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"Georgia, Stalin contra el nacionalismo oprimido"

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Mensaje por GagarinCCCP el Vie Jun 29, 2018 11:52 pm

Por Euskal Herria Socialista

En los años 1920-1921, las relaciones entre las seis repúblicas nacionales (Ucrania, Bielorrusia, Georgia, Azerbaidján, Armenia y Federación Rusa-RSFSR), aun sin estar definidas con claridad, estaban reguladas por una serie de tratados bilaterales entre la Federación Rusa y cada una de las otras cinco repúblicas. En virtud de estos tratados, se había establecido una colaboración en los campos de la economía, la defensa y la política extranjera. Todos los gobiernos de las repúblicas poseían una estructura paralela a la del gobierno de Rusia. La dirección central del Estado se ejercía prácticamente por medio de los Comités Centrales de los Partidos de cada república, que dirigían los gobiernos locales, pero que estaban sometidos a la autoridad del Comité Central y del Buró Político con sede en Moscú a través de los lazos de disciplina interna del Partido. Segundo factor de cohesión que reforzaba la seguridad del régimen: la centralización del ejército, aunque las repúblicas estuvieran implícitamente autorizadas a disponer de unidades militares propias.

Las tres repúblicas caucasianas, que nos interesan aquí particularmente, no habían pasado a ser soviéticas hasta el transcurso del año 1920, y sólo en 1921 por lo que respecta a Georgia, después de su conquista por el Ejército Rojo con la complicidad más o menos amplia de los comunistas locales y de la población obrera rusa, preponderante en los centros industriales del país. Ordjonikidze había sido a la vez el responsable político y el jefe militar del frente caucasiano durante la guerra civil. Fue él quien conquistó militarmente las repúblicas caucasianas para el régimen soviético. Después de la guerra, permaneció allí y representó a Moscú en la región, como jefe del buró caucasiano del Partido, Kavbjuro. En 1921, Lenin, por razones de eficacia, apremia al Kavbjuro para que proceda a la unificación económica de las tres repúblicas, sobre todo en lo que respecta a las comunicaciones, los correos y el comercio exterior, dentro del marco de una Federación Transcaucasiana, en que la dirección regional del Partido será rebautizada con el nombre de Zakkrajkom. Ordjonikidze se consagra con celo a esta tarea, en la que despliega toda la experiencia adquirida y algunos de los métodos aprendidos en el curso de la guerra civil y las conquistas. Ahora bien, aunque él mismo es georgiano, choca con la oposición del Comité Central de los comunistas de Georgia que, aun aprobando la consolidación de los lazos con Rusia y el sistema soviético, velaba por la salvaguardia de los atributos de la independencia nacional.

Deseosos de obtener apoyo popular en este Cáucaso donde los sentimientos nacionales y nacionalistas eran tenaces y habían sido reavivados recientemente por la experiencia de la independencia bajo un gobierno menchevique que acababa de ser derrocado por la fuerza, los comunistas georgianos, con un equipo dirigente valioso, afirmaban con más fuerza que cualquier otro grupo nacional del Partido el principio de la independencia dentro del marco del sistema soviético. Por otra parte, la oposición de los georgianos a Ordjonikidze se exacerbó particularmente a causa de sus maneras de procónsul, que hacía poco caso de las opiniones de los responsables locales. Opiniones tan resueltas y firmes, que Lenin tuvo que admitir a finales del año 1921 que el proyecto era prematuro y que era preciso preparar primero el terreno por medio de una campaña de propaganda entre la población. Se intensificaba el enfrentamiento entre el representante del Comité Central de Moscú, vigorosamente apoyado por Stalin, cuyo peso político aumentó gracias a sus nuevas funciones de gensek, y los cekistas georgianos, ya que éstos también gozaban de un apoyo, el del prestigioso Makharadze, hasta entonces partidario del Zakkrajkom, Makharadze era conocido por su internacionalismo, que en un tiempo le había llevado a combatir el principio de autodeterminación de las naciones tan caro a Lenin; no podía ser acusado fácilmente de "desviación nacionalista", pecado que entonces era reprochado de continuo a los georgianos por Stalin y Ordjonikidze.

Los georgianos saboteaban cuanto podían las medidas adoptadas por Ordjonikidze para realizar la integración económica de las tres repúblicas. Situaron guardias militares en las fronteras de la República de Georgia, exigieron permisos de residencia, etc. Mientras Ordjonikidze se preparaba para volver a la carga, los georgianos hicieron aprobar por su comité militar revolucionario y después por el congreso de los soviets de su república, unas resoluciones solemnes sobre la inviolabilidad de su independencia nacional, cuyo carácter anti-federacionista no estaba ni siquiera disimulado. Sin embargo, en el mes de marzo, Ordjonikidze, haciendo caso omiso de la oposición georgiana y contando con los dirigentes más dóciles de Armenia y Azerbaidján, proclamó el proyecto de constitución de la Federación, proyecto que, a la vez que prometía la salvaguardia de la soberanía de las repúblicas, anunciaba la creación de un gobierno federal. La tensión entre Stalin y Ordjonikidze por una parte y los cekistas georgianos por otra, aumentó todavía más. Los representantes de Moscú declaraban en sus discursos que las tendencias nacionalistas de los cekistas georgianos debían ser “quemadas con hierro candente.”

Esta lucha obstinada y llena de peripecias prosiguió a lo largo del año 1922 y sus ecos llegaron con frecuencia hasta Moscú. Este asunto, el de más gravedad pero no el único, originado por el complicado ordenamiento de las relaciones entre las repúblicas, que se planteaba en un momento en que el Estado Soviético empezaba a entrar en la arena internacional, incitó a los dirigentes a normalizar y clarificar el conjunto del sistema de política nacional del país. El 10 de agosto de 1922, el Buró Político requirió al Orgburó a fin de constituir una comisión que preparara, para la próxima sesión del Comité Central, un proyecto de reglamento de las relaciones de la Federación Rusa con las otras repúblicas. Lenin estaba enfermo y controlaba cada vez menos los asuntos. La prisa de los dirigentes era evidente, y es posible que incluso tuvieran una idea precisa de las conclusiones a que debían llegar, puesto que la comisión quedó formada el día siguiente al de la decisión del Buró Político. Su composición no deja de ser interesante. Figuraban en ella Stalin, Kuybychev, Ordjonikidze, Rakovsky, Sokolnikov, y probablemente también Molotov, que presidió una de las sesiones, como representantes centrales, y por las repúblicas: Agamaly-Ogly (Azerbaidján), Mjasnikov (Armenia), Mdivani (Georgia), Petrovsky (Ucrania) y Tcherviakov (Bielorrusia). A la cabeza de la comisión se encontraba, naturalmente, Stalin, como comisario para las nacionalidades, cargo que conservaría todavía aproximadamente un año. Investido de sus funciones de gensek, podía en la actualidad influir en la composición de las comisiones constituidas por el Buró Político» En efecto, vemos que en el seno de la comisión que comentamos sus amigos políticos ocupan un lugar preponderante. El propio Stalin redactó, con mano maestra, la resolución de esta comisión relativa a las relaciones mutuas entre la RSFSR y las repúblicas independientes, proyecto llamado "de autonomización", que preveía la inclusión pura y simple de estas "repúblicas independientes" en la Federación Rusa como "repúblicas autónomas". El proyecto estipulaba, además, que el gobierno de la República Rusa, su VCIK (Comité Ejecutivo Central) y su Sovnarkom constituirían en lo sucesivo el gobierno del conjunto.
Resultado de imagen de stalin georgiaEl texto de Stalin fue enviado a los Comités Centrales del Partido de las repúblicas; mereció la aprobación de los de Azerbaidján y de Armenia, dirigidos por hombres incondicionales, pero en el resto fue mal recibido. El Comité Central de Bielorrusia respondió que prefería unas relaciones basadas como hasta entonces en tratados bilaterales. Según nuestras fuentes, Ucrania no habría tomado posición, pero no se nos explica el por qué. La respuesta de los georgianos fue clara: estaban en contra. La sesión de su Comité Central del 15 de septiembre decidió: "La unificación propuesta sobre la base de las tesis del camarada Stalin bajo la forma de una autonomización de las repúblicas independientes debe considerarse prematura. Por el contrario, la unificación de los esfuerzos económicos y de la política común debe considerarse indispensable, pero salvaguardando todos los atributos de la independencia.

Esta resolución, tomada por unanimidad menos un voto, provocó una réplica inmediata de Ordjonikidze y de su Zakkrajkom, que adoptó de inmediato una resolución favorable al proyecto de Stalin y, todavía más, utilizando su superioridad en la jerarquía del Partido, ordenó al Comité Central georgiano que se ajustara a las órdenes de Stalin y no hiciera públicas sus divergencias con Moscú. Siempre según la misma fuente, ésta no era la primera vez que se intentaba poner a los georgianos ante el hecho consumado; ya había sucedido así cuando se decidió invadir Georgia y acabar con el gobierno menchevique sin prevenir a los comunistas locales. En el caso presente, incluso antes de que sus proyectos sobre la autonomización fueran discutidos, Stalin habría telegrafiado, según parece, a Mdivani el 29 de agosto de 1922 para anunciarle que a partir de entonces las decisiones de las esferas gubernamentales superiores de la RSFSR (VCIK, Sovnarkom y STO, el Consejo de Trabajo y de Defensa) tenían fuerza obligatoria para todas las repúblicas. Una iniciativa de esta índole sólo podía hacer más categórico el niet de los georgianos a la totalidad del proyecto.

La comisión se reunió de nuevo el 24 y 25 de septiembre, una vez registradas en Moscú las reacciones de los Comités Centrales de las repúblicas. La proposición de Stalin fue aprobada globalmente. Hubo una sola abstención, la del delegado de Georgia, Mdivani. La discusión párrafo a párrafo no ocasionó demasiadas dificultades a Stalin y Molotov, presidentes de las sesiones sucesivas. Sólo el segundo párrafo, en el que se estipulaba que el gobierno de la Federación Rusa se convertiría en el gobierno del conjunto de las Repúblicas, encontró cierta oposición: abstención del delegado de Ucrania, Petrovsky, y voto en contra de Mdivani. En realidad, este éxito era sólo aparente; el auténtico sentir de los delegados iba a revelarse con ocasión del examen de los problemas secundarios. Es probable que nadie deseara desafiar a los representantes del Buró Político y del Orgburó en el peligroso terreno de una cuestión de principio. Pero, cuando Petrovsky propuso que el proyecto fuera sometido otra vez a la discusión de los obkomy, los comités regionales del Partido en las repúblicas, su enmienda, que apenas ocultaba la voluntad de aplazar la decisión y quizá de enterrarla, obtuvo cuatro votos sobre nueve, entre los cuales estaba el de un "incondicional" de Moscú, Agamaly-Ogly, que se había unido a los de Mdivani, Petrovsky y Tcherviakov, lo que demuestra la verdadera amplitud de la oposición de las repúblicas a la autonomización; sobre seis, al menos cuatro estaban en contra, en diversos grados. Una vez rechazada su moción, Petrovsky exigió que constara en el protocolo la mención de que Ucrania todavía no había tomado posición sobre el proyecto global. El juego de los ucranianos era muy evidente: no osaban o no querían todavía atacar de frente el texto de Stalin —quizá deseaban sondear el terreno y conocer primero la posición de Lenin y las relaciones de fuerzas en el seno del Buró Político y del Comité Central—, pero el 3 de octubre, unos días después de las sesiones de la comisión, su Comité Central votó por mantener relaciones con la RSFSR dentro del marco de las proposiciones de la comisión Frunze, es decir dentro del marco de la independencia, del statu quo.

Entretanto, Lenin, convaleciente pero vivamente interesado en el problema, pidió a Stalin informes sobre la marcha de los trabajos de la comisión. Los obtuvo el 25 de septiembre; Stalin le facilitó todo el expediente. La reacción de Lenin no se hizo esperar. En la carta que dirigió el día siguiente a Kamenev, su segundo en el Sovnarkom, y no directamente a Stalin, llamaba la atención de este último sobre la importancia del asunto y pedía que le dedicara una profunda reflexión. Lenin no se siente alarmado por los acontecimientos concretos, ni por los métodos empleados para la ejecución, ya iniciada, del proyecto. El conflicto georgiano no le interesa todavía en cuanto a tal y, a pesar de sus frecuentes conversaciones con todos los protagonistas del asunto, prevalece la impresión de que seguía fiándose de las informaciones proporcionadas por Stalin y su amigo Ordjonikidze. Se tienen pruebas adicionales de ello al mes siguiente. En su carta, Lenin habla de Mdivani como de alguien "que se sospecha que es un nezavisimest", es decir un nacionalista, en sentido peyorativo, pero no asume formalmente esta acusación por su cuenta, y, por otra parte, encuentra a Stalin "algo precipitado". Por lo tanto, es por razones de principio y no de hecho que Lenin se ve impulsado a rechazar el proyecto de autonomización y a proponer una solución diferente. Es preciso llegar, dice, a "una Federación de Repúblicas con igualdad de derechos". Para mejor garantizar esta igualdad, tacha del proyecto de Stalin el párrafo relativo a la adhesión de las repúblicas a la RSFSR, y en su lugar preconiza "una unificación formal conjuntamente con la RSFSR, dentro de una Unión de Repúblicas Soviéticas de Europa y Asia".
El gobierno ruso no será el gobierno de la Unión. Lenin propone la creación de un Comité Ejecutivo Federal de la Unión de Repúblicas Soviéticas, así como de un Sovnarkom federal, órgano nuevo, que englobe también el gobierno particular de Rusia. Así nace el proyecto que pronto va a denominarse URSS. Después de su carta a Kamenev, que debía comunicarse asimismo a los otros miembros del Buró Político, Lenin, desde su casa de campo de Gorki, va a seguir atentamente en lo sucesivo el desarrollo de la cuestión. El 29 de septiembre, recibe a Ordjonikidze, y el día siguiente se reúne con los cekistas georgianos: Okudjava, Dumbadze y Minadze, enviados por los georgianos a Moscú para oponerse a Stalin. Es probable que Lenin tuviera que decepcionarlos, pero al menos los escuchó.

Durante este tiempo, Stalin se comporta efectivamente como un hombre con prisas. Seguro de la razón de su punto de vista y decidido a establecer un hecho consumado, comunica, sin esperar la opinión de Lenin, los resultados de los trabajos de la comisión a todos los miembros del Comité Central, como material de su próxima sesión, que debía tener lugar el 6 de octubre. La carta de Lenin que contenía un proyecto de unión de las Repúblicas Soviéticas de Europa y Asia no era a sus ojos más que una injerencia del "viejo" en un campo donde él, comisario para las Nacionalidades, había adquirido una sólida reputación y garantizaba la marcha sin tropiezos de los asuntos de su incumbencia, que los georgianos no podían tener la pretensión de perturbar en forma duradera. La intervención de Lenin irritó a Stalin, pero no le impresionó. En ocasión de una de las sesiones del Buró Político probablemente, Stalin y Kamenev intercambiaron dos breves notas referentes al memorándum de Lenin.

Nota de Kamenev: "Ilitch toma las armas para defender la independencia".

Respuesta de Stalin: "Creo que hay que mostrarse firmes contra Lenin".(V. I. Lenin. Biografía, Moscú, 1963, pág. 611.)

Esto es lo que ahora hacía, dejando a un lado su habitual prudencia. Al comunicar el texto de Lenin a los miembros del Buró Político, agregó al mismo una carta, el 27 de septiembre, en la que no ocultaba su opinión y acusaba claramente al jefe del Sovnarkom de un "liberalismo nacional" que no dejaría de estimular a los separatistas. Citemos un extracto de esta carta, de la que poseemos una parte:

"Párrafo 2. La modificación aportada por Lenin al párrafo 2, en que propone la creación de un Comité Ejecutivo Central de la Federación, paralelo al de la RSFSR, es a mi entender inaceptable. La coexistencia de dos Comités Centrales Ejecutivos en Moscú, de los que uno será sin duda la Cámara Alta y el otro la Cámara Baja, originará roces y conflictos. [...]
Párrafo 4. A propósito del párrafo 4, el camarada Lenin, a mi entender, se «ha precipitado un poco:» al reclamar la fusión de los comisariados de finanzas, abastecimiento, trabajo y economía pública con los comisariados federativos. Apenas cabe duda de que esta precipitación servirá a los «independientes» en detrimento del liberalismo nacional de Lenin.
Párrafo 5. La modificación del párrafo 5 solicitada por Lenin es a mi entender superflua."(El Instituto del Marxismo-Leninismo no la reproduce, pero confirma su existencia y las acusaciones de Stalin contra el "liberalismo nacional" de Lenin.)

Stalin devuelve a Lenin golpe por golpe, no sin caer en la ligereza y en la demagogia. La acusación, bastante moderada en conjunto, formulada por Lenin, de haberse precipitado un poco, le es devuelta, y Stalin añade una reprobación de principio con este "liberalismo nacional" de que le acusa. Pero no se detiene ahí; en previsión de los contrataques de Lenin, le declara culpable de un centralismo precoz que es exactamente lo contrario del pretendido "liberalismo nacional". Stalin, en cierto sentido, se retrata por entero en esta carta. Por su manera de argumentar, se comprueba que, para él, la táctica se antepone a cualquier otra consideración. Así, no creyó necesario defender más allá unas opiniones que, sin embargo, había expuesto en tono tan tajante. Comprendiendo que tendría minoría en el Comité Central, cedió en toda la línea y transformó su proyecto de autonomización en un proyecto de unión, en el sentido de las enmiendas de Lenin. El nuevo texto, firmado con los nombres de Stalin, Molotov, Ordjonikidze y Miasnikov, fue enviado a los miembros del Comité Central sin señalar las diferencias que había respecto al anterior. Los redactores del volumen 45 de las Obras de Lenin dicen que estas diferencias "fueron escamoteadas". La introducción al nuevo proyecto pretendía con toda tranquilidad que sólo se trataba de una “formulación ligeramente modificada, más precisa” que la del Orgburó, la cual había sido "correcta en principio y plenamente aceptable".65
Ignoramos si Lenin leyó la carta de censura de Stalin y el preámbulo del proyecto refundido por el gensek. Tampoco participó en la sesión del Comité Central que, el 6 de octubre, ratificó la nueva versión. Pero, dato curioso, movido por un impulso del que ignoramos la razón inmediata, el día de la sesión hizo pasar a Kamenev una pequeña nota que no iba a hacerse pública hasta quince años después. No sin cierto humor, Lenin exclama:

"¡Camarada Kamenev! Yo declaro la guerra, no una pequeña guerra sino una guerra a muerte, al chauvinismo gran-ruso. Cuando me haya librado de mi maldito diente, lo devoraré con todos mis dientes sanos. Es absolutamente preciso que un ruso, un ucraniano, un georgiano, etc., presidan por turno el CIK de la Unión. ¡Absolutamente!. Tuyo, Lenin.”

Gracias a la autoridad de Lenin, cuyas concepciones parecían ser aceptadas por todo el mundo, el Comité Central adoptó el proyecto globalmente y confió a una nueva comisión la tarea de elaborarlo con mas detalle para la próxima sesión. Mdivani, presente en aquella sesión, no se opuso al proyecto, pero exigió que Georgia, a semejanza de Ucrania y Bielorrusia, fuera admitida en la Unión como miembro independiente y no a través de una Federación de Transcaucasia que Ordjonikidze y Stalin seguían preconizando. El Comité siguió adelante sin preguntarse qué sentido tenía la Federación Transcaucasiana dentro del marco del nuevo proyecto. En realidad, era la prosecución de una venganza personal en la que Stalin y Ordjonikidze habían comprometido todo su prestigio. Para estos dos georgianos, se trataba de hacer prevalecer su razón sobre la razón de otros georgianos, y el silencio de Lenin sobre este punto no podía dejar de alentarlos. Los georgianos protestaron una vez más ante Moscú contra la Federación Transcaucasiana. Se granjearon una dura respuesta de Stalin, en la que afirmaba que el Comité Central había rechazado su protesta por unanimidad. Surgió entonces una nueva ola de protestas más violentas en forma de reuniones clandestinas e incluso públicas, en el curso de las cuales los georgianos no cesaron de proclamar y reafirmar su independencia.

Ordjonikidze comenzó a emplear recursos extremos. Con la caución del Secretariado de Moscú, de la que se beneficiaba constantemente, alejó de Georgia a los partidarios del Comité Central de esta república, ordenándoles por vía disciplinaria que abandonaran la región y se pusieran a disposición del Comité Central de Moscú. (Citado por Fotieva, Iz vospominanij o Lenine, Moscú, 1964)Cuando, a su regreso de la capital, donde había seguido el desarrollo del asunto por cuenta del Comité Central georgiano, los tres emisarios enviados por esta república presentaron su informe, el Comité Central georgiano, por gran mayoría, confirmó su exigencia de adherirse en forma directa a la Unión. Al mismo tiempo, Makharadze y Tsintsadze enviaban cartas personales a Bukharin y a Kamenev, esperando bloquear de esta forma la acción de Stalin. No tardaron en ver defraudadas sus esperanzas: sus dos nuevos interlocutores hablaban el mismo lenguaje que el Secretariado; respondieron con nuevas acusaciones de nacionalismo e insistieron en la necesidad de someterse a la disciplina. Una decepción más amarga todavía esperaba a los georgianos. Cuando Bukharin transmitió sus demandas a Lenin, éste, que todavía no veía contradicción alguna entre sus principios "unionistas", su resolución de combatir el chauvinismo gran-ruso y la política practicada respecto a Georgia, respondió de inmediato con un telegrama glacial e irritado:

"21/10/22 (cifrado). TBILISSI, al CC del PCG, Tsintsadze y Kavtaradze (copias al miembro del Comité Central Ordjonikidze y al secretario del Zakkrajkom Orahelachvili).

Asombrado por el tono indecente de la nota por comunicación telefónica directa firmada Tsintsadze y otros, que me ha sido transmitida no se sabe por qué por Bukharin y no por uno de los secretarios del Comité Central. Estaba persuadido de que todas las divergencias habían sido extinguidas por las resoluciones del pleno del Comité Central, con mi participación indirecta y la participación directa de Mdivani. Por este motivo condeno resueltamente las invectivas dirigidas a Ordjonikidze e insisto en que vuestro conflicto se transfiera, en un tono decente y leal, para ser resuelto por el Secretariado del CC del PCR, al que transmito vuestra declaración por comunicación telefónica directa.
Firmado: Lenin.”

Lenin estaba, pues, tan seguro del valor de sus informaciones sobre el asunto que remitía la queja contra Ordjonikidze y Stalin a manos de... ¡Stalin!
Al término de su paciencia, desesperando de encontrar justicia en Moscú, exasperados por las "deportaciones" ordenadas por Ordjonikidze, los cekistas georgianos dieron un paso sin precedentes: el 22 de octubre presentaron su dimisión colectiva. (De hecho, nueve de los once miembros del Comité Central georgiano dimitieron).

Ordjonikidze probablemente no esperaba otra cosa. Su Zakkrajkom nombró de inmediato un nuevo Comité Central compuesto de jóvenes, que aceptaron sin pestañear la Federación. El Secretariado de Moscú se apresuró a aceptar la dimisión de los antiguos cekistas y los nuevos nombramientos. Sin embargo, el absceso no estaba todavía resuelto. Los miembros del Comité Central dimisionario no habían renunciado a la lucha. El cambio de equipo no hacía otra cosa que subrayar la impopularidad de Ordjonikidze en su país natal. Este experimentaba por esta causa la más viva irritación, tanto más cuanto las medidas concretas de puesta en obra de la Federación progresaban demasiado lentamente para su gusto, saboteadas por los partidarios de la independencia de Georgia. Los incidentes, las intrigas, las quejas a Moscú se multiplicaban.

En el curso de una de estas confrontaciones, Ordjonikidze perdió el control de sí mismo: golpeó a otro miembro del Partido, adicto a Mdivani El hecho sucedió durante una sesión privada en casa de Ordjonikidze. Estaba presente Rykov, adjunto de Lenin y miembro del Buró Político. El "impetuoso Sergo" (Ordjonikidze) se creía invulnerable. Pero, esta vez, una queja contra él y una demanda de apertura de expediente llegadas a Moscú con la firma de Makharadze y otras personalidades, no podían ser ignoradas. Aunque se obstinan en defender "la línea justa en principio del Zakkrajkom" y en fustigar "las posiciones esencialmente incorrectas" del Comité Central georgiano, que en sus comentarios designan con el nombre de "grupo de Mdivani", los presentadores de las Obras de Lenin, en su última edición, enumeran, sin embargo, una serie impresionante de "errores cometidos por Ordjonikidze": "No dio pruebas de la flexibilidad y prudencia necesarias en la dirección de la política nacional del Partido en Georgia, adoptó métodos administrativos, tomó con excesiva rapidez determinadas medidas y no siempre tuvo en cuenta las opiniones y los derechos del Comité Central del Partido Comunista de Georgia. Tampoco mostró un adecuado dominio de sí mismo en sus relaciones con el grupo de Mdivani".

Lenin empieza entonces a inquietarse. Lo que parece le alarmó de repente fue, al parecer, una carta del georgiano Okudjava, cekista dimisionario, en la que acusaba a Ordjonikidze de haber proferido amenazas contra los comunistas de Georgia. Cuando el Buró Político le hizo llegar, al objeto de que votara, los nombres de los miembros de la comisión investigadora que el Secretariado enviaba a Georgia para restablecer la paz en el seno del Partido, Lenin, según se lee en el "Diario" con fecha 24 de noviembre, prefirió abstenerse. No sabemos si pretendía así manifestar sus dudas acerca de la imparcialidad de la comisión, tres miembros de la cual —Bzerjinsky, Lozovsky y Kapsukas-Mitskevitchius— habían sido propuestos por Stalin, pero es evidente que empezaba a desconfiar de sus primeros informadores y buscaba otras fuentes para formarse una idea de los acontecimientos. Rykov se dirigió a Georgia, sea porque Lenin le envió, sea porque tuviera otras razones. De todos modos, debía seguir el asunto e informar de él a Lenin. Este espera con impaciencia creciente el regreso de la comisión y de Rykov. Las secretarias anotan fielmente en el "Diario" sus incesantes preguntas sobre sus itinerarios.

Llegados a esta etapa del desarrollo del asunto, nos permitiremos hacer algunas observaciones de orden general. No estamos en presencia de un simple desequilibrio, inevitable en el curso de la ejecución de una política, entre los principios y los objetivos, por una parte, y los métodos de ejecución, por la otra. En este caso, el conjunto de los medios refleja un cambio de objetivos que se opera con frecuencia de modo inconsciente entre ciertos dirigentes: han convertido el centralismo del Estado en un principio supremo. Ordjonikidze emplea la violencia pura y simple contra los desviacionistas nacionalistas de las repúblicas nacionales, lleva a cabo en suma, todo lo que los oponentes en el seno del Partido, y a menudo paradójicamente los propios estalinistas, englobaban bajo el término peyorativo de administrirovanie. Estas prácticas cuajan en un sistema que se quiere justificar con motivaciones distintas a las que habían engendrado la Revolución de Octubre. Aun preconizando la prudencia, la circunspección y la flexibilidad, sobre todo en lo que respecta al difícil problema nacional, Lenin dirigía una dictadura que sólo podía sobrevivir siendo implacable. No es sorprendente que contribuyera a encumbrar a unos dirigentes capaces de vencer; así, Ordjonikidze había sido enviado al Cáucaso en calidad de delegado. Entre estos delegados y comisarios, comandantes de los frentes y secretarios de grandes regiones en el curso de los combates de la guerra civil e inmediatamente después, encontramos las dos grandes categorías de militantes de que se componía el Partido. Unos eran intelectuales sensibles a las exigencias de la doctrina, idealistas apegados a su visión del socialismo; en su mayoría habían sido iniciados en un marxismo occidental, especialmente a través de largas permanencias en Europa durante la emigración. Los otros eran ante todo ejecutantes, hombres de acción, prácticos de la revolución, más apegados a las realidades cotidianas; su formación y su capacidad raramente hacían de ellos intelectuales; eran en la mayoría de casos antiguos combatientes clandestinos del interior que jamás habían conocido la emigración.

Cada una de estas dos categorías de hombres había tenido un papel a jugar en las tareas de la revolución, de la guerra civil, en las tareas propuestas por los ideales de Lenin. Pero el curso de los acontecimientos, más trágico y penoso de lo que habían previsto los teóricos, iba a dar muy pronto una preponderancia a los activistas del temple de Ordjonikidze, de Kaganovitch, Molotov, Kuybychev o Stalin, sobre los Rakovsky, Krestinsky, Serebriakov, Preobrajensky, Makharazde, Trotsky, etc. La terrible lógica de las realidades rusas empujaba a unos hacia destinos catastróficos, y prometía a los otros un largo reinado, aunque algunos debían ser eliminados en las grandes purgas de 1936-1938. Isaac Deutscher propone distinguir, entre los bolcheviques, aquellos que se aferraron al sueño y aquellos que se consagraron al poder. En el curso de la realización del sueño, aparecieron dilemas cada vez más graves y se fue ahondando la separación entre los dos grupos.

La personalidad de Lenin realizaba en cierto modo la feliz síntesis de estos dos tipos caracterológicos; podía unir así una fidelidad idealista a los fundamentos de la doctrina a un pragmatismo que le preservaba de una rigidez doctrinaria utópica o conservadora. Esto era lo que constituía a la vez su fuerza, su debilidad y sus tribulaciones, esto era lo que le permitía colaborar con Trotsky y entregar, al mismo tiempo, las más altas responsabilidades a Stalin. Stalin se había convertido bajo Lenin en un dirigente de primerísimo orden; Lenin lo reconocía así. Esto se hace patente en la carta sobre la constitución de la URSS, escrita a Kamenev el 26 de septiembre, en la que Lenin se felicita de haber arrancado a Stalin una concesión sobre un párrafo del proyecto. El estudio del "testamento" confirmará esta constatación.

En el curso del año 1922, Lenin ve con frecuencia a Stalin y en cada ocasión conversa largamente con él. Su confianza queda demostrada por el hecho de que, en el conflicto georgiano, haya podido darle constantemente la razón durante un año en contra de la gente de Mdivani, a pesar de las entrevistas personales con representantes de su facción. Sin embargo, se puede medir el abismo que separaba a Lenin de Stalin al comparar sus respectivas actitudes con respecto a la cuestión nacional. Stalin propone una solución tan simple como expeditiva, que cristalizará y reforzará la realidad del poder: ¿el gobierno de la RSFSR no era, acaso, prácticamente el del conjunto de las repúblicas? Pues bien, se convertiría oficialmente en el gobierno de la Unión. ¿Cómo proceder? En el párrafo 6 del proyecto de Stalin se lee: "La presente decisión, si es confirmada por el Comité Central del PCR, no será publicada sino comunicada a los Comités Centrales de las repúblicas para circular en el ámbito de los órganos soviéticos, los comités ejecutivos centrales, o los congresos de los Soviets de dichas repúblicas, antes de la convocatoria del congreso pan-ruso de los Soviets, donde se declarará que expresa el deseo de estas repúblicas". Puesto que de todas formas era el Comité Central de Moscú el que decidía e imponía su decisión a los Comités Centrales nacionales por medio de "circulares directivas", es decir por medio de órdenes cuya no ejecución era penable con medidas disciplinarias, puesto que iba a declarar solemnemente que la voluntad del Comité Central respondía al deseo de las repúblicas, el sentido del proyecto de Stalin es evidente: se trataba de hacer ratificar el hecho para que se convirtiera en ley. Lenin, por el contrario, se niega a tomar en consideración la mera eficacia administrativa, e intenta resolver el problema aplicando sus viejos principios. En su carta dice, y no hay razón para dudar de su sinceridad, que no quiere destruir la independencia de las repúblicas soviéticas, sino crear un nuevo escalón en el ordenamiento constitucional: "una Federación de Repúblicas independientes". Para Lenin, la eficacia cuenta, claro está, y la solución adoptada debe también reforzar el Estado, pero, precisamente, el conjunto de la cuestión de las nacionalidades debe resolverse y no suprimirse. No debe renegarse del internacionalismo en beneficio del centralismo; también hay que seguir combatiendo la fuerte tradición de opresión que caracterizaba al estado zarista. Esta voluntad constante de tener presente en el espíritu los principios de la ideología socialista encuentra su expresión en el proyecto de unión de Lenin, que subraya el carácter federativo de la Unión, los derechos de las repúblicas, la salvaguardia de su independencia y la preocupación por sus susceptibilidades. Las instituciones que él propone debían servir de garantía contra la tendencia a la usurpación por parte de la nación predominante. Para que este proyecto fuera realizable en las condiciones soviéticas, era preciso que el Comité Central de Moscú tuviera la intención, la convicción y la fuerza de velar para que las instituciones y las garantías previstas no se convirtieran en letra muerta, cualesquiera que fueran las presiones en sentido contrario. Era preciso también que las repúblicas y sobre todo los comunistas locales pudieran legal e institucionalmente defender sus puntos de vista en el seno del Partido, sin correr el riesgo de caer inmediatamente bajo el golpe de medidas punitivas por “actividades divisionistas” o por "haber infringido la disciplina". Para que las proposiciones de Lenin tuvieran sentido, era preciso realizar modificaciones en el régimen interno del Partido. Más adelante se verá la manera en que Lenin las había previsto.

Stalin, por su parte, era sincero cuando, al presentar la nueva versión del proyecto de Unión, decía que sólo variaba en algunos detalles respecto a su proyecto inicial, el cual también, afirmaba, era "correcto en principio y absolutamente aceptable". En efecto, estaba persuadido de que prevalecerían en el curso de los acontecimientos, los intereses auténticos del Estado, y de que la Unión funcionaría como él había previsto. En estas condiciones, no veía inconveniente en ceder totalmente ante Lenin, sobre el papel. Además, a sus ojos no existía ninguna clase de divorcio entre los principios del programa bolchevique y la práctica. Lenin, por el contrario, se dará cuenta de esta distorsión, considerará que él es en parte responsable y que debe evitar que las cosas tomen un cariz excesivamente ajeno a su voluntad.

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