"Revolucion Sexual": Esencia y apariencia (por A. Guliga y I. Andreieva)

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    Tripero
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    "Revolucion Sexual": Esencia y apariencia (por A. Guliga y I. Andreieva)

    Mensaje por Tripero el Mar Jul 05, 2016 11:29 am

    De el blog de euskalherriasozialista

    ‘La actitud inmediata, natural y necesaria de un individuo para con otro individuo, es la actitud del hombre para con la mujer. En esta actitud genérica natural, la actitud del individuo para con la naturaleza es, de una manera directa, su actitud para con otro individuo, del mismo modo que su actitud para con la naturaleza, su propia predestinación natural. . . Partiendo de esta actitud se puede, por consiguiente, juzgar del grado de cultura general de un individuo”. (Carlos Marx)
    Estudiar la cultura desde el punto de vista marxista presupone investigar un amplio conjunto de problemas concernientes a los más variados aspectos de la vida humana. Algunos de ellos han sido estudiados detalladamente, otros están en discusión, y los terceros (cada vez menores en número) son una especie de “lagunas”. Uno de los problemas más serios que exige una investigación muy meticulosa es el de las relaciones íntimas.
    Estas son asuntos estrictamente personales, pero a la vez son un fenómeno social. La sociedad influye de modo determinante en las relaciones entre el hombre y la mujer. Pero, al mismo tiempo, la sociedad depende en mucho del carácter de dichas relaciones.
    “Según la teoría materialista, el factor decisivo en la historia es, en fin de cuentas, la producción y la reproducción de la vida inmediata. Pero esta producción y reproducción son de dos clases. De una parte, la producción de medios de existencia ... de otra parte, la producción del hombre mismo, la continuación de la especie.” (1)
    Las formas de esta última, de la segunda producción, y las relaciones de los dos sexos, siempre han sido sociales a través de toda la historia de la humanidad. Su carácter y el grado de igualdad o desigualdad de la mujer y el hombre, en resumidas cuentas, han dependido del modo de producción, del régimen económico imperante en la sociedad. La mujer pasó a ser esclavizada por el hombre primitivo, a ser dependiente de él, cuando el régimen social primitivo, el comunismo primitivo, basado en la igualdad frente a los medios de producción y frente a los sexos, se transformó en régimen explotador (esclavitud, feudalismo y capitalismo), al tiempo que los medios de producción pasaba a ser propiedad de las capas explotadoras y la sociedad se dividía en explotadores y explotados.
    En toda sociedad antagónica cualquier contradicción social adquiere un matiz político. Como veremos más adelante, los procesos que se desarrollan hoy día en Occidente, denominados revolución sexual, no eliminan la desarmonía entre los sexos; al contrario, en ciertos aspectos la acentúan. Si hacemos abstracción de los “extremismos femeninos”, debemos anotar que la lucha de las mujeres por la igualdad social en los países capitalistas hace parte también de la lucha general por la democracia. Como antes, siguen teniendo vigencia las palabras de August Bebel, destacado luchador por la igualdad de las mujeres y uno de los correligionarios de C. Marx y F. Engels: “A la mujer y el obrero los une el que ambos son explotados”. (2)
    Desarmonía inevitable
    En la actualidad, Occidente está sufriendo un rompimiento doloroso de las normas que tradicionalmente han regido el comportamiento sexual (supresión de la censura que se aplica a estos aspectos, demanda de legalizar las relaciones extramatrimoniales y todo género de aberraciones sexuales, etc.).
    El misterioso velo que cubre la “santidad” y la intimidad se ha venido corriendo. El sexo se ha convertido no sólo en objeto de estudio, tratamiento y aprendizaje, sino, ante todo, de publicidad y negocio. El sexo ha invadido el campo del arte. ¿Qué significa todo eso? No es un fenómeno nada casual, sino un proceso inevitable que se presenta en toda sociedad carente de armonía.
    Lenin señaló el radical rompimiento que se iba a presentar en las relaciones sexuales en la sociedad burguesa moderna. En una plática con Clara Zetkin, destacada dirigente del movimiento femenino internacional, Lenin afirmó: “En la época en que se derrumban Estados poderosos, en que se descomponen las viejas relaciones de dominación, en que se destruye todo un mundo social, en esa época las sensaciones del individuo varían con rapidez. La sed aguijoneante de variedad y placer fácilmente adquiere una fuerza incontrolable. Las formas del matrimonio y de la relación de los sexos en el sentido burgués ya no satisfacen”.(3)
    Si nos abstraemos del aspecto exterior de la cuestión, de todas las superficialidades que la deforman, podemos concluir que en el fondo de la “revolución sexual” se encuentra un proceso muy sencillo, progresista y necesario históricamente: la emancipación de la mujer. Empero, en el capitalismo, el cual no elimina ni puede eliminar la principal causa de la desigualdad de la mujer —el carácter explotador de la propia sociedad capitalista—, ese proceso de emancipación ha adquirido un carácter deformado. Sin embargo, todas las victorias que ha obtenido la mujer en la revolución sexual han sido vanas ilusiones.
    F. Engels consideró que la instauración de la monogamia, la cual existía para el hombre sólo de modo formal, ha sido una derrota histórica que la mujer ha sufrido a nivel mundial. El hombre ha convertido a la mujer en una sirvienta, en una esclava de su concupiscencia, “en un simple instrumento de procreación”. (4) Ahora ella procura tomar la revancha: el resorte secreto del rompimiento que se viene efectuando en las relaciones sexuales tradicionales no es otra cosa que el anhelo de la mujer de lograr no sólo la igualdad sexual sino, ante todo, la igualdad social respecto al hombre. En esto reside lo fundamental de la lucha que la mujer ha venido librando por iguales derechos en todo sentido, por eliminar todas las prohibiciones sexuales que por siglos le ha impuesto el patriarcado en la sociedad capitalista.
    Durante el siglo xx se ha despertado un mayor interés por la vida de las personas. Los cambios sociales, el progreso económico y científico-tecnológico, han planteado de otro modo el problema del hombre. Las nuevas fueras productivas que ha engendrado la revolución científico-técnica, la cual se despliega por el mundo, para poder desarrollarse en un futuro, exigen imperiosamente la liberación social del individuo, incluyendo desde luego la mujer; exigen, también, la creación de condiciones sociales necesarias para el enriquecimiento espiritual de la personalidad. El florecimiento espiritual del individuo, de ideal ético humanitario paso a convertirse en un imperativo de las fuerzas productivas. Resulta que la sociedad se beneficia en mayor medida de la persona, si esta es considerada como una personalidad. Y lo primero que hace que la personalidad no pueda repetirse son las apetencias individuales.
    La inevitable incorporación de la mujer al trabajo y a la vida política de los países capitalistas de Occidente, no podía menos que reflejarse en el carácter que presentan las relaciones entre los sexos. La mujer conquisto su anhelada independencia. Sin embargo la cuestión sigue siendo una: ¿con esa independencia logró la libertad? La mujer al convertirse, en ocasiones, en cabeza de familia, a su función procreadora le agregó como complemento una serie de nuevas obligaciones. Su anhelo de tener una igualdad sexual modificó las tradicionales relaciones matrimoniales, modificó la propia esencia del matrimonio, produjo un doloroso rompimiento en estas relaciones.
    La lógica de la “sociedad de consumo”
    La revolución sexual ha erotizado el matrimonio y, al mismo tiempo, lo ha desvalorizado. La cuestión no se reduce a que los divorcios hayan aumentado de número. De fuentes norteamericanas se sabe que allende los mares está muy difundido el “trueque de esposas”: lo “propio” se convierte en “ajeno”. La revolución sexual se convierte en enajenación sexual.
    La enajenación es un fenómeno social que consiste fundamentalmente en que el individuo pierde el control sobre los resultados de su actividad, los cuales se le convierten en ajenos y hostiles. Marx, al analizar distintos aspectos de la enajenación, anotaba en 1844 que esta lacra de la sociedad capitalista no tenía que ver en aquel entonces con las funciones naturales del hombre: comer, beber, relaciones sexuales. Hoy día, la enajenación ha invadido también esos terrenos.
    Los intentos de organizar la vida sexual según los principios de la sociedad de consumo no se salvan de la enajenación sexual; por el contrario ésta se acentúa. El sexo se ha igualado en derechos” a los otros aspectos del consumo: se ha convertido en objeto de publicidad y negocio. Entonces se plantea una situación muy contradictoria: allí donde el hombre puede gozar plenamente de autonomía, actuar con plena libertad, encontrar una válvula de escape” que lo libre de la monotonía asfixiante que genera la vida productiva y social, allí precisamente el hombre se ve sometido a estereotipos no menos rígidos. Al individuo le “satisfacen” su apetencia, le proponen modelos acabados, para que él elija el que más le convenga (igual que escoger un combustible o elegir un presidente). Los modelos y standards eróticos de que están “saturados” los medios masivos de comunicación burguesa, “descargan” la fantasía sexual del individuo. H. Schelsky, sociólogo de la República Federal Alemana, escribe a propósito: La fuerza individual de la imaginación erótica va a la zaga, le proponen más de lo que ella en promedio puede crear. Resultados: el hombre moderno se sexualiza exteriormente, la sociedad produce de continuo los impulsos sexuales sin que en esto medie el propio ímpetu instintivo, a la vez que se empobrecen la fantasía y los sentidos del individuo”. (5)
    La ruptura en el campo de las tradicionales relaciones sexuales ha traído como consecuencia la deserotización de éstas; los sentidos, el sexo, se han convertido en una vulgar mercancía de amplio consumo.
    La tragedia de la actual quiebra de la tradicional ética sexual es que está bajo el dominio económico y político de la burguesía, adquiere formas enajenadas que no tienen nada que ver con la igualdad económica y social del hombre y la mujer. Por eso se presentan el escarnio y la de-formación de los cuales hemos hablado antes. Como fenómeno masivo éstos desaparecerán al superarse la desarmonía social, al liquidarse la sociedad explotadora, que los engendra inevitablemente.
    El socialismo y el problema de la igualdad de los sexos
    Pero, la revolución sexual no es solamente destructiva; tiene ciertos aspectos positivos y dejarlos de lado sería una miopía imperdonable. En el capitalismo el progreso siempre se paga caro, pero no hay que confundir las pérdidas con los beneficios. La “revolución sexual” igualdad social, permite comprender más ampliamente los medios para lograr aquella, comprender que la “igualdad sexual” del hombre y la mujer es insuficiente si no son iguales en los otros campos de la vida social.
    Reflexionemos ahora acerca de las perspectivas. Desde sus comienzos la sociedad implantó todo un sistema de restricciones sexuales que, precisamente, dieron origen al gran misterio del amor sexual, hicieron crecer un poderoso árbol donde se entretejieron cual ramas, sutiles vínculos entre la mujer y el hombre. Ahora, al suprimir todas las restricciones sexuales, la sociedad burguesa ha cortado de raíz ese árbol. Hombres sensatos de Occidente, observando con pavor lo que ocurre, ven con pesimismo las perspectivas. Subrayan que a escala nacional no se ha organizado ninguna campaña educacional que explique las secuelas perniciosas que deja la libertad sexual ilimitada. Tampoco se han adoptado medidas que se contrapongan a esa libertad que conduce al relajamiento de la personalidad. La libertad sexual ilimitada es nociva para la cultura. ¿Dónde^ encontrar la salida? En Occidente algunos sueñan con retornar a los tabúes medioevales. ¡Pero no hay retorno al pasado! En el mundo moderno el problema del sexo no puede resolverse con prohibiciones e implantando “tabúes’ sociales. Ese problema sólo puede ser resuelto si se aborda conjuntamente con otros problemas sociales: cómo eliminar la explotación, superar la enajenación y, ante todo, educar un individuo armónicamente desarrollado. En la sociedad socialista los sexos se relacionan en el marco de un solido matrimonio concertado por amor que puede ser disuelto libremente. El socialismo elimina las principales causas de la hipocresía y la falsedad del matrimonio burgués basado en las relaciones de propiedad y los problemas relacionados con la trasmisión de la riqueza acumulada.
    En el socialismo el proceso de liberación de la mujer se caracteriza por tener un carácter armonioso y consecuente. La sociedad socialista, al crear sólidos cimientos para una efectiva igualdad socioeconómica, basándose en una participación igual respecto a los medios de producción, en la formación de relaciones de colaboración y ayuda mutua e iguales posibilidades políticas y culturales, crea también, de ese modo, un terreno para la igualdad sexual de la mujer y el hombre. En tales condiciones, esta esfera tan delicada de las relaciones humanas se desarrolla sin los cataclismos, deformaciones monstruosas y pérdidas irreparables de valores espirituales que caracterizan a la sociedad burguesa.
    El socialismo y el comunismo tienen planteados como uno de sus principales objetivos formar culturalmente, en forma elevada y consciente, a las personas para sus relaciones con los individuos en todos los campos, incluido el sexual. Esto presupone una comprensión mutua, un respeto al mundo íntimo de la pareja, a sus particularidades, a sus deseos y posibilidades, una comprensión de la responsabilidad mutua. Esto se logra no sólo a través de normas externas de conducta, sino ante todo, mediante el potencial espiritual de la personalidad. Empero, lo principal reside en el régimen social, en su calidad, en su influencia positiva o negativa, para el autoperfeccionamiento de la personalidad. Las condiciones sociales circundantes pueden propiciar un desarrollo armonioso de esas potencias humanas y pueden, también, deformar y convertirlas en algo ajeno al elevado destino del hombre.
    La igualdad de sexos no significa que hayan de desaparecer los límites entre ellos. Queremos que el hombre sea viril y la mujer, femenina, La unión debe ser coincidencia de contrarios, condición necesaria para cualquier armonía. Si antes los papeles que la misma naturaleza impuso en los misterios del amor (activo, el del hombre; receptivo y estimulante, el de la mujer), estaban fundamentados por un sistema de prohibiciones religiosas y normas jurídicas, en cambio ahora en el primer plano se encuentran los motivos conscientes de la conducta. Cuando se disfruta de una verdadera libertad, el amor adquiere nueva espiritualidad: la intimidad está fundada en el profundo principio “el uno para el otro”, y la personalidad de cada uno, gracias a eso, se encuentra a sí misma y se enriquece con nuevos valores espirituales.
    Notas:
    1. C. Marx-F. Engels, Obras Escogidas, Ed. Progreso, Moscú, 1974, t. 3, p. 204.
    2. A. Bebel, La mujer y el socialismo, Moscú, 1959, p. 40.
    3. C. Zetkin. Recuerdos de Lenin, Moscú, 1966, p. 49.
    4. C. Marx-F. Engels, Obras Completas, t. 21, p. 60, en ruso.
    5. H. Schelsky, Soziologie der Sexualitat, Hamburg, 1956, p. 126.


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    "Está claro, me parece, que los clamores contra el famoso burocratismo no son más que un medio de encubrir el descontento por la composición de los organismos centrales, no son más que una hoja de parra... ¡Eres un burócrata, porque has sido designado por el Congreso sin mi voluntad y contra ella! Eres un formalista, porque te apoyas los acuerdos formales del Congreso, y no en mi consentimiento. Obras de un modo brutalmente mecánico, porque te remites a la mayoría "mecánica" del Congreso del Partido y no prestas atención a mi deseo de ser cooptado. Eres un autócrata, porque no quieres poner el poder en manos de la vieja tertulia de buenos compadres!"

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