En torno al viraje del partido bolchevique en abril de 1917.

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En torno al viraje del partido bolchevique en abril de 1917.

Mensaje por Blood el Vie Dic 22, 2017 12:22 pm

Compañeros, quería compartir dos aportes historiográficos muy interesantes en torno al proceso que llevó al partido bolchevique a la toma del poder en octubre de 1917. Estos aportes son muy interesantes por lo siguiente: En Occidente, el estudio en torno al régimen soviético y su génesis comenzó a "profesionalizarse" y sistematizarse académicamente durante la segunda pos-guerra, bajo un clima de franco macarthismo. En ese contexto la orientación historiográfica que prevaleció fue lo que se denomina "la escuela de los totalitarismos". Las demandas "ideológicas" del régimen social capitalista en aquella coyuntura estaban orientadas a un análisis histórico y político que ponga el signo igual entre el stalinismo y los movimientos fascistas derrotados en la guerra. Esta comparación descansa principalmente en hacer abstracción del carácter social de ambos "sistemas", y equipararlos únicamente a través de sus "formas políticas". La categoría política que se formuló para realizar tal comparación ha sido la infame categoría del "totalitarismo". Esta clave de análisis ha sido muy exitosa en lo que podemos llamar burdamente "propaganda burguesa" de manera posterior. Hasta el día de hoy la supuesta dicotomía entre "el mundo libre", las democracias de contenido social burgués, y "las dictaduras" en general es un elemento constante en los discursos oficiales de la Casa Blanca.

En la tradición de la escuela de los totalitarismos, el carácter "totalitario" del régimen stalinista en los años ’30 habría estado planteado ya en la lógica intrínsecamente totalitaria del partido bolchevique. Yendo retrospectivamente al pasado, para los autores de esta escuela de pensamiento burgués el "proyecto totalitario" habría nacido lisa y llanamente con el "¿Qué Hacer?" de Lenin (escrito en 1902). En este texto, Lenin estaría postulando la formación de un modelo de organización partidaria íntegramente novedoso, un "partido de nuevo tipo". Esta transformación radical al interior del régimen interno del Partido sería una iniciativa individual de Lenin, y habría dado un salto con la ruptura entre bolcheviques y mencheviques en el Segundo Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (1903). Lo que habría diferenciado al bolchevismo, la sustancialidad del bolchevismo, habría sido su carácter de aparato dotado de un altísimo nivel de centralización, de una fuerte disciplina interna con la cual el partido pudiera ahogar las divergencias políticas. Estos textos muestran al Partido como un organismo rígido, donde la centralización monolítica prima por sobre las discusiones internas.

Existe en esta producción una clara distinción entre el aparato "aparatoso" del Partido y el espontaneísmo desorganizado de las masas. A la cabeza de la dirección bolchevique se encontraría un Vladimir Lenin que sería un defensor de la ortodoxia "ideológica", un fanático de la lucha contra las revisiones y las degeneraciones, incluso con un liderazgo de carácter dictatorialmente indiscutido ya desde antes de haber llegado al poder. Este partido ultra-centralizado habría logrado tomar el palacio de invierno gracias a una coyuntura específica y excepcional (el derrumbe estructural del régimen zarista bajo la Primera Guerra Mundial), junto con los errores políticos del gobierno provisional (que habría respondido de manera "demasiado pasiva" frente a la amenaza bolchevique). Por último, el éxito final de los bolcheviques tendría lugar con la consolidación de su régimen victorioso, encarnado en el traspaso del poder de Lenin a Stalin. La novela "Darkness at noon", por ejemplo, retrata de manera literaria el triunfo final de las purgas de los años '30 como la consecuencia lógica de la dinámica iniciada por los bolcheviques más tempranos, que se terminan devorando entre sí.

Frente a este discurso ideológico de la academia burguesa, es muy interesante rescatar estos aportes de dos autores marxistas que reivindican Octubre a través de un análisis crítico sustentado fuertemente en el materialismo histórico. Con estos textos, vamos a poder comprender mejor que lo que diferenció al bolchevismo de la socialdemocracia europea no fue ese carácter "disciplinado", "de aparato". Es más: El modelo que Lenin esboza en el "¿Qué Hacer?" no es otra cosa que lo que Lenin consideraba la introducción de los métodos del SPD en las condiciones específicas rusas. El partido obrero socialdemocráta alemán era diez veces más "centralizado" que el bolchevique. Lo que diferenció a ambos partidos fueron sus métodos de intervención (la subordinación de la acción directa al parlamentarismo contra la subordinación del parlamentarismo y la acción directa a una estrategia general de desarrollo de una alternativa política proletaria) y su posicionamiento frente a la burguesía nacional en el desencadenamiento de la guerra mundial: Un rol tributario, de furgón de cola, contra un rol independiente.

En primer lugar, tenemos este texto escrito por Kevin Murphy junto con Daniel Gaido. Murphy es un autor que se está haciendo de un renombre en el circuito internacional. Su mayor libro es "Revolution and counterrevolution. Class Struggle in a Moscow Metal Factory", con el cual se ha consagrado con un reconocimiento internacional, el Isaac and Tamara Deutscher Memorial Prize. Trabaja actualmente en la Universidad de Massachussetts. Gaido es un investigador que trabajaba en la Universidad de Tel-Aviv hasta que tuvo que exiliarse debido a un hostigamiento constante por parte del régimen sionista durante la Segunda Intifada. Actualmente es docente e investigador de la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina, e investigador del CONICET. Es un referente del movimiento gremial tanto de docentes como de trabajadores científicos, militante del Partido Obrero.

De la dictadura democrática a la dictadura del proletariado:

De la dictadura democrática a la dictadura del proletariado: El debate en el Partido Bolchevique sobre las Tesis de abril de Lenin
Kevin Murphy
University of Massachusetts Boston
Daniel Gaido
CONICET/Universidad Nacional de Córdoba
danielgaid@gmail.com

Resumen
A principios de abril de 1917, Lenin asombró tanto a sus amigos como a sus enemigos cuando, después de llegar a la estación Finlandia, leyó su tesis defendiendo la transición de la Revolución Rusa de su primera etapa burguesa a una segunda etapa durante la cual el poder se transferiría a manos del proletariado. Esta nueva política iba en contra de la perspectiva política de lo que Lenin llamaba ahora el “viejo bolchevismo” (la cual, a pesar de rechazar un frente común con la burguesía y abogar por una alianza del proletariado y el campesinado, limitaba la revolución a la consecución de metas democrático‐burguesas) y señaló su acercamiento a la perspectiva de la revolución permanente bosquejada por primera vez por Trotsky y otros pensadores marxistas durante la revolución de 1905. Este rearme del Partido Bolchevique dio lugar a furiosas polémicas en sus filas en abril de 1917 y a un giro brusco en sus políticas, que documentamos en el presente artículo.

Leer artículo entero: Click AQUÍ.

En segundo lugar, les presento una traducción de un artículo que Murphy envió a la famosa revista Jacobin.

El soviet de Petrogrado:

El soviet de Petrogrado: Del compromiso, al poder.
Por Kevin Murphy.
En el transcurso de 1917, el Soviet de Petrogrado cambió de un organismo dispuesto a negociar con el capital a uno listo para la revolución.

La Revolución de Febrero barrió con el zarismo ruso en apenas unos días. Luego de la rebelión, el elegido Soviet de Diputados de Obreros y Soldados de Petrogrado se erigió al lado del inelecto Gobierno Provisional. Su papel a lo largo de 1917 no podría ser más esencial.

Los obreros militantes habían iniciado el primer soviet durante el paro general de 1905. La idea se había hecho tan integra al movimiento revolucionario que, en el segundo día de la rebelión de 1917, algunas fabricas empezaron a elegir delegados en anticipación de la creación de un nuevo soviet.

Pero, cuando los mencheviques reunieron al grupo el 27 de febrero, el socialista moderado Aleksandr Kerensky prometió que trabajarían para “mantener el orden”. A diferencia de la edición de 1905 –la cual había servido como un órgano de lucha- el Soviet de Petrogrado eligió al comité ejecutivo casi exclusivamente intelectuales que no habían participado activamente en la revolución.

Para fines de marzo, 2,000 diputado sobrereprentaban a las 150,000 tropas en Petrogrado mientras que solo 800 representaban a unos 400,000 trabajadores industriales. Pese al rol protagónico de las trabajadoras textiles en febrero, las composición del Soviet era abrumadoramente masculina, con apenas unas cuantas decenas de diputadas. Las asambleas generales desorganizadas y tumultuosas significaron que el comité ejecutivo era el que se encargaba de la mayoría del trabajo real.

Ese comité tenía metas un tanto menos ambiciosas que los trabajadores y soldados. En vez de tomar el poder, inmediatamente presionó a sus aliados liberales a formar un gobierno. Los mencheviques creían que “el gobierno sucesor al zarismo debe ser exclusivamente burgués”, escribió Nikolai Sukhanov.

Luego de que el Soviet le diera el poder al Gobierno Provisional el 2 de marzo, su periódico, Izvestiia, explicó que el consejo presionaría al nuevo gobierno en interés de “la democracia”, pero sin empujarlo demasiado fuerte y provocar una contrarrevolución.

Aun así, el comité ejecutivo no cumplió ni esa modesta meta. Para aplacar al Gobierno Provisional, los líderes del Soviet dieron marcha atrás en todo asunto de importancia. Aplazaron la cuestión de la tierra hasta que se pudiera elegir una Asamblea Constituyente, un evento que en sí fue varias veces postergado. Increíblemente, incluso accedieron a continuar la monarquía –aunque el hermano de Nicolás, Miguel, tomó la decisión por ellos.

En cuanto al polémico asunto de la guerra, el Soviet emitió un manifiesto pacifista el 14 de mayo que el Pravda de los bolcheviques describió como “una concesión consciente entre las diferentes tendencias representadas en el Soviet”. El consenso que resultó fue tan equívoco que hasta el belicista Ministro de Relaciones Exteriores Pavel Milyukov lo firmó, como lo hicieron también Josef Stalin y Lev Kámenev a nombre de los bolcheviques.

En efecto, es difícil distinguir el historial de los bolcheviques en esos día iniciales de aquel de los mencheviques y los Socialistas Revolucionarios (SRs). Los registros de comité ejecutivo revelan que los líderes de la fracción guardaron silencio sobre la mayoría de cuestiones de principios, confirmando el juicio de Trotsky:

"No se puede hallar en sus informes y prensa ni una sola propuesta, anuncio, o protesta, en la cual Stalin haya expresado la perspectiva bolchevique en oposición al servilismo de los mencheviques y SRs."

Tan pasmoso fue el historial bolchevique bajo Stalin y Kámenev que, años más tarde, presionarían a Aleksandr Shliapnikov a que modifique sus Memorias.

En aquellas semanas iniciales, el único acto de envergadura del Soviet fue la Orden Número 1, que soldados radicales habían presionado a sus líderes para que lo aprueben. Ese famoso decreto les otorgó a los soldados rasos a elegir sus propios comités y a rechazar órdenes que contradigan al Soviet. La Orden Número 1 devino un obstáculo masivo a las metas bélicas del Gobierno Provisional.

Lenin rápidamente reconoció la inestabilidad de este sistema de poder dual. El Gobierno Provisional y el Soviet tenían intereses de clase opuestos que ni la diplomacia ni la concertación podían conciliar. Acercándose a Trotsky y a algunos bolcheviques extremos de Vyborg, las Tesis de abril de Lenin argumentaban a favor de socavar el esfuerzo bélico por medio de la fraternización en el frente, la transferencia del poder a los soviets, y el reunir toda “producción social y la distribución de productos” bajo el control de los consejos obreros.

En las veinticuatro horas luego de su retorno el 3 de abril Lenin habló en numerosos mítines callejeros, presentando su nueva perspectiva radical a más de mil activistas bolcheviques. Agitó en contra de “la guerra de los capitalistas piratas”, desarticuló las negociaciones de unidad con los mencheviques por parte de Stalin y Kámenev, y atrajo la ira de opositores a lo largo del espectro político.

El periódico menchevique gritó que su nuevo programa representaba un “indudable peligro” para la revolución mientras que la histérica prensa amarilla lo comparó con la “leyenda del anticristo”. El Premier Lyvov pronto se quejó que, en vez del “inflaqueante apoyo” prometido por el Soviet, este había caído “bajo sospecha”. Entre tanto, en Nevsky Prospekt, obreros y soldados portando banderolas clamando “¡Abajo con los Ministros Capitalistas!” se enfrentaron a liberales portando banderolas con “¡Abajo Lenin!”



La guerra y la crisis de abril
El papel de Rusia en la I Guerra Mundial traería estas latentes tensiones a un punto de ebullición. Presionados por el menchevique Irakli Tsereteli, el Gobierno Provisional anunció el 27 de marzo que tenía metas exclusivamente defensivas en la guerra. Sin embargo, menos de un mes después, Milyukov, del Partido Constitucional Democrático (Kadete) de corte liberal, publicó una nota a los Aliados que, en esencia, desmentía aquellas declaraciones previas.

Arguyó que Rusia podía “llevar la guerra mundial a una victoria decisiva”, asumiendo el control de Constantinopla y los Dardanelos. Lejos de debilitar las metas bélicas del imperio, él opinaba que la revolución había reforzado “el deseo universal de llevar la guerra mundial a una victoria decisiva” y que “garantías y sanciones” –es decir, anexaciones e indemnizaciones- evitarían nuevos conflictos.

La explicación franca por Milyukov de las metas rapaces del imperialismo ruso y Aliado reventó la frágil paz entre el Soviet y el Gobierno Provisional. El comité ejecutivo se reunió hasta altas horas de la noche pero no logró llegar a ningún acuerdo.

Cuando apareció la nota de Milyukov en la mañana del 20 de abril, un sargento del Regimiento Finlandia movilizó una manifestación en contra de la guerra. Pronto, varios otros regimientos y marinos del Báltico se unieron a la protesta, hasta que veinticinco mil soldados armados convergieron sobre el Palacio Mariinsky con pancartas que rezaban “¡Abajo Milyukov!”

Al día siguiente, se formó una manifestación mayor iniciada por los bolcheviques mientras que los mencheviques y SRs instaban a los trabajadores y a los soldados a no participar. Los bolcheviques colgaron un llamativo listón a lo largo de la inmensa fachada del Palacio Mariinsky, con las palabras “¡Viva la Tercera Internacional!” Los Kadetes lanzaron su propia contra-manifestación en apoyo al gobierno, y, por primera vez desde febrero, hubo combate en la avenida Nevsky.

Algunos bolcheviques tomaron literalmente la demanda de “¡Abajo con el Gobierno Provisional!”, tratando de irrumpir en el palacio y arrestar a los ministros. El General Lavr Kornílov sugirió bombardear los manifestantes con artillería. Cuando aquella noticia les llegó a los líderes del Soviet, estos ordenaron a las tropas permanecer en sus cuarteles.

Izvestiia se quejó de que la dirigencia estaba trabajando para resolver el conflicto pero que “muchos simpatizantes se estaban manifestando bajo banderas con lemas que no corresponden a las metas del Soviet”, como el “exigir el derrocamiento del Gobierno y la transferencia del poder al Soviet”. Esa noche, el Gobierno Provisional le envió al Soviet una nota re-editada acerca de la guerra y el comité ejecutivo la aceptó por un voto de 34 a 19. Esos líderes consideraron que la crisis había pasado y emitieron un mandato contra más manifestaciones.

Lenin ridiculizó la resolución, argumentando que “los capitalistas están por continuar la guerra”, y que tras de “la primera crisis seguirán otras”. También rechazó “intentos blanquistas de tomar el poder” inmediatamente, llamando por una estrategia de persuasión a largo plazo para explicar “el método proletario de ponerle fin a la guerra” y para “re-elegir miembros dentro del Soviet”.

La destitución ultra-democrática de diputados al Soviet saldría ventajosa para los bolcheviques. A fines de abril el partido de Lenin tenía aproximadamente un cuarto de los delegados al Soviet de Petrogrado y aún más en los consejos distritales. En el frente, los llamados de los agitadores en pro de la fraternización con los soldados alemanes tuvieron acogida entre las exhaustas tropas.

El 6 de mayo, Izvestiia estaba rabiando acerca del intento por Pravda de “socavar la confianza de la soldadera en el llamado de Soviet. … Si creéis en vuestro Soviet, entonces ¡cumplid sacramente su llamado a dejar de ‘fraternizar’!”



La ofensiva bélica de Kerensky
La predicción por Lenin de que la nota de Milyukov sería sólo la primera de muchas crisis se cumplió. En junio, la ofensiva militar propuesta por Kerensky dividió aún más al Gobierno Provisional, el Soviet, y el pueblo al que debían representar.

Cuando se reunió el I Congreso de Soviets el 3 de junio en Petrogrado, los socialistas moderados gozaban de apoyo abrumador y podían que gobernaban a nombre de unos veinte millones de obreros y soldados. Este grupo subscribió la avanzada de Kerensky, pero, en la capital políticamente efervescente, la radicalización de los obreros y soldados estaba largamente por delante del resto del país.

En preparación para la renovación de la guerra, Kerensky trato de restituir la disciplina militar pero enfrentó rechazo por parte de soldados radicales. El 23 de mayo, una reunión de la Organización Militar Bolchevique de Petrogrado anunció que estaban “dispuestos a irse por su propio lado si no se toma una decisión positiva en el centro”.

El 8 de junio, los líderes bolcheviques, incluyendo la Organización Militar, votaron abrumadoramente a favor de hacer una manifestación de protesta a los planes de Kerensky. El Soldatskaia Pravda de los bolcheviques se burló del llamado del Gobierno Provisional por “guerra hasta conclusión victoriosa” con su propio lema: “guerra hasta conclusión victoriosa contra los capitalistas”.

Pese a amplio apoyo entre las bases, el llamado bolchevique iba en contra de ambos, el Congreso de Soviets y el Soviet de Petrogrado. En horas tempranas del 10 de junio, un reducido Comité Central bolchevique canceló la manifestación en un extraño voto de tres a cero, con Yakov Sverdlov y Lenin absteniéndose frente a la mayoría de Derecha.

La decisión enardeció a los militantes del partido y algunos miembros de Vyborg destruyeron sus carnets de afiliación. En el Comité de Petesburgo, orador tras orador criticó severamente al Comité Central. Temeroso de repetir los errores de la aislada Comuna de París, Lenin apeló ante sus camaradas por “máxima calma, cautela, paciencia y organización”.

En sesión conjunta del Soviet de Petrogrado y del Presidium del Congreso de Soviets, el 11 de junio, un desesperado Tsereteli acusó a los bolchevique de tramar contra la revolución y exigió medidas represivas.

Kamenev habló por los bolcheviques. Arguyó que ningún lema clamaba por la “toma del poder” sino sólo por “¡Todo el poder a los Soviets!” “Arréstenme y júzguenme por complot contra la revolución”, los retó, mientras que él y los bolcheviques se marchaban en protesta.

Al día siguiente, el Congreso subscribió la ofensiva planificada por Kerensky e hizo un llamado por una marcha de unidad el 18 de junio, para coincidir con el avance militar. Pero, los líderes del Soviet de Petrogrado estaban preocupados de que los bolcheviques usurparían la manifestación, así que sugirieron que sólo podrían aparecer lemas aprobados por el Soviet.

Aquel quiebre claro con las normas revolucionarias ¬–que, en todo caso, habría sido imposible de hacer prevalecer- puso a muchos obreros y soldados en contra de la dirección conservadora. Fábricas y regimientos previamente dominados por SRs y mencheviques se resolvieron a apoyar los lemas bolcheviques.

Izvestiia se quejó que “segmentos inferiores e ignorantes de la población” fueron convencidos por “propaganda anarco-bolchevique”. En la víspera de la manifestación, Tsereteli les dijo a los representantes bolcheviques que “veremos a quién sigue la mayoría, a ustedes o a nosotros”.

Como lo expresó el Novaya zhizn’ de Máxim Gorky, la manifestación de cuatrocientos mil fue “un triunfo completo del bolchevismo entre el Proletariado de Petesburgo”. Banderas y lemas bolchevique predominaron. Sólo una minoría de lemas oficiales del Soviet, de los mencheviques y SRs, aparecieron en un mar de pancartas exigiendo “¡Todo el poder a los Soviets!” y “¡Abajo los Diez Ministros Capitalistas!”

La manifestación coincidió con la horrorosa ofensiva de Kerensky, la cual mataría a unos cuarenta mil soldados. Izvestiia informó sobre una delegación del Comité del Frente al Décimo Ejército “para explicarle a esa gente la perspectiva de la democracia rusa”. En muchos regimientos,

“al Comité se le dijo que los soldados no reconocerían su autoridad, al Soviet de Petrogrado, ni al Ministro de Guerra, y que no pasarían a la ofensiva. No tenían intención de morir, cuando había libertad en Rusia y la oportunidad de conseguir un pedazo de tierra.”

En el Regimiento 703 los soldados se burlaron de la delegación por “instarnos a cumplir la orden de Kerensky” y luego golpeó, amenazó de muerte, y finalmente, arrestó la delegación del Soviet de Petrogrado.

La largamente esperada ofensiva de Kerensky resultó una catástrofe. Pese a proclamar su éxito públicamente, concedió, el 24 de junio, en un telegrama cifrado, que “luego de los primeros días, a veces después las primeras horas de batalla … el espíritu decayó” y las unidades “comenzaron a dictar resoluciones con demandas de partir inmediatamente hacia la retaguardia.”



La semi-insurrección de julio
Las Jornadas de Julio intensificaron esos conflictos. Los rebeldes imploraban al Soviet de Petrogrado que tome el poder, mientras que los líderes paradójicamente rogaban a las tropas que los defiendan de esos mismos manifestantes. Un fornido obrero famosamente expresó esa contradicción cuando se enfrentó a Víktor Chernov, el líder SR, afuera del Palacio Táuride y le gritó, “¡Toma el poder cuando te lo dan, hijo de puta!”

En febrero miles de soldados militantes del Primer Regimiento de Metralleros habían marchado desde Oremburgo y permanecieron en Petrogrado para defender la revolución. Aquellos soldados iniciaron una rebelión luego de que dos tercios de ellos fueran ordenados al frente de guerra, lo que ellos consideraban nada menos que una sentencia de muerte. El 1 de julio, el Soviet exigió que los metralleros retornen a sus cuarteles, pero ellos continuaron con sus planes para una manifestación armada.

Delegados a la conferencia de la Organización Militar Pan-Rusa bolchevique llegaron cargando sus fusiles, listos para una confrontación. Organismos provinciales informaron de amplia ira hacia Kerensky y sus planes. Soldados continuamente interrumpieron la conferencia, exigiendo preparativos inmediatos para un levantamiento armado. En un discurso, como un “balde de agua fría”, Lenin advirtió contra hacerle la jugada al gobierno a lanzar un levantamiento desorganizado y prematuro.

Hacia julio algunos bolcheviques extremos más parecían anarquistas. Una reunión anarquista del 2 de julio exigió una rebelión armada y, en efecto, como lo ha argumentado Alexander Rabinowich, aquél grupo desempeñaría “un papel significativo en el levantamiento”.

Bleichman, el anarquista, instó a los metralleros a derrocar al gobierno, pero su fe de que “la calle nos organizará” solo llevó al caos. Cuando llegaron diez mil marineros armados desde Kronstadt, los dirigentes del Soviet les rogaron que vuelvan a casa, pero ellos tuvieron mayor simpatía hacia Bleichman, quien nuevamente instó a la insurrección.

Izvestiia publicó el pliego de reclamos que la manifestación masiva había entregado al ejecutivo del Soviet Pan-Ruso:

“Destitución de los diez ministros burgueses, todo el poder a los soviets, cese a la ofensiva, confiscación de las imprentas de la prensa burguesa, que la tierra sea de propiedad del estado, control estatal de la producción.”

Esa noche, Kámenev y Zinóviev convencieron a la dirección bolchevique a cancelar la manifestación del día siguiente por preocupación de que saldría fuera de control. Cuando se hizo evidente que, de todas maneras, la manifestación sí se llevaría a cabo y que la estrategia de los bolcheviques de derecha parecería una traición, se publicó la edición del 4 de julio de Pravda con un espacio en blanco donde originalmente habría aparecido el llamado a la cancelación.

Medio millón marchó ese día y el gobierno reaccionó con violencia. Izvestiia describió una bien-planificada emboscada:

“Cuando ellos [los manifestantes] pasaban frente a una iglesia, sonó una campana en el campanario y, como por una señal, se abrió fuego de fusiles y ametralladoras desde los techos de las casas.”

Cuando corrieron hacia el otro lado, “disparos cayeron también desde los techos opuestos”. El diario menchevique informó además que caños cosacos habían disparado contra los manifestantes.

Las Jornadas de Julio pusieron en evidencia que había terminado la frágil unidad nacional que siguió a la abdicación de Nicolás. “Bajo las banderas rojas marcharon solo los obreros y soldados”, escribió uno de los participantes,

“No se distinguían las escarapelas de los oficiales, los botones brillosos de los estudiantes, ni los sombreros de las ‘damas simpatizantes’ … Estaban marchando los esclavos comunes del capitalismo.”

El kadete Vladimir Nabokov escribió que los manifestantes mostraban “las mismas caras locas, atónitas, y bestiales que todos recordamos de las jornadas de febrero”. El odio de clase era ahora mutuo. Los obreros portaban banderas que rezaban, “¡Recuerden, capitalistas, las ametralladoras y el acero los aplastarán!”

Habiendo oído que Kerensky se dirigía al frente por riel, algunos metralleros los buscaron en la Estación Báltica. Otros expropiaron los autos de residentes adinerados y subieron y bajaron por Nevsky, blandiendo sus fusiles.

Afuera del Palacio Táuride, Chernov rogó por la calma hasta que los marineros de Kronstadt lo arrestaron. Al final, Trotsky intervino y consiguió la liberación del líder SR.

Obreros armados, peinando el palacio en busca de Tsereteli, irrumpieron en una sesión del Soviet, donde, según Sukhanov, algunos delegados “no mostraron el debido coraje y control”. Uno de los obreros brincó sobre el estrado y, blandiendo su rifle, declaró:

“¡Camaradas! ¿Hasta cuándo vamos los obreros a soportar esta traición? Aquí están ustedes debatiendo y haciendo tratos con los terratenientes. …Están ocupados en traicionar a la clase obrera. Bueno, solo entiendan que la clase obrera ¡no lo va a aguantar! Hay 30,000 de nosotros de Putilov. Triunfaremos. ¡Todo el poder a los Soviets! ¡Tenemos bien empuñados nuestros fusiles! ¡Sus Kerenskys y Tseretelis no nos engañarán!”

El balance de poder había cambiado en contra de la dirigencia soviética. El menchevique, Wladimir Woytinsqui, asignado a encontrar tropas leales, describió sus “esfuerzos en vano de alistar destacamentos para defender el Palacio Táuride”. Irónicamente, las primeras tropas en llegar que eran lealistas pertenecían a la organización interdistrital de Trotsky. La dirección aterrada del Soviet los recibió con vítores de alegría.

Esa noche, los bolcheviques clamaron por un fin a las manifestaciones, y, en la mañana siguiente, el Gobierno Provisional lanzó una campaña contra Lenin y sus camaradas, aduciendo que eran espías alemanes.

En el rastro de las Jornadas de Julio, los no-socialistas en el gobierno decidieron aplastar la revolución, restaurar la disciplina en el ejército, y aniquilar el Soviet. Pero, esta solución carnicera al levantamiento caería a los pies precisamente del blanco al que esperaban destruir. Por fin, el Soviet se levantaría a defender la revolución.



El Soviet se radicaliza
Lenin huyó hacia Finlandia mientras que cientos de bolcheviques estaban siendo arrestados bajo cargos exagerados. Por ejemplo, el gobierno dijo que Trotsky había viajado en el “tren sellado” de Lenin, provisto por los alemanes –comprobando que, en verdad, ambos revolucionarios servían al enemigo de Rusia- pero, en ese entonces, Trotsky había estado atrapado en un campo de concentración en Nueva Escocia.

Tsereteli firmó la orden de detención contra Lenin y por unos instantes pareció que los mencheviques se habían unido a la contrarrevolución, pero los ataques al sindicato de obreros metalúrgicos y a oficinas mencheviques, y el arresto de algunos diputados al Soviet, hicieron evidente que los socialistas más conservadores escasamente estaban a salvo de la amplia red de represión lanzada por el gobierno.

La conferencia kadete abandonó su pretendida democracia y exigió un dictador fuerte. Oradores culparon a Kerensky y al Soviet por la Orden Número 1 y por “la pésima situación actual en Rusia”.

Magnates empresariales en el Congreso de Comercio e Industria clamaron por “un quiebre radical … con la dictadura del Soviet” que había llevado Rusia “a la destrucción”. Vladimir Purishkevich, pogromista y fundador de la Unión del Pueblo Ruso, se unió al coro, exigiendo la inmediata disolución del Soviet de Diputados de Obreros y Soldados.

Los contrarrevolucionarios hallaron su hombre fuerte en el General Lavr Kornílov, el recién-nombrado Comandante del Ejército Ruso. En la víspera de su intento de golpe Kornílov anunció que “es hora de ahorcar a los agentes y espías de Alemania, ante todo a Lenin, y dispersar el Soviet”. Continuó, prometiendo “ahorcar a todos los miembros del Soviet de Diputados de Obreros y Soldados” si fuera necesario.

Ello era más o menos tema conocido del general. Antes de la revolución Kornílov había hablado si cesar de ahorcar a “todos esos Guchkovs y Milyukovs”, pero ahora hacía causa común con los liberales, ya que ambos querían aniquilar la revolución.

Kerensky y Kornílov negociaron los detalles de la restauración del orden. Concordaron reinstituir la pena capital en la retaguardia, disolver los comités del ejército, e imponer la ley marcial en Petrogrado.

Las tropas comenzaron a desplazarse hacia la capital revolucionaria el 25 de agosto y, dos días más tarde, Kornílov informó que el III Destacamento llegaría esa noche a las afueras de la ciudad. Le pidió a Kerensky que imponga la ley marcial.

Ese mismo día, los mencheviques propusieron un Comité de Defensa contra la contrarrevolución. Si “el comité quería actuar con seriedad”, comentó Sukhanov, “sólo los bolcheviques tenían verdaderos recursos”.

Casi cuarenta mil se ofrecieron para la Guardia Roja y miles más salieron en señal de apoyo. Obreros metalúrgicos radicales produjeron cien cañones en cosa de días, trabajando en turnos de dieciséis horas. La Rusia revolucionaria parecía estar al borde de una guerra civil.

Pero el enfrentamiento militar nunca se produjo. Kornílov permaneció en su cuartel general en Mogilev, dejando al General Alesandr Krymov para dirigir a los cosacos y a la División de Caballería Nativa del Cáucaso, mejor conocida como la División Salvaje. Mientras tanto, el Soviet había apelado a trabajadores ferroviarios revolucionarios, quienes estorbaron los trenes, aislando a las tropas de Kornílov en más de ochenta líneas férreas Agitadores soviéticos se acercaron a la División Salvaje y los soldados encargados de suprimir la revolución acabaron izando una bandera roja por “Tierra y Libertad”.

En Petrogrado, se preveía que dos mil lealistas darían respuesta a la ficticia insurrección bolchevique. El líder cosaco, Aleksandr Dútov, se quejó, “Llamé al pueblo a salir a las calles, pero nadie me siguió”.

El General Khrystofor Baranovsky, en Petrogrado, le imploró al General Mikhail Alekséyev, en el cuartel general en Mogilev, que “los Soviets están iracundos, el clima sólo puede ser amainado con una muestra de fuerza, arreste a Kornílov”. Alekséyev respondió, “Hemos caído por completo en las tenaces garras del Soviet”.



El centro colapsa
El 30 de agosto ya era obvio que el planeado golpe había colapsado, arrastrando consigo al partido kadete. Su periódico anunció que “las metas de Kornílov son las mismas que nosotros juzgamos necesarias para la salvación del país. … Lo proponíamos mucho antes que Kornílov”.

El 1 de septiembre, Tsereteli trató de defender a sus antiguos aliados. Haciendo caso omiso a la propuesta de Milyukov de nombrar dictador al General Alekséyev en la esperanza de aplacar a Kerensky y a Kornílov a la vez, Tsereteli declaró del partido kadete que “por lo menos sus figuras principales enarbolaron la revolución”.

Ambos, los mencheviques y los SRs rompieron con sus aliados liberales, sólo para dar marcha atrás un par de semanas más tarde. Entre tanto, el Soviet y el público se enteraron que Kerensky había trabajado con Kornílov para suprimir el consejo del pueblo. El periódico SR de izquierda, Znamya truda, enfáticamente declaró lo que se había descubierto:

“[El golpe de Kornílov] no fue una conspiración contra el Gobierno Provisional sino una componenda con él en contra de los organismos democráticos.”

Los mencheviques y los SRs de derecha se aferraron con desesperación al ahora totalmente desacreditado régimen de Kerensky y, a fin de cuentas, pagaron el precio de su estrategia. Para inicios de septiembre, los SRs de izquierda dominaban la conferencia partidaria de Petrogrado. Todo el distrito menchevique de Vasilevsky se adhirió a los bolcheviques. Baluartes fabriles de los mencheviques destituyeron sus delegados al Soviet en favor de bolcheviques. En otras fábricas ex-delegados rogaron perdón y hasta rompieron retratos de Kerensky.

La confrontación decisiva por el control del Soviet de Petrogrado se produjo en la elección del presídium el 9 de septiembre. Hablando por primera vez desde su liberación de la cárcel unos días antes, Trotsky le recordó a su público que, “Cuando les pidan aprobar la línea política del presídium, no olviden que estarán aprobando las políticas de Kerensky”.

“Todos entedían que estaban decidiendo la cuestión del poder –de la guerra- del destino de la revolución”, escribiría Trotsky. En vez de un vota a voces, la asamblea decidió que aquellos que aceptasen la renuncia de la dirigencia abandonarían el recinto.

Obreros y soldados se movilizaron hacia la puerta entre gritos intercambiados de “¡Kornilovistas!” y de “¡Héroes de Julio!” El conteo final: 414 votaron a favor el presídium, controlado por los menchevique y SRs, y a favor del Gobierno Provisional; 519 votaron en contra; y 67 se abstuvieron.

Tsereteli se felicitó, a sí mismo y a los demás ex-dirigentes, por ser “la consciencia que por medio año … meritoriamente sostuvo y enarboló la bandera de la revolución”. Trotsky, por su lado, les recordó a los líderes depuestos que “la acusación contra los bolcheviques … de estar en servicio al estado mayor alemán no había sido retractada”. El Soviet resolvió “marcar con desprecio a los autores, diseminadores y promotores de la injuria”.

Con ambos, los kadetes y Kerensky, en mala fama, Lenin brevemente argumentó en pro de transar con el liderazgo del Soviet: él tomaría el poder y los bolcheviques devendrían la oposición leal. Pero después de que los socialistas transigistas persistieron en su apoyo a la coalición de Kerensky –que aún incluía a los kadetes- y luego de que los bolcheviques obtuvieron una mayoría en Petrogrado, en Moscú, y en demás Soviets, Lenin volvió a la estrategia de “¡Todo el poder a los Soviets!” Durante las siguientes seis semanas bombardeó al Comité Central sin cesar con demandas por una insurrección inmediata.



Todo el poder a los Soviets
Aun después de la famosa resolución del 10 de octubre a favor de “insurrección armada”, los líderes bolcheviques vacilaron. Algunos incluso socavaron la actuación revolucionaria.

Cuando Kámenev y Grigori Zinóviev hicieron públicos sus argumentos en contra de la insurrección en Novaia zhizn’ el 18 de octubre, Lenin al fin se hartó y exigió que “los esquiroles sean expulsados” del partido.

Para aumentar el apoyo popular, los dirigentes decidieron que un órgano del Soviet de Petrogrado –en vez del Partido Bolchevique- organizaría la insurrección. El 16 de octubre el comité ejecutivo, ahora de extrema izquierda, anunció la formación de un Comité Militar Revolucionario para “la defensa de la capital”.

En una batalla por autoridad sobre las tropas, el comité envió una delegación al cuartel general de Petrogrado informándole que “en adelante ordenes no firmadas por nosotros carecen de validez”. Los generales se negaron a reconocerlos y, al día siguiente, el comité declaró que, al romper con el Soviet, el estado mayor se había hecho “un arma directa de las fuerzas contrarrevolucionarias”.

En las frenéticas reuniones del Soviet de Petrogrado en los días previos al II Congreso muchos de los soldados que arribaban exigían que el Soviet tome el poder. Los mencheviques advirtieron en repetidas ocasiones sobre los “caudales de sangre” que traería la insurrección.

Cuando Eva Broido preguntó si el Comité Militar Revolucionario organizaría la insurrección, Trotsky preguntó, “¿A nombre de quién indaga Broido? ¿De Kerensky, del servicio de inteligencia, de la policía secreta, o de otras instituciones semejantes?”

En efecto, los mencheviques no anunciaron sus acciones militares por adelantado. Durante la asamblea del 23 de octubre, Lomov, dirigente del Soviet de Moscú, informó que los cosacos habían saqueado el Soviet de Kaluga. Los menchevique y la duma municipal pro-SR habían pedido las tropas, quienes “infligieron violencia desmesurada” contra los líderes del Soviet.

Aquella misma noche, Trotsky declaró que “la creación del Comité Militar Revolucionario era un paso político hacia la toma del poder y su transferencia a manos de los Soviets”, pero aún el 24 de octubre negó que el Soviet tuviera planeado hacerlo.

En la asamblea general al día siguiente, Trotsky declaró ante un público embelesado que “el Gobierno Provisional ya no existe. … No conozco de ningún otro ejemplo en la historia del movimiento revolucionario en que estuvieran involucradas masas tan numerosas y que se haya desarrollado con tan poca sangre”. Mientras que los detractores de Lenin, incluyendo a algunos en su propio partido, pensaban que el régimen soviético duraría apenas unas semanas, Lenin permanecía imperturbablemente optimista de que la Revolución Rusa “conduciría a la victoria del socialismo”. Lenin confiaba que “seremos apoyados en esto por el movimiento obrero mundial, que ya se está comenzando a desarrollarse en Italia, en Gran Bretaña, y en Alemania”.

La estrategia menchevique y SR de transar con el capitalismo resultó un fracaso. En un momento clave de la historia de la clase obrera, la mayoría menchevique y SR derechista abandonó el Congreso de los Soviets para aliarse al pogromista Purishkevich y a otros anti-socialistas.

A medida que nos acercamos al aniversario de la Revolución de Octubre, los anticomunistas una vez más tratarán de calificar la victoria bolchevique como un golpe de estado por una minoría. Tal invento ignora el mandato democrático que los bolcheviques buscaron y consiguieron en el transcurso de meses de lucha.

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Fuente traducción: [url=Marxist internet archive]https://www.marxists.org/history/ussr/events/revolution/100th/espanol/murphy-poder.htm.[/url]
Fuente original: [url=Revista Jacobin]https://www.jacobinmag.com/2017/11/russian-revolution-october-bolsheviks-lenin.[/url]

También tenía en mente compartir el artículo How the Bolsheviks won, de Alexander Rabinowitch, pero como está en inglés, por a transcribirlo aparte.


Última edición por Blood el Vie Dic 22, 2017 12:31 pm, editado 1 vez
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Re: En torno al viraje del partido bolchevique en abril de 1917.

Mensaje por Blood el Vie Dic 22, 2017 12:26 pm

Éste es el aporte de Alexander Rabinowitch en una edición especial de la revista Jacobin, dedicada a los cien años de Octubre. El texto se encuentra en inglés. Buena lectura.

How the Bolsheviks Won" Por A. Rabinowitch:
How the Bolsheviks Won
ALEXANDER RABINOWITCH
The Bolsheviks' rise to power, one hundred years ago today, revisited.

In my contribution, I want to revisit the main conclusions of my writings on 1917, especially as they relate to the thorny, still deeply politicized question of how the Bolsheviks won out in the struggle for power in 1917 Petrograd. However, let me start with a few words about the views of earlier historians on this issue.

To Soviet historians, the October 1917 revolution was the legitimate expression of the will of the revolutionary Petrograd masses — a popular armed uprising in support of Bolshevik power led by a highly disciplined vanguard party, brilliantly directed by V. I. Lenin. Western historians, on the other hand, have tended to view the Bolsheviks’ success as the consequence of the Provisional Government’s softness toward the radical left; a historical accident or, most frequently, the result of a well-executed military coup, lacking significant popular support, carried out by a small, united, highly authoritarian and conspiratorial organization controlled by Lenin and subsidized by enemy Germany. To historians holding the latter view — which now includes many historians in Russia today — the structure and practices of the Bolshevik party in 1917 were the inevitable progenitor of Soviet authoritarianism.

The conclusions of my research work on 1917 departed in significant ways from these common interpretations. To illustrate this point, let me take note of a few important, still often overlooked moments during the crucial summer and fall of 1917 which seemed me to be of special importance in understanding the character and course of the “October Revolution” in Petrograd. I will then summarize how “Red October” looks to me today.

The July Uprising
The first of the moments to which I want to turn is the abortive “July uprising,” which appeared to many at the time, and to most Western historians since, as an unsuccessful attempt by Lenin to seize power and as a dress rehearsal for “Red October.”

In my book, Prelude to Revolution, I concluded that the chaotic, bloody, ultimately unsuccessful July uprising was an accurate reflection of unwillingness on the part of soldiers in the war-inflated Petrograd garrison to accept shipment to the front in support of the July 1917 Russian offensive, and of genuine, widespread, spiraling impatience and dissatisfaction on the part of the large mass of Petrograd factory workers, soldiers, and Baltic fleet sailors with the continued maintenance of the war effort and the meager social and economic results of the February 1917 revolution. With regard to the Bolshevik role in the preparation and organization of the July uprising, I concluded that the eruption was partly the outgrowth of four months of steady Bolshevik propaganda and agitation; that factory and unit-level, rank-and-file Bolsheviks played leading roles in starting it; and that extremist leaders of two major auxiliary arms of the party, the Bolshevik Military Organization and the Bolshevik Petersburg Committee, responsive to their new, impatient constituencies, encouraged it against the wishes of Lenin and a majority of the Bolshevik Central Committee.

I also ventured several broader generalizations with important implications for subsequent events from my study of the July uprising. One set of generalizations concerned mass attitudes in Petrograd toward the Provisional Government, soviets, and the Bolsheviks at that time. Studying the evolution of popular opinion between February and July, I concluded that among Petrograd workers, soldiers, and sailors who acted politically in any way, the Provisional Government was already then — that is, by midsummer of 1917 — widely perceived as an organ of the propertied classes, opposed to fundamental political and social change, and cold to popular needs. On the other hand, although the lower strata of the Petrograd population subjected the moderate socialists to increasing criticism for their support of the Provisional Government and the continuing war effort, it nonetheless viewed soviets at all levels as genuinely democratic institutions of popular self-rule. Hence, the enormous and ever growing popular attraction of two of the Bolsheviks’ chief political slogans, “All Power to the Soviets!” and “Immediate Peace!”

As for the situation of the Bolsheviks, the July uprising ended in a painful, seemingly decisive defeat for them. Nonetheless, what appeared most significant to me was the great popularity of the radical Bolshevik program demonstrated before and during the July uprising. At a time when the popular expectations for meaningful change were sky high, and when other major political groups were demanding patience and sacrifice in the interests of the war effort, the radical Bolshevik political program, and the party’s apparent responsiveness to the needs and aspirations of ordinary citizens, contributed significantly to the very considerable influence and strength it had acquired in just a few months.

This led me to a second set of generalizations reflected in the July experience. These generalizations related to the traditional image of the Bolshevik party in 1917 as an essentially united, authoritarian, conspiratorial organization, tightly controlled by Lenin. Based on exhaustive empirical research, I concluded that this image bore precious little relation to the reality. It was not simply that from top to bottom, from March 1917 on, the Bolshevik organization included left, right, and centrist factions, each of which helped shape the party’s politics. No less important, it seemed to me, was the fact that amid the unstable, locally varying, constantly changing conditions prevailing in revolutionary Petrograd in 1917, not to speak of Russia as a whole, the Bolshevik Central Committee was simply unable to control nominally subordinate agencies. Lower organizations were relatively free to tailor their appeals and tactics to their perception of the developing situation on the ground. The importance of this factor in interpreting the Bolshevik party’s behavior during the 1917 revolution was, I concluded, difficult to overestimate.

Further, I found that Lenin’s pre-revolutionary conception of a small, professional, conspiratorial party had become obsolete after the “February Revolution” and the party’s doors were quickly opened wide to tens of thousands of new members who also influenced policy. In other words, to a significant degree, the Bolshevik organization in Petrograd was both open and responsive to the concerns of the popular masses. Undisputedly, this caused great difficulty in July. However, I concluded that in the longer run, the Bolsheviks’ extensive, carefully cultivated connections in plants and factories, in a myriad of worker organizations and military units, were an important source of the party’s strength and ultimate ability to take power.

The Reaction
The second revealing moment in 1917 that I want to touch on is the brief period of reaction in Petrograd that followed the collapse of the July uprising. This was the time when the initially successful Russian offensive on the Eastern Front was turned into a most terrible rout of the Russian army, and when Alexander Kerensky became prime minister. Kerensky headed a liberal-moderate socialist coalition government overwhelmingly concerned with suppressing the Bolsheviks, restoring domestic political authority and order (if necessary by force), and somehow shoring up the collapsing front.

Briefly, it appeared that a lull had been reached in the revolutionary workers’ movement. Public opinion in Petrograd seemed to have swung decisively rightward. Yet despite a constant barrage of flamboyant, hardline rhetoric by Kerensky, incessantly echoed by temporarily resurgent conservative civil and military groups, it was clear that none of the repressive measures loudly proclaimed by Kerensky were either fully implemented or achieved their objectives (which is not to say that they could have successfully restored order). More than this, the apparently increasing danger of counterrevolution reflected in such events as the Moscow Conference — the large, much ballyhooed gathering of conservative forces in mid-August 1917 — heightened popular suspicion of the Provisional Government and stimulated the desire to let bygones be bygones and to unite more closely in defense of the revolution. I found that this mass response to what were popularly perceived as dangerous threats to the revolution were reflected in numerous, mutually reinforcing documents of the time.

If hostility toward the Bolsheviks on the part of ordinary citizens dissipated in the face of the apparent threat of counterrevolution within a few weeks after the July uprising, then already by the second half of August — before General Lavr Kornilov’s failed rightist putsch — there were increasing signs that the party, with its apparatus essentially intact, had embarked on a new period of striking, rapid growth. I found that a clear indication of the degree to which the party’s fortunes were again on the rise was reflected in the results of mid-August elections to the Petrograd City Duma. In these citywide elections, the Bolsheviks scored a resounding triumph.

The Kornilov Affair
Inevitably, perhaps, with the very existence of the Russian state immediately threatened by military forces from outside and by political, social, and economic disintegration within, and with the Kerensky government so obviously unable to stem accelerating deterioration, liberal and conservative groups looked to the high command of the army for salvation. The efforts of some of these elements culminated in the so-called “Kornilov affair” of late August. In thinking about General Kornilov’s failed rightist putsch, my primary concern today is not the still disputed questions of Kornilov’s objectives and personal ambitions, or of Kerensky’s possible complicity in wresting authority from the soviets and reestablishing order by means of a strong military dictatorship. In the present context, the facet of this particularly revealing historical moment that interests me most is what the struggle against Kornilov in Petrograd revealed about the attitudes and power of ordinary citizens then and about the impact of the Kornilov experience on the stature of the Bolsheviks.

Let me recall in briefest terms what occurred in Petrograd following Kerensky’s August 27 announcement that General Kornilov had refused to recognize his authority and that troops supporting Kornilov were aboard trains and already nearing the capital. The Kadet Party, the main Russian liberal party, sympathetic to Kornilov’s objectives and distrustful and scornful of Kerensky, refused to support him. For the briefest time, it appeared that Kornilov’s troops could not be prevented from occupying the capital and that the Provisional Government would surely fall. But all political groups to the left of the Kadets — Bolsheviks, Mensheviks, SRs, Anarchists, every labor organization of any importance, and soldier and sailor committees at all levels — immediately banded together in defense of the revolution.

Under the direction of the Rail Workers Union, communications between Kornilov in southern Russia and his forces advancing on Petrograd were cut, and trains carrying insurgent troops were derailed. Everywhere Kornilov’s forces were stranded, officers were forced to stand by helplessly as crowds of delegates from mass organizations, some dispatched from Petrograd and others from nearby towns and villages, quickly persuaded Kornilov’s troops, selected for their reliability and discipline, not to move further and to pledge loyalty to the revolution. Suffice to say, the episode was over in a few days, without a shot fired.

And in the first flush of this triumph over the counterrevolution, most organizations in Petrograd that had taken part in the anti-Kornilov movement expressed their views about the nature, make-up, and program of a future government in a torrent of political resolutions. These resolutions obviously had not been designed by any single agency for they differ significantly on specifics. Yet common to most of them was aversion to any kind of further political collaboration with the propertied classes and attraction for the immediate creation of some sort of exclusively socialist government that would end the terrible war. It was apparent that to many, including Bolsheviks, the swift defeat of General Kornilov confirmed the immense political potential of all socialists working together.

It seemed to me there were other noteworthy political ramifications of the Kornilov experience. For the time being, the rightist movement was shattered, that was clear. And because of their behavior both before and after the crisis, the Kadets were widely suspected of having been in league with the general; they were now weakened and deeply demoralized. Moreover, because of bitter internal disputes over the character and composition of a future government, the Mensheviks and SRs were scarcely in better shape. Each now included rapidly growing left factions whose immediate political goals were closely aligned with those of moderate Bolsheviks. And meanwhile, the disintegration of the Russian economy continued apace. In Petrograd, food and fuel shortages became much more acute.

Naturally, the Kornilov affair also did inestimable harm to Kerensky’s reputation, among both the defeated Right and the Left. Clearly, among the competitors for power in 1917 Petrograd, the Bolsheviks were the big beneficiaries of the failed rightist move. Yet it seemed questionable to argue, as many historians did and still do, that Kornilov’s defeat made Lenin’s victory virtually inevitable. To be sure, Kornilov’s failure testified to the great potential power of the Left and demonstrated once again the enormous popular attraction of the Bolsheviks’ program of radical change. However, the mass mood was not specifically Bolshevik in the sense of reflecting a desire for a Bolshevik government. That, it seemed to me, was the crucial point. For the fact is that the idea of a Bolshevik government had never been raised publically before. In the eyes of Petrograd workers, soldiers, and sailors, the Bolsheviks stood for Soviet power — for multiparty Soviet popular democracy. This was now an impediment to the unilateral seizure of power. For as the flood of post-Kornilov political resolutions showed, the city’s lower classes were attracted more than ever by the possibility of creating a Soviet government uniting all democratic socialist elements.

In any case, the abortive July uprising and subsequent reaction demonstrated the risks inherent in overreliance on the popular mood. This conclusion was also inescapable. Moreover, the history of the party from the time of the February Revolution on revealed the potential for programmatic discord and undisciplined, disorganized activity within Bolshevik ranks. So in the aftermath of the Kornilov affair, whether the party would find the requisite strength of will, organizational discipline, and sensitivity to the complexities of the fluid and potentially explosive prevailing situation to take power was still an open question.

“Red October”
This, then, was my reading of significant, often overlooked historical moments during the summer of 1917 that seemed to me to be of particular importance in understanding “Red October.” Now, let me now suggest how the Bolshevik success in October 1917 appeared, framed against this background. Recall that in mid-September, Lenin, then still hiding out in Finland, sent two historically momentous letters to the party leadership in Petrograd. In these letters, which quite literally came out of the blue, Lenin demanded that Bolsheviks in Petrograd organize an armed uprising and overthrow the Provisional Government “without losing an instant.” Also remember that Lenin’s directive was rejected by unanimous vote of the Central Committee.

There were, records showed, several reasons for this rapid, wholly negative — indeed, horrified — response. For one thing, the receipt of Lenin’s shocking directive coincided with the start of the Democratic State Conference when party leaders in the capital, under the impression that they had Lenin’s blessing, were oriented toward convincing a majority of conference delegates that the conference itself should initiate the creation of a new, exclusively socialist government. This effort failed. The fact that the Bolshevik leadership ignored Lenin’s orders even after it became clear that the Democratic State Conference would not abandon coalition politics was partly due to the influence of moderate Bolsheviks like Lev Kamenev. However, most significant is that even Bolshevik leaders like Trotsky, who in principle shared Lenin’s fundamental theoretical assumptions regarding the necessity and feasibility of an early socialist revolution in Russia, were skeptical of mobilizing workers, soldiers, and sailors behind the “immediate bayonet charge” insisted on by Lenin.

The situation was similar to that during the heyday of the reaction which prevailed in the aftermath of the July uprising. At that time, most party leaders in Petrograd ignored Lenin’s demand that they abandon soviets as revolutionary organ. Now, toward the end of September, these Bolsheviks seemed to once again have had a more realistic appreciation than Lenin of the limits of the party’s influence and authority among ordinary citizens, and of the latter’s continuing attachment to soviets as legitimate democratic organs in which all genuinely revolutionary groups would collaborate to fulfill the revolution. Consequently, together with the Left SRs, they began to associate the seizure of power and the creation of an all-socialist coalition government publically with the early convocation of another national Congress of Soviets as a way to take advantage of the legitimacy of soviets at a popular level.

The impact on Bolshevik tactics of the outlook of workers, soldiers, and sailors was most pronounced during the two weeks preceding the overthrow of the Provisional Government. To be sure, at a historic secret session of the Central Committee on October 10 in which Lenin participated, it was resolved to make an armed insurrection “the order of the day.” Yet despite this green light for the organization of an armed uprising, the Petrograd masses were not called to arms.

Once more, this was partly due to the frantic efforts of Bolshevik moderates led by Kamenev to head off immediate violence against the government. However in the wake of the Central Committee’s historic October 10 decision, it is clear that militantly inclined party leaders in closest touch with workers and lower ranking military personnel — Bolsheviks who sided with Lenin in principle — earnestly explored the possibilities for organizing a popular armed uprising. And after several days of circulating in “the districts” (in plants, factories, and military barracks), significant numbers of them were forced to conclude that the party was technically unprepared to initiate immediate action against the government. They also concluded that most ordinary citizens would not be responsive to a call by the party to rise before the fast approaching congress of soviets which, after all, the Bolsheviks themselves had touted as revolutionary Russia’s highest political authority pending early convocation of a Constituent Assembly.

Some militant Bolshevik leaders responded to these problems by insisting that the start of an uprising simply be delayed pending completion of further military preparations. However, there was another general approach: that soviets, because of their stature at a popular level, rather than party organs, be employed for Kerensky’s overthrow; therefore, that an attack on the government should be masked as a defensive operation on behalf of the soviet; that every opportunity should be utilized to undermine the Provisional Government’s power peacefully; and that the formal overthrow of the government should be linked with and legitimized by the Second All-Russian Congress of Soviets. Bolshevik leaders sharing these views were more confident than Lenin that a majority of delegates at the congress of soviets would support the formation of an inclusive, all-socialist coalition government. This outlook, I found, was shared by many leading Petrograd Bolsheviks (most prominently, by Trotsky).

In The Bolsheviks Come to Power, I tried my best to reconstruct the Bolsheviks’ successful pursuit of these tactics rather than Lenin’s — in particular, their utilization of a counterrevolutionary threat to help create an ostensibly nonparty organ, the Military Revolutionary Committee of the Petrograd Soviet. Under the guise of protecting the revolution, this organ gained control of virtually the entire Petrograd garrison, in the process disarming the government without a shot being fired. It was only after Kerensky responded to the Military Revolutionary Committee’s usurpation of command authority over the garrison by initiating a military crackdown on the Bolsheviks that the armed action against the government that Lenin had been demanding for over a month began. This occurred late the night of October 24-25, only hours before the scheduled opening of the Second All-Russian Congress of Soviets. By that time, only demoralized, meager, and constantly dwindling numbers of Cossacks, cadets, and women soldiers still defended Kerensky’s cabinet huddled and isolated in the Winter Palace.

In his book Red October, the late Robert V. Daniels, an influential American historian of Russian communism, concluded that the belated “uprising” of October 24-25 was of crucial historical importance because by prompting Mensheviks and SRs to withdraw from the national soviet congress, it eliminated the possibility that the congress would form a representative socialist coalition government in which moderate socialists would likely have had a significant voice. Thus, it paved the way for the formation of an exclusively Bolshevik soviet government, the Sovnarkom. This, incidentally, was also Sukhanov’s view. Analysis of the political identity and position of arriving congress delegates on the government question and the dynamics of the congress’s decisive opening session, indicated that this was indeed the case. However a more important point that became apparent to me was that only after Kerensky’s understandable but hopeless military attack on the Bolsheviks did the armed action advocated by Lenin become feasible.

The Petrograd workers and soldiers who supported the Bolsheviks in the subversion and overthrow of the Provisional Government did so because they were persuaded that the revolution and the congress were in imminent danger. Only the creation of a multiparty, exclusively socialist government by the soviet congress, pending decisions on Russia’s permanent political future by a representative Constituent Assembly — which, to repeat, is what the Bolsheviks stood for at a popular level — seemed to offer the hope of avoiding death at the front and of achieving a freer, better, more just life.

Beyond Petrograd
Let me end by suggesting what seem to me to be the implications of all of this today, on the centennial of the revolution, in addressing the question of “how the Bolsheviks won?” Surely it is clear that the answer to this question is far more complex than traditional Soviet and Western interpretations suggest. To be sure, it was and remains as difficult for me as it has been for virtually all historians of the Russian Revolution to envision the Bolshevik success in the absence of Lenin’s ultimately decisive interventions (most importantly his call to continue the revolution upon his return to Petrograd in April 1917, and his appeals for the immediate seizure of power beginning in mid-September 1917). These interventions by Lenin are a vivid example of the sometimes decisive role of the individual in history.

Nonetheless, of similarly crucial importance to the rapid rise of the Bolsheviks and their ultimate success, was the correspondence between the Bolsheviks’ public program and popular aspirations at a time when the Provisional Government was blamed for rapidly deteriorating economic conditions, pursuit of the war effort, and tolerance, if not support for, of the counterrevolution. This, while the three other major Russian political parties — the Kadets, Mensheviks, and SRs — were widely discredited by their apparent support for Kerensky and his domestic and foreign policies. The most fundamental difference between me and many historians of the “October Revolution” is that in my view the ability of the party to accommodate divergent theoretical views and a significant degree of initiative and tactical independence on the part of nominal subordinate agencies, as well as the party’s decentralized structure and responsiveness to the prevailing popular mood, had as much if not more to do with the party’s success as did revolutionary discipline, organizational unity, and obedience to Lenin. For it is apparent that the successful tactics of the Petrograd Bolsheviks in the fall of 1917 emerged out of a continuing interchange of ideas regarding the development of the revolution, and constant interplay between party members at all levels with factory workers, soldiers, and sailors.

As we see, on a number of occasions in July, September, and October, 1917, Lenin issued directives which, if followed to the letter, would probably have been disastrous. Each time, party agencies and Bolshevik leaders, attuned to rapidly fluctuating political realities and responsive to popular opinion, either rejected Lenin’s orders or adapted them to fit prevailing circumstances. Had it been otherwise the Bolsheviks would likely not have succeeded. From this perspective “Red October” in Petrograd was in large part a genuine expression of popular forces, as much a complex political struggle as a military contest, in which the fate of the Provisional Government — though not the composition and character of the new revolutionary Soviet regime — was sealed well before the military operations emphasized in most accounts.

Has my explanation of the Bolshevik success in Petrograd changed significantly? The answer is: no, not fundamentally. If I could, I would change the title of my first book, Prelude to Revolution. With the perspective of a full century, the July uprising and even the February and October revolutions appear as key phases of one grand, fundamental political and social process that might properly be called “The Great Russian Revolution.” Access to Russian archives and relatively recently published document collections and scholarly monographs shed important new light on such long neglected topics as the 1917 Revolution in the provinces, adding valuable fresh detail to knowledge of individual developments in Russia’s center. However, they have not undermined my overall sense of the importance of the Bolshevik party’s structure and the popular attraction of democratic soviet power in explaining “how the Bolsheviks won.”

Fuente: Revista Jacobin.

    Fecha y hora actual: Jue Ene 18, 2018 10:50 pm