CUBA: LA ACTUALIZACIÓN Y EL FANTASMA QUE RECORRÍA EUROPA

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Mensaje por La Brujula el Miér Ene 07, 2015 3:32 pm


LA ACTUALIZACIÓN Y EL FANTASMA QUE RECORRÍA EUROPA
Escrito por Orlando Márquez.

En algún lado escuché un chiste “soviético”, creo que de la era de la perestroika. Era más o menos así: Ante la grave crisis económica, el camarada jefe del Partido en la región decidió abrir un nuevo centro nocturno para recaudar divisas, la oferta incluiría también bailarinas ligeras de ropa. Transcurrido algún tiempo, se convoca una reunión de evaluación y se comprueba que los resultados no eran los esperados, los turistas se retiraban enseguida y las recaudaciones eran mínimas. “¿Han hecho los análisis de rigor, de la calidad del servicio ofrecido y de las bailarinas?”, preguntó el camarada jefe y convocante de la reunión al camarada del Partido encargado de poner en práctica el experimento: “Ya lo hemos hecho camarada –respondió el inquirido–. Ofrecemos el mejor caviar y los mejores vodkas, y las camaradas bailarinas han sido seleccionadas de entre las más veteranas y confiables del Partido en el territorio. No entiendo por qué no logramos cumplir nuestro plan”.

Se trata del viejo dilema que surge con frecuencia al intentar aplicar métodos nuevos en estructuras viejas. “Nadie pone un remiendo de tela nueva en un vestido viejo –dice Jesús en el evangelio–, porque entonces el remiendo al encogerse tira de él, lo nuevo de lo viejo, y se produce una rotura peor” (Mc 2, 22). O como dice la sabiduría campesina: “No se puede amarrar mulo en ventana vieja”.

Evidentemente las personas no son telas ni ventanas viejas, son personas, seres humanos dotados de capacidad racional y, mientras vivan, con algo de esfuerzo pueden adaptarse a las nuevas circunstancias, pero esas adaptaciones no se dan por decreto, y no todos logran o desean adaptarse a las nuevas circunstancias. El camarada jefe del chiste, que tenía una visión más realista del contexto, rompió con ciertos dogmas inútiles y propuso métodos nuevos en correspondencia con las nuevas urgencias, pero se topó de lleno con las viejas estructuras partido-estatales, demasiado rígidas e ideologizadas para interpretar los nuevos tiempos y adaptarse a ellos. No todos estaban preparados para decidir por sí mismos y aportar ideas frescas a la novedosa propuesta.
La realidad supera al chiste. A la par con el lento avance de las reformas económicas o “actualización del modelo”, entre nosotros crecen tanto la emigración de jóvenes como el envejecimiento poblacional (crisis agudizada a mediano plazo), al tiempo que no falta el llamado de algunos economistas a acelerar de forma decidida el proceso de reformas. Lograr el progreso y mantener en mínimo la brecha entre los que tienen más y los que tienen menos es un reto grande, pero creo que una gran dificultad puede estar en otro lugar: ¿cómo convencer que se debe cambiar lo que fue concebido para no ser cambiado jamás? Ciertamente es muy difícil.

Quizás eso explique, o ayude a comprender –no justificar–, el lento avance de las reformas económicas en nuestro país. Hasta cierto punto, se comprende que haya motivos para proceder con cautela, si se mira la experiencia de la desaparecida Unión Soviética y todo el sistema socialista del Este de Europa. Incluso en la propia Unión Soviética, cuando algunos líderes del PCUS se planteaban la necesidad de reformar la política económica y modernizar al país, se encontraron con el mismo dilema, pues los cambios económicos implicaban cambios políticos. En realidad, cada cambio en el orden económico, por mínimo que fuera, para los líderes del sistema significaba un cambio en el orden político, y tenían razón. Entonces reducían el problema a elegir entre el progreso individual y social o mantener el control del Partido sobre toda la sociedad.

El Partido siempre optó por el control como dictaban los cánones, pero al final este también se perdió, porque cristalizado en su rigidez y falta de decisión oportuna, incrementó la crisis, primero económica, y después moral, social, política, total del sistema. También allí se añadía una particular complejidad decisiva: el nacionalismo de las repúblicas federadas que antes habían sido anexadas, cuya negativa a ser segundonas del centralismo del PCUS a favor de Rusia, crecía con el tiempo. Al final esta combinación del nacionalismo periférico y la debilidad económica del sistema, se impuso sobre el centralismo partidista, lo desconoció e ignoró, y este implosionó. La URSS no feneció apuñalada por la espalda, más bien murió como la madre que no supo ser, abandonada por patrias ajenas que una vez robó y amamantó, y por la propia patria que la parió y no supo cuidar, Rusia. La URSS murió deshidratada en medio de un salón lleno de sueros de glucosa, desconectada y rodeada de energía.

Aunque hemos visto entre nosotros expresiones y acciones de parte del gobierno que denotan voluntad para poner en práctica ciertas reformas económicas que urgen al país, estas son acompañadas de obstáculos y restricciones que impiden su éxito. Se trata de un “sí-pero-no” desconcertante, pero tal vez explicable. La explicación que encuentro, desdeñando segundas intenciones, la hallo en la excesiva preponderancia otorgada a aquel “fantasma que recorría Europa” a mediados del siglo xix, y que el joven Karl Marx –no había llegado a los treinta años– no solo bautizó, al nombrarlo comunismo científico, sino que además lo definió como garantía de felicidad perpetua para el obrero, proyecto sagrado e invariable para la posteridad que él mismo nunca vivió. Así lo asumió Lenin, cuya reinterpretación de la obra se impuso en todo el bloque socialista euroasiático, y llegó también a nuestra isla, como nueva religión. Pero los errores genéticos del proyecto han resultado decisivos.

No me gusta especular sobre la “historia” que no fue, pero al haber sido esta la propuesta que marcó buena parte de la historia real del siglo xx, y la nuestra, me he preguntado cómo habría sido esa historia si Marx hubiera pensado más bien en la “democracia del proletariado”, o tan solo en la socialización de los bienes y riquezas creados, que no es sinónimo de estatización general.

El diagnóstico de Marx sobre el capitalismo de su época es bueno, pero la cura que propuso resultó fallida al desconocer la verdadera naturaleza humana, por un lado, y por no prever que el mismo desarrollo ampliaba el progreso social, aunque no eliminara desigualdades o injusticias. Hizo bien en denunciar las barbaries del capitalismo incipiente de entonces, y sus esfuerzos generaron un movimiento que fue dando poder y respeto a los obreros. En realidad, lo que se ha conocido históricamente como “la izquierda”, ha tenido un peso importante en ciertas mejoras obreras y sociales. Pero Marx se equivocó al considerar que la abolición de la propiedad privada mediante la violencia obrera, y su posterior implantación como dictadura, sería el remedio definitivo de todos los males.

Creo que también se equivocaba al constreñir la cuestión de la libertad a la cuestión de la necesidad. Al intentar explicar –en El capital– que “el reino de la libertad solo empieza allí donde termina el trabajo impuesto por la necesidad y por la coacción de los fines externos”, y que solo puede florecer con “la reducción de la jornada de trabajo”, lo cual estaba vinculado a su pensamiento colectivista y a la implantación del comunismo, no solo supeditaba la libertad individual a la colectiva, sino que desconocía la libertad íntima del espíritu que busca incesantemente su autorrealización más allá, o con independencia, de las fuerzas materiales que actúen en la sociedad. La esencia de todo su pensamiento materialista y ateo debió inducirlo a una “redefinición” de la libertad humana, error fundamental en la práctica. Pero incluso condicionar esa libertad colectiva a un momento oportuno que ni él ni sus discípulos pudieron pronosticar, permite una restricción permanente a la libertad, lo cual es, además de injusto, contraproducente para la sociedad. Tampoco atinó al justificar la anexión de una parte de México por Estados Unidos, o en sus escritos sobre Bolívar y sobre los judíos. Igualmente se equivocó al “profetizar” en El manifiesto comunista que, al romper con el régimen tradicional de la propiedad, la revolución comunista supondría el fin de la religión. Era inteligente, no infalible, aunque haya sido idolatrado por muchos.

Con ese gen torcido que limita las libertades fundamentales se forjó la revolución de octubre de 1917. Se afirmaba que la libertad solo le sería suprimida a los explotadores, pero no fue así. En su obra El Estado y la revolución (1917), Lenin cita con frecuencia a Engels para afirmar que solo cuando haya desaparecido la clase capitalista por la violencia y la represión, “desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad” aunque no tuviera ni idea de cuándo sería eso, y reconoce que mientras dure el proceso revolucionario habrá represión, y “allí donde hay represión, donde hay violencia, no hay libertad ni democracia”. Y cuando en 1920, el socialista español Fernando de los Ríos le preguntó que cuándo podría pasarse “del actual período de transición a un régimen de plena libertad para sindicatos, prensa e individuos”, la repuesta del líder soviético fue lapidaria: “Nosotros nunca hemos hablado de libertad, sino de dictadura del proletariado…”, según anotaba el español en su libro Mi viaje a la Rusia sovietista (1921). Así comenzó el despertar del sueño, y se facilitó el camino al feroz estalinismo y, a la postre, al sufrimiento, la debilidad económica y debacle del Estado soviético.

Si consideraciones políticas como estas prevalecen o no son también “actualizadas”, pocas posibilidades tienen de triunfar las reformas económicas y sociales, aun la discriminatoria ley de inversión extranjera puede quedar a medias, y todo cuanto debe llevarnos a una situación de mayor prosperidad, independencia y soberanía económicas podría reducirse a palabras o letra impresa. Porque la historia ha demostrado que aquel fantasma que recorría Europa puede ser útil para asustar y expropiar a los ricos, no para crear una sociedad próspera.

La eliminación de algunas restricciones en los últimos tiempos en nuestro país ha resultado beneficiosa, al menos para una parte de la sociedad. Estos pasos señalan que la libertad individual es necesaria para el progreso personal y social, aunque el cuentapropismo muestra ya sus límites. Es necesario posibilitar mayores espacios de libertad, toda la libertad que contribuya al progreso material y espiritual de los ciudadanos y de la nación. Estamos a tiempo. Un modo de lograrlo es mediante el consenso social. Una muestra de este tipo de ejercicio fue la discusión pública de los Linea-mientos... No conocimos todas las propuestas ni si todas fueron incluidas, pero es una vía perfectible que se debe abrir a todo asunto de interés público. El problema es de todos, igual debe ser la solución.

La Doctrina Social de la Iglesia ha definido y defendido la función social de la riqueza, y sugiere que, sin desconocer el derecho a la propiedad y la prosperidad personal, se establezcan mecanismos legales que permitan que quien más tiene sea responsable del que tiene menos. No se trata de castigar a quien tiene más para estimular la dependencia de quien tiene menos, sino de socializar también la responsabilidad en el destino de toda la sociedad. Esto se logra con instituciones y ciudadanos que defiendan la justicia individual y social, porque es cierto que el capitalismo per se no soluciona males sociales, ni busca la democracia o la justicia, esa no es su función. Demócratas y justos son los ciudadanos, capaces de crear gobiernos, instituciones, asociaciones y leyes para domesticar el capital creado y ponerlo al servicio de todos pero respetando la libertad. De eso se trata.

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