«CONTRA EL FEDERALISMO» de J. Stalin (28 de marzo de 1917).

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«CONTRA EL FEDERALISMO» de J. Stalin (28 de marzo de 1917).

Mensaje por GagarinCCCP el Miér Mayo 16, 2018 5:33 pm

En el núm. 5 de Dielo Naroda ha aparecido un articulillo titulado «Rusia, unión de regiones». En él se recomienda ni más ni menos que la conversión de Rusia en una «unión de regiones», en un «Estado federal».

Escuchad:

Que el Estado federal de Rusia acepte de las distintas regiones (Ucrania, Georgia, Siberia, Turkestán, etc.) los atributos de la soberanía... Pero que garantice a las distintas regiones su soberanía interna. Que la futura Asamblea Constituyente establezca una Unión de Regiones de Rusia.

El autor del articulillo (Ios. Okúlich) explica esto de la manera siguiente:

Que haya un ejército ruso único, una moneda única, una política exterior única, un único tribunal supremo. Pero que las distintas regiones del Estado único sean libres para organizar independientemente su nueva vida. Si ya en 1776 los norteamericanos... crearon por un tratado de unión los «Estados Unidos», ¿por qué nosotros no hemos de poder crear, en 1917, una sólida unión de regiones?.

Así habla Dielo Naroda.

No se puede negar que el articulillo tiene muchas cosas interesantes y que, en todo caso, es original. También despierta interés lo enfático del tono, su estilo de «manifiesto», por decirlo así (¡«que haya», «que sean»!).

Con todo y con eso, debemos señalar que, en general, se trata de una extraña aberración, basada en una actitud más que frívola respecto a hechos de la historia del régimen estatal de los Estados Unidos de América del Norte (así como de Suiza y el Canadá).

¿Qué nos dice esa historia?

En 1776 los Estados Unidos no constituían una federación, sino una confederación de colonias o Estados hasta entonces independientes. Es decir, eran colonias independientes; pero luego, para defender sus intereses comunes, sobre todo contra los enemigos exteriores, las colonias concertaron entre sí una alianza (confederación), sin dejar, por ello, de ser entidades estatales plenamente independientes.

En los años 60 del siglo XIX se operó un viraje radical en la vida política del país: los Estados del Norte exigieron un acercamiento político más estrecho entre los Estados, en oposición a los Estados del Sur, que protestaban contra el «centralismo» y luchaban por el viejo orden de cosas. Estalló la «guerra civil», en la que vencieron los Estados del Norte. En Norteamérica se estableció una federación, es decir, una unión de Estados soberanos, que compartían el Poder con el gobierno federal (central). Pero ese sistema no duró mucho.

La federación resultó ser tan transitoria como la confederación. La lucha entre los Estados y el gobierno central no cesaba, y la dualidad de poderes se hizo intolerable, por lo que en el curso de su evolución los Estados Unidos se convirtieron, de federación, en Estado unitario, con normas constitucionales únicas y con una autonomía limitada (no estatal, sino política y administrativa), permitida a los Estados por dichas normas. Aplicado a los Estados Unidos, el nombre de «federación» pierde todo sentido, es una reliquia del pasado, que no corresponde, hace ya mucho, al verdadero estado de cosas.

Lo mismo cabe decir de Suiza y del Canadá, países a los que también se refiere el autor del articulillo mencionado. Los mismos Estados independientes (los cantones) al comienzo de la historia, la misma lucha por una unión más sólida (la guerra contra el Sonderbund en Suiza,NOTA 1_3 la lucha entre los ingleses y los franceses en el Canadá), la misma conversión subsecuente de la federación en Estado unitario.

¿Qué nos dicen estos hechos?

Únicamente que en Norteamérica, lo mismo que en el Canadá y en Suiza, el desarrollo fue, de regiones independientes, a través de su federación, hacia el Estado unitario; que la tendencia del desarrollo no es favorable a la federación, sino contraria a ella. La federación es una forma transitoria.

Eso no es casual, pues el desarrollo del capitalismo en sus formas superiores y, en relación con ello, la ampliación del marco del territorio económico, con su tendencia centralizadora, no exigen un Estado federal, sino un Estado unitario.

No podemos pasar por alto esta tendencia, a menos, naturalmente, que no queramos volver atrás la rueda de la historia.

Pero de aquí se desprende que sería necio propugnar para Rusia la federación, condenada por la propia vida a desaparecer.

Dielo Naroda propone repetir en Rusia la experiencia de los Estados Unidos de 1776. Pero ¿existe la más remota analogía entre los Estados Unidos de 1776 y la Rusia de nuestros días?

Entonces los Estados Unidos eran un conglomerado de colonias independientes, no ligadas entre sí y que deseaban vincularse, por lo menos, en la forma de una confederación. Y este deseo era completamente lógico. ¿Es, acaso, análoga la situación en la Rusia de hoy? ¡Naturalmente que no! Todo el mundo ve claro que las regiones (la periferia) están aquí vinculadas a la Rusia Central por lazos económicos y políticos; y cuanto más democrática sea Rusia, más apretados serán esos lazos.

Además, para establecer en Norteamérica una confederación o una federación, fue necesario unir colonias no ligadas aún entre sí. Y ello respondía a los intereses del desarrollo económico de los Estados Unidos. Mas, para convertir a Rusia en una federación, habría que romper los lazos económicos y políticos ya existentes y que vinculan unas a otras las regiones, cosa que sería absolutamente absurda y reaccionaria.

Finalmente, Norteamérica (lo mismo que el Canadá y Suiza) no se divide en Estados (cantones) según el principio de la nacionalidad, sino según el principio geográfico. Allí los Estados se desarrollaron a partir de colonias-comunidades, independientemente de su composición nacional. En los Estados Unidos hay varias decenas de Estados, pero sólo siete u ocho grupos nacionales. En Suiza hay 25 cantones (regiones), pero sólo tres grupos nacionales. En Rusia la cosa cambia. Lo que en Rusia se acostumbra a llamar regiones que necesitan, supongamos, autonomía (Ucrania, la Transcaucasia, Siberia, Turkestán, etc.), no son simples regiones geográficas, como la de los Urales o la del Volga, sino partes concretas de Rusia, con su propio modo de vida y con una determinada composición nacional (no rusa). Precisamente por ello, la autonomía (o federación) de los Estados en Norteamérica o en Suiza no sólo no resuelve la cuestión nacional (¡no persigue ese objetivo!), sino que ni siquiera la plantea. Pero la autonomía (o federación) de las regiones de Rusia es propuesta precisamente para plantear y resolver la cuestión nacional, porque la división de Rusia en regiones se basa en el principio de la nacionalidad.

¿No está claro que la analogía entre los Estados Unidos de 1776 y la Rusia de nuestros días es artificial y absurda?

¿No está claro que el federalismo no resuelve ni puede resolver en Rusia la cuestión nacional y que sólo puede complicarla y embrollarla con quijotescos forcejeos por volver atrás la rueda de la historia?

No, indudablemente no se puede aceptar la propuesta de repetir en Rusia la experiencia de la Norteamérica de 1776. La federación, esa medida transitoria y a medias, no satisface ni puede satisfacer los intereses de la democracia.

La solución del problema nacional debe ser tan viable como radical y definitiva, es decir:

(1) derecho a la separación para las naciones que pueblan determinadas regiones de Rusia y que no pueden, que no quieren permanecer en el marco de un todo único;

(2) autonomía política en el marco de un Estado unitario, con normas constitucionales únicas para las regiones que se distinguen por una determinada composición nacional y que quedan en el marco de un todo único.

Así, y sólo así, debe resolverse la cuestión de las regiones en Rusia.

http://www.eroj.org/biblio/stalin/federal/federal.htm

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