Claridad y autocrítica Por el éxito de la Huelga General del 29-S. UP

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Joven Guardia
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Claridad y autocrítica Por el éxito de la Huelga General del 29-S. UP

Mensaje por Joven Guardia el Lun Oct 11, 2010 3:23 pm

Pongo este artículo bastante interesante de Unión Proletaria:

Gavroche
Claridad y autocrítica

Por el éxito de la Huelga General del 29-S

Martes 28 de septiembre de 2010

Frente a los recortes anti-sociales y la nueva reforma laboral del gobierno, CCOO y UGT han convocado una Huelga General para el día 29 de septiembre. A esta acción, se oponen la CEOE, el PSOE, el PP, los demás partidos de derechas, los gobernantes de la Unión Europea, el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, etc., en definitiva, las fuerzas del gran capital. La apoyamos, en cambio, los sindicatos de clase, los partidos políticos a la izquierda del PSOE y el resto de organizaciones progresistas, en definitiva, las fuerzas obreras y populares.

Teniendo en cuenta que la clase obrera y las capas populares componemos la gran mayoría de la población, este alineamiento de fuerzas ante la batalla debería ser suficiente para asegurar el éxito de la huelga y la derogación de las medidas reaccionarias del gobierno. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla porque la minoría adinerada posee el poder de coerción (el Estado) y los medios de propaganda a través de los cuales condiciona la opinión de la mayoría. El Secretario General de CCOO, en su carta de 17 de junio a los afiliados de este sindicato, denuncia que “la mayoría de los medios de comunicación, particularmente los más vinculados a la derecha política y económica, han lanzado una campaña, sin precedentes, de descalificación de los sindicatos”.

Para que esta manipulación anti-sindical de la opinión pública no acabe intoxicando las conciencias de las masas populares, debemos utilizar los medios a nuestro alcance (ante todo, las asambleas y las charlas con los trabajadores) a fin de demostrar que la razón está de nuestra parte y que los grandes capitalistas confunden intencionadamente su afán de lucro con el interés general. Esto es lo que está haciendo, particularmente CCOO, difundiendo comunicados a los trabajadores y documentos orientativos para sus delegados. También lo está haciendo Izquierda Unida, el PCE y el resto de organizaciones obreras y populares.

Las mentiras e insidias de la burguesía se vendrán abajo en cuanto la población experimente en la realidad, más allá de las palabras, el empeoramiento de sus condiciones de vida. Los trabajadores se desengañarán y, además, se unirán contra el gran capital, tanto más rápidamente, cuanto más acertada sea la propaganda y la práctica de las organizaciones que defendemos sus intereses. Nadie está a salvo de cometer errores, pero, en momentos tan delicados como el actual, hay que intentar evitarlos y reconocer los que hemos cometido .

Proceder así es muy importante, pues, de lo contrario, las masas incluso pueden perder la confianza en sí mismas, en su capacidad de asociarse para defenderse y construir una sociedad mejor. No debemos temer que el adversario se aproveche de nuestra autocrítica para perjudicarnos, ya que la hacemos para combatirlo mejor y, por eso, será acogida favorablemente por los millones de trabajadores más dinámicos y menos corrompidos por el ambiente capitalista, los cuales esperan una dirección firme que los anime y los organice para luchar. A la vez que vamos a cumplir las tareas acordadas por el movimiento sindical, modestamente y con respeto, los comunistas tenemos la obligación de analizar la dirección que CCOO, IU y el PCE ejercen sobre el movimiento obrero, con la intención de ayudar al éxito de la huelga general y de la movilización continuada de los trabajadores.

Comisiones Obreras

Este sindicato rechaza acertadamente la reforma laboral del gobierno (agravada por el parlamento), la congelación de las pensiones y los recortes salariales y sociales decretados. A cambio, defiende una política económica que va en la dirección contraria: reducción del déficit del Estado mediante el incremento de los ingresos recaudados a los más ricos, generalización del empleo estable y con plenitud de derechos, respeto a la negociación colectiva y mantenimiento del carácter público del sistema de pensiones. En definitiva, CCOO se opone a que los causantes de esta grave crisis económica impongan una salida a la misma a costa de los trabajadores y reclama medidas de control estatal a los mercados financieros para prevenir futuras crisis. Esta plataforma reivindicativa merece el apoyo sin fisuras de toda la clase obrera porque expresa sus verdaderos intereses frente a los intereses y la demagogia del capital.

Sin embargo, a la hora de argumentar la necesidad de este cambio de política, la dirección de CCOO incurre en contradicciones y da muestras de una ingenuidad y de una timidez que debilitan nuestras fuerzas.

El Manifiesto Confederal que convoca a la clase obrera a la Huelga General afirma: “El Gobierno español y los europeos han defraudado a los ciudadanos a quienes representan”. Ciertamente, dichos gobiernos ostentan la representación formal de esos ciudadanos, pero, más allá de las apariencias jurídicas, en realidad, representan los intereses de una minoría de ciudadanos: los grandes capitalistas que forman la oligarquía financiera . La dominación económica, política, cultural, mediática, ideológica, etc., que ejercen sobre los trabajadores produce en éstos una conciencia mistificada de la realidad, sobre todo cuando los sindicatos y los partidos obreros dejan de combatir esta manipulación. Pero basta con constatar, por ejemplo, cómo la distribución de la renta beneficia cada año más a los capitalistas en detrimento de los obreros para deducir que estos gobiernos no sirven a la mayoría de los ciudadanos. Y las medidas que ahora están adoptando no hacen más que corroborar este hecho.

La Dirección Confederal de CCOO comete un grave error al seguir prisionera de las apariencias, en lugar de autocriticarse por su propia ingenuidad. Así, en su Manifiesto sostiene que “El Gobierno español, además, se ha enmendado a sí mismo provocando un giro radical en su política económica y social, …”. El hecho de que sólo ahora el gobierno haya legislado contra los salarios y los derechos de los trabajadores no supone ningún giro radical en su posición de clase. Defendía al gran capital cuando prestó a la banca dinero público sin intervenirla, sin nacionalizarla, a sabiendas de que esto provocaría un déficit en el Estado que tendríamos que pagar los contribuyentes, o sea, los trabajadores, y a sabiendas de que esa misma banca convertiría la deuda pública provocada en un lucrativo negocio. También defendía al gran capital cuando permitió que la banca cerrara el grifo del crédito a las pequeñas y medianas empresas, mientras centralizaba en sus manos terrenos y viviendas de trabajadores desahuciados. También defendía al gran capital cuando concedió EREs por miles y dejó que la crisis se cebara con los empleos precarios (éstos seguían constituyendo un tercio del total de los puestos de trabajo porque el gobierno “socialista” no aprovechó los tres años largos de prosperidad económica de que disfrutó para darles estabilidad). Y sigue defendiendo al gran capital cuando promueve fusiones de empresas que destruyen miles de empleos, cuando emprende la privatización de las Cajas de Ahorros, cuando prepara el retraso de la edad de jubilación y la ampliación del período de cómputo para el cálculo de las pensiones, etc. Contrariamente a lo que afirma Toxo, no es la “ineptitud” del gobierno la que ha hecho fracasar la negociación de la reforma laboral , sino el antagonismo de intereses en el que el PSOE ha vuelto a mostrar a qué clase social representa realmente.

Hay que reconocer que la Dirección de CCOO se ha dejado engañar por las buenas palabras del Gobierno, en vez de atenerse a los hechos. Hace un siglo, Lenin advertía que “para engañar al pueblo, los demócratas burgueses han lanzado y lanzan siempre todas las ‘consignas’ imaginables. El problema consiste en comprobar su sinceridad, en contraponer las palabras con los hechos, en no contentarse con frases idealistas o charlatanescas, sino en indagar su fondo de clase.”

El Manifiesto sostiene como si fuera una verdad absoluta que “Los brutales ajustes económicos que se están adoptando como terapias de choque para salir de la crisis económica son injustos socialmente, regresivos laboralmente y equivocados económicamente porque comprometen las posibilidades de crecimiento económico y de creación de empleo”. Son injustos, regresivos y equivocados para los trabajadores asalariados, pero no para los capitalistas. Como demostró Carlos Marx en El Capital, lo injusto y anti-económico desde el punto de vista de las relaciones de producción capitalistas son los salarios que rebasan el mínimo de subsistencia. Es lo que expresa con un descaro cada vez mayor la CEOE y su flamante presidente Díaz Ferrán, el cual predica con el ejemplo en sus propias empresas. Es verdad que la reducción de los salarios provocada por las últimas decisiones gubernamentales perjudica “las posibilidades de crecimiento económico y de creación de empleo”. Esto demuestra que, para la burguesía, el crecimiento de la producción y el empleo sólo son algunos de los medios para alcanzar su verdadero objetivo: la obtención de ganancias y el acrecentamiento de su capital. Y, en momentos de crisis económica, estos medios no sirven porque ya hay sobreproducción, es decir, los mercados no absorben la producción. Cada capitalista (y cada Estado, como capitalista colectivo) intenta salvar su capital reduciendo costes para pagar sus deudas y luchando contra los demás por los mercados. Así es como los pequeños son arruinados por los grandes y éstos mejoran su “competitividad” en los mercados internacionales: consiguen colocar en el extranjero la producción propia, a la vez que atraen la financiación exterior. ¿Hay una alternativa a esta “lógica”? ¿Es posible sustituir la dictadura de los intereses de la minoría capitalista por la satisfacción de las necesidades de la mayoría trabajadora? Sí, pero siempre que avancemos contra el capitalismo y hacia el socialismo, y que lo hagamos por el único medio posible: la lucha de clases. Sin embargo, a los trabajadores les cuesta mucho desarrollar una lucha de clases cuando sus propios dirigentes hablan, en el citado Manifiesto, de “actuación irresponsable de las organizaciones empresariales, centradas en obtener réditos en el abaratamiento de las condiciones de trabajo y el debilitamiento de los trabajadores”. Esta actuación de la patronal no es en absoluto irresponsable, sino que responde a sus intereses de clase, los cuales, por supuesto, son diametralmente opuestos a los de los trabajadores. Eso es lo que significan las clases y la lucha entre ellas. Ciertamente, es posible un capitalismo más industrial, más productivo, más favorable a la I+D+i, pero bajo qué condiciones: Marx demostró que el capitalista no está interesado en introducir una determinada máquina que ahorre trabajo si le resulta más cara de lo que paga por éste; sólo lo hace si suben los salarios y, entonces, no le mueve la filantropía, la preocupación por aliviar la carga de trabajo de sus obreros, sino que busca elevar sus ganancias gracias a que la competencia de la máquina con los obreros obliga a éstos a aceptar peores jornales y condiciones de trabajo.

Si de verdad queremos movilizar a los trabajadores por otra salida a la crisis, debemos dejar de reprocharles a los capitalistas que defiendan sus propios intereses. Lo que tenemos que hacer es defender los intereses generales de la clase obrera y eso significa luchar contra la clase capitalista en vez de sermonearla. Predicar la comunidad de intereses entre la clase los explotadores y la clase de los explotados es tanto como pretender que los zorros cuiden de las gallinas. Tampoco es suficiente denunciar “las políticas neoliberales”, porque alimenta en los trabajadores la ilusión de es posible un gobierno capitalista con otra política más generosa. El Manifiesto arremete contra “las políticas neoliberales que han fracasado estrepitosamente en los mercados financieros, que son la causa de esta crisis y que nos abocarían a una tercermundización laboral ”. Si estas políticas neoliberales son un fracaso, ¿por qué los grandes capitalistas de todos los países siguen insistiendo en ellas, antes y después de estallar la crisis? En realidad, la crisis económica es un fenómeno inevitable en el capitalismo y, aunque la actual haya “estallado” en el ámbito financiero, detrás de esta apariencia hay una crisis económica, una crisis de la producción. Las políticas neoliberales son las que satisfacen las necesidades del capital en las condiciones que vienen dándose desde la crisis estructural de los años 70: 1º) cuando los capitalistas necesitan convertir en negocio directo lo que era economía pública, para así contrarrestar la caída de la tasa general de ganancia, y 2º) cuando pueden conseguirlo debido a que el movimiento obrero ha experimentado un debilitamiento.

El neoliberalismo no es la única opción posible y, como bien dice CCOO, “hay otras opciones y otras políticas”. Pero todas las opciones y las políticas hoy posibles se dividen entre las que satisfacen el interés objetivo de la clase obrera de avanzar hacia el socialismo y las que satisfacen el interés de la oligarquía financiera de conservar el capitalismo imperialista a toda costa, reforzando su tendencia a la reacción y a la guerra.

Esto último es lo que representa la Unión Europea. Por ello, partiendo del marco de la UE, es un error la apuesta de la dirección de CCOO “por una Europa más social, en la que las negociaciones sociales dejen de estar sometidas a las fuerzas del mercado”. La UE es una alianza de las grandes burguesías europeas que se fraguó contra los países socialistas, para vencer la resistencia interna que el movimiento obrero opone a sus intereses y para pugnar con otras potencias imperialistas por los mercados y por la dominación mundial. Por eso, las instituciones políticas de la UE son menos democráticas que las de los Estados que la constituyen. Y por eso, las que son elegidas por los ciudadanos tienen un poder menor que las que son nombradas por los gobiernos, las patronales, los bancos y las grandes corporaciones. Y, por eso, rechazarán a la reivindicación de CCOO de que se “planifique el cumplimiento de los objetivos de déficit del Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea en plazos compatibles con la reactivación económica y la creación de empleo”. Es posible otra Europa, pero sobre la base de la unión de las luchas de la clase obrera del continente contra el consorcio capitalista-imperialista llamado Unión Europea. Y aquí, cuidado con la trampa de la “competitividad” europea y del patriotismo europeo: el interés fundamental de los trabajadores de Europa no está en la unión con “nuestros” capitalistas para ganarle la partida de los negocios a EE.UU. y a otras potencias, sino en hermanarnos con los obreros de otros países contra el capital internacional. Va contra los intereses fundamentales de los trabajadores tomar como referente a Europa, en vez de poner por delante la unión internacional de la clase obrera contra los capitalistas. Movilizar a los trabajadores exige una propaganda clara: no combatimos simples opiniones, sino intereses de clase; no combatimos a sujetos indeterminados o impersonales, a “ciertos sectores económicos y empresariales”, a “los mercados financieros” , sino al régimen social capitalista (que, en su vejez, nos conduce a la catástrofe) y a la oligarquía financiera especuladora y parasitaria que lo encabeza.

También se necesita un programa, una plataforma reivindicativa, que evite las formulaciones vagas que suelen emplear los políticos burgueses para confundir y adormecer al pueblo. Hay que concretar, al menos, lo siguiente: una “política industrial, energética y educativa que posibilite un cambio del patrón de crecimiento” , requiere sustituir a quienes han dictado el patrón actual y requiere, por consiguiente, nacionalizar bancos y grandes empresas y organizar un control democrático, de los trabajadores, sobre ellos.

Los trabajadores debemos saber que la crisis ha reducido sobremanera las posibilidades de conciliación de nuestros intereses con los del gran capital –CCOO advierte incluso que son probables “otros recortes sociales y laborales”- y que, para defendernos de un drástico deterioro, entramos en un extenso período de confrontación, de luchas y de huelgas. Para preparar esta perspectiva, no nos ayuda que el Manifiesto Confederal se refiera a “un proceso de movilizaciones, que culminará con la celebración de una huelga general el próximo 29 de septiembre”. Esta huelga sólo será una de las primeras acciones de una larga resistencia que ha de cambiar la correlación de fuerzas de clase, siguiendo el camino de los trabajadores de Grecia.

Finalmente, la consigna con la que la dirección de CCOO cierra su Manifiesto: “Por una salida justa y equilibrada de la crisis”, se halla en contradicción con su análisis más correcto de la crisis. Se denuncia con razón a los capitalistas financieros beneficiarios de las políticas neoliberales como los causantes de la crisis y los que están imponiendo una salida de la misma favorable a sus intereses y contraria a los de la mayoría laboriosa. Si esto es así, una salida justa a la crisis no puede ser una salida equilibrada, en el sentido de: “repartimos equitativamente los costes de la crisis”. Cuando la lucha está comenzando y todavía no se han medido las fuerzas de cada clase en la Huelga General del 29S, no debemos aceptar la exigencia patronal de que “todos debemos enfrentar sacrificios”, ni debemos conformarnos con que “los trabajadores y trabajadoras ya los estamos soportando en forma de pérdida de puestos de trabajo y ausencia de expectativas de encontrarlo, además de haber aceptado pactar acuerdos para la negociación colectiva que suponían una moderación salarial hasta el 2012” . Esta actitud es suicida, máxime cuando el gobierno ya ha roto unilateralmente estos acuerdos en su ámbito de competencia laboral. Así, sólo conseguimos envalentonar a la patronal pública y privada, y desanimar a los asalariados. La única consigna justa en este momento es: “¡Que los grandes capitalistas paguen los costes de la crisis!”.

¿A qué se deben estas deficiencias sindicales y cómo corregirlas?

Todas ellas se caracterizan por el hecho de que CCOO se pliega al estado de conciencia dominante entre los trabajadores. Así, se incapacita para cambiar el estado de cosas puesto que, salvo en situaciones revolucionarias, la conciencia dominante es la propia de la clase económicamente dominante, es decir, la conciencia burguesa o capitalista, la conciencia conservadora. La dirección sindical debe dar un paso más allá: con su teoría y su práctica, debe modificar la conciencia espontánea de las masas laboriosas. Es cierto que, para ello, tiene que mantener la interlocución con esas masas y no puede pedirles que comprendan ni que actúen a un nivel demasiado elevado para su estado de conciencia actual. Sin embargo, debe cuidarse mucho de no dar por buenos los prejuicios, las ilusiones, los engaños que la burguesía inculca en ellas. Así, podría admitir la apariencia de que el gobierno ha dado un “giro radical” a su política económica y social, pero abriendo la reflexión sobre si no se trata más bien de la continuación de las medidas que ya había adoptado en favor de las grandes fortunas. En lugar de tachar de “irresponsable” la actitud de las organizaciones empresariales, podría calificarla de interesada o egoísta. En lugar de acusar al gobierno socialdemócrata de ineptitud, podría reprocharle su cobardía o su traición. En lugar de defender que “las negociaciones sociales dejen de estar sometidas a las fuerzas del mercado”, podría exigir que dejen de estar sometidas al dictado del gran capital. Y así, sucesivamente. Estas ideas las comprende y las comparte una parte considerable de la clase obrera, la cual percibiría en su dirección sindical una auténtica voluntad de lucha contra los capitalistas y su propaganda.

Al no actuar de este modo, al mantenerse a menudo en el terreno de la confusión de los intereses de clase, los dirigentes sindicales se muestran ellos mismos prisioneros de la ideología burguesa y de la política burguesa. Esto se debe, en parte, a que algunos de ellos están más comprometidos con el PSOE que con los intereses de los trabajadores y a que todavía son más los se han acomodado al ambiente de paz social, los que se han burocratizado como gestores de los intereses más corporativos, más mezquinos y menos clasistas de sus representados. Un grave peligro que se cierne sobre el éxito de la próxima Huelga General es que algunos cuadros y delegados no están ellos mismos movilizados sino que, por el contrario, apuestan por que el sindicato se adapte a las nuevas exigencias de empresarios y gobierno, una vez que éstos hagan algún gesto por reconocer el papel de “interlocución del movimiento sindical”. Este tipo de “sindicalistas” se conforma con representar a la aristocracia obrera y a los sectores más atrasados de nuestra clase, aunque cada vez se estrecha más el margen de actuación de este tipo de sindicalismo entre el despotismo patronal y el descontento de las masas trabajadoras.

Este lastre que dificulta la movilización obrera es inevitable en los grandes sindicatos, en las organizaciones que agrupan a cientos de miles de trabajadores y que representan a millones, los cuales, en condiciones ordinarias, se dejan dominar por los capitalistas. Pero, afortunadamente, podemos superarlo con la lucha de los trabajadores más conscientes, de los sindicalistas de clase y de las organizaciones políticas del proletariado. Aquí está el problema y la solución en que debemos concentrar nuestros esfuerzos. Si los sectores más avanzados de la clase obrera están bien orientados y bien organizados podrán desarrollar gradualmente el movimiento social de los trabajadores e independizarlo, liberarlo de la dependencia de las ideas burguesas.

Así pues, ¿en qué estado se encuentran las organizaciones de trabajadores más conscientes, cuáles son sus defectos y cómo corregirlos?

Izquierda Unida

Sin lugar a dudas, Izquierda Unida es la organización política más potente e influyente en el movimiento sindical que ahora se enfrenta a la política de la patronal y del PSOE. Y la mejor prueba de ello es la alta coincidencia entre su discurso y el de la dirección de CCOO.

IU comparte los aciertos de CCOO a la hora de llamar a secundar la Huelga General del 29S. Además, reconoce que estamos ante “una crisis del sistema capitalista”, acusa de ella al “gran capital financiero” y denuncia al gobierno de ZP por “arrodillarse” ante él, porque “traiciona a su base social y a muchos de los que le han votado” . Estas expresiones tienen la virtud de situarnos, no ya ante una mala gestión gubernamental, sino ante una contraposición de intereses, ante una lucha de clases en la que el equipo de ZP se ha pasado al campo del enemigo. Al mismo tiempo, tienen el defecto de confundir a la opinión pública sobre el carácter de clase la política del gobierno anterior a la “traición”, seguramente porque la dirección de IU intenta ponerse a salvo de las críticas por el excesivo apoyo que le ha prestado. También es positivo que intente desmarcarse de su condescendencia anterior recordando que ha “venido defendiendo la necesidad de una Huelga General” desde hace algún tiempo.

Sin embargo, en las demás cuestiones, los dirigentes de la coalición comulgan con las deficiencias y las limitaciones de la posición sindical, a menudo dándoles un sustento político e ideológico que las fortalece, perjudicando así el desarrollo del movimiento obrero.

Pese a recordar que los trabajadores no hemos “sido los causantes de la crisis”, la dirección de IU critica las decisiones del gobierno como “desequilibradas” y alaba “la responsabilidad con que los trabajadores y trabajadoras vienen comportándose en sus demandas salariales”. En consecuencia, viene a reconocer como legítima la pretensión del capital de que paguemos por la crisis, aunque sólo sea una parte de los costes que acarrea. Luego lanza una batería de expresiones que ocultan al pueblo el fondo de clase del conflicto en el que estamos inmersos:

En vez de explicar que el enemigo es la oligarquía financiera (los grandes capitalistas) y su régimen político, nos llama a luchar contra “una política y una filosofía”, el “neoliberalismo”, los “mercados financieros”.

En vez de explicar que este enemigo ataca los derechos de los trabajadores conquistados por medio de la lucha colectiva de la clase obrera contra la clase capitalista y su Estado, le acusa de “debilitar la democracia”, el “Estado de Bienestar” , el “modelo social, que se basa en un conjunto de derechos irrenunciables para la ciudadanía, prestados por instituciones públicas, que han de ser protegidos y eficientemente gestionados”, cuyos “funcionarios … han de ser tratados con respeto por los gobernantes, quienes no pueden seguir ignorando la justicia de sus reivindicaciones …”. Ahora que las instituciones de la oligarquía se han desnudado de su apariencia filantrópica, las organizaciones más avanzadas tenemos la obligación de atacarlas y de orientar al pueblo a construir él mismo instituciones realmente democráticas. Por el contrario, al insistir en que las instituciones reaccionarias cumplan con su pretendido cometido de servicio al pueblo, la dirección de IU colabora con el engaño y con la subordinación de los trabajadores al capital.

En vez de reclamar un gobierno fiel a los intereses de la mayoría, exige al actual gobierno de la oligarquía “un cambio de orientación frente a su apuesta y la de los sectores más retrógrados del mundo empresarial”. La dirección de IU no aprecia el conflicto de intereses de clase que explica las opiniones “retrógradas” de los grandes empresarios. Los primeros socialistas, los “utópicos”, ya intentaron en vano convencerlos, pero sólo la lucha de clases los hace retroceder y sólo ella nos permitirá prescindir de ellos y construir una sociedad próspera para todos.

En vez de reivindicar el socialismo o, al menos, una república democrática anti-oligárquica, como salida a la crisis, la dirección de IU defiende una “salida social a la crisis” consistente en frases casi tan vagas como las del PSOE o las del PP, y que dan por buenos los límites que el capitalismo impone a la economía: “modelo productivo de calidad”, “participación” (¿connivencia con el patrón o control sobre él?), “mejora de la organización del trabajo y en la calidad del mismo”, “desarrollo sostenible”, “competitividad” (¿para qué?), “trabajo para todos con derechos” (¿cómo?), “intervención pública en la economía y creación de una banca pública”, (¿con qué nacionalizaciones?, ¿con qué control por parte de los trabajadores?), “recuperar la democracia frente al mercado” (¿frente a la oligarquía y su régimen monárquico impuesto por el franquismo?, ¿por medio de una república democrática?), etc. La crisis y la salida a la misma que la oligarquía financiera está imponiendo nos obligan a la clase obrera y a las capas populares intermedias a unirnos frente a ella. Conseguirlo es responsabilidad, ante todo, de las organizaciones de izquierdas que agrupamos a los sectores más conscientes y activos de estos sectores de la población. Izquierda Unida podría servir para eso si comprendiera lo que realmente está en juego, si su política se acercara a los intereses básicos de la clase obrera. El empeño de su dirección por eludir el criterio científico de clase le ha restado influencia de masas, mientras que, basándose en él, los comunistas de Grecia (en solitario) y de Portugal (en coalición) crecen en fuerza social y electoral. Con sus actuales presupuestos políticos, IU sólo consigue que los sectores populares más reivindicativos se descompongan o se alejen de ella, y los obreros con mayor conciencia de clase, los marxistas-leninistas, no podemos llegar a un acuerdo con esta coalición. Para cambiar esta realidad, sería necesario que el proletariado revolucionario conquistara tal fuerza que le asegurara la hegemonía frente a la posición pequeñoburguesa vacilante y pusilánime que domina dentro de Izquierda Unida y de la que tanto se benefician la socialdemocracia y la oligarquía en general. Los dirigentes de la coalición no pueden por menos que reconocer esta lamentable situación –sobre todo su incapacidad para ganarse a las masas- y, por eso, han convocado un proceso de “refundación de la izquierda”: “El objetivo central de la refundación de IU es convertirnos en una organización con propuestas útiles y viables para la transformación social y para la mejora de las condiciones objetivas de vida de las clases populares en la perspectiva de la superación del sistema económico capitalista en un sentido socialista” . Sin embargo, por ahora, esta prometedora declaración de intenciones ha producido pocos cambios, si exceptuamos la ilusión momentánea que ha despertado en sus militantes. Como acabamos de explicar, la política actual de IU no representa una buena influencia en el movimiento sindical. Y su llamamiento a refundar la izquierda sigue siendo incompatible con el marxismo en el lenguaje y en el contenido político, siguiendo la línea de los dos documentos que hemos analizado. He aquí algunas de las expresiones más llamativas que encontramos en el mismo: “crisis financiera del capitalismo”, “huelga contra una salida neoliberal a una crisis del capitalismo”, “la soberanía popular está en entredicho y la democracia en cuestión”, “reconstruir el anhelo de una Europa democrática y equitativa”, “más Europa”, “democratización radical de la política europea”, “han alienado el verdadero sentido de la economía”, “volver a unir el nexo que nunca debió romperse entre economía, sociedad y política”, “subordinación insoportable de la socialdemocracia al dictado de los mercados”, “pérdida de legitimidad del sistema democrático”, defensa de la ley de amnistía y de la contribución del PCE a la transición, “quiebra del modelo de Estado que hemos construido en los últimos 30 años”, “construir otro sistema económico y social alternativo al del capitalismo”, etc. Sobre Izquierda Unida, hay otras tres cuestiones importantes que merecen la atención:

1º) El propósito de “refundar”, de hacer algo nuevo, parte de las mismas mimbres con que se construyó el cesto hace más de 20 años: “ecologistas, comunistas, socialistas, republicanos y nacionalistas de izquierda, etc.” ¿A qué clases sociales representan estas diversas ideologías? La unidad de la izquierda no se conseguirá uniendo ideologías, sino uniendo a las clases populares sobre la base de sus intereses comunes y esto sólo podrá hacerse si sus organizaciones de vanguardia se esfuerzan por desarrollar la conciencia de clase en las masas en lugar de oscurecerla.

2º) La dirección de IU obstaculiza el progreso revolucionario al convocar a las fuerzas de la izquierda en torno al “anticapitalismo”. Adopta así la típica pose “izquierdista” que utiliza la frase de izquierda al servicio de una política realmente de derecha, conservadora del capitalismo. En primer lugar, ya hemos señalado suficientes ejemplos de cómo la propaganda de IU evita atacar los fundamentos del capitalismo y evita dirigir el descontento popular contra su centro neurálgico, el Estado democrático-burgués. En segundo lugar, para acabar con el capitalismo partiendo de las actuales condiciones, tenemos que concentrar el máximo de fuerzas contra el sector dominante de este régimen: la oligarquía financiera y su aparato político estatal. Por eso, el programa de convergencia de esas fuerzas no puede ser todavía socialista o “anticapitalista”, sino que debe circunscribirse a tres reivindicaciones básicas: república democrática, expropiación de los monopolios y amplios derechos sociales para los trabajadores. Exigir una posición anticapitalista como condición mínima de unidad conduce a la división de las clases populares y al divorcio entre la vanguardia revolucionaria y las masas trabajadoras. La propaganda anticapitalista es absolutamente necesaria para desarrollar la unidad popular hacia la revolución socialista, pero no puede ser el cometido de la alianza de fuerzas de izquierdas, sino el de la vanguardia proletaria de las mismas. Confundir estos papeles distintos sirve objetivamente al mantenimiento del capitalismo.

3º) Una agrupación de fuerzas de izquierda como IU no tiene por qué basarse en el marxismo, ni podría hacerlo en las condiciones políticas actuales. Sin embargo, al mismo tiempo, sólo la clase obrera puede unir a su alrededor a las diversas capas populares y sólo el marxismo-leninismo es la expresión teórica de los intereses de la clase obrera . Por eso, aunque no podemos pretender una unidad de la izquierda sobre esta base teórica, sí resulta imprescindible que el programa común sea compatible con el marxismo o que no entre en grave conflicto con él. Pero la dirección actual de IU no cumple este requisito, a pesar de que en su seno está presente el PCE. ¿Cuál es la posición de esta organización y su labor en IU y en CCOO?

El PCE

Este partido político reivindica todas las posiciones correctas tanto de CCOO como de Izquierda Unida e incluso va un poco más allá. Orienta al movimiento obrero a perseguir una salida a la crisis “fuera del capitalismo” , mediante “una democracia económica y política real, enfocada al socialismo” , que incluya cierto control de la economía por parte de los trabajadores . Su anterior Secretario General llega incluso a calificar a la Unión Europea de organismo indirecto del capital .

Por lo demás, la dirección del PCE coincide en los errores políticos fundamentales de IU. Francisco Frutos ve en el neoliberalismo y la globalización la “expresión más salvaje del capitalismo” y el “responsable” de esta crisis , como si fuera una de tantas opciones políticas que hubiera podido tomar el régimen económico capitalista, como si no fuera la política necesaria del imperialismo tras la crisis estructural de los 70. Además de ser falsa, esta posición económica alimenta la pretensión engañosa de la socialdemocracia de reconstruir el capitalismo sobre base más “justas”, más “sociales”. Con la observación meramente superficial de que “en las últimas semanas, el gobierno y, de manera especial, su presidente, han cambiado totalmente su discurso”, los líderes del PCE justifican que sus críticas anteriores al gobierno se quedaran en palabras. No pudieron pasar de las palabras a los hechos, por la connivencia que han practicado con la burocracia de IU. Y esta situación se originó porque hace más de 20 años crearon un proyecto que trataba de reconstruir la izquierda, pero de tipo socialdemócrata, sin basarse en un análisis genuinamente marxista del capitalismo, lo que llevó a que su criatura se les fuera de las manos y no pueda representar una alternativa seria para los trabajadores.

Más allá de caracterizar a la UE como organismo del capital y de criticar el “modo en que [España] se adhirió” a ella, la dirección del PCE sigue defendiendo la subordinación de la lucha de clases a la “dimensión europea”, sigue demandando “más Europa, pero de otro tipo” y sigue sin exigir la salida de España de la Unión Europea, a pesar de la responsabilidad de ésta en la debilidad del tejido productivo español, en el deterioro de los derechos de los trabajadores y en las últimas medidas del gobierno de Zapatero ante la crisis.

En el terreno político e ideológico, la dirección del PCE está anclada en el reformismo porque se inclina ante las instituciones actuales y los ideales democrático-burgueses que oprimen a la clase obrera y al pueblo. En lugar de concentrar las fuerzas en el objetivo de derribar el régimen monárquico de la oligarquía financiera, ahora que está atacando con virulencia a los trabajadores, propone el objetivo abstracto de “la defensa de la democracia” y sostiene que “el enemigo no son los Estados, ni las instituciones, sino los mercados” y que, por eso, “estamos ante una lucha de clases en estado químicamente puro” . ¿Quién está imponiendo leyes contra los trabajadores? ¿Quién está permitiendo que los “mercados” castiguen a los trabajadores? Son los Estados y las instituciones burguesas. Ellos son el baluarte de la gran burguesía y no se puede poner fin a la dictadura de ésta sin echar abajo su baluarte estatal e institucional. La dirección del PCE sustituye este objetivo concreto por frases abstractas como la “recuperación de la ética civil, de lo que llamamos democracia republicana”, que no ponen en peligro al poder oligárquico con el que el grupo de Carrillo acordó el marco político vigente.

Por eso, en la “Alternativa Social Anticapitalista” que propone como base para la unidad de la izquierda, no se reivindica la república, además de no incluir la salida de España de la UE, de no contemplar ni una sola nacionalización, de no romper con la OTAN y a las aventuras militares imperialistas que tanto gasto público cuestan.

El PCE afirma basarse en el marxismo revolucionario, entre otras teorías, pero, en realidad, se ha alejado mucho de él para instalarse en el terreno del idealismo, del humanismo, del democratismo, propio de los intereses contradictorios de la pequeña burguesía. De hecho, fue un gran Partido Comunista hasta que su dirección encabezada por Carrillo fue minando su base teórica y política marxista-leninista por medio del revisionismo eurocomunista que tanto daño ha hecho al movimiento obrero aquí, en Francia y en Italia. Mientras no corrija esta desviación, mientras no vuelva a los cauces del marxismo-leninismo, el PCE no podrá impulsar la lucha de clase del proletariado ni podrá orientar con acierto el movimiento sindical ni podrá dirigir la construcción de la unidad de la izquierda, sino que sus prejuicios pequeñoburgueses serán un obstáculo para todo ello.

En la etapa imperialista del capitalismo, la “aristocracia” obrera alimentada por la burguesía monopolista se apoya en los estratos más atrasados del proletariado y en la pequeña burguesía para frenar el desarrollo revolucionario de nuestra clase social. Por eso, sólo caben dos partidos de masas en las filas del movimiento obrero: por una parte, el partido “obrero” burgués –según la expresión de Marx y Engels-, es decir, el partido socialdemócrata; por otra parte, el partido revolucionario, el Partido Comunista. El PCE actual no desempeña este papel sino que es objetivamente un instrumento de descomposición del proletariado revolucionario que nutre continuamente a la socialdemocracia. Aunque en el PCE haya auténticos marxistas-leninistas, el dominio del revisionismo pequeñoburgués afianzado en su seno no permite, hoy por hoy, reconstituir el Partido Comunista a partir de esta organización. Debemos hacerlo principalmente desde fuera, reuniendo en un solo partido a todos los marxistas-leninistas. Y lo conseguiremos a medida que vayamos superando el sectarismo que nos mantiene dispersos, por medio del debate crítico y autocrítico, de la formación teórica y de la unidad de acción.

Avanzar en la realización de este objetivo es la mayor garantía para el éxito de la Huelga General del 29S y de la movilización progresiva de la clase obrera. A su vez, tendremos que aprovechar la constatación generalizada de los antagonismos de clase que esta crisis nos sirve en bandeja, para acelerar la reconstitución de un gran Partido Comunista marxista-leninista que pueda dirigir al proletariado y al pueblo hacia la república y el socialismo.

Septiembre de 2010.

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