Trotsky no existe, de Manuel M. Navarrete

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Mensaje por Kirtash el Dom Ene 05, 2014 12:09 pm

De: Manuel M. Navarrete
Link: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=98272



Trotsky no existe

Por un marxismo creativo


Introducción

Si en este planeta existen recursos para todos pero muchos mueren de hambre, y eso es consecuencia directa del capitalismo, y sólo podemos destruir el capitalismo organizándonos, entonces se hace imprescindible pasar revista al panorama de la izquierda organizada, es decir, de la única oposición existente al capitalismo y el hambre. Pasando revista, lo primero que nos llamará la atención será la infinita división y subdivisión de estas fuerzas, en ciertas ocasiones motivada por bases programáticas (por ejemplo, la división que existe entre Izquierda Unida y la izquierda extraparlamentaria), pero en otras debida a prejuicios mutuos o, peor si cabe, a distintas lecturas de hechos históricos del pasado (como en el caso de dicha izquierda extraparlamentaria, que se encuentra fraccionada hasta la impotencia política).

¿Recuerdan aquella escena de La vida de Brian? Brian le pregunta a unos hombres si son del Frente Judaico Popular y estos le contestan: “¡Vete a la mierda! ¿Frente Judaico Popular? Somos del Frente Popular de Judea” (https://www.youtube.com/watch?v=hMvcjzEKTMw). Pues así se siente uno muchas veces, como en una película de los Monty Python, como si estuviéramos insensibilizados contra el hecho de que no se nos puede tomar en serio; y todo por confundir, como decía Galeano hace unos días, unidad con unanimidad, política con religión, divergencia con herejía.

Es curioso rastrear el origen del enfrentamiento que, en el seno del islam, se desarrolla entre sunnitas y chiitas. Resulta que Mahoma no dejó un sucesor oficial, así que, a su muerte, sus seguidores Alí y Muawiya se enfrentaron entre ellos, siendo derrotado el primero. Mas de mil años después, sus partidarios continúan divididos, y a partir de una simple pelea sucesoria han inventado imbricadas teorías por las que enfrentarse. Algo parecido sucede hoy día con el enfrentamiento que, en el seno del marxismo-leninismo, separa a trotskistas y estalinistas. Resulta que los comunistas nos encontramos insensatamente divididos por el enfrentamiento (en muchos sentidos personal) que tuvieron dos hombres hace 80 años, en una mera pelea sucesoria a la muerte de Lenin.

Por supuesto, si el propósito de este trabajo fuera otro, debería ahondar en el estudio de los condicionantes históricos que rellenan de contenido una pelea sucesoria, como codificación histórica de los conflictos sociales. Sin embargo, sería una simplificación ingenua del marxismo decir que Alí y Muawiya se enfrentaron para defender sus respectivos ideales. ¿Es que para el marxismo no existen la ambición personal entre las motivaciones de los personajes históricos? ¿Es idealismo aludir a un enfrentamiento personal? Puestos a hacer metáforas forzadas al estilo del marxismo dogmático y vulgar, ¿por qué no ver en el supuesto enfrentamiento político una superestructura, cuya base fuera una lucha por el poder tras la muerte de Lenin? Podemos analizar, por ejemplo, qué factores materiales han motivado que en unos países el trotskismo haya tenido arraigo a posteriori y en otros no (o incluso analizar factores como la psicología de masas, la necesidad de una figura “diferente” a lo que realmente se alcanzó en la URSS y la insatisfacción consecuente). Pero eso sigue sin explicar lo acontecido en el Partido Bolchevique durante los años 20 del siglo XX.



Una superación dialéctica

Hoy en día, y menos por evolución que por desaparición política, quedan pocos estalinistas (al menos “estalinistas” que se reconozcan en dicha denominación y que den culto a la imagen del personaje histórico); en cambio, podemos encontrar bastantes activistas y partidos que se reconocen como “trotskistas” y, en función de ello, se dividen de otros partidos (e incluso entre sí, celosos por ver quién efectúa la exégesis más ortodoxa de los textos del profeta armado y luego desarmado).

Sin embargo, Trotsky no existe, ni Stalin tampoco. Y no sólo porque ambos hayan muerto y no puedan venir, por tanto, aquí a “hacernos” la revolución; sino porque de hecho nunca existieron (en las versiones icónicas que sus respectivos seguidores nos han legado). Ni Stalin fue el glorioso padre infalible de la revolución, ni Trotsky el adalid antiburocrático y antirrepresivo que se nos quiere vender.

No se trata de negar el destacado papel de Trotsky durante la Revolución Rusa, ni su destreza como teórico y escritor; tampoco se trata de justificar las falacias vertidas contra él durante los Procesos de Moscú de 1936-38, su cruel asesinato (o el de sus hijos) u otros crímenes cometidos. Para mí no se trata de jugar a “trotskistas” y “estalinistas”. Si algún día esto pudo significar algo y la gente pudo morir por ello, hoy no es más que una pelea de bar que divide nuestras propias fuerzas. De lo que se trata es de hacer una modesta reflexión, escrita por un compañero más de los que está cansado de ciertos clichés que ya sólo sirven para perder credibilidad, en eternos debates que no afectan a la vida de (ni interesan a) nadie. Porque un estudio serio y sosegado de la historia acaba por desacreditar el maniqueísmo. Y porque nuestra táctica ahora debe ser el reagrupamiento de las fuerzas anticapitalistas que no se hayan integrado en el sistema.

¿Realmente tenemos un objetivo diferente? A nivel de propuestas concretas y dentro de la izquierda extraparlamentaria, ¿hay tanta diferencia entre los partidos “trotskistas” y los “estalinistas”? ¿No abogan ambos por la construcción de una sociedad lo más democrática posible, que evite repetir los errores de la experiencia soviética, pero que emule sus logros? Si la única diferencia es a nivel de interpretación del pasado histórico (es más, a nivel de conceptualización de dicho juicio: “defectuoso pero aceptable por ser mejor” versus “mejor pero defectuoso e inaceptable”), ¿vale la pena dividirse por ello? Entonces, se me dirá, ¿para qué tratar este tema, por qué hablar de ello? Porque para mí no se trata de callarlo, ni de olvidarlo, ni de “sustituirlo” por otra cosa. Para mí no se trata de matarlos a todos, sino de tragárselos vivos, es decir, de efectuar una superación dialéctica y crítica de ambas tendencias. Como diría Apollinaire, no podemos llevar a todos sitios el cadáver de nuestro padre, pero como diría Gabriel Aresti, de lo que se trata es de que la casa de nuestro padre siga en pie.


La inexistencia de Trotsky

En 1919 Trotsky promulgó el Decreto de Rehenes, ordenando secuestrar a la familia de todo oficial que desertara del ejército. Indignado por el hecho de que no se cumpliera su orden, en telegrama al Consejo Militar Revolucionario de Serpujov, Trotsky insistiría: “la mala conducta o la traición provocará el arresto de sus familias” (aún en 1939, poco antes de ser asesinado, Trotsky seguirá defendiendo el sistema de rehenes en el artículo Su moral y la nuestra). En marzo de 1921 lanzó a 50.000 soldados del Ejército Rojo contra los obreros de Kronstadt, después de que estos se sublevaran contra el Estado socialista al que acusaban, paradojas de la historia, de “burocratismo” (entre sus reivindicaciones estaban la libertad de palabra y de prensa para todos los partidos obreros o anarquistas, la liberación de los prisioneros políticos socialistas, la reactivación de los soviets sin injerencias del Partido, etc.) La represión de Kronstadt se saldaría con centenares de fusilamientos. En el X Congreso de los bolcheviques, celebrado también en 1921, Trotsky propuso la total subordinación de los sindicatos al Estado, el Partido y el Ejército. Es más, ya en su documento Tesis sobre la transición entre la guerra y la paz, había propuesto Trotsky el llamado “comunismo de guerra”, es decir, una militarización total de la población, de modo que el Estado decidiera dónde debía trabajar cada persona, del mismo modo que el Ejército Rojo decidía dónde debía ubicarse cada soldado. En contra de dicha propuesta se creó la Plataforma de los Diez, compuesta, entre otros, por Lenin y Stalin. La propuesta de Trotsky fue rechazada por el congreso, por 336 votos contra 50. En este X Congreso, además, Trotsky votó a favor de la prohibición de las fracciones dentro del Partido Bolchevique.

Los ejemplos podrían ser innumerables. ¿Trotsky antiburocrático? Pero, es más, ¿Lenin antiburocrático? ¿Y cómo se hacía la política entonces? Por ejemplo, cuando se decide firmar la Paz de Brest-Litovsk, ¿se convoca un referéndum para que las masas populares decidan democráticamente? ¿O la realidad es que se reúnen en una mesa siete líderes del Partido y allí lo deciden? Como denunciaron los consejistas (duramente criticados por Lenin, que les atribuía una “enfermedad infantil”), el control obrero sólo tuvo una existencia efectiva en Rusia durante apenas unos meses. Ya en diciembre de 1917 se crea el Vesenkha (Consejo Supremo de la Economía Nacional), compuesto de comisarios políticos y expertos nombrados por el Partido. Un decreto del 3 de marzo establece que en las empresas nacionalizadas se someterán “todas las declaraciones y decisiones del comité de fábrica o de taller, o de la comisión de control, a la aprobación del consejo económico administrativo”. Lenin lo escribirá claramente: “hemos pasado del control obrero a la creación del Vesenkha”. También en marzo de 1918 se promulga la Constitución Soviética, que centraliza el poder en detrimento de los soviets (consejos obreros). Y en el VIII Congreso (1919) Lenin dirá: “los soviets que, según el programa, son órganos de gobierno por los trabajadores, son en realidad órganos de gobierno para los trabajadores, ejercido por la capa avanzada del proletariado y no por las masas trabajadoras”. Como escribió John Reed, “A pesar de la autonomía local, los decretos del comité Central Ejecutivo y las órdenes de los delegados son válidos para todo el país”. Por lo que respecta al pluripartidismo, todavía en marzo de 1922, Lenin escribía en el Informe político del Comité Central al undécimo congreso del Partido que “las manifestaciones públicas de menchevismo son penadas con la muerte por nuestros tribunales” (por no hablar de la represión contra los anarquistas, que puede consultarse en Vsevolod Volin). Rosa Luxemburgo fue muy critica con la recién acontecida Revolución Rusa, escribiendo que “esta dictadura debe ser obra de la clase y no de una pequeña minoría que dirige en nombre de la clase”, porque “ahogando la vida política en todo el país, es inevitable que la vida en los soviets mismos esté cada vez más paralizada. Sin elecciones generales, sin libertad ilimitada de prensa y de reunión, sin lucha libre entre las opiniones, la vida se muere en todas las instituciones públicas, se convierte en una vida aparente donde la burocracia es el único elemento activo”. Vale la pena recordar que Rosa Luxemburgo murió en enero de 1919, es decir, casi una década antes del acceso de Stalin al poder. Una línea parecida defendería por esas mismas fechas la Oposición Obrera, encabezada por Alexandra Kollontai. ¿Y qué hay de la disolución de la Asamblea Constituyente Rusa, en enero de 1918, tras haberse convocado unas elecciones el 12 de noviembre anterior que perdieron los bolcheviques (Socialistas Revolucionarios, 17.100.000 votos y 380 diputados; Bolcheviques, 9.800.000 y 168 diputados)?

Desde luego, todas estas medidas han de verse en su contexto. Es más, probablemente la mayoría de ellas fueran decisiones acertadas y, por desgracia, necesarias. Pero una cosa es decir que quizá fueran necesarias, y otra muy distinta decir que eran buenas en sí mismas. Lo que no se puede hacer es manipular la historia, como si antes de 1924 (fecha de la muerte de Lenin) la Unión Soviética fuera un paraíso y desde entonces un infierno. De hecho, en todas las líneas de fuerza lo que existe es continuidad, tanto en las luces como en las sombras, y el mito del “corte de 1924” es una completa arbitrariedad carente de rigor. Es probable que mis palabras dejen estupefactos a aquellos que se han acostumbrado a cierta manera de razonar (de no razonar, quiero decir), según la cual si eres partidario de un régimen, debes justificar todas y cada una de sus acciones, negando todos aquellos aspectos que sean negativos o incluso cuestionables. También puede ser que otros se estén dando cuenta de cosas que jamás se habían planteado. No es una cuestión de inteligencia; ni siquiera de erudición. Sencillamente se trata de promover que, en nuestras organizaciones, los militantes piensen por sí mismos, en lugar de enseñarles una retahíla que han de repetir como borregos. Por lo demás, admito estar haciéndole el debate a los sectores atrasados de estos movimientos, que (nadie lo niega) cuentan con teóricos de altura, pero ¿para qué debatir en las alturas, mientras la formación media de los militantes perpetúa el estilo de cliché, el divisionismo y los falsos debates, imposibilitando, como decimos, la generación de una alternativa que a la gente de la calle le suene creíble?


Otros mitos sorprendentes

Hay más mitos: por ejemplo, el mito de la identidad entre Lenin y Trotsky. La realidad, avalada por toda la historiografía solvente sobre el periodo, es que Lenin y Trotsky mantuvieron un fortísimo antagonismo político durante años. En Nuestras tareas políticas (1904) Trotsky rechazó la concepción del partido que propugnara por Lenin en su obra de 1902 Qué hacer. Para Trotsky, Lenin era“el dirigente del ala reaccionaria de nuestro partido” y su concepción del partido suponía un “sistema de sustitución política” de la clase obrera. No en vano Trotsky era en aquella época un dirigente de los mencheviques. No estoy, además, descontextualizando ninguna frase, porque esa obra entera, al igual que el Informe de la delegación siberiana (también de 1904), son furibundos ataques contra la política de Lenin. Pero todavía en febrero de 1917, Lenin afirmaba, en carta a Inés Armand, lo siguiente: “¡Así es Trotsky! Siempre fiel a si mismo, se revuelve, hace trampas, finge ser izquierdista y ayuda a la derecha cuando puede”. Y en la última carta al congreso de Lenin, que se ha venido considerando su “testamento político” (a pesar de que Trotsky estuvo tan interesado como Stalin en que no saliera a la luz), Lenin (que ante todo -y deberían tomar nota nuestros particulares “chiitas y sunnitas”- trataba de evitar una escisión en el partido) afirmaba que Trotsky estaba “demasiado ensoberbecido y demasiado atraído por el aspecto puramente administrativo de los asuntos”. Paradójico en quien se ha considerado a sí mismo el paladín de la lucha antiburocrática; aunque no tanto si consideramos, como Otto Rühle, que “Trotsky no quiere reconocer que él fue uno de los fundadores de la burocracia rusa”. Lo que queda claro en ese “testamento” es que, para Lenin, ninguno de sus sucesores está a la altura de las circunstancias. Eso por no hablar de las agrias diferencias entre Lenin y Trotsky acerca de la Paz de Brest-Litovsk, que Trotsky se negaba a firmar (a pesar de la promesa de los bolcheviques a las masas: darles “paz y pan”).

También es un mito que realmente existieran diferencias políticas entre Trotsky y Stalin durante los años 20. La crítica literaria actual considera que la tradicional (por ejemplo Menéndez Pelayo) se equivocaba al considerar que el culteranismo de Góngora y el conceptismo de Quevedo eran dos tendencias opuestas; como aclara Blecua, en realidad estamos ante una falsa dicotomía, porque, aunque sus cabecillas se odiaran mutuamente, son movimientos afines y con raíces compartidas. Algo similar ocurre con el trotskismo y el estalinismo. La escenificación de una supuesta polémica entre “socialismo en un solo país” y “revolución permanente” no resiste un análisis crítico. Dada la derrota de la revolución alemana, no existían más que dos posibilidades: o acometer la construcción del socialismo en la URSS, o enviar al Ejército Rojo a imponer el socialismo pisoteando Europa. Si Trotsky no proponía esto segundo, ¿era sencillamente un derrotista? Es sorprendente que nadie conteste nunca a esta sencilla pregunta, pero obviamente se trata de una falsa dicotomía: se puede compatibilizar perfectamente la construcción del socialismo con una política internacionalista y revolucionaria.

Más tarde, Trotsky compilará sus ideas en La revolución permanente (1930), afirmando, por ejemplo, lo siguiente: “Un país colonial o semicolonial, cuyo proletariado resulte aún insuficientemente preparado para agrupar en torno suyo a los campesinos y conquistar el poder, se halla por ello mismo imposibilitado para llevar hasta el fin la revolución democrática”. No sólo es una frase derrotista, dogmática y etapista (¿no culpaban a Stalin de eso?), sino que, además, si esta es la teoría de la revolución permanente, la misma historia del siglo XX le quita la razón. De hecho, todas las revoluciones, no ya democráticas sino en muchos casos incluso socialistas, que se han producido desde la escritura de este texto hasta la actualidad se han dado en países coloniales o semicoloniales (Yugoslavia y Albania, 1945; Corea del Norte, 1948; China, 1949; Bolivia, 1952; Cuba, 1959; Argelia, 1962; Vietnam, 1975; Nicaragua, 1979... y podríamos incluir el Chile de Allende y la Venezuela de Chávez), siendo protagonizadas no por el proletariado industrial (inexistente o insignificante en esos países, y en la mayoría de los países del mundo), sino por el campesinado (con frecuencia organizado en guerrillas). Si como Marx en la Crítica del programa de Gotha pensamos que “cada paso del movimiento efectivo es más importante que una docena de programas”, ¿a quién creer, a nuestros ojos, o a un libro escrito hace 8 décadas?



Separar la paja del grano

Sin embargo, así nos va. La historia se analiza ad hoc, porque cada cual intenta justificar a su personaje histórico favorito. Si Stalin (en lugar de Lenin) hubiera propuesto la NEP, el trotskismo diría que las concesiones al capitalismo de la NEP suponían una traición a la revolución. Como fue al contrario; como lo que hizo Stalin fue detener la NEP para colectivizar y planificar toda la economía, se quejan de que esta colectivización fuera forzosa. Por activa o por pasiva, la conclusión ha de ser siempre la misma, porque está prefabricada. Sin embargo, Trotsky proponía exactamente lo mismo: colectivizar, sin haber especificado en ninguna parte que dicha colectivización debiera hacerse de manera sólo voluntaria. Por tanto, las acciones de Trotsky, aunque fueran extremadamente represivas o burocráticas, se justifican como necesidades impuestas por las durísimas circunstancias (la guerra civil, por ejemplo); y no les falta razón al hacerlo. Sin embargo, se actúa como si las circunstancias de la época de Stalin fueran una especie de idilio, a pesar de que estas circunstancias supusieran la mayor colectivización de toda la historia humana y una de las mayores invasiones también de toda la historia (que acabaría provocando 25 millones de bajas soviéticas). Sin el menor rigor metodológico, se afirma que todo lo bueno es gracias a la economía planificada, y todo lo malo por culpa de Stalin. A pesar de que el burocratismo existía antes y existiría después de Stalin, se denomina a este fenómeno “estalinismo”, término del que, además, se abusa de manera simplista para referirse a todos aquellos comunistas que no sean trotskistas. De hecho, cuando cae la URSS en 1991, se corona a Trotsky como el profeta o futurólogo que supo preverlo. ¿No se equivocaba por un siglo entero de revoluciones encabezadas por el campesinado de países semicoloniales, pero acierta cuando la URSS cae en el 91?

Lo peor de esta manera de enfocar las cosas, de este marxismo anquilosado, es que impide separar la paja del grano, e imposibilita hacer la crítica seria que en efecto necesitamos y que, aun reivindicando con orgullo los logros del socialismo, debe hablar del cambio de paradigma que no se dio en la Unión Soviética y que en el futuro sólo podrá darse tomando ejemplo lo que los revolucionarios latinoamericanos denominan Poder Popular.



Contra la cita descontextualizada

Hasta aquí he hablado de la forma de entender el marxismo que considero inoperante y estéril. Trataré ahora de oponer una alternativa, exponiendo qué es lo que yo defiendo.

Esta forma de entender el marxismo mitifica y rehúye el análisis concreto de la circunstancia concreta, apostando por repetir fórmulas del pasado y hacer un calco mimético de la experiencia rusa, incluso aunque estemos ante circunstancias históricas o geográficas completamente diferentes. Algo así como ponerse un abrigo de pieles en pleno verano sevillano porque, de estar en Rusia, sería necesario. Como diría Salvador Allende, cada país tiene su propia vía al socialismo. Pero la izquierda del Estado español, quizá excluyendo a la izquierda abertzale (véanse para ello los análisis de Euskal Herriko Komunistak), sigue teniendo cierta tendencia a la escolástica.

Cada secta esgrime su cita descontextualizada para justificar su política. Pero todo el mundo sabe que con un poco de tiempo y habilidad pueden buscarse citas al uso de Marx o Lenin para justificar algo o lo contrario. Si estás a favor del Frente Popular, acudes a La lucha de clases en Francia, donde Marx defiende la posibilidad de una alianza del proletariado con sectores de la burguesía, para derrotar a la aristocracia alemana. Si estás en contra, encontrarás, y además en la misma obra, que Marx rechaza toda alianza de clase cuando habla de Francia, porque allí ya se ha hecho la revolución burguesa. Si quieres justificar la apuesta por Comisiones Obreras, descontextualizas La enfemerdad infantil del izquierdismo en el comunismo, de Lenin; si te opones a ella puedes aludir al análisis sindical del II Congreso de la III Internacional Socialista (o a la misma creación de Comisiones Obreras, en detrimento del sindicato vertical OSE). Falta siempre un conocimiento operativo de las obras de Marx, Lenin y otros, que implica asimismo el conocimiento exacto de las coyunturas políticas concretas en que dichas obras fueron concebidas, así como la consideración del marco desde el que partimos nosotros. Todo esto se sustituye por el fetichismo de la cita descontextualizada que preside análisis y textos, en una batalla de frases infantil y paternalista que no invita a pensar por uno mismo.



Cambiar lo que deba ser cambiado

En mi opinión, debemos tomar de cada autor lo que nos interese: de Trotsky, de Stalin, de Mao, de Althusser, de Mandel, de Gramsci, de Mariátegui, de Rosa Luxemburgo, del Che Guevara (e incluso de autores anarquistas, como Malatesta)... O los aceptamos a todos, o buscamos figuras más incluyentes, que no dejen fuera a la mitad de los comunistas. No se puede predicar “la unidad de los comunistas” de otro modo. Debemos aprender de todos ellos y de muchos más, pero siempre enfrentándonos a nuestra realidad concreta. Sobre todo, debemos efectuar una reapropiación crítica del marxismo, con el objetivo irrenunciable de la colectivización de los medios de producción. No es eso lo que hay que superar; sin embargo, cada uno de los líderes de cada una de las revoluciones socialistas han efectuado una reapropiación crítica de sus predecesores.

Superar es adaptar las tesis fundamentales del marxismo a las nuevas circunstancias. De no haber superado a Marx (o, al menos, a la lectura de Marx que efectuaba su tiempo), Lenin no habría podido hacer ninguna revolución en Rusia; habría adoptado la tesis del introductor del marxismo en Rusia, Georgi Plejanov, según la cual había que esperar a que se produjera un desarrollo capitalista, a que surgieran las “condiciones objetivas” (un proletariado industrial moderno), etc. Tomando las obras más divulgadas, esa era efectivamente la tesis más marxiana, la más apegada a la doctrina del barbudo alemán (aunque en rigor, el propio Marx de la vejez, por ejemplo en 1882, fecha de su prefacio a la edición rusa del Manifiesto comunista, ha superado ya al joven Marx, economicista y etapista, de 1848; y admite, ahora sí, la posibilidad de una revolución en Rusia antes que en los países industriales). Más allá de Plejanov, Lenin le dio la vuelta a determinados aspectos de este primer marxismo economicista en El desarrollo del capitalismo en Rusia (1899), donde expuso la “teoría del eslabón más débil”, que trataba de demostrar la probabilidad de que la cadena del imperialismo se rompiera no por Alemania, sino por el eslabón más débil: Rusia. También matiza de manera importante la tesis marxiana de la “autoemancipación del proletariado”, arguyendo en el ya aludido Qué hacer lo siguiente: “Los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera. (...) La clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente con sus propias fuerzas sólo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos”, si bien años más tarde aclarará que exageró esta postura porque la polémica con los economicistas le obligaba a hacer excesiva fuerza en esa dirección, como para enderezar un bastón torcido. Tal vez el concepto de autoemancipación en Marx sólo pueda comprenderse correctamente como una afirmación a una escala histórica, superior; con todo, es innegable que el leninismo refuerza la importancia del factor subjetivo.



El marxismo como creación heroica

Si Lenin supera a Marx (o a “cierto” Marx), nosotros debemos superar a Lenin y superarlos a todos, como ya hemos dicho. Marx defendía que la ideología está condicionada por los límites de cada época. Aplicando la metadialéctica, el propio Marx está condicionado por su época: el siglo XIX, la época del positivismo. Marx comete un craso error: el eurocentrismo. Como recordaba en un artículo reciente el comandante de las FARC-EP Jesús Santrich, comentando el libro de Nestor Kohan Marx en su (tercer) mundo, Marx hizo un análisis muy deficiente de la figura de Simón Bolívar, atacando al Libertador por haber emancipado a Latinoamérica del imperialismo... un imperialismo que habría acelerado la llegada de la etapa capitalista, la creación de un proletariado industrial y, por tanto, el socialismo. Por no hablar de Engels, que festejó así la conquista de California por parte de EE UU: “Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos. (…) ¿O acaso es una desgracia que la magnífica California haya sido arrancada a los perezosos mexicanos, que no sabían que hacer con ella?”

Hay que ser dialécticos, hay que renovar el marxismo constantemente; el marxismo no puede sonar a una cosa muy vieja llena de polvo. El comunismo debe ser un movimiento teórico-práctico en constante cuestionamiento de sí mismo. Como dijo Mariátegui, “el socialismo latinoamericano no debe ser calco ni copia, sino creación heroica”. El europeo tampoco, añadiríamos nosotros. Hay que superar el eurocentrismo, el dogmatismo, la deshistorización, la pedagogía de la repetición, el sectarismo, la cita mecánica, la extrapolación de experiencias... Para ello, propongo leer a aquellos autores renovadores del marxismo, que practican un marxismo abierto, antidogmático, adaptado al mundo actual, como Nestor Kohan, Carlos Fernández Liria, Luis Alegre Zahonero, Santiago Alba Rico, Slovaj Zizek, Terry Eagleton, Marta Harnecker (que ha sabido evolucionar desde el DIAMAT hacia el marxismo abierto), James Petras, Carlo Frabetti, Iñaki Gil de San Vicente... Podemos diferir en muchas cosas; aprovechar otras; pero, al menos, estaremos creando, estaremos pensando nuestra propia realidad... en lugar de repetir fórmulas del pasado.



Contra el monoazulismo quijotesco y la vanguardia

Sin este enfoque renovador, antidogmático; sin este comunismo del siglo XXI es imposible comprender experiencias como la Revolución Bolivariana de Venezuela o el Movimiento de Liberación Nacional Vasco, sencillamente porque son espacios antiimperialistas que permiten crecer y acumular fuerzas para la lucha por el socialismo; procesos de integración que nos interesa que avancen, aun con sus contradicciones o peculiaridades. De ahí que los sectores más ortodoxos del trotskismo y el estalinismo no comprendan la necesidad de apoyar estos procesos sociales.

El marxismo anquilosado nos lleva al obrerismo monoazulista (calco quijotesco de Marx; enfoque que, en el mundo actual, deviene irreal y que, además, pasa por alto que casi todas las revoluciones socialistas han sido campesinas) y al vanguardismo (calco no menos quijotesco de Lenin, que lleva a las organizaciones comunistas a disputarse la dirección de los movimientos, dinámica que acaba por destruirlos). Debemos, por un lado, participar en los movimientos sociales, no sólo en el movimiento obrero; y, por otro, poner nuestras organizaciones, su capacidad logística y su experiencia organizativa al servicio de las luchas, en lugar de intentar liderarlas.

Por otra parte, ceñirse a un solo autor, dividirnos por matices, puede ser una necesidad en otras circunstancias históricas; pero en una situación de extremo repliegue, de subsunción real en el capital, sólo nos lleva a la ridícula sopa de letras que describimos al inicio de este escrito, situación más propia de los Monty Python que de la realidad misma.


Conclusión

No se trata, en suma, de unirse con quien sea y para lo que sea. Se trata de identificar la verdadera brecha, que no es entre trotskistas y estalinistas, sino entre los que deciden pactar con el sistema y entre quienes deciden (quienes decidimos) romper toda colaboración con el mismo. Se trata, además, de saber identificar cuál es nuestro papel aquí y ahora, lo que supone una superación dialéctica, crítica y creativa del legado teórico de los clásicos del marxismo. Se trata, por último, de renunciar a la jerga, a todo ese caudal de terminología decimonónica que sólo consigue espantar y que jamás podrá encajar en el mundo subjetivo del ciudadano medio. Sólo así, y en el seno del movimiento obrero y de los movimientos sociales, podremos reconstruir unos hábitos de actuación política que dejen de dar la impresión de una disputa extraña, sectaria y marginal; que resulten creíbles para cualquiera, para la gente de a pie. De lo contrario, nos arriesgamos a que el comunismo se convierta en algo parecido a lo que el Macbeth de William Shakespeare afirmaba acerca de la vida: “it is a tale, told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing”.
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Mensaje por Chus Ditas el Dom Ene 05, 2014 3:12 pm

Me gusta el texto, no lo había leído a pesar de que ya debe tener como un par de años. Gracias.
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Mensaje por Tripero el Mar Dic 09, 2014 5:50 am

Articulo mencionado en otro texto de el autor, Navarrete, "León Trotsky, el primer estalinista", que hace referencia al posteado en el hilo



Trotsky no existe, de Manuel M. Navarrete 122779_trotsky_pioletizado
"Navarrete sólo busca concluir el trabajito de Mercader" (Carlos Bernales)

ntroducción
He seguido con interés (a menudo más antropológico que otra cosa) las réplicas al “Trotsky no existe” de Manuel M. Navarrete. Considero que dichas réplicas han tenido la obvia intención de reintegrar el debate precisamente en el nivel que trataba de superar, y que podríamos llamar “el nivel del tópico”. Puede ser lógico, dado que, de prosperar semejantes ideas, se le acabaría el chiringuito a más de uno y de dos. Pero debo de ser un tanto ingenua, porque, al inicio del debate, no esperaba un análisis tan simplista y falsificador de las ideas del primer texto.

Supongamos que una persona critica al PSOE por parecerse al PP más de lo que se quiere admitir, y entonces le acusan... de estar haciendo campaña a favor del PP. ¿No habría que calificar de analfabeto funcional al que se mostrara incapaz de descifrar el mensaje, concluyendo tal cosa? Pues algo parecido es lo que ha pasado aquí: Navarrete criticaba a Trotsky precisamente por parecerse a Stalin más de lo que muchos querrían admitir, pero su texto fue considerado por algunos como... un artículo estalinista.

Pepe Gutiérrez, Carlos Bernales, C. Marat, Ronald León e incluso el conciliador A. Giménez coinciden en catalogar su texto como una defensa de Stalin. ¿Es cierto? Veamos algunas citas de dicho artículo:

"Ni Stalin fue el glorioso padre infalible de la revolución, ni Trotsky el adalid antiburocrático y antirrepresivo que se nos quiere vender. (...)

No se trata de negar el destacado papel de Trotsky durante la Revolución Rusa, ni su destreza como teórico y escritor; tampoco se trata de justificar las falacias vertidas contra él durante los Procesos de Moscú de 1936-38, su cruel asesinato (o el de sus hijos) u otros crímenes cometidos.(...)

Lo que queda claro en ese “testamento” es que, para Lenin, ninguno de sus sucesores está a la altura de las circunstancias.(...)

Lo peor de esta manera de enfocar las cosas, de este marxismo anquilosado, es que impide separar la paja del grano, e imposibilita hacer la crítica seria que en efecto necesitamos y que, aun reivindicando con orgullo los logros del socialismo, debe hablar del cambio de paradigma que no se dio en la Unión Soviética (...)

Procesos de integración que nos interesa que avancen, aun con sus contradicciones o peculiaridades. De ahí que los sectores más ortodoxos del trotskismo y el estalinismo no comprendan la necesidad de apoyar estos procesos sociales".

A lo mejor la única solución para Navarrete habría sido dedicar todo su artículo a criticar a Stalin, olvidándose del tema que pensaba tratar en él. Pero ni aun así lo habría conseguido. Porque según Carlos Bernales, en caso de hacerlo estás jugando a defender a “Stalin y los estalinistas, entre los cuales se encuentra el propio Navarrete, por mucho que quiera jugar a las escondidas”. A lo mejor Bernales desea arrancarle una confesión del estilo de las de los Procesos de Moscú.

Dejarse el rigor en el armario

Pepe Gutiérrez afirma que sufre “un ataque de cólera” cada vez que alguien intenta establecer un “justo medio”, porque él se crió en un ambiente en el que se equiparaba el terror de Franco durante la Guerra Civil con el de la República. El trauma infantil de una persona no deja de ser interesante, especialmente en otras disciplinas; pero estaremos de acuerdo en que no debemos, en base a algo así, vernos imposibilitados de volver a equiparar dos cosas cualesquiera en este mundo. Pepe Gutiérrez no atiende a las circunstancias ni al contenido, sino tan sólo al molde externo. Por ejemplo, en la I Guerra Mundial habría que elegir entre aliadófilos y prusianos, ya que pensar que ambos eran igual de imperialistas sería un ecléctico“justo medio” (por supuesto, y si no que se lo digan a Gaspi Llamazares, también hay que elegir entre el PP y el PSOE).

¿Qué rigor tiene esto? Para estos señores existe un burocratismo bueno y otro que, en cambio, no lo es. Así, C. Marat afirma que “los sublevados de Kronstadt estuvieron bien fusilados, o de lo contrario cualquier grupo iniciaría su aventura”. Bien fusilados... señores, esto es burocratismo a la carta. Con respecto a Ronald León, opina que en muchos casos los oficiales del Ejército Rojo “desertaban, por lo cual medidas como la coacción con apresar a sus familiares eran sumamente necesarias”. Así que de repente, cuando se trata de hacer defensa de Trotsky, pisotear los Derechos Humanos de personas inocentes está bien. You'll never go to bed without knowing something new.

La cuestión es ¿qué ecuanimidad puede esperarse de analistas así? Si la respuesta es “ninguna”, ¿por qué debemos retorcer y torturar nuestras ideas para encorsetarlas en moldes preconcebidos, a fin de hacerlas pasar por coherentes y justificar a nosequién?

Las tres grandes dudas de todo comunista

Estamos, en suma, en lo de siempre. No superamos el nivel del tópico. Tratando de escapar a este nivel, me asaltan tres grandes dudas:

1) Según Roland León, ante el extremo peligro de perder la guerra, los “dirigentes bolcheviques se vieron obligados a colocar su defensa como primera cuestión. Este fue el contexto, ineludible de enmarcar, de las medidas autoritarias o burocráticas que Navarrete señala a Trotsky, Lenin y a la dirección bolchevique”. Más adelante, justificando la prohibición de todos los partidos menos el bolchevique y de las fracciones dentro del partido bolchevique, León afirma: “fue una medida de guerra. Las limitaciones a la democracia tenían como objetivo supremo la defensa de la república soviética”. Porque, si se permitía a los mencheviques seguir en la legalidad, se perdería la guerra, “imponiéndose ya no un régimen político con ciertas limitaciones circunstanciales a la democracia, sino un régimen de dictadura tipo fascista”.

Muy bien, pero... ¿y en la guerra civil española? Si la circunstancia de guerra civil en Rusia justificaba todos los recortes democráticos que hicieron Lenin y Trotsky, ¿la circunstancia de guerra civil española justificaba acciones análogas?

Podemos expresarlo incluso mediante una regla de tres:

Guerra civil rusa--------------------------Kronstadt

Guerra civil española-------------------- X

Si despejamos la ecuación, el resultado será:

X= mayo del 37

¿Estaba justificada una cosa? ¿Estaba justificada la otra? Un anarquista (o, por qué no, un comunista que le dé la razón a los anarquistas) responderá que no a ambas cosas, un comunista (no trotskista) responderá que sí a ambas; pero ¿y un trotskista? Tiene que justificar a un Trotsky que en realidad no existe. Así que tiene que responder a una que sí y a otra que no. Abracadabra. Porque ¿bajo qué criterio? El único criterio posible es justificar a una figura endiosada: la del inexistente Trotsky antiburocrático.

2) ¿Qué propone exactamente el trotskismo cuando habla de “revolución permanente”? Sería un auténtico hallazgo encontrar a algún trotskista capaz de explicárnoslo. Todo se queda siempre en una extraña abstracción, que jamás se baja a tierra. Ronald León nos dice: “Si la revolución hubiera triunfado tan solo en Alemania, hubiera desaparecido por completo la necesidad de prohibir los partidos soviéticos”. De acuerdo, pero ¿triunfó la revolución en Alemania en tiempos de Stalin? A menos que llamemos revolución al nazismo, creo que no. Más tarde, León añade que la burocratización “fue un proceso objetivo y tuvo su causa fundamental en la derrota de la revolución europea, sobre todo la alemana”. Ergo, ¿con Trotsky habría sido lo mismo? ¿Dónde está entonces la diferencia entre Trotsky y Stalin? ¿Alguien puede dejarse de bromas y explicar de una vez que es eso de la “revolución permanente”?

Leamos el simulacro de explicación de Ronald León: “el proletariado de un país puede y debe tomar el poder y mantenerlo a toda costa, pero debe ser plenamente consciente de que si no se desarrolla la revolución en otros países, tarde o temprano sucumbirá”. Perfecto, pero seguimos a oscuras. ¿Qué se debió hacer, en lugar de lo que se hizo? León afirma que la alternativa no era invadir Europa con el Ejército Rojo. C. Marat no lo tiene tan claro, ya que afirma que “Navarrete, cegado por la propaganda capitalista, retrata al Ejército Rojo como una fuerza opresora y represiva, olvidando que en toda Europa el proletariado quería establecer el socialismo y para impedirlo los tiranos capitalistas tuvieron que desatar mares de sangre”. Eso es objetividad. Por lo visto, los obreros europeos leían El capital cada noche mientras rezaban por la llegada del Ejército Rojo.

Pero si otros trotskistas como León no proponen eso, ¿podrían exponernos exactamente qué proponen? La revolución alemana fracasó, Luxemburg y Liebknecht fueron asesinados. ¿Ahora qué hacemos? ¿De qué discutían Trotsky y Stalin en los años 20? ¿Revolución permanente cómo? Parece increíble que todavía nos dejemos engañar por semejante farsa.

3) ¿Cuál es la especificidad de la burocracia en tiempos de Stalin? ¿Qué es lo que la diferencia de la burocracia en tiempos de Trotsky? Cada vez que  el Frente Popular de Judea  trata el asunto, todo acaba quedándose en el aire y no concretan nada. Ronald León admite la existencia de burocratismo desde el principio, pero dice: “ La diferencia es que, en tiempos de Lenin y Trotsky, la burocracia no tenía aún el poder, no gobernaba, no dirigía, aún no había usurpado en lugar de los soviets y del partido. Este proceso se coronó tras la muerte de Lenin y el ascenso de Stalin al poder total”. El soniquete de siempre, pero ¿alguien puede decirme una sola medida legal que sancionara e hiciera efectiva esa supuesta toma del poder por parte de la burocracia? Lo interesante es hablar de hechos concretos. Yo puedo argumentar y demostrar que los soviets nunca o casi nunca tuvieron el poder en Rusia, y puedo citar la medida legal exacta mediante la cual el Estado sustraía el poder de los soviets. Decreto del 5 de diciembre de 1917, por el que se constituye el organismo estatal de dirección centralizada de la economía, el Vesenkha. Hasta la historiadora bolchevique A.M. Pankratova admite que el Vesenkha absorbe las funciones ejercidas hasta entonces por los soviets o comités de fábrica, lo cual, además, provoca las quejas de la “Oposición obrera” y sindicalista liderada por A. Kollontai. Por su parte, las Instrucciones generales sobre el control obrero establecidas según el decreto de 14 de noviembre integran la estructura obrera de empresa en el plano más vasto de reorganización “desde arriba” de la economía. Estas instrucciones se pronuncian netamente contra el paso a una gestión obrera y proponen un nuevo organismo, la “comisión de control”, que viene a sustituir a todos los efectos a los comités de fábrica. A los miembros de estos últimos les queda solo la facultad de tomar parte en el nuevo órgano para tener un mínimo de poder decisivo y consultivo. De hecho, Trotsky militariza completamente el sistema ferroviario (donde se había producido la experiencia más avanzada de control obrero en toda la Rusia bolchevique), tras un decreto del Sovnarkom el 26 de marzo de 1918, apoyado por el Vesenkha.

Sería grato que quienes debatan en Kaosenlared no se vayan por las ramas, recordando que todo esto estaba justificado por las necesidades de la guerra civil (cosa que Navarrete mismo decía en su “Trotsky no existe”: “Desde luego, todas estas medidas han de verse en su contexto. Es más, probablemente la mayoría de ellas fueran decisiones acertadas y, por desgracia, necesarias. Pero una cosa es decir que quizá fueran necesarias, y otra muy distinta decir que eran buenas en sí mismas. Lo que no se puede hacer es manipular la historia, como si antes de 1924 (fecha de la muerte de Lenin) la Unión Soviética fuera un paraíso y desde entonces un infierno”). La cuestión es que Ronald León falta a la verdad al decir que, tras la muerte de Lenin, la burocracia sustituye a los soviets. Porque los soviets, como hemos demostrado, se vieron privados de todo poder efectivo nada más iniciarse el mandato de los bolcheviques, y a instancias de Lenin y Trotsky. He citado decretos y medidas legales que pueden consultarse acudiendo a las fuentes primarias, mientras que León Roland se mantiene en el terreno de las abstracciones, sin concretar absolutamente nada.

Hasta la saciedad

No tiene sentido volver a desmentir cosas que ya se rebaten en el artículo Navarrete. Si a A oponemos B, que no vuelvan a repetir A. Que propongan C, o bien que admitan que A era una estupidez. Con honrosas excepciones, estos artículos no enfrentan los argumentos de Navarrete, sino que caminan en paralelo a ellos sin contradecirlos (afirmando por ejemplo que Stalin mató mucha gente, como si el artículo “Trotsky no existe” tuviera cara de negacionista); eso cuando no los ignoran directamente. Aunque el artículo trata sobre el marxismo abierto, ellos se centran únicamente en un párrafo, en el cual se hace una enumeración de hechos de Trotsky y de la Revolución Rusa. Se trata, sin embargo, de hechos más que incuestionables, porque están avalados por toda la historiografía establecida sobre el periodo, y han sido muchos los historiadores que se han dejado la vida y los ojos viajando a los archivos, por lo que ningún Frente Popular de Judea, desde casa y cómodamente, los puede desautorizar. El estado de la cuestión, sencillamente, es otro.

Por ser, como intento siguiendo el estilo de otros compañeros, concreta, nadie contesta a la frase dogmática y etapista de Trotsky en las conclusiones de La revolución permanente (http://www.marxists.org/espanol/trotsky/revperm/rp10.htm):

Un país colonial o semicolonial, cuyo proletariado resulte aún insuficientemente preparado para agrupar en tomo suyo a los campesinos y conquistar el poder, se halla por ello mismo imposibilitado para llevar hasta el fin la revolución democrática. (…) [La experiencia histórica] ha demostrado, y en condiciones que excluyen toda torcida interpretación, que, por grande que sea el papel revolucionario de los campesinos, no puede ser nunca autónomo ni, con mayor motivo, dirigente. El campesino sigue al obrero o al burgués.

Como se afirma en “Trotsky no existe”, “si esta es la teoría de la revolución permanente, la misma historia del siglo XX le quita la razón. De hecho, todas las revoluciones, no ya democráticas sino en muchos casos incluso socialistas, que se han producido desde la escritura de este texto hasta la actualidad se han dado en países coloniales o semicoloniales (Yugoslavia y Albania, 1945; Corea del Norte, 1948; China, 1949; Bolivia, 1952; Cuba, 1959; Argelia, 1962; Vietnam, 1975; Nicaragua, 1979... y podríamos incluir el Chile de Allende y la Venezuela de Chávez), siendo protagonizadas no por el proletariado industrial (inexistente o insignificante en esos países, y en la mayoría de los países del mundo), sino por el campesinado (con frecuencia organizado en guerrillas) (…) Cuando cae la URSS en 1991, se corona a Trotsky como el profeta o futurólogo que supo preverlo. ¿No se equivocaba por un siglo entero de revoluciones encabezadas por el campesinado de países semicoloniales, pero acierta cuando la URSS cae en el 91?”

¿Por qué no vemos a los trotskistas criticar este pasaje, reconocer la subestimación que hacía Trotsky del campesinado o reconocer que los campesinos han hecho infinitamente más revoluciones que los obreros fabriles y que las guerrillas han hecho infinitamente más revoluciones que las huelgas (quizá por aquello de aunque multipliques el cero por infinito te sigue dando cero)?

Pequeñas perlas y algunas mezquindades

Sería prácticamente interminable (amén de soporífero) abordar todas las pequeñas perlas o mezquindades que hemos leído en esos textos. Veamos sólo algunas, por encima. Carlos Bernales espeta, con cierto sarcasmo, si es que se le puede llamar así: “¿Se dará Navarrete, un tiempecito para descifrar el porqué del cisma Moscú-Pekín en el seno del stalinismo?”. El problema es que la ruptura chino-soviética, con la retirada de los consejeros y técnicos soviéticos de China, se produjo en 1960, es decir, 7 años después de la muerte de Stalin. Por tanto, a menos que el llorado Koba sea, aparte de todo lo demás, un burócrata de ultratumba, se antoja algo complicado culparlo también de esto. De hecho, en 1950 Stalin y Mao habían firmado un “Tratado de amistad, alianza y mutua asistencia”, y las relaciones eran entonces inmejorables.

Ronald León, por su parte, nos habla de los males de “el socialismo en un solo país y la política que de la misma [sic] se desprende: la coexistencia pacífica con el imperialismo”. Otro error mayúsculo. Sería el revisionista Kruschev, tras la muerte de Stalin, quien adoptaría esta teoría de la “coexistencia pacífica”. Lo haría, además, en abierta lucha política contra los sectores estalinistas encabezados por figuras como Malenkov o Molotov. De hecho, los partidos actuales considerados estalinistas, como el PCPE, el PCE (r ), el PCE (m-l) o el PCOE, se oponen violentamente a la teoría de la “coexistencia pacífica” y a la política de los revisionistas.

León afirma, además, que “Trotsky era el dirigente más reconocido y con más autoridad entre las masas después de Lenin. Era además el comandante del Ejército Rojo, mediante el cual, con extrema facilidad, hubiera podido dar un golpe y sacar a Stalin de en medio”. ¡Oh la lá! Tal vez este artículo fue escrito el 28 de diciembre, debiendo incluir por tanto alguna inocentada. Así que Trotsky pudo usar el ejército y barrer, él solo, al resto del Partido de en medio. No lo hizo porque ese día le apetecía mejor exiliarse a escribir amargos artículos mexicanos. Trotsky era el que mandaba allí, aunque, en ese caso, se hace raro que, en 1921, cuando propuso al X Congreso la barbaridad de militarizar a la población (para que el Estado decidiera dónde debía trabajar cada cual) y someter los sindicatos al Estado, perdiera la votación por 336 votos contra 50. Pero la verdad es que ningún historiador serio podría sostener algo tan ilusorio y quijotesco como lo que sostiene aquí Ronald León. Como hemos dicho, sencillamente no es el estado de la cuestión, sino que está más que superado.

Por último, dice León, hablando por fin de algo actual, que “en la Venezuela de Chávez, lamentablemente, no ha habido ninguna revolución. Lo que hay es un proceso revolucionario que Chávez intenta frenar y derrotar”. No repasen, no repasen; han leído bien. La verdad es que Chávez lo ha disimulado muy bien, nos ha engañado a todos rompiendo con el FMI, colectivizando 3 millones de hectáreas, expulsando a los embajadores de EEUU e Israel, nacionalizando el petróleo, nacionalizando la filial del Banco Santander en Venezuela, cerrando los medios de comunicación de la derecha y la oligarquía, reconociendo a las FARC como fuerza beligerante, fomentando los consejos comunales, financiando misiones pedagógicas y sanitarias... Pero lo más sorprendente es que la patronal venezolana también haya participado en esta increíble conspiración, haciéndonos a todos creer que Chávez era de izquierdas, porque le dio un golpe de Estado en 2002 que estuvo a punto de costarle la vida, por no hablar del paro patronal o el paro petrolero...

El Tío Pepe, que parece escribir sus artículos en la bodeguita que lleva su nombre, afirma que Navarrete es “alguien que no cita una sola fuente”. El problema es que en su artículo citaba fuentes todo el rato, como puede comprobar cualquiera que sencillamente lo lea. De hecho, con frecuencia entrecomillaba pasajes. Atendiendo sólo a los pasajes entrecomillados, y sin contar por tanto las innumerables fuentes citadas indirectamente, empleó 25 fuentes directas (8 de Lenin, 5 de Trotsky, 2 de Marx y 1 de Engels, Rosa Luxemburg, Nestor Kohan, Salvador Allende, J.C. Mariátegui, Santrich, John Reed, Volin, Rühle y hasta Shakespeare). Parece que el compañero Pepe Gutiérrez faltó a la clase de matemáticas el día que explicaron la diferencia entre 0 y 25. Además resulta cuanto menos curiosísimo que se acuse a Navarrete de descartar los aportes de historiadores como E.H. Carr; considero que, para alguien puesto en el asunto, resulta obvio que Carr es la principal fuente que empleó en la elaboración de su texto.

Gutiérrez afirma que supone que el artículo de Navarrete “hay que leerlo en clave interna de su grupo”, e incluso lo tiende en un diván de psicoanalista con aquello de que sus afirmaciones “sólo pueden ser fruto de una formación estaliniana, eso sí, en decadencia, a la defensiva”. Habría invertido mejor su tiempo si, en lugar de aludir a su persona, se hubiera olvidado de él, decidiéndose a abordar lo que dice en el texto y, a ser posible, empleando para ello argumento(s). Prefiere, sin embargo, deleitarnos con historias de abuelete como la de su amigo anarquista, que, al parecer, hace 20 años le dijo: “No te lo creerás, pero vengo de un programa de radio donde me he visto defendiendo a Stalin”, a lo cual Pepe Gutiérrez respondió: “Yo hubiera hecho lo mismo”. Muy bien, Pepe, pues ya habrías hecho mucho más de lo que haría Navarrete. La conclusión es obvia: si el amigo es anarquista o trotskista puede incluso defender a Stalin; pero si lo que se critica es a Trotsky... no, eso jamás. En su artículo, Navarrete critica a Lenin, a Engels, e incluso a Marx; pero lo que les molesta es que critique a Trotsky. A los dioses hay que respetarlos, sobre todo si son elegantes. Y a todo esto, el comunismo convertido en estética. Mientras sigamos así, y hasta que no nos dejemos de tonterías y le mostremos a la gente que el comunismo es la opción más racional y ética, que es el único modo de superar el hambre e identificar a sus verdaderos causantes, estaremos acabados.

Pero el “argumento” estrella de Gutiérrez es aquello de que los estalinistas han practicado la “denigración fascista del adversario”. Sin duda, pero ¿los trotskistas no? Véanse las respuestas al Trotsky no existe”: “Navarrete sólo busca concluir el trabajito de Mercader” y poner “incienso para el padrecito de la Patria comunista” (Carlos Bernales). “Pensé en hacer una réplica, dada la cantidad de estupideses [sic] vertidas por su autor. Luego, dudé de hacer tal réplica para evitar el aumento de importancia de un artículo tan malo”, porque “como el señor Navarrete es un ignorante” (C. Marat)... En todas partes cuecen habas, Pepe.

Conclusión

Esto es algo así como esas películas baratas donde siempre hay un final feliz. Pepe Gutiérrez dice que “ las palabras socialismo, comunismo, y otras no podrán ser recuperadas en toda su dignidad y significación sin llevar a cabo un ajuste de cuentas radical con todos los desastres que hay detrás de nombres como los de Stalin, Mao, Ceaucescu, Enver Hoxa, Pol Pot, etcétera, etcétera. Es una condición sine qua non”. Curiosa amalgama. ¿Alguien ha oído alguna vez a alguien defender las figuras de Pol Pot o Ceaucescu? Carlos Bernales, por su parte, concluye con un triunfal solecismo: “Trotsky y Stalin siguen vivos muy parecidos [sic] al grano y a la paja que debemos separar para alcanzar un destino diferente”. Ronald León, a su vez, afirma: “Existen miles de revolucionarios honestos por fuera de los partidos trotskistas. Llamamos a estos compañeros y compañeras a realizar una profunda reflexión sobre la política concreta de sus direcciones bajo la implacable lupa del clasismo”. En otras palabras: venid a mi partido, que es el bueno. Dicho de otro modo: prohibida la entrada a los que no sean trotskistas y a los perros.

Ya lo dice Roland León: “Los trotskistas y stalinistas no tenemos los mismos objetivos. La estrategia del trotskismo es, en palabras de Nahuel Moreno, lograr una sociedad mundial sin clases ni explotación, para que la humanidad progrese, haya abundancia para todos, no haya guerras y se conquiste una plena libertad. Para conseguirlo, lucha por expropiar al imperialismo y a los grandes explotadores, terminar con las fronteras nacionales y conquistar una economía mundial planificada al servicio de las necesidades y el desarrollo de la especie humana”.

¡Sorprendente diferencia, sí señor! Lo dicho: “¡Vete a la mierda! ¿Frente Judaico Popular? Somos del Frente Popular de Judea” (https://www.youtube.com/watch?v=hMvcjzEKTMw).




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"Está claro, me parece, que los clamores contra el famoso burocratismo no son más que un medio de encubrir el descontento por la composición de los organismos centrales, no son más que una hoja de parra... ¡Eres un burócrata, porque has sido designado por el Congreso sin mi voluntad y contra ella! Eres un formalista, porque te apoyas los acuerdos formales del Congreso, y no en mi consentimiento. Obras de un modo brutalmente mecánico, porque te remites a la mayoría "mecánica" del Congreso del Partido y no prestas atención a mi deseo de ser cooptado. Eres un autócrata, porque no quieres poner el poder en manos de la vieja tertulia de buenos compadres!"

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