Análisis varios de Atilio Boron sobre Venezuela

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Mensaje por pablo13 el Sáb Mar 02, 2019 2:39 am

Washington: de fracaso en fracaso

(Por Atilio A. Boron) El pasado fin de semana fue terrible para la Casa Blanca y sus impresentables capataces del sur del río Bravo, el apropiadamente llamado “Cartel” de Lima dada la estrecha vinculación que algunos de los gobiernos que lo integran mantienen con el narcotráfico, especialmente el colombiano y, antes del advenimiento de López Obrador, el de Peña Nieto en México. El sábado los estrategas estadounidenses decidieron organizar, para el 23 de Febrero, un concierto con algunas de las celebridades consagradas por la industria musical maiamera. El evento atrajo a unas 25.000 personas, la décima parte de lo esperado, divididas jerárquicamente en dos categorías claramente demarcadas. El sector VIP donde fueron a parar presidentes –Duque, Piñera, Abdo Benítez-  ministros y jerarcas del  Cartel y, doscientos metros más atrás (sic!) el resto del público.  (ver:  https://www.laiguana.tv/articulos/438246-concierto-aid-live-fotos-tarima-vip-publico-general/ ) El organizador y financista del espectáculo fue el magnate británico Richard Branson, un conocido evasor de impuestos y acosador sexual que contrató a una serie de cantantes y grupos de derecha entre los cuales Reymar Perdomo, "El Puma" Rodríguez,  Chino, Ricardo Montaner, Diego Torres, Miguel Bosé, Maluma, Nacho, Luis Fonsi, Carlos Vives, Juan Luis Guerra, Juanes, Maná y Alejandro Sanz, que compitieron con fiereza para ver quién se llevaba el Oscar el lambiscón mayor del imperio.

           Este concierto se suponía que crearía el clima necesario para facilitar el ingreso de la “ayuda humanitaria” preparada en Cúcuta por los estadounidenses y sus sirvientes del gobierno colombiano. Pero no fue así, y por varias razones. Primero, porque tal como lo afirmara la Cruz Roja,sólo puede enviarse ese tipo de ayuda, cuidadosamente fiscalizada (cosa que no se hizo, además) si el gobierno del país que va a recibir cargamento lo solicita. En el mismo sentido se explayó el Secretario General de la ONU, Antonio Gutérrez. Y, segundo, porque el gobierno bolivariano no lo hizo porque sabía muy bien que Estados Unidos utiliza esa “ayuda” para introducir espías, agentes encubiertos disfrazados de médicos y asistentes sociales y para-militares en el territorio de sus enemigos y, por supuesto,  no iba a consentir esa movida. Además, si efectivamente la Casa Blanca tuviera un interés genuino en ofrecer una ayuda para aliviar los sufrimientos de la población venezolana tiene en sus manos un recurso mucho más sencillo y efectivo: levantar las sanciones con las cuales ha estado agobiando a la República Bolivariana; o abolir el veto que imponen a las relaciones comerciales internacionales; o devolver los enormes activos de las empresas públicas de ese país confiscados, en un acto que sólo puede calificarse como un robo, por decisión del gobierno de Donald Trump o de autoridades como las del Banco de Inglaterra que se apropió del oro venezolano depositado en su tesoro valuado en algo más de 1.700 millones de dólares. La rabiosa reacción de la derecha ante el fracaso de la operación “ayuda humanitaria” fue tremenda. El propio narcopresidente Iván Duque saludaba desde las alturas del puente internacional a las bandas de delincuentes contratados para producir desmanes mientras preparaban sus bombas molotov y aceitaban sus armas. Cuando ante la firme resistencia de civiles y militares bolivarianos se consumó el fracaso del operativo norteamericano el lumpenaje, protegido por la Policía Nacional de Colombia, tomó al puente por asalto y procedió a incendiar a los camiones que traían la “ayuda humanitaria”. Como era previsible, la prensa culpó del hecho al gobierno venezolano: ahí están las fotos publicadas por toda la canalla mediática mundial con el correspondiente epígrafe satanizando la barbarie chavista y ocultando a los verdaderos responsables de la barbarie. (ver video sobre el tema en: https://youtu.be/fxTDm11_rmE) Mientras tanto,  en perfecta coordinación, los ocupantes de una tanqueta de la policía bolivariana arremete contra las vallas que había en el puente para facilitar la “espontánea” deserción de tres policías buscando asilo en la tranquila y próspera Colombia.  La prensa, empero, nada dijo de los atentos “directores de escena” que, desde el lado colombiano del puente, les indicaban a los desertores cómo debían actuar, por donde entrar,  qué decir y les gritaban “¡levanta el arma, levanta el arma!” para que quedara en evidencia que eran policías o militares bolivarianos que huían de la “dictadura” de Maduro. Todo esto está rotundamente documentado en un video que, por supuesto, la “prensa seria” se ha cuidado muy bien de reproducir. (ver https://twitter.com/OrlenysOV/status/1099505029663412224?s=19 )
En resumen, un fiasco diplomático descomunal e  inocultable que, para desgracia de la tropa comandada por Trump sería apenas el preludio de otro aún peor.

Nos referimos a la tan publicitada reunión del Cartel de Lima en Bogotá, que para su eterno deshonor fue presidida por el Vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, cosa de que quede bien establecida la naturaleza patriótica y democrática de la oposición venezolana. El vice de Trump llegó a Bogotá para reunirse, en patética demostración de la vertiginosa declinación del otrora enorme poderío estadounidense en la región, con un grupo de segundones . En otras épocas, la llegada de un emisario de altísimo nivel de la Casa Blanca hubiera desatado un arrollador “efecto manada” y uno tras otros los nefastos presidentes neocoloniales hubieran corrido en tropel para llegar lo antes posible al besamanos oficial. Pero los tiempos han cambiado y Pence sólo pudo estrechar manos con su desprestigiado anfitrión y con el cómico bufón del magnate neoyorkino, el autoproclamado “Presidente Encargado”  Juan Guaidó. El resto eran gentes de rango inferior:  cancilleres e inclusive vice-cancilleres que con las mejores caras de circunstancias escucharon, con fingida solemnidad, la lectura del acta de defunción del plan golpista estadounidense y, casi con seguridad, del propio Cartel de Lima, habida cuenta de su comprobada inutilidad. El documento, leído con desgano y en medio de un clima deprimente, volvía todo a fojas cero y re-enviaba la cuestión al laberinto sin salida del Consejo de Seguridad de la ONU. Un fracaso gigantesco del gobierno de Estados Unidos en un área que algún troglodita del norte llamó no sólo su “patio trasero” sino su “puerta trasera”.  Los plazos para la “salida” de Maduro (primero planteados por Pedro Sánchez, desde Madrid y luego reiterados por Trump, Pompeo, Pence, Bolton y todos los hampones que hoy se cobijan bajo las alas del presidente norteamericano) se disiparon como una vaporosa niebla matinal bajo el ardiente sol del Caribe venezolano. No sólo eso, ante las evidentes muestras de la declinación  del poder imperial los lacayos neocoloniales optaron por ponerse a salvo del desastre y en un gesto inesperado declararon su oposición a una intervención militar en Venezuela. Los bravos guerreros del sur percibieron que en sus propios países una intervención gringa en Venezuela -aún bajo la infructuosa cobertura de una operación de “fuerzas conjuntas” con militares colombianos o de cualquier otro país- sería impopular y les ocasionaría serios costos políticos y optaron por salvar sus expuestos pellejos y dejar que Washington se encargara del asunto.

¡Qué puede hacer ahora Trump? Víctima de su verborragia y la brutalidad de los torvos gangsters que lo asesoran y aconsejan, ¿extraerá ahora a la última carta del mazo, la opción militar, esta que siempre estuvo sobre la mesa? Difícil que un personaje como él admita tan impresionante derrota diplomática y política sin un gesto violento, una puñalada artera. Por lo tanto, no habría que descartar esa posibilidad aunque creo que la probabilidad de una invasión estilo Santo Domingo 1965 o Panamá 1989 es muy baja. El Pentágono sabe que Venezuela no está desarmada y que una incursión en tierras de Bolívar y Chávez no sería lo mismo que la invasión en la inerme Granada de 1983 y  ocasionaría numerosas bajas entre los invasores.  Escenarios  alternativos: (a) provocar escaramuzas o realizar bombardeos tácticos en la larga e incontrolable  frontera colombo-venezolana; (b) subir un escalón y atacar objetivos militares dentro del territorio venezolano, desafiando empero una represalia bolivariana que podría ser muy destructiva y alcanzar, inclusive, las bases que EEUU tiene en Colombia o las que la OTAN tiene en Aruba y Curazao; o (c) sacrificar a Juan Guaidó, desecharlo debido a la inutilidad de toda la maniobra, y culpar del magnicidio al gobierno bolivariano. Con esto se buscaría crear un clima mundial de repudio que justificaría, con la ayuda de la prensa canalla, una operación militar de vasta envergadura. Claro que esta sería una jugada de altísimo costo político porque la credibilidad que tendría el gobierno de Estados Unidos ante un hecho de este tipo es igual a cero. Si Washington hizo estallar al acorazado Maine en la Bahía de La Habana en 1898 (enviando a la muerte de 254 marineros) para justificar la declaración de guerra contra España y quedarse con Cuba; si para entrar en la Segunda Guerra Mundial el presidente Franklin D. Roosevelt consintió en permitir que la Armada Imperial Japonesa atacara “por sorpresa” a Pearl Harbor en diciembre de 1941 ocasionando la muerte a unos 2500 marineros e hiriendo a otros 1300,  ¿quién podría creer que si algo malo le sucede a Guaidó, que nadie desea, el culpable podría ser otro que el gobierno de Estados Unidos? Los próximos días comenzará a develarse esta incógnita. Lo cierto, sin embargo, es que por ahora toda la operación golpista pergeñada por los hampones de Washington ha ido de fracaso en fracaso.


Última edición por pablo13 el Sáb Mar 02, 2019 2:59 am, editado 2 veces
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Mensaje por pablo13 el Sáb Mar 02, 2019 2:41 am

VENEZUELA, UNA NUEVA BATALLA DE STALINGRADO

El imperio parece dispuesto a todo. Amenaza, ruge, insulta, extorsiona, sabotea, miente, difama, moviliza a su tropa latinoamericana y europea, gobernantes que dan verguenza y que son repudiados por sus pueblos convertidos de la noche a la mañana en vestales y custodios de la democracia, la libertad, la justicia y los derechos humanos. Pero hasta ahora no han podido, y la voluntad de las organizaciones chavistas y su gobierno ha sido indoblegable. Necesitamos TODA LA SOLIDARIDAD INTERNACIONAL QUE SEA POSIBLE .

Si esta brutal ofensiva de un gobierno como el de Trump que ha proseguido y profundizado la política seguida por Barack Obama, "el progre" -en realidad, un "nigger Tío Tom" como los afroamericanos caracterizan a los de su etnia que piensan y actúan como los esclavócratas que los oprimieron por siglos- que preparó el terreno para la agresión actual al emitir una orden presidencial declarando que Venezuela era "una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos, (y) declaro por medio de la presente una emergencia nacional a los fines de hacer frente a dicha amenaza."
Esta aberrante declaración abrió la puerta a la brutalidad de Trump, menos sofisticado que su predecesor pero igualmente identificado con el proyecto imperial norteamericano que no sólo se propone reapoderarse de Venezuela sino también de Cuba, acabar con el sandinismo en Nicaragua y con Evo en Bolivia y retornar al continente a la situación en que se encontraba en vísperas de la revolución cubana. NO PODEMOS PERMITIR QUE TAL COSA OCURRA. Tantos años de luchas, de sacrificios, de torturas, cárceles, exilios, de vidas ofrendadas altruístamente para construir una nueva sociedad no pueden ser arrojados por la borda ante la prepotencia de la Casa Blanca. Por eso NO HAY OTRA ALTERVATIVA QUE VENCER, que derrotar al imperio que, como decía Martí, sólo reconoce al "derecho bárbaro, como único derecho: esto será nuestro porque lo necesitamos". Necesitan el petróleo, el oro y el coltan de Venezuela y serán capaces de perpetrar cualquier crimen con tal de conseguirlos.

Por primera vez desde el momento más álgido de la Guerra Fría Estados Unidos se siente amenazado. Pero lo de ahora es más grave, porque no es tan sólo un país quien le preocupa (anteriormente era la URSS) sino la enorme convulsión del tablero geopolítico mundial que ha visto surgir nuevos y poderosos centros de poder (China, Rusia, India, Turquía, etcétera) ante el cual EEUU no tiene respuestas: o apelar a la violencia o amenazar con ella. Es un tigre cebado porque perdió en Afganistán, perdió en Irak, no han podido con Irán, perdió en Siria, está perdiendo en Yemen y su única victoria, horrible, inmunda por sus mentiras y su crueldad, fue Libia. Quieren otra, en Nuestra América. Pero no la van a conseguir. Serán derrotados. Ya lo están siendo diplomáticamente. Ya también comienzan a retroceder en el terreno mediático porque su proliferación de "fake news" carcomen su credibilidad. Habrá que mantener la cohesión y el espíritu combativo para infligirles la derrota definitiva que demuestre que Nuestra América ha comenzado a transitar por el camino de la Segunda y Definitiva Independencia.
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Mensaje por pablo13 el Sáb Mar 02, 2019 3:28 am

El articulo es del 2017, pero tiene pasajes interesantes que encajan muy bien en un contexto que ha ido mutanto, pero que mantiene iguales factores de contienda.

LA IZQUIERDA FRENTE A VENEZUELA
                     
13.6..2017

¡Hola! Comparto este largo artículo de Claudio Katz en donde acertadamente examina las posturas de distintas variantes de la izquierda ante la situación Venezolana. Muy interesante, lleno de sugerentes observaciones, buena crítica a los errores del gobierno bolivariano y a los "horrores" de una autoproclamada izquierda que de tal sólo tiene el nombre.
               


Claudio Katz

Durante los últimos dos meses Venezuela afrontó una terrible oleada de violencia. Ya se computan más de 60 muertos entre escuelas saqueadas, edificios públicos incendiados, transportes públicos destruidos y hospitales evacuados. Los grandes medios de comunicación sólo transmiten en cadena denuncias macabras del gobierno. Han instalando la imagen de un dictador en conflicto con los demócratas de la oposición.

Pero los datos de lo ocurrido no corroboran ese relato, especialmente en lo referido a los fallecidos. Cuando totalizaban 39, un primer informe destacó que sólo 4 fueron víctimas de las fuerzas de seguridad. El resto murió en saqueos o confusas balaceras al interior de las movilizaciones opositoras. Otra evaluación señaló que el 60 por ciento de los ultimados era totalmente ajeno a la confrontación.

Estas caracterizaciones son coherentes con las estimaciones que atribuyen gran parte de los asesinatos a francotiradores ligados a la oposición. Indagaciones más recientes destacan que el grueso de los victimas perdió la vida por vandalismo o ajustes de cuenta. Existen además incontables denuncias sobre incursiones de grupos paramilitares ligados a la derecha. También hay indicios de un alto grado de violencia con protección local, en los municipios gobernados por la oposición

Estos balances sintonizan con la brutalidad fascista que introdujo el incendio de personas adscriptas al chavismo. Quemar vivo a un partidario del gobierno es una práctica más ligada a los paramilitares colombianos o al hampa, que a las organizaciones políticas tradicionales. Algunos analistas incluso estiman que sobre un total de 60 muertos 27 eran simpatizantes del chavismo. Otros afirman que al interior de las marchas opositoras actuaron unas 15.000 personas entrenadas como grupos de choque. Utilizaron capuchas, escudos y armas caseras para crear un clima caótico e instalar “territorios liberados”

Las evaluaciones que presenta la oposición son diametralmente opuestas, pero han sido refutadas por detallados informes sobre las víctimas. Como nadie reconoce la existencia de evaluaciones “independientes”, conviene juzgar lo sucedido recordando los antecedentes. En la guarimba de febrero del 2014 murieron 43 personas, en su gran mayoría ajenas al choque político o a la represión policial. También corresponde evaluar cómo reaccionaría la oposición frente a un desafío equivalente. Sus gobiernos zanjaron el  “Caracazo” de 1989 con centenares de muertos y miles de heridos.
La coyuntura venezolana es dramática, pero no explica la centralidad del país en todos los noticieros. Situaciones de mayor gravedad en otros países son totalmente ignoradas por los mismos medios.
Desde el comienzo del año en Colombia fueron asesinados 46 líderes sociales y en los últimos 14 meses perecieron 120. Entre el 2002 y 2016 las fuerzas paramilitares masacraron a 558 dirigentes populares y el número de sindicalistas aniquilados en las últimas dos décadas asciende a 2500. ¿Por qué razón ninguna emisora de peso menciona esta continuada sangría en el principal vecino de Venezuela?  
         
El panorama de México es más aterrador. Todos los días algún periodista incrementa la incontable lista de estudiantes, maestros y luchadores sociales asesinados. En el clima de guerra social impuesto por las “acciones contra el narcotráfico” desaparecieron  29.917 personas. ¿Este nivel de masacre no debería suscitar más atención periodística que Venezuela?
           
Honduras es otro caso espeluznante. Junto a Berta Cáceres fueron ultimados otros quince militantes. Entre 2002-2014 la cifra de defensores del medio ambiente asesinados se elevó a 111. El listado de victimas del horror ignorado por la prensa hegemónica podría extenderse a los presos políticos de Perú. Muy pocos conocen, además, los padecimientos afrontados por el dirigente independentista portorriqueño Oscar López Rivera durante sus 35 años de prisión. La mayoría de la población latinoamericana simplemente desconoce las tragedias imperantes en los países gobernados por la derecha. El doble estándar informativo confirma que el protagonismo de Venezuela en las pantallas, no obedece a preocupaciones humanitarias.

MODALIDADES DE UN GOLPE

La cobertura mediática apuntala el golpismo de la oposición. Como no pueden perpetrar una clásica asonada pinochetista, ensayan procesos destituyentes centrados en el disloque de la sociedad. Retoman lo intentado en febrero del 2014, para consumar un golpe institucional semejante al efectivizado en Honduras (2009), Paraguay (2014) o Brasil (2016). Pretenden imponer por la fuerza lo que posteriormente validarían en las urnas.
         
La derecha carece de la fuerza militar utilizada en el pasado para recuperar gobiernos. Pero intenta recrear esa intervención con escaramuzas frente a los cuarteles, incendios de estaciones policiales o marchas hacia las sedes militares.

Su plan combina el sabotaje de la economía con la virulencia callejera a través de grupos armados, que a diferencia de Colombia actúan en forma anónima. Se mezclan con el hampa y aterrorizan a los comerciantes. Estas acciones incluyen los métodos fascistas auspiciados por las corrientes más violentas del antichavismo. Se apropian de la simbología insurgente forjada por los movimientos populares y presentan su acción depredadora como una gesta heroica. Su líder Leopoldo López no es un inocente político. Cualquier tribunal ajustado a derecho, lo hubiera condenado a perpetua por sus responsabilidades criminales. La derecha propicia un clima de guerra civil para desmoralizar a las bases del chavismo, afectadas por la falta de alimentos y medicinas. Presiona explícitamente por una intervención extranjera y negocia con los bancos acreedores una interrupción de los créditos al país.
La oposición pretende linchar a Maduro para enterrar al chavismo. Dirime su batalla en las calles, en la conquista de la opinión pública y en el colapso de de la economía. Considera a los comicios como una simple coronación de esa ofensiva. Pero afronta obstáculos crecientes. El predominio de los violentos en sus marchas aleja al grueso de los descontentos y desgasta a los propios manifestantes. Como ya ocurrió en el 2014 el rechazo a los fascistas socava a toda la oposición. La permanencia de Maduro disuade, además, la concurrencia a las marchas. No han logrado penetrar en los barrios populares, donde siempre afrontan el riesgo de una adversa confrontación armada.

La gran burguesía venezolana instiga el golpe con el sostén regional de Macri, Temer, Santos y Peña Nieto. Impulsa desde hace meses en la OEA un plan desestabilizador. Pero tampoco ha logrado resultados en ese terreno. Las sanciones contra Venezuela no prosperaron por la oposición de varias cancillerías y quedó bloqueada la unanimidad que en los años 60 tenía la expulsión de Cuba.
Es también notorio el protagonismo golpista de los Estados Unidos, que intenta recuperar el control de la principal reserva continental de crudo. El Departamento de Estado busca repetir los operativos de Irak o Libia, sabiendo que luego de tumbar a Maduro nadie se acordará dónde queda Venezuela. Basta observar como los medios omiten en la actualidad, cualquier mención de los países ya intervenidos por el Pentágono. Una vez liquidado el adversario los informativos se ocupan de otros temas.

Las metas estratégicas del imperialismo no son registradas por quienes resaltan el coqueteo de algún diario yanqui con el presidente venezolano o las ambigüedades verbales de Trump. Suponen que esos irrelevantes datos ilustran la ausencia de conflicto entre el Estados Unidos y el chavismo. Pero no registran que la inmensa mayoría de la prensa ataca virulentamente a Maduro y que el multimillonario de la Casa Blanca desmiente cada día lo afirmado en la jornada anterior.

Trump no es indiferente, ni neutral. Simplemente delega en la CIA y el Pentágono la implementación de una conspiración diseñada a través de los planes Sharps y Venezuela Freedom 2. Esas operaciones incluyen espionaje, despliegue de tropas y cobertura del terrorismo. Se desenvuelven en forma sigilosa, mientras la gran prensa descalifica cualquier denuncia sobre esos preparativos. Cuestionan especialmente las “exageraciones de la izquierda”, para que nadie moleste a los conspiradores.
Algunos analistas estiman que la presencia de Chevron en Venezuela -o los continuados negocios de PDVSA en Estados Unidos- ilustran una estrecha asociación entre ambos gobiernos. Deducen de esa relación la ausencia de un escenario golpista. Pero esas conexiones no alteran en lo más mínimo la decisión imperial de derrocar al gobierno bolivariano.

Las actividades de empresas yanquis en Venezuela (y de sus contrapartes en Estados Unidos) han persistido desde el inicio del proceso chavista. Pero tanto Bush, como Obama y Trump han buscado recuperar el manejo imperial directo del petróleo. No les alcanza con una tensa relación de socios o clientes. Pretenden instaurar el modelo de privatización imperante en México y expulsar a Rusia y China de su patio trasero.

LA ACTITUD DE LA IZQUIERDA

Si el diagnostico de un golpe reaccionario es correcto la postura de la izquierda no debería suscitar divergencias. Nuestros principales enemigos son la derecha y el imperialismo y doblegarlos es siempre una prioridad. Este principio elemental debe ser reafirmado en los momentos críticos, cuando lo obvio puede tornarse difuso. Cualquiera fueran nuestras críticas a Salvador Allende nuestra batalla central era contra Pinochet. Y correspondía adoptar la misma conducta frente a los gorilas argentinos de 1955 o los saboteadores de Arbenz, Torrijos y los distintos gobiernos antiimperialistas de la región. Esta misma postura supone hoy en Venezuela apuntalar una acción común contra la escala derechista.
           
En los escenarios de golpe también resulta indispensable distinguir a los responsables de la crisis. No es lo mismo los causantes de un desastre que los impotentes para resolverlo. Esta diferencia se verifica en el terreno económico. Los errores cometidos por Maduro son tan numerosos como injustificables, pero los culpables del deterioro actual son los capitalistas. El gobierno es tolerante o incapaz. No se ubica en el mismo plano. Quiénes comenten el garrafal error de identificar a ambos sectores confunden responsabilidades de distinta índole.

Los desaciertos del gobierno se han verificado en el inoperante cambio de billetes, en el inadmisible endeudamiento externo o en el descontrol de los precios y del contrabando. Pero el desplome de la economía ha sido causado por los acaudalados que manipulan las divisas, disparan la inflación, manejan los bienes importados y desabastecen la provisión de bienes básicos.

El Ejecutivo no responde o actúa mal por muchas razones: ineficiencia, tolerancia a la corrupción, amparo a la boliburguesía, connivencia con millonarios disfrazados de chavistas. Por eso no corta el sostén a los grupos privados que reciben dólares baratos para importar caro. Pero el desmoronamiento de la producción ha sido una acción de la clase dominante para tumbar a Maduro. Desconocer ese conflicto retrata un insólito nivel de miopía. Esta ceguera impide registrar otro dato clave del momento: la resistencia del chavismo a la embestida derechista. Con métodos y actitudes muy cuestionables Maduro no se rinde. Mantiene el verticalismo del PSUV, favorece la proscripción de las corrientes críticas y preserva una burocracia que asfixia las respuestas desde abajo. Pero a diferencia de Dilma o de Lugo no se entrega. Se ubica en las antípodas de la capitulación que consumó Syriza en Grecia.

Esa postura explica el odio de los poderosos. El gobierno adoptó la excelente decisión de retirarse de la OEA. Abandonó el Ministerio de Colonias y concretó la ruptura que siempre ha exigido la izquierda. Esta decisión debería suscitar el contundente apoyo que muy pocos han explicitado.
Como toda administración acosada por la derecha, el gobierno recurre a la fuerza para defenderse. Los comunicadores del establishment denuncian esa reacción con un infrecuente grado de histeria. Se olvidan de las justificaciones que habitualmente aportan para gobiernos de otro signo frente situaciones semejantes. Pero Maduro también ha recibido cuestionamientos inversos por su relativa contemplación hacia los fascistas. Sólo adoptó medidas acotadas ante al salvajismo opositor.
En esa respuesta el oficialismo seguramente ha cometido injusticias. Es el lamentable costo de cualquier enfrenamiento significativo con la contrarrevolución. Esas adversidades han estado presentes en todas las batallas contra la reacción desde Bolívar hasta Fidel. Hay que evitar en este delicado terreno la auto-indulgencia, pero sin repetir las calumnias que propaga la oposición.
Actualmente Maduro dirige sus cañones contra la brutalidad derechista y no contra el pueblo. No perpetró ninguna masacre de militantes de izquierda, ni participó en aventuras bélicas instigadas por Estados Unidos.

POSTURAS SOCIALDEMÓCRATAS

En los últimos meses se han multiplicado también entre los adversarios de la derecha, las miradas que culpan a Maduro por el desgarro de Venezuela. Esas opiniones repiten la vieja actitud socialdemócrata de sumarse a la reacción en los momentos críticos.

Cuestionan la legitimidad del gobierno con los mismos argumentos de la oposición. En lugar de acusar a la CIA, a los escuálidos o a la OEA, concentran sus objeciones sobre el chavismo. Adoptan esa postura en nombre de un ideal democrático tan abstracto, como divorciado de la batalla por definir quién prevalece en el manejo del estado. Esa postura ha incidido en varios pensadores del pos-progresismo ligados al autonomismo. No sólo acusan a Maduro por la situación actual. Afirman que reforzó un liderazgo autoritario para mantener el modelo rentista petrolero. Esta caracterización es muy semejante a la tesis liberal que atribuye todos los problemas de Venezuela a políticas populistas, implementadas por tiranos que malgastan los recursos del estado. Con un lenguaje más diplomático el diagnóstico es semejante. Otras miradas del mismo signo resaltan en forma más categórica la responsabilidad del líder chavista. Convocan, además, a evitar el “simplismo conspirativo de culpar a la derecha o al imperialismo” por el drama del país. ¿Pero las conspiraciones de la reacción son imaginarias? ¿Los asesinatos, los paramilitares y los planes del Pentágono son paranoicas invenciones bolivarianas?

Sin responder a este elemental interrogante, esa postura también descarta cualquier comparación con lo ocurrido en Chile en 1973. Pero tampoco explica la invalidez de esa analogía. Presupone las diferencias entre ambas situaciones como un sobreentendido, sin notar las enormes semejanzas que existen en el terreno del desabastecimiento, la irritación conservadora de la clase media o la intervención de la CIA.

Los paralelos objetados con Allende son en cambio aceptados para el caso del primer peronismo, que es visto como un antecedente directo del chavismo. ¿Pero el parecido se ubica en los años de estabilidad o en los momentos previos al golpe del 55? La preocupación por la escalada de violencia sugiere que la semejanza está referida a este último período. Y en una situación de ese tipo: ¿Cuál era la prioridad? ¿Confrontar con el autoritarismo de Perón o resistir a los gorilas?  
       
Los socialdemócratas y pos-progresistas enfatizan la culpabilidad autoritaria de Maduro. Por eso desdeñan el peligro golpista y desestiman la necesidad de preparar alguna defensa contra las provocaciones de la derecha. Pero las consecuencias de esa actitud se verifican cuando los oligarcas y sus bandidos recuperan el gobierno. Lo ocurrido hace poco en Honduras, Paraguay o Brasil, ni siquiera suscita alertas entre los diabolizadores del chavismo.
         
También objetan el extractivismo, el endeudamiento y los contratos petroleros. Pero no explicitan si postulan alternativas anticapitalistas y socialistas frente a estas evidentes falencias de Maduro. Lo mismo ocurre con el desabastecimiento y la especulación. ¿Proponen actuar con mayor firmeza contra los banqueros y los pulpos comerciales? ¿Promueven medidas de confiscación, nacionalización o control popular directo? Para la adopción de estas iniciativas podrían concebir puentes con el gobierno, pero nunca con la oposición. Los detractores del chavismo soslayan esta diferencia.

CONVOCATORIAS POS-PROGRESISTAS

 La óptica socialdemócrata ha signado el urgente llamado a la paz que firmaron numerosos intelectuales. Esa declaración promueve un proceso de pacificación, rechazando tanto la deriva autoritaria del chavismo como la actitud violenta de sectores de la derecha. La convocatoria propicia un equilibrio para superar la polarización y recurre a un lenguaje más próximo a las cancillerías que la militancia popular. Este tono es acorde con la implícita adscripción a una teoría de los dos demonios. Frente a ambos extremos propone transitar por la avenida del medio.
Pero esa equidistancia queda inmediatamente desmentida por la responsabilidad primordial que le asigna al gobierno. Subraya esa culpabilidad no sólo ignorando el acoso de la derecha. El imperialismo es apenas mencionado al pasar.

El texto recibió una contundente respuesta auspiciada por la REDH y suscripta por muchos intelectuales. Esa crítica objeta acertadamente la fascinación con el republicanismo convencional y recuerda la preeminente gravitación de fuerzas extra-constitucionales en las situaciones críticas.
 La recaída liberal de los pensadores pos-progresistas recrea lo ocurrido con los gramscianos socialdemócratas de los años 80. La enemistad de ese grupo con el leninismo y la revolución cubana se asemeja a la hostilidad actual hacia el chavismo. Varios firmantes del llamamiento han transitado por los dos periodos. Pero la vertiente socialdemócrata actual es tardía y carece de la referencia política que aportaba el PSOE español. La deriva social-liberal de ese partido ha demolido por completo el imaginario progresista inicial  Esa orfandad quizás explica el actual reencuentro con el viejo liberalismo. En algunos casos ese desemboque corona la división que afectó a distintas variantes del autonomismo. Las posturas frente al proceso bolivariano desencadenaron esa fractura. Quienes optaron por situarse en la vereda opositora cuestionan a los que se “aferran al chavismo”. Pero este segundo sector maduró las insuficiencias precedentes y ha sabido comprender la necesidad de batallar por el poder del estado, en perspectivas socialistas afines al marxismo latinoamericano.
En cambio el otro segmento, continúa navegando en la ambigüedad de generalidades sobre el anti-patriarcado y el anti-extractivismo, sin ofrecer ningún ejemplo concreto de lo que propone. Al quedar absorbidos por el universo liberal, sus enigmáticas vaguedades ya no enriquecen el pensamiento de la izquierda. Entre olvidos de la lucha de clases y fascinaciones por la institucionalidad burguesa, sus denuncias del extractivismo se convierten en una pintoresca curiosidad.

DESPISTES DEL DOGMATISMO

Un discurso convergente con la socialdemocracia es también propagado con argumentos sectarios. En este caso Maduro es presentado como un gobierno corrupto, entreguista y ajustador que consolida un régimen dictatorial. En otras ocasiones esa misma ilegitimidad es descripta con categorías más indirectas (presidente de facto) o sofisticadas (jefe bonapartista). Pero todas las variantes coinciden en subrayar la responsabilidad primordial de un gobierno autoritario que desgarra al país. La sintonía de este enfoque con el relato de medios salta a la vista. Pero el principal problema no se ubica en la retórica, sino en la acción práctica. Todos los todos los días hay marchas de la derecha y del gobierno. Los abanderados del rigor socialista: ¿A cuál de las dos movilizaciones concurren? ¿Con cuál se identifican? Si estiman que el oficialismo es el enemigo principal deberían hacer causa común con los escuálidos de las guarimbas. En Buenos Aires, por ejemplo, convocaron en mayo pasado a una movilización exigiendo la salida de Maduro. Todos los transeúntes que observaron esa marcha, percibieron con claridad quién ocuparía inmediatamente la presidencia de Venezuela, si se derroca al actual mandatario. Notaron también la total coincidencia de este llamado con los mensajes emitidos cotidianamente por los noticieros. No es la primera vez que sectores provenientes de la izquierda convergen tan nítidamente con la derecha. Un antecedente en Argentina bajo el kirchnerismo fue la presencia de banderas rojas en las marchas agro-sojeras y en las manifestaciones de los caceroleros. Pero lo que fue patético en Buenos Aires puede tornarse dramático en Caracas.

Otras visiones equiparan a Maduro con la oposición, estimando que bajo la mascarada de una aparente contraposición se esconden coincidencias mayúsculas. Por eso especulan sobre el momento en que esa convergencia se tornará explicita. Esta curiosa interpretación contrasta con las batallas campales entre ambos sectores que registra el resto de los mortales. Resulta un poco difícil interpretar a las guarimbas, los asesinatos y las amenazas del Pentágono como una reyerta ficticia entre dos allegados. La única lógica de esa presentación es quitar dramatismo al conflicto actual, para interpretarlo como una simple lucha inter-burguesa por la apropiación de la renta. Por esa razón el totalitarismo de Maduro es visto como un peligro equivalente (o superior) a la oposición.
El mayor problema de ese enfoque no es su despiste, sino la implícita neutralidad que propicia. Como todos son iguales, el auto-golpe atribuido al gobierno es equiparado al golpe que propicia la derecha.
Pero esa equivalencia es obviamente falsa. En Venezuela no actúan las dos vertientes reaccionarias, que por ejemplo en Medio Oriente corporizan el yihadismo y las dictaduras. Tampoco prevalece el tipo de contrapunto entre trogloditas que oponía en Argentina a Isabel Perón con Videla.

El choque entre Maduro y Capriles-López se asemeja a la confrontación de Allende con Pinochet, de Perón con Lonardi o más recientemente de Dilma con Temer. Como no son iguales el triunfo de la derecha implicaría una terrible regresión política. La neutralidad frente a esta disyuntiva es sinónimo de pasividad y retrata un grado de impotencia mayúscula frente a los grandes acontecimientos. Implica renunciar a la participación y compromiso con causas reales. Como esa actitud da por sentado que el chavismo se acabó, limita todo su horizonte a redactar un balance de esa experiencia. Pero el mayor fracaso en la acción política nunca afecta a los procesos inacabados o frustrados. Lo peor es la intrascendencia frente a las grandes gestas. Cualquiera sean los cuestionamientos a Maduro, el desenlace de Venezuela define el destino inmediato de toda la región. Si triunfan los reaccionarios prevalecerá un escenario de derrota y una sensación de impotencia frente al imperio. El fin del ciclo progresista será un dato y no un tema de evaluación entre pensadores de las ciencias sociales. La derecha lo sabe y por eso acelera las campañas contra los intelectuales que defienden al chavismo. La reciente andanada de Clarín es un anticipo de la arremetida que preparan en un escenario regional pos-Maduro. Los sectarios no registran siquiera ese peligro.

COMICIOS FICTICIOS

En lo inmediato hay dos opciones políticas en juego: la derecha exige adelantar las elecciones generales y gobierno convocó a una Asamblea Constituyente. La oposición sólo está dispuesta a participar en comicios que le aseguren el primer puesto. De las 19 elecciones realizadas bajo el chavismo, los bolivarianos ganaron 17 y reconocieron de inmediato las derrotas restantes. En cambio la derecha nunca aceptó resultados adversos. Siempre denunció algún fraude o recurrió al boicot. Cuando triunfó en elecciones parciales exigió la inmediata caída del gobierno.

En diciembre del 2015 obtuvieron mayoría en la Asamblea Nacional y proclamaron el derrocamiento de Maduro. Intentaron varios desconocimientos posteriores, recurrieron a la instalación de diputados truchos y falsificaron firmas para el revocatorio. Capriles, Borges y López promueven ahora elecciones ficticias, en medio de la guerra económica y la provocación callejera. Auspician comicios tipo Colombia, donde entre voto y voto hay centenares de militantes populares asesinados. Pretenden concurrir a las urnas como Honduras bajo la presión del crimen de Berta. Promueven las votaciones que imperan en México entre cadáveres de periodistas, estudiantes y docentes.

Sería un terrible error sumarse a elecciones concebidas para preparar un cementerio de chavistas. A Maduro le exigen realizar comicios en un clima de guerra civil que ningún gobierno suele aceptar.
Venezuela atraviesa por una situación parecida a la prevaleciente en Nicaragua en el ocaso del primer sandinismo. El cerco militar y el desabastecimiento desgastaron a un pueblo exhausto, que votó a la derecha por simple agotamiento. En esas condiciones los comicios tienen un ganador preestablecido.
En cambio la comparación con el escenario que rodeó a la caída de la Unión Soviética carece de sentido. Venezuela no es una potencia que afronta la implosión interna, al cabo de un largo divorcio del régimen con la población. Es un vulnerable país latinoamericano acosado por Estados Unidos.
Algunos pensadores dan por descontado ese rol opresivo del imperialismo, para sugerir que no es determinante de la crisis actual. Suponen que las insistentes denuncias de esa dominación constituyen “un dato ya sabido” o un simple ritual de la izquierda. Pero olvidan que nunca está demás subrayar el demoledor impacto que ejercen las agresiones del Norte, sobre los gobiernos enemistados con Washington.

Todo el espectro de ex chavistas que acompaña el reclamo de elecciones generales confunde la democracia con el republicanismo liberal. Han perdido de vista cómo el derecho al autogobierno es sistemáticamente obstruido por la institucionalidad burguesa. Por ese impedimento la inmensa mayoría de los regímenes constitucionales han perdido legitimidad. Cada vez resulta más evidente que la clase dominante utiliza los sistemas de votación para consolidar su poder. Ejerce ese control manejando la economía, la justicia, los medios de comunicación y el aparato represivo. La democracia real sólo puede emerger en un proceso socialista de transformación de la sociedad.
Es cierto que Maduro canceló el referéndum revocatorio, suspendió elecciones regionales y proscribió a políticos opositores. Estas medidas forman parte de una reacción ciega frente al acoso. Pero el líder chavista confronta con la hipocresía de mayor porte que exhiben los defensores de los regímenes electorales actuales.

Basta observar cómo en Brasil el impeachment fue consumado por un grupo de bandidos, con el amparo de los jueces y parlamentarios que manipulan el sistema de selección presidencial indirecta. A la OEA ni se le ocurrió intervenir frente a esa grosera violación de los principios democráticos.
El establishment tampoco se indigna ante el colegio electoral que ungió a Trump, luego de recibir varios millones de votos menos que Hilary. Les parece natural la monarquía imperante en España o Inglaterra o los burdos enjuagues que rodean a manipulación de cualquier elección en México. La sacro-santa democracia que exigen para Venezuela está complemente ausente en todos países capitalistas.

LAS POSIBILIDADES DE LA CONSTITUYENTE

Es evidente que la mejor oportunidad para una Constituyente transformadora se perdió hace varios años. El llamado actual es puramente defensivo e intenta lidiar con una situación exasperante.
Pero es inútil discutir sólo lo que no se hizo. Siempre habrá tiempo para esos balances. Lo importante es dirimir ahora en qué medida la convocatoria puede reabrir un camino de iniciativa popular.
Antes del llamado a la Constituyente el gobierno se limitaba a desenvolver una confrontación puramente burocrática, entre un poder del estado y otro. Auspiciaba el choque por arriba del Ejecutivo contra el Legislativo o del Tribunal Supremo de Justicia contra la Asamblea Nacional. Ahora apela formalmente al poder comunal y habrá que ver en si ese planteo se traduce en una movilización real.
 
Hay incontables signos de cansancio y escepticismo en el seno del chavismo. Pero nadie elige las condiciones en que batalla y el principal dilema gira en torno a la continuación o el abandono de la lucha. Quiénes han resuelto no bajar los brazos apuestan al resurgimiento del proyecto popular.
Varias corrientes de izquierda con planteos muy críticos hacia la gestión de Maduro, estiman que la convocatoria actual podría destrabar una dinámica de comunas contra los manejos burocráticos[30]. Observan a la Constituyente como un imperfecto instrumento para desenvolver la disputa con los sectores del chavismo aburguesado, corrupto y boliburgués. La Constituyente podría contribuir, además, a romper el empate de los últimos meses entre guarimbas y movilizaciones del gobierno. Si es encarada en forma adecuada podría quebrar el frente de la oposición, separando a los descontentos de los fascistas. Pero es evidente que sin medidas drásticas en el plano económico-social, la Constituyente será un cascarón vacío. Si no ataca el desastre productivo con la nacionalización de los bancos, el comercio exterior y la expropiación de los saboteadores, no habrá recuperación del acompañamiento popular.
         
 Son insuficientes los paliativos ensayados para aumentar la participación de los organismos de base en la distribución de los alimentos. Hay medidas radicales que no pueden posponerse.
En cualquier alternativa no será fácil reencauzar la economía al cabo de tantos desaciertos en el terreno de la deuda, la creación de zonas especiales de inversión o la tolerancia a la fuga de capital.
Chávez realizó una gran redistribución de la renta con inéditos métodos de politización popular, pero no logró cimentar un proceso de industrialización. Chocó con los capitalistas opositores y con la boliburguesía interna y no supo desactivar la cultura rentista, que socava todos los intentos de forjar una economía productiva. Las vacilaciones en romper con la estructura capitalista explican estos adversos resultados. El contexto actual es más difícil por los acotados precios del petróleo y por el bloqueo que afrontan los proyectos de integración regional bajo restauración conservadora. Pero conviene igualmente recordar que todos los procesos revolucionarios despegaron en la adversidad y la Constituyente aporta un marco para retomar la iniciativa. Algunos críticos de ese llamado objetan la modalidad sectorial y comunal de elección. Afirman que con ese formato la “asamblea será trucha, corporativa o ilegítima”. También aquí repiten el endiosamiento que hace la derecha (cuando le conviene) del constitucionalismo convencional. Esa reivindicación no sorprende entre comunicadores del establishment, pero inquieta entre los entusiastas de la revolución rusa.

Al cabo de tres décadas de regímenes pos-dictatoriales muchos han olvidado las duplicidades de la democracia burguesa. Convendría recordar cómo Lenin y Trotsky defendieron en 1917 la legitimidad de los soviets, desconociendo una Asamblea Constituyente que rivalizaba con el poder revolucionario.
La coyuntura venezolana actual es muy distinta. Pero la revolución bolchevique  no sólo enseñó a registrar el trasfondo social, los conflictos de clase y los intereses en juego. Indicó también un camino para superar la hipocresía del liberalismo burgués y confirmó que los actos de fuerza contra la reacción, forman parte de la confrontación con la barbarie derechista. La izquierda deberá definir si converge con la oposición en el boicot o participa en la Constituyente. También cabe una tercera opción para un minúsculo auditorio, con mensajes de “si, no y todo lo contrario”.  En el resto de la región urge la solidaridad. Tal como ocurrió con Cuba durante el periodo especial hay que poner el hombro en las situaciones difíciles. Cabe esperar que muchos compañeros asuman esa actitud antes que sea tarde.

REAGRUPAMIENTO INTELECTUAL

Venezuela suscita no sólo intensos debates. También ha determinado significativos reagrupamientos de intelectuales que suscribieron llamamientos contrapuestos. Ese posicionamiento ha sido más relevante que los controvertidos detalles de las distintas declaraciones. Se ha consumado una gran división de campos. La convocatoria socialdemócrata impugnada por el texto de la REDH fue complementado por otras respuestas contundentes. La delimitación política ha sido vertiginosa.
Frente a la tensión creada por los manifiestos varios firmantes convocaron a preservar el dialogo fraternal. Ese respeto es indispensable, pero las reacciones indignadas se explican por lo que está en juego. Si la derecha se impone sobrará el tiempo para los lamentos y los seminarios de investigación de lo ocurrido.

Como la primera declaración contiene un llamado a la paz, muchos pensadores adhirieron en forma espontánea para favorecer un freno de la violencia. Al evaluar más detenidamente el contenido del texto, algunos retiraron su adhesión y otros la mantuvieron con argumentos defensivos. Resaltan su continuada solidaridad con el proceso bolivariano o remarcan sus discrepancias con otros firmantes.
Pero lo más significativo ha sido la rápida y generalizada reacción que suscitó el documento antichavista y el gran rechazo que generó el planteo socialdemócrata. Ese impulso indujo a una súbita convergencia de intelectuales de la izquierda y el nacionalismo radical. Si este entrelazamiento se consolida, Venezuela habrá despertado un reencuentro del pensamiento crítico con las tradiciones revolucionarias de América Latina.                                              

RESUMEN

Los medios silencian la violencia de la oposición venezolana y la represión imperante en los gobiernos derechistas de la región. La estrategia de golpe institucional afronta serios límites, pero la izquierda debe confrontar con esa amenaza, apoyando decisiones antiimperialistas y distinguiendo el boicot capitalista de la inoperancia oficial.

Siguiendo pautas socialdemócratas, el pos-progresismo objeta al chavismo, desecha el peligro golpista e identifica erróneamente al autoritarismo. Los dogmáticos  ignoran al enemigo principal y convergen con los conservadores o se deslizan hacia una pasiva neutralidad.
La derecha sólo pretende comicios que le aseguren primacía. En condiciones muy adversas la Constituyente reabre oportunidades y suscita un reencuentro de la intelectualidad radical.

http://www.atilioboron.com.ar/2017/06/la-izquierda-frente-venezuela.html
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Mensaje por pablo13 el Miér Mar 06, 2019 11:19 pm

Salvador Allende: "no en mi nombre"


Ariel Dorfman publicó en la edición del 21 de Febrero del 2019  de Página/12 una nota titulada “Palabras de Salvador Allende para Maduro”  en la cual imaginó los consejos que supuestamente el difunto presidente chileno le ofrecería al líder bolivariano para enfrentar exitosamente los desafíos de la actual coyuntura. A continuación, la imaginaria réplica que Allende le dirigiría a su intérprete. ( https://www.pagina12.com.ar/176296-palabras-de-salvador-allende-para-maduro )

(Por Atilio A. Boron) Usted sabe muy bien, querido Ariel Dorfman, que soy respetuoso con los demás pero inflexible en la defensa de mi dignidad personal y la integridad de mis creencias y valores. Y usted ha abusado la confianza que le supe otorgar “imaginando” razonamientos y consejos que yo le podría dar al presidente legítimo de Venezuela que no reconozco como propios. Son suyos, y los respeto, pero no los comparto y le solicito, con amabilidad pero con firmeza, que no me los atribuya a mí. Son demasiadas las tergiversaciones que usted hace de mi pensamiento y los olvidos o silencios en que incurre en su carta. Esto me obliga a escribir estas líneas como un aporte para arrojar cierta luz sobre la enorme confusión que, desgraciadamente, hoy se ha instalado en la izquierda de nuestro país y que la induce a adoptar posturas incompatibles con su noble tradición anticapitalista y antiimperialista.

Como usted sabe, yo soy médico, y como tal nunca limité mi conducta profesional al mero estudio de las manifestaciones externas de una enfermedad. Debía, y siempre lo hice, buscar el origen, sus causas. Y lo misma actitud mantuve a lo largo de toda mi vida política. Voy al grano. En su imaginaria carta al presidente Nicolás Maduro usted dice que el “experimento chileno –llegar al socialismo por medios pacíficos– se encontraba asediado, padeciendo formidables problemas económicos, aunque nada en comparación con el desastre humanitario que aqueja a Venezuela.”  Le confieso que me sorprende que un hombre de su talento haya obviado toda mención a las causas que se encuentran en el origen de las innegables dificultades económicas que agobian a Venezuela. Y que, además, haya asumido sin beneficio de inventario la propaganda maliciosa y perversa -como la que sufrí durante mi gobierno-  que le impide preguntarse si es cierto, como lo asegura la prensa dominada por el imperialismo, que ese país quise sufre un “desastre humanitario.” Esta expresión, cargada de maligna intencionalidad política, evoca las lacerantes imágenes que hemos visto producto de la agresión norteamericana en Irak, Siria, Yemen, Afganistán o, antes, en los Balcanes. Pero nada semejante existe en la tierra de Bolívar. ¿Desequilibrio entre salarios y precios? Seguro. ¿Hiperinflación? También. ¿Especulación, acaparamiento de bienes esenciales, mercado negro como tuvimos en Chile? De acuerdo. Pero también está la ayuda alimentaria que otorga el gobierno a través de las cajas CLAP (por Comité Local de Abastecimiento y Precios) que cada tres semanas entrega a millones de familias. Esas cajas contienen diez rubros básicos de alimentación a un irrisorio costo de unos veinte centavos de dólar.  ¿Salarios bajos? Sí. Pero también precios extravagantemente bajos, de regalo, en alimentos básicos, electricidad, gas, gasolina, transporte. No obstante,  es cierto que esto no alcanza; que subsisten muchos problemas, que se cometieron errores en el manejo macroeconómico, así como que no se procedió –hasta ahora- a combatir con el rigor necesario a la corrupción que infecta tanto a los agentes económicos privados como algunos sectores del aparato estatal.  Pero hablar de “desastre humanitario” es un disparate y convalidar desde la izquierda el discurso sedicioso de la derecha. Además,  ¿cuál es el origen de este desorden?  

Su respuesta a esta pregunta es decepcionante y jamás podría serme atribuida en cuanto señala como la causa de todos estos males al gobierno bolivariano al tiempo que ignora por completo el pérfido accionar del imperialismo norteamericano. No es un dato anecdótico que en su fantasiosa reconstrucción de mi pensamiento la palabra “imperialismo”, tantas veces utilizada a lo largo de mi vida política para denunciar la prepotencia yankee en América Latina sobre todo durante mis años como presidente de Chile, brille por su ausencia. Su asimilación del  pensamiento dominante lo impulsa a equiparar la ofensiva que en mi contra desatara aquel perverso dúo conformado por Richard Nixon y Henry Kissinger con la que hoy lanzan Donald Trump, Mike Pence, Mike Pompeo, Elliot Abrams, John Bolton, Juan Cruz y compañía. Se equivoca de medio a medio. La Casa Blanca está hoy poblada por hampones y sicarios, alguno de los cuales son asesinos seriales –Abrams, ex convicto indultado por George Bush padre es el caso más extremo pero está  lejos de ser la excepción- mientras que en mi época tenía que vérmelas con reaccionarios pero no con gangsters. Además, no puede usted desconocer que los métodos de sometimiento del imperialismo, lesivos como fueron en nuestro caso, son hoy incomparablemente más virulentos y brutales. ¿No vió acaso la filmación del linchamiento de Gadafi y la nauseabunda carcajada de HIllary  Clinton al recibir la noticia? ¿Usted cree que en algún momento Nixon hizo un llamado a las fuerzas armadas chilenas para que consumaran un golpe de estado? No. Pero Trump lo hace, y esta diferencia no es una nimiedad que pueda pasar desapercibida para un hombre de su inteligencia. En nuestro gobierno nacionalizamos el cobre, la banca, vastos sectores industriales, regulamos los mercados e hicimos la reforma agraria y jamás tuvimos que enfrentar algo semejante a las tremendas “sanciones económicas” que hoy padece el gobierno de Maduro. Teníamos muchas dificultades pero podíamos importar repuestos, medicamentos, alimentos, insumos esenciales para nuestra economía; nadie confiscaba nuestros activos en el exterior como se ha hecho con total atropello a la legalidad misma de Estados Unidos y del derecho internacional en el caso de PdVSA y sus subsidiarias; pese a las tensiones con Washington comerciábamos libremente con el resto del mundo y Europa no nos cerraba sus puertas. Tampoco compartíamos una larga frontera con un país cuyo gobierno se hubiera  convertido en un “proxy” de Estados Unidos (como desgraciadamente ocurre hoy con Colombia) y desde el cual se fomentara el contrabando de bienes básicos y se destruyera nuestra moneda.  Y ni siquiera un bandido como Nixon se atrevió a emitir una orden ejecutiva como la que, para su eterno deshonor, produjera el presidente Barack Obama el 9 de Marzo del 2015 declarando que Estados Unidos se enfrentaba a una “emergencia nacional” a consecuencia de la “amenaza inusual y extraordinaria” que Venezuela representaba para la “seguridad nacional y la política exterior” de Estados Unidos. Resumiendo: el papel del gobierno de Estados Unidos y sus cómplices europeos (el oro robado por el Banco de Inglaterra es apenas un ejemplo de tantos) ha sido una causa principalísima –por cierto que no la única- para producir la crisis económica que afecta a Venezuela y las penurias de su pueblo. Bajo tales condiciones es casi imposible construir una gobernanza macroeconómica eficiente o políticas estatales adecuadas toda vez que las principales variables no están controladas por el gobierno bolivariano sino por el de Estados Unidos. ¿No le parece que estas diferencias tendría usted que haberlas considerado cuando equiparó, a la ligera, las presiones que el imperialismo aplicó hace medio siglo contra el gobierno de la Unidad Popular con las que ejerce en nuestros días sobre la Venezuela bolivariana, muchísimo más duras y demoledoras?

Habiendo establecido esta distinción pasemos a la política. Es   cierto que en mi gobierno nunca se restringieron “los derechos de asamblea y prensa, ni menos encarceló a opositores.” ¡Pero tampoco lo hizo Maduro! ¿Cómo puede acusar de tal cosa al presidente  bolivariano, cómo puede acusarlo de “dictador” –cosa en la cual desgraciadamente coinciden vastos sectores de la extraviada izquierda  chilena y latinoamericana- cuando en las sangrientas “guarimbas” del 2014 y 2017 debió enfrentarse a una oposición que quemaba vivas a personas por “portación de cara chavista”, atacaba con bombas incendiarias jardines infantiles y hospitales, destruía la propiedad pública y privada, erigía barricadas que restringían totalmente el libre tránsito de las personas, obligadas a permanecer en sus hogares y no concurrir a sus trabajos so pena de ser ajusticiadas en el acto, disparaba con armas de fuego a quienes desobedecían sus órdenes o a las fuerzas encargadas de mantener el orden público? Todo esto, además, con el aplauso de la derecha mundial y la prensa canalla elevando a la categoría de “combatientes por la libertad” a los falsos líderes “democráticos” que promovían abiertamente la violencia sediciosa. Usted que lleva décadas viviendo en Estados Unidos, ¿cuál cree que sería la respuesta de la Casa Blanca ante una situación como la que acabo de describir? ¿Consideraría como “dictador” al presidente que hiciera todo lo posible para restablecer el orden público? No hay presos políticos en Venezuela. Sí hay políticos presos, algo totalmente distinto. Es más, le aseguro que algunos de esos políticos presos, autores intelectuales de disturbios que ocasionaron centenares de muertes en 2014 y 2017, están sufriendo condenas leves en Venezuela mientras en otros países, Estados Unidos por ejemplo, estarían sentenciados a cadena perpetua o condenados a la pena capital.

En cuanto a la libertad de reunión y expresión, el “presidente encargado” Juan Guaidó –un títere sedicioso manejado a voluntad por Washington- mantuvo en la sede de la Asamblea Nacional en Caracas, a pocas cuadras del Palacio de Miraflores donde despacha el supuesto “dictador” Nicolás Maduro, reuniones periódicas con personalidades de la política y la cultura venezolanas que acudían sin ser acosados por las autoridades. Hay fotos en los cuales se testifica esto de manera irrefutable. Este mediocre impostor puede citar a conferencias de prensa, otorgar entrevistas por radio y televisión, entrar y salir del país sin ser molestado ni él ni su familia. Los dirigentes de la oposición circulan por las calles de Caracas sin ser molestados –le consta personalmente a un amigo mío que anduvo por allí estos días y tropezó con varios de sus líderes en las inmediaciones de la Asamblea Nacional- y desarrollan sus actividades políticas sin cortapisas. ¿Podía hacer eso la oposición chilena bajo la dictadura de Pinochet? ¿Se imagina usted lo que le hubiera ocurrido a quien, en medio de una intoxicación alcohólica, se hubiese encaramado a una tarima y autoproclamado “presidente encargado” de Chile? ¿O que hubiera salido al exterior y promovido una invasión de “guarimberos” contra su propio país, como en estos días se hace en el puente internacional Simón Bolívar, para luego iniciar una gira dizque presidencial por Brasil, Paraguay y Argentina en un avión de la Fuerza Aérea Colombiana? La dictadura lo hubiera apresado, torturado y ejecutado sin piedad en cuestión de días. Pero ahí anda Guaidó, jugando a ser el presidente de nada, mandando sobre nadie, ignorado y ridiculizado en su país aún por los opositores de Maduro, y contando para ello con la colaboración del turbio narcogobierno de Iván Duque que pone un avión a su disposición y la lambisconería de personajes del bajo mundo de la política latinoamericana como Mauricio Macri, Jair Bolsonaro y Mario Abdo Benítez.

Mire Ariel, hágase un favor a usted mismo: vaya a Venezuela,  alójese en un hotel de cinco estrellas y examine la grilla de canales de televisión que podrá ver desde su habitación. Allí notará la presencia de casi todos los canales internacionales que satanizan al gobierno de Maduro –CNN, Televisión Española, TV de Chile, etcétera- y la estruendosa ausencia de Telesur, la única señal televisiva que ofrece una visión alternativa a la dominante en la conspiración mediática. Y la feroz “dictadura” de Maduro nada hace para obligar a los cableoperadores a incluir en su grilla a Telesur.  En ese confortable hotel también podrá ver a una mayoría de canales nacionales despotricando permanentemente contra el gobierno? ¿Usted cree que tal cosa puede ocurrir bajo una dictadura? Pero no se quede en el hotel. Salga y camine por las calles de Caracas, o cualquier otra ciudad. Dígame si ve, como en casi toda América Latina, familias enteras durmiendo en la calle o niños pidiendo limosna o sacando comida de la basura. Por mi pasada investidura presidencial me abstendré de nombrar países en los cuales cosas como esas forman parte del paisaje cotidiano, pero usted sabe muy bien a cuáles me estoy refiriendo. Vaya a las barriadas populares de Caracas: a Petare, la 23 de Enero, métase en el metro y hable con los pasajeros. Los caribeños son muy extrovertidos y le evacuarán todas sus dudas. Criticarán al gobierno por la carestía, los bajos salarios, se quejarán de la ineficiencia en algunos sectores de la administración pública, de la corrupción en otros, pero no encontrará muchos que le digan que quieren ser gobernados por un presidente impuesto por los gringos como a diario miente la prensa concentrada, o que les vengan a quitar su petróleo y sus riquezas naturales, como explícitamente lo anunciaran Trump y Bolton. Es más, comprobará, como lo hicieron varios amigos míos recientemente, que ante la desfachatez de la agresión de la Casa Blanca el sentimiento antiimperialista y chavista se ha fortalecido considerablemente a pesar de las penurias económicas. Hágame caso: vaya, vea, hable y sobre todo escuche. Escuche a la gente y olvídese de los medios de comunicación hegemónicos, todos comprados o alquilados por el poder corporativo mundial para envenenar a la sociedad con “fake news”, “posverdades” y blindajes mediáticos que ocultan la fenomenal inmoralidad y corrupción de los supuestos salvadores de la democracia venezolana, dentro y fuera de ese país. Y olvídese también del “saber oficial” de la academia, tanto en Estados Unidos como en Europa y América Latina, que en su escandalosa capitulación se ha convertido en una agencia de propaganda al servicio de los peores intereses de las clases dominantes del imperio.

Usted se permitió aconsejarle al presidente Maduro, en mi nombre, que haga lo que yo traté de hacer y no pude: convocar “a un plebiscito para que el pueblo decidiera el rumbo futuro de la patria. Si yo perdía, renunciaría a la Presidencia y se llevarían a cabo nuevas elecciones.” ¿No se enteró usted que entre mediados del 2017 y comienzos del 2018 se intentó llegar a un arreglo institucional en negociaciones sostenidas en Santo Domingo bajo la dirección de José Luis Rodríguez Zapatero y que en el momento de sellar el acuerdo una orden del presidente Trump hizo que los representantes de la MUD, la Mesa de Unidad Democrática de la oposición, abandonaran presurosos el recinto cuando se estaba a punto de firmar el documento final en presencia del ex presidente del gobierno español y de Danilo Medina, el presidente de República Dominicana? ¿Ignora usted que el gobierno de Estados Unidos y sus operadores dentro de Venezuela han dicho hasta el cansancio que no quieren elecciones sino la “salida” de Maduro, el tan anhelado “cambio de régimen”, a quien incluso amenazan con asesinarlo, como lo ha hecho Marco Rubio, un verdadero “malandro oficial” como diría la canción de Chico Buarque, en un infame tuit emitido recientemente. Pero suponiendo que aquel acuerdo de Santo Domingo hubiera prosperado, ¿cree usted sinceramente que la derecha y el imperialismo aceptarían el veredicto de las urnas en el más que probable caso de un nuevo triunfo del chavismo? Recuerde lo que pasó conmigo: el golpe se produjo precisamente para evitar la realización de un plebiscito que hubiera ratificado mi gestión en el palacio de La Moneda. ¿Cree que sería diferente en el caso del presidente Maduro? No se puede ser tan ingenuo.

Otra cosa: siempre fui un demócrata, pero jamás un adorador de la concepción burguesa de la democracia. He sido un marxista a lo largo de toda mi vida y, fiel a esa teoría, sé que la lucha de clases es el motor de la historia, y que sus efectos son tan irresistibles como la ley de la gravedad. Ese es uno de los más notables olvidos de su carta, a los que me refería al inicio. Sé que para la burguesía la democracia es tolerable en la medida en que no afecte sus intereses. Cuando esto ocurre la destruye sin más trámite y sin remordimiento alguno y erige en su lugar regímenes despóticos, fascistas, racistas que restauren el orden amenazado. La historia de mi gobierno comprueba irrefutablemente la omnipresencia y la excepcional gravitación de la lucha de clases. Por eso apoyé desde el principio a la Revolución Cubana, porque ví que allí nacía una nueva forma de democracia con justicia social. También supe que no era ese el modelo que se podía aplicar en Chile porque las historias, instituciones, fuerzas sociales y tradiciones políticas de ambos países eran muy diferentes. Pero rápidamente me convencí que la democracia radical, de base, instituida en la isla rebelde era tan válida como nuestra “vía chilena al socialismo.” Y por las mismas razones acepté, aun ejerciendo la presidencia del Senado chileno, ser presidente de la OLAS, la Organización Latinoamericana de Solidaridad creada por Fidel en 1967  para apoyar las luchas por la liberación nacional que se estaban librando en el Tercer Mundo, y en particular la del Che Guevara en Bolivia. Y por eso colaboré en garantizar la salida, sanos y salvos, de los hombres que acompañaron al Che en la guerrilla de Ñancahuazú así como de los seis jóvenes argentinos fugados de la cárcel de Trelew, donde estaban detenidos por su oposición armada a la dictadura reinante en ese país. Y por esas mismas razones invité a Fidel a realizar una extensa visita a Chile, que despertó los peores odios de la derecha y el imperialismo.  Por eso creo que tiene razón Maduro cuando me considera como el precursor del ciclo de izquierda relanzado en Latinoamérica con la elección de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela en diciembre de 1998. Y por la misma razón discrepo radicalmente con usted cuando afirma que haber sacrificado “mi vida por la democracia y una revolución pacífica es un ejemplo leal y luminoso para los pueblos sedientos de libertad y justicia social.” En política no se trata de crear santos o héroes dispuestos a inmolarse sino de construir sociedades más justas y libres, tarea ardua y erizada de peligros bajo el capitalismo y las presiones del imperialismo. Por ningún motivo le recomendaría al presidente Maduro hacer virtud de lo que en mi caso fue una desgraciada necesidad, producto de la debilidad de mi gobierno frente a la coalición reaccionaria  y de la incapacidad de la izquierda para calibrar en sus justos términos la naturaleza perversa y tiránica de los sectores oligárquicos chilenos y sus mentores norteamericanos. Mi muerte en La Moneda, como la del Che en Bolivia, fue una convocatoria a la lucha para abrir las grandes alamedas, no para fomentar el derrotismo y la resignación ante las fuerzas más retardatarias de nuestras sociedades.

Habida cuenta de todo lo anterior es que le exijo no prosiga usted hablando en mi nombre. Si todo lo que he expuesto no le resulta convincente persista en su prédica, pero hágalo a nombre propio y no en el mío. Nadie, ni aún quienes participaron en mi gobierno, incluida la dirección del Partido Socialista, del cual fui fundador, o llevan mi apellido, o participan en este lamentable extravío que afecta a vastos sectores de la izquierda chilena, construida a base de más de cien años de esfuerzos, sacrificios, cárceles y persecuciones de todo tipo, tiene derecho a bastardear el legado político que sellé con mi sangre en La Moneda. Y no puedo ocultarle el profundo dolor que me embarga al ver en esta tremenda coyuntura venezolana, cuando el gobierno bolivariano se enfrenta a un “tránsito histórico” como el que yo aludiera en mi postrero mensaje al pueblo chileno, que usted tome partido junto a los Vargas Llosa (padre e hijo), Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza, Enrique Krauze, Jorge Castañeda y toda la derecha “bienpensante” y complaciente de Latinoamérica amparada, financiada y promovida por la NED, la Open Society Foundation y la enorme red de fundaciones y ONGs que sirven de vehículos para la dominación cultural del imperialismo. O que su nombre figure al lado de Macri, Bolsonaro y Abdo Benítez. Preferiría verlo en el otro bando, donde se agrupan quienes creen que en este momento o se está con un gobierno surgido del voto popular, que acabó con el analfabetismo, extendió como nunca antes la salud pública, entregó más de dos millones y medio de viviendas a su pueblo y recuperó las riquezas naturales de su país, ganó en 23 de las 25 elecciones convocadas desde su llegada al poder (y si tiene dudas acerca de ellas hable con Jimmy Carter que podrá ilustrarlo al respecto);  o se está con Trump y sus lacayos dentro y fuera de Venezuela y cuyo excluyente objetivo es apoderarse del petróleo, del oro y del coltan, entre otros recursos naturales estratégicos, que se encentran en demasía en territorio venezolano. Y espero que no insulte mi inteligencia afirmando que el objetivo del intervencionismo norteamericano es establecer el imperio de la justicia, la libertad, los derechos humanos y la democracia. Muéstreme un país en donde tal cosa haya ocurrido. ¿Honduras, Granada, Panamá, Brasil en 1964, Chile después de 1973? ¿Irak, Afganistán, Yemen? Lo que los mueve a propiciar este tipo de políticas de “cambio de régimen” es su afán por apoderarse de recursos naturales cada vez más escasos y posicionarse más favorablemente en el complejo tablero geopolítico internacional. Todo a costa del sometimiento de nuestros pueblos y al avasallamiento de la soberanía y autodeterminación nacionales.

Confío en que podrá usted abstraerse de las opiniones dominantes en Estados Unidos y, por proyección casi “natural” en sus países satélites de Europa y Latinoamérica y el Caribe, tan fuertemente influidas por la dictadura mediática que nos agobia en todo el mundo, y pueda someter a revisión las ideas que ha expuesto como si fueran mías y no lo son. En el pasado usted escribió algunas páginas notables que enriquecieron el pensamiento crítico latinoamericano. Vuelva a sus orígenes porque ha perdido el norte. Su imaginaria reconstrucción de mi pensamiento es una inadmisible desvirtuación de mis ideas. Por eso le reitero: diga lo que quiera, pero no en mi nombre. Y esto no es un favor que estoy pidiendo sino una exigencia nacida del respeto que merece mi trayectoria, mi coherencia  política y la vida que ofrendé por ser leal a mis ideas y a mi pueblo.
Espero fervientemente que pueda usted recapacitar y retomar el rumbo que lo llevó a acompañarme en mi proyecto de gobierno.

Atentamente,

Salvador Allende Gossens

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Mensaje por pablo13 el Lun Mar 18, 2019 9:40 pm

Trump: la impotencia y la furia


(Por Atilio A. Boron) El fiasco en que ha terminado la bochornosa operación del autoproclamado “presidente interino” de Venezuela y el revés que la mafia anticastrista y sus operadores (los Marco Rubio, Ileana Ros-Lehtinen, Bob Menéndez y compañía) sufrieron en el referendo constitucional cubano han exacerbado la beligerancia del gobierno de Estados Unidos. Derrotado en ambos escenarios ahora está considerando aplicar la sección 110 del Tercer Capítulo de la Ley Helms-Burton, misma que establece un bloqueo integral sobre Cuba y que es eufemísticamente denominada "Ley para la Libertad y la solidaridad democrática cubanas.” Esta monstruosidad jurídica, atentatoria de la legalidad internacional, instituye una “prohibición de la importación y el comercio de productos cubanos” y según allí se estipula se “se prohíbe la entrada de mercancías a los Estados Unidos y su comercio fuera de los Estados Unidos, si esas mercancías: (1) son de origen cubano; (2) están o estuvieron en Cuba o se transportaron desde ese país o por su conducto; o (3) se confeccionan o derivan en su totalidad o en parte de cualquier producto que se cultive, elabore o fabrique en Cuba.”

Visto lo anterior queremos compartir una propuesta concreta para la militancia antiimperialista: Si la Casa Blanca avanza en la aplicación de esta legislación injerencista en contra de Venezuela, Cuba, Nicaragua o cualquier otro país será imprescindible e impostergable organizar un boicot a escala internacional para contrarrestar esa agresión. Nada mejor que un llamamiento a los pueblos del mundo para que se abstengan de comprar cualquier producto -sean bienes como, en lo posible, servicios- de origen estadounidense, que, tal cual lo establece la Helms-Burton para Cuba estén o hayan estado en Estados Unidos o fueron transportaron desde ese país o por su conducto; o se confeccionan o derivan en su totalidad o en parte de cualquier producto que se cultive, elabore o fabrique en Estados Unidos.

Ante la inoperancia de las Naciones Unidas y la complicidad de los gobiernos de los países europeos, serviles hasta el hartazgo con el Nerón americano -capaz de incendiar un continente con tal de favorecer los negocios de sus amigos, aliados y las megacorporaciones de su país- es el deber de la hora organizar una contraofensiva para desbaratar esta nueva arremetida imperial. Las discusiones y acuerdos tomados en la Asamblea Internacional de los Pueblos recientemente reunida en Caracas han señalado que este es el camino. Es preciso comenzar a transitarlo cuanto antes y aplicarle a Washington la medicina que con tanta alevosía aplica en contra de Cuba. Más que nunca es necesario recordar las preclaras observaciones de José Martí cuando advertía que “estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada … las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.” Y remataba su razonamiento de esta manera: “¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas.” No desoigamos el consejo del Apóstol y pongamos manos a la obra. Veremos cuánto tiempo aguanta el imperio un boicot internacional. Cuba sobrevivió a 60 años de bloqueo. Estados Unidos no soportaría ni un año.

http://www.atilioboron.com.ar/2019/03/trump-la-impotencia-y-la-furia.html
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Mensaje por Alejandro Avila Diaz el Lun Mar 18, 2019 10:59 pm

asi esta este mundo

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