino de la revolución socialista internacional en la cual estamos empeñados. Mientras estemos solos nuestra tarea es la de salvar la revolución, de conservar en ella una cierta dosis de socialismo, por débil que sea, hasta que la revolución estalle en los demás países y otros destacamentos vengan en nuestra ayuda» (La tarea principal en nuestros días) ¿Podían concebir "su" revolución de forma diferente a una «repetición general de la revolución proletaria mundial»? (El ABC del comunismo, de Bujarin y Preobazhenski).

Convencidos del estallido de una revolución al menos en Europa, los bolcheviques se habían asegurado un momento de respiro con la paz de Brest-Litovsk y habían vencido a las hordas blancas; «pasados de la guerra a la paz» en 1920, no olvidaban que «mientras coexistan el socialismo y el capitalismo no se podrá vivir en paz; al final, uno u otro debe permanecer: sería necesaria una misa de réquiem, bien para la República de los Soviets, bien para el imperialismo mundial». Sabían que para vencer a la organización mundial del capitalismo no existía más que un solo arma: «la extensión de la revolución, por lo menos, a algunos países avanzados».

Era una condición vital, incluso simplemente para el mantenimiento del poder político de los bolcheviques. Pero la revolución de Octubre se dirigía al socialismo, y por ello el internacionalismo no era para ella una fórmula ritual, sino la condición misma de la victoria.



Sólo las bases económicas del Socialismo


Por otra parte era muy cierto que se trataba de una doble revolución, y que el proletariado en el poder tenía que llevar a cabo también las tareas de una revolución burguesa «llevada hasta el final».

En el Manifiesto de 1848, Marx y Engels prestaron a Alemania una atención particular; era un país en el que las estructuras feudales dominaban todavía la economía y la política, y que se encontraba en «la víspera de una revolución burguesa»; en esta revolución ellos veían «el preludio inmediato de una revolución proletaria» que debería tomar unas dimensiones europeas (¿dónde ha podido descubrir el pedantismo socialdemócrata que, para Marx y Engels, la revolución debía estallar necesariamente en un país avanzado?), porque, decían ellos, Alemania «llevará a cabo esta revolución en las condiciones más avanzadas de la civilización europea y con un proletariado infinitamente más desarrollado que Inglaterra y Francia en los siglos XVII y XVIII». Dejemos al filisteo oportunista medir el grado de madurez de la revolución socialista evaluando el "nivel económico y social" alcanzado en tal país considerado aisladamente: para el marxismo, este grado de madurez se evalúa a escala mundial (¡en 1848, el mundo se reducía a Europa!) y en la misma medida la revolución proletaria puede triunfar o perecer.

En Rusia, igualmente, las «condiciones más avanzadas de la civilización europea» (y mundial) y la existencia de un proletariado no solamente más numeroso que en la época de las revoluciones burguesas inglesa y francesa, sino extremadamente concentrado (al igual que el poder político semifeudal del zarismo) habían acelerado el curso revolucionario: partiendo del estancamiento «asiático y bárbaro» habían llegado al poder político proletario después de un breve paréntesis de poder burgués: el «preludio inmediato» había llegado a ser el «desarrollo» de la revolución burguesa en revolución proletaria, haciendo anacrónico el triunfo de la segunda el cumplimiento de las tareas políticas de la primera. Esta revolución no bastaba para liquidar el atraso de Rusia con respecto a una civilización mundial «más avanzada», sino, como Lenin dijo en 1918 y repitió en 1920, sin este atraso, precisamente, el proletariado no habría tomado el poder tan fácilmente «como se levanta una pluma».

El afortunado encuentro de estas dos condiciones (que sólo pueden parecer contradictorias a aquellos que limitan su horizonte con las fronteras nacionales) había colocado a la clase obrera rusa en la vanguardia de la revolución socialista mundial; pero el atraso persistía y «mas atrasado es el país que ha tenido, por los zigzags de la historia, que comenzar la revolución socialista, y mas difícil le es pasar de las antiguas relaciones capitalistas a las relaciones socialistas» (Lenin, Informe al VII Congreso del PCR, 7 marzo 1918). ¿Cómo se resolvía este problema histórico, mucho más complejo que el de la toma del poder, en la perspectiva europea (es decir, mundial de la época) de Marx y Engels? El proletariado alemán de 1848 debía aportar la doctrina y podía llegar a ser el protagonista de la revolución doble en Alemania, en la medida en que las condiciones políticas de la revolución socialista se habían llevado a cabo en Francia, y las condiciones económicas y sociales en Inglaterra: de esta forma podía acelerarse la conquista del poder en Alemania y rellenado el foso secular que separaba las economías de Europa central y de Europa occidental.

Para los bolcheviques, la perspectiva no era diferente. El socialismo supone la gran industria y la agricultura moderna; la primera era manifiestamente insuficiente en Rusia, la segunda estaba casi ausente por completo, pero «si se piensa en una gran industria próspera, susceptible de satisfacer al campesinado abasteciéndole sin demora de todos los productos que necesita, se debe decir que ésta condición existe; considerando esta cuestión a escala mundial, esta gran industria floreciente, capaz de abastecer al mundo de todos los productos, existe sobre la tierra (...) Está en los países dotados de una gran industria evolucionado, suficiente para aprovisionar sobre el terreno a los centenares de millones de campesinos atrasados. Nosotros colocamos esta idea en la base de nuestros cálculos» (Lenin, Informe al IX Congreso de los Soviets).

La condición material para el paso al socialismo es, por lo tanto, la revolución mundial, o, al menos, europea, esperadas por la dictadura proletaria en Rusia. Solamente de esta manera pueden ser establecidas las bases de un gigantesco salto delante de la industria, en primer lugar, y de la agricultura a continuación: como dicen las Tesis sobre la cuestión nacional y colonial adoptadas en 1920 en el II Congreso de la Internacional Comunista, este salto adelante por encima de la fase capitalista (enfocada en este caso a los países coloniales, todavía mas atrasados que la Rusia de entonces) no es posible más que por la «creación de una economía mundial que forme un todo único, sobre la base de un plan universal controlado por el proletariado de todas las naciones».

La extensión de la revolución socialista al menos hacia algunos países avanzados es, por lo tanto, la primera condición de la existencia de una economía socialista en Rusia: «No se puede realizar la revolución socialista en un país en el que la mayoría de la población está formada por pequeños productores agrícolas más que por medio de toda una serie de medidas transitorias especiales, perfectamente inútiles en los países capitalistas evolucionados en donde los obreros asalariados industriales y agrícolas están en aplastante mayoría (...) Hemos subrayado abundantemente en los hechos, en todas nuestras intervenciones, en toda la prensa, que la situación es diferente en Rusia: los obreros industriales están en minoría y los pequeños cultivadores en aplastante mayoría. En este país la revolución socialista no puede vencer definitivamente más que con dos condiciones. En primer lugar, si está sostenida en el momento oportuno por una revolución socialista en un o varios países avanzados...» (Lenin, Informe sobre el impuesto en especie al X Congreso del P.C.R., 15 marzo 1921).

Retomando la gran perspectiva de Marx en 1848, se puede decir que el proletariado ruso aportó a la revolución europea la llama política, así como una completa restauración de la doctrina (papeles adquiridos en otras ocasiones por Francia y Alemania); Alemania, Inglaterra, Francia, o incluso sólo una de ellas, le habrían aportado su base económica. Durante ese tiempo de espera, ya que la revolución internacional no puede explotar ni por encargo, ni siguiendo una "progresión metódica", ni de manera simultánea, el poder comunista debía administrar una economía atrasada con la ayuda de «medidas transitorias, completamente inútiles, en los países capitalistas avanzados», análogas en su esencia a las «intervenciones despóticas» preconizadas por el Manifiesto y cuyos resultados no pueden sobrepasar la construcción de las bases materiales del socialismo.

Lejos de hacer un misterio de esto, los bolcheviques lo habían dicho y repetido, y las Tesis de Abril lo declaran con la mayor franqueza: «Nuestra tarea inmediata no es la de "introducir" el socialismo, sino únicamente la de pasar enseguida al control de la producción social y del reparto de los productos por los Soviets de diputados obreros». Cinco meses más tarde, en septiembre, Lenin definía de esta forma las medidas adoptadas para «conjurar la inminente catástrofe»: «El control, la vigilancia, el reparto racional de la mano de obra en la producción y distribución de los productos, la economía de las fuerzas populares, la supresión de todo derroche de esas fuerzas», lo que, en el campo de la producción industrial y de su aparato financiero suponía «la fusión de todos los bancos en uno sólo; la nacionalización de los sindicatos capitalistas, la supresión del secreto comercial, la cartelización forzosa, el reagrupamiento obligatorio ó el estímulo al reagrupamiento de la población en sociedades de consumo y un control ejercido sobre esta agrupación».

Pero él también explicaba que estas medidas, que sólo el poder dictatorial de los obreros y de los campesinos podía aplicar, representarían un «paso hacia el socialismo, pues el socialismo no es otra cosa que la etapa inmediatamente consecutiva al monopolio capitalista del Estado (...) La guerra imperialista marca la víspera de la revolución socialista. No solamente porque sus horrores engendren la insurrección proletaria – ninguna insurrección creará el socialismo si este no está maduro – sino porque el capitalismo monopolista de Estado es la preparación material más completa del socialismo, la antesala del socialismo, la etapa de la Historia que ninguna otra etapa intermedia separa del socialismo» (Lenin, La catástrofe inmediata y los medios de conjurarla).

Inquietos por encontrar una cobertura de "izquierda" a su colaboración de clase, los mencheviques y los socialistas revolucionarios gritaban que ese programa era demasiado tímido, que no era "socialista", sin comprender que solamente se trataba de «progresar hacia el socialismo (progreso condicionado y determinado por el nivel de la técnica y de la cultura)», que el socialismo era en todo lugar «el fin de todas las vías del capitalismo contemporáneo», que aparece «directa y prácticamente en cada disposición importante, constituyendo un paso adelante sobre la base de este capitalismo moderno». El programa bolchevique era tímido comparado con los objetivos finales del socialismo, pero audaz si se tiene en cuenta el nivel alcanzado por «la técnica y la cultura, poco y mucho a la vez, si bien sin revolución socialista mundial para rellenar el hueco existente entre sus aspiraciones y sus posibilidades, el socialismo no es posible en Rusia».

«Si se afrontan las cosas a escala mundial, es absolutamente cierto que la victoria final de nuestra revolución, si debe quedarse aislada, si no hay ningún movimiento revolucionario en los demás países no tendrá esperanza» (Lenin, VII Congreso del P.C.R.).

«Nosotros no sabemos nada, ni podemos saberlo, sobre cuantas etapas transitorias tendremos que atravesar hacia el socialismo. Esto depende de momento en que la revolución europea comience a gran escala» (Lenin, Informe sobre la revisión del programa y el cambio de denominación del Partido, VII Congreso del P.C.R.). La cuestión de las «etapas hacia el socialismo» no era por tanto administrativa, sino política, y, dependiendo de las condiciones internacionales, no podía ser resuelta a voluntad por los revolucionarios rusos.

Por lo que concierne a la agricultura, las medidas preconizadas sin cesar por los bolcheviques de 1906 a 1907, más radicales si se tiene en cuenta el grado de desarrollo extremadamente débil de las fuerzas productivas agrarias, ¿salían de los límites de una revolución democrático-burguesa?

Ciertamente, sólo un poder revolucionario en manos del proletariado y apoyado por los campesinos pobres podía nacionalizar la tierra, pero esta nacionalización no por eso dejaba de ser «una medida burguesa» (Lenin, Resolución de la VII Conferencia del POSDR sobre la cuestión agraria, mayo 1917). Esto no impide que el Partido del proletariado deba esforzarse en realizarla por todos los medios, pues ella «deja vía libre a la lucha de clases, tal como es posible y concebible en la sociedad capitalista, así como a un disfrute libre del suelo, desembarazo de todas las supervivencias anteriores al régimen burgués». Además, debiera asertar «prácticamente un formidable golpe a la propiedad privada de todos los medios de producción en general».

Por otro lado, el Partido sabía al menos desde 1906 que «cuanto más se hagan con resolución la destrucción y la supresión de la gran propiedad terrateniente, más se procederá con resolución y espíritu, a continuación y de manera general, a la reforma agraria democrática-burguesa en Rusia, y más rápidamente se desarrollará la lucha de clase del proletariado agrícola contra el campesinado rico (la burguesía rural)». Por consiguiente, «dependiendo de que consiga el proletariado urbano unirse al proletariado rural y atraer a la masa de semi-proletarios del campo, ó bien de que esta masa siga a la burguesía campesina propensa a abrazarse a los capitalistas y a los grandes propietarios terratenientes y, de una manera general, a la contrarrevolución, la suerte y el final de la revolución rusa estarán decididas en un sentido u otro, mientras que la revolución proletaria que empieza en Europa no ejerza directamente, sobre nuestro país, su poderosa influencia».

Palabras proféticas: la revolución europea tardó efectivamente en llegar y si bien sus sobresaltos en Alemania, en Baviera, en Hungría, sus oleadas en Italia o en Bulgaria, sirvieron para aflojar la presión de la contrarrevolución extranjera que amenazaba a la dictadura proletaria, no sirvieron para sacar a Rusia de su «bárbaro» aislamiento. Todo el destino de la Revolución de Octubre después de 1918, fecha en la cual Lenin trazaba ya las grandes líneas de la futura NEP (todavía irrealizable debido a la guerra civil) dependía de la respuesta de los hechos a esta pregunta fundamental: «¿Podremos mantenernos con nuestra pequeña y pequeñísima producción campesina, con el estado de ruina de nuestro país, hasta el día en que los países capitalistas de Europa Occidental hayan concluido su desarrollo hacia el socialismo?.. Nosotros no estamos tan civilizados como para poder pasar directamente al socialismo, aunque tengamos las premisas políticas para ello» (El impuesto en especie, 1921).

La nacionalización integral de la industria, impuesta en 1918 por las necesidades de la guerra civil, y el monopolio del comercio exterior darán a la dictadura proletaria una ventaja más política que económica: un medio de controlar la hidra siempre renaciente de la microproducción, un instrumento para acelerar, con los medios de producción modernos, la evolución hacia la gran producción agrícola empleando el trabajo asociado, y sobre todo un arma contra el enemigo exterior y sobre todo interior. De esta forma será posible «utilizar el capitalismo (sobre todo orientándolo en la vía del capitalismo de Estado) como eslabón intermedio entre la pequeña producción y el socialismo; como medio, vía, procedimiento, modalidad que asegura el incremento de las fuerzas productivas» (Lenin, Tesis sobre la táctica del P.C.R., III Congreso de la I.C. 1921), y de «llegar, mediante una larga serie de transiciones graduales a la gran agricultura colectiva mecanizada» (Lenin, Por el cuarto aniversario de la revolución de Octubre, 1921); será posible colocar «en su sitio los fundamentos económicos del nuevo edificio socialista, en lugar del edificio feudal demolido y del edificio capitalista demolido a la mitad».

Esto no debía realizar el socialismo, pero constituía una lucha radical entre el poder proletario controlando el capitalismo de Estado y utilizándolo como arma política de transformación económica y «los millones y millones de pequeños patronos (que), por su actividad cotidiana, usual, invisible, imperceptible, disolvente, realizan los mismos resultados que le son necesarios a la burguesía, que restauran la burguesía» (Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, 1920).

Esto debía ser la continuación de la guerra civil por otros medios, y la salida de esta nueva fase de la lucha de clase no debía depender solamente de la posesión del poder y del control sobre la gran industria, sino también y sobre todo de las vicisitudes de la lucha internacional entre burguesía y proletariado. En sus Tesis sobre la situación económica y las tareas de la revolución socialista, presentadas al IV Congreso de la Internacional Comunista, Trotsky dirá: «Al igual que en la guerra civil nosotros combatimos en gran parte para conquistar políticamente al campesinado, hoy igualmente la lucha tiene como objetivo principal la dominación del mercado campesino. En esta lucha el proletariado posee grandes ventajas: las fuerzas productivas más ampliamente desarrolladas del país y el poder político; la burguesía por su parte dispone de una mayor habilidad, y en una cierta medida, de sus relaciones con el capital extranjero, el capital de la emigración especialmente». El hecho de que el proletariado de los países «más evolucionados» no se haya enfrentado con las armas en la mano a esta fuerza burguesa internacional, constituye el drama de los años 1920 a 1926.

Definiendo la NEP, Lenin había declarado: «La historia (...) ha seguido caminos tan particulares que ha dado nacimiento, en 1918, a dos mitades de socialismo, separadas y próximas como dos futuros polluelos bajo el cascarón común del imperialismo internacional. Alemania y Rusia encarnan en 1918, con una evidencia particular, la realización material de las condiciones del socialismo, de las condiciones económicas, productivas y sociales, por una parte, y condiciones políticas por otra. Una revolución proletaria victoriosa en Alemania rompería al primer empuje, con la mayor facilidad, todos los cascarones del imperialismo (...) y aseguraría plenamente la victoria del socialismo mundial (e igualmente por tanto la victoria del socialismo en Rusia - NDR) sin dificultades o con dificultades insignificantes, a condición de considerar evidentemente las "dificultades" en la escala de la historia mundial, y no en la de cualquier grupo de filisteos» (Lenin, Sobre el infantilismo de izquierda, Obras, Tomo 27 pág 355).

Las dos mitades separadas del socialismo no pudieron ser reunidas. Y si el poder revolucionario ruso pudo colocarse en la escuela del capitalismo de Estado de los alemanes, aplicarse con todas sus fuerzas en asimilarlo, manejando con mayor rapidez los procedimientos dictatoriales de lo que lo hizo Pedro I para implantarlos en la vieja Rusia bárbara, sin retroceder ante el empleo de métodos bárbaros contra la barbarie (¡muy distinto, como puede verse, a la «construcción del socialismo en un solo país», «bárbaro», además!) no pudo impedir, privado como estaba de la ayuda del segundo «polluelo», que a la larga la presión de las clases pequeño burguesas y burguesas imprimiese al «volante» del Estado ruso una dirección opuesta a la querían darle los bolcheviques.

«Es con plena conciencia (...) por lo que avanzamos hacia la revolución socialista (...) sabiendo que sólo la lucha decidirá el avance que conseguiremos tomar (a fin de cuentas), la porción de nuestra tarea infinitamente grande que nosotros ejecutamos (...) El que viva lo verá» (Lenin, En el IV Aniversario de la Revolución de Octubre). La lucha proseguía en las ciudades y en los campos; las fuerzas productivas de un pasado no solamente pre-socialista sino pre-capitalista, se encabritaron ante la energía de la dirección central de la economía. Y esta nueva guerra de clase fue tan áspera que en la XIV Conferencia del Partido, a finales de 1925, algunos dirigentes del Partido y del Estado que habían creído hasta ese momento poder disimular la realidad detrás de un optimismo demagógico completamente ajeno al espíritu de Lenin, se vieron forzados a reconocer que una inversión de la relación de fuerzas se fortalecía y se confirmaba en el interior del país.

En 1921, a propósito de la NEP, Lenin había dicho: «Bastan de diez a veinte años de buenas relaciones con los campesinos y la victoria está asegurada en el mundo entero, incluso si las relaciones proletarias que se preparan debieran todavía tardar; de lo contrario tendremos de veinte a cuarenta años de tormentos bajo el terror blanco». El terror blanco se instauró mucho antes que los diez o veinte años de Lenin ó de los cincuenta años de los que habla Trotsky, pues las fuerzas que se oponían al establecimiento de «relaciones racionales» con el campesinado eran demasiado potentes como para que fuese posible contenerlas y finalmente vencerlas sólo con los recursos del proletariado ruso. Y eso fue la contrarrevolución estalinista, en la cual el culto del falso "socialismo en un solo país" cubría mal la cruel realidad: acumulación capitalista forzada y masacre de la vieja guardia bolchevique.






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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por proleinternacionalista el Lun Mayo 09, 2011 1:36 am

REVOLUCIÓN EN UN SOLO PAÍS

¡Esta enseñanza básica es vergonzosamente falseada, precisamente por aquellos que la han olvidado, con las más bajas campañas de hoy sobre la posibilidad de paz universal, afirmada por Marx y Lenin como imposible entre estados capitalistas, y a cerca de la posible convivencia y alianza perpetua entre estados burgueses y socialistas!

Con esta amplia referencia de hechos y de datos documentados hemos podido clarificar las distintas fórmulas entre las que se crea la deseada y horrible confusión.

La primera confusión se produce entre la fórmula "socialismo en un solo país" y "socialismo en un país no capitalista", o sea "socialismo solamente en Rusia".

La fórmula marxista es que el socialismo es históricamente posible sobre la base de dos condiciones, ambas necesarias. La primera es que la producción y la distribución se realicen generalmente bajo la forma capitalista y mercantil, o sea, que se haya alcanzado un amplio desarrollo industrial, incluyendo empresas agrícolas, y un mercado nacional general. La segunda es que el proletariado y su partido consigan derrocar el poder burgués y asumir la dictadura.

Dadas estas dos condiciones, no se debe decir que es posible comenzar a construir el socialismo, sino que sus bases económicas ya están construidas, y se puede y debe iniciar inmediatamente la destrucción de las relaciones burguesas de producción y propiedad, so pena de que la contrarrevolución lo impida.

Donde la condición técnica y económica del primer tipo existe con certeza, ningún marxista ha afirmado nunca que la conquista del poder político por parte del partido proletario este condicionada a la simultaneidad en todos los países civilizados, como dice la fórmula estalinista ciegamente, o en un grupo de los mismos. En determinadas condiciones históricas de fuerza del proletariado es admisible la conquista del poder político en un solo país. Y si existe la condición del primer tipo, como se ha dicho, esto quiere decir que comienza enseguida la transformación socialista, como hecho destructivo mas que constructivo, para lo que en la avanzada Europa (y América) desde hace mucho tiempo las fuerzas productivas son suficientes, e incluso excesivas.

Si por el contrario, hablamos de un país en el que falta la primera condición de desarrollo productivo y mercantil, entonces la transformación socialista no será posible. Esto no quiere decir que, en determinadas condiciones históricas y relaciones de fuerza, no sea posible intentar y alcanzar la conquista proletaria del poder político (Octubre rojo) sin programa de transformación socialista hasta que la revolución triunfe en otros países que posean la primera condición, la del desarrollo económico.

Por lo demás, en la situación de un guerra imperialista (como lo era para Europa y Rusia), todo partido proletario debe dirigir la acción derrotista interna, aunque lo haga él solo, y si puede hasta la conquista del poder.

Por lo tanto, la tesis condenada desde el punto de vista marxista no es: También en un solo país es posible la conquista proletaria del poder – y – También en un solo país de pleno capitalismo es posible la transformación socialista. La tesis condenada es que en un solo país no capitalista sea posible, con la conquista del poder político, la transformación socialista.

La falsa tesis estalinista dice: es posible la construcción del socialismo (expresión incorrecta, la correcta sería transformación socialista) incluso en un solo país, atrasado y feudal, como Rusia, sin el apoyo de la transformación socialista de algunos países capitalistas ya desarrollados.

Lenin, como marxista ortodoxo, ha enunciado correctamente la tesis: del derrotismo y del poder en un solo país; de las medidas que "liberan" la transformación socialista del país capitalista avanzado, aun si esto conduce a una guerra, que será la guerra de clase. Con esto no se ha soñado nunca decir o escribir: con el derrotismo de la guerra y la conquista del poder sin la burguesía se puede dar curso en Rusia aisladamente, a la transformación socialista de la economía.

Por el contrario, en las tesis de 1915, corroboradas en los famosos dos artículos contra las ideologías de los Estados Unidos de Europa y contra el rechazo de toda guerra, una vez más está escrito que era lo que sucedía en Rusia, después del derrotismo y la liquidación de la guerra, y después de la conquista del poder: la fundación de una república democrática, en todos los sentidos.
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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por proleinternacionalista el Lun Mayo 09, 2011 1:49 am

¿LAS REVOLUCIONES SIMULTÁNEAS?
La otra cita, a la que se refiere el texto indicado es de un artículo del otoño de 1916: El programa Militar de la Revolución Proletaria en la que se afronta abiertamente la hipótesis de un país capitalista en el que ha vencido el proletariado, que lleva a cabo la guerra contra países que siguen siendo burgueses, induciéndoles a la revolución. Un tema que hemos hecho nuestro otras veces, y que sobre todo está a mil millas de las grandes bufonadas de la "coexistencia pacífica", de la "emulación" y de la "defensa contra la agresión", ya que aquella guerra sería una guerra de clase, de exquisita agresión, y sobre todo de una declaración, no disimulada, al proletariado del mundo, de no esperar nada más, que el momento en el cual fuese posible atacar la fortaleza de la explotación capitalista.

El vulgar truco consiste en pasar de una a otra de estas tesis: conquista del poder político en un solo país – construcción del socialismo en un solo país capitalista, donde se haya conquistado el poder – construcción del socialismo en Rusia únicamente. Y es esto último lo que consideramos que pertenece al reino de los sueños, como los hechos económicos palpables repiten en la segunda parte de este informe.

He aquí el gran bulo, que quiere justificar la nueva teoría (para después pisotearlas, tanto a la nueva como a la vieja).

«Esta teoría difería radicalmente de la concepción difundida entre los marxistas en el período del capitalismo preimperialista, cuando los marxistas consideraban que el socialismo no habría triunfado al mismo tiempo en todos los países civilizados».
Y luego: Lenin destruía etc...
Esta no es más que una fábula fabricada palabra a palabra, de la que Lenin no se ocupó jamás. ¿Quién ha creído nunca en esa historia del socialismo simultáneo en todos los países? Ni los izquierdistas, ni con mayor razón los derechistas del marxismo. Y los países civilizados ¿Cuales habrían sido? Rusia ciertamente no, sino Francia, Inglaterra y América. ¿Y Alemania? Oyendo a los santurrones de 1914, y a los de 1941 y a los de hoy, que para atacar a la comunidad europea de defensa vuelven a levantar ese abusado espectro del alemán en armas ¡Alemania es más salvaje... que el país de los Hotentotes!

Sin embargo, antes de continuar desbaratando el equívoco central que anima toda la narración de la historia proletaria ad usum Kraemlini, es necesario hacer una observación. Este pretendido dualismo entre dos teorías, la vieja y la nueva, una surgida de la situación del capitalismo preimperialista, y seguida, con su táctica correspondiente, por la II Internacional; y la otra que habría sido descubierta e instaurada por Lenin, basada en las experiencias de la fase (etapa) imperialista más reciente, no es únicamente una estimación propia del oportunismo estalinista.

El mismo oportunismo de la II Internacional vivía de una pomposa (y asquerosa) nueva teoría: aquella que se jactaba de haberle hecho justicia a un Marx cuarentaiochesco [de 1848] y catastrofista, autoritario y terrorista, que de hecho había modelado, en vez del brillante e híspido "red terror doctor", el muy honorable parlamentario socialdemócrata con chistera y capa (tales insectos los vemos asimismo en Moscú), despreciando al partido de clase y cortejando a los sindicatos economicistas, pancistas y gradualistas, bomberos de cualquier acción de masas, y finalmente, mezclado con los furores blancos de Vladimiro Ulianov, además de nosotros como últimos idiotas, votante de los créditos para la masacre imperialista. Era la teoría revisionista de Bernstein y sus socios, y cantaba el eterno motivo como las putas; aquellos tiem-pos han pa-sa-do.

Ahora bien, la misma vieja historia de la vieja teoría del s. XIX del barbudo Carlos, y de la nueva teoría de principios del s. XX que osa endosar a Lenin, pero que es patrimonio de un simiesco ejército de mandriles con el culo pelado que osan farfullar su nombre, es propia de muchos grupitos que no se hacen llamar estalinistas, porque no se aperciben de serlo, y que – como tantas veces fustigamos – se dedican a volver a embarrancar la barca de la revolución, que habría embarrancado en dique seco porque no estaban ellos, pobres cercopitecos, para diseñar la nueva teoría, fuertes en aquello que Marx no supo, y Lenin apenas comenzó a deletrear; de tantos grupitos que de vez en cuando en una espantosa "bouillabaise" de doctrinas y de masturbadas lecturas anuncian entregarse a "reconstruir el partido de clase". Dejamos a estos señores en la práctica de sus ejercicios (que fracasan sobre todo en aquel objetivo, al estar acompañado del mísero capricho que les mueve: armar ruido) y volvemos a la manipulación del Kremlin.

¡ABAJO EL DESARME!

La otra aportación a la teoría de la "revolución en un solo país" está sacada por los del concilio de Moscú de otro artículo, del otoño de 1916, que trata otro tema: es decir, echa abajo, como había hecho el otro artículo de 1915 por los Estados Unidos de Europa, otra "consigna" que los elementos de izquierda del movimiento socialista durante la guerra, y en especial los de la Internacional Juvenil socialista, lanzaron en oposición al socialchovinismo: por el desarme. Es un potente ataque contra el pacifismo, coherente con Lenin, coherente a través de decenios con la "vieja teoría" de Marx, inseparable de la desesperada defensa de los marxistas radicales de todas la épocas contra el pietismo filantrópico humanitario de radicales pequeño burgueses, y también de libertarios, contra los puntos de vista gradualistas del reformismo de finales del siglo XIX, que en meadero publico de corporativismo de bonzos y electoralismo democrático quería ahogar la fuerza, la violencia, la dictadura, la guerra entre Estados y la guerra entre las clases, sucia visión que está en las antípodas del marxismo integral y originario, vengado por las admirables manos de los zapateros remendones. Para proponerla de nuevo hoy contra los recogedores de firmas, en la cara a los pregoneros de la cruzada de la plumilla contra el cañón y el misil atómico.

Del artículo El Programa Militar de la Revolución Proletaria, que en nuestras exposiciones (que nada inventan o descubren, sino que solamente vuelven a proponer el material histórico, dotación del movimiento anónimo y eterno, en los cuadros y en los ciclos precisos de su desarrollo) encuentra su justo empleo, he aquí el pasaje que utilizan los ("comunistas") oficiales:

«El desarrollo del capitalismo tiene lugar en los distintos países de forma extremadamente desigual. Y no podría ser de otro modo en un régimen de producción mercantil [¡Aplica et fac saponem!...]. De aquí la inevitable conclusión: el socialismo no puede vencer simultáneamente en todos [cursivas de Lenin] los países. Vencerá primeramente en uno o en alguno de ellos, mientras los otros seguirán siendo durante un cierto período de tiempo, países burgueses o preburgueses. Este hecho provocará no sólo fricciones, sino también la tendencia abierta de la burguesía de los otros países a aplastar al proletariado victorioso del Estado socialista. En tales casos, la guerra por parte nuestra sería legitima y justa. Sería una guerra por el socialismo, por la emancipación de los otros pueblos de la opresión de la burguesía».
Todo el pasaje es oro colado. Pero también lo son las frases que le preceden:
«La victoria del socialismo en un solo país no excluye de ningún modo, ni de golpe, todas la guerras. Por el contrario, las presupone».
¡Muy distinto a pretender, como hacen los estalinistas, estar en un país socialista, y por eso preparar la paz universal! están en un país burgués, su pacifismo es farisaico, no menos que el burgués anti-1914, luego anti-1939, y hoy anti-tercera guerra mundial (¿1970?). Tendrá el mismo final.
Y luego están las frases inmediatamente sucesivas:

«Engels tenía perfectamente razón cuando, en su carta a Kautsky del 12 de septiembre de 1882, reconocía categóricamente la posibilidad de "guerras defensivas" del socialismo ya victorioso: El aludía precisamente a la defensa del proletariado victorioso contra la burguesía de los otros países».
¡Pobres monaguillos!
Precisamente en los escritos a los que recurren para mostrarnos a un Lenin que alumbre la nueva teoría, éste, con la claridad habitual en el desarrollo del razonamiento muestra que todo lo que el está diciendo ya era bien notorio para los marxistas "del segundo período preimperialista"; o sea 38 años antes; y ciertamente no le era conocido a Engels porque lo hubiese soñado aquella noche otoñal, sino porque se refería al ABC del marxismo parido por la historia en los años 40 del siglo XIX.

A nosotros nos interesa el encuadramiento histórico y toda la construcción del artículo. No pudiendo reproducirlo totalmente, damos el poderoso esqueleto.


EXUBERANCIAS JUVENILES

Lenin había sido atacado por las tesis de Grimm en la Jugend-Internationale [Internacional Juvenil]. En los programas mínimos de los viejos partidos estaba insertado el precepto: milicia del pueblo, armamento del pueblo. La guerra había puesto de actualidad este problema: es conocido que los sindicatos anarcoides defendían la tesis "rechazo al servicio militar": su portavoz en el congreso internacional de Stuttgart en 1907 había sido Hervé, que había defendido la justa tesis de la huelga general con un discurso teóricamente inconexo (opinión del mismo Lenin). Ahora bien, los jóvenes marxistas de izquierda proponían la sustitución de la frase: armamento del pueblo, por: desarme. Lenin se opuso.

Queremos recordar que también en la juventud socialista italiana de aquellos años fue discutido a fondo y no solo teóricamente, sino también en famosos procesos el problema antimilitarista. Condenándose como puramente burguesa la posición individualista idealista: yo estoy contra el derramamiento de sangre y no cojo el fusil. Cuando la cuestión versaba sobre la entrada de Italia en la guerra, afirmamos que llamándonos neutralistas se presentaba mal nuestra posición revolucionaria: nosotros no nos planteábamos como meta la "neutralidad" del Estado burgués, y tampoco su tarea de mediador, y de defensor de la absurda idea: desarme universal, tanto burgués como individual. En paz o en guerra dijimos (para nuestra vergüenza, a Lenin ni siquiera le conocíamos): Somos enemigos del Estado burgués: después de la movilización, cualquiera que puedan ser nuestras fuerzas, no les ofreceremos neutralidad, no desarmaremos la lucha de clase, intentaremos vencerlo.

Mis bravos jóvenes, dice Lenin, vosotros queréis reivindicar el desarme total porque esta es la más clara, decidida y consecuente expresión de la lucha contra cualquier militarismo y cualquier guerra. Pero es aquí donde os equivocáis. Esta premisa es idealista, metafísica, no tiene nada que ver con nosotros: estar contra la guerra para nosotros es un punto de llegada fundamental, pero no un punto de partida. La misma abolición de la guerra no es una consigna nuestra. La guerra es uno de los hechos históricos que señalan las etapas del ciclo capitalista en su ascensión y caída: abolir la guerra por fortuna no quiere decir nada, si no quisiera decir parar aquel ciclo antes de que llegue la solución revolucionaria. Pero estas son frases nuestras. Lenin va – tal vez un poco lejos – a lo concreto. Explica en que casos no estamos contra la guerra.

En primer lugar expone las guerras revolucionarias burguesas apoyadas por los marxistas. Recomendamos nuestras amplias exposiciones sobre el tema. La tesis de que en el área europea tales guerras acabaron en 1871, cuando Marx lo sentenció con la fórmula "ahora ya todos los ejércitos nacionales están confederados contra el proletariado", es sustituida por Grimm por otra "evidentemente falsa": en esta época de desenfrenado imperialismo ya no es posible ninguna guerra nacional. Lenin habría firmado la tesis si se hubiesen añadido estas palabras: en el área europea, entre potencias europeas, abofeteando proféticamente la "liberación nacional" francesa o italiana apologizada en 1945. Pero aquí contrapone la plena posibilidad – aún actual – de guerras nacionales extraeuropeas, en Asia y en Oriente.

En segundo lugar, las guerras civiles son guerras y sólo acabarán cuando desaparezca la división de la sociedad en clases. Otra sacudida contra la celebre "cualquier" guerra.

Finalmente Lenin cita la guerra revolucionaria no ya burguesa, sino socialista de mañana. Tres tipos, pues, de guerras justas, o sea, que nosotros podemos o debemos apoyar. Según Lenin, esta es la formulación justa:

«la consigna y la aceptación de la defensa de la patria en la guerra imperialista de 1914-16, solamente son una forma de corrupción del movimiento obrero mediante la mentira burguesa».
Esta respuesta, dice Lenin, golpea a los oportunistas más que toda consigna platónica por el desarme o contra toda defensa de la patria. Y propone añadir que ahora ya cualquier guerra de las siguientes potencias: Inglaterra, Francia, Alemania, Austria, Rusia, Italia, Japón y EEUU no puede dejar de ser reaccionaria, y que en esa guerra el proletariado debe trabajar por la derrota de "su" gobierno, aprovechándola para desencadenar la insurrección revolucionaria.
Esta teoría está encarnada en el enraizado antipacifismo de Marx y Engels. ¿Cuál sería la teoría nueva, estalinistas? ¿Quizás la época del pleno imperialismo se había cerrado en 1939? ¿Y se debía por el contrario defender la patria primero en Alemania y Austria, jodiéndola en otras partes – luego en Francia, Inglaterra, Italia, para salvarlas de Alemania? Evidentemente aquí se necesita la tercera teoría, luego la cuarta y así sucesivamente sin final; pero siempre gira aquel disco que tanto os gusta: los ti-em-pos han cam-bia-do...

Mas es el oportunismo el que corrompe siempre del mismo modo.

VICTORIA EN UN SOLO PAÍS

No ha sido una disgresión inútil – aunque haya sido una repetición de conceptos ya expuestos, no obstante y sobre todo para martillear con el fin de dejar muy claro que la teoría de la guerra y de la paz es fija e inmutable desde hace más de cien años – aquella sobre la consideración de la guerra general que estalló en 1914, ya que está unida estrechamente al tema histórico de la revolución rusa, como se dijo en la introducción.

Clarificados los dos textos de Lenin encargados de la condena de dos aversiones históricas: los Estados Unidos de Europa y el desarme europeo y mundial, volvemos al punto que han tratado de distorsionar los estalinistas: la revolución en un solo país.

Nuestros textos se deben leer pensando que no nacieron para ir a rellenar un cierto vacío en una estantería de la biblioteca, añadiendo un capítulo en abstracto, para una materia y disciplinas abstractas, sino en lo vivo de una polémica que era la infraestructura histórica de una batalla real de fuerzas e intereses opuestos. Aquí estamos en lo vivo del choque entre Lenin y los fautores de las guerras. Es necesario seguir el nutrido diálogo que pronto se convertirá en una lucha con las armas en la mano sobre los más diversos frentes.

Los marxistas revolucionarios dicen: en ningún país puede ser apoyada esta guerra, ninguna defensa de la guerra, sino en todos los países sabotaje de la guerra y también de la defensa de la patria.

Los oportunistas e incluso los más peligrosos centristas responden hipócritamente: Estamos preparados para hacerlo. Pero con la condición de que con certeza matemática, al mismo tiempo que nosotros paramos el ejército de nuestro Estado; también este parado el otro. Si esta garantía falta, no haríamos más que defender la guerra del enemigo.

Está claro que tal objeción aparentemente lógica, entendida como lo son todas las tesis populares de los actuales desventurados activistas que se dirigen al proletariado, contiene la bancarrota de la revolución. Así por ejemplo, en la guerra con Austria se consiguió impedir, con esfuerzos sobrehumanos, que los parlamentarios socialistas italianos votasen los créditos de guerra, pero cuando tuvo lugar el desmoronamiento de Caporetto, solo en el momento que los burgueses nos hicieron el honor de atribuirlo a nuestra propaganda (¿Cómo trataría tal problema histórico un Togliatti? ¿Diría que es una infamia hacer hundirse al Veneto, gloria para Sicilia? Tanto es así, que por su obra nada se desmoronó), nuestros honorables querían lanzarse a votar los fondos para la defensa en el Grappa, e invocar la vía de alemanes y franceses de 1914. No se puede decir si estuvo bien o mal el haberlo impedido: lo cierto es que se reveló con meridiana claridad la peste oportunista, que sucesivamente se debió tratar con hierro candente.

No era Lenin un tipo que se echase atrás ante tal argumento. solo un imbécil no esta en condiciones de entender que es lo que se necesita para que todo partido revolucionario sabotee la guerra del propio Estado, dijo repetidamente. En verdad nuestra consigna era precisamente la más difícil y la menos banal, y el devenir ha enseñado mucho sobre este punto, sobre la imposibilidad de proceder siempre con frases cristalinas, y sobre la auténtica gloria de la "oscuridad revolucionaria" en la que mantenemos al gran Carlos como maestro.

De cualquier modo, Lenin se muestra aquí irreductible y él mismo escribe en sus duras demostraciones el inequívoco título: contracorriente.

La historia no quiso que él, en su grandeza, viese venir el peligro obsceno de volver a caer impotentes en el legamoso fondo de la corriente, que a todos nosotros nos parecía invertida pero que desgraciadamente no lo estaba.

Es necesario sabotear la guerra desde uno y desde el otro lado del frente SIN la condición de que el sabotaje sea de fuerzas parejas, sin preocuparse de que la otra parte sea por ventura inexistente. Es necesario igualmente, en tal situación, con un ejército enemigo que traspasa el desguarnecido frente, tratar de liquidar a la propia burguesía, al propio Estado, de tomar el poder, de instaurar la dictadura del proletariado.

Paralelamente, con la "confraternización", con la agitación internacional, con todos los medios a disposición del poder victorioso, se provocará el movimiento de rebelión en el país enemigo.

Para el centrismo, la respuesta es fácil: Pero si tal movimiento a pesar de todo fracasa, el Estado y el ejército enemigos siguen siendo eficientes, y vienen a ocupar el país revolucionario para derrocar al Estado del proletariado ¿Que haréis?

Lenin tuvo para esto dos respuestas: una está en la historia de la Comuna, que no habría dudado, pudiendo derrotar a la pandilla de esbirros burgueses de Francia, en recibir a cañonazos también a los prusianos, pero en ningún caso habría arriado la bandera roja de la revolución. La otra respuesta a los consortes apologistas de la guerra burguesa, imperialista y contrarrevolucionaria, fue precisamente: La guerra. Nuestra guerra, la guerra revolucionaria, la guerra socialista.

¿Entonces contra el mismo enemigo? ¿Entonces, la misma guerra que defendemos nosotros? sonríe maliciosamente el filisteo contradictor. No, porque la nueva guerra es una guerra de clase, porque no está dirigida conjuntamente con el Estado burgués y su estado mayor, ya derrotados; porque la suya no será la victoria de una coalición imperialista, sino de la revolución mundial.







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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por proleinternacionalista el Lun Mayo 09, 2011 2:01 am

Para los que no conozcan como se llevo el debate sobre "el socialismo en un solo país" en el plano internacional, un texto monumental prometido en otro hilo aquí esta la deuda pagada.

La lucha interna en el partido ruso

La historia no le entra al hombre por la cabeza, ni por tal vía le conduce a actuar, aunque el pobrecito se ilusione creyendo que es él quien la manipula a ella. Es por esto que, en el saborear y digerir las lecciones históricas, cada pobrecito de nosotros no puede resistir al prurito de cambiar lo que fue el inexorable acontecimiento, y sólo después de repetidas masticaduras y rumiaduras consigue sacar lo construido de aquello que fue, porque así debía ser.

Los aplastantes acontecimientos del drama social no son como algunas producciones de Pirandelo y algunos films producidos para el comercio, que tienen el doble final, de modo que, en las filas del público, el histerismo de las niñas y de los niños peras e incluso maduros, puede elegir lo que le hace vibrar mejor.

Por tanto, no tiene mucho sentido el preguntarse «cómo se habría debido hacer» para impedir que Stalin, que el estalinismo, hubiesen vencido la partida; y que el partido que había vencido con la revolución de Octubre, el Estado que había fundado, tuviesen el miserable final que hemos demostrado en todo el curso.

La impresión es tan dura que hoy, hasta los apologistas acérrimos de aquella solución, que la historia ha archivado, han sido obligados a no poder seguir diciendo que todo había ido lo mejor posible en la mejor de las revoluciones posibles, que una constelación de errores, de ignominias, de difamaciones, de inútiles y alucinantes estragos se ha concatenado al proceso de los hechos.

Si más razonablemente nos preguntamos por las causas que han influido en las diversas vías que el movimiento en aquel entonces ha tomado, podemos ante todo distinguir. la principal en la derrota del proletariado de los países occidentales que, repetidamente batido, mostró claramente no estar en condiciones de vencer en la lucha por el poder. Europa había entrado ya, desde hacía varios años, en una situación desfavorable para todos los partidos comunistas, y el poder burgués se había consolidado en todas partes después del difícil período de la posguerra, habiendo recogido la alternativa entre la dictadura obrera y la capitalista, empleando sin vacilar los medios de represión, a los que claramente cualquier país sin excepción habría recurrido en la emergencia de evitar un poder comunista, y sin excepciones.

Con el estancamiento de la revolución en el extranjero, el problema de la revolución rusa mostraba todas sus dificultades, para entenderlas no es necesario en efecto modificar en absoluto la segura visión sostenida por Lenin en las largas etapas que otras veces hemos descrito. Aquella estaba a caballo sobre dos fuerzas en las que una, la proletaria, estaba todavía minorada cuantitativamente por la descomposición de la industria después de la guerra nacional y civil, la otra, enorme cuantitativamente, la campesina, se sabía que cualitativamente tenía eficiencia revolucionaria sólo en una fase pasajera, mientras tuviesen que desarrollar postulados no socialistas, sino postulados propios de una revolución burguesa extrema: revolución sí, pero burguesa. Siempre se había dicho (y hemos probado cuándo y cómo) que, en la fase ulterior, el aliado se habría transformado necesariamente en enemigo. El campesinado interno como aliado no podía sustituir al aliado natural de la revolución bolchevique, o sea, a la clase obrera del exterior: era un sustituto inferior, y eficiente sólo en el plazo que permitiese recobrar un respiro, para devolver la preponderancia de masa a los proletarios auténticos.

El gran choque de 1926

Estaba claro que, para sostener la energía proletaria en las ciudades, hacía falta reconstruir la industria y aumentarla: esto estaba claro desde antes de la muerte de Lenin, que nosotros no alineamos de ningún modo entre las «causas» de lo que sobrevino. En esto todos estaban de acuerdo. Pero en el campo se estaba obligado, en substancia, si se quería tener la ayuda de los campesinos en la guerra civil y en la economía general, a no proceder en la dirección de una proletarización rural. Lenin había admitido duramente haber tenido que apoyarse en el programa de los socialistas revolucionarios, batidos por el bolchevismo en doctrina y en los campos de batalla social. En efecto se debió actuar de modo que aumentó el número de los trabajadores agrícolas que tenían a disposición personal y familiar tierra cultivada disponiendo del producto. De esto brotó el enorme poder revolucionario de la quebrada disposición del producto por parte de los señores terratenientes, semifeudales y semiburgueses, y sin esta separación de fuerzas no se habría vencido en la guerra civil: no hay lugar para arrepentimientos. Como hemos demostrado y vamos demostrando, escaso remedio es la teórica declaración de que la tierra fue nacionalizada, propiedad del Estado obrero, porque no es la propiedad jurídica sino la gestión económica la que con sus constantes relaciones provoca los reflejos sociales de la actividad política y combativa.

Ni Lenin había callado nunca que, una vez batidas las incursiones capitalistas con las armas en la mano, para acelerar la reconstrucción industrial, oxígeno de vida revolucionaria, era necesario obtener de la industria extranjera, maquinaria, expertos técnicos, y finalmente capitales en varias formas, que no se podían obtener sin la oferta de contrapartidas (concesiones), que no podía consistir en otra cosa más que en fuerza de trabajo interna, y materias primas internas.

La parte sana y proletaria, la izquierda (para expresarnos con brevedad), la izquierda del partido ruso fiel a las tradiciones de clase, planteó la cuestión en los discursos ya citados (y leídos en citas sugestivas en la reunión a la que nos hemos referido) de Zinóviev, Trotski, Kámenev (también éste particularmente decidido, explicito y valientísimo, contra los aullidos de rabia de la reunión), ante la sesión de diciembre de 1926 del Ejecutivo Ampliado de la Internacional Comunista, como ya sucedió en la XV Conferencia del partido ruso en noviembre.

Con decisivas citas sobre el argumento de la revolución internacional (especialmente concluyentes en el discurso de Zinóviev), estos grandes compañeros nuestros probaron que, hasta la victoria de la dictadura obrera en al menos algunos de los países capitalistas desarrollados, la revolución rusa no podía más que permanecer, en un plazo más o menos largo, en la fase de tareas transitorias. Y esto no sólo en el sentido en que iba rechazada la fórmula de Stalin de «construcción del socialismo en un solo país», sino, y peor aún, en un país como Rusia. En efecto, con el retraso de la Europa proletaria no sólo no podía aparecer en Rusia una sociedad, una forma de producción socialista, sino que incluso las relaciones de clase no habrían podido ser las de una dictadura proletaria pura, o sea, dirigida contra toda clase superviviente, burguesa y semiburguesa. Tarea del Estado proletario y comunista habría sido la de edificar un capitalismo industrial de Estado, indispensable incluso para los fines de la defensa armada del territorio, y la de conducir en la agricultura una política social apta para asegurar a las ciudades los géneros de primera necesidad y para desarrollar, luchando contra el peligro de una acumulación capitalista rural, hacia una industria agraria de Estado, que estaba todavía en los primeros albores.

En el «Diálogo con los muertos», el centro del debate esta asi resumido:
«Particularmente vigorosa fue la contrademostración de Trotski, Zinóviev y Kámenev, que repetimos, es aún hoy, digna de un cuidadoso estudio. Ellos declaran de modo incontrovertible la doctrina de Marx y Lenin sobre aquellos puntos: aquí la recordamos sin más.»

«1. El capitalismo aparece y se desarrolla en el mundo con tiempos y ritmos desiguales. 2. Sucede otro tanto para la formación de la clase proletaria y su fuerza política y revolucionaria. 3. La conquista del poder político por parte del proletariado no solamente puede llegar en un sólo país, sino también en uno menos desarrollado que otro, en los que se mantenga el poder capitalista. 4. La presencia política proletaria ya llegó, acelera al máximo la lucha revolucionaria en todos los otros. 5. En la fase ascendente de esta lucha revolucionaria es posible que intervengan en la defensa y en la ofensiva de las fuerzas armadas de los Estados proletarios. 6. Cuando las guerras civiles y estatales proletarias sestean, un sólo país puede completar solo los pasos permitidos por el desarrollo económico que en él se haya alcanzado «en la dirección» del socialismo. 7. Si se tratase de uno de los grandes países más avanzados, antes de su plena transformación económica socialista, en doctrina no imposible, tendría lugar la guerra civil y estatal general. 8. Si se trata, como para Rusia, de un país recién salido del feudalismo, este país con la victoria política proletaria no podrá dar otros pasos más que poner las «bases» del socialismo, lo que quiere decir una progresiva y fuerte industrialización; definiendo su programa como una espera trabajando por la revolución política exterior y como una construcción económica de capitalismo de estado con base material».

«Sin la revolución mundial, el socialismo en Rusia era entonces como hoy imposible».

Los «cincuenta años» de Trotski


No sólo insistimos ahora sobre la alta misión revolucionaria del truncado discurso de Trotski, el cual mostró con magnífica claridad como el desarrollarse de la primordial economía rusa hacia formas más modernas habría hecho cada vez más tremendas las influencias económicas y políticas del capitalismo mundial, y esto habría constituido una amenaza siempre capaz de atentar contra la vida misma de la Rusia roja, hasta que su proletariado no le hubiese batido en algunos frentes.

Insistimos aquí una vez más sobre el hecho ya consolidado de que en los discursos de Bujarin y de Stalin (fuera de las protestas de los diversos chapuceros centristas), ensalzando como posible el advenimiento del socialismo integral en una Rusia cercada por el mundo burgués, no se excluyó en absoluto, sino por el contrario se consideró segura en la previsión de la doctrina de Lenin, una guerra mortífera entre la Rusia socialista y el occidente burgués, y se estableció la línea a seguir en tal guerra, apuntando hacia la revolución mundial: guerra de clases y de Estados, a la que Stalin ha hecho referencia después, tanto en el umbral de la II guerra imperialista de 1939, como en su «testamento» de 1953, que el XX Congreso ha arrojado con todo lo demás al basurero.

Trotski y los otros mostraron sin dudar (ver en particular a Kámenev) que la jactancia de construir socialismo no era más que el retorno al peor oportunismo, y que quien hubiese levantado tal bandera (Stalin y anti-estalinistas de hoy) habría acabado de hecho en los brazos del capitalismo imperialista, como sucedió. Puestos ante la pregunta insidiosa de que «habría hecho» en el caso de una larga estabilización del capitalismo, respondieron que en aquella viril y no hipócrita posición podía el partido, aún admitiendo dirigir, con el propio Estado político, una economía todavía capitalista y mercantil, resistir sobre la trinchera de la revolución comunista incluso decenios y decenios.

A algún compañero le había parecido que un término similar hubiese sido formulado por Lenin en sólo veinte años, y esto a propósito de nuestra aceptación de los cincuenta años de Trotski que conducen a 1976, fecha aproximada a la que nosotros atribuimos el posible ádvenimiento de la próxima gran crisis general del sistema capitalista en el mundo, o bien la III horrenda guerra imperialista. Por tanto fue necesario aportar las citas relativas a dicha cuestión. No es grave que el revolucionario vea la revolución más próxima de lo que está: nuestra escuela la ha esperado ya tantas veces, 1848, 1870 y 1919. Visiones deformadas la han esperado en 1945. Es grave cuando el revolucionario pone un término para obtener la prueba histórica: jamás el oportunismo ha tenido otro origen, jamás ha conducido de otro modo sus campañas de sofistificación, de las que la del socialismo en Rusia es la más venenosa.

Trotski había hablado en la XV Conferencia del Partido Comunista Bolchevique, defendiendo las tesis de la oposición. En la sesión del Ejecutivo Ampliado, Stalin respondió a su discurso de entonces. Trotski había llegado en su réplica a este punto - observando que, si alguna vez hubiese sido verdadera la alternativa planteada por Stalin en su discurso contra la oposición
(«o nosotros podemos construir el socialismo llevándolo hasta el final, en definitiva, la construcción venciendo a nuestra burguesía nacional - y entonces el partido tiene la obligación de mantenerse en el poder y dirigir la construcción socialista del país en nombre de la victoria del socialismo en el mundo entero; o bien, nosotros no estamos en condiciones de vencer a nuestra burguesía con nuestras fuerzas - y entonces, teniendo en cuenta que nos falta el apoyo inmediato del exterior, el apoyo de la revolución victoriosa en los otros países, debemos honesta y abiertamente abandonar el poder, apuntando hacia la organización de una nueva y futura revolución en la URSS»),
tal conclusión derrotista se le habría debido imputar a todo el partido (comprendido Stalin hasta 1924), a toda la Internacional y en particular a Lenin, habiendo sido siempre «verdad elemental» para todos el lazo indisoluble entre «pasaje de Rusia al socialismo» y revolución mundial - cuando le fue retirada despiadadamente la palabra. Estamos obligados a volver a encontrar la tesis de Trotski en las palabras de su adversario.

La posición de Stalin


Stalin, en aquella ocasión, como sabemos, atenuó la tesis económica (prueba de qué ésta ha sido desde el inicio un postizo demagógico) diciendo - aún desmintiéndose repetidamente - que su fórmula de construcción del socialismo significaba la victoria sobre la burguesía y la sucesiva edificación de las bases económicas del socialismo. Los adversarios probaron con exceso cuán obligado estaba él, por la prueba aplastante de que su fórmula no está en Lenin y ni siquiera en el mismo Stalin u otros antes de 1924, hipócrita y disfrazado (hoy podemos decir) de molotovismo.

Stalin prefirió entonces, como era su costumbre, ponerse a difamar al contradictor con argumentos tan banales cuanto de fácil efecto sobre el público: los opositores no sólo no creían en el socialismo en Rusia, sino ni siquiera en la revolución no lejana en los países capitalistas, por lo tanto eran pesimistas y liquidadores; estos querían admitir un desarrollo capitalista en Rusia, y por lo tanto simpatizaban con el capitalismo extranjero.

Un Trotski no podía responderlo como un bufón. Como gran dialéctico dijo que habría creído y luchado por la revolución europea incluso en un futuro cercano; pero que si esta no hubiese estallado o no hubiese prevalecido, la Rusia bolchevique podía resistir sin falsificar tradiciones, doctrina y programa revolucionario, incluso cincuenta años.

Desde la reunión de Génova nosotros pusimos de relieve, entre las risotadas del auditorio, que entre los fieros estigmatizadores del «pesimismo» de Trotski hacia la revolución estuvo entonces, entre otros fariseos, Ercoli, que garantizó una revolución cercanísima; allí donde Ercoli no es más que Togliatti y allí donde ya el año pasado, pero con un aplatanamiento más charro que hoy, después de haber escupido incluso sobre Stalin, hizo y hace planes históricos constitucionales y legalitarios en el seno de la república italiana actual y en colaboración con la democracia negra con plazos ultracincuentenales a partir de hoy, ¿qué podemos decir? ¡asegura al unísono con la banda de Moscú, al mundo burgués, una ilimitada existencia, en la pacífica y emulativa coexistencia!

Así que citemos a Trotski, por boca de Stalin:
«La sexta cuestión concierne al problema de las perspectivas de la revolución proletaria. El compañero Trotski ha dicho en su discurso a la XV Conferencia del partido: «Lenin consideraba que en veinte años no habríamos podido construir el socialismo de ningún modo; dado el atraso de nuestro país, no lo construiremos ni siquiera en treinta años. Pongamos 30-50 años como máximo». Debo decir, compañeros, que esta perspectiva imaginada por Trotski no tiene nada en común con la perspectiva del compañero Lenin sobre la revolución en la URSS. Y un poco más adelante él mismo comienza a polemizar con esta perspectiva. Es su problema» (Stalin, Opere Complete, vol. IX p. 53-54, la cita anterior p. 34-36).

Es evidente que Trotski no se había contradicho, sino que había auspiciado ante todo una rápida revolución exterior. Había añadido después que el retraso de ésta no prohibía al Partido tener su posición integral, sin la tonta alternativa de Stalin: pongamos en práctica enseguida el programa máximo socialista, o dejamos el poder, volviendo a la oposición, persiguiendo una nueva revolución.

Trotski había destruido la insidiosa alternativa con la autoridad de Lenin que, aún habiendo siempre y a cada instante declarado que la transformación social rusa habría podido proceder rápidamente después de la revolución obrera europea, e incluso sólo alemana, había formulado la clara eventualidad de la sola Rusia, y previsto el tiempo que necesitaría en decenios y decenios, ¡no para construir el socialismo, sino para cosas todavía mucho menores y preliminares!
[«Lenin habla de 10-20 años de buenas relaciones entre proletariado y campesinos. Esto significa que, según Lenin, de aquí a veinte años nosotros no habremos edificado el socialismo. ¿Por qué? Porque por socialismo se debe entender un régimen en el que no existe ni proletariado ni campesinado, en el que no existen clases. El socialismo hace desaparecer el antagonismo entre campo y ciudad (...) y de esta meta, nosotros estamos aún muy alejados. Podemos estar orgullosos con los resultados obtenidos, pero no tenemos derecho a falsificar la perspectiva histórica. El nuestro no es un verdadero y propio desarrollo de la sociedad socialista: no son más que los primeros pasos serios sobre el inmenso puente que une el capitalismo al socialismo» (Trotski, discurso a la XV Conferencia, n° especial de los «Cahiers du Bolchévisme», 20 de diciembre de 1926, p. 2.258, 2.262),
puente que el proletariado ruso habría podido recorrer enteramente solo «cogido de la mano» con sus hermanos de más allá de las fronteras].

No pudimos leer en la reunión todo el discurso expuesto en la XV Conferencia, limitándonos a ofrecer como prueba el pasaje de Lenin, en cuanto que es el mismo Stalin quien lo cita un poco después.


Los «veinte años» de Lenin


He aquí las palabras de Lenin, como están taquigrafiadas en el discurso de Stalin del 2 de diciembre de 1926, que no es necesario ir a buscarlas en el texto de origen, por lo elocuentes que son, y de importancia colosal para disipar dudas a cualquiera. Corresponde al volumen IV p. 374 de las Obras Completas en ruso de Stalin:
«Diez, veinte años de buenas relaciones con los campesinos y la victoria está asegurada a escala mundial (incluso con un retraso de las revoluciones proletarias que maduran); de otro modo, veinte o cuarenta años de sufrimiento bajo el terror de los guardias blancos».

Aquí le rogamos a Stalin que se retire a un lado con la risible glosa que pone a continuación, aún no queriendo ni por ensueño ser tan villanos como los del XX Congreso, como prueba el hecho de que no hayamos retirado sus textos fuera del archivo. En efecto, Stalin deduce que los veinte años son un lapso de tiempo para hacer todo el socialismo. ¡Oh, qué Nenni!

Lenin dice esto. Son necesarias buenas relaciones con los campesinos y muy a largo plazo. No obsta a esto el hecho manifiesto de que cuando hay campesinos, relaciones con los campesinos, y peor aún relaciones buenas, no existe ni el socialismo ni su base completa. Pero mientras tanto, es la única vía para resistir, con el apoyo armado de los campesinos, respetados en sus intereses burgueses, a los conatos del mundo capitalista cercadores y agresores, no derrotados todavía por la revolución occidental.

No se puede hacer otra cosa, y si se tuviese escrúpulos doctrinales o sentimentales de abrazos con el campesinado, destinado (citamos cien pasajes de Lenin a propósito) a futura tarea contrarrevolucionaria, nuestras fuerzas armadas serían abatidas por la reacción burguesa y zarista y nos tragaríamos los 40 años de terror blanco.

Pasados veinte años, Lenin admite que entonces el enemigo armado externo e interno ya no será el peligro número uno. Entonces, dice Stalin¡He aquí el socialismo hecho! Pero no, desgraciado ídolo hoy quebrado: entonces se pasa a otra fase que ni siquiera - siempre en la hipótesis del retraso revolucionario occidental - puede llamarse socialismo. Se denuncia toda buena relación con los campesinos, se ponen, como compañeros de la dictadura, bajo la dictadura, y sobre la base de la potente industria urbana de Estado, se inicia una nueva fase de capitalismo de Estado total, también en la agricultura. En otras palabras, también los campesinos empresarios son expropiados y convertidos en auténticos proletarios. Lo que las noticias de la «Associated Press» atribuían a propósitos actuales del régimen soviético: en teoría es justo, porque los cuarenta años han pasado: ¡pero aquel poder ya está desclasado y es burgués, y tampoco la estatización burguesa de la agricultura ya es facultad suya!

La perspectiva de Lenin es, como siempre, imponente de fuerza y de coraje. Se liga a la antigua previsión: dictadura democrática del proletariado y de los campesinos. O sea, declara: si no viene la revolución de Europa, nosotros no veremos en Rusia el socialismo. No por esto abandonaremos el poder, no por esto diremos, con una fórmula tan descaradamente menchevique de 1903 cuanto estalinista de 1926 (¡puramente polémica!):
«burguesía, gobierna pues, y nosotros como buenos chicos pasamos a la oposición»;
pero seguiremos nuestra luminosa vía: algunos decenios aliados con los campesinos (que, si se subleva antes el aliado obrero exterior los arrojaremos al río en cuarta velocidad) y lucha dirigida por el proletariado contra las revueltas en el nuevo Estado, contra los ataques del exterior, y para echar las bases industriales del futuro socialismo. Luego, después de esta primera fase transitoria pero sin otras revoluciones políticas, fase del capitalismo de Estado total, urbano y rural. De este clásico y último peldaño de Lenin al socialismo (no mercantil, más allá del enigma del «intercambio» entre industria y agricultura, reducido a la obvia colaboración de dos ramas industriales, en el plano general y social) se ascenderá un día al lado de los trabajadores victoriosos de toda Europa.

Y de aquí el centelleante corolario de León Trotski: ¡aún después de 50 años, si hace falta, porque ni siquiera la mitad de un siglo nos verá jamás, si no es derrotado con las armas en la mano, abdicar el poder conquistado por una generación de mártires proletarios - y campesinos -, o dar el paso todavía más vil de arriar la bandera de la dictadura y del comunismo!

Como sucede hoy, clavado en la vergüenza el mismo Stalin con la deshonrada oferta de paz al capitalismo universal.

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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por nestor rojo el Miér Sep 21, 2011 4:01 pm

La revolucion deve comenzar por un pais es ilogico que trosky diga que stalin se estava equivocando por que el socialismo esta en un solo pais si hubiera sido al contrario en varios paises el capitalismo hubiera atacado al a URSS y lo pudo a ver vencido facilmente ya que no seria un territorio estable lenin apoya al centralismo en gran parte (estado y revolucion) pero teniendo como principio el socialismo mundial para llegar alcomunismo toca comenzar dando el primer paso que es el socialismo en un solo pais y despues los otros paises seguiran su ejemplo dando asi mas revoluciones a nivel Marxista - leninista

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Re: Lenin y el socialismo en un solo país, por Carlos Hermida

Mensaje por pedrocasca el Lun Dic 03, 2012 12:55 pm

El texto de Carlos Hermida Revillas titulado Lenin y el Socialismo en un sólo país, se puede leer y descargar desde el enlace:

https://docs.google.com/open?id=0Bxt2cCbEW57vYjUzalFqUGlidVE



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