Juan Moscoso, diputado del PSOE, asegura que las clases sociales no existen - tomado del blog La barricada cierra la calle pero abre el camino

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    Chus Ditas
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    Juan Moscoso, diputado del PSOE, asegura que las clases sociales no existen - tomado del blog La barricada cierra la calle pero abre el camino

    Mensaje por Chus Ditas el Sáb Abr 12, 2014 11:02 pm

    JUAN MOSCOSO, DIPUTADO DEL PSOE, ASEGURA QUE LAS CLASES SOCIALES NO EXISTEN

    El moderno y desclasado desclasante Juan Moscoso

    Diario Octubre

    tomado del blog La barricada cierra la calle pero abre el camino

    Proclaman el fin de las clases para ocultar que son la clase explotadora

    Las clases, tal y como un día las entendimos, desaparecieron” “Los ciudadanos ya no se definen por su situación en el mundo del trabajo. Se definen por muchos otros factores, distintos, y sobre todo por su capacidad de consumo, que se ha convertido en elemento identificador e igualador. Se han creado categorías de consumo, no de clase

    Así sentencia Juan Mosocos, diputado del PSOE y autor del libro “Ser hoy de izquierdas. Por una izquierda moderna y ejemplar” el final de la sociedad de clases.

    No es la primera vez que la burguesía sentencia el final de la separación de la sociedad en clases. De hecho la burguesía lleva hablando del fin de la desigualdad desde sus primeros intentos de tomar el poder hace más de 500 años. Tampoco es la primera vez que dicho intento proviene desde “la izquierda” o de partidos con siglas obreras. No en vano las bases para destrucción del primer país socialista de la historia, la extinta Unión Soviética, están en las “reformas” realizadas por Nikkita Jruchev, que tenían su expresión ideológica en proclamado por el mismo fin de las clases en la URSS y el paso de la dictadura del proletariado al “Estado de todo el pueblo” como expresión de la voluntad de un pueblo no dividido en clases, que 30 años después se desveló como una nuevo Estado de dictadura de la burguesía.

    Proclamar el final de la sociedad de clases y justificar las desigualdades sociales con otras causas persigue un objetivo fundamental: Ocultar la explotación sobre la clase obrera. Una forma muy recurrente de hacer esto es pretender simplificar la cuestión de la división de la sociedad en clases a la distribución social de la riqueza, o lo que es lo mismo dividir la sociedad en grupos que se diferencian por la riqueza social de que disponen, es decir su capacidad de consumo.

    Pero precisamente la capacidad de consumo de un ser humano viene determinado por el lugar que ocupa en la producción social, es decir por la clase social a la que pertenece.

    Explotadores y explotados
    El origen de la división de las sociedades primitivas en clases es la aparición de la propiedad privada. En el momento en que la sociedad fue capaz de producir más de lo necesario para el consumo inmediato aparecieron los propietarios y los no propietarios. Pronto los poseedores comenzaron a tomar a otros seres humanos como esclavos para apropiarse del excedente de su trabajo, apareciendo así la división de la sociedad en clases, poseedores y desposeídos, amos y esclavos.

    Trabajo asalariado y capital
    En el capitalismo la separación entre explotados y explotadores se basa en la separación entre capitalistas y trabajadores asalariados.

    Los capitalistas son el grupo de personas propietarias de los recursos (tierra, minas, maquinas etc) necesarios para producir los bienes que la sociedad necesita y demanda.

    Los asalariados son aquellos grupos de personas que al no poseer recursos propios para la producción se ven obligados a trabajar a cambio de un salario.

    La relación entre el capitalista y el trabajador asalariado es de compra-venta. El trabajador vende su fuerza de trabajo a un precio, el salario, que se establecerá en base a la especialización del trabajo, esto es su coste de producción, y de la oferta y la demanda de una especialización determinada.

    La propiedad sobre los medios de producción otorga a los capitalistas un lugar dirigente en la producción social. Deciden donde y cuanto se invierte y por lo tanto qué y cuanto se produce y por lo tanto determinan la investigación científico técnica y el desarrollo cultural y artístico.

    El capitalismo es la época de la explotación asalariada, pero no todos los asalariados son explotados de la misma forma que no todos los súbditos eran siervos de la gleba.

    Trabajo manual y trabajo intelectual
    Con la revolución del neolítico el ser humano fue por primera vez capaz de producir más de lo necesario para su sustento sentando las bases para la separación de la sociedad en clases y con ella la separación entre el trabajo manual y el trabajo intelectual.

    Primero los esclavos, después los siervos quedaron relegados al trabajo manual, el trabajo que genera la riqueza material. El trabajo intelectual, la organización y administración de la producción, la sociedad y la política, la ciencia y la cultura y por tanto el acceso al conocimiento y la capacidad para desarrollarlo pasaron a ser potestad de la clase dominante.

    De la misma manera en nuestra moderna sociedad capitalista los obreros son la clase relegada al trabajo manual, a la transformación de unas mercancías en otras, de las materias primas en bienes de uso y consumo, mientras que la burguesía realiza el trabajo intelectual, dirigiendo, administrando y diseñando toda la producción material, social y artística. Tal es la separación de clase en nuestros días entre trabajo intelectual y trabajo manual, que mientras el segundo se ve obligado a entregar su fruto a cambio de un salario perdiendo todo derecho de propiedad sobre él, el segundo genera para quien lo realiza derechos de propiedad.

    Patentes y registros de propiedad intelectual generan a los burgueses intelectuales derechos de autor y rentas sobre la riqueza material que el trabajo manual genera al reproducir sus obras, diseños y patrones.

    El trabajo manual del obrero genera toda la riqueza material, pero no le otorga a este ningún derecho sobre su obra.

    Amplias capas de la población asalariada ocupan en la actualizad un lugar en la producción destinado al trabajo intelectual y aunque en la mayoría de los casos al convertirse en asalariados ceden sus derechos intelectuales al capitalista que los contrata, la proporción en la perciben la riqueza social y el papel que desempeñan en la organización del trabajo es muy diferente al de los obreros.

    Hablar del fin de las clases sin acabar con la explotación es reivindicar el “derecho” a vivir del fruto del trabajo ajeno
    Cada vez que la burguesía, desde la gran oligarquía financiera, hasta el pequeño burgués, proclama la extinción de las clases no tiene otra intención que ocultar la explotación sobre la clase obrera que implica la separación en clases de la sociedad capitalista. Cuando plantean que hoy nos diferencia más nuestra capacidad de consumo no tienen otra intención que ocultar la diferencia entre quienes producen la riqueza material y quienes se arrogan el derecho a disfrutar de ella sin producirla. No quieren decir otra cosa más que:

    “Yo tengo derecho a no bajar a las minas ni entrar a las fábricas, tengo derecho a no cargar ladrillos, tengo derecho a no desgastar mi vista cosiendo, tengo derecho a no castigar mis manos, ni mi espalda trabajando el campo… pero tengo derecho a comer del fruto del campo, a vestir ropas, a una vivienda y a consumir la energía y las mercancías que fabricaron los obreros en las minas y en las fabricas. Tengo derecho porque puedo comprarlo.”

    La sociedad de clases tuvo su origen y por lo tanto tendrá su final, pero de igual manera que una clase surgió para explotar a otras, esta solo desaparecerá cuando desaparezca toda forma de explotación y opresión. Entre tanto las proclamas acerca del final de las clases no serán más que máscaras tras las que la burguesía esconde su carácter explotador.

    ¿Qué quiere decir “supresión de las clases”? Todos los que se llaman socialistas reconocen este objetivo final del socialismo, pero no todos, ni mucho menos, reflexionan sobre el alcance de dichas palabras. Las clases son grandes grupos de hombres que se diferencian entre si por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que las leyes refrendan y formulan en su mayor parte), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo y, consiguientemente, por el modo y la proporción en que perciben la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo del otro por ocupar puestos diferentes en un régimen de economía social.

    “Es evidente que, para suprimir por completo las clases, no basta con derrocar a los explotadores, a los terratenientes y a los capitalistas, no basta con suprimir su propiedad, sino que es imprescindible también suprimir toda propiedad privada sobre los medios de producción; es necesario suprimir la diferencia existente entre la ciudad y el campo, así como entre los trabajadores manuales e intelectuales. Esta obra exige mucho tiempo. Para realizarla, hay que dar un gigantesco paso adelante en el desarrollo de las fuerzas productivas, hay que vencer la resistencia (muchas veces pasiva y mucho más tenaz y difícil de vencer) de las numerosas supervivencias de la pequeña producción, hay que vencer la enorme fuerza de la costumbre y la rutina que estas supervivencias llevan consigo.” (Lenin “Una gran iniciativa”).

    NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG:
    El señor Juan Moscoso realiza una impagable contribución al desenmascaramiento de su partido, el PSOE.

    Cuando un parlamentario, al que la dirección de su partido no ha enmendado la plana, y que por tanto cabe entender que representa la opinión de aquella (la que cuenta porque el resto son “brazos de madera” que cacarean, en el mejor de los casos, un izquierdismo falso pero tragan con lo que les echen), que las clases sociales como tales ya no existen y que éstas no operan como factores de identificación social, está claro que implícitamente asume que pronto quitarán la O de sus siglas, dado que en la práctica ya lo hicieron, al menos desde que el “clan [sevillano] de la tortilla” se hizo con un partido escondido bajo la cama durante la dictadura fascista para posicionarse en el nuevo escenario político surgido tras la muerte del dictador.

    Sus apelaciones a la “modernidad”, al “progresismo”, no son nuevas. De ahí que el prólogo al libro del señor Moscoso haya sido realizado por Pérez Rubalcaba y epilogado por Felipe González, como se sabe representantes de “lo nuevo”, que consiste en que los social-liberales vayan admitiendo ya abiertamente que no se reconocen en el término “izquierdas”. En esto tampoco la escudería del PSOE es original. Se le ha adelantado, en un impagable favor, su socio en la Internacional Socialista, el Partido Democrático (Italiano), heredero bastardo del antiguo Partido Comunista de Italia, para el que su ubicación en la izquierda ya no es un elemento definitorio.

    Lo significativo no es que los social-liberales no sean, de hecho, ni siquiera de centro izquierda, lo significativo es que lo asuman. Vivimos un tsunami dentro de lo que históricamente fueron las izquierdas entendidas en su pluralidad: los socialdemócratas pasan a ser social-liberales de facto y repudian su herencia ideológica abandonada hace mucho, los comunistas pasan a ser socialdemócratas y se avergüenzan de su pasado bolchevique e insurrecional.

    La clave, que no es nada original, se encuentra no en el desplazamiento ideológico de la sociedad sino en el de esas izquierdas que, al renegar de sus identidades, transmiten a las clases trabajadoras que están huérfanas y que no es en ellas en las que deben encontrar la respuesta. He ahí la cuestión que explica que los desposeídos, los explotados, los oprimidos dentro de la maquinaria capitalista no encuentren en medio de una crisis que les está devolviendo a la condición proletaria del siglo XIX otro medio de expresar su ira y su rabia -¿qué narices es esa chorrada de la indignación?- que caer en brazos de su enemigo de clase más radical: el fascismo, nacido del capitalismo en crisis. Cuando las izquierdas dejan de ser banderas de rebelión, y se convierten en fuerzas del orden burgués y de contención, otros ocupan su lugar, los que jamás debieron hacerlo.

    El fascismo es el programa de las clases medias, que temen ser laminadas y desprovistas de sus privilegios, hoy por el capital, ayer por el fantasma del comunismo, pero quienes ponen la carne de cañón, nutren sus filas y caen en sus batallas son los desarraigados sociales, los parados, los que pierden su condición de seres con derechos, perdidos en medio de una ausencia de revolución social que les libere de su condición de esclavos y les ponga en el centro de la historia, anunciándoles su emancipación de clase.

    Esto se vio ya a principios de los años 80 del pasado siglo cuando en las ciudades de extracción obrera de Francia el peso político que iba perdiendo el PCF lo iba ganando el Front National. Hoy el Front National francés es ya una formidable amenaza a las libertades y al futuro de las clases trabajadoras que, disparan sobre sí mismas, abandonando también a un PSF que hace políticas de derecha. Las primeras propuestas del nuevo primer ministro francés, el xenófobo Manuel Valls, señalan que nada bueno puede cambiar en su programa económico y social para las clases trabajadoras francesas e inmigrantes.

    A los partidos autodenominados, pronto cambiarán sus nombres (la socialdemocracia alemana ya no es siquiera miembro de la Internacional Socialista), socialistas no les salen las cuentas electorales. No dan para mayorías suficientes que les permita gobernar por sí solos. Prefieren hacerlo con coaliciones verdes (derechas “modernas”) antes que con los excomunistas, que siempre serían un recuerdo de lo que ellos fueron un día ¿Cómo iba a ser de otro modo, si en su papel de copia de las derechas liberales y neocons dan peor imagen que el original al que imitan. Lejos de una reflexión que les haga recuperar lo mejor de su pasado, que nunca fue mucho (baste ver su papel en el aplastamiento de la revolución alemana de 1918 o en el de la Revolución de Octubre), irán girando y girando a la derecha hasta su propia muerte por consunción. No pueden hacer otra cosa. Sus compromisos con el capitalismo se lo impiden. Y si no que se lo pregunten a Felipe González porque los Craxi y los Carlos Andrés Pérez ya no pueden responder desde sus tumbas.

    La clase trabajadora sí que sabe lo que es y, a aquellos sectores de la misma que lo hubiesen olvidado, la crisis capitalista y quienes la están pagando se lo han aclarado. Otra cosa es que al señor Moscoso le parezca que es poco moderno, y sobre todo "peligroso" (para el orden capitalista al que él defiende), apelar a la existencia de clases sociales.

    Les recomiendo encarecidamente que lean la entrevista, que encontrarán en el SIGUIENTE MENSAJE, al señor Moscoso porque su cinismo político no tiene desperdicio. Él es uno de esos sujetos que, de tanto repetir como un loro las palabras "ciudadanos" y "consumidores", creen que las realidades de explotación y clases sociales desaparecen.


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    Re: Juan Moscoso, diputado del PSOE, asegura que las clases sociales no existen - tomado del blog La barricada cierra la calle pero abre el camino

    Mensaje por Chus Ditas el Sáb Abr 12, 2014 11:05 pm

    JUAN MOSCOSO DEL PRADO, DIPUTADO DEL PSOE

    entrevista realizada por VERA GUTIÉRREZ CALVO - El País - abril de 2014

    La izquierda debe olvidar el discurso de clases

    El político socialista presenta un libro en el que apuesta por la autocrítica dentro del partido

    Mientras apura el café, antes de empezar la entrevista, los tres ocupantes de la mesa de al lado comienzan a increparle: “Es usted político, ¿verdad? Los políticos nos provocan sarpullidos”, dicen, sin saber quién es ni en qué partido milita. Juan Moscoso del Prado (Pamplona, 1966), doctor en Ciencias Económicas y Empresariales, diputado del PSOE desde hace diez años y miembro de la ejecutiva federal del partido, aguanta con una sonrisa, y consigue que al final le devuelvan otra. Esa tensión entre una parte de la ciudadanía y sus representantes políticos, que disparó la crisis —aunque él asegura que ya empieza a suavizarse—, es parte del contexto que inspira el libro que Moscoso presenta esta tarde en Madrid. Ser hoy de izquierdas. Por una izquierda moderna y ejemplar, se titula. Prologado por el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, y con epílogo del expresidente Felipe González, de quien Moscoso se declara fan. ¿Ser hoy de izquierdas o ser hoy socialdemócrata?

    “Es cierto que no es exactamente lo mismo. Pero para transformar la sociedad hay que gobernar, para gobernar hay que ganar elecciones y para ganar elecciones hay que contar con la izquierda y con los moderados, que inclinan la balanza. Yo formo parte de la izquierda que quiere gobernar”, afirma. Eso, según él, no significa, como podría parecer, llevar al PSOE más al centro; significa asumir que la era de las mayorías absolutas pasó a la historia y que el electorado responde hoy a una palabra: “diversidad”. Moscoso aboga por reducir el peso de la “conciencia de clase” en el discurso socialdemócrata y potenciar el de la “ideología”. Y, a partir de ahí, buscar “grandes alianzas” con otros sectores. Matt Browne, asesor del ex primer ministro británico Tony Blair y que colabora en el libro, lo resume así: “Hay que asumir el hecho de que la época de dominio socialdemócrata ha terminado. Los progresistas en los países desarrollados se enfrentan a un reto de coalición”.

    “Las clases, tal y como un día las entendimos, desaparecieron”, prosigue el diputado del PSOE, portavoz en la comisión parlamentaria para la UE. “Los ciudadanos ya no se definen por su situación en el mundo del trabajo. Se definen por muchos otros factores, distintos, y sobre todo por su capacidad de consumo, que se ha convertido en elemento identificador e igualador. Se han creado categorías de consumo, no de clase”. La socialdemocracia, sin embargo, se ha centrado en construir un discurso sobre el modelo productivo y de distribución de la riqueza y ha dejado en muy segundo plano la crítica al modelo de consumo. Una asignatura pendiente, admite el diputado, para el futuro.

    Moscoso retoma el argumento: “Hoy hay menos conciencia de clase, de grupo. Los partidos de izquierda tienen que olvidar el discurso de clases y captar apoyos en función de intereses y particularidades ideológicos. Hay que hacer más micropolítica. Dar respuesta a indignaciones concretas: la medioambiental, la social, la de las opciones sexuales...” El espejo en el que mirarse, el ejemplo de esa “modernización”, según el socialista, es Barack Obama.

    Moscoso, como Browne, aboga por las alianzas como futuro electoral de la socialdemocracia. En España, no obstante, ve aún “inverosímil” una alianza postelectoral con IU a escala nacional, y echa de menos el escaso peso de los partidos verdes. En cuanto a movimientos sociales como el 15-M, en el libro se felicita de que, “por suerte”, esa protesta no llegara a ofrecer una “alternativa al sistema institucional” actual. ¿Por suerte para quién? “El 15-M se podía haber convertido en un partido antisistema o algo peor. Por suerte, la ciudadanía ha optado por defender sus ideas desde los partidos y las instituciones”, responde. “Movimientos como el 15-M tienen mucho de izquierda, por supuesto. Pero la izquierda democrática está en las instituciones, con la fuerza de las leyes y los votos. La izquierda no rodea Parlamentos, eso lo hace la derecha. La izquierda lo que tiene que hacer es ocupar los Parlamentos ganando las elecciones”, sostiene.

    Según Moscoso, lo que falla en la socialdemocracia hoy no son los “principios” ni el “discurso”, sino la traslación de esas ideas a la realidad. “Los de izquierdas, como decía Maravall, somos los que nos indignamos ante la injusticia y la ignorancia. Todo eso está de plena actualidad. En lo que fallamos es en cómo llevarlo a la práctica”, señala. Pero hay un ejemplo, uno de los más significativos de las últimas décadas a la hora de analizar el comportamiento de la socialdemocracia, en el que discurso y praxis se funden: la gestión de la crisis económica y, sobre todo, de la bonanza que la precedió.

    En la parte más autocrítica de su libro, Juan Moscoso se pregunta “cómo saldrá la izquierda de esta crisis”. “La más profunda desde hace un siglo y la primera de la que —guste o no— es corresponsable”, dice. Habla de la “embriaguez de la burbuja inmobiliaria”, de “la connivencia y el seguidismo casi totales” con las normas neoliberales que impusieron la desregulación de los mercados, de la economía global de casino frente a la que “los gobiernos socialdemócratas hicieron poco”. ¿Todo aquello fue un accidente, o era también parte del modelo socialdemócrata? Moscoso sostiene que fue lo primero. La izquierda, afirma, “se vio desbordada por la fuerza del paradigma que la derecha impuso”. “Nadie alertó de los riesgos. Nadie lo vio. Fue un tremendo error colectivo”, lamenta.

    El diputado cubre de elogios a Felipe González, que según él transformó España, y algo menos a José Luis Rodríguez Zapatero, que “transformó a los españoles”. Anima al PSOE a “romper” con “infinidad de prácticas insostenibles” que se dan, dice, en los partidos de izquierda: el “amiguismo”, el “clientelismo”, el “juego poco limpio” en los procesos internos de elección —aunque los prefiere, afirma, a la “ausencia total de esos procesos en la derecha”—. Y se fija también en otra “asignatura pendiente” de la socialdemocracia española: la creación de un “patriotismo progresista” y el uso de los símbolos nacionales que solo la derecha parece reivindicar.

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