El existencialismo, Jean-Paul Sartre, y su pluma al servicio de la cultura burguesa

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    najibulah
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    El existencialismo, Jean-Paul Sartre, y su pluma al servicio de la cultura burguesa

    Mensaje por najibulah el Lun Jun 22, 2015 4:46 pm

    Documento para el debate.
    Tomado del Blog Bitácora Marxista Leninista.

    Veamos una descripción del carácter de las obras de Sartre en 1948:

    «Los reaccionarios temen como al fuego el movimiento de las masas populares, que luchan por su futuro mejor. Por eso su literatura predica a renuncia a la actividad social del hombre, desarrolla temas asociales con el fin de privar al hombre de su voluntad.

    A la abigarrada agencia literaria de la reacción pertenecen escritores estadounidenses como el dramaturgo O'Neil, el autor de novelas pornográficas Miller, el renegado Dos Passos. La degeneración intelectual es inspirada por la «nueva filosofía» tipo Sartre, que anhela que el hombre «camine a cuatro pies». La vil profanación de la vida del hombre se conjuga en estos autores con el misticismo, con la lucha feroz frente a la razón y con el ensalzamiento de lo irracional. El místico y esteta Elliot rigente de los decadentistas ingleses, conocido por sus simpatías profascistas, se presenta así: «Somos hombres vacíos, hombres rellenos de paja».

    Estos abortos quieren arrancar al hombre la posibilidad de pensar razonablemente. Cumplen el encargo de sus amos, que no sueñan más que con transformar a los trabajadores en autómatas.

    Pero ¿qué significa presentar al hombre como un ser asocia cuya actividad carece de todo estímulo racional? Significa colocar a la fiera en el lugar del hombre. La literatura y el arte burgueses de nuestros las son, precisamente, una apología de lo animal.

    Un «poeta» francés proclama: «El hombre cree que él es la civilización; pero sigue siendo siempre un caníbal». Tales declaraciones no son otra cosa que un plagio de Hitler, quien deseaba que la juventud alemana; Pareciese a «jóvenes fieras salvajes». Las fieras eran necesarias al fascismo alemán. Las fieras son necesarias a los dueños de los monopolios norteamericanos para la realización de sus planes de dominio mundial. Los literatos, los escenaristas, los filósofos y los pintores reaccionarios están dispuestos a servir a amos. Elevan un pedestal a los esquizofrénicos y a los narcómanos, a sadistas y a los tratantes de blancas, a los provocadores y a los degenerados, a los gánsters y a los espías. Estos seres bestiales llenan las páginas de las novelas, los libros, las poesías, los fotogramas, de las películas. Son «héroes» a quienes se llama a imitar, cuyo ejemplo se incite a seguir.

    Si los chacales aprendiesen a escribir a máquina y las menas a utilizar la estilográfica, escribirían, seguramente, lo mismo qué los Henry Miller, los Elliot, los Malraux y demás Sartre. La reacción necesita la propaganda del crimen, de la degeneración de los instintos animales para convertir a las masas populares en mí arma dócil. K Por eso, en los Estados Unidos, al mismo tiempo que no se escatiman dólares para semejante propaganda, no se siente la menor inclinación en darlos para escuelas y menos aún para escuelas de enseñanza superior al servicio del pueblo». (Alejandro Fadeiev; La ciencia y la cultura en la lucha por la paz, el progreso y la democracia; Informe en el Congreso Mundial de Intelectuales para la defensa de la paz, celebrado en Wroclaw, 1948)

    Veamos qué líderes y a qué regímenes agradaban sus obras en 1952:

    «Como ahora apareció tan al desnudo la decadencia y podredumbre de la cultura burguesa y de sus voceros más calificados. Algunos intelectuales que en otros tiempos proclamaban y practicaban la llamada teoría del arte por el arte, se ven hoy imposibilitados de continuar realizando el viejo y conocido juego de la evasión ante los problemas político-sociales que les rodean por los cuatro costados, apareciendo cada vez más abiertamente como ideólogos y. propagandistas del capitalismo, como defensores de una clase condenada polla historia a la desaparición.

    Bajo el sucio manto de la cultura occidental se cobija una fauna de gentes turbias y ambiciosas, aventureras, tránsfugas, existencialistas, que invocando los principios de libertad, democracia y civilización –occidental, naturalmente–, escribiendo y hablando demagógicamente sobre los derechos del hombre, la independencia del espíritu, etc., lo que tratan es de idealizar el rapaz imperialismo norteamericano, ocultando sus planes agresivos y de dominación mundial y presentándolo como un elevado exponente de la democracia y la cultura.

    Gritando contra las fuerzas de la paz, del progreso y de la auténtica cultura, contra la Unión Soviética, las democracias populares y los pueblos; tratando de deformar groseramente las grandes conquistas de la ciencia, él arte y la cultura soviéticas, esos portavoces de una cultura prostituida muestran su servidumbre hacia los señores de Wall Street, para quienes la civilización no es más que una palabra invocada hipócritamente para enriquecerse y enmascarar los preparativos de guerra.

    Entre ellos se encuentran Sartre, pontífice del existencialismo, con sus náuseas y manos sucias; Malraux, con su teoría fascista de la geocultura y haciendo piruetas sobre la civilización atlántica; Silone, el tránsfuga, compadre de Saragat y servidos- como él de la reacción italiana; Dos Passos, cantando las intenciones pacíficas del imperialismo norteamericano y lanzando insultos contra la Unión Soviética; Montherland, apologista de la traición y viejo servidor de los nazis; Burnham, propagandista de la guerra preventiva contra la Unión Soviética; Cassou, admirador del fascista Tito; Koestler, especialista en infamias antisoviéticas; Camus, autor de «La peste, escritor del pesimismo y la desesperanza»; W. Vogt, con sus concepciones canibalescas del malthusianismo; Simone de Beauvoir, cuyas novelas sobre temas sexuales son calificadas de psicología glandular; J. P. David, servidor de los yanquis en Francia, cuya especialidad literaria es colocar carteles en las calles con citas falsas de Lenin y Stalin; H. Miller, novelista infrahumano y delirante, uno de los máximos exponentes de la degeneración de la burguesía norteamericana, que escribe monstruosidades como las siguientes:«Estamos condenados a perecer, no queda esperanza alguna para nadie. Y si esto es así, desencadenemos el último combate terrible, lancemos el grito de guerra. ¡Abajo los lamentas! ¡ Abajo las elegías y las músicas fúnebres! ¡Abajo las biografías, las investigaciones históricas, las bibliotecas y los museos! Que los muertos entierren a sus muertos. A los que aún viven. Bailemos sobre el cráter nuestra última danza monstruosa. (...)

    El Pardo y Belgrado mueven a sus agentes. Los señores de la guerra yanquis, los titoistas yugoeslavos y los falangistas se disputan las obras del existencialismo, tratando con ellas de envenenar y corromper a la juventud, de embrutecerla y de cerrarle todas las perspectivas, para utilizarla como carne de cañón en la guerra que preparan. En los Estados Unidos se multiplican las ediciones de esa clase de obras. El fascista Tito acaba de editar, y de pagar abundantemente, las más repulsivas novelas de Sartre. Franco puso a disposición de otro pontífice existencialista, Gabriel Marcel, la tribuna del Atened de Madrid, con la presencia del ministro de Educación y los elogios de los plumíferos de la Falange. Y en Madrid, los franquistas a través de la editorial E. P. E. S. A., publican y pagan con monedas manchadas de la explotación y la sangre de nuestro pueblo, las calumnias antisoviéticas de provocadores y agentes policíacos como el tal Castro, que dirige ese libelo titoista, donde se elogia el libro nacido en la mente de un escritor sin escrúpulos». (Juan Cuencia; La sala de espera de la Falange o los falsificadores de la historia, 1952)

    Queda bajo claridad meridiana demostrao a quién servían sus obras.

    Jean-Paul Sartre fue el creador del llamado existencialismo. Durante 1952-1956 parte del coro de intelectuales chaqueteros y oportunistas entre sus filas que estuvieron en la órbita del Partido Comunista Francés y que desertaron a partir del XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1956. Pese a su distanciamiento, el Partido Comunista Francés seguiría sintiendo una atracción ya que en sus obras se negaba el realismo socialista:

    «El realismo socialista no fue apoyado con fuerza y convicción por el Partido Comunista Francés. Una parte de los escritores, filósofos y críticos, miembros del partido, como Marguerite Duras y Claude Roy desertaron. Después que Nikita Jruschov lanzara sus calumnias contra Stalin, el Partido Comunista Francés vaciló y los primeros que capitularon fueron esta clase de intelectuales. Este partido lanzó la consigna de la: «completa liberación en el arte y la cultura», y los antiguos defensores del realismo socialista como Louis Aragon, André Stil, André Wurmser no solamente cambiaron de camisa, sino que se vendieron en cuerpo y alma al revisionismo. Así, los literatos pseudocomunistas franceses empezaron a sentirse atraídos por los Lukács, los Kafka, los Sartre. En todo el partido se dio inicio a discusiones críticas en la plataforma que deseaba la burguesía como por ejemplo: «¿cuál debe ser la correlación entre literatura e ideología?» o también: «¿qué forma debe admitirse en el arte?: ¿el sectarismo en la interpretación o el eclecticismo oportunista?» Rolland Leroy como una «autoridad» resumió que: «no puede haber arte específicamente proletario, ni arte que sea enteramente revolucionario». El Partido Comunista Francés, inmerso en el oportunismo y en el revisionismo, permitió que estas tesis antirrevolucionarias circulasen como aguas inmundas y se convirtiesen en tesis dominantes entre sus artistas y creadores». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

    Poco después fue un ferviente seguidor del «Pensamiento Mao Zedong» o revisionismo chino e incluso se hizo director de la revista china «La causa del Pueblo» ligado al partido Izquierda Proletaria, un grupo maoísta con altas dosis de anarquismo, luxemburguismo y en resumidas cuentas espontaneísmo.

    En Sartre por tanto vemos una admiración por la vena anarquista de Mao Zedong más enfatizada durante los años de la «revolución cultural» china:

    «La burguesía, asimismo, reconoce el valor de China, de Mao, del «pensamiento Mao Zedong» y lo propaga. A cualquier grupo revolucionario, a cualquier partido comunista marxista-leninista, incluso a cualquier grupo anarquista, como por ejemplo el de Sartre, la burguesía le aplica la etiqueta de «maoísta». Esto agrada a China y a Mao. China mantiene lazos con todos y les ayuda únicamente porque elogian a Mao y siguen su política confusa y desordenada. El antisovietismo se ha convertido en el único leit-motiv de la dirección china, y esto no sobre justas bases ideológicas, sino bajo la bandera del «pensamiento Mao Zedong» para dominar al proletariado y al mundo «comunista». (Enver Hoxha; El «pensamiento Mao Zedong»; Reflexiones sobre China, Tomo II, 28 de mayo de 1976)

    Lo gracioso es que entre la juventud, los estudiantes y los intelectuales sobre todo de los 60 y 70 estuvo muy de moda –y ahora en algunos parece que también– presentarse como «marxista» y admirador de este bastardo nacido de las más negras entrañas del capitalismo. Sartre, con existencialismo daba a sus seguidores un conocido antisovietismo y antistalinismo latente, cumplía el papel de inoculador de la desesperanza, la desesperación, el egoísmo, los vicios, y la apatía en la masas populares, en resumen una ideología degeneradora y que en lo sucesivo paraba la lucha de clases, un anarquista de tomo y lomo.

    Equipo de Bitácora (M-L)

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