La Paradoja del Imperialismo.

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    alvaro4356
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    La Paradoja del Imperialismo.

    Mensaje por alvaro4356 el Dom Mayo 26, 2013 7:33 am

    La Paradoja del Imperialismo

    Mises Diario: Apareció originalmente en Inglés el Lunes 20 de noviembre de 2006,

    por Hans-Hermann Hoppe

    [En la Cumbre de Benefactores del Instituto Mises de ese año, con "El imperialismo: Enemigo de la libertad", Hermann Hoppe recibió el Premio Hans Schlarbaum por su trayectoria en el estudio de la Libertad. Este artículo es un extracto del discurso de aceptación del profesor Hoppe, "El origen y naturaleza de los Conflictos Internacionales", el cual está disponible en audio en MP3 de Medios de comunicación del Instituto Mises.]

    El Estado

    Convencionalmente, el Estado se define como una agencia con dos características únicas. En primer lugar, se trata de un monopolio territorial compulsivo de última instancia en la toma de decisiones (jurisdicción). Es decir, es el árbitro de última instancia en todos los casos de conflicto, incluidos los conflictos que afectan al Estado mismo. En segundo lugar, el Estado es un monopolio territorial de los impuestos. Es decir, es una agencia que fija unilateralmente el precio que los ciudadanos deben pagar por los servicios de justicia y orden público.

    Como es de esperarse, si uno solamente puede apelar ante el Estado por justicia, la justicia se pervierte a favor del Estado. En lugar de resolver los conflictos, un monopolio de la toma de decisiones en última instancia provocará conflictos con el fin de resolverlos a su favor. Peor aún, mientras la calidad de la justicia disminuye bajo los auspicios del monopolio, su precio subirá. Motivado, como todos los demás, por el interés propio, pero dotado de la potestad tributaria, el objetivo de los agentes del Estado "es siempre el mismo: maximizar ingresos y minimizar el esfuerzo productivo".

    Estado, Guerra, e Imperialismo

    En lugar de concentrarme en las consecuencias internas de la institución del Estado, más bien, me centraré en sus consecuencias externas, es decir, en las políticas externas en lugar de las políticas internas.

    Por un lado, como agencia que pervierte la justicia e impone impuestos, el Estado está amenazado con "la salida” (emigración). Especialmente sus ciudadanos más productivos podrían emigrar para escapar de los impuestos y las perversiones de la ley. A ningún Estado gusta esto. Por el contrario, en lugar de ver reducidos su rango de control y la base de los impuestos, los agentes del Estado prefieren que éstos se amplíen. Pero esto les trae conflicto con otros Estados. Sin embargo, a diferencia de la competencia entre personas "naturales" e instituciones, la competencia entre Estados es eliminatoria. Es decir, sólo puede haber un monopolio de toma de decisiones de última instancia y de tributación en un área determinada. En consecuencia, la competencia entre Estados diferentes promueve una tendencia a la centralización política y, en definitiva hacia un Estado mundial único.

    Aún más, como monopolistas de toma de decisiones de última instancia financiados con impuestos, los Estados son instituciones inherentemente agresivas. Mientras que las personas "naturales" y las instituciones deben asumir por sí mismas el costo de una comportamiento agresivo (lo cual bien puede inducirlos a abstenerse de tal conducta), los Estados pueden externalizar este costo sobre los contribuyentes. De aquí que los agentes del Estado tengan la propensión a convertirse en provocadores y en agresores y por lo tanto se puede esperar que el proceso de centralización derivará en enfrentamientos violentos, como por ejemplo, en guerras interestatales.

    Además, dado que los Estados deben comenzar pequeños y asumiendo como punto de partida un mundo compuesto por una multitud de unidades territoriales independientes, se puede afirmar que el éxito es un requisito bastante específico. En la guerra, la victoria o la derrota de un Estado sobre otro, depende desde luego de muchos factores, pero manteniendo en igualdad otras condiciones, como el tamaño de la población, a la larga el factor decisivo es el tamaño relativo de los recursos económicos a disposición de cada uno de los Estados. Ni con impuestos y ni con regulaciones, contribuyen los Estados a la creación de riqueza económica. Más bien, como parásitos, recurren a la riqueza existente. Sin embargo, los gobiernos estatales pueden influenciar negativamente la cantidad de riqueza existente. En igualdad de condiciones, mientras menores sean la carga fiscal y la regulación impuestas a la economía nacional, mas tenderá a crecer la población y mayor la riqueza producida domésticamente de la cual el Estado podría echar mano en caso de conflicto con sus competidores vecinos. Es decir, Estados que tienen cargas fiscales y regulatorias relativamente bajas en sus economías - Estados liberales - tienden a derrotar, y a ampliar su territorio o el rango de su control hegemónico, a expensas de Estados menos liberales.

    Esto explica, por ejemplo, por qué Europa Occidental llegó a dominar el resto del mundo, y no al revés. Más específicamente, esto explica por qué fueron primero los holandeses, a continuación los británicos y, por último, en el siglo 20, los Estados Unidos, quienes se convirtieron en la potencia imperial dominante, y por qué los Estados Unidos, internamente uno de los Estados más liberales, ha llevado a cabo la política exterior más agresiva, mientras que la antigua Unión Soviética, por ejemplo, con sus políticas domésticas totalmente anti-liberales (represivas) ha llevado a cabo una política exterior relativamente pacífica y prudente. Los Estados Unidos sabían que podían vencer militarmente a cualquier otro Estado, por lo tanto han sido agresivos. Por el contrario, la Unión Soviética sabía que estaba condenada a perder una confrontación militar con cualquier Estado de tamaño sustancial, a menos que pudiera ganar en unos pocos días o semanas.

    Desde la Monarquía y sus Guerras entre Ejércitos, hasta la Democracia y las Guerras Totales

    Históricamente, la mayoría de los Estados han sido monarquías, encabezadas por reyes o príncipes, ya sean absolutos o constitucionales. Es interesante preguntarse por qué es esto así, pero ahora y aquí tengo que hacer a un lado esta cuestión. Baste decir que los Estados democráticos (incluyendo las llamadas monarquías parlamentarias), encabezadas por Presidentes o Primeros Ministros, eran poco comunes hasta la Revolución Francesa y vinieron a adquirir una importancia histórica sólo después de la Primera Guerra Mundial

    Si bien de todos los Estados se debe esperar que tengan inclinaciones agresivas, la estructura de incentivos que enfrentan los reyes tradicionales, por un lado y los presidentes modernos, por el otro, es lo suficientemente diferente como para tener en cuenta diferentes tipos de guerra. Mientras que los Reyes se veían a sí mismos como propietarios privados del territorio bajo su control, en igual forma los Presidentes se consideran como curadores temporales. El propietario de un recurso se preocupa por los ingresos corrientes que se derivan del recurso y del valor del capital dedicado a él (como un reflejo de los ingresos futuros esperados). Sus intereses son a largo plazo, con una preocupación por la preservación y el crecimiento de los valores de capital invertidos en "su" país. Por el contrario, el curador de un recurso (visto como bien público en lugar de propiedad privada) se ocupa principalmente de sus ingresos corrientes y presta poca o ninguna atención a los valores de capital.

    El resultado empírico de esta estructura de incentivos diferentes es que las guerras monárquicas tendieron a ser "moderadas" y "conservadoras" en comparación con las guerras democráticas.

    Las guerras monárquicas típicamente surgieron de disputas por herencias en una compleja red de matrimonios inter-dinásticos. Se caracterizaban por objetivos territoriales tangibles. No eran querellas por motivos ideológicos. Las guerras se consideraban asunto privado del rey, a ser financiadas y ejecutadas con sus propios dinero y fuerzas militares. Por otra parte, como los conflictos se daban entre diferentes familias gobernantes, los reyes se sintieron compelidos a reconocer una clara distinción entre combatientes y no combatientes y a dirigir sus esfuerzos de guerra exclusivamente unos contra otros y por sus propiedades familiares. Así, el historiador militar, Michael Howard, anota sobre la guerra monárquica del siglo 18:

    En el continente [europeo] el comercio, los viajes, el intercambio cultural y de conocimientos transcurría, en tiempos de guerra, casi sin ningún obstáculo. Las guerras eran guerras del Rey. El papel del buen ciudadano era pagar sus impuestos, y la sana economía política dictaba que no debían ser perturbados para que hicieran dinero y pagaran impuestos. No estaba obligado a participar ni en la decisión por la cual surgía la guerra, ni a tomar parte en ella una vez estallaba, a no ser que se sintiera impulsado por un espíritu de aventura juvenil. Estos asuntos eran arcane regni, únicamente preocupación del soberano. [La Guerra en la Historia Europea, 73]

    Del mismo modo Ludwig von Mises observaba sobre las guerras de ejércitos:

    En las guerras de ejércitos, el ejército combate, mientras que los ciudadanos que no son miembros del Ejército prosiguen su vida normal. Los ciudadanos pagan los costos de la guerra, pagan por el mantenimiento y equipamiento del ejército, pero por lo demás, permanecen por fuera de los hechos de guerra. Puede suceder que las acciones de guerra arrasen sus casas, devasten sus tierras y destruyan otras propiedades suyas, pero esto también es parte de los costos de guerra que tienen que pagar. También puede suceder que sean saqueados, e incidentalmente muertos, por los guerreros - incluso por los de su "propio" ejército. Pero estos son eventos que no son inherentes a la guerra como tal, además estorban más que ayudan a las operaciones de los líderes del ejército y no son tolerados si los que mandan tienen pleno control sobre sus tropas. El Estado guerrero que ha formado, equipado y mantenido al ejército considera el saqueo por sus soldados como un delito, ya que fueron contratados para luchar, no para saquear por su propia cuenta. El Estado quiere conservar la vida civil, como de costumbre, ya que quiere mantener la posibilidad de que sus ciudadanos paguen impuestos; los territorios conquistados son considerados como su propio dominio. El sistema de economía de mercado se debe mantener durante la guerra para servir a las exigencias de la guerra. [Nationalökonomie, 725-26]

    A diferencia de la guerra limitada del Antiguo Régimen, la época de la guerra democrática - que comenzó con la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, continuó durante el siglo 19 con la Guerra de la Independencia del Sur, y alcanzó su punto culminante durante el siglo 20 con la Primera y la Segunda Guerras Mundiales - ha sido la era de la guerra total.

    Al desdibujarse la distinción entre gobernantes y gobernados ("todos nos gobernamos a nosotros mismos"), la democracia fortaleció la identificación del público con un Estado en particular. En lugar de disputas por la propiedad dinástica que podían resolverse mediante la conquista y la ocupación, las guerras democráticas se convirtieron en batallas ideológicas: en choque de civilizaciones, que sólo podía resolverse mediante la dominación cultural, lingüística, o religiosa, el sometimiento y, si fuese necesario, con el exterminio. Cada vez era más difícil para los miembros del público liberarse de la implicación personal en la guerra. La resistencia al aumento de los impuestos para financiar una guerra era considerada una traición. Debido a que el Estado democrático, a diferencia de la monarquía, era "propiedad de todos", el servicio militar obligatorio se convirtió en la regla y no la excepción. Y con ejércitos de conscriptos, masivos y baratos, y por lo tanto fácilmente desechables, luchando por objetivos e ideales nacionales, respaldados por los recursos económicos de la nación entera, toda distinción entre combatientes y no combatientes cayó por la borda.

    El daño colateral ya no era un hecho casual aislado, sino que se convirtió en parte integral de la guerra. "Una vez que el Estado dejó de ser considerado como 'propiedad' de los príncipes dinásticos", señaló Michael Howard, "y en vez de eso se convirtió en instrumento de fuerzas poderosas dedicadas a conceptos tan abstractos como Libertad, o Nacionalidad, o Revolución, lo que permitió que un gran número de personas viera en ese Estado, la encarnación de algún Bien absoluto en pago del cual ningún precio era demasiado alto, ningún sacrificio demasiado grande; y entonces las 'tibias e indecisas escaramuzas' de la época Rococó parecieron absurdos anacronismos". [Ibid. 75-76]

    Observaciones similares han sido hechas por el historiador militar, el Mayor General JFC Fuller:

    La influencia del espíritu de nacionalidad, es decir de la democracia, sobre la guerra, fue profunda,.. [ya que] emocionalizó la guerra y, en consecuencia, la brutalizó; .... Los ejércitos nacionales luchan contra naciones, los ejércitos reales luchan contra ejércitos parecidos, los primeros obedecen a una turba siempre demente, los segundos a un rey, por lo general cuerdo. Todo esto se desarrolló a partir de la Revolución Francesa, la cual también dio al mundo la conscripción - la guerra de manadas, y el rebaño acoplado a las finanzas y al comercio ha engendrado nuevos dominios a la guerra… Porque una vez que la nación entera pelea, entonces el crédito nacional entero estará disponible para los propósitos de la guerra. [La Guerra y la Civilización Occidental, 26-27]

    Y William A. Orton hace una síntesis del tema en la siguiente forma:

    Las guerras del siglo XIX se mantuvieron dentro de límites por la tradición, bien reconocida en el derecho internacional, que bienes y empresas civiles estaban por fuera de la esfera de combate. Los bienes de carácter civil no estaban expuestos a embargo o incautación arbitraria permanente, y aparte de aquellas estipulaciones territoriales y financieras que un Estado puede imponer a otro, la vida económica y cultural de los beligerantes por lo general se permitía continuar más o menos como lo había venido siendo. La práctica del siglo XX ha cambiado todo esto. Durante las dos guerras mundiales listas ilimitadas de contrabando, apoyadas en declaraciones unilaterales de derecho marítimo, pusieron todo tipo de comercio en peligro, y convirtieron en papel de desecho todo precedente. El cierre de la primera guerra se caracterizó por un decidido y exitoso esfuerzo de entorpecer la recuperación económica de los principales perdedores, y a retener ciertas propiedades civiles. La segunda guerra ha sido testigo de la extensión de esta política a un punto tal que el derecho internacional en la guerra ha dejado de existir. Durante años, el Gobierno de Alemania, hasta donde alcanzaba su brazo, había basado la política de confiscación en una teoría racial que no tenía asidero en el derecho civil, ni en el derecho internacional, ni en la ética cristiana, y cuando comenzó la guerra, esa violación a la cortesía entre las naciones resultó ser contagiosa. El liderazgo Anglo-Americano, de palabra y obra, se lanzó a la cruzada de no admitir límites legales ni territoriales al ejercicio de la coerción. El concepto de neutralidad fue denunciado tanto en la teoría como en la práctica. No sólo las propiedades e intereses del enemigo, sino los activos e intereses de cualesquiera de las partes, incluso en los países neutrales, fueron expuestos a todas las restricciones que las potencias beligerantes pudieron hacer efectivas; y los activos e intereses de los países neutrales y sus civiles, alojados en territorios beligerantes o bajo control de los beligerantes, fueron sometidos prácticamente al mismo tipo de coerción que los ciudadanos de países enemigos. Así la "guerra total" se convirtió en una especie de guerra de la que ninguna comunidad civil podía tener esperanza de escapar, y "las naciones amantes de la paz" sacarán la conclusión obvia. [La Tradición Liberal: Un Estudio de las Condiciones Sociales y Espirituales de la Libertad, 251-52]

    Excurso: La Doctrina de la Paz Democrática

    He explicado cómo la institución de un Estado conduce a la guerra; porqué, en aparente paradoja, Estados internamente liberales tienden a ser potencias imperialistas, y cómo el espíritu de la democracia ha contribuido a la des-civilización en la conducción de la guerra.

    Más concretamente, he explicado el surgimiento de los Estados Unidos al rango de primera potencia imperial del mundo; y, el papel de los Estados Unidos como instigador de guerras, con ínfulas de superioridad moral, cada vez más arrogante y fanático, a consecuencia de transformaciones sucesivas desde sus inicios como república aristocrática hasta democracia de masas sin restricciones, en la época de la Guerra de Independencia del Sur.

    Los que aparecen como obstáculos en el camino de la paz y la civilización son pues, por encima de todo, el Estado y la democracia, y específicamente la democracia modelo del mundo: los Estados Unidos de América. Irónicamente, si no sorprendente, sin embargo, son precisamente los Estados Unidos, quienes afirman que son la solución a la búsqueda de la paz.

    La razón de esta afirmación es la doctrina de la paz democrática, que se remonta a la época de Woodrow Wilson y la Primera Guerra Mundial, y que se ha reavivado en los últimos años de George W. Bush y sus asesores neo-conservadores, y por ahora se ha convertido en folclore intelectual, incluso en círculos liberales-libertarios.

    La teoría sostiene:

    Las democracias no van a la guerra las unas contra las otras.

    Por lo tanto, con el fin de lograr una paz duradera, el mundo entero debe convertirse a la democracia.

    Y como corolario - generalmente - no declarado:

    Hoy en día, muchos Estados no son democráticos y se resisten a reformas -democráticas- internas.

    Por lo tanto, debe librarse una guerra contra esos Estados con el fin de convertirlos a la democracia y lograr así una paz duradera.

    No tengo paciencia para hacer una crítica completa de esta teoría. Me limitaré a ofrecer una breve crítica de la premisa inicial de la teoría y de su conclusión final.

    Primera: No van a la guerra las democracias unas contra otras? Dado que casi no existían democracias antes del siglo 20, la respuesta supuestamente debe encontrarse dentro de un período cercano a los últimos cien años. De hecho, la mayor parte de las pruebas presentadas a favor de la tesis proviene de observar que los países de Europa Occidental no han ido a la guerra unos contra otros en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. Asimismo, en la región del Pacífico, Japón y Corea del Sur no han combatido el uno contra la otra durante el mismo período.¿Prueba el caso esta evidencia? Los teóricos de la paz democrática creen que sí. Como "científicos" están interesados en pruebas "estadísticas", y como ellos lo ven hay un montón de "casos" sobre los cuales construir esta prueba: Alemania no ha ido a la guerra contra Francia, Italia, Inglaterra, etc.; Francia no ha ido la guerra contra España, Italia, Bélgica, etc. Por otra parte, hay permutaciones: Alemania no atacó a Francia, ni Francia atacó a Alemania, etc. Por lo tanto, tenemos aparentemente docenas de confirmaciones - y esto durante unos 60 años - y ni un solo contra-ejemplo. Pero, ¿realmente tenemos tantos casos de confirmación?

    La respuesta es no: de hecho tenemos nada más que un solo caso a mano. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, prácticamente la totalidad de Europa occidental, hoy democrática (más Japón y Corea del Sur, democráticas y en la región del Pacífico) se han convertido en parte del Imperio Americano, según lo indicado por la presencia de tropas de EE.UU. en prácticamente todos estos países. Lo que el período de paz posterior a la II Guerra Mundial "prueba" entonces, no es que las democracias no van a la guerra las unas contra las otras, sino que una potencia hegemónica imperialista, como los Estados Unidos, no permite que sus diversas colonias vayan a la guerra las unas contra las otras (y, por supuesto, que la potencia hegemónica en sí misma no haya visto ninguna necesidad de ir a la guerra contra sus satélites - porque han obedecido - y no han visto la necesidad o no se han atrevido a desobedecer a su amo).

    Por otra parte, si las cosas son así percibidas - basado en una comprensión de la historia en lugar de la creencia ingenua de que debido a que una entidad tiene un nombre diferente al de otra, su comportamiento debe ser independiente el uno del otro - se pone de manifiesto que las pruebas presentadas no tienen nada que ver con la democracia y sí totalmente con la hegemonía. Por ejemplo, no estalló la guerra desde el final de la Segunda Guerra Mundial y hasta el final de la década de 1980, es decir, durante el reinado hegemónico de la Unión Soviética, entre Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria, Lituania, Estonia, Hungría, etc. ¿Fue porque se trataba de dictaduras comunistas y las dictaduras comunistas no van a la guerra unas contra otras? Eso tendría que haber sido la conclusión de los "científicos" de la talla de los teóricos de la paz democrática! Pero sin duda esta conclusión es errónea. Ninguna guerra estalló debido a que la Unión Soviética no permitió que esto ocurriera - al igual que ninguna guerra entre democracias occidentales se desató porque Estados Unidos no permitió que esto sucediera en sus dominios. Sin duda, la Unión Soviética intervino en Hungría y Checoslovaquia, pero también lo hicieron los Estados Unidos en varias ocasiones en Centroamérica, en Guatemala por ejemplo. (Por cierto: ¿Qué pasa con las guerras entre Israel y Palestina y el Líbano? ¿No son todas estas democracias? ¿O los países árabes están excluidos por definición como no-democráticos?)

    En segundo lugar: ¿Qué tal la democracia como solución a algo, haciendo a un lado la paz? Aquí el caso de los teóricos de la paz democrática, parece aún peor. De hecho, la falta de comprensión de la historia mostrada por ellos es verdaderamente aterradora. Éstos son sólo algunas fallas fundamentales:

    En primer lugar, la teoría implica una fusión conceptual de democracia y libertad que sólo pueden calificarse de escandalosa, sobre todo viniendo de libertarios auto-proclamados. El fundamento y la piedra angular de la libertad es la institución de la propiedad privada, y la propiedad privada - exclusiva - es lógicamente incompatible con la democracia - el gobierno de la mayoría. La democracia no tiene nada que ver con la libertad. La democracia es una variante suave del comunismo, y rara vez en la historia de las ideas ha sido tomada para otra cosa. Por cierto, antes del estallido de la era democrática, es decir, hasta el comienzo del siglo 20, los presupuestos del gobierno (estatal) provenientes de impuestos (que combina todos los niveles de gobierno) en los países de Europa occidental constituían entre el 7 y el 15% del producto nacional, y en los Estados Unidos, todavía jóvenes, era incluso menor. En menos de cien años de gobierno de la mayoría ha aumentado este porcentaje aproximadamente al 50% en Europa y al 40% en los Estados Unidos.

    En segundo lugar, la teoría de la paz democrática distingue esencialmente sólo entre democracia y no-democracia, ésta última sumariamente etiquetada como dictadura. Así, no sólo desaparecen todos los regímenes de repúblicas aristocráticas de la vista, sino además y muy importante para mis propósitos actuales, también todas las monarquías tradicionales. La equiparan a las dictaduras a la Lenín, Mussolini, Hitler, Stalin, Mao. De hecho, sin embargo, las monarquías tradicionales tienen poco en común con las dictaduras (mientras que la democracia y la dictadura están íntimamente relacionadas).

    En tercer lugar, se sigue de esto que la visión de los teóricos de la paz democrática tienen de conflagraciones tales como la Primera Guerra Mundial, debe ser considerada grotesca, al menos desde el punto de vista de alguien que supuestamente valora la libertad. Para ellos, esta guerra era esencialmente una guerra de la democracia contra la dictadura, por lo que al aumentar el número de democracias, fue una guerra progresista, que engrandecía la paz, y en última instancia, y una guerra justificada.

    De hecho, las cosas son muy diferentes. Para estar seguro, antes de la guerra Alemania y Austria no habrían calificado como tan democráticas como eran Inglaterra, Francia o los Estados Unidos en ese momento. Pero Alemania y Austria definitivamente no eran dictaduras. Eran monarquías (cada vez más castradas) y, como tal, podría decirse que tan liberales - si no más - que sus contrapartes. Por ejemplo, en los Estados Unidos, los manifestantes en contra de la guerra fueron encarcelados, el idioma alemán, en esencia, fue prohibido, y los ciudadanos de origen alemán fueron hostigados abiertamente y con frecuencia obligados a cambiar sus nombres. Nada comparable ocurrió en Austria y Alemania.

    En cualquier caso, sin embargo, el resultado de la cruzada para hacer al mundo seguro para la democracia fue menos liberal que lo que existía antes (y Tratado de paz de Versalles precipitó la Segunda Guerra Mundial). No sólo creció más rápido el poder del Estado después de la guerra, que antes. En particular, el tratamiento a las minorías se deterioró en el democratizado período posterior a la Primera Guerra Mundial. En recién fundada Checoslovaquia, por ejemplo, los alemanes fueron maltratados sistemáticamente (hasta que fueron finalmente expulsados por millones y masacrados por las decenas de miles después de la Segunda Guerra Mundial) por la mayoría Checa. Nada ni remotamente comparable había ocurrido a los checos en el anterior reinado de los Habsburgo. Fue similar la situación con respecto a las relaciones entre los alemanes y los eslavos del sur, en Austria antes de la guerra, versus la de la Yugoslavia de la posguerra.

    Tampoco se trató de una casualidad. Al igual que en la monarquía de los Habsburgo en Austria, por ejemplo, las minorías también habían sido bastante bien tratadas por los Otomanos. Sin embargo, cuando el multi-cultural Imperio Otomano se desintegró en el curso del siglo 19 y fue reemplazado por Estados-nación, semi-democráticos, como Grecia, Bulgaria, etc, los musulmanes otomanos fueron expulsados o exterminados.Del mismo modo, después que la democracia hubo triunfado en los Estados Unidos con la conquista militar de la Confederación del Sur, el gobierno de la Unión rápidamente procedió a exterminar a los Indios de las Praderas. Como Mises reconoció, la democracia no funciona en sociedades multi-étnicas. No solamente no propicia la paz, sino que promueve conflictos y tiene tendencias potencialmente genocidas.

    En cuarto lugar, e íntimamente relacionado, los teóricos de la paz democrática sostienen que la democracia representa un "equilibrio" estable. Esto ha sido expresado con la mayor claridad por Francis Fukuyama, quien calificó el nuevo orden democrático mundial como el "fin de la historia". Sin embargo, existe abrumadora evidencia de que esta afirmación es manifiestamente errónea.

    En el terreno teórico: ¿Cómo puede la democracia estar en un equilibrio estable si es posible que se transforme democráticamente en una dictadura , es decir, un sistema que se considera que no es estable? Respuesta: que no tiene sentido!

    Por otra parte, empíricamente las democracias son cualquier cosa menos estables. Como se ha indicado, en las democracias de sociedades multi-culturales regularmente se llega a la discriminación, a la opresión, o aún hasta la expulsión y el exterminio, de las minorías - dificilmente es un equilibrio pacífico. Y en sociedades étnicamente homogéneas, la democracia regularmente lleva a la lucha de clases, lo cual conduce a la crisis económica, lo cual conduce a la dictadura. Pensemos, por ejemplo, en la Rusia post-zarista, en Italia después de la Primera Guerra Mundial, en la Alemania de Weimar, en España, en Portugal y, en tiempos más recientes, en Grecia, Turquía, Guatemala, Argentina, Chile y Pakistán.

    No sólo es esta estrecha correlación entre democracia y dictadura, problemática para los teóricos de la paz democrática, es peor, porque deben enfrentarse con el hecho de que las dictaduras que resultan de las crisis de la democracia no son siempre peores, desde un punto de vista clásico liberal o libertario, de lo que hubiera resultado de otra manera. Fácilmente se pueden citar casos en donde las dictaduras eran preferibles y más aún, una mejora. Piense en Italia y Mussolini o en España y Franco.Además, ¿cómo puede uno cuadrar una ingenua defensa de la democracia con el hecho de que los dictadores, muy diferente de los reyes que deben su puesto a un accidente de nacimiento, a menudo son los favoritos de las masas y en este sentido altamente democráticos? Basta pensar en Lenín o Stalin, que eran ciertamente más democráticos que el Zar Nicolás II, o pensar en Hitler, que era definitivamente más democrático y más un "hombre del pueblo" que el Káiser Guillermo II, o que el Káiser Franz Joseph.

    De acuerdo con los teóricos de la paz democrática, entonces, parecería que estamos supuestos a declarar la guerra contra los dictadores extranjeros, ya sean reyes o demagogos, a fin de instalar democracias, que luego se conviertan en (modernas) dictaduras, hasta que finalmente, debe uno suponer, los Estados Unidos se hayan convertido en una dictadura, debido al crecimiento del poder del interior del Estado que resulta de las interminables "emergencias" generadas por las guerras extranjeras.

    Mejor sería, me atrevo a decir, prestar atención al consejo de Erik von Kuehnelt-Leddihn y en vez del objetivo de hacer al mundo seguro para la democracia, intentemos mantenernos a salvo de la democracia - en todas partes, pero con mayor importancia en los Estados Unidos.

    Hans-Hermann Hoppe es profesor de economía en la Universidad de Nevada en Las Vegas. Es el autor del libro Economía y ética de la propiedad privada.

      Fecha y hora actual: Dom Dic 04, 2016 11:13 am