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Discurso del jefe indio Noah Seattle en 1855 antes de entregar sus tierras al gobierno de EEUU

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Mensaje por Admin el Sáb Nov 27, 2010 7:12 pm

DISCURSO DEL JEFE INDIO NOAH SEATTLE EN 1855 ANTES DE ENTREGAR
SUS TIERRAS AL GOBERNADOR ISAAC STEVENS

El estado de Washington, al noroeste de Estados Unidos, fue la patria de los
Dewamish, un pueblo que, como todos los indios, se consideraba una parte de la
Naturaleza, la respetaba y la veneraba, y desde generaciones vivía con ella en
armonía. En el año 1855 el decimocuarto Presidente de los Estados Unidos, el
demócrata Flanklin Pierce, les propuso a los Dewamish que vendiesen sus tierras a
los colonos blancos y que ellos se fuesen a una reserva. Los indios no entendieron
esto. ¿Cómo se podía comprar y vender la Tierra? A su parecer el hombre no puede
poseer la Tierra, así como tampoco puede ser dueño del Cielo, del frescor del aire,
del brillo del agua. El Jefe Seattle, el Gran Jefe de los Dewamish, dio la respuesta,
a petición del Gran Jefe de los blancos, con un discurso cuya sabiduría, critica y
prudente esperanza, incluso hoy, casi 150 años después, nos asombra y admira.
"Mis palabras son como las estrellas, nunca se extinguen", dijo el Gran Jefe
Seattle. Su pueblo no ha sobrevivido, sus palabras no se escucharon.

Digitalizado por http://www.forocomunista.com

El gran Jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos
las tierras, junto con palabras de buena voluntad.
Mucho agradecemos este detalle, porque de sobra conocemos la poca falta que
le hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento, porque también sabemos de sobra que si
no lo hiciéramos los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de
fuego.
¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?
Esta idea no resulta extraña, ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son
nuestros, ¿cómo podrían ser comprados?
Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo, la
hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los
árboles, los pardos insectos, son sagradas experiencias y memorias de mi
pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el
viaje a través de las estrellas.
Nuestros muertos en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre.
Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo el águila
majestuosa, son nuestros hermanos, las escarpadas peñas, los húmedos prados,
el calor del cuerpo del caballo y el hombre. Todos pertenecen a la misma
familia.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino,
que también, representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la
vendiésemos, tendríais que recordar que son sagradas y así recordárselo a
vuestros hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de
la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces, además cada reflejo
fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuentan los sucesos y memorias
de la vida de nuestras gentes.
El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Sí, gran jefe de Washington, los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra
sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos.
Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos
que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos, y por lo tanto
deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de
ser, tanto le da un trozo de tierra u otro, porque no la ve como hermana, sino
como enemigo, cuando ya la ha hecho suya la desprecia y sigue caminando,
deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida a sus hijos y
tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus
hijos, son olvidados. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el firmamento
como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de
colores. Su apetito devora la tierra, dejando detrás solo un desierto. No lo
puedo entender, vuestras ciudades hieren los ojos del hombre piel roja. Quizás
sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo.
No hay un sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar
donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor
de las alas de un insecto. Quizás es porque soy un salvaje y no comprendo bien
las cosas.
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído, y yo me pregunto: ¿Qué clase
de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de una
garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?.
Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro
del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo
viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aroma de pinos.
Cuando el último piel roja haya desaparecido de esta tierra, cuando no sea más
que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por la pradera,
entonces todavía estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu
de mi pueblo, porque nosotros amamos este país como ama el niño los latidos
del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que
poneros una condición, que el hombre blanco considere a los animales de estas
tierras como hermanos.
Soy salvaje y no comprendo otro modo de vida. Tengo vistos millares de
búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el
hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como
una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros
matamos solo para sobrevivir.
¿Qué puede hacer el hombre sin los animales? Si todos los animales
desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad, todo lo que le pasa a
los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están
ligadas.
Debéis enseñar a vuestros hijos, lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros,
que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra le ocurrirá a los
hijos de la tierra, si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros. La tierra no pertenece al hombre, es el
hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado como la sangre que une
a una familia, el hombre no tejió la trama de la vida; él es solo un hilo. Lo que
hace con la trama, se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo
Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común.
Después de todo quizás seamos hermanos. Ya veremos.
Sabemos una cosa, que quizá el hombre blanco descubra algún día: Nuestro
dios es el mismo Dios.
Vosotros podéis pensar ahora que él os pertenece, lo mismo que deseáis que
nuestras tierras os pertenezcan, pero no es así. Él es el dios de todos los
hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta
tierra tiene un valor inestimable para Él y se daña y se provoca la ira del
Creador.
También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El
hombre no ha tejido la red de la vida solo es uno de esos hilos y está tentando la
desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí, como la sangre de
una familia.
Si ensucias vuestro lecho cualquier noche moriréis sofocados por vuestros
propios excrementos, pero vosotros caminareis hacia la destrucción rodeados
de gloria y esplendor por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que por
algún designio especial, os dio dominio sobre ella y sobre la piel roja, ese
designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos porque se
exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones
secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje
de los exuberantes colinas con cables parlanchines.
¿Dónde está el bosque espeso? … Desapareció
¿Dónde está el águila ? … Desapareció
Así se acaba la vida y solo nos queda el recurso de intentar SOBREVIVIR.


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pedrocasca
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Mensaje por pedrocasca el Lun Dic 03, 2012 12:32 pm

Este es el mismo discurso publicado por tovarich Admin, simplemente está formateado.

Así termina la vida y comienza la supervivencia [***]

Jefe Seatlle [*]

El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe de Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.

¿Cómo pueden comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podrían comprar a nosotros? Lo decimos oportunamente. Tienen que saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja.

Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las praderas, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. "Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda decir que nos reservará un lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Más, ello no será fácil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos estas tierras, tendrán que recordar que ellas son sagradas y deberán enseñar a sus hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras, deberán recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y hermanos de todos nosotros; deberán en adelante dar a los ríos el trato bondadoso que darán a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo. Cuando la ha conquistado la abandona y sigue su camino. Deja detrás de él las sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un desierto.

No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente a la de Ustedes. La vista de sus ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegar de las hojas en primavera o el orzar de las alas de un insecto. Pero quizá sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. ¿Y qué clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos.

El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si les vendemos nuestras tierras, deberán recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y, si les vendemos nuestras tierras, deberán dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.

Consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar a los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el hombre blanco que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo al que sólo matamos para poder vivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también al hombre. Todas las cosas están relacionadas entre sí.

Ustedes deberán enseñar a sus hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, deberán decir a sus hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Deberán enseñar a sus hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.

Aún el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con el -de amigo a amigo no puede estar exento del destino común-. Quizá seamos hermanos, después de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensarán quizá que son los dueños de nuestras tierras; pero no podrán serlo. El es el Dios de la humanidad y Su compasión es igual para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y el causarle daño significa mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez antes que las demás tribus. Si contaminan su cama, morirán alguna noche sofocados por sus propios desperdicios. Pero aún en su hora final se sentirán iluminados por la idea de que Dios los trajo a estas tierras y les dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así termina la vida y comienza la supervivencia...

[*] Jefe Seattle (también Sealth, Seathl o See-ahth; 1786–1866) fue el líder de las tribus Amerindias Suquamish y Duwamish en lo que ahora se conoce como el estado de Washington de los Estados Unidos de Norteamérica.

[***] no está fehacientemente probado que el discurso fuera del jefe indio Seatlle y en Estados Unidos ha habido controversia por los intereses económicos generados, incluso vía merchandising, con la publicación del mismo. Algunas fuentes atribuyen la elaboración del discurso a una operación de imagen (y económica) de una federación de asociaciones ecologistas del Norte de EE UU.

Discurso del jefe indio Noah Seattle en 1855 antes de entregar sus tierras al gobierno de EEUU Images?q=tbn:ANd9GcQE3SKUofmaEXOP5nEb8NPY6VWSi8VNmu0EdWQ0GKn-OQJGvVUm
El jefe Seattle
alrededor de 1850


Última edición por pedrocasca el Vie Feb 08, 2013 11:14 am, editado 1 vez
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Mensaje por Alfa4 el Lun Ene 21, 2013 2:06 am

Un gran discurso, con el que algunoss comunistas de este foro no stán de acuerdo. Para ellos los seres no están ligados, y el hombre puede modificar de forma ilimitada la Naturaleza siempre que eso suponga beneficio para el hombre
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Mensaje por RioLena el Mar Ene 08, 2019 7:07 pm

Mensaje del Gran Jefe Seattle al presidente de EE.UU. – año 1855

formato pdf de excelente calidad – 21 páginas

https://omegalfa.es/downloadfile.php?file=libros/mensaje-del-gran-jefe-seattle-al-presidente-de-ee.uu..pdf
                   
La tribu india de los duwamish había habitado desde siempre en el territorio situado en lo que hoy es el estado de Washington, en el noroeste de los Estados Unidos. A mediados del siglo XIX, el gobierno de los EE.UU. quiso comprar ese territorio a la tribu, derrotada y agotada tras años de guerra.

El texto que presentamos es la respuesta que el jefe de los indios, Seattle, dio a los representantes del gobierno americano. Este discurso, o carta –no se sabe exactamente qué fue en su momento- se ha hecho famoso por las ideas que contiene y, en diversas versiones, ha sido difundido ampliamente por ecologistas de todo el mundo.
 


cortesía de Biblioteca libre virtual Omegalfa
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