Así inauguró Gagarin la conquista del espacio
En abril próximo se cumplen 50 años del primer vuelo espacial tripulado, logrado por la Unión Soviética. El Mundo reconstruye ese momento histórico y entrevista a un cosmonauta superviviente de aquella época pionera.
ENTENDIDO....saludos al rubito". Medio siglo después, en la cabeza ya deforestada de Alexei Leonov sigue resonando aquella voz lejana, difusa y envuelta en ecos metálicos que se descolgó hasta su oídos como una llamada celestial el 12 de abril de 1961.
El rubito era él, Alexei Leonov, un joven piloto aspirante a cosmonauta de 25 años de edad que formó parte del primer grupo de 20 cosmonautas seleccionados en 1960 por Moscú. La voz que lo apelaba era la de su amigo, Yuri Gagarin, que acababa de obsequiarlo con el primer saludo extraterrestre de la historia a 190 kilómetros de altura. Apenas habían pasado 15 minutos desde que el R-7, el primer cohete tripulado de la historia, cobró vuelo en las estepas desérticas de Kazajistán, cuando la voz de Gagarin recaló en la estación de radio Zaria-3 en Kamchatka (extremo oriente ruso), a donde había sido enviado Leonov para registrar las comunicaciones del primer cosmonauta.
"Habían pasado unos 15 minutos cuando, de repente, de alguna parte, de muy lejos, surgió una voz que en un primer momento fue imposible de reconocer", recuerda para El Mundo Leonov, que habría de esperar cuatro años antes de convertirse en el primer cosmonauta que protagonizó un paseo espacial, el 18 de marzo de 1965.
"Aquí Cedro, ¿qué puedes decirme?", preguntó Gagarin, nada más establecer contacto con la estación de Kamchatka. El cosmonauta quería saber cuáles eran sus parámetros orbitales. Tras conocer que el vuelo transcurría con normalidad, Gagarin (que había elegido el sobrenombre Cedro antes de plantarse en el espacio) envió sus saludos al Rubito de Leonov.
Durante los 108 minutos que duró la primera incursión humana en el espacio, la cápsula Vostok-1 completó una órbita terrestre en régimen automático, cubriendo una distancia de 38.260 kilómetros. La noticia no tardó en dar la vuelta al mundo.
"Aquello no fue sólo un hito de la Unión Soviética, sino de toda la humanidad", comenta Leonov a El Mundo en su despacho del banco Alfa Bank, entidad financiera de la que es vicepresidente. Tras unas enormes gafas de sol que eclipsan su mirada de topillo, Leonov recita de memoria un poema de la época, según el cual aquellos 108 minutos que duró el vuelo de Gagarin "comprimieron los siglos" y desataron un "río de entusiasmo".
No existe ruso en la faz de la Tierra con más de 50 años que no recuerda dónde estaba aquel 12 de abril de 1961. Como llovida del cielo, ese día cayó sobre el pueblo soviético una buena nueva que algunos equiparan por su trascendencia internacional a la de la victoria sobre el nazismo. "¡Un hombre en el espacio!", tituló el diario Komsomolskaya Pravda, haciéndose eco del grito que hilvanaba las gargantas de millones de soviéticos boquiabiertos por la gesta espacial. Al día de hoy Gagarin es el único soviético que los rusos aún mantienen en un pedestal. No en vano, la estatua más popular de Gagarin se eleva en Moscú sobre una columna estriada de titanio de 33 metros de alto en la avenida Leninski.
Si hubiera medido cuatro centímetros menos, Leonov habría ocupado hoy el lugar de Gagarin en lo más alto del santoral de la cosmonáutica soviético-rusa. Cuando en 1960 Moscú seleccionó a 20 aspirantes a cosmonauta, éstos fueron divididos en dos grupos, según midieran más o menos de 1,70 metros. Precisamente, los que menos centímetros levantaban del suelo (Gagarin medía 1,57) fueron los elegidos para llegar a lo más alto. Con 1,74 Leonov tuvo que esperar cuatro años para tocar el cielo con las manos y sentir en sus carnes el "silencio extraordinario" que lo envolvió durante sus 12 minutos y nueve segundos de paseo cósmico.
"En 1961 todos queríamos volar, pero es interesante que junto con los médicos y especialistas que tomaron la decisión, también nos preguntaron a los mismos cosmonautas quién creíamos que debía volar de nosotros. Muchos nombraron a Gagarin, y yo entre ellos", confiesa Leonov, inmerso en el ordenado universo de su despacho, donde una foto suya con el mandatario Leonidas Brezhnev comparte pared con una imagen conmemorativa de la primera misión conjunta soviético-norteamericana Apolo-Soyuz (comandada por Leonov en 1975) o paisajes galácticos pintados por él.
En 1961 la sonrisa en cuarto creciente de Gagarin eclipsó las dentaduras y dientes largos del resto de sus compañeros, sobre todo de German Titov, el relevo natural de Gagarin que vivió aquella odisea desde el banquillo. Al parecer, los orígenes de Titov fueron considerados demasiado burgueses (su padre era maestro), lo que le supuso un lastre que le impidió ascender. Gagarin no sólo era hijo de campesinos, sino que había sobrevivido en su infancia la ocupación nazi en la región occidental de Smolensk.
"¡Payéjai!" ("¡Vamos allá!"), fue lo último que dijo Yuri Gagarin antes de convertirse en el primer galáctico de la historia. Aquel grito del primer cosmonauta permanece al día de hoy en el subconsciente del pueblo ruso como una expresión de autoconfianza y de fe ante retos imposibles.
"La Tierra tiene una aureola muy característica de un hermosísimo color azul", escribiró Gagarin en su histórico informe fechado el 15 de abril. En cuanto regresó comenzó su otra vuelta al mundo, ya como embajador y mito viviente de la URSS.
Además de cazar alces, linces y jabalíes juntos, Gagarin y Leonov tenían algo más en común: de todos los pilotos seleccionados para volar al espacio eran los predilectos de Serguei Koroliov, el padre del programa espacial soviético que en 1957 abrió las puertas de la era espacial con el lanzamiento del primer satélite artificial (Sputnik) y de la perrita Laika. La noche de su último cumpleaños en 1966, Koroliov (que moriría poco después, a los 59 años, por un pólipo sangrante en el intestino) invitó a Gagarin y a Leonov a quedarse cuando se hubieran ido todos los invitados y estuvo hablando con ellos hasta las cuatro de la madrugada. "Como en una confesión, nos contó cómo lo arrestaron y torturaron (en 1938 Koroliov fue enviado al Gulag acusado de subversión por otro ingeniero jefe) y cómo llegó a tomar las decisiones clave para la creación del primer misil cósmico, recuerda Leonov.
El cohete R-7 era en verdad un misil intercontinental capaz de alcanzar territorio estadounidense. Convencer al Politburó de los beneficios que para la causa del comunismo conllevaría la sustitución de la carga nuclear por ingenios espaciales no fue tarea fácil.
Aunque el Vostok-1 no sobrevoló el mapa de EE.UU. (tras cruzar el Pacífico, bordeó el cono sur por el estrecho de Magallanes y pasó sobre África y Turquía antes de reentrar en la URSS), Moscú entendió que gracias a los ingenios de Koroliov podía mirar literalmente por encima del hombro al enemigo capitalista. "¡Esta gloriosa victoria de nuestra patria inspira a todos los soviéticos a realizar nuevas hazañas en la construcción del comunismo", concluía el primer comunicado del Comité Central del PCUS publicado por la prensa soviética tras el vuelo de Gagarin.
En aquellas proclamas triunfales se obvió el hecho de que durante al menos 10 minutos, el éxito de la misión había pendido de un hilo. En concreto de un manojo de cables que impidieron la separación de la cápsula esférica de descenso del módulo de equipamiento. Tras verse sometido a los bruscos virajes, los cables finalmente se quemaron y la cápsula inició su descenso. A siete kilómetros de altura, Gagarin activó el sistema de eyección y aterrizó en paracaídas 10 minutos antes que el módulo de descenso, que quedó varado como un perdigón gigante en la localidad de Engels, en Saratov. Embutido en su escafandra y su llamativo mono naranja, Gagarin intentó tranquilizar con esta frase a la campesina y su hija que lo vieron antes que nadie. "No se asuste, soy soviético como usted".
La selección, entrenamiento y lanzamiento de Gagarin se desarrolló en el secreto más absoluto. Si los padres de Gagarin se enteraron de la proeza de su hijo cuando vieron su foto en el Pravda, la identidad de Koroliov, apodado el constructor-jefe, no fue revelada hasta que su muerte lo liberó de todas las cargas de la historia.
Sin llegar a ser astronómica, la inversión de Moscú en la conmemoración del mítico vuelo de Yuri Gagarin de 1961, alcanzará el millón y medio de euros. Además de organizar varias muestras en la sede de la ONU y en el Centro de Exposiciones de Rusia en Moscú, el próximo 12 de abril tendrá lugar el lanzamiento de la nueva nave espacial rusa, que será bautizada 'Yuri Gagarin'.
http://diario.latercera.com/2011/01/22/01/contenido/tendencias/26-56817-9-asi-inauguro-gagarin-la-conquista-del-espacio.shtml

En abril próximo se cumplen 50 años del primer vuelo espacial tripulado, logrado por la Unión Soviética. El Mundo reconstruye ese momento histórico y entrevista a un cosmonauta superviviente de aquella época pionera.
ENTENDIDO....saludos al rubito". Medio siglo después, en la cabeza ya deforestada de Alexei Leonov sigue resonando aquella voz lejana, difusa y envuelta en ecos metálicos que se descolgó hasta su oídos como una llamada celestial el 12 de abril de 1961.
El rubito era él, Alexei Leonov, un joven piloto aspirante a cosmonauta de 25 años de edad que formó parte del primer grupo de 20 cosmonautas seleccionados en 1960 por Moscú. La voz que lo apelaba era la de su amigo, Yuri Gagarin, que acababa de obsequiarlo con el primer saludo extraterrestre de la historia a 190 kilómetros de altura. Apenas habían pasado 15 minutos desde que el R-7, el primer cohete tripulado de la historia, cobró vuelo en las estepas desérticas de Kazajistán, cuando la voz de Gagarin recaló en la estación de radio Zaria-3 en Kamchatka (extremo oriente ruso), a donde había sido enviado Leonov para registrar las comunicaciones del primer cosmonauta.
"Habían pasado unos 15 minutos cuando, de repente, de alguna parte, de muy lejos, surgió una voz que en un primer momento fue imposible de reconocer", recuerda para El Mundo Leonov, que habría de esperar cuatro años antes de convertirse en el primer cosmonauta que protagonizó un paseo espacial, el 18 de marzo de 1965.
"Aquí Cedro, ¿qué puedes decirme?", preguntó Gagarin, nada más establecer contacto con la estación de Kamchatka. El cosmonauta quería saber cuáles eran sus parámetros orbitales. Tras conocer que el vuelo transcurría con normalidad, Gagarin (que había elegido el sobrenombre Cedro antes de plantarse en el espacio) envió sus saludos al Rubito de Leonov.
Durante los 108 minutos que duró la primera incursión humana en el espacio, la cápsula Vostok-1 completó una órbita terrestre en régimen automático, cubriendo una distancia de 38.260 kilómetros. La noticia no tardó en dar la vuelta al mundo.
"Aquello no fue sólo un hito de la Unión Soviética, sino de toda la humanidad", comenta Leonov a El Mundo en su despacho del banco Alfa Bank, entidad financiera de la que es vicepresidente. Tras unas enormes gafas de sol que eclipsan su mirada de topillo, Leonov recita de memoria un poema de la época, según el cual aquellos 108 minutos que duró el vuelo de Gagarin "comprimieron los siglos" y desataron un "río de entusiasmo".
No existe ruso en la faz de la Tierra con más de 50 años que no recuerda dónde estaba aquel 12 de abril de 1961. Como llovida del cielo, ese día cayó sobre el pueblo soviético una buena nueva que algunos equiparan por su trascendencia internacional a la de la victoria sobre el nazismo. "¡Un hombre en el espacio!", tituló el diario Komsomolskaya Pravda, haciéndose eco del grito que hilvanaba las gargantas de millones de soviéticos boquiabiertos por la gesta espacial. Al día de hoy Gagarin es el único soviético que los rusos aún mantienen en un pedestal. No en vano, la estatua más popular de Gagarin se eleva en Moscú sobre una columna estriada de titanio de 33 metros de alto en la avenida Leninski.
Si hubiera medido cuatro centímetros menos, Leonov habría ocupado hoy el lugar de Gagarin en lo más alto del santoral de la cosmonáutica soviético-rusa. Cuando en 1960 Moscú seleccionó a 20 aspirantes a cosmonauta, éstos fueron divididos en dos grupos, según midieran más o menos de 1,70 metros. Precisamente, los que menos centímetros levantaban del suelo (Gagarin medía 1,57) fueron los elegidos para llegar a lo más alto. Con 1,74 Leonov tuvo que esperar cuatro años para tocar el cielo con las manos y sentir en sus carnes el "silencio extraordinario" que lo envolvió durante sus 12 minutos y nueve segundos de paseo cósmico.
"En 1961 todos queríamos volar, pero es interesante que junto con los médicos y especialistas que tomaron la decisión, también nos preguntaron a los mismos cosmonautas quién creíamos que debía volar de nosotros. Muchos nombraron a Gagarin, y yo entre ellos", confiesa Leonov, inmerso en el ordenado universo de su despacho, donde una foto suya con el mandatario Leonidas Brezhnev comparte pared con una imagen conmemorativa de la primera misión conjunta soviético-norteamericana Apolo-Soyuz (comandada por Leonov en 1975) o paisajes galácticos pintados por él.
En 1961 la sonrisa en cuarto creciente de Gagarin eclipsó las dentaduras y dientes largos del resto de sus compañeros, sobre todo de German Titov, el relevo natural de Gagarin que vivió aquella odisea desde el banquillo. Al parecer, los orígenes de Titov fueron considerados demasiado burgueses (su padre era maestro), lo que le supuso un lastre que le impidió ascender. Gagarin no sólo era hijo de campesinos, sino que había sobrevivido en su infancia la ocupación nazi en la región occidental de Smolensk.
"¡Payéjai!" ("¡Vamos allá!"), fue lo último que dijo Yuri Gagarin antes de convertirse en el primer galáctico de la historia. Aquel grito del primer cosmonauta permanece al día de hoy en el subconsciente del pueblo ruso como una expresión de autoconfianza y de fe ante retos imposibles.
"La Tierra tiene una aureola muy característica de un hermosísimo color azul", escribiró Gagarin en su histórico informe fechado el 15 de abril. En cuanto regresó comenzó su otra vuelta al mundo, ya como embajador y mito viviente de la URSS.
Además de cazar alces, linces y jabalíes juntos, Gagarin y Leonov tenían algo más en común: de todos los pilotos seleccionados para volar al espacio eran los predilectos de Serguei Koroliov, el padre del programa espacial soviético que en 1957 abrió las puertas de la era espacial con el lanzamiento del primer satélite artificial (Sputnik) y de la perrita Laika. La noche de su último cumpleaños en 1966, Koroliov (que moriría poco después, a los 59 años, por un pólipo sangrante en el intestino) invitó a Gagarin y a Leonov a quedarse cuando se hubieran ido todos los invitados y estuvo hablando con ellos hasta las cuatro de la madrugada. "Como en una confesión, nos contó cómo lo arrestaron y torturaron (en 1938 Koroliov fue enviado al Gulag acusado de subversión por otro ingeniero jefe) y cómo llegó a tomar las decisiones clave para la creación del primer misil cósmico, recuerda Leonov.
El cohete R-7 era en verdad un misil intercontinental capaz de alcanzar territorio estadounidense. Convencer al Politburó de los beneficios que para la causa del comunismo conllevaría la sustitución de la carga nuclear por ingenios espaciales no fue tarea fácil.
Aunque el Vostok-1 no sobrevoló el mapa de EE.UU. (tras cruzar el Pacífico, bordeó el cono sur por el estrecho de Magallanes y pasó sobre África y Turquía antes de reentrar en la URSS), Moscú entendió que gracias a los ingenios de Koroliov podía mirar literalmente por encima del hombro al enemigo capitalista. "¡Esta gloriosa victoria de nuestra patria inspira a todos los soviéticos a realizar nuevas hazañas en la construcción del comunismo", concluía el primer comunicado del Comité Central del PCUS publicado por la prensa soviética tras el vuelo de Gagarin.
En aquellas proclamas triunfales se obvió el hecho de que durante al menos 10 minutos, el éxito de la misión había pendido de un hilo. En concreto de un manojo de cables que impidieron la separación de la cápsula esférica de descenso del módulo de equipamiento. Tras verse sometido a los bruscos virajes, los cables finalmente se quemaron y la cápsula inició su descenso. A siete kilómetros de altura, Gagarin activó el sistema de eyección y aterrizó en paracaídas 10 minutos antes que el módulo de descenso, que quedó varado como un perdigón gigante en la localidad de Engels, en Saratov. Embutido en su escafandra y su llamativo mono naranja, Gagarin intentó tranquilizar con esta frase a la campesina y su hija que lo vieron antes que nadie. "No se asuste, soy soviético como usted".
La selección, entrenamiento y lanzamiento de Gagarin se desarrolló en el secreto más absoluto. Si los padres de Gagarin se enteraron de la proeza de su hijo cuando vieron su foto en el Pravda, la identidad de Koroliov, apodado el constructor-jefe, no fue revelada hasta que su muerte lo liberó de todas las cargas de la historia.
Sin llegar a ser astronómica, la inversión de Moscú en la conmemoración del mítico vuelo de Yuri Gagarin de 1961, alcanzará el millón y medio de euros. Además de organizar varias muestras en la sede de la ONU y en el Centro de Exposiciones de Rusia en Moscú, el próximo 12 de abril tendrá lugar el lanzamiento de la nueva nave espacial rusa, que será bautizada 'Yuri Gagarin'.
http://diario.latercera.com/2011/01/22/01/contenido/tendencias/26-56817-9-asi-inauguro-gagarin-la-conquista-del-espacio.shtml













