Algunos somos marxistas-leninistas (Una respuesta a Alberto Garzón)

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sorge
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Algunos somos marxistas-leninistas (Una respuesta a Alberto Garzón)

Mensaje por sorge el Lun Mayo 30, 2016 7:30 pm


David Comas
Fecha:
Domingo, 29 Mayo, 2016

El pasado 18 de mayo el dirigente de Izquierda Unida, Alberto Garzón, publicaba en su blog una reflexión titulada “Algunos somos comunistas”. Rápidamente la opinión del carismático líder de la formación de izquierda prendía entre diferentes círculos activistas y militantes del movimiento obrero y popular. ¡Parecía que por fin se reivindicaba abiertamente el comunismo y, ante los ataques de los reaccionarios, parecía que se delimitarían campos con el objetivo de salir de la actual tendencia de indefinición ideológica del movimiento! ¿Serían suficientes las palabras del joven diputado para reanimar la fuerza del comunismo ante los retos políticos que tenemos por delante?

En primer lugar, nos gustaría saludar el positivo gesto de Garzón reivindicando el comunismo desde su actual posición política y mediática. Este hecho es de agradecer, sobre todo porque tras la derrota del socialismo en suelo europeo a finales del siglo pasado se ha generado un enorme complejo entre los autodenominados comunistas. Muchos de ellos abandonaron el marxismo y lo sustituyeron por otros postulados (eco-socialismo, “Socialismo del Siglo XXI”, populismo…), renegando públicamente del comunismo y su experiencia. Que se vuelva a hablar de comunismo en el debate público es algo que los marxistas-leninistas agradecemos, pues facilita nuestra labor revolucionaria.

Sin embargo, hasta aquí llega nuestro agradecimiento. Consideramos que las reflexiones de Alberto Garzón introducen una idea difusa y poco claro de lo que es el comunismo. La misma deja en el aire los pasos a dar en la práctica para que los comunistas puedan convertirse en una verdadera fuerza de cambio. Además, introduce algunas ideas como la heterodoxia o el carácter revolucionario de la defensa de los derechos humanos que corren el riesgo de confundir a la clase obrera y las/os comunistas, desviándonos del camino de la lucha revolucionaria.



¿Se está volviendo hoy el marxismo popular?

Nuestras discrepancias con el compañero Garzón comienzan en el primer apartado. Él acierta cuando dice que el anticomunismo surge como una reacción de los empresarios y banqueros (hoy la clase dominante) ante el cuestionamiento de un sistema económico y político que no satisface sus necesidades. Cuando diferentes fuerzas políticas empiezan a recibir apoyos, cuestionando las políticas de la oligarquía financiera, se responde, entre otras cosas, agitando el fantasma del comunismo, vacunando a la población ante las tentativas de proponer una alternativa al capitalismo. Así no sólo se siembra desconfianza y odio hacia los dirigentes de la lucha social, sindical y política, sino que también se obliga a estos a “moderarse”, alejándose de las tentativas de abrazar principios revolucionarios.

Aunque este razonamiento es acertado en líneas generales, desprende del mismo dos conclusiones que no compartimos.

En primer lugar, que el marxismo perdió popularidad durante los años sesenta y setenta debido a que las preocupaciones de la sociedad y la izquierda “se habían trasladado hacia las cuestiones culturales”. De eso él deduce que, debido a la actual crisis económica, “Hoy el capitalismo está mucho más desnudo, y es fácil ver cómo la razón económica del capital inunda nuestras vidas y nos obliga a emigrar, a pelear por migajas o a aceptar salarios de subsistencia como si fueran privilegios”. En segundo lugar, cuando afirma que estamos “ante un resurgir del comunismo” aunque matiza que este “no tiene por qué expresarse con los mismos ropajes o las mismas herramientas conceptuales de siempre”.

Consideramos estas dos apreciaciones confusas e inexactas. Garzón no clarifica de qué está hablando realmente cuando utiliza la palabra comunismo. Esta falta de precisión (sobre la que entraremos en detalles más adelante) podría confundirnos, y hacernos creer que un simple crecimiento de la movilización social es ya una prueba irrefutable de que el comunismo está recuperando una posición prestigiosa. Nosotros desarrollaremos nuestra exposición fundamentada en el marxismo-leninismo, pues el mismo postula que el actual sistema capitalista no deja margen para reformas perdurables en el tiempo y que la única manera de hacer valer los intereses de la clase obrera es mediante el derrocamiento del régimen de los empresarios y banqueros y su sustitución por el régimen de las y los obreros.

De las dos conclusiones expuestas por Garzón se desprende una relación de causa-efecto, dónde el auge y popularidad del marxismo viene asociado a los periodos de crisis o recesión del capitalismo, mientras que en los periodos de, digamos, crecimiento y “prosperidad” económica, este se ve relegado a una teoría de segundo orden.

La teoría marxista-leninista encuentra su prosperidad y popularidad en la aceptación que tiene entre una clase obrera que suele crecer durante los periodos de “expansión económica”. Tanto es así que el marxismo prendió entre millones de trabajadores en los grandes periodos de industrialización y modernización de los países europeos durante los siglos XIX y XX. Otra cosa diferente es que las contradicciones de nuestro sistema económico queden al desnudo con más facilidad en momentos de crisis (donde millones de personas van al paro, se acometen injustos desahucios, se recortan jornadas laborales y salarios, se destruyen los servicios públicos…). Pero esto no relega al marxismo a ser una teoría de resistencia o de respuesta. Más bien podemos decir que, cuando este ha sido asimilado por más y más trabajadores, encuentra en los momentos de debilidad del capitalismo más facilidades para obtener victorias sobre el enemigo. Esto no ocurre porque haya una mayor predisposición “espontánea” a asimilar el marxismo en tiempos de crisis, sino porque durante estos periodos los empresarios y banqueros se encuentran preocupados de dar salida a las mercancías que nadie les puede comprar, de recortar costes salariales a las prisas acelerando los conflictos sindicales y de derrotar a sus rivales comerciales de otros países mediante las guerras.

Parece que esta concepción responde más a un intento de justificar la historia reciente del Partido Comunista de España e Izquierda Unida que de proponer un plan de actuación para levantar un partido político que defienda los intereses de la clase obrera. Durante estos casi 40 años, el PCE e IU no han trabajado por dotar a la clase obrera de un programa para luchar por construir una sociedad comunista, sino que ha corrido detrás de las diferentes modas intelectuales con el objetivo de mejorar sus resultados electorales. Esto se ha traducido en renegar incluso del comunismo en muchísimas ocasiones y en centrar su acción en intelectuales, profesiones liberales u otros sectores con problemas diferentes a los de la inmensa mayoría de la población trabajadora. Es más, si nos fijamos en su discurso él no habla de la importancia que han tenido los intelectuales en la reanimación del comunismo, sino que por fin grandes capas de la sociedad se habrían vuelto receptivas a esta idea debido a la impugnación del sistema que los nuevos movimientos sociales habrían hecho en los últimos años (en especial, el 15-M)

Aun así, es necesario señalar lo correcto que puede desprenderse de esta afirmación. Si bien el marxismo no es una teoría de resistencia, sí es cierto que, a medida que el capitalismo se desarrolla, tiene menos margen para la actuación (incluida la política de “sobornos” a diferentes sectores de la sociedad mediante la concesión de reformas). Este margen se encoge, más si cabe, durante los periodos de crisis económica. Garzón se equivoca al afirmar que la teoría marxista sólo adquiere gran popularidad durante los periodos de crisis, aunque sea cierto que los mismos simplifican las contradicciones del capitalismo y facilitan la explicación del comunismo.

Realmente para explicar este retroceso del marxismo no tiene en cuenta muchos fenómenos de importancia, entre ellos la rendición ideológica que muchos partidos comunistas e intelectuales del espectro marxista hicieron desde la segunda mitad del siglo XX a cambio de poder disfrutar del éxito inmediato de las mayorías parlamentarias o la fama. Sí es cierto que el Estado del Bienestar y otras políticas de contención del comunismo fueron importantes para explicar este retroceso, sin embargo, el fracaso de las y los comunistas durante ese periodo también fue el no ser capaz de denunciar la esencia engañosa y coyuntural de estas maniobras, no logrando combatir a las ideologías conservadora, liberal y socialdemócrata en los sindicatos y partidos obreros. También en las causas teóricas y políticas (que trataremos más adelante) debemos buscar la causa del retroceso del comunismo, siendo su máximo exponente la derrota del campo socialista en Europa oriental

No podemos encontrar en el crecimiento económico el factor principal para explicar el desplazamiento del comunismo a la marginalidad. Por lo tanto, sería incorrecto deducir que de la actual crisis económica vaya a venir un resurgir automático del comunismo.



Ortodoxos y heterodoxos

En el desarrollo de su artículo, el compañero Garzón asegura que este pregonado resurgir del comunismo "no tiene por qué expresarse con los mismos ropajes o las mismas herramientas conceptuales de siempre", para seguidamente resaltar que "En realidad el marxismo siempre ha sido así, abierto y diverso[...] nadie podrá negar que el propio Lenin fue un heterodoxo, hasta tal punto que Gramsci tuvo a bien definir la revolución de 1917 como una revolución contra El Capital". Para ello, tras dejar bien claro que no quiere que se le vincule con la experiencia soviética, nos recuerda que "la consigna socialmente aglutinadora de la revolución soviética fue paz, pan y tierra y no ningún símbolo fetichizado que limitara su capacidad a la mera autocomplacencia de los revolucionarios portaestandartes". Así, Garzón trata de redescubrir el marxismo, narrando cómo este siempre se planteó de manera heterodoxa, siendo la ortodoxia algo así como una degeneración (cometida por los soviéticos después de Lenin, entre otros). ¿Son estas afirmaciones ciertas?

El problema fundamental se encuentra en el juego de palabras que Alberto hace en este artículo. Confunde la ortodoxia con el dogmatismo. Para él la “heterodoxia” es el estado “natural” del marxismo mientras que la ortodoxia sería su degeneración escolástica y cuadriculada. Aclarar qué entiende Garzón por ortodoxia y heterodoxia nos llevaría a una eterna guerra de definiciones dónde nos costaría encontrar un marco común (además de que sería poco práctico), así que nosotros nos limitaremos a señalar a qué nos referimos cuando las mentamos.

La ortodoxia en el marxismo es la rigurosidad y el reconocimiento de la existencia de sus postulados esenciales, la aceptación de existencia de leyes generales de la sociedad actual como son, entre otras, la de la explotación capitalista, la lucha de clases, el carácter de clase del Estado y, sobre todo, la necesidad de la transformación de la sociedad por la vía revolucionaria y del poder político de la clase obrera. Estos postulados son válidos porque en la actualidad descubrimos que estas leyes generales siguen siendo determinantes para explicar la mayoría de sucesos que vivimos. Así cuando observamos las relaciones laborales en las empresas de nuestro país, cómo actúan el gobierno o las instituciones europeas, vemos la trayectoria de los partidos progresistas en los parlamentos o radiografiamos nuestro sistema educativo, podemos encontrar tras todos estos fenómenos a estas leyes generales actuando sobre la dirección que toma la sociedad. Es más, la propuesta política es núcleo fundamental de la ortodoxia marxista, en palabras del propio Marx: a Joseph Weydemeyer: “Por lo que a mí se refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases...”

La heterodoxia en el marxismo sería, por el contrario, la libre interpretación de estos postulados esenciales y su impugnación parcial o total para convertir el marxismo en complemento para otras ideologías. Así la heterodoxia suele recuperar fragmentos de la teoría marxista, pero los divorcia del razonamiento en su conjunto. Así, la construcción de los principios políticos heterodoxos tendría pedazos de Marx, pero no serían rigurosamente marxistas. Por ejemplo, cuando Garzón intenta reconciliar economistas como Keynes con el marxismo está practicando la heterodoxia.

Esto no quiere decir que el marxismo no analice otras teorías e ideas. En realidad, el estado natural del marxismo es, paradójicamente, el de la confrontación con las ideas y principios de otras clases sociales, fortaleciéndose a medida que aprende cómo combatirlas. Esto ocurre porque el movimiento obrero va encontrándose con retos prácticos en su lucha que requieren de una explicación para su resolución, y que son rápidamente explicados mediante concepciones para justificar los intereses de otras clases sociales. Así el marxismo, en tensión teórica con el resto de corrientes de pensamientos existentes en la sociedad, va creciendo, fortaleciéndose, desarmando uno a uno a sus enemigos y aprendiendo a raíz de estas victorias. Un buen ejemplo de esto nos lo mostraba Lenin, cuando a principios del siglo XX discutía con Kautsky la idea del ultra-imperialismo, una concepción que defendía que la concentración de capitales transformaría la política global en la de un gran sistema imperial homogéneo. Lenin analizó esta tendencia a la luz rigurosa del marxismo y determinó que esta concepción era equivocada, describiendo la teoría del imperialismo donde las potencias imperialistas no tendían a unificarse en un gran imperio, sino a combatir entre ellas y arrastrar al mundo a la guerra.

La posición de los marxistas-leninistas la resumen perfectamente uno de los fundadores del socialismo científico, Engels, cuando afirmaba que “el socialismo, desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie”. Así, no podemos dar por válida cualquier concepción que se vista de marxista. Debemos estudiar el marxismo y someterlo a la confrontación con otras ideologías que intenten explicar el porqué de los problemas de la clase obrera en la historia y en la actualidad.

Habiendo clarificado esto, sí es cierto que los procesos históricos no se dan de manera exactamente igual en todos los países del mundo ni en todas las circunstancias históricas. El marxismo-leninismo es una guía para la acción en la tarea de la clase obrera por tomar el poder político y construir una sociedad sin clases (o sea, comunista). Esto supone que las formas de lucha varían en una u otra circunstancia, e incluso lo hacen en un mismo periodo en varios países diferentes en función de las condiciones de cada uno de ellos. Pero esto no se logra sacrificando el carácter ortodoxo a cambio de la flexibilidad en la acción, sino más bien subordinando todo tipo de flexibilidad de acción (llamémosle flexibilidad táctica). Esto ocurre también en la comunicación, lo que los marxistas-leninistas definimos como agitación y propaganda.

Es cierto, como dice Garzón, que los bolcheviques hicieron suya la consigna “Paz, pan y tierra” para dirigir la revolución de octubre. Pero esta consigna no tiene ningún sentido histórico sin entender su intensa y extensa labor propagandística por el socialismo que hicieron a la vez, durante años anteriores y años posteriores. Los bolcheviques emanaban esas geniales consignas mientras impulsaban textos de profundidad teórica, política y económica tales como “El Estado y la revolución”, “El imperialismo: fase superior del capitalismo”, “Qué hacer” y otras tantas importantes aportaciones. Fue por la firmeza y la convicción de estos postulados políticos ortodoxos por lo que la flexibilidad en las formas de lucha se tradujo en una revolución política contra el zarismo primero y contra el gobierno burgués después.

Podríamos resumir nuestras posiciones de la siguiente manera: el marxismo-leninismo es firme en los principios, pero flexible en la táctica. O si se quiere entender de otra manera: El marxismo-leninismo puede ser flexible en la táctica sólo a condición de asegurar la firmeza en los principios.



Lucha democrática y lucha socialista: La cuestión de los derechos humanos

Alberto Garzón defiende que el punto de conexión entre la lucha por el comunismo y la lucha actual se encuentra en la Declaración de los Derechos Humanos. Referenciando a Harvey, él propone "conectar los ideales del Manifiesto Comunista con los expresados en la Declaración de los Derechos Humanos", porque "es una vía que permite reconectar al socialismo con la tradición republicana y que, al mismo tiempo, permite volver a situar el foco político en los problemas de la gente y no en debates litúrgicos y ceremoniales propios de las religiones ". Él lo justifica en dos razones. En primer lugar, porque el socialismo habría sido la única tradición política que “mantuvo viva la llama de los Derechos Humanos [...] y gracias a la cual se conquistaron los derechos políticos y sociales que caracterizan a nuestras sociedades democráticas modernas" y en segundo lugar porque "la agresión del capitalismo es tan brutal y salvaje que, bajo las actuales condiciones históricas, defender los derechos humanos es impugnar el sistema capitalista mismo."

Partamos, nuevamente, de lo positivo. Cuando Alberto Garzón incide en la necesidad de conectar la lucha por los derechos políticos y sociales inmediatos con la tradición socialista está señalando algo que es correcto. La propuesta del socialismo y el comunismo son, en realidad, las propuestas políticas que el capitalismo hace posible a medida que se desarrolla. La gente lucha por los derechos económicos, sociales y políticos porque el desarrollo de la industria, la tecnología, el urbanismo, la administración y la interconexión cada vez más compleja y dinámica de la sociedad posibilitan un mejor nivel de vida.

Sin embargo, aunque existe esa posibilidad material para vivir mejor, la tendencia de las relaciones sociales es a cobrar menos y trabajar más horas, endeudarnos para poder mantener un ritmo de consumo que cubra nuestras necesidades, que las condiciones más básicas de la existencia (tales como la vivienda, la sanidad y la educación) no estén aseguradas y a que se tomen decisiones a nuestras espaldas, respondiendo estas decisiones gubernamentales antes quienes tienen el poder económico: la clase de los empresarios y banqueros capitalistas. La única manera de garantizar la realización plena de ese bienestar es la vía del poder de la clase obrera y el resto del pueblo trabajador ejercido en su propio bienestar y contra todos aquellos que intenten hacer pervivir un modelo de clases sociales que es incompatible con el actual nivel de desarrollo que hemos experimentado. Es justo, entonces, que la defensa de todas estas reivindicaciones concretas de bienestar (reformas, si se quiere) sean conectadas con la lucha por el socialismo. Esto es lo que el comunista búlgaro Dimitrov definió como las “formas de transición hacia la revolución proletaria”. En lo que discrepamos con Garzón es en la conexión que él propone entre la “reforma” y la “revolución”, que se concreta en su apuesta por la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Estas ideas no son novedosas. Podríamos remontarnos al dirigente socialdemócrata alemán Bernstein y su famosa consigna de que “los objetivos no son nada, el movimiento lo es todo”. Pero más recientemente en nuestro país ya las defendió Julio Anguita en el pasado cuando ostentaba la Secretaria General del Partido Comunista de España (PCE). Anguita y Garzón postulan que los Derechos Humanos ya abrirían la puerta al socialismo debido a que no pueden garantizarse en el capitalismo y que los mismos están asumidos colectivamente como una cuestión de “sentido común”. Sin embargo, en nuestro país lejos de ocurrir esto, lo que también se ha empezado a normalizar entre la opinión públicas son las ideas y argumentos que cuestionan la legitimidad de algunos derechos fundamentales. En las últimas décadas se cuestionan mediante la lógica neoliberal conquistas como la sanidad pública universal, la exigencia de un salario suficiente para garantizar la subsistencia, el derecho a la vivienda o el acceso general a la educación superior.

Realmente lo que está ocurriendo es que, a más débil es la influencia del comunismo, más se resienten la firmeza en la defensa de las medidas de bienestar para la clase obrera y el pueblo. Así, pasar de defender un programa mínimo progresivo a exigir que se cumplan “los derechos humanos” es la materialización discursiva del retroceso político e ideológico del movimiento obrero. Se ha pasado de defender las propuestas de un movimiento obrero a la ofensiva tales como la jornada laboral de 35 horas, la democracia en las empresas, la rebaja de la edad de jubilación o la nacionalización de la banca a hacerlo con una Declaración Universal de los Derechos Humanos que reconoce el derecho a la propiedad privada, explicitando que “nadie podrá ser arbitrariamente privado” de ella.

Garzón defendería, en realidad, que como el capitalismo da cada vez menos margen para poder acometer estas reformas, bastaría con luchar por ellas para transitar al socialismo. Es más, bastaría con defender los Derechos Humanos, pues estos impugnan “el sistema capitalista mismo”. Sin embargo, esta vía no ha dado resultados prácticos cuando ha tenido la ocasión de hacerlo. Así hemos visto cómo en Grecia este escaso margen, lejos de impugnar al sistema capitalista, ha transformado al principal valedor parlamentario de estas reformas (el izquierdista partido Syriza) en el gestor de las políticas de austeridad de la Troika. De esta situación no se ha sucedido un despertar del pueblo, sino más bien un desánimo generalizado y una resignación de que deben conformarse con el mal menor.

En realidad, el problema es que la defensa de las reformas no nos lleva por sí sola al socialismo. Lo importante es el uso que hagamos de las reformas. Los marxistas-leninistas proponemos defender las reformas más progresivas firmemente, pero como un elemento inseparable y subordinado a la labor educativa y política de promover nuestro programa revolucionario y de la necesidad de una nueva sociedad socialista.

Por todo esto, concretamos que la manera más adecuada de expresar este vínculo entre lo revolucionario y lo inmediato pasaría por conformar un programa político con dos partes, una máxima y otra mínima. El programa máximo haría una propuesta política sobre cómo concretar la conquista del poder por la clase obrera y la construcción del socialismo, mientras que el programa mínimo debería condensar las aspiraciones económicas y democráticas más avanzadas de las masas en su lucha actual. Entre estas luchas tenemos desde la defensa de los derechos sociales y laborales, pasando por la nacionalización de los sectores estratégicos, hasta la reivindicación de la república democrática. Este programa debería servir como material educativo para organizar a la clase obrera y permitirle descubrir los límites de sus luchas inmediatas, a la vez que encontrar bajo la propuesta comunista la alternativa para su plena realización.

La labor de los comunistas es propagar el comunismo. Esto puede parecer una obviedad, pero tiene una importancia crucial para que se comprenda nuestra crítica. Los comunistas sólo difundimos las reclamaciones democráticas, sindicales o “reformistas” con el objetivo de poder explicar que la realización plena de las mismas se podrá dar bajo el nuevo sistema político, económico y social que proponemos, nunca para imbuir falsas ilusiones de que estas demandas pueden conquistarse de manera permanente bajo el actual régimen. La lucha por la conquista de estas mejoras dentro del régimen existente es algo que ya hacemos las y los obreras/os en reacción a las miserables condiciones de explotación y opresión a las que nos someten los empresarios y banqueros. Nuestra tarea como comunistas tiene que ser la de propagar el programa comunista, y para eso lo conectamos con las reivindicaciones justas y progresivas de las masas en lucha. Además, la propia experiencia histórica ha demostrado que, a medida que esta labor de difusión del comunismo se desarrolle más entre las y los obreros, su lucha por las reformas se verá paradójicamente fortalecida, pues la fortaleza del marxismo-leninismo dentro del movimiento obrero servirá como herramienta que dará más cohesión y fortaleza a las masas en su lucha diaria contra los patronos y el gobierno.

Es necesario señalar que, para los marxistas-leninistas, la lucha por las reformas también sirve como una herramienta de descomposición de nuestro enemigo de clase (los burgueses). Si entendemos que su margen de maniobra es cada vez menor, la existencia de organizaciones sindicales o sociales fuertes que luchen por determinadas reivindicaciones estrecha aún más este escenario. Bajo la condición de una propagación de los principios comunistas y el florecimiento de un partido político obrero que luche por tomar el poder este debilitamiento sí acerca y facilita la transformación revolucionaria de la sociedad en socialista.



El medio natural del comunismo: el centro de trabajo

Garzón finaliza su artículo haciendo una reflexión sobre cómo germina el comunismo en la sociedad moderna y cómo se articula la resistencia a las políticas capitalistas. Para ello hace referencia a una metáfora de Jean Baudrillard, donde mediante un paseo por el centro comercial se produce una falsa sensación de que todos somos iguales. Él ya manifiesta que: “Nada más lejos de la realidad, de esa realidad que palpamos en nuestras calles. Porque es ahí donde averiguamos que no sólo hay ricos y pobres sino también trabajadores y rentistas, y que por mucho que la estructura social de nuestras sociedades modernas se haya complejizado no dejamos de dividirnos en función de una distinta dependencia de nuestras propias capacidades y cuerpos”. De esta diferencia él continúa afirmando que “"este es el asunto más incontestable acerca de la actualidad del comunismo. Allá donde haya explotación, habrá lucha, y donde haya opresión, habrá resistencia. No importarán las etiquetas, ni tampoco la diversidad de los sujetos. Allá donde la explotación derive en miseria, desigualdad, desahucios, carencias básicas y otros obstáculos para el desarrollo de una vida en libertad, habrá contestación"

El político malagueño acierta cuando señala que existe la lucha de clases y que esta se puede identificar en diferentes dimensiones de la vida cotidiana. Es cierto que en el consumo en el en centro comercial o el mercado palpamos las diferencias de clase. Esto ocurre también en las escuelas o incluso en otros espacios de socialización donde nos mezclamos con personas de diferente extracción social. Sin embargo, esto sirve para el ámbito académico. Nuestra pregunta es, ¿cuáles ámbitos y aspectos de la vida social permiten una acción política práctica que nos acerque al comunismo?

Cuando Garzón habla de “diversidad de sujetos” encuentra la gran contradicción a su comunismo, que no manifiesta ser obrero, sino “popular” (en el sentido más amplio del término). Para él el comunismo es la expresión de la resistencia de todas aquellas personas y sectores sociales perjudicadas de una manera u otra por el capitalismo y el gobierno de los monopolios. Es cierto que el capitalismo no sólo perjudica a la clase obrera, sino que también lo hace con intelectuales, artistas, estudiantes, jubilados, etc… Lo que no es cierto es que el comunismo sea la propuesta política de todos estos sectores. En realidad, el comunismo es la propuesta política de la clase obrera, que se lanza a la lucha por el poder político, para combatir contra el resto de clases y sectores sociales que se resisten al objetivo de construir una sociedad sin clases.

Por eso sería más acertado comentar que, aunque la lucha de clases atraviesa las diversas facetas de la vida cotidiana, es en los centros de trabajo dónde se expone más claramente el fundamento de un sistema económico que se reproduce a costa de apropiarse del trabajo producido por las/os obreras/os durante su jornada laboral. Es en este ámbito dónde debemos asegurar que propagamos el marxismo, para lograr así que los sectores más avanzados y conscientes de la clase obrera se incorporen a la lucha por el comunismo. Además, desde un sentido práctico serán los centros de trabajo desde dónde emergerá la nueva sociedad, pues es desde donde el fundamento del socialismo de la propiedad colectiva de empresas y bancos deberá hacerse primero efectivo una vez la clase obrera haya logrado conquistar el poder político.

Es por esto que proponemos que la prioridad de la difusión del comunismo sean los centros de trabajo. Lo hacemos porque entendemos que en este espacio es dónde encontraremos a los más interesados y más capaces de poder llevar a la práctica la lucha comunista. Una vez los obreros más avanzados hacemos nuestro el marxismo podemos organizarnos como partido político propio, en defensa de los intereses para el conjunto de nuestra clase. Es en los centros de trabajo (principalmente en los más grandes, estratégicos y fabriles) dónde la clase obrera puede constituirse como partido político, uniendo primero a todas y todos los obreros y luego al resto de capas populares en la lucha por una sociedad comunista.

Esto no significa, obviamente, que el desarrollo del comunismo se limite a los centros de trabajo. Una vez el marxismo arraiga en los centros de trabajo, la clase obrera tendrá herramientas para lanzarse políticamente a la conquista del conjunto del pueblo, colocando tras de sí a otros sectores y clases sociales perjudicados por el capitalismo y utilizando sus luchas para derrocar el régimen capitalista y sustituirlo por uno socialista.

Como podemos ver, la clase obrera se relaciona con otros sectores sociales, a los que incluso puede incorporar a la lucha por el comunismo. Sin embargo, lo fundamental es que el comunismo se expresa tanto teórica como políticamente como un proyecto de la clase obrera por acabar con la sociedad de clases, por eso mismo todos estos sectores se suman a las filas del comunismo sólo cuando han aceptado defender este cometido, aún a costa de hacer desaparecer sus diferencias y privilegios de clase. Cuando no aceptan estas condiciones, los comunistas llegan a acuerdos con estas clases y sectores sociales, pero en ningún momento renuncian a su independencia política (esto es, a defender el programa comunista y los intereses de la clase obrera)

Si somos capaces de clarificar qué entendemos por comunismo, cómo articular las vías para que éste prenda entre las masas obreras, desarrollar las formas de transición entre las luchas inmediatas y la revolucionaria y concretarlo todo en un plan de construcción partidaria estaremos un poco más cerca de lograr nuestro tan necesario cometido histórico.

http://trabajodemocratico.es/content/algunos-somos-marxistas-leninistas-una-respuesta-alberto-garz%C3%B3n
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Re: Algunos somos marxistas-leninistas (Una respuesta a Alberto Garzón)

Mensaje por Argala82 el Mar Mayo 31, 2016 7:25 pm

Algunos somos comunistas, Albertó Garzon

Alberto Garzón, Izquierda Unida - Unidos Podemos escribió:
“Soros es también un filántropo, es decir, una persona que dona gran parte de sus ingresos y riqueza a causas solidarias. Al estilo Bill Gates. Cabría esperar que, en cualquier caso, Soros fuera un fanático defensor de un sistema y de una forma de concebir la economía que tanto beneficio le ha proporcionado en las últimas décadas. Sin embargo, en realidad Soros se declara adversario del pensamiento económico convencional y de la desregulación financiera desmedida. Pero sobre todo, Soros realza el valor explicativo de la teoría económica marxista. Ni más ni menos.

Soros no es comunista ni es mi ideal de economista, por supuesto, pero sabe distinguir entre la herramienta para entender el sistema económico capitalista (la teoría económica marxista) y la aplicación práctica de políticas socialistas basadas en la crítica al capitalismo (el comunismo real o como cada uno prefiera llamarlo). Sorprende, de hecho, que como economista hable de “sistema capitalista”, algo que hoy en día casi ningún economista no heterodoxo hace (revisen los periódicos o los blogs de economistas liberales y busquen el concepto en cuestión).

Quizás todo esto debería hacernos reflexionar acerca de por qué el marxismo dejó de ser estudiado como teoría económica válida en las facultades de economía, y desapareció incluso de asignaturas optativas o de libre elección, y sin embargo existen economistas liberales que una vez se han hecho millonarios, aplicando las enseñanzas de Marx, reclaman el estudio del marxismo como vía para comprender mejor el mundo en el que vivimos. ¿No es por lo menos paradójico?”

http://agarzon.net/la-teor%C3%ADa-econ%C3%B3mica-marxista-aplicada-por-un-especulador/

Este es el comunista de Izquierda Unida, con el PCE, que va a traernos el cambio, la política contraria a la derecha, sin austeridad ni deuda, y sin especuladores ni corruptos. Para amigos y defensores como este, me quedo con los enemigos, al menos se de que van, esta bien el articulo pero hay que ser mas duro con estos elementos tan falsos.
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Re: Algunos somos marxistas-leninistas (Una respuesta a Alberto Garzón)

Mensaje por Jechu el Mar Mayo 31, 2016 9:19 pm

Ya veo que usted se queda con los enemigos y además no sabe leer. Ya que Grazón lo único que hace en ese extracto es decir una verdad como puños. Que los grandes capitalistas saben más de marxismo que los autoproclamados comunistas. Y para muestra un botón:

Argala82 escribió:Este es el comunista de Izquierda Unida, con el PCE, que va a traernos el cambio, la política contraria a la derecha, sin austeridad ni deuda, y sin especuladores ni corruptos. Para amigos y defensores como este, me quedo con los enemigos, al menos se de que van, esta bien el articulo pero hay que ser mas duro con estos elementos tan falsos.

Esta vez le ha salido mal el intento de desprestigiar a Garzón.

Un saludo
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Re: Algunos somos marxistas-leninistas (Una respuesta a Alberto Garzón)

Mensaje por Argala82 el Mar Mayo 31, 2016 10:29 pm

Que enemigos?Que dices?

El autoproclamado comunista es Albertó Garzon, y se le olvida detalles sobre la fortuna de Soros y su filantropía: ong's para la desestabilización y derrocamiento de gobiernos, desde los antiguos países socialistas como Yugoslavia hasta el Maidan de Ucrania, gracias a gente como este especulador tienen guerra y un gobierno nazi que arruina y vende el país; su responsabilidad detrás de las crisis de países asiáticos, a costa de su ruina se lleno los bolsillos; open society, etc; Garzón pide medidas que beneficiarían a estos elementos como los eurobonos; etc, etc.

Que habrá burgueses que sabrán algo mas de marxismo y de lucha de clases que los que se autoproclamándose comunistas o de izquierdas como Garzón, seguro, y así es como pintan a Soros: como si fuera Papa Noel.
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Re: Algunos somos marxistas-leninistas (Una respuesta a Alberto Garzón)

Mensaje por Jechu el Miér Jun 01, 2016 12:07 am

Vamos, que no ha entendido nada del texto de Garzón...

Por si acaso vuelvo a colocarlo, no sea que acabe bajo montañas de spam.

http://agarzon.net/la-teor%C3%ADa-econ%C3%B3mica-marxista-aplicada-por-un-especulador/

Un saludo.

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Re: Algunos somos marxistas-leninistas (Una respuesta a Alberto Garzón)

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