La lección TROTSKY (Extracto de "Balance de una revolución" Al margen del cincuentenario de Octubre 1917)

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Mensaje por proleinternacionalista el Sáb Mar 26, 2011 12:23 pm

La "lección" de Trotsky


Contrariamente a todas las corrientes estudiadas con anterioridad, la que lleva el nombre de "trotskismo" tiene un origen comunista lejano en la Oposición de Izquierda que a partir de 1923 conduce contra el oportunismo surgido en el partido bolchevique, una lucha desigual que terminaría en su derrota política y su destrucción física en los años 1927 a 1938. Hoy, es decir, treinta o mas bien cuarenta años después de esta terrible derrota, este origen se ha hecho irreconocible en el movimiento que continuaría llevando el nombre del dirigente de la Oposición, Leon Trotsky, teórico de la Revolución permanente, fundador del Ejército Rojo, combatiente vencido tras luchas por el «enderezamiento» de la Internacional Comunista, del poder soviético y del partido bolchevique y, finalmente, fundador equivocado de lo que el creyó la IV Internacional. Sin doctrina y sin lazos con la clase obrera, el "trotskismo" de hoy se reduce a un amasijo de pequeñas sectas en las que sus posiciones se contradicen entre sí en mil puntos (y además algunas se preocupan muy poco de cuestiones teóricas), pero que poco o mucho comparten esta curiosa posición, que se engloba dentro de los mas extraños productos de la ausencia de principios y del empirismo, según la cual la URSS y su bloque serían socialistas, pero necesitarían una revolución política destinada a restablecer la democracia obrera.

La "lección" que surgiría de esta incómoda plataforma, si al menos el "trotskismo" se atreviese a formular generalizaciones teóricas, podría formularse así: la nacionalización de los medios de producción por el Partido del proletariado al poder definitivo conduce a un régimen socialista en tanto que dicha nacionalización queda en vigor. Pero este socialismo no es completo en tanto no viene acompañado de la democracia política y de la «participación obrera» en los «asuntos económicos» del poder. Todo lo que subsiste del comunismo aquí es la idea la necesidad de la Revolución violenta, pero por lo demás es un retorno a las dos desviaciones estudiadas con anterioridad: el socialdemocratismo y el «socialismo de empresa». Esta idea permanece tan nebulosa que, con sus cuarenta años de existencia, el "trotskismo" no ha sabido trazar la más mínima línea de conducta no sólo firme, sino simplemente sensata para reorganizar a las fuerzas revolucionarias.

No puede negarse que existe dentro de este monstruo doctrinal por una parte esta curiosidad de la historia que causará asombro a las futuras generaciones si llegan a conocerlo, y por otra parte que existe cierto lazo entre aquella y las posiciones adoptadas sucesivamente por Trotsky y la Oposición, lazo constituido por la adhesión de los "trotskistas" actuales no a sus auténticas enseñanzas revolucionarias, sino a sus errores ó a sus posiciones más débiles. Esto significa que, si bien Trotsky no está exento de responsabilidad en la formación de la "doctrina" desigual que lleva su nombre, estuvo, en tanto que comunista auténtico, muy lejos y muy por encima de ella.

Es un hecho que, al igual que se hacía todavía en su generación, Trotsky y Lenin no consideraron evitar el antiguo término de «democracia obrera». No es este el lugar para examinar las razones históricas de este hecho. Nos contentaremos con recordar que los marxistas de la izquierda italiana, más jóvenes que los bolcheviques y los espartaquistas, pusieron en guardia a la Internacional Comunista contra esta terminología equívoca, en particular en un artículo clásico de Rassegna Comunista (febrero 1922): «El uso de ciertos términos en la exposición de los principios del comunismo engendra muy frecuentemente equívocos como consecuencia de los diferentes sentidos que se les puede dar. Tal es el caso de la palabras Democracia y Democrático. En sus afirmaciones de principio el comunismo marxista se presenta como una crítica y una negación de la democracia. No obstante, los comunistas defienden frecuentemente el carácter democrático de las organizaciones proletarias y la aplicación de la democracia en su seno. Evidentemente no hay ninguna contradicción: no se puede objetar nada al dilema democracia burguesa ó democracia proletaria en tanto que equivalente de democracia burguesa ó dictadura del proletariado (...pero) sería deseable el uso de un término distinto con el fin de evitar los equívocos y de no revalorizar el concepto de democracia. Incluso si se renuncia a él será útil profundizar el contenido mismo del principio democrático, no solamente en su acepción general, sino en su aplicación particular en organizaciones homogéneas según el punto de vista de clase. Esto nos evitará erigir la democracia obrera en principio absoluto de verdad y justicia, y por lo tanto caer en un apriorismo a toda nuestra doctrina en el preciso momento en que nos esforzamos con nuestra crítica en despejar el terreno de la mentira y del arbitrio de las teorías liberales». Esta era la introducción de este artículo verdaderamente profético en lo que respecta a todo lo que el trotskismo ha hecho de las enseñanzas de Trotsky. La conclusión no lo era menos, pues decía: «Los comunistas no tienen constituciones codificadas que proponer. Tienen un mundo de mentiras y de constituciones cristalizadas en el derecho y en la fuerza de la clase dominante a abatir. Saben que sólo un aparato revolucionario y totalitario de fuerza y de poder, sin exclusión de ningún medio, podrá impedir que los infames residuos de una época de barbarie resurjan y que, ávido de venganza y de servidumbre, el monstruo del privilegio social levante la cabeza, lanzando por milésima vez el mentiroso grito de ¡Libertad!».

De la misma forma que es un hecho que el partido bolchevique ha hecho un cierto uso del mecanismo democrático formal en su vida interna, y las dramáticas sesiones del Comité Central, en las cuales las grandes decisiones de la Revolución (cuestión de la insurrección, de las negociaciones de Brest-Litovsk y de la prosecución ó final de la guerra, de la NEP) fueron tomadas "por mayoría de voces", están en la memoria de todos. Deducir de esto como hacen los "trotskistas" que Trotsky y Lenin eran "demócratas" (es el caso de Pierre Broue, autor de una historia del partido bolchevique que no parece haber sido escrita más que con ese objetivo), contrariamente a Stalin que no fue más que un "tirano", es hacer un contrasentido grosero sobre su obra, y en cualquier caso hacen gala de un celo más que sospechoso a la hora de defenderles contra la acusación de los peores burgueses y oportunistas, según la cual ellos habrían abierto el paso al estalinismo usando la dictadura. Los verdaderos comunistas desdeñan estas afirmaciones del enemigo de clase, y no se prestan a edulcorar la figura de los grandes revolucionarios del pasado para hacerla más simpática ó más tolerable al diletantismo "progresista".

Igualmente, es dejar realmente de lado lo esencial, o peor, callarlo por consideración oportunista, pretender caracterizar el cruel contraste que opone al partido de Lenin y al de Stalin (los dos nombres vienen a designar dos fases históricas) diciendo que el primero funcionaba "democráticamente", y el segundo no. La oposición es una oposición de sustancia, en la cual el famoso «modo de funcionamiento» que tanto preocupa a los filisteos no es más que su expresión. Según esto, esta oposición es tal que, si hay funcionamiento democrático en el sentido propio del término en algún sitio, lo es claramente en el partido de la degeneración estalinista, y no en el partido bolchevique en tiempos de Lenin. Este último es efectivamente un partido de clase, un partido revolucionario que obedece a un cuerpo de doctrina definido – el marxismo – que su núcleo dirigente ha restaurado y defendido contra el oportunismo. Naturalmente un partido así resiste a las fluctuaciones de opinión, a las cuales, al menos teóricamente, deben obedecer los partidos democráticos; naturalmente lo que dirige la acción de un partido así es su programa y nunca la "opinión" de sus miembros. La función capital del núcleo dirigente le viene de la historia real del partido y de las selecciones sucesivas que se llevan cabo en él (eliminación progresiva de los dirigentes impropios para las tareas del partido o simplemente inciertos, o por el contrario reunión de elementos en un tiempo descarriados, como por ejemplo el caso de Trotsky).

Esta función no viene delegada por "libre elección" individual, como quiere la mitología democrática, ni por los medios que esta última usa invariablemente, y que son la propaganda a favor o contra los individuos, llegando hasta la apología embustera por una parte y la difamación por otra. Lo que un partido así busca es una continuidad de acción que no se da sin una cierta estabilidad de la dirección, que no viene dada en absoluto por la libertad individual de sus miembros, como sucede en los partidos democráticos con una conducta fluctuante ya que no se obedece a ningún principio, y con una dirección cambiante, porque la función dirigente está sometida al favor electoral. No sólo no puede ser llamado "democrático", sino que además todas sus características positivas prueban la mentira de los postulados democráticos y su inadecuación para cumplir las tareas revolucionarias. En estas condiciones la práctica del voto y del recuento de voces no es más que un simple uso de un mecanismo cómodo, nada más.

Muy lejos de ser una "garantía", el recurso a tales formas no se explica más que por una relativa inmadurez. Un partido dotado con un máximo de experiencia histórica y con una máxima cohesión no es tan susceptible de presentar – incluso en las cuestiones prácticas – esas violentas oposiciones que el partido bolchevique conoció y que no podía dejar de conocer, a caballo como estaba de la última revolución democrática y la primera revolución socialista de Europa. Es cierto que nunca una decisión importante (la firma de la paz en 1919, por ejemplo, ó el cese de la guerra contra Polonia) ha dependido en realidad del plácido recuento de las opiniones de los miembros del C.C.: una vez concedido a las exigencias de unidad y armonía internas del partido lo que le debía ser concedido por medio de lo que Lenin llamaba «la legalidad del partido», nunca se vio a ningún jefe bolchevique – en especial Lenin – renunciar a la luchas más enérgica contra sus propios camaradas cuando la suerte de la revolución estaba en juego. Que esta lucha haya sido leal y abierta, que haya dado el visto bueno a las soluciones y posiciones propuestas, y no a las personas, que su puesto en el partido haya sido asegurado a todos los militantes que querían continuar militando en sus filas incluso después de las crisis más graves (por ejemplo Zinoviev y Kamenev, que habían roto la disciplina de partido sobre la cuestión crucial de la insurrección), que no se haya tenido ninguna duda en aceptar en el partido a revolucionarios probados como Trotsky y a algunos de sus camaradas cuando renunciaron a errores pasados y que, durante el período que la Revolución mantuvo su impulso inicial, no pensó nunca en utilizar contra los miembros del Partido la sanción de Estado, ó peor, la fuerza policial, es cierto, y son otros tantos aspectos que distinguen al partido de Lenin y al de Stalin. Ver en esto una característica democrática es abusar de los términos, conceder a la democracia unas virtudes que no posee en lo más mínimo, haciendo gala de una buena dosis de estupidez.

Toda esta práctica de partido es muy superior a la página corriente de los partidos electoralistas precisamente porque para ser lo que es, no ha tenido más que ser comunista, y no conformarse nunca con el respeto al individuo que el democratismo burgués pregona como uno de sus principios más queridos y por el cual los "trotskistas" alaban al partido bolchevique en tiempos de Lenin, de igual forma que denuncian el régimen de maniobras, de terror y de violencia en tiempos de Stalin. La práctica bolchevique por una parte y la práctica estalinista por otra prueban todo lo contrario de lo que pretende el trotskismo degenerado y de lo que ve el democratismo vulgar. La primera muestra de manera clara que la proclamación de fines colectivos y de clase y la negación de principio de la ideología burguesa de libertad no traen consigo ese famoso «aplastamiento del individuo» que los burgueses han reprochado siempre al marxismo con su estupidez habitual. La razón de esto es simple: como todas las relaciones dignas de consideración, la relación entre el individuo y la colectividad de la cual forma parte no depende de las ficciones del derecho, sino de la naturaleza misma de esta colectividad.

Por lo que concierne al partido revolucionario, éste no se opone ni puede oponerse como un todo a cada uno de sus miembros considerado individualmente: por el contrario, el partido no existe más que si existen militantes que han conseguido coordinar sus esfuerzos con el máximo de eficacia para alcanzar un fin común; inversamente, cada uno de esos militantes no existe como tal más que en tanto es un elemento del todo. Muy lejos de oprimir, ó peor, de aplastar al individuo, el partido no es finalmente más que el uso racional de una serie de esfuerzos individuales que fuera de él no solamente se perderían, sino que incluso no habrían nacido; si por lo tanto (para responder a los demócratas y no porque esto nos importe a nosotros) hay que definir la relación entre el individuo y la colectividad en un partido que niega por principio el individualismo burgués y las garantías democráticas, es necesario decir que es precisamente en él y por él como el individuo se desembaraza de la soberanía puramente ficticia a la cual le condena el democratismo para convertirse en una fuerza real, en los límites del determinismo, claro está.

¿Qué sucede por el contrario en el partido estalinista? El trotskismo degenerado, a remolque del democratismo vulgar, deplora que se hayan suprimido para los militantes las famosas "garantías" del habeas corpus y que en lugar de asegurarles la libertad de expresión se les haya sometido a una dictadura. ¡Claro que se trata de esto! El partido llamado "estalinista" es el partido bolchevique en un cierto momento de su existencia histórica que puede caracterizarse así: tiene tras de sí una gran victoria revolucionaria, pero ha perdido su élite obrera en la guerra civil y se encuentra situado ante tareas para las cuales no solamente no está preparado, sino que a decir verdad, tampoco está hecho para ellas, ya que se trataba de administrar según sanos principios burgueses una economía desorganizada por el sabotaje y la fuga de los burgueses, ya que en este caso los principios diferentes y opuestos de la gestión socialista eran inaplicables. En el marco de Rusia lo que está en juego, aparte de la continuidad política revolucionaria, es el levantamiento económico ó la muerte, la reconstrucción ó la caída en las peores convulsiones sociales con la amenaza del peor terror blanco.

De todo esto resulta un cambio completo de la composición del partido al mismo tiempo que de su mentalidad, el practicismo inmediatista tiende fatalmente a llevarlo por encima de la preocupación por el rigor teórico y la fidelidad a los principios en el momento en que semejantes condiciones ejercen su presión. Entiéndase bien, fue el practicismo inmediatista quien debía llevarle finalmente, puesto que no le vino ninguna ayuda desde fuera (es decir, de la Internacional) al partido ruso. Pero el no podía hacerlo simplemente arrojando por la borda todas las tradiciones y los recuerdos del pasado; pero, como era por naturaleza su viva negación, sólo le quedaba una salida: por una parte, hacer alarde de una continuidad política y teórica que no habría resistido el menor examen por poco serio que fuese, si hubiese sido posible, y por otra parte librarse de la resistencia de los revolucionarios a este «nuevo curso», haciendo precisamente un llamamiento a la opinión, a la conciencia, a los sentimientos de este partido en una cierta medida nuevo en que se había convertido el partido bolchevique. Resumiendo, oponiendo la autoridad soberana de la mayoría democrática a la única autoridad que tanto Lenin y los bolcheviques reconocían hacía poco: la de los principios comunistas, de la doctrina comunista, del programa comunista.

Lo que, en esta fase, aparecía ante los ojos de los verdaderos marxistas como mil veces mas innoble que las sanciones (destitución, exclusión, prisión, deportación y mas tarde masacre a secas), es precisamente esta explotación hecha por el estalinismo de la legalidad democrática, de la regla puramente formal, mentirosa, mixtificadora de la soberanía de la mayoría, es decir de esta odiosa ficción que, a escala de toda la sociedad, sirve desde hace más de cien años a la burguesía no para «asegurar la libertad del individuo», como ella pretende, sino para aplastar al proletariado y a la revolución. El hecho de que la alteración del partido no haya con frecuencia bastado para procurarle esa mayoría a la fracción de Stalin, que esta haya debido "prepararla" mediante manipulaciones, campañas, maniobras adecuadas, no prueba en lo más mínimo que el partido estalinista no haya sido «verdaderamente democrático», sino que el abandono de la práctica comunista que se basa enteramente en el esfuerzo colectivo para conformar la acción colectiva con los fines revolucionarios y por lo tanto con la doctrina común, y el paso a la práctica democrática, que no aspira más que a obtener mayorías, trae consigo necesariamente el retorno de todas las taras de la vida política burguesa. El partido estalinista fue realmente democrático, no solamente por su recurso a la ficción democrática desenmascarada desde hace más de un siglo por el marxismo, sino por la infamia de toda su vida interior.

En 1923 Trotsky escribía su Nuevo Curso, haciendo un llamamiento a sanear el régimen interior, no ignorando nada de esto, y lo que el exigía, como veremos mas adelante, no eran «garantías democráticas», sino el retorno a la vida normal de un partido revolucionario. Independientemente de las posiciones que en la época de su declive personal y del lenguaje que tanto él, como el Partido, como la Internacional emplearon – hemos visto anteriormente que nuestra corriente intenta depurar este lenguaje de sus términos equívocos – Trotsky estaba absolutamente limpio de ilusiones y de formalismos democráticos, no menos que Lenin. Evidentemente no se puede citar todo, y bastarán tres referencias.

En Las enseñanzas de la Comuna de París muestra, haciendo un paralelo entre la Comuna y la Revolución rusa, toda la superioridad de la organización de Partido, y la insuficiencia del principio electivo para dotar al proletariado de una dirección política y militar capaz de alcanzar la victoria. Citemos: «El Comité Central de la Guardia Nacional – ya sabemos que papel jugó en la Comuna – era de hecho un consejo de los delegados de los obreros armados y de los pequeños burgueses (...) Dicho consejo, elegido inmediatamente por las masas revolucionarias, puede ser un brillante aparato de acción. Pero al mismo tiempo refleja tanto los lados débiles como los lados fuertes de las masas, y mucho más refleja los lados débiles que los fuertes». Después de haber mostrado «que en el mismo momento en que su responsabilidad era inmensa» – el Gobierno había huido a Versalles – la Guardia Nacional, democráticamente constituida «se declaró desligada de toda responsabilidad», y en lugar de actuar revolucionariamente «inventó elecciones legales a la Comuna», mostrando Trotsky que «esta pasividad y esta falta de decisión se apoyaron sobre el principio sagrado de la federación y de la autonomía», que reflejaban bien «el lado incontestablemente débil de una fracción del proletariado francés de entonces, la actitud hostil respecto a la organización central, herencia del ideal pequeño-burgués de autonomía». Es pues partiendo de los hechos como Trotsky demuestra la superioridad de una organización «que se apoya en un pasado histórico y prevé teóricamente la vía del desarrollo», una organización que no sea «un aparato para uso de las prácticas parlamentarias, sino el proletariado organizado y templado por la experiencia», es decir, la superioridad del partido obrero sobre toda forma electiva de organización obrera que, precisamente a causa de su ligazón directa con las masas, no puede dejar de reflejar todos los lados débiles.

Pasando de la cuestión política a la cuestión militar, la crítica de Trotsky a la concepción democrática de la lucha proletaria se endurece aún más: para librar, decía, «a la Guardia nacional del mando contrarrevolucionario, la elegibilidad era el mejor medio, pues la mayor parte de la Guardia nacional se componía de obreros y de pequeños burgueses revolucionarios». Y, añadía, esta «reivindicación de la elegibilidad no estaba destinada a dotar de un buen mando al ejército, sino (solamente) a librarlo de oficiales al servicio de la burguesía», y explicaba sobre la base de su propia experiencia revolucionaria como fundador del Ejército Rojo: «La elegibilidad del mando es bastante débil la mayoría de las veces a nivel técnico. Una vez que el ejército se ha librado del antiguo mando es necesario darle un mando revolucionario capaz de cumplir con su deber. Por lo tanto, esta tarea no puede ser llevada a cabo con el simple mecanismo de la elegibilidad. La elegibilidad es un fetiche, no es una panacea universal, una poderosa dirección por parte del partido es indispensable». He aquí una lección de la experiencia revolucionaria, un principio comunista que, para un "trotskista" actual se ha convertido en letra muerta.

En Terrorismo y Comunismo encontramos igualmente esta brillante refutación de las críticas que los defensores trasnochados de la «democracia obrera» dirigían ya a la «dictadura del partido bolchevique»:

«Se nos ha acusado muchas veces de haber sustituido la dictadura de los Soviets por la del Partido. Y sin embargo se puede afirmar sin riesgo a equivocarse que la dictadura de los Soviets no ha sido posible más que gracias a la dictadura del Partido. Gracias a la claridad de sus ideas técnicas, gracias a su fuerte organización revolucionaria, el Partido ha asegurado a los Soviets la posibilidad de transformarse de informes parlamentos obreros en un aparato de dominio en manos de los trabajadores. En esta sustitución del poder de la clase obrera por el poder del partido no hay nada de fortuito y, en el fondo, en realidad no hay ninguna sustitución. Los comunistas expresan los intereses fundamentales de la clase obrera. Es del todo natural que en una época que pone esos intereses en el orden del día en toda su extensión, los comunistas lleguen a ser los representantes declarados de la clase obrera en su totalidad ¿Pero quien os garantiza, nos preguntan algunos con malicia, que sea precisamente vuestro Partido el que expresa las exigencias del desarrollo histórico? Suprimiendo arrojando a las sombras a los demás partidos os habéis librado de su rivalidad política, emulativa, y por lo tanto habéis prescindido de la posibilidad de verificar vuestra línea de conducta. Esta consideración está dictada por una idea puramente liberal de la marcha de la revolución. En una época en la cual todos los antagonismos se declaran abiertamente, donde la lucha política se transforma rápidamente en guerra civil, el Partido dirigente tiene para verificar su línea de conducta muchos materiales en la mano y criterios, independientemente de la posible tirada de periódicos (de sus adversarios). En cualquier caso, nuestra tarea no consiste en evaluar a cada minuto mediante una estadística la importancia de los grupos que representan cada tendencia, sino en asegurar la victoria de... la tendencia de la dictadura proletaria, y en hallar durante la marcha de esta dictadura, en los diversos roces que se oponen al buen funcionamiento de su mecanismo interior, un criterio que sirva para verificar el valor de nuestros actos».

Aunque en 1936, en la Revolución Traicionada, Trotsky volverá a su vez a reivindicar desgraciadamente la «democracia soviética» contra la «dictadura estalinista», justificando su resbalón con una banalidad indigna de él y del marxismo: «Todo es relativo en este mundo en el cual lo único permanente es el cambio». Pero treinta años después, los discípulos de su declive aún no se han percatado de esto.

El tercer escrito, «¿Es verosímil la conversión de los Soviets a la democracia?» (1929), presenta el interés de ser posterior a la derrota de la Oposición rusa. Entonces, la lucha de Trotsky contra el estalinismo ya se había salido de los raíles de los principios e incluso de la realidad histórica, pero el gran revolucionario no había olvidado aún, como se verá, nada de la crítica marxista al democratismo.

«Si el poder soviético lucha con enormes dificultades, si la crisis (...) de la dictadura se acentúa cada vez más, si el peligro bonapartista no ha sido descartado ¿no es mejor orientarse hacia la democracia? Esta cuestión abierta o sobreentendida en una cantidad de artículos dedicados a los últimos acontecimientos acaecidos en la URSS. Yo no juzgo aquí que es mejor y que no. Intento poner claro lo que dimana de la lógica objetiva del desarrollo. Y llego a la deducción de que no hay nada menos creíble que la conversión de los Soviets en democracia parlamentaria ó, más exactamente, esta conversión es absolutamente imposible».

En 1929, Trotsky responde a sus adversarios socialdemócratas que, aunque se pudiese desear, el retorno de la URSS a la democracia parlamentaria está históricamente excluido. En 1936 hará de ese retorno la reivindicación política central de la Oposición para la URSS. Nuestra tesis de Partido es que, haciendo esto, Trotsky ha resbalado desde el terreno del comunismo hacia el de la socialdemocracia. Por lo tanto es capital mostrar que la justa crítica que hacía en 1929 a sus adversarios socialdemócratas es válida completamente contra él desde 1936, y contra sus "discípulos" de 1968.

Las razones invocadas por Trotsky son de dos órdenes: razones internacionales y generales, razones específicamente rusas, naturalmente ligadas entre ellas. Veamos primero las razones internacionales:

«Para expresar más claramente mi idea debo descartar los límites geográficos y bastará con recordar algunas tendencias del desarrollo político de Europa desde la guerra, que ha sido no un episodio, sino el prólogo sangriento de la nueva época. Casi todos los dirigentes de la guerra están aún vivos. La mayoría de ellos han dicho... que ésta era la última guerra y que después de ella vendría el reino de la democracia y de la paz... Ahora, ni uno sólo de entre ellos se atrevería a pronunciar estas palabras ¿Por qué? Porque la guerra nos ha conducido a una época de grandes tensiones, de grandes luchas, con la perspectiva de nuevas guerras. Por los raíles de la dominación universal, en el momento actual, se precipitan, uno sobre otro, poderosos trenes. No se puede medir nuestra época a la sombra del siglo XIX, que fue el siglo de la extensión de la democracia por excelencia [subrayado por nosotros]. El siglo XX, bajo numerosas perspectivas, se distinguirá mucho más del siglo XIX que lo que se distingue la historia moderna de la Edad Media (...) Por analogía con la electrotécnica, la democracia puede ser definida como un sistema de conmutadores y aislantes contra las corrientes demasiado fuertes de la lucha nacional ó social. No hay en la historia humana una época tan saturada de antagonismos como la nuestra (...) Bajo la alta tensión de las contradicciones de clase e internacionales, los conmutadores de la democracia se funden y saltan en pedazos. Tales son los cortocircuitos de la dictadura. Los interruptores más débiles son los primeros en saltar evidentemente. Pero la fuerza de las contradicciones interiores y mundiales no disminuye, aumenta. Difícilmente tranquilizaría la constatación de que el proceso sólo afecta a la periferia del mundo capitalista. La gota empieza por el dedo pequeño de la mano ó por el dedo gordo del pie; pero una vez en marcha llega hasta el corazón».

Bien visto y dicho. Nuestra tesis de partido es que el movimiento comunista debía extraer todas las consecuencias de esta realidad del siglo XX: no tenía ningún sentido implorar a la burguesía la conservación de los «conmutadores» de la democracia instalados contra nosotros desde siempre, pero que eran ya inútiles para ella; era necesario que la hiciésemos saltar nosotros mismos, con la corriente de alta tensión de la Revolución proletaria. El centro moscovita de la Internacional comunista no supo extraer todas estas consecuencias, incluyendo a Trotsky. Y es una de las razones que arruinaron esta Internacional. Pero es el mismo error aplicado esta vez a la lucha contra Stalin, y no contra Mussolini ó Hitler, lo que hizo de la IV Internacional de Trotsky un organismo nacido muerto.

Veamos ahora las razones mas específicamente rusas por las cuales Trotsky considera imposible en 1929 el restablecimiento de una democracia parlamentaria en Rusia:

«Cuando se opone la democracia parlamentaria a los Soviets, se observa un sistema parlamentario particular, olvidando otro aspecto – por lo demás esencial – de la cuestión, que la revolución de Octubre de 1917 se ha revelado como la más grande revolución democrática de la historia humana. La confiscación de la propiedad de la tierra, la completa liquidación de las distinciones y privilegios de clase, la destrucción del aparato burocrático y militar zarista, la introducción de un igualitarismo nacional y del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, he aquí un trabajo esencialmente democrático que la Revolución de Febrero apenas ha tocado, dejándoselo casi en su totalidad a la Revolución de Octubre. Sólo la inconsistencia de la coalición liberal-socialista ha hecho posible la dictadura soviética, basada en la unión de los obreros, de los campesinos y de las nacionalidades oprimidas. Las razones que han impedido a nuestra débil y atrasada democracia cumplir su tarea histórica no le permitirán, incluso en el futuro, colocarse a la cabeza del país, pues en estos últimos tiempos los problemas y las dificultades se han hecho más grandes y la democracia más pequeña (...)
«El sistema soviético no es una simple forma de gobierno que se pueda comparar abstractamente con la democracia parlamentaria: esencialmente es la cuestión de la propiedad de tierra, de los bancos, de las minas, de las fábricas y de los ferrocarriles. No hay que olvidar estas "cosillas" embriagándose con lugares comunes sobre la democracia. Contra el retorno del terrateniente, el campesino, hoy como hace diez años, luchará hasta la última gota de su sangre (...) A decir verdad, el campesino toleraría más fácilmente el retorno del capitalista, pues la industria de Estado no ofrece hasta el presente a los campesinos más que productos manufacturados con unas condiciones menos ventajosas que las del comerciante de antaño (...) Pero el campesino recuerda que el propietario y el capitalista eran los dos hermanos gemelos del antiguo régimen (...) ¡El campesino comprende que el capitalista no volvería sólo, sino en compañía del propietario. Por esto no quiere ni a uno ni a otro; es la razón poderosa, si bien negativa, de la fuerza del régimen soviético. Es necesario llamar a las cosas por su nombre. No se trata de la introducción de una democracia incorpórea, sino del retorno de Rusia a la vía del capitalismo. ¿Pero, que sería la segunda edición del capitalismo ruso? Durante estos últimos quince años la imagen del mundo se ha transformado profundamente. Los fuertes se han hecho infinitamente más fuertes, los débiles son incomparablemente más débiles. La lucha por la supremacía mundial ha adquirido unas proporciones gigantescas. Las etapas de esta lucha se han desarrollado sobre los huesos de las naciones débiles y atrasadas. La Rusia capitalista no podría en el momento actual ocupar en el sistema mundial ni siquiera la situación de tercer orden a la cual había predestinado la marcha de la última guerra a la Rusia zarista. El capitalismo ruso sería ahora un capitalismo sojuzgado, un capitalismo medio colonizado, sin futuro. La Rusia Número Dos ocuparía hoy algún lugar situado entre la Rusia Número Uno y la India. El sistema soviético de industria nacionalizada y de monopolio del comercio exterior, a pesar de todas sus contradicciones y sus dificultades, es un sistema de protección para la independencia de la cultura y de la economía del país. Esto ha sido comprendido por numerosos demócratas que han sido atraídos junto al poder soviético no por el socialismo, sino por un patriotismo que había asimilado las lecciones elementales de la historia» (...)
«Un puñado de doctrinarios impotentes habría deseado una democracia sin capitalismo. Pero las fuerzas sociales serias, enemigas del régimen soviético, quieren un capitalismo sin democracia».

El razonamiento marxista de Trotsky está muy por encima de los razonamientos formales y abstractos de sus adversario socialdemócratas de 1929, pero también (conclusión que nos importa mucho más aquí) de sus "discípulos" de 1968 que no han hecho más que llevar hasta el absurdo su propio razonamiento abstracto y formal de 1936.

La lucha, dice Trotsky justamente, es una lucha social y del desenlace de esta lucha social depende la forma política destinada a triunfar. La democracia parlamentaria ha sucumbido bajo los golpes de la Revolución democrática. Sus partidarios – aquellos que razonan en términos políticos y no sociales – no comprenden que desear su restablecimiento equivale a desear la liquidación de las conquistas de esta revolución democrática. «Las fuerzas sociales serias», es decir, las clases sociales desposeídas por la Revolución de Octubre, desearían, sin ninguna duda, liquidar esas conquistas para retornar al antiguo orden, pero está históricamente excluido que lo puedan hacer por medios democráticos. Incluso en 1929, el campesinado ruso no se dejaría despojar de la tierra sin una segunda guerra civil. ¿Dónde encontrarían las fuerzas desposeídas la fuerza necesaria para combatir a la casi totalidad de la población rusa? Trotsky no lo dice aquí, pero lo sabe, pues es evidente: en los ejércitos de las potencias imperialistas que intervendrían otra vez contra Rusia derrotándola (igual que intervino la coalición europea contra la Francia napoleónica en la cual los Borbones nunca habrían podido reinstalarse sin su victoria sobre todo el pueblo francés). Pero entonces la forma política destinada a triunfar no sería el Parlamento nacional soñado por los «doctrinarios impotentes», sino, como diríamos hoy, una república fantoche del tipo de las que los EE.UU. mantienen en las regiones de Asia que controlan.

Las mismas razones que oponen a Trotsky frente a los socialdemócratas le impiden aún, en 1929, poner su lucha contra Stalin bajo la bandera de la democracia soviética: Trotsky sabe muy bien que sobre el terreno soviético se colocan tanto partidarios del socialismo como él, al igual que fuerzas que, sin ser en nada socialistas, no quieren el retorno de Rusia a un Estado de dependencia semi-colonial ante la mirada del capitalismo occidental, y por lo tanto no quieren una restauración. Estas fuerzas son todas las capas no proletarias y enemigas del internacionalismo revolucionario, que fuera del Partido ó dentro de él aprueban la dirección estalinista por «patriotismo democrático que ha asimilado las lecciones elementales de la historia». Es este «ustrialovismo» – término que se deriva del nombre del emigrado Ustrialov, que fue el primero que predijo la conversión del Estado soviético en un Estado burgués ordinario, al que habría que apoyar – que Lenin fue el primero en denunciar y que, nacido en los medios más atentos de la emigración, se ha infiltrado en el Partido en el poder – Trotsky no deja de denunciar este hecho – bajo la bandera del "socialismo en un solo país". Por lo que respecta a la democracia soviética, ese «conmutador», ese «aislante» previsto por los bolcheviques para impedir que la revolución se hundiese en una lucha estéril entre el proletariado socialista y el campesinado sub-burgués, Trotsky sabe bien que es la corriente de alta tensión de la guerra civil la que ha hecho que salte en pedazos, imponiendo la pura dictadura proletaria del comunismo de guerra, con sus requisas forzadas y su encuadramiento «autoritario» de los campesinos revolucionarios en el Ejército Rojo. ¡Al defensor de la dictadura bolchevique del proletariado, al autor del pasaje anteriormente citado de Terrorismo y Comunismo, que quedarán todavía largos años antes de que piense en invocarla contra el partido estalinista!

Hay de hecho tres fases en la larga lucha de Trotsky como jefe de la Oposición. En la primera – bien ilustrada por el escrito de 1923 Nuevo Curso – denuncia enérgicamente las anomalías del régimen interior del Partido y la política del Comité Central, intenta alertar al Partido sobre el peligro de degeneración que la política (internacional e interior) hace correr a la dictadura proletaria de la cual es el único garante. Pero lejos de presentarse como candidato a la dirección del partido, se mantiene un poco al margen, contentándose con rechazar las invenciones de la campaña que desde 1924 orquesta contra él el Comité Central, y al tiempo que escribe Nuevo Curso ignora aún la situación real que no le será revelada hasta 1925, cuando Kamenev y Zinoviev rompan con Stalin.

Aprovechando la enfermedad de Lenin un «Buro político secreto» había sido creado, del cual formaban parte todos los miembros del Buro Político oficial salvo Trotsky. La finalidad de este complot era la de impedir que éste dirigiese el Partido. «Todas las cuestiones eran previamente decididas en este Buro Político clandestino cuyos miembros estaban unidos por una responsabilidad colectiva. Tomaron el compromiso de no polemizar entre ellos y, al mismo tiempo, de buscar todos los pretextos para intervenir» contra Trotsky. «Existían en las organizaciones locales centros secretos análogos ligados al septumvirato de Moscú que mantenían una severa disciplina. La correspondencia se hacía mediante un lenguaje cifrado especial. Los funcionarios responsables del Partido y del Estado habían sido seleccionados sistemáticamente con este único criterio: contra Trotsky (...) Los miembros del partido que hacían oír sus quejas contra esta política caían víctimas de ataques pérfidos originados por motivos que no tenían nada que ver con esto y frecuentemente inventados. Por el contrario, los elementos (...) que, en el curso del primer lustro del poder de los Soviets habían sido despiadadamente eliminados del Partido aseguraban su situación por una simple hostilidad contra Trotsky. Desde finales de 1923 la misma tarea fue llevada a cabo en todos los partidos de la I.C. (...) Se seleccionó artificialmente no a los mejores, sino a aquellos que se adaptaban más fácilmente. Los dirigentes se convirtieron en deudores de su situación únicamente ante el aparato. Hacia finales de 1923, el Aparato estaba ganado en sus tres cuartas partes: era posible traspasar la lucha dentro de la masa. En otoño de 1923 y en otoño de 1924 la campaña contra Trotsky comenzó: sus antiguas divergencias con Lenin, que databan no sólo de antes de la Revolución, sino también de antes de la guerra (...) fueron bruscamente presentadas, desfiguradas, exageradas y presentadas a la masa como una cuestión de ardiente actualidad. La masa fue atontada, desconcertada, intimidada. Mientras tanto el procedimiento de selección descendió a un grado todavía mas bajo. No fue posible ejercer el cargo de director de fábrica, de secretario de célula de taller, de presidente de Comité ejecutivo de distrito, de contable, de dactilógrafo sin presentar como referencia su antitrotskismo». Todas estas precisiones se encuentran en el artículo de L.Trotsky ¿Cómo ha podido suceder esto?, Constantinopla, febrero 1929.

Dicho de otra forma, en la primera fase, responde como militante a la campaña parlamentaria lanzada contra él y que tenía el mismo objetivo que todas las campañas de este género: impedirle el camino al poder. A este respecto es necesario señalar que allí en donde la imbecilidad burguesa ha visto la prueba de las fechorías del "totalitarismo comunista" nuestra corriente ha reconocido las fechorías del principio electivo y de la democracia aplicada al órgano del Partido. El hecho de que la campaña haya estallado en el partido que autodenomina "comunista" se explica fácilmente por el hecho de que en la URSS no había Parlamento; ¿pero que es una lucha por el poder fundada sobre la concurrencia de los individuos y el desprecio hacia todos los principios, sino una lucha de tipo parlamentario?

En la segunda fase, Trotsky no se limita sólo a defender las posiciones marxistas contra el revisionismo en el poder. Entra en la «vía de la reforma del régimen soviético», como él mismo dirá en la Revolución Traicionada para caracterizar la fase anterior a 1936. Debido a la ausencia de un Parlamento, esta lucha reformista no podía tomar la forma de una lucha para reemplazar legalmente a un gobierno, al que se juzgaba incapaz de mantener a la URSS en la vía del socialismo, por el mejor gobierno de la Oposición. En sustancia, se trata de esto. Para el socialista reformista, el «obstáculo» para la transformación socialista son las mayorías parlamentarias sostenedoras de los gobiernos burgueses. En la Oposición trotskista de entonces, este «obstáculo» parece ser la mayoría que sostiene al Comité Central estalinista, ó mas bien el régimen interior del Partido que impide a la Oposición arrancar la mayoría al estalinismo. En realidad, en el primer caso, el obstáculo no es tal ó cual gobierno, sino la existencia del Estado burgués que debe ser destruido y no «reformado»; en el segundo caso, el obstáculo estaba en el Estado, en el poder de un partido en el cual la degeneración era irreversible y que muy lejos de ser la consecuencia del régimen interior era ella misma la causa de este régimen. Lo que impide al socialista vulgar señalar el verdadero obstáculo es que el no es revolucionario; lo que empuja al revolucionario Trotsky a caer en un error reformista de cara al Estado soviético es su impotencia para delimitarse de forma completa del partido del «socialismo en un solo país». En esta fase, no obstante, sus posiciones guardan un último lazo con la tradición marxista: del Partido y sólo del Partido depende la suerte de la dictadura del proletariado. En la tercera fase, este último lazo se romperá. Del parlamentarismo revolucionario en el partido que había caracterizado a la fase precedente, Trotsky pasará al parlamentarismo puro en la sociedad, es decir, a la reivindicación del restablecimiento de la libertad electoral en la URSS.

Para ilustrar la primera fase, nos referiremos al texto de 1923 citado anteriormente, Nuevo Curso. Si la terminología presenta ya la ambigüedad denunciada anteriormente – ver lo dicho más arriba respecto a la crítica de la Izquierda italiana sobre el uso de los términos «democracia» y «centralismo democrático» – al igual que la usada por el partido bolchevique, incluso en su buena época, el método no tiene nada de formal, pues Trotsky ha estudiado el determinismo que, en las condiciones del poder, corre el riesgo de hacer perder al partido su naturaleza de fracción revolucionaria del proletariado y por consiguiente su función de partido de clase: «cuestión de las generaciones en el Partido, composición social», y sobre todo tareas estatales y administrativas. La alerta lanzada no concierne a la ausencia de libertad de los miembros del Partido, como sucede en la crítica socialdemócrata vulgar, sino a la alteración de las relaciones orgánicas entre centro y periferia, cúspide y base en el interior del partido, la alteración de las relaciones entre Partido y Estado y, para rematarlo todo, la alteración de la tradición real del partido al igual que su invocación puramente formal. Júzguese:

«Hay una cosa sobre la cual es necesario darse cuenta: la esencia de las disensiones y de las dificultades actuales no reside en el hecho de que los "secretarios" han forzado la situación en algunos aspectos y que es necesario llamarlos al orden, sino en el hecho de que el conjunto del partido se dispone a pasar a un estadio histórico más elevado (...) No se trata de romper los principios de organización del bolchevismo como algunos intentan hacer creer, sino de aplicarlos a las condiciones de la nueva etapa del partido». Se trata de la «etapa» definida por el desvanecimiento de las esperanzas puestas en la revolución alemana en octubre 1923, debido a la previsible prolongación del aislamiento de la URSS en el mundo, por una parte, y por la crisis económica interior a pesar de la sujeción aportada por la NEP, por otra parte. «Se trata ante todo de instaurar relaciones más sanas entre los antiguos cuadros y la mayoría de los miembros que han venido al Partido después de Octubre». «La preparación teórica, el temple revolucionario, la experiencia política representan nuestro capital fundamental cuyos principales detentadores son los antiguos cuadros del partido. Por otra parte, el partido es esencialmente una colectividad en la cual la orientación depende del pensamiento y de la voluntad de todos. Está claro que en el partido, en la complicada situación inmediatamente posterior a Octubre, el partido se abría camino mejor a medida que más utilizaba la experiencia acumulada por la antigua generación a cuyos representantes eran confiados los puestos más importantes de la organización. El resultado ha sido que, jugando el papel de director del partido y absorbida por las cuestiones administrativas la antigua generación (...) instaura preferentemente para la masa comunista métodos puramente escolares de participación en la vida política: cursos de instrucción política elemental, verificación de los conocimientos, escuelas del partido (...) De ahí el burocratismo del aparato, su aislamiento con relación a la masa, sus existencia aparte (...) El hecho de que el partido viva en dos pisos distintos trae consigo numerosos peligros (...) El principal peligro del "viejo curso", resultado de causas históricas generales al igual que de nuestras faltas particulares, es que el aparato manifiesta una tendencia progresiva a oponer a algunos millares de camaradas que forman los cuadros dirigentes al resto de la masa, la cual no es para ellos más que un medio de acción. Si este régimen persiste, corre el riesgo de provocar a la larga una degeneración del partido en sus dos polos, es decir, entre los jóvenes y entre los cuadros (...) En su desarrollo gradual, el burocratismo amenaza con separar a los dirigentes de la masa, con llevarles a concentrar su atención únicamente sobre las cuestiones administrativas, de nombramientos, amenaza también con estrechar su horizonte, con debilitar su sentido revolucionario, es decir, con provocar una degeneración más o menos oportunista de la vieja guardia, ó al menos de una parte considerable de la misma».

Considerando a continuación la composición social del partido, Trotsky señala:

«El proletariado realiza su dictadura por el Estado soviético. El partido comunista es el partido dirigente del proletariado y, en consecuencia, de su Estado. Toda la cuestión está en llevar a cabo este poder en la acción sin fundirlo en el aparato burocrático del Estado (...) Los comunistas se encuentran agrupados de una manera diferente según estén en el partido ó en el aparato del Estado. En este último están colocados jerárquicamente unos en relación a otros y a los sin-partido. En el partido, todos son iguales en lo que concierne e la determinación de las tareas y de los métodos de trabajo fundamentales. En la dirección que ejerce sobre la economía, el partido debe tener en cuenta la experiencia, las observaciones, la opinión de todos sus miembros instalados en los diferentes grados de la administración económica. La ventaja esencial e incomparable de nuestro partido consiste en que puede, a cada instante, mirar la industria con los ojos del tornero comunista, del especialista comunista, del director comunista, del comerciante comunista, reunir la experiencia de estos trabajadores que se complementan los unos a los otros, en extraer los resultados y determinar así la línea de dirección de la economía en general y de cada empresa en particular. Está claro que esta dirección no puede realizarse más que sobre la base de la democracia viva y activa en el interior del partido».

El término sirve aquí para designar relaciones opuestas a las que, en la sociedad, se derivan de la división social del trabajo y del antagonismo de clase; sujeción burocrática por una parte, pasividad o sorda resistencia por otra; mando y obediencia; «ciencia administrativa» e ignorancia, etc... todas esas cosas que, en el partido de clase, tienden a desaparecer en la medida en que, si bien no puede abstraerse completamente de las condiciones burguesas ambientales, es no obstante una asociación voluntaria de individuos que tienden a un objetivo común, y ese objetivo es precisamente la sociedad sin clases, sin división social del trabajo, y por lo tanto sin choque político ó incluso administrativo.

«Cuando, por el contrario, los métodos del aparato prevalecen, la dirección por el partido cede el puesto a la administración por los órganos ejecutivos (comité, buró, secretario, etc.). En esta concepción de la dirección, la principal superioridad del partido, su experiencia colectiva múltiple pasa al último lugar. La dirección toma un carácter de organización pura y degenera frecuentemente en mandato y en capricho. El aparato del partido entra cada vez más en los pormenores de las tareas del aparato soviético, vive de sus inquietudes cotidianas, se deja influenciar por él cada vez más y, ante los detalles pierde de vista las grandes líneas. Toda la práctica burocrática diaria del Estado Soviético se infiltra así en el aparato del partido e introduce en él el burocratismo. El partido, en tanto que colectividad, no siente son poder, pues no lo realiza (...) De esto se derivan el descontento y la incomprensión,incluso en los casos en los que, justamente, este poder se ejerce. Pero este poder no puede mantener en línea recta más que no cayendo en detalles mezquinos y revistiendo un carácter sistemático, racional y colectivo. El burocratismo no sólo destruye la cohesión interna del partido, sino que debilita la acción necesaria de este último sobre el aparato estatal. Esto es lo que no distinguen en la mayoría de los casos aquellos que son los más ardientes a la hora de reclamar para el partido la función de dirigente en el Estado soviético».

Por lo que respecta a los grupos y formaciones fraccionales, Trotsky no reivindica en lo más mínimo el ridículo «derecho democrático» de formarlos. Pero considerándolos desde el punto de vista marxista como «anomalías amenazadoras», niega que sea posible prevenir su nacimiento ó favorecer su resurgimiento «mediante procesos puramente formales», haciendo notar que el régimen burocrático del partido era por el contrario una de las principales fuentes de fraccionalismo, acusando con razón a los defensores de la unidad puramente formal del partido de constituir ellos mismos la peor fracción, la «fracción burocrática conservadora» y terminaba diciendo de forma perfectamente correcta que la única manera de prevenir las fracciones era «una política justa adoptada a la situación real». De la misma forma, la Izquierda italiana había opuesto al «terrorismo ideológico» del estalinismo no los «derechos democrático» de los miembros del partido, sino la fidelidad del centro al patrimonio común de los principios que, de cumplirse, permite dirigir el partido con el mínimo de sobresaltos.

En todo esto no se observa ninguna elección democrática. Las anomalías de la vida del partido (comprendidas, en el último capítulo, las continuas referencias a Lenin y al leninismo, jalonando las peores manifestaciones de oportunismo) se presentan justamente caracterizadas, así como sus causas históricas: no «el ejercicio del poder» en general como pretenden los anarquistas, sino el ejercicio del poder en una sociedad profundamente heterogénea, puesto que entre el proletariado (demasiado débil y aún debilitado por la guerra civil) y el enorme campesinado no existía en absoluto esta identidad de intereses cotidianos y fundamentales en la cual parece creer la dirección del partido. La desviación auténticamente democrática que Trotsky combate como marxista es la de «subestimar» el contraste de clase existente entre proletariado y campesinado y ahogado en la apología de la «nueva democracia», la democracia soviética. En una sociedad afligida entre otras cosas por un nivel cultural muy bajo y aislada del resto del mundo por la conjura capitalista. Nunca Trotsky llegará ya , desgraciadamente, a esta altura crítica. Pero hasta el fatal deslizamiento de 1936, a pesar de todos sus errores, permanecerá fiel a la magnífica conclusión del Capítulo IV de Nuevo Curso:

«El instrumento histórico más importante para realizar nuestras tareas es el partido. Evidentemente, el Partido no puede desligarse de las condiciones sociales y culturales del país. Pero, como organización voluntaria de la vanguardia, de los elementos mejores, de los más activos, de los más conscientes de la clase obrera, puede mucho más que el aparato del Estado preservarse de los peligros del burocratismo. Por esto, debe ver claramente el peligro y combatirlo sin tregua».

Cuando en la segunda fase Trotsky pasa a la lucha por la «democratización del Partido» la socialdemocracia vio en ello, y no sin cierta razón, un paso de su adversario en su dirección. Indignado, Trotsky replica estas alegaciones:

«Es un gran malentendido que no es muy difícil de aclarar. La socialdemocracia está por la restauración del capitalismo en Rusia. Pero no puede realizarse un cambio de vías semejante más que colocando en último término a la vanguardia proletaria. Para que la socialdemocracia apruebe la política económica de Stalin deberá reconciliarse con sus métodos políticos. Un verdadero pasaje al capitalismo no podría asegurarse más que con un poder dictatorial. Es ridículo exigir la restauración del capitalismo en Rusia y suspirar inmediatamente después por la democracia».

El golpe era muy merecido, pero del hecho de que es ridículo anhelar después la democracia cuando se desea la restauración del capitalismo, no resultaba en lo más mínimo que dejase de serlo con la condición de luchar por el socialismo. Si un marxista del calibre de Trotsky no se percató de esta objeción es porque a él le parecía muy evidente que el curso hacia el capitalismo pasaba por el aplastamiento de la vanguardia proletaria en el seno del mismo partido, la resistencia (igualmente dentro del partido) de esta vanguardia a su aplastamiento era la única expresión política posible de la resistencia a ese curso. A este razonamiento no le faltaba más que una "pequeña" condición para ser justo: que el curso hacia el capitalismo se quedase en una simple amenaza más o menos lejana, y que el adversario afrontado en el seno del partido no fuese precisamente la encarnación política del enemigo de clase, puesto que en ningún caso se puede combatir al enemigo de clase de forma pacífica, implorándole que respete la "legalidad", sea la que sea.

Estas son las razones por las cuales nuestra corriente siempre ha rechazado la táctica antifascista. Aunque sean accesibles a la inteligencia más mediana no fueron comprendidas por la Internacional que perseveró en esta vía absurda. En tanto que «táctica», a la lucha por la «democratización del partido» en la URSS merece exactamente la misma crítica que el pretendido «antifascismo proletario» practicado por la Internacional, como hemos visto anteriormente.

A diferencia de los infelices que pretender ser sus discípulos, Trotsky percibía esto tan bien que en su Defensa de la URSS (1929) escribía:

«Sería donquijotismo – por no decir estúpido – luchar por la democracia en un partido que realiza el poder del enemigo (...) Para la Oposición, la lucha emprendida por la democracia dentro del partido no tiene sentido más que sobre la base de un reconocimiento de la dictadura del proletariado».

Formulación ambigua quizás debida a una mala traducción, pero el sentido no tiene equívoco posible en el contexto: más que si se reconoce que la dictadura del proletariado existe en la URSS. Cosa que Trotsky afirmaba con obstinación, contra toda evidencia.
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La lección TROTSKY (Extracto de "Balance de una revolución" Al margen del cincuentenario de Octubre 1917) Empty Re: La lección TROTSKY (Extracto de "Balance de una revolución" Al margen del cincuentenario de Octubre 1917)

Mensaje por proleinternacionalista el Sáb Mar 26, 2011 12:24 pm

El apasionado rechazo a reconocer que el proletariado está derrotado, que el partido nunca más conseguirá ser revolucionario es lo que caracteriza el "trotskismo" de la segunda fase. Las citas que se verán a continuación mostrarán con que carácter peligrosamente seductor (que no abandonará nunca más) ve la luz del día el oportunismo "trotskista". Veamos por ejemplo un extracto del discurso de Trotsky ante la Comisión Central de Control, a la que compareció en junio 1927 bajo la acusación de haber infringido la disciplina del Partido «pronunciando discursos fraccionalistas» en la reciente sesión del Comité ejecutivo de la Internacional y de haber tomado parte en las manifestaciones a favor de Smilga, oposicionista exiliado en Siberia:

«¿Qué habéis hecho del bolchevismo? ¿De su autoridad, de la experiencia de la teoría de Marx y de Lenin? ¿Qué habéis hecho de todo esto en unos pocos años? (...) En las reuniones, sobre todo en las células obreras y campesinas se dice quien sabe que sobre la Oposición, se pregunta con que "recursos" cumple su "tarea" la oposición; los obreros, por ignorantes,por inconscientes ó bien atizados por vosotros (proceder auténticamente democrático puesto que especula acerca de la inconsciencia del proletario de filas) plantean estas preguntas ultra-reaccionarias. Y se encuentran oradores lo bastante flojos como para responder a estas cuestiones de una manera evasiva. Esta campaña inmunda, miserable, asquerosa, estalinista para abreviar, ¡es la que tendríais el deber de terminar – si fueseis realmente una Comisión central de Control!».

Al estalinista Soltz quien, reprochándole la declaración oposicionista de los 83 le habría dicho: «¿Adonde conduce pues? ¿Conocéis la historia de la Revolución francesa, y en que desembocó esto? En los arrestos y en la guillotina», Trotsky le responde en este discurso:

«Es necesario refrescar a toda costa nuestros conocimientos sobre la Revolución francesa. Durante la revolución francesa se guillotinó a un montón de gente. Nosotros también hemos fusilado a muchos. Pero la revolución francesa comprendió dos grandes capítulos, de los cuales uno se desarrolla así (curva ascendente) y el otro así (curva descendente) (...) Mientras que el capítulo se inserta en la curva ascendente, los jacobinos franceses, los bolcheviques de entonces, guillotinaban a los realistas y a los girondinos. Nosotros hemos conocido este episodio ya que nosotros, oposicionistas, hemos fusilado con vosotros a los guardias blancos y a los girondinos. Después un nuevo capítulo se abrió en Francia cuando (...) los termidorianos y los bonapartistas, los jacobinos de derechas, se dedicaban a perseguir y a fusilar a los jacobinos de izquierda, los bolcheviques de entonces (...) No hay ni uno sólo de nosotros a quien le asusten los fusilamientos. Todos nosotros somos viejos revolucionarios. Pero es necesario saber a quien fusilar y en que contexto. Cuando hemos fusilado, sabíamos pertinentemente en que contexto nos encontrábamos. ¿Pero hoy, comprendéis claramente dentro de que contexto os disponéis a fusilarnos? Me temo que os disponéis a fusilarnos (...) en el contexto de Thermidor (...) Es ciertamente necesario instruirse con las enseñanzas de la revolución francesa. ¿Pero es entonces necesario repetirla?».

Lo que se refleja, claro como el día, en estos pasajes es la contrarrevolución «ustrialovista» en curso, pero Trotsky continúa hablando a agentes estalinistas, a pesar de la violencia de su lucha, con el lenguaje de un camarada de partido. La violencia no debe disimular que la reivindicación de «democratización del partido» no es más que una aplicación particular de la táctica del frente único tan querida por los bolcheviques (Trotsky incluido). Sin frente único político con los «ustrialovistas» del Partido, la ruptura organizativa habría sido inevitable; pero, desde el momento en que Trotsky rechazaba esta ruptura, precisamente porque él juzgaba al frente único como no solamente posible, sino necesario este frente político se traducía fatalmente en términos de organización, las dos corrientes pertenecían formalmente al mismo partido.

El porqué es otra cuestión que veremos más adelante. La cuestión no es solamente táctica como en el frente único con la socialdemocracia, sobre la cual todos los comunistas reconocían su función contrarrevolucionaria; para el estalinismo, su función contrarrevolucionaria es también evidente, si se plantea la cuestión en términos de lucha internacional de clase. Pero en el cuadro nacional ruso (del cual ningún revolucionario ruso se podría abstraer puesto que es este marco es donde el proletariado ruso había tomado el poder y debía momentáneamente disputárselo al enemigo) no era tan fácil de descifrar, puesto que el régimen estalinista era indudablemente el heredero de la revolución democrática contenida en la revolución doble de 1917 y, al mismo tiempo, un baluarte contra la eventual restauración del régimen de la Constituyente, es decir, de la Rusia anterior a la revolución democrática. Pero esto no cambia estrictamente para nada el hecho de que, en tanto que táctica, el frente único político con el «ustrialovismo» estalinista implicado en la lucha por la «democratización del partido» era tan oportunista como lo era a escala internacional el frente único político con la socialdemocracia, y debía conducir a los mismos efectos desastrosos.

Si el lector tiene necesidad de convencerse de la realidad de este frentismo (acompañado además de una fatal obcecación de Trotsky sobre la frontera de clase que separaba desde 1927 su corriente de la del nacional-comunismo) bastará con leer este pasaje del mismo discurso de junio 1927 citado anteriormente que, después de cuarenta años, no puede más que provocar cólera y desesperación a cualquier revolucionario marxista, mientras que, en su inconsciencia infinita, el "trotskismo" contemporáneo admira beatíficamente:

«Si viviésemos en las condiciones de antes de la guerra imperialista, de antes de la revolución, en las condiciones de una acumulación relativamente lenta de los antagonismos, yo creo que la escisión sería infinitamente más probable que el mantenimiento de la unidad. Pero hoy la situación es diferente. Nuestras divergencias de puntos de vista se han agravado singularmente, los antagonismos han aumentado enormemente (...) Pero al mismo tiempo, tenemos, en primer lugar, un inmenso potencial revolucionario concentrado en el partido, una inmensa riqueza de experiencia concentrada en los trabajos de Lenin, en el programa y en las tradiciones del partido. Hemos desperdiciado una buena parte de ese capital (...) pero aún nos queda mucho oro puro. En segundo lugar, el período actual es un período histórico de giros bruscos, de acontecimientos gigantescos, de lecciones colosales por las cuales es necesario y posible instruirse. Hechos grandiosos se han producido permitiendo verificar las dos líneas políticas que se enfrentan. El partido puede facilitar ó estorbar el conocimiento de estas lecciones y su asimilación. Vosotros lo estorbáis» (NdR: Somos nosotros los que subrayamos este trágico eufemismo con el cual Trotsky pretende definir la obra de liquidación del partido de clase que el nacional-comunismo estaba realizando).
«Pero nosotros luchamos y lucharemos por la línea política de la revolución de Octubre. Estamos tan profundamente convencidos de la justicia de nuestra línea que no dudamos que acabe implantándose en la conciencia de la mayoría proletaria de nuestro partido ¿Cuál es pues, en estas condiciones, el deber de la comisión central de control? Pienso que este deber debería consistir en crear en este período de giros bruscos un régimen más flexible y más sano en el partido con el fin de permitir a los acontecimientos gigantescos que verifiquen sin sacudidas las líneas políticas enfrentadas. Es necesario dar al partido la posibilidad de realizar una autocrítica (...) apoyándose sobre los grandes acontecimientos. Si tal cosa se decidiese yo digo que antes de un año ó dos el curso del partido podrá ser enderezado. No es necesario ir de prisa, no hay que tomar decisiones que luego sería difícil reparar. Estad atentos para que no estéis obligados a decir: "Nos hemos separado de aquellos que habríamos debido conservar y hemos conservado a aquellos con los que habríamos debido separarnos"».

Esta extraña conclusión tiene al menos el mérito de explicarnos el secreto del frentismo político de Trotsky: frente a la amenaza de restauración del régimen anterior a la revolución de 1917, históricamente realizable (como hemos visto anteriormente) mediante la intervención imperialista extranjera, amenaza que persigue tanto a los nacional-comunistas como a los internacionalistas proletarios y que les perseguirá hasta el final, los «ustrialovistas» del Partido (en otros términos, el nacional-comunismo estalinista) no pueden, cree él, prescindir de los internacionalistas proletarios al igual que estos no pueden prescindir de los «ustrialovistas». Esta es la loca ilusión que se encuentra en la base de la política de «democratización del partido».

No hay ninguna otra explicación a esta otra forma de «frentismo» que son las trágicas declaraciones de todos los miembros de la vieja guardia en los famosos proceso de Moscú ¿Qué otro lazo hubiera podido apretar tan estrechamente a los perseguidos y a los perseguidores, a los bolcheviques y a los «ustrialovistas» tan opuestos violentamente sobre el terreno de clase, sino ese mismo alineamiento objetivo contra la restauración? La única diferencia es que en los procesos de Moscú es Stalin quien implícitamente conduce el «chantaje de la restauración»; mientras que en el discurso aquí citado es ¡¡Trotsky!!

Se observa que aquí el frentismo es también una forma de esta unión sagrada que en otras condiciones Trotsky habría combatido con toda la fogosidad revolucionaria de la cual era capaz, unión sagrada en la cual sólo el lazo orgánico que le ligaba a la revolución no sólo socialista sino democrática de Octubre podía hacerle recaer. La unión sagrada bajo la amenaza real o supuesta de la contrarrevolución democrática-burguesa¿qué otra explicación se puede dar a los esfuerzos desesperados de Trotsky, cuyo siguiente pasaje testimonia con elocuencia, para mantener en el marco de la legalidad democrática del mismo partido, la réplica necesaria a la guerra que la fracción «ustrialovista» ha desencadenado contra la corriente proletaria?

«El régimen del partido se deriva de toda la política de la dirección. Detrás de los extremistas del aparato se halla la burguesía interior renaciente. Detrás de ella se encuentra la burguesía mundial. Todas estas fuerzas pesan sobre la vanguardia proletaria y la impiden que levante la cabeza, que abra la boca. Cuanto más se aleja la política del Comité Central de la línea de clase, más se ve obligada a imponer desde arriba esta política a la vanguardia proletaria mediante medidas de coerción. Este es el origen del indignante régimen que reina en el partido (...) El fin inmediato de Stalin: escindir al partido, escindir a la oposición, habituar al partido a los métodos de aniquilamiento físico, formar equipos de abucheadores fascistas, de hombres que trabajan a puñetazos, a librazos, a pedradas, encerrando a la gente, sobre esto se ha detenido el curso estalinista momentáneamente, antes de ir más lejos. El estalinismo encuentra su expresión desenfrenada dejándose llevar a verdaderos actos de granujas. Lo repetimos, esos métodos fascistas no son más que la realización ciega, inconsciente de un orden social emanante de las otras clases (no del proletariado). El objetivo: amputar la oposición del partido y aniquilarla físicamente. Ya se dejan escuchar voces: "Excluyamos a un millar, fusilemos a un centenar, y el partido volverá a la calma". Así hablan estos infelices ciegos temerosos y desencadenados al mismo tiempo. Es la voz de Thermidor. Veamos la otra parte del díptico: "La violencia se estrellará contra una línea política justa que tiene a su servicio el coraje revolucionario de los cuadros de la oposición". Stalin no creará dos partidos. Nosotros decimos abiertamente al partido: la dictadura del proletariado está en peligro. Y nosotros creemos firmemente que el partido, su núcleo proletario escuchará, comprenderá, rectificará. El partido está ya profundamente sacudido. Mañana será atacado hasta sus cimientos (...) Tenemos la canastilla del bolchevismo. No nos la arrebatéis. La haremos andar. No nos separareis del partido, ni de la clase obrera. Conocemos las represiones, estamos acostumbrados a los golpes. No cederemos la revolución de Octubre a la política de Stalin cuya esencia se puede expresar en pocas palabras: amordazamiento del núcleo proletario, fraternización con los conciliadores de todos los países, capitulación ante la burguesía mundial (...) ¡La oposición es invencible! Excluidnos hoy del Comité Central, lo mismo que habéis detenido a tantos otros: nuestra plataforma continuará su camino (...) Las persecuciones, las exclusiones, los arrestos harán de nuestra plataforma el documento más popular, el más cercano al corazón, el más querido por el movimiento obrero internacional. Expulsadnos, no detendréis las victorias de la oposición: éstas serán las victorias de la unidad revolucionaria de nuestro partido y de la Internacional comunista».

Podrían llenarse páginas enteras con citas que prueban que, hasta 1936, Trotsky no cree en la contrarrevolución sobrevenida. Septiembre 1929: «Considerar al partido comunista (de la URSS), no a su aparato de funcionarios, sino a su núcleo proletario y a las masas que lo siguen como a una organización acabada, muerta, enterrada, es caer en el sectarismo» (La Defensa de la URSS). Febrero 1930: «Considero que no hay ninguna probabilidad para preveer los interiores de la Revolución de Octubre y que no hay ninguna razón para extraer la conclusión de que están agotadas y que no es necesario impedir a Stalin que haga lo que está haciendo. Nadie nos ha designado como inspectores del desarrollo histórico. Somos los representantes de una tendencia particular del bolchevismo, y nosotros lo defendemos ante todos los giros en todas las condiciones» (Los bolcheviques-leninistas en la URSS). Octubre de 1932: exiliado en Prinkipo, Trotsky concluye así su crítica del segundo plan quinquenal: «Afrontar la economía es algo propio de un político. El arma de la política es el partido. La principal de todas las tareas: regenerar el partido y, a continuación, los Soviets y los sindicatos. La reparación capital de todas las organizaciones soviéticas es la más importante y la más actual de las tareas para el año 1933».

Frente a la lucha de la Oposición por la democratización y el enderezamiento del Partido, Stalin y sus acólitos habían respondido desde 1926 (Trotsky lo recuerda en La revolución traicionada): «¡Estos cuadros no podréis expulsarles más que mediante la guerra civil!». Los gobiernos democráticos emplean hipócritamente el recurso a las elecciones y es el Partido proletario quien advierte a la clase obrera que sin guerra civil, nunca se librará de la dominación política y de la administración burguesa. El error no fue, claro está, el haber desencadenado la guerra civil contra el Estado estalinista, sino el no haber dado esa misma advertencia anterior al proletariado ruso y al proletariado mundial; el haber renunciado a la reforma democrática del partido y del Estado en el momento mismo en que el enemigo le declaraba su propia guerra, hizo que la oposición trotskista perdiese la oportunidad histórica de contribuir a la reconstitución a largo plazo histórico de contribuir a la reconstitución a largo plazo histórico del movimiento comunista mundial, disperso y derrotado. Dicho esto, es necesario una ceguera total para no ver que esto no era aún el paso con armas y bagajes al campo de la «democracia en general». Sólo la imbecilidad "trotskista" contemporánea puede negar que en 1936 fue, al igual que la consecuencia lógica de una serie de errores, una negación de Trotsky por sí mismo: tal es la dialéctica fatal del oportunismo.

En efecto, 1936 abre la tercera fase del "trotskismo", cuyas desastrosas posiciones vienen formuladas en La revolución traicionada. Esta vez, Trotsky se inclina al fin ante la evidencia histórica:

«El viejo partido bolchevique ha muerto. Ninguna fuerza lo resucitará. Una nueva revolución es ineluctable (...) No se trata de la amenaza de un segundo partido, como sucedía hace doce o trece años, sino de la necesidad de ese partido, única fuerza capaz de continuar la revolución de Octubre».

Atención, pues la precisión es capital: el programa "revolucionario" que vamos a leer no es (ni nunca lo ha sido en el ánimo de Trotsky) el programa internacional de la revolución socialista, una especie de corrección impuesta por las "lecciones de la historia" al programa inmutable de esta Revolución; esto sólo ha podido ser imaginado por la irreflexión de "discípulos" que han leído a Trotsky exactamente igual que los estalinistas leen a Lenin. Es simplemente el programa de una revolución todavía hipotética que vendría providencialmente a volver a atar el hilo roto por el estalinismo con la revolución a la vez democrática y socialista de Octubre, corrigiendo la desviación entre las esperanzas de 1917 y la realidad histórica de 1936, en definitiva, vengar a los revolucionarios aboliendo de golpe un presente odioso para conducirles al radiante punto de partida. La Historia ha demostrado que esta revolución, concebida así, no ha sido más que un sueño enfebrecido, puesto que no ha tenido lugar, y si su programa ha sido realizado en cierta medida, no lo ha sido por una revolución, sino por una reforma; en absoluto por un Partido revolucionario, sino por fuerzas políticas que Trotsky habría rechazado si hubiese podido verlas en acción, al igual que rechazó a los socialdemócratas de su tiempo, o sea, los herederos "desestalinizadores" de Stalin. Lo que nos interesa aquí no es por lo tanto la irrealidad de la previsión, sino la ruptura con los principios anteriores.

El programa de la revolución «antiburocrática» dice así:

«El restablecimiento del derecho de crítica y de una libertad electoral verdadera son las condiciones necesarias para el desarrollo del país. El restablecimiento de la libertad de los partidos soviéticos, comenzando por el partido bolchevique, y el renacimiento de los sindicatos vienen incluidos. La democracia traerá consigo, en economía, la revisión radical de los planes en interés de los trabajadores. La libre discusión de las cuestiones económicas disminuirá los costes generales impuestos por los errores y el zig-zag de la burocracia. Las empresas suntuarias... para deslumbres cederán el sitio a las viviendas obreras. Las normas burguesas de reparto volverán antes que nada a las proporciones que ordena la estricta necesidad, para retroceder, a medida que crezca la riqueza, ante la igualdad socialista. Las graduaciones serán abolidas inmediatamente, las condecoraciones limitadas a lo accesorio. La juventud podrá respirar libremente, criticar, equivocarse y madurar. La ciencia y el arte sacudirán sus cadenas. La política exterior volverá a la tradición del internacionalismo revolucionario».

Una de dos: o bien el comunismo no es otra cosa que la negación de toda posibilidad de abolir no solamente las clases, sino hasta las menores taras de la civilización burguesa mediante la democracia política, y entonces un programa similar abandona el comunismo para arrojarse de brazos en el socialdemocratismo, o bien ese programa no es socialdemócrata, y por lo tanto será necesario que se nos explique lo que es el comunismo.

Ante este dilema, la "diplomacia teórica" del trotskismo degenerado ha encontrado una salida que se parece mucho a esos remedios que resultan ser peores que la enfermedad. De esta forma, Isaac Deutscher (trotskista polaco que se ha convertido en experto en cuestiones de Estado junto a la burguesía anglosajona ilustrada) escribe en su Revolución Inacabada: «En una sociedad postcapitalista (como la de la URSS, NdR) la libertad de expresión y de asociación debe cumplir una función radicalmente diferente a la que cumple en el régimen capitalista ¿Por qué? Porque en una sociedad postcapitalista no existen mecanismo económicos que puedan mantener a las masas sojuzgadas. Sólo la fuerza política puede llegar a hacerlo». No sólo no se evita el socialdemocratismo, sino que además se cae de lleno en el idiotismo anarquista incapaz de concebir que nunca ha existido en la historia una «fuerza política», es decir, de coerción organizada, que no haya surgido de la existencia de «mecanismos económicos de sometimiento» dentro de la sociedad. Pobre Trotsky, gran marxista desafortunado, tus discípulos ni siquiera se han percatado del hecho de que tú habrías pasado lo más lúcido de tu vida de oposicionista descubriendo los «mecanismos económicos de sometimiento» existentes en la sociedad rusa posterior a Octubre.

Dentro de su terrible perplejidad de cara a la sociedad y la economía rusa, dentro de su inquietud expresamente formulada de «separar las categorías sociales acabadas como capitalismo (incluido el capitalismo de Estado) y socialismo» (La Revolución traicionada), Trotsky no renegaría del término «post-capitalismo»: dos generaciones de "militantes" que, en materia de fe revolucionaria e incluso de marxismo, no eran mas que pigmeos comparados con él, se han visto ridiculizados con sus "contradicciones lógicas". Pero la cuestión no es esa. Es preciso dejar al oportunismo (con el "derecho de crítica") la ruindad consistente en arrojar sobre las debilidades, incluso reales, de los "jefes" la responsabilidad de su propia ausencia de principios. Supongamos, para hacerlo más claro, que Trotsky haya llevado su "debilidad" hasta el grado de decir: la URSS es socialista al 50% pero burguesa e incluso sub-burguesa también al 50%. La cuestión agitada por la justificación imbécil que Deutscher (tomado como simple muestra del "trotskismo" contemporáneo) da de la reintroducción del democratismo en el comunismo sería exactamente igual que decir: ¿esta "revolución" democrática soñada por Trotsky tendría una "mitad socialista" ó por el contrario la "mitad capitalista" de la sociedad posterior a Octubre? Esta cuestión puede parecer extravagante, pero se encuentra desde 1929, en que Trotsky en persona la ha respondido en una polémica con un tal camarada Urbhans que quería en esta época conducir a Rusia por la vía del socialismo mediante una lucha democrática contra Stalin:

«La libertad de coalición significa la "libertad" (¡ya sabemos cual!) de conducir la lucha de clase en una sociedad cuya economía está fundada en la anarquía capitalista, mientras que la política está situada dentro de los límites de lo que se llama democracia. Según esto el socialismo no es inconcebible (...) sin una sistematización de todas las relaciones sociales (...) La función de los sindicatos no tiene por tanto (...) nada en común con la de los sindicatos en los Estados burgueses, en los cuales la libertad de coalición no es solamente un reflejo, sino un elemento activo de la anarquía capitalista (...) Urbhans lanza la consigna de "libertad de coalición" precisamente en el sentido general de la palabra democracia (...) Es completamente justo (poco importa aquí nuestro desacuerdo con la «táctica» de las consignas democráticas aquí planteada para los países capitalistas: lo que nos importa es mostrar que la democracia no tiene sentido más que en el capitalismo) con una pequeña condición: que se reconozca que el Thermidor ya está realizado (o sea, que la revolución de Octubre está derrotada, que se está en un capitalismo puro, aunque poco evolucionado). Pero en este caso Urbhans no llega muy lejos. Poner delante la libertad de coalición como una reivindicación aislada, es la caricatura de una política. La libertad de coalición es inconcebible sin las otras "libertades". Pero estas libertades son inconcebibles fuera de un régimen de democracia, es decir, fuera del capitalismo. Es necesario aprender a juntar los cabos» (La Defensa de la URSS).

Pasaje capital. En el tema que nos ocupa «juntar los cabos» significa comprender que el programa de revolución neo-liberal concebido por el comunista Trotsky para la URSS de 1936 no tiene nada que ver con lo que él ha podido decir o incluso pensar acerca de la existencia de un post-capitalismo en Rusia, sino que por el contrario es perfectamente coherente con su negación obstinada del socialismo ruso, si bien no lo es en absoluto con su propia caracterización del siglo XX y con la crítica marxista de la democracia política. La afirmación escandalizará tanto a los "discípulos" como a multitud de adversarios, en particular a aquellos que no han sabido reaccionar ante la desviación neo-socialdemócrata de Trotsky más que mediante una desviación neo-anarcosindicalista. Estos desgraciados creen en efecto a pies juntillas, unos y otros, en la realidad de la "nueva sociedad" caracterizada por la dominación de clase de la burocracia, esta famosa burocracia a la vez proletaria, en la medida en que defiende la propiedad del Estado, y burguesa en la medida en que oprime al proletariado y corre el riesgo de llevar al país a la derrota en la guerra imperialista, y por lo tanto a la restauración del régimen de la Constituyente burguesa con todas las amenazas de retorno al antiguo régimen que esto comportaba. Y su desgracia consiste en no haberse apercibido nunca de que esta «burocracia» no ha sido nunca más que una mala tentativa de personificación social del papel histórico del estalinismo, dicho de otra forma, que la tentativa insensata de hacer salir las contradicciones que el estalinismo presentaba ante los ojos de todos, de la matriz de un solo grupo social, mientras que a todas luces todo el complejo de las condiciones nacionales e internacionales del cual había surgido no era suficiente para explicarlo.

Aplicación simplista del determinismo marxista: ¿Cuál es la clase representada? No es la burguesía nacional la que ha sido derrotada en Octubre. No es el proletariado, económicamente oprimido y políticamente desposeído. No es el campesinado, aunque el estalinismo ha enfrentado a los pequeños campesinos contra los kulaks primero y después ha hecho pagar a estos pequeños campesinos, reagrupados autoritariamente en koljozes, una gran parte de la industrialización capitalista del país. Todo lo que queda es la «burocracia»... Pero Trotsky era tan plenamente consciente de la debilidad de una solución familiar que negó simultánea y enérgicamente que la burocracia fuera una clase. En nuestra humilde opinión estuvo mejor inspirado hablando de poder bonapartista.

Si se hubiesen apercibido de esto en lugar de tomar las perplejidad de Trotsky con respecto al misterio objetivo de una sociedad nueva, habrían comprendido también que el «post-capitalismo», en tanto que pseudo-dualidad del papel de la burocracia en lo que atañe al socialismo, no ha sido nunca otra cosa que la justificación ideológica del frente único político (tan particular como se quiera) en el cual Trotsky ha intentado mantener contra viento y marea a lo que quedaba del partido de clase en Rusia unido al partido «ustrialovista» ¡Es necesario «aprender a unir los cabos» y también a distinguir la causa del efecto! Si se pregunta por que ese frente único, el «post-capitalismo» no nos dará la más mínima respuesta. El «post-capitalismo» no existe, para Trotsky, más que en la medida en que subsiste para la sociedad rusa una posibilidad histórica de ir hacia el socialismo, posibilidad definida en el interior, por la ausencia de restauración del régimen de la Constituyente con todo lo que esto habría supuesto para las conquistas de la Revolución democrática efectuada en Octubre, y en el exterior, por la revolución proletaria. El «post-capitalismo» no es un grado cualquiera de «socialismo», sino simplemente una especie de no man's land en la cual las tendencias hacia el socialismo continúan su lucha contra las tendencias hacia el capitalismo encarnadas en el estalinismo.

Para realizar un frente único evidentemente es necesario ser dos. Pero el hecho de ser dos no explica para nada el frente único. Aborrecible en tanto que sepulturero de la tradición proletaria y marxista del bolchevismo, en tanto que punto de apoyo de todas las desviaciones oportunistas de la Internacional, en tanto que fuerza de choque contra todas sus corrientes proletarias, el estalinismo, innoble desviación nacionalista desde el punto de vista del proletariado, no ha sido, desde el punto de vista de la Revolución democrática en Rusia, más que una variante del ustrialovismo, es decir, de una corriente que no pone en duda las conquistas de esta revolución, que renuncia a la restauración del régimen de la Constituyente, y por lo tanto, al mismo tiempo, impide que Rusia vuelva a su posición anterior de capitalismo «sometido, semi-colonial, sin futuro». En resumen, lleva a cabo la «misión histórica progresiva» que consiste en desarrollar las fuerzas productivas, en liquidar las relaciones preburguesas en las cuales Rusia habría permanecido anclada sin la Revolución de Octubre.

Las consideraciones de clase en el sentido amplio – es decir, en el sentido de los intereses del movimiento comunista internacional – empujan a Trotsky a combatir violentamente al estalinismo en tanto que oportunismo político; las consideraciones de clase en el sentido estrecho – es decir, en el sentido de los intereses inmediatos de los obreros rusos sometidos por parte de ese «cuerpo de controladores» que constituyen el nuevo Estado, a la más terrible presión que la clase obrera haya sufrido jamás – le empujan igualmente a combatir violentamente al estalinismo, en tanto que «socialismo en un solo país», es decir, camuflaje ideológico de una auténtica opresión social. Pero ni en el sentido amplio, ni incluso en el sentido estrecho ninguna consideración de clase convencerá a Trotsky – por lo menos hasta 1936 – de romper radicalmente con el estalinismo en tanto que ustrialovismo ruso, es decir, en tanto que agente histórico de una auténtica revolución económica y social que sus escrúpulos podían desear controlar y disciplinar, pero no impedir, puesto que creaba evidentemente las famosas «bases materiales» sin las cuales es inconcebible el socialismo.

Este fue el error fatal, el reconocimiento del papel progresivo del capitalismo por el marxismo viene siempre y en todo lugar acompañado no solamente de una total intransigencia del partido de clase sobre sus propios postulados sociales, sino del máximo de independencia política frente al partido adversario, al menos cuando el partido de clase no está gangrenado por el oportunismo. En la naturaleza de un error político de principio está el no poder encontrar un fundamento teórico seguro. El error político de principio viene condenado, por el contrario, por las justificaciones deficientes de la ideología, y cualquiera sabe si las que Trotsky da de las suyas lo fueron. Pero para verlo sería necesario ser al menos tan marxista como él; seria necesario comprender que el socialismo no es posible sin un desarrollo anterior de sus bases materiales, lo que los discípulos de Trotsky que han vuelto a caer en el socialismo de empresa, reduciéndolo todo a la sustitución de la gestión patronal por la gestión obrera, se han mostrado incapaces de comprender, aunque hayan tenido el mérito de rechazar seguirle sobre el terreno de la democracia política. Pero sería necesario también comprender lo que Trotsky ha afirmado siempre justamente, o sea, que ¡la democracia es inconcebible fuera del capitalismo (lo que no trae consigo en absoluto que el capitalismo no pueda concebirse sin democracia)! Incapaces de acceder a esta verdad marxista elemental, los "discípulos" no han visto que a pesar de que Trotsky no había escrito nunca ni una sola línea para demostrar la inexistencia del más mínimo socialismo en Rusia, su programa de revolución neo-liberal de 1936 constituiría por sí mismo una demostración implícita de esta inexistencia.

En realidad, TROTSKY NUNCA HA CREIDO EN EL SOCIALISMO RUSO, nunca ha confundido LAS CARACTERISTICAS DEL SOCIALISMO Y LAS DEL CAPITALISMO, contrariamente a sus discípulos degenerados que no nos hablan más que de socialismo democrático en la medida en que ellos creen en un socialismo mercantil, y creen en el socialismo mercantil porque una vez más no han comprendido nada acerca de la polémica de Trotsky contra el estalinismo. Mientras que en la época de los dos primeros planes quinquenales ridiculizaba la pretensión de éste último de «arrojar la NEP por la borda», es decir, de abolir las relaciones de mercado solamente con la virtud de la voluntad administrativa, dicho de otra forma, de eliminar la anarquía burguesa sólo con la virtud de la autoridad política, Trotsky señalaba la utopia voluntarista del socialismo en un solo país, y no hacía más que defender fielmente la política de capitalismo controlado que Lenin había considerado con razón como la única posible en espera de la revolución mundial. Pero sus benditos discípulos, siempre tan informados y tan penetrantes, dicen que él defendía «la verdadera política económica del socialismo» con la «falsa política» de Stalin, y de esto han deducido – exactamente como los estalinistas de la época siguiente – que el socialismo no existe sin mercado y sin trabajo asalariado. Esto se aplica igualmente bien a los "discípulos" neo-socialdemócratas de Trotsky tanto como a los "discípulos" neo-anarcosindicalistas como el difunto grupo Socialisme ou Barbarie. Dejando de lado esta enojosa cascada de equivocaciones, es necesario dejar a Trotsky para que demuestre lo que afirmamos:

«La propiedad estatal de los medios de producción domina casi exclusivamente en la industria. En la agricultura sólo está representada por los sovjoses que no ocupan más del 10% de la superficie cultivada. En los koljoses, la propiedad cooperativa se combina en distintas proporciones con las del Estado y las individuales. El suelo, jurídicamente del Estado pero dado en "usufructo perpetuo" a los koljoses, se distingue muy poco de la propiedad cooperativa (...) La nueva constitución (...) dice: "La propiedad del Estado, en otros términos, la del todo el pueblo". Sofisma fundamental de la doctrina oficial. Es innegable que los marxistas – comenzando por el mismo Marx – han empleado en lo que concierne al Estado obrero los términos de "propiedad estatal", "nacional" ó "socialista". A gran escala histórica, esta manera de hablar no presentaba grandes inconvenientes. Pero se convierte en la fuente de grandes errores y de engaños desde el momento en que se trata de las primeras etapas aún no aseguradas de la evolución de la nueva sociedad, aislada y atrasada desde el punto de vista económico con respecto a los países capitalistas. La propiedad privada, para llegar a ser social, debe pasar por la estatalización, al igual que la oruga, para convertirse en mariposa, debe pasar antes por el estadio de crisálida. Pero la crisálida no es la mariposa. Miles de crisálidas mueren antes de convertirse en mariposas. La propiedad del Estado no llega a ser la de "todo el pueblo" más que en la medida en que desaparecen los privilegios y las distinciones sociales y por consiguiente el Estado pierde su razón de ser. Dicho de otra forma, la propiedad del Estado se convierte en socialista a medida que deja de ser propiedad estatal. Pero por el contrario, cuanto más se eleva el Estado soviético por encima del pueblo, más duramente se opone como el guardián de la propiedad ante el pueblo que la dilapida, y más claramente testifica contra el carácter socialista de la propiedad estatal» (...)
«La enorme superioridad de las formas estatales y colectivas de la economía, por muy importante que sea para el futuro, no descarta otro problema no menos serio: el del peso de las tendencias burguesas en el mismo seno del "sector socialista", no solamente en la agricultura, sino también en la industria. El dinamismo del empuje económico trae consigo un cierto despertar de los apetitos pequeño-burgueses no solo entre los campesinos "intelectuales", sino también entre los obreros privilegiados».

Si esto era cierto en 1936, con mayor razón lo es treinta años más tarde. Es el desencadenamiento de estos «apetitos pequeño-burgueses» incluso en el «sector socialista» (es decir, no koljosiano) al que corresponde la «liberalización política» comenzada bajo Krutchov con su acompañamiento obligado de glorificación del capitalismo en materia económica. Es el genuino producto del dinamismo del empuje económico posterior a la segunda guerra mundial, pero en absoluto es un «retorno a Lenin» como se han imaginado los trotskistas. Estos trotskistas han leído a Trotsky de la misma forma que los estalinistas han «leído» a Lenin.

«La simple oposición de los cultivadores individuales a los koljoses y de los artesanos a la industria estatalizada no da la menor idea acerca de la potencia explosiva de esos apetitos que penetran en toda la economía del país y se expresan, para hablar sumariamente, en la tendencia de todos y de cada uno de dar lo menos posible a la sociedad y extraer de ella lo más posible (...) Mientras que el Estado lucha sin cesar contra la acción molecular de las fuerzas centrífugas, los medios dirigentes forman el núcleo principal de la acumulación privada lícita e ilícita. Enmascarados por las nuevas normas jurídicas, las tendencias pequeño-burguesas no se dejan coger fácilmente por la estadística. Pero la burocracia "socialista", esta monstruosa excrecencia social que sigue creciendo (...) es el testimonio de su predominio neto en la vida económica» (...) «El obrero no es en nuestro país un esclavo asalariado, un vendedor de trabajo-mercancía. Es un trabajador libre, afirma la "Pravda". Fanfarronada inadmisible. El paso de las fábricas al Estado no ha cambiado más que la situación jurídica del obrero; de hecho, vive bajo la necesidad de trabajar un cierto número de horas por un salario dado. Las esperanzas que el obrero tenía antes en el partido y los sindicatos, las ha trasladado desde la Revolución al Estado que él ha creado. Pero el trabajo útil de este Estado se ha encontrado limitado por la insuficiencia de la técnica y de la cultura. Todo un cuerpo de controladores se ha formado (...) Trabajando por piezas, viviendo en una profunda tortura, privado de libertad para desplazarse, sufriendo en la misma fábrica un terrible régimen policíaco, el obrero difícilmente puede considerarse un trabajador libre. El funcionario es para el un jefe, el Estado un patrón» (...)
«La lucha por el aumento del rendimiento laboral, unida a la preocupación por la defensa nacional, constituye el contenido esencial de la actividad del gobierno soviético. En sus diversas etapas, esta lucha ha revestido diversas formas (...) brigadas de choque durante el primer plan quinquenal y a comienzos del segundo (...) tentativas para establecer una especie de trabajo por piezas (que tropezaban con una moneda fantasma y con la diversidad de precios), sistema de reparto estatal que sustituye a la diferenciación flexible de las "primas", significando en realidad el arbitrio burocrático (...) Sólo la supresión de las cartillas de racionamiento, el inicio de estabilización del rublo y la unificación de los precios permiten (el retorno al) trabajo por piezas o por tareas. El secreto de... este sistema de sobreexplotación no lo han inventado los administradores soviéticos: Marx lo consideraba como el mejor dentro del modo capitalista de producción».

La vuelta al trabajo por piezas que sucede a la rehabilitación del rublo ha representado, dice Trotsky, no una renuncia a un socialismo que era puramente imaginario, sino «el abandono de ilusiones groseras». «La forma del salario está simplemente mejor adaptada a los recursos del país, "nunca el derecho puede situarse por encima del régimen económico"» (cita de Marx).

«Pero los medios dirigentes de la URSS no pueden prescindir del camuflaje social. (Para ellos) el rublo se ha convertido en el único y verdadero medio de llevar a cabo el principio socialista (¡) de la remuneración del trabajo. ¡Si todo era de la realeza en las viejas monarquías, incluso los urinarios, no hay que deducir de esto que todo se convierte en socialista por la fuerza de las cosas en el Estado obrero! (...) El rublo es el único y verdadero medio de aplicar el principio capitalista(subrayado por Trotsky) de la remuneración del trabajo (...) Cuando el ritmo del trabajo está determinado por la caza del rublo, las personas no trabajan según sus capacidades(alusión a la fórmula comunista: «De cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades» revisada y corregida así por los estalinistas: «de cada uno según sus capacidades, a cada uno según su trabajo» que, en su primera parte, es una mentira en la sociedad mercantil, y, en su segunda parte, puramente burguesa), o sea, según el estado de sus músculos y de sus nervios, están sometidos. Este método no puede ser justificado con rigor más que invocando la dura necesidad: hacer de esto el "principio fundamental del socialismo" es pisar los pies a los ideales de una cultura nueva y superior, hundiéndolos en el fango habitual del capitalismo (...) La fase inferior del comunismo exige sin duda el mantenimiento de un control riguroso de las medidas del trabajo y del consumo, pero supone en todo caso formas más humanas de control que las que inventa el genio explotador del Capital (...) la propiedad estatal de los medios de producción no transforma la basura en oro y no rodea con una aureola de santidad al sweating system, el sistema del sudor (...)
«La compresión estatal y la compresión monetaria pertenece a la herencia de la sociedad dividida en clases (...) En la sociedad comunista, el Estado y el dinero habrán desaparecido. Su desaparición progresiva debe comenzar por lo tanto bajo el régimen socialista. No podrá hablarse de victoria real del socialismo más que a partir del momento histórico en que el Estado no sea más que un medio Estado y en el que el dinero empiece a perder su poder mágico. Esto significará que el socialismo, liberándose de los fetiches capitalistas, empieza a establecer relaciones más puras, más libres y más dignas entre los hombres (...) La nacionalización de los medios de producción y del crédito, la manumisión de las cooperativas y del Estado sobre el comercio interior, el monopolio del comercio exterior, la colectivización de la agricultura, la legislación sobre la herencia suponen estrechos límites para la cumulación personal de dinero y estorban la transformación del dinero en capital privado (usurario, comercial e industrial). Esta función del dinero por lo tanto no ha sido liquidada (...) sino simplemente transferida al Estado comerciante, banquero e industrial universal (...) La función del dinero en la economía soviética, lejos de haberse acabado, todavía debe desarrollarse a fondo» (...)

Sólo la realidad capitalista descrita anteriormente ha podido conducir a Trotsky a la convicción de que una nueva revolución era necesaria; sólo esta realidad capitalista ha podido sugerirle esta analogía sugestiva: «La historia ha conocido además revoluciones sociales que han sustituido el régimen burgués por el feudalismo, revoluciones políticas que, sin tocar los fundamentos económicos de la sociedad, derrocaron las viejas formaciones dirigentes (1830 y 1848 en Francia, Febrero 1917 en Rusia). La subversión de la casta bonapartista (se trata del partido estalinista y del aparato del Estado) tendrá naturalmente profundas consecuencias sociales; pero se mantendrá dentro de los límites de una transformación política».

Cuando se admite, como hace el trotskismo degenerado de hoy, que esta revolución política se lleva a cabo sobre la base del socialismo, ó, para expresarse en términos menos estáticos, en un momento dado de la transformación socialista de la sociedad, la incoherencia se hace patente, y las preguntas se plantean en gran cantidad. ¿No es necesaria por tanto la dictadura del proletariado en la transformación socialista? ¿La transformación socialista puede proseguirse una vez que el poder ha escapado de las manos del proletariado, que debe por lo tanto recobrarlo revolucionariamente, pero que no tiene más que hacer que continuar en la misma vía sobre el plan económico-social?

Cuando se admite la base capitalista todo se hace claro, cuando no exacto: el proletariado ha perdido el poder; por lo tanto, la transformación capitalista de la Rusia pequeño-burguesa no se inscribe ya en una marcha al socialismo, sino en una fase de reacción mundial. Para reabrir el camino hacia el socialismo el proletariado debe reconquistar el poder. Pero si lo consigue no puede, en el marco nacional, pasar a la fase del socialismo inferior antes de veinte años después de Octubre. No puede abolir el mercado, el salario, las relaciones burguesas de producción. No puede más que subir algunos escalones suplementarios en la sucesión de los modos históricos de producción: la revolución es política, no social.

La enorme incoherencia es imaginar que, como en 1917, el proletariado podría ser llevado (ó mejor, restablecido) en el poder por una revolución popular. La alianza original del proletariado socialista y del campesinado democrático tenía su razón de ser en 1917: la necesidad de la revolución democrática, es decir, la liquidación de la gran propiedad de la tierra. En 1936, esta revolución no está por hacer: está terminada. Incluso en caso de restauración es dudoso que el régimen de la Constituyente pudiera hacer mucho más por la abolición de los resultados sociales de la revolución democrática que lo que hicieron los Borbones que volvieron a Francia después de la caída del Imperio. Bajo estas nuevas condiciones, la alianza del proletariado con todas las clases populares no puede tener el sentido revolucionario de 1917. Incluso concebida dentro del marco de un movimiento insurreccional no puede tener más que un sentido democrático y socialdemócrata vulgar; la unión de todo el pueblo por la libertad, innoble enseña del antifascismo, que nunca ha conseguido llegar a una revolución, ni siquiera «puramente política». Así, inspirado por una nostalgia de Octubre, por una generosa indignación contra la opresión social que va creciendo bajo el marco del «socialismo en un solo país», la posición de Trotsky en 1936 constituye la liquidación de su marxismo y de sus principios comunistas.

El paso de la política de «frente único» con el estalinismo a la política de revolución antiburocrática no impidió a Trotsky permanecer fiel a la política de defensa nacional de la URSS en caso de guerra, política que pretendía imponer no sólo a los soviéticos sino al proletariado internacional. Era renegar del principio de los principios: ¡el internacionalismo revolucionario del proletariado!

Es cierto que las «contradicciones lógicas» del jefe de la Oposición han contribuido enormemente para impedir a sus discípulos descifrar el sentido del giro de 1936. Pero armado de su doctrina y de su método crítico, el Partido de clase prescinde de la coherencia de los individuos; aferrado a los principios que son las conquistas de la experiencia viva, de la lucha del proletariado, no corre el riesgo, como el oportunismo, de confundir las debilidades humanamente inevitables de los revolucionarios vencidos con las «lecciones de la historia».

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