Desde la conspiración tabernaria

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    Nestor Estebenz Nogal
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    Desde la conspiración tabernaria

    Mensaje por Nestor Estebenz Nogal el Lun Jun 21, 2010 11:34 pm

    Desde la conspiración tabernaria. Ficción y Fluído.Zizur mayor 16junio2010 Néstor Estebenz Nogal
    Con unas cuantas neuronas chapoteando en efluvios etílicos las cosas parecen mas claras. No hace falta convertirse en un dipsomaníaco para comprobar las ventajas de la desinhibición filo-alcohólica. Es estar un poco piripi para dejar de callar lo que se siente y soñar con fosforescencias. En la taberna, en las tabernas de todas las épocas, un linaje de conspiradores nos hemos venido quejando de lo mal que está el mundo del afuera y de lo necesario que era reconvertirlo según las necesidades populares tan ninguneadas por repetido por las castas ilustrísimas que no tuvieron dolor de conciencia por priorizarse como las privilegiadas. Entre cerveza y cerveza o copichuelas de licores tomados como elixires (de la absenta al baileys y los pacharanes) el discurso verbal se hace desbordante, como una cascada de principios en una exposición contundente de los objetivos de futuro. Esos ratos de tertulias de soñadores semiembriagados compensan de las reuniones sesudas donde solo los que mas saben toman la palabra para los speechs más lúcidos e impactantes y menos cuestionados. En la taberna se vive la vida de entre bastidores, el antes y después de los hitos congresuales, los prólogos y los epílogos de todo lo demás. Es el escenario para lo más espontáneo, la cita sensorial del paladar con los líquidos y de la boca por donde todo pasa (bebidas y palabras) con las otras bocas y oídos. En una taberna se simultanean las pasiones, en cada mesa la suya, en cada rincón un escondite desde el que imaginar las conversaciones de los demás rincones. Es el cajón de sastre comunitario donde todo cabe, todo menos destrozar el local o molestar a los vecinos. Muchas tabernas protegen la discreción de cada uno de esos rincones con un magma hipersónico que los tapa a todos. El norte europeo jamás ha conseguido entender porque los latinos se reúnen en locales ruidosos para ir a hacer sus grandes conversaciones debiendo afinar oídos y hacer practicas de sonoridad compitiendo con las de al lado.
    Cuando la red de bibliotecas todavía no estaba todo lo extendida que está en los países más potentes, hice cientos de paradas en bares y baretos, locales donde tomar los sempiternos y popularísimos cafés con leche, mientras me sumergía en lecturas de Mandel o Engels y otros pocketbooks generalmente, esperando a mi siguiente cita con la que preparar la siguiente reunión o recoger ideas para la siguiente manifestación. Formaba parte del trasiego de la palabra por innumerables microescenarios de la ilusión. A los camareros, generalmente coincidiendo con ser los dueños de esos localitos, los veíamos como una parte de la clase obrera que se había escapado de los condicionantes del asalariado para optar por autoexplotarse a si mismos con horarios de primera hora de la mañana a última de la noche. Muchos de esos propietarios eran exobreros que se habían arriesgado a montar negocio propio para probar suerte en su curriculum de aspiración al desclasamiento para pasar a ser pequeña burguesía. Muchos consiguieron salir adelante con esas empresas familiares viniendo con los ahorros del exilio económico, de Alemania o Suiza o incluso Francia ¿qué pensarían de nosotros desde el otro lado de sus barras mientras estábamos enfrascados en literaturas y en gesticulaciones entusiastas mientras hablábamos, dando el pego de distintos a los otros bebedores metidos en chácharas futbolísticas? Por cierto por aquel tiempo en el grupo que militaba se llega a pautar la necesidad de fichar durante horas en los baretos para hablar con el pueblo de lo que hablaba el pueblo, aprendiendo incluso de futbol para poder participar de las conversaciones. No pasé por ese aro. Eduardo Galeano ha conseguido conciliar su literatura critica con su autoencierro para seguir los mundiales. Una enigmática fusión de pasiones.
    En un bar de obreros, por y para ellos, una autentica oficina de consuelos tras jornadas de manualidades con tochanas, mortero o con tornos y fresadoras, nadie iba a leer, y el solo hecho de que lo hiciera alguien era sospechoso.¿sospechoso de qué? El que sospechaba no sabía de qué, pero era sospechoso. El bebedor convencido se posicionaba de pie con el angulo preciso de apoyatura en el mostrador y dejaba los quintos vacíos a su vera para que fueran fácilmente contados a la hora de pagar. Beber era (es) un ritual. Entre sorbo y sorbo ocurrencias y esa vaga sensación de que todo está más que claro. Los malos de los que se habla están fuera del espacio y todos saben que no van a venir para decir su interpretación de los hechos. En ese espacio desde terminar la jornada laboral hasta la hora de irse a casa para reponer fuerzas, para repetir la misma historia el día siguiente, los conspiradores cambiaban el mundo, eso sí, dejando que sus mujeres se ocuparan de hacer la cena y reunieran marcha para rascarles la espalda en la cama. Un obrero necesitaba esa cuota de cerveza para embotarse lo suficiente y desconcienciarse de su tragedia. Hablo en pasado porque hace décadas que no participo de estas escenas pero estoy informado de que sigue prevaleciendo la escena. Dejé de ir a esos bares por pequeñajos, incómodos y maloelientes (no ya por el sudor sino por el humo) aunque he seguido participando de alguna manera de la conspiración tabernaria, la informal, la que admite el desiderátum de cada explotado y marginado preparando su revancha historia, su justa rebelión contra caciquismos y abusos.
    El estudio de la psicología de la personalidad conspiradora no tiene complicación alguna en particular en las culturas latinas donde la ratio de baretos por número de habitantes es de las mas altas del planeta. Los hijos del mediterráneo que quedan para verse automatizan el ritual de sentar sus huesos en el primer bar que se encuentren. La adhesión al paseo por el paseo está implícitamente proscrita, se diría que los conspiradores no saben darle a la sin hueso sin remojar boca y palabras en la pócima oportuna. Es un contrasentido porque un conspirador es por definición un clandestino, incluso en tiempos de tolerancia y constituciones que autoricen el derecho de reunión, y como tal está mas seguro paseando e inventando ideales entre árboles y corredores de footing que haciéndolo en un bar que los oídos largos de la mesa de al lado pueden tomar nota de frases dichas y caras. O al menos esa era la paranoia persecutoria en la que caían no pocos temerosos de ser controlados por los objetivos indiscretos. En aquellos tiempos de dictaduras había que sentarse de una determinada manera en los bares, en el lugar mas alejado de la puerta o dando de espaldas a las ventanas no fuera que desde el exterior se pudiera ser controlado por la policía política. Quien haya pasado por la represión policíaca y la persecución de sus ideas posiblemente le ha quedado un perfil de traumado para siempre. Lo que sucedió una vez puede suceder otra. La tragedia de un país a la que fue lanzado por golpistas minoritarios pero fuertes en una ocasión histórica puede suceder en otra. Patológicamente el que fuera detenido e interrogado, maltratado y torturado, no olvida mientras viva que eso le sucedió y no descarta totalmente que pueda volver -incluso volverle- a suceder. Gente que ha vivido bajo dictaduras, muchas décadas después todavía se sobresalta si llaman a su puerta a horas intempestivas o ante el timbrazo del teléfono. Es una minoría, sí. Quienes no tuvieron trato, por llegar mas tarde biográficamente a la escena política, con aquellas circunstancias no los conocen, cierto.
    Dado un sistema de control y con una elevado tecnología especialización dedicada al control ajeno no hay sitios totalmente seguros. En la taberna (en todas las tabernas del mundo) se le puede suponer que lo haya porque su caudal de conspiraciones cumple mas la función de descarga catártica de las necesidades protagonistas que no por el potencial alternativo que puedan generar. Las conversaciones serias están en las redacciones de las líneas políticas, en los programarios de objetivos, en los criterios de organización establecidos por responsables o delegados. Los demás siguen los acontecimientos. No está tan claro que la conspiración en la taberna se corresponda con la conspiración en el comité central, aquella es más poética y esta tiene el sello de más seria. Desde la conspiración tabernaria todavía nos podemos otorgar con arrogancia el estilo socrático de un pensamiento racionalizado con el que no solo comprender sino apostar por transformar el mundo. Pero si la extraversión sube un grado mas no falta la replica nihilista que al amparo nietzschiano se reirá de la probabilística de cambios de futuro tildándolos de optimismo teórico y de historicismo barato. Nietzsche planea en todo arrebato nihilista que cuestiona las oportunidades para un ser reconstruido que vive mas en el idealismo utópico que en las praxis balanceadas de las experiencias contadas. La verdad, no solo intuida sino demasiadas veces confirmada, muestra el espantoso desiderátum del ser que pretende ser lo que a vuelta de cada hoja sabotea. Como buen ilusionario, el conspirador no puede tirar la toalla antes de pelearse hasta la ultima gota de su sudor (o de su sangre según su grado de principismo) contra un mundo de impasses. No tiene ninguna duda que las razones para su rebelión son múltiples a pesar de que sus estrategias para la revolución (poder popular y mecanismos para la autogestión social extensiva) son escasas.
    Desde la conspiración tabernaria una combinación de sueño social y ficción teórica va discurriendo en medio de un fluido discursivo interminable cuya riqueza guarda relación directa con la maximización de variables interpretativas. Para disuerte del futuro este no depende de una sola teoría que seria tanto como una construcción de dogmas sino del concurso de iniciativas complementarias. En la desinhibición tabernaria el que no tiene todas las lecturas hechas ni conoce los protocolos de la formalidad expresiva pude cometer errores de evaluación y confundir radicalidad verbal con radicalidad metodológica o griterío apasionado con razón histórica. Entre chácharas y conversaciones hasta altas horas de la madrugada .la ensoñación conversacional se confunde con la dejación física, el cansancio corporal y la figura del durmiente que va a dormir su pseudo-mona para renovar energías para reversionar la leyenda de la lucha tertuliana por una revolución socialista un tanto desacreditada por sus repetidas tentativas en el pasado. Sea el que sea el futuro vivible, para quienes lo vivan o les toque soportarlo, la teoría con que construirlo habrá necesitado de dosis redobladas de ficción y romance para haber apostado por él a la luz de las evidencias del caos propiciado por retrogradas e inmovilistas históricos. La ficción lejos de ser el descalificativo con que desacreditar los ideales pasa a ser el chute mentalista necesario para creer en el reino de la imposibilidad desde el balance de las imposibilidades. ¿acaso la filosofía no viene subvirtiendo desde los albores de sus reflexiones la posibilidad de que la realidad no sea real siendo solamente un pacto psíquico manipulado por ondas electromagnéticas? El modo de sobrevivir a la realidad, la de cada día, mientras las condiciones histórica para inaugurar un nuevo mundo se vayan demorando, es la de inventarnos nuestro propio real subjetivo, desde el que protegernos de malicias y perversiones. Ahí no valen tácticas-planes, ni coordinaciones de revueltas, cada cual ha de hacer su revolución interior. En el corto de Kurt Kuenne, Validation, un empleado en un parking no solo sella el ticket de aparcamiento gratis de unos grandes almacenes sino que además no para de elogiar a todos los que llegan a su mostrador reconfirmándolos de tal manera que sus egos son reflotados. Eso genera tal expectación que la gente va expresamente a ese parking formando cola para recibir cada cual su dosis de gratificación psicológica. El chico es presentado a gente de poder a los que les reafirma con frases sencillas satisfactorias que les hacen reír. Tomando esta parte de la historia (el cuento sigue y tiene su parte amarga pero para luego remontarse y terminar en final feliz) se diría que todos los problemas del mundo se resolverían si viviéramos instalados en la sonrisa permanente y eso ya cambiaría la faz de la tierra. El corto puede ser una buen reclamo para todas las clínicas odontológicas pero no parece una opción practicable como criterio sistemático con todas las personas, mas bien una buena parte de las transacciones e interaccione ssociales son tan patéticas que dan mas motivos para llorar que para reír.
    Desde la taberna al menos, entre ironías y sarcasmos, las risas son de otra índole, no por monumentalizar el ego de nadie (los currículums de las imperfecciones se oponen), sino porque cada cual aprende a reirse de su sombra y a burlarse desde una cierta distancia de la supuesta razón histórica que justifica el sentido de la vida en el hacer militante o idealista. La frontera entre la ficción y la realidad nunca está tan clara como para marcar una ralla en el suelo o en el papel y todo lo que se puede acordar es el interés de seguir fluyendo en forma de palabras, sueños y la hipótesis de una sintonía, cuyo cálculo se deja para el día siguiente, para el que tampoco habrá momento para calcular, siendo un dia mas metido entre rutinas con las relaciones comerciales y de produccion y la prioridad de sobrevivir y pagar la supervivencia por encima de todo lo demás.

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