El anticomunismo violento sigue vigente y activo en la Indonesia democrática

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    El anticomunismo violento sigue vigente y activo en la Indonesia democrática

    Mensaje por surfas el Sáb Mar 21, 2015 2:39 pm

    Los encuentros de las víctimas de la purga anticomunista de 1965 han sido atacados recientemente por grupos violentos en West Sumatra y en Central Java

    Una multitud violenta atacó a las 200 víctimas que estaban reunidas en Bukittinggi, West Sumatra. Las víctimas estaban celebrando el 15 aniversario del YPKP 65, la organización que reivindica justicia para las víctimas de la violencia y asesinatos de 1965-66 [después del golpe militar del general Suharto el 30 de septiembre de 1965].

    Unos días después, a causa de las protestas de grupos islámicos, la policía en Solo, Java Central, suspendió una reunión convocada por otro grupo de víctimas. El Secretariado Conjunto ’65 iba a tratar sobre las necesidades de salud de las víctimas y cómo el Estado podía ayudar. Entre los conferenciantes había representantes de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y del Instituto para la Protección de Testigos y Víctimas.

    La organización había convocado previamente numerosas actividades destinadas a favorecer la reconciliación. Pero un día antes de la reunión, la policía de Solo les comunicó que no estaban autorizados para realizarlas.

    Cerca del lugar de la reunión se desplegó una pancarta que decía:

    “Los musulmanes rechazan el resurgimiento del Partido Comunista en cualquier forma“

    La policía no impidió las acciones de los grupos que, con violencia, hicieron imposible los encuentros.

    Cortar el apoyo de la sociedad

    El ataque de Solo es un intento de aislar la organización e impedir que tenga el apoyo de la sociedad. El presidente indonesio Joko "Jokowi" Widodo, quien dio luz verde a las actividades del Secretariado Conjunto ’65 cuando era alcalde de Solo, no ha condenado estos ataques anti-democráticos.

    El Secretariado Conjunto ha trabajado con otras organizaciones locales y con las autoridades municipales de Solo. El sucesor de Jokowi, F.X. Rudyatmo, también había apoyado las actividades del grupo.

    Durante la campaña electoral de 2014, el mismo Jokowi fue acusado de ser comunista. Estas acusaciones contra organizaciones y personas no son nuevas. El anti-comunismo está bien vigente en Indonesia por varias razones.

    Prohibición legal del pensamiento marxista en Indonesia

    Un decreto parlamentario del 1966 que ilegalizaba el Partido Comunista de Indonesia (PKI) y al marxismo-leninismo sigue vigente. El PKI era un partido de masas que agrupaba a millones de indonesios, pero estaba enzarzado en enfrentamientos políticos con el ejército indonesio.

    Cuando [en el 1965] un grupo formado predominantemente por militares, llamado Movimiento 30 de septiembre, secuestró y asesinó la cúpula militar, el ejército culpó al PKI como un pretexto para destruir al partido. El general Suharto asumió la presidencia después que el partido fue ilegalizado y el presidente Sukarno depuesto en un golpe de estado militar.

    El decreto del parlamento sigue vigente sobre el papel, aunque en general las publicaciones sobre marxismo y el PKI se venden libremente en el país. Para terminar con los ataques arbitrarios a las personas y organizaciones acusadas de ser “PKI”, dicho decreto debe ser abolido para terminar con su indefensión legal.

    Cuando el ya difunto ex presidente Abdurrahman "Gus Dur" Wahid habló de su intención de derogar el decreto, tuvo que hacer frente a una gran oposición. Una de las fuentes de oposición era el Nahdlatul Ulama (Despertar de los Estudiosos de la Religión o NU), la organización islámica más numerosa, de la cual Gus Dur era dirigente.

    NU apoyó las matanzas de los comunistas. Miembros de su organización juvenil, Ansor, fueron instigadores de la violencia en el este de Java. Las iglesias y organizaciones cristianas, tampoco condenaron decididamente las masacres. En algunas zonas participaron activamente en la violencia o apoyaron a los militares.

    Los diferentes niveles de implicación ciudadana han despertado temores en la sociedad sobre qué podría pasar si los sucesos de 1965 se investigaran abiertamente.

    Detrás del anticomunismo

    Cuando el ejército consiguió erradicar políticamente al PKI, algunos –no sólo el ejército– obtuvieron beneficios materiales de la supresión de la izquierda. Mientras los acusados de ser comunistas estaban detenidos o asesinados, otros se apoderaron de sus propiedades y, a veces incluso de sus mujeres, en una práctica llamada “tomar la esposa”.

    Hay muchos intereses en juego para no desvelar la verdad sobre los acontecimientos de 1965, el papel de los militares y del PKI. Como resultado de las matanzas tuvo lugar una redistribución a gran escala de propiedades en el país. La toma de escuelas, hospitales, casas, otros edificios y tierras pertenecientes a las personas de izquierdas y a las organizaciones prohibidas como el PKI todavía tiene que ser reconocida e indemnizada. Los militares legalizaron estos robos con un decreto en 1975, que atribuye las propiedades del PKI al Estado.

    Una decisión de la Corte Suprema de Indonesia del 2007 emitió una sentencia donde se reconocía que el “Udayana Military Command” se había apoderado ilegalmente de las tierras del empresario balinés I Gde Puger, que fue asesinado en 1966. Algunas de estas tierras están actualmente ocupadas por el ejército en Denpasar. Pero los familiares de Puger tuvieron que probar que la acusación de comunista era falsa.

    Para las víctimas, sin embargo, lo más importante es la rehabilitación de sus nombres, no la indemnización económica. Muchos antiguos prisioneros políticos y sus familias han luchado para revelar la verdad sobre sus pasados “manchados” a causa de la dura discriminación que sufrieron bajo el régimen de Suharto.

    Muchos de ellos han trabajado incansablemente para ser rehabilitados. Y van a seguir luchando, a pesar de la orientación antidemocrática que Indonesia ha tomado con la última avalancha de ataques.

    Vannessa Hearman es profesora de Estudios Indonesios en la Universidad de Sidney. Su campo de investigación es la historia, en concreto en el área del activismo, movimientos sociales y la izquierda indonesia. Se doctoró con una tesis sobre la represión anti-comunista 1965-68 en Java Este, Indonesia, en la School of Historical and Philosophical Studies de la Universidad de Melbourne, donde se le otorgó la beca de Derechos Humanos de dicha universidad.

    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196771&titular=el-anticomunismo-violento-sigue-vigente-y-activo-en-la-indonesia-democr%E1tica-

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    Re: El anticomunismo violento sigue vigente y activo en la Indonesia democrática

    Mensaje por surfas el Sáb Mar 21, 2015 2:46 pm

    Matar comunistas

    Higinio Polo
    El Viejo Topo


    Una vieja película de hace treinta años, The Year of Living Dangerously (El año que vivimos peligrosamente, basada en una novela de Christopher Koch), presentaba, de forma equívoca y tramposa, la Indonesia de 1965 inmersa en un supuesto intento de golpe de Estado comunista contra el presidente Sukarno (el histórico dirigente de la independencia), cuando, en realidad, fue el ejército indonesio, dirigido por el general Suharto, y con el apoyo norteamericano y la ayuda logística de la CIA, quien protagonizó un sanguinario golpe de Estado que culminó con una matanza de dimensiones aterradoras: todavía se discuten las cifras, pero la mayoría de fuentes hablan de alrededor de un millón de militantes comunistas asesinados. Además, fueron encarcelados más de un millón y medio de personas, entre ellas, por citar alguna, el escritor comunista Pramoedya Ananta Toer, el más célebre autor indonesio.
    En 1965, el Partido Comunista Indonesio, PKI, tenía una gran implantación en el país: contaba con más de tres millones de miembros y un enorme apoyo electoral, siendo el partido comunista más fuerte y numeroso del mundo, tras el chino y el soviético. Sus buenas relaciones con el gobierno de Sukarno y su determinante influencia en el país lo situaron en el centro de las preocupaciones de Washington y Londres. Tanto el gobierno británico del laborista Harold Wilson como el norteamericano de Lyndon Johnson impulsaron el golpe de Estado de Suharto, hasta el punto de que su desarrollo fue planificado en Londres y Washington, cuyos gobiernos y servicios secretos participaron incluso en la elaboración de listas de relevantes miembros del Partido Comunista que debían ser asesinados: hoy sabemos, por ejemplo, que el MI6 británico y la CIA facilitaron a los militares indonesios una lista con cinco mil miembros destacados del partido comunista que debían ser asesinados. No hubo límites para la matanza. Aunque los militares de Suharto mataban a destajo, no era suficiente: así, para “matar a todos los comunistas”, los militares reclutaron también a criminales, asesinos, ladrones y delincuentes que ayudaron en la orgía de sangre y muerte en que los matarifes sumergieron a Indonesia.

    Hoy, tres décadas después de aquella película, un documental (The act of killing), de Joshua Oppenheimer, vuelve a poner ante la mirada del mundo una de las mayores matanzas de la historia contemporánea. Uno de los asesinos confesos que aparece en él, Anwar Congo, tiene un destacado protagonismo en el documental, y revela que mató a varios centenares de comunistas. No muestra el más mínimo arrepentimiento, como los demás verdugos. Los asesinos explican el problema que les causaba la abundancia de sangre: manchaba todo, y olía mal, así que aprendieron a matar estrangulando a las víctimas con alambre; ataban un extremo, envolvían el cuello de la víctima, y el verdugo estiraba con un palo desde el otro extremo. No hay pesar, ni dolor, en ellos: los asesinos se jactan de sus actos, orgullosos, seguros de ser los héroes del país. Nunca se juzgaron los hechos, jamás se puso a uno sólo de los asesinos ante un tribunal, nunca se discutió la matanza en el país, y, todavía hoy, el gobierno de Yakarta ignora las escasas reclamaciones de las víctimas porque el recuerdo del horror está grabado a fuego en la memoria colectiva.

    Las matanzas no eran una novedad en Indonesia. La administración colonial holandesa ya persiguió y encarceló a los comunistas, antes de la Segunda Guerra Mundial. Miles fueron arrojados a las prisiones. Aunque las matanzas holandesas en 1945, para recuperar el control del territorio, no pudieron impedir la liberación del país, se distinguieron por su crueldad: el militar holandés Raymond Westerling destacó en la represión feroz: distintas fuentes hablan de decenas de miles de ejecuciones. También los bombardeos británicos y holandeses sobre la población civil en Surabaya, en noviembre de 1945, causaron veinte mil muertos.

    Las viejas Indias holandesas habían tenido que ceder el paso, en 1949, a la proclamación de la independencia de un gigantesco rompecabezas. Sukarno declaró la independencia desde su propia casa. Tras ella, la CIA comenzó a operar con grupos anticomunistas para combatir al gobierno de Sukarno, una inestable coalición de diversas fuerzas donde destacaba el Partido Comunista. El gobierno de Eisenhower apoyó insurrecciones a finales de los años cincuenta, y, en octubre de 1965, cuando Suharto protagoniza el golpe de Estado (¡con el pretexto de impedir un golpe comunista!), la colaboración de la embajada norteamericana es patente: facilitan información, y suministran equipos de comunicación e incluso armas. Está dirigida por Marshall Green, un colaborador de John Foster Dulles, con experiencia diplomática tras haber trabajado en Corea del Sur durante el golpe de Estado que llevó al poder al general Park Chung Hee. Suharto y los militares se hacen con el poder, aunque, en los primeros meses, mantienen a Sukarno en la presidencia, con una función apenas decorativa. Todavía se desconocen muchos detalles de la trama conspirativa por el silencio impuesto a la matanza, que ha llevado a calificarla como “el genocidio oculto”, aunque no hay dudas de la implicación estadounidense y británica, hasta el punto de muchos comunistas serán asesinados en instalaciones de empresas petrolíferas norteamericanas.

    Washington apoyó también la invasión de Timor oriental, con el acuerdo de Gerald Ford y Henry Kissinger, que causó otra matanza de cien mil personas, asesinadas por los militares indonesios. El Nuevo Orden de Suharto, una feroz dictadura, duraría más de treinta años, siempre con el apoyo estadounidense, aunque Washington no dudaría en dejar caer al dictador en mayo de 1998, a la vista de las protestas y del irremediable hundimiento político de su protegido. Suharto jamás pagó por sus crímenes, y murió, sin ser molestado, en 2008. Su régimen fue una empresa de ladrones que saqueó el país, dejando además una cuantiosa deuda, y que facilitó la codicia de las empresas multinacionales, que causó tales estragos en la naturaleza que han destruido buena parte de sus bosques y ríos. Las presidencias de Habibie (vicepresidente con Suharto), del islamista Wahid, y de Megawati Sukarnoputri, hija de Sukarno, dejaron paso, en 2004, a un general del ejército, Susilo Bambang Yudhoyono, que nunca había manifestado la menor crítica a Suharto y su régimen. En 2009, con apoyo islamista, Susilo (o SBY, como es conocido en el país) fue reelegido por gran mayoría, con apoyo islamista.

    Indonesia, que cuenta hoy con casi 250 millones de habitantes, es uno de los gigantes del planeta, aunque su influencia política no guarde relación con su tamaño. Es un universo de más de dieciocho mil islas, que se extiende a lo largo de cinco mil kilómetros desde el Mar de Andamán hasta Australia. Más de la mitad de la población tiene menos de treinta años, y hace casi una década que Susilo Bambang Yudhoyono es presidente del país. El Islam es ampliamente mayoritario: agrupa a más del ochenta por ciento de la población, aunque Bali, por ejemplo, es budista. En Java, el Islam parece amable, pero las persecuciones no están lejanas y los odios religiosos no han desaparecido. Pese a todo, la convivencia entre islamismo, budismo, cristianismo e hinduismo, además de otras religiones menores, se mantiene. Durante la revuelta contra Suharto, en 1998, se produjeron persecuciones y terribles asesinatos contra la minoría china, asentada en el país desde hace siglos, en Yakarta, Solo y en otras ciudades. Muchos comerciantes chinos vieron sus casas y sus negocios arrasados, y, en el barrio chino de Glodok, cerca del viejo puerto de Yakarta, los crímenes, la degollina y las violaciones se multiplicaron, como si fueran los días de la matanza de comunistas de 1965, hasta el punto de que muchas calles fueron arrasadas, y las casas quemadas en un estallido de locura y de odio.

    De las miles de islas, Java es la más poblada, el corazón de Indonesia. De hecho, más de la mitad de la población del país vive en ella, isla que tiene una extensión similar a la de Grecia, convirtiéndose así en una de las zonas más densas del mundo. La cultura javanesa articula la moderna idea de Indonesia, un país, de hecho, creado por el movimiento de independencia contra Holanda, donde confluirán el nacionalismo, el islamismo político y las corrientes laicas como la representada por el Partido Comunista. Hoy, conviven múltiples religiones, herencias culturales, idiomas y tradiciones, y subsisten entidades políticas propias del pasado, como el sultán de Yogyakarta, quien continúa desempeñando un papel relevante, gracias a su apoyo a la rebelión contra los holandeses, de forma que, tras la independencia, le fue reconocido un estatus especial y su condición de gobernante vitalicio. Sri Sultan Hamengkubuwono IX, que reinó hasta 1988, es recordado y honrado, como otros sultanes, en el Kraton, el palacio, en salas donde guardan cuadros representando a los soberanos de Yogyakarta, pese a su evidente complicidad con la dictadura fascista: bajo el dictador Suharto, Hamengkubuwono fue vicepresidente del país. Su hijo gobierna hoy el sultanato, en una muestra de que los herederos de la dictadura siguen controlando Indonesia.

    Yakarta se ahoga en el humazo pestilente de un tráfico enloquecido que devora a una ciudad de diez o doce millones de habitantes (dicen, ni siquiera el gobierno lo sabe con exactitud). Gigantescas autopistas atraviesan la urbe, como si fueran cicatrices profundas grabadas en su cuerpo por un dios cruel. Es una ciudad dura, inhóspita, que ni siquiera cuenta con agua potable, como muchas de las ciudades indonesias, de manera que los visitantes son advertidos en los hoteles de los peligros que corren. El viejo puerto de Yakarta, en Pelabuhan Sunda Kelapa, conserva muchas goletas de madera, como en el siglo XIX, que continúan utilizándose, y sus cargamentos siguen siendo desembarcados por sudorosos estibadores semidesnudos que acarrean fardos y arrastran carros, como si el desarrollo fuese una noción del futuro que aún debe llegar aquí. Al lado, a unos centenares de metros, están fondeados algunos yates de los plutócratas de hoy. En la vieja Batavia colonial, la actual Kota, las mansiones se hunden, y, en la plaza Taman Fatahillah, las bicicletas con pamelas de colores estacionadas sugieren un presente risueño que es sólo un espejismo. Atrás, en Kali Besar, el canal está lleno de basura, que llega hasta el viejo puente holandés, el único que subsiste, como si fuera un espectro, un delirio de Van Gogh perdido en la Yakarta de nuestros días. En los edificios arruinados y en las casuchas miserables, aquí y allá, se celebran los sesenta y ocho años de independencia, subrayada con sacos hechos con hojas vegetales trenzadas, con el rojo y blanco de la bandera, como los que sirven para cocinar las tortas de arroz.

    Los duros suburbios de Yakarta, envueltos en la contaminación asfixiante, son el refugio de millones de pobres, mientras los ricos se aíslan en sus barrios, como en Kemang, o en Pondok Indah, o en Kebayoran Baru, y ven crecer gigantescos centros comerciales como el de Mangga Dua, el más grande de todo el sudeste asiático, mayor que otros de países vecinos como Singapur, Bangkok o Kuala Lumpur. Los richsaws a motor envenenan el aire, muchos de los conductores llevan mascarillas, aunque eso no impide que algunos escupan los pulmones, mientras otros fuman cigarrillos kretek, mezclando tabaco y clavo, que esparcen el peculiar olor dulzón que inunda tantos lugares de Java. Con la estación de las lluvias, una parte de Yakarta se inunda, millones de personas que viven en barrios míseros quedan anegados por las aguas.

    Lejos de la capital y del estrépito desquiciado del desarrollo capitalista, en la maravilla budista de Borobudur, el sosiego y la paz tiñen de una suave melancolía los atardeceres cálidos, y en los templos hindúes de Prambanan las cañas de bambú se agitan ante las ruinas con el murmullo secreto de los siglos perdidos. Alineadas a lo largo del camino, parecían silenciosos seres de otro tiempo, observando los bloques de piedra negros, amontonados tras el terremoto, en un silencioso homenaje a tantas víctimas de Suharto, como si fueran los sillares del memorial del holocausto de Berlín, de Eisenman, que puso junto al Reichstag y el Tiergarten. En el templo de Sewu, las ruinas ordenadas crean callejones parecidos a los de Eisenman, con bloques desiguales, inestables, inclinados. Más allá, los almacenes de piedras, bloques, dioses, bueyes, leones, fuentes y pedestales.

    Todavía hoy, el terror amordaza las bocas de millones de personas. El Partido Comunista fue, literalmente, exterminado; como dice uno de los asesinos que aparece en el documental de Joshua Oppenheimer: “En Indonesia matamos a todos los comunistas. Eso fue lo que pasó.” En Java, en Sumatra, en Bali, ríos de sangre corrieron por las calles de pueblos y ciudades, hasta que los matarifes aprendieron a matar de una forma más limpia, evitando que la sangre salpicase todos los rincones del país. Los asesinos fueron aclamados como héroes, y siguen siendo celebrados por el poder, por la prensa y la televisión. Los miembros de los escuadrones de la muerte que aterrorizaron el país en 1965 y 1966 viven tranquilos y respetados; y los carniceros se enorgullecen de “haber matado a todos los comunistas”. Eso es lo que hicieron, matar a todos los comunistas. Anwar Congo, el carnicero que aparece en el documental de Oppenheimer, confiesa, satisfecho, que mató con sus propias manos a más de mil personas. Los asesinos siguen celebrando sus actos.

    El carnicero Suharto y los militares cómplices perpetraron una de las mayores matanzas de la historia, pero no fueron los únicos responsables. Tipos insignificantes y sanguinarios como Anwar Congo, y tantos otros, colaboraron en la masacre, y muchos ciudadanos honestos cerraron los ojos, aterrorizados, y nunca volvieron a hablar. Estados Unidos fue cómplice y protector de los asesinos, y sus periódicos jalearon la carnicería: nunca su parlamento ni sus gobiernos se interrogaron sobre esa apocalíptica matanza, que fue calificada, celebrándola, por The New York Times, como “un destello de luz en Asia”. Todos los gobiernos que se han sucedido en Yakarta desde entonces han sido cómplices del silencio, y el régimen corrupto levantado por los herederos de Suharto sigue defendiendo la impunidad de los asesinos.




    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=176467

      Fecha y hora actual: Sáb Dic 10, 2016 11:24 pm