¿Cómo dar vida a una militancia colectiva? - ¿Soledad? los comunistas no conocemos eso - 2 textos de la web Nuevo Curso - Izquierda comunista española - enero 2019 y diciembre 2017

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Mensaje por RioLena el Lun Ene 21, 2019 8:44 pm

¿Cómo dar vida a una militancia colectiva?

web Nuevo Curso - Izquierda comunista española - enero 2019


Es muy significativo que uno de nuestros textos más traducidos a otros idiomas sea un artículo sobre la naturaleza colectiva del trabajo militante (*). Muchos lectores nos piden más concreción. ¿Cuáles son las claves para que un grupo de discusión o un grupo de militantes pueda cuajar en su trabajo?

1. Fundamentos

La relación contradictoria, dialéctica, que nuestra especie establece con la Naturaleza de la que es parte, se materializa como una relación dialéctica entre trabajo y conocimiento. Esta relación se ha resuelto históricamente en progreso cuando a través del ascenso, colapso y superación de los modos de producción, ha culminado en un desarrollo material de las fuerzas productivas que permiten a la especie resolver en distintos niveles su propia supervivencia.
Esa dialéctica está en el corazón de lo que nos configura como parte de cualquier sociedad o comunidad. Intuitivamente todos entendemos que una pertenencia real, sana, no mística ni mistificada, existe cuando los miembros sienten al mismo tiempo que aprenden y que aportan en un marco de trabajos y tareas colectivo. Por eso el sentimiento de pertenencia en el movimiento de clase no es una «identidad» construida alrededor de la adhesión a un dogma y un relato de los orígenes de los linajes. Cuando se toma ese camino el resultado se aboca a la parodia: el dogma acaba trocado en oportunismo y el relato histórico en sectarismo.

Lo esencial de la consciencia de clase es su carácter desalienante y eso debe verse con aun más claridad en cualquier organización centrada en su desarrollo. Como parte de un grupo de militantes el objetivo de cuanto hacemos es aprender y aportar, pero no aportar como hormiguitas inconscientes, sino aportar a lo que aprendemos y aprender de lo aportamos. Tanto las tareas como el aprendizaje militante y por tanto cada aporte por importante o pequeño que sea, solo existe como parte del hacer colectivo, del mismo modo que el trabajo, como fuerza transformadora de la Naturaleza -y de la Humanidad que es parte de ella- solo existe socialmente.

La consciencia de ese carácter colectivo, derivado de la naturaleza social del trabajo, es lo que vence la atomización que cada día es empujada con más fuerza por la precarización general. Un grupo en el que los miembros desfallecen porque se sienten solos, es un grupo que no está entendiendo o sabiendo articular el carácter colectivo y desalienante de la actividad militante.

Como la clase de la que somos parte, cualquier grupo militante tiene dos dimensiones: una comunitaria y una comunista. La primera ha existido en todas las clases trabajadoras explotadas, es la expresión en forma de solidaridad de su resistencia a la explotación y el carácter colectivo de su situación social. Por eso mira a los miembros como fines en sí mismos. La segunda es exclusiva del proletariado, la clase trabajadora moderna, la primera que puede aspirar al comunismo. Esa perspectiva comunista se expresa como futuro operando ya en el presente, en tanto que consciencia de clase… pero también como moral. Lo comunitario y lo comunista en la clase son parte pues de la contradicción dialéctica que la define: ser al tiempo clase explotada y revolucionaria. Esa contracción que en la lucha de clases se resuelve a través del desarrollo del partido como elemento dinámico de la consciencia, en las organizaciones militantes se resuelve entendiendo a cada miembro como un fin en sí mismo y a sus compromisos y aportes como medios, como instrumentos del fin para el que existen. Nada más lejos del discurso reaccionario, militaroide del militante como herramienta que renuncia a su voluntad y sus necesidades en pos de la organización sacralizada.

La «pertenencia» no es un fetiche sino el producto de una forma de trabajo y aprendizaje que hace que los militantes sientan al mismo tiempo que aprenden y que aportan en un marco de tareas colectivo.

2. Algunas ideas prácticas

1 La práctica común diaria y básica del movimiento comunista desde los tiempos de Cabet y Weitling es leer la prensa y compartir noticias significativas desde un punto de vista de clase. Así se integraron al trabajo de elaboración colectiva generaciones de militantes desde Marx y Engels hasta hoy. Nosotros las compartimos en un canal de Telegram, pero hay mil otras formas de hacerlo. Sirve para compartir una agenda diaria, para documentar análisis posteriores, pero sobre todo, para dar el primer paso del consumo atomizado de información a la elaboración colectiva de un marco de análisis.
De estas formas básicas de compartir se deriva ya un cierto tipo de disciplina de trabajo abierta y flexible. Cada cual comparte lo que lee cuando lo lee, según sus posibilidades de tiempo, sus horarios, las lecturas y referencias de su entorno. El compromiso de un militante no es su conversión en «soldado», tampoco una elección banal en una carta menú: es un modo de vida, un modo de entender su situación social, un esfuerzo que da sentido a los días y que cada cual hace, como decía la fórmula icariana después recogida por Marx como «capacidades», «según sus propias fuerzas».

2 El trabajo colectivo es ante todo una herramienta para la constitución de nuestra clase en sujeto político y es cada vez más urgente. Como a toda herramienta de trabajo tenemos que darle objetivos. ¿Qué hemos de ser capaces de hacer en cierto periodo de tiempo? Es fundamental elaborar esos objetivos de desarrollo de las propias capacidades colectivamente. Y una vez claros, de la misma manera común, determinar medios para llegar a ellos que, finalmente, podamos asociar a fechas. De este modo el sentido del trabajo puede estar presente en términos concretos en cada cosa que hacemos, no como una nebulosa declaración de intenciones. Las cosas que hay que hacer y cómo hacerlas, estarán claras en cada momento en una perspectiva temporal y política y cada cual podrá comprometerse según sus capacidades y fuerzas en aquello a lo que pueda aportar.

Por supuesto, los objetivos organizativos y sobre todo los medios, no pueden estar escritos en piedra. El análisis de la realidad, sus cambios, la evolución de la lucha de clases, nuestra propia evolución… mil cosas nos llevarán casi inevitablemente a revisar y repetir el proceso antes de que acaben los plazos que originalmente les dimos. No solo no importa, es que es lo que se pretende.

3 La organización debe dotarse desde el primer día de formas en las que cuidar su dimensión comunitaria: socorrer a los compañeros en necesidad o crisis, facilitar el apoyo y la solidaridad mútua. Es necesario que haya espacios y tiempos para compartir. Desde los «picnics» de los icarianos a la organización de socorros en la Revolución española, de las cajas de resistencia y las cooperativas a las redes de apoyo entre revolucionarios incluso en los peores años de la contrarrevolución, la historia del movimiento de clase nunca olvido esa dimensión. Dimensión que está, por cierto tan lejana de la concepción del individuo militante como pieza fungible, como de la idea, típicamente anarquista, del grupo militante como grupo terapéutico.

Relacionado con ésto, afirmaciones como «los principios políticos están por encima de la amistad», herederas de reacciones en principio sanas al izquierdismo, no pueden resultar más que generadoras de confusión. No entra en la cabeza que la discusión de principios se sustituya o se deje malear por los afectos personales, pero tampoco que los afectos personales estén condicionados a la comunión de posiciones. Cada cual vive inserto en un tejido comunitario que es inevitablemente también afectivo -compañeros de trabajo, familia, amigos. Condicionarlo o incluso rasgarlo en nombre de los principios políticos hace escasísimo favor a nadie, y al desarrollo de la consciencia de clase como un todo menos que a nadie. Del mismo modo, cuando hay compañeros que desfallecen o evolucionan políticamente hacia otras posiciones, no pueden sentir que eso es causa de perder la relación inter-personal bajo una losa de desconfianza y resentimiento. La coacción afectiva, un clásico de la vida organizativa y la moral izquierdista, está en las antípodas de la consciencia política.

4 De todo lo anterior queda claro que el encuentro físico regular es tan importante como el contacto y la conversación virtual permanente. Sin él siempre se nos escaparán dimensiones en la discusión y no conseguiremos hacer tangible la fraternidad en el trabajo colectivo, con lo que no saldremos nunca del estadio de grupo de conversación. Hay que compaginar tanto las reuniones de trabajo, con orden del día y objetivos, como la conversación abierta en la que se ponen en común las cosas que en las preocupaciones, el trabajo y el entorno de cada cual empiezan a despuntar.

El desarrollo de rutinas de trabajos orientadas a objetivos y la determinación colectiva de estos en un marco de relaciones que no puede olvidarse que son también comunitarias, aportan sentido y fraternidad.

(*) ¿Soledad? Los comunistas no conocemos eso.
   


Última edición por RioLena el Lun Ene 21, 2019 9:00 pm, editado 1 vez
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Mensaje por RioLena el Lun Ene 21, 2019 8:58 pm

¿Soledad? Los comunistas no conocemos eso

web Nuevo Curso - Izquierda comunista española - diciembre 2017



En los tiempos del primer socialismo obrero -los comunistas icarianos en Francia y la Liga de los Comunistas en Alemania- la vida social del militante comunista era intensa. A la tradición de los banquetes, heredada del republicanismo, siguió la de los picnics, fiestas de prado que mezclaban el ocio familiar, la discusión y la formación política. En uno de los pocos aciertos de «El joven Marx», se muestra como Marx y Jenny conocen en una de estas fiestas icarianas a las afueras de París a Proudhon y Bakunin. La película, en cambio, no muestra ni de lejos lo que era la cotidianidad de los obreros de la Liga, a los que reduce a extras y decorado humano. La verdad es que estaban muy lejos de serlo.

Al final de la jornada de trabajo se quedaba para fumar y beber una cerveza discutiendo los periódicos del día, que se compraban en común. El famoso segundo congreso de la Liga en el que se aprueba el Manifiesto Comunista vino precedido de meses de correspondencia entre los miembros de toda Europa, reuniones y largas discusiones. Y cuando por fin se celebró, en el «Red Lion» -un hotel/pub de Soho que todavía sigue abierto como coctelería– duró tres días enteros de intensos y apasionados debates. La importancia que sus miembros le daban iba pareja a su compromiso y éste puede medirse no solo por el brutal trabajo de preparación y debate previo, sino también por lo que suponía para un trabajador de la época viajar hasta Londres y renunciar al salario por un tiempo indeterminado… si no era detenido en el camino.

Podemos imaginar el ambiente de las reuniones comunistas por los relatos de los asistentes, para los que tales viajes eran grandes aventuras que describían en cartas y charlas a sus compañeros a la vuelta. Así sabemos, por ejemplo que cuando los delegados al encuentro de Sant Martin in the Fields en el que nacerá la I Internacional llegaron a las banquetas en las que trabajarían aquellos días, encontraron una bolsa de tabaco y dos pintas de cerveza. Un congreso obrero era un espacio de relación fraterna, de escucha y de reflexión. Un lugar donde se desarrollaba la conciencia de clase. Por eso las tretas y conspiraciones miserables de Bakunin y su secta generaron tanta violencia en la gran mayoría de representantes obreros. Fue el primer aviso de lo venenosa que llegaría a ser la descomposición de la pequeña burguesía para los comunistas.

Si vamos a la II Internacional, con sus asambleas semanales, sus escuelas obreras, sus ateneos, sus casas del pueblo, sus cancioneros… realmente nos cuesta imaginar hasta que punto la expresión política independiente de la clase movilizaba alrededor toda una forma de socialización que multiplicaba la lucha obrera y su representación política en cada aspecto de la vida. Estas «pequeñas cosas» nos ayudan a entender a más de un siglo, y unas pocas derrotas de distancia la profunda relación con el partido obrero de millones de trabajadores, el drama que supuso la traición de la socialdemocracia y la fortaleza de los comportamientos militantes de la época revolucionaria que le siguió.

Lo que la vida socialista ofrecía era una experiencia de fraternidad, superación intelectual y desarrollo político continuo. Tenía  riesgos y costes, pero era generador de sentido en la vida de cada militante.

Todo esto que los académicos llaman hoy «la sociabilidad obrera», todas esas «pequeñas cosas», esa experiencia de fraternidad, superación intelectual y desarrollo político continuo que la vida socialista ofrecía, eran generadoras de sentido en la vida de cada militante.

Pequeñas cosas, sin grandes cosas abundan en la vida humana. Pero en la Historia, jamás se consiguen grandes cosas sin pequeñas cosas. Más exáctamente: las pequeñas cosas, en una gran época, integradas a una gran obra, dejan de ser «pequeñas cosas»

Eso no quiere decir en absoluto que fuera fácil ni que tuviera siquiera la comprensión del entorno, especialmente en los países, como España, en que el proletariado era débil no solo numéricamente. Juan José Morato -un tipógrafo que fue testigo, militante e historiador del primer PSOE- nos cuenta que en 1882

La simiente de la que nacería la Unión General de Trabajadores [se desarrolló al] ensanchar la esfera de relaciones personales de los núcleos socialistas (…) No núcleos fuertes, sino más bien como aglomeración de contados amigos y partidarios, humildes obreros mecánicos todos, que tenían siempre enfrente la hostilidad de los anarquistas, el menosprecio de los republicanos y lo que era peor, la indiferencia de la masa obrera.

Leer a Morato es descubrir la lenta decantación, el esfuerzo intelectual casi heroico de aquellos trabajadores que apenas podían acceder y aun menos traducir, los textos marxistas europeos y que tenían que sostener el esfuerzo entre la represión, las migraciones forzosas y la escasez más absoluta. Tardaron años en llegar a tener su propio periódico semanal. Nunca aspiraron a otra cosa que la autofinanciación -una obviedad para una organización que se consideraba revolucionaria- y poco a poco construyeron a su alrededor un tejido que pivotaba sobre las «casas del pueblo», levantadas y financiadas por los magros sueldos de los propios militantes.

Podemos imaginar el orgullo y la sensación de fortaleza que les dieron aquellos edificios, modernos y bonitos, levantados con sus propias manos y que rivalizaban con los casinos de los caciques provinciales e incluso, en la capital, con el Círculo de Bellas Artes de la burguesía republicana. Y no hablemos de las campañas de alfabetización, las guarderías, las conferencias, es decir las «pequeñas cosas» al lado de las cajas de resistencia y, a partir de cierto momento, la representación política. La vida del obrero militante era una vida sacrificada por definición, arriesgada muchas veces y dura siempre. Pero estaba llena de sentido, colectiva e individualmente. Era enaltecedora y envolvía al trabajador desde el primer día en un proceso de superación personal, formación en comunidad y discusión colectiva permanente en que pasaba de aprender a leer a redactar e incluso a conocer los rudimentos del arte de imprimir.

Sin esta escuela de la Segunda Internacional es difícil entender, por ejemplo, cómo eran los militantes de base del partido bolchevique que mantuvieron la organización y derrotaron la primera gran tentativa contrarrevolucionaria, el golpe de Kornilov, enfrentándose a la dirección del partido y coincidiendo, sin saberlo, con lo que defendía Lenin desde su aislamiento finés. Aislamiento que, por otro lado, solo era físico, pues no paró de enviar cartas y críticas al Comite Central del momento.

La vivencia del comunismo ha sido siempre, desde los orígenes del movimiento, lo contrario de la ideología pequeño burguesa, destinada al consumo individual, reducible a «experiencias», estéticas y actitudes. La actividad de los comunistas ha sido, aun en los peores momentos, aprendizaje y debate colectivo. Lo vemos en los testimonios que nos quedan del peor momento de represión de la contrarrevolución, la famosa «Medianoche en el siglo». Incluso los comunistas de la generación que vivió los momentos más dramáticos de la derrota de la clase y el exilio, retomaron y reconstruyeron la actividad militante creando rutinas colectivas de estudio, crítica, discusión e intervención, por modestos que fueran los medios y adversos los condicionantes. Si algo no han sufrido los comunistas ha sido la soledad individual.

La vivencia del comunismo es lo opuesto a la ideología pequeño burguesa, destinada al consumo individual y reducible a «experiencias», estéticas y actitudes. Aun en los peores momentos militar significó aprendizaje y debate colectivo.

¿Y hoy?

Hoy más que nunca, el capitalismo nos niega como clase en todas sus manifestaciones ideológicas con la fuerza aplastante de su maquinaria mediática. La unión de la ideología culpabilizadora y negadora, machacada en cada minuto de radio y televisión, con la precarización del trabajo y la vida que impone un capitalismo agotado histórica y económicamente es una verdadera máquina de atomizar y triturar. Por eso el primer acto de conciencia efectiva, ahora como siempre, es juntarse, estudiar y recuperar la teoría y la historia de nuestra clase y comenzar a entender y analizar con esos instrumentos la realidad.

Te invitamos a hacer lo que hicieron cada día todas las generaciones de comunistas que nos precedieron: leer la prensa disponible del mundo. Para hacértelo más accesible lo ponemos en tu móvil a través de nuestro canal de Telegram. Son herramientas, información y un mínimo marco para que no te pierdas demasiado en ella. Porque lo importante viene después. El primer elemento colectivo: la conversación -pública o privada, lo que más cómodo te sea- en twitter y facebook.

La docena larga de personas que andamos en y alrededor de la elaboración diaria de este blog y del canal de noticias estamos muy dispersas geográficamente. Pero vamos siempre con la conversación abierta en el móvil. Como decíamos, si hay algo que los comunistas nunca sufrimos, fue la soledad individual.
 

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