Dialéctica de clases y de Estados

Comparte
avatar
Menexeno
Novato/a rojo/a
Novato/a rojo/a

Cantidad de envíos : 33
Reputación : 65
Fecha de inscripción : 05/11/2014

Dialéctica de clases y de Estados

Mensaje por Menexeno el Vie Jul 27, 2018 12:58 am

El motor de la Historia
https://www.ufrgs.br/odela/2018/07/23/el-motor-de-la-historia
Santiago Armesilla. ODELA, 23 de junio de 2018

El bicentenario del natalicio de Carlos Marx, padre del materialismo histórico, que celebramos en este año 2018 lo podemos aprovechar para hacer un repaso a las premisas básicas de los fundamentos de este sistema filosófico que, junto al platonismo y a la escuela peripatética de Aristóteles, constituye el más influyente sistema filosófico de la Historia, aún a pesar de la diferencia de tiempo histórico transcurrido desde la generación del marxismo (170 años han transcurrido desde la publicación del Manifiesto Comunista, pues 1848 podría considerarse, sino el año cero del materialismo histórico, sí el año cero de la izquierda comunista) comparada a los más de dos milenios de platonismo y aristotelismo que llegan hasta nuestros días y que, en gran medida, aparecen conjugados en la obra de Marx y sus seguidores. Pero lo haremos tratando una cuestión muy poco estudiada en los textos de los comentadores de grandes autores del marxismo. La cuestión del Estado y su papel respecto a la lucha de clases.

La distinción entre los grandes autores del marxismo (Marx, Engels, Lenin, Stalin, Luxemburgo, Gramsci, Mao, Bueno, Losurdo, etc.), y los comentadores (prácticamente, la inmensa mayoría de los autores que se denominan, o son denominados, marxistas, en muchos casos de manera peyorativa, en otros con ínfulas de ser algo que jamás han sido) en torno a esta cuestión estriba en algo muy simple, que jamás los comentadores han tenido en consideración. Tomemos, por ejemplo, la traducción al español del Manifiesto Comunista, cuya primera frase varía según qué traducción tengamos a mano, haciendo que el significado de lo que se quiere decir, tanto a nivel histórico como político, o filosófico, varíe por completo. La primera frase del capítulo I del Manifiesto, “Burgueses y proletarios”, no se traduce igual en todas las ediciones ni en todas las editoriales. Esta frase define el motor de la Historia desde las coordenadas del materialismo histórico. Ahora bien, la traducción hace variar considerablemente no ya solo el significado de todo lo que incluye el texto en su totalidad, sino que también trastoca el sentido del análisis materialista de la Historia hasta hacerlo irreconocible. Mientras en unas ediciones se dice “La Historia de la Humanidad es la Historia de la lucha de clases”, en otras se dice “La Historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la Historia de las luchas de clases”. ¿Y por qué esta diferencia entre ambas traducciones transforma, o tergiversa tanto, el fundamento ontológico del materialismo histórico?

El original en alemán reza lo siguiente: “Die Geschichte aller bisherigen Gesellschaft ist die Geschichte von Klassenkämpfen”. Su traducción más fidedigna al español, de las dos anteriormente mencionadas, es la segunda. La lucha de clases, una dialéctica entre grupos de sujetos agrupados, enclasados, según su relación respecto del capital, de la propiedad de instituciones que, en el campo económico-político, tienen la capacidad de generar valor económico y de revalorizarlo constantemente, es el motor de la Historia en el marxismo. Ahora bien, ¿lo es a una escala universal, atributiva, o lo es a una escala distributiva, desigual, intermitente y a través de otras instituciones a cuyo través se desarrolla? La primera traducción es una traducción que no tiene en cuenta a esas instituciones, o conjuntos complejos de instituciones, que son los Estados, los cuales también se agrupan y enclasan en torno a distintas relaciones económico-políticas (desarrollo o subdesarrollo, capitalismo o socialismo, democracia o dictadura, etc), e históricas (culturales, religiosas, idiomáticas, etc.). Y es importante hacer esta disquisición de traducciones por un motivo. En tanto que sujeto político, en tanto que totalidad atributiva universal, la Humanidad no ha existido nunca, y probablemente nunca existirá. La Humanidad, en tanto que especie humana (Homo Sapiens), ha sido taxonomizada por la biología. El “Género Humano” del que habla la Internacional en su letra española, es un género biológico, pero no político. La “Humanidad” está separada en clases sociales, en sexos, en religiones, en idiomas y, también, en Estados, los cuales tienen su propia idiosincrasia histórica, su propio discurrir, sus propios planes y programas siempre políticos. Y en ellos se produce la dialéctica de clases, que en buena parte se desarrolla sobre todo a escala intraestatal.

En la segunda traducción lo que nos encontramos es un panorama muy distinto. Una afirmación opuesta completamente a la anterior. Aquí, la “Humanidad” desaparece porque se habla de sujetos políticos. De las clases sociales, en lucha entre sí en torno a esa relación social de producción básica para entender el modo de producción capitalista, el capital, porque unas son propietarias de los medios de producción de dicho capital a nivel de capital constante (maquinaria, herramientas, centros de trabajo) y otras son propietarias de una fuerza de trabajo que es alquilada temporalmente por las primeras para revalorizar dicho capital (producción de valor y plusvalor, diferencia entre el valor producido y el valor de la fuerza de trabajo pagada en forma de salario a los proletarios, obreros asalariados con capacidad de revalorizar el capital). Lo que permite que esta lucha de clases no evolucione a guerra civil es el Estado, que se apropia del valor y del plusvalor producidos parcialmente vía impuestos, y que lo redistribuye y organiza según intereses de alta política. El Estado no es un teorema científico. En él hay una cúspide en la que gobierna una clase dominante, que actualmente es la Gran Burguesía (la propietaria legal, ilegal y alegal de medios de producción en cada una de las ramas de las relaciones de producción: producción de valor, distribución, intercambio, cambio de dinero –mercancía particular que mensura a las demás- y consumo). Junto a la burocracia, que extrae a sus miembros de todas las restantes clases sociales, organiza la sociedad política, el valor, el capital, la propiedad y las relaciones internacionales. Esta relación entre la dialéctica de clases y el Estado ha variado con el tiempo. Diversas clases sociales han emergido y han desaparecido, unas tomando el poder del Estado y otras disputándolo. Las relaciones de producción también han variado, así como las técnicas, ciencias y tecnologías que han permitido la producción de la vida política y su evolución. Pero desde los inicios del Estado como conjunto complejo de instituciones que se apropian de un territorio, establecen unas leyes escritas, reparten la propiedad, garantizan la división del trabajo y clasifica a sus habitantes en diversas categorías sociales desde hace ya más de 5000 años, la dialéctica de clases se ha desenvuelto dentro del Estado, y solo ha alcanzado escala internacional a través de la dialéctica de Estados. Y cuando dicha dialéctica se ha desarrollado a través de Estados con capacidad para influir sobre otros Estados hasta el punto de someterlos a su poder, entonces la dialéctica de clases ha alcanzado escala imperial, transformándose en dialéctica de Imperios. Cuando estos Imperios han tenido capacidad de influir, con su poder a escala universal como ocurre con los casos del Imperio Español, el Imperio Británico, el Imperio Francés, el Imperio Portugués, el Imperio Soviético, el Imperio Estadounidense y, ahora, el Imperio Chino, la dialéctica de clases y de Estados se ha desarrollado a escala de dialéctica de Imperios Universales, y dicho esto con la salvedad de que la totalización imperial del Planeta y de toda la población mundial, es decir, el “Imperio Universal Único” es tan imposible como es imposible la existencia de la “Humanidad” como totalidad atributiva universal.

Esta es la premisa básica del materialismo histórico, como señala Engels en la nota a pie de página de la frase con la que empieza “Burgueses y proletarios” en el Manifiesto Comunista de 1848. La Historia empieza con la escritura, y por tanto el derecho de propiedad nace con dicha escritura. Antes, con las sociedades prepolíticas nos encontramos con una proto-propiedad antropológica que evoluciona desde rudimentarias y primitivas formas comunales, donde hay más recursos que medios para explotarlos (cosa que, en el fondo, siempre será así) a formas de dominio privativo, garantizadas por la fuerza, el consenso social, la costumbre y la legitimidad carismática que diría Max Weber. Con la escritura nace el Derecho, y con el Derecho nace la sociedad política como tal, el Estado. 5000 años después, el Estado sigue siendo el pilar fundamental de toda acción política trascendental, más allá de la familia, el clan, la tribu o la etnia, que quedan refundidas por el Estado en vasallos, súbditos o ciudadanos. Una refundición que, no obstante, no puede ocultar la lucha de clases en su seno. Y de ahí que la dialéctica de clases sea plural. No solo de abajo a arriba, entre la Gran Burguesía y el proletariado, encontrándose en la brega también la pequeña burguesía, el lumpenproletariado, los terratenientes, la nobleza o aristocracia, el campesinado, los trabajadores autónomos o, antes, los esclavos, los siervos, los señores de la gleba, el clero, las castas sacerdotales, etc. También, como diría Foucault, en sentido lateral, de obreros y asalariados entre sí, o de burguesías entre sí, tanto a escala nacional como internacional, a través de la competencia comercial, la asociación geopolítica en unidades supraestatales (Unión Europea, ASEAN, MERCOSUR, TAFTA, Alianza del Pacífico, BRICS, etc.) o la guerra. Si Marx y Engels acabaron su Manifiesto con el grito de guerra política “¡Proletarios de todos los países, uníos!” fue porque dichos proletarios no estaban unidos. Y el enfrentamiento entre diversos obreros, así como entre diversos burgueses, que tuvo su punto de inflexión histórico con la Primera Guerra Mundial (1914-1918), multiplicado en efectos e intensidad por la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), evidenció que la dialéctica de clases y la dialéctica de Estados son una única y sola dialéctica. Que el Estado no es una mera superestructura jurídica que, al derribarse y extinguirse el modo de producción capitalista, desaparecería. Que el posterior conflicto chino-soviético (1969), entre Estados que, supuestamente, compartían la misma ideología y en los que, supuestamente, el proletariado era la clase dominante, ejemplificó que la dialéctica de Estados seguía presente. Y que fue precisamente la dialéctica de Estados y de Imperios Universales la que determinó el hundimiento del Imperio Soviético y, con él, de la izquierda comunista tal y como la hemos conocido hasta ahora.

La lucha de clases, como motor de la Historia, desde una posición estrictamente materialista, solo sobrepasa las fronteras nacionales cuando se convierte en lucha entre Estados e Imperios. Una perspectiva analítica de la Historia, de la Economía Política, de la Sociología, de las Relaciones Internacionales y, sobre todo, de la Vida Política, esa que nació hace 5000 años en Oriente Próximo, que no entienda que la dialéctica de clases y de Estados es el verdadero motor de la Historia, no podrá entender no solo los fenómenos del pasado, ni los del porvenir. No podrá actuar en el presente más allá de un mero sentimentalismo idealista sin capacidad analítica ni transformadora real. Por ello, más que hablar de “retorno del Estado” al análisis desde las ciencias sociales y las humanidades (filosofía e historia, sobre todo), lo revolucionario hoy sería señalar que el Estado siempre ha estado ahí, y que las clases sociales solo pueden actuar como sujeto político transformador desde el Estado, y no prescindiendo de él, ni destruyéndolo o debilitándolo.

    Fecha y hora actual: Lun Dic 17, 2018 1:07 pm