OBRA DE ARENAS MARXISMO Y TERCERMUNDISMO

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OBRA DE ARENAS MARXISMO Y TERCERMUNDISMO Empty OBRA DE ARENAS MARXISMO Y TERCERMUNDISMO

Mensaje por carlos el Sáb Ene 02, 2010 3:16 pm

Nada como en la cuestión nacional y colonial el revisionismo, bajo todas sus múltiples formas actuales, incluidas esas que parecen tan rabiosamente izquierdistas, muestra sus estragos sobre los principios más elementales del marxismo, irreconocible bajo las banderas nacionalistas, allá donde el internacionalismo proletario desaparece bajo ampulosas geoestrategias, a cada cual más ridícula, bajo supuestos conflictos entre países enteros, al más puro estilo de las guerras napoleónicas de hace 200 años (mientras a nosotros nos quieren hacer aparecer como antiguallas). Nos hablan acerca de contradicciones norte-sur, centro y periferia, viento el este y viento del oeste, desarrollo y subdesarrollo, metrópolis y colonias. No se trata sólo de un lenguaje, de una forma de expresión, sino que envuelven la pretensión misma de definir la esencia del imperialismo y, en consecuencia, toda una estrategia de lucha antimperialista. Sobre todo nos quedamos como pasmados de que ese tipo de expresiones se hayan consolidado como lo han hecho, como un tópico repetido hasta la saciedad.

No podríamos poner ninguna objeción a tan superficiales análisis de no ser porque en ellos muchas veces se emplea un lenguaje marxista o se habla en nombre del marxismo, cuando nosotros, los marxistas, no reconocemos más lema que el de ¡Proletarios de todos los países, uníos!, que consideramos como toda una declaracion de principios. Así que nunca entenderemos las cosas de otra forma, como tampoco entenderemos nunca que el proletariado haya adquirido, por fin, una patria, no sabemos cuándo ni tampoco cuál, si bien somos plenamente conscientes de aquello que decían Marx y Engels de que como la clase obrera tiene que hacerse con el poder todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués (1).

Al menos para los comunistas la cosa está bien clara, por más que se pretenda tergiversar. Para nosotros la lucha de clases es el motor de la historia, y no las naciones, ni los países, ni los mundos, ni los Estados, ni las geografías. Que la clase obrera tenga que asumir sobre sus anchas espaldas la lucha de liberación nacional y colonial, como tantas otras luchas, no nos convierte a los comunistas en nacionalistas, ni mucho menos en nacionalistas burgueses o pequeño burgueses.
La lucha de liberación nacional

Eso no impide reconocer la extraordinaria importancia de la lucha de liberación nacional, que no es de ahora, ni mucho menos. A mediados del siglo XIX fue la insurrección nacional polaca uno de los desencadenantes de la unión de todos los obreros del mundo en la I Internacional, y dentro de ella fueron Marx y Engels los que más bregaron para apoyarla y defenderla, como fueron quienes defendieron luego con el mismo coraje la lucha de liberación nacional irlandesa, frente a otros que dentro de la I Internacional se oponían a ella. Y no lo hicieron en Dublín, cómodamente, sino en el propio corazón de la metrópoli imperalista, en Londres. Lo hicieron ante los obreros ingleses, para que fueran ellos quienes se convirtieran en el puntal más firme de la independencia irlandesa, así como para soldar en la unidad más férrea a la clase obrera irlandesa y la inglesa. Eso es el internacionalismo proletario que ni admite caer en el nacionalismo, pero mucho menos en el chovinismo.

Cuando medio siglo después, en 1916, estalla otra insurrección en Irlanda, es Lenin quien, frente a los revisionistas de entonces, levanta la bandera del internacionalismo proletario, saluda a los insurrectos y dice algo que conviene no olvidar: que la lucha en el corazón del imperialismo es mucho más trascendente que una insurrección mucho más desarrollada en una colonia lejana (2).

Un pequeño golpe en el corazón mismo del imperio tiene una repercusión mucho mayor que un gran levantamiento colonial en Asia o en África. Así eran las cosas para Lenin entonces y así las vemos nosotros también ahora.

El motor de la historia

Las razones son evidentes. El capitalismo ha situado a la clase obrera internacional en el epicentro del proceso histórico mundial. En torno al proletariado y a su lucha por el socialismo, la revolución mundial aparece como un proceso que agrupan a todas sus diversas partes integrantes. Los diversos torrentes del movimiento de liberación nacional en el mundo se han agrupado siempre alrededor del proletariado, y esto que decimos de la liberación nacional se puede hacer extensivo a cualquier otra lucha o movimiento emancipador y democrático. Por eso los comunistas siempre hemos considerado al movimiento obrero mundial como la principal fuerza motriz de la revolución, dado que es el único directamente enfilado contra el capitalismo: De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar (3). En otra obra Marx y Engels fueron mucho más precisos: los proletarios, dijeron, se ponen a la cabeza y arrastran consigo a toda la masa [...] Y del mismo modo, los países en que se ha desarrollado una gran industria influyen sobre los países plus o moins no industriales, en la medida en que éstos se ven impulsados por el intercambio mundial a la lucha universal por la competencia (4).

Todas estas cosas, que parecen hoy tan novedosas, no son más que viejos ropajes de viejos debates en el seno del movimiento obrero internacional. A comienzos del siglo XX en su magnífico libro ¿Qué hacer?, Lenin señaló que la historia había planteado ante la clase obrera de Rusia la tarea de liquidar el baluarte principal de la reacción no sólo en Europa, sino también en Asia: El método de Marx -indicaba Lenin- consiste, ante todo, en tomar en cuenta el contenido objetivo del proceso histórico en un momento dado y en una situación dada, a fin de comprender, en primer lugar, cuál es la clase cuyo movimiento es la principal fuerza motriz del progreso posible en esa situación dada. Lenin subrayaba que no podemos saber con qué velocidad y con qué éxito se desarrollarán algunos movimientos históricos bajo el imperialismo, pero sí podemos saber y sabemos qué clase es la que se encuentra en el centro de tal o cual época y determina su contenido fundamental, la tendencia principal del desarrollo, las particularidades esenciales de su situación histórica, etc. (5).
¿Eurocentristas?

Sin embargo, los comunistas tenemos que soportar que los pequeño burgueses, disfrados muchas veces de izquierdistas rabiosos, nos acusen de eurocentrismo, hasta el punto de que ya casi nos hemos habituado a esa acusación, que aceptamos con resignación, como una de esas verdades incuestionables. A veces esa acusación no es tan evidente contra Lenin como contra Marx y Engels de quienes nos quieren hacer creer que no se ocuparon de los países dependientes o de las cuestiones coloniales.

Pues bien, eso es absolutamente falso y sólo un desconocimiento total de los escritos de Marx y Engels, o muchas ganas de tergiversar, pueden conducir a escribir ese tipo de comentarios. Incluso antes de El Capital, donde naturalmente se exponen consideraciones muy amplias acerca del colonialismo, en 1853 en un artículo sugestivamente titulado La dominación británica en la India, Marx escribió también: De lo que se trata es de saber si la humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo en el estado social de Asia (6). Sobra ningún otro comentario excepto el de reconocer, una vez más, por si cabían dudas, la genialidad con la que Marx se anticipaba a su época, a mediados del siglo XIX, interviniendo sobre asuntos, como el colonial, absolutamente olvidados, ignorados e incluso despreciados por todos los estudiosos de su época. Que quede claro, pues, que sólo los comunistas hemos puesto el problema colonial en el orden del día y que por detrás ha venido la intelectualidad pequeño burgesa para hacer de él la caricatura en que lo han convertido.

Como nosotros los comunistas no analizamos ningún problema en términos geoestratégicos, tampoco tenemos nada que ver con el eurocentrismo. Lo que decimos es otra cosa: que dado que el capitalismo se sostuvo inicialmente sobre una poderosa base industrial, que ahora, en la etapa imperialista, presenta un aspecto financiero, son los países industrialmente más avanzados el núcleo fundamental del imperialismo y no los países subdesarrollados o dependientes. Como es fácil comprender, no se trata sólo de un problema cultural sino económico y político. Si Wall Street se tambalea, aunque sólo sea un ligero temblor, todo el mundo acusa la sacudida; pero si una mina de estaño se anega en un remoto país subdesarrollado, la noticia apenas trasciende más allá del propio país.

Ese mismo fundamento industrial es lo que convierte al proletariado en el núcleo de la revolución en todo el mundo, es decir, no sólo al proletariado de los países más avanzados sino también al proletariado de los países industrialmente más débiles, por reducido que sea desde el punto de vista cuantitativo. Que les quede claro a los radicales pequeño burgueses: los comunistas no ponemos a las metrópolis en el centro del mundo, lo que hacemos es poner al proletariado en el centro porque donde está el proletariado -y sólo allí- están el grueso de las fuerzas que deben dirigir la revolución. Queda añadir que -poco o mucho- hay proletariado en todos los países, pero sobre todo en las metrópolis más evolucionadas.

Baluartes de la reacción, baluartes de la revolución

Así están las cosas, y por eso precisamente más le vale al imperialismo mantener sometido, engañado, manipulado y sobornado al proletariado de las grandes potencias. Eso nunca podrá impedir que finalmente los baluartes de la reacción y el imperialismo se acaben convirtiendo en los baluartes de la revolución y del socialismo. Los imperialistas tienen que alardear de fortaleza precisamente allí donde está su talón de Aquiles. En toda guerra hay posiciones que, por su carácter estratégico, tienen que ser fortificadas, rodeadas de alambradas y nidos de ametralladoras. Eso los hace aparecer fuertes e inexpugnables precisamente porque son los puntos débiles. Cuando caigan en manos del enemigo habrán perdido la batalla.

Eso mismo es lo que sucede con las metrópolis imperialistas.

Es verdaderamente penoso leer lo que al respecto han escrito y siguen escribiendo los intelectuales pequeño burgueses para tratar de desviar nuestro punto de mira. Dicen que el proletariado de las metrópolis está definitivamente liquidado como motor de la revolución y que ese testigo debe pasar a manos de los países pobres, los campesinos, los marginados, el lumpen, etc. Todas estas tesis, en sus múltiples variantes, no son ajenas sino radicalmente opuestas al comunismo y nuestra tarea como comunistas es denunciarlas y combatirlas como se merecen.

Disfrazados de radicales furibundos, los intelectuales pequeño burgueses suelen escribir por ahí que Marx y Engels dijeron que la revolución empezaría por los países capitalistas más avanzados y que, como la historia ha probado, se equivocaron. Por nuestra parte llevamos un tiempo tratando de buscar en dónde está escrito eso y no lo hemos encontrado por ninguna parte. Nadie puede prever ni cuándo, ni cómo, ni en qué lugar van a desencadenarse las primeras salvas, y Marx y Engels eran revolucionarios los suficientemente experimentados como para no caer en ese tipo de absurdos, y menos en una época, como la suya, en la que los países avanzados se reducían a uno sólo: Inglaterra que ellos conocían muy bien. Los comunistas no sabemos el principio pero si sabemos -o podemos intuir- el final, a saber, que el socialismo no se puede consolidar más que cuando triunfe en los países más desarrollados desde el punto de vista capitalista, allá donde el proletariado está más asentado y tiene una trayectoria de lucha más dilatada.

Así ha sido desde un principio y es lo que la pequeña burguesía jamás reconocerá, porque es el núcleo mismo del asunto: el impetuoso movimiento anticolonial se desata en todo el mundo como consecuencia de la revolución socialista de 1917 y su triunfo a mediados del pasado siglo sólo se explica por la victoria del Ejército Rojo en la II Guerra Mundial y el peso adquirido por la URSS en todo el mundo, especialmente en el sistema de las Naciones Unidas.

La ciudad y el campo

Una variante de las tesis tercermundistas la expuso Bujarin en 1928 durante su informe al VI Congreso de la Internacional Comunista. Allí sostuvo que mientras los países desarrollados eran países proletarios, los países coloniales eran países campesinos, que el campesinado era una fuerza decisiva y que, por tanto, la dirección del campesinado mundial debía estar en manos del proletariado mundial, lo que no era más que una manera camuflada de imponer la dirección de unos países sobre otros, lo que resulta intolerable desde el punto de vista de los principios comunistas.

Todas esas tesis, que luego se deslizarían bajo la bandera de un supuesto maoísmo, parten de la equiparación de los países coloniales a los países agrarios y la negación del papel dirigente que en ellos debe jugar la clase obrera, por minoritaria que sea desde el punto de vista cuantitativo. Esta serie de postulados acaban de la peor manera posible en la famosa estrategia, planteada también por Bujarin, de que el proceso revolucionario va revestir la forma de un asalto desde el campo hacia las ciudades (7).

Tampoco vamos a perder aquí ni un minuto en refutar aquello de que el proletariado de los países imperialistas es en realidad una clase explotadora, cómplice de su propia burguesía en el saqueo de los países tercermundistas. Pero hay que dejar constancia de todos estos desvaríos cuyo denominador común es ése: ya no hay lucha de clases sino lucha entre países, no hay obreros ni burgueses sino ricos y pobres a la manera eclesiástica.

Por su propio atraso, los llamados países tercermundistas acumulan numerosos problemas históricos no resueltos y en ellos se acentúa el descontento de sectores muy amplios de la sociedad, lo que favorece la acumulación de fuerzas revolucionarias. No obstante, la composición de esas fuerzas es muy heterogénea, de manera que sólo la clase obrera está en condiciones cohesionarlas y dirigirlas; sin la dirección proletaria, las demás clases vacilan, se dispersan en el propio proceso de la lucha y tienden a la conciliación.

La historia de los países coloniales está repleta de levantamientos y heroicas luchas que periódicamente los sacuden, hasta el punto de que ha sido en ellos donde se han iniciado la primeras experiencias históricas del socialismo. Pero también es igualmente cierto que en ellos, por la propia acumulación de problemas de todo tipo, la continuación de la revolucion socialista también se ha visto sometida a graves problemas que han acabado paralizándola o hundiéndola. Como expuso nuestro Secretario General poco antes de entrar en la cárcel:

La historia ha demostrado ya muchas veces que la revolución no puede comenzar sólo en los países adelantados, que debido al desarrollo desigual y a las contradicciones interimperialistas que origina, la revolución puede comenzar en países atrasados en el aspecto económico, es decir, en los eslabones más débiles de la cadena imperialista. Igualmente ha quedado ya demostrado que en esos países, si bien les resulta más fácil comenzar la revolución, les es más difícil terminarla, para lo que necesitan la ayuda que sólo el triunfo de la revolución proletaria en los países más adelantados les puede proporcionar (Cool.

La unidad antimperialista

Ya antes de la Revolución de Octubre, Lenin previó que se ensancharía y profundizaría la alianza política entre los obreros de occidente y los trabajadores de oriente y que los pueblos de Asia, África y América Latina sólo podrían derrotar a sus enemigos -el imperialismo y la reacción interna- conjugando su lucha con la del proletariado de occidente. En su artículo La política exterior de la revolución rusa expuso su conocido principio general: En la unión con los revolucionarios de los países progresistas y con todos los pueblos oprimidos, contra toda especie y todo imperialismo, reside la política exterior del proletariado (9).

Partiendo de esa concepción del proceso revolucionario mundial, Lenin llamó al proletariado europeo al acercamiento más estrecho con los obreros, campesinos y esclavos de todos los países oprimidos. Al mismo tiempo, aconsejaba a las masas oprimidas de las colonias no separarse del proletariado europeo, sino acercarse lo más posible y fusionarse con él. Lenin fundaba en eso la seguridad de la victoria sobre el imperialismo.

Al mencionar la inevitabilidad de los estrechos vínculos entre la revolución socialista y la lucha de todos los países oprimidos y dependientes contra el imperialismo, Lenin subrayó que el proletariado internacional es el único aliado de todos los trabajadores y explotados de los pueblos de Oriente, integrados por centenares de millones de hombres (10).

Lenin realizó una titánica labor para afirmar esta concepción en el movimiento comunista internacional. La consigna ¡Proletarios de todos los países, uníos!, caló en el sentimiento de las masas, convirtiéndose en una gran fuerza política revolucionaria.

En las obras de Lenin dedicadas al problema nacional y colonial, se percibe el imperativo de la unidad del socialismo con el movimiento de liberación nacional: No escatimaremos esfuerzos para acercarnos y unirnos con los mongoles, persas, hindúes y egipcios; lo consideramos como nuestro deber y nuestro interés, pues de lo contrario el socialismo en Europa será poco sólido (11).

Lenin confiaba en las posibilidades revolucionarias de los pueblos de Asia y África y predijo que la Revolución de Octubre iniciaría una época de revoluciones de liberación nacional en oriente. Predijo también la inevitabilidad de la lucha de todas las colonias y de todos los países oprimidos por el imperialismo, de todos los países dependientes, contra el imperialismo internacional (12).

El influjo de Octubre

El siglo XX destaca por muchos acontecimientos relevantes pero ninguno puede equipararse, por el carácter y la enorme influencia en el destino de los pueblos, con la Revolución de Octubre. La salva de los cañones del Aurora, anunciando al mundo el surgimiento del primer Estado socialista, inició una nueva época para la humanidad, comprendidos, como es lógico, los pueblos de Asia y África.

Después de 1917 el problema de la unidad de la clase obrera internacional con las revoluciones de liberación nacional pasó a un plano práctico. El 22 de noviembre de 1919 en su intervención en el II Congreso de toda Rusia de las organizaciones comunistas de los pueblos de oriente, al fundamentar el papel del primer país socialista del mundo en tanto que baluarte del movimiento de liberación nacional, Lenin dijo: De por sí se comprende que, en la actualidad, este movimiento revolucionario de los pueblos de Oriente no puede desarrollarse con éxito, no puede encontrar su solución, si no es en ligazón directa con la lucha revolucionaria de nuestra República Soviética contra el imperialismo internacional (13).

El proceso revolucionario adquirió un carácter verdaderamente universal: la revolución socialista emprendida en un país debía convertirse en el comienzo de las transformaciones socialistas a escala mundial: Debido a una serie de circunstancias -escribió Lenin-, entre ellas el atraso de Rusia, su inmensa extensión y el hecho de que sea la divisoria entre Europa y Asia, entre Occidente y Oriente, hemos tenido que cargar con todo el peso -lo consideramos un gran honor- que supone el ser los iniciadores de la lucha mundial contra el imperialismo (14).

La clase obrera de Rusia, aliada con el campesinado, infligió la primera derrota contundente al capitalismo mundial, cumpliendo así un gran deber internacional ante la clase obrera de todo el mundo y ante el movimiento de liberación nacional. La URSS tendió un puente entre el proletariado de occidente y las masas oprimidas de oriente. Al abrir una brecha en el frente mundial imperialista, terminó no sólo con la dependencia de pueblos de la periferia de Rusia y mostró la posibilidad de que pueblos atrasados pasaran -en un breve período histórico-, de la formación precapitalista a la sociedad socialista, sin pasar por el capitalismo.

La victoria del socialismo y la solución del problema nacional en la URSS, ejercieron una enorme influencia revolucionaria en millones de personas de los países coloniales, estimulando su movimiento de liberación nacional. La experiencia soviética de formación de un Estado socialista multinacional fue mundialmente reconocida, prestando una valiosa ayuda a todos los que luchaban contra el colonialismo y mostrando el camino hacia la liberación nacional de los pueblos oprimidos.

Sin embargo, Lenin nunca pensó que la revolución socialista mundial pudiera ser el resultado de la acción unificada del proletariado mundial: Una revolución social -escribió- no puede ser una acción unificada de los proletarios de todos los países, por la simple razón de que la mayoría de los países y la mayoría de la población de la tierra no se encuentra todavía en el estadio capitalista, o se halla apenas en el estadio inicial del desarrolla capitalista. A dicha población mayoritaria pertenecían, ante todo, los pueblos de los países coloniales y dependientes, condenados a la suerte de esclavos. Lenin llegó a la conclusión de que la revolución socialista no puede advenir sino en la forma de un período en el cual la guerra civil del proletariado contra la burguesía en los países avanzados se une a toda una serie de movimientos democráticos y revolucionarios, comprendidos los movimientos de liberación nacional, en las naciones poco desarrolladas, atrasadas y oprimidas (15).

Con la incorporación de las grandes masas populares en el proceso histórico el movimiento revolucionario liberador adquirió un auge enorme. La idea de aunar las fuerzas antimperialistas se convirtió en una realidad política. El movimiento de liberación nacional se hizo internacional, se convirtió en parte integrante del proceso revolucionario mundial. Al despertar a una vida política activa, los pueblos de Asia y África se convirtieron en verdaderos partícipes de la reestructuración social del mundo. La solución del problema nacional y la creación del primer Estado socialista multinacional en la historia, asestaron un golpe mortal a la leyenda reaccionaria de que la humanidad está dividida de modo inevitable en razas superiores e inferiores; y que estas últimas no son capaces de desenvolverse independientemente, estando condenadas a subordinarse a las primeras.

Notas:

(1) Manifiesto Comunista, en Obras Escogidas, Ed. Fundamentos, Madrid, 1975, tomo I, pg.36.

(2) Balance de la discusión sobre la autodeterminación, Obras Completas, tomo 30, pg.55.

(3) Marx y Engels: Manifiesto Comunista, en Obras Escogidas, Ed. Fundamentos, Madrid, 1975, tomo I, pg.29.

(4) La ideología alemana, Montevideo, 1959, pg.70.

(5) Lenin: Obras Completas, tomo 21, pgs.139 y 141.

(6) C. Marx: Obras Escogidas, tomo I, pgs. 352 y ss.

(7) VI Congreso de la Internacional Comunista, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1978, Segunda Parte, pg.170.

(Cool Manuel Pérez Martínez: Sobre la línea general del movimiento comunista internacional, Antorcha núm. 8, mayo de 2000.

(9) Obras Completas, tomo 25, pg.78.

(10) Obras Escogidas, Ed.Progreso, Moscú, 1975, tomo III, pg.309.

(11) Obras Completas, tomo 23, pg.65.

(12) Obras Escogidas, Ed.Progreso, Moscú, 1975, tomo III, pg. 306.

(13) Obras Escogidas, Ed.Progreso, Moscú, 1975, tomo III, pg.299.

(14) Lenin: Obras Escogidas, Ed.Progreso, Moscú, 1975, tomo III, pg.299.

(15) Obras Completas, tomo 23, pgs.56 y 57.
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Mensaje por el_republicano2 el Sáb Ene 02, 2010 4:40 pm

carlos escribió:Nada como en la cuestión nacional y colonial el revisionismo, bajo todas sus múltiples formas actuales, incluidas esas que parecen tan rabiosamente izquierdistas, muestra sus estragos sobre los principios más elementales del marxismo, irreconocible bajo las banderas nacionalistas, allá donde el internacionalismo proletario desaparece bajo ampulosas geoestrategias, a cada cual más ridícula, bajo supuestos conflictos entre países enteros, al más puro estilo de las guerras napoleónicas de hace 200 años (mientras a nosotros nos quieren hacer aparecer como antiguallas). Nos hablan acerca de contradicciones norte-sur, centro y periferia, viento el este y viento del oeste, desarrollo y subdesarrollo, metrópolis y colonias. No se trata sólo de un lenguaje, de una forma de expresión, sino que envuelven la pretensión misma de definir la esencia del imperialismo y, en consecuencia, toda una estrategia de lucha antimperialista. Sobre todo nos quedamos como pasmados de que ese tipo de expresiones se hayan consolidado como lo han hecho, como un tópico repetido hasta la saciedad.

No podríamos poner ninguna objeción a tan superficiales análisis de no ser porque en ellos muchas veces se emplea un lenguaje marxista o se habla en nombre del marxismo, cuando nosotros, los marxistas, no reconocemos más lema que el de ¡Proletarios de todos los países, uníos!, que consideramos como toda una declaracion de principios. Así que nunca entenderemos las cosas de otra forma, como tampoco entenderemos nunca que el proletariado haya adquirido, por fin, una patria, no sabemos cuándo ni tampoco cuál, si bien somos plenamente conscientes de aquello que decían Marx y Engels de que como la clase obrera tiene que hacerse con el poder todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués (1).

Al menos para los comunistas la cosa está bien clara, por más que se pretenda tergiversar. Para nosotros la lucha de clases es el motor de la historia, y no las naciones, ni los países, ni los mundos, ni los Estados, ni las geografías. Que la clase obrera tenga que asumir sobre sus anchas espaldas la lucha de liberación nacional y colonial, como tantas otras luchas, no nos convierte a los comunistas en nacionalistas, ni mucho menos en nacionalistas burgueses o pequeño burgueses.
La lucha de liberación nacional

Eso no impide reconocer la extraordinaria importancia de la lucha de liberación nacional, que no es de ahora, ni mucho menos. A mediados del siglo XIX fue la insurrección nacional polaca uno de los desencadenantes de la unión de todos los obreros del mundo en la I Internacional, y dentro de ella fueron Marx y Engels los que más bregaron para apoyarla y defenderla, como fueron quienes defendieron luego con el mismo coraje la lucha de liberación nacional irlandesa, frente a otros que dentro de la I Internacional se oponían a ella. Y no lo hicieron en Dublín, cómodamente, sino en el propio corazón de la metrópoli imperalista, en Londres. Lo hicieron ante los obreros ingleses, para que fueran ellos quienes se convirtieran en el puntal más firme de la independencia irlandesa, así como para soldar en la unidad más férrea a la clase obrera irlandesa y la inglesa. Eso es el internacionalismo proletario que ni admite caer en el nacionalismo, pero mucho menos en el chovinismo.

Cuando medio siglo después, en 1916, estalla otra insurrección en Irlanda, es Lenin quien, frente a los revisionistas de entonces, levanta la bandera del internacionalismo proletario, saluda a los insurrectos y dice algo que conviene no olvidar: que la lucha en el corazón del imperialismo es mucho más trascendente que una insurrección mucho más desarrollada en una colonia lejana (2).

Un pequeño golpe en el corazón mismo del imperio tiene una repercusión mucho mayor que un gran levantamiento colonial en Asia o en África. Así eran las cosas para Lenin entonces y así las vemos nosotros también ahora.

El motor de la historia

Las razones son evidentes. El capitalismo ha situado a la clase obrera internacional en el epicentro del proceso histórico mundial. En torno al proletariado y a su lucha por el socialismo, la revolución mundial aparece como un proceso que agrupan a todas sus diversas partes integrantes. Los diversos torrentes del movimiento de liberación nacional en el mundo se han agrupado siempre alrededor del proletariado, y esto que decimos de la liberación nacional se puede hacer extensivo a cualquier otra lucha o movimiento emancipador y democrático. Por eso los comunistas siempre hemos considerado al movimiento obrero mundial como la principal fuerza motriz de la revolución, dado que es el único directamente enfilado contra el capitalismo: De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar (3). En otra obra Marx y Engels fueron mucho más precisos: los proletarios, dijeron, se ponen a la cabeza y arrastran consigo a toda la masa [...] Y del mismo modo, los países en que se ha desarrollado una gran industria influyen sobre los países plus o moins no industriales, en la medida en que éstos se ven impulsados por el intercambio mundial a la lucha universal por la competencia (4).

Todas estas cosas, que parecen hoy tan novedosas, no son más que viejos ropajes de viejos debates en el seno del movimiento obrero internacional. A comienzos del siglo XX en su magnífico libro ¿Qué hacer?, Lenin señaló que la historia había planteado ante la clase obrera de Rusia la tarea de liquidar el baluarte principal de la reacción no sólo en Europa, sino también en Asia: El método de Marx -indicaba Lenin- consiste, ante todo, en tomar en cuenta el contenido objetivo del proceso histórico en un momento dado y en una situación dada, a fin de comprender, en primer lugar, cuál es la clase cuyo movimiento es la principal fuerza motriz del progreso posible en esa situación dada. Lenin subrayaba que no podemos saber con qué velocidad y con qué éxito se desarrollarán algunos movimientos históricos bajo el imperialismo, pero sí podemos saber y sabemos qué clase es la que se encuentra en el centro de tal o cual época y determina su contenido fundamental, la tendencia principal del desarrollo, las particularidades esenciales de su situación histórica, etc. (5).
¿Eurocentristas?

Sin embargo, los comunistas tenemos que soportar que los pequeño burgueses, disfrados muchas veces de izquierdistas rabiosos, nos acusen de eurocentrismo, hasta el punto de que ya casi nos hemos habituado a esa acusación, que aceptamos con resignación, como una de esas verdades incuestionables. A veces esa acusación no es tan evidente contra Lenin como contra Marx y Engels de quienes nos quieren hacer creer que no se ocuparon de los países dependientes o de las cuestiones coloniales.

Pues bien, eso es absolutamente falso y sólo un desconocimiento total de los escritos de Marx y Engels, o muchas ganas de tergiversar, pueden conducir a escribir ese tipo de comentarios. Incluso antes de El Capital, donde naturalmente se exponen consideraciones muy amplias acerca del colonialismo, en 1853 en un artículo sugestivamente titulado La dominación británica en la India, Marx escribió también: De lo que se trata es de saber si la humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo en el estado social de Asia (6). Sobra ningún otro comentario excepto el de reconocer, una vez más, por si cabían dudas, la genialidad con la que Marx se anticipaba a su época, a mediados del siglo XIX, interviniendo sobre asuntos, como el colonial, absolutamente olvidados, ignorados e incluso despreciados por todos los estudiosos de su época. Que quede claro, pues, que sólo los comunistas hemos puesto el problema colonial en el orden del día y que por detrás ha venido la intelectualidad pequeño burgesa para hacer de él la caricatura en que lo han convertido.

Como nosotros los comunistas no analizamos ningún problema en términos geoestratégicos, tampoco tenemos nada que ver con el eurocentrismo. Lo que decimos es otra cosa: que dado que el capitalismo se sostuvo inicialmente sobre una poderosa base industrial, que ahora, en la etapa imperialista, presenta un aspecto financiero, son los países industrialmente más avanzados el núcleo fundamental del imperialismo y no los países subdesarrollados o dependientes. Como es fácil comprender, no se trata sólo de un problema cultural sino económico y político. Si Wall Street se tambalea, aunque sólo sea un ligero temblor, todo el mundo acusa la sacudida; pero si una mina de estaño se anega en un remoto país subdesarrollado, la noticia apenas trasciende más allá del propio país.

Ese mismo fundamento industrial es lo que convierte al proletariado en el núcleo de la revolución en todo el mundo, es decir, no sólo al proletariado de los países más avanzados sino también al proletariado de los países industrialmente más débiles, por reducido que sea desde el punto de vista cuantitativo. Que les quede claro a los radicales pequeño burgueses: los comunistas no ponemos a las metrópolis en el centro del mundo, lo que hacemos es poner al proletariado en el centro porque donde está el proletariado -y sólo allí- están el grueso de las fuerzas que deben dirigir la revolución. Queda añadir que -poco o mucho- hay proletariado en todos los países, pero sobre todo en las metrópolis más evolucionadas.

Baluartes de la reacción, baluartes de la revolución

Así están las cosas, y por eso precisamente más le vale al imperialismo mantener sometido, engañado, manipulado y sobornado al proletariado de las grandes potencias. Eso nunca podrá impedir que finalmente los baluartes de la reacción y el imperialismo se acaben convirtiendo en los baluartes de la revolución y del socialismo. Los imperialistas tienen que alardear de fortaleza precisamente allí donde está su talón de Aquiles. En toda guerra hay posiciones que, por su carácter estratégico, tienen que ser fortificadas, rodeadas de alambradas y nidos de ametralladoras. Eso los hace aparecer fuertes e inexpugnables precisamente porque son los puntos débiles. Cuando caigan en manos del enemigo habrán perdido la batalla.

Eso mismo es lo que sucede con las metrópolis imperialistas.

Es verdaderamente penoso leer lo que al respecto han escrito y siguen escribiendo los intelectuales pequeño burgueses para tratar de desviar nuestro punto de mira. Dicen que el proletariado de las metrópolis está definitivamente liquidado como motor de la revolución y que ese testigo debe pasar a manos de los países pobres, los campesinos, los marginados, el lumpen, etc. Todas estas tesis, en sus múltiples variantes, no son ajenas sino radicalmente opuestas al comunismo y nuestra tarea como comunistas es denunciarlas y combatirlas como se merecen.

Disfrazados de radicales furibundos, los intelectuales pequeño burgueses suelen escribir por ahí que Marx y Engels dijeron que la revolución empezaría por los países capitalistas más avanzados y que, como la historia ha probado, se equivocaron. Por nuestra parte llevamos un tiempo tratando de buscar en dónde está escrito eso y no lo hemos encontrado por ninguna parte. Nadie puede prever ni cuándo, ni cómo, ni en qué lugar van a desencadenarse las primeras salvas, y Marx y Engels eran revolucionarios los suficientemente experimentados como para no caer en ese tipo de absurdos, y menos en una época, como la suya, en la que los países avanzados se reducían a uno sólo: Inglaterra que ellos conocían muy bien. Los comunistas no sabemos el principio pero si sabemos -o podemos intuir- el final, a saber, que el socialismo no se puede consolidar más que cuando triunfe en los países más desarrollados desde el punto de vista capitalista, allá donde el proletariado está más asentado y tiene una trayectoria de lucha más dilatada.

Así ha sido desde un principio y es lo que la pequeña burguesía jamás reconocerá, porque es el núcleo mismo del asunto: el impetuoso movimiento anticolonial se desata en todo el mundo como consecuencia de la revolución socialista de 1917 y su triunfo a mediados del pasado siglo sólo se explica por la victoria del Ejército Rojo en la II Guerra Mundial y el peso adquirido por la URSS en todo el mundo, especialmente en el sistema de las Naciones Unidas.

La ciudad y el campo

Una variante de las tesis tercermundistas la expuso Bujarin en 1928 durante su informe al VI Congreso de la Internacional Comunista. Allí sostuvo que mientras los países desarrollados eran países proletarios, los países coloniales eran países campesinos, que el campesinado era una fuerza decisiva y que, por tanto, la dirección del campesinado mundial debía estar en manos del proletariado mundial, lo que no era más que una manera camuflada de imponer la dirección de unos países sobre otros, lo que resulta intolerable desde el punto de vista de los principios comunistas.

Todas esas tesis, que luego se deslizarían bajo la bandera de un supuesto maoísmo, parten de la equiparación de los países coloniales a los países agrarios y la negación del papel dirigente que en ellos debe jugar la clase obrera, por minoritaria que sea desde el punto de vista cuantitativo. Esta serie de postulados acaban de la peor manera posible en la famosa estrategia, planteada también por Bujarin, de que el proceso revolucionario va revestir la forma de un asalto desde el campo hacia las ciudades (7).

Tampoco vamos a perder aquí ni un minuto en refutar aquello de que el proletariado de los países imperialistas es en realidad una clase explotadora, cómplice de su propia burguesía en el saqueo de los países tercermundistas. Pero hay que dejar constancia de todos estos desvaríos cuyo denominador común es ése: ya no hay lucha de clases sino lucha entre países, no hay obreros ni burgueses sino ricos y pobres a la manera eclesiástica.

Por su propio atraso, los llamados países tercermundistas acumulan numerosos problemas históricos no resueltos y en ellos se acentúa el descontento de sectores muy amplios de la sociedad, lo que favorece la acumulación de fuerzas revolucionarias. No obstante, la composición de esas fuerzas es muy heterogénea, de manera que sólo la clase obrera está en condiciones cohesionarlas y dirigirlas; sin la dirección proletaria, las demás clases vacilan, se dispersan en el propio proceso de la lucha y tienden a la conciliación.

La historia de los países coloniales está repleta de levantamientos y heroicas luchas que periódicamente los sacuden, hasta el punto de que ha sido en ellos donde se han iniciado la primeras experiencias históricas del socialismo. Pero también es igualmente cierto que en ellos, por la propia acumulación de problemas de todo tipo, la continuación de la revolucion socialista también se ha visto sometida a graves problemas que han acabado paralizándola o hundiéndola. Como expuso nuestro Secretario General poco antes de entrar en la cárcel:

La historia ha demostrado ya muchas veces que la revolución no puede comenzar sólo en los países adelantados, que debido al desarrollo desigual y a las contradicciones interimperialistas que origina, la revolución puede comenzar en países atrasados en el aspecto económico, es decir, en los eslabones más débiles de la cadena imperialista. Igualmente ha quedado ya demostrado que en esos países, si bien les resulta más fácil comenzar la revolución, les es más difícil terminarla, para lo que necesitan la ayuda que sólo el triunfo de la revolución proletaria en los países más adelantados les puede proporcionar (Cool.

La unidad antimperialista

Ya antes de la Revolución de Octubre, Lenin previó que se ensancharía y profundizaría la alianza política entre los obreros de occidente y los trabajadores de oriente y que los pueblos de Asia, África y América Latina sólo podrían derrotar a sus enemigos -el imperialismo y la reacción interna- conjugando su lucha con la del proletariado de occidente. En su artículo La política exterior de la revolución rusa expuso su conocido principio general: En la unión con los revolucionarios de los países progresistas y con todos los pueblos oprimidos, contra toda especie y todo imperialismo, reside la política exterior del proletariado (9).

Partiendo de esa concepción del proceso revolucionario mundial, Lenin llamó al proletariado europeo al acercamiento más estrecho con los obreros, campesinos y esclavos de todos los países oprimidos. Al mismo tiempo, aconsejaba a las masas oprimidas de las colonias no separarse del proletariado europeo, sino acercarse lo más posible y fusionarse con él. Lenin fundaba en eso la seguridad de la victoria sobre el imperialismo.

Al mencionar la inevitabilidad de los estrechos vínculos entre la revolución socialista y la lucha de todos los países oprimidos y dependientes contra el imperialismo, Lenin subrayó que el proletariado internacional es el único aliado de todos los trabajadores y explotados de los pueblos de Oriente, integrados por centenares de millones de hombres (10).

Lenin realizó una titánica labor para afirmar esta concepción en el movimiento comunista internacional. La consigna ¡Proletarios de todos los países, uníos!, caló en el sentimiento de las masas, convirtiéndose en una gran fuerza política revolucionaria.

En las obras de Lenin dedicadas al problema nacional y colonial, se percibe el imperativo de la unidad del socialismo con el movimiento de liberación nacional: No escatimaremos esfuerzos para acercarnos y unirnos con los mongoles, persas, hindúes y egipcios; lo consideramos como nuestro deber y nuestro interés, pues de lo contrario el socialismo en Europa será poco sólido (11).

Lenin confiaba en las posibilidades revolucionarias de los pueblos de Asia y África y predijo que la Revolución de Octubre iniciaría una época de revoluciones de liberación nacional en oriente. Predijo también la inevitabilidad de la lucha de todas las colonias y de todos los países oprimidos por el imperialismo, de todos los países dependientes, contra el imperialismo internacional (12).

El influjo de Octubre

El siglo XX destaca por muchos acontecimientos relevantes pero ninguno puede equipararse, por el carácter y la enorme influencia en el destino de los pueblos, con la Revolución de Octubre. La salva de los cañones del Aurora, anunciando al mundo el surgimiento del primer Estado socialista, inició una nueva época para la humanidad, comprendidos, como es lógico, los pueblos de Asia y África.

Después de 1917 el problema de la unidad de la clase obrera internacional con las revoluciones de liberación nacional pasó a un plano práctico. El 22 de noviembre de 1919 en su intervención en el II Congreso de toda Rusia de las organizaciones comunistas de los pueblos de oriente, al fundamentar el papel del primer país socialista del mundo en tanto que baluarte del movimiento de liberación nacional, Lenin dijo: De por sí se comprende que, en la actualidad, este movimiento revolucionario de los pueblos de Oriente no puede desarrollarse con éxito, no puede encontrar su solución, si no es en ligazón directa con la lucha revolucionaria de nuestra República Soviética contra el imperialismo internacional (13).

El proceso revolucionario adquirió un carácter verdaderamente universal: la revolución socialista emprendida en un país debía convertirse en el comienzo de las transformaciones socialistas a escala mundial: Debido a una serie de circunstancias -escribió Lenin-, entre ellas el atraso de Rusia, su inmensa extensión y el hecho de que sea la divisoria entre Europa y Asia, entre Occidente y Oriente, hemos tenido que cargar con todo el peso -lo consideramos un gran honor- que supone el ser los iniciadores de la lucha mundial contra el imperialismo (14).

La clase obrera de Rusia, aliada con el campesinado, infligió la primera derrota contundente al capitalismo mundial, cumpliendo así un gran deber internacional ante la clase obrera de todo el mundo y ante el movimiento de liberación nacional. La URSS tendió un puente entre el proletariado de occidente y las masas oprimidas de oriente. Al abrir una brecha en el frente mundial imperialista, terminó no sólo con la dependencia de pueblos de la periferia de Rusia y mostró la posibilidad de que pueblos atrasados pasaran -en un breve período histórico-, de la formación precapitalista a la sociedad socialista, sin pasar por el capitalismo.

La victoria del socialismo y la solución del problema nacional en la URSS, ejercieron una enorme influencia revolucionaria en millones de personas de los países coloniales, estimulando su movimiento de liberación nacional. La experiencia soviética de formación de un Estado socialista multinacional fue mundialmente reconocida, prestando una valiosa ayuda a todos los que luchaban contra el colonialismo y mostrando el camino hacia la liberación nacional de los pueblos oprimidos.

Sin embargo, Lenin nunca pensó que la revolución socialista mundial pudiera ser el resultado de la acción unificada del proletariado mundial: Una revolución social -escribió- no puede ser una acción unificada de los proletarios de todos los países, por la simple razón de que la mayoría de los países y la mayoría de la población de la tierra no se encuentra todavía en el estadio capitalista, o se halla apenas en el estadio inicial del desarrolla capitalista. A dicha población mayoritaria pertenecían, ante todo, los pueblos de los países coloniales y dependientes, condenados a la suerte de esclavos. Lenin llegó a la conclusión de que la revolución socialista no puede advenir sino en la forma de un período en el cual la guerra civil del proletariado contra la burguesía en los países avanzados se une a toda una serie de movimientos democráticos y revolucionarios, comprendidos los movimientos de liberación nacional, en las naciones poco desarrolladas, atrasadas y oprimidas (15).

Con la incorporación de las grandes masas populares en el proceso histórico el movimiento revolucionario liberador adquirió un auge enorme. La idea de aunar las fuerzas antimperialistas se convirtió en una realidad política. El movimiento de liberación nacional se hizo internacional, se convirtió en parte integrante del proceso revolucionario mundial. Al despertar a una vida política activa, los pueblos de Asia y África se convirtieron en verdaderos partícipes de la reestructuración social del mundo. La solución del problema nacional y la creación del primer Estado socialista multinacional en la historia, asestaron un golpe mortal a la leyenda reaccionaria de que la humanidad está dividida de modo inevitable en razas superiores e inferiores; y que estas últimas no son capaces de desenvolverse independientemente, estando condenadas a subordinarse a las primeras.

Notas:

(1) Manifiesto Comunista, en Obras Escogidas, Ed. Fundamentos, Madrid, 1975, tomo I, pg.36.

(2) Balance de la discusión sobre la autodeterminación, Obras Completas, tomo 30, pg.55.

(3) Marx y Engels: Manifiesto Comunista, en Obras Escogidas, Ed. Fundamentos, Madrid, 1975, tomo I, pg.29.

(4) La ideología alemana, Montevideo, 1959, pg.70.

(5) Lenin: Obras Completas, tomo 21, pgs.139 y 141.

(6) C. Marx: Obras Escogidas, tomo I, pgs. 352 y ss.

(7) VI Congreso de la Internacional Comunista, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1978, Segunda Parte, pg.170.

(Cool Manuel Pérez Martínez: Sobre la línea general del movimiento comunista internacional, Antorcha núm. 8, mayo de 2000.

(9) Obras Completas, tomo 25, pg.78.

(10) Obras Escogidas, Ed.Progreso, Moscú, 1975, tomo III, pg.309.

(11) Obras Completas, tomo 23, pg.65.

(12) Obras Escogidas, Ed.Progreso, Moscú, 1975, tomo III, pg. 306.

(13) Obras Escogidas, Ed.Progreso, Moscú, 1975, tomo III, pg.299.

(14) Lenin: Obras Escogidas, Ed.Progreso, Moscú, 1975, tomo III, pg.299.

(15) Obras Completas, tomo 23, pgs.56 y 57.


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