"Henri Alleg, comunista" - fallecido en julio de 2013 - homenaje al autor de La question (La tortura)

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Mensaje por pedrocasca el Mar Jul 23, 2013 8:24 pm

"Henri Alleg, comunista***" - fallecido en julio de 2013

homenaje al autor del libro La question (traducido al castellano como La tortura)

“La question” de Henri Alleg - artículo publicado en Afribuku en noviembre de 2011

Henri Alleg (Argel, 1921) fue escritor, historiador, militante del Partido Comunista Argelino y director del periódico Alger Républicain, el cual fue prohibido en septiembre de 1955 por las autoridades coloniales francesas. Dos años después Alleg fue detenido por los miembros de los paracaidistas de la 10ª división de Jacques Massu, y recibió durante su interrogatorio descargas eléctricas, asfixia, amenazas y un sinfín de atrocidades. Mientras tanto, el autor fue plasmando su desesperación en pequeños pedazos de papel que fueron saliendo poco a poco de la cárcel gracias a la colaboración de algunos de sus abogados. Cada uno de esos manuscritos iría componiendo la estructura de La question, una de las obras literarias más sobrecogedoras de la colonización francesa en Argelia.

La opresión colonial era la verdadera cuestión. La maquinaria represiva francesa había puesto en práctica numerosas torturas con el fin de erradicar el Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino, movimiento fundado en 1954 con el objetivo de liberar el país. Las páginas de La question desprenden un dolor físico que sobrepasa lo racional y sitúan al ser humano muy lejos de las conjeturas que proclaman su distinción del mundo animal. Al mismo tiempo ese sufrimiento es ideológico, pues la historia es un proceso cíclico contradictorio que coloca continuamente a unos y a otros en posiciones paradójicas que dependen de los intereses que prevalezcan en un determinado momento. Por eso mismo, Henri Alleg quiso que su obra se filtrase de los lugares donde estuvo detenido, el campo de concentración de Loti y la prisión civil de Argel, y sirviera a generaciones posteriores como testimonio de un tiempo en que los héroes de la Segunda Guerra Mundial se convirtieron años más tarde en torturadores y en asesinos.

La question apareció en 1958 en la esfera pública como un auténtico obús para los intelectuales franceses ya que se trataba de la primera constancia escrita que denunciaba explícitamente los abusos de las autoridades coloniales. Jean Paul Sartre fue uno de los primeros en poner el grito en el cielo y denunciar las torturas sistemáticas que se realizaban en la Argelia francesa, pertenencia territorial que había defendido a ultranza el general Charles De Gaulle en su llegada al poder. Este asunto fue objeto de disputa ya que algunos escritores como Albert Camus, pied noir (francés nacido en Argelia), permaneció en un silencio ambiguo que desconcertó a muchos de sus seguidores. No obstante, el libro fue inmediatamente prohibido y su difusión se realizó a través de vías de divulgación clandestinas. Se calcula que se distribuyeron alrededor de 150.000 copias, que sin duda permitieron crear una visión paralela a la versión oficial de la Guerra de Argelia. El desarrollo de los acontecimientos y la presión de esta corriente más crítica forzaría al gobierno a firmar los Acuerdos de Evian y así poner fin al conflicto.

La editorial vasca Hiru publicó el libro en castellano en 2010, y es posible adquirirlo a través de su página web.

***Harry Salem, conocido como Henri Alleg, nacido en 1921 en Londres en una familia judía proveniente de Rusia, fallecido en 2013 en París. Periodista franco-argelino, miembro del PCF. Es conocido por ser el autor de La Question, libro de denuncia de la tortura durante la guerra de liberación de Argelia, y él mismo torturado. Jamás renunció a sus planteamientos marxistas-leninistas.
 
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Mensaje por pedrocasca el Mar Jul 23, 2013 8:29 pm

“Los torturadores norteamericanos de Irak son alumnos de los franceses en Argelia”

Entrevista a Henri Alleg
realizada por Néstor Kohan y Rémy Herrera

tomada de Marxismo crítico en julio de 2013
 
Esta entrevista fue realizada en septiembre del año 2004 en Portugal, en común con el compañero y amigo Rémy Herrera, quien además nos ayudó en la traducción del francés. También participó Luciano Álzaga. La reproducimos en homenaje a Henri Alleg quien falleció el miércoles 17 de julio de 2013
 
se puede leer y copiar en cualquiera de los links:

http://marxismocritico.com/2013/07/19/los-torturadores-norteamericanos/

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=7785
 
"Henri Alleg, comunista" - fallecido en julio de 2013 - homenaje al autor de La question (La tortura) HenriAlleg4
paracaidistas franceses en Argelia


Última edición por pedrocasca el Mar Jul 23, 2013 8:38 pm, editado 1 vez
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Mensaje por pedrocasca el Mar Jul 23, 2013 8:36 pm

Vídeo en donde Henri Alleg analiza la vigencia de la tortura y la represión tal y como se produjo en la guerra de liberación de Argelia.

parte I:

https://www.youtube.com/watch?v=_R43ELnnHOU

parte II:

https://www.youtube.com/watch?v=ND97AnRtiOg

Ambos vídeos duran unos 6 minutos.
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Mensaje por pedrocasca el Mar Jul 23, 2013 8:44 pm

Prólogo de Alfonso Sastre al libro La question (La tortura) en mayo de 2010:

La question, que fue publicado en 1958, es un libro clave de la historia de la guerra de Argelia. En el momento de su publicación su autor, Henri Alleg, continuaba detenido en las prisiones del Estado francés por “reconstitución de organización disuelta (el Partido Comunista Argelino) y atentado contra la seguridad del Estado”.
El impacto del testimonio de Alleg es enorme, y la terrible sinceridad del relato arroja una luz sin concesiones sobre los primeros años, llenos de mentiras, de la guerra. En La question Henri Alleg relata su detención y secuestro por los militares franceses y desvela las terribles torturas de las que fue víctima. Jean Paul Sartre captó en un célebre artículo toda la dimensión del texto: “El tranquilo valor de una víctima, su modestia, su lucidez nos despiertan para desmitificarnos: Alleg acaba de sacar la tortura de la noche que la cubre”.
Hoy presentamos en castellano este libro breve que sin embargo es un enorme y descarnado testimonio de las torturas sufridas –con una dignidad estremecedora– por Henri Alleg. Su relato es, así mismo, un gigantesco grito por la verdad histórica y contra cualquier tipo de colonialismo y sus métodos de “pacificación”.

Con este libro –en palabras de Alleg– “se ayudará a los más jóvenes (dos generaciones de franceses nacieron después de la insurrección de noviembre de 1954), abandonados voluntariamente en la ignorancia, a conocer este pasado reciente y a sacar de él enseñanzas para el futuro. Un futuro cargado de amenazas y de tormentas que habrá que afrontar. Porque no se excluye que surjan otros conflictos –ya son numerosos– en tal o cual parte del mundo donde se llame a jóvenes franceses a intervenir para ‘combatir el terrorismo’, ‘salvar la democracia’ y ‘defender la libertad’, cuando el verdadero motivo de intervención es explotar yacimientos de petróleo, de gas, de mineral, de diamantes, e impedir que algún pueblo se libere”.

Prólogo de Alfonso Sastre:

La edición en castellano de esta obrita, ya clásica, sobre la tortura fue un proyecto de Eva Forest, pionera entre nosotros de las investigaciones sobre este tema y de actividades de denuncia como las que hoy desarrolla Torturaren  Aurkako Taldea (TAT) en Euskadi; un proyecto que hoy por fin se cumple. Ella dedicó una gran parte de su vida a esta cuestión, desde los tiempos del franquismo y muy especialmente durante el posfranquismo;  y nos ha dejado una considerable obra, parcialmente editada en libros que quedarán reseñados al final de estas líneas.

En cuanto a La Question de Henri Alleg, su autor la escribió para denunciar a los torturadores franceses durante la guerra de liberación de Argelia y circuló en su momento ilegalmente. Un gran movimiento intelectual se hizo eco de su denuncia y se publicaron obras que también reseñamos aquí. (Yo también me hice eco de su relato y lo trasladé a los escenarios en mi drama En la red).  

La palabra "question" significa en francés cuestión, pregunta, proposición, y "questionner" preguntar, pero también hace referencia a la tortura, ya que "appliquer la question", según los diccionarios de siempre, es como decir en español "poner en el potro, en el tormento". Por eso, una de las posibles traducciones de este título sería  El interrogatorio.

Cuando apareció el libro en  Les Editions de Minuit  yo entendí su título en un doble sentido: como "interrogatorio", efectivamente, pero también como una clave para la comprensión de la situación política y ética en que se producía aquel conflicto.

El trato inhumano de los detenidos por las fuerzas paracaidistas francesas partía de la base de que aquellos detenidos generalmente lo eran mediante redadas que se efectuaban masivamente en los barrios y en los pueblos sin discriminación alguna, de manera que caían en aquellas redes personas no implicadas en la lucha anticolonial, sobre las que se realizaba, torturándolas, un "triage" (una selección) a la busca ciega de militantes implicados en aquella lucha.  Ello era una expresión certera de las relaciones existentes entre colonizadores y colonizados. La ideología de los colonizadores, bajo el grito Algerie française!, esa era la cuestión: la cuestión de fondo.

Creo que un lector de hoy también puede leer así este libro, como un testimonio que desborda  los límites del tema de la tortura propiamente dicha, aplicada en los interrogatorios y aquí tan bien descrita y tan sencillamente por alguien que la padeció y sobrevivió dignamente a ella: a los golpes, a la electricidad y a la droga (el pentotal); entendiendo esos hechos como signos capaces de desvelar y revelar las entraña de aquellos horrores: la opresión colonial, que era la verdadera cuestión, y también las complejidades de las violencias humanas. En aquellas zahurdas estaba la tortura; en las calles estallaban bombas como un elemento de la lucha por la liberación de Argelia. Violencia y violencia. Violencias contra violencias. ¿Por qué? ¿Cómo?

Muchas conciencias se sentían desgarradas ante tales hechos, y resultaba sorprendente para franceses bienpensantes que  Jean- Paul Sartre declarara, en lugar de "condenar el terrorismo", que las bombas son el arma de los pobres. O que, en el prefacio a  Los condenados de la tierra de Frantz Fanon,  nos dijera cosas como ésta: "El colonizado se cura de la neurosis colonial expulsando al colono con las armas. Cuando su ira estalla, recupera su transparencia perdida". O: "Cuando los campesinos reciben los fusiles, los viejos mitos palidecen, las prohibiciones desaparecen una por una; el arma de un combatiente es su humanidad". O que, con la lucha armada, "La Nación se pone en marcha: para cada hermano (la Nación) está en dondequiera que combaten otros hermanos".  "Son hermanos -añade- porque cada uno de ellos ha matado o puede, de un momento a otro, haber matado". Es un caso claro, entre nosotros, de "apología del terrorismo", pero De Gaulle en Francia era de otra índole que la cerril derecha española; él se había puesto al frente, aunque de modo tardío, de la Resistencia francesa (más bien, internacional) contra la ocupación nazi, y supo decir que: "No se puede encarcelar a Voltaire". (La extrema derecha sí atentó contra la vida de Jean-Paul Sartre en su domicilio del Barrio Latino de París).  

Hubo una  pléyade de intelectuales que analizaron el tema de la violencia, entre quienes hay que destacar precisamente a Frantz Fanon, que, en el libro citado y en  Sociología de una revolución y otros trabajos analizó lúcidamente la relación colonizador-colonizado y todo lo que esa relación comporta, que no es otra cosa que lo que ocurre, en general, entre los opresores y los oprimidos.

Yo soy uno de tantos deudores de aquellas revelaciones y análisis de las violencias, indeseables todas pero no iguales,  hasta el punto de que me atreví a decir que la metralleta de un sicario se metamorfosea cuando pasa de sus manos, acaso en un combate, a las de un guerrillero (¡siendo la misma, ya no es la misma arma!), y pude establecer que los opresores llaman guerra -y hasta guerra justa y humanitaria- a su terrorismo y terrorismo a la guerra -¿injusta?- de los oprimidos. Una complejidad efectivamente lacerante.

En cuanto al tema  propio de este librito, la tortura,  pensemos que, mientras que la violencia guerrera es indeseable en cualquier caso pero "no es lo mismo", y que un guerrillero revolucionario no sólo "no es lo mismo" sino que es "lo contrario" que un sicario al servicio de la explotación capitalista de la especie humana, la práctica de torturas es tan repulsiva en uno como en otro caso: tanto si se produce en las filas de los opresores como si se da en las de los oprimidos. Ella es odiosa en cualquier caso y de cualquier manera, y quienes la practican se convierten, ipso facto, en pura mierda, hablando mal y pronto.

La práctica de la tortura es, sin embargo, una vergüenza que sigue acompañando a la Humanidad -¿forma parte de la estructura de estos sistemas?- , y de modo especial en algunas áreas y regiones. Su actualidad es permanente, por desgracia, y más para quienes vivimos en lugares en los que esa práctica repugnante sigue siendo una "gangrena" cotidiana.  

Pero además La Question no es sólo un inquietante testimonio de aquel (de ese, de este horror) sino, por ello mismo, una fuente de pensamiento; y su edición en lengua castellana una idea muy afortunada.  Sea su presente edición un homenaje implícito a quien soñó  realizarla y no pudo llegar a hacerlo.

Hoy, cuando por fin se presenta, y además acompañada de una entrevista de Gilles Martin que permite al autor resumir y aclarar sus ideas, que yo comparto en su integridad,  comprobamos que sus planteamientos,  referentes a un período concreto de la historia de Francia, siguen siendo hoy entre nosotros, en los territorios del Estado Español, de ardiente actualidad. Aquí también se da -se sigue dando- una gran complicidad social, que abarca a jueces, políticos y altos funcionarios  -por supuesto a policías y guardias civiles- con los torturadores que, así, campan por sus respetos, a pesar de las advertencias de alto nivel internacional que ya se han producido. Se oculta públicamente la verdad y se atribuyen las denuncias de torturas -como ocurrió entonces en Francia- a las mentiras de "una banda", a la superchería de unos "terroristas", tal como ocurrió en aquellos años en Argelia. Políticos de todos los niveles no dejan de "condenar toda la violencia" y de aceptar sin embargo esta "gangrena" (como se la definió en la Francia de aquellos años) en sus propias filas, donde se practica  según consta en tanta documentación irrefutable hoy. (En este sentido, es notoria y admirable la actividad del TAT en el País Vasco y de varias beneméritas asociaciones en España).  

La lamentable actualidad del tema  es puesta -repuesta- de manifiesto de un modo claro e inequívoco en la entrevista citada al principio y recogida en este libro junto al texto memorable de Alleg, el cual  recuerda que entonces allá -igual que ahora aquí- la tortura era una vergüenza pública, sin embargo oficialmente negada, "ignorada", y que las generaciones posteriores han seguido ignorando merced al espeso silencio que pesó sobre ella hasta que en altos medios militares franceses se reconoció -orgullosamente, claro- su existencia en el próximo pasado francés, y ello escandalizó por fin  a algunos grupos de franceses que entonces se echaron las manos a la cabeza, demasiado tarde evidentemente.

Oficialmente ignorada, decimos; lo mismo que viene ocurriendo aquí desde el franquismo y como una detestable herencia de aquella situación generada por la guerra civil.  La cosa sigue sucediendo, todo el mundo lo sabe,  pero es mentira.

Es terrible que a estos políticos españoles "socialistas" de hoy, como a los políticos "socialistas" franceses de entonces, no se les caiga la cara de vergüenza. ¿Tendrán que avergonzarse algún día por ellos sus futuros nietos? ¿Habrá que esperar hasta entonces?

Otras situaciones también propias de nuestro hoy se recogen en la entrevista de Alleg, como la tozudez con que los franceses gobernantes ignoraban el carácter político del conflicto o la misma tozudez con que declaraban estar en "el último cuarto de hora" del terrorismo, hasta que tuvo que ponerse al frente de la situación una persona que no era partidario, desde luego, de la soberanía de los pueblos, pero que disponía de la inteligencia necesaria para entender que aquella cuestión nunca se resolvería por medio de las armas y de la represión. Así, tuvo que ser el General De Gaulle quien decidiera abrir una puerta para la paz y quien opuso su prestigio militar al "cuarterón de generales" que proyectó enviar a sus fuerzas paracaidistas, armadas hasta los dientes,  a la conquista de París, donde yo me encontraba entonces. Pero esa, como decía un  notable escritor, "es otra historia".

P.S.  UNA NOTA POLÍTICA

En el orden político, se da una diferencia muy importante entre el "caso argelino" de entonces y el "conflicto vasco" que ya dura tantos años, en el sentido de que la independencia en este caso no es la condición para el establecimiento de la paz en los territorios del Estado Español, sino que aquí y ahora bastaría para una declaración de "paz perpetua" por parte de la organización  ETA, según mis lecturas, con que un serio planteamiento independentista y revolucionario no fuera excluido de la legalidad como hoy lo está por la Constitución Española vigente (1978).

Según nuestras lecturas, la organización armada vasca, a diferencia de aquel FLN argelino (con lo que queda marcada la diferencia entre una y otra situación), propone una vía política que pudiera conducir a un escenario de independencia en el caso de que así lo expresara en las urnas la voluntad popular vasca (lo que parece muy razonable).

Cierto que para ello sería necesaria una reforma de esta Constitución que acabara con el fetiche, tan caro a los falangistas, de la "sagrada unidad de España".

En el caso de Argelia, la guerra habría continuado mientras no se obtuviera la independencia y con ese alcance radical  fue obtenida -pese a los muchos y variados energúmenos de la Algérie française!- porque en la derecha francesa, tal como hemos dicho,  hubo aquella mente pensante que fue la del General De Gaulle. Vale.
 
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Mensaje por pedrocasca el Mar Jul 23, 2013 9:01 pm

Reseña de un libro de Henri Alleg y comentario sobre este comunista argelino por parte del periodista mexicano Miguel Urbano Rodrigues. Publicado en 2005 por el Partido Comunista de México. Traducción de Pável Blanco Cabrera.

Conocí a Henri Alleg en 1986 durante un Congreso Internacional de Periodistas, en Sofía. Teníamos ambos rebasados los 60 años.

“Es muy raro –escuche de el recientemente en Serpa- que amistades tan fuertes como la nuestra se establezcan en edades avanzadas”. Recordé esas palabras al finalizar la lectura de Mémoire Algérienne su último libro (Henri Alleg, Mémoire Algérienne, 407 pags, Ed.Stock, Paris, Agosto de 2005).

Henri Alleg integra la galería de aquellos seres excepcionales que hicieron nacer en mí el sentimiento de amistad antes del primer intercambio de palabras. Eso aconteció cuando leí La Question, el más bello y terrible libelo contra la tortura, escrito en una prisión de Argelia hace casi medio siglo, después de resistir estoicamente a la barbarie de los paracaidistas de Massu.

Con excepción de la mirada y de la cabellera cobriza, nada en la apariencia de aquel hombre pequeño y de voz suave llama la atención. Hace recordar aquello que los italianos llaman el uomo qualunque. Imposible al verlo es poder imaginar su coraje espartano, la inteligencia fulgurante, la capacidad de soportar el sufrimiento hasta la ultima frontera y de enfrentar desafíos inesperados, la lucidez de la mundivivencia histórica, la firmeza ideológica, el talento del escritor, y la solidaridad con los explotados y oprimidos erigida en razón de existencia.

No hay revolucionarios perfectos. Más entre todos los que conocí personalmente a lo largo de una existencia que me llevo a correr por el mundo, Henri Alleg, es tal vez, en su modestia, aquel que más se aproxima a la imagen del comunista ideal, tal como lo concebí en la juventud a partir de clásicos de la literatura y del marxismo.

¿Por qué?

En primer lugar por el humanismo y la ausencia de contaminación. Lenin advirtió que la vida en cualquier sociedad es decisivamente marcada por la ideología de la clase dominante. Los que nos formamos en el mundo capitalista y luchamos por la destrucción del engranaje de sistema somos en mayor o menor grado condicionados por sus mecanismos, aunque no siempre esa realidad sube al nivel de la conciencia. En Henri Alleg identifico una inmunidad evidente al contagio en lo cotidiano por los virus que nos envuelven permanentemente. Me habitué a ver en el al revolucionario puro.

Al final del año pasado, cuando terminaba Mémoire Algérienne, me dijo por teléfono que no seria “un buen libro”.

Como siempre era sincero. Más, conocedor de la extraordinaria riqueza del tema, de su exigencia y de la modestia que lo acompaña no acredité.

El libro es una obra conmovedora, una lección de humanismo revolucionario. La vida de Henri, durante dos décadas, nos surge indisolublemente ligada a la historia de Argelia. De ahí el titulo.

En La guerre d’ Algérie, la obra monumental en tres tomos que concibió y dirigió, está ausente como personaje. Ahora, en un texto de memorias el evoca su participación en acontecimientos que emergen ya como capítulos de la historia de África, de Francia y de la humanidad.

El joven que en las vísperas de la segunda guerra mundial tuvo el primer contacto con Argelia y presintió en su amistad con un niño limpiabotas que descubría una realidad social mounstrosa y por tanto condenada a desaparecer no podía entonces imaginar que un gran ideal y la lucha por la libertad de un pueblo colonizado y humillado harían de el uno de los primeros franceses en ser torturado por el Ejército de su patria.

Fueron las exigencias de ese combate y la avidez de una autentica fraternidad lo que lo transformaron en periodista y en un comunista.

Que jornada la suya en tiempo de horrores en que dirigió Alger Republicain, el diario que en su breve existencia expresó el sentir y la esperanza de los oprimidos en la Argelia martirizada.

En colaboración con A. Benzine y B. Khalfa, compañeros de redacción y de ideal, Henri escribió muchos años después un libro maravilloso, La Grande Aventure d’Alger republicain. En esta época de perversión mediática, esa obra, hoy casi olvidada, debería ser estudiada en todas las facultades de periodismo. Es un documento conmovedor sobre el sueño utópico de un puñado de franceses y argelinos que creían en una Argelia de fraternidad entre todos los que en ella habían nacido, independientemente del origen racial o de la religión. El equipo de Alger republicain luchó por ese sueño con bravura y tenacidad hasta el fin. El compromiso con la verdad, sin miedos, ni concesiones, fue llevado tan lejos por el colectivo que no conozco precedente similar en la historia de la prensa mundial. De ahí la gran lección que la historia del pequeño- gigante diario argelino transmite a las sucesivas generaciones de periodistas.

La clandestinidad, seguida de la clausura del periódico, después la prisión, la tortura, y los años de cárcel, no abatieron el animo de Henri Alleg. Le reforzaron la combatividad y la fidelidad al ideal comunista. Un día un director de presidio le dijo que él nunca seria el mismo al recuperar la libertad. Enuncio una realidad. Más el portavoz de la represión no podía comprender que el sufrimiento y la solidaridad con los compañeros de las prisiones y campos de concentración argelinos habían transformado a Henri Alleg en un sentido opuesto al imaginado por sus carceleros. Los años en la prisión –como el subraya- “me hicieron mas atento y abierto a los otros, menos absoluto en mis juicios, aún más convicto de la necesidad de hacer tabula rasa de una sociedad de opresión y de desprecio para crear nuevas relaciones de fraternidad y de solidaridad entre los hombres y, con mayor firmeza que nunca, decidido a consagrar todas mis energías en esa esperanza”.

Fue atrás de las rejas que el director de Alger Republicain, burlando la vigilancia de los guardias, escribió La Question, la denuncia de la tortura que motivo la protesta solidaria de Jean Paul Sartre, Roger Martin du Gard y François Mauriac. La resonancia mundial del libro de Alleg contribuyo para apresurar el fin de la guerra de Argelia y coloco al autor en la galería de los mayores periodistas del siglo XX.

La simple noticia de la publicación del libro (luego confiscado) en Francia provoco desde luego en los presidios argelinos una explosión de alegría. Fue recibida como una victoria colectiva.

Por si mismas las páginas en que el militante revolucionario evoca la vida y la lucha en la prisión y su fuga del presidio de Rennes, en Francia, para donde fue transferido después de la campaña mundial por su liberación, constituyen un libro dentro del libro. Para que el lector se haga una idea del funcionamiento de los mecanismos represivos del Estado Francés en aquella época juzgo útil informar que L'Humanité y Liberación fueron confiscados cuando publicaron la carta dirigida por Alleg al Fiscal de la República, relatando las torturas a que fue sometido en el centro de terror de El Biar por los paracaidistas de la 10 División. Nada resulto además del interrogatorio instaurado. Ni uno solo de los torturadores fue castigado y algunos acumularon promociones y condecoraciones por servicios prestados a la Patria.

El objetivo del periodista secuestrado y torturado era otro. Pretendía y consiguió iluminar “el verdadero rostro de la guerra librada en Argelia y acusar públicamente a los verdugos y torturadores”.

En el capitulo dedicado a la evasión, que recuerda con pormenores emocionantes y el fino sentido del humor que le marca la personalidad, Henri Alleg coloca a los lectores frente a un cuadro de toques novelescos. Parecía imposible fugarse; más el lo consiguió, asombrando al director del presidio y a los guardias. La solidaridad del Partido Comunista Francés y la imaginación y dinamismo de su compañera, Gilberte, una revolucionaria de fibra, fueron decisivos para el éxito de un plan considerado al principio como inviable.

Los últimos capítulos de libro son ta lvez aquellos en que mejor se hace evidente la acumulación de cultura profunda de comunista que, por la senda del sufrimiento, amplió en la prisión su mundivivencia de revolucionario.

La Question, rápidamente editada en diez lenguas, catapultó a Henri Alleg para los pináculos de la fama. Fue recibido como un héroe en la URSS, en Checoslovaquia, en Cuba. Más el éxito fortaleció en l la modestia y el sentido de la responsabilidad.

Nuevos combates, muy diferentes del anterior, lo esperaban en el regreso a Argelia para retomar la publicación de Alger Republicain.

La nueva Argelia, que durante una lucha épica se anunciaba como revolucionaria y socialista comenzó después de la independencia a distanciarse del proyecto.

Henri acreditaba que el primer número seria recibido con tal cariño que seria imposible que poder alguno no tomara eso en cuenta al asumir públicamente la responsabilidad de una futura prohibición.

Pero tal esperanza no fue confirmada por la historia. El regreso del periódico fue saludado con entusiasmo por el pueblo y el se transformó en el primero y más querido diario del país. Por eso mismo su línea revolucionaria y humanista incomodó a personalidades prominentes en la estructura del poder que iba tomando forma, en un contexto de luchas fraticidas entre compañeros de la víspera.

En el editorial, al reaparecer, Alger Republicain definía así al país que debería emerger de la guerra de liberación: “Una Argelia que destruya las secuelas del colonialismo, que ofrezca a todos, cualquiera que sea su origen, los mismos deberes y derechos, que avance con audacia por la ruta de la democratización, justificando progreso. Una Argelia en la cual la tierra pertenezca a los campesinos, a los obreros agrícolas, en la cual las riquezas esenciales sean propiedad de todo el pueblo”.

No fue lo que ocurrió.

Los retornados franceses, al abandonar el país trataron de destruir o desmantelar lo que no pudieron llevar, desde infraestructuras básicas, al mobiliario de las casas, los automóviles y los servicios de interés público. Disipada la euforia de la independencia, el pueblo argelino comprendió que tendría que partir casi de cero, en lo que se refería a equipamientos, para construir el futuro.

Henri recuerda el espectáculo desolador que entonces ofrecían “dirigentes aún en la víspera tenidos por héroes y guías y que, luego que regresaron al país independiente, pero aún ensangrentado, con mil problemas dramáticos, pasaron a luchar por el poder, destruyendo con las propias manos el mito de un FLN inquebrantablemente solidario al servicio de los intereses y aspiraciones de una nueva Argelia”.

“Durante semanas –transcribo- el país, fustigado como navío sin timón y sin rumbo, donde la autoridad del ejecutivo provisional era nula, se quedo al borde la guerra civil y los choques armados resultantes de ese desorden hicieron centenas de muertos de los cuales no se habló”.

Un resplandor de esperanza reapareció, tímido, cuando la situación pareció estabilizarse bajo el gobierno de Ben Bella.

Alger Republicain saludó en un editorial, en un número especial el decreto que reglamento el destino de los llamados bienes vacantes (sin propietario), acentuando que de ahora en adelante no había más bienes sin propietario, más empresas y exploraciones de autogestión.

“La experiencia de algunos países –advirtió el periódico- de independencia reciente enseña que una capa social privilegiada puede tomar el poder para su exclusivo provecho. Actuando así, priva al pueblo del fruto de su lucha y se aparta de él para aliarse al imperialismo. En nombre de la unidad nacional, que explota con oportunismo, la burguesía pretende actuar para el bien del pueblo pidiéndole que la apoye”.

Tal lenguaje desagradó profundamente a elementos influyentes de la nueva burguesía en formación, instalados en puestos clave del FLN y del gobierno.

El Partido Comunista fue prohibido.

Alger republicain recibía y publicaba “muchas cartas de lectores que ponían en causa con pruebas, a los beneficiarios de las malversaciones y a los funcionarios responsables que las encubrían. Lejos de manifestar reconocimiento por ese trabajo de salud pública, los ministros reaccionaron con furia cuando aquellos que eran puestos en causa los tocaban de cerca”. Las criticas y amenazas de poderosos comenzaron a llover en la redacción.

El periódico defendía una prensa “al servicio del pueblo, al servicio de verdad”. Y eso era intolerable para gran parte de los detentadores del poder.

Después del golpe de estado que derribo a Ben Bella, quedo claro que los días de Alger republicain estaban contados. El diario revolucionario fue clausurado. Henri evoca con pormenores los últimos días del periódico.

¿Era el coronel Houari Boumedienne un conservador? No. Combatiente ejemplar en los años de lucha, muchos analistas identificaron inclusive en el un dirigente progresista. Nunca se declaro anticomunista y mantuvo el socialismo como objetivo en su proyecto de transformación de la sociedad argelina. Pero la referencia al socialismo no pasaba de ser un eufemismo.

Henri Alleg recuerda que «muchos ideólogos de izquierda, acompañando a Nikita Kruschev –que nunca fue una autoridad del marxismo- defendían la tesis según la cual los países liberados del yugo colonial –y la propia Argelia- optarían inevitablemente por romper con el capitalismo, como ya hiciera Cuba, porque ese era el sentido de la historia”. Fue no obstante fue la Historia, que desmintió esa tesis. Países del Tercer Mundo cuyos partidos en el poder se declaraban marxistas-leninistas no rompieron con el capitalismo. Eso aconteció en algunas de las colonias africanas de Portugal y también en Argelia donde los dirigentes del FLN nunca escondieron, además, su desconfianza de los comunistas.

Alleg recuerda que los nuevos gobernantes temían cualquier forma de contestación obrera. Ese rechazo de un “movimiento social real traducía el recelo de ver consolidada una organización obrera independiente del aparato partidario, que inevitablemente seria llevada a oponerse a los apetitos y ambiciones de la nueva burguesía”

Reflexionando sobre esa situación y sus orígenes, el escritor recuerda que en la desconfianza inspirada por los obreros a los dirigentes del FLN se identifica la influencia de Frantz Fanon. Este en una tesis de raíz maoísta, luego adaptada por muchos políticos progresistas, sustentaba que “en los territorios coloniales el proletariado es el núcleo del pueblo colonizado más privilegiado por el régimen colonial”, por lo que “solamente el campesinado es revolucionario”.

El desarrollo de la Historia no tardo en demostrar la falsedad de la tesis, pero fue muy alto el precio, marcadamente en África, repito, de la desconfianza que a dirigentes progresistas inspiraba el proletariado como clase revolucionaria, y obviamente, los partidos comunistas.

Sintiendo cerradas las puertas para luchar por el pueblo de Argelia, Henri Alleg no podía permanecer en el país como espectador. Volvió para Francia y prosiguió allí su combate.

Poco espacio dedica en el libro a esa fase de su vida, casi cuarenta años. Más en L’Humanité, como secretario de redacción, como escritor, como simple militante, su batallar de intelectual comunista fue permanente.

Al revisitar con antiguos compañeros, transcurridas décadas, las salas de la antigua redacción de Alger republicain, fue dominado por una gran emoción. Transcribo las palabras finales de Memoire Algerienne, inspiradas por ese momento de reencuentro con el pasado;

“...sabíamos que no podríamos nunca renunciar a aquello que fuera y continuaba siendo nuestra primera y luminosa razón de vivir: dar continuidad con millones de otros la lucha secular de los explotados, de los oprimidos, de los “condenados de la tierra”, para que pueda nacer, finalmente, otro mundo, un mundo de libertad, de verdadera fraternidad”.

En esas palabras esta la imagen de Henri Alleg, revolucionario comunista ejemplar.
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Mensaje por pedrocasca el Mar Jul 23, 2013 9:05 pm

Henri Alleg, comunista y revolucionario ejemplar

artículo de su amigo el periodista Miguel Urbano Rodrigues publicado como homenaje tras el fallecimiento del comunista argelino.

publicado en La Haine en julio de 2013

Tras la destrucción de la URSS y la reimplantación del capitalismo, fustigó a los intelectuales que renunciaban al marxismo.

Esperaba la noticia de la muerte de Henri Alleg. Falleció ayer, miércoles, pero había abandonado prácticamente la vida el año pasado cuando, en vacaciones en una isla griega, sufrió un ACV [Accidente Cerebro Vascular]. Su cerebro quedó tan dañado que la recuperación era imposible.

Quedó semi hemiplégico y pasó los últimos meses en una clínica, caminando hacia el final en una existencia casi vegetativa. Reconocía los hijos, decía algunas palabras, pero su discurso se transformó en caótico.

Me unió a ese hombre una amistad tan profunda que siento dificultad en definirla. A los 90 años pasó una semana en Vila Nova de Gaia, conmigo y mi compañera, y pronunció entonces en la Universidade Popular do Porto una conferencia sobre Argelia y los acontecimientos que sacudían el Islam africano. Por el saber histórico y la lucidez impresionó a cuantos lo escucharon.

Lo admiraba desde hace mucho tiempo, cuando lo conocí en Bulgaria, en l986, durante un Congreso Internacional. La empatía fue inmediata, abriendo la puerta a una amistad que se reforzó cada año.

Henri, tras el 25 de Abril, fue corresponsal de "L'Humanité" en Lisboa. No tuve entonces oportunidad de encontrarlo. Pero en el último cuarto de siglo visitó Portugal muchas veces. La editorial Caminho publicó tres libros suyos ('SOS América', 'O Grande Salto Atrás' y 'O Século do Dragão') y la Editora Mareantes lanzó la traducción portuguesa de 'La Question' (La Tortura), el libro que lo convirtió en famoso y contribuyó a acelerar el final de la guerra da Argelia. Amaba Portugal, especialmente el Alentejo de la orilla izquierda del Guadiana, y admiraba mucho al Partido Comunista Portugués.

Participó en Portugal en diversos Encuentros Internacionales y, en una de sus visitas a Lisboa, fue recibido por la Comisión de Asuntos Extranjeros de la Assembleia da República, debatiendo allí con diputados de todos los partidos grandes problemas de nuestro tiempo, y fue después aplaudido por el Pleno. Recuerdo también el interés excepcional suscitado a su paso por Brasil y Cuba, donde lo acompañé en sus visitas a esos países.

La complejidad del sentimiento de admiración que Henri Alleg me inspiraba me llevó a escribir sobre él y sus libros más páginas de lo que a lo largo de la vida dediqué a cualquier otro escritor. Estas aparecen en libros míos y en artículos publicados en periódicos y revistas de muchos países. Evito por lo tanto repeticiones.

Recuerdo que al leer 'La Grande Aventure d’Alger Republicain' el choque –y la palabra- fue tan fuerte que sugerí en una conferencia que el estudio de ese libro debiera figurar en el programa de todas las Facultades de Periodismo del mundo.

¿Que encontré de diferente en Henri Alleg?

Reflexionando sobre la fascinación que aquel hombre ejercía sobre mí, concluí que la admiración nacía de la firmeza de sus opciones ideológicas, de un coraje espartano y de una ética excepcional.

En más de una ocasión le dije que veía en él el modelo de los bolcheviques del año 17. Henri se me presentó como el comunista integral, puro, casi perfecto. No conocí otro con quien me identificase tan armoniosamente en el debate de ideas.

Es lamentable que 'Mémoire Algérienne' no haya sido traducido al portugués. En ese libro de memorias, que es mucho más que eso, Henri, en los capítulos finales, permite al lector imaginar el sufrimiento del comunista que acompaña el rápido alejamiento, tras la independencia, de los dirigentes del FLN de los principios y valores que habían conducido a los revolucionarios argelinos a la victoria sobre el colonialismo francés. Pagó un alto precio por la autenticidad con que se distanció del poder en 'Alger Republicain', su periódico, cerrado por Houari Boumedienne, héroe de la lucha por la independencia.

Pesado fue también el precio que pagó en Francia, donde, tras el regreso a Europa, fue secretario de Redacción de "L'Humanité", entonces órgano del CC del Partido Comunista Francés.

Henri Alleg denunció desde el inicio la ola del eurocomunismo que alcanzó los partidos francés, italiano y español, entre otros. Criticó frontalmente la estrategia que llevó al PCF a participar en gobiernos del Partido Socialista que practicaban políticas neoliberales.

En el bello libro que escribió sobre la destrucción de la URSS y la reimplantación del capitalismo en Rusia fustigó los intelectuales que, renunciando al marxismo, se pasaron en rápida metamorfosis a defensores del capitalismo y a posiciones antisoviéticas. Tampoco dudó en criticar al mismo secretario general del PCF, Robert Hue, considerando la orientación imprimida al PCF como incompatible con sus tradiciones revolucionarias de organización marxista-leninista. Pero, contrariamente a otros camaradas, entabló su combate de comunista dentro del Partido como militante.

Tuve la oportunidad en Francia de registrar, en asambleas comunistas a las que asistí, el enorme respeto que Henri Alleg inspiraba cuando tomaba la palabra. Constaté que aun dirigentes por él criticados admiraban la claridad, el fundamento y la dignidad de su discurso crítico.

En los últimos años, a pesar de una salud frágil, compareció en programas de televisión, volvió a Portugal y visitó Argelia de nuevo, donde fue recibido con entusiasmo y emoción. En los EEUU sus conferencias suscitaron debates ideológicos de una profundidad poco común, con la participación de comunistas y académicos progresistas. Y hasta casi al ACV que lo abatió, recorrió Francia, respondiendo a invitaciones de Federaciones Comunistas y otras organizaciones. La juventud, sobretodo, lo aclamaba con ternura y admiración.

La muerte de su compañera, Gilberte Serfaty, en 2010, fue para el un golpe demoledor. «No puedo más sentir la alegría de vivir…» -me contestó cuando lo interrogué sobre el peso de la soledad. Ella, argelina, era también una comunista excepcional. Contribuyó mucho a organizar con el Partido su fuga rocambolesca de la prisión francesa de Rennes, a donde había sido trasladado desde Argelia.

Muchas veces, cuando iba a Francia, me instalaba en su casa de Palaiseau, en los suburbios de París. Henri, que era un gourmet y un gran cocinero, me recibía con auténticos banquetes y preparaba un maravilloso couscous, acompañado de vinos argelinos.

En la última visita a Palaiseau antes da su enfermedad, mi compañera y yo participamos de una cena inolvidable. Eramos cinco: nosotros, Henri, Gilberte y su hijo, Jean Salem, ya entonces un filósofo marxista de prestigio internacional. Recuerdo que en esa noche revisamos el mundo. Henri irradiaba energía; amargado con el presente cenizo de la humanidad, habló del futuro con la esperanza de un joven bolchevique.

Repito: Henri Alleg fue un revolucionario y un comunista ejemplar.


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