Un auténtico HIJO DE PUTA con todas las letras, que publica en el medio progaloso y negurítico de Bilbao "El Correo Español" o más concretamente en un suplemento. Por algo a algunos peeriodistas por aquí se les llama lumadun txakurrak (maderos de la pluma)
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La maldición de la momia
22.07.10 - IÑIGO DOMÍNGUEZ
La visita al mausoleo de Lenin, antes obligada y ahora turística, abre la puerta al pasado inverosímil del que emerge la Rusia actual
VIAJE
TRANSIBERIANO/CAP. 3
ÍÑIGO DOMÍNGUEZ
La momia de Lenin, en su mausoleo. Le dan periódicamente un baño de formol y otros mejunjes.
En el escaparate de la boutique de Kenzo se refleja San Basilio.
El metro de Moscú se inauguró en 1935. Su estación más impresionante, la de la plaza Komsomolskaya, podría parecer un salón de bodas si no fuera por una masa muy seria.
El cónsul soviético en Barcelona durante la Guerra Civil creó el único museo del gulag
En su último día en Moscú, antes de coger el tren por la noche, el viajero se va a ver la momia de Lenin, una visita que antes era obligada pero que se ha quedado antigua y da repelús. Para ello aplica la lección de acceso y salida indemne del metro de Moscú que le impartió el día anterior Rafa M. Mañueco, corresponsal del periódico. Que incluso se lesionó, pues le pilló una puerta en una demostración práctica. Tuvo lugar en la estación más impresionante, en la plaza Komsomolskaya. Con esta línea se inauguró el metro en 1935, siempre con el afán de impresionar al mundo. Podría parecer una sala de bodas, con mosaicos y lámparas, si no fuera por una masa interminable y muy seria de rostros caucasianos, uzbekos, mongoles y no sabe cuántas razas más. El pueblo ruso en movimiento impresiona mucho. Van todos muy callados. Los murales ensalzan las gestas soviéticas, como la publicidad anacrónica de la tele de madrugada.
El viajero llega a su destino perfectamente, aunque llueve y la calle está desierta. En la Plaza Roja el tipo vestido de Spiderman está sentado en un elefante de plástico con un paraguas y las piernas colgando para no mojarse el pijama. Parece un superhéroe acabado. El viajero hace la cola de la momia diez minutos, pero la visita es rápida. Uno no se puede parar a mirar. Lenin, o lo que sea ya eso, emerge en la oscuridad con luz sobrenatural. Normal, le dan periódicamente un baño de formol y otros mejunjes que a lo mejor hasta lo ponen fosforito. No tiene la cara de sifilítico de sus últimas fotos, sino la de los buenos tiempos. La mano derecha está cerrada en un puño. La cabeza está hueca, porque le sacaron el cerebro para estudiarlo y lo hicieron filetitos. El viajero, como el resto del globo, aguarda impaciente las conclusiones, casi tanto como las predicciones del pulpo Paul. Soldados de rostro fúnebre, como elegidos en un casting, vigilan el lugar. Sólo sonríe el último, como en el refrán, quizá porque está en la salida. Qué trabajos hay por el mundo. Esto de ser proletario puede ser muy duro.
De esta momia con perilla, que inauguró la idolatría de partido, nace buena parte del aura pseudoreligiosa del comunismo, que Stalin instauró hábilmente para justificar sus carnicerías. Lenin no quería acabar de momia y su mujer se opuso pero, como le dijo Stalin, si no le gustaba podía nombrar otra viuda de Lenin. A Trotski también le parecía mal, como otras cosas, pero ya se encargó de cepillárselo con un picahielos el agente español Ramón Mercader, que por esas cosas de la vida acabó de cuñado de Vittorio de Sica.
La visita continúa fuera, bajo la lluvia, con otras tumbas colocadas al pie de la muralla del Kremlin. Está Yuri Gagarin, por ejemplo. El viajero piensa en lo raro de un país que quería conquistar la luna pero no era capaz de hacer carreteras decentes. También descansa John Reed, el periodista que en 1919 contó los diez días que estremecieron al mundo. Luego el mundo se siguió estremeciendo bastante más tiempo, la verdad. La tumba de uno de los responsables, Stalin, está más adelante. Él se colocó en el mausoleo con Lenin, pero le sacaron en 1961 cuando empezó la crítica de sus barbaridades.
20 millones de cadáveres
Todas las lápidas tienen cuatro rosas, menos Andropov que tiene un montón, vete a saber por qué, y Stalin, otro montón. Ante su tumba el viajero ve a un joven de negro que se moja impertérrito bajo la lluvia. En una mano tiene un rosario y en la otra, una bolsa de plástico con la foto de un leopardo. Este animal y su pelaje son una manía nacional. Luego se santigua y sigue su camino. «Dios mío qué empanada tienen algunos», se dice el viajero, recordando la campaña de destrucción de iglesias de Stalin. Según le contará Rafa, una mayoría de rusos tiene a Stalin por un gran político, aunque se le fuera la mano. Lo cierto es que una vez que te cargas a unos cuantos lo mejor es seguir, porque si entras en el club del millón de muertos ya pasas a la historia como estadista. Las cifras andan como mínimo por los 20 millones de cadáveres.
Es increíble cómo se torció la utopía. Parece que basta distraerse para pasar de soñar en mejorar la vida de los más pobres a convertirse en un hijo de puta o un tarado. Una vieja película propagandística tiene un detallito encantador del delirio: soltaban miles de pollos en un estadio que formaban por arte de magia la frase 'Viva la URSS'. ¿Cómo? Escribían antes las letras con grano. Pero es igual con el capitalismo: uno echa pestes de los jefes hasta que tiene una asistenta, le racanea el sueldo y se queja de que vaguea. Se convierte en un cabroncete. El viajero cree que todos tenemos un malnacido dentro, que sale a la luz en circunstancias favorables. Con cosas sin importancia, como un puesto directivo, pero también con otras serias como el parchís.
El viajero ha quedado de nuevo con Rafa y deciden acercarse a los baños Sanduni, por la deformación cinéfila del viajero. Son un reducto de la 'belle epoque' en cuya piscina tuvo lugar una histórica gesta naval. La víspera del estreno de 'El acorazado Potemkin' Eisenstein se dio cuenta de que le faltaban planos de barcos. Así que la noche antes rodó a toda prisa en los baños con unos barquitos mientras los socios hacían olas. El lugar sigue vinculado al cine mudo, porque en las fotos de visitantes ilustres aparecen Van Damme y Dolph Lundgren, el ruso malo de 'Rocky IV', una de las cumbres de la Guerra Fría. Como se ve, el lugar ha entrado en decadencia, aunque tiene encanto, porque hay bar.
El centro histórico de Moscú está lleno de tiendas de lujo, hasta una de Chivas, pero siguiendo las manías del viajero van a un recóndito museo del gulag. El gulag -el ente oficial de campos de concentración- es uno de esos fantasmas de Siberia. Desde el siglo XVI se enviaba a la gente a desaparecer a esta región desolada. El viajero recuerda de la niñez el libro de Solzhenitsyn en una estantería de casa. Daba miedo. Era negro y gordo, con una foto de gente helada en la nieve. Se asomó a la primera página y leyó que en 1949 unos presos que cavaban encontraron un río helado hace miles de años con peces fósiles... y se los comieron allí mismo.
También el museo es espectral, pues es algo muy precario en el piso de un viejo edificio. En la taquilla Rafa se pone a hablarle en ruso, para que no noten que son extranjeros y entrar sin pagar. Pero se lo notan. Tal vez porque van vestidos con menos de 17 colores. El museo es una sucesión de fotos, cuadros y cacharros acumulados con la mejor voluntad, pero escasez de medios. Lo más interesante son las explicaciones de la anciana que hace de guía. Dice que de 1930 a 1956 pasaron por los campos unos 25 millones de personas. Nadie tiene ni idea de cuántos había. Un mapa de la URSS con cientos de puntos rojos muestra la magnitud del horror y flechas de deportaciones masivas por nacionalidades, de finlandeses a ingusetios. Hay cifras asombrosas, como los 900.000 deportados amontonados en Almaty, Kazajistán. La señora relata que los campos eran una forma de tener fuerza de trabajo gratis en minas, ferrocarriles o canales. Por ejemplo, el del Moscova al Volga: su lista de muertos empieza en 1933, el primer año, con 8.873. Al gulag se iba por lo más mínimo, por llegar tarde al trabajo o contar un chiste demasiado gracioso. Naturalmente, una buena carrera política también solía acabar allí. El museo lo ha creado el hijo de uno de aquellos represaliados. Se llamaba Vladímir Antónov-Ovséyenko, pero aparece en una foto con una bota de vino. Resulta que era el cónsul soviético en Barcelona en la Guerra Civil española. En 1937 fue destituido y nunca más se supo. La señora reflexiona: «Una pregunta difícil de responder es si esto era como los campos nazis». Pero de como lo dice se sospecha que cree que lo ruso era un poquito mejor. Así no vamos a ninguna parte.
Jabugo a 30 euros
Como le ocurre cada vez que visita un lugar de barbarie el viajero hace reflexiones terribles. Siente una simpatía espontánea por el pueblo ruso, puteado desde los albores de la humanidad. Qué vida más perra ha tenido la inmensa mayoría de las personas. Qué bien vivimos y cuánto nos quejamos. ¿Y qué habría hecho él? En esta época en que la prioridad es no pasar por gilipollas y un héroe, como mucho, es un delantero centro, cuánto miedo da trasladarse a los años chungos. Uno se caga y teme que habría delatado a todo hijo de vecino. Tampoco los rusos tienen muchas ganas de recordarlo. Esta cutrez de museo es lo único dedicado mínimamente al gulag en Moscú, y es privado. Sigue siendo un tabú.
Hay más cosas que en Rusia no se dicen. El viajero ha leído de alguien que las dice que está controlada por un déspota con mentalidad mediocre del KGB, que aparta o elimina a quien no piensa como él. Por ejemplo, el presidente de la petrolera Yukos, Mijail Jodorkovski, confinado en Siberia. Pero peor es la masacre de Chechenia. A su alrededor ha germinado la corrupción, una nomenclatura soviética reciclada, mafiosos y nuevos ricos, sobre un pueblo pobre, que pierde su clase culta y sin medios críticos. Todo esto lo decía Anna Politkovskaya, periodista. Fue asesinada en 2006.
Rafa, siempre tan amable, invita al viajero a comer a casa y hacen la compra. En el supermercado hay hasta jamón de jabugo, a 1.135 rublos (30 euros), y Rioja. Rafa, después de tantos años en la ciudad y con la fama que tiene, cree que Moscú no está tan mal, y tiene razón. Sale de un túnel con una momia al fondo. Pasan una tarde deliciosa con su mujer, que es encantadora. Es rusa y le adentra en el arte nacional de tomar té. Le habla de su país y le cuenta historias de Siberia. «Verás que fuera de Moscú casi nada ha cambiado...», le dice antes de su viaje.