La revolución antifascista de Italia

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    La revolución antifascista de Italia

    Mensaje por revolucionarioo el Vie Ene 17, 2014 7:47 am

    La entrada de la Unión Soviética en la guerra permite recons­truir rápidamente (octubre de 1941) el pacto de unidad con los socialistas, y ampliarlo al grupo antifascista “Justicia y Li­bertad” (que poco después toma el nombre de “Partido de Ac­ción”). Durante 1942 la lucha antifascista se activara a lo largo de la península, sobre todo en el norte. En la primavera de 1943 los obreros de Turín toman la iniciativa de un potente movimien­to huelguístico que se propaga a Milán y Génova, englobando a más de cien mil obreros. La derrota alemana en Stalingrado, el desembarco angloamericano en Sicilia y las huelgas obreras del norte, hacen comprender a los círculos dirigentes de la burguesía italiana que ha llegado la hora de desprenderse de Mussolini y ponerse a la sombra protectora de los aliados. Su objetivo prin­cipal, naturalmente, es prevenir una salida revolucionaria a la crisis del régimen, y el gobierno Badoglio muestra desde el pri­mer momento su verdadera faz. En una circular gubernamental se dan las siguientes instrucciones:
    “Todo movimiento debe ser aplastado inexorablemente en su origen [...] Las tropas actuarán en formación de combate, abrien­do fuego a distancia, incluso con morteros y artillería, sin previo aviso, como si procedieran contra el enemigo. No se disparará al aire en ningún caso, sino al cuerpo, como en el combate, y si se cometiera algún acto de violencia, aunque fuese aislado, contra las fuerzas armadas, los culpables deben ser pasados inmediata­mente por las armas.”(49)
    Pero la caída del dictador ha roto los diques que aún contenían el movimiento de masas. Salen a la legalidad los partidos anti­fascistas, los sindicatos oficiales pasan a manos de comisarios designados por los comités unitarios del antifascismo, que se constituyen por doquier. Se multiplican las huelgas exigiendo la liberación de los detenidos políticos. En las fábricas se cons­tituyen, por elección, comisiones obreras (los primeros órganos electos que surgen en Italia después de la caída de Mussolini).
    Entre tanto los alemanes, que ya tenían siete divisiones en Italia, envían diez y ocho más, ocupan de hecho el norte y centro del país, sin que el gobierno Badoglio tome ninguna medida defen­siva. El rey y el mariscal, la gran burguesía italiana, acaricia­ban, al parecer, la ilusión de salir de la guerra y consagrarse a la patriótica tarea de combatir el enemigo interior, utilizando el aparato del Estado fascista; pensaban que alemanes y angloa­mericanos, movidos por la común preocupación de prevenir el peligro rojo, consentirían en la operación (50). Pero la reacción de los alemanes cierra esta perspectiva. La única salida que le queda al gobierno de su majestad es buscar refugio en el sur, al amparo de las tropas aliadas, dejando a los hitlerianos la tarea de reprimir el movimiento antifascista en el norte y centro del país. El 9 de septiembre, después de anunciar el armisticio concluido secretamente con los aliados, el rey y la familia real, el maris­cal y un distinguido cortejo de generales y funcionarios, huyen de Roma, sin haber tomado la más mínima medida de defensa contra los invasores. Y pasará un mes más sin que Badoglio de­clare la guerra a Alemania. Al fin lo hará el 13 de octubre bajo la presión del alto mando aliado. Italia quedará dividida en dos zonas: la ocupada por los alemanes, que hasta la primavera de 1944 comprenderá el norte y centro de la península, y en el ve­rano de ese año quedará reducida al norte; la zona ocupada por los aliados, que, inversamente, hasta la liberación de Roma en los primeros días de junio, comprende solamente el sur del país


    (el frente pasa un poco al norte de Nápoles), y a partir del verano incluye el sur y el centro.
    Desde noviembre de 1943 el movimiento de masas y la acción armada comienzan a adquirir gran envergadura en la zona norte. Estallan importantes huelgas en Piamonte, Lombardía, Liguria y Toscana. A iniciativa de la dirección comunista del norte, y con apoyo del Comité de Liberación Nacional de la Alta Ita­lia (que incluye los partidos comunista, socialista, de Acción, liberal y democratacristiano), en marzo de 1944 se declara la huelga general en el territorio ocupado por los alemanes. El Par­tido Comunista y el Partido Socialista lanzan un llamamiento conjunto. Más de un millón de trabajadores participan en el mo­vimiento – el más importante de este género, durante la segunda guerra mundial, en la Europa ocupada – afrontando todos los riesgos. En Turín la huelga dura ocho días. Simultáneamente a las acciones huelguísticas y otras formas de lucha de masas, el movimiento guerrillero se desarrolla con mucha rapidez. En, el verano de 1944 hay ya unos 100 000 hombres en las unidades combatientes. Longo hace la siguiente descripción de la situa­ción en la Italia septentrional:
    “Debido a la gran envergadura del movimiento de masas, en mu­chas regiones había, de hecho, dualidad de poder; los órganos de las autoridades fascistas, que se desacreditaban cada vez más, y los órganos de poder antifascistas, que existían de manera ilegal, pero gozaban de gran popularidad entre la población. Y además de estas regiones en donde existía la dualidad de poder, durante todo el periodo de la ocupación nazi hubo otras zonas en el norte de Italia completamente liberadas de las autoridades fascistas, alemanas o italianas. Estaban dirigidas por organismos demo­cráticos de poder, elegidos libremente bajo la protección de las fuerzas guerrilleras.”(51)
    Comunistas y socialistas, con indudable predominio de los pri­meros, constituían el núcleo dirigente de este poderoso movi­miento, cuya fuerza decisiva era la clase obrera de la Italia in­dustrial, y cuyo espíritu revolucionario ha sido subrayado por numerosos protagonistas e historiadores no comunistas (52). Pero mientras en el norte industrial comenzaba a tomar cuerpo este poder popular, en el sur agrario se fraguaban las estructuras de un nuevo poder político de la burguesía italiana.
    En el momento que sigue a la caída de Mussolini los líderes de la izquierda intentan llegar a ciertos arreglos con Badoglio para organizar la lucha contra la ocupación alemana, pero la compli­cidad tácita del rey y el mariscal con los hitlerianos, así como su política represiva antipopular, hacen imposible todo entendi­miento. Después del abandono de Roma el problema de crear un gobierno representativo del antifascismo y dispuesto a conducir con firmeza la lucha contra los nazis, se pone en primer plano. Entre tanto, los “tres grandes” han reconocido de facto al go­bierno Badoglio, y en su “Declaración sobre Italia”, publicada a finales de octubre de 1943, tras unas cuantas fórmulas generales sobre la futura democratización del régimen político italiano, se hace una recomendación expresa: la inclusión en el gobierno de “representantes de aquellos sectores del pueblo que se han opuesto siempre al fascismo”. El 12 de noviembre Pravda publi­ca un artículo de Togliatti (el cual se encontraba aún en la Unión Soviética; emprende el viaje de regreso a Italia a fines de febrero de 1944 y desembarca en Nápoles el 27 de marzo). “Las medidas que se indican en esta declaración [de las tres potencias] – escri­be el jefe del PCI - corresponden exactamente a las aspiraciones e intereses del pueblo italiano. Constituyen el programa en torno al cual deben unirse todas las fuerzas antifascistas democráticas del país, a fin de lograr su pronta realización.”(53) Huelga decir que la esencia de ese “programa”, firmado por los representantes de Churchill y Roosevelt, era la instauración de una democracia burguesa en Italia. Y para comenzar su construcción el “progra­ma” exigía el compromiso entre los partidos antifascistas y el gobierno Badoglio, al que esos partidos consideraban justamen­te como una supervivencia del fascismo.
    La posición de Togliatti, exactamente alineada sobre la transac­ción a que habían llegado en la Conferencia de Moscú los mi­nistros de Relaciones Exteriores de los “tres grandes”, divergía netamente de la que en aquel momento tenía el PCI en el país. Un documento interno de la dirección del partido que actuaba en la Italia ocupada, fechado a fines de octubre de 1943, plantea lo siguiente:
    “La misión y la función de la clase obrera en el momento actual es ponerse a la vanguardia de la lucha por la liberación nacional, y a través de esta lucha conquistar tal influencia en el pueblo italiano que la permita convertirse en la fuerza dirigente por una efectiva democracia popular. Esta debe ser la política del parti­do.”
    El documento previene contra dos errores. Uno de ellos consisti­ría en identificar los objetivos de la Resistencia con la revolución proletaria, cayendo en un “extremismo infantil”.
    “Pero sería un error aún más grave, en sentido oportunista, sub­estimar la importancia del problema de la dirección política en el complejo de fuerzas dentro del cual actúa la clase obrera, y por una mal entendida unidad acceder a las exigencias de las fuerzas reaccionarias, cuyos representantes son Badoglio y la monarquía, a las cuales puede reconocérseles una función au­xiliar pero no directiva en la lucha contra el fascismo y por la liberación nacional.”(54).
    Es sintomático que este documento interno fuera publicado en la prensa ilegal del partido, bajo forma de artículo, en el mes de diciembre, después de que la radio de Moscú había dado a co­nocer la posición de Togliatti. La política del Partido Socialista en ese periodo no se situaba a la derecha del PCI, sino más bien al contrario. E incluso el Partido de Acción planteaba que los objetivos de la Resistencia no podían limitarse a la instauración de una democracia burguesa (55).
    En el sur, el Partido Comunista, junto con el socialista y el de Acción, impulsan enérgicamente la campaña contra el rey y el mariscal. A finales de enero de 1944, se reúne en Bari un con­greso conjunto de todos los partidos antifascistas, con asistencia de delegados del Comité de Liberación Nacional. (El CLN había sido constituido en Roma el 9 de septiembre de 1943, después de la huida del rey y del gobierno, y siguió teniendo allí su sede clandestina hasta la liberación de la capital en junio de 1944, pero su actividad práctica era muy limitada (56).) El Partido de Acción propone al congreso una serie de medidas que son apo­yadas por comunistas y socialistas, así como por los delegados del CNL: exigir la abdicación inmediata del rey; constituirse en Asamblea representativa del país, hasta la elección de una Asamblea constituyente; designar una junta ejecutiva encargada de las relaciones con las Naciones Unidas. Los liberales, enca­bezados por Benedetto Croce, maniobran con habilidad. El filó­sofo reconoce que el rey es el “superviviente representativo del fascismo”, pero argumenta que las propuestas del Partido de Ac­ción sólo podrían realizarse mediante un atto di forza, el cual es imposible dada la presencia de los aliados. La única salida – dice – es presionar al rey para inducirle a abdicar. El congreso vacila. Nombra una junta ejecutiva, pero no se constituye en asamblea representativa, ni toma medidas para movilizar al pueblo. Sin embargo, los partidos de izquierda no renuncian a sus posicio­nes. En respuesta al discurso que Churchill pronuncia el 22 de febrero, donde ironiza sobre las resoluciones antimonárquicas y antibadoglianas del Congreso de Bari, los obreros de Nápo­les anuncian la huelga, que ante la oposición de las autoridades militares aliadas es reemplazada por un gran comicio popular donde sólo intervienen los partidos de izquierda. Este acto tiene lugar el 12 de marzo. El 14, cuando la agitación contra el gobier­no está en su apogeo, Badoglio anuncia el reconocimiento de su gobierno por la Unión Soviética y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países. (Los aliados aún no habían dado ese paso.)
    Tal es, a grandes rasgos, la situación que Togliatti se encuentra cuando desembarca en Nápoles el 27 de marzo, dispuesto a apli­car el programa italiano de los “tres grandes”. No es sorpren­dente que su juicio sobre la política de los partidos antifascistas de izquierda, y en especial sobre la de su partido, fuera bastante

    severo. Años después les contará a sus biógrafos que el PCI se había metido en una “vía peligrosa, sin perspectivas”, llegando al extremo de “organizar mítines contra Churchill y estudiar con otros partidos antifascistas la posibilidad de hacer una consulta popular, no a iniciativa del gobierno sino de los partidos” (57). En un abrir y cerrar de ojos Togliatti sacará al PCI del atolladero en que se había deslizado y lo encarrilará por la vía pletórica de perspectivas de la unión nacional. El 29 de marzo se reúnen los dirigentes del partido en la zona sur, y Togliatti “coge el toro por los cuernos”: propone “aplazar el problema de las instituciones hasta que pueda convocarse una Asamblea constituyente, poner en primer plano la unión de todas las corrientes políticas en la guerra contra Alemania e ir a la creación inmediata de un go­bierno de unión nacional”. Al comienzo – se dice en la misma biografía – “la mayor parte de los presentes quedaron estupe­factos”, pero Togliatti “expuso sus proposiciones de manera tan clara y convincente que nadie pudo hacer objeciones” (58). (Se­gún otras informaciones algunos de los dirigentes veteranos del partido no se dejaron convencer tan fácilmente, pero Togliatti, aparte de su talento de polemista, tenía tras él todo el prestigio de la Internacional Comunista y de la Unión Soviética. Acababa de llegar de Moscú. ¿Quién mejor que Stalin podía saber lo que convenía al pueblo italiano? Si la Unión Soviética había reco­nocido al gobierno Badoglio era indudable que el interés de la causa lo exigía... (59).)
    El viraje del Partido Comunista – la svolta de Salerno, como pasará a la historia del PCI – permitió vencer finalmente la re­sistencia de socialistas y “accionistas”. El “sacrificio” de Víctor Manuel III que, cediendo a las presiones de Benedetto Croce y de Roosevelt, anunció su decisión de retirarse y nombrar lu­garteniente del reino al príncipe Umberto, una vez que Roma hubiera sido liberada, allanó el camino al compromiso, no obs­tante lo cual el parto del gobierno de unión nacional fue bastante laborioso. A última hora los liberales y el Partido de Acción estu­vieron a punto de echarlo todo a rodar, pero Togliatti “dirigió el contraataque con el apoyo de Badoglio, del socialista Lízzardi, y de los demócratas cristianos Rodinó y Jervolino; y para dar una salida a la situación tuvo que aceptar entrar él mismo en el gobierno”. Jervolino comentaba después que de no ser por la cuestión religiosa podría hacerse comunista, y se congratu­laba del espíritu de sacrificio demostrado por el líder comunista aceptando el cargo ministerial: “Si no hubieras aceptado – le manifestó a Togliatti – habrían dicho que lo considerabas un go­bierno de imbéciles y por eso no querías participar en él.”(60) No sabemos si el político democristiano aludía al poco lucido papel que los líderes antifascistas estaban representando: hasta la víspera habían denunciado al rey y a Badoglio como supervi­vencias del fascismo; habían denunciado su tácito sabotaje de la guerra contra Alemania; y ahora aceptaban ser ministros del rey, bajo la jefatura del mariscal, en nombre del “esfuerzo de guerra” contra el invasor y a fin de liquidar las supervivencias del fascis­mo. No era mucho pedir que el máximo paladín de la operación, en el que el proletariado veía su representante, y el representante de la Unión Soviética, avalara con su presencia la sinceridad de los ideales antifascistas y democráticos del flamante gobierno de unión nacional, presidido por Badoglio, que entraría en funcio­nes una vez prestado juramento colectivo al monarca.
    (…)
    De la unión nacional al monopolio democristiano
    La unión nacional se puso en marcha. El partido comunista, au­reolado con el doble prestigio de “partido de la revolución” y de “partido de gobierno”, comenzó a crecer rápidamente. Y con ritmo no menos veloz, tal vez más, comenzaron a constituirse las nuevas fuerzas políticas de las viejas clases dirigentes, explo­tando a fondo la magnífica cobertura que les proporcionaban las fuerzas de izquierda, la posibilidad única que se les deparaba de amalgamar la ideología tradicional, el opio religioso, con las re­verdecidas aspiraciones de libertad y democracia, y hasta con el socialismo – el socialismo cristiano, naturalmente –; comenza­ron a engrosar rápidamente esas nuevas fuerzas políticas de las viejas clases dirigentes, asimilándose los residuos del fascismo, incorporándose la antigua y experimentada burocracia civil y la aún más antigua y más experimentada burocracia clerical, los instrumentos armados del viejo Estado.
    (…)
    Después de la liberación de Roma, el gobierno de unión nacio­nal acredita sus títulos antifascistas y democráticos mediante la sustitución de Badoglio por Bonomi, socialdemócrata reformista en su juventud, excluido del partido socialista en 1911 por su ex­cesivo socialchovinismo, jefe, en 1921, de uno de los gobiernos que abrieron paso al fascismo.
    (…)
    Efectivamente, Bonomi veló celosamente por la suerte del viejo aparato del Estado, cuyas piezas esenciales iban siendo metódi­camente integradas en el “nuevo” aparato. En cambio, la suerte de las masas trabajadoras no le quitaba el sueño. El deber de és­tas era soportar estoicamente, con espíritu de unión nacional, el “esfuerzo de guerra”, Il rinnovamento sociale, que todos los par­tidos – ¡no faltaba más! – tenían en su programa, sería realizado una vez vencido el enemigo exterior, cuando dejaran de actuar las armas y entraran en acción las urnas. Como había dicho sin ambigüedad Togliatti en su primer discurso público después de pisar el suelo patrio: “Hoy no se plantea ante los obreros italia­nos el problema de hacer lo que se hizo en Rusia.” La cuestión, hoy, es vencer a la Alemania hitleriana, y para realizar esa tarea – la “más revolucionaria” de todas en este momento, precisa To­gliatti – “nosotros debemos garantizar el orden y la disciplina en la retaguardia de los ejércitos aliados”. Los problemas sociales de fondo se abordarán cuando se reúna la Asamblea constituyen­te. Para entonces el partido tiene su programa, que incluye una “profunda reforma agraria” y otras reformas económico sociales y políticas, cuya realización impedirá que en la “nueva democra­cia” “un pequeño grupo de hombres ávidos, egoístas y corrom­pidos, puedan, una vez más, concentrar en sus manos todas las riquezas del país y servirse de ellas para suprimir la libertad e imponer una política contraria a los intereses nacionales”. A los que acusan al partido de “renunciar a la revolución”, Togliatti les responde: “¡Dejadnos en paz! ¡No os preocupéis; ese es nuestro asunto y entendemos de él un poco más que vosotros!”(64) Y en verdad era un tanto pretencioso querer dar lecciones en este “asunto” al que había sido uno de los más eminentes dirigentes del “partido mundial de la revolución”.
    (…)
    [No obstante] Mejorar la situación de las masas, en la situación de ruina y caos económico en que se encontraba el país, no era posible más que atacando a fondo los intereses de esas clases carentes de “espíritu de solidaridad nacional”. Pero esto era, jus­tamente, lo que la política de unión nacional prohibía hacer. Los sindicatos se desarrollaban impetuosamente, surgía un potente movimiento campesino en el Mezzogiorno, el partido comu­nista, el socialista, y en general toda la izquierda antifascista se fortalecían día a día. Pero la política de unión nacional exigía que su acción no rebasara ciertos límites, más allá de los cuales se ponía en peligro la “solidaridad gubernamental” y la... soli­daridad de clases. A finales de 1944 la desilusión de las masas respecto al gobierno Bonomi era palmaria.
    En la Storia della Resistenza italiana de Battaglia y Garritano, que no pone en duda en ningún momento la justeza de la política de unión nacional del partido pero registra los hechos, señala que “uno de los argumentos de la propaganda neofascista di­rigida a los guerrilleros y a las masas populares, para hacerles desistir de la oposición y la resistencia, era la desilusión que al sur de la Línea Gótica comenzaba a cundir hacia el gobierno de­mocrático”. (Se llamaba ”línea gótica” al frente de los Apeninos, situado un poco al norte de Florencia, que permaneció estable desde septiembre de 1944 hasta abril de 1945; la propaganda neofascista a que se alude es la del régimen fantoche de Musso­lini – la “república de Saló” – instaurada en la zona ocupada por los alemanes.)
    “La desilusión – explican los mismos autores – era debida prin­cipalmente al hecho de que el gobierno no había correspondido a las esperanzas de renovación del pueblo italiano. El gobierno Bonomi debía ser el gobierno del CLN, de los partidos antifas­cistas, en lugar del gobierno Badoglio que era el gobierno de los generales enfeudados al rey. Pero los generales, aunque se encontraban bajo el efecto de la derrota, estaban dispuestos a contribuir al esfuerzo militar contra los alemanes: en Roma su influencia fue sustituida por la de la alta burocracia estatal y la de los residuos de la clase dirigente fascista, que comenzaron a minar la unidad del CLN y del mismo gobierno, paralizando la acción democrática.”(66)
    En realidad no era sólo la influencia de la alta burocracia estatal y de los “residuos” de la clase dirigente fascista lo que parali­zaba la “acción democrática” del gobierno. Lo fundamental era que las clases dirigentes, reagrupadas tras la democracia cristia­na, sostenidas por todo el aparato de la Iglesia y por los aliados, consideraban posible – y al mismo tiempo necesario, previendo la entrada en el juego político, a la hora de la liberación del nor­te, de las poderosas fuerzas populares organizadas en la Resis­tencia – reforzar su control político en toda la Italia meridional y central, constreñir aún más las masas populares a la pasividad. En noviembre, la dirección del partido demócrata cristiano lan­za un virulento ataque contra el partido comunista, acusándolo de fomentar la “violencia”, la “arbitrariedad” y la “anarquía” (67). Bonomi presenta la dimisión. Y tras una laboriosa crisis se forma el segundo gobierno Bonomi. El Partido Socialista y el Partido de Acción se niegan a participar en el nuevo gobierno que, evidentemente, va a continuar – empeorada – la política del anterior. Pero el PCI acepta entrar con liberales y demócratas cristianos. Togliatti es nombrado vicepresidente del gobierno, puesto, como consta en su biografía, “sobre todo honorífico y representativo”, pero considera que esta solución de la crisis es una victoria de la política de unidad nacional. Para convencerse – dice – basta con tener en cuenta un solo hecho: la crisis tenía por objeto formar un gobierno sin los partidos del CLN, y en el nuevo gobierno sólo hay miembros de estos partidos.
    “En la primera batalla que han intentado librar [las fuerzas an­tidemocráticas] han sido plenamente derrotadas, y nosotros he­mos desempeñado en esta batalla un papel de primer orden [...] De haberse dejado excluir del gobierno, los partidos del CLN, y en particular los más avanzados, hubieran comprometido las contadas conquistas realizadas por ellos; hubieran abandonado de nuevo el aparato del Estado a las fuerzas conservadoras y reaccionarias. Procediendo así – sigue diciendo Togliatti – nos hemos atenido a la línea de guerra, de unión nacional y de acción democrática constructiva, a la cual está ligada la suerte de la cla­se obrera y la suerte misma de nuestro partido.”(68)
    Como reza el dicho popular, no se consuela el que no quiere...
    Las fuerzas antidemocráticas, explica en ese mismo texto To­gliatti, son “fuerzas oscuras que no osan mostrarse a la luz del día”. Y en efecto, no se mostraban más que a través de los alia­dos, de la Iglesia, de los liberales, de la democracia cristiana, del aparato del Estado (burocracia civil, fuerzas armadas, policía). Su táctica, en ese periodo, no era excluir a los partidos obreros del gobierno; eran suficientemente inteligentes para comprender que la presencia “honorífica y representativa” de un Togliatti en el equipo gobernante les proporcionaba una excelente cobertura frente al pueblo, tras la cual podían seguir reforzando sus posi­ciones en todas las estructuras del Estado y de la sociedad. No les interesaba en absoluto que los partidos antifascistas “aban­donasen” el aparato del Estado, por cuya integridad velaba tan celosamente un Bonomi (y los ministros de Bonomi – los de izquierda, se entiende, puesto que los democristianos y liberales, compartían el mismo sagrado respeto por el inamovible aparato estatal, independientemente de que lo “rejuvenecieran” con nue­vos elementos que no alteraran su esencia – o se plegaban a esa cuidadosa conservación de la máquina estatal, o ponían en pe­ligro la unidad gubernamental, pieza clave de la sacrosanta uni­dad nacional). Lo que les interesaba precisamente a las fuerzas conservadoras y reaccionarias era que el “nuevo” Estado, que seguía siendo su Estado, no fuera “abandonado” por los partidos obreros y populares hasta tanto se hubiese fortalecido suficiente­mente, hasta tanto el país no hubiera superado la peligrosa crisis política, económica y social en que se debatía. Ahora bien – y éste era el fondo real de la crisis del primer gobierno Bonomi – los partidos obreros, la izquierda antifascista, debían respetar escrupulosamente el contrato de solidaridad nacional concluido en Salerno. Cosa nada fácil porque la presión del descontento de las masas, las iniciativas espontáneas de éstas, tendían cons­tantemente a romper el contrato. Hacía falta toda la capacidad de maniobra política de Togliatti, toda su dialéctica justificativa frente a los comunistas y las masas italianas, todo su savoir faire en las esferas de la alta política, y, muy especialmente, todo el prestigio revolucionario del Partido Comunista, toda su virgi­nidad anti reformista, para poder mantener el equilibrio entre las exigencias de la solidaridad gubernamental (que incluía la sumisión a los aliados, muy en primer término) y la solidaridad con las masas trabajadoras. El virulento ataque lanzado por la dirección de la democracia cristiana contra el PCI era eviden­temente una “enorme calumnia” como dice la biografía de To­gliatti. Acusar de fomentar la “violencia”, la “arbitrariedad” y la “anarquía”, al partido que venía predicando constantemente la necesidad de mantener el “orden y la disciplina”, que fomentaba en el pueblo italiano la creencia en los fines liberadores, demo­cráticos y pacifistas de los Aliados, que cultivaba en las masas proletarias la conciencia de su misión nacional, precisando bien que no había que entenderla como los proletarios rusos en 1917; lanzar semejante acusación contra este partido, no sólo era una ”enorme calumnia” sino que aparenten-lente no tenía sentido. Pero la política es la política. La dirección de la democracia cris­tiana no quería ofender a su aliado; simplemente, quería obligar­le a apretar un poco más el freno puesto a las masas populares. Los comités de liberación, por ejemplo, mostraban una enojosa propensión – a escala local, provincial, se entiende – a acentuar su poder, a tomar iniciativas independientes del gobierno, en una palabra, a crear una situación de doble poder. Y ése era el camino ruso, no el que se había convenido recorrer en Italia. Tendencias tanto más peligrosas cuanto que se acercaba la hora del norte, baluarte de los comités de liberación y de los partidos obreros, que disponían del ejército guerrillero. Poco antes de la crisis mi­nisterial la dirección del Partido Comunista había precisado su posición en relación con los comités de liberación:
    “Los comités de liberación nacional, en lugar de ser mantenidos al margen, como tienden a hacer ciertas autoridades, deben ver sus funciones reconocidas y ampliadas, evitando ciertamente un desdoblamiento de poderes, pero asegurando la participación ac­tiva de todas las fuerzas democráticas y antifascistas al esfuerzo organizado que el país debe realizar.”(69)
    El ataque de la democracia cristiana al PCI y la crisis ministerial tenían por objeto asegurar un curso político en el que las ten­dencias al “desdoblamiento de poderes” se cortaran más radical­mente, y la “participación activa” de las fuerzas democráticas y antifascistas se sujetara más estrictamente al marco determinado por el gobierno.
    (…)
    Como ya hemos dicho repetidamente, lo que más inquietaba a las clases dirigentes italianas y a los aliados era la eventuali­dad de una explosión revolucionaria en el norte al consumarse la derrota alemana. La primera medida destinada a destruir el movimiento guerrillero fue la paralización del avance aliado, en

    el otoño de 1944, dejando libres a las tropas hitlerianas y musso­linianas de consagrarse durante todo el invierno a la lucha contra la Resistencia. El general Alexander, comandante en jefe de las fuerzas aliadas, ordenó a los guerrilleros cesar toda operación hasta la primavera, enterrar las armas y dedicarse a escuchar las emisiones de radio del cuartel general aliado. (Estas órdenes fueron dadas por radio, de modo que el mando alemán quedase perfectamente al corriente.)(71) El CLNAI y el Estado Mayor del ejército guerrillero no acataron las órdenes de Alexander, y decidieron proseguir la lucha. Pero el CLNAI actuaba también en la línea de unión nacional (la dirección del Partido Comunista para el norte de Italia se había plegado a la svolta de Salerno, y aunque los socialistas y el Partido de Acción trataron de oponer­se en el CLNAI, prevaleció la posición de la mayoría comunista, liberal y demócrata cristiana (72)). Para llegar a un arreglo con el mando aliado y con el gobierno de Bonomi, el CLNAI despla­zó a la capital una delegación que, el 7 de diciembre, firma el lla­mado “protocolo de Roma”. Los guerrilleros se comprometían a acatar las instrucciones de los angloamericanos en el curso de la guerra, a nombrar como jefe militar del ejército guerrillero un “oficial secreto” de los aliados y a seguir sus directivas hasta la liberación del territorio.
    “Parece que con este acuerdo – dice la Storia della Resistenza italiana, varias veces citada – el movimiento de liberación fue constreñido a hacer duras concesiones: en realidad, los Aliados obtenían simplemente la confirmación de que el movimiento guerrillero “no haría la revolución”, que es lo que evidentemen­te les preocupaba.”
    “En realidad el éxito – dicen estos historiadores comunistas – no era de la parte aliada, sino de la parte italiana: el CLNAI era re­conocido oficialmente como gobierno, no sólo de facto sino de jure en la Italia del norte”, y “a consecuencia del reconocimiento aliado el gobierno Bonomi reconocía, a su vez, al CLNAI como su “delegado” en el territorio ocupado: se establecía así el puen­te entre las dos Italias que las fuerzas hostiles a la Resistencia, ya reorganizadas en la Italia liberada, intentaban impedir hasta entonces.”(73)
    Como se ve, las fuerzas democráticas y obreras, provistas del maravilloso talismán de la unión nacional, marchaban de éxito en éxito. Después de haber “derrotado plenamente” a las fuerzas antidemocráticas que trataban de excluirlas del gobierno, ahora lograban – mediante la “simple confirmación” de que no se pro­ponían “hacer la revolución” – ser reconocidas como “gobierno legal” del norte. Los aliados y el gobierno Bonomi les conce­dían generosamente el derecho de ejercer ese “gobierno legal” batiéndose con hitlerianos y mussolinianos (a los que a su vez los aliados daban todas las facilidades para aplastar al “gobierno legal” y sus valerosas unidades guerrilleras).
    Todos los interesados se esforzaron por cumplir fielmente el compromiso expreso o tácito que habían contraído. Las tro­pas alemanes, auxiliadas por los neofascistas, desencadenaron ofensiva tras ofensiva contra el ejército guerrillero, mientras los aliados observaban rigurosamente el descanso que se habían concedido hasta la primavera. El gobierno Bonomi y los parti­dos antifascistas al sur de la Línea Gótica no hicieron nada para movilizar al pueblo contra esta complicidad criminal de los alia­dos. El ejército guerrillero y la combativa clase obrera del norte arrostraron solos las ofensivas fascistas y el duro, interminable invierno de 1944-1945. Y en esta prueba demostraron que no eran sólo el “gobierno legal” sino el poder real en la Italia indus­trial (74). A mediados de abril de 1945, cuando Alemania está ya prácticamente derrotada, los aliados inician la ofensiva en la Línea Gótica. El ejército guerrillero y la clase obrera se adelan­tan con la insurrección general. Combinando las acciones arma­das con las huelgas insurreccionales, liberan todas las grandes ciudades y la mayor parte del territorio antes de que lleguen las tropas aliadas. Pero dejemos la palabra a Longo, que fue uno de los principales dirigentes de la Resistencia y de la insurrección en el norte de Italia:
    “Más de 300 000 guerrilleros iniciaron a principios de abril de 1945 los combates activos en el norte de Italia y una tras otra liberaron Bolonia, Módena, Parma, Piacenza, Génova, Turín, Milán, Verona, Padua y toda la región de Venecia, antes de lle­gar las tropas aliadas. Los guerrilleros salvaron las empresas in­dustriales y las comunicaciones que los alemanes se preparaban a destruir, hicieron decenas de miles de prisioneros y se apode­raron de considerable armamento. Los guerrilleros establecie­ron en todos los lugares el poder de los Comités de Liberación Nacional y ejecutaron a los principales cabecillas del fascismo italiano [...] Durante diez días, hasta la llegada de las tropas y las autoridades aliadas, los comités de liberación nacional dirigie­ron en el norte de Italia toda la vida política, social y económica. El servicio de policía corrió a cargo de las unidades guerrilleras no ocupadas en las operaciones militares de persecución y desar­me de las unidades alemanas.”(75)
    Así, pues, durante diez días la clase obrera y las masas populares del norte de Italia tuvieron en sus manos el poder, las principales empresas industriales del país, contaban con 300 000 comba­tientes organizados (que podían multiplicarse rápidamente) y disponían de considerable armamento tomado a los alemanes. En la frontera del este tenían el ejército revolucionario de Yu­goslavia, dueño del poder. En la frontera austriaca, el ejército so­viético. Pero había el “protocolo de Roma”, la política de unión nacional, y... Yalta. Longo termina lacónicamente esta parte de su informe ante la reunión constituyente del Kominform:
    “Cuando las autoridades aliadas llegaron al norte con sus tropas, comenzaron a separar de los puestos importantes a los hombres de la Resistencia nombrados por los comités de liberación nacio­nal, sustituyéndolos por funcionarios del viejo aparato adminis­trativo. Por lo que se refiere al gobierno de Roma, en cuanto los aliados le transmitieron la dirección de todo el país, se apresuró a sustituir a todas las personas colocadas por los comités de li­beración en cargos de responsabilidades con supuestos “espe­cialistas”, es decir, con funcionarios del viejo aparato adminis­trativo.”(76)
    Un historiador soviético resume de manera más completa lo ocurrido:
    “La administración militar angloamericana declaró el estado de guerra en el norte de Italia. Abolió todas las disposiciones de­mocráticas de los comités de liberación nacional y destituyó del aparato dirigente a los que contaban con la confianza del pue­blo, sustituyéndolos por funcionarios reaccionarios. Devolvió a los monopolistas y terratenientes la propiedad que se les había confiscado. Los ocupantes desarmaron a los destacamentos gue­rrilleros y disolvieron el comité de liberación nacional del norte de Italia.”(77)
    El historiador soviético se olvida únicamente de que en el Con­sejo consultivo para Italia había un representante soviético, y que se sepa hasta hoy el gobierno de la URSS no protestó, ni en ese organismo, ni en ninguna otra instancia, contra el com­portamiento de los “ocupantes” en el norte de Italia. Se olvida también de que el PCI fue el primero en facilitar el desarme de los guerrilleros, como recordó Togliatti en el V Congreso del partido (diciembre de 1945):
    “A todos nos une el acuerdo de no recurrir a la violencia en la lu­cha entre los partidos. Este acuerdo exige el desarme de todos, y nosotros fuimos los primeros en hacerlo tomando medidas para su realización por las unidades guerrilleras.”(78)
    La insurrección de la Italia septentrional suscitó una ola de entu­siasmo y esperanza en el pueblo. Como se decía entonces, contra el “viento del sur” – la política reaccionaria, enmascarada de antifascismo, de las clases dirigentes tradicionales – se levantó el “viento del norte”, la aspiración de millones de obreros, cam­pesinos e intelectuales, a profundas transformaciones sociales y políticas. En el curso de 1945 todos los partidos antifascistas de izquierda se convirtieron en partidos de masas. El comunista pasó de 400 000 miembros en abril a 1 700 000 en diciembre. El socialista contaba en esta última fecha con unos 800 000. Y el Partido de Acción, que expresaba las tendencias de la pequeña burguesía radicalizada, y en particular de importantes núcleos de
    49 la intelectualidad, tenía alrededor de 250 000 miembros. Incluso en la democracia cristiana – que como decía Togliatti eran dos partidos en uno, albergaba “dos almas opuestas” – las corrientes de izquierda, particularmente entre la juventud del partido, se incrementaron considerablemente. La Confederación General del Trabajo, que unificaba sindicalmente a todas las tendencias políticas de la clase obrera, llegó a reunir rápidamente más de cinco millones de afiliados. En el Mezzogiorno se desarrollaba un potente movimiento de braceros y campesinos. Los comités de gestión formados en todas las grandes fábricas del norte a fa­vor de la insurrección seguían en pie, aunque no eran legalmente reconocidos; y, sobre todo, los obreros tenían conciencia de su fuerza, estaban dispuestos a la lucha (79). Pese a las medidas gubernamentales y de los aliados, encaminadas a depurar los comités de liberación y preparar su liquidación, estos órganos unitarios del antifascismo, en los que a escala local y provincial predominaban generalmente las tendencias de izquierda, defen­dían tenazmente su existencia. De la misma manera que, pese a todas las medidas de desarme, muchas armas habían sido escon­didas y la posibilidad de crear en gran escala, sobre la base de los combatientes de la Resistencia, organizaciones paramilitares de autodefensa, no ofrecía duda alguna: dependía exclusivamen­te de que las fuerzas antifascistas de izquierda se lo propusie­sen. Al mismo tiempo, la ruinosa situación económica del país exigía objetivamente – si la restauración económica había de efectuarse en interés de los trabajadores – la realización urgen­te de radicales reformas de estructura, el ataque a fondo contra la propiedad de los grandes industriales, banqueros y agrarios. Seguía presente, además, el factor nacional. El comportamiento colonialista de los nuevos ocupantes hería los sentimientos na­cionales exaltados por la guerra contra el ocupante alemán. Se daban, por tanto, una serie de premisas políticas, económicas, sociales, así como de tipo organizacional, muy favorables para que la izquierda antifascista y obrera, rompiendo con la línea de compromisos y componendas frente a la derecha “antifascista”, instrumento político de las clases dirigentes tradicionales, pu­diera pasar a una estrategia ofensiva, movilizando a millones de trabajadores manuales e intelectuales por una democracia avan­zada, de contenido socialista. El “viento del norte” significaba la posibilidad latente de organizar una enérgica lucha de masas por la defensa y vigorización de las múltiples formas incipientes de un nuevo poder democrático que habían ido surgiendo durante la guerra de liberación, y a favor de la insurrección de abril. La consigna lanzada por el Partido de Acción – llevar a término la “revolución del CLN” – reflejaba la disposición de un amplio sector de la pequeña burguesía, y sobre todo de las capas intelec­tuales y profesionales, de ir junto con la clase obrera hacia una transformación democrática socialista.
    En junio de 1945, bajo la presión del “viento del norte”, se for­ma un nuevo gobierno de la coalición antifascista presidido por F. Parri – la personalidad más destacada del Partido de Acción, presidente del CLN de la Alta Italia –, pero incluso las posicio­nes vagamente socializantes de los accionistas eran consideradas por la dirección togliattiana como excesivamente izquierdistas. El PCI – sin cuya iniciativa y concurso era imposible el rea­grupamiento de la izquierda y el paso a una estrategia ofensiva – seguía aferrado a la política de unión nacional iniciada con la svolta de Salerno. Los que en sus filas preconizaban un nuevo viraje, esta vez a la izquierda, eran tachados de “aventureros” o “izquierdistas”: según el diagnóstico oficial habían contraí­do la “enfermedad infantil” y no comprendían la “relación de fuerzas”. En ningún documento coetáneo – ni ulterior – del PCI puede encontrarse un verdadero análisis de esa “relación de fuerzas”; el supuesto de que no permitía una salida socialista a la crisis del capitalismo italiano era manejado por la dirección del PCI (igual que por la dirección del PCF, en relación con la crisis del capitalismo francés) como un principio metafísico, o un axioma matemático, a partir del cual toda la política del par­tido quedaba justificada, asentada en una consideración rigurosa de la “situación objetiva”. Más adelante volveremos sobre esta famosa cuestión de la “relación de fuerzas” existente en el es­cenario italiano, así como en el francés, durante el bienio 1944- 1945. De momento nos interesa únicamente registrar que para la dirección togliattiana dicha “relación” dictaba el sometimiento a dos imperativos, cuya inobservancia podía acarrear las mayores desgracias a la clase obrera y al partido: mantener la coalición con el ala burguesa del antifascismo y evitar todo conflicto con los Aliados. (Cada uno de estos imperativos implicaba forzosa­mente el otro: no era posible conservar la coalición con la dere­cha del antifascismo si se entraba en conflicto con los Aliados, y recíprocamente.)
    Desde el momento que se sujetaba a esas coordenadas, el parti­do dejaba la iniciativa en manos de la derecha, se condenaba a no ejercer más que una función de presión. Reclamaba, exigía, proponía, pero no hacía nada por desplegar en la acción el poten­cial revolucionario del formidable movimiento obrero y popular que hervía en el país. Italia vive una “revolución democrática”, escribe Togliatti en el verano de 1945, después de la formación del gobierno Parri, y la clase obrera “exige” un papel dirigente:
    “La clase obrera y la masa trabajadora demandan poner su im­pronta en la mutación democrática que está produciéndose, y, dada la bancarrota de las viejas castas dirigentes reaccionarias, exigen asumir un papel dirigente de primer orden en la solución de todas las cuestiones planteadas por la revolución democrá­tica, y, en general, en la dirección del país. Lo que tiene como consecuencia inevitable que los problemas de la emancipación económica y social de los trabajadores, y todas las cuestiones conexas, tiendan a recibir un comienzo de solución, conforme a las aspiraciones del pueblo, en el curso mismo de la revolución democrática.”(80)
    ¿En virtud de qué mágico mecanismo el hecho de que la clase obrera “demande” que la revolución democrática adquiera su impronta, “exija” desempeñar un papel dirigente, ha de tener como ”consecuencia inevitable” el inicio de la solución socialis­ta (”la emancipación económica y social de los trabajadores”)? Ni en éste, ni en ningún otro trabajo, Togliatti desentraña el mis­terio. Pero en diciembre de ese mismo año explica lo que suce­día en la práctica, qué suerte corrían las “exigencias” de la clase obrera, y de qué manera su emancipación económica y social comenzaba a resolverse.
    “No es posible – dice en el informe ante el V Congreso del par­tido – avanzar con un régimen cuyo gobierno está paralizado en virtud de que, cuando es necesario tomar medidas eficaces en cualquier dominio, los partidos de izquierda que desarrollan una acción democrática consecuente tropiezan con un chantaje con­tinuo, el cual les obliga a someterse a la inercia gubernamental, e incluso a aceptar medidas antidemocráticas, para evitar crisis que llevarían el país al caos.”(81)
    Como se desprende del texto, la “parálisis” afectaba a la “ac­ción democrática consecuente”; las medidas antidemocráticas se aplicaban, mientras que las democráticas quedaban en las reso­luciones de los partidos de izquierda o en los discursos de sus di­rigentes. Ante el “chantaje” – amenaza de ruptura de la coalición gubernamental o de intervención de los Aliados – el PCI, y tras él los otros partidos de izquierda, se resignaban al curso reac­cionario de la derecha, aceptaban compromisos que sería difícil clasificar entre los que Lenin consideraba admisibles para un partido revolucionario. Y según una lógica bien comprobada en todas las crisis sociales, cuando no hay un partido revoluciona­rio capaz de ponerse resueltamente a la cabeza de las masas, las capas intermedias, fluctuantes, comenzaron a evolucionar hacia la derecha.
    En diciembre se produce la crisis del gobierno Parri. Mientras la clase obrera “exige” desempeñar un papel dirigente, la burgue­sía – viejas y nuevas “castas” – consolida sus posiciones en el Estado, pone a de Gásperi al frente del gobierno. Como regis­tran las Cronache di vita italiana de los biógrafos de Togliatti: “El Viento del Norte sufrió un parón decisivo; todo el debate político se trasladó al problema de república o monarquía, y el embate social estimulado por la insurrección de abril quedó
    50 contenido. El Viento del Norte y el Viento del Sur llegaron a un compromiso.”(82) En efecto, en lugar del inquietante tema: capitalismo o socialismo, que pugnaba por situarse en el centro de la lucha política desde abril, todos los partidos se pusieron tácitamente de acuerdo para colocar en primer plano la cuestión: monarquía o república, mucho menos peligrosa para las clases dirigentes, y especialmente apta para inflamar la imaginación meridional. Mientras tanto, el desmantelamiento de los comités de liberación, la liquidación de la Resistencia a todos los niveles, proseguía metódicamente su curso normal. Los centros efecti­vos del poder burgués y los Aliados no perdían el tiempo. La “depuración” no avanzaba un paso, pero el secretario general del Partido Comunista seguía regentando con ejemplar competencia el Ministerio de Justicia (83).
    El 2 de junio de 1946, las urnas darán la mayoría a la opción republicana y al mismo tiempo consagrarán la hegemonía de la Democracia Cristiana [DC] en la política italiana. En los días de Salerno la DC era uno más – y desde luego no el más influyente – entre los partidos de la coalición antifascista que habían entra­do en el gobierno Badoglio. A los dos años de “unión nacional” se había convertido en el primer partido político de Italia. Las elecciones a la Asamblea Constituyente (efectuadas al mismo tiempo que el referéndum sobre la forma del régimen). le dan 8 000 000 de votos (35,2 % de los sufragios emitidos), contra 4 300 000 (18,9 %) al PCI y 4 700 000 (20,8 %) al Partido Socia­lista. Esos ocho millones incluían la mayoría de la masa campe­sina y de la pequeña burguesía urbana, e incluso un porcentaje de obreros; masa social que votaba por el partido manejado por los grandes industriales y agrarios porque no veían diferencia substancial entre él y los partidos obreros en lo referente a los objetivos sociales, teniendo en cambio la ventaja de conciliarlos con la Iglesia y la religión. Los demócratas cristianos se presen­taron a las elecciones para la Constituyente – señala uno de los dirigentes del PCI “con un programa social y de reformas de estructura que respondía a las aspiraciones de los trabajadores católicos y era substancialmente idéntico al de los comunistas y socialistas” (84). Togliatti subrayó este hecho inmediatamente después de las elecciones, reconociendo que comunistas y socia­listas habían cometido un error al no diferenciarse netamente: a las declaraciones que hacían por doquier los demócratas cristia­nos de que “su programa económico y social no se diferenciaba en nada del programa de los socialistas ni del de los comunistas, los socialistas y comunistas se limitaban, por lo general – señala Togliatti –, a exigir de los demócratas cristianos que se pronun­ciasen claramente a favor de la república”(85). Pero esto no era nuevo. Desde la caída de Mussolini, durante la guerra de libe­ración nacional, a lo largo del año 1945, cuando el “viento del norte” agitaba al país, el PCI, preocupado ante todo de salva­guardar la “unión nacional”, había facilitado la demagogia social del nuevo instrumento político de las clases dominantes. No sólo reduciendo su propio “programa social” a reformas compatibles con la democracia burguesa, sino renunciando incluso a promo­ver una lucha efectiva, de masas, por la realización de dichas reformas; renunciando, sobre todo – y esto era lo decisivo –, a la lucha por afirmar y desarrollar el nuevo poder democrático que la Resistencia portaba en sí, a partir del cual hubiera sido posible un avance real hacia el socialismo. En una palabra, la política del PCI había facilitado que las masas no pusieran a prueba la sinceridad del “programa económico social” de la democracia cristiana.
    Cierto, las elecciones a la Constituyente ponían de relieve la enorme fuerza que agrupaban los dos partidos obreros: ese 40 % del cuerpo electoral que se había pronunciado por ellos incluía a la gran mayoría del proletariado industrial y agrícola, a impor­tantes sectores del campesinado y de las capas medias urbanas, así como de la intelectualidad. Pero después de las elecciones esa fuerza siguió desempeñando, en la práctica, un papel de bri­llante segundón, y no de protagonista, en el proceso político. Maurice Vaussard, uno de los historiadores de la Democracia Cristiana europea, podrá escribir, con toda razón: “En el fondo, mientras duró el tripartismo, Togliatti y Nenni, aun refunfuñan­do de vez en cuando, cedieron siempre ante el jefe de la De­mocracia Cristiana.”(86) Las “reformas de estructura” quedaron nuevamente aplazadas. Según el mismo historiador las direccio­nes de los partidos antifascistas habían convenido antes de las elecciones que las atribuciones de la Constituyente se limitarían a la elaboración y voto de la Constitución

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    Re: La revolución antifascista de Italia

    Mensaje por revolucionarioo el Vie Ene 17, 2014 7:47 am

    Y agrega:
    “Todo transcurre, en suma, como si desde el principio se hubiese realizado una entente tacite entre los dos grandes partidos de masas [el PCI y la DC]”, a fin de que de Gásperi pudiera vencer las dos mayores dificultades que debía afrontar después de la liberación: el voto del tratado de paz y el de la nueva Constitu­ción, la cual iba, en particular, a ratificar o no los acuerdos de Letrán… Gásperi obtuvo de su propio partido y de los comunis­tas, que reunidos formaban la mayoría de la Constituyente, la ratificación del tratado de paz, mientras que la misma mayoría, contra la oposición de los socialistas, del Partido de Acción y de no pocos liberales, insertaba en la nueva Constitución la subs­tancia del Concordato, inseparable de los acuerdos de Letrán, que proclama la religión católica religión de Estado, concede valor legal al matrimonio religioso, proscribe el divorcio, y ase­gura los emolumentos del clero.”(87)
    (La dureza del tratado de paz dictado por los “tres grandes” había provocado la repulsa general de la opinión pública italiana: de no mediar la estrecha subordinación de la dirección democristiana a los angloamericanos, y de la dirección comunista a los sovié­ticos, la ratificación del tratado por Italia hubiera tropezado con serias dificultades.) Todo fue sucediendo, en efecto, como si los compromisos expresos o tácitos a que alude Vaussard, existiesen en realidad. Es difícil creer que entre las concesiones del PCI a la consagración constitucional del tradicional papel de la Iglesia en la sociedad italiana, y las concesiones de la DC al “contenido social” de la Constitución no existiera una relación de toma y daca (88). Lo que no excluye el interés específico del PCI en las concesiones a la Iglesia – justificadas por él como concesiones a la religiosidad del pueblo – mediante las cuales pensaba adquirir ascendencia entre las masas católicas; ni excluye el interés espe­cífico de los demócratas cristianos en los principios y disposicio­nes “sociales” de la Constitución, los cuales proporcionaban una excelente fachada popular, y hasta socializante, a la restauración del capitalismo italiano (89).
    “La revolución democrática que se está realizando en nuestro país deberá culminar, en su primera fase, en la Asamblea Consti­tuyente [...]”, había planteado Togliatti en su informe al V Con­greso. En las fases sucesivas se iría avanzando hacia el socialis­mo por los cauces de una “república organizada sobre la base del sistema parlamentario representativo”, en la que “toda reforma de contenido social se realice respetando el método democrá­tico” (90). Pero lo que “culminaba” con la Asamblea Consti­tuyente era la gran operación política de las clases dirigentes italianas iniciada con la eliminación de Mussolini. Refiriéndose a la situación creada a comienzos de 1947, las Cronache di vita italiana dicen: “Lo peor había pasado, la revolución y el viento del norte habían sido contenidos. Ahora hacía falta dar un golpe de timón decisivo, orientar resueltamente la nave del Estado en la “buena” dirección, lo que excluía cualquier participación en el poder de las fuerzas de izquierda.”(91) En mayo de 1947, poco después de su viaje a Washington, de Gásperi licencia a los mi­nistros comunistas. A los biógrafos de Togliatti esta decisión les parece injusta y errónea políticamente, dado que la presencia de los comunistas en el gobierno había demostrado ser “un elemen­to de seguridad y de estabilidad”:
    “Togliatti había sido el ministro de Justicia, y en lugar de las matanzas anunciadas por la reacción se dio una amnistía que contribuyó notablemente a la pacificación [...] Scoccimarro y Pesenti fueron ministros de Finanzas y del Tesoro, y la lira, lejos de hundirse, había resistido bien. Gullo fue ministro de Agricul­tura, y los únicos que podían quejarse eran los famosos barones del Mezzogiorno, en contra de los cuales se habían aplicado por primera vez algunas de las medidas relativas a la gran
    51 dad latifundista, reclamadas desde decenios, antes del fascismo, por los mismos elementos burgueses del meridionalismo italia­no.”(92)
    Y Togliatti comentó el hecho en los siguientes términos:
    “Un adversario inteligente y capaz no nos habría excluido del gobierno. Al contrario, cogiéndonos la palabra en cuanto a nues­tras tomas de posición y nuestras declaraciones, nos hubiera po­dido poner, tal vez, en trance de permanecer, y hubiera trabajado para crear una situación en la que habríamos sido acorralados sin esperanza de encontrar salida, o habríamos tenido que salir quebrantados. Para comprender y hacer eso era necesario ser in­teligente, y de Gásperi, por el contrario, es un mediocre, posible­mente menos que un mediocre.”(93)
    Reconocimiento significativo en lo que se refiere a las posicio­nes y declaraciones del partido, y desahogo poco elegante en lo que se refiere a la inteligencia de de Gásperi. Tal vez, de no mediar la brutal intervención de Truman, hubiera podido sacar más jugo aún de la política de “unión nacional” del PCI; pero es notoriamente injusto no reconocer que la aprovechó a fondo para llevar a buen término la difícil tarea que la burguesía italia­na las había confiado. De Gásperi no defraudó la confianza y las esperanzas que en él habían puesto las viejas clases dirigentes italianas. ¿Podría decirse lo mismo en lo que concierne a la con­fianza y las esperanzas que el proletariado italiano puso en los que le representaban al producirse la mayor catástrofe nacional de la Italia moderna, la mayor crisis política, social y económica del capitalismo italiano? ¿Era la misión histórica del partido re­volucionario contribuir a preparar las condiciones económicas y políticas del “milagro italiano”?
    Es cierto que los trabajadores italianos obtuvieron una serie de conquistas que no pueden ser menospreciadas. En lugar del fas­cismo, la democracia burguesa; en lugar de la anacrónica mo­narquía, la república democrática con una Constitución todo lo avanzada que puede serlo una Constitución burguesa; y una se­rie de mejoras sociales. En resumen, algo parecido a lo que el proletariado alemán obtuvo después de la primera guerra mun­dial, con su “revolución democrática”, bajo la dirección de la socialdemocracia. Es inevitable que acuda a la mente el dicho campesino: “Para ese viaje no se necesitan alforjas”. ¿A qué fin Livorno? Y en el caso francés: ¿Para qué Tours?
    Notas
    49. R. Battaglia: Storia della Resistenza italiana, Einaudi, 1955, 83.
    50. Véase la Breve Storia della Resistenza italiana, de R. y G. Battaglia Garrita­no, Editori Riuniti, 1965, p. 36.
    51. Informe de Luigi Longo en la Conferencia constitutiva del Kominform, in­cluido en Conferencia de información de los representantes de algunos partidos comunistas, Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, 1948, p. 227-228. (En lo sucesivo citaremos este folleto: Conferencia Kominform 1947.)
    52. Véase, por ejemplo, Les mouvements clandestins en Europe, de Henri Mi­chel, PUF, 1965, p. 47-48. En su discurso con motivo del 35 aniversario de la fundación del PCI Togliatti se refiere a ese periodo en los siguientes términos: “En 1943, en el mes de marzo, los obreros de Turín declararon la huelga para defenderse contra la odiosa explotación y para combatir la política fascista de guerra. El movimiento, hay que recordarlo, fue preparado, organizado en todas sus fases, y dirigido, por comunistas, por los camaradas que constituían el centro interior de nuestro partido, dirigidos por el camarada Massola. Esa huelga fue uno de los golpes de gracia al régimen fascista. Cuando después este régimen se hundió, el 25 de julio, y cuando se derrumbaron todos los viejos fundamentos del Estado burgués, e incluso su organización militar, comenzó la insurrección popular más grande de toda la historia de Italia. El pueblo tomó la iniciativa, co­gió en sus manos la suerte del país, se organizó, se dio un ejército y jefes, y luchó por salvar la patria de la destrucción y de la catástrofe. Y bien, éramos nosotros los que entonces estábamos a la cabeza, nosotros, viejos y nuevos combatientes.” (Togliatti: 35 années de lutte pour la liberté et le socialisme, Cahiers du Parti Communiste italien, Section pour l’étranger, 1956, p. 14-15.)
    53. Togliatti: “Italia en guerra contra Alemania”, Pravda, 12 de noviembre de 1943. Tomamos el texto de las Obras escogidas de Togliatti, editadas en ruso por la Editora de literatura política de Moscú, 1965. El párrafo citado se encuentra en el t. I, p. 274. Togliatti silencia en este artículo que la declaración sobre Italia de las tres potencias contenía una disposición según la cual mientras durase la gue­rra todo el poder efectivo quedaba en manos de las autoridades militares aliadas. El derecho del pueblo italiano a elegir democráticamente su gobierno quedaba aplazado hasta después de la victoria.
    54. Citado por Pietro Secchia en el ensayo ”Movimiento operaio e lotta di classe alla Fiat nel periodo della Resistenza”, publicado en la Revista Storica del So­cialismo, número 22, 1964.
    55. En un artículo escrito en 1965, Lelio Basso se refiere a una reunión celebrada en Milán, poco tiempo antes de la caída de Mussolini, en la que participaban representantes de los partidos comunista, socialista, de acción, y demócrata cris­tiano. ”Recuerdo – escribe L.B. – el embarazo del compañero Marchesi [re­presentante del PCI] al dar lectura de un texto enteramente dirigido a ofrecer garantías y seguridades a la burguesía contra la perturbación del orden social (se preocupaba, incluso, de tranquilizar a los industriales, diciéndoles que el gobierno antifascista les resarciría por daños de guerra), y recuerdo la ingenua observación del representante demócrata cristiano después de escuchar aquella lectura: ”Ahora nosotros, demócratas cristianos, estamos más a la izquierda que los comunistas.”.” (L. Basso: ”Il rapporto tra rivoluzione democratica e rivolu­zione socialista nella Resistenza”, Critica marxista, julio-agosto de 1965.)
    56. A partir de la ocupación del norte y centro de Italia por los alemanes, existían tres Comités de Liberación con categoría nacional: el del Norte de Italia, el que tenía su sede en Roma y teórica-mente era el órgano supremo, pero en la práctica no dirigía el movimiento ni siquiera en la zona central, y el instalado en Nápoles.
    57. Marcella y Maurizio Ferrara: Palmiro Togliatti, Editions sociales, 1954, p. 339. Esta obra ha sido revisada y corregida por Togliatti mismo, y está elaborada sobre la base de conversaciones con él y documentos del partido italiano. Lo que en ella se dice puede considerarse, por tanto, como la versión y la opinión de Togliatti en relación con los acontecimientos a que se refiere.
    58. Ibid., p. 340.
    59. La versión de que algunos dirigentes veteranos del PCI opusieron cierta re­sistencia a las tesis de Togliatti, la tenemos de funcionarios de la sección ex­tranjera del Comité Central del PCUS, cuando estaba reciente la formación del Kominform y la crítica hecha entonces a la política seguida por el PCI.
    60. M. y M. Ferrara: Palmiro Togliatti, p. 350.
    61. Gran Enciclopedia soviética [en ruso], t. 19, p. 86. En la obra de historia con­temporánea que sirve de texto en la Escuela Superior del PCUS, se dice, aún con más precisión: “Por exigencia del gobierno soviético, el Consejo consultivo para Italia [formado por representantes de la URSS, Estados Unidos, Inglaterra, Fran­cia] adoptó una decisión especial sobre la formación inmediata por el mariscal Badoglio de un gobierno con participación de todos los partidos antifascistas.” (Noveishaia istoriia [Historia contemporánea], parte II, Moscú, 1959, p. 582.)
    62. En las páginas 339-345 encontrará el lector un breve análisis de las presiones de Stalin sobre Tito.
    63. M. y M. Ferrara: Palmiro Togliatti, p. 362.
    64. Togliatti: ”La politica di unitá nazionale dei comunisti” (Discurso del 11 de abril de 1944), Critica marxista, julio-octubre de 1964, p. 24, 34, 42, 34.
    65. Togliatti: ”Avanti, verso la democrazia!” (Discurso del 24 de septiembre de 1944), Ibid., p. 74.
    66. Battaglia y Garritano: Op. cit., p. 192.
    67. M. y M. Ferrara: Palmiro Togliatti, p. 369.
    68. Ibid., p. 369, 371-372.
    69. Ibid., p. 369. (El subrayado es nuestro. FC.)
    70. Togliatti: Obras escogidas en ruso (véase nuestra nota 53), t. I, p. 379.
    71. Véase Battaglia y Garritano: Op. cit., p. 189.
    72. Ibid., p. 91.
    73. Ibid., p. 202-203.
    74. Aprovechando la crudeza del invierno, el enemigo, desplegando importantes fuerzas, intentó aislar a las unidades guerrilleras en las zonas altas de las mon­tañas y cortarlas de sus bases de aprovisionamiento. Los guerrilleros decidieron filtrarse a través de las unidades enemigas y descender a la llanura. Esta táctica de pianurizzazione [llanurización] como se la llamó, dio magníficos resultados, gracias al apoyo masivo de la población. Al mismo tiempo se reforzó el disposi­tivo de la lucha armada en los centros industriales, en las grandes fábricas.
    75. Informe de Longo en la reunión constitutiva del Kominform. Conferencia Kominform 1947, p. 228-229.
    76. Ibid., p. 230.
    77. Noveishaia istoria, p. 583.
    78. Togliatti: ”Rinnovare l’Italia” (Rapporto al V Congreso dei PCI). Critica marxista, julio-octubre de 1964, p. 96.

    79. Los “comités de gestión” se formaron por un decreto del Comité de Libera­ción Nacional del norte de Italia en vísperas de la insurrección. Eran organismos en los que estaban representados los obreros, empleados y técnicos, cuya fun­ción era dirigir las empresas junto con comisarios del gobierno y patronos (véase informe de Longo citado, en nota 75, p. 229).
    80. Rinascita, número 5-6, mayo-junio de 1945. (El subrayado es nuestro. FC.)
    81. Togliatti: ”Rinovare l’Italia” (Rapporto al V Congreso dei PCI). Critica mar­xista, julio-octubre de 1964, p. 99.
    82. Marcella y Maurizio Ferrara: Cronache di vita italiana, 1944-1948, Editore Riuniti, 1960. Tomamos la cita de la versión francesa de los capítulos VII y VIII, incluidos en Recherches Internationales, número 44-45, 1964, p. 205.
    83. Togliatti desempeñó la cartera de justicia desde la liberación hasta las elec­ciones del 2 de junio de 1946. El principal problema concerniente a este ministe­rio era la depuración y el castigo de los cuadros del fascismo. La orientación del partido, indudablemente correcta, era concentrar la operación en los verdaderos responsables, en los cuadros superiores. Pero no se hizo más que en contados casos. Las fuerzas burguesas y los Aliados lo sabotearon por todos los medios. Y el partido no luchó enérgicamente por impedir ese sabotaje. Incluso un his­toriador de la democracia cristiana europea, como Maurice Vaussard, lo señala “Si la depuración fue frustrada -y lo fue radicalmente, sobre todo en el sur- se debió en parte, sin duda, a la presencia y la influencia de los ejércitos aliados, a la oposición de los medios liberales de derecha, pero también a la extraordinaria indulgencia que testimoniaron los encargados de esa depuración, y en primer lugar los mismos Togliatti y Nenni, que se sucedieron en el cargo. Sin duda se dieron cuenta que Italia no hubiera podido, aunque lo quisiera, reemplazar ventajosamente a los cuadros administrativos que habrían quedado vacantes. Las sucesivas amnistías hicieron el resto y permitieron levantar la cabeza a los peores adversarios de la democracia, como el príncipe Valerio Borghese o el diplomático Anfuso, uno de los jefes europeos del neonazismo.” (Histoire de la démocratie chrétienne, Seuil, 1956, p. 275-276.)
    84. Emilio Sereni: Il Mezzogiorno all’opposizione, p. 60. El subrayado es del propio Sereni.
    85. Obras escogidas de Togliatti en ruso, t. I, p. 463.
    86. Op. cit. (nota 83), p. 275. Por “tripartismo” entiende el autor los gobiernos basados fundamentalmente en los demócratas cristianos, comunistas y socia­listas.
    87. Ibid., p. 276, 274.
    88. Los biógrafos de Togliatti señalan que el “contenido social introducido en la Constitución” lo fue “gracias a un acuerdo con parte de los mismos demócratas cristianos” (Palmiro Togliatti, p. 389).
    89. Los principios sociales más ”avanzados” incluidos en la Constitución ita­liana son los siguientes: ”Italia es una República democrática fundada sobre el trabajo” (art. 1); ”Corresponde a la República apartar los obstáculos de orden económico y social que, limitando de hecho la libertad y la igualdad de los ciu­dadanos, impiden el completo desenvolvimiento de la personalidad humana y la participación efectiva de todos los trabajadores en la organización política, económica y social des país” (art. 3); ”El trabajador tiene derecho a una retribu­ción proporcional a la cantidad y calidad de su trabajo; esta retribución debe ser suficiente, en todo caso, para asegurarle a él y a su familia, una existencia libre y digna” (art. 36). Según Togliatti estos “principios fundamentales” inscritos en la Constitución “imponen una transformación del viejo sistema económico y político italiano e indican una vía de desarrollo orientada hacia el socialismo” (Togliatti: Le parti communiste italien, p. 128).
    Conviene precisar que esta “vía de desarrollo orientada hacia el socialismo” fue aprobada por el partido que principalmente representaba a la gran burguesía ita­liana y al Vaticano, medio año después de haber excluido a los comunistas del gobierno. Como quedó muy claro en la discusión de los diferentes artículos, y en particular del primero, todo ese ”contenido social” está fundado -como sucedió con la predecesora más directa de la Constitución italiana del 48, la Constitución española del 31-en el equívoco de que los conceptos ”trabajo” y ”trabajador” sirven para designar indistintamente al obrero y al capitalista, al campesino tra­bajador y al gran propietario agrario, y a sus respectivos ”trabajos”. Ello queda perfectamente claro, por ejemplo, en la recopilación de ensayos sobre la Consti­tución italiana publicada por los Cahiers de la Fondation Nationale des sciences politiques, Armand Colin, París, 1950.
    90. Togliatti: ”Rinnovare l’Italia” (Rapporto al V Congreso dei PCI), Critica marxista, julio-octubre de 1946, p. 117, 115.
    91. Recherches Internationales, número 44-45, París, 1964, p. 228.
    92. Ibid., p. 227.
    93. Citado por M. y M. Ferrara: Palmiro Togliatti, p. 388-389.

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