"La organización de los obreros y la organización de los revolucionarios" - texto de V. I. Lenin incluido en ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento - año 1902

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"La organización de los obreros y la organización de los revolucionarios" - texto de V. I. Lenin incluido en ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento - año 1902

Mensaje por pedrocasca el Sáb Dic 15, 2012 9:54 pm

La organización de los obreros y la organización de los revolucionarios

escrito por Vladimiro Ilich Ulianov, Lenin

texto incluido en ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento, en su segunda parte: LOS MÉTODOS ARTESANOS DE TRABAJO DE LOS ECONOMISTAS Y LA ORGANIZACIÓN DE LOS REVOLUCIONARIOS - año 1902

tomado del blog Diario de una colonia en diciembre de 2012

Si el concepto de “lucha económica contra los patronos y el gobierno” corresponde para un socialdemócrata al de lucha política, es natural esperar que el concepto de “organización de revolucionarios” corresponda más o menos al de “organización de obreros”. Y así ocurre, en efecto; de suerte que, al hablar de organización, resulta que hablamos literalmente en lenguas diferentes. Por ejemplo, recuerdo como si hubiera ocurrido hoy la conversación que sostuve en cierta ocasión con un “economista” bastante consecuente al que antes no conocía. La conversación giraba en torno al folleto ¿Quién hará la revolución política? Pronto convinimos en que el defecto principal de este folleto consistía en dar de lado el problema de la organización. Nos figurábamos estar ya de acuerdo, pero…, al seguir la conversación, resultó que hablábamos de cosas distintas. Mi interlocutor acusaba al autor de no tener en cuenta las cajas de resistencia, las sociedades de socorros mutuos, etc.; yo en cambio, pensaba en la organización de revolucionarios indispensable para “hacer” la revolución política. ¡Y en cuanto se reveló esta discrepancia, no recuerdo haber coincidido jamás con este “economista” sobre ninguna cuestión de principio!

¿En qué consistía, pues, el origen de nuestras discrepancias? Precisamente en que los “economistas” se apartan a cada paso de las concepciones socialdemócratas para caer en el tradeunionismo, tanto en las tareas de organización como en las políticas. La lucha política de la socialdemocracia es mucho más amplia y compleja que la lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno. Del mismo modo (y como consecuencia de ello), la organización de un partido socialdemócrata revolucionario ha de ser inevitablemente de un género distinto que la organización de los obreros para la lucha económica. la organización de los obreros deber ser, primero, profesional; segundo, lo más amplia posible; tercero, lo menos clandestina posible (aquí más adelante me refiero, claro está, sólo a la Rusia autocrática). Por el contrario, la organización de los revolucionarios debe agrupar, ante todo y sobre todo, a personas cuya profesión sea la actividad revolucionaria (por eso hablo de una organización de revolucionarios, teniendo en cuenta a los revolucionarios socialdemócratas). Ante este rasgo común de los miembros de semejante organización debe desaparecer en absoluto toda diferencia entre obreros e intelectuales, sin hablar ya de la diferencia entre las diversas profesiones de unos y otros. Esta organización debe ser necesariamente no muy amplia y lo más clandestina posible. Detengámonos en estos tres puntos distintos. En los países que gozan de libertad política, la diferencia entre la organización sindical y la organización política es completamente clara, como lo es también la diferencia entre las tradeuniones y la socialdemocracia. Por supuesto, las relaciones de esta última con las primeras varían de manera inevitable en los distintos países, en dependencia de las condiciones históricas, jurídicas, etc., pudiendo ser más o menos estrechas, complejas, etc. (desde nuestro punto de vista, deben ser lo más estrechas y lo menos complejas posibles); pero no puede ni hablarse de identificar en los países libres la organización de los sindicatos con la organización del partido socialdemócrata. En Rusia, en cambio, el yugo de la autocracia borra a primera vista toda diferencia entre la organización socialdemócrata y el sindicato obrero, pues todo sindicato obrero todo círculo están prohibidos, y la huelga, principal manifestación y arma de la lucha económica de los obreros, se considera en general un delito común (¡y a veces incluso un delito político!). por consiguiente, las condiciones de Rusia, de una parte, “incitan” con gran fuerza a los obreros que sostienen la lucha económica a pensar en las cuestiones políticas, y, de otra, “incitan” a los socialdemócratas a confundir el tradeunionismo con la socialdemocracia (nuestros Krichevski, Martínov y Cía., que hablan sin cesar de la “incitación” del primer tipo, no ven la “incitación” del segundo tipo). En efecto, imaginémonos a personas absorbidas en el 99 por 100 por “la lucha económica contra los patronos y el gobierno”. Unas jamás pensarán durante todo el período de su actuación (de cuatro a seis meses) en la necesidad de una organización más compleja de revolucionarios. Otras “tropezarán” tal vez con publicaciones bernsteinianas, bastante difundidas, y extraerán de ellas la convicción de que lo importante de verdad es “el desarrollo progresivo de la monótona lucha cotidiana”. Otras, en fin, se dejarán quizá seducir por la tentadora idea de dar al mundo un nuevo ejemplo de “estrecho contacto orgánico con la lucha proletaria”, de contacto del movimiento sindical con el movimiento socialdemócrata. Cuanto más tarde entra un país en la palestra del capitalismo y, en consecuencia, del movimiento obrero –razonarán esas personas -, tanto más pueden participar los socialistas en el movimiento sindical y apoyarlo, y tanto menos puede y debe haber sindicatos no socialdemócratas. hasta ahora, tal razonamiento es completamente justo; pero la desgracia consiste en que van más lejos y sueñan con una fusión total de la socialdemmocracia y el tradeunionismo. En seguida veremos, por el ejemplo de los Estatutos de la Unión de Lucha de San Petersburgo, el nocivo reflejo de esos sueños en nuestros planes de organización.

Las organizaciones obreras para la lucha económica han de ser organizaciones sindicales. Todo obrero socialdemócrata debe, dentro de lo posible, apoyar a estas organizaciones y actuar intensamente en ellas. De acuerdo. Pero es contrario en absoluto a nuestros intereses exigir que sólo los socialdemócratas puedan ser miembros de las organizaciones “gremiales”, pues eso reduciría el alcance de nuestra influencia entre las masas. Que participe en la organización gremial todo obrero que comprenda la necesidad de la unión para luchar contra los patronos y el gobierno. El fin mismo de las organizaciones gremiales sería inaccesible si no agrupasen a todos los obreros capaces de comprender, por lo menos, esta noción elemental, si dichas organizaciones gremiales no fuesen muy amplias. Y cuanto más amplias sean estas organizaciones tanto más amplia será nuestra influencia en ellas, ejercida no sólo por el desarrollo “espontáneo” de la lucha económica, sino también por el influjo directo y consciente de los miembros socialistas de los sindicatos sobre sus camaradas. Pero en una organización amplia es imposible la clandestinidad rigurosa (pues exige mucha más preparación que para participar en la lucha económica). ¿Cómo conciliar esta contradicción entre la necesidad de una organización amplia y de una clandestinidad rigurosa? ¿Cómo conseguir que las organizaciones gremiales sean lo menos clandestinas posible? En general, no puede haber más que dos caminos: o bien la legalización de las asociaciones gremiales (que en algunos países ha precedido a la legalización de las organizaciones socialistas y políticas), o bien el mantenimiento de la organización secreta, pero tan “libre”, tan poco reglamentaria, tan lose, como dicen los alemanes, que la clandestinidad quede reducida casi a cero para la masa de afiliados.

La legalización de asociaciones obreras no socialistas y no políticas ha comenzado ya en Rusia, y está fuera de toda duda que cada paso de nuestro movimiento obrero socialdemócrata, que crece con rapidez, estimulará y multiplicará las tentativas de esta legalización, efectuadas principalmente por los adictos al régimen vigente, pero también, en parte, por los propios obreros y los intelectuales liberales. Los Vasíliev y los Zubátov han izado ya la bandera de la legalización; los señores Ozerov y Worms le han prometido y dado ya su concurso, y la nueva corriente ha encontrado ya adeptos entre los obreros. Y nosotros no podemos dejar ya de tener en cuenta esta corriente. Es poco probable que entre los socialdemócratas pueda existir más de una opinión acerca de cómo hay que tenerla en cuenta. Nuestro deber consiste en denunciar sin desmayo toda participación de los Zubátov y los Vasíliev, de los gendarmes y los curas en esta corriente, y explicar a los obreros los verdaderos propósitos de estos elementos. Nuestro deber consiste en denunciar asimismo toda nota conciliadora, de “armonía”, que se deslice en los discursos de los liberales en las reuniones obreras públicas, independientemente de que dichas notas sean debidas al sincero convencimiento de que es deseable la colaboración pacífica de las clases, al afán de congraciarse con las autoridades o a simple falta de habilidad. Tenemos, en fin, el deber de poner en guardia a los obreros contra las celadas que les tiende con frecuencia la policía, que en estas reuniones públicas y en las sociedades autorizadas observa a los “más fogosos” e intenta aprovechar las organizaciones legales para introducir provocadores también en las ilegales.

Pero hacer todo eso no significa en absoluto olvidar que, en fin de cuentas, la legalización del movimiento obrero nos beneficiará a nosotros, y no, en modo alguno, a los Zubátov. Al contrario: precisamente con nuestra campaña de denuncias separamos la cizaña. El trigo está en interesar en los problemas sociales y políticos a sectores obreros aún más amplios, a los sectores más atrasados; en liberarnos nosotros, los revolucionarios, de funciones que son, en el fondo, legales (difusión de libros legales, socorros mutuos, etc.) y cuyo desarrollo nos proporcionará, de manera ineluctable y en cantidad creciente, hechos y datos para la agitación. En este sentido, podemos y debemos decir a los Zubátov y a los Ozerov: “¡Esfuércense, señores, esfuércense!” Por cuanto tienden ustedes una celada a los obreros (mediante la provocación directa o la corrupción “honrada” de los obreros con ayuda del ”struvismo”, nosotros ya nos encargaremos de desenmascararlos. Por cuanto dan ustedes un verdadero paso adelante –aunque sea en forma del más “tímido zigzag”, pero un paso adelante -, les diremos: “¡Sigan, sigan!” Un verdadero paso adelante no puede ser sino una ampliación efectiva, aunque minúscula, del campo de acción de los obreros. Y toda ampliación semejante ha de beneficiarnos y acelerar la aparición de sociedades legales en las que no sean los provocadores quienes pesquen a los socialistas, sino los socialistas quienes pesquen adeptos. En una palabra, nuestra tarea consiste ahora en combatir la cizaña. No es cosa nuestra cultivar el trigo en pequeños tiestos. Al arrancar la cizaña, desbrozamos el terreno para que pueda crecer el trigo. Y mientras los Afanasi Ivánovich y las Puljeria Ivánovna se dedican al cultivo doméstico, nosotros debemos preparar segadores que sepan arrancar hoy la cizaña y recoger mañana el trigo.

Así pues, nosotros no podemos resolver por medio de la legalización el problema de crear una organización sindical lo menos clandestina y lo más amplia posible (pero nos alegraría mucho que los Zubátov y los Ozerov nos ofreciesen la posibilidad, aunque fuese parcial, de resolverlo de este modo ¡para lo cual tenemos que combatirlos con la mayor energía posible!). Nos queda el recurso de las organizaciones sindicales secretas, y debemos prestar toda ayuda a los obreros que emprenden ya (como sabemos de buena tinta) este camino. Las organizaciones sindicales pueden ser utilísimas para desarrollar y reforzar la lucha económica y, además, convertirse en un auxiliar de gran importancia para la agitación política y la organización revolucionaria. Para llegar a este resultado y orientar el naciente movimiento sindical hacia el cauce deseable para la socialdemocracia, es preciso, ante todo, comprender bien lo absurdo del plan de organización que preconizan los “economistas” petersburgueses desde hace ya cerca de cinco años. Este plan ha sido expuesto en el Reglamento de la Caja Obrera del mes de julio de 1897 (Listok “Rabótnika“, núm. 9-10, pág. 46, del núm. 1 de Rab. Mysl) y en elReglamento de la Organización Sindical Obrera de octubre de 1900 (boletín especial, impreso en San Petersburgo y mencionado en el núm. 1 de Iskra). El defecto de ambos reglamentos consiste en que estructuran con todo detalle una vasta organización obrera y la confunden con la organización de los revolucionarios. Tomemos el segundo reglamento por ser el más acabado. Consta de cincuenta y dos artículos: veintitrés exponen la estructura, el funcionamiento y las atribuciones de los “círculos obreros”, que serán organizados en cada fábrica (“diez hombres como máximo”) y elegirán los “grupos centrales” (de fábrica). “El grupo central – dice el art. 2- observa todo lo que pasa en su fábrica y lleva la crónica de lo que sucede en ella”. “El grupo central da cuenta cada mes a todos los cotizantes del estado de la caja” (art. 17), etc. Diez artículos están consagrados a la “organización distrital”, y diecinueve, a la complejísima relación entre el Comité de la Organización Obrera y el Comité de la Unión de Lucha de San Petersburgo (delegados de cada distrito y de los “grupos ejecutivos”: “grupos de propagandistas, para las relaciones con las provincias, para las relaciones con el extranjero, para la administración de los depósitos, de las ediciones y de la caja”).

¡La socialdemocracia equivale a “grupos ejecutivos” en lo que concierne a la lucha económica de los obreros! Sería difícil demostrar con mayor relieve cómo el pensamiento del “economista” se desvía de la socialdmeocracia hacia el tradeunionismo; hasta qué punto le es extraña toda noción de que el socialdemoócrata debe pensar, ante todo, en una organización de revolucionarios capaces de dirigir toda la lucha emancipadora del proletariado. Hablar de “la emancipación política de la clase obrera”, de la lucha contra “la arbitrariedad zarista” y escribir semejante reglamento de una organización significa no tener la menor idea de cuáles son las verdaderas tareas políticas de la socialdmeocracia. Ni uno solo del medio centenar de artículos revela la mínima comprensión de que es necesario hacer la más amplia agitación política entre las masas, una agitación que ponga en claro todos los aspectos del absolutismo ruso y toda la fisonomía de las diferentes clases sociales de Rusia. Es más, con un reglamento así son inalcanzables no sólo los fines políticos, sino incluso los fines tradeunionistas, pues estos últimos requieren una organización por profesiones que ni siquiera se menciona en el reglamento.

Pero lo más característico es, quizá, la pesadez asombrosa de todo este “sistema” que trata de ligar cada fábrica al “comité” mediante una cadena ininterrumpida de reglas uniformes, minuciosas hasta lo ridículo y con un sistema electoral indirecto de tres grados. Encerrado en el estrecho horizonte del “economismo”, el pensamiento cae en detalles que despiden un tufillo a papeleo y burocracia. En realidad, claro está, las tres cuartas partes de estos artículos jamás son aplicados; pero, en cambio, una organización tan “clandestina”, con un grupo central en cada fábrica, facilita a los gendarmes la realización de redadas increíblemente vastas. Los camaradas polacos han pasado ya por esta fase del movimiento, en la que todos ellos se dejaron llevar por idea de fundar cajas obreras a vasta escala, pero renunciaron muy pronto a ella, al persuadirse de que sólo facilitaban presa abundante a los gendarmes. Si queremos amplias organizaciones obreras y no amplios descalabros, si no queremos dar gusto a los gendarmes, debemos tender a que estas organizaciones no estén reglamentadas en absoluto. ¿Podrán entonces funcionar? Veamos cuáles son sus funciones: “… Observar todo lo que pasa en la fábrica y llevar la crónica de lo que sucede en ella” (art. 2 del reglamento). ¿Existe una necesidad absoluta de reglamentar esto? ¿No podría conseguirse mejor por medio de crónicas en la prensa clandestina, sin crear para ello grupos especiales? “…Dirigir la lucha de los obreros por el mejoramiento de su situación en la fábrica” (art. 3). Para esto tampoco hace falta reglamentación. Todo agitador, por poco inteligente que sea, sabrá averiguar a fondo, por una simple conversación, qué reivindicaciones quieren presentar los obreros y, después, hacerlas llegar a una organización estrecha, y no amplia, de revolucionarios para que les envíe la octavilla apropiada. “…Crear una caja… con cotización de dos kopeks por rublo” (art. 9) y dar cuenta cada mes a todos de las entradas y salidas (art. 17); excluir a los miembros que no paguen las cuotas (art. 10), etc. Eso es un verdadero paraíso para la policía, pues nada hay más fácil que penetrar en el secreto de la “caja central fabril”, confiscar el dinero y encarcelar a todos los militantes mejores. ¿No sería más sencillo emitir cupones de uno o dos kopekss con el sello de una organización determinada (muy reducida y muy clandestina), o incluso, sin sello alguno, hacer colectar cuyo resultado se daría a conocer en un periódico ilegal con un lenguaje convencional? De este modo se alcanzaría el mismo fin, y a los gendarmes les sería cine veces más difícil descubrir los hilos de la organización.

Podría continuar este análisis del reglamento, pero creo que con lo dicho basta. Un pequeño núcleo bien unido, compuesto pro los obreros más seguros, más experimentados y mejor templados, con delegados en los distritos principales y ligado a la organización de revolucionarios de acuerdo con las reglas de la más rigurosa clandestinidad, podrá realizar perfectamente, con el más amplio concurso de las masas y sin reglamentación alguna, todas las funciones que competen a una organización sindical, y realizarlas, además, de la manera deseable para la socialdemocracia. Sólo así se podrá consolidar y desarrollar, a pesar de todos los gendarmes, el movimiento sindical socialdemócrata.

Se me objetará que una organización tan lose, sin ninguna reglamentación, sin ningún afiliado conocido y registrado, no puede ser calificada de organización. Es posible. Para mí la denominación no tiene importancia. Pero esta “organización sin afiliados” hará todo lo necesario y asegurará desde el primer momento un contacto sólido entre nuestras futuras tradeuniones y el socialismo. Y quienes deseen bajo el absolutismo una amplia organización de obreros, con elecciones, informes, sufragio universal, etc., son unos utopistas incurables.

La moraleja es simple: si comenzamos por crear firmemente una fuerte organización de revolucionarios, podremos asegurar la estabilidad del movimiento en su conjunto y alcanzar, al mismo tiempo, los objetivos socialdemócratas y los objetivos netamente tradeunionistas. Pero si comenzamos a constituir una amplia organización obrera con el pretexto de que es la más “accesible” a la masa (aunque, en realidad, será más accesible a los gendarmes y pondrá a los revolucionarios más al alcance de la policía), no conseguiremos ninguno de estos objetivos, no nos desembarazaremos de nuestros métodos primitivos y, con nuestro fraccionamiento y nuestros fracasos continuos, no logramos más que hacer más accesibles a la masa las tradeuniones del tipo de las de Zubátov u Ozerov.

¿En qué deben consistir, en suma, las funciones de esta organización de revolucionarios? Vamos a decirlo con todo detalle. Pero examinemos antes otro razonamiento muy típico de nuestro terrorista, el cual (¡triste destino!) vuelve a marchar al lado del “economista”. La revista para obreros Svoboda (núm. 1) contiene un artículo titulado La organización, cuyo autor procura defender a sus amigos los “economistas” obreros de Ivánovo-Voznesensk.

“Mala cosa es –dice- una muchedumbre silenciosa, inconsciente; mala cosa es un movimiento que no viene de la base. Vean lo que sucede: cuando los estudiantes de una ciudad universitaria retornan a sus hogares durante unas fiestas en el verano, el movimiento obrero se paraliza. ¿Puede ser una verdadera fuerza un movimiento obrero así, estimulado desde fuera? En modo alguno… todavía no ha aprendido a andar solo y lo llevan con andaderas. Y así en todo: los estudiantes e van y el movimiento cesa; se encarcela a los elementos más capaces, a la crema, y la leche se agria; se detiene al “comité” y, hasta que se forma otro nuevo, vuelve la calma. Además, no se sabe qué otro se formará, quizá no se parezca en nada al antiguo; aquél decía una cosa, éste dirá lo contrario. El nexo entre el ayer y el mañana está roto, la experiencia del pasado no alecciona al porvenir. Y todo porque el movimiento no tiene raíces profundas en la multitud; porque no son un centenar de bobos, sino una docena de inteligentes quienes actúan. Siempre es fácil que una docena de hombres caiga en la boca del lobo; pero cuando la organización engloba a la multitud, cuando todo viene de la multitud, ningún esfuerzo, sea de quien sea, podrá destruir la obra” (pág. 63).

La descripción es justa. Ofrece un buen cuadro de nuestro primitivismo. Pero las conclusiones son dignas de Rabóchaya Mysl por su falta de lógica y de tacto político. Son el colmo de la insensatez, pues el autor confunde la cuestión filosófica e histórica social de las “raíces profundas” del movimiento con una cuestión técnica y de organización: cómo luchar mejor contra los gendarmes. Son el colmo de la falta de tacto político, porque, en lugar de apelar a los buenos dirigentes contra los malos, el autor apela a la “multitud” contra los dirigentes en general. Son un intento de hacernos retroceder en el terreno de la organización, de la misma manera que la idea de sustituir la agitación política con el terrorismo excitante nos hace retroceder en el sentido político. A decir verdad, me veo en un auténtico embarras de richesses, sin saber por dónde empezar el análisis del galimatías con que nos obsequia Svoboda. Para mayor claridad, comenzaré por un ejemplo: el de los alemanes. Nos negarán ustedes, me imagino, que su organización engloba a la multitud, que entre ellos todo viene de la multitud y que el movimiento obrero ha aprendido a andar solo. Sin embargo, ¡¡cómo aprecia esta multitud de varios millones de hombres a su “docena” de jefes políticos probados, con qué firmeza los sigue!! Más de una vez, los diputados de los partidos adversos han tratado de irritar en el Parlamento a los socialistas, diciéndoles: “¡Vaya unos demócratas! El movimiento de la clase obrera no existe entre ustedes más que de palabra; en realidad, es siempre el mismo grupo de jefes el que interviene. Año tras año, decenio tras decenio, siempre el mismo Bebel, siempre el mismo Liebknecht. ¡Vuestros delegados, supuestamente elegidos por los obreros, son más inamovibles que los funcionarios nombrados por el emperador!” Pero los alemanes han acogido con un sonrisa de desprecio estas tentativas demagógicas de oponer la “multitud” a los “jefes”, de atizar en ella malos instintos de vanidad, de privar al movimiento de solidez y estabilidad, minando la confianza de las masas en la “docena de inteligentes”. Los alemanes han alcanzado ya suficiente desarrollo del pensamiento político, tienen suficiente experiencia política para comprender que, sin “una docena” de jefes de talento (los talentos no surgen por centenares), de jefes probados, preparados profesionalmente, instruidos por un alarga práctica y bien compenetrados, ninguna clase d ela sociedad contemporánea puede luchar con firmeza. También los alemanes han tenido a sus demagogos, que adulaban a los “centenares de bobos”, colocándolos por encima de las “docenas de inteligentes”; que glorificaban el “puño musculoso” de la masa, incitaban (como Most o Hasselmann) a esta masa a acometer acciones “revolucionarias” irreflexivas y sembraban la desconfianza respecto a los jefes probados y firmes. Y el socialismo alemán ha crecido y se ha fortalecido gracias únicamente a una lucha tenaz e intransigentes contra toda clase de elementos demagógicos en su seno. Pero en su período en que toda la crisis de la socialdemocracia rusa se explica por el hecho de que las masas que despiertan de un modo espontáneo carecen de jefes suficientemente preparados, desarrollados y expertos, nuestros sabihondos nos dicen con la perspicacia de Ivánushka: “¡Mala cosa es un movimiento que no viene de la base!”

“Un comité compuesto de estudiantes no nos conviene porque es inestables”. ¡Completamente justo! Pero la conclusión que se deduce de ahí es que hace falta un comité de revolucionariosprofesionales, sin que importe si son estudiantes u obreros las personas capaces de forjarse como tales revolucionarios profesionales. ¡Ustedes, en cambio, sacan la conclusión de que no se debe estimular desde fuera el movimiento obrero! En su ingenuidad política, no se dan cuenta siquiera de que hacen el juego a nuestros “economistas” y a nuestros métodos primitivos. Permítanme una pregunta: ¿Cómo han “estimulado” nuestros estudiantes a nuestros obreros? Unicamente transmitiéndoles los retazos de conocimientos políticos que ellos tenían, las migajas de ideas socialistas que habían podido adquirir (pues el principal alimento espiritual del estudiante de nuestros días, el marxismo legal, no podía darle más que le abecé, no puede darle más que migajas). Ahora bien, tal “estímulo desde fuera” no ha sido demasiado grande, sino, al contrario, demasiado pequeño, escandalosamente pequeño en nuestro movimiento, pues no hemos hecho más que cocernos con excesivo celo en nuestra propia salsa, prosternarnos con excesivo servilismo ante la elemental “lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno”. Nosotros, los revolucionarios de profesión, debemos dedicarnos, y nos dedicaremos, a ese “estímulo” cien veces más. Pero precisamente porque eligen esta abyecta expresión de “estímulo desde fuera”, inspira de modo inevitable al obrero (por lo menos al obrero tan poco desarrollado como ustedes) la desconfianza hacia todos los que les proporcionan desde fuera conocimientos políticos y experiencia revolucionaria, y que despierta el deseo instintivo de rechazarlos a todos, proceden ustedes como demagogos, y los demagogos son los peores enemigos de la clase obrera.

¡Sí, sí! Y no se apresuren a poner el grito en el cielo a propósito de mis “métodos” polémicos “exentos de camaradería”! Ni siquiera se me ocurre poner en tela de juicio la pureza de sus intenciones; he dicho ya que la ingenuidad política también basta para hacer de una persona un demagogo. Pero he demostrado que han caído en la demagogia, y jamás me cansaré de repetir que los demagogos son los peores enemigos de la clase obrera. Son los perores, porque excitan los malos instintos de la multitud y porque a los obreros atrasados les es imposible reconocer a estos enemigos, los cuales se presentan, y a veces sinceramente, como amigos. Son los peores, porque en este período de dispersión y vacilaciones, en el que la fisonomía de nuestro movimiento está aún formándose, nada hay más fácil que arrastrar demagógicamente a la multitud, a la cual podrán convencer después de su error sólo las más amargas pruebas. De ahí que la consigna del momento de los socialdemócratas rusos deba ser combatir con decisión tanto a Svoboda como a Rabócheie Dielo, que caen en la demagogia. (Más adelante hablaremos detenidamente de este punto.

“Es más fácil cazar a una docena de inteligentes que a un centenar de bobos”. Este magnífico axioma (que les valdrá siempre los aplausos del centenar de bobos) parece evidente sólo porque, en el curso de su razonamiento, han saltado de una cuestión a otra. Comenzaron por hablar, y siguen hablando, de la captura del “comité”, de la captura de la “organización”, y ahora saltan a otra cuestión, a la captura de las “raíces profundas” del movimiento. Está claro que nuestro movimiento es indestructible sólo porque tiene centenares y centenares de miles de raíces profundas, pero no se trata de eso, ni mucho menos. En lo que se refiere a las “raíces profundas”, tampoco ahora se nos puede “cazar”, a pesar de todo el primitivismo de nuestro trabajo; y, sin embargo, todos deploramos, y no podemos menos de deplorar, la caza de “organizaciones“, que rompe toda continuidad del movimiento. Y puesto que plantean la cuestión de la caza de organizaciones e insisten en trata de ella, les diré que es mucho más difícil cazar a una docena de inteligentes que a un centenar de bobos; y seguiré sosteniéndolo sin hacer ningún caso de sus esfuerzos para azuzar a la multitud contra mi “espíritu antidemocrático”, etc. Como he señalado más de una vez, debe entenderse por “inteligentes” en materia de organización sólo a los revolucionarios profesionales, sin que importe sin son estudiantes u obreros quienes se forjen como tales revolucionarios profesionales. Pues bine, yo afirmo: 1) que no puede haber un movimiento revolucionario sólido sin una organización de dirigentes estable que guarde la continuidad; 2) que cuanto más vasta sea la masa que se incorpore espontáneamente a la lucha – y que constituye la base del movimiento y participa en él -, tanto más imperiosa será la necesidad de semejante organización y tanto más sólida deberá ser ésta (pues con tanta mayor facilidad podrán los demagogos de toda laya arrastrar a los sectores atrasados de la masa); 3) que dicha organización debe estar formada, en los fundamental, por hombres que hagan de las actividades revolucionarias su profesión; 4) que en un país autocrático, cuanto más restrinjamos el contingente de miembros de dicha organización, incluyendo en ella sólo a los que hacen de las actividades revolucionarias su profesión y que tengan una preparación profesional en el arte de luchar contra la policía política, tanto más difícil será “cazar” a esta organización, y 5) tantomayor será le número de personas de la clase obrera y de las obras clases de la sociedad que podrán participar en el movimiento y colaborar en él de un modo activo.

Invito a nuestros “economistas”, terroristas, y “economistas-terroristas” a que refuten estas tesis, las dos últimas de las cuales voy a desarrollar ahora. Lo de si es más fácil cazar a “una docena de inteligentes” que a “un centenar de bobos” se reduce al problema que he analizado antes: si es compatible una organización de masas con la necesidad de observar la clandestinidad más rigurosa. Jamás podremos dar a una organización amplia el carácter clandestino indispensable para una lucha firme y tenaz contra el gobierno. La concentración de todas la funciones clandestinas en manos del menor número posible de revolucionarios profesionales no significa, ni mucho menos, que estos últimos “pensarán por todos”, que la multitud no tomará parte activa en el movimiento. Al contrario: la multitud promoverá de su seno a un número cada vez mayor de revolucionarios profesionales, pues sabrá entonces que no basta con que unos estudiantes y algunos obreros que luchan en el terreno económico se reúnan para constituir un “comité”, sino que es necesario formarse durante años como revolucionarios profesionales, y “pensará” no sólo en los métodos primitivos de trabajo, sino precisamente en esta formación. La centralización de las funciones clandestinas de la organización no implica en modo alguno la centralización de todas las funciones del movimiento. La colaboración activa de las más amplias masas en las publicaciones clandestinas, lejos de disminuir, se decuplicará cuando una “docena” de revolucionarios profesionales centralicen las funciones clandestinas de esta labor. Así, y sólo así, conseguiremos que la lectura de las publicaciones clandestinas, la colaboración en ellas y, en parte, hasta su difusión dejen casi de ser una obra clandestina, pues la policía comprenderá pronto cuán absurdas e imposibles son las persecuciones judiciales y administrativas con motivo de cada uno de los miles de ejemplares de publicaciones distribuidas. Lo mismo cabe decir no sólo de la prensa, sino de todas las funciones del movimiento, incluso de las manifestaciones. La participación más activa y más amplia de las masas en una manifestación, lejos de salir perjudicada, tendrá, por el contrario, muchas más probabilidades de éxito si una “docena” de revolucionarios probados, no menso adiestrados profesionalmente que nuestra policía, centraliza todos los aspectos de la labor clandestina: edición de octavillas, confección de un plan aproximado, nombramiento de un grupo de dirigentes para cada distrito de la ciudad, para cada barriada fabril, cada establecimiento de enseñanza, etc. (se dirá, ya lo sé, que mis concepciones “no son democráticas”, pero más adelante refutaré de manera detallada esta objeción nada inteligente). La centralización de las funciones más clandestinas por la organización de revolucionarios no debilitará, sino que reforzará la amplitud y el contenido de la actividad de un gran número de otras organizaciones destinadas a las vastas masas y, por ello, lo menos reglamentadas y lo menos clandestinas posible: sindicatos obreros, círculos obreros culturales y de lectura de publicaciones clandestinas, círculos socialistas, y democráticos también, para todos los demás sectores de la población, etc., etc. Tales círculos, y organizaciones son necesarios en todas partes, en el mayor número y con las funciones más diversas; pero es absurdo y perjudicial confundir estas organizaciones con la de los revolucionarios, borrar las fronteras entre ellas, apagar en la masa la conciencia, ya de por sí increíblemente oscurecida, de que para “servir” al movimiento de masas hacen falta hombres dedicados de manera especial y por entero a la acción socialdemócrata, y que estos hombres deben forjarse con paciencia y tenacidad como revolucionarios profesionales.

Sí, esta conciencia se halla oscurecida hasta lo increíble. Con nuestro primitivismo en el trabajo hemos puesto en entredicho el prestigio de los revolucionarios en Rusia: en esto radica nuestro pecado capital en materia de organización. Un revolucionario blandengue, vacilante en los problemas teóricos y de estrechos horizontes, que justifica su inercia con la espontaneidad del movimiento de masas y se asemeja más a un secretario de tradeunión que a un tribuno popular, carente de un plan amplio y audaz que imponga respeto incluso a sus adversarios, inexperto e inhábil en su arte profesional (la lucha contra la policía política), ¡no es, con perdón sea dicho, un revolucionario, sino un mísero artesano!

Que ningún militante dedicado a la labor práctica se ofenda por este duro epíteto, pues en lo que concierne a la falta de preparación, me lo aplico a mí mismo en primer término.He actuado en un círculo que se asignaba tareas vastas y omnímodas, y todos nosotros, sus componentes, sufríamos lo indecible al comprender que no éramos más que unos artesanos en un momento histórico en que, modificando ligeramente la antigua máxima, podría decirse: ¡Dadnos una organización de revolucionarios y removeremos a Rusia de sus cimientos! Y cuanto más a menudo he tenido que recordar la bochornosa sensación de vergüenza que me daba entonces, tanto mayor ha sido mi amargura contra los seudosocialdemócratas que “deshonran el nombre de revolucionario” con su propaganda y no comprenden que nuestra misión no consiste en propugnar que se rebaje al revolucionario al nivel del militante primitivo, sino en elevar a este último al nivel del revolucionario.


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Re: "La organización de los obreros y la organización de los revolucionarios" - texto de V. I. Lenin incluido en ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento - año 1902

Mensaje por pedrocasca el Miér Dic 19, 2012 12:02 pm

En el Foro está publicado el tema:

Lenin - Que hacer
http://www.forocomunista.com/t143p10-lenin-que-hacer


En él se puede acceder a varios links de descarga del libro de V. I. Lenin titulado: ¿Qué hacer?. Problemas candentes de nuestro movimiento, del año 1902.

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