Renta Basica Universal ¿Que opinan?

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Mensaje por Gaijin el Jue Dic 07, 2017 8:43 pm

Este canal, Kurzgesagt, de muy buena calidad para lo que es YouTube últimamente, hizo un video hablando de la Renta Básica Universal, o RBU (en inglés, UBI); al verlo se me ocurrió que querría saber su opinión acerca de implementar un ingreso básico y universal como medida para reducir o eliminar la pobreza extrema en el capitalismo actual. ¿Lo ven como una medida tendiente al socialismo? ¿Un engaño de la burguesía? ¿Una "solución" real a los mayores problemas del capitalismo? ¿Una vía posuible a una vinculación entre capitalismo y socialismo bajo nuevos términos? (claro que dejando un poco de lado la idea de propiedad de los medios de producción y tomando una teoría acerca de la inequidad y la calidad de vida).

¿Debemos los marxistas luchar por una RBU o no? ¿Debería sumarse a los programas de asistencia ya existentes, o reemplazarlos?



Pueden activar los subtítulos en español en las opciones del video, si no entienden inglés.

Saludos.
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Mensaje por pablo13 el Vie Dic 08, 2017 3:38 am

Gaijin escribió:al verlo se me ocurrió que querría saber su opinión acerca de implementar un ingreso básico y universal como medida para reducir o eliminar la pobreza extrema en el capitalismo actual. ¿Lo ven como una medida tendiente al socialismo? ¿Un engaño de la burguesía? ¿Una "solución" real a los mayores problemas del capitalismo? ¿Una vía posible a una vinculación entre capitalismo y socialismo bajo nuevos términos?

No creo que el capitalismo pueda ofrecer soluciones a los problemas que este mismo sistema genera. Solo alcanza con observar las cientos de millones de personas que están sumergidas en la miseria absoluta, consecuencia de este sistema global capitalista.

La única solución real a los grandes problemas del capitalismo, se llama socialismo.
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Mensaje por u1193046 el Vie Dic 08, 2017 2:49 pm

Dilecto amigo Pablo13, observo que estás en Argentina. Te invito encarecidamente a que te des una vuelta por Cuba, pero por la auténtica, aquella en la que la "gente" trabaja un mes por 20 chavitos.

Después me contestas.

PD: Una "curiosité": ¿qué añicos tienes, majo?

Recibe un caluroso abrazo.
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Mensaje por pablo13 el Vie Dic 08, 2017 4:05 pm

u1193046 escribió:Dilecto amigo Pablo13, observo que estás en Argentina. Te invito encarecidamente a que te des una vuelta por Cuba, pero por la auténtica, aquella en la que la "gente" trabaja un mes por 20 chavitos.

Después me contestas.

PD: Una "curiosité": ¿qué añicos tienes, majo?

Recibe un caluroso abrazo.

Particularmente no me gusta mucho perder el tiempo con trolls. Pero bue, hoy es feriado y puedo hacer una excepción ...

Para entender la situación cubana no hay que caer en planteos simplistas como hacen los gu$anos usualmente. El socialismo como tal, no puede ser desarrollado de la misma manera y en cualquier contexto. En el caso cubano, si realmente sos una persona objetiva, no podes obviar los multi-factores a los cuales la revolución ha tenido que hacer frente.
Te nombro el principal problema al que esta sometida Cuba desde hace 60 años. Bloqueo económico... ¿Te suena?. Bueno, este "pequeño detalle" (que a los gusanos le gusta obviar), ha sido la principal causa que ha afectado gravemente a la economía cubana durante estas seis décadas (y contando). No me voy a explayar en los grandes logros que ha tenido la revolución, porque en este foro contas con toda la información y además este hilo no es para debatir eso.

Un saludo, estimado gusano ...

¿Cuánto daño hace el bloqueo de Estados Unidos?

http://www.opciones.cu/cuba/2017-10-26/cuanto-dano-hace-el-bloqueo-de-estados-unidos/
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Mensaje por El diccionario rojo el Lun Dic 11, 2017 4:09 am

Buenas;

La renta básica universal ha sido propuesta por distintos grupos de izquierdas a lo largo y ancho del planeta. En el caso especial de España, el partido más destacado, es Podemos, aunque con el paso del tiempo, la propuesta ha ido desapareciendo o bien, es un tema que se ha apartado.

Pienso, a grandes rasgos, como Pablo: el hecho de que un sistema capitalista asegure una renta básica universal no resuelve muchas cuestiones y no deja de ser un parche que algunas sociedades de población reducida o una producción interna enorme puede proporcionar a determinados sujetos.

Este tipo de renta, puede ser una manera de aproximarse al socialismo, pero a la par que mejora las condiciones de vida de las personas, puede destripar la consciencia de muchos obreros que no entienden que para caminar hacia la igualdad completa, se debe avanzar hacia la destrucción del sistema capitalista.

Estoy seguro que si un día avanzamos hacia un modelo de renta universal garantizada, es porque las ganancias de la burguesía se han multiplicado exponencialmente.

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Mensaje por sorge el Vie Ene 12, 2018 8:26 pm

En Euskadi y Navarra tiene rentas que se acercan bastante a la que plantea a Podemos en el programa electoral, es mucho mas que lo ofrecen en otras comunidades,que normalmente son ayudas temporales, precisamente en esta dos comunidades es donde la clase trabajadora mantiene un buen nivel de combatividad sindical y organizacion : http://www.haw.euskadi.eus/gobierno-vasco/contenidos/ayuda_subvencion/1201/es_5401/es_18720. html, http://www.navarra.es/home_es/servicios/ficha/6646/Renta-Garantizada
Como las condiciones objetivas para que surge una situacion revolucionaria se daran independientemente de lo que planteen como medidas para apuntalar bienestar social, como la renta basica tiene una gran resistencia aceptarse por parte de la oligarquia representada por el bipartidismo y su recambio,posiblemente sera tendente a boicotearla en el caso que se implante, puede ser un acicate para que el pueblo vea por su propia experiencia que en el capitalismo es imposible asegurar una condiciones de vida digna.
El problema es que si te opones al cualquier tipo de rente basica van a tener mas dificil que las masas escuchen a los comunista
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Mensaje por El diccionario rojo el Sáb Ene 13, 2018 1:51 am

En el fondo, mala idea no es. De hecho, hasta quizás pueda resolver distintos problemas inherentes a un sistema capitalista; sin embargo, sigo yo sin ver la efectividad que puede tener esta renta universal en España, o en Argentina. Son muchas las interrogantes que habría que resolver, como: ¿renta universal-universal o bien como soporte a las clases con ingresos muy cercanos o incluso por debajo del umbral de la pobreza? ¿cómo se podría mantener un sistema de renta universal -sea la que sea- con un decadente sistema de pensiones y un régimen demográfico aritméticamente desproporcionado? ¿Podrá, realmente, el tejido productivo de un país cualesquiera, mantener esta renta de forma permanente o será temporal? ¿Habrá restricciones de edad? ¿De cuánto sería la cantidad? ¿Realmente X cantidad básica podrá dar, al menos, una vida regular a los obreros más desfavorecidos?

Sin lugar a dudas, a mí me parece genial; es bastante triste ver cómo determinadas personas no pueden permitirse ni llevar al dentista a sus hijos o tener que sobrevivir a base de mantas en el invierno porque no pueden -o no tienen- un calefactor -o similar- para calentarse. Y si estas personas se pueden beneficiar de forma permanente o por un plazo revisable, pues mejor que mejor.
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Mensaje por ajuan el Sáb Ene 13, 2018 5:18 am

Socialismo = Medios de produccion manos obreras
Capitalismo = Medios en manos capitalistas

¿Cuando sera el fin del capitalismo? Ya lo sabemos...estas soluciones se llaman REFORMISMO y ¿saben como termina? El capitalismo aunque lo mejoren no puede mejorarse por sus propios limitaciones, no caigamos en microeconomia berreta del burgues.


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Mensaje por Gaijin el Sáb Ene 13, 2018 1:49 pm

Bueno, esto no es microeconomía, sería totalmente macro. Por más de que la solución siempre sea revolucionaria y un cambio pivotal en la propiedad de los medios productivos, yo planteo el debate acerca de si la RBU realmente es capaz de solucionar grandes problemas del sistema, o allanar ideológicamente el tránsito hacia una sociedad más igualitaria o de abundancia.

Me imagino que ante los recortes actuales vos dirás también que en el capitalismo luchar por mantener o mejorar el salario es reformismo, ¿no? Acá es lo mismo, aún en el capitalismo, de darse bien, sería una conquista magnánima. Su aplicabilidad en el Tercer Mundo es otro debate, pero es realizable en varias naciones.
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Mensaje por El diccionario rojo el Sáb Ene 13, 2018 2:04 pm

ajuan escribió:Socialismo = Medios de produccion manos obreras
Capitalismo = Medios en manos capitalistas

¿Cuando sera el fin del capitalismo? Ya lo sabemos...estas soluciones se llaman REFORMISMO y ¿saben como termina? El capitalismo aunque lo mejoren no puede mejorarse por sus propios limitaciones, no caigamos en microeconomia berreta del burgues.

Hola de nuevo, Ajuan. Gracias por tu intervención.

Yo creo que todo estamos de acuerdo cuando entendemos que esta y otras medidas forman parte del reformismo y que por lo general estas medidas irán, en lo intrinseco, de la mano con ma burguesía.

El problema a día de hoy con los programas y los partidos declarados comunistas, es que caen en la marginalidad y es precisamente la izquierda más centrada en la revolución la que o bien se une a grandes coaliciones, o acaba por ser, más que un partido, un foro para comer aperitivos y un refresco mientras hablan de teoría M-L

Por otra parte, el reformismo es desesperante: no garantiza a medio-largo plazo el bienestar de la clase obrera, y todo su trabajo puede ser borrado o alterado según los intereses de la burguesía ganadora en las elecciones: no da más poder a la clase obrera, se acentúan las contradicciones y es que el burgués cada vez más se ha alejado del proletariado para hacer de este mas pobre, más alienado con lo que produce, y busca mantener a la clase obrera bajo mínimos que contenten a un proletariado debil, sin consciencia de clase, y que entiende que cualquier reforma, por pequeña que sea, ya es mejor que vivir en el paraíso socialista: es como un aficionado a los videojuegos cuyo nombre no quiero recordar: «dejadme con mi PC, mi conexión a internet y mis juegos; a mí lo demás me da igual»

El reformismo a día de hoy es un movimiento que crea pasividad y tampoco prevé exitosamente un empoderamiento de las clases populares. Ahora, -al menos en España- se habla más de política que nunca: industrias potentes al servicio del morbo por el cotilleo político; desde la comodidad de nuestra casa podemos hacer política: a través de un plasma o bien, "cibermilitar" en Facebook o Twitter, porque la máxima expresión de voluntad popular es elegir a unos representantes cada X años, para luego, echar la papeleta, irte a tu casa y no cambiar absolutamente nada: no tenemos poder sobre nada, e intrinsecamente el parlamentarismo burgués es hasta una molestia -dentro de poder usado como herramienta parcial- para el obrero y su familia  

Empero, ¿cómo superar el reformismo para empodar realmente a la clase obrera? ¿Tienen los grandes partidos progresistas un plan unequívoco de transición hacia otras estancias? ¿O es que el reformismo es irreformable? .

Grandes cuestiones, para grandes soluciones. Sin embargo, si beneficia a la clase obrera y le allana el camino a conclusiones superiores ¿Por qué no apoyarlo?
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Mensaje por Jordi de Terrassa el Sáb Ene 13, 2018 5:39 pm

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Mensaje por ajuan el Sáb Ene 13, 2018 5:53 pm

La Renta Básica Universal: ¿Un sueño utópico o una pesadilla ultraliberal?


(Fragmento del articulo Trotkista)
https://www.marxist.com/la-renta-basica-universal-un-sueno-utopico-o-una-pesadilla-ultraliberal.htm escribió:
Utopía
En este sentido, la demanda de una RBU es sólo la última propuesta utópica de una capa ingenua de la izquierda que imagina que la austeridad es ideológica, y que seguramente podemos persuadir a los ricos, de alguna manera, para que transfieran amable y tranquilamente el dinero necesario para el bien de la sociedad. Esto es, en el fondo, en lo que los defensores de la RBU están confiando y en lo que ponen sus esperanzas: en la benevolencia y la filantropía de los capitalistas y los políticos del establishment que los representan.

Mientras que el multimillonario ocasional tipo Bill Gates bien puede dedicar voluntariamente una pequeña porción de su inmensa fortuna a causas benéficas (e incluso entonces, a menudo sólo como un cínico truco de relaciones públicas), la clase capitalista en su conjunto -en última instancia- está en el negocio para obtener un beneficio. Y no les gusta en absoluto que se les quite su riqueza privada de manera forzosa para financiar al resto de la sociedad; de allí las tramas de evasión de impuestos casi estrafalarias en las que las empresas más grandes del mundo están envueltas de manera tan escandalosa. Como declaró enfáticamente Warren Buffett, el conocido inversor multimillonario, después de señalar que paga menos impuestos que su secretaria: "hay una guerra de clases, sí, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, ¡y estamos ganando!"

De nuevo, debemos insistir en que la riqueza existe indudablemente en la sociedad para financiar un sistema de RBU genuinamente progresista. Pero la única manera en que una reforma semejante podría introducirse de manera significativa sería si los capitalistas se sintieran amenazados hasta el punto de temer perderlo todo; es decir, si la lucha de clases alcanzara unos niveles tan intensos y tan elevados que las élites gobernantes ofrecieran reformas desde arriba para evitar la revolución desde abajo. E incluso entonces, en tal situación, la demanda tendría que ser no por la RBU, sino por la revolución socialista.

Si la reivindicación a favor de la RBU es planteada y defendida por la izquierda, entonces no se puede hacer al margen de la lucha de clases. No podemos confiar en el altruismo de los ricos y en la compasión del Estado capitalista, cuya esencia -como explicó Engels y subrayó Lenin- consiste en "cuerpos especiales de hombres armados" en defensa de la propiedad y los intereses de la clase dominante.

En particular, en un momento en que los gobiernos de todo el mundo se arrodillan ante la "mano invisible" del mercado, es pura utopía sugerir que los capitalistas aceptarán feliz y tranquilamente entregar su riqueza para financiar una RBU decente o que el Estado burgués estaría dispuesto a comenzar a emprender semejante tarea.


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Mensaje por ajuan el Sáb Ene 13, 2018 6:02 pm

Gajin, no hace falta saber que hoy hay mucho posmoderno mas desesperado en buscar ideitas heterodoxas en la economia que sentarse y comprender El Capital (es algo que noto en las casas de estudio economicas)

¿Hay alguna duda que los marxistas queremos siempre mejorar la vida de los obreros? No, pero no hay duda tambien que hay que tener una actitud critica para con el sistema. Mientras los obreros del mundo pierden trabajo, son cada vez mas pobres y tienen los mismos problemas que hace 200 años porque el sistema es el mismo...muchos se preocupan mas en buscar parches que en demostrar lo que es. Y viene desde Keynes, marxismo cultural y todo eso que creo que jamas han intentando leer a Marx y creen que las ideas parcheriles son "nuevas y revolucionarias".

Un ejemplo me parece Del Caño. Mientras en Argentina despedian miles de obreros, el se ponia a defender las 6 horas... Fuera de contexto, fuera de lugar proponiendo cosas que no son cruciales para cambiar el sistema.  Fijate la critica del articulo, es bastante interesante. No me he sentado a analizar ese videito al 100% (lei en internet lo que es la RBU) pero no me termina de cerrar ese pago universal a todos sin distinciones ¿Desde cuando defendemos el igualitarismo catolico?

El diccionario rojo, las reformas van del mano de la burguesia si conviene y este cambio termine ni beneficiando al obrero cualificado. Porque los que tienen estudios y los que no les dan lo mismo...se terminara degenerando la renta diferenciada. Pagar a todos por igual no sirve de nada, ademas genera inflacion ¿o te crees que la burguesia no va aumentar los precios? ¿Ayuda realmente al obrero?

Aca se peca entre ingenuidad y poco conocimiento los que hicieron el video creo yo.

¿La renta universal es algo cercano al socialismo? Dejemos nos de joder, en la URSS había salarios diferenciados, la truchada del obrero gana igual que un barrendero es propaganda capitalista y sabemos que recién en el comunismo final habrá una igualación social y economica real que no sabemos como sera al 100%


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Mensaje por Gaijin el Sáb Ene 13, 2018 8:32 pm

Jordi de Terrassa escribió:ForoComunista; Renta básica

Gracias por el hilo, lo voy a leer. Podríamos fusionar los posts.
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Mensaje por ajuan el Sáb Ene 13, 2018 8:45 pm

Gaijin escribió:
Jordi de Terrassa escribió:ForoComunista; Renta básica

Gracias por el hilo, lo voy a leer. Podríamos fusionar los posts.

Lo iba hacer, pero uno es de España y el otro es general.


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Mensaje por SS-18 el Sáb Ene 13, 2018 9:07 pm

https://lamayoria.online/2017/12/21/renta-basica-genesis-una-idea-neoliberal/

Renta Básica Universal: génesis de una idea neoliberal

La renta básica se percibe generalmente como una idea de izquierdas. Sin embargo, una mirada más cercana a su historia nos ofrece un origen completamente diferente.

La idea de una renta básica1 ha despertado un renacido entusiasmo desde el inicio de la crisis de 2008. La propuesta parece sencilla y seductora: consistiría en pagar a cada ciudadano un “ingreso básico”2 incondicional, para liberar a nuestras sociedades de la pobreza, la precariedad o el desempleo. En su sentido de “izquierdas”, cada ciudadano podría, por lo tanto, liberarse de la necesidad de trabajar y verse liberado igualmente de las instituciones del Estado social, que en ocasiones son autoritarias, para dar paso a nuevas actividades autónomas y superar la mortífera necesidad del empleo “a cualquier precio“. En una sociedad en la que desapareciese el trabajo, se propone la renta básica como el instrumento social por excelencia de una sociedad postindustrial.

Recientemente, la puso a la orden del día el Gobierno de derechas finlandés, que propone sustituir parte del sistema de seguridad social por una renta básica para todos sus habitantes. En Canadá, en el verano de 2017, la provincia de Ontario inició un proyecto experimental a gran escala. En Europa, la experiencia más avanzada tiene lugar en Holanda. Este 2017, se pondrá en marcha el experimento en unos 20 municipios – Utrecht entre otros- para comprobar empíricamente los efectos en los beneficiarios. En Francia, el desafortunado candidato en las elecciones presidenciales, Benoît Hamon3, lo había convertido en su buque insignia. Muchos partidos políticos de todo el mundo hablan ahora abiertamente de un ingreso incondicional para todos los ciudadanos. A derecha y a izquierda, la propuesta es debatida y apreciada por sus supuestas ventajas (para unos elimina la precariedad, para otros deshace las viejas instituciones burocráticas de la seguridad social). Su carácter aparentemente “liberal” y “social” parece desdibujar la división original, siendo compartida por los que continúan pensando en el viejo marco de las clases y la revolución industrial y por los que entienden que, en la nueva “economía del conocimiento”, es necesario transformar en profundidad nuestro imaginario y nuestras instituciones. Ahora, el pleno empleo es una utopía, la estabilidad laboral una demanda obsoleta ante el dinamismo necesario en vista de las nuevas actividades “creativas”, y las viejas instituciones de los asalariados (derecho al trabajo, seguridad social, sindicatos, etc.) una vieja maquinaria a extinguir y un obstáculo al progreso y a la libertad individual.

La creciente popularidad de la renta básica se ha combinado durante los últimos treinta años con su asociación con un pasado arraigado en una vieja tradición intelectual. De hecho, sus principales promotores la asocian generalmente con las ideas de Thomas More, Charles Fourier o Thomas Paine que, en su momento, habían formulado propuestas supuestamente similares a las de la renta básica. Sin embargo, esta supuesta procedencia no resiste un análisis más en detalle. Porque, ¿realmente podemos asociar la idea de la renta básica con la defensa de More de un nivel de vida mínimo para todos? Con esa línea argumental, bien podía ser el precursor también de la seguridad social universal o de los impuestos progresivos.

Como toda idea política, la renta básica se ha rodeado de su propia mitología, construida por supuesto a posteriori, para barnizar la propuesta de un pasado idealizado que se remonta al siglo XVI. La elaboración de una procedencia totalmente ficticia y más que cuestionable en el plano intelectual es, por tanto, más que una realidad histórica, una forma de dar legitimidad una idea reciente. El historiador Eric Hobsbawm ha mostrado cuántas instituciones, ideas políticas o incluso organizaciones utilizan materiales antiguos con el fin de crear “tradiciones inventadas” para crear una ilusión de permanencia. La primera consecuencia del efecto de otorgar un lejano pasado al origen a la renta básica es, por lo tanto, impedir toda historización, sacar su génesis de la vista de las ciencias sociales, reprimiendo así sus propias condiciones históricas de posibilidad.

De hecho, su formulación moderna -que data de los años sesenta- aumenta su popularidad con el estallido de la crisis económica de 1973 y con sus consecuencias. Tanto entre la izquierda -a menudo proveniente del naciente movimiento ambientalista- como entre la nueva derecha neoliberal, la idea de la renta básica se abrirá camino en las agendas políticas. La renta básica parece ser una exigencia en tiempos de crisis, blandida en situaciones de marcada decadencia social y fuertes políticas de austeridad. Por lo tanto, la paradoja es profunda: cuanto más derechistas son las políticas y cuanto más defensivo es el movimiento social, más terreno gana la renta básica. Cuanto más inaccesibles parecen ser las ayudas sociales, más sentido parece tener la idea de una renta básica. Así pues, la renta básica no parece ser la culminación de los numerosos logros sociales pasados, sino, por el contrario, la alternativa a su desaparición. Es lo que los botánicos comúnmente llaman un “bioindicador”. Nos informa del estado de progreso del neoliberalismo. Su apoyo aumenta allí donde más devastación causan las reformas neoliberales.

Por lo tanto, la apuesta por una renta básica no sólo es de carácter técnico (¿de cuánto dinero? ¿es posible? ¿cómo ponerla en práctica? ¿qué efectos tendrá?), sino que también pone en tela de juicio los fundamentos intelectuales de la izquierda de posguerra. Sin afán de reconstruir historias, mostraré que la idea de la renta básica se abrió camino cuestionando las instituciones de bienestar social. En este sentido, mantiene una íntima relación con el surgimiento del neoliberalismo, tanto en el tipo de respuesta que ofrece a la crisis como en el concepto de justicia social que transmite.

La revolución del estado social

Para comprender el significado político de una propuesta como la renta básica, debemos, en primer lugar, ver a qué se opone. El Estado social y su sistema de seguridad social, de hecho, se basan en una lógica opuesta a la de la renta básica. Su nacimiento y los derechos que se le asocian no son un mero artefacto técnico. Son el producto de una transformación profunda y lenta en la forma en que se entendía la cuestión social, que comenzó a surgir a mediados del siglo XIX, frente al régimen liberal que prevaleció durante la industrialización. Esta “revolución” social estaba basada en cuatro grandes transformaciones.

En primer lugar, se cuestionó la noción de responsabilidad individual. De hecho, el advenimiento de las instituciones de protección social fue posible gracias al desarrollo de una concepción macroeconómica de los problemas sociales. Así, los principios de “responsabilización” de los pobres y la no intervención en las políticas económicas liberales del siglo XIX estaban totalmente desacreditados. La pobreza y el desempleo se pasan a percibir como el efecto del propio sistema económico, y no sólo como una consecuencia de un comportamiento individual fallido (vagancia, inmoralidad, etc.). El problema de la miseria o del desempleo de la clase trabajadora dejan de abordarse con las medidas disciplinarias del régimen liberal, como el trabajo forzoso en los centros de trabajo o los centros de mendicidad ingleses. Lo que está en primer plano en las propuestas de acción política y económica, no es la responsabilidad individual, sino las variables macroeconómicas.

En segundo lugar, la desaparición de la noción de responsabilidad individual implicará la exigencia de derechos sociales con una perspectiva universal y no de favores arbitrarios individuales, como ocurría con la caridad vigente hasta finales del siglo XIX. De hecho, aunque problemas como el desempleo y la pobreza son fenómenos sociales, es natural que el Estado trate de abordarlos colectivamente. La socialización de una parte de la riqueza producida para ofrecer derechos colectivos (salud, educación, pensiones, etc.) crea, además de la propiedad privada, una propiedad social destinada a hacen entrar realmente a los asalariados en la ciudadanía. Fue la solución del siglo XIX a lo que Émile Buret llamó “la separación absoluta del capital y el trabajo”.

En tercer lugar, el empuje de esta propiedad socializada se traduce en un nuevo papel del Estado, un Estado que ya no se limita a actuar en los “márgenes”, sino que actúa sobre todo el cuerpo social. Esta transformación de la protección social amplía el campo de acción del Estado en el ámbito económico. Para ofrecer derechos, es necesario separar el acceso a determinados bienes del acceso de los individuos al mercado. Esta “demarcación” tiene por objeto proporcionar seguridad en aspectos esenciales de la vida (salud, trabajo, ingresos, educación, etc.) y contribuye a un equilibrio de poder más favorable a las clases dominadas frente a las clases dominantes. La lógica del estado social consiste, por lo tanto, en una extensión sin precedentes de mecanismos dirigidos a alejar a los individuos de la violencia de las relaciones comerciales e institucionalizar su fuerza colectiva en torno a la relación salarial moderna y de los derechos que de ella se derivan. Esta idea, que fue la que defendió Karl Polanyi en La Gran Transformación4, que ve, en los principios de protección social, el objetivo de liberar al individuo de las leyes del mercado y de reconfigurar así el equilibrio de poder entre el capital y el trabajo.

Por último, detrás de la regulación de la esfera económica se encuentra el advenimiento del ideal igualitario, verdadero corazón ideológico del proyecto social de posguerra. Si tras las instituciones de caridad pública se esconde la idea de justicia social para los pobres “que se lo merecen”, con la revolución del estado social surge la ambición de la igualdad. De hecho, los niveles de desigualdad conocidos en el período anterior a la guerra son parte de la base de los conflictos que llevaron al viejo continente a la catástrofe. Durante los años 1870-1914 se alcanzaron niveles extremadamente altos de desigualdad y esto parece confirmar la idea, popularizada por Marx, de una acumulación infinita de riqueza en unas pocas manos. En aquel entonces, el problema de la inseguridad social no era visto como un problema en términos de “pobreza” absoluta (“pauperismo”), si no en términos de redistribución general de los ingresos y de reducción de la brecha entre ricos y pobres. Por eso, a las políticas sociales les corresponde encarnar la lucha contra las desigualdades, y establecer, a largo plazo, un derecho universal a los bienes fundamentales. La creciente y cada vez más amplia incorporación de la población a los sistemas de protección social llevará a muchos autores a predecir el fin de la pobreza. Por lo tanto, la solución de los problemas sociales se conecta con el proyecto de universalización de las instituciones de seguridad social.

El retorno de la pobreza

Sin embargo, este optimismo se desvanecerá rápidamente ante la persistencia de la pobreza. Y sería, por primera vez en los Estados Unidos, donde ocurre este retroceso con el enorme éxito del libro de Michael Harrington The Other America, publicado en 1962 y que vendió más de un millón de copias. Harrington habla de esa “otra América”, formada por trabajadores no cualificados, minorías, ancianos, que viven a la sombra del sueño americano y de su crecimiento económico. Piensa que esta América pobre se ha vuelto invisible como resultado del entusiasmo generado por el New Deal. En cierto modo, el desarrollo económico de posguerra habría contribuido al olvido de los pobres y de la pobreza. Ante esperanza traicionada, era hora de volver a situar la pobreza en el centro del debate político.

En Francia, desde principios de los años setenta, el tema de la pobreza ha estado en el centro del debate debido al trabajo de dos altos funcionarios públicos. El primero, René Lenoir, escribe en 1974 Los excluidos: un francés de cada diez. El trabajo de Lenoir será importante debido a su autor, que era ministro de Acción Social bajo el gobierno del presidente francés Valéry Giscard d’ Estaing el año de su publicación. Su postura tendrá un gran impacto e influencia en las políticas sociales en favor de los “excluidos”. Por último, cabe destacar el libro de Lionel Stoléru, también en 1974, que sobre cómo “vencer la pobreza en los países ricos”.5 Sin embargo, lejos de limitarse a la denuncia, su intervención contribuirá también a una transformación más general de la manera en que se concibe la justicia social y sus soluciones. En efecto, la ambición de la universalización de la seguridad social, que dominó hasta mediados de los años sesenta, se va abandonando paulatinamente en favor de una defensa específica de los llamados “nuevos pobres”, que serían las numerosas fracciones “excluidas” de los asalariados y de la prosperidad de los “treinta años gloriosos”. Es el comienzo de los innumerables debates sobre la “exclusión” y sobre la incapacidad de las políticas sociales de posguerra, e incluso sobre su responsabilidad en dicho problema. Nace la idea de que esta “pobreza en medio de la abundancia” no se puede reducir por medio de instituciones convencionales, y se ponen en tela de juicio las políticas sociales que se aplicaron hasta entonces. La seguridad social, el estado social o la legislación laboral habrían “excluido” a los pobres de la distribución de la riqueza y ayudaban a mantenerlos en su posición de exclusión. Por lo tanto, no se trataba de ampliar la seguridad social, ya que era parte responsable de dicha exclusión. Se argumentaba que la seguridad social y los servicios públicos eran ineficaces, burocráticos y totalmente incapaces de dirigirse a aquellos que “realmente lo necesitan”. En términos más generales, muchos estudios (“izquierdistas” y “derechistas”) denunciaron los sistemas de protección como instituciones de control social destinadas a mantener la sumisión al poder estatal más que a emancipar a quienes reciben su ayuda.

En pocos años, la seguridad social y los derechos que impone el Estado social pasan a ser atacados por todas partes. Si hasta entonces el discurso dominante había sido el de la lenta integración de los pobres en las instituciones de los asalariados, ahora se defiende la ruptura. Como señalan acertadamente Jacques Fourier y Nicole Questiaux, la mayoría de los análisis de mediados de 1960 hasta la década de 1970 pretenden demostrar el “fracaso del sistema de protección social” y el “desperdicio de energía durante el proceso de redistribución” y promueven una “idea simple”: “garantizar que todos tengan un mínimo garantizado, en mayor o menor medida independiente de su participación en la protección”6. Se trata ante todo de dar un mínimo a los excluidos de la competencia económica, y de olvidar la regulación de la esfera económica por el Estado. A la idea del seguro, a la que se acusa de mantener al “cuarto mundo” y a los “marginados” en la pobreza, se le opone la idea, de numerosas asociaciones, de un “ingreso mínimo”, un “bienestar mínimo” o un “mínimo social”. Este mínimo sería ante todo “humanitario” o “ciudadano” y no era considerado como una forma de solidaridad vinculada al trabajo.

Sin embargo, esta perspectiva inmediata, anticipa el proyecto más ambicioso al que aspiraban muchos protagonistas de la década de principios de 1970. De hecho, la idea de Milton Friedman del impuesto negativo, a la que seguirá la idea de una renta básica, que reemplacen por completo al sistema de seguridad social, se va abriendo camino.


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Mensaje por SS-18 el Sáb Ene 13, 2018 9:09 pm

El impuesto negativo: el antepasado de la renta básica

El hincapié en la idea de limitar la política social al mínimo de subsistencia abrirá rápidamente el camino a la propuesta de los impuestos negativos como alternativa a las viejas políticas sociales. La idea, popularizada por Milton Friedman en 19627 es relativamente sencilla: implica que el Estado conceda una prestación a cualquier persona que se encuentre por debajo de un determinado nivel de renta. Ya no se trata de distinguir entre los que trabajan y los que no, entre los “merecedores” y los que no lo merecen. Todo el mundo recibiría, por debajo de cierto umbral de ingresos, un suplemento del gobierno (un impuesto negativo). El objetivo es garantizar que nadie pueda estar por debajo de un nivel mínimo y evitar que se pierda tiempo en papeleos. Para Friedman, esta medida evidentemente se acompaña del fin de los servicios públicos, de la seguridad social y de cualquier forma de “socialización” de los ingresos con fines colectivos. Según sus preceptos, es preferible subvencionar directamente a las personas y no ofrecerles servicios colectivos que son ineficientes, injustos y que interfieren en el mercado. Su idea se hace eco de los numerosos defectos atribuidos a un sistema anticuado y se abre camino entre todos los partidos.

En Francia, Stoléru y Lenoir serán los principales defensores de este impuesto, que defienden en sus respectivos libros. Para luchar contra la pobreza, Stoléru aboga por una reforma radical de la seguridad social, a la que compara con un “colador ineficaz”, y Lenoir presenta el impuesto negativo como “la mejor técnica” para trabajar por “la desaparición de la pobreza”8. Esta idea, por muy contrario a la intuición que pueda parecer, también formará parte de las reivindicaciones a largo plazo de algunas asociaciones populares como ATD-Cuarto Mundo, quienes defienden que, además de las medidas inmediatas, “la técnica del impuesto negativo presenta más coherencia y garantías que la legislación vigente que establece los derechos garantizados”9.

Esta deriva hacia un sistema en general asociado a la derecha arroja luz sobre la ambigüedad de las reivindicaciones de las asociaciones sobre la pobreza y, más concretamente, sobre su relación con el Estado y los sistemas de seguridad social. Sin embargo, estas ambigüedades no se limitan al sector del voluntariado. A modo de ejemplo, el interés que despierta en un intelectual como Michel Foucault, ya a finales de los años setenta, revela con toda claridad el clima antiinstitucional de una nueva izquierda relativamente escéptica en cuanto a las ventajas del “estatismo”. De hecho, Foucault dedicará largas reflexiones al impuesto negativo en el nacimiento de la biopolítica. La ausencia de criterios de adjudicación es lo que más atrae al filósofo. En su opinión, este sistema es una respuesta a la gobernación y a las formas de normalización impuestas por las caducas instituciones centralizadas y estatales de la seguridad social. Como él mismo señala, “poco importa esta famosa distinción que la gobernabilidad occidental ha buscado durante tanto tiempo, distinguir entre pobres buenos y pobres malos, entre quienes no trabajan por voluntad propia y quienes que están desempleados por razones involuntarias. Después de todo, no nos importa, y debe causar risa, por qué alguien cae por debajo del nivel de juego social; si está drogado o si es un desempleado voluntario, nos importa un bledo.”10 Para Foucault el Homo œconomicus es un agente cuyo único interés son los cálculos racionales; por lo tanto, sus elecciones no se deben juzgar desde un punto de vista moral, sino que simplemente se entienden a través de su interés. Después de todo, no le corresponde al Estado decidir qué debe hacer con su dinero el agente (usarlo en salud, educación, consumo, etc.), sólo a él le corresponde decidir, más allá de todo juicio normativo. El nuevo sistema permitiría por tanto prestar asistencia a la población “flotante” o excedentaria para el mercado de trabajo “de un modo muy liberal, mucho menos burocrático y mucho menos disciplinario que un sistema centrado en el pleno empleo y que aplicaría mecanismos como los de la seguridad social“11. De esta manera, básicamente evita todo lo que Foucault denuncia a lo largo de los años en el curso de su trabajo, todas las formas de control de los cuerpos, conductas y sexualidad, que están activas -a menudo de forma oculta- en numerosas políticas sociales de reducción de las desigualdades.

Sin embargo, la popularidad de este sistema no será sólo teórica, y acabará generando los primeros experimentos a gran escala. En primer lugar, en los Estados Unidos, donde se considera seriamente su puesta en marcha. Aunque se menciona por primera vez durante el gobierno de Johnson a mediados de la década de 1960, será principalmente la presidencia de Richard Nixon la que prevea su implantación. Sin embargo, su plan para ayudar a las familias, que fue diseñado como un impuesto negativo, no fue más allá de algunos experimentos realizados en Nueva Jersey. En Francia, Giscard trató de introducirlo tan pronto como fue elegido presidente en 1974 y, en Canadá, una experiencia de impuestos negativos (“Mincome”)12 tuvo lugar entre 1975 y 1979. En muchos países europeos, el impuesto negativo aparece en las agendas políticas de los partidos de derechas que llegan al poder entre mediados de los setenta y principios de los ochenta.


Renta básica: el colectivo Fourrier


Estas ideas calan rápidamente entre destacados intelectuales de izquierdas, que tienen suspicacias respecto al estado. Esta nueva izquierda, fuertemente influenciada por Mayo del 68 y la autogestión, busca romper con una izquierda excesivamente centralizada, que aspira a conquistar el poder del estado y muy “jacobina”. Para ellos, la idea de un impuesto negativo podría ser una fuente de emancipación y progreso social si se diseñara adecuadamente. Podría ser utilizada como eje de una izquierda libertaria, o como dice Philippe Van Parijs, de un “camino capitalista hacia el comunismo”.13 Al emanciparse de las viejas instituciones asalariadas y de la centralidad del trabajo que imponen, sería posible, mediante la introducción de una renta básica, transformar profundamente la lógica económica capitalista. Políticamente, la idea surge por primera vez en 1977 en los Países Bajos y en países europeos como Alemania, Bélgica y el Reino Unido a principios de los años ochenta. Sin embargo, la primera formulación precisa y cuantificada de esta propuesta se remonta a 1984, cuando en Bélgica, el filósofo Philippe Van Parijs, el sociólogo Paul-Marie Boulanger y el economista Philippe Defeyt (cercanos al movimiento ecologista belga y al movimiento católico belga), junto con el colectivo Fourier, obtienen el premio de la Fundación Rey Balduino14 por su propuesta de sustituir la seguridad social por un sistema universal de renta básica. Aunque el proyecto de este colectivo no reivindica las ideas neoliberales del momento, empieza con estas sorprendentes líneas:

Eliminar los subsidios de desempleo, las pensiones, el minimex15, las ayudas familiares, las desgravaciones fiscales y los créditos fiscales a gente con personas a cargo, las becas […], las ayudas estatales a las empresas en crisis. Y pagar a cada ciudadano mes a mes lo suficiente para cubrir las necesidades básicas de un individuo que vive solo. Páguesele trabaje o no, sea pobre o rico, viva solo o con familia, viva en pareja o en comunidad, haya trabajado o no. [….] Y financiemos todo esto con un impuesto progresivo sobre los demás ingresos de cada individuo. Al mismo tiempo, desregulemos el mercado laboral. Suprimamos toda legislación que imponga un salario mínimo o un tiempo máximo de trabajo. Eliminemos todas las barreras administrativas al trabajo a tiempo parcial. Reduzcamos la edad a la que finaliza la escolaridad obligatoria. Eliminemos el requisito de jubilarse a una edad determinada. Hagamos todo esto. Y veamos lo que pasa.”16

Para sus promotores, está claro “qué pasará”: el desempleo “desaparecerá”, la pobreza “será eliminada”. Mejor aún. Estaríamos asistiendo al fin de las instituciones burocráticas y de sus interminables papeleos administrativos, la economía se emanciparía finalmente de las restricciones estatales – ellos piden una “reducción radical de las actividades estatales” – y, más concretamente, del derecho laboral. La renta básica también permitirá que el trabajo sea algo “opcional”, liberará a las mujeres de la relación de dominación doméstica y “acabará “con los ingratos trabajos que los beneficiarios sociales están obligados a aceptar bajo el riesgo de perder su subsidio. Al maximizar el mercado (mediante la destrucción efectiva de todas las regulaciones que lo limitan) y garantizar al mismo tiempo un ingreso básico, podríamos beneficiarnos tanto de las virtudes del mercado como de las del socialismo. La renta básica sería, en definitiva, una síntesis de las utopías liberales y socialistas.

Esta ambigüedad de una política supuestamente de izquierdas pero que se verá como “liberal” refleja los paradigmas intelectuales en los que navega Philippe Van Parijs durante este período. El filósofo, atraído por las teorías libertarias, no dudó en verlo como una especie de alternativa a la tradicional oposición entre izquierda y derecha. En su opinión, la renta básica es “un proyecto radical que atraviesa el eje izquierda/derecha”, un proyecto que escapa “a la polarización habitual entre una derecha que pide más mercado y una izquierda que exige más estado”. Porque al declarar el derecho a un ingreso independiente de cualquier prestación al mercado o al estado, promueve el desarrollo de una tercera esfera económica, la de las actividades “autónomas”17. Según el filósofo, hace posible salir de la “estatización” de la izquierda18 y confrontar seriamente de una manera novedosa la crítica neoliberal al estancamiento del socialismo.

Por lo tanto, de manera simultánea, a ambos lados del espectro político, algunas voces promueven una liquidación pura y simple de la seguridad social y de las regulaciones del mercado laboral en favor de una lucha contra la pobreza basada en un sistema de ingresos universal. Esto demuestra hasta qué punto, a inicios de 1980, habían desaparecido preceptos del pasado y había mutado la forma de concebir las políticas sociales.

El triunfo de la ideología neoliberal

La creciente popularidad de la renta básica a finales de los años ochenta acompañará, acelerará incluso, el consenso emergente en torno a las ideas neoliberales. La concepción de justicia social plasmada en la idea de la renta básica se opone en todos los sentidos al espíritu del socialismo de posguerra. Lejos de situar las variables macroeconómicas en el centro de la política, la idea central del nuevo proyecto político es el individuo. De hecho, al pagar a cada individuo un ingreso básico, pasa a segundo plano la idea de una gestión colectiva de un ingreso socializado, y predomina su apropiación privada. Lo que se defiende es la libre elección de cada persona de hacer lo que quiera con esta suma, frente a su uso social. Lo que se valora no es la retirada colectiva de los individuos de las fuerzas del mercado, sino más bien su oportunidad de participar en ellas. El acceso a los bienes sociales ya no se garantiza socialmente, sino a través de una participación, de todos, en el mercado.

De este modo, se abandona la idea de combatir la desigualdad. En este sentido, es interesante observar que Lionel Stoléru, en el mismo espíritu de Milton Friedman, plantea un argumento filosófico, distinguiendo entre una política que busca la igualdad (socialismo) y una política que simplemente quiere erradicar la pobreza sin poner en tela de juicio las diferencias sociales (liberalismo). Según él, “las doctrinas […] pueden alentar una política dirigida a erradicar la pobreza o una política que busque limitar la brecha entre ricos y pobres”19. Es lo que denomina la “frontera entre la pobreza absoluta y relativa“20. La primera se define por un nivel determinado arbitrariamente (al que va dirigido el impuesto negativo o la renta básica) y la segunda a las diferencias generales entre individuos (las que mitiga el sistema de seguridad social y el Estado social). En su opinión,”la economía de mercado es capaz de asimilar acciones para combatir la pobreza absoluta“, pero “es incapaz de digerir remedios demasiado fuertes contra la pobreza relativa“21. Por eso, argumenta, “creo que la distinción entre pobreza absoluta y pobreza relativa es de hecho la distinción entre capitalismo y socialismo…”22. Pero reemplazar la igualdad por la reducción de la pobreza también significa cambiar el principio subyacente de justicia. De hecho, gracias a esta operación ideológica fundamental nace una noción de justicia social basada en la igualdad de oportunidades. La igualdad tenía por objeto reducir la disparidad entre ingresos, sin embargo, la igualdad de oportunidades sólo se refiere a la forma en que se distribuyen las desigualdades. Velará por que no sean producto de injusticias que hayan socavado la libre competencia o que la hayan distorsionado. Así pues, la exclusión, el racismo o el sexismo distorsionan el juego económico al favorecer, desde el principio, a algunos individuos en lugar de a otros. Por lo tanto, el objetivo de la igualdad de oportunidades no es abolir la competencia (crear una verdadera igualdad), sino garantizar que la competencia sea justa, que todos estemos en la misma línea de salida. Gracias a la renta básica, por lo tanto, sería posible paliar las discriminaciones y restablecer el equilibrio del juego económico. Sin embargo, una sociedad en la que hubiese de manera exacta la misma igualdad de oportunidades no sería necesariamente menos desigual que la sociedad actual. Probablemente sería más “diversa” y menos influenciada por el peso de nuestros orígenes sociales. Al principio todos tendríamos la misma oportunidad de hacernos ricos, pero sólo un cierto número de personas se haría rico. Por lo tanto, la igualdad de oportunidades aspira a crear una sociedad meritocrática y no igualitaria. Aunque es más envidiable que una sociedad con discriminaciones, no es menos injusta. Las únicas injusticias consideradas ilegítimas son ahora las que aparecen como infracciones de las fuerzas del libre mercado (exclusión, discriminación, etc.) y no la desigualdad como tal.

Por consiguiente, lo que se cuestiona es precisamente la noción de derecho social. Para Friedman, por ejemplo, era preferible pagar una cierta cantidad de dinero a cada individuo para que pudiera decidir individualmente si prefería consumir más salud o irse de vacaciones. Así pues, el entablado neoliberal se construyó, en cierta medida, frente a la atribución de un estatuto específico a bienes como la salud o la educación. No son un “derecho” objetivamente cuantificable y deberían estar sujetos a las normas del mercado, al tiempo que se amplían las posibilidades de que todos puedan “consumirlas”. Aunque los partidarios de la renta básica nunca han defendido esta versión de su propuesta (generalmente no dicen nada sobre los servicios públicos y poco sobre lo que le ocurriría al resto de los sistemas de protección, como la asistencia sanitaria), sin embargo, fortalecen esa dinámica. Por otra parte, una renta básica universal “generosa” -es decir, que “permita” no trabajar- es financieramente inconcebible sin una fuerte reducción de otros gastos sociales “colectivos”. La introducción de una renta básica podría provocar una privatización masiva de los antiguos recursos colectivos para ampliar la esfera del mercado en lugar de restringirla. Por lo tanto, trabaja en contra de la tendencia histórica que surgió a finales del siglo XIX de utilizar el Estado contra el mercado. De hecho, el sistema de tributación impuesto por la renta básica no implica en realidad “menos Estado”, sino un Estado que amplía la esfera del mercado.

La mundialización de una idea conservadora

Este cambio tendrá efectos importantes en la evolución de las políticas de desarrollo. En el Tercer Mundo, donde se ha experimentado con las versiones más limitadas de esta retribución, la imagen es particularmente sorprendente. A principios de los años noventa, las principales organizaciones internacionales (FMI, PNUD, ONU, etc.) sustituyeron progresivamente el discurso centrado en el acceso a los derechos por el de la lucha contra la pobreza. Durante este decenio, el tema de la pobreza se convirtió en el tema central y la renta básica la respuesta de moda. Hay que entender este cambio en el contexto del fin de la Guerra Fría, en un momento en el que se lucha por resetear con los “dogmas del pasado”, especialmente en lo que se refiere al papel del Estado y a la redistribución de los ingresos en las políticas de desarrollo. Como dice Francine Mestrum: “Por paradójico que parezca a primera vista, la lucha contra la pobreza constituye un retroceso con respecto a la protección social existente en el mundo occidental y más o menos embrionaria en el mundo pobre23.” También es interesante leer los textos de las principales organizaciones internacionales sobre este tema. Los informes del PNUD señalan que, si bien “la reducción de la pobreza tiende todavía a identificarse con la seguridad social o la protección social“, esto parte “tal vez de buenos sentimientos“, pero en realidad es “ineficaz“.24 En opinión de la organización para el desarrollo, “la seguridad social puede no ser el mejor uso que pueda usar con los recursos de que dispone un país en desarrollo “25. La aplicación de estas políticas ha acompañado, por tanto, a los numerosos planes de “ajuste estructural” que propugnan estas mismas organizaciones, que a menudo piden la privatización de todo servicio público y de todo sistema de protección social a cambio de créditos para saldar deudas en ocasiones ilegítimas. Estas reformas, que maximizan las “leyes del mercado”, crean por lo tanto mayores desigualdades en los países donde se aplican, que son compensadas por los escasos presupuestos de reducción de la pobreza. Así pues, mientras que la pobreza absoluta (medida por el número de personas que viven con menos de 1,25 dólares al día) ha disminuido en promedio en los últimos 30 años, las desigualdades dentro de cada país han aumentado. En cierto sentido, esta política de desregulación de la esfera económica ha ido de la mano de la lucha contra la pobreza. Es una política que da con una mano mientras que roba diez veces más con la otra.

En este sentido, es significativo ver cómo las grandes fortunas del mundo o los gurús de Silicon Valley se comprometen en esta lucha contra la pobreza o con algo parecido a la renta básica mientras defienden, sin aparente contradicción, las “virtudes” del neoliberalismo26. Estas nuevas estrategias permiten poner las cuestiones sociales en la agenda política sin tener que luchar contra las desigualdades y los mecanismos estructurales que las producen. Quieren convertir a los pobres en agentes económicos racionales, pero rechazan cualquier forma de servicio público. Evidentemente, esto no significa que, en estos países, donde a menudo no existe protección social alguna, el establecimiento de una renta garantizada sea algo malo. Muy a menudo, como muestran las cifras, puede mejorar la vida cotidiana de muchas personas. Sin embargo, el hecho de que su suerte haya mejorado no significa que hubiese les hubiese ido peor de tener salud y educación gratuitas.

Salir de la ideología neoliberal

Aunque los sistemas de renta básica o de impuesto negativo nunca se han aplicado plenamente, el espíritu de estas propuestas ha dominado las políticas sociales europeas en las últimas décadas: reducir el gasto público destinado a la comunidad, garantizando al mismo tiempo ciertos derechos residuales para los más pobres. Por lo tanto, estas políticas acompañan el lento desmantelamiento de los derechos sociales ofreciendo una pequeña compensación por el ahorro logrado en el gasto público. Conocemos los efectos de esta política. La riqueza ha aumentado considerablemente, pero está cada vez peor repartida. De esta manera, la ambición de combatir la desigualdad se ha sustituido por la de luchar contra la pobreza. Sin embargo, más que una mera variación léxica, hemos asistido a una reconfiguración de todo un imaginario político. La pobreza, desconectada de la desigualdad, ya no se concibe como una consecuencia de la distribución desigual de la riqueza. Hoy en día las medidas de lucha contra la pobreza se llevan a cabo junto a las políticas económicas y sociales mundiales, sin ponerlas en tela de juicio o afectarlas. Estas medidas abogan por la igualdad de oportunidades en el mercado, no por una igualdad real frente al mercado. En realidad, sólo la ideología neoliberal, que está en el centro de nuestro imaginario político actual, ha permitido alimentar la fantasía de una lucha contra la pobreza sin redistribución de la riqueza.

Por lo tanto, debemos volver al legado emancipatorio del período de posguerra. Las instituciones que estableció el movimiento obrero después de la Segunda Guerra Mundial son mucho más que instrumentos de “estabilización” del capitalismo. Es cierto que estas instituciones están atravesadas por importantes contradicciones políticas, pero también son, en esencia, los elementos de una sociedad diferente, en la que el mercado ya no tiene el lugar central que ocupa hoy en día. Por lo tanto, debemos continuar el trabajo ideológico y político iniciado con el nacimiento del Estado social, radicalizar su patrimonio, llevarlo cada vez más lejos e imaginar con él, no contra él, una sociedad verdaderamente igualitaria y democrática. La utopía no es sólo un más allá, sino también una realidad.


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Mensaje por sorge el Dom Ene 14, 2018 9:05 pm

SS-18 escribió:
El impuesto negativo: el antepasado de la renta básica

El hincapié en la idea de limitar la política social al mínimo de subsistencia abrirá rápidamente el camino a la propuesta de los impuestos negativos como alternativa a las viejas políticas sociales. La idea, popularizada por Milton Friedman en 19627 es relativamente sencilla: implica que el Estado conceda una prestación a cualquier persona que se encuentre por debajo de un determinado nivel de renta. Ya no se trata de distinguir entre los que trabajan y los que no, entre los “merecedores” y los que no lo merecen. Todo el mundo recibiría, por debajo de cierto umbral de ingresos, un suplemento del gobierno (un impuesto negativo). El objetivo es garantizar que nadie pueda estar por debajo de un nivel mínimo y evitar que se pierda tiempo en papeleos. Para Friedman, esta medida evidentemente se acompaña del fin de los servicios públicos, de la seguridad social y de cualquier forma de “socialización” de los ingresos con fines colectivos. Según sus preceptos, es preferible subvencionar directamente a las personas y no ofrecerles servicios colectivos que son ineficientes, injustos y que interfieren en el mercado. Su idea se hace eco de los numerosos defectos atribuidos a un sistema anticuado y se abre camino entre todos los partidos.

En Francia, Stoléru y Lenoir serán los principales defensores de este impuesto, que defienden en sus respectivos libros. Para luchar contra la pobreza, Stoléru aboga por una reforma radical de la seguridad social, a la que compara con un “colador ineficaz”, y Lenoir presenta el impuesto negativo como “la mejor técnica” para trabajar por “la desaparición de la pobreza”8. Esta idea, por muy contrario a la intuición que pueda parecer, también formará parte de las reivindicaciones a largo plazo de algunas asociaciones populares como ATD-Cuarto Mundo, quienes defienden que, además de las medidas inmediatas, “la técnica del impuesto negativo presenta más coherencia y garantías que la legislación vigente que establece los derechos garantizados”9.

Esta deriva hacia un sistema en general asociado a la derecha arroja luz sobre la ambigüedad de las reivindicaciones de las asociaciones sobre la pobreza y, más concretamente, sobre su relación con el Estado y los sistemas de seguridad social. Sin embargo, estas ambigüedades no se limitan al sector del voluntariado. A modo de ejemplo, el interés que despierta en un intelectual como Michel Foucault, ya a finales de los años setenta, revela con toda claridad el clima antiinstitucional de una nueva izquierda relativamente escéptica en cuanto a las ventajas del “estatismo”. De hecho, Foucault dedicará largas reflexiones al impuesto negativo en el nacimiento de la biopolítica. La ausencia de criterios de adjudicación es lo que más atrae al filósofo. En su opinión, este sistema es una respuesta a la gobernación y a las formas de normalización impuestas por las caducas instituciones centralizadas y estatales de la seguridad social. Como él mismo señala, “poco importa esta famosa distinción que la gobernabilidad occidental ha buscado durante tanto tiempo, distinguir entre pobres buenos y pobres malos, entre quienes no trabajan por voluntad propia y quienes que están desempleados por razones involuntarias. Después de todo, no nos importa, y debe causar risa, por qué alguien cae por debajo del nivel de juego social; si está drogado o si es un desempleado voluntario, nos importa un bledo.”10 Para Foucault el Homo œconomicus es un agente cuyo único interés son los cálculos racionales; por lo tanto, sus elecciones no se deben juzgar desde un punto de vista moral, sino que simplemente se entienden a través de su interés. Después de todo, no le corresponde al Estado decidir qué debe hacer con su dinero el agente (usarlo en salud, educación, consumo, etc.), sólo a él le corresponde decidir, más allá de todo juicio normativo. El nuevo sistema permitiría por tanto prestar asistencia a la población “flotante” o excedentaria para el mercado de trabajo “de un modo muy liberal, mucho menos burocrático y mucho menos disciplinario que un sistema centrado en el pleno empleo y que aplicaría mecanismos como los de la seguridad social“11. De esta manera, básicamente evita todo lo que Foucault denuncia a lo largo de los años en el curso de su trabajo, todas las formas de control de los cuerpos, conductas y sexualidad, que están activas -a menudo de forma oculta- en numerosas políticas sociales de reducción de las desigualdades.

Sin embargo, la popularidad de este sistema no será sólo teórica, y acabará generando los primeros experimentos a gran escala. En primer lugar, en los Estados Unidos, donde se considera seriamente su puesta en marcha. Aunque se menciona por primera vez durante el gobierno de Johnson a mediados de la década de 1960, será principalmente la presidencia de Richard Nixon la que prevea su implantación. Sin embargo, su plan para ayudar a las familias, que fue diseñado como un impuesto negativo, no fue más allá de algunos experimentos realizados en Nueva Jersey. En Francia, Giscard trató de introducirlo tan pronto como fue elegido presidente en 1974 y, en Canadá, una experiencia de impuestos negativos (“Mincome”)12 tuvo lugar entre 1975 y 1979. En muchos países europeos, el impuesto negativo aparece en las agendas políticas de los partidos de derechas que llegan al poder entre mediados de los setenta y principios de los ochenta.


Renta básica: el colectivo Fourrier


Estas ideas calan rápidamente entre destacados intelectuales de izquierdas, que tienen suspicacias respecto al estado. Esta nueva izquierda, fuertemente influenciada por Mayo del 68 y la autogestión, busca romper con una izquierda excesivamente centralizada, que aspira a conquistar el poder del estado y muy “jacobina”. Para ellos, la idea de un impuesto negativo podría ser una fuente de emancipación y progreso social si se diseñara adecuadamente. Podría ser utilizada como eje de una izquierda libertaria, o como dice Philippe Van Parijs, de un “camino capitalista hacia el comunismo”.13 Al emanciparse de las viejas instituciones asalariadas y de la centralidad del trabajo que imponen, sería posible, mediante la introducción de una renta básica, transformar profundamente la lógica económica capitalista. Políticamente, la idea surge por primera vez en 1977 en los Países Bajos y en países europeos como Alemania, Bélgica y el Reino Unido a principios de los años ochenta. Sin embargo, la primera formulación precisa y cuantificada de esta propuesta se remonta a 1984, cuando en Bélgica, el filósofo Philippe Van Parijs, el sociólogo Paul-Marie Boulanger y el economista Philippe Defeyt (cercanos al movimiento ecologista belga y al movimiento católico belga), junto con el colectivo Fourier, obtienen el premio de la Fundación Rey Balduino14 por su propuesta de sustituir la seguridad social por un sistema universal de renta básica. Aunque el proyecto de este colectivo no reivindica las ideas neoliberales del momento, empieza con estas sorprendentes líneas:

Eliminar los subsidios de desempleo, las pensiones, el minimex15, las ayudas familiares, las desgravaciones fiscales y los créditos fiscales a gente con personas a cargo, las becas […], las ayudas estatales a las empresas en crisis. Y pagar a cada ciudadano mes a mes lo suficiente para cubrir las necesidades básicas de un individuo que vive solo. Páguesele trabaje o no, sea pobre o rico, viva solo o con familia, viva en pareja o en comunidad, haya trabajado o no. [….] Y financiemos todo esto con un impuesto progresivo sobre los demás ingresos de cada individuo. Al mismo tiempo, desregulemos el mercado laboral. Suprimamos toda legislación que imponga un salario mínimo o un tiempo máximo de trabajo. Eliminemos todas las barreras administrativas al trabajo a tiempo parcial. Reduzcamos la edad a la que finaliza la escolaridad obligatoria. Eliminemos el requisito de jubilarse a una edad determinada. Hagamos todo esto. Y veamos lo que pasa.”16

Para sus promotores, está claro “qué pasará”: el desempleo “desaparecerá”, la pobreza “será eliminada”. Mejor aún. Estaríamos asistiendo al fin de las instituciones burocráticas y de sus interminables papeleos administrativos, la economía se emanciparía finalmente de las restricciones estatales – ellos piden una “reducción radical de las actividades estatales” – y, más concretamente, del derecho laboral. La renta básica también permitirá que el trabajo sea algo “opcional”, liberará a las mujeres de la relación de dominación doméstica y “acabará “con los ingratos trabajos que los beneficiarios sociales están obligados a aceptar bajo el riesgo de perder su subsidio. Al maximizar el mercado (mediante la destrucción efectiva de todas las regulaciones que lo limitan) y garantizar al mismo tiempo un ingreso básico, podríamos beneficiarnos tanto de las virtudes del mercado como de las del socialismo. La renta básica sería, en definitiva, una síntesis de las utopías liberales y socialistas.

Esta ambigüedad de una política supuestamente de izquierdas pero que se verá como “liberal” refleja los paradigmas intelectuales en los que navega Philippe Van Parijs durante este período. El filósofo, atraído por las teorías libertarias, no dudó en verlo como una especie de alternativa a la tradicional oposición entre izquierda y derecha. En su opinión, la renta básica es “un proyecto radical que atraviesa el eje izquierda/derecha”, un proyecto que escapa “a la polarización habitual entre una derecha que pide más mercado y una izquierda que exige más estado”. Porque al declarar el derecho a un ingreso independiente de cualquier prestación al mercado o al estado, promueve el desarrollo de una tercera esfera económica, la de las actividades “autónomas”17. Según el filósofo, hace posible salir de la “estatización” de la izquierda18 y confrontar seriamente de una manera novedosa la crítica neoliberal al estancamiento del socialismo.

Por lo tanto, de manera simultánea, a ambos lados del espectro político, algunas voces promueven una liquidación pura y simple de la seguridad social y de las regulaciones del mercado laboral en favor de una lucha contra la pobreza basada en un sistema de ingresos universal. Esto demuestra hasta qué punto, a inicios de 1980, habían desaparecido preceptos del pasado y había mutado la forma de concebir las políticas sociales.

El triunfo de la ideología neoliberal

La creciente popularidad de la renta básica a finales de los años ochenta acompañará, acelerará incluso, el consenso emergente en torno a las ideas neoliberales. La concepción de justicia social plasmada en la idea de la renta básica se opone en todos los sentidos al espíritu del socialismo de posguerra. Lejos de situar las variables macroeconómicas en el centro de la política, la idea central del nuevo proyecto político es el individuo. De hecho, al pagar a cada individuo un ingreso básico, pasa a segundo plano la idea de una gestión colectiva de un ingreso socializado, y predomina su apropiación privada. Lo que se defiende es la libre elección de cada persona de hacer lo que quiera con esta suma, frente a su uso social. Lo que se valora no es la retirada colectiva de los individuos de las fuerzas del mercado, sino más bien su oportunidad de participar en ellas. El acceso a los bienes sociales ya no se garantiza socialmente, sino a través de una participación, de todos, en el mercado.

De este modo, se abandona la idea de combatir la desigualdad. En este sentido, es interesante observar que Lionel Stoléru, en el mismo espíritu de Milton Friedman, plantea un argumento filosófico, distinguiendo entre una política que busca la igualdad (socialismo) y una política que simplemente quiere erradicar la pobreza sin poner en tela de juicio las diferencias sociales (liberalismo). Según él, “las doctrinas […] pueden alentar una política dirigida a erradicar la pobreza o una política que busque limitar la brecha entre ricos y pobres”19. Es lo que denomina la “frontera entre la pobreza absoluta y relativa“20. La primera se define por un nivel determinado arbitrariamente (al que va dirigido el impuesto negativo o la renta básica) y la segunda a las diferencias generales entre individuos (las que mitiga el sistema de seguridad social y el Estado social). En su opinión,”la economía de mercado es capaz de asimilar acciones para combatir la pobreza absoluta“, pero “es incapaz de digerir remedios demasiado fuertes contra la pobreza relativa“21. Por eso, argumenta, “creo que la distinción entre pobreza absoluta y pobreza relativa es de hecho la distinción entre capitalismo y socialismo…”22. Pero reemplazar la igualdad por la reducción de la pobreza también significa cambiar el principio subyacente de justicia. De hecho, gracias a esta operación ideológica fundamental nace una noción de justicia social basada en la igualdad de oportunidades. La igualdad tenía por objeto reducir la disparidad entre ingresos, sin embargo, la igualdad de oportunidades sólo se refiere a la forma en que se distribuyen las desigualdades. Velará por que no sean producto de injusticias que hayan socavado la libre competencia o que la hayan distorsionado. Así pues, la exclusión, el racismo o el sexismo distorsionan el juego económico al favorecer, desde el principio, a algunos individuos en lugar de a otros. Por lo tanto, el objetivo de la igualdad de oportunidades no es abolir la competencia (crear una verdadera igualdad), sino garantizar que la competencia sea justa, que todos estemos en la misma línea de salida. Gracias a la renta básica, por lo tanto, sería posible paliar las discriminaciones y restablecer el equilibrio del juego económico. Sin embargo, una sociedad en la que hubiese de manera exacta la misma igualdad de oportunidades no sería necesariamente menos desigual que la sociedad actual. Probablemente sería más “diversa” y menos influenciada por el peso de nuestros orígenes sociales. Al principio todos tendríamos la misma oportunidad de hacernos ricos, pero sólo un cierto número de personas se haría rico. Por lo tanto, la igualdad de oportunidades aspira a crear una sociedad meritocrática y no igualitaria. Aunque es más envidiable que una sociedad con discriminaciones, no es menos injusta. Las únicas injusticias consideradas ilegítimas son ahora las que aparecen como infracciones de las fuerzas del libre mercado (exclusión, discriminación, etc.) y no la desigualdad como tal.

Por consiguiente, lo que se cuestiona es precisamente la noción de derecho social. Para Friedman, por ejemplo, era preferible pagar una cierta cantidad de dinero a cada individuo para que pudiera decidir individualmente si prefería consumir más salud o irse de vacaciones. Así pues, el entablado neoliberal se construyó, en cierta medida, frente a la atribución de un estatuto específico a bienes como la salud o la educación. No son un “derecho” objetivamente cuantificable y deberían estar sujetos a las normas del mercado, al tiempo que se amplían las posibilidades de que todos puedan “consumirlas”. Aunque los partidarios de la renta básica nunca han defendido esta versión de su propuesta (generalmente no dicen nada sobre los servicios públicos y poco sobre lo que le ocurriría al resto de los sistemas de protección, como la asistencia sanitaria), sin embargo, fortalecen esa dinámica. Por otra parte, una renta básica universal “generosa” -es decir, que “permita” no trabajar- es financieramente inconcebible sin una fuerte reducción de otros gastos sociales “colectivos”. La introducción de una renta básica podría provocar una privatización masiva de los antiguos recursos colectivos para ampliar la esfera del mercado en lugar de restringirla. Por lo tanto, trabaja en contra de la tendencia histórica que surgió a finales del siglo XIX de utilizar el Estado contra el mercado. De hecho, el sistema de tributación impuesto por la renta básica no implica en realidad “menos Estado”, sino un Estado que amplía la esfera del mercado.

La mundialización de una idea conservadora

Este cambio tendrá efectos importantes en la evolución de las políticas de desarrollo. En el Tercer Mundo, donde se ha experimentado con las versiones más limitadas de esta retribución, la imagen es particularmente sorprendente. A principios de los años noventa, las principales organizaciones internacionales (FMI, PNUD, ONU, etc.) sustituyeron progresivamente el discurso centrado en el acceso a los derechos por el de la lucha contra la pobreza. Durante este decenio, el tema de la pobreza se convirtió en el tema central y la renta básica la respuesta de moda. Hay que entender este cambio en el contexto del fin de la Guerra Fría, en un momento en el que se lucha por resetear con los “dogmas del pasado”, especialmente en lo que se refiere al papel del Estado y a la redistribución de los ingresos en las políticas de desarrollo. Como dice Francine Mestrum: “Por paradójico que parezca a primera vista, la lucha contra la pobreza constituye un retroceso con respecto a la protección social existente en el mundo occidental y más o menos embrionaria en el mundo pobre23.” También es interesante leer los textos de las principales organizaciones internacionales sobre este tema. Los informes del PNUD señalan que, si bien “la reducción de la pobreza tiende todavía a identificarse con la seguridad social o la protección social“, esto parte “tal vez de buenos sentimientos“, pero en realidad es “ineficaz“.24 En opinión de la organización para el desarrollo, “la seguridad social puede no ser el mejor uso que pueda usar con los recursos de que dispone un país en desarrollo “25. La aplicación de estas políticas ha acompañado, por tanto, a los numerosos planes de “ajuste estructural” que propugnan estas mismas organizaciones, que a menudo piden la privatización de todo servicio público y de todo sistema de protección social a cambio de créditos para saldar deudas en ocasiones ilegítimas. Estas reformas, que maximizan las “leyes del mercado”, crean por lo tanto mayores desigualdades en los países donde se aplican, que son compensadas por los escasos presupuestos de reducción de la pobreza. Así pues, mientras que la pobreza absoluta (medida por el número de personas que viven con menos de 1,25 dólares al día) ha disminuido en promedio en los últimos 30 años, las desigualdades dentro de cada país han aumentado. En cierto sentido, esta política de desregulación de la esfera económica ha ido de la mano de la lucha contra la pobreza. Es una política que da con una mano mientras que roba diez veces más con la otra.

En este sentido, es significativo ver cómo las grandes fortunas del mundo o los gurús de Silicon Valley se comprometen en esta lucha contra la pobreza o con algo parecido a la renta básica mientras defienden, sin aparente contradicción, las “virtudes” del neoliberalismo26. Estas nuevas estrategias permiten poner las cuestiones sociales en la agenda política sin tener que luchar contra las desigualdades y los mecanismos estructurales que las producen. Quieren convertir a los pobres en agentes económicos racionales, pero rechazan cualquier forma de servicio público. Evidentemente, esto no significa que, en estos países, donde a menudo no existe protección social alguna, el establecimiento de una renta garantizada sea algo malo. Muy a menudo, como muestran las cifras, puede mejorar la vida cotidiana de muchas personas. Sin embargo, el hecho de que su suerte haya mejorado no significa que hubiese les hubiese ido peor de tener salud y educación gratuitas.

Salir de la ideología neoliberal

Aunque los sistemas de renta básica o de impuesto negativo nunca se han aplicado plenamente, el espíritu de estas propuestas ha dominado las políticas sociales europeas en las últimas décadas: reducir el gasto público destinado a la comunidad, garantizando al mismo tiempo ciertos derechos residuales para los más pobres. Por lo tanto, estas políticas acompañan el lento desmantelamiento de los derechos sociales ofreciendo una pequeña compensación por el ahorro logrado en el gasto público. Conocemos los efectos de esta política. La riqueza ha aumentado considerablemente, pero está cada vez peor repartida. De esta manera, la ambición de combatir la desigualdad se ha sustituido por la de luchar contra la pobreza. Sin embargo, más que una mera variación léxica, hemos asistido a una reconfiguración de todo un imaginario político. La pobreza, desconectada de la desigualdad, ya no se concibe como una consecuencia de la distribución desigual de la riqueza. Hoy en día las medidas de lucha contra la pobreza se llevan a cabo junto a las políticas económicas y sociales mundiales, sin ponerlas en tela de juicio o afectarlas. Estas medidas abogan por la igualdad de oportunidades en el mercado, no por una igualdad real frente al mercado. En realidad, sólo la ideología neoliberal, que está en el centro de nuestro imaginario político actual, ha permitido alimentar la fantasía de una lucha contra la pobreza sin redistribución de la riqueza.

Por lo tanto, debemos volver al legado emancipatorio del período de posguerra. Las instituciones que estableció el movimiento obrero después de la Segunda Guerra Mundial son mucho más que instrumentos de “estabilización” del capitalismo. Es cierto que estas instituciones están atravesadas por importantes contradicciones políticas, pero también son, en esencia, los elementos de una sociedad diferente, en la que el mercado ya no tiene el lugar central que ocupa hoy en día. Por lo tanto, debemos continuar el trabajo ideológico y político iniciado con el nacimiento del Estado social, radicalizar su patrimonio, llevarlo cada vez más lejos e imaginar con él, no contra él, una sociedad verdaderamente igualitaria y democrática. La utopía no es sólo un más allá, sino también una realidad.
Estos dos articulos deben publicarse por todo los grupos de debate de renta basica universal porque clarifican bastante el debate.

 El FMI propone subidas de impuestos a los ricos y la renta básica universal para atajar la brecha social
JOSE LUIS DE HARO (NUEVA YORK)11/10/2017 - 15:3013 Comentarios
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En la última edición del Monitor Fiscal, elaborado por el equipo que lidera Vitor Gaspar, director del Departamento de Asuntos Fiscales del Fondo Monetario Internacional, la desigualdad y la brecha social cobran buena parte del protagonismo. ¿Su intención?, buscar políticas que permitan promover un crecimiento inclusivo.

"La política fiscal es un instrumento poderoso para alcanzar los objetivos de redistribución. Representa una gran proporción de las diferencias de desigualdad social entre países", aseguraba en la rueda de prensa celebrada hoy en Washington el propio Gaspar.

Al fin y al cabo, aunque es inevitable cierto grado de desigualdad en un sistema económico como el actual, una brecha social excesiva puede erosionar la cohesión social, fomentar la polarización política y, en última instancia, reducir el crecimiento económico.

Tres áreas principales
Es por ello que el informe centra buena parte de su atención en tres areas principales: los impuestos aplicado a las rentas más altas, la adopción de un régimen con un salario básico universal (UBI, por sus siglas en inglés) y la función del gasto público en el terreno de la educación y la salud.

Desde el Fondo explican como en las economías avanzadas, la política fiscal, a través de transferencias e impuestos directos reducen la desigualdad del ingreso aproximadamente en una media de un tercio; tres cuartas partes de esa reducción se logran a través de transferencias. Por su parte, en las economías en desarrollo, la redistribución fiscal es mucho más limitada porque la tributación y el gasto son más bajos y menos progresivos y porque los impuestos indirectos regresivos son más comunes.

Hablando de progresión impositiva, el Monitor Fiscal destaca como entre las rentas más elevadas y con mayor riqueza, la progresividad fiscal ha disminuido en las últimas tres décadas. "Esta disminución es consistente con la disminución del IRPF de los países de la OCDE desde una media del 62% en 1981 hasta un 35% en 2015", matizaba Gaspar. El funcionario indicó que las tasas de tributación marginal aplicadas a quienes ganan el máximo "tendrían que ser significativamente más altas que las actuales".

En este sentido, el Departamento de Asuntos Fiscales del Fondo ha elaborado diversos análisis en busca de determinar la relación entre la reducción de dicha progresión impositiva y el crecimiento económico. "Nuestros resultados sugieren que es posible aumentar el grado de progresividad tributaria", indicó Gaspar.

Es por ello que, en las economías avanzadas con niveles relativamente bajos de progresividad en términos del IRPF, se podría elevar el gravamen marginal a las rentas más altas sin poner en peligro el crecimiento económico. "También se podrían evaluar distintos tipos de impuestos sobre la riqueza", manifestó el documento.

Salario básico universal
Otro tema candente y que ha cobrado protagonismo durante los últimos años es el del salario básico universal, que a ojos del director del Departamento de Asuntos Fiscales "tiene el potencial de tener un impacto significativo en la desigualdad y la pobreza". Sin embargo, Gaspar incide en que en los debates sobre este tema debe incluirse también el coste fiscal que este tipo de medidas tendría para los gobiernos y cómo financiarlas.

Para el FMI el coste de aplicar un salario universal varía según el nivel fijado. Como ejemplo, la institución estima que un sueldo de un 25% del ingreso per cápita medio, tendría un coste fiscal que rondaría el 6% y el 7% del PIB en las economías avanzadas y entre el 3% y el 4% en las economías de mercados emergentes y en desarrollo.

Además, su implantación debería estar precedida de un cuidadoso análisis por parte de los gobiernos en cuestión. En el Monitor Fiscal se recomienda que la implantación de un salario básico universal sirva como una opción para reemplazar el gasto social ineficiente. Al respecto se habla de alternativa a los subsidios sobre los combustibles.

En otros casos, en países con una baja capacidad tributaria o donde un salario básico universal restase recursos al gasto de alta prioridad, como la inversión, la salud o la educación, este tipo de iniciativas no son recomendables, según el Fondo.
http://www.eleconomista.es/economia/noticias/8668618/10/17/El-FMI-recomienda-subidas-de-impuestos-a-los-ricos-y-un-salario-basico-universal-para-atajar-la-brecha-social.html
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Mensaje por El diccionario rojo el Dom Ene 14, 2018 10:48 pm

Compañero Ajuan;

Estoy de acuerdo contigo cuando dices que las reformas no llegan a solucionar la vida de la gente y que no deja de ser un parche que una determinada burguesía nacional -o internacional- va a utilizar para mantener a la clase obrera bajo mínimos: tranquila, alienada y sin carencias destacables. El reformismo, como todos sabemos, no deja de ser la revisión exhaustiva de los principales fallos de un determinado sistema; en este caso: el sistema capitalista.

La renta básica, según sea su forma y por lo general, busca corregir la polarización que crea el libre mercado entre aquellos que pueden y no pueden consumir. El propio proceder de la economía de mercado crea restricciones entre las personas que tienen los medios -representados por el capital dinero- y los que no. Así, como no todos van a poder consumir, los que no consumen, quedarán relegados a la marginalidad o a la pobreza. El sistema capitalista, en esencia, es un barco cuyo lema es: "si podemos mantenernos a flote un X %, los demás, que se las apañe". Obviamente, ni esto se sostiene en una sociedad ni la sociedad, en algún punto consciente, estaría dispuesta a soportar semejante atropello. En definitiva, el keynesianismo, la intervención en un sistema de mercado y el asentamiento correspondiente a una economía mixta, llevan a los economistas y distintos pensadores y partidos políticos a buscar parches. El estado del bienestar y otras lindezas no dejan de ser reformas hechas para resistir al proceder de las cuasi-existintas potencias socialistas y calmar el descontento social. Así, la renta básica -según su forma- no deja de ser otro parche que puede beneficiar a determinados sectores y pueda corregir mínimamente el proceder del mercado y no dejar efectos tan devastadores como son propios en su comportamiento cíclico.

Y donde está la solución, también está el problema. Si bien una renta básica podría satisfacer necesidades inmediatas, dudo yo que sea efectiva -y sostenible- en el largo plazo. Estratégicamente, se podría enfocar la renta básica como una estrategia intermedio a un estadio superior, tanto para recoger el apoyo de las masas, como para preparar un modelo económico más inclusivo y más cercano a esas sociedades septentrionales de las que se vanaglorian los sectores progresistas con más apoyo como Podemos y coalición.

Sin embargo, sin el apoyo de la burguesía, esta medida se queda en el baúl de todas las cosas que el proletariado o bien debe exigir por la fuerza, o bien tirarla al vertedero de los "quizás en otra etapa histórica".

Hay muchas formas de enfatizar esta renta básica, analizando a quién, cómo y de qué manera de repartiría esta renta. Muchas opciones y muchas variables.

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Mensaje por Kyctaphnk el Lun Ene 15, 2018 1:49 pm

La renta básica universal sería un parche a corto plazo y medio plazo (que no a largo plazo), no es una solución inmediata, ni definitiva.
Apuntar que la burguesía, no toda ella, es plenamente consciente de que necesita que los trabajadores "vivan" (aunque sea en condiciones paupérrimas) para que realizan su trabajo y la producción. Dependiendo de cada país, la burguesía repartirá más o menos "migajas" a los trabajadores (mejores salarios, condiciones laborales, etc) ya que prefieren mantener su situación de poder y control, aunque obtengan menos beneficios por ello, que la clase trabajadora se les eche encima y acabe con el sistema.

Cuestión aparte sería el tema del partido comunista y su trabajo, en relación con la revolución y el papel que debe desempeñar como lider.

Saludos
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Mensaje por Gaijin el Lun Ene 15, 2018 4:17 pm

Diccionario escribió:no dejar efectos tan devastadores como son propios en su comportamiento cíclico.

Es que mi preocupación es esa. Estamos en una época donde el socialismo se ve tan lejano y los problemas sólo crecen (población desempleada, automatización, diferencias entre naciones, intervenciones, neoliberalismo, auge de la derecha), que una renta básica podría ser el pivote que, aunque no logre el socialismo, puede conseguir sacar a flote a amplios sectores sociales hasta que se consiga algo superior. Recordemos que los tiempos están cambiando, a pesar de que el sistema se mantenga, los problemas básicos se vuelven más sencillos de resolver con tecnología. Una mínima adaptación en la forma de una subsistencia garantizada podría ya beneficiar a millones que viven en las calles o con deficiencia alimenticia, educativa, sanitaria, etc. Los socialistas deberíamos luchar por una renta básica ya que nosotros mismos implementariamos un sistema que no dejará a nadie afuera en el futuro. Un logro así, aún en el capitalismo, no sería parte de la agenda neoliberal, sino todo lo contrario, un gran límite a la misma al menos en su irracionalidad y su falta descarada de moral. Desde ahí, hay un piso desde el cual buscar las soluciones que faltan y modificar el sistema, pero primero veamos lo que pasa hoy y las conquistas que podrían llevarse adelante.

Saludos.
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Mensaje por sorge el Jue Ene 18, 2018 6:32 pm

Cuando Jorge Dimitrov planteo la tactica del frente unico obrero y Frente Popular ya defendia cuestiones que es posible utilizarla de forma actualizada a la tactica actual que pueden llevar hoy los partidos comunistas de Europa y America sin tener que claudicar en los principios.


El plan de Man promete también muchas otras cosas buenas: "reducción de la jornada de trabajo", "normalización de los salarios", "salario mínimo", organización de un sistema completo de "seguros sociales, "extensión de las comodidades mediante la construcción de nuevas viviendas", etc. Son todas ellas reivindicaciones que nosotros, los comunistas, podemos apoyar. Debemos dirigirnos a las organizaciones obreras de Bélgica y decirles: los capitalistas ya han obtenido bastante e incluso demasiado. ¡Exijamos de los ministros socialdemócratas que cumplan las promesas que han hecho a los obreros! ¡Fundámonos en el frente único para la defensa eficaz de nuestros intereses! ¡Señor ministro Vandervelde: nosotros apoyamos las reivindicaciones contenidas en su plataforma para los obreros; pero declaramos abiertamente: tomamos en serio estas reivindicaciones; ¡queremos hechos y no palabras hueras, y por esta razón agrupamos a cientos de miles de obreros para luchar por estas reivindicaciones!

De este modo, los comunistas en los países, donde existen gobiernos socialdemócratas, al aprovechar las reivindicaciones concretas correspondientes, tomadas de las plataformas de los propios partidos socialdemócratas y las promesas electorales de los ministros socialdemócratas, como punto de partida para acciones conjuntas con los partidos y organizaciones socialdemócratas, podrán después desplegar con mayor facilidad una campaña para establecer el frente único, basándose ya en otra serie de reivindicaciones de las masas, que luchan contra la ofensiva del capital, contra el fascismo y la amenaza de guerra.

Además, hay que tener presente que, si las acciones conjuntas con los partidos y organizaciones socialdemócratas exigen de los comunistas, en general, una crítica seria, razonada, del socialdemocratismo como ideología y práctica de la colaboración de clases con la burguesía, así como esclarecer infatigablemente y con espíritu de camaradería a los obreros socialdemócratas el programa y las consignas del comunismo, esta tarea es de singular importancia para la lucha del frente único, precisamente en los países donde existen gobiernos socialdemócratas.
https://www.marxists.org/espanol/dimitrov/1935_2.htm
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Mensaje por Claudio Forján el Jue Ene 18, 2018 7:40 pm

Dejo un extracto de un artículo de Daniel Zamora sobre la renta básica universal que, a mi juicio, es bastante acertado: https://lamayoria.online/2017/12/21/renta-basica-genesis-una-idea-neoliberal/

Daniel Zamora escribió:
Salir de la ideología neoliberal

Aunque los sistemas de renta básica o de impuesto negativo nunca se han aplicado plenamente, el espíritu de estas propuestas ha dominado las políticas sociales europeas en las últimas décadas: reducir el gasto público destinado a la comunidad, garantizando al mismo tiempo ciertos derechos residuales para los más pobres. Por lo tanto, estas políticas acompañan el lento desmantelamiento de los derechos sociales ofreciendo una pequeña compensación por el ahorro logrado en el gasto público. Conocemos los efectos de esta política. La riqueza ha aumentado considerablemente, pero está cada vez peor repartida. De esta manera, la ambición de combatir la desigualdad se ha sustituido por la de luchar contra la pobreza. Sin embargo, más que una mera variación léxica, hemos asistido a una reconfiguración de todo un imaginario político. La pobreza, desconectada de la desigualdad, ya no se concibe como una consecuencia de la distribución desigual de la riqueza. Hoy en día las medidas de lucha contra la pobreza se llevan a cabo junto a las políticas económicas y sociales mundiales, sin ponerlas en tela de juicio o afectarlas. Estas medidas abogan por la igualdad de oportunidades en el mercado, no por una igualdad real frente al mercado. En realidad, sólo la ideología neoliberal, que está en el centro de nuestro imaginario político actual, ha permitido alimentar la fantasía de una lucha contra la pobreza sin redistribución de la riqueza.

Por lo tanto, debemos volver al legado emancipatorio del período de posguerra. Las instituciones que estableció el movimiento obrero después de la Segunda Guerra Mundial son mucho más que instrumentos de “estabilización” del capitalismo. Es cierto que estas instituciones están atravesadas por importantes contradicciones políticas, pero también son, en esencia, los elementos de una sociedad diferente, en la que el mercado ya no tiene el lugar central que ocupa hoy en día. Por lo tanto, debemos continuar el trabajo ideológico y político iniciado con el nacimiento del Estado social, radicalizar su patrimonio, llevarlo cada vez más lejos e imaginar con él, no contra él, una sociedad verdaderamente igualitaria y democrática. La utopía no es sólo un más allá, sino también una realidad.
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Mensaje por Gaijin el Jue Ene 18, 2018 7:58 pm

El tema es que, a pesar de lo que se quiera creer, la socialdemocracia de posguerra ha muerto alrededor del mundo, gracias a la baja en la tasa de ganancia y la recomposición de varias economías que compiten con Occidente. Asimismo, inclusive esos sistemas de seguridad social o "pleno empleo" no lograron acabar con la pobreza extrema, ni tampoco evitar aumentar la desigualdad. Ninguna de las dos opciones parece viable si lo miramos desde un punto de vista purista. A mi juicio, la RBU es una posibilidad creciente en la moderna sociedad del capitalismo tardío (1970+). Claramente no es la mejor.

Luchar con estrategias clásicas de nada nos ha servido en ninguna parte del globo, especialmente en Argentina, hoy día. Duele decirlo y me hace quedar como un "neoliberal" (no me gusta mucho el término porque el Estado sigue metiéndose lo mismo o más, y con más fuerza en pos de la burguesía que antes), pero tenemos que aceptar que estas luchas románticas y focalizadas por "salvar" y "recomponer" están agotadas desde el comienzo.

Este libro titula tales ideas como "folk politics": https://rampages.us/goldstein/wp-content/uploads/sites/7807/2015/08/Xerox-BookCentre-11.pdf.

Saludos.
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Mensaje por pablo13 el Jue Ene 18, 2018 10:20 pm

Pero defender esta renta básica universal ¿no es plantarse de manera conformista frente a la maquinaria capitalista? ademas de la gran incógnita con respecto a lo sostenible que es este ingreso fijo a lo largo del tiempo. Las crisis económicas del capitalismo son bastante cíclicas, la economía capitalista es muy volátil. Quizás esto sea posible en países con bajo nivel de desempleo y con una economía medianamente estable. Pero en los países subdesarrollados, con economías tan inestables, me cuesta creer que la RBU sea una solución destinada a perdurar en el tiempo.


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