La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

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    Shenin
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    La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

    Mensaje por Shenin el Dom Mar 20, 2011 12:48 am

    La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

    En España no existió revolución burguesa; las etapas democráticas fueron muy breves y superficiales. El capitalismo se desarrolló muy lentamente y el Estado se formó por medio de un acuerdo de una burguesía débil con la aristocracia feudal, imponiendo un régimen oligárquico de feroz explotación y represión de las masas.

    El 14 de abril de 1931 ese régimen oligárquico comenzó a quebrar y, para salvar su dominio, la oligarquía trató de ganarse a las masas con la II República, que continuó la misma política de antes.

    El triunfo del Frente Popular en las elecciones de 16 de febrero de 1936 cambió esencialmente el carácter de aquella República que, a partir de entonces se va a transformar en una República Democrática y Parlamentaria de nuevo tipo y de un profundo contenido social. Una República Popular sin igual en la Europa de entonces.

    Las razones de este cambio residen en que el nuevo Estado va a estar asentado en el pueblo trabajador, en organizaciones democráticas y populares, con un programa revolucionario que atacaba directamente las bases económicas y sociales del dominio de la oligarquía. La sublevación fascista del 18 de julio vino a reforzar este carácter popular, pues fueron las masas, el pueblo en armas, las únicas fuerzas capaces de respaldar el nuevo poder.

    Al día siguiente del triunfo del Frente Popular, el 17 de febrero, los presos fueron liberados por inmensas manifestaciones, dirigidas en muchos casos por los diputados electos. La Ley de Amnistía se promulgó el día 21.

    El Parlament Catalá, reunido nuevamente tras su disolución en octubre de 1934, reeligió a Companys y a sus Consejeros, salidos todos ellos de prisión, para el Gobierno Autónomo de la Generalitat. Poco después, se aprobaron los Estatutos de Euskal Herria y Galicia. Los obreros agrícolas y los campesinos pobres, nada más conocer el triunfo del Frente Popular, se lanzaron a ocupar tierras en los latifundios y fincas de caciques y terratenientes, ocupaciones que luego fueron legitimadas por el Gobierno. Durante el gobierno del Frente Popular, 192.193 campesinos pasaron a ocupar 755.888 hectáreas de tierras cultivables, gracias a la aplicación intensiva de la Ley de Reforma Agraria. Se ayudó a los colonos con créditos, semillas, aperos, etc. La superficie cultivada creció en un 6 por ciento. Las medidas más revolucionarias se tomaron una vez que se había producido el levantamiento militar fascista, a pesar de las grandes dificultades impuestas por la guerra y de las divergencias existentes en el seno del Frente Popular. Se incautaron todas las empresas abandonadas por sus dueños, así como los ferrocarriles y los bancos; se mejoró el nivel de vida de los trabajadores; se depuró el aparato administrativo; se disolvió la Guardia Civil y se crearon Tribunales Populares de Justicia.

    En el terreno cultural se desplegó una amplia actividad que, más tarde, se extendería hasta los frentes de batalla. Se crearon escuelas, Milicias de la Cultura, bibliotecas populares y numerosas publicaciones periódicas. La gran mayoría de los intelectuales se puso al servicio de la causa popular. En 1937 se celebró en Valencia y Madrid el Congreso Internacional de Escritores. El Partido Comunista de España pasó de tener 30.000 afiliados en febrero de 1936, a cerca de 60.000 dos meses después; además, su ingreso en la UGT le permitía ejercer su influencia ideológica y política sobre las bases radicalizadas de los socialistas. Por su parte, las Juventudes Socialistas y Comunistas se fusionaron, dando lugar a las Juventudes Socialistas Unificadas. En Cataluña se funda el PSUC.

    La táctica comunista durante los meses anteriores al 18 de julio siguió siendo la misma que José Díaz formulase en 1935: Unidad Popular Antifascista y desarrollo de la revolución democrática. Consciente como era del peligro fascista inmediato, el PCE prestó especial atención a la preparación y desarrollo de la lucha antifascista a todos los niveles.

    Así se fue gestando un amplio movimiento popular, democrático, antifascista, nacional y profundamente revolucionario que atacó, defendiendo la República, los fundamentos de la reacción que la República del 14 de abril no había sido capaz de transformar en cinco años de existencia.

    La República Popular aún no era la dictadura del proletariado, pero en aquellas circunstancias suponía la mejor plataforma para un rápido tránsito al socialismo. De ahí que la clase obrera y el Partido Comunista se erigieran en los pilares fundamentales del nuevo Estado.

    Para la oligarquía terrateniente-financiera era evidente el peligro que representaba el triunfo del Frente Popular y desde el mismo 16 de febrero concentró sus esfuerzos en acabar con la II República; la reacción fomentó la retirada y evasión de capitales, los cierres de fábricas, el abandono de la explotación de la tierra, etc., en un intento de aumentar la miseria del pueblo y el caos en la economía; bandas paramilitares fascistas cometían toda clase de asesinatos y desmanes con la intención de sembrar el terror y la inquietud y minar la autoridad del gobierno republicano; aprovechando las vacilaciones en la depuración del Ejército por parte del gobierno, los militares reaccionarios y monárquicos conspiran agrupados en la Unión Militar Española. Todas estas medidas van orientadas a crear un clima favorable para el desencadenamiento de una sublevación militar de carácter fascista que, por otro lado, encontraba en el terreno, internacional el apoyo de hecho de los países capitalistas, especialmente de la Alemania nazi, temerosos de que la consolidación de los Frentes Populares de Francia y España pusiese en peligro sus planes imperialistas.

    La debilidad y vacilaciones del Gobierno, formado por republicanos de izquierda, favoreció los planes de la contrarrevolución, a pesar de los esfuerzos del Partido Comunista para forzarle a tomar las medidas que impidieran una guerra civil: cumplimiento del programa del Frente Popular, represión de la reacción y mejoramiento de las Milicias.

    El 18 de julio de 1936 estalla la sublevación fascista, que sorprendió al Gobierno, a pesar de las repetidas denuncias que recibió en este sentido. La sublevación se inició con el levantamiento del Ejército de Marruecos, al mando de Franco -a la sazón Capitán General de Canarias-, dentro de un plan minuciosamente establecido de antemano. La sublevación se extendió a todas las Capitanías Generales.

    El gobierno de la República no era consciente de la grave situación que se estaba creando, y trató hasta el último momento de evitar la intervención popular, haciendo creer que todo estaba controlado. Esta actitud actuó objetivamente en beneficio de los sublevados; el gobierno republicano siguió siendo consecuente con la clara actitud de claudicación y compromiso que desde tiempo atrás había venido manteniendo. Esta política de apaciguamiento se convirtió en traición al pueblo al negarse a proporcionarle armas.

    Sólo las organizaciones obreras del Frente Popular fueron conscientes de la peligrosa situación que se estaba creando para las conquistas populares y llamaron a la resistencia contra los sublevados. El mismo 18 de julio, socialistas y comunistas llaman a sus afiliados a concentrarse ante sus sedes y reparten las escasas armas de que disponen. Por la noche, Dolores Ibarruri habla desde Radio Madrid: Trabajadores, antifascistas, pueblo laborioso: todos en pie, dispuestos a defender la República, las libertades populares y las conquistas democráticas del pueblo.

    El pueblo, con sus propios medios, tuvo que hacer frente al fascismo, y allí donde el legalismo fue superado con la audacia, consiguió derrotarlo. En Madrid jugaron un papel destacado las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas, que consiguieron aislar y cercar a los sublevados en el Cuartel de La Montaña. En Barcelona también fracasaron los facciosos. Aquí los anarquistas jugaron un papel relevante al lado de los comunistas del PSUC y los socialistas. En la cuenca minera de Asturias, el Partido Comunista será el principal impulsor de la resistencia. Respecto a la flota, la enérgica actuación de los marineros evitó que fuese a parar a manos de los fascistas.

    La sublevación triunfó sólo allí donde la reacción tenía una raigambre mucho más sólida, es decir, en aquellas zonas de marcado carácter conservador y campesino, como era el caso de la meseta castellana y Navarra. También se impuso en aquellas zonas donde la actividad política de las organizaciones obreras estaba más dispersa, debilitada y dividida, o bien donde la superioridad de las fuerzas fascistas se impuso desde el primer momento; estos fueron los casos de Andalucía occidental y Galicia.

    Fracasada la sublevación, el campo fascista se reagrupó, formando unidades militares en base al Tercio, marroquíes y voluntarios fascistas y carlistas. La intervención extranjera se materializó con la llegada de asesores, material y, más tarde, tropas regulares enviadas desde Alemania e Italia. El enfrentamiento se transformó así, de guerra civil en Guerra Nacional Revolucionaria.

    Ante la guerra, la República se encontró prácticamente sin ejército, con sólo 1.000 oficiales frente a los 7.000 del bando fascista. El aparato del Estado quedó desmantelado. Hacía falta ponerlo en pie y organizar la resistencia.

    Esto podía hacerse, pues la República contaba con lo más valioso: la voluntad del pueblo y su espíritu combativo. Pero faltaba dirección política; en el seno del Frente Popular no había unidad de criterio ante los numerosos problemas que planteaba la guerra: los anarquistas la consideraban como cuestión de pocos días y aprovecharon la ocasión para implantar el comunismo libertario. El PSOE seguía con sus divisiones internas y era incapaz de elaborar una línea de actuación clara. Lo mismo ocurría con los partidos republicanos, fluctuantes entre la capitulación y la resistencia.

    Sólo el Partido Comunista mantenía una actitud firme y clara ante la guerra; poco a poco, el PCE se había transformado en la primera fuerza política de la República. Sus militantes en julio de 1936 pasaron a ser 102.000; en enero de 1937, ya pasaban de 200.000 y habían tenido 131.600 muertos en combate. El Partido Comunista definió la guerra como Guerra Nacional Revolucionaria: Revolucionaria, por las transformaciones económicas y políticas que llevaba consigo; Nacional, por ser una guerra de independencia frente a la agresión extranjera. Para ganarla, las Milicias eran ya insuficientes; hacía falta un ejército regular con un mando único. Para ello, el Partido fundó el Quinto Regimiento como embrión del futuro Ejército Popular.

    El Quinto Regimiento no fue una simple aglomeración de milicianos con más o menos ardor combativo. Como dijo José Díaz: Hacía falta completarlo con la disciplina más férrea y la organización más perfecta. Dentro de él se desarrolló una intensa labor política, ideológica y cultural necesaria para mantener en alto la moral de combate. El Quinto Regimiento, hasta su disolución a primeros de 1937, fue el ejemplo más vivo de cómo debía de ser la línea de acción para derrotar al fascismo. Su disolución se debió a la necesidad de cohesionar todas las fuerzas para crear un ejército regular y así poder establecer una estrategia común en el terreno de operaciones, creándose al efecto Cuerpos de Ejército (Centro, Levante, Extremadura, Sur y Norte). A este cambio producido en la organización militar de la República, se vino a unir el trabajo político e ideológico llevado a cabo por los comisarios políticos, también impulsados por el PCE; todo esto permitió crear unas condiciones más propicias para hacer frente a los duros combates que se sostuvieron en casi tres años de guerra.

    El Partido Comunista también fue el principal impulsor de la heroica defensa de Madrid, símbolo de la resistencia del pueblo español contra el fascismo. Madrid era el centro político dirigente de la República. De ahí que el ejército fascista subordinara todos sus planes operativos a su conquista, concentrando lo más selecto de sus tropas y los mejores medios de combate; pero se encontraron con la resistencia tenaz del pueblo madrileño. Los comunistas desplegaron una intensa labor de agitación y organización, poniendo en pie a sus mejores hombres; el ¡No pasarán! se grabó a fuego en la conciencia de todos los trabajadores del mundo.

    En torno a la defensa de Madrid, se entablaron toda una serie de acciones y combates: los primeros se sostuvieron en la Sierra de Guadarrama por columnas de milicianos que, tras enconada lucha, frenaron el avance de los fascistas. En febrero de 1937, las fuerzas sublevadas desencadenaron la operación del Jarama, dirigida al aislamiento de la capital; pero es desbaratada por la enérgica contraofensiva republicana. Otra acción importante fue la Batalla de Guadalajara, donde fue derrotado el Cuerpo Expedicionario Italiano. En esta batalla, así como durante toda la defensa de Madrid, jugaron un papel glorioso las Brigadas Internacionales.

    A partir de marzo de 1937, después de los serios descalabros sufridos en Madrid, los fascistas abandonaron el plan inicial de tomar la capital y orientan sus fuerzas hacia la conquista del norte.

    Mientras tanto, en la retaguardia republicana proseguían los problemas. El Partido Comunista planteó la necesidad de reorganizar la producción, centralizarla y ponerla al servicio de las necesidades de la guerra. Además, había que llevar hasta el fin el programa del Frente Popular, había que reprimir duramente a los agentes del fascismo, había que denunciar y combatir la labor de zapa de los trotskistas y la actitud aventurera de los anarquistas. La necesidad del Partido único del proletariado y del sindicato único fue planteada repetidas veces al PSOE y la CNT. Sin embargo, las vacilaciones del gobierno republicano prosiguieron. De estas medidas, unas fueron aplicadas tarde y otras no lo fueron en absoluto.

    En el orden internacional, los países capitalistas, con Inglaterra a la cabeza, montaron el engendro de la no intervención, que dejaba a la República sin los abastecimientos necesarios para la guerra. Mientras, los fascistas recibían toda clase de ayuda -en material y hombres- de Alemania e Italia. En el caso de Alemania será la Legión Cóndor, causante con sus masivos bombardeos de un verdadero genocidio entre la población civil (Guernica, Bilbao, Madrid...).

    Sólo la Unión Soviética estuvo al lado de los pueblos de España desde el primer momento. Su ayuda fue decisiva, aportando apoyo logístico, material y medios técnicos, al igual que en el plano moral y en el campo diplomático, condenando la intervención fascista y poniendo al descubierto lo que se escondía detrás de la no intervención de aquellos países que se tildaban de democráticos. La Unión Soviética proclamó ante el mundo que 1a causa del pueblo español era la causa de toda la humanidad avanzada y progresiva.

    También fue admirable la ayuda del proletariado internacional y de la Internacional Comunista. En todo el mundo se levantó un gran movimiento de solidaridad que tuvo como proyección la venida a España de un gran número de combatientes que formaron las Brigadas Internacionales. La intelectualidad de todo el mundo dio su apoyo a la República. Innumerables obras artísticas y literarias están inspiradas en la grandiosa gesta del pueblo trabajador de España.

    De todas formas, esta ayuda resultaba insuficiente. Frente a la rápida ayuda de todo tipo y los 167.000 hombres que recibieron los fascistas, la República sólo recibió 50.000, mientras el material o llegaba tarde o no llegaba.

    A pesar de la heroica resistencia de las masas populares, de los esfuerzos del Partido Comunista y de la solidaridad internacional, el fascismo, apoyado por la intervención extranjera y el bloqueo imperialista, logró imponerse. Extremadura, el Norte, Cataluña, fueron cayendo en su poder. Las páginas gloriosas de Madrid, el Jarama, Guadalajara, Brunete, Teruel y el Ebro han pasado a la historia, pero no fueron suficientes para lograr la victoria. Por último, el oportunismo se convirtió en traición; los líderes socialistas y anarquistas (Julián Besteiro, Wenceslao Carrillo, Cipriano Mera y otros) dan un golpe de Estado y se forma la llamada Junta de Casado, que consuma la entrega de la República al fascismo.

    Las causas de la pérdida de la guerra hay que buscarlas, principalmente, en la enorme desproporción de fuerzas existente entre la República Popular y sus enemigos, lo que, a medida que se iba desarrollando la guerra, agravaba aún más las contradicciones latentes desde el principio en el seno del Frente Popular: la falta de cuadros, la desorganización de la retaguardia, la ausencia de un plan de acción en lo económico y lo militar, la carencia de material y de ayudas internacionales; todos estos problemas podían haber sido resueltos de haberse superado esa falta de unidad.

    El Partido Comunista era la única fuerza capaz de superar esta situación, pero su falta de vigilancia y el relajamiento de la lucha ideológica en el seno del Frente Popular y en el propio Partido fueron causas determinantes del desastroso final de la guerra. A éstas se unía la incomprensión sobre el carácter prolongado de la guerra, que lo llevó a descuidar la labor en la retaguardia fascista destinada a organizar allí la resistencia y la guerrilla.

    Si la línea general del Partido fue justa en lo esencial y no le faltó valor para llevarla a cabo, constituyéndose en artífice principal de la heroica resistencia, a sus graves errores, cometidos en la aplicación de esa línea, hay que atribuir también la precipitación de la derrota y la forma en que ésta se produjo.

    No fue estéril la lucha del pueblo español contra la reacción y el fascismo internacional; de su actitud heroica aprendieron todos los pueblos del mundo. Con su ejemplo demostró, decía José Díaz, que si se quiere cortar el avance del fascismo hay que hacerle frente con todas las armas, con decisión y coraje, sin concederle la más mínima posición. Sus aciertos y errores han servido de modelo a muchos procesos revolucionarios posteriores.

    Como decía Lenin, ningún pueblo pasa en vano por la escuela de la guerra civil; esto se vio confirmado de nuevo en la Guerra Nacional Revolucionaria de 1936 a 1939. Tres años de lucha sin tregua, frenando el avance fascista, construyendo una verdadera democracia y un nuevo Estado Popular, han dejado su honda huella en la conciencia de los pueblos de España. Con la pérdida momentánea de la democracia y la libertad, murió una época: la época burguesa parlamentaria. Desde entonces ha quedado abierto el camino de la Unidad Popular y la lucha armada revolucionaria para recuperarlas.

    Shenin
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    Re: La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

    Mensaje por Shenin el Dom Mar 20, 2011 12:56 am

    Situación política de España de 1931 a 1936. Causas inmediatas de la sublevación fascista.

    España es un país en el que la burguesía no llegó nunca a realizar plenamente su propia revolución, debido a diversos factores de orden histórico, económico y social. De manera sucinta cabe señalar que la antinacional y antipopular política que en todo momento aplicaron las castas dominantes de la nob1eza feudal y los monarcas reinantes, llevaron a España a una situación de empobrecimiento, de agotamiento económico (debido a las guerras de conquista y colonización, etc.) y de falta de desarrollo en el terreno técnico y científico.

    Cuando en otros países de Europa (principalmente en Inglaterra, Francia y Bélgica), las burguesías nacientes luchaban con éxito contra las castas feudales y lograban imponerse como clases nacionales dirigentes, España seguía ferozmente dominada por las degeneradas y retrógradas castas feudales de la nobleza y del clero. Por no tener, pues, la energía necesaria, ni dinamismo, ni una base técnico-económica propia, la naciente burguesía española fue incapaz de entrar en liza en los siglos XVIII-XIX con la fuerza necesaria frente a las pujantes burguesías de otros países europeos, las cuales habían logrado llevar a cabo con éxito su propia revolución política e industrial.

    Entre 1808 y 1934, la burguesía española hizo varios intentos por imponer su hegemonía, pero las castas dominantes obstaculizaron por todos los medios el progreso y el desarrollo de las fuerzas productivas del país y se opusieron ferozmente a las transformaciones económico-sociales que hubieran sido necesarias para asegurar el desarrollo de esas fuerzas productivas en general.

    De otro lado, la burguesía española que se desarrolló con varios lustros de retraso respecto a las de los principales países europeos, carecía también de vigor por el hecho de no buscar el necesario apoyo de las masas populares de la ciudad y del campo, con lo cual la burguesía quedó aislada y sola frente a la reacción feudal y al dominio del capital extranjero, inglés y francés en particular. Además, en gran número de casos, la alta burguesía contrajo alianzas con las clases feudales, lo que contribuyó en no poca medida a impedir su desarrollo y a desplegar un espíritu independiente en tanto que clase.

    Salvo en el caso de algunas personalidades de sentimientos patrióticos y avanzados, la alta burguesía (entremezclada en gran parte con las castas feudales), tampoco mostró interés por el desarrollo económico, técnico e industrial del país, ni se esforzó eficazmente por cambiar la base de las estructuras económico-sociales, ya que había encontrado el modo de enriquecerse cómodamente efectuando importantes negocios financieros vinculándose al capital extranjero, al que fueron entregando (en beneficio propio, pero en detrimento de los intereses del pueblo y de la nación), gran parte de nuestras riquezas, particularmente minerales, y facilitando inversiones de capitales extranjeros en las mismas condiciones que en los países colonizados.

    No es difícil, pues, comprender que en estas condiciones, esa burguesía endeble y sin verdadera entidad propia, haya siempre mirado más hacia "arriba" que hacia "abajo". Podemos, además, decir que "nuestra" burguesía -incluida su ala progresista- a lo largo de su historia no ha sabido aprender de sus errores pasados, errores consistentes fundamentalmente en no apoyarse en el pueblo y colocarse a la zaga de la reacción, errores que ha vuelto a repetir, no sólo en 1931, sino también en 1936.

    En 1931 la descomposición y las insolubles contradicciones de la oligarquía financiera y terrateniente permitieron a la pequeña y media burguesía, gracias fundamentalmente a las luchas populares que se habían desarrollado en todo el país desde principios de siglo, tomar de manera pacífica el poder a raíz de las elecciones del 13 de abril de 1931, cuando se proclamó la II República.

    Pero, una vez más y debido a las características ya señaladas, las clases medias burguesas se mostraron vacilantes y respetuosas hasta el extremo de los privilegios económicos, políticos y sociales de las castas reaccionarias; una vez más mostraron su temor al pueblo y su vacilación para llevar a cabo su propia revolución.

    Siguieron estando en las manos de los generales de casta los principales mandos del Ejército, los puestos clave del aparato estatal, de la administración y de la justicia, sin hablar de los factores básicos de la economía: la tierra, los grandes bancos y otras empresas de importancia nacional. La tímida reforma agraria que se promulgó en 1932 sólo afectó a una ínfima parte de las tierras de latifundio y a unos cuantos miles de entre los millones de jornaleros y campesinos pobres. Además la burguesía fue incapaz en este periodo de adoptar medidas necesarias para poner fin al sabotaje que, en todos los órdenes, llevaban a cabo las fuerzas reaccionarias contra el nuevo régimen republicano. Los esfuerzos de la reacción por sembrar el desorden y el caos provocaron la justa cólera de las masas populares, pero el timorato gobierno republicano no sólo no intervenía contra el criminal comportamiento de estas castas, sino que, por el contrario, reprimía en muchos casos ferozmente las huelgas y las luchas populares.

    Desgraciadamente, en este periodo del que nos ocupamos, la clase obrera estaba profundamente dividida Y, en su mayor parte bajo la influencia de las ideas socialreformistas y anarquistas. Las masas trabajadoras estaban encuadradas de manera general en las dos grandes centrales sindicales: la Unión General de Trabajadores (UGT) y en la Confederación Nacional del Trabajo (C N,T ).

    El Partido Comunista, que sólo después del IV Congreso (1932) encabezado por José Díaz había comenzado a aplicar una línea política que en lo esencial se había desembarazado del oportunismo de derecha y de "izquierda", no era aún lo suficientemente fuerte ni contaba con la necesaria influencia en el seno de la clase obrera para colocarse a la cabeza de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo, ni para orientar y dirigir el movimiento revolucionario en aquellos momentos. Además, las masas populares revolucionarias tenían que aprender, también por su propia experiencia, la necesidad de unirse bajo una ideología revolucionaria, de clase. Por eso, cuando en 1933 la reacción tomó de nuevo las riendas del Poder político (el "bienio negro"), debido en primer término a la incapacidad de la media y la pequeña burguesía, el proletariado fue víctima una vez más de la más feroz represión y explotación, y se levantó, en octubre de 1934, con las armas en la mano, colocándose a la cabeza de la lucha contra las fuerzas reaccionarias.

    En Asturias, el levantamiento popular revolucionario de 1934 adquirió características de verdadera guerra civil. Las masas revolucionarias asaltaron los depósitos de armas y los cuarteles de Sama, Trubia, Gijón y La Felguera, Y si bien en Madrid, Barcelona y otras ciudades donde se habían producido también levantamientos, estos fueron aplastados con relativa prontitud, en Asturias las masas proletarias en armas resistieron valerosamente durante varias semanas, pese al gran número de fuerzas de la Legión y de tropas mercenarias moras (al mando del criminal Francisco Franco).

    Pese a la feroz represión policíaca del reaccionario gobierno de Gil Robles, el Partido Comunista alentó y movilizó a las masas revolucionarias en acciones unitarias de toda clase, creando así las condiciones concretas para la formación del Frente Popular, en el que participaron junto con el Partido Comunista, los socialistas y los partidos republicanos de la pequeña y media burguesía.

    Los justos y tenaces esfuerzos del Partido Comunista desempeñaron un papel decisivo en la constitución del Frente Popular antifascista. Sin embargo, debido de un lado a la división de la clase obrera (dada la fuerte corriente socialreformista y anarquista en su seno), y de otro a su propia debilidad, el Partido no desempeñó el papel de dirigente de la clase obrera y de las fuerzas antifascistas, pese a que las elecciones de febrero de 1936 constituyeron una aplastante victoria contra los partidos de extrema derecha y de la reacción.

    En el nuevo gobierno republicano que se constituyó a raíz de las elecciones de febrero de 1936 los representantes de los partidos republicanos burgueses asumieron de nuevo exclusivamente, el poder político, y la clase obrera, que había sido el artífice fundamental de la victoria del Frente Popular, no tuvo suficiente fuerza, dada su división, para asumir en esos momentos la dirección del nuevo gobierno.

    Una vez más, los representantes de la media y la pequeña burguesía, pese al entusiasmo revolucionario popular que desencadenó el triunfo del Frente Popular, volvieron a su política de vacilaciones, de concesiones a la reacción y de falta de decisión para adoptar las medidas que exigía la situación y que reclamaban las masas revolucionarias. A este respecto José Díaz señaló que:

    "Desgraciadamente, vimos que el 16 de febrero, tampoco se tomaron las medidas necesarias. ¿Por qué? Porque nuestro Partido no era suficientemente fuerte para imponer esas medidas".

    Pero por su parte, las fuerzas de la reacción, si bien habían sido derrotadas en las elecciones, no por eso se dieron por vencidas y, al amparo de la actitud pasiva del gobierno republicano burgués, comenzaron febrilmente y sin recatos a organizar su revancha. La inconsecuencia y falta de lucidez de la pequeña y media burguesía, una vez más, así como su temor al pueblo ( sin olvidar la división de la clase obrera, mantenida por los socialistas de derecha y los anarquistas) favoreció al fascismo español y le faci1itó la agresión contra el pueblo.

    En 1936 inspiraban y apoyaban a las fuerzas fascistas españolas la Alemania nazi de Hit1er y la Italia fascista de Mussolini, y las fuerzas reaccionarias de las llamadas democracias occidentales, interesadas también en evitar el desarrollo de la revo1ución popular en España.

    Pero el gobierno republicano burgués, pese a las repetidas y detalladas advertencias del Partido Comunista, acerca de los manejos y complots que estaban tramando los militares traidores y las castas clericalfascistas, apoyadas por el nazi-fascismo, nada hizo por evitar la agresión que todo el mundo veía llegar. Su ceguera política y su incapacidad sólo pueden compararse al miedo cerval que sentían por el pueblo. La historia demostró el 18 de julio de 1936, cuando finalmente se produjo la agresión de las fuerzas reaccionarias y la intervención del nazi-fascismo internacional, que "nuestros" burgueses liberales mejor hubieran hecho en temer menos al pueblo y más a la reacción.

    [...]

    SOBRE LAS MEDIDAS REVOLUCIONARIAS TOMADAS EN NUESTRA GUERRA

    Las medidas revolucionarias más importantes que se adoptaron en nuestra Guerra Nacional Revolucionaria propugnadas por el Partido Comunista fueron:

    1. - La creación del Ejército Popular, lo que era imprescindible para la continuación de la guerra, ya que las milicias dispersas militar y políticamente no podían hacer frente a un enemigo poderoso y esto ocasionaba continuas derrotas militares y conducía a la pérdida rápida de la guerra. Esta medida fue llevada a cabo debido a que el PC por iniciativa propia formó el Quinto Regimiento dando así ejemplo y creando el núcleo del futuro Ejército Popular, y constituyó una de las principales causas de que el pueblo español, resistiera heroicamente durante tres años los ataques abiertos del fascismo y la colaboración solapada del imperialismo mundial.

    2. - La Reforma Agraria. La promulgación de este decreto cuando el Partido Comunista estaba en el Ministerio de Agricultura hizo desaparecer en la zona republicana a los latifundistas como clase. Fueron expropiadas sin indemnización 46.896 fincas con un total de 4.086.386, hectáreas, sin contar Cataluña y Euskadi, y entregadas a los campesinos. Además y a pesar de la guerra, el gobierno invirtió más de doscientos millones de pesetas en ayudar a los campesinos con abonos e implementos agrícolas. Por otra parte se apoyó la colectivización de la tierra allí donde los campesinos lo deseaban, siendo estas colectivizaciones ampliamente ayudadas con créditos, utillaje, fertilizantes y semillas.

    3. - La nacionalización de facto de la industria. El 23 de febrero de 1. 937 se promulgó un decreto por el cual se autorizaba al gobierno a intervenir e incautar las empresas industriales, con el fin de centralizar y poner al servicio de la guerra la industria y acabar con el caos industrial que existía debido a las incontroladas incautaciones y la autogestión obrera anarquista en muchos sectores industriales. Pero este decreto en realidad no llenaba las necesidades de la guerra y era más que nada un compromiso con sectores que se negaban a la nacionalización, aunque dio el marco legal para que el gobierno tomara medidas más avanzadas. La nacionalización de facto de la industria de una u otra forma, controlada o incontrolada, fue en todo caso un hecho que se realizó en toda la zona republicana.

    4. - La educación popular. Por iniciativa del Partido Comunista se llevó la cultura a las amplias masas populares. Se destinaron 147 millones de pesetas para la educación se llevó a cabo una gran lucha contra el analfabetismo, incluso en las trincheras, creándose las Milicias de la Cultura que tenían 2. 000 escuelas a las que asistían más de 200. 000 soldados. Se abrieron a partir del otoño de 1. 936 unas l0.000 escuelas y se crearon los Institutos Obreros, para dar acceso a la cultura a todos, independientemente de su situación económica. En estos Institutos podían ingresar todos los hijos de los trabajadores, y éstos mismos entre los 15 y 35 años. Asimismo se llevó el arte y la literatura a las amplias masas, dando representaciones artísticas al pueblo y publicando gran número de obras literarias.

    5. - La sanidad. Debido a las necesidades de la guerra se dedicó gran atención a los hospitales militares y a los servicios de evacuación de heridos. Asimismo se realizaron constantes vacunaciones, lo que evitó muchas epidemias, al revés de lo que ocurría en la zona facciosa donde éstas eran corrientes sobre todo entre las tropas. En lo tocante a la sanidad civil se dio gran importancia a la protección de la infancia, cubriéndose toda la zona republicana de dispensarios infantiles y para la protección de la madre. El Estado se hizo cargo de la alimentación del niño hasta los 2 años. Los hospitales fueron abiertos a todos, suprimiéndose por primera vez en España las llamadas "plazas de pago", es decir el pago extra por hospitalización con una mejor atención. Todos los hospitales y centros sanitarios pasaron a ser controlados por la Subsecretaría de Sanidad.

    [...]

    SOBRE EL PUTSCH ANARCO-TROTSKISTA DE BARCELONA

    Desde mediados de abril de 1.937 en Barcelona se agudizaron las contradicciones entre los grupos anarquistas y trotskistas que se resistían a colaborar en el gobierno antifascista del Frente Popular, y las fuerzas verdaderamente revolucionarias que se daban cuenta de que sin una férrea unidad popular en torno al gobierno del Frente Popular, en el que estaban representados todos los antifascistas que lo deseaban, era imposible continuar la guerra y hacer frente a un enemigo tan poderoso como el que se tenía enfrente. El 3 de mayo, el representante del Gobierno autónomo de Cataluña (la Generalitat) fue a la Telefónica de Barcelona, a la sazón controlada por los anarquistas, con el objeto de visitar el departamento del censor, siendo recibido a tiros por los milicianos de la CNT, la central sindical anarquista. Esto fue la señal para que se iniciara el putsch anarco-troskista preparado hacia tiempo y que esperaba sólo un acto de provocación como éste para llevarse a cabo.

    Los combates se extendieron por las calles de Barcelona, incluso en contra de los deseos de sectores anarquistas que no estaban en todo acordes con el putsch, y duraron hasta el 7 de mayo, cuando ante la resistencia que oponían a este putsch los sectores revolucionarios encabezados por el PSUC y la decisión del gobierno central instalado en Valencia de desembarcar tropas en Barcelona, debido a las amenazas y a la marcha sobre esa ciudad de las unidades anarquistas y trotskistas que desguarnecieron el frente y se dirigían hacía Barcelona, los elementos contrarrevolucionarios comenzaron a replegarse y pusieron fin a la lucha aceptando un acuerdo para acabar con el derramamiento de sangre.

    Como consecuencia de éstos hechos, cayó el gobierno presidido por Largo Caballero que había mostrado muchas vacilaciones en el aplastamiento del putsch y mantenía posiciones incorrectas respecto a la prosecución de la guerra.

    Posteriormente los cabecillas trotskistas fueron desenmascarados como traidores y contrarrevolucionarios y, en los juicios seguidos a sus dirigentes quedó establecido que ellos, en colaboración con los agentes franquistas, habían organizado este putsch para terminar con la resistencia popular contra el fascismo dividiendo al proletariado. Esto ha sido comprobado totalmente no sólo por estos juicios, sino también por documentos secretos alemanes, dirigidos a su gobierno, en los que se dice por el entonces embajador alemán en Salamanca, Fautel, que según el propio. Franco le informaba "los combates callejeros (en Barcelona) habían sido desatados por sus agentes".

    Por su parte, algunos jerifaltes anarquistas cometieron verdaderas tropelías durante la guerra. En la retaguardia las columnas "Maroto" y "Hierro", provocaron, con su comportamiento, el descontento popular. El "Consejo de Aragón" (anarquista), estuvo a punto de provocar una verdadera insurrección campesina al "colectivizar" por la fuerza las tierras de los campesinos, empleando la violencia -incluso física- y sin permitir que fueran los propios braceros y campesinos
    pobres quienes decidieran el modo de trabajar la tierra. Sus "experimentos" de "comunidades libertarias" fueron un bochornoso fracaso, y crearon un gran descontento. Además, con los métodos que empleaban, daban armas al enemigo para calumniar a todos los antifascistas. En el frente muchos de ellos se comportaron vergonzosamente, desertando de sus puestos de combate (cómo en Málaga, por ejemplo). El mismo dirigente anarquista Durruti, luchador antifascista
    consecuente, tuvo que enfrentarse, varias veces, pistola en mano, contra los anarquistas que huían de las zonas de combate. Los anarquistas (sus jerifaltes), fueron el mejor trampolín para la "Quinta Columna" franquista en Madrid; se prestaron a colaborar con ellos, así como en el golpe de Casado, desencadenando una feroz "caza contra los comunistas". En el "pustch" contrarrevolucionario de Barcelona, no vacilaron en unirse con los trotskistas. La práctica del terrorismo y la violencia indiscriminada que emplearon (incluso la eliminación física) contra la pequeña y media burguesía, puso varias veces en peligro el Frente Popular.

    Hay que señalar, sin embargo, que hubo muchos anarquistas que combatieron con heroísmo durante la guerra y fueron un ejemplo de abnegación y honradez, como el mismo Durruti. Muchos de ellos, al terminar la guerra, ingresaron en las filas comunistas.


    Capítulo II y Anexos III y IV del libro La Guerra Nacional Revolucionaria del pueblo español contra el fascismo. Análisis crítico.

    Muntz
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    Re: La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

    Mensaje por Muntz el Dom Mar 20, 2011 11:39 pm

    Buena introducción, camarada Shenin.

    Y como complemento de tu exposición, unos datos "insignificantes" sobre el Ejército Popular Republicano, al que algunos ignorantes se atreven a calificar de "ejército burgués". Espero que los susodichos puedan presentar un ejército francés, británico, norteamericano, italiano o alemán con cuadros de mandos similares a este ejército tan "burgués".

    FILIACIÓN POLÍTICA DE LOS COMANDANTES DEL EJÉRCITO REPUBLICANO EN SEPTIEMBRE DE 1937.

    Mandando un cuerpo de ejército:
    Comunistas: 5.
    Simpatizantes comunistas: 2
    Socialistas: 0
    Republicanos: 1
    Cenetistas: 0
    Sin partido: 3
    Total: 11.

    Mandando una división:
    Comunistas: 28.
    Simpatizantes comunistas: 3.
    Socialistas: 3.
    Republicanos: 4.
    Cenetistas: 4.
    Sin partido: 5.
    Total: 47.

    Mandando una brigada:
    Comunistas: 56.
    Simpatizantes comunistas: 3.
    Socialistas: 2.
    Republicanos: 2.
    Cenetistas: 6.
    Sin partido: 3.
    Total: 72.

    Total mandos:
    Comunistas: 79.
    Simpatizantes comunistas: 8.
    Socialistas: 5.
    Republicanos: 7.
    Cenetistas: 10.
    Sin partido: 11.
    Total: 130.

    (Fuente: Informe de Stern, citado por Ángel Viñas, El Escudo de la República, Crítica, Barcelona 2007.)

    Otro de los rasgos distintivos de los ejércitos burgueses es disponer de Comisarios Políticos. ¿Verdad, queridos ignorantones? ¿O los ejércitos burgueses ha hecho siempre gala de "apoliticismo"? Vean, vean, el grado de "apoliticismo" del Ejército Popular Republicano.

    AFILIACIÓN Y NÚMERO DE COMISARIOS POLÍTICOS Y DELEGADOS APROBADOS POR EL MINISTERIO DE DEFENSA NACIONAL (1937)

    Comisarios y delegados de división:
    PSOE: 8.
    PCE: 7.
    JSU: 1.
    PSUC: 3.
    IR: 1.
    UR: 0.
    P. Sindicalista: 0.
    UGT: 2.
    CNT: 7.
    ERC: 1.
    IV: 0.
    Sin partido: 0.
    Total: 30.

    Comisarios y delegados de brigada:
    PSOE: 13.
    PCE: 29.
    JSU: 11.
    PSUC: 6.
    IR: 4.
    UR: 0.
    P. Sindicalista: 1.
    UGT: 24.
    CNT: 32.
    ERC: 3.
    IV: 1.
    Sin partido: 3.
    Total: 127.

    Comisarios y delegados de batallón:
    PSOE: 63.
    PCE: 124.
    JSU: 85.
    PSUC: 28.
    IR: 37.
    UR: 0.
    P. Sindicalista: 6.
    UGT: 40.
    CNT: 132.
    ERC: 4.
    IV: 0.
    Sin partido: 0.
    Total: 521.

    Comisarios y delegados de centuria:
    PSOE: 1.
    PCE: 8.
    JSU: 16.
    PSUC: 3.
    IR: 0.
    UR: 2.
    P. Sindicalista: 0.
    UGT: 4.
    CNT: 5.
    ERC: 0.
    IV: 0.
    Sin partido: 0.
    Total: 37.

    Total comisarios y delegados:
    PSOE: 85.
    PCE: 168.
    JSU: 113.
    PSUC: 40.
    IR: 42.
    UR: 2.
    P. Sindicalista: 7.
    UGT: 70.
    CNT: 176.
    ERC: 8.
    IV: 1.
    Sin partido: 3.
    Total: 715.

    (Fuente: AHPCE, film XVI, citado por Fernando Hernández Sánchez, El PCE en la guerra civil (tesis doctoral), UNED 2010.)


    Saludos.

    Editado para corregir un par de faltas

    Shenin
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    Re: La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

    Mensaje por Shenin el Lun Mar 21, 2011 12:14 am

    Aclaro que los textos no son míos. El primero es de la antigua web de antorcha.org. En el título hay un enlace al texto en PDF. El segundo es de un libro que redactó el PCE m-l todavía en el Franquismo.

    Saludos

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    Re: La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

    Mensaje por *n0_l0g0* el Lun Mar 21, 2011 9:04 am



    PDF

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    Re: La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

    Mensaje por Dzerjinskii el Lun Mar 21, 2011 9:22 am

    Gran libro y para nada obsoleto, yo no puedo imaginar un proceso revolucionario sin que tenga muchas de las caracteristicas que tuvo el frente popular y la lucha contra el franquismo. La idea de la simple insurreción a la que se le pone fecha y hora, o peor aun, la de la guerrilla que marcha sobre la capital, son mitos. Solo en un procesos de frente popular donde un partido comunista fuerte realemte incida y que no dude en armarce para defender el triunfo electoral, o para eliminar las amenazas contra las libertades democratico burguesas, o sostener las accionmes de un gobierno de coalición; me parece el escenario más factible para la toma del poder. Solo en el devenir de esos porcesos es que el movimiento revolucionario puede superar a los "Keresky" y no perecer en la inmovilidad siguiendo a los "Allende".
    Espero que el KKE por ejemplo tenga en cuenta estas experiencias.

    Saludos y un gran aporte.

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    Re: La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

    Mensaje por Andres.alcala el Mar Mayo 03, 2011 8:11 pm

    Por todo lo que se lee y se habla de la guerra civil española, si Manuel Azaña al márgen de sus equivocaciones no hubiera sido blandengue con el militarucho de Franco y otros militares rebeldes, podía evitarse la guerra si fuera tan duro como en la Revolución Francesa.

    :urss:

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    Re: La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

    Mensaje por Dimitri Kalashnikov el Mar Mayo 03, 2011 8:45 pm

    Andres.alcala escribió:Por todo lo que se lee y se habla de la guerra civil española, si Manuel Azaña al márgen de sus equivocaciones no hubiera sido blandengue con el militarucho de Franco y otros militares rebeldes, podía evitarse la guerra si fuera tan duro como en la Revolución Francesa.

    :urss:

    No es que éra blandengue sino más bien diria yo que fueron demasiado ingenuos.

    Andres.alcala
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    Re: La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

    Mensaje por Andres.alcala el Miér Mayo 04, 2011 12:25 am

    Como lo dice la historia bien claro es que deberían ser arrestados y someterlos a condenas judiciales muy duras, para eso los fachas se lo tienen merecido
    :antina:

    :urss:

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    Re: La Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939)

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