El pensamiento económico del Che , por Javi García Vitoria , expreso del PCE(r)

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El pensamiento económico del Che , por Javi García Vitoria , expreso del PCE(r)

Mensaje por carlos el Dom Ene 09, 2011 4:25 pm

Es a reivindicar el papel del Che como teórico, como pensador revolucionario (en este caso, en relación al ámbito económico), a lo que está dedicado este artículo. Y no por una simple cuestión de justicia histórica –que también-, sino porque hacerlo es una necesidad, en el sentido de que reivindicar el pensamiento del Che es reivindicar un proyecto: un proyecto de socialismo desarrollado sobre bases revolucionarias en todos los órdenes (económico, político, social, ideológico...).

Vaya por delante que este artículo no pretende tener un carácter hagiográfico. No pretende llevar la reivindicación del Che más allá de lo razonable. El Che, ciertamente, no escribió “El Capital” ni el “¿Qué hacer?” ni “Del socialismo utópico al socialismo científico”. Tampoco lo pretendió. El Che no abordó la labor teórica de una manera sistemática, sino como una parte más de su actividad revolucionaria. Sin embargo, hizo aportaciones concretas en ámbitos concretos que no carecen de importancia. Y su gran mérito fue, principalmente, haber retomado cuestiones que fueron relegadas por el movimiento comunista internacional debido a la perniciosa influencia ideológica ejercida por el revisionismo de los Jruschov, Breznev y compañía y su no menos pernicioso modelo de “construcción” socialista, que terminó siendo un modelo de deconstrucción socialista, como desgraciadamente se puso de manifiesto con la debacle del “campo socialista” acaecida a finales de los 80 y principios de los 90 del siglo pasado.

¿Cuáles fueron esas cuestiones que retomó el Che?

Analizó los conceptos de mercancía y de la ley del valor y el encaje que los mismos debían tener en una economía socialista. También analizó qué tipo de relaciones debían establecerse entre las empresas socialistas y entre éstas y los trabajadores, su organización y los mecanismos de financiación; la forma en que había que estimular a los trabajadores en la producción, si con los estímulos morales o con los estímulos materiales, si con los estímulos colectivos o los individuales. Por otra parte, abordó la cuestión, central en el pensamiento del Che, del papel que la conciencia de los trabajadores debía jugar en el proceso de construcción socialista, de cómo la conciencia debía transformarse y ser, al mismo tiempo, un motor para la transformación de la sociedad. El Che era un firme defensor de la consigna de que el comunismo, la sociedad sin clases (libre, por tanto, de toda forma de opresión y explotación), es una etapa histórica a la que se llega conscientemente. Es un tipo de sociedad que, por decirlo así, no cae del cielo, sino que requiere de la voluntad, de la convicción y de la determinación de los trabajadores por alcanzarla. Cuando se carece de estos elementos, ya vemos en qué acaban las cosas: el socialismo se anquilosa, se esclerotiza y termina por perecer. Ésta es una de las principales conclusiones que se deben extraer de la experiencia de la Unión Soviética y otros países socialistas (como China, que, aun dándose el nombre de socialista, no es sino un país capitalista y una potencia imperialista en ciernes). Los dirigentes de la Unión Soviética post-Stalin defendían (entre otras desviaciones político-ideológicas) la teoría de que la construcción socialista consistía, básicamente, en lo que se conoce como desarrollo de las fuerzas productivas, en el aumento de la riqueza social, la mejora de las condiciones de vida y el incremento de la cantidad y variedad de los productos de consumo, sin que, al mismo tiempo, se diera un desarrollo parejo en la conciencia socialista de los trabajadores.

Olvidaban o más bien obviaban deliberadamente (estamos hablando de elementos revisionistas y, por tanto, ajenos al marxismo, enfrentados al marxismo) que el socialismo no es sólo un hecho económico, sino también un hecho político, ideológico, un hecho de conciencia y de consciencia.

Ésta era la visión del Che (y debe ser la visión de cualquier comunista consecuente), para quien la construcción de una nueva sociedad era un imposible si no se construía el “hombre nuevo”, con una ideología, una moral y unos valores diametralmente opuestos a los predominantes en las sociedades capitalistas, con toda su carga de individualismo, egoísmo e insolidaridad. Éste era el eje en torno al cual debía girar el proceso de construcción socialista, su piedra de toque.

I

Gran parte de la obra teórica del Che trata sobre cuestiones económicas. Esto es así porque, como miembro del gobierno revolucionario cubano, desempeñó funciones principalmente en el terreno de la economía: primero, como máximo responsable del Banco Nacional, y, más tarde, como Ministro de Industria.

La filosofía por la que se rige su pensamiento económico es la misma por la que se rige el conjunto de su pensamiento: el hombre es el centro de todo, transformando la sociedad y transformándose a sí mismo: «El desarrollo socialista (...) de un país (...) se hace para el hombre, no se hace para ninguna entelequia, no se está buscando nada fuera de la felicidad del hombre».(1) ¿Pero a qué se refiere el Che cuando habla del hombre? ¿Está hablando del hombre en general, abstracto, al margen de la sociedad de clases y de los conflictos que se dan en ella? ¿Acaso participa el Che de esa visión del hombre que postula cierta concepción “humanista” burguesa y reaccionaria? Desde luego que no. El hombre del que habla el Che es concreto y está inserto, como no puede ser de otra manera, en la sociedad de clases y en la lucha de clases. Tiene una realidad, una materialidad. Este hombre se encarna en los trabajadores y trabajadoras. El Che es, efectivamente, un humanista, pero en el sentido marxista. Y, como tal, no puede concebir a ese hombre genérico y abstracto. Este hombre no existe. No es más que una figura mítica. El hombre, el ser humano, está dividido en clases. Y el Che toma parte por una de estas clases: por la de los explotados. Cuando habla de la felicidad del hombre, no se refiere a la felicidad del burgués (que no deja de disfrutarla en el capitalismo, a costa de la infelicidad de la inmensa mayoría), sino a la de los trabajadores y trabajadoras, que con el socialismo pueden por fin aspirar a construir una realidad en la que no sean considerados como meros medios de producción, como simples creadores de riqueza para el parásito capitalista de turno, en la que pasen de ser sujetos pasivos del devenir político, económico y social a ser sujetos activos de ese devenir, en la que puedan desarrollarse como hombres y mujeres libres, plenos, accediendo, no sólo a un bienestar material, sino también a la cultura y el conocimiento, dejando atrás el embrutecimiento y la ignorancia a que les condena la sociedad burguesa.

El hombre, decimos, es el centro del pensamiento económico del Che. Hasta tal punto es así que, al contrario de lo que defendían los revisionistas soviéticos y los dirigentes cubanos que seguían las tesis de éstos, para los que la rentabilidad y la productividad era lo más importante en la actividad económica, en la concepción del Che, esa rentabilidad y esa productividad, aun siendo fundamentales (sin un aparato económico eficiente no hay socialismo que valga), son elementos subordinados respecto a las condiciones de vida de los trabajadores y a la necesidad de transformar su conciencia, de fortalecer su compromiso con la construcción socialista. Es decir: se necesitan el máximo de rentabilidad y productividad posibles, pero no a cualquier precio ni de cualquier manera. Un ejemplo de ello lo tenemos en el proceso de mecanización y tecnificación de la industria y la agricultura cubanas que se comenzó a principios de los años 60. Este proceso resultaba vital para la economía cubana, por cuanto, desde el punto de vista tecnológico, estaba prácticamente en la prehistoria. Por otro lado, sin embargo, Cuba tenía un grave problema de desempleo al que, evidentemente, se quería dar solución. De modo que la Revolución Cubana se encontraba ante una disyuntiva: si el aparato productivo se tecnificaba demasiado rápido, iba a ser imposible dar solución al problema del desempleo, puesto que uno de los efectos que tiene el aumento del componente tecnológico en la actividad productiva es precisamente el de reducir la necesidad de fuerza de trabajo humana; pero, si no se tecnificaba el aparato productivo en el menor tiempo posible, la economía cubana no sería “competitiva”, no podría salir del atraso en que se encontraba. ¿Qué hacer? El Che defendía que había que acompasar el proceso de tecnificación a la solución de un problema social como el del desempleo. Para el Che, «la mecanización de un sistema socialista que se preocupa sustancialmente del hombre, no significa nunca el desempleo».(2)

Otro ejemplo de esto que decimos lo tenemos en la política de precios que propugnaba el Che. Esta política de precios también debía tener un contenido social. Para el establecimiento de los precios de consumo que se creaban en las empresas socialistas, sobre todo de los productos de primera necesidad, había que proceder, no en base a criterios como el de los costos de producción, sino con miras a hacerlos más accesibles a la población, incluso vendiéndolos por debajo de sus costos de producción. No había que tener un criterio de rentabilidad, sino, como decimos, un criterio social. «(...) parte de nuestra concepción está referida a la no necesaria coincidencia o relación íntima entre el costo de producción y el precio.»(3) «(...) toda una serie de artículos de carácter fundamental para la vida del hombre deben ofrecerse a precios bajos, aunque en otros menos importantes se cargue la mano con manifiesto desconocimiento de la ley del valor en cada caso concreto.»(4) «(...) la rentabilidad relativa sería sólo un índice, ya que lo que realmente interesa es la rentabilidad general del aparato productivo.»(5) La política de precios, por tanto, debía fundamentarse sobre un criterio no meramente económico. Pero el Che tampoco renuncia al concepto de rentabilidad. Esta política de precios debe ser rentable, aunque no desde el punto de vista de cada producto de consumo particular, sino desde el punto de vista de los productos de consumo en su conjunto. Las “pérdidas” que se produjeran en determinados artículos al venderse a precios muy bajos o incluso por debajo de sus costos de producción se verían compensados encareciendo otros (los menos importantes para la vida). En definitiva, para el Che, tan importante era la rentabilidad económica del aparato productivo como lo que podemos llamar su “rentabilidad social”. Ambos conceptos debían ir ligados. ¿De qué sirve un aparato económico perfectamente eficiente si, al mismo tiempo, no sirve para atender las muy diversas exigencias de la construcción socialista? Rentabilidad, sí; eficiencia, también, pero para profundizar en la construcción socialista, sobre bases revolucionarias y teniendo siempre como referente a quienes son el centro del proceso revolucionario: los trabajadores y trabajadoras.

II

Ahora pasemos a cuestiones de mayor calado.

¿Qué política económica general defendía el Che? ¿Sobre qué parámetros debía establecerse? ¿De qué manera entendía que había que organizar la economía socialista? Ya hemos apuntado algunas ideas al respecto. Pero hagamos un pequeño esquema. Para el Che, una política económica consecuentemente socialista y revolucionaria debe cumplir, fundamentalmente, con tres requisitos: Primero: que contribuya a crear un aparato económico y productivo eficiente que permita cubrir todas las necesidades materiales de la sociedad y mejorar cada vez en mayor medida sus condiciones de vida. Esto tendría que ver con lo que se conoce como desarrollo de las fuerzas productivas.

Segundo: que facilite la eliminación, del modo más rápido posible, aunque respetando las fases y los tiempos por los que debe transitar necesariamente la construcción económica socialista, de las relaciones económicas y categorías heredadas del capitalismo que aún se mantengan en pie tras la toma del poder por los trabajadores, como lo son la propiedad privada en sus diferentes formas, la economía mercantil, la ley del valor, el interés material como principal palanca de la producción, etc.. «Entendemos que durante cierto tiempo se mantengan las categorías del capitalismo y que este término no puede determinarse de antemano, pero las características del período de transición son las de una sociedad que liquida sus viejas ataduras para ingresar rápidamente a la nueva etapa. La tendencia debe ser (...) a liquidar lo más rigurosamente posible las categorías antiguas.»(6)

Tercero: que cree las condiciones para que los trabajadores gradualmente vayan adquiriendo una mayor conciencia comunista, para que se impliquen en la gestión y administración de la economía, para que asuman cada vez más responsabilidades en este terreno, para que se transformen, en definitiva, en el “hombre nuevo” del que hablaba el Che.

Esta política económica debía cumplir en igual medida con los tres requisitos, entendiéndolos como un todo articulado en el que si falla una de sus partes falla el mecanismo en su conjunto. ¿Y con qué modelo económico pretendía cumplir con estos requisitos o condiciones? El Che, junto con sus colaboradores, y basándose en algunos aspectos de anteriores experiencias socialistas, como la que lideró Stalin en la URSS, diseñó un modelo económico al que se le dio el nombre de Sistema Presupuestario de Financiamiento, el cual no sólo tenía que ver con cuestiones presupuestarias o de financiación, como indica su nombre; en su desarrollo, tenía implicaciones políticas e ideológicas muy importantes. No era, por tanto, un sistema que pudiéramos calificar como técnico, sino todo un proyecto de construcción económica profundamente socialista y profundamente revolucionario. Durante mucho tiempo, en Cuba, convivieron dos modelos económicos: uno era el que defendía el Che; y otro, el que defendían los revisionistas soviéticos (más bien antisoviéticos, pues los dirigentes de la URSS post-Stalin fueron precisamente eso: elementos antisoviéticos, anticomunistas, cuyo único objetivo era defender sus propios intereses y privilegios y destruir, como así hicieron, la obra iniciada con la Revolución de Octubre) y los dirigentes cubanos que estaban bajo su influencia, al que daban el nombre de cálculo económico o autogestión financiera. El primero se aplicaba en las empresas que dependían del Ministerio de Industria, dirigido por el Che. El segundo, en las empresas que estaban bajo la dirección del INRA (Instituto Nacional de Reforma Agraria), que, como su propio nombre indica, se encargaba de la actividad agropecuaria y de la industria directamente relacionada con ella. No obstante, esta convivencia terminó a mediados de los 70. El cálculo económico revisionista se acabó aplicando al conjunto de la economía cubana. Las tesis revisionistas acabaron ganando la batalla. Y las consecuencias que de ello se derivaron fueron las que ya anticipara el Che. El Comité Central del Partido Comunista Cubano, en un pleno que tuvo lugar en 1986, se vio obligado a reconocer: «(...) la tendencia economicista que pretende promover el cumplimiento de los objetivos en la producción(...) únicamente con resortes materiales (...) no origina una conducta laboral satisfactoria y, por el contrario, entroniza la indisciplina, la desidia y el desinterés por los objetivos sociales». En el mismo documento, también se afirma: «el predominio de tal concepción, profundamente errónea durante los últimos años, provocó sensibles descuidos del trabajo político e ideológico. Introdujo prácticas que tendían a corromper y metalizar [es un término que parece que se refiere al hecho de que no se busque otra cosa que el interés económico o monetario- Nota del autor] a trabajadores y dirigentes, engendró deformaciones tecnocráticas y burocráticas que provocaban la hipertrofia de las plantillas, impedían hallar fórmulas racionales (...) para el mejor aprovechamiento de la fuerza laboral, afectaban a la calidad del trabajo y promovían una creciente infuncionalidad e ineficacia de todo el aparato productivo del país». Y el propio Fidel Castro, en el III Congreso del PCC, también en el año 86, dijo: «no debemos renunciar a la idea de la rentabilidad de la empresa, ni a la idea del cálculo económico. No estoy en contra de ninguno de esos mecanismos o categorías, siempre que entendamos bien que es el trabajo político, el trabajo revolucionario, el sentido de responsabilidad de los cuadros (...) lo que puede hacer posible la eficiencia (...)». Rectificaba, pero sólo a medias, porque no iba al fondo del problema. Señalaba (de una manera un tanto titubeante, eso sí) que la clave de la construcción económica socialista estaba en el desarrollo de la conciencia de los trabajadores, en su compromiso consciente con esa construcción. Sin embargo, al mismo tiempo, dice que no se debe renunciar al cálculo económico (el tipo de cálculo económico que se aplicaba en Cuba, proveniente de las sucias manos del revisionismo soviético). Y es aquí donde está el error. El origen de las disfunciones que se estaban dando se encontraba en el propio sistema de cálculo económico o autogestión financiera. El Che, 20 años antes de esta semiautocrítica del PCC, ya dijo: «persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etc.), se puede llegar a un callejón sin salida».(7)

Sus palabras se vieron confirmadas en su totalidad. Se había llegado efectivamente a un callejón sin salida; sólo se podía superar esta situación de una manera: renunciando al sistema de cálculo económico que proponía el revisionismo, con el cual se pretende construir el socialismo bajo premisas capitalistas y que, por tanto, a lo que conduce es a truncar, a abortar el proyecto socialista. Además, este sistema ha demostrado no ser eficiente ni siquiera desde el punto de vista puramente económico. Es un sistema inservible, aunque el revisionismo lo haya presentado siempre como el no va más de los sistemas de gestión económica. Los resultados están a la vista, hablan por sí solos: el “campo socialista” se vino abajo, en gran medida, por persistir en la utilización de este sistema. Y gran parte de los problemas por los que atraviesa la Revolución Cubana desde hace años se deben a la muy lamentable decisión que supuso adoptar el modelo económico “soviético” a mediados de los 70, en detrimento del modelo que defendía el Che; modelo este que, mientras estuvo en funcionamiento, demostró ser más eficiente y hacer más por la construcción socialista (entendiéndola como un proceso multifacético, en el que entran en juego elementos económicos, políticos, ideológicos, sociales y morales) que aquél. No estaba exento de deficiencias. El propio Che las reconocía. Pero hubieran podido haber sido superadas con el tiempo, en la medida en que el sistema, en su desarrollo, se hubiera ido perfeccionando. Sin embargo, los dirigentes cubanos, después de la muerte del Che, optaron por el nada revolucionario principio de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Y ello les llevó a transitar por los caminos trillados que les señalaban los economistas “soviéticos”. Ésa fue, como decimos, una mala decisión que ha creado no pocos problemas a

la Revolución Cubana.

Pero estamos yendo demasiado rápido. Veamos con más detenimiento cuáles son las diferencias que se establecen entre el modelo del Che y el cálculo económico revisionista o de autogestión financiera. Se puede decir que las diferencias son todas. Y no puede ser de otra manera, puesto que nos encontramos ante un modelo socialista y ante otro que sólo lo es a medias; ante un modelo que rompe con el capitalismo y ante otro que se mantiene ligado a él por múltiples lazos. En palabras del Che:«Para nosotros, una empresa es un conglomerado de fábricas o unidades que tienen un base tecnológica parecida, un destino común para su producción o, en algún caso, una localización geográfica limitada; para el sistema de cálculo económico, una empresa es una unidad de producción con personalidad jurídica propia».(Cool «Otra diferencia es la forma de utilización del dinero; en nuestro sistema sólo opera como dinero aritmético, como reflejo, en precios, de la gestión de la empresa, que los organismos centrales analizarán para efectuar el control de su funcionamiento; en el cálculo económico es no sólo esto, sino también medio de pago que actúa como instrumento indirecto de control, ya que son estos fondos los que permiten operar a la unidad y sus relaciones con el banco son similares a las de un productor privado en contacto con bancos capitalistas».(9)

«Consecuentemente con la forma de utilizar el dinero, nuestras empresas [las que funcionan bajo el modelo del Che] no tienen fondos propios; en el banco existen cuentas separadas para extraerlos y depositarlos, la empresa puede extraer fondos según el plan, de la cuenta general de gastos y de la especial para pagar salarios, pero, al efectuar un depósito, éste pasa a poder del Estado automáticamente».(10) A simple vista, no parecen muy importantes estas diferencias. Pero, al profundizar un poco en ellas, vemos que tienen implicaciones de enorme calado. En el cálculo económico revisionista, al tener las empresas personalidad jurídica propia, es decir, al ser entes autónomos y disponer de fondos económicos propios, que pueden administrar, dentro de ciertos límites, como crean más conveniente los responsables de esas empresas, se están reproduciendo esquemas capitalistas, relaciones capitalistas. Tenemos una empresa que cuenta con un capital, que lo gasta más o menos como quiere y que, además, puede obtener beneficios (en el cálculo económico, existe la posibilidad de obtener beneficios por parte de las empresas, aunque se les dé el nombre de “premios de producción” u otros, porque se considera que contribuye a potenciar la producción). Y este sistema guarda muchas semejanzas con eso que llamamos capitalismo, si bien dándole un barniz socialista con el que se oculta su verdadera naturaleza. En el sistema del Che, las empresas no tienen fondos propios. Éstos están en manos del banco estatal, que los administra en función de lo establecido por el plan económico general. Y los fondos que estas empresas pudieran recibir por cualquier motivo van también íntegramente al banco estatal. No hay posibilidad de obtener beneficios en un sentido capitalista. Tanto los responsables de las empresas como los trabajadores simplemente reciben el sueldo que está estipulado y, en determinados casos, ciertos premios cuando han destacado por algún motivo. Aunque en la cuestión de los premios y los estímulos también se sigue un criterio estrictamente socialista. Deben predominar los estímulos morales sobre los materiales y los colectivos sobre los individuales.

Con el sistema presupuestario, lo que se busca es que las empresas socialistas no se conviertan en entes autónomos unos de otros, cada uno buscando su propio provecho; que no se alimenten ni cobren fuerza las tendencias capitalistas, la competencia, el egoísmo, la estrechez de miras y el individualismo burgueses; que, por el contrario, todo el aparato económico, cada una de sus unidades productivas, cada uno de sus trabajadores, remen en una misma dirección, poniendo los intereses colectivos del conjunto de los trabajadores por delante de los intereses particulares de los trabajadores de ésta o la otra empresa o fábrica. Por eso las empresas sometidas a este sistema no tienen personalidad jurídica propia ni cuentan con fondos económicos propios: no son otra cosa que engranajes de la gran máquina socialista, que será capaz de avanzar más rápido, de acercarnos a la sociedad comunista en la medida en que todos sus componentes funcionen correctamente, de manera equilibrada y armónica.

Con el cálculo económico revisionista, esa gran máquina socialista no existe. Predominan la atomización económica, la dispersión y todas las lacras ya apuntadas y algunas más. La planificación económica (tan esencial, tan indispensable para el proyecto socialista) cede su lugar al caos económico.

Continuemos con este examen comparativo de uno y otro sistema.

Otro aspecto en el que se pone de manifiesto la esencia burguesa del cálculo económico revisionista lo tenemos en el modo en que circulan los productos (materias primas, maquinaria, productos de consumo, etc.) dentro de la economía socialista. En el sistema del Che, las relaciones de tipo mercantil quedan reducidas al mínimo. De hecho, estas relaciones no tienen lugar más que en el momento en que un producto ya acabado se vende al consumidor o en el ámbito del comercio exterior. «Nuestra concepción (...) considera el producto como un largo proceso del flujo interno durante el transcurso de todos los pasos que debe dar en el sector socialista hasta su transformación en mercancía, lo que ocurre solamente cuando hay un traspaso de propiedad. Este traspaso se realiza en el momento en que sale del sector estatal y pasa a ser propiedad de algún usuario».(11) «El paso de una empresa a otra (...) no debería ser considerado sino como una parte del proceso de producción que va agregando valores al producto (...)». (12) «Nosotros consideramos que el paso de un taller a otro o de una empresa a otra en el sistema presupuestario desarrollado, no puede ser considerado como un acto de cambio (...). Es decir, si mercancía es aquel producto que cambia de propiedad mediante un acto de cambio [de compra-venta], al estar dentro de la propiedad estatal todas las fábricas en el sistema presupuestario, (...) el producto solamente adquirirá características de mercancía cuando, llegando al mercado, pase a manos del pueblo consumidor».(13)

¿Qué quiere decir esto?

Cuando en el sistema presupuestario, por ejemplo, una empresa de refinado de petróleo entrega a otra empresa socialista una determinada cantidad de combustible que requiere para su proceso productivo, no se da en ningún momento un acto de compra-venta. La empresa de refinado no le vende el combustible a la otra empresa, sino que, simplemente, se lo da. Esta entrega únicamente se registra para que conste a efectos contables, de control y para la fijación de precios de los productos acabados que afluyen al mercado (interior o exterior). Es a esto a lo que se refería el Che cuando hablaba de dinero aritmético. En ningún caso se produce un movimiento monetario o financiero. No tendría sentido, puesto que ambas empresas vienen a ser una misma empresa, por cuanto pertenecen al Estado socialista y, por lo tanto, el combustible no pasa de un propietario a otro, sino que en todo momento está en manos del mismo propietario.

Pero, claro, para comenzar a excluir las relaciones mercantiles, relaciones que son una rémora, una herencia del capitalismo (y que, en el comunismo, habrán de desaparecer totalmente), es necesario contar con una economía socialista tanto en su contenido como en su forma, y no con una que sólo lo es en el nombre, como ocurre con el cálculo económico revisionista. En este sistema, sí existen relaciones monetario-mercantiles, no sólo en el momento en que se vende un producto acabado a un consumidor, sino a lo largo de todo el proceso económico, incluidos, por tanto, los intercambios entre empresas socialistas. En el cálculo económico revisionista, la empresa de refinado de la que hablábamos más arriba no se limitaría a entregar el combustible a la otra empresa, sino que se lo vendería, mediando una operación monetaria o financiera, al igual que ocurre con las empresas capitalistas, como si ambas empresas no tuvieran nada que ver la una con la otra, como su fueran entidades privadas y no propiedad del Estado socialista. ¿Cómo llamamos a esto? ¿Podemos hablar o no de relaciones capitalistas?

No es una cuestión baladí ésta que estamos tratando de la existencia o inexistencia de relaciones mercantiles. Tiene una importancia fundamental. Si no se hace todo por eliminar las relaciones mercantiles, si, por el contrario, se las está perpetuando, no se estará avanzando en la construcción socialista; el germen de la vieja sociedad continuará estando presente y existirá la amenaza de la restauración del régimen de explotación. Sin embargo, si se va limitando la economía mercantil, si se va restringiendo, con miras a eliminarla totalmente en el menor tiempo posible, se estará cumpliendo con una condición básica de la construcción socialista.

El cálculo económico revisionista y el sistema presupuestario también adoptan posiciones opuestas en relación al papel que la ley del valor (que es otra categoría mercantil) juega en la economía socialista. Por ley del valor entendemos el proceso por el cual un producto, en un contexto de economía mercantil, llega a adquirir un determinado valor de cambio o valor (en términos marxistas, valor de cambio y valor son conceptos equivalentes), del que, a su vez, se deriva el precio del producto. Aunque valor y precio, pese a que son conceptos íntimamente relacionados, no pueden considerarse como idénticos; el valor debe realizarse como precio, pero esa realización puede ser total, parcial o incluso situarse por encima del valor (sobreprecio). El valor, como decía Marx en “El Capital”, se constituye en «centro de gravedad» en torno al cual gira el precio. Pero precio y valor no tienen por qué coincidir y, de hecho, no suelen coincidir.

El valor de una mercancía viene determinado por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario que exige su producción en las condiciones técnicas, de organización del trabajo, de explotación de la mano de obra, etc. vigentes en un determinado momento. A su vez, estas condiciones, en un contexto capitalista, son impuestas por dos factores, fundamentalmente: por la correlación de fuerzas en la lucha de clases entre la clase obrera y la burguesía (capacidad o incapacidad por parte de la clase obrera de imponer sus reivindicaciones en cuanto a salarios, duración e intensidad de la jornada laboral, etc.); y por la lucha que se establece entre los propios capitalistas (que se manifiesta en la mejora permanente de unos y otros de su técnica, su organización y su tecnología de producción, aumentando los ritmos de trabajo, desarrollando, en definitiva, su fuerza productiva en todos los órdenes) por conquistar mayores cuotas de mercado (competencia capitalista). Ambos factores conducen a la constitución de un valor social medio de cada mercancía concreta, que no es sino el valor o tiempo de trabajo que debe contener como media cada tipo de mercancía para ser competitiva en el mercado, para encontrar salida en él.

Esto es, en líneas muy generales, lo que se conoce como ley del valor.

Para los defensores del cálculo económico revisionista, la ley del valor continúa teniendo plena vigencia en el socialismo y manifiestan que, además, se puede hacer de ella un uso consciente, es decir, aprovecharla conscientemente en beneficio de la construcción socialista.

En el sistema presupuestario, por el contrario, se considera que esta vigencia es parcial y se descarta la posibilidad de su uso consciente. Dejemos hablar de nuevo al Che: «La base por la cual se rige el mercado capitalista es la ley del valor y ésta se expresa directamente en el mercado. No se puede pensar en el análisis de la ley del valor extraída de su medio que es aquél; de otra forma, puede decirse que la expresión propia de la ley del valor es el mercado capitalista. Durante la construcción socialista, muchas de las relaciones de producción van cambiando a medida que cambia el dueño de los medios de producción y el mercado deja de tener las características de libre concurrencia (...) y adquiere otras nuevas, ya limitado por la influencia del sector socialista que actúa en forma consciente sobre el fondo mercantil».(14)

E insiste en otro artículo: «(...) la ley del valor es reguladora de las relaciones mercantiles en el ámbito del capitalismo y, por tanto, en la medida en que los mercados son distorsionados por cualquier causa [como la socialización de los medios de producción] asimismo sufrirá ciertas distorsiones la acción de la ley del valor».(15)

Y en otro artículo más: «(...) consideramos la ley del valor como parcialmente existente, debido a los restos de la sociedad mercantil subsistentes, que se refleja también en un tipo de cambio que se efectúa entre el Estado suministrador y el consumidor; creemos que, particularmente en una sociedad de comercio exterior muy desarrollado [como lo era la cubana en los años 60] (...), la ley del valor en escala internacional debe reconocerse como un hecho que rige las transacciones comerciales, aun dentro del campo socialista (...)».(16)

Más adelante, en este mismo artículo: «Negamos la posibilidad del uso consciente de la ley del valor basados en la no existencia de un mercado libre que exprese automáticamente la contradicción entre productores y consumidores [y entre unos y otros productores]; negamos la existencia de la categoría mercancía en la relación entre empresas estatales, y consideramos todos los establecimientos como parte de la única empresa que es el Estado (...)».(17)

¿Qué viene a decir el Che?

Que la ley del valor no puede tener una existencia plena fuera del medio que le es propio: la economía mercantil por excelencia, que no es otra que el capitalismo (donde la ley del valor alcanza su máxima expresión y donde también empieza su declive, como explicaremos más adelante). Que, en el socialismo, puede tener una existencia sólo parcial, dado que se mantienen algunos restos de relaciones mercantiles en el comercio exterior y en el ámbito de la distribución de los productos de consumo por parte del Estado hacia la sociedad, pero que, aun así, la ley del valor se encuentra muy distorsionada, muy limitada en su acción. Por último, que no se puede hacer un uso consciente de la misma, tal como postula el cálculo económico revisionista, porque esta ley funciona en base a mecanismos espontáneos (competencia capitalista, niveles de oferta y demanda de ésta o la otra mercancía...) que no se dan o se dan en muy escasa medida en el socialismo. Que, por tanto, dado ese carácter espontáneo, que se expresa en unas condiciones determinadas y concretas (unas condiciones capitalistas), dicho uso consciente de la ley del valor queda excluido; el mismo intento de utilizarla y dirigirla es ya un elemento de distorsión de la misma; o dicho de otro modo: la ley del valor es un fenómeno espontáneo que sólo puede existir como tal fenómeno espontáneo.

Y, siendo así, ¿cómo puede una economía socialista determinar, sin contar con la ley del valor, el valor y el precio de sus productos (es evidente que a este respecto no puede proceder de manera arbitraria, porque se generarían unos desequilibrios que podrían ponerla en muy serios apuros)?

Al contenido social de la política de precios ya hemos hecho mención al principio de este artículo. Pero profundicemos algo más en esta cuestión de los precios y el valor. ¿Qué solución propone el Che a la misma? Bajo el punto de vista del Che, en un sistema económico como lo es el socialista, en que las relaciones mercantiles se encuentran reducidas a su mínima expresión, y en el que, además, se pretende hacerlas desaparecer por completo, no existen o apenas actúan los mecanismos espontáneos que permitirían establecer el valor y los precios de los productos de manera, digamos, automática. Ante esta realidad, ese valor y esos precios hay que establecerlos de modo “artificial”. ¿Pero qué criterio hay que seguir a la hora de hacerlo?

Para el Che, hay que proceder «estableciendo un sistema general que contemplará una cierta medida histórica de los precios del mercado mundial capitalista, con las correcciones que puedan introducirse por la acción de los precios en el mercado socialista (...). Los precios así fijados funcionarían, durante ciertos períodos, sin alteraciones».(18)

«Si se toman los precios de los artículos fundamentales de la economía y, basados en ellos, por cálculos aproximativos, se establecieran los demás, se llegaría a un nivel histórico ponderado de los precios del mercado mundial que permitiría medir automáticamente la eficiencia relativa de todas las ramas de la economía [de la economía cubana] en el mercado mundial».(19)

Las posiciones económicas del Che son esencialmente justas. Pero yerra en un punto fundamental: en su negativa a aceptar la posibilidad de un uso consciente de la ley del valor. Aunque, paradójicamente, niega tal posibilidad de un modo en que termina afirmándola.

A la pregunta que formulábamos más arriba de cómo puede una economía socialista determinar el precio y el valor de las mercancías sin contar con la ley del valor, sólo le cabe una respuesta: sencillamente no puede. En tanto sea necesario determinar el precio y el valor de las mercancías, es decir, en tanto se mantenga la producción mercantil, el intercambio mercantil, y la economía socialista no se transforme en una economía plenamente comunista, no se puede prescindir de ningún modo de la ley del valor, de su uso consciente. El propio Che dice que se deben establecer los precios de las mercancías tomando como referente el mercado mundial capitalista. ¿Y qué es esto sino hacer un uso consciente de la ley del valor?

En la negativa teórica del Che (que no práctica, como acabamos de ver) a hacer un uso consciente de la ley del valor, encontramos un cierto componente de izquierdismo o voluntarismo, que también se manifiesta, para qué negarlo, en otros aspectos de su concepción económica (en su combate contra las posiciones derechistas, en algunos momentos, se da un excesivo escoramiento hacia posiciones izquierdistas). En su crítica al concepto de uso consciente de la ley del valor que defiende el revisionismo (crítica completamente necesaria), termina por negar (teóricamente, volvemos a insistir) toda forma de uso consciente de esa ley. Y es aquí donde está el error.

Existe un modo revolucionario, marxista-leninista, de hacer un uso consciente de la ley del valor. Este uso consciente no consiste en reproducir o recrear las condiciones en que la ley del valor puede expresarse plenamente, en crear el entorno mercantil-capitalista que permita esa expresión, tal como hace el revisionismo (introduciendo con ello una cuña en el socialismo que, a la larga, facilitará la restauración capitalista), sino, simplemente, en tener en cuenta el hecho objetivo de que en el socialismo aún se conservan algunas relaciones mercantiles heredadas del capitalismo y que, por tanto, la ley del valor, aunque de manera limitada (limitada por la socialización de la mayoría de los medios de producción y por la planificación económica), continúa actuando. El socialismo, ante esta realidad, lo que debe hacer es dominar la ley del valor (hacer un uso consciente de ella), pero con el objetivo de ir restringiendo paulatinamente su acción, de ir restringiendo la propia producción mercantil que es su fundamento, hasta la total desaparición de ambas.

¿Tiene esto algo que ver con el revisionismo? ¿Es una concesión a la producción mercantil? ¿Va en detrimento del proceso de socialización total de la economía, es decir, del proceso de construcción del comunismo? De ningún modo. Los comunistas militamos en el materialismo, y esto implica reconocer que, en economía, como en física, en geología o en cualquier otro ámbito, existen leyes objetivas que rigen su movimiento y evolución. Por lo tanto, si queremos intervenir sobre el desarrollo económico, necesariamente debemos ceñirnos a la acción de esas leyes mientras tienen vigencia (como la tiene la ley del valor en tanto la producción mercantil no ha sido superada). Pretender ignorar las leyes objetivas del desarrollo económico y esperar resultados positivos en la construcción socialista es como volar con las alas de Ícaro.

¿Es ésta una posición pasiva, de dejarse llevar por la “inercia” de las leyes objetivas? ¿Dónde queda el sujeto revolucionario en todo esto? ¿Por qué hablamos de construcción del socialismo, si, en realidad, nos sometemos sumisamente a las leyes objetivas? No hay en esta posición la menor pasividad. El papel del sujeto revolucionario (es decir, del Partido Comunista y del conjunto de la clase obrera organizada y política e ideológicamente consciente) no queda en absoluto devaluado. Por el contrario, queda situado en su justo lugar, queda limitado el margen o el ámbito de actuación que le corresponde. Y, sí, podemos y debemos hablar de construcción socialista, porque eso es precisamente lo que se hace: construir una nueva sociedad.

Pero no se puede construir de cualquier manera. No puede levantarse una casa sobre una nube, sino sobre un suelo firme. Y, en economía, ese suelo firme nos lo proporcionan las leyes objetivas. Construimos una nueva sociedad, pero bajo unas determinadas condiciones impuestas por la realidad objetiva.

No obstante, hay que procurar evitar caer en un “objetivismo” unilateral. Tras este “objetivismo”, generalmente, se oculta una u otra forma de revisionismo. Ciertas corrientes revisionistas, plantean una especie de culto a las leyes objetivas (particularmente a la ley del valor y a la producción mercantil que le da sustento). Y lo hacen, no para construir ninguna nueva sociedad, sino para que nada avance, para que el socialismo se estanque, para que nos sentemos a esperar a que las leyes objetivas, por sí mismas, sin ayuda de nadie, nos traigan en bandeja de plata el comunismo (algo que evidentemente nunca ocurrirá) y para que, finalmente, una vez abortado el proceso revolucionario, podamos volver al “feliz” orden de cosas capitalista.

Este es el peligro que el Che quería evitar a la Revolución Cubana (con poco éxito, por desgracia, pues ya vemos en qué se ha transformado ésta; su deriva revisionista, que ya viene de lejos, se ha visto acelerada de la mano de don Raúl Castro). Pero, en su combate contra este “objetivismo”, terminó cayendo en un cierto subjetivismo.

Aun así, la concepción económica del Che debe ser un referente importante de la teoría económica marxista-leninista. Sobre todo por el contexto en que la defendió, con el revisionismo “soviético” en su pleno apogeo en todo el mundo socialista, lo que le otorga un mayor valor.

III

Pero aún no hemos terminado con esta cuestión de la ley del valor. Es necesario hacer algunas aclaraciones más al respecto.

Hablábamos más arriba de que cierta corriente revisionista hace una especie de culto a las leyes objetivas del desarrollo económico y particularmente a la ley del valor y la producción mercantil, que es el medio en el que se manifiesta. Y, para contrarrestar esta posición (unilateral, metafísica y, por lo tanto, ajena al marxismo), resulta conveniente plantear la siguiente pregunta: ¿En qué condiciones llega al socialismo la ley del valor?

Al contrario de lo que defiende este revisionismo, que sobredimensiona la ley del valor, hay que decir que ésta llega al socialismo en unas condiciones muy precarias, y lo son aún más en el caso de que el país en el que se comience la construcción socialista sea un país capitalista avanzado, un país que ya ha entrado en la fase del capitalismo monopolista. ¿Por qué?

La ley del valor, que es común a toda forma de producción mercantil (sea la economía esclavista, feudal o capitalista), sólo se desarrolla plenamente, como ya apuntara Marx en “El Capital”, en un contexto capitalista, y precisamente en un contexto de capitalismo de libre mercado, es decir, un capitalismo que aún no ha entrado en la fase monopolista. Y, si se desarrolla plenamente bajo las condiciones de ese capitalismo de libre mercado, si alcanza su cenit entonces, de ello podemos (y debemos) inferir que, con la superación de este capitalismo de libre mercado, con su entrada en la fase monopolista, habrá de comenzar necesariamente el declive de la ley del valor. Decía Marx, en “El Capital”, que la «libre competencia hace que prevalezcan las leyes inmanentes de la producción capitalista [y la ley del valor es una de esas leyes] como ley coercitiva externa ante el capitalista individual».(20) Es decir, que es la libre competencia la que obliga a los diferentes capitalistas a atenerse a la ley del valor. Pero ocurre que el capitalismo, en su desarrollo, termina conduciendo a que la competencia sea sustituida por el monopolio (como lo expresara Lenin en “El imperialismo, fase superior del capitalismo”), a que el capitalismo de libre mercado (o de libre competencia) se transforme en capitalismo monopolista (donde, para no incurrir en equívocos, continúa existiendo la competencia, pero muy quebrantada, muy debilitada por la acción de los monopolios). De aquí resulta bastante fácil deducir que, si la libre competencia, que «hace que prevalezcan las leyes inmanentes de la producción capitalista como ley coercitiva externa ante el capitalista individual», se encuentra debilitada, también habrá de verse debilitada la propia ley del valor; es decir, algunos capitalistas, y precisamente los más poderosos, los monopolistas, los que son económicamente decisivos, estarán en condiciones de vulnerar la ley del valor, de no someterse a su acción o de hacerlo en muy escasa medida. (Y sería muy interesante analizar el papel que este debilitamiento de la ley del valor ha jugado en el desarrollo de la actual fase de la crisis general capitalista, cosa que no vamos a hacer aquí, porque nos llevaría a desviarnos del tema de este artículo.) De modo que no es en el socialismo cuando la ley del valor empieza a morir. El proceso que lleva a su superación comienza ya en el capitalismo monopolista. Los países que inicien la construcción socialista a partir de las condiciones económicas que ofrece el capitalismo monopolista no tendrán que lidiar demasiado tiempo con la ley del valor. Ésta estará, literalmente, en fase terminal. Tanto Engels (en el “Anti-Dühring”) como Stalin (en “Los problemas económicos del socialismo en la URSS”) reconocían la posibilidad de que en los países capitalistas muy desarrollados, es decir, de capitalismo monopolista e imperialista (como lo son hoy todos los países de Europa Occidental, EE.UU., Japón y otros), una vez iniciada la construcción socialista, la producción mercantil podría ser suprimida de forma casi inmediata (las condiciones para ello las habrían creado los propios monopolios), y, por lo tanto, la ley del valor sería asimismo superada tras esa supresión de la producción mercantil, pues aquélla no puede existir más que sobre la base que ésta le ofrece.

Así, pues, el desprecio que el Che muestra hacia la ley del valor en el socialismo, siendo indudablemente un error teórico y práctico, un error en el que no se puede incurrir en ningún caso (y mucho menos en la Cuba de los años 60, por cuanto la base económica sobre la que se inicia allí la construcción socialista es la de un capitalismo subdesarrollado, muy lejos de haber alcanzado su fase monopolista), podemos considerarlo como un pequeño pecado venial (que apenas desvirtúa el carácter consecuentemente comunista de su pensamiento económico en general), puesto que, ciertamente, la ley del valor en el socialismo carece ya del vigor del que disfrutó en el pasado y, agotada desde el punto de vista histórico-económico, su fin, su superación se encuentra ya muy próxima. Aun así, insisto, no puede ser ignorada, es necesario tenerla en cuenta (y hacer un uso consciente de ella) mientras tenga vigencia, por más precaria que sea esa vigencia.

IV

Pasemos ahora a analizar la forma en que el sistema presupuestario y el cálculo económico revisionista entienden que hay que estimular a los trabajadores en la producción y en la labor económica general.

Cuando decíamos que entre uno y otro sistema las diferencias son todas, no estábamos exagerando en absoluto. Ante todas las cuestiones fundamentales, adoptan posiciones totalmente opuestas. En la cuestión de los estímulos, que también resulta fundamental para la construcción socialista, vuelve a manifestarse esta oposición frontal.

Esta oposición se establece en términos de estímulo moral versus estímulo material, o lo que es lo mismo: impulsar a los trabajadores a producir más y mejor, en beneficio del conjunto de la sociedad, promoviendo un mayor grado de compromiso socialista, de desarrollo de la conciencia socialista; o hacerlo en base al vil metal, dando premios económicos y mercenarizando así a los trabajadores, fomentando el egoísmo, el individualismo y demás valores tan propios de la sociedad que se pretende dejar atrás.

Para el sistema presupuestario, el «estímulo moral, la creación de una nueva conciencia socialista, es el punto en el que debemos apoyarnos y hacia donde debemos ir, y hacer énfasis en él».(21) «El estímulo material es el rezago del pasado, es aquello con lo que hay que contar, pero a lo que hay que ir quitándole preponderancia en la conciencia de la gente a medida que avance el proceso.»(22) En el cálculo económico revisionista, «el interés material es la gran palanca que mueve individual y colectivamente a los trabajadores».(23) «(...) no negamos [los defensores del sistema presupuestario] la necesidad objetiva del estímulo material, sí somos renuentes a su uso como palanca impulsora fundamental. Consideramos que, en economía, este tipo de palanca adquiere rápidamente categoría per se y luego impone su propia fuerza en las relaciones entre los hombres. No hay que olvidar que viene del capitalismo y está destinado a morir en el socialismo.»(24)

«(...) para los partidarios de la autogestión financiera, el estímulo material directo, proyectado hacia el futuro y acompañando a la sociedad en las diversas etapas de la construcción del comunismo, no se contrapone al “desarrollo” de la conciencia; para nosotros, sí. Es por eso que luchamos contra su predominio, pues significaría el retraso del desarrollo de la moral socialista.»(25)

«Sí, el estímulo material se opone al desarrollo de la conciencia, pero es una gran palanca para obtener logros en la producción, ¿debe entenderse que la atención preferente al desarrollo de la conciencia retarda la producción? En términos comparativos, en una época dada, es posible(...); nosotros afirmamos que en tiempo relativamente corto el desarrollo de la conciencia hace más por el desarrollo de la producción que el estímulo material (...).»(26)

Como vemos, el sistema presupuestario se posiciona a favor del estímulo moral (el trabajador no debe «esperar de la sociedad otra cosa que el reconocimiento de sus méritos (...) de constructor de [la] nueva sociedad»(27)) como principal palanca para el desarrollo de la producción y como medio, además, para la transformación del hombre, porque entiende que la construcción socialista «no es sólo trabajo (...), no es sólo conciencia (...); es trabajo y conciencia, (...) desarrollo de los bienes materiales y desarrollo de la conciencia»(28); no concibe «el comunismo como la suma mecánica de bienes de consumo en una sociedad dada, sino [como] el resultado de un acto consciente; de allí la importancia de la educación y, por ende, del trabajo sobre la conciencia de los individuos en el marco de una sociedad en pleno desarrollo material».(29) El cálculo económico revisionista, por el contrario, fiel a su inveterada concepción capitalista, no concibe otro estímulo que el material (el Che, como hemos visto, no niega la necesidad de utilizar este tipo de estímulo, pero considera que este estímulo material debe ser preferentemente de tipo colectivo y no individual). Y en cuanto a la transformación de la conciencia de los trabajadores, los defensores del cálculo económico revisionista consideran que será algo que se producirá de manera espontánea, que los trabajadores se levantarán una mañana y se habrán convertido en comunistas. Pero eso no ocurrirá nunca si no se hace una prolongada labor ideológica, si no se crean las condiciones, también (y principalmente) en el terreno económico, para que esa transformación se dé; y mucho menos si lo que se potencia es el más vulgar interés material y se perpetúan las innumerables taras que el capitalismo ha dejado en la conciencia de los hombres.

Por otra parte, no conviene confundir el cálculo económico revisionista con el cálculo económico que se aplicó en la URSS en la época de Stalin. Hay semejanzas entre ambos. Pero, al mismo tiempo, son cualitativamente diferentes, y lo son por los presupuestos políticos e ideológicos que han alimentado a uno y otro y por el contexto en que han sido aplicados. El de Stalin fue un cálculo económico en el que, por ejemplo, había un Partido Comunista que realmente lo era, una clase obrera movilizada y con una alta conciencia socialista (fruto de la amplia labor que en este sentido realizaba constantemente el Partido Comunista), lo que permitió alcanzar logros tales como el de industrializar un país atrasadísimo y semifeudal, como lo era la Rusia zarista, en apenas dos décadas o la creación de la potente industria militar que durante la segunda guerra mundial abasteció al Ejército Rojo de todo tipo de armamento, carros de combate, aviones... y que contribuyó de manera fundamental a la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania hitleriana. Además, Stalin entendía el cálculo económico como una etapa necesaria en la construcción socialista (y en la construcción socialista de un país tan atrasado como lo era Rusia en 1917) y no como un fin en sí mismo, tal como lo entendían los revisionistas. Por otro lado, ya en los años 40 y 50, planteó Stalin que, puesto que se daban las condiciones, había que pasar del intercambio mercantil al intercambio directo de productos, es decir, de una economía en la que aún rige la compra-venta de mercancías a otra en que la sociedad simplemente intercambia productos, sin que medien actos de compra-venta, o lo que es lo mismo: había que pasar de una economía socialista en la que aún rige un cierto grado de producción e intercambio mercantil a una economía plenamente socializada y, por lo tanto, plenamente comunista.

Sin embargo, tras la muerte de Stalin, el revisionismo, de la mano de Jruschov y de quienes le sucedieron, se hizo con las riendas del poder soviético y, lejos de realizar los cambios que venía demandando el proceso de construcción socialista, fueron en la dirección contraria: fomentaron al máximo las relaciones monetario-mercantiles y se sacaron de la manga la contrarrevolucionaria teoría, ya apuntada más arriba, de que la construcción socialista consistía únicamente en el desarrollo de las fuerzas productivas, y que la labor política e ideológica que el PC debía desarrollar entre los trabajadores tenía, no un carácter secundario, sino que directamente era superflua e innecesaria. Y es sobre estas bases sobre las que se constituye el cálculo económico revisionista, el cual va socavando las bases económicas del socialismo y termina por propiciar, en combinación con otras posiciones que el revisionismo adoptó en el terreno político, la restauración del capitalismo, no sólo en la URSS, sino en prácticamente todos los países en los que se aplicó. Cuba se salvó a medias de la debacle. Pero hoy vemos cómo también se desliza inexorablemente hacia la vía capitalista. Y como muestra, un botón: un medio de producción básico y fundamental como lo es la tierra ya ha sido mercantilizado, y, al hacerlo, se ha vulnerado de forma flagrante un principio esencial de la construcción económica socialista: los medios de producción (la tierra, la maquinaria, el componente fijo de la producción en general) no pueden ser nunca mercancías. En Cuba, lo son.

El Che, ya en los años 60, intuyó este peligro y, para conjurarlo, diseñó, junto con sus colaboradores, el sistema presupuestario de financiamiento, el cual conllevaba, en las condiciones tecnológicas e infraestructurales de la época (y en las condiciones de un país tan atrasado como lo era entonces Cuba), numerosas dificultades en su aplicación. Requería de un control exhaustivo de todo el proceso de producción y distribución, de una labor estadística y de control constante, de una contabilidad muy compleja y de unas redes de comunicación y transporte muy desarrolladas. El hecho de renunciar a los mecanismos de mercado que sí defendía el cálculo económico revisionista y que facilitaba algunos aspectos de la gestión económica (si bien al precio de introducir relaciones capitalistas en el socialismo) implicaba dirigir el conjunto de la actividad económica de forma planificada y consciente. Estas dificultades quizá influyeron a la hora de que el gobierno revolucionario cubano no aplicara el sistema del Che de manera general y que, finalmente, fuera el cálculo económico el que se acabara imponiendo. Aunque, de ser así, no puede considerarse como un motivo justificado. No podían existir carencias tecnológicas o de cualquier otro tipo que no hubieran podido ser superadas con el tiempo, contando con la iniciativa y el esfuerzo colectivo de los trabajadores. En cualquier caso, el motivo principal de esa no aplicación del sistema presupuestario lo tenemos en la influencia que los revisionistas soviéticos ejercían sobre el gobierno cubano y particularmente sobre algunos de sus principales cuadros, como era el caso de Raúl Castro, quien, casualmente, es quien está liderando hoy el proceso de restauración capitalista en el que parece haber entrado Cuba. Si bien no conviene personalizar en el análisis de estos fenómenos. La deriva a que se está viendo abocada la Revolución Cubana es responsabilidad del conjunto de su dirigencia (de la actual y de la del pasado) y no de este o del otro individuo.

* * * * * * * * * * * * * * * * *

El sistema presupuestario es una valiosa aportación al pensamiento comunista, a la teoría económica de la construcción socialista. Es una aportación en la que, sin duda, hay que profundizar y sacar conclusiones. Los procesos de construcción socialista que habrán de iniciarse en el futuro no pueden volver a caer en errores del pasado y repetir experiencias que ya han demostrado que, lejos de conducir a la sociedad comunista, no llevan sino a la restauración del capitalismo. Una revolución conlleva demasiados esfuerzos, demasiados sacrificios como para arrojar por la borda todo lo conseguido por no saber dirigir el proceso de construcción de la nueva sociedad. Es necesario dilucidar qué ha habido de positivo y de negativo en la teoría y en la práctica del movimiento comunista. Este artículo pretende contribuir a ello. Y lo hace exponiendo o intentando exponer el pensamiento económico del Che, que hay que contarlo, sin la menor sombra de duda, entre lo positivo de esa teoría y esa práctica, lo que no implica negar que el gran revolucionario argentino no incurriera también en algunos errores. Pero ya decía Lenin que hombres que no cometan errores ni existen ni han existido jamás. Lo importante es que lo acertado predomine sobre lo erróneo. Y esto efectivamente ocurre con el pensamiento económico del Che.

P. S.: Una primera versión de este artículo fue escrita en junio de 2008, cuando me encontraba preso, y concretamente en la prisión de A Lama (Pontevedra). Aquella primera versión del artículo tenía importantes carencias, tanto en forma como en contenido. En torno a él, vía epistolar, se generó un intenso debate entre varios miembros del colectivo de presos políticos del PCE(r) y los GRAPO. Fue este debate el que me hizo tomar conciencia de todas estas deficiencias a que saludo, y, a partir de ahí, me propuse volver a redactarlo. Y eso he hecho. Espero que esta nueva versión tenga siquiera unas pocas menos carencias que las que tenía la anterior.

Debo agradecer a los compañeros y compañeras que, como Nacho (preso actualmente en la prisión de Mansilla de las Mulas, en León), Ciete y Carmela (en la prisión de Córdoba), Manu (en libertad desde principios de 2009) y, especialmente, nuestro entrañable José Ortín (que falleció en marzo de 2009, en la prisión de Fontcalent, después de toda una vida de militancia comunista y de décadas de cárcel a sus espaldas), me han ayudado con sus críticas a avanzar en la comprensión de las cuestiones que aquí trato. Si he conseguido que esta segunda versión sea mejor que la primera, se lo debo, sin duda, a ellos. Si no lo he conseguido, la responsabilidad es toda mía.

Madrid, diciembre de 2010.

Notas:
1-Che Guevara. “Discurso en la primera reunión nacional de producción”. (1961)
2-Ídem. “Discurso en la inauguración de la fábrica de alambre de púas en Nuevitas”. (1964)
3-Id. “Consideraciones sobre los costos”. (1963)
4-Id. “Sobre el sistema presupuestario de financiamiento”. (1964)
5-Id. “Consideraciones sobre los costos”. (1963)
6-Id. “Sobre el sistema presupuestario...”
7-Id. “El socialismo y el hombre en Cuba”. (1965)
8-Id. “Sobre el sistema presupuestario...”
9-Id. “ “ “
10-Id. “ “ “
11-Id. “Consideraciones sobre los costos”.
12-Id. “ “ “
13- Id. “Sobre la concepción del valor”.
14- Id. “Consideraciones sobre los costos”.
15- Id. “Sobre la concepción del valor”.
16- Id. “Sobre el sistema presupuestario...”.
17- Id. “ “ “
18-Id. “Consideraciones sobre los costos”.
19- Id. “Discurso en la Asamblea General de Trabajadores de la Textilera Ariguanabo”. (1963)
20- Carlos Marx. “El Capital”. Libro Primero. Tomo I. “La lucha por la jornada normal de trabajo. Leyes coercitivas para la prolongación de la jornada de trabajo desde mediados del siglo XIV hasta finales del XVII”.
21- Che Guevara. “Discurso en la Asamblea General de Trabajadores de la Textilera Ariguanabo”
22- Id. “Sobre el sistema presupuestario...”
23- Id. “ “ “
24- Id. “ “ “
25- Id. “ “ “
26- Id. “Discurso de entrega de certificados de trabajo comunista”. (1964)
27- Id. “La banca, el crédito y el socialismo”. (1964)
28- Id. “ “ “
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Mecagoendios
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Re: El pensamiento económico del Che , por Javi García Vitoria , expreso del PCE(r)

Mensaje por Mecagoendios el Miér Ene 12, 2011 6:05 pm

Muevo a Economía.

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