"El arte al servicio de la revolución" – texto de José Miguel Pérez Pérez - publicado en revista Espartaco - 1º de Mayo de 1934

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pedrocasca
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"El arte al servicio de la revolución" – texto de José Miguel Pérez Pérez - publicado en revista Espartaco - 1º de Mayo de 1934

Mensaje por pedrocasca el Vie Nov 30, 2012 10:34 pm

El arte al servicio de la revolución

texto de José Miguel Pérez Pérez

publicado en revista Espartaco - 1º de Mayo de 1934

tomado del blog Diario de una colonia en noviembre de 2012

Un servicio más, es una belleza más.” - V.H.

Alguien cree que el arte debe apartarse de nuestras luchas, porque son bajas, prosaicas, materialistas; porque giran alrededor del mendrugo de pan, buscando sólo la satisfacción inconfesable del instinto de revancha. Los que esto creen claman contra el Comunismo, porque es un sistema, dicen, que materializa todos los valores y, en cambio, no da “méritos” a las manifestaciones del espíritu y el estímulo creador. Esto creen muchos estetas; esto propagan muchos intelectuales, que anuncian todos los días la ruina del Arte bajo el poder de los obreros y campesinos. En su consecuencia, llegan a la conclusión maravillosa, por lo simplista y por lo injusta, de que los obreros y campesinos sólo sirven para trabajar, para ser esclavos de la gleba, del taller y de la mina y para sufrir resignados la explotación, el paro, el hambre, la miseria, la opresión y la guerra. Ésta es la misión reservada, según las mentalidades burguesas, al esclavo y al siervo de ayer, al obrero y al campesino de hoy. La misión del espíritu, el derecho a vivir, a gobernar, a disfrutar de los beneficios de la ciencia y de las bellezas del arte, es algo que ha estado, está y estará fuera del espacio y de las posibilidades en que se mueven los que trabajan. Para éstos no se hizo la vida sana y bella; para éstos no se instituyó el poder, ni fueron creados la riqueza y el bienestar, ni las ciencias ni las artes.

Gozar de la ópera, sentir la emoción que se experimenta en las grandes exposiciones y en las grandes audiciones musicales, poseer o poder contemplar un cuadro artístico y bello, es privilegio que los pobres del mundo no deben alcanzar. No hay arte de masas, ni se debe crear ni sentir pensando en la humanidad y para la humanidad. Los estetas “puros” están por encima de todo esto. Ellos no conciben la poesía social, revolucionaria, humana; no conciben el teatro proletario, crisol de la humanidad futura; no pueden oír los cantos rebeldes que levantan el corazón de los oprimidos ni pueden ver el tremolar de las banderas rojas. Odian y desprecian y piden el exterminio de toda la literatura revolucionaria que habla de lucha de clases, de la bancarrota del sistema capitalista, del paro, del hambre de millones de seres, de los peligros de guerra, etc. Toda esta literatura, exclaman, aminora el valor del arte, y trae el desorden a su mundo espiritual, a éste su mundo divino en que vivimos; ellos, gozando de todos los privilegios; nosotros, sufriendo todas las calamidades.

Y, amedrentados por el resurgir de las fuerzas sociales, de las fuerzas colectivas, de las fuerzas históricas que quieren sobrepujar a las fuerzas de los móviles individuales egoístas y opresivos, recurren a las últimas fórmulas del despotismo, a las fórmulas de aquel poeta que decía:

“¡Marchaos! ¿Qué tiene que ver con vosotros
el poeta pacífico?
Endureced en la perversidad sin remordimiento.

No os vivificará el canto de la lira.
Sois repugnantes para el alma como los féretros.
Para vuestra maldad y estupidez habéis tenido hasta hoy
las cárceles, las hachas y los látigos.

Esto basta para vosotros,
locos esclavos”.

Ya lo vemos. Todo el pensamiento, todos los deseos, toda la obra de los “estetas burgueses”, de la burguesía, se encierran en esos versos sencillos. Para los que trabajan… sólo bastan las cárceles, las hachas y los látigos. ¡Y que esto sea verdad, tan verdad, que ahí tenéis al fascismo encerrando en las cárceles por millares a los trabajadores, exterminando por el terror y el asesinato cobarde a los obreros revolucionarios!

Cárceles, hacha, metralla y miseria. Esto basta para los locos esclavos, para los que damos vida a la vida y ponemos en movimiento la materia inerte; para los que al pasar por el mundo dejamos grabado en él el rastro vivo de lo útil y de lo verdadero; para los que bajamos al fondo de la mina y extraemos el carbón; para los que construimos las máquinas y los que las movemos; para los que hacemos los telares y tejemos el lino; para los que subimos a los andamios y construimos las casas, las fábricas, las obras arquitectónicas maravillosas; para los que movemos los trenes que cruzan toda la tierra y los barcos que cruzan todos los mares; para los que servimos a los sabios, construyendo sus instrumentos de ciencia, y a los artistas sus instrumentos de arte… ¿Por qué les basta con las cárceles, las hachas, los látigos, la metralla y la miseria? Los que trabajamos, los que damos un sentido de servicio, de utilidad, de bienestar, de riqueza y de progreso al mundo, ¿por qué no tenemos derecho a vivir ni a gozar del arte, que es algo hermoso, confortador, sublime? ¿Puede decirse en justicia que el campesino no tiene derecho a la tierra que ara ni al fruto que siembra, ni tiene derecho a gozar de los “amplios conjuntos, serenos y armoniosos del campo que le rodea y en el cual vive”? ¿Se le puede negar al minero que arranca el carbón con el esfuerzo de un titán, a muchos metros bajo tierra, desnudo, absorbiendo el veneno invisible que destroza sus pulmones, se le puede negar al minero, digo, que expone su vida constantemente un trozo de carbón para calentar su hogar, un goce confortador en la vida a plena luz del Sol, y el bienestar y la satisfacción del espíritu? ¿Por qué se convierte la máquina que fabrica el hombre para el progreso humano, en el más terrible enemigo de ese mismo hombre, que se ve desplazado, sustituido, lanzado al paro y la miseria, sin poder siquiera tener derecho a lo que él mismo ha construido? ¿Puede concebirse que el tejedor vaya vestido de harapos, después de haber sido sus manos las que tejieron millones y millones de telas de todas calidades y gustos? Fábricas, casas de muchos pisos, palacios riquísimos, hoteles a todo lujo, templos maravillosos, ¿por qué los artífices de todo esto viven en míseras pocilgas, en casuchas inmundas sin aire, sin sol, sin confort, ni higiene?

Ahí están los trenes que acortan las distancias construidos y movidos por las manos vigorosas que trabajan y, sin embargo, ¡qué largas son las distancias para los que recorren kilómetros y kilómetros en un vagón de tercera! Ahí están los navíos, los grandes y lujosos navíos que surcan los mares, los palacios flotantes a la disposición de los ricos, de los banqueros, de los turistas millonarios, y, sin embargo, los que los construyeron, si quieren navegar, si quieren contemplar las ondas azules de los océanos, si quieren sentir la emoción de ver otras tierras y otros cielos, en viajes de forzados en busca del pan y del trabajo que no encuentran en su patria, lo tienen que hacer hacinados en hediondas bodegas, como hijos proscritos, como miserables esclavos. ¿Es esto justo?

La ciencia, la cultura, la sabiduría que debe ser patrimonio para todos, ¿lo es para aquéllos que se tienen que ganar el pan desde temprana edad, para los millones de niños hambrientos y harapientos que vagan por las calles de las ciudades capitalistas, para los hijos de esos cuarenta millones de hombres parados que hay en el mundo y que apenas alcanzan, a veces, un mísero subsidio o se dejan morir arrinconados en los quicios de las puertas de los palacios que ellos han construido o frente a los almacenes repletos (de productos) que ellos mismos han elaborado?

¡Y que haya poetas que cantan las excelencias del mundo burgués! ¡Y que haya intelectuales enemigos del Comunismo! ¡Y que haya hombres que repitan el canto salvaje de la burguesía!; el ¡marchaos obreros de las ´fabricas a sufrir el paro y el hambre!; el ¡marchaos campesinos de la tierra a mendigar una limosna por los secos caminos!; el ¡marchaos, jóvenes obreras, a prostituiros para poder comer un día!; el ¡marchaos, niños proletarios, a ser vagabundos, carne de vicio y degeneración, en este mundo de sendas sangrientas! Para nosotros sólo bastan...

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