Hacer la revolución no es ofrecer un banquete [Artículo]

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    Joven Guardia
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    Hacer la revolución no es ofrecer un banquete [Artículo]

    Mensaje por Joven Guardia el Sáb Dic 01, 2012 9:07 pm

    Copio un artículo interesante.

    http://www.insurgente.org/index.php/mas-noticias/ultimas-noticias/item/2709-hacer-la-revoluci%C3%B3n-no-es-ofrecer-un-banquete

    Un artículo de Manuel Navarrete.
    "Hacer la revolución no es ofrecer un banquete, ni escribir una obra, ni pintar un cuadro o hacer un bordado; no puede ser tan elegante, tan pausada y fina, tan apacible, amable, cortés, moderada y magnánima. Una revolución es una insurrección, es un acto de violencia mediante el cual una clase derroca a otra" (Mao Tse Tung)


    Una pistola en la cabeza de los ancianos
    El viernes por la mañana el gobierno cogió una pistola y se la puso en la cabeza a millones de ancianos. Entonces, les obligó a darles algunos miles de millones de euros. Los metió en una bolsa y, más tarde, entregó el botín a unos banqueros multimillonarios alemanes. Pero lo más significativo es que todo eso lo hizo a cara descubierta, amparado por las leyes del sistema económico capitalista.
    Pero las multinacionales que controlan los medios de comunicación no lo han contado así exactamente. Algunos han denominado al robo “no-revalorización de las pensiones”; otros, “recorte”. Los del PP han hablado bien de la medida; los del PSOE, mal. Pero ninguno ha hablado de la existencia de un robo, de una pistola o de una entrega del botín a sus nuevos dueños. La Sexta, naturalmente, ha criticado superficialmente la medida; pero no ha cuestionado la dominación amparada por las armas del Estado capitalista que permite adoptarla.
    El objetivo de todos estos medios es que la gente no se haga las siguientes preguntas: ¿por qué sólo el Estado puede tener pistolas, policías, cárceles, juzgados y soldados? ¿Por qué sólo el Estado puede cobrar y administrar impuestos, decidiendo si se derivan hacia los ancianos o hacia los banqueros? ¿Por qué sólo los juzgados pueden desahuciar y sólo la policía puede desalojar familias, y en cambio nosotros no podemos pegarles a ellos con una porra o pelotas de goma? ¿Por qué si nosotros nos armáramos para desahuciar a los banqueros y desalojar a la CEOE a porrazo limpio, el Estado los defendería y nos encarcelaría de por vida?
    Todo discurso político que no responda estas preguntas refuerza, voluntaria o involuntariamente, la dominación de la burguesía.

    ¿Qué hay de malo en un desahucio?
    El socialdemócrata es realmente patético. ¿Qué tiene en contra de los desahucios, de que echen a familias a la calle? Él apoya el sistema capitalista, la propiedad privada como ley reguladora. Y es a través de esa ley, limpiamente, mediante intercambios mercantiles de equivalentes, como se ha llegado a esta situación en la que la banca saquea a las poblaciones.
    No hay que olvidar que el banco no es más que un tipo de empresa particular, que vende dinero. Y es que, por más que digan los keynesianos, no se pueden poner diques al mar. Si permites que exista la posibilidad de contratar asalariados de manera privada extrayendo una plusvalía, es completamente inevitable que acaben surgiendo parásitos financieros como los que ahora sufrimos.
    El socialdemócrata, que defiende los canales legales e institucionales de lucha como los únicos posibles y legítimos, debería estar en consecuencia a favor de todos los desahucios. Si la vivienda no está colectivizada y se puede comerciar con ella, es obligatorio pagarla al precio que decidan los propietarios. Un desahucio es una orden de un juez, siguiendo las leyes que protegen la propiedad privada capitalista y que, por lo tanto, permiten tanto la especulación inmobiliaria como la especulación financiera. Leyes que el socialdemócrata acepta, aunque quiera paliar sus resultados con un poco de “caridad fiscal”, es decir, subiéndole los impuestos a los ricos. Pero la caridad fiscal no es justicia.
    Para el socialdemócrata, hay que agachar la cabeza ante los criminales que gobiernan el mundo. Para él, si el violador (el sistema capitalista) se pone un preservativo, ya no está atentando contra la dignidad de su víctima (el pueblo trabajador). Así, el socialdemócrata se limita a protestar. El revolucionario, en cambio, apuesta por resistir, y no deja jamás que se confundan ambos conceptos. Como escribió Ulrike Meinhof, “si digo que tal o cual cosa que no me gusta estoy protestando. Si me preocupo además porque eso que no me gusta no vuelva a ocurrir, estoy resistiendo. Protesto cuando digo que no sigo colaborando. Resisto cuando me ocupo de que tampoco los demás colaboren”.

    El pacifismo, garante del status quo
    El viernes por la tarde vi lo que parecía ser una despedida de soltera o algo así. Un montón de enfermeras con gorritos de navidad cantaban villancicos frente al ayuntamiento de Sevilla. Todas reían y el cachondeo era generalizado. Luego me di cuenta de que era una protesta contra los recortes en sanidad.
    Eso me recuerda a una asamblea de barrio en la que un asistente proponía que nombráramos a unos chivatos de la policía, para entregar a aquellas personas que forzaran altercados. Pedí la palabra y dije que eso jamás. Que, en todo caso, la manifestación debería nombrar a su propio servicio de orden y excluir a aquel que no cumpliera con las directrices acordadas, pero entregar a gente a la madera, nunca. Y lo del servicio de orden no por nada, sino por el único motivo de que aún no tenemos acumulada la fuerza suficiente como para asaltar el poder político a cara descubierta y a plena luz del día, careciendo de sentido realizar acciones en inferioridad de fuerzas.
    Otra escena que recuerdo sucedió durante la huelga general del 14 de noviembre. Mientras la policía cargaba criminalmente contra nosotros, un trosko les decía “compañero, si a ti también te están recortando”. Decía, también, que el enemigo era el capitalismo, no ellos; que también son trabajadores, que “son unos mandados” y cosas así. No he visto cosa más vergonzosa en mi vida. Si el enemigo es el capitalismo, así en abstracto, ¿a quién hay que derrotar? ¿A “Mr. Capitalismo”? ¿O a las fuerzas armadas del Estado capitalista, que estaban ahí enfrente apaleándonos? ¿No eran los integrantes de las tropas yanquis derrotadas por las guerrillas revolucionarias vietnamitas “unos mandados” de clase obrera (pues los ricos podían pagar su licencia)? ¿No eran los soldados nazis “unos mandados” y jóvenes procedentes del pueblo? Es más, ¿no nos enseña Marx que ni siquiera los mayores capitalistas son enemigos por el hecho de ser “malos” personal o individualmente, sino que es el propio sistema el que los obliga a hacer lo que hacen y los convierte en enemigos a los que hay que destruir?
    Los poderosos quieren una izquierda moderada, cívica, ciudadanista, colaboracionista. Quieren que creamos que las cosas se cambian haciendo batukadas, agitando las manos vacías en el aire o dándoles pena a los capitalistas. Que la violencia no soluciona nada (aunque ellos bien que la emplean cuando hay que desalojar a alguna familia, reprimir alguna manifestación en su contra o robarle el petróleo a algún país como Libia o Iraq).
    Pero lo más triste es que buena parte de la izquierda les sigue el juego. Otra vez parece haberse puesto de moda el mito de Gandhi. Sí, Gandhi, el que se oponía a la violencia cuando se trataba de colonias que luchaban por su independencia frente al imperio británico, pero en cambio la apoyaba cuando el imperio británico sofocaba una rebelión popular. Sí, Gandhi, el que apoyó al imperio británico en la I Guerra Mundial y llamó a sus seguidores a enrolarse en el ejército imperial, como él mismo explica en su Autobiografía.
    Tal vez la sociedad de castas que impera en la India sea un modelo social ejemplar para estos “gandhianos” (a diferencia de la justicia social por la que luchan incansablemente los Naxalitas con las armas en la mano). Tal vez crean que los centenares de presos políticos y mártires comunistas de la historia lo fueron por elección, por dogmatismo o por haber leído demasiado al Che Guevara (y ni eso, porque dirán que era pacifista, socialdemócrata o hasta enemigo de Fidel Castro).
    Pero el oportunista no sólo ignora la historia y, de paso, el presente, sino que insiste con la milonga de que hablando de Gandhi podemos atraer a más gente. La mediocre estupidez habitual. ¿De qué sirve atraer a mucha gente, si a cambio estamos reforzando sus prejuicios democrático-burgueses? ¿De qué sirve ser millones si lo que hacemos es inmovilizar y defender la paz entre clases? ¿Cómo dar mañana el salto revolucionario, si previamente no hemos hecho pedagogía y preparado al pueblo para ello?

    El papel de la violencia en la historia
    Los tiros al aire de los palestinos, tras conocerse que Palestina será aceptada como Estado observador en la ONU, nos recuerdan aquella idea de Rosa Luxemburgo: la violencia siempre debe estar latente detrás de lo que, aparentemente, es una negociación pacífica; de lo contrario, no obtendremos nada. Tal vez Mahmud Abbas intente aparentar que él ha sido el responsable institucional del logro, pero todos -salvo los demasiado ignorantes- saben que, sin la resistencia armada de Hamás y el FPLP, jamás se habría llegado a una correlación de fuerzas que permitiera ese logro (relativo).
    India no habría logrado la independencia de no ser porque al imperio británico, acosado por la resistencia armada a la que se enfrentaba en todo el Tercer Mundo, le convino efectuar esa concesión preventiva. Los pueblos trabajadores de Europa no habrían logrado la sanidad, la educación y las pensiones públicas sin la existencia de una Unión Soviética que, además de una carrera armamentística (aunque ahí está el quid de la cuestión), imponía una “carrera del bienestar”, con sus poderosos servicios públicos.

    En suma, es hora de no frivolizar sobre el papel de la violencia en la historia. Manel Márquez señaló en una ocasión que nunca se ha conquistado nada para los pueblos mediante la violencia. Esa frase podría pasar a ser cierta si cambiáramos el “nunca” por un “siempre” y modificáramos el resto de su gramática en función de ese cambio. Pero, tal y como fue escrita, esa es la frase más lejana a la verdad posible. Ninguna clase dominante ha cedido jamás sus privilegios por las buenas y todo lo que han conquistado los pueblos a lo largo de la historia de la humanidad ha tenido que ser, desgraciadamente, por la fuerza.
    No fue la conducta de Jesucristo (que probablemente ni siquiera existió), sino la conducta de Espartaco, la que cosechó frutos emancipadores y revolucionarios. Sin la violencia de los oprimidos no se habría superado ni siquiera la esclavitud. Sin la amenaza de unas masas populares rebeldes y armadas de palos o escopetas no seríamos ni siquiera siervos de la gleba. Sin los piquetes “violentos y coactivos” no trabajaríamos 8 horas (de hecho, al haber relajado esa tensión ya nos están haciendo trabajar más de Cool, sino 16. Sin los piquetes “violentos y coactivos” no tendríamos derecho a vacaciones pagadas, baja por enfermedad o maternidad, seguridad social, convenio colectivo o salario mínimo. Tampoco tendríamos sanidad y educación gratuitas (de hecho, al habernos vuelto demasiado pacíficos, ya nos están arrebatando también esa conquista).
    Pero no se puede decir más, porque el precio es ir a la trena. Eso es lo más triste: los pacifistas se aprovechan de que llevarles la contraria es ilegal, de que con ellos no puede haber un debate en igualdad de condiciones. Con todo, subestiman el avance del pensamiento - interno y clandestino- de cada vez más personas.

    Sólo el socialismo real fue una amenaza real
    Sería demasiado estúpido plegarse a lo que digan unos medios de comunicación que hablan de torturas policiales en Rusia, pero silencian las torturas que se producen (e indultan) sistemáticamente aquí (hasta la casposa Amnistía Internacional reconoce que el Estado español viola mucho más los llamados “derechos humanos” que Cuba). Sería irrisorio plegarse a lo que los medios de comunicación dicen, porque son capaces de gastar cientos de miles de euros para rodar una serie tan patética que afirma que Isabel la Genocida fue “una mujer adelantada a su tiempo”.
    La semana pasada, en un desalojo, la policía nos machacó a palos. Al cabo de unas horas, leí en la web del Diario de Sevilla que había 8 policías heridos por piedras y palos. Yo estuve allí, lo vi todo y puedo asegurar que esa “información” es totalmente falsa. Ojalá el grado de resistencia popular hubiera llegado a esos niveles. Pero no. Ahora nos enteramos de que varios policías se han dado de baja por lesiones. Unas lesiones inexistentes que se convierten en unas existentes vacaciones pagadas (pagadas por los mismos a los que apalearon). Perfecto premio por reprimir y mentir. ¿Qué está pasando?
    Ahora nos asustan con Irán. Por lo visto, EE UU, Gran Bretaña o Israel tienen derecho a tener armas nucleares, pero Irán no. ¿Por qué? No es Irán la que tiene bases militares en Rota y Morón. No es Irán la que bombardeó Yugoslavia, Afganistán, Iraq y Libia. No es Irán la que colonizó Asia. Ni la que masacra a niños palestinos.
    El caso es que eso nos lleva a otras reflexiones: si mienten así sobre un desalojo, si mienten así sobre cualquier país que, aun sin ser socialista, no controlen, ¿qué no dirían de una revolución anticapitalista? Lo de ingenuo se queda corto para definir al que se traga la propaganda de los medios de comunicación contra la Unión Soviética.
    La cosa es bien sencilla: la URSS fue el mayor desafío al capitalismo en toda su historia. Mil batukadas, foros sociales, asambleas barriales o incluso sindicatos no pueden equipararse al desafío anticapitalista que supuso la Unión Soviética. ¿Cómo van a hablar bien de ella los mismos medios que, de haber sido otro el vencedor de la batalla de Stalingrado, sin duda habrían hablado (pero que muy) bien del fascismo?
    No es una cuestión de nostalgia de la URSS, sino de memoria histórica proyectada hacia el futuro. Podemos gastar saliva criticando los errores (reales o, más frecuentemente, inventados) del socialismo real, pero debemos tener clara una cosa: volverán a mentir sobre cualquier nuevo proyecto emancipador que generemos. Si estamos entrenados para creernos todas sus mentiras, si no tenemos un pensamiento realmente crítico y alternativo que las ponga en cuestión, ¿cómo nos libraremos de tragarnos una vez más todas sus calumnias?

    Una supuesta izquierda heredada de una supuesta transición

    Como dice una canción de Inadaptats sobre la guerrilla Mau-mau, “tenemos
    demasiadas de nuestras propias gentes que se interponen en el camino. Son demasiado escrupulosas. No quieren que los clasifiquen como extremistas, o violentos, o irresponsables, ¡sólo buscan su buena imagen! Y nadie que busque una buena imagen será jamás libre”.
    Todavía nos preocupa demasiado lo que digan de nosotros. Desde el cambio de maquillaje de la transición, el comunismo domesticado del PCE dejó de generar sus propios canales de comunicación con las masas, apostando por los canales institucionales y mediáticos convencionales. De este modo, la prensa burguesa, a través de un sutil juego de castigos y premios, fue moldeando la línea política del PCE en función de los intereses de la burguesía.
    Así, llegamos a la situación actual. Las bases del PCE cantan en las manifestaciones que “PSOE, PP, la misma mierda es”. Pero, luego, si a alguna agrupación local se le ocurre poner en práctica el cántico (como hicieron los de Extremadura), es amenazado de expulsión por Cayo Lara (un líder que, como Llamazares, Carrillo o Valderas, se niega a independizar a IU del PSOE). Es más, las bases han sido privadas de toda posibilidad para modificar la línea de la dirección, que más bien depende de la deuda del PCE, que fue comprada por el banquero sociata Emilio Botín.
    Pero realmente, esto es tan evidente que no hace falta insistir demasiado.

    Esclavos de la casa y esclavos de las plantaciones
    Malcom X ironizaba (en buena medida, para denunciar el pacifismo de Martin Luther King) sobre el esclavo de la casa, que cuando su amo enferma le pregunta “¿cómo estamos, amo?”, frente al esclavo de las plantaciones, que sólo anhela la muerte del amo. Cuando, este verano, los esclavos de las plantaciones del SAT entraron en el Mercadona a expropiar algunos alimentos, los esclavos de la casa del Banco de Alimentos rechazaron la ayuda. No pasó nada, porque el SAT llevó los alimentos directamente a la Corrala la Utopía, que es lo que debió hacer desde un principio.
    Ahora, el Banco de Alimentos y La Caixa han colocado unas cajas caritativas en los Mercadonas, para recoger alimentos. Habría que meterles fuego a todas esas cajas. La Caixa, que ha desahuciado a cientos de miles de familias, que se ha lucrado y se lucra con el sufrimiento de la gente. Que ha forzado, junto al resto de la banca europea, las mismas políticas causantes del hambre. Que controla buena parte de las acciones de las empresas multinacionales españolas que saquean al Tercer Mundo (Repsol, Gas Natural, Fenosa, Abertis…). Que ha privatizado las cajas de ahorros, para concentrar aún más el capital en pocas manos. Que ha cooptado a los gobiernos para que conviertan su deuda privada en deuda pública, haciendo pagar al pueblo una deuda (cómo no, a otros bancos amigos) que va camino de hundirlo en la miseria.
    La Caixa juega a un juego muy sencillo: va a una comunidad de vecinos donde hay ancianos que, con el sudor de su frente, trabajando toda la vida, han cosechado 9 bollos de pan. Les pone una pistola en la cabeza y les exige 10. Luego, junto a sus amigos, los esclavos felices del Banco de Alimentos, regala 1 bollo de pan para lavar su imagen. ¡Qué caritativos son los banqueros!
    Por imperativo moral, por necesidad material y por dignidad, hay que acabar con esos cerdos. Por las buenas o por las malas.

    La revolución es una correlación de fuerzas
    Acusan de extremistas a nuestra gente, y a veces nuestros dirigentes consienten. Mientras sigamos hablando en el lenguaje del enemigo, estaremos jodidos. ¿Quién decide dónde está el centro y dónde están los extremos? Nosotros no somos extremistas, queremos un mundo donde haya equilibrio, igualdad, donde la gente pueda vivir tranquila, sin esclavitud, sin extremos.
    Extremista es que el salario mínimo sea de 748 euros y la hipoteca del banco se lleve la mayor parte de lo que gana la gente. Extremista es que algunos tengan que suicidarse, porque unos sinvergüenzas, armados con el poder militar del Estado, defiendan la existencia de clases sociales, la existencia de una minoría de ricos insaciables frente a una mayoría de personas que viven al día. Extremista es que haya parados sin ingresos porque al capitalismo no le convenga repartir el trabajo. Extremista es que me esté quedando sin amigos en mi ciudad natal, porque la mayoría ha tenido que emigrar a Madrid o Londres para encontrar un curro que, para colmo, también es basura. Extremista es recortar sanidad, educación y pensiones para pagar la deuda a unos multimillonarios opulentos que deberían ser fusilados.
    Rebelarse contra eso no es extremismo. Es simple cordura. Y rebelarse contra eso no significa agitar al aire las manos vacías. Rebelarse no es pedir limosna a los ricos, para que el sistema siga funcionando igual y la situación se perpetúe. Rebelarse es acumular fuerza revolucionaria. Lo queramos o no, la revolución no es una cuestión de educación, de ética. La revolución es una correlación de fuerzas.

    Bueno, vale, pero ¿qué hacer?
    Lo que debemos hacer es convertir en práctica transformadora una línea política justa, es decir, que huya tanto del oportunismo como del sectarismo. Naturalmente, esto no es fácil, porque el oportunista acusa de sectaria a la línea justa (y, efectivamente, mirando las cosas desde su posición, lo parece) y el sectario la acusa de oportunista (ídem).
    Obviamente, esto es relativo. Nosotros no negamos la lucha ideológica, sino que tomamos partido en ella. De hecho, toda la lucha ideológica consiste en eso: en determinar, situar dónde está la línea justa, a través de una dialéctica entre el posibilismo y la utopía. Y sólo esa dialéctica permite avanzar. Si defiendes sólo el posibilismo, refuerzas el status quo y nada cambia. Si defiendes sólo el utopismo, caes en la marginación política. Como dijo Fidel, “un poco de locura está bien”, pero, como dijo Cervantes, “retirarse no es huir, ni esperar es cordura cuando el peligro sobrepuja a la esperanza”.
    Por ejemplo, frente a una huelga general, debemos tomar partido. Es obvio que esta huelga, tal y como ha sido convocada, sirve a CC OO y UGT para legitimarse. Pero, como afirma un documento de Red Roja titulado “La situación del movimiento obrero y la estrategia sindical” (que, junto al resto de documentos de su I Congreso, será publicado próximamente), al igual que Lenin nos instaba a aprovechar las contradicciones interimperialistas, nosotros debemos “aprovechar las contradicciones que surgen dentro del mismo sistema, incluidas las que se dan con su ‘ala sindical oficialista’. Y utilizar –más aún si somos conscientes de la debilidad persistente del sindicalismo alternativo- las convocatorias que las direcciones de CCOO y UGT se ven obligadas a realizar”.

    Está claro que los sectores revolucionarios no podían ser esquiroles, ya que eso habría perjudicado más aún a la clase trabajadora, sino que debían apropiarse de la huelga, hacerla suya y dotarla de un contenido más transformador, incluyendo el rechazo de la deuda y, por tanto, no sólo del PP, sino también del PSOE.
    El sectario plantea el esquirolismo; el oportunista, confundirse con CC OO y UGT en su discurso únicamente “anti-PP” (ergo únicamente pro-PSOE). La línea justa es otra cosa: crear bloques críticos de intervención para la huelga general.
    Otros rechazan también la generación de cooperativas y espacios de autonomía fuera del mercado de trabajo capitalista, porque, igualmente, se verán obligados vender su producción dentro de los canales mercantiles. Es sectarismo absurdo. No se puede reproducir el mundo del futuro revolucionario ahora, en la actualidad no-revolucionaria. En ese caso, si buscamos la liberación del trabajo extenuante, no realizaríamos los grandes esfuerzos que supone la militancia política, sino que actuaríamos como unos vagos (muchos lo hacen). Si buscamos la paz, no dispararíamos balas, sino que nos someteríamos (muchos lo hacen) o nos dejaríamos matar (eso ya no lo hacen tantos).
    Sin embargo, tampoco le veo sentido a idealizar el cooperativismo o exigirnos que lo compremos todo en el comercio local de productos ecológicos, en lugar de en chinos, Mercadonas o grandes superficies. ¿Conoce esa gente la diferencia de precios entre una cosa y la otra? No nos podemos permitir comprar todo por esa vía porque somos de clase trabajadora, no ricos.
    En suma, el sectario rechaza el cooperativismo, sin comprender su carácter ejemplificador, pedagógico, motivador. Pero el oportunista, cree que basta con liberar varios espacios y crear “islas” revolucionarias sacrificando al resto de la sociedad, por lo que deja de creer necesaria la conquista del poder del Estado. Ambas cosas impiden el avance del proceso revolucionario.

    En conclusión, poder popular
    Debemos prepararnos para la toma del poder político, pero sería erróneo comprender eso como un “acto único”. Muy al contrario, es un proceso que debe fortalecerse desde ya, a través de espacios contrahegemónicos donde, además de defender derechos y reivindicaciones, se resuelvan los problemas más acuciantes del pueblo trabajador. Donde, además, éste tome decisiones y genere alternativas de producción, de organización del trabajo.
    Esto, naturalmente, sólo puede realizarse al margen de las instituciones del Estado burgués, creando nuestro propio contrapoder permanente, que huya tanto del oportunismo (calcar al Estado burgués, únicamente por delegación y representación) como del sectarismo (calcar a las asambleas del 15 M, que, al renunciar a toda delegación, no solidifican estructuras de contrapoder permanente). También es obvio que esto sólo podrá realizarse al margen de las instituciones sindicales del Estado burgués, CC OO y UGT, y en estrecha relación con el movimiento obrero de base y alternativo.
    El Estado burgués sólo quiere esquilmar al pueblo y canalizar sus luchas por vías que no pongan en cuestión la dominación de clase. Es hora de que el pueblo se organice para solucionar sus propios problemas, al margen de las instituciones. Es hora de la solidaridad y del apoyo mutuo.
    Por eso, queremos concluir recordando las emotivas palabras de un obrero en la inolvidable novela de John Steinbeck, De ratones y hombres: “Los hombres como nosotros, que trabajan en los ranchos, son los tipos más solitarios del mundo. No tienen familia. No son de ningún lugar. (…)No tienen nada que esperar del futuro. Con nosotros no pasa así. Tenemos un porvenir. Tenemos alguien con quien hablar, alguien que piensa en nosotros. No tenemos que sentarnos en un café malgastando el dinero sólo porque no hay otro lugar adonde ir. Si esos otros tipos caen en la cárcel, pueden pudrirse allí porque a nadie le importa. Pero nosotros no. Porque yo te tengo a ti para cuidarme, y tú me tienes a mí para cuidarte”.

    Zalkiev
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    Re: Hacer la revolución no es ofrecer un banquete [Artículo]

    Mensaje por Zalkiev el Dom Dic 02, 2012 8:49 pm

    Qué bueno.
    Para mí este hombre las clava en casi todos sus artículos, por lo menos en los que he leído.

      Fecha y hora actual: Miér Dic 07, 2016 9:40 am