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Mensaje por RioLena el Jue Mar 09, 2017 6:35 pm

Con el tío Ho

artículo de Joaquín Gutiérrez – año 1966

tomado del libro «Vietnam. Crónicas de Guerra» - Editorial Legado, año 2002


Totalmente concentrado escuchando al Primer Ministro, no presté atención a alguien que entraba. Lo vi con el rabillo del ojo y pensé que nos traía más té o cigarrillos. Y sólo cuando esa figura silenciosa ya estaba a pocos pasos de distancia me volví a mirar: ¡Era Ho Chi Minh!

Me descontrolé. Creo que lo mismo le pasaría a cualquiera que se encontrara de pronto con Simón Bolívar tendiéndole la mano. Di un salto y comencé a balbucear, que cómo... que ya era mucho honor que Pham Van Dong ... que yo era...

Me interrumpió, me tomó ambas manos, me condujo al sofá y se sentó a mi lado. -Pero si somos camaradas -me dice.

Aún sin poder dominar la excitación, le conté que yo lo leía desde 1936, en una revista de la Internacional que llegaba clandestina a Costa Rica, impresa en papel de seda... Que allí también leía artículos de Ercoli, Kuusinen, Dimitrov...

--Todos muertos -me dice, pero no con un tono pesaroso, sino como un hecho totalmente natural.

Y desde allí comenzó una plática suelta y libre. En cierto momento entremezcló, con el francés, un par de palabras en castellano. Yo sabía que él hablaba muchos idiomas -ruso, chino, inglés, japonés y otros- pero no español, por lo que le pregunté cómo y dónde lo había aprendido.

--En un barco, en la ruta de Marsella a Buenos Aires. En él trabajaban algunos marinos sudamericanos.

--¿Y eso cuándo?

--Tú no habías "nato" -me contestó textualmente.

Comentamos su libro de poemas y le pregunté por qué no había vuelto a escribirlos.

--Las musas sólo me visitaban en la cárcel -me contestó sonriendo

Pham Van Dong escuchaba atento, pero en silencio, en una actitud que me pareció, más que respetuosa, filial.

La plática dio un giro que me dejó "hueco" para hacerle una primera pregunta "seria". Esta era muy delicada, dirigida a saber si estaban dispuestos a hacer alguna concesión, por mínima que fuera, en los duros términos que habían puesto para iniciar conversaciones de paz con los norteamericanos. Y como era tan delicada, casi indiscreta, hice la pregunta del modo más oblicuo posible:

--Camarada Ho Chi Minh -le dije- dice un viejo proverbio español que: "A enemigo que huye, puente de plata".

La pescó al vuelo, me miró un instante con ojillos maliciosos y, batiendo palmas, me contestó: ¡Si se van los aplaudimos!

En dos platos, que los yanquis debían irse sin poner condición alguna, lo que reafirmaba que no estaban en condiciones de ponerlas. Y esa respuesta, tan propia de él, me trajo a la memoria otra de sus frases que había leído hacía poco: "A un pirata no se le paga rescate".

La conversación derivó luego hacia las perspectivas de la guerra.

--El plan Taylor ha fracasado -fue explicándome suavemente- y el Plan McNamara correrá la misma suerte. Aunque hagan venir la cantidad de soldados que quieran, nuestro pueblo está decidido a combatirlos hasta el fin. La guerra puede durar mucho, pero al final venceremos. Nadie puede doblegar a todo un pueblo que se decidió a morir o a conquistar su libertad, su independencia y su integridad territorial. Venceremos y entonces reconstruiremos el país y lo haremos diez veces más hermoso.

Para prolongar el rato con él lo más posible y viendo que fumaba mucho se lo dije.

--Sí -me contestó- siempre le digo a los jóvenes que hay dos cosas en que no me deben imitar: fumar tanto y haberme quedado soltero.

En ese momento entró en el salón un fotógrafo. Debían haber pasado unos diez o doce minutos desde que llegó el tío Ho. Comienzan los fogonazos y, mientras toman las fotos, pienso en el maravilloso regalo de su tiempo que me estaba haciendo.

Al despedirnos se excusó de habernos interrumpido y me pidió que saludara en su nombre, de su partido y de su pueblo, a todos los pueblos de América Latina, por cuyo destino sentía gran interés.

Seguí su figura delicada deslizándose con sus sandalias campesinas por el reluciente parquet, hasta que la puerta del salón se cerró tras él.

Al quedar de nuevo frente a Pham Van Dong éste comenzó a decirme algo, pero yo sólo seguía viéndolo a él, como si aún tuviera a mi lado su figura frágil y sus ojillos chispeantes y siguiera sintiendo su corazón esponjoso de bondad y cordialidad, pero al mismo tiempo, con el temple del mejor acero. Concentrado así totalmente, tratando además de grabarme en la memoria cada una de sus palabras y de sus gestos, no pude concentrarme en lo que el Primer Ministro me decía.

Pham Van Dong, naturalmente, se dio cuenta y me sonrió comprensivo. Nos levantamos, me dio un fuerte apretón de manos, le agradecí calurosamente que me hubiera recibido, y salí.

A la crónica anterior, escrita hace tanto tiempo, quiero agregar ahora unas pocas líneas.

El tío Ho murió en 1969, tres años después de nuestra conversación. Su testamento político, escrito pocas semanas antes de morir, dirigido a su pueblo y a su partido, contiene sus últimas observaciones y consejos, como síntesis de la sabiduría que alcanzó después de una vida tan larga e intensa, cuajada de aventuras, sacrificios y peligros, y dedicada por entero a la causa de la liberación de su pueblo. Y en ese documento hay sólo una frase muy breve sobre su pensamiento más íntimo, de lo que fue su vida y de la cercanía de su muerte: "Y muy pronto estaré platicando con Marx, Engels, y Lenin".

Ese "platicando", tan propio de su modo de ser, le quita a la frase toda solemnidad, y es la única ocasión en que mostró que sabía -¡y cómo podría ignorarlo!- el lugar que le tenía reservado la historia.

Además, al finalizar su testamento, pide que su entierro no tenga ninguna solemnidad o suntuosidad, pues su pueblo no podía gastar en eso cuando todo se necesitaba para el esfuerzo de continuar adelante la guerra.

En su entierro, en Hanoi, al que asistió un millón de personas, delante de su ataúd unos niños llevaban, en un almohadón rojo, sus sandalias. Y en su Mausoleo el único adorno es una inscripción, con letras doradas, de una de sus frases:

"Nada es más precioso que la independencia y la libertad".
 


Última edición por RioLena el Jue Mar 09, 2017 8:06 pm, editado 1 vez
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Mensaje por RioLena el Jue Mar 09, 2017 6:40 pm

Un peine de premio

artículo de Joaquín Gutiérrez – año 1966

tomado del libro «Vietnam. Crónicas de Guerra» - Editorial Legado, año 2002


-Si el avión viene volando horizontal, a unos 400 o 600 metros de altura, hay que dispararle a 8 o 12 cuerpos adelante, para que las balas de uno y el avión se encuentren-. Todo lo anterior me lo están contando, como una profesora a sus alumnos. -Si en cambio el avión viene en picada, en ese caso tiene que venir en una sola dirección y es más fácil: se le dispara entonces a la nariz, antes que comience a descargar sus bombas.

Es mi segunda entrevista en la aldea. Estamos a unos 2 kilómetros del famoso puente de Ham Rong, y quien me está dando la anterior explicación no es una profesora. Es Le Thi Duom, una muchachita de 19 años, con dos largas trenzas y ojos brillantes, y a quien se le nota que es muy responsable en su papel de subjefe de las milicianas de la aldea.

Ya me habían dicho -y por eso pedí entrevistarla- que Le Thi Duom había participado en 41 combates aéreos, al comienzo acarreando municiones y después como fusilera, y que su pelotón, el 22 de setiembre de 1965, efectuó uno de esos hechos que crearon estupor en todo el mundo: a un F105D que venía en picada sobre el puente, a velocidad supersónica, lo derribaron con 17 disparos de fusil. Uno de esos lo hizo ella.

Y hay que entender que para hacerlo es necesario situarse en el blanco del avión, en línea directa con el fuego de su ametralladora y en donde va a arrojar sus bombas. Y la única protección que tienen las fusileras que lo están esperando, son hoyos individuales en la tierra. Además allí pasan de las 7 de la mañana a las 7 de la noche, en dos turnos.

Doce horas en un hoyo, con la cabeza, los hombros y el fusil empuñado y listo. Y cuando las bombas comienzan a caer sólo les queda agazaparse en sus agujeros, pues otra defensa no tienen.

Le Thi Duom vio venir el avión como un rayo. No parpadeó. Disparó, junto con sus compañeras. Y vio al avión caer, entre llamaradas, a pocos kilómetros detrás de sus trenzas.

--¿Sentiste que le habías dado?

--Sí, yo me di cuenta que había disparado bien.

--¿Cuántas eran ustedes?

--Veintidós.

--¿Y cómo celebraron la victoria?

--En el mismo lugar, los compañeros de la base antiaérea nos trajeron cosas ricas de comer.

--¿Hasta qué grado has cursado?

--Hasta quinto.

--¿Y piensas seguir estudiando cuando termine la guerra?

--Ahora mismo estoy en un curso de superación.

--¿Tienes hermanitos?

Nos muestra sus manitas abiertas y se ríe. --¡Diez, y yo soy la mayor!

--¿Y cómo se llama tu novio?

Y ante esta pregunta la muchachita, que no parpadeó enfrente al avión enemigo, se disuelve como un terrón de azúcar en el agua y todos los rubores de la adolescente campesina se le suben al rostro.

--Sí--, me dice al fin con la vista baja. -Pero está en el ejército--. Y se apresura, para cambiar de tema, a sacar del bolsillo del pecho de su uniforme ¡un peine!

--Fue hecho con el aluminio del avión que derribamos. Me lo hicieron los soldados de la base -me cuenta y me lo pasa. Está hecho simplemente con una lima y tiene una inscripción.

--Es mi nombre -me explica Le Thi Duom- y la fecha cuando derribamos el avión.

Me cuesta mucho convencerla de que se deje tomar una foto. Por fin, deja de cubrirse el rostro con las manos, tomo una tras otra, y, de pronto, le digo: --¡Dicen que tu novio está llegando en este momento a la aldea!

Cuando se lo traducen, su turbación es tan encantadora que le ofrezco a los dioses cualquier cosa con tal que esa foto me salga bien.

Esta entrevista la hice en la aldea. Y esa misma tarde me llevan a ver el puente. Todo tal como me lo habían anticipado. Las dos abruptas colinas, de la Perla y del Ojo del Dragón, el profundo desfiladero, el río Ma, lechoso, abajo. Y el nuevo turno de las milicianas en sus agujeros. Están tensas. Una con el rostro ligeramente contraído. Y resulta terrible verlas allí metidas, jugándose la vida día tras día, semana tras semana, mes tras mes.

Además no me miran, aunque un extranjero allí debe ser algo muy exótico. Sí, no me miran. Están ceñudamente concentradas y sólo miran fijamente al cielo. Todas jovencitas. Todas comenzando apenas a vivir.

Me llevan luego a ver algo especial: una ametralladora de trípode -capturada a los franceses en Dien Bien Phu- que la han convertido en antiaérea gracias a un ingenioso armatoste de bambú, que permite moverla horizontal y verticalmente, por lo que cubren con ella un amplio arco del cielo.

Pero el puente, naturalmente, no lo defienden sólo las fusileras. Hay también -alejadas y camufladas de modo que no las vi- baterías antiaéreas modernas, pero que, como ya les conté, pierden su eficacia cuando el avión entra en picada, pues no están hechas para disparar tan bajo, y es entonces cuando las fusileras adquieren su especial importancia.

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Mensaje por RioLena el Jue Mar 09, 2017 6:43 pm

Un "héroe" único

artículo de Joaquín Gutiérrez - año 1966

tomado del libro «Vietnam. Crónicas de Guerra» - Editorial Legado, año 2000


La víspera yo había visitado el jardín zoológico. Me explicaron que quedaban pocos animales, porque en las actuales condiciones costaba mucho mantenerlos, pero insistí en ir, y me alegra haberlo hecho, porque me tocó conocer uno inolvidable: un enorme elefante nativo que era, así me dijeron, héroe de la guerra contra los franceses.

No oculté mi asombro: --¿Héroe?

--Sí--. Y me explican que no sólo había trabajado como un titán transportando las armas y cargas de Dien Bien Phu, sino que, durante la batalla misma, arremetió por su cuenta contra los franceses hasta que una ráfaga le voló un colmillo.

--¿Siií?

El elefante estaba de lado, pero al rodear la jaula vi su colmillo izquierdo cortado casi de raíz.
--Además tiene dos condecoraciones -continuó Au. -Una por ese trabajo ejemplar, y otra como "héroe de guerra", por su arremetida contra los legionarios que iban en desbandada. Fue entonces cuando lo hirieron.

Yo comencé a mirar con reverencia al noble animalote que se balanceaba de una pata a otra, con sus ojos chiquitillos y dulces, y a pensar en la significación de que lo hubieran condecorado, e imaginarme la impresión que a los niños les causaría verlo.

Y todo lo anterior me convenció de que estas gentes eran invencibles y, además, en una comunión tan estrecha con la naturaleza como me lo estaba demostrando con esa veneración por el animalote, que ahora me estaba mirando de lado con uno de sus ojillos, mientras seguía balanceándose sobre sus patotas.

El recuerdo de esa visita me revivió, mientras alguien se acercó a nuestra mesa a conversar un par de frases con Hoang Tung. Pero apenas se fue, éste me reanudó su explicación.

--Los primeros encuentros con los yanquis nos permitieron saber dónde estaban sus puntos más débiles. El año pasado (1965 ) fue muy favorable. De otoño a fines de año el número de sus bajas en el Sur se elevó a 15.000. Además en el año completo le causamos más de 200.000 bajas al ejército títere.

El saloncito se había ido abochornando; Hoang Tung se levantó a poner en marcha un gran ventilador de aspas suspendido del techo, que comenzó a ronronear y abanicarnos.

--¿Y cuáles son las principales características de la guerra hasta el momento?

--Hasta ahora hemos liquidado -me explican- una parte considerable del ejército títere; derrotado la guerra especial, y hemos hecho gran mella en las propias divisiones norteamericanas. Claro que lo anterior no significa que el fin de la guerra esté necesariamente cercano, pero también estamos preparados para una guerra larga.

--¿Cree usted entonces que ésta va a ser muy prolongada?

--Depende de muchos factores y de cómo estos factores evolucionen. Estamos preparados para grandes sacrificios. Pero si usted lee nuestra historia, más que milenaria, verá como todos los conquistadores que nos han invadido han terminado por ser derrotados. Todos. Los chinos nos ocuparon 800 años, hasta que los derrotamos. Los franceses diez veces menos, sólo 80 años, y también terminaron por salir derrotados. Y la segunda vez que nos ocuparon los franceses, se inició en 1946 nuestra Guerra de Liberación, y ya sólo en 1954, 8 años después, los habíamos derrotado también. Como ve, cada vez el tiempo para liberarnos se ha reducido a una décima parte... Ahora tenemos de enemigos a los norteamericanos y no le estoy sugiriendo que ese ritmo decreciente se conserve, pero sí que terminaremos, más pronto que tarde, por derrotarlos también.

(Tan sólo dos años después, en marzo de 1968, recordé la anterior conversación, cuando el 10 de mayo de ese año se iniciaron en París las conversaciones de paz entre el gobierno vietnamita y el norteamericano. Esto es 14 años después de que, a raíz de los acuerdos de Ginebra, el imperialismo había dividido a Vietnam en dos, cortándolo por el paralelo 17. ¡Y sólo 4 años después que el Gobierno del Presidente Johnson creó el falso incidente del Golfo de Tonquín, como pretexto para iniciar el bombardeo masivo de Vietnam del Norte!).

Como el compañero Hoang Tung no daba señales de cansancio, decido seguir preguntando:

--¿Y aquí en el Norte los bombardeos han causado mucha destrucción?

--Claro que sí. Han destruido buena parte de nuestro sistema de comunicaciones y hemos sufrido pérdidas de todo tipo. Pero las superamos poco a poco. El número de víctimas no ha sido, a pesar de todo, muy elevado y las pérdidas económicas tampoco.

--¿Y cómo se defienden durante los bombardeos?

--Como lo verá usted, en su gira por el país, principalmente con artillería. Tenemos también aviación, pero no es muy grande. Y alrededor de un 10% de los aviones derribados lo han sido por cohetes. En la lucha contra la aviación participa también la infantería que, con ametralladoras y hasta con fusiles, ha acabado ya con 54 aviones norteamericanos, lo que tiene gran importancia política y ha sido una de las principales maneras de hacer que la nuestra se convirtiera en una guerra de todo el pueblo.

"Como lo verá usted en su gira", me acababa de decir. Y entendí la alusión. Le agradecí la enorme utilidad que había tenido para mí nuestra conversación y nos despedimos.

Al irse dejó el ventilador ronroneando, y yo me quedé reflexionando y revisando mis notas, hasta que de pronto me di cuenta de que sólo me separaba un biombo del "reservado" vecino. Oí voces y escuché. Era un periodista del semanario de un partido de izquierda de Europa Occidental, acabado de llegar y al que, en ese momento, le estaban preguntando, lo mismo que a mí, qué le interesaba cubrir durante su visita.

Respondió que en Europa Occidental ya estaban cansados de esta guerra; que eran gente gaté (caprichosa); que hacía falta sacudirlos, estremecerlos, y que él venía a eso, a entrevistar y tomar fotos de niños mutilados, quemados por el napalm o las bombas de fósforo; de aldeas arrasadas y, en fin, de todos los horrores que ustedes están padeciendo.

Todo lo anterior lo resumo, pues él lo dijo con mucho más énfasis y más palabras.

--Pero nosotros -le contestó con voz suave un vietnamita- no somos tan sólo un pueblo que sufre los bombardeos y sus consecuencias. No somos una víctima pasiva. Y nuestro pueblo no sólo está defendiéndose, sino que le está propinando serias derrotas al enemigo. Además nos cuesta creer que los europeos, como usted dice, ya están "cansados" con nuestra guerra. La solidaridad en Europa con nosotros es muy grande, así como la de todos los pueblos del mundo. Y crece más cada día. Y no nos gustaría, para incrementarla, mostrarnos pidiendo conmiseración a nadie.

Sentí lástima por el colega, que había llegado tan desubicado, y no quise oír más. Al día siguiente me lo encontré desayunando, y me senté a desayunar con él. Hablamos primero de colegas amigos mutuos y luego le conté de algunas de las impresiones que yo ya había obtenido en Hanoi. Mi propósito era hacerle entender mejor cómo debía comportarse, más que por él por Vietnam, para que su viaje resultara provechoso. Le hablé, por ejemplo, de que mis años en Pekín me habían permitido conocer mejor a los asiáticos, que eran de una inteligencia muy sutil, que había conservado la visión dialéctica de sus viejos filósofos, visión que en el mundo occidental había quedado sepultada por milenios; y que estas eran las tierras del incesante devenir y la continua mutación de todo; en fin, que este era un pueblo con una paciencia asiática, hija de su continuidad histórica, de milenios en el mismo suelo, todo lo cual los hacía muy distintos de los europeos. Lo hice así para que reflexionara, y con rodeos, para que no se le fuera a pasar por la cabeza que yo había oído su conversación de la víspera o que los vietnamitas me ha habían contado.

No logré nada. Estaba muy resentido y de pronto, abriendo los brazos con un gesto de irritación, estalló:

--¡Aquí no entienden nada de propaganda! Viven aislados, en un rincón perdido del mundo. En Europa a nadie le importa esta guerra. Los engañan, con una solidaridad que sólo les sirve a los occidentales para tranquilizar la conciencia. Compara con la Guerra Civil española, a donde fueron por miles los compañeros de las brigadas internacionales. Y aquí ¿quién viene? ¡Sólo un tonto como yo!

--Y yo- le dije. Y después de desearle felicidades y buena suerte nos despedimos.

Yo partía pronto en la gira y no lo vi más. Y a mi regreso de las provincias pregunté por él y Trou me contó que sólo había visitado Hanoi y algunos de sus alrededores.
     

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