Instutucionalización del feminismo

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    Tripero
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    Instutucionalización del feminismo

    Mensaje por Tripero el Mar Jul 12, 2016 3:56 am

    Queria tratar este tema particularmente, que el feminismo y la causa por la liberacion de la mujer tiene como un lastre.
    Este articulo aborda aparte del postureo feminista, el problema de la sectorizacion y el hacerlo solo un problema de genero, las problematicas de tener un feminismo institucioalizado, y de como direcion y cara visible burguesas generan inconvenientes.



    Feminismo cool, victorias que son de otras


    La incorporación de algunas demandas del feminismo a las agendas oficiales devino en la eliminación de los rasgos radicales del movimiento. Este giro no fue gratuito y construyó una imagen obsoleta del feminismo como herramienta de transformación social.



    El abandono de las calles a fines de la década de 1970 tuvo como consecuencia la progresiva institucionalización del feminismo, su “oenegización” e integración a las agendas oficiales. Vía esta integración, las feministas emprenderán lo que Nancy Fraser denominó un “giro enorme en el imaginario feminista: mientras la generación previa había buscado rehacer la economía política, esta se centró en transformar la cultura” [1]. Hoy podemos decir que el alcance de esa batalla cultural es, como mínimo, contradictorio.

    Si bien las décadas de 1980 y 1990 estuvieron signadas por la “larga noche” neoliberal, también se llevaron a cabo, en los países imperialistas, el reconocimiento y ampliación de derechos civiles. Hemos desarrollado en esta revista una crítica de varios aspectos de este proceso, sobre todo a su limitado alcance (mayormente restringido a la clase media y alta) [2]. En décadas signadas por el retroceso de los movimientos radicalizados a nivel internacional, a la par de ese proceso en la esfera de los derechos, se dio un movimiento similar en el ámbito de la cultura. La socióloga Eva Illouz se refirió a este cambio como el pasaje de movimiento político a “código cultural, utilizado en la publicidad, en series de televisión, películas y novelas románticas (…) eso incluso ha hecho que el feminismo pierda su filo político, convirtiéndose en un gesto vacío” [3].

    Los Estados, organismos gubernamentales y la producción cultural integraron ese feminismo, los primeros como derechos, leyes que “protegen” a las mujeres, y la última como lenguaje inclusivo y correcto. Es cierto que perdieron cierto peso las muecas más obvias de la vieja sociedad patriarcal (y se mezclan con imágenes modernas, aunque a menudo de viejos modelos). Ya no es políticamente correcto reírse de expresiones racistas o xenófobas; y hay “cuotas” de todos los sectores oprimidos en los medios, emulando el cupo femenino y la discriminación positiva de la vida política (burguesa). Y mientras perviven el racismo, el machismo o la homofobia, este “código cultural” cubre de tolerancia y diversidad las señas particulares de las democracias capitalistas. Pero esta corrección no es neutral. De hecho, como señala acertadamente Nancy Fraser,

    …los cambios culturales propulsados por la segunda ola, saludables en sí mismos, han servido para legitimar una transformación estructural de la sociedad capitalista que avanza directamente en contra de las visiones feministas de una sociedad justa [4].

    Esta operación despojó al feminismo de cualquier crítica radical y lo alejó de toda perspectiva transformadora (algo similar sucedió con la lucha contra el racismo o la homofobia). Cuanto más integrado está ese “código”, más dócil e inofensivo es. La producción cultural es un claro ejemplo de esta integración/reducción del feminismo. Uno de los resultados más extendidos es algo que podríamos llamar el feminismo cool, que encarna lo que esta sociedad acepta del feminismo (y, por omisión, todo lo que queda excluido).



    Un código cultural de integración

    Como decíamos más arriba, la integración como “código cultural” no significó una ampliación de la influencia de la crítica social que representó el feminismo en las décadas de 1960 y 1970. El feminismo cool puede comprender tanto la visión igualitarista como su contrario, la de la diferencia. Ambos ganaron terreno en la producción cultural: “por la positiva”, con la incorporación de más personajes femeninos y menos estereotipados (o acordes a estereotipos más actuales) y, “por la negativa”, con una corrección política “extrema”, que analiza “a mansalva” las producciones culturales. Pero en general, el ser feminista pasó de ser un pronunciamiento político a una marca de estatus, de algo cool.

    Este cambio fue bienvenido como un “gesto de madurez”, finalmente el feminismo había abandonado la utopía de la emancipación y la liberación sexual. Y en cierta forma fue así. La segunda ola pasó de la crítica del Estado de bienestar en los países imperialistas y la alianza con los movimientos radicalizados, a la crítica de la desigualdad de géneros sin cuestionar la desigualdad fundante de la sociedad capitalista entre explotados y explotadores. De criticar la familia burguesa como regimentadora de la vida sexual a limitar el reclamo a la ampliación de los “tipos de familia”. De la crítica a la heteronorma al solo reclamo de reconocimiento legal de las sexualidades y los géneros. El pasaje se dio a la par de un avance significativo en el reconocimiento de derechos negados durante décadas a sectores oprimidos [5]. Esto impactó en la producción cultural de la última década, donde las representaciones y las temáticas relacionadas con el movimiento LGBT poblaron la TV y el cine. En las producciones culturales estadounidenses, con gran peso en las “pantallas” locales, la comunidad LGBT pasó del estigma del personaje “raro” a ser protagonista de series enteras como The L Word, Looking, o integrados a “familias normales” como Modern Family [6]. Casi sin excepción, estas representaciones anulan por completo los conflictos. En los casos donde la sexualidad está en primer plano, casi no existen conflictos económicos, laborales, o sobre las condiciones materiales que le dan un contorno específico a la opresión sexual o de género. En Modern Family (la más popular de las series mencionadas), los individuos están integrados plenamente: casados, monógamos y con hijos. Este cambio no significa el fin de la estigmatización o de la homofobia, ni siquiera de los prejuicios, y el “código cultural” termina reproduciendo modelos aggiornados antes combatidos. Las sexualidades “diferentes” son integradas en tanto respeten las reglas, y el modelo sigue siendo el de la familia nuclear: mamá/papá, mamá/mamá o papá/papá, hijos.

    Algo similar sucede con las representaciones de las mujeres, incluso con las representaciones del feminismo. Las viejas imágenes de la madre/esposa/ama de casa se fueron diversificando en las producciones culturales. Aun así, el amplísimo arco de representaciones femeninas no excluye combinaciones explosivas de misoginia y feminismo con personajes poderosos como Claire Underwood (House of Cards), Olivia Pope (Scandal) o Alicia Florrick (The Good Wife) [7]. Poderosas e independientes, se debaten entre la mirada del prejuicio machista que sigue mandando en la industria del entretenimiento (mujer fría y calculadora) y las concesiones que deben hacer las mujeres para conquistar la igualdad que les ofrece esta sociedad (incluso en los niveles más altos).

    Sumado a ese cambio, ser feminista se volvió casi un “deber ser” de la corrección política. Las estrellas de Hollywood y las cantantes de pop millonarias son feministas. Algunos de los “hitos” feministas de esta época, protagonizados por actrices y estrellas de la música, son el discurso de la actriz Emma Watson en la ONU presentando la campaña HeForShe [8], el de Patricia Arquette en los Oscar sobre la desigualdad salarial en Hollywood o la gira de la cantante Beyoncé con la gigantografía FEMINIST en sus escenarios. En la actualidad las demandas elementales de igualdad se inscriben en un esquema individual, algo que podría resumirse en lo que llaman “feel-good feminism” (feminismo para sentirse bien) que, como bien describe la revista española Pikara resulta del hecho de que

    …el discurso de igualdad entre hombres y mujeres, que es la premisa básica del feminismo, ha evolucionado hacia el concepto de ‘elección sobre cómo vivir mi vida o de mi propio feminismo’ y se ha convertido en algo que las mujeres, y sobre todo las más jóvenes, están más dispuestas a aceptar, siempre y cuando además sea “sexy” [9].

    O dicho de otra forma, el pasaje de lo colectivo a lo individual, de la liberación a la elección, y de la emancipación (que suponía la lucha por otra sociedad) a obtener mayores derechos (aceptando esta sociedad). Y, hay que decirlo, tanto las críticas del feminismo mainstream como del feminismo queer apuntan casi mayoritariamente contra la excesiva sexualización o la autocosificación antes que contra la mercantilización, normativización e institucionalización de la que ambas corrientes terminan siendo parte por acción u omisión.



    Un tiro en el pie

    El problema central con esta versión cool del feminismo es que ha reducido la pelea por la liberación femenina a una igualdad que acepta cada vez más compromisos. Y el principal es alentar la idea de la posibilidad de una batalla puramente individual, donde las mujeres eligen cómo vivir su vida (las que pueden hacerlo, por supuesto). En una de las primeras Ideas de Izquierda, nos preguntábamos,

    ¿Cómo hacer que la ‘ampliación de derechos’ conquistada no cristalice como estrategia última de integración, sino que se transforme en punto de apoyo para una lucha radical por la emancipación de las más amplias masas femeninas? [10].

    La pregunta desafía la idea de que esta igualdad es todo a lo que puede aspirar la mitad del mundo, sometida para beneficio de un sistema social que oprime a la mayoría de la humanidad.

    Sumado a esa reducción, todo el camino desandado por este feminismo se ha convertido en territorio de batallas entre los prejuicios reaccionarios que siguen siendo alentados y reproducidos, y le abrió el camino a fenómenos impensados en las décadas del feminismo radical que atraían a las calles no solo a las mujeres sino también a sus aliados, la juventud y los trabajadores. Movimientos como “Mujeres contra el Feminismo” (formado centralmente por jóvenes, pequeño pero con repercusión), surgido en Estados Unidos, expresa hartazgo de la corrección política feminista, dicen que la igualdad ya existe y se oponen a la “politización” del género. “Mujeres contra el Feminismo” muestra ante todo una lejanía total con el feminismo que habla desde los organismos gubernamentales y los medios, con la crítica feminista “a mansalva” y el juicio constante de las actitudes. Un fenómeno similar en cuanto a su espíritu de época, aunque muy diferente socialmente, es el que analiza la periodista Emily Matchar, autora de Homeward Bound: why women are embracing the new domesticity (La vuelta a casa: por qué las mujeres están adoptando una nueva domesticidad). Este libro publicado en 2013 se adentra en los deseos de las mujeres criadas por la generación de la segunda ola, las que alcanzaron los niveles educativos más altos, que accedieron a cargos importantes en empresas y organizaciones y abandonaron todo para criar a sus hijos y quedarse en el hogar en el siglo XXI. No todas estas mujeres reniegan del feminismo, muchas de ellas lo entienden como la posibilidad de “elegir quedarse en el hogar”, algo que no contradice esta versión del feminismo. Pero sobre todo, reniegan o no están interesadas en una perspectiva colectiva que ofrezca esa y mayores libertades para todas las mujeres. Porque, no hace falta que lo denuncien las marxistas, estas “mamás hipster” que cocinan orgánico, no usan plástico y educan a sus hijos en casa, son de clase media-alta y pueden sostener a sus familias con el ingreso del marido. Esta realidad solo alumbra a una minoría, algo que no ignora el análisis de Matchar. Como señala una reseña, irónicamente publicada en la sección “Comidas y viajes” del Washington Post,

    la disección [de Matchar] de la nueva domesticidad plantea otros temas más generales sobre raza, clase y género. Las mujeres blancas que se quedan en el hogar son valoradas más a menudo que sus contrapartes negras, que se arriesgan a ser señaladas como las ‘reinas de la ayuda estatal’. Las mujeres pobres con ingresos más bajos y menos tiempo no pueden cocinar todas las comidas de forma casera y quedarse en casa con sus hijos [11].

    Y esto sucede en gran parte porque se sostiene la exaltación de la mujer como madre, como esposa y el ámbito doméstico sigue siendo territorio de mujeres.

    En tanto esta realidad social perviva, cualquier elección individual estará condicionada y es allí donde radica el principal fracaso del feminismo cool. Al borrar toda perspectiva colectiva de transformación reserva solo para una minoría la posibilidad de elegir, mientras la mayoría sobrevive en largas jornadas laborales y empleos precarios (donde las mujeres siempre están sobrerrepresentadas [12]). Las que pueden pagar por elecciones individuales creen que el feminismo ya no tiene nada para ofrecerles y las que no pueden pagar por la libertad creen que el feminismo no tiene nada que ver con sus vidas. Paradoja si las hay en una época en la que se agudiza la dualidad de sociedades con derechos formales ampliados (aunque degradados por la crisis social), y el ataque sostenido de parte de Estados y sectores conservadores a los derechos sexuales y reproductivos, y niveles de violencia contra las mujeres y opresión que trepan de manera insospechada [13].

    Esta realidad es incontestada por la igualdad condicionada o la crítica posmoderna del feminismo edulcorado de las publicidades, de Hollywood y la vida televisada. En las democracias capitalistas del siglo XXI, mantienen su vigencia las reflexiones de las feministas socialistas que desafiaban al movimiento de liberación a no caer en la trampa de querer cambiar solamente su “pequeño mundo”. Juliet Mitchell escribía en 1971 en Women’s State, “Si solo desarrollamos la conciencia feminista… lo que conseguiremos es, no una conciencia política, sino el equivalente al chauvinismo nacional de las naciones del tercer mundo o el economicismo entre las organizaciones obreras; una mirada que se ve a sí misma, que solo ve el funcionamiento interno de un segmento; los intereses de ese segmento. La conciencia política responde a todas las formas de opresión”. Las luchas sociales de nuestra época prueban cierta la advertencia de Mitchell sobre las perspectivas de la liberación femenina. El feminismo ensimismado, en su “pequeño mundo”, no representa hoy una perspectiva ni una herramienta política y se vuelve doblemente obsoleto. Para reconstruir sus alianzas estratégicas, el movimiento de mujeres no necesita volver al pasado, pero sí recuperar las banderas de la transformación social, para conquistar su emancipación y el fin de toda opresión.



    1 Nancy Fraser, Fortunes of Feminism: From State-Managed capitalism to Neoliberal Crisis, Londres, Verso, 2013. Publicamos una reseña de este libro en IdZ 4, octubre 2013.

    2 A. D’Atri y C. Murillo, “¿Adiós a la revolución sexual? El estrecho horizonte del movimiento LGTB actual”, IdZ 11, julio 2014. A. D’Atri, “Pecados & Capitales”, IdZ 7, marzo 2014, entre otras.

    3 Eva Illouz, Erotismo de autoayuda, Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, Buenos Aires, Capital Intelectual/Katz, 2013.

    4 Nancy Fraser, “El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia”, New Left Review 56, Madrid, 2009.

    5 Varios aspectos de este debate están desarrollados en A. D’Atri y C. Murillo, “¿Adiós a la revolución sexual? El estrecho horizonte del movimiento LGTB actual”, IdZ 11, julio 2014.

    6 Existen otras como Transparent que plantean otras críticas interesantes. Nos limitamos a las series con mayor repercusión.

    7 Tomamos estos ejemplos solo como muestra. Existe un universo mucho más complejo de personajes que varía incluso en los diferentes géneros. Es notable el desarrollo de los personajes femeninos en el policial, que analizamos en “Todo Negro (IV): Femicrime”, La Izquierda Diario, 15/10/2014.

    8 La campaña (Él por Ella en castellano) encarna una de las expresiones de feminismo “aceptado”, y se centra en “defensa de las mujeres y las niñas contra las desigualdades y la discriminación”.

    9 M. L. Latorre, “¿Es Beyonce feminista?”, Pikara, 13/02/2014.

    10 A. D’Atri y L. Lif, “La emancipación de las mujeres en tiempos de crisis mundial (II)”, IdZ 2, agosto 2013.

    11 B. Crystal, “HOMEWARD BOUND Why Women Are Embracing the New Domesticity By Emily Matchar”, Washington Post, 19/07/2013.

    12 Ver L. Ortega, “Entre la feminización del trabajo y la precarización”, IdZ 20, junio 2015.

    13 Durante la última década, han existido en varios países europeos y en Estados Unidos iniciativas conservadoras contra el derecho al aborto y en general contra los derechos reproductivos. A esto se suma el crecimiento de la violencia contra las mujeres.[/quote]


    Sacado de Ideas de Izquierda


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    "Está claro, me parece, que los clamores contra el famoso burocratismo no son más que un medio de encubrir el descontento por la composición de los organismos centrales, no son más que una hoja de parra... ¡Eres un burócrata, porque has sido designado por el Congreso sin mi voluntad y contra ella! Eres un formalista, porque te apoyas los acuerdos formales del Congreso, y no en mi consentimiento. Obras de un modo brutalmente mecánico, porque te remites a la mayoría "mecánica" del Congreso del Partido y no prestas atención a mi deseo de ser cooptado. Eres un autócrata, porque no quieres poner el poder en manos de la vieja tertulia de buenos compadres!"

      Fecha y hora actual: Mar Dic 06, 2016 3:50 am