El marxismo y el género

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    pablo13
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    El marxismo y el género

    Mensaje por pablo13 el Vie Ago 11, 2017 5:44 pm

    El marxismo y el género

    "Las categorías son formas del ser, determinaciones de existencia ..."

    Karl Marx

    Una de las cuestiones más complicadas que se nos presenta hoy en día a las comunistas es el tema de la lucha por la liberación de la opresión de género. Como frente a toda problemática, un posicionamiento irreflexivo suele llevar al error y, más frecuentemente, a la imposibilidad de justificar la propia postura. Esto hace que se vuelva instantáneamente una mera opinión y que de ningún modo pueda formar parte de un discurso político orientado a alcanzar objetivos revolucionarios.

    El artículo presente sólo busca plantear un puñado de cuestiones relativas a la recuperación del marxismo como herramienta de análisis íntegro de la totalidad del ser social y, específicamente, a la reunificación de la lucha de clases y a la lucha de géneros en la misma doctrina. Como espero que sepa el lector, no podemos bajar la guardia en ningún momento ni omitir críticas por muy superficiales que parezcan. En definitiva: no podemos dejar títere sin cabeza. Las marxistas actuales, como herederas del movimiento revolucionario del pasado, debemos sintetizar en nuestro programa la lucha contra todo tipo de opresión y, cabe decirlo, no únicamente por valores éticos. No obstante, esta es una cuestión que ya se desarrollará a medida que avance el análisis que presento.


    Para desarrollar el tema no puedo hacer otra cosa sino comenzar por las distintas posturas que presenta el heterogéneo movimiento comunista actual y realizar un análisis negativo sobre ellas. Aún que este primer paso ya es a menudo planteado, conviene exponer algunas cuestiones de capital importancia, pues es la única forma con la que puedo dotar de un sentido completo a la segunda parte, que tiene pretensión de poner un minúsculo grano de arena en la reintegración positiva de la lucha de género en el conjunto de la lucha de clases y de la cosmovisión marxista. Sólo así puede dotar a este texto de una coherencia y armonía interna que despeje toda duda respecto al posicionamiento en él contenido.

    Y como la refutación de la teoría es el único medio de su propio perfeccionamiento, hago especial hincapié en que se realicen esfuerzos por criticar y completar la presente exposición, con inevitables lagunas y errores debido a limitaciones teóricas, de cara a ascender cualitativamente en el proceso de integración de todos los aspectos y todas las luchas emancipadoras de la sociedad en la doctrina totalizadora del marxismo.

    La naturaleza del problema

    Antes de empezar con ningún tipo de análisis, sea la cuestión que sea, debemos parar un momento y preguntarnos qué vamos a tratar, pues los objetivos vagos y las definiciones imprecisas no constituyen una disertación teórica aplicable al mundo real, al cual sólo nos podemos aproximar mediante conceptos concretos.

    En primer lugar, tratándose de un problema esencialmente social como es la opresión de género tenemos que evitar caer en cosificaciones o en congelar el problema. La opresión y las dinámicas que la retroalimentan son fundamentalmente relaciones sociales, en continuo dinamismo, y su mantenimiento es una reproducción constante. La continua interacción y oposición entre las distintas tendencias socialmente reproducidas conforma una estructura, en la cual se encuentran los gérmenes de su propia superación. Conviene tener esto muy presente, pues es la estrella polar de todo análisis social desde una perspectiva marxista.

    En segundo lugar, y ya como cuestión más específica, conviene definir claramente qué tipo de opresión vamos a tratar. Hasta ahora nos hemos referido al fenómeno estudiado en este texto como opresión de género, mas no falta quien defienda que realmente es una opresión de sexo1 o, simplemente, la opresión de la mujer, conceptos sumamente abstractos.

    Bien, la cuestión es que el sexo es una categoría natural, común a todos los seres de reproducción sexual, como resulta evidente. Pero el ser humano es social, y los límites de lo natural son empujados más hacia atrás por esta continuamente creciente socialidad. Las relaciones de unos seres humanos con otros son, por tanto, sociales, y de ningún modo naturales. Humanamente sólo podemos establecer vínculos sociales, y el sexo no es una excepción. Una supuesta opresión de sexo únicamente puede ser realizada a través de una expresión humanamente social, por lo que la naturaleza de esta deviene necesariamente opresión social, opresión de una categoría social por otra. El género se vuelve así categoría determinante de esta opresión que estamos analizando. Lo único capaz de establecer relaciones «sexuales» de opresión es el género y sólo el género, como la expresión concreta de una situación social, y de ningún modo natural, que analizaremos posteriormente.

    La reducción del problema a la categoría de opresión de la mujer es igualmente errónea, pues se fundamenta en el mismo punto de partida que la teoría de la opresión de sexo. Y como sabemos, los géneros no comparten fronteras con los sexos (categoría inamovible en cuanto homo sapiens). Reducir el problema a opresión de sexo u opresión sobre la mujer excluye a todas aquellas que no caen dentro del género dominante (el hombre heterosexual y masculino, socialmente acorde con su sexo «natural»). Homosexuales, bisexuales, transgénero, etc. son entonces oprimidas que nada tienen que ver con la opresión de la mujer heterosexual, y terminamos teniendo que tratar no sólo la opresión de la mujer, sino también la opresión del colectivo LGTB, coma una cuestión ajena al desarrollo del ser social en general.

    Cabe añadir que de tener que lidiar con una opresión de sexo, ésta sería de orden natural según lo dicho anteriormente y, por lo tanto, insuperable en lo que compete al desarrollo social. Afortunadamente, la sociedad no se compone de relaciones naturales, sino de un ciento por ciento2 de relaciones sociales. De no ser así, nada podríamos hacer contra los caprichos de la naturaleza, y aquélla que diga luchar contra la opresión de sexo más le valdría volver a casa, pues se enfrenta a un problema de índole totalmente suprasocial, y sus esfuerzos morirían en una lucha estéril contra fuerzas naturales que no puede superar.

    En resumen, nos enfrentamos a una opresión de género o lucha de géneros. Éstos, aunque tengan su origen en las categorías naturales que son los sexos y en ocasión remitan a ellos, son fundamentalmente relaciones sociales, que poseen límites a menudo distintos de los de aquéllos. En consecuencia, hablando de género no sólo hablamos de características tradicionalmente atribuidas al género masculino (varonil, fuerte, duro, insensible…) y a lo femenino (débil, dulce, sencillo, manejable, dependiente, dominado por lo masculino…) sino que también implicamos orientaciones sexuales distintas. Pero éstas, como las cualidades antes señaladas, son esencialmente comportamentos sociais, las relaciones que determinan la convivencia de un grupo social. Esto resuelve de un plumazo la problemática de separación entre la opresión de género y la opresión LGTB, pues ambas están socialmente fundadas en un concepto de género que es un patrón de comportamiento, de relacionarse, determinado en última instancia por el sexo biológico, aunque irreducible a este. Por lo tanto, un hombre homosexual está oprimido por el dualismo de géneros (masculino/femenino) en cuanto que hace algo que sólo le puede corresponder hacer a una mujer, i. e., relacionarse sexualmente con un varón. Y como hacer cosas «de mujer» (léase históricamente adjudicadas al género femenino) es «rebajarse» al rango de «mujer», es comprensible que los hombres homosexuales sufran una mayor marginación que las mujeres homosexuales3, las cuales ya se encuentran «por naturaleza» en la casta paria de lo femíneo.

    "Machirulos" y marxistas

    Respecto a esta problemática sólo caben dos posiciones: una reproducción, encubierta o descarada, de las tendencias de opresión de género o, por el contrario, un posicionamiento negativo, orientado a minar las relaciones de la estructura de dominación de género. Toda pretensión de eclecticismo o de no-posicionamiento, por muy provisional que sea, es implícitamente un apoyo a la primera tendencia, precisamente por ser la hegemónica y la que rige inconscientemente nuestras acciones.

    Por tanto, la primera y más general contradicción dentro de la totalidad del movimiento comunista es la escisión de éste en dos en lo tocante a la cuestión de si debemos trabajar por el fin de la opresión de género o no.

    Declararnos comunistas quiere decir que trabajamos por la consecución de la sociedad comunista, la sociedad sin clases. Esto puede parecer una obviedad, pero a menudo ciertos elementos se olvidan de lo que el concepto de «sociedad sin clases» implica. Pues pensar en una abstracta superación de las clases, sin ninguna determinación social ulterior, no se corresponde de ningún modo con el método marxista de investigación. Las abstracciones, que presentan la ventaja de ser fácilmente manejables, sólo pueden ser utilizadas en el análisis a condicións de ascender desde ellas hacia lo concreto, pues el mundo de ninguna manera es un conglomerado de abstracciones, sino una totalidad bien determinada.

    De hecho, una de las causas de la ilusión idealista de Hegel fue precisamente pensar que el mundo se desarrolla a partir de conceptos abstractos, que se determinan en la realidad a medida que avanza el pensamiento. El mundo concreto, así, sólo es una determinación de la lógica, siendo su fundamento el pensamiento abstracto o enajenado.

    El error en Hegel en este aspecto consiste precisamente en ignorar que los conceptos abstractos no existen realmente, sino que son producidos por la actividad cognitiva humana al desmembrar conceptos concretos obtenidos en la experiencia sensible. Tomar el concepto de «clases sociales» coma una mera relación de propiedad o, aún peor, como una oposición abstracta de grupos de personas (cosa jamás sostenida por el marxismo) sin determinarlo en un marco extraeconómico concreto significa sufrir el error de pensar en la abstracción y caer en distorsiones economicistas, evolucionistas, racionalistas y hasta religiosas.

    Por lo tanto, hablar de «sociedad sin clases» no sólo implica referirnos a una sociedad sin clases, así en abstracto, sino a una sociedad que superó tanto las intrincadas relaciones estructurales extraeconómicas que retroalimentan el régimen clasista como sus gérmenes, que suelen ser el último bastión en el que se refugia la casta económicamente dominante. De las relaciones de clase, abstractas en cuanto sólo comprenden la parte determinante esencial y más general de la sociedad, debemos ascender al encaje de ese concepto en la estructura social concreta y determinada que las sostiene y por las cuales es sostenida. En ese sentido es en el que se hace necesaria la etapa de socialismo antes de construir el comunismo, pues la sociedad postcapitalista sale del régimen burgués con las marcas de nacimiento inherentes a este, y bajo el comunismo [su etapa inferior, el socialismo. -S.] no sólo subsiste durante un cierto tiempo el derecho burgués, sino que subsiste incluso el Estado burgués, sin burguesía4.

    Ese bastión en el que se refugian las clases destronadas es primeramente la ideología. Como reproducción ideal de unas condiciones materiales dadas, sólo puede actuar en eses estrechos marcos, por lo que es fundamentalmente un componente conservador. Pero en ocasiones también revolucionario, en cuanto surge como producto y a la vez comprensión de las antinomias de la estructura social vigente. En ese sentido, no obstante, sólo si se desarrolla conscientemente puede captarlas en su magnitud y totalidad, y no como abstracciones. La idea de superación del capitalismo y de la sociedad de clases sólo surgió cuando el capitalismo se reveló coma contradictorio y punto más alto del desarrollo de la sociedad clasista, mas como tendencia ingenua y profundamente marcada por la cosmovisión burguesa (comunismo utópico), y sólo comprendió cómo librarse de esta distorsión y superarla en cuanto adquirió un método científico y adecuado que le permitió comprender estas antinomias (socialismo científico), comprensión condicionada por el desarrollo ulterior de las contradicciones del régimen burgués…

    La ideología comunista sólo pudo constituirse como tal e independientemente de la ideología burguesa en cuanto superó la inmediatez de la intuición del problema, del fenómeno, y pudo alcanzar su esencia. Ésta era mucho más profunda que todas las cuestiones políticas, organizativas y relativamente ideológicas que preocupaban a Fourier, Saint-Simon y cía. Era, fundamentalmente, una cuestión relativa a una totalidad económicamente determinada, de relaciones entre clases antagónicas en pugna, irremediable dentro de los marcos del sistema social vigente. El capitalismo mostró esta realidad más claramente que los anteriores sistemas clasistas, principalmente por reducir sustancialmente la complejidad esencial de este conflicto que, en esta nueva dimensión, tomaba la forma de polarización de la sociedad en dos campos opuestos, con arreglo al criterio de propiedad o no propiedad de los medios de producción. Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, por ello, de haber simplificado los antagonismos de clase. Únicamente puso nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas formas de lucha en el lugar de las viejas.5

    Pero la multiplicidad de ideologías, aparte de tener cada una una base material determinada, surge asimismo de una circunstancia muy concreta. Cada ideología podría definirse como una visión del ser social desde un ángulo distinto, dando lugar a percepciones variadas. Y lo que da lugar a esta circunstancia no es sino la división del trabajo, de las tareas necesarias para administrar y alimentar el cuerpo social. Una vez más, la división de éstas no se limita sólo a la antinomia burguesía/proletariado. Por el contrario, afecta a todas las esferas de la actividad humana: trabajo manual – trabajo intelectual, producción directa – producción indirecta, dirección política – subordinación política (relacionada con la división entre trabajo manual e intelectual), industria – agricultura, etc. etc.

    Las clases sociales, más o menos extensas según el criterio que consideremos, son una consecuencia necesaria de las primitivas divisiones del trabajo, que de ningún modo son ocasionales y terminan por deformar a los individuos y limitarlos, atarlos, a determinada función social. De esta manera, la división del trabajo y sus consecuencias ideológicas son, a la vez del primer paso de la sociedad de clases, su última baza. El triunfo del revisionismo en la URSS fue propiciado precisamente por considerar sólo la amenaza externa, el imperialismo, y olvidar que seguía internamente dividida por antinomias virulentas entre los vestigios del viejo régimen de propiedad: el facto ideológico y la división (también política) del trabajo, entre otros.

    Y la división del trabajo que escinde en dos el cuerpo social, de una forma demasiado radical como para no tener en cuenta, es la existente entre trabajo productivo y reproductivo. Todos los procesos invueltos en la producción están sustentados en última instancia por la capacidad de los individuos de reproducir su fuerza de trabajo y las condiciones necesarias para hacer de ella una fuerza productiva: la alimentación, la higiene, el descanso y la manutención en general.

    No hace falta ser un experto en prehistoria (entendida como el periodo anterior a la división de la sociedad en clases) para ver cómo las mujeres fueron las que necesariamente asumieron el rol de realizadoras principales del trabajo reproductivo, como prolongación de las tareas impuestas por la maternidad. Tampoco es necesario extenderse mucho en estos primeros pasos que, aunque vitales para entender el desarrollo posterior (pues la única ciencia es la Historia), no requieren un excesivo detalle. Con todo, conviene hacer algunos apuntes respecto al asunto de la maternidad. Primero, verla como una determinación social de la necesidad de cría, no como un fenómeno natural. No son pocas las especies de mamíferos o aves en las que la cría es llevada a cabo casi totalmente por el padre o por el grupo en conjunto. Esta primera división del trabajo de la cual hablábamos es la condición material que da lugar a nociones tan retrógradas como que la mujer sólo se puede realizar como madre, por ejemplo. Segundo, el parto y la cría, componentes naturales de la maternidad, únicamente cobran sentido social en cuanto responden a una necesidad social, la reproducción de la fuerza de trabajo como nuevos individuos. Es decir, sólo por ser un acto orientado a la socialidad es maternidad. Ésta no existe fuera del ser humano social, pues en el mundo animal sólo responde al limitado instinto natural de preservar la estirpe, la herencia genética. La maternidad, por el contrario, surge como osificación de una división del trabajo destinada a aumentar el rendimiento de la caza y recolección: las que, por proximidad natural, cuidan a las crías deben asumir otras tareas relacionadas mientras que el otro sector de la gens o de la tribu se dedica a conseguir recursos.

    Visto así, la división del trabajo entre reproductivo y productivo, como cualquier otra, responde a la necesidad social de mantener y hasta elevar el ritmo de la producción. Si el peso del trabajo reproductivo cayó en un primer momento sobre las mujeres fue, no obstante, por una casualidad de índole puramente natural: ellas sufren el embarazo y el parto. Fue la necesidad de automantenimiento de los primeros grupos sociales lo que los forzó a dividir este trabajo de forma sistemática con el fin de aumentar la productividad. Así, la determinación natural, la gestación y cría, es prolongada por una determinación social, la maternidad. Dado que la propiedad de los medios de producción era colectiva, el trabajo reproductivo no se subordinaba a las exigencias del productivo, sino que se relacionaban de un modo de recíproca necesidad y servicio.

    En lo esencial es de este modo como queda establecida una escisión social mucho antes del surgimiento de la propiedad privada como tal. Aunque no se daba opresión de género, ya se contenían sus gérmenes en esa división que aún subsiste hoy en día. El colapso del régimen comunista primitivo, incapaz de satisfacer las necesidades sociales de las crecientes gens, no acabó con esta determinación, pero le impuso nuevas reglas, modificándola substancialmente. Ahora, trabajo productivo y reproductivo están enfrentados en una relación de dominación del primero sobre el segundo y, por lo tanto, de dominación activa del hombre, productor, sobre la mujer, reproductora. Lo masculino deviene opresor de lo femenino como determinación ulterior y necesaria del desarrollo previo de las sociedades primitivas, recién nacidas del mundo natural.

    No es difícil ver cómo la división del trabajo es, por su naturaleza, la determinación de las clases sociales y de la propiedad privada. Asimismo se da la relación inversa: las clases sociales y la propiedad privada son la determinación de la división del trabajo. Pretender reducir el problema a uno sólo de estos dos aspectos es distorsionarlo, anular su naturaleza dialéctica, negar su retroalimentación y tener, necesariamente, que presentarlo como un movimiento mecánico. Por tanto, la reproducción de las tendencias patriarcales, ya sea de una forma oculta o descarada, supone la confesión práctica de un error de índole teórica: infravalorar o negar la importancia y peso social de la división del trabajo, especialmente de aquélla existente entre productivo y reproductivo, y en consecuencia no tomar el problema en su conjunto y en su armonía dialéctica. O eso, o supone la confesión de que el «marxista» en cuestión es antes un machito incapaz de superar su reaccionaria ideología que un marxista.

    Los «comunistas» «marxistas» machirulos, frecuentemente autojustificados con chácharas de «luchas primarias y secundarias», no quieren entender la magnitud de un problema que no sólo se compone de la lucha de clase en sentido estricto, sino de todo un abanico de luchas y conflictos en principio extraeconómicos, pero que acaban siendo determinantes en las bases materiales de la sociedad. Aparte del problema a tratar, si quieren otro ejemplo, puedo poner sencillamente que la lucha entre salario y capital no se decide dentro de la economía, sino totalmente desde fuera, por medio de la fuerza, de la lucha externa (sea esta jurídica, violenta o contractual) entre asalariado y capitalista. No hay lucha primaria ni secundaria, el ser social no es una composición de varios planos independientes (pues de ser así no sería ser), sino que es una totalidad activa y heterogénea, en la cual interactúan y se mezclan los distintos componentes autodinámicos y que impulsan su desarrollo.

    Reproducir el patriarcado en el seno del movimiento comunista no nace sino de una no-superación de los prejuicios patriarcales estructurales inmanentes a todo el cuerpo social. Las diferentes excusas que ponen estos elementos para justificarse no revelan otra cosa que su propia falta de autocrítica y su incomprensión de la dialéctica social.

    Feministas y marxistas

    Soy consciente de entrar en una cuestión delicada, que provoca rechazo recíproco entre las dos grandes facciones de las marxistas que comprenden la necesidad de superación de las relaciones patriarcales. Pero a estas alturas de mi exposición me resulta imposible posponer mucho más el análisis radical del feminismo en relación al marxismo y las antinomias a las que conlleva el «marxismo-feminismo», pues dejar sin resolución este problema equivale a abandonarlo en el punto precisamente más importante.

    Antes de nada y antes de que nadie se me eche al cuello, hay que dejar claros unos cuantos puntos. Primero, el feminismo no es la única doctrina que se puede oponer al patriarcado, sino que se trata de una reacción particular contra éste. Como fue demostrado más arriba, el marxismo tiene que ser necesariamente otra forma de oposición o, más bien, de disolución de las relaciones patriarcales si queremos realizar la construcción socialista y comunista. Con esto sólo busco aclarar que frases como «lo contrario de ser feminista es ser gilipollas», por ejemplo, son absurdas en cuanto ser marxista también es [debería ser, señores machirulos] una forma de oponerse al patriarcado. Entendemos por «patriarcado» no una «cosa», sino el conjunto de relaciones sustentadas sobre la opresión económica y social de la mujer, que ulteriormente se determina como la lucha de géneros antes expuesta.

    En segundo lugar, declararse «marxista y feminista» implica hacer un aparentemente insignificante matiz de orden ontológico. Sin entrar en la polémica de si el feminismo es «de clase», «burgués» o de lo que sea, hablar por un lado de «marxismo», entendido como lucha de clase, y por el otro de «feminismo», entendido como lucha de género, supone afirmar que el ser social está dividido en dos, una esfera de clase y una esfera de género. Este mismo razonamiento es el que siguen los comumachos al hablar de «lucha primaria» y «luchas secundarias». La cuestión es que escindiendo el ser social en dos damos pie a, primero, afirmar que las distintas luchas emancipadoras en el cuerpo social son separables y, por tanto, unidimensionales, independientes y, segundo a reducir el marxismo a una mera «lucha de clase» abstracta coma la que tratamos en el apartado anterior y que nos llevó al absurdo economicista o evolucionista.

    Recordemos que una de las leyes dialécticas «clásicas» es la de la relación recíproca de la totalidad de lo existente. No hace falta demostrar otra vez la interpenetración de la cuestión de clase y de la cuestión de género, no hace falta insistir mucho en la idea de que la sociedad es una estructura de relaciones, detalle que apuntamos al comienzo del presente texto. Como tal, las múltiples partes no funcionan simplemente como «todos» aislados, sino que establecen determinadas relaciones y se realizan precisamente a través de ellas. Una falta de visión de conjunto de esta realidade conlleva a errores teóricos y, por lo tanto, prácticos.

    Uno de ellos es considerar este conjunto como una mera suma de individualidades, inconcebible para alguien que se autodenomine marxista. Las consecuencias de esto (obviamente escondidas tras un telón de intenciones éticas y buen rollo) podemos verlas, por ejemplo, en esos señoritos comunistas que afirman con orgullo y heroicidad que no todos los hombres (es decir, ellos) son opresores. Decir que, en un sistema que tiene como una de sus bases capitales la explotación patriarcal, un individuo puede abandonar voluntariamente sus prejuicios de género es simplemente el más irreflexivo de los análisis que puede hacer un «marxista». Para comezar, estamos hablando de una estructura, de un sistema que es tal en virtud de las relaciones establecidas entre sus distintos elementos. Aunque él trate, con buena fe, de prescindir de los privilegios de su posición de género (los cuales, por cierto, siempre tiene a mano para tirar de ellos cuando precise), va a ser igualmente «un hombre» de cara al resto de la sociedad, y en consecuencia es considerado como tal, es decir, como un sujeto dominante del objeto que es la mujer en las relaciones patriarcales. El género masculino nace como determinación del sexo «hombre» en un contexto social muy concreto, examinado antes. En consecuencia, todo hombre (heterosexual, que es característica implícita del masculino dominante) es opresor por haber nacido hombre, y toda mujer es oprimida por haber nacido mujer. Aunque es una comparación absurda, pues son problema de índole diferente, supongo que a ninguno de estos comunistas justicieros y conciliadores de género se les ocurrirá hablar de «burgueses no explotadores».

    De ser un problema tan sencillo, bastaría con que, como en el artículo antes enlazado, convenzamos a todos nuestros conocidos de lo malo malísimo que es el patriarcado, de que conviene emprender acciones individuales (pintarse la uñas los hombres, no depilarse las piernas las mujeres…), y que si todos lo deseamos con muchas ganas, el patriarcado desaparecerá de un día para otro. Vista así, la cuestión de género parece un problema aparte del curso del movimiento general de la sociedad. Mas el voluntarismo no resuelve gran cosa, principalmente cuando hay intereses económicos que sustentan la colisión que queremos eliminar, como lo de preservar la reproducción gratuita de las condiciones que permiten la producción capitalista. En este sentido ésta fue determinante en la configuración actual de la lucha de géneros. Es cierto que la opresión de la mujer (del género femenino) es anterior a la opresión capitalista, e incluso anterior a la sociedad de clases en general (en germen, por lo menos). Mas aquella es imposible de aprehender teóricamente en su disposición actual sin comprender el mecanismo capitalista que la reconfiguró.

    El capitalismo cargó sobre los hombres de la mujer trabajadora un peso que la aplasta, la convirtió en obrera, sin aliviarla de sus cuidados de ama de casa y de madre6. Frente a la vida familiar medieval, las mujeres trabajadoras bajo el régimen burgués no se pudieron limitar a las tareas reproductivas, sino que se vieron obligadas a llamar a la puerta de la fábrica7, pues el salario del hombre no llegaba para mantener a la familia. Esto sigue siendo una realidad hoy en día. Esta circunstancia les abrió considerables puertas a las proletarias8 y, en cierto modo, homogeneizó los roles productivos de hombres y mujeres al igualarlos en la producción (a pesar de diferencias salariales). Sin embargo, subyace la división fundamental aparecida en el amanecer de la civilización que estableció las categorías de género. Así, la igualación de tareas sociales productivas entre hombres y mujeres es eso, una igualdad limitada a la producción explícita, pues en el hogar permanece el peso del trabajo reproductivo sobre las espaldas de las obreras como herencia ideológica9.

    De hecho, el ascenso social y político de las mujeres, así como la lucha por la consecución de sus derechos, va de la mano de su integración al proceso de producción social, tanto en el sentido de trabajadoras como en el sentido de propietarias de medios de producción. Las primeras grandes representantes del feminismo y de la lucha por la liberación de la mujer (Wollstonecraft, por ejemplo) se levantan precisamente con el movimiento ilustrado, expresión por excelencia de los ideales burgueses de la libertad y la igualdad, aunque no todas las ilustradas eran tan feministas (basta con leer ciertas declaraciones de Rousseau al respecto, por ejemplo). Lo que la Ilustración y las profecías burguesas que se amparaban en la defensa de la razón no pudieron prevenir fue la incapacidad del régimen capitalista de llevar a cabo los ideales que lo justificaban ideológicamente frente al Ancien Regime.

    El capitalismo da así un paso adelante en la cuestión de sentar las bases materiales para la superación de aquella primitiva división del trabajo lanzando a las mujeres a la vida estrictamente productiva y, por lo tanto, a la económica y a la social. Efectivamente, aquella vieja familia en la que el padre llevaba el pan a casa, de la cual no salía la mujer, está materialmente superada por las condicións impuestas por el régimen burgués. La mujer feminista se reconoce dentro del sistema capitalista como independiente y autosuficiente, dando notables pasos respecto a etapas anteriores. La reacción fascista10 y tradicionalista11 hace un llamamiento a recuperar los valores familiares tradicionales porque ve en esta situación una amenaza para la hegemonía patriarcal que silenciosamente trata de encubrir12. Ambas tendencias, la feminista y la tradicionalista, son más efecto que causa: el feminismo sólo surge y adquiere fuerza cuando las condiciones objetivas de la vida de las mujeres (tanto burguesa como proletaria) así lo posibilitan, aunque, como ideologías, aceleren o retrasen el desarrollo de sus contradicciones, mas sin ser capaces de trascenderlas hacia una formación social superior, precisamente por carecer de perspectiva totalizadora.

    Esta es la posición feminista que asume el capitalismo como lo dado y consecuentemente busca el ascenso femenino personal dentro de él. Se olvida de que la unidad básica de reproducción en el capitalismo es la familia, aunque objetivamente se den las condiciones para su superación (del mismo modo que se dan las condiciones objetivas para la superación de la propiedad privada en la concentración y centralización capitalista de los medios de producción, por ejemplo). Y aquella igualación en la producción de la cual hablábamos es ilusoria, formal, pues el marxismo ya hace tiempo que demostró que el capital no paga el trabajo hecho, sino la fuerza del trabajo según su valor en el mercado. La fuerza de trabajo se comporta exactamente como un mercancía13. A más abundancia, menos valor. Descienden los salarios con el aumento de agentes de la producción que disponen su fuerza de trabajo y el ejército de reserva aumenta sus filas (en este sentido se habla de una feminización de las masas precarias). El descenso en los salarios aumenta de nuevo su dependencia, y la familia es restituida tan pronto es negada por el desarrollo económico. La ilusión del feminismo de que la cuestión de género (o de sexo, según una postura más simplista) se encuentra por encima de la de clase y es independiente de ésta es precisamente porque el desarrollo de la clase burguesa y proletaria se dio a la vez, como consecuencia necesaria de la unidad económica de la sociedad, implicando una mejora objetiva de las condiciones de existencia para ambas clases.

    Una vez más comprobamos que sólo la superación del capitalismo puede llevar hasta el final la tareas de emancipación de género (es decir, de supresión de los géneros), y que en el contexto de aquél, todo avance es insignificante e ilusorio. La familia, que no es una agrupación de individuos, sino el marco en el cual éstos se desarrollan y condicionan, sigue existiendo como célula de la reproducción de las condiciones que permiten la supervivencia del sistema económico burgués. La familia se destruye por la inmersión de las mujeres en la industria, mas se reconstruye con la misma inmediatez debido al movimiento de la propiedad privada y al descenso de los salarios. El efecto de esto es la tendencia a hacer de las tareas reproductivas unas tareas sociales: la contratación de empleadas del hogar en las familias obreras es el mejor ejemplo. Conviene añadir, no obstante, que en la mayoría de los casos se trata de mujeres, permaneciendo idemne su relación ideológica con las tareas del hogar.

    Y remarco el matiz de «en las familias obreras» porque las mujeres que se ven afectadas por este movimiento de inmersión en la vida asalariada y de igualmente inmediato retorno a las estructuras familiares no son las mujeres en general, ni «la mujer» en abstracto, sino las mujeres obreras. Si para diferenciarse de los «comunistas» machistas cierto sector del Movimiento Comunista se vio forzado a mendar un deficiente marxismo con el «parche teórico» del feminismo, este tuvo que sufrir un nuevo remendo con el apellido «de clase». Ello supone un avance cualitativo respecto a los «marxistas feministas». Hacer este simple matiz clasista revela ya una intuición de que el problema de la cuestión de género no puede ser aislado de la cuestión de clase, y que un enfoque distinto lleva a fines radicalmente opuestos. El feminismo que profesan ciertos sectores de la burguesía no se plantea tener que resolver problemas típicamente obreros y sobre los cuales se cimenta toda la estructura patriarcal, como aquella división productiva/reproductiva14 o la lucha por los salarios y el automantenimiento. Si el proletariado es la última clase, la que tiene que acabar con todo tipo de opresión, necesariamente tiene que llevar a cabo una lucha para acabar con las relaciones patriarcales y sus fundamentos. Estas, como vimos, no tienen la base sino en la economía, en forma de propiedad privada, y se reproducen a sí mismas a través de la ideología. Esta dialéctica es la que nos impide hablar de un avance lineal de la sociedad, pues la continua interacción entre infraestructura y superestructura hace que éste sea un camino con retrocesos y arduos saltos hacia adelante.

    Mientres este «feminismo de clase» se considere independiente de la lucha de clase en sí, propiamente dicha, abstracta, tenderá a hacerle el juego a aquellos sectores aburguesados que pretendan una mejora de la situación de las mujeres y de las oprimidas por el patriarcado mediante reformas formales e incapaces de llegar a la raíz del problema. Mientras este «marxismo» se considere separado de la lucha de género tenderá a apoyar a la lucha de clase en abstracto que examinamos antes y, frecuentemente, colaborar con el ala revisionista del Movimiento Comunista que considera la cuestión de género como «cosa secundaria» (que suele esconder un machismo de lo más reaccionario). Esta burda integración e dos en uno no hace otra cosa que llevar a los elementos que la profesan a una fuerte inestabilidad ideológica en el momento de plantearse el límite entre marxismo y feminismo, frontera sumamente difusa y subjetiva debido a que, en la práctica, no existe una línea de demarcación entre la cuestión de género y la cuestión de clase. Estas medias partes mal soldadas (y a menudo todavía más problemáticas al entrar en juego la cuestión racial, nacional…) no resultan en un todo armónico, sino en un amasijo de tendencias ambiguas y contradictorias en puntos cardinales que tiende a la disolución.

    Esta oposición interna sólo puede ser resuelta mediante la síntesis dialéctica, no como unión, sino como rechazo de las dos teorías parciales15 y el establecimiento, surgimiento, de la nueva teoría que comprenda el ser social como un todo único, en su armonía y mutabilidad, en su variedad de formas y manifestaciones. El marxismo-feminismo, al plantear este segundo término una matización del primero, limita las posibilidades del marxismo en cuanto método adecuado de comprensión del mundo. El matiz de «feminismo [de clase]» le dice al marxismo «hasta aquí puedes, pero este es el límite más allá del cual no puedes hacer nada», estando ese límite en el propio corpus teórico del marxismo. Y ese es precisamente el problema. No es de extrañar que se planteen con esto antinomias irresolubles en las teorías de aquellas que se declaran marxistas por un lado y feministas por el otro.

    Y las contradicciones necesarias de esto no son únicamente de índole ontológica (que más de alguno calificaría de metafísica, ese amado término de los dogmáticos), sino que siendo aparentemente abstractas y especulativas, tienen una repercusión muy real en cuanto se concretan en cuestiones determinadas de la estructura social. El marxismo no debe permanecer en el límite abstracto e irreal de «lo económico», pues eso lo castra de toda potencia revolucionaria. El feminismo es un límite impuesto al marxismo y, cuando éste puede dar soluciones a los problemas que aquél plantea e integrarlas en su cuerpo total y unitario, es absurdo hacer ese problemático matiz, aunque sea «de clase». A la totalidad del régimen burgués sólo cabe enfrentarle otra totalidad igual de completa, aquella proporcionada por la unidad crítica y totalizadora de la ciencia proletaria. Proletaria por no estar burguesamente limitada a una sola vertiente del ser y, en consecuencia, ser despiadada como la realidad misma.

    https://prosveschenie.wordpress.com/2014/10/23/el-marxismo-y-el-genero/

    *Algunas feministas suelen hablar de sexo opresor. Por otro lado, las estudiosas de la lengua y las filólogas en general suelen corregir la expresión violencia de género con violencia de sexo, pues el género, en lingüística, es un atributo exclusivo de la palabra, del concepto, mas nunca del objeto en sí, que posee sexo si es un ser vivo de reproducción sexual. Como se demostrará, la categoría de género trasciende de su significado en lingüística y es fundamentalmente una relación social.

    *Relacionado con esto, en la sociedad cimentada sobre las relaciones opresivas de género es «natural» que las mujeres vayan juntas al baño, mientras que los hombres que hagan tal cosa son automáticamente calificados de «maricones».

    *En el plano del reconocimiento social, demostrar que valen para el trabajo productivo lo mismo que los hombres; en un plano más cultural, se les permitió el acceso a la educación y a las universidades (pues el capitalismo necesita obreras instruidas); en un plano económico, la necesaria percepción de un salario propuo y la consecunte posibilidad de independización respecto al hombre; etc.

    *Aunque las progres griten a los cuatro vientos que está surgiendo una generación de «hombres atentos que hacen las tareas del hogar», lo cierto es que un hombre que hace estos trabajos es «un partidazo» y una mujer que hace lo mismo (o incluso más) es, simplemente, «una mujer». La propia atención suscitada por este supuesto y «revolucionario» fenómeno no es otra cosa más que una ratificación franca de una situación de desigualdad existente y que, en un contexto patriarcal, despierta la reacción más virulenta de los elementos más retrógrados, que recrudecen su cruzada contra el «feminazismo hembrista cortapenes». Por otro lado, no es que «hoy el hombre y la mujer hagan las tareas de la casa», sino que «hoy el hombre ayuda a la mujer en las tareas de la casa».

    *Un marxismo que se limite al estudio de la cuestión de clase aislada del resto del movimiento social es tan parcial y limitado como el feminismo «de clase» que se tiene que diferenciar del marxismo «a secas» para plantear la cuestión de género. El problema no yace aquí tanto en el feminismo o en el feminismo de clase como en el marxismo que debe ser especificado como su variante que toma en consideración el tema del género. La cuestión es, fundamentalmente, ver en el marxismo no un economicismo, no una ciencia «burguesamente limitada» (Lukács), sino una herramienta para el estudio de la totalidad del ser social, que contemple todos sus aspectos.



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    Re: El marxismo y el género

    Mensaje por Ares el Sáb Ago 26, 2017 1:58 pm

    Es un debate muy interesante que debe introducirse en el movimiento necesariamente.
    He visto muchos casos de gente que se dice comunista y es profundamente homófoba o machista. Cierto es que, en principio, decir que se es marxista debe llevar implícito la lucha por la igualdad entre las personas, la lucha contra toda desigualdad, y por ello pueda ser redundante el decirse "marxista" y "feminista", sin embargo, como se apunta, el que haya gente que se dice marxista con ese tipo de actitudes quizás sí haga necesario el remarcarse como feminista.
    Este tipo de actitudes deben ser señaladas y duramente atacadas por todo militante, porque es nuestra responsabilidad eliminar elementos indeseables de nuestras filas.

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