Cómo era ser un DJ en la Rumania comunista

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Mensaje por WoochaMX el Jue Dic 11, 2014 5:39 am

Los occidentales tienden a imaginar ciudades bajo control comunista como deprimentes expansiones grises en donde la única forma de entretenimiento giraba alrededor de ver crecer tus uñas de los pies a través de tus calcetines rotos,  pero en la Rumania comunista había suficientes actividades para recordarle a los jóvenes que eran jóvenes, como el bordado o la carpintería, o—si vivías en el lugar indicado—fiestas de dance con todo y DJ, por no mencionar bolas disco.
Sorin Lupaşcu fue uno de esos DJs. El ahora 57-añero enseña aikido, pero de 1974 hasta 1996 organizaba y proveía el soundtrack a incontables fiestas rumanas, lo que significa que dominaba las tornas antes, durante y después de la revolución de 1989.
“Antes de los ochentas, las únicas fiestas que duraban hasta la mañana eran las privadas,” me dijo. “Marian, la oficial de policía local—un joven que se comía a todas las chicas con la mirada—solía decir, ‘Camarada Lupaşcu, ¿qué podemos hacer para asegurarnos de que no haya problemas esta noche?’ Y yo le decía, ‘Pues Marian, ¿qué tal si vienes y bailas un rato? Te daré ropa de civil y puedes decirles a las chicas que eres mi amigo.”
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La primera noche que Sorin organizó, en 1974, fue en una escuela de su pueblo natal Iaşi. Movió todas las sillas y mesas hacia los costados de la habitación y tomó prestado un reproductor de cassettes y unos cassettes de bootlegs de algunas bandas como Deep Purple, The Beatles, Jimi Hendrix y Pink Floyd. Con excepción a Floyd (“nadie bailó con ellos,” dice Sorin), todos amaron la música.
Siguiendo el éxito de lo que esencialmente fue un ensalzado baile escolar, Sorin decidió continuar realizando eventos—para hacer eso tuvo que conseguir su propia casetera. La mejor fuente de ingresos era trabajar en las líneas locales del tranvía, lo que el joven promotor hizo durante tres meses, hasta que ahorró suficiente dinero para comprar una casetera de unos rumanos que iban camino a casa de Libia. “Era grande y pesado, con dos bocinas—no una, como la mayoría que tenía la gente en esa época,” dijo. “Si lo pateabas, te lastimaba el pie. Tenerlo fue el mayor logro de mi vida.”
Lo siguiente que necesitó fueron unos cassettes propios, que a mediados de los setenta eran bastante difíciles de conseguir. La única música que sonaba en la radio era folklore local, fácil de escuchar, y canciones regionales comunistas—no exactamente el tipo de música que quería tocar en sus fiestas. De hecho sólo podía escuchar “buena música” en Radio Luxembourg y Radio Veronica, dos estaciones de radio piratas con base en Europa Occidental. Más adelante, como la mayoría de los jóvenes rumanos, se metió en Radio Free Europe, una radiodifusora anti-comunista que en sus comienzos, recibía fondos de la CIA.
Hacia finales de los setentas, música hecha específicamente para bailar—como las producciones de Giorgio Moroder para Donna Summer—sonaba por toda la radio, lo que llevó a la construcción de los primeros clubes nocturnos en Rumania y a una revisión radical del funcionamiento de noches de baile. Hasta entonces, no había lugares construidos especialmente para bailar, lo que significaba que Sorian había tenido que cargar con su propio equipo a cualquier venue en donde estaba bookeado.
Antes de las fiestas—que, para este punto, se realizaban en su mayoría en en secundarias locales—él y un amigo cargaban sus bocinas, tocadiscos y discos en un autobús. Más tarde, cargaba todo ese equipo a casa solo: dos bocinas, dos grabadoras de cinta magnética y una mochila llena de cassettes, discos, cables, un micrófono y un mixer. “Si me veías en la calle, pensarías que estaba loco,” se ríe.
Algunas veces, Sorin accidentalmente olvidaba algo—un cable, un micrófono, su cassette "Birdie Song". “Venían a preguntarme, ‘¿Tienes “Birdie Song”? ¿No? ¡Entonces no tienes ni madres!’ Así era—era muy duro,”se ríe Sorin. “Si necesitabas iluminación en el escenario necesitabas conocer a alguien en en la compañía ferrocarrilera que pudiera prestarte una luz de señal y una parada de tren, o tener a un amigo que trabajara en algún teatro en donde los técnicos pudieran prestarte papel de aluminio de colores. Las luces de colores.”
En 1979, fue la explosión de la música disco. Tanto ABBA como Boney M. y Bad Boys Blue eran enormes, el dúo alemán de synthpop Modern Talking estaba “estableciendo las reglas,” de acuerdo a Sorin. Para ese entonces, el DJ ya tenía cientos de cassettes y más de 300 mixes; compraba cassettes baratos en blanco en Bucarest y grababa canciones de la radio. Cada cassette se llamaba “Disco Set List” y estaban enumerados.
Más adelante, cuando se “dio cuenta de que las cintas magnéticas eran el futuro,” Sorin compraba grabaciones de gente que había viajado fuera de Rumania y grababa la música extranjera en cassette. Aún tiene los recibos para los paquetes. “Hice algunos cálculos y me di cuenta que estaba gastando lo suficiente como para comprarme tres carros Dacia cada año,” dijo. “Algunas de las primeras grabaciones que compré fueron Autobahn y Das Model de Kraftwerk.’
Sorin, quien para entonces era un estudiante de ingeniería electromecánica, ahora tenía suficiente música para tocar una semana consecutiva de noches sin repetir ni una sola canción—lo único que necesitaba ahora era un lugar en donde hacerlo. La universidad de química en Iaşi le dio permiso a Sorin de montar su equipo en sus dormitorios P1 y P2, un espacio que él nombró como Disco CH.
Sólo había un allave a la disco, y estaba en la posesión de Sorin. Pintó las paredes, cambió el cableado, compró un gabinete para almacenar seguramente todos sus discos, e invirtió en unas bocinas armadas especialmente para él por un estudiante de ingeniería eléctrica. No fueron bien hechas, pero Sorin y su equipo las montaron en las paredes de todos modos y las usaron hasta que se quemaron. Luego hicieron más. Después, construyó una bola disco de casi un metro, pegando cada espejo a mano.
Después de montar todo, Sorin le preguntó a la policía local si la disco podía tener sus luces prendidas toda la noche aunque la electricidad del resto de la ciudad quedaba apagada de las 10 p.m. hasta las 6 a.m. “Decíamos, ‘Jefe, tenemos chicas aquí—¿qué tal si una se enferma?” se acuerda Sorin. Su maniobra funcionó: La disco—que funcionaba de jueves a domingo—tenía el permiso de permanecer abierto de las 9 p.m. hasta medianoche. La admisión costaba 3 leus (aprox. $10 pesos), que iba directo a la unión de estudiantes de la universidad y pagaba las reparaciones y nuevos dormitorios.
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Disco CH ni siquiera contaba con un guardarropa, mucho menos un bar, y fumar adentro estaba prohibido, por lo que el enfoque entero era en la música e iluminación. “Siempre pensé que ser un DJ significaba amar tanto la música como la conversación,” me dijo Sorin. “Nunca pasaba de una canción a otra sin decirle a todos el nombre de la banda y de la canción. Cuando vas a una disco, vas a un show. Si el DJ te da la música que quieres y además se echa unos chistes, entonces hizo bien su trabajo.”
Si estaba lloviendo afuera, Sorin tomaba eso en cuenta y tocaba algo melancólico; si hacía calor, tocaba algo relajado; si el público parecía animado, los hacía brincar; y si nadie tenía ganas de bailar, jugaba juegos con ellos: “‘Todos hacia la izquierda, todos hacia la derecha’—ese tipo de cosas.”
La disco de Sorin regularmente atraía cerca de 400 estudiantes. “Hice que todos amaran la música rumana,” sonríe. “Los ponía a bailar y a brincar con "Life Is Life", luego les ponía algo de Andri Popa [un artista rumano de baladas folklóricas] y los lo 400 cantaban juntos. Si tocaba la canción romántica "Fata din Vis," las chicas del dormitorios vecinos se desmayaban.
Un DJ durante esa época en la historia de Rumania tenía a lo mucho la misma posición social que un atleta profesional el día de hoy. La gente señalaba a Sorin en la calle y se volvían locos cada vez que lanzaba un mixtape nuevo. También disfrutaba de algunos privilegios personales en las residencias de estudiantes: Le lavaban la ropa gratis y los técnicos venían a ayudarle tan pronto como los llamaba, lo que es una rareza hasta el día de hoy. A cambio, él invitaba a quien sea que lo ayudaba y a sus amigos para que asistieran a su próxima noche disco. Usaba la misma técnica de trueque para obtener unas caseteras rusas y polacas. “No eran bienes de calidad, pero hacían el trabajo,” dijo.
El equipo de Sorin estaba compuesta por cinco personas. Dos caminaban por el lugar para asegurarse de que nadie estuviera fumando o armando pelea, otra vendía los boletos, un experto en karate o judo cuidaba la entrada y el brazo derecho del DJ manejaba las luces y cualquier cosa que necesitara hacerse—una vez estuvo sentado en la misma posición durante cuatro horas para mantener un cable de cierta manera para que a la disco no se le fuera la electricidad.
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En 1982, el Departamento Juvenil de Turismo, que representaba al Comité Comunista Juvenil de Turismo, empezó a organizar cursos de DJ. Sorin se inscribió, “pero no aprendí nada, porque ya sabía.” El exámen era en parte teórico, el cual tenías que tomar enfrente de un comité. Pero en lugar de agarrar una pluma, Sorin habló la parte teórica con los jueces y lo aprobaron en ese momento.
La parte práctica del exámen era un set de una hora en un club en el centro turístico estudiantil Costineşti en la playa. Después del show, el presidente del comité aparentemente le dijo a sorin, “¡Eres el mejor!” antes de ponerle un 10. Esa calificación significaba que empezaría a ganar un sueldo decente como DJ en una época cuando los “DJs no eran el tipo de persona que podía vivir de su salario.” Y si lo hacía por debajo de la mesa, Sorin podía ganar casi $1,000 Leu (aprox. $4000 pesos) por show—usualmente en una boda, fiesta de cumpleaños o baile de graduación, en donde a los policías usualmente los obligaban a prestar oído sordo, debido a que eran sus hijos cumpliendo 18 años o la boda de alguna de sus hermanas.
El mismo año que a Sorin le dieron sus calificaciones de DJ, oficiales de un Partido Comunista decidieron que la música rumana necesitaba ser promovida, lo que significaba que había necesidad de una disco que funcionara en donde los DJs estaban legalmente obligados a tocar música local y a que sus sets fueran revisados por el Consejo de la Comisión Cultural del Condado. “Siempre intenté explicar que no sabía qué música estaría tocando de antemano, porque tenía que vibrar el ambiente,” suspira Sorin 30 años más tarde. “Pero no les importaba.”
Sin embargo, finalmente,  las nuevas reglas no afectaban tanto a uno de los grandes de Iaşi, ya que nadie venía a corroborar lo que estuviera haciendo.
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Sorin en el club Holiday Radio en Costinești
En 1983, Sorin terminó trabajando en el Ring en Costineşti—la disco al aire libre más grande de Europa del Este. La entrada era barata y en su momento pico podía albergar cerca de 3,000 personas. Sorin dijo que el sistema de sonida Yamaha era “mega profesional,” y había sido traído desde Alemania y calibrado por técnicos alemanes.
Sorin nunca permitió a nadie entrar en su booth, aunque la gente intentaba entrar casi todas las noches. Si alguien lograba entrar, llamaba a Marius—el salvavidas local y seguridad de Ring—para que los sacara.
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Era esta política que eventualmente llevó a que desterraran a Sorin de los DJ booths de la Rumania comunista. En 1986—cuando empezaba todos sus sets con "You're My Heart, You're My Soul" de Modern Talking—alguien llamado Nicu Ceauşescu se echó un brinco detrás de sus decks e intentó darle consejo sobre cómo mezclar. Al igual que cualquier otro que hubiera invadido su espacio personal como DJ, a Nicu se le dijo que chingara a su madre. Desafortunadamente, Nicu resultó ser el hijo de Nicolae Ceauşescu.
Al día siguiente, Sorin de 29 años estaba desempleado. “Sufrí mucho,” dijo. “Ser un Dj era mi estilo de vida—mi razón de ser.”
Después de la caída del comunismo en 1989, Sorin regresó al mundo del DJ durante seis años más. Ahora sólo tocará sets sobre petición y termina apareciendo en todo tipo de eventos—algunos, como una conferencia sobre cirugía laparoscópica, han sido más extraños que otros. Aún en esa conferencia, me dijo, logró animar al público a que hiciera un tren de baile. También promueve música rumana en la TV y en la radio, y quiere ayudar a artistas que están luchando para pasar al mainstream, pero dice que no le gustan los clubes modernos. “Los DJs de hoy en día son como máquinas,” dice con un quejido. “No dicen nada, y sólo tocan el mismo estilo de música una y otra vez. Además, todos están fumando.”
Por ahora, Sorin está perfectamente feliz entrenando a su equipo de aikido. Y cuando saca a los niños para ejercitarse todos los sábados por las mañanas, todos los residentes locales se asoman por sus ventanas para verlo trabajar—justo como lo hacían cuando estaba tras los decks en Disco CH.

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